Prólogo
por Jordi Llovet
No todos los diarios que, con mayor o menor regularidad, los escritores han llevado a lo largo de sus vidas son iguales. Algunos los han empezado a una edad muy temprana; otros, al final de su vida, como si pretendieran resumir en ellos lo esencial y reposado ya de su existencia. Hay escritores que los han usado como lugar secreto en el que depositar, para más adelante, apuntes que luego deberán desarrollar o, pensando ya en el más allá, asuntos que no quisieron decir en vida o que silenciaron a causa del pudor: este es el caso de Elias Canetti, por ejemplo, cuyos diarios, si no se tuerce su voluntad, no serán de dominio público hasta el año 2024. Pero también hay escritores que han utilizado los diarios para relatar, inexplicablemente y salvo excepciones, los aspectos más fútiles de su vida cotidiana, como qué días sufren dolor de estómago o estreñimiento, e incluso acerca de la problemática talla de sus calzones: este es el caso, de sobras conocido, de Thomas Mann, cuya escritura diarística se halla, para sorpresa si no sonrojo de sus admiradores, en el extremo opuesto de la dignidad formal y moral que preside el conjunto de su obra de creador literario propiamente hablando. Diarios pueden ser consideradas las largas crónicas o memorias de corte histórico de Samuel Pepys, del cardenal de Retz o del duque de Saint-Simon –con mayor abundancia, en todos estos casos, de noticias públicas más que privadas acerca de sus respectivas épocas y hazañas–, y lo mismo puede decirse, en el extremo opuesto de los citados, de discretos cuadernos en los que, muy de tanto en tanto, un escritor ha anotado detalles circunstanciales que resultarán insignificantes tanto para reconstruir su vida como su tiempo.
Hay diarios cargados de sabiduría e inteligencia, como los de Robert Musil o los de Witold Gombrowicz, y los hay sobrecargados de futilidades y circunstancias triviales; los hay que obedecen a una urgencia histórica, como todos los diarios escritos a raíz de la experiencia del Holocausto –desde el pueril de Ana Frank hasta los terriblemente esclarecedores de una situación ominosa, tanto personal cuanto colectiva, como los de Irene Nemirovsky, los de Victor Klemperer o los de Adam Czerniakóv–, y los hay que son hijos solamente del recreo, si no del aburrimiento, como los de Stendhal en sus Memorias de un turista. Algunos son como reloj de príncipes y modelo de vida para sus futuros lectores, como los de Benjamin Franklin o los de Edward Gibbon, ambos excelentes; pero los hay también que ni se han escrito como examen de conciencia del escritor ni como ejercicio espiritual para sus posibles lectores, sino como divertimento puro.
Finalmente, los hay que son mera narración –con reflexiones añadidas más o menos densas– de una excursión o un largo viaje: de estos los hay a centenares, desde los de Marco Polo en Oriente a los de André Gide en tierras de África, pasando por los muy concretos diarios del viaje a Lisboa de Henry Fielding o de la visita a Hamburgo de William Wordsworth, pasando también por los más panorámicos relatos del itinerario de París a Jerusalén de Chateaubriand, de Goethe recorriendo Italia, o del catalán afrancesado Ali-Bey en sus caminos por tierras musulmanas.
Todos han tenido un propósito relativamente claro y distinto, y casi todos pueden deslindarse, en general, en tres grandes grupos: la escritura autobiográfica propiamente dicha; la narración testimonial de un segmento, vivido personalmente, de una historia común, y el relato tirando a documental o a reportaje propio de las anotaciones hechas al hilo de una excursión sobre el terreno. Como no podía ser de otro modo, dada la genialidad de toda su obra, los diarios de Kafka presentan unas características que no resulta en absoluto fácil resumir en pocas palabras o reducir a cualquiera de las categorías o los ejemplos que hemos aducido más arriba. Ni siquiera es posible afirmar que Kafka poseyera en 1910, antes de inscribir su primera anotación diarística, modelo alguno de escritura autobiográfica para inspirarse o tomarlo como guía. La ingenuidad, si así puede decirse –o sea, el carácter directo, impremeditado, raramente sujeto a una voluntad explícita de estilo– de los diarios de Kafka y, en especial, la conjunción, en su aparente unidad, de una cantidad importante de registros y propósitos, hacen de esos diarios un ejemplo posiblemente único en la historia de este género, y los convierten en una de sus muestras más apasionantes. Empezar el primer cuaderno de los que Kafka escogió para su «escritura autobiográfica» –cuadernos de unas características formales muy determinadas, como se leerá en nuestro apartado de Notas–, iniciar, decíamos, sus diarios con la anotación: «Los espectadores se ponen rígidos cuando pasa el tren», sin más, da idea de la escasa voluntad que Kafka tuvo, desde el principio de esta faceta de su «obra», de sentar cátedra en ningún sentido; de presentar, como Baudelaire, «su corazón al desnudo», o mucho menos de intentar, como algunos escritores ya citados, dar testimonio de las grandes hazañas del segmento de la historia del que han sido espectadores. Y así, por ejemplo, el 2 de agosto de 1914 anota Kafka: «Alemania ha declarado la guerra a Rusia. –Por la tarde, Escuela de Natación [a orillas del río Moldava]», donde la noticia de un hecho trascendental para la historia de Europa viene acompañada de otra noticia, enormemente banal si se compara con la primera, pero quizá más «real» en la vida cotidiana del autor.
Como veremos más adelante, estos diarios de Kafka están escritos a menudo en una especie de pugna entre la revelación de aspectos esenciales en la vida del escritor y el deseo de transformarlos en otra cosa, velando así la naturaleza de la experiencia inicial. ¿Qué decir, para seguir con las primeras anotaciones de Kafka, de esta entrada del mismo año 1910?: «Wenn er mich immer frägt [“Siempre que él me pregunta”]. La ä, desprendida de la frase, se alejaba volando como una pelota por la hierba.» ¿Por qué una entrada en unos diarios íntimos, cuidadosamente separados por su autor del resto de sus apuntes narrativos o de los cuadernos que contienen sus novelas, tiene que poner énfasis –incluso se diría «narrativizar»– una cosa tan elemental como una a con diéresis? ¿A quién se le ocurre dar vida y acción, ya no a una frase azarosa –posiblemente oída en un paseo distraído por la calle–, sino a una sola letra de esta frase?
Con este ejemplo entramos de pleno en uno de los aspectos que conviene recalcar acerca de los diarios de nuestro autor. Kafka es un escritor judío, no se olvide, formado no estrictamente en el judaísmo religioso, pero sí en su vertiente cultural y tradicional, con una presencia más que notable de los restos de la tradición moderna de la mística hasídica. En este sentido, hay que recordar que, así como la religión judía lo es del Libro (o de los Libros, biblia) y de los más particulares efectos y reflejos semánticos de su escritura, asimismo la cultura judía es, o lo era todavía en los tiempos y la Praga de Kafka, una cultura en la que toda palabra, sea del orden que sea, posee un aura sacralizada. Por lo menos en aquel tiempo, como atestiguan decenas de obras escritas en la Europa central por escritores judíos, la atención, el cuidado, se diría, por la palabra es algo que de ningún modo puede considerarse accidental, sino todo lo contrario: esta palabra es sustancial e inherente a un espíritu colectivo o a un sentir privado característicos de una cultura posiblemente desaparecida para siempre en el continente europeo. Esta, se diría, es la primera apreciación categórica que conviene hacer en torno a los diarios de Kafka: todo lo que contienen es sustancial; incluso aquello que pueda parecernos anecdótico se halla impregnado de una experiencia misteriosa, de un sentido parecido a un eco muy lejano, y, por encima de todo, como ya hemos subrayado, de un gran respeto por la escritura misma: como si toda escritura de un judío fuera o tuviera que ser forzosamente compleja, accidentada como la orografía de un lugar cuyas perspectivas ni se aprecian claramente ni se detienen en ningún último horizonte.
Digámoslo con otras palabras: toda la escritura de Kafka, incluidos estos diarios, se rige por una ley de gran necesidad; y esta necesidad no solo se expone en estas páginas, sino que, encima, se predica: «Ayer, incapaz de escribir ni una sola palabra. Hoy, nada mejor. ¿Quién me redimirá? Y dentro de mí, en lo profundo, ese tumulto apenas visible» (8 de abril de 1914). ¿A qué se debe, si no a ese elemento de orden religioso que hemos apuntado, el hecho de que Kafka reclame redención para sí mismo por la mera razón de que, durante un par de días, ha sido incapaz de escribir (escribir literatura propiamente dicha, entiéndase, y no solo esa compleja serie de sucedáneos que se encuentran en sus diarios)?
Ya en una entrada del 8 de diciembre de 1911 Kafka había escrito: «Tengo ahora, y tuve ya por la tarde, un gran deseo de sacar completamente de mí, mediante la escritura, todo ese estado de ansiedad en que me encuentro, y así como ese estado viene de las profundidades, así debo hundirlo en las profundidades del papel o escribirlo de tal forma que pueda incorporar plenamente a mí mismo lo escrito». Es la misma idea que se encontrará en la entrada, de solo un mes más tarde, en la que Kafka deja ya claramente sentado –cuando apenas ha empezado a escribir «literatura» propiamente dicha– que escribir es un acto de doble sentido, de fuera hacia dentro y de dentro hacia fuera, de la vida a la escritura como marca indeleble de sí mismo y de la escritura hacia un exterior que, de hecho, adelgaza progresivamente por los efectos de las vastas dimensiones de lo escrito. La vida y el oficio de escribir, la escritura y la biografía, se funden en estos diarios como una ley necesaria, como una compensación de equilibrio perfecto, por mucho que procedan, como hemos leído en la anotación anterior, de un «estado de ansiedad». Así, en la entrada del 3 de enero de 1912: «Puede reconocerse muy bien en mí una concentración dirigida a la escritura. Cuando se hizo claro en mi organismo que el escribir era la dirección más productiva de mi naturaleza, todo tendió con apremio hacia allá y dejó vacías todas aquellas capacidades que se dirigían preferentemente hacia los gozos del sexo, la comida, la bebida, la reflexión filosófica, la música. Adelgacé en todas esas direcciones».
A finales de ese mismo año, el primero de noviembre, Kafka le escribiría en los mismos términos una carta a su prometida Felice Bauer, en la que se lee: «Mi vida, en el fondo, consiste y ha consistido siempre en intentos de escribir, en su mayoría fracasados. Pero el no escribir me hacía estar por los suelos, a punto para ser barrido. [Obsérvese que esta es la situación en la que se encontrará Gregor Samsa al final de La transformación, cuando ha quedado patente que será incapaz de cualquier actividad humana, incluida la escritura. ] Ahora bien, desde siempre mis energías han sido lamentablemente escasas, y el resultado natural de esto, aunque yo no lo haya reconocido abiertamente, ha sido la necesidad de hacer economías por todos lados, de probarme un poco en todos los terrenos, con objeto de preservar unas fuerzas a duras penas suficientes para lo que me parecía el terreno principal mío [. . . ] Mi manera de vivir está organizada únicamente en función de escribir, y si sufre modificaciones, estas no tienen otro objeto que una mejor adecuación, en lo posible, a mi actividad literaria».
Ya se observó en un párrafo anterior de qué modo la vida de escritor de Franz Kafka, en todos los terrenos, incluido este que nos ocupa en este prólogo, está dominada por una inercia que adquiere, a veces, los rasgos trágicos de lo predeterminado. Asimismo, se ha observado anteriormente la imperfecta pero tenaz correspondencia entre la vida de Kafka y su oficio de escritor, de modo que no ha de extrañarnos que, también a su primera y más duradera prometida, la citada Felice Bauer, le dijera en una carta de 1913: «Lo que resulta claro en el interior de uno, también lo está, irrecusablemente, en las palabras. Por ello no hay que temer nunca por la lengua; pero, a la vista de las palabras, hay que temer a menudo por uno mismo». Por esta razón no deberá extrañarnos que Kafka vincule estrecha y continuamente, en estos diarios, el hecho de escribir con el hecho de vivir o de sobrevivir; una cosa va con la otra, y nada mejor que la escritura autobiográfica para dejar constancia de esta fatídica correlación: «Torpeza mental, que aparece en el momento que dejo de escribir»; «Apenas diez días sin escribir, y ya me siento expulsado»; «Paralización absoluta. Torturas interminables»; «Incapaz de escribir una línea [. . . ] Hueco como una concha en la playa, dispuesto a ser machacado de un puntapié» [situación análoga, de nuevo, a la que se lee en La transformación]. Por la misma razón no ha de resultar extraño que, en un pasaje narrativo de la primavera de 1922, Kafka expresara: «El escribir me está fallando. En consecuencia, plan para unos análisis autobiográficos. No biografía, sino análisis y descubrimiento de los elementos más pequeños posibles». Ahí está de nuevo la clave para la comprensión de estos diarios: si falla una escritura (la «literaria»), acude otra en su ayuda (la «autobiográfica»); y, más todavía, si el escritor es capaz de alcanzar este sucedáneo de la literatura, es decir, la escritura autobiográfica, entonces debe hacerlo con un procedimiento idéntico al que Kafka usó siempre para narrar: «análisis y descubrimiento de los elementos más pequeños posibles». Como se ha visto, así empiezan al fin y al cabo estos diarios, con un apunte que puede leerse al mismo tiempo como contemplación biográfica y como esbozo literario: «Los espectadores se ponen rígidos cuando pasa el tren».
Después de todo lo que precede, el lector no tendrá dificultad alguna en aceptar el tópico según el cual estos diarios son, también, un «taller de escritura» para Kafka, pues, como hemos visto, actúan como sucedáneo en los momentos en los que se agota la imaginación literaria del autor o investiga todavía sin éxito una fórmula narrativa; sirven para ensayar pasajes narrativos que luego se desarrollarán in extenso como «literatura narrativa», y garantizan –esto se dice al final, pero es posiblemente la clave de todo el asunto– la propia existencia del autor en el único terreno en el que esta parece encontrar algún tipo de asidero: la escritura, das Schreiben.
La crisis existencial de Kafka (que lo es, todo hay que decirlo, de su tiempo histórico, y afecta a otros muchos escritores de los tiempos del autor) se cobija y en cierto modo se resuelve en los escritos de diversa factura que presentan estos diarios; la escritura narrativa propiamente dicha que a veces es renuente a surgir (por el malestar del trabajo cotidiano), encuentra su Ersatz o su compensación en esta escritura autobiográfica de tan varia característica; las dudas o la angustia ante una narración que se resiste a emerger, hallan en los diarios un laboratorio experimental que por un lado no compromete a nada, y por el otro anima al escritor a intentarlo de nuevo, a tantear más tarde la escritura de ficción en el terreno que le es propio.
Y es que, de hecho, en la obra de Kafka se confunden con mucha frecuencia los géneros autobiográfico y narrativo: muchas de las situaciones que se encuentran en sus novelas y narraciones se corresponden con su experiencia biográfica, y muchos de los apuntes que se encuentran dispersos entre las noticias autobiográficas de estos diarios a veces deben y otras podrían ser considerados génesis de una materia narrativa por sí misma.
Como se dijo al inicio de este prólogo, la historia de la literatura ha dado muestras muy distintas de lo que entendemos por diarios, autobiografías o memorias. Los diarios de Kafka, así llamados por el propio escritor (Tagebücher, literalmente ‘libros del día’, o ‘de la vida cotidiana’) poseen la extraordinaria virtud de sintetizar, en un solo espacio, casi todas las modalidades de la escritura autobiográfica, y parte de la «narrativa». Si a ello se le suma el hecho de que son, al mismo tiempo, el «género literario» o «lugar simbólico» en que con mayor claridad se expone, y a su modo se resuelve, la crisis existencial del autor, entonces habrá que reconocer que nos hallamos ante uno de los documentos más preciosos que jamás ha dado la historia literaria acerca de una vida, un desasosiego permanente y un desesperado oficio de escritor.
JORDI LLOVET
Advertencia sobre la edición
La que el lector tiene en sus manos es la primera edición íntegra en español de los Diarios de Kafka, incluidos los Diarios de viaje. Unos y otros han sido traducidos de nuevo a partir de la edición crítica y canónica de las obras completas del autor conocida como Kritische Ausgabe. Schriften, Tagebücher, Briefe (Edición crítica. Escritos, Diarios, Cartas, denominada KA en adelante), editada por Jürgen Born, Gerhard Neumann, Malcolm Pasley y Jost Schillemeit, con el asesoramiento de Nahum Glatzer, Rainer Gruenter, Paul Raabe y Marthe Robert, y publicada en Frankfurt am Main por la editorial S. Fischer a partir de 1982.
Por lo que toca a los Diarios, la presente edición es sustancialmente distinta de las disponibles hasta el momento para los lectores de habla hispana, basadas todas en la edición realizada a título póstumo por Max Brod en 1950 (y que es la primera edición de los Diarios de Kafka pretendidamente completa, pues la que el mismo Brod había publicado en 1937 constituía solo una selección de los mismos). El hecho es que esta edición de Brod (llamada MB en adelante) presenta abundantes deficiencias de todo orden que los editores de KA han corregido, dando lugar a una nueva fijación de los textos.
En el momento de editar los cuadernos y papeles de Kafka, Max Brod, que ya dispuso de hecho de la práctica totalidad del material relativo a los Diarios, segregó de su contexto original numerosos fragmentos, antes o después incluidos por él mismo en distintos volúmenes póstumos dedicados a la obra narrativa de Kafka; asimismo, suprimió diversos pasajes que consideró reiterativos, o demasiado confusos, o simplemente carentes de interés. Suprimió también determinados pasajes que juzgaba ofensivos para algunas de las personas en ellos mencionadas, muchas de las cuales todavía vivían cuando él preparaba su edición; por la misma razón, ocultó numerosos nombres propios detrás de sus iniciales. Al final de este volumen, en la introducción a las notas correspondientes a los Diarios (pp. 661-664), se da noticia más detallada de la intervención de Brod sobre los mismos.
La presente edición de los Diarios ofrece, pues, respecto de las anteriores, significativos añadidos que reparan las omisiones, descuidos y errores de Brod, y devuelven al texto de Kafka su primigenia integridad. Tales añadidos corresponden, en su mayoría, a los siguientes conceptos:
a) textos repetidos por Kafka con ligeras variantes, que admiten ser leídos como borradores sucesivos de un mismo texto o verdaderos ejercicios de estilo (como el que constituyen, seguidas una detrás de otra, las siete variaciones consecutivas de la reflexión que Kafka hace sobre los efectos de su educación, pp. 32-39);
b) relatos completos o fragmentos de corte narrativo, segregados, ya sea por su extensión, ya por su carácter más o menos acabado, del cuerpo de los Diarios;
c) citas, resúmenes y glosas extensas hechas por Kafka a partir de determinadas lecturas, como las de sendos libros de Meyer Isser Pinès (pp. 233-237), de Johann Wolfgang Goethe (pp. 258-262) o de Marcellin de Marbot (pp. 451-456);
d) pasajes oscuros o completamente incomprensibles, escrupulosamente reproducidos en la edición KA;
e) referencias demasiado íntimas o que podrían haber resultado hirientes, según Brod, tanto para Kafka como para terceros (la mayor parte de ellos desaparecidos en la actualidad);
f ) los dibujos realizados por Kafka en diversas entradas de los Diarios.
De todos estos materiales, únicamente se suprimen de esta edición los textos, completamente acabados, de El fogonero y La condena. A los dos puede acceder el lector en otros volúmenes ya publicados de esta misma Biblioteca. El fogonero constituye el primer capítulo de la novela El desaparecido, y está recogido como narración suelta entre las que el mismo Kafka publicó en vida y que en esta Biblioteca se han reunido bajo el título Ante la ley. En este mismo volumen está recogida también La condena.
En cuanto a los manuscritos que configuran los Diarios de Kafka, están integrados por:
a) una serie de doce cuadernos, todos ellos en cuarto (de unos 25 x 20 cm), que oscilan entre las veinte (el cuaderno décimo) y las cincuenta y ocho páginas (el cuaderno primero), de hojas sin pauta, y encuadernados en hule negro, marrón o marrón-rojizo;
b) dos «legajos» (en alemán, Konvolute), es decir, dos colecciones de hojas sueltas, una de tres páginas y la otra de seis, cuyo contenido se asocia indudablemente a las anotaciones de los diarios y que por esa razón han sido incluidas entre las mismas.
Siguiendo la pauta de KA, el volumen II de las Obras Completas de Franz Kafka que viene publicando Galaxia Gutenberg y Círculo de Lectores bajo la dirección de Jordi Llovet ordena los textos correspondientes a los Diarios conforme a la secuencia efectiva de las anotaciones de Kafka en los distintos cuadernos en que iba escribiendo, con lo que se modifica en buena medida la refundición que de esas mismas anotaciones realizó Brod, atento sobre todo a un criterio cronológico. Este proceder, muy plausible en lo que toca al rigor filológico, entraña algunas incomodidades para el lector común, debido sobre todo a que, si bien los doce cuadernos se ordenan de acuerdo con las fechas más antiguas que constan en cada uno de ellos, algunos contienen entradas anacrónicas, posteriores a las primeras entradas del cuaderno siguiente, y viceversa. Hay que aclarar, a este respecto, que Kafka no siempre escribió sus anotaciones de modo correlativo dentro de los sucesivos cuadernos que conforman sus Diarios; es decir, no siempre esperó a que un cuaderno estuviera completo para empezar el siguiente, sino que en más de una ocasión empezó uno nuevo dejando el anterior inacabado, pero volviendo más tarde a hacer anotaciones en este. Esto ocurre de un modo especialmente notorio con las anotaciones correspondientes a los cuadernos primero, segundo y tercero; y de nuevo con las de los cuadernos octavo y noveno.
Así las cosas, y contando con la previa publicación del volumen II de las mencionadas Obras Completas de Kafka, cuyos criterios básicos y versiones empleadas asume la presente edición, que deriva plenamente de ella, se ha estimado más conveniente para el lector reordenar aquí los textos en su secuencia cronológica, agrupándolos por años. Se ha juzgado oportuno, además, incorporar a esta edición las diversas entradas de diario que se hallan desperdigas entre los llamados «cuadernos en octavo», una serie de ocho cuadernos de este formato en los que Kafka escribió textos de muy diversa naturaleza: esbozos de narraciones, aforismos, reflexiones, etc. Procediendo así, se completa el cuerpo de los Diarios, que por primera vez se presenta aquí reunido en su práctica totalidad, con independencia de los distintos soportes en que fueron escritas las sucesivas entradas.
Conviene advertir que los manuscritos de Kafka contienen errores flagrantes en la anotación de algunas fechas, errores que no siempre advirtió Max Brod pero que han sido corregidos en KA y, por consiguiente, también en la presente edición, donde las rectificaciones correspondientes se hacen entre corchetes. En cualquier caso, entre los diversos instrumentos de consulta que se ofrecen al lector al final del volumen se cuenta un índice cronológico de todas las entradas de los Diarios –incluidos también los Diarios de viaje– que remite a los distintos lugares en que cada entrada se encuentra, de modo que el lector puede reconstruir a partir del mismo el contenido de cada uno de los documentos. Asimismo, dispone el lector, en las páginas 801 a 807, de una cronología de la vida de Kafka que puede ayudarle a situar adecuadamente en su contexto biográfico algunos de los sucesos a los que se refiere el escritor.
El signo º que el lector encontrará con frecuencia intercalado en los textos de Kafka remite al aparato de notas que se encuentra al final del volumen, donde cada nota viene precedida del número de la página y de la línea en que se ha introducido la llamada correspondiente. Son, ante todo, notas aclaratorias, explicativas y de carácter histórico; en algún caso se trata de notas que permiten relacionar los Diarios con la obra narrativa de Kafka. Solo en contadas ocasiones las notas entran en el terreno de la interpretación del sentido de los textos kafkianos. La información que las notas proporcionan acerca de determinadas personas u obras a las que Kafka se refiere suele darse la primera vez que se hace mención de las mismas y no vuelve a repetirse en menciones posteriores. Pero el lector dispone, al final del volumen, de un exhaustivo índice de nombres y obras citados en el que podrá localizar todas las ocasiones en que la persona o la obra en cuestión han sido mencionadas, ya sea de forma directa (con su nombre o su título), ya sea de forma indirecta (es decir, por alusiones).
Otra herramienta de gran utilidad para el lector es el índice de fragmentos, esbozos y apuntes narrativos que se encuentra también al final de este volumen. A partir del mismo, el lector tiene constancia efectiva de cuantos pasajes de los Diarios son de naturaleza narrativa, por breves o incompletos que resulten, y tiene la posibilidad, si así lo quiere, de realizar un itinerario selectivo a través de los textos aquí reunidos.
La escritura tanto de los cuadernos como de los legajos que constituyen el cuerpo original de los Diarios y de los Diarios de viaje ofrece las características comunes a los textos escritos a mano y con fines particulares, no destinados a la publicación, redactados a menudo en circunstancias poco favorables a la claridad y al cuidado de la forma en que se presentan. Solo una edición facsimilar podría dar cuenta de las muchas particularidades de una escritura realizada en estas condiciones, particularidades que en cualquier otro caso no tiene sentido preservar; tanto menos cuando se trata, como aquí, de una traducción, y de ningún modo, como en el caso de KA, de una edición crítica. Esta es la razón por la que, apartándonos de los criterios de transcripción de KA, que reproduce en lo posible las particularidades del original, respetando sus fallos, rarezas e incongruencias, aquí hemos optado por presentar los textos conforme a los criterios convencionales de edición, sin imitación de tantas peculiaridades en absoluto adjudicables a una voluntad estilística.
Conforme al criterio establecido en las Obras Completas de Franz Kafka en las que se basa esta Biblioteca, se respeta en lo posible la puntuación –a veces muy particular– de Kafka, con excepción de aquellos casos –muy frecuentes, dadas las mencionadas características del texto– en los que la omisión de un signo determinado confunde o desorienta gravemente la lectura. En estos casos, se repara la omisión, toda vez que no haya indicio alguno de que sea intencionada. Resultaría sin embargo exagerado, cuando no absurdo, conceder rango estilístico a tantas deficiencias propiciadas por las condiciones materiales en que se realizó la escritura. De este modo, se pone punto final a muchas frases que no lo llevan, excepto aquellas en que es razonable pensar que la construcción misma de la frase ha quedado interrumpida o simplemente suspendida, juzgándose abusiva en tales casos la imposición de los tres puntos suspensivos. Se mantiene, eso sí, el empleo regular del guión largo con valor de aparte, del que se distingue por ir a la vez precedido y seguido de un espacio en blanco. Hace tiempo ya que es frecuente conservar en las traducciones del alemán al español este signo en muchas ocasiones insustituible, que carece de correspondencia exacta con ninguno de los signos convencionales de puntuación en nuestro idioma, y cuyo valor gráfico, en el caso particular de unos diarios como estos, resulta muy expresivo.
Por lo que respecta a los párrafos, en líneas generales se mantienen el ritmo y la distribución del original. Cuando no los había, y para facilitar tanto la lectura como la consulta del texto, se han abierto blancos de línea entre las entradas correspondientes a fechas sucesivas. Por otra parte, en esta edición se han suprimido los filetes largos y cortos que, tanto en KA como en las Obras Completas de Galaxia Gutenberg y Círculo de Lectores, evocaban los trazos con que el propio Kafka separa a menudo anotaciones sucesivas. Se han introducido líneas de puntos que vienen a indicar, dentro de las entradas correspondientes a cada año, cuándo se produce la transición de un documento a otro.
Se componen en cursiva aquellas palabras (títulos de libros, nombres de periódicos, extranjerismos, usos metalingüísticos) que, aunque no vayan subrayadas por Kafka, se escriben convencionalmente de este modo.
Se desarrollan aquellas abreviaturas que, siendo características de una escritura privada, no destinada a ser consultada por nadie más que el propio autor, producirían extrañeza y dificultades al lector de una edición como la presente. Así, por ejemplo, donde Kafka abrevia (siempre sin sistematicidad alguna) ital. por italianos, se restituye, íntegra, la palabra italianos; y lo mismo se hace con abreviaturas como d. (por derecha), p. e. (por por ejemplo), e. d. (por es decir), n. (por nacido), sept. (por septiembre), etc. Este criterio se suspende en aquellos casos en que se estima razonable que Kafka haya abreviado la palabra en cuestión por pudor o discreción, como ocurre con la palabra sexo, abreviada s. En estas ocasiones, muy pocas, se aclara en las notas a qué aluden las abreviaturas en cuestión.
Caso semejante es el de los nombres que Kafka escribe con iniciales, la mayor parte de las veces sin otra razón presumible que la de economizar el esfuerzo de la escritura (pues los mismos nombres aparecen unas veces escritos completos y otras por sus iniciales). También en estos casos, y a efectos de no obligar al lector a acudir constantemente a las notas finales, se desarrolla, sin más, el nombre en cuestión, toda vez que se sabe con seguridad a quién se alude. Con el mismo criterio se desarrollan también las iniciales con que a menudo se refiere Kafka a periódicos o revistas. En cualquier caso, en el índice de nombres y obras citados se consignan oportunamente, junto a los nombres propios, las iniciales que emplea Kafka para aludirlos.
En cuanto a las cifras, vuelve a ocurrir que, dentro de la economía que caracteriza la escritura de estos diarios, Kafka suele escribir la mayoría con números, aunque de nuevo aquí no se observa sistematicidad alguna. En la presente edición se han aplicado, una vez más, los criterios convencionales a este respecto, de forma que donde Kafka escribe 2 señoras se transcribe dos señoras, por ejemplo; o se transcribe las dos de la noche por las 2 de la noche.
En lo tocante a las fechas correspondientes a cada entrada, se completan siempre que es posible las referencias al día, al mes y al año, incluyendo entre corchetes los datos omitidos por Kafka o las rectificaciones a los errores que en ocasiones comete. Solo se precisa el día de la semana cuando el propio Kafka lo hace, y solo se escribe el nombre del mes cuando, asimismo, lo hace también Kafka; en los demás casos, siguiendo el uso más corriente por su parte, la referencia del mes se da mediante números romanos, de modo que, por lo general, las fechas se dan según la forma siguiente: 5. XI 1911 (por 5 de noviembre de 1911).
Finalmente, conviene puntualizar que Kafka escribe a menudo incorrectamente palabras pertenecientes a idiomas distintos del alemán, en particular el francés. Salvo en las muy contadas ocasiones en que resultan expresivos en algún sentido, los errores de este tipo se reparan, como se reparan también los que comete ocasionalmente en la transcripción de nombre propios. Como fuere, las notas subrayan los casos más recurrentes o significativos.
JORDI LLOVET
El círculo volado º, que se encuentra en el curso de los distintos textos de Kafka, remite a la nota correspondiente, al final del libro, donde se indica la página y la línea de la edición impresa a las que cada signo corresponde.
Diarios
1910
Los espectadores se ponen rígidos cuando pasa el tren.
Wenn er mich immer frägt [‘Siempre que él me pregunta’]. La ä, desprendida de la frase, se alejaba volando como una pelota por la hierba.
Su seriedad me mata. La cabeza hundida en el cuello de la camisa, el pelo inmóvil ordenado alrededor del cráneo, los músculos de la parte inferior de las mejillas tensos en su lugar
¿Sigue estando el bosque allí? El bosque seguía estando allí en buena parte. Pero apenas mi mirada se alejaba diez pasos, yo desistía, atrapado otra vez por la aburrida conversación.
En el bosque oscuro, en el suelo reblandecido, yo me orientaba únicamente por el blanco del cuello de su camisa.
En sueños yo rogaba a la bailarina Eduardova que, por favor, volviese a bailar la czarda. º Tenía en medio de la cara, entre el borde inferior de la frente y el centro de la barbilla, una ancha franja de sombra o de luz. Justo en aquel momento llegaba alguien, con los repugnantes movimientos propios del intrigante inconsciente, a decirle que el tren estaba a punto de salir. Por su modo de escuchar aquel aviso yo comprendía aterrado que ella ya no bailaría. «Soy una mujer malvada, mala, ¿verdad?», decía. Oh no, decía yo, eso no, y me daba la vuelta para irme en una dirección cualquiera.
Antes le preguntaba por las muchas flores que llevaba prendidas en el cinturón. «Son de todos los monarcas de Europa», decía. Yo reflexionaba sobre qué sentido tenía que todos los monarcas de Europa hubiesen regalado a la bailarina Eduardova aquellas flores frescas que llevaba prendidas en el cinturón.
La bailarina Eduardova, que es muy aficionada a la música, cuando va en tranvía, igual que en todas partes, va acompañada de dos violinistas, a los que hace tocar a menudo. Al fin y al cabo, que se sepa no está prohibido tocar en el tranvía si la ejecución es buena, agrada a los demás viajeros y es gratis, es decir, si a continuación no pasan el platillo. De todos modos, al principio resulta un poco sorprendente y durante un rato a todo el mundo le parece fuera de lugar. Pero en plena marcha, con una fuerte corriente de aire y en una calle tranquila, suena bonito.
En la calle la bailarina Eduardova no es tan guapa como en el escenario. Su palidez, esos pómulos que le estiran tanto la piel que apenas se produce en su cara un movimiento un poco fuerte, su gran nariz, que se alza como de un hoyo, y con la que no se pueden gastar bromas, como comprobar la dureza de la punta o agarrarla suavemente por el tabique y tirar de un lado para otro diciendo «Vas a ver como ahora sí que vienes», su figura ancha, de talle alto, con esas faldas llenas de pliegues, a quién puede gustarle eso – casi me parece ver a una de mis tías, a una señora mayor, mucha gente tiene tías que se parecen a ella. Aparte de sus pies, que son estupendos, realmente la Eduardova, vista en la calle, no tiene nada que compense esas faltas, no hay en ella absolutamente nada que mueva al entusiasmo, al asombro, ni siquiera al respeto. Y por eso muchas veces he visto tratar a la Eduardova con una indiferencia que ni siquiera caballeros muy diplomáticos y muy correctos podían ocultar, por más que, naturalmente, se esforzasen mucho, por tratarse de una bailarina tan famosa como lo era al fin y al cabo la Eduardova.
Al tacto el pabellón de mi oreja se notaba fresco, áspero, frío y jugoso, como una hoja de árbol.
Esto lo escribo, con toda seguridad, por desesperación con mi cuerpo y con mi futuro con este cuerpo.
Cuando la desesperación es tan concreta, está tan ligada a su objeto, es tan contenida como la de un soldado que, encargado de cubrir la retirada, se deja destrozar por ello, esa no puede ser la verdadera desesperación. La verdadera desesperación ha rebasado enseguida y siempre su meta, (esa coma demuestra que solo la primera frase era correcta).

¿Estás desesperado?
¿Sí?, ¿estás desesperado?
¿Te escapas? ¿Quieres esconderte?
Pasé por delante del burdel como si pasase por delante de la casa de mi amante.
Los escritores hablan fetideces.
Las costureras bajo el aguacero. º
Desde la ventanilla del compartimiento
Por fin, al cabo de cinco meses de mi vida durante los cuales no he podido escribir nada que me dejase satisfecho y de los que ningún poder me resarcirá, aunque todos estarían obligados a hacerlo, tengo la ocurrencia de volver a hablarme a mí mismo. Siempre que me he interrogado realmente a mí mismo he respondido, siempre hubo algo que sacar de mí, de ese montón de paja que soy desde hace cinco meses y cuyo destino parece consistir en que le prendan fuego durante el verano y arder más aprisa que lo que tarda en pestañear el espectador. ¡Ojalá me pasase eso! Y que me pasase docenas de veces, pues ni siquiera me arrepiento de esa desdichada temporada. El estado en que me encuentro no es la desdicha, pero tampoco es la dicha, ni la indiferencia, ni la debilidad, ni el cansancio, ni ningún otro interés, ¿qué es, pues? Sin duda mi ignorancia al respecto tiene que ver con mi incapacidad de escribir. Y aunque no conozco la razón de esa incapacidad, creo comprenderla. En efecto, ninguna de las cosas que a mí se me ocurren se me ocurre desde la raíz, sino solo desde algún lugar situado hacia la mitad. Que alguien intente sostenerla entonces, que alguien intente sostener esa hierba y sostenerse a sí mismo en ella, en esa hierba que no empieza a crecer hasta la mitad del tallo. Sin duda hay individuos capaces de hacerlo, por ejemplo esos equilibristas japoneses que trepan por una escalera que no está posada en el suelo, º sino en las plantas de los pies alzadas de otro acróbata que está medio tumbado en el suelo, y que no se apoya en la pared, sino que solo asciende en el aire. Yo soy incapaz de hacerlo, aparte de que mi escalera ni siquiera cuenta con esas plantas. Eso no es todo, por supuesto, y una pregunta como esa aún no me hace hablar. Pero cada día se ha de dirigir hacia mí al menos una línea, como ahora se dirige el telescopio hacia el cometa. º Y eso, aunque luego yo apareciese alguna vez ante esa frase, atraído por esa frase, como el que fui, por ejemplo, en las últimas Navidades, cuando llegué al punto de casi no poder contenerme y parecía hallarme realmente en el último peldaño de mi escalera, la cual, sin embargo, estaba firmemente posada en el suelo y apoyada en la pared. Pero ¡qué suelo!, ¡qué pared! Y, sin embargo, aquella escalera no se cayó, tanto la apretaban mis pies contra el suelo, tanto la alzaban mis pies contra la pared.

Hoy, por ejemplo, he cometido tres impertinencias, con un revisor, con uno de mis superiores, bueno, solo han sido dos, pero me duelen como si fueran dolores de estómago. Cometidas por cualquiera habrían sido impertinencias, cuánto más cometidas por mí. Me salí de mis casillas, luché en el aire, en medio de la niebla, y lo más grave es que nadie notó que también con mis acompañantes cometí, tuve que cometer, la impertinencia como tal impertinencia, tuve que poner la cara adecuada, cargar con la responsabilidad; pero lo peor de todo fue que uno de mis conocidos ni siquiera tomó esa impertinencia como signo de carácter, sino como el carácter mismo, me hizo notar mi impertinencia y la admiró. ¿Por qué no me quedo dentro de mí? Ahora me digo, de todos modos: Mira, el mundo se deja golpear por ti, el revisor y mi superior se quedaron tranquilos cuando tú te fuiste, el segundo incluso te saludó. Pero eso no significa nada. No puedes conseguir nada si te abandonas, pero cuántas cosas dejas escapar además dentro de tu círculo. A esas palabras respondo únicamente: También yo preferiría dejarme pegar dentro de mi círculo que pegar fuera de él, pero ¿dónde diablos está ese círculo? Sí, durante una temporada he estado viéndolo en el suelo, como si estuviera allí marcado con cal, pero ahora anda flotando a mi alrededor, es más, ni siquiera flota.
17/18 [18/19] de mayo [de 1910]. Noche del cometa.
He estado en compañía de Blei, º su mujer y su hijo, a ratos me he oído a mí mismo desde mi propio interior, en ocasiones como si fuera el maullido de un gatito, pero qué se le va a hacer.
Cuántos días han vuelto a pasar mudos; hoy es 29 de mayo. Ni siquiera tengo la resolución de tomar diariamente en mi mano este lapicero, este trozo de madera. Ya empiezo a creer que no la tengo. Remo, monto a caballo, nado, me tumbo al sol. Por eso tengo bien las pantorrillas, los muslos no están mal, el vientre puede pasar, pero el pecho ya es muy astroso, y si la cabeza hundida entre los hombros me
Domingo, 19 de junio de 1910. Dormido, despertado, dormido, despertado, qué asco de vida.
Pensándolo bien, º he de decir que mi educación me ha hecho mucho daño en no pocos sentidos. Y es que no me han educado en ningún lugar remoto, acaso en unas ruinas en las montañas, cosa contra la cual no habría alzado un solo reproche, desde luego. Aun a riesgo de que la serie completa de mis antiguos maestros de escuela no consiga comprenderlo, me habría gustado, me habría encantado ser el pequeño habitante de unas ruinas, tostado por el sol, que allí, entre las ruinas, habría brillado para mí desde todos los lados sobre la hiedra tibia, si bien al comienzo yo hubiera estado débil, bajo la presión de mis buenas cualidades, que habrían crecido dentro de mí con el vigor de las malas hierbas.
Pensándolo bien, he de decir que mi educación me ha hecho mucho daño en no pocos sentidos. Este reproche se dirige a mucha gente, a saber, a mis padres, a algunos parientes, a ciertos visitantes de nuestra casa, a diversos escritores, a una cocinera muy concreta que durante todo un año estuvo llevándome a la escuela, a un montón de mis profesores (a los cuales he de mantener bien apretados en mi recuerdo, pues de lo contrario se me escapa aquí y allá uno, pero como los he comprimido tanto, el conjunto vuelve a disgregarse por algunos lados), a un inspector escolar, a transeúntes que caminaban despacio, en resumen, este reproche es como un puñal que va zigzagueando a través de toda la sociedad. No quiero oír ninguna réplica a este reproche, pues ya he oído demasiadas, y como la mayoría de las réplicas han refutado mis argumentos, también a ellas las incluyo en mi reproche y declaro aquí que mi educación y esa refutación me han hecho mucho daño en no pocos sentidos.
Pienso en ello muchas veces y siempre llego a la conclusión de que mi educación me ha hecho mucho daño en no pocos sentidos. Este reproche se dirige contra mucha gente, aunque aquí están todos juntos, y, como pasa en las viejas fotografías de grupo, no saben qué hacen allí los unos con los otros, ni siquiera se les ocurre bajar los ojos y, debido a la expectación, no se atreven a sonreír. Están ahí mis padres, algunos parientes, algunos profesores, una cocinera muy concreta, algunas chicas de la clase de baile, algunos visitantes de nuestra casa de hace muchos años, algunos escritores, un bañero, un expendedor de billetes, un inspector escolar, luego gente a la que he visto una sola vez, en la calle, y otros de los que no me acuerdo en este momento, y otros más de los que ya nunca me acordaré, y, finalmente, otros cuyas enseñanzas me cogieron distraído por lo que fuera, de modo que no las percibí en absoluto, en resumen, son tantos que he de tener cuidado de no nombrar dos veces a alguno. Y a todos ellos les formulo mi reproche, y de ese modo hago que se conozcan entre sí, pero no tolero ninguna réplica. Pues ya he soportado, en verdad, bastantes réplicas, y como la mayoría de ellas han refutado mis argumentos, no me queda otro remedio que incluir en mi reproche también esas refutaciones y decir que, además de mi educación, también esas refutaciones me han hecho mucho daño en no pocos sentidos.
¿Acaso alguien se imagina que me han educado en algún lugar remoto? No, en plena ciudad, me han educado en plena ciudad. No en unas ruinas en las montañas o a orillas de un lago, por ejemplo. Hasta este momento mis padres y compañía estaban cubiertos por mi reproche, eran grises; ahora lo echan a un lado con toda facilidad y sonríen, porque yo he apartado mis manos de ellos y me las he llevado a la frente y pienso: Yo debería haber sido el pequeño habitante de unas ruinas, escuchando atentamente los graznidos de los grajos, sobrevolado por su sombra, helándome bajo la luna, tostado por el sol, que allí, entre las ruinas, habría brillado para mí desde todos los lados sobre mi lecho de hiedra, aunque al comienzo yo hubiera estado un poco débil, bajo la presión de mis buenas cualidades, que habrían tenido que crecer dentro de mí con el vigor de las malas hierbas.
Pienso en ello muchas veces y dejo libre curso a mis pensamientos, sin entrometerme, y, por más vueltas que les dé, siempre llego a la conclusión de que mi educación me ha hecho un daño terrible en no pocos sentidos. Hay en esta constatación un reproche que se dirige contra mucha gente. Están ahí mis padres, con los parientes, una cocinera muy concreta, mis profesores, algunos escritores, familias amigas, un bañero, paisanos en los lugares de veraneo, algunas señoras del parque municipal de las que nadie se imaginaría jamás algo así, un peluquero, una mendiga, un timonel, el médico de cabecera y otros muchos, y serían aún más si yo quisiera y pudiera designarlos a todos por su nombre, en resumen, son tantos que, entre el montón, he de tener cuidado de no nombrar dos veces a alguno. Ahora bien, alguien podría objetar que un reproche dirigido a tan gran número de personas pierde solidez, tiene que perder solidez por fuerza, pues un reproche no es un general al mando de un ejército: el reproche se limita a avanzar en línea recta y no puede dividirse. Mucho más en este caso, en que se dirige contra figuras del pasado. Es posible que esas figuras hayan quedado grabadas en la memoria con una energía olvidada, pero ahora ya casi no tienen suelo bajo los pies, y hasta sus piernas no deben de ser ya mucho más que humo. De qué puede servir señalar ahora los errores que unas personas en ese estado cometieron alguna vez, en otros tiempos, en la educación de un niño que a esa gente le resulta ahora tan incomprensible como ella a nosotros. Y es que ya no es posible ni siquiera hacerles recordar aquellos tiempos, no se acuerdan de nada, y si uno insiste, lo apartan a un lado sin decir palabra, no hay manera de forzarlos a recordar, pero quizá no tiene sentido intentar forzarlos, pues todo hace pensar que no oyen ni una sola palabra. Parecen perros cansados, pues gastan toda su energía en mantenerse en pie en el recuerdo. Pero si uno consiguiera realmente hacerles oír y hablar, le lloverían los contrarreproches, ya que los seres humanos se llevan al más allá la creencia en la respetabilidad de los muertos y la defienden desde allí con un ímpetu diez veces mayor. Y si acaso eso no fuera cierto y los muertos sintiesen un gran respeto por los vivos, entonces ellos se remitirían a su pasado de personas vivas, que es el que más cerca les queda, y otra vez volverían a llover los reproches. Y si eso tampoco fuera verdad y resultase que los muertos son muy imparciales, tampoco admitirían que se los importunase con reproches indemostrables. Pues los reproches de ese género son indemostrables, aun de persona a persona. Si ya es difícil demostrar que han existido errores en una educación, cuánto más precisar su autoría. Y a ver qué reproche, en semejantes circunstancias, no acaba transformándose en un sollozo.
Ese es el reproche que yo he de hacer. Tiene un interior sano, la teoría lo sostiene. Lo que realmente han estropeado en mí, o bien lo olvido por el momento, o bien lo perdono, y por esas cosas no protesto. En cambio puedo demostrar en cualquier momento que mi educación quiso hacer de mí alguien diferente de quien he llegado a ser. Así pues, lo que les reprocho a mis educadores es el daño que, de acuerdo con sus intenciones, podrían haberme causado; les reclamo el ser humano que soy ahora, y como no pueden dármelo, les hago con mi reproche y con mis risas un redoble de tambor que penetra hasta el más allá. Pero todo esto está al servicio de un objetivo diferente. Lo que quisiera es que el reproche de que han estropeado una parte de mí, una parte grande y hermosa –que a veces se me aparece en sueños como a otros se les aparece su novia muerta–, que sobre todo ese reproche, siempre a punto de convertirse en un sollozo, llegue indemne al más allá, como un reproche honesto, pues de hecho lo es. Así ocurre que el gran reproche, el reproche que nada puede refutar, toma de la mano al pequeño; si el grande anda, el pequeño va dando brincos; pero en cuanto el pequeño se adentra en el más allá, se hace notar, eso es lo que siempre hemos estado aguardando, y toca la trompeta para acompañar al tambor.
Pienso en ello muchas veces y dejo libre curso a mis pensamientos, sin entrometerme, pero siempre llego a la conclusión de que mi educación me ha estropeado más de lo que alcanzo a comprender. Físicamente soy una persona como tantas otras, pues mi educación corporal se atuvo a lo corriente, como corriente era también mi cuerpo, y aunque soy bastante bajo y un poco gordo, gusto a muchas personas, incluyendo algunas chicas. Nada hay que decir sobre eso. No hace mucho una dijo algo muy razonable, «Ay, cómo me gustaría verlo desnudo, así sí que ha de estar usted guapo, para besarlo», dijo. Pero aunque me faltase aquí el labio superior, allí el pabellón de una oreja, aquí una costilla, allá un dedo, y aunque tuviese calvas en la cabeza y en la cara picaduras de viruela, ni siquiera así mi cuerpo correspondería de verdad a la imperfección de mi interior. Esa imperfección no es de nacimiento y por eso resulta tanto más dolorosa. Pues, como todo el mundo, también yo nací con un centro de gravedad dentro de mí, que ni siquiera la educación más disparatada ha podido desplazar. Ese buen centro de gravedad aún lo tengo, lo que ya no tengo es, por decirlo así, el cuerpo que va con él. Y un centro de gravedad que no tiene ninguna tarea que cumplir se convierte en plomo y se aloja en el cuerpo como una bala de fusil. Pero esa imperfección tampoco es merecida, yo he sufrido su génesis sin ser culpable de ella. Por eso tampoco encuentro dentro de mí señal alguna de arrepentimiento, por más que busque. Y es que el arrepentimiento me sentaría bien, ya que se llora a sí mismo en su propio llanto; el arrepentimiento deja a un lado el dolor y arregla él solo todos los asuntos, como si fueran lances de honor; nosotros nos mantenemos en pie mientras él nos alivia.
Como ya he dicho, mi imperfección no es de nacimiento, no es merecida; sin embargo, yo la soporto mejor que otros soportan, con gran trabajo de su imaginación, con recursos rebuscados, desdichas mucho menores, una esposa horrible por ejemplo, situaciones de pobreza, trabajos de miseria, y aun así yo no tengo ni mucho menos la cara negra de desesperación, sino blanca y sonrosada.
No la tendría así si mi educación hubiera penetrado en mí tanto como pretendía. Quizá mi infancia fue demasiado breve para ello, si es así me felicito de todo corazón de su brevedad, todavía ahora, pasados los cuarenta años. Solo eso hizo posible que me queden todavía fuerzas para ser consciente de las pérdidas de mi infancia, para digerir además esas pérdidas, para lanzar además en todas direcciones reproches contra el pasado, y por fin un resto de fuerza para mí mismo. Pero todas esas fuerzas son a su vez solo un resto de las que poseía cuando era niño y me hicieron más vulnerable que otros a los corruptores de menores, y es que al buen coche de carreras el polvo y el viento lo persiguen y rebasan más que a los otros, y los obstáculos salen disparados hacia sus ruedas de tal modo que casi parece que lo hagan por amor.
Lo que con más claridad me muestra lo que aún soy ahora es la fuerza con que pugnan por salir de mí los reproches. Hubo tiempos en los que dentro de mí no tenía nada más que reproches impulsados por la rabia, a tal punto que, aun encontrándome bien físicamente, tenía que agarrarme a desconocidos por la calle, pues los reproches se agitaban dentro de mí de un lado para otro como se agita el agua dentro de un recipiente que se transporta deprisa.
Esos tiempos han pasado. Los reproches están desparramados dentro de mí, como herramientas ajenas que apenas tengo ya ánimos para recoger. Y sin embargo, el estropicio causado por mi vieja educación parece volver a obrar cada vez más dentro de mí; la manía de recordar, que acaso es una cualidad común a los solteros de mi edad, vuelve a abrir mi corazón a aquellas personas a las que mis reproches deberían golpear, y un suceso como el de ayer, que antes era tan frecuente como el comer, es ahora tan raro que lo anoto.
Pero, más allá de eso, quizá todavía sea yo mismo la mejor fuerza auxiliar de mis agresores, yo, el que ahora ha dejado la pluma para abrir la ventana. En efecto, me subestimo y eso por sí solo ya significa sobreestimar a los otros, pero es que además realmente los sobreestimo, e incluso sin contar con eso me hago daño directamente a mí mismo. Si me vienen ganas de hacer reproches, me asomo a la ventana. Quién negará que los pescadores de caña están sentados allá en sus barcas, como si fueran escolares a los que han llevado de la escuela al río; pues bien, su quietud es a menudo incomprensible, como la de las moscas en el cristal de la ventana. Y, naturalmente, por el puente pasan los tranvías como siempre, con groseros ruidos de viento, y sonando como relojes estropeados; no cabe duda de que el policía, negro de pies a cabeza, con la luz amarilla de la chapa en el pecho, no evoca otra cosa que el infierno y en este momento está contemplando, con pensamientos parecidos a los míos, a un pescador de caña que, de repente, llora, tiene una aparición, o se agita el corcho de su caña, se inclina hacia el borde de la barca. Todo eso es correcto, pero en su momento, ahora lo único correcto son los reproches.
Se dirigen contra mucha gente, eso puede horrorizar, desde luego, y no solo yo sino cualquier otro preferiría mirar el río por la ventana abierta. Están ahí mis padres y mis parientes, el que me hayan hecho daño por amor agrava todavía más su culpa, pues qué útiles podrían haberme sido por amor; luego están familias amigas que miran con malos ojos, la consciencia de su culpa las vuelve pesadas y no quieren subir a la memoria; luego, los montones de niñeras, profesores y escritores, y entre ellos una cocinera muy concreta; luego, entremezclados para castigarlos, un médico de cabecera, un peluquero, un timonel, una mendiga, un vendedor de papel, un vigilante de parque, un bañero; luego, señoras desconocidas del parque municipal, de las que nadie se imaginaría jamás algo así, paisanos de los lugares de veraneo, que son una afrenta a la inocente naturaleza, y otros muchos; pero serían aún más si yo quisiera y pudiera designarlos a todos por su nombre; en resumen, son tantos que he de tener cuidado de no nombrar dos veces a alguno.
Muchas veces pienso en ello y dejo libre curso a mis pensamientos, sin entrometerme, pero siempre llego a la misma conclusión de que a mí mi educación me ha estropeado más que a toda la gente que conozco y más de lo que alcanzo a concebir. Sin embargo, eso solo puedo decirlo alguna vez, de cuando en cuando, pues si me preguntan: «¿De verdad? ¿Es posible? ¿Hay que creerlo?», trato de quitarle importancia, presa de un terror nervioso.
Físicamente tengo el mismo aspecto que cualquier otra persona; tengo piernas, tronco y cabeza, pantalones, chaqueta y sombrero; me hicieron practicar gimnasia como es debido y si, pese a ello, me he quedado bastante pequeño y débil, es porque era simplemente inevitable. Por lo demás gusto a muchas personas, incluyendo chicas jóvenes, y las personas a las que no gusto me encuentran al menos soportable.
Se dice, y estamos dispuestos a creerlo, que hay hombres que cuando se hallan en peligro no tienen el menor respeto ni siquiera por las bellas desconocidas; si esas mujeres les estorban en el momento de huir de un teatro en llamas, las empujan contra la pared, las empujan con la cabeza y las manos, con las rodillas y los codos. Entonces nuestras parlanchinas mujeres callan, su inacabable charla adquiere verbos y puntos, sus cejas se alzan de su posición de reposo, el movimiento respiratorio de sus muslos y sus caderas se interrumpe, en su boca, medio cerrada por el miedo, entra más aire que de costumbre, y sus mejillas parecen un poco hinchadas.
Sand: º Todos los franceses son comediantes; pero solo los más flojos de entre ellos hacen comedia.
La claqueure en los teatros franceses: º Los que dan la orden están en la platea. Para los que están cerca, ja-ja; para los hombres del gallinero, dejan caer un periódico al suelo.
Un mazo de madera señala el inicio.
Cuando aquello ya se había vuelto intolerable º –era un atardecer de noviembre– y yo daba vueltas sobre la estrecha alfombra de mi habitación como por una pista de carreras, asustado por la vista de la calle iluminada, y giraba otra vez, asustado por el aspecto de la calle iluminada, y volvía a encontrar una nueva meta al fondo del espejo, en las profundidades de la habitación, y gritaba para oír solo el grito al que nada responde y al que nada le quita tampoco la fuerza misma del gritar, que asciende, pues, sin contrapeso y no puede cesar aunque enmudezca, en ese momento se abrió la puerta en la pared, muy deprisa, pues la prisa era necesaria y hasta los caballos enganchados al carruaje se encabritaron abajo, sobre el adoquinado, como caballos enloquecidos en una batalla con las gargantas al descubierto.
Como un pequeño fantasma surgió un niño del pasillo totalmente oscuro, en el que aún no ardía la lámpara, y se quedó de puntillas sobre una tabla del entarimado que oscilaba imperceptiblemente. Ofuscado por la luz crepuscular de la habitación, quiso cubrirse la cara con las manos, pero se calmó de improviso al mirar hacia la ventana, ante cuyo vano se remansaba por fin, bajo la oscuridad, el vapor proveniente de la iluminación de la calle. Con el codo derecho apoyado en la pared de la habitación, se mantuvo erguido ante la puerta abierta y dejó que la corriente de aire que venía de fuera le acariciase los tobillos y también el cuello y las sienes.
Yo le eché una mirada, dije «Buenos días» y cogí mi batín de la pantalla de la estufa, pues no quería estar ahí medio desnudo. Me quedé un ratito boquiabierto para que la excitación se me escapase por la boca. Mi saliva tenía mal sabor, las pestañas me temblaban en la cara, en una palabra, ya solo me faltaba esa visita, esperada, eso sí.
El niño seguía junto a la pared en el mismo sitio, con la mano derecha pegada al muro y las mejillas totalmente rojas, y no se cansaba de palpar la pared enjalbegada que tenía unos gránulos gruesos contra los que frotaba las yemas de los dedos.
Le dije: «¿De veras viene a verme a mí? ¿No será un error? Nada más fácil que un error en este caserón. Me llamo fulano de tal y vivo en la tercera planta. ¿Soy realmente la persona a la que quiere visitar?».
«¡Calma, calma!», dijo el niño por encima del hombro, «todo está en orden.»
«Entonces acabe de entrar en la habitación; quisiera cerrar la puerta.»
«La puerta acabo de cerrarla yo mismo. No se moleste. Más bien tranquilícese.»
No es ninguna molestia. Pero en esta planta vive un montón de gente y todos son, claro está, conocidos míos; la mayoría vuelve a esta hora del trabajo; si oyen hablar en una de las habitaciones, se creen simplemente con derecho a abrir la puerta y mirar qué pasa. Siempre es así. Todos tienen una jornada laboral a sus espaldas; ¿a quién querrían someterse en su libertad provisional nocturna? Además, usted también lo sabe. Déjeme cerrar la puerta.
Pero ¿qué pasa? ¿Qué le ocurre? Por mí ya puede entrar toda la casa. Y le repito una vez más que ya he cerrado la puerta. ¿O acaso cree que solo usted puede hacerlo? Si hasta la he cerrado con llave.
Pues muy bien. No pido nada más. No tenía por qué haber cerrado con llave. Y ahora póngase cómodo, ya que está aquí. Es usted mi invitado. Confíe en mí plenamente. Instálese a sus anchas, no tenga miedo. No lo obligaré a quedarse ni a marcharse. ¿Hace falta decírselo? ¿Tan mal me conoce?
No. No hacía falta que me lo dijera. Es más, no debió habérmelo dicho. Soy un niño, ¿a qué viene tanta ceremonia conmigo?
Tampoco es tan grave. Un niño, sí, por supuesto. Pero ya no tan pequeño. Más bien completamente desarrollado. Si fuera usted una joven, no podría encerrarse conmigo en una habitación como si tal cosa.
No debemos preocuparnos por eso. Solo quería decir que el hecho de conocerlo tan bien no me protege mucho, no hace sino eximirlo del esfuerzo de contarme historias inventadas. Pero así y todo me hace usted cumplidos. Déjelo ya, se lo ruego, déjelo ya. Además, resulta que tampoco lo conozco siempre ni en todas partes, y menos aún en esta oscuridad. Sería mucho mejor que encendiera la luz. No, más vale que no. De todas formas, tomaré nota de que ya me ha amenazado.
¿Cómo? ¿Que yo lo he amenazado? ¡Pero bueno! ¡Con lo contento que estoy de que por fin esté aquí! Y digo «por fin» porque ya es tardísimo. No consigo explicarme por qué ha venido tan tarde. Es posible que en mi alegría haya hablado confusamente y que usted me haya entendido mal. Admito una y mil veces haber hablado así, e incluso haberlo amenazado con todo lo que usted quiera. Pero nada de pleitos, por caridad. ¿Cómo ha podido usted creerlo? ¿Cómo ha podido ofenderme así? ¿Por qué se empeña en estropearme este breve momento que está pasando aquí? Un extraño sería más complaciente que usted.
Ya lo creo, y no dice usted nada nuevo. Yo soy ya, por naturaleza, tan complaciente con usted como podría serlo un extraño. Y usted también lo sabe. ¿A qué viene, pues, esta melancolía? Diga más bien que quiere interpretar una comedia, y me iré ahora mismo.
¿Así que también se atreve a decirme esto? Es usted un poco atrevido. Le recuerdo que está en mi habitación. No para de frotarse los dedos contra mi pared como un loco. ¡Mi habitación, mi pared! Y, además, lo que dice es ridículo, no solo insolente. Dice usted que su naturaleza lo obliga a hablar conmigo de este modo. ¿De veras? ¿Su naturaleza lo obliga? Muy amable por parte de su naturaleza. Su naturaleza es la mía, y si yo me comporto amablemente con usted por naturaleza, usted tiene que hacer otro tanto.
¿Y eso le parece amable?
Hablo de antes.
¿Sabe cómo seré yo más tarde?
No sé nada.
Y me dirigí hacia la mesita de noche y encendí la vela. (Por entonces no tenía gas ni luz eléctrica en mi habitación. ) Me quedé un rato más sentado a la mesa, hasta que eso también me cansó, me puse el sobretodo, cogí el sombrero del canapé y apagué la vela. Al salir tropecé con la pata de un sillón. En la escalera me crucé con un inquilino de la misma planta. ¿Ya se marcha usted otra vez, tunante?, me preguntó con las piernas abiertas y apoyadas sobre dos peldaños diferentes. ¿Qué quiere que haga?, le dije, acabo de estar con un fantasma en mi habitación. Lo dice con el mismo malestar del que ha encontrado un pelo en la sopa. Está bromeando. Pero piense que un fantasma es un fantasma. Muy cierto. Pero ¿qué pasa si uno no cree para nada en fantasmas? ¿Y piensa usted que yo creo en fantasmas?
El pequeño habitante de las ruinas. º
Tú, dije yo y le di un golpecito con la rodilla (al hablar de repente se me escapó de la boca un poco de saliva, lo cual fue un mal presagio), no te duermas.
Yo lo que quiero es irme, º quiero subir la escalera, si hace falta dando volteretas. De ese grupo de gente espero todo lo que me falta, sobre todo la organización de mis fuerzas, que hasta ahora cuentan solo con esa exacerbación que constituye la única posibilidad de este soltero en la calle. Y es que él se da por satisfecho con ir aguantando con su corporalidad, astrosa desde luego, pero firme, con defender su par de comidas, con evitar influencias de otras personas, en resumen, con retener todo lo que es posible en un mundo en descomposición. Pero lo que pierde intenta recuperarlo por la violencia, aunque sea modificado, debilitado, incluso aunque solo haya sido suyo en apariencia (y así es en la mayoría de los casos). Su naturaleza es por lo tanto suicida, solo tiene dientes para su propia carne y carne solo para sus propios dientes. Pues si no se tiene un centro, si no se tiene una profesión, un amor, una familia, una renta, es decir, si no se trata de adoptar frente al mundo, en lo importante, una postura natural, asombrándolo, digámoslo así, con un gran complejo de posesiones, no puede uno protegerse de las destructoras pérdidas del instante. Con su ropa exigua, su arte de rezar, sus piernas perseverantes, su temido piso de alquiler, con el resto de su ser hecho pedazos, invocado esta vez después de tanto tiempo, el soltero mantiene todo esto junto con ambos brazos y no puede evitar perder dos cosas siempre que coge al azar una cualquiera, por pequeña que sea. Ahí está por supuesto la verdad, la verdad que en ninguna otra parte se muestra tan pura. Pues quien se presenta realmente como cumplido ciudadano, es decir, viaja por el mar en un barco con espuma delante y una estela detrás, o sea, causando gran efecto a su alrededor, a diferencia del que se halla con sus cuatro tablones entre las olas que chocan entre sí y se hunden unas en otras, ese, ese señor y ciudadano, corre no poco peligro. Y es que él y sus posesiones no son una sola cosa sino dos, y quien rompe el vínculo con ellas también lo rompe a él. En este sentido nosotros y nuestros conocidos somos irreconocibles porque permanecemos completamente ocultos, yo por ejemplo permanezco ahora oculto por mi profesión, por mis dolencias imaginarias o reales, por mis inclinaciones literarias, etc. Pero precisamente noto mi fondo demasiado a menudo y con demasiada intensidad como para poder estar siquiera medianamente satisfecho. Y me basta con notar ese fondo ininterrumpidamente durante un cuarto de hora para que el venenoso mundo entre en mi boca como el agua en la del que está ahogándose.
Entre mí y el soltero no hay en estos momentos casi ninguna diferencia; la única es que yo aún puedo recordar mi juventud en la aldea y si lo deseo devolverme allí, quizá simplemente cuando mi situación lo exija. Pero el soltero no tiene nada delante y por lo mismo tampoco nada detrás. En este momento no hay ninguna diferencia, pero el soltero lo único que tiene es este momento. En aquella época que hoy nadie puede conocer, pues nada es tan lejano como aquella época, en aquella época el soltero falló, cuando notó constantemente su fondo a la manera como de repente notamos en nuestro cuerpo una úlcera que hasta ese instante era lo último en nuestro cuerpo, es más, ni siquiera era lo último, pues parecía no existir todavía, y ahora es más
