Bob Dylan. La biografía (edición actualizada)

Howard Sounes

Fragmento

cap-1

NOTA DEL AUTOR Y AGRADECIMIENTOS

BOB DYLAN ES UN ARTISTA cuya importancia en la música popular moderna prácticamente no tiene parangón. Es una gran estrella discográfica, un extraordinario intérprete en directo, un icono de la cultura popular y, más importante si cabe, el escritor de canciones más destacado de su época.

Su reputación no reside en su éxito comercial. A lo largo de sus cuarenta años de carrera, Dylan ha vendido más de cincuenta y seis millones de discos en todo el mundo, incluyendo más de veintitrés millones de álbumes en Estados Unidos. A pesar de que estas cifras puedan parecer desorbitantes, resultan mucho menos impresionantes si se tiene en cuenta que los Beatles, contemporáneos suyos, cuentan con unas ventas mundiales que ascienden a los seiscientos millones aproximadamente, incluyendo ciento nueve millones de álbumes vendidos en Estados Unidos. Dylan ha conseguido, sorprendentemente, pocos discos sencillos de éxito y jamás ha colocado uno de sus temas en el primer puesto de las listas americanas; tampoco logró situar una de sus canciones entre los cuarenta primeros puestos hasta 1979.(1) Siempre se le ha considerado un artista de álbum. En septiembre de 2000, languidecía en el puesto cincuenta y seis de las listas de ventas de «grandes éxitos», compilada por la RIAA (Asociación de la Industria Discográfica de América), muy por debajo de artistas más jóvenes como Madonna y Prince, y superado incluso por intérpretes como Ozzy Osbourne y The Carpenters.[1] No obstante, los grandes álbumes de Dylan como Blonde on Blonde y Blood on the Tracks son verdaderas piedras de toque de la cultura popular, trabajos de una profundidad y calidad tales que lo sitúan entre las primeras filas de los artistas de todo el mundo.

En sus giras, Dylan ha recorrido el mundo de forma infatigable, y es uno de los intérpretes en directo más perseverantes en el ámbito musical. En el escenario es verdaderamente dinámico, y hace gala de un carisma comparable al de Elvis Presley y Frank Sinatra. Dylan se distingue, sin embargo, de estos dos grandes artistas porque, dejando a un lado un limitado número de créditos de coautoría atribuidos a Presley, ellos no escribían sus canciones. Además de ser intérprete, Dylan es autor de más de cuatrocientas cincuenta composiciones originales, entre las que se incluyen clásicos populares como «Blowin’ in the Wind», «The Times They Are A-Changin’», «Like a Rolling Stone», «Forever Young», «Knockin’ on Heaven’s Door» y «Tangled Up in Blue».[2] Estas canciones contienen una variedad temática y una riqueza metafórica comparable a la obra de un gran poeta o novelista. La mayor parte de sus temas surgieron con facilidad. Dylan siempre se ha considerado a sí mismo un canal de inspiración divina, llegando a afirmar que las palabras fluyen a través de él. Su habilidad para crear una obra brillante durante un período de tiempo tan dilatado y sin necesidad de forzar las ideas, es el sello característico de su genio.

Bob Dylan cambió la música en la década de los sesenta llevando la poesía a la canción popular. No tuvo miedo de abordar temas serios en un medio que nunca había sido tomado particularmente en serio, y lo hizo con tal destreza, ingenio y elegancia que inspiró a otros a seguir sus pasos. Prácticamente cualquier cantautor contemporáneo está en deuda con él; afirmación que también resulta aplicable a John Lennon y Paul McCartney. Los Beatles estuvieron muy influidos por Dylan, que ya era una estrella antes que ellos y sigue siéndolo, mucho después de la disolución del grupo inglés. No cabe duda de que su longevidad entre las primeras filas de la música popular es otro logro que lo hace especial.

Lennon y McCartney formaban un equipo componiendo canciones, al igual que Goffin y King, Jagger y Richards, y Leiber y Stoller. La colaboración es algo frecuente en el campo de la composición de canciones, pues pocos artistas poseen talento melódico por un lado y facilidad para el lenguaje por otro. Sin embargo, Dylan ha escrito la mayor parte de su obra en solitario, del mismo modo que sus conciertos en directo están centrados en actuaciones en solitario. Dylan es un hombre eminentemente independiente. «Sale solo al escenario, y regresa solo de él. Escribe solo las canciones. Es su propio dueño. Se siente orgulloso de estar en su piel. No necesita a nadie para hacer nada ya que posee un don y un talento increíbles», señala su antigua compañera Carole Childs.[3]

La importancia de su trabajo es tal, que ha hecho de Dylan más que un simple músico. Es un cantautor gurú para millones de seguidores que escuchan sus pensamientos y sentimientos más profundos expresados en sus canciones; un artista al que se considera un pensador original y cuyo trabajo rezuma sabiduría. Las letras de las canciones de Bob Dylan se han convertido en figuras retóricas. Quizá «Blowin’ in the Wind»[4] sea el ejemplo más evidente, pero también hay otros como «el dinero no habla, jura»[5] o «para vivir fuera de la ley hay que ser honesto».[6] Sus ocurrencias aparecen en las compilaciones de citas modernas, como la respuesta que ofreció a la revista Playboy en 1966 a la pregunta de si sabía cómo eran sus canciones: «¿Que cómo son mis canciones? Pues mire usted, tengo canciones de cuatro minutos, otras de cinco y, lo crea o no, tengo canciones de hasta diez o doce minutos».[7] Una vez más, se trata de una reacción propia de un artista muy inusual; por muy grande que Elvis Presley fuera, pocos lo considerarían una fuente de ingenio y de sabiduría. En sus primeros años de carrera como cantante folk, Dylan estuvo estrechamente vinculado con movimientos en favor de los cambios sociales, se le consideró un icono de principios de la década de los sesenta junto a Martin Luther King Jr. y el presidente John F. Kennedy. A mediados de los sesenta se rebeló contra esa etiqueta llevando sus textos líricos al sonido del rock and roll. En su madurez ha escrito elocuentemente sobre el amor, la fe, el matrimonio, la paternidad y el envejecimiento.

Cabe destacar el hecho de que los mejores trabajos de Dylan no se limitan a un período concreto de su carrera. Después de los años de gloria de la década de los sesenta, regresó en 1975 con un excepcional Blood on the Tracks, álbum tan excepcional como cualquiera de los que había grabado con anterioridad, y que es considerado por algunos su mejor álbum. A mediados de los ochenta volvió a sorprender con un nuevo tema importante como «Blind Willy McTell» (grabado en 1983 pero que no se publicó hasta 1991) y, después de que muchos críticos lo diesen por acabado, regresó en 1997 con Time Out of Mind, que le valió tres premios Grammy. Simultáneamente, ha protagonizado giras memorables como la celebrada Rolling Thunder Revue de 1975-1976. Pocos artistas de su talla han producido tanto material de primera calidad y han ofrecido conciertos tan sugerentes en un período de tiempo tan dilatado. El hecho incuestionable de que también haya realizado tanto trabajo decepcionante —caóticas apariciones en conciertos y álbumes deslucidos— no resta valor a su capacidad para resurgir una y otra vez. Sucesivas generaciones han crecido apreciando su éxito, y en el centenar de conciertos que ofrece anualmente puede verse a adolescentes al lado de sus padres e, incluso, de sus abuelos. Parece que «A Hard Rain’s A-Gonna Fall», compuesta durante la crisis de los misiles en Cuba, no ha perdido su vigencia en una era de preocupaciones ecológicas y conflictos bélicos a punto de estallar; el entusiasmo de «All Along the Watchtower» no se ha desvanecido; el romanticismo de «Lay, Lady, Lay» sigue vivo; y una canción reciente como «Love Sick» se ha hecho un hueco entre otros grandes temas del pasado.

Como hombre, Dylan siempre ha sido contradictorio y cambiante. Es una de las personalidades más famosas del mundo occidental y, sin embargo, cuando no está en el escenario suele ser muy solitario; además, es un individuo extremadamente celoso de su intimidad. Resulta sorprendente que, a pesar de haber sido vigilado de cerca por la prensa mundial durante toda su vida adulta, haya extensos períodos de su biografía que han permanecido envueltos en un halo de misterio. Este libro revela buena parte de ese misterio. Por ejemplo, a pesar de que es bien sabido que Dylan se casó con la modelo Sara Lownds en 1965 y que se divorciaron en 1977, el hecho de que se casara una segunda vez en 1986 con la cantante de coro Carolyn Dennis y que formase con ella una nueva familia fue ocultado a la prensa y al público.[8] Se ha llegado a especular mucho sobre esa etapa de la vida de Dylan —entre otras cosas, se han hecho suposiciones acerca de la cantidad de hijos que ha tenido y con quién—, pero una gran parte de lo escrito es falso. En el presente libro aparece por primera vez toda la historia de Bob Dylan basada en hechos documentados y en recuerdos de primera mano aportados por sus familiares y amigos íntimos.

Bob Dylan ha sido durante mucho tiempo el mascarón de proa de la contracultura, a pesar de que, paradójicamente, él no haya tomado partido en la política o en las causas sociales de una forma activa llegando a denunciar la primera como «un instrumento del diablo».[9] Su interés se centra en otras cuestiones: el lenguaje, la antigua moralidad de la Biblia y la herencia espectral de la música folk americana. Es una persona profundamente seria, que rehúye sonreír a las cámaras y evita participar en programas televisivos. Al mismo tiempo, es conocido por su sentido del humor; suele sorprender a quienes le rodean con sus bromas infantiles y sus trucos de cartas, y siente una traviesa predilección por los juegos de ingenio.[10] Es tremendamente rico pero, por voluntad propia, vive como un gitano, pasando más tiempo de gira que en ninguna de las diecisiete propiedades que posee alrededor del mundo. Su excentricidad no ha hecho sino dar alas a la leyenda. Una cosa es ser un genio y otra mucho mejor es ser un genio excéntrico.

No es de extrañar, pues, que se haya escrito más sobre Dylan que prácticamente sobre cualquier otro artista de la música popular; y sería del todo incomprensible que no hubiese sido objeto de un estudio exhaustivo. En los últimos cuarenta años han aparecido docenas de obras sobre él, entre ellas libros de fotografías, análisis de las letras de sus canciones, así como cuatro biografías anteriores a esta: Bob Dylan: An Intimate Biography (Grosset & Dunlap, 1971), de Anthony Scaduto; No Direction Home: The Life and Music of Bob Dylan (New English Library, 1986), de Robert Shelton; Dylan: Behind the Shades (Viking, 1991; revisada como Bob Dylan: Behind the Shades-Take Two [Viking, 2000]), de Clinton Heylin. A pesar de que hasta ahora se ha hecho un buen trabajo, el desafío de escribir una biografía completa que exprese toda la grandeza del logro artístico de Bob Dylan y que revele, asimismo, la verdadera vida de este hombre fascinante y esquivo sigue pendiente.

LA PRESENTE BIOGRAFÍA está basada en un nuevo y laborioso trabajo de investigación. Como base sólida para el libro, dispuse de una nutrida cantidad de pruebas documentales, así como de material sobre la vida profesional y familiar de Dylan que no había visto la luz con anterioridad: certificados de nacimiento y de defunción, actas matrimoniales, documentos legales y datos sobre impuestos del patrimonio. En muchas ocasiones, estos documentos me han permitido aportar detalles específicos en cuestiones en las que hasta ahora había habido una amplia y, a veces errónea, especulación. Me puse en contacto con casi todas las personas que han tenido importancia en la vida de Dylan y realicé nuevas entrevistas con la mayoría de ellas. Personas que no habían sido entrevistadas con anterioridad han compartido sus experiencias en estas páginas y han revelado una sorprendente cantidad de información nueva que arroja luz sobre casi todos los aspectos de la vida de Bob Dylan; concretamente, ha permitido realizar el primer retrato completo de la vida familiar de Dylan (por ejemplo, hasta ahora solo se había revelado información parcial sobre los nombres completos y las fechas de nacimiento de sus cinco primeros hijos), aunque su alcance no se limita a esa parcela de la vida del artista. También abarca la historia hasta ahora oculta de sus años de retiro en Woodstock; las anécdotas que acompañaron la composición de álbumes como Blonde on Blonde; su vida en la carretera; su segundo matrimonio en secreto; su riqueza; sus batallas legales; sus inesperados intereses inmobiliarios; así como el comportamiento obsesivo de algunos admiradores desquiciados que, a lo largo de estos años, le han llevado a temer por su seguridad.

Solo se ha recurrido a citas directas extraídas de entrevistas publicadas con anterioridad en el caso de Bob Dylan, que decidió no prestar su colaboración en esta biografía, así como de las personas ya fallecidas o que, en cualquier caso, no estaban en situación de ser entrevistadas. Todas estas citas están documentadas en un aparato de notas que aparece al final del libro, junto a las explicaciones del material de base utilizado. Más de doscientas cincuenta personas han colaborado conmigo en este proyecto; la mayor parte de ellas lo han hecho a través de entrevistas formales, algunas respondiendo a mis preguntas por carta o correo electrónico, y otras entablando conmigo largas conversaciones. Las fuentes de este libro incluyen a parientes, amigos de la infancia y profesores, novias, vecinos, confidentes religiosos, antiguos empleados, miembros de bandas, poetas, directores de cine, pintores y otros músicos. Las fuentes clave incluyen a miembros de la familia de Dylan, así como a sus amigos y amigas más íntimos. Muchas de estas personas (entre ellos una vieja amiga como Carole Childs; un vecino de Woodstock, Bruce Dorfman; la viuda de Albert Grossman, Sally, y el amigo más antiguo de Dylan, Larry Kegan) no habían hablado antes con otros biógrafos. Antiguas novias como Echo Helstrom y Bonnie Beecher han concedido sus primeras entrevistas después de muchos años de silencio. Muchos músicos destacados que han tenido una estrecha relación con Bob Dylan han prestado su colaboración en el libro; entre ellos cabe mencionar a Rick Danko, Levon Helm, Garth Hudson y Robbie Robertson de The Band; y también a Tim Drummond, Ramblin’ Jack Elliott, Arlo Guthrie, Richie Havens, Carolyn Hester, John Lee Hooker, Jim Keltner, Al Kooper, Mark Knopfler, Roger McGuinn, Maria Muldaur, Tom Paxton, Pete Seeger, Mick Taylor, Bob Weir de The Grateful Dead, y Peter Yarrow y Noel Paul Stookey de Peter, Paul and Mary. Algunas de las personas determinantes, entre las que se cuentan miembros de la familia Dylan, ofrecieron su ayuda con la condición de no ser mencionados. Otros pidieron que no se les citase directamente.

Me siento particularmente agradecido a las siguientes personas:

Kenny Aaronson, el fallecido Steve Allen, David Amram, Al Aronowitz, Mary Alice Artes, Arthur Baker, Eve Baer, Stanley Bard, «Bucky» Baxter, Danielle Beeh, Joel Bernstein, Louise Bethune, Theodore Bikel, Ronee Blakley, Peggi Blu, Oscar Brand, Marshall Brickman, Bob Britt, John Bucklen, Joanna Bull, Henry «T-Bone» Burnett, Wayne Butler, Kenny Buttrey, Hamilton Camp (conocido como Bobby Camp), Nancy Carlen, Cindy Cashdollar, Anna L. Chairetakis (de soltera Lomax), Carole Childs, Liam Clancy, John Cohen, Paul Colby, Walt Conley, Ron Cornelius, Billy Cross, Jones Cullinan (de soltera Alk), Ethel Crystal, Charlie Daniels, el fallecido Rick Danko, Erik Darling, Luke Davich, Bruce Dorfman, Tim Drummond, Sly Dunbar, Manny Dworman, el pastor Bill Dwyer, Debi Dye-Gibson, Delores Edgin, Bob Engelhardt, Ramblin’ Jack Elliott, Mimi Fariña (de soltera Baez), Barry Feinstein, Lawrence Ferlinghetti, Anton Fig, Ray Foulk, Erik Frandsen, Dottie Gardner, Dana Gillespie, Tony Glover, Robert F. Goheen, Harvey Goldsmith, Dennis A. Good, Nick Gravenites, Wavy Gravy (conocido como Hugh Romney), «Mean» Willie Green III, Marlie Griffiths (de soltera Helstrom), Sally Grossman, el pastor Kenn Gulliksen, Arlo Guthrie, Nora Guthrie, George Haidos, Bobbye Hall, Tova Hammerman, John Hammond Jr., Jo Ann Harris, Richie Havens, Ronnie Hawkins, Bill Hecke Roth, Levon Helm, Echo Helstrom, John Herald, Carolyn Hester, LeRoy Hoikkala, J. J. Holiday, John Lee Hooker, Jim Horn, Neil Hubbard, Garth Hudson, Gayle Jamison, Bob Johnston, Mickey Jones, Steve Jones, Horace Judson, Pete Karman, Robert J. Karon, Larry Keenan, Larry Kegan, Jim Keltner, Doug Kershaw, Millie Kirkham, Mark Knopfler, «Spider» John Koerner, Sandy Konikoff, Al Kooper, Danny Kortchmar, Daniel Kramer, Tony Lane, Bruce Langhorne, Harold Leventhal, Jacques Levy, George Lois, Alan Lomax, Peter Lownds, Rory Makem, Tommy Makem, Gerard Malanga, David Mansfield, Angel Marolt, Paul Martinson, Charlie McCoy, Michael McClure, Martha McCrory, Faridi McFree, Roger McGuinn, Augie Meyers, Marvin Mitchelson, Bob Moore, Dave Morton, Wayne Moss, Maria Muldaur, Jim Mullen, Shawn Nadery, Gloria Naftali, Bobby Neuwirth, Anne Noznisky, Jeffrey Noznisky, Odetta, «Spooner» Oldham, Tony O’Malley, Richard Ostrander, Peter Ostroushko, Jon Pankake, Graham Parker, Alan Pasqua, Bernard Paturel, Mary Lou Paturel, Tom Paxton, el fallecido Kenneth Pederson, Gretel Pelto (de soltera Whitaker), D. A. Pennebaker, Regina Peoples, Ted Perlman, Billy Peterson, Chuck Plotkin, Larry Poons, Charlie Quintana, Kenny Rankin, Jean Ritchie, Scarlet Rivera, Hargus «Pig» Robbins, Robbie Robertson, «Duke» Robillard, B. J. Rolfzen, Jahanara Romney (de soltera, Bonnie Beecher), Dave van Ronk, Arthur Rosato, Susan Ross, Carla Rotolo, Suze Rotolo, Bruce Rubenstein, Howard Rutman, Carole Bayer Sager, Monique Sampas (de soltera, Paturel), Ed Sanders, Philip Saville, Paul Schrader, Tim Schussler, John Sebastian, Mike Seeger, Peggy Seeger, Pete Seeger, Sam Shepard, Janine Signorelli, Roy Silver, P. F. Sloan, Larry «Ratso» Sloman, Steven Soles, Mark Spoelstra, Patrick Stansfield, Yvonne Staples, Maeretha Stewart, Brian Stoltz, Lewis Stone, Rob Stoner, Noel Paul Stookey, Henry Strzelecki, Jonathan Taplin, Mick Taylor, el doctor Ed Thaler, Selma Thaler, David C. Towbin, Adam Traum, Happy Traum, Jane Traum, Matt Umanov, Bill Walker, Ian Wallace, Jennifer Warnes, Bill Waterous, Winston Watson, Harry Weber, A. J. Weberman, Bob Weir, Dave Whitaker, Ubi Whitaker, Josh White Jr., Steve Wiese, Charlie Wolven, Peter Yarrow, Israel «Izzy» Young, Monalisa Young, Terry Young, William Zantzinger y Jack Zimmerman.

Gracias a la editora Morgan Entrekin, que encargó el libro a Grove/Atlantic, Inc. Gracias también a los editores de Grove, Andrew Miller y Amy Hundley, a Marianne Velmans y a Jo Goldsworthy, de Transworld Publishers en Londres, a Sheila Lee, que buscó las fotografías, y a Jonathan Lloyd y Gordon Wise de Curtis Brown Ltd.

PRÓLOGO

EL AYER SE HA IDO PERO EL PASADO PERDURA

LA FORMA DE ANDAR del hombre era extrañamente desgarbada, como una marioneta movida por hilos invisibles. La cabeza parecía dotada de vida propia. Llevaba una ropa demasiado holgada que le daba un aspecto extravagante en aquel distrito selecto de Manhattan; parecía la vestimenta de un vagabundo. Sin embargo, al observarlo detenidamente, la ropa parecía nueva. Y al observar más detenidamente aún aquel rostro cetrino con barba de varios días, aquel hombre menudo de mediana edad resultaba familiar. Debajo del sombrero se apreciaba una singular nariz ganchuda, y sus rasgos delicados estaban enmarcados por los pelos de la barba. Al rascarse la nariz, se pudo ver que llevaba las uñas muy largas y mugrientas. Cuando alzó la vista para cruzar la calle, se apreciaron sus ojos de un azul intenso, más azules que los huevos de los petirrojos.[1]

—¡Eres Bob Dylan!

La gente lo reconocía a menudo, profiriendo saludos entusiastas, sin apenas dar crédito al hecho de estar viendo a una leyenda andante. Bob detestaba que lo pararan en plena calle, pero en el fondo era un hombre educado del Medio Oeste a quien no le importaba saludar. Cuando hablaba, aunque solo fuese para decir: «Eh, chico, ¿cómo te va?», su voz resultaba tan peculiar, mientras las palabras brotaban de su diafragma en una serie de explosiones que parecían abrirse paso a través de su nariz casi cómica, enfatizando la palabra menos adecuada de una frase y acortando las demás: solo podía tratarse de Bob Dylan.[2]

Bob apareció de la esquina entre la calle Cincuenta y siete y la avenida Lexington y entró en un pequeño club, el Irish Pavilion de Tommy Makem. Tommy Makem era un viejo amigo de principios de los años sesenta, cuando Bob estaba aprendiendo el oficio; un irlandés de voz suave que cantaba canciones populares con los Clancy Brothers en los clubes del Greenwich Village neoyorquino. Makem no veía a Bobby —como él lo llamaba— desde hacía muchos años. «No venía nadie con él: ningún chófer, ningún acompañante, nadie. Iba él solo», recuerda.

Makem condujo a Bob a una mesa tranquila donde no pudiera ser visto por el resto de la clientela. Acto seguido, fue por su banjo y subió al escenario para la actuación. Tocó las viejas baladas que Bob adoraba, canciones entrañables como «Brennan on the Moor» y la melancólica «Will You Go, Lassie, Go». Hubo una pausa antes de la segunda parte y Makem se acercó al lugar donde Bob estaba comiendo algo.

«Si te apetece cantar una canción, no tienes más que decírmelo», le sugirió.

Pero Bob prefería quedarse allí, plácidamente sentado. Se lo estaba pasando estupendamente. El Irish Pavilion le recordaba sus primeros días en Nueva York y la gente que había conocido allí, artistas como John Lee Hooker, «Cisco» Houston y «Big» Joe Williams. Aquellos hombres eran colosos para él; le habían enseñado e influido a lo largo de toda su carrera.

Cuando el público se hubo marchado, Makem cogió una silla y él y Bob se pusieron a charlar mientras el personal barría el local. Bob quería hablar del pasado, de los viejos amigos de los viejos clubes, gente a la que no veía desde hacía treinta años, y de los viejos recuerdos, como aquella noche en la que un Bob emocionado se fue hasta donde se hallaba el irlandés para cantarle la canción que había escrito.

«¡Dios, debían de ser las dos y media o las tres de la madrugada! —recuerda Makem—. Vino a cantarme una balada terrible que había escrito con la melodía de alguna canción que nos había oído cantar a Liam [Clancy] y a mí. Debía de tener por lo menos veinte estrofas, y te las cantaba todas y cada una de ellas. ¡Dios, este muchacho está haciendo algo muy interesante!, pensé.»[3]

UNAS CUANTAS SEMANAS DESPUÉS de la inesperada visita de Bob al Irish Pavilion, en la primavera de 1992, Tommy Makem recibió una carta de la compañía discográfica de Bob, Sony Music. Era una invitación para participar en un concierto conmemorativo de los treinta años de carrera discográfica de Bob (a pesar de que en realidad llevaba grabando treinta y uno). Bob no le había dicho ni una palabra de aquello cuando se vieron, pero era algo típico de él; nunca fue muy hablador. Al principio Makem no tenía muy claro qué tipo de concierto se iba a realizar. A juzgar por la forma en la que Bob deambulaba solo por la ciudad, vestido como un vagabundo, cabía pensar que sus días de gloria habían quedado atrás y que la celebración de aquel aniversario se haría en algún modesto teatro en compañía de algunos viejos amigos. «Fue absolutamente fascinante, y un acontecimiento mucho más grande de lo que yo había imaginado. Fue gigantesco», afirma Makem.

El recinto elegido para el concierto de homenaje a Bob Dylan por sus treinta años en Columbia, el Thirtieth Anniversary Concert Celebration, como se llamó, fue ni más ni menos que el Madison Square Garden, el enorme estadio deportivo de Manhattan. Cuando se anunció que Bob iba a aparecer con algunos de los artistas más famosos de la música, se vendieron dieciocho mil entradas en una hora, teniendo en cuenta que los promotores fijaron entre cincuenta y ciento cincuenta dólares la entrada, unos precios récord para un concierto como aquel. Cuando Makem llegó al Rihga Royal Hotel, donde se alojaban los músicos, descubrió que la lista de huéspedes incluía no solo a viejos cantautores sino a superestrellas como Eric Clapton y George Harrison, ambos amigos fieles de Bob. Los diez días anteriores al concierto, tuvo lugar un auténtico ir y venir de limusinas que transportaban a los artistas desde el hotel hasta los estudios de Kaufman Astoria para los ensayos. Bob acudía a los ensayos totalmente desaliñado, con una sudadera con capucha, murmurando que no estaba seguro de que aquello fuese una buena idea: «Será como ir a mi propio funeral».[4]

No obstante, la noche del viernes 16 de octubre de 1992, reinaba una gran expectación cuando las luces del Madison Square Garden se encendieron y alumbraron un escenario inmenso a imitación de una hacienda mexicana. La banda local, Booker T. and the M. G.s, empezó a tocar una de las canciones de la época de fe cristiana de Bob, «Gotta Serve Somebody». A continuación, durante las más de tres horas siguientes, la banda fue acompañando a una sucesión de estrellas elegidas para representar la variedad de músicos influidos por Dylan: desde artistas de música folk, pasando por cantantes de country como Willie Nelson y Johnny Cash; artistas afroamericanos que habían cantado sus canciones como Stevie Wonder y The O’Jays; y jóvenes rockeros, incluyendo a Eddie Vedder y Tom Petty and The Heartbreakers, que acompañaron a Bob en su gira de los años ochenta. Todos ellos tocaron canciones de Dylan.

Por momentos, el concierto fue un saludable recuerdo de los años transcurridos desde los días de juventud de Dylan y de sus contemporáneos. Carolyn Hester —una de las bellezas del resurgimiento de la música folk— lucía ahora la cabellera blanca de una anciana. The Band, el extraordinario grupo con el que Bob se fue de gira en 1965-1966 y otra vez en 1974, estaba compuesto originalmente por cinco jóvenes fornidos de pobladas y oscuras barbas. En el lapso de tiempo transcurrido, el guitarrista Robbie Robertson se había alejado del grupo, y el pianista Richard Manuel se había suicidado. Los tres miembros restantes tenían un aspecto muy distinto cuando subieron al escenario para interpretar la canción «When I Paint a Masterpiece». Las barbas del batería Levon Helm y del teclista Garth Hudson eran canosas, y Helm tenía un aspecto frágil. Rick Danko, el otrora flaco bajista de antaño, estaba hinchado después de años de abuso de drogas.[5]

«Fue una verdadera conmoción —manifestó Joel Bernstein, que estuvo trabajando para Bob y The Band aquellos días—. Cuando las luces se encendían, podía oírse cómo la gente se iba.»[6]

Comparado con ellos, Richie Havens no había cambiado mucho desde los años en que The Band y él estaban entre las estrellas originales del festival de Woodstock, cuando consiguió poner en pie al público con su tremenda versión de «Just Like a Woman».

«Estaba muy contento de que me hubiesen invitado y de poder cantar una canción como sigo haciéndolo en el escenario —confiesa—. Bob es uno de mis mentores espirituales, una persona extremadamente tímida salvo en el escenario, algo que la mayoría de la gente percibe como [su] misterio.»[7]

Para mantener las formas, Bob se había encerrado en su camerino y veía el concierto a través de una televisión de circuito cerrado. Numerosas personalidades, entre ellos John McEnroe, Martin Scorsese y Carly Simon, iban desfilando entre bastidores, estirando el cuello para echarle una ojeada a una de las pocas personas en el mundo más famosas que ellos mismos. Ronnie Wood, de los Rolling Stones, iba pasando una botella de vodka de 180 grados. Liam Clancy tomó un trago. Había volado desde Irlanda junto a sus hermanos para tocar «When the Ship Comes In» con Tommy Makem. «Jesús, si tomamos un trago más de eso esta noche no podremos cantar», exclamó.[8]

Afuera, el público manifestaba su opinión de forma contundente cuando subía alguien al escenario que no fuese de su agrado. Echaron a cajas destempladas a la cantante Sophie B. Hawkins y abuchearon al presidente de Sony Music. Kris Kristofferson presentó nervioso a una artista cuyo nombre, dijo, era sinónimo de valentía. La cantante irlandesa Sinead O’Connor, extremadamente delgada y con la cabeza rapada, se dirigió al micrófono. Recientemente se había visto envuelta en una polémica a raíz de una aparición suya en televisión durante la cual había denunciado al Papa. Fue recibida con una monumental y terrible pitada. Booker T. tocó varias veces las notas de apertura de «I Believe in You», la canción que ella había ensayado, pero O’Connor se quedó petrificada.

—¡Fuera! —gritaba la gente.

O’Connor hizo un gesto con la mano para detenerlos, ordenó que encendieran el micrófono y escupió las palabras de la canción «War». Fue un genuino acto de protesta y, durante breves instantes, consiguió silenciar a sus detractores. Luego el público se dio cuenta de que no estaba cantando una canción de Dylan. «War» era de Bob Marley. La echaron del escenario con abucheos; estaba tan conmocionada que acabó por vomitar. Los demás artistas presenciaron su humillación con asombro. «Fue espantoso —recuerda John Hammond Jr., artista de blues e hijo del primer productor discográfico de Bob—. No podía creer que un público neoyorquino pudiese comportarse de una forma tan cerrada ante la postura de O’Connor.»[9]

Neil Young apareció después del fiasco de Sinead O’Connor, aparentemente nervioso. Pero el público se mostró encantado, especialmente cuando tocó «All Along the Watchtower» con el estilo incandescente de Jimi Hendrix, que triunfó con la canción en 1968. (Curiosamente, muchas de las canciones de Bob eran más conocidas por el público en las versiones de otros artistas que en su versión original.) «Esta canción va para ti, Bob —gritó Young—. Gracias por hacer esta “Bobfiesta”.» Roger McGuinn, de The Byrds, también recibió una calurosa bienvenida cuando tocó «Mr. Tambourine Man». El conjunto The Byrds obtuvo el primer puesto en las listas de éxitos con esa canción en el verano de 1965, y el sonido característico de la guitarra de doce cuerdas de McGuinn y su voz trémula y ligeramente ausente invocaron una profunda nostalgia. Cantaba igual que lo había hecho años atrás. «Fue magnífico —asegura—. Cantaba para Dios.»[10]

Cuando el escenario se hubo vaciado, George Harrison hizo un anuncio largamente postergado.

«Algunos de vosotros lo llamáis Bobby. Otros lo llamáis Zimmy. Yo lo llamo Lucky —dijo con su característico acento de Liverpool, recordando el grupo de corta vida que formaron juntos, los Travelling Wilburys—. Señoras y señores, den la bienvenida a BOB DYLAN.»[11]

El público lanzó un agudo grito y silbó, estirando el cuello para vislumbrar a la leyenda. Un hombrecillo se dirigió hacia las luces violetas, sorprendentemente pequeño y enjuto a los ojos de muchos de los presentes. El aplauso se intensificó. Vestido con un traje negro de seda y una camisa blanca abotonada hasta arriba, Bob presentaba el aspecto de un camarero despeinado. No se había afeitado; acaso ni siquiera había dormido en varios días. Estaba pálido y tenía el rostro profundamente surcado. El cabello que antaño estuvo poblado de exuberantes rizos le caía ahora lacio sobre la frente sudorosa. Se dirigió hacia el micrófono y empezó a puntear su guitarra acústica con sus largas uñas manchadas de nicotina. Aunque se tratase de un espectáculo de cinco millones de dólares, él había decidido tocar en solitario tal y como había hecho en los bares y cafés décadas atrás. La melodía que interpretó era rudimentaria, y las únicas palabras que dedicó a la audiencia fueron un lacónico: «Gracias a todos».[12] Sin embargo, cuando empezó a tocar, la atención de las ocho mil personas se centró en aquel hombre extraordinariamente carismático. Más allá de las filas de invitados especiales —que eran las únicas que permanecían en el campo visual del cantante—, se extendía una vasta caverna llena de gente, una caverna tachonada por el rápido destello de los focos de las cámaras.

Empezó con «Song to Woody», el primer tema importante que escribió. Estaba dedicado a su primer héroe, Woody Guthrie, el padre de la música folk americana. Cuando lo escribió, Bob tenía diecinueve años y acusaba un hastío que iba mucho más allá de su corta edad. A los cincuenta y dos, sus rasgos ajados y su voz cansada delataban a un hombre que se había embarcado en un viaje extraordinario. La hija de Woody, Nora, estaba sentada en las primeras filas y rompió a llorar cuando Bob cantó sobre su padre fallecido a causa de la corea de Huntington en 1967. «Mi padre estaba en un río en el que entraban y salían muchas corrientes y estuarios. Y ese río donde él se hallaba era muy grande —explica—. Bob llegó y se convirtió en el capitán del mismo río. Mi padre desapareció y Bob lo sustituyó; siempre lo he considerado un buen capitán.»[13]

Después de «Song to Woody», Bob siguió con «It’s Alright, Ma (I’m Only Bleeding)», doblando las rodillas y retorciendo su cuerpo mientras rasgueaba las cuerdas de su guitarra. Los artistas invitados se congregaron en el perímetro del escenario para observarlo. Ronnie Wood y el percusionista Anton Fig se asomaban por detrás de la batería para verlo. «Estaba encendido», asegura Fig.[14]

Roger McGuinn, Tom Petty, Eric Clapton, Neil Young y George Harrison se unieron a Bob para cantar una versión a coro de «My Back Pages». Luego todos se reunieron en el escenario para entonar «Knockin’ on Heaven’s Door», que recientemente se había convertido en un éxito de Guns N’ Roses. Al final, Bob permaneció en medio del escenario, recibiendo no solo los aplausos del público sino también los de las grandes estrellas que se agrupaban en torno a él. Ronnie Wood y George Harrison cantaron «For He’s a Jolly Good Fellow». Bob permaneció allí, torpemente, sin saber qué hacer con sus manos ni qué decir. Carolyn Hester cogió un pequeño ramillete de flores que habían lanzado al escenario y, animada por Neil Young, se lo entregó a Bob, dándole un breve abrazo y un beso fugaz en la mejilla. Temía que no le fuese a gustar, a pesar de que eran viejos amigos. «Entonces pensé que me echarían por hacer eso. Pero nadie me echó. Me sentí tan contenta, y él sonrió. Esbozó una tenue sonrisa. Todo el mundo se sorprendió.»[15] Era la primera vez que Bob sonreía en toda la noche.

MIENTRAS SE HACÍAN LOS PLANES para el acontecimiento, se hizo evidente que después del concierto tendría que organizarse una fiesta en algún lugar donde Sony pudiese acoger a Bob, a sus célebres invitados y a la gente de la industria discográfica.[16] En un primer momento se contempló la posibilidad de hacerlo en el Waldorf Astoria. Pero entonces Bob dijo que no quería ir allí, que prefería ir al local de Tommy Makem.[17] De modo que hubo un cambio de planes, y el pequeño club de música folk fue alquilado para la velada. Solo había cabida para ciento cincuenta personas, y la prioridad absoluta era acoger a los amigos de Bob y a las notables estrellas invitadas. Los fans y la prensa los vieron llegar. Después entraron los músicos de la banda, sus esposas y novias. Apenas quedaba espacio para los ejecutivos de las compañías discográficas y el resto de celebridades que querían entrar. De hecho, no había sitio para nadie más.

—No puede entrar a menos que tenga un pase —le dijeron a Tommy Makem cuando regresó del concierto.

—Soy el propietario de este pub —informó Makem al hombre de seguridad. Pero aun así tuvo que mostrar su entrada.[18]

Dentro, Bob estaba instalado a la cabeza de una larga mesa rectangular, en un rincón del Irish Pavilion, con una copa de vino blanco delante, como si de un rey gitano se tratase. A su alrededor, en mesas más pequeñas, se hallaban sus cortesanos —amigos íntimos como George Harrison, que estaba tomando té, Ronnie Wood y Eric Clapton, que estaba aprendiendo a tocar la flauta de latón irlandesa—. Otros eran escoltados de uno en uno hasta la mesa de Bob para presentarle sus respetos. «Bob Dylan, el rey del rock and roll; eso era lo que estaba pasando aquella noche —dice Carolyn Hester—. Nos había reunido a algunos de nosotros.»[19]

Cuando Liam Clancy se acercó para agradecerle a Bob que hubiese invitado a los Clancy Brothers para tocar, Bob le pidió que se sentase un rato a su lado. Clancy le confesó que sus hermanos y él estaban pensando hacer un álbum de canciones de Bob cantadas al estilo tradicional irlandés. Sería una forma de devolverle las canciones.

—Tío, ¿harías eso? ¿Lo harías? —le preguntó Bob.

—¿Te molestaría?

—Liam, ¿es que no te das cuenta? —le dijo Bob, que para entonces estaba mucho más relajado e iba alternando a buen ritmo el vino blanco con la cerveza Guinness—. Tú eres mi jodido héroe, tío.

La aceptación de Bob por parte de los artistas de folk que tanto había admirado cuando llegó por primera vez a Nueva York procedente de Minnesota era la consecución de un sueño largamente acariciado, y en ese momento le dirigió una mirada brillante a aquel corpulento irlandés de cincuenta y seis años. «Dejó de ser la estrella para volver a ser el muchacho inseguro que conocí —afirma Clancy—. [Entonces] buscaba la aprobación y, ahora, después de todos esos años, seguía buscándola, después del estrellato y el reconocimiento y todo eso… Pensé que era encantador que, a esas alturas de su vida, fuese capaz de admitirlo.»

Clancy le comentó a Bob que no le había parecido muy cómodo en el escenario. Había oído rumores persistentes de que Bob tenía problemas con las drogas. Su comportamiento extraño durante los últimos años en los que había tocado con sudaderas, con capucha y sombreros que le ocultaban el rostro, y había cantado sus canciones de forma que casi las hacía irreconocibles, parecían apuntar a que algo iba mal. Pero su respuesta fue sorprendente.

—Chico, es que tengo claustrofobia —confesó—. No veía el momento de salir [de allí]. Ya no soporto estar en sitios cerrados.

—Estabas empapado de sudor frío.

—Preferiría no tener que volver a pasar más por una situación parecida, pero tengo que hacerlo.

Entonces Clancy reunió el valor para preguntarle algo que le había preocupado durante años. Cuando ambos eran jóvenes y vivían en el Greenwich Village, el irlandés tenía una novia que se llamaba Cathy y sospechaba que ella había tenido una aventura con Bob, que siempre había sido un mujeriego incorregible.

—Bobby, ¿te estabas tirando a Cathy? —le preguntó.

Bob se lo quedó mirando y Clancy supo que al fin iba a saber la verdad.

—Tío, ella te quería —repuso, aparentemente incapaz de decir una mentira—. Pero estaba tan sola. Tengo que admitir que yo la consolé.[20]

Clancy se sintió herido. Resultaba doloroso pensar que las cartas de amor que Cathy le había enviado cuando él estaba en la carretera con sus hermanos las había escrito mientras le hacía arrumacos en Nueva York a un Bobby Dylan con cara de niño. Pero los dos eran demasiado viejos para pelearse. En lugar de eso, Clancy cogió la guitarra y se la pasó a Bob, recordándole que en los viejos tiempos, en el Lion’s Head o en la White Horse Tavern, siempre se pasaban una guitarra al final de la noche.

—Toma, aquí tienes la guitarra. Cántame una canción.

—Ya no puedo, tío.

—¿Acaso eres una jodida estrella demasiado grande para eso? A mí no me vengas con gilipolleces, Bobby. Cántame una jodida canción ahora mismo, porque eso es lo que hemos hecho siempre.

Bob cogió reacio la guitarra y empezó a cantar «Roddy McCorley», una canción tradicional que había aprendido de los Clancy Brothers. Pero cuando le tocó el turno a su amigo, se detuvo. «Dios, ¿puedes creerlo? Estaba tan borracho que ya no me acordaba de la letra.» Desde el otro extremo de la mesa, RonnieWood entonó inesperadamente:

Up the narrow street he stepped

Smiling, proud and young.

(Caminaba por la angosta calle

sonriendo, orgulloso y joven.)

La guitarra fue a parar a las manos de George Harrison, que cantó el verso siguiente. El teclista Ian McLagan, que estuvo de gira con Bob en 1984, hizo un gesto brusco y puso su granito de arena con una cancioncilla obscena que había aprendido de Steve Marriott, de The Faces, cuando tocaban en los pubs de Londres.

I love my wife

I love her dearly

I love the hole she pisses through.[21]

(Amo a mi esposa

la amo mucho

amo el agujero por el que mea.)

Poco después todos estaban riendo y cantando canciones, recitando poesías y dándose palmaditas en la espalda mutuamente.

«La bebida tiene un gran efecto desinhibidor, y todos acabamos abrazándonos y estrechándonos como cuando éramos jóvenes —recuerda Clancy—. Parecíamos un equipo de rugby al final de la jornada.»

Bebieron hasta que la luz de la mañana se filtró por las ventanas. A las siete, los hijos de Tommy Makem anunciaron que ya iba siendo hora de que todos se fuesen a casa a dormir. Hacía rato que los fans y la prensa se habían marchado. Las limusinas y los chóferes también habían sido enviados a casa. Tendrían que coger taxis.

Con el traje hecho a medida para el concierto arrugado y apestando a cerveza y a tabaco, Bob parecía relajado, mucho más feliz que la figura azorada que se había visto en mitad del escenario del Garden. Cuando llegaron los taxis abrazó a sus amigos, les agradeció que hubiesen acudido y se dejó guiar hasta un coche. Sonreía de oreja a oreja mientras se adentraba en el tráfico matinal.

Dormiría hasta bien entrada la tarde. Al despertar, en el crepúsculo de un día perdido, tendría que ocupar su mente en su gira, el llamado Never-Ending Tour, con unas cien actuaciones a lo largo de aquel año. Tenía que dar un concierto en la Universidad de Delaware un par de días más tarde, y después tenía conciertos programados hasta las Navidades. La mayor parte de ellos se celebrarían en teatros de pequeño aforo, y probablemente el público que fuera a verlo no habría comprado su nuevo álbum; ahora la gente acudía a los conciertos como si fuese a un museo, para sentir la historia. Su vida personal se venía abajo: estaba tramitando un divorcio por segunda vez, en esta ocasión de un matrimonio que había conseguido mantener en secreto. Estaba preocupado por el futuro de la hija que había tenido con su segunda esposa y era consciente de las enormes cantidades de dinero que tendría que aportar para llegar a un acuerdo.[22] El concierto del Garden lo ayudaría en ese sentido, pero había muchísimos gastos que cubrir y no sabía cómo irían las ventas del vídeo y del compact disc. A juzgar por los resultados de sus álbumes recientes, podía irse a pique perfectamente sin dejar el menor rastro. Quizá se sentiría mejor si pudiese hablar de sus problemas, pero era un hombre retraído que no tenía confidente. Después de haber convivido con la fama durante toda su vida adulta, sentía que solo podía confiar en sí mismo.

Aquellas eran las presiones propias de ser Bob Dylan. Con todo, durante una noche había vuelto a ser Bobby otra vez, el muchacho despreocupado que había llegado del Medio Oeste para triunfar en Nueva York, el chico que estuvo viviendo en el Village con Tommy Makem, Liam Clancy y Carolyn Hester. Había sido feliz por unos instantes, tan feliz como lo había sido siempre.

«Un hombre muy solitario. —Así describe Clancy a su viejo amigo—. Quedan muy pocas personas en este mundo con las que [pueda] hablar.»

1

INFANCIA EN EL PAÍS DEL NORTE

DULUTH ES UNA PEQUEÑA CIUDAD portuaria de mineral de hierro situada al norte de Minnesota y erigida en lo alto de un acantilado rocoso en la ribera occidental del lago Superior. Bob Dylan nació allí en mayo de 1941 y recibió el nombre de Robert Allen Zimmerman. En un artículo de una revista de 1998, Elvis Costello preguntaba: «… ¿Qué hace Robert Zimmerman viviendo en Duluth? Esa pregunta encierra toda una historia. Su familia tuvo que llegar allí procedente de algún otro lugar. La música folk tiene una explicación allí mismo».[1]

El padre de Bob, Abe Zimmerman, era hijo de Zigman y Anna Zimmerman, inmigrantes judíos de la Europa del Este.[2] Zigman nació en 1875 en Odessa, el puerto del mar Negro, y creció en tiempos de desesperación. A medida que el poder del zar Nicolás II se debilitaba, empezó a culpar a los judíos de los problemas que asolaban el Imperio ruso, y miles de ellos fueron asesinados por el pueblo. La histeria antisemita alcanzó Odessa en septiembre de 1905. Cincuenta mil zaristas marcharon por las calles gritando: «Abajo los judíos», y dispararon, apuñalaron y estrangularon a un millar de ellos.[3] A raíz de la masacre, el abuelo paterno de Bob huyó del país prometiéndoles a su mujer y a sus hijos que los avisaría en cuanto hubiese encontrado un lugar donde establecerse.

Zigman Zimmerman tomó un barco rumbo a Estados Unidos y llegó a Duluth, doscientos cuarenta y tres kilómetros al norte de las Ciudades Gemelas de Minneapolis y Saint Paul. Como muchos emigrantes, Zimmerman se sintió atraído por un lugar que guardaba cierta similitud con la tierra que lo había visto nacer. Al igual que Odessa, Duluth era un puerto pequeño pero animado, con un clima parecido al ruso de veranos cortos e inviernos largos y rigurosos. Duluth era un puerto pesquero, pero su principal fuente de comercio provenía del mineral de hierro procedente de Iron Range, una cadena de ciudades mineras situadas al noroeste. El mineral era transportado en tren a Duluth, y desde allí era trasladado en barcos a las fábricas de hierro y acero de Chicago y Pittsburgh. Zimmerman trabajaba como buhonero reparando zapatos. En cuanto se hubo establecido, hizo ir allí a su esposa rusa, Anna, que viajó hasta allí con sus tres hijos: Marion, Maurice y Paul. Después de que la pareja se reuniera en América, nacerían otros tres hijos varones: Jack, Abram (también conocido como Abe) y Max.

Abe Zimmerman nació en 1911. A la edad de siete años vendía periódicos y lustraba zapatos para ayudar a su familia. A pesar de que Abe no era alto y llevaba gafas, era un muchacho atlético. También era músico, y junto a dos de sus hermanos Zimmerman formó una pequeña banda. «Abe y yo tocábamos el violín [y] Marion el piano —recuerda Jack, el hermano de Abe—. Teníamos mucho talento y tocábamos juntos en algunos colegios.»[4]Abe se graduó en 1929, pocos meses antes de la caída de la bolsa de Wall Street, y se fue a trabajar a la compañía Standard Oil.

LA MADRE DE BOB DYLAN, Beatrice Stone —a quien todos conocen como Beatty, pronunciado «Bití», con acento sobre la segunda sílaba—, procedía de una eminente familia judía de la ciudad de Hibbing, en Iron Range. Sus abuelos maternos, Benjamin y Lybba Edelstein, eran judíos lituanos que llegaron a América con sus hijos en 1902 y dos años más tarde fueron a parar a Hibbing. Su abuelo, conocido como B. H., dirigía una cadena de cines ambulantes. La hija mayor de B. H., Florence, nacida en Lituania, se casó con Ben Stone, oriundo del mismo país, y ambos pusieron una tienda de ropa en Hibbing. Sus principales clientes eran las familias de los mineros, la mayoría de los cuales eran también de origen inmigrante. Beatty nació en 1915 y fue la segunda de los cuatro hijos de Ben y Florence. Sus hermanos se llamaban Vernon, Lewis e Irene. Al igual que los Zimmerman, los Stone también eran una familia musical, y Beatty aprendió a tocar el piano.

A pesar de que Hibbing era la ciudad más grande de Iron Range, contaba con una población que apenas rozaba los diez mil habitantes, y su comunidad judía era pequeña. «Resultaba difícil para nosotros, porque no había muchos judíos jóvenes, de modo que solíamos ir a Duluth a visitar a nuestros parientes», comenta la tía de Beatty, Ethel Crystal, que era como una hermana para ella porque ambas eran casi de la misma edad.[5] Estaban en Duluth durante la fiesta de Año Nuevo cuando Ethel hizo las presentaciones entre Beatty y Abe Zimmerman. «Él era un encanto. Le caía bien a todo el mundo.»[6] Abe era un muchacho silencioso, casi reservado, mientras que Beatty era muy dicharachera, pero sus diferencias se complementaban.

Abe y Beatty se casaron en la casa de la madre de ella el 10 de junio de 1934, tres días después de que ella cumpliese los diecinueve años. Abe tenía por entonces veintidós. El país se hallaba aún paralizado por la Depresión. Los aparceros del Medio Oeste emigraban a California. Los periódicos informaban de crímenes desesperados, perpetrados por gángsters como Bonnie y Clyde, que en marzo habían protagonizado un tiroteo en Saint Paul. A John Dillinger lo mataron de un tiro en Chicago dos semanas después de que Abe y Beatty pasasen allí su luna de miel. Eran tiempos extraños y difíciles, y habrían de pasar seis años antes de que la pareja pudiese permitirse ampliar la familia. Mientras no llegaba ese momento, vivían con la madre de Abe en Duluth.

Tuvieron que llegar la Segunda Guerra Mundial y el New Deal del presidente Franklin D. Roosevelt para sacar a América de la Gran Depresión. En 1941, Abe había ascendido hasta el puesto de encargado en la compañía Standard Oil y él y Beatty disponían de suficiente dinero para tener su propio apartamento. Beatty estaba embarazada cuando se trasladaron al número 519 Norte de la Tercera avenida Este, a una casa de madera con un tejado alto y empinado construida encima de una colina sobre Duluth. Alquilaron el dúplex de dos habitaciones de la parte superior. A las nueve y cinco de la noche del 24 de mayo de 1941, Beatty dio a luz un niño en el St. Mary’s Hospital.[7] Pesaba tres kilos y seiscientos gramos. Cuatro días más tarde, cuando el bebé fue inscrito en el registro y circuncidado, ya tenía un nombre; en realidad, tenía dos. En hebreo se llamaba Shabtai Zisel ben Avraham, pero para el resto del mundo sería conocido como Robert Allen Zimmerman. Por aquel entonces, Robert era el nombre de niño más popular del país. Prácticamente de inmediato pasaron a llamarlo Bob o Bobby. Su madre comentó que era tan hermoso que debería haber sido una niña.

EL DISTRITO DE LA LADERA CENTRAL de Duluth tenía una población predominantemente judía y polaca, y contaba con una sinagoga al final de la calle. Había unos pequeños almacenes, una panadería europea, la tienda de licores Loiselle y unos almacenes Sears Roebuck al pie de la colina. El clima venía determinado por el lago Superior, tan vasto y profundo, que permanecía helado durante todo el año. Incluso en pleno verano, Duluth podía estar envuelta en una fría niebla. Había un fresco olor a mar, y se podían oír los graznidos de las gaviotas. Los barcos hacían sonar la sirena al aproximarse al punto de referencia del Ariel Bridge, y otra sirena sonaba desde el puente en señal de respuesta. Aquellos eran los paisajes y los sonidos con los que Bob creció mientras la Segunda Guerra Mundial daba sus últimos coletazos.[8]

En 1946, un año después del final de la guerra, Bob entró en la escuela primaria de Nettleton, a dos manzanas de su casa. Aquel mismo año hizo su debut cantando en una fiesta familiar. A los niños se les animaba a cantar para entretener a los adultos. Cuando le llegó el turno, un Bob de cuatro años dio una patada en el suelo reclamando atención. «Si todos guardan silencio cantaré para la abuela —anunció—. Cantaré “Some Sunday Morning”.»[9] El éxito fue tal que los presentes pidieron otra canción y Bob los complació cantando «Accentuate the Positive». Aquellas eran melodías populares de la época que sonaban en la radio. «Nuestro teléfono no paraba de sonar porque la gente llamaba constantemente para felicitarnos», recordaba Beatty con orgullo.[10]

Poco después, a Bob se le presentó una segunda oportunidad para actuar. Fue en la boda de la hermana de Beatty, Irene. La familia quería volver a oírlo cantar. Él no quería, ni siquiera cuando uno de sus tíos le ofreció dinero, pero Abe acabó persuadiéndolo. Una vez más, precedió su actuación diciendo a sus emocionados parientes: «Si hay silencio, cantaré». Fue otro gran éxito. Todos lo animaron y aplaudieron, y uno de sus tíos le puso dinero en la mano. Con un instintivo talento teatral, Bob se volvió hacia su madre y le dijo: «Mami, voy a devolver el dinero».[11] Aquello hizo que todos los presentes se desternillasen de risa. «La gente reía encantada al oírlo cantar. Se podría decir que era un niño adorable y muy excepcional —recordaba Abe—. Creo que nosotros éramos los únicos que no compartíamos la idea de que algún día llegaría a ser alguien famoso… Cuando cantó “Accentuate the Positive” de la misma forma en que otros niños de su edad cantaban “Mary Had a Little Lamb”, la gente exclamaba que era brillante.»[12] Como Beatty reconoció, resulta increíble que tanta atención no hubiese acabado por malacostumbrar al pequeño.

En febrero de 1946, Bob tuvo un hermanito, David Benjamin. Más o menos por entonces, Abe contrajo la polio, que aquel año había alcanzado niveles de epidemia. Después de pasar una semana en el hospital, Abe regresó a casa y subió la escalera renqueando, «como si fuese un mono», como él mismo describiría.[13] Tuvo que permanecer seis meses en casa, y debido a ello perdió su empleo en la Standard Oil. A pesar de que Abe encajaba sus desgracias con valentía, la enfermedad tuvo un efecto demoledor en él. Había sido un hombre activo y atlético, y ahora tenía que volver a aprender a andar. «Mi padre no volvió a andar bien y padeció mucho dolor durante toda su vida —explicaría Bob—. Yo no lo entendí hasta mucho después, pero debió de ser muy duro para él.»[14] Sin trabajo, justos de dinero y necesitados de la ayuda de sus parientes, los Zimmerman se trasladaron a Hibbing, donde vivía la familia de Beatty y donde dos de los hermanos de Abe tenían negocios.

Ciento doce kilómetros al noroeste de Duluth y separado de Canadá por cientos de kilómetros de bosques y lagos, Hibbing había crecido mucho a raíz de la demanda de hierro durante la Segunda Guerra Mundial. La población rondaba los dieciocho mil habitantes, y había un centro activo en torno a la calle Howard y la Primera avenida. La ciudad estaba dominada por la minería. La mina Hull-Rust-Mahoning era una brecha en la tierra de casi cinco kilómetros de amplitud y ciento cincuenta y dos metros de profundidad. La gente del pueblo la llamaba el «Gran Cañón artificial del Norte». Los habitantes de la ciudad tenían sus razones para mirar la mina con buenos ojos, pues la prosperidad de Hibbing corría pareja al destino de la Oliver Mining Company. Cuando la demanda de mineral aumentaba, como fue el caso durante y después de la guerra, Hibbing disfrutaba de un nivel de vida que estaba por encima de la media nacional y había un índice de empleo total. Se decía que todo aquel que pudiese respirar podía encontrar trabajo. La mina se hallaba unos dos kilómetros al norte del pueblo, pero el mineral estaba por todas partes. La ciudad estaba rodeada de colinas artificiales de polvillo rojo, algunas de ellas lo bastante grandes para edificar casas encima, y los coches que venían de la mina estaban cubiertos de óxido, al igual que los edificios cercanos al yacimiento. En Minnesota había un dicho que afirmaba que después de visitar Hibbing había que lavarse hasta las orejas.

Hibbing era la quintaesencia de una pequeña ciudad donde las banderas estadounidenses colgaban en cada edificio el Día de la Independencia y donde prácticamente todo el mundo se conocía y, probablemente, conocía también a los padres de uno. A la gente no le gustaba destacar ni parecer especial. Era importante llevarse bien con los vecinos, que eran las mismas personas que trabajaban en los almacenes Feldman, enseñaban en el instituto de Hibbing o se sentaban a la mesa de al lado en el restaurante Sammy’s Pizza. Quizá el sentimiento de comunidad era más fuerte de lo normal por el hecho de que Hibbing estuviese ubicado en un lugar tan remoto, más cerca de Canadá que de cualquier gran ciudad de Estados Unidos. Había osos en los bosques de coníferas. Las luces del norte podían vislumbrarse a través del pálido horizonte. En pleno invierno, la gente tenía que abrirse paso entre enormes montones de nieve para llegar a sus coches. «En invierno había una calma total. Nada se movía —recordaría Bob—. Ocho meses así… uno puede tener experiencias increíblemente alucinógenas cuando no se hace otra cosa que mirar por la ventana.»[15]

Originalmente, el pueblo estaba asentado un poco más al norte. Pero cuando la Oliver Mining Company decidió expandirse en 1912, todo el mundo tuvo que trasladarse, cargando sus casas sobre ruedas y llevándolas carretera abajo. Detrás de sí dejaron una ciudad fantasma conocida como North Hibbing. Para compensar de algún modo a los ciudadanos por semejante trastorno, la compañía minera invirtió en importantes planes cívicos que incluían la construcción de un nuevo centro comercial, el hotel Androy y el ayuntamiento. La magnitud de esos proyectos le dio a Hibbing un sentimiento de abundancia. Muchas de las personas del pueblo habían llegado a América como inmigrantes casi analfabetos y deseaban un futuro mejor para sus hijos, de modo que la Oliver Mining Company edificó también un opulento instituto como parte de la reconstrucción, que dotó de un auditorio a imitación del teatro Capitol de Nueva York y que estaba lujosamente equipado.

El traslado desde North Hibbing aún estaba en marcha cuando los Zimmerman llegaron a la ciudad. Había una escasez temporal de vivienda, de modo que al principio se instalaron en casa de la madre de Beatty, Florence Stone, que había enviudado en 1945. Ella se convirtió en una segunda madre para Bob y David. Abe se asoció con sus dos hermanos electricistas, Maurice y Paul, para formar la Micka Electric en la Quinta avenida. Los hermanos vendían electrodomésticos y hacían instalaciones y reparaciones.

En 1948 Abe y su familia se trasladaron al 2.425 de la Séptima avenida, el primer hogar en la infancia de Bob. Era una casa independiente de dos pisos que quedaba a dos manzanas del colegio de Hibbing donde Bob y David cursaban sus estudios y a diez minutos a pie del centro donde Abe trabajaba. Al entrar en la casa, se pasaba directamente a la sala de estar. Había una escalera central que conducía a las tres habitaciones. La casa estaba conectada al sistema de «calefacción de la ciudad»; el aire caliente era bombeado desde el suelo a las casas cercanas al centro, de modo que no había necesidad de tener caldera. Abe convirtió el sótano en habitación de juegos, forrando las paredes con paneles de pino. Bob grabó sus iniciales, B. Z., junto al teléfono colgado en la pared.[16] David y él compartían un dormitorio situado en la parte trasera de la casa que tenía dos ventanas: una daba al sur, a la Séptima avenida, y la otra al oeste, a la calle Veinticinco. Debajo de la ventana estaba el garaje con una azotea.[17] Los Zimmerman tenían otro garaje que alquilaban a los propietarios de la panadería como almacén. Cuando llegaba el camión del pan por las tardes, los pequeños se acercaban hasta allí en busca de los bollos sobrantes.

Había varios niños de la edad de Bob en el vecindario, y cuando se trasladaron a Hibbing, Beatty ayudó a su hijo a hacer nuevos amigos organizando entretenidas fiestas para él. Invitaban a los niños a la casa o a ir de excursión al Side Lake, un paraje pintoresco a las afueras del pueblo. Entre los amigos que Bob hizo por entonces estaban los hermanos Furlong, Bill Marinac, que luego tocaría el bajo en una de las bandas del instituto de Bob, y Luke Davich. Los chicos jugaban juntos en el patio adyacente al colegio y, cuando se hicieron un poco mayores, solían ir en bicicleta al Bennett Park o a las colinas artificiales, derrapando y deslizándose por las ondulaciones rojizas. En los veranos salían a pescar y a nadar; en los inviernos iban a patinar y a jugar a hockey. A veces se divertían acercándose hasta la mina para mirar desde lo alto a los camiones, que se veían a lo lejos y parecían de juguete.[18]

En septiembre de 1949 las locomotoras de vapor que trabajaban día y noche en la mina dejaron de funcionar; no había sirenas que sonaran ni explosiones. Los mineros de los estados del Norte estaban en huelga para conseguir que la United Steel les concediese el derecho a pensiones y seguros. El paro se prolongó durante dos meses; los mineros volvieron a paralizar el trabajo en 1952. Aquellas huelgas causaron estragos en Hibbing pero contribuyeron a crear un sentimiento de solidaridad. Los comerciantes sabían que su prosperidad dependía de que los mineros tuviesen dinero para gastar y, con el apoyo de la comunidad, los huelguistas acabaron consiguiendo sus reivindicaciones. Para Bob, aquella fue una experiencia de primera mano que demostraba cómo la gente unía sus fuerzas para conseguir justicia.

Las huelgas se saldaron con éxito y la ciudad prosperó. Se abría una nueva era de consumo, y un gran porcentaje del hierro necesario para construir los rascacielos, los automóviles y los aparatos electrodomésticos de toda América se extrajo de las minas de Hibbing. Había pocos ricos en la ciudad, pero también había pocos pobres, y la mayoría de los habitantes gozaban de un nivel económico que estaba sensiblemente por encima de la media nacional. La Micka Electric iba viento en popa y los Zimmerman vivían con comodidad. Abe y Beatty pronto destacaron en algunos grupos y organizaciones sociales. La casa familiar tenía un mobiliario de buena calidad y alfombras a medida. Comían en una lujosa vajilla de porcelana, tenían copas de cristal y cubiertos de plata de ley. Sobre la mesa del comedor colgaba una pequeña lámpara de araña.

Bob creció en un hogar estable en el que nunca le faltó nada, aunque tampoco se le malcrió. Era especialmente afortunado por tener una madre tan afectuosa. Beatty era una persona muy popular en Hibbing, donde trabajaba a tiempo parcial en los almacenes Feldman. «Creo que una de las razones por las que tuvo una infancia bastante agradable fue gracias a Beatty —declara su amigo de la infancia John Bucklen—. Era muy buena madre, una mujer muy simpática.»[19] Cuando tenía diez años, Bob escribió un poema para el Día de la Madre. Era una declaración de amor inequívoca hacia ella. Le decía que esperaba que nunca envejeciera y, con un toque melodramático, añadía que sin su amor él estaría muerto y enterrado. A Beatty le entusiasmó el poema y se lo mostró a todas sus amistades. Lo guardó junto a otros poemas de Bob y David en un escabel con tapa de bisagra.

Al año siguiente, Bob escribió otro poema para el Día del Padre, aunque este se diferenciaba sensiblemente del anterior. La relación de Bob con su padre no era tan estrecha como con su madre. Abe era un hombre reservado, muy callado, autoritario y difícil de conocer. Era una persona elocuente y podía resultar ingenioso de un modo un tanto brusco, pero por lo general no hablaba mucho, evitaba toda compañía y prefería permanecer sentado con el crucigrama del New York Times a entablar conversación con alguien. Mientras los compañeros del colegio de Bob recuerdan a Beatty como una presencia radiante, Abe podía llegar a parecer desdeñoso. En su poema para el Día del Padre, Bob manifestaba el respeto que sentía por él y le aseguraba que hacía todo cuanto estaba en su mano por agradarle; a continuación añadía que quizá eso le resultara difícil de creer. Había momentos en los que Abe se ponía «fuera de sí».[20] Cuando eso sucedía, Bob creía más prudente guardar silencio para evitar que su padre se enfadase aún más.

Fue más o menos por esa época cuando Bob empezó a tocar música. Los Zimmerman habían comprado una espineta Gulbranson. Beatty había tocado en su juventud y Abe conocía algunas melodías, pero el piano fue adquirido básicamente con la esperanza de que los chicos mostrasen algún interés por él. Una prima llamada Harriet Rutstein le dio a Bob y a su hermano menor de seis años las primeras clases de iniciación. «David, que era un niño muy listo, asimiló las lecciones… y sabía tocar mejor que Bob —recuerda su tío Lewis Stone—. Tenía mucha facilidad para la música.»[21] Bob se sintió algo frustrado y decidió prescindir de la ayuda de su prima arguyendo que tocaría el piano como él quisiera.[22] Siguió tocando de forma autodidacta sin aprender solfeo siquiera. También animaron a los chicos a probar suerte con otros instrumentos. Bob lo intentó con la trompeta y el saxofón antes de decidirse por la guitarra acústica, y aprendió a tocarla utilizando el manual básico para guitarra española de Nick Manoloff.

Cuando los Zimmerman adquirieron una televisión en 1952, una de las primeras en el pueblo, Bob y David se distraían viendo las comedias y las películas del Oeste. Pero la recepción de la imagen no era muy buena en aquella zona lejana del norte de Minnesota, y además, el espacio diario dedicado a los programas infantiles solía ser muy breve. Seguía quedando, por tanto, mucho tiempo libre para estar solo y pensar, y Bob era por naturaleza un niño solitario y contemplativo. Pese a que tenía un hermano, sus amigos no recuerdan que estuviesen especialmente unidos. De hecho, cuando Bob invitaba a sus amigos a casa siempre mandaba a David a otra parte. A Bob le encantaba leer novelas de aventuras y disfrutaba dibujando e inventándose sus propias historias. A veces se sentaba junto a la vía del tren y observaba cómo los vagones cargados de hierro pasaban traqueteando en dirección a Duluth.[23] Saludaba tímidamente al maquinista, contaba los vagones y escuchaba el chirrido de las ruedas al alejarse. Más adelante recordaría que mientras estaba allí se dedicaba a arrancar briznas de hierba distraídamente o a tirar piedras a la vía. También hacía algunos trabajillos en la Micka Electric; a veces se montaba en el camión con sus tíos para hacer reparaciones o barría la tienda a cambio de algo de dinero. Pero no le gustaba el trabajo y parecía molestarle el tono brusco que sus familiares empleaban con las personas que les debían dinero. No obstante, Bob disponía de unos ahorros que le permitían comprar cigarrillos —un hábito que adquirió furtivamente a edad temprana—, refrescos de cola y pasteles en alguno de los bares del centro del pueblo.

En el centro de Hibbing se respiraba cierto aire europeo. El pueblo había sido fundado por leñadores y mineros llegados a Minnesota de distintos rincones de Europa, pero muy especialmente de la Europa del Este y Escandinavia. Casi todos los niños de Hibbing eran de ascendencia europea y la mayoría de la gente mayor hablaba con un marcado acento. Las vocales solían pronunciarse al estilo germánico, algo que se apreciaba particularmente cuando la gente decía yar en vez de yeah. ¡Yaarrr!, exclamaban al asentir con vehemencia. Los sábados por la mañana en la panadería Sunrise, mientras los clientes lanzaban sus yaarrr a la hora de comprar un pastel de potica u otras delicias europeas, uno podía pensar que estaba en el corazón de Renania. A pesar del predominio de inmigrantes, había cierto grado de antisemitismo. Los judíos de Hibbing no eran ortodoxos; los hombres, entre ellos Abe, iban afeitados y el Sabbath no les impedía trabajar. Aun así, los judíos no podían ir al Mesaba Country Club.[24] Bob era conocido como «Zimbo» entre algunos niños y, a pesar de que no hay pruebas de que lo intimidaran o le tuviesen manía, su condición de judío le hacía distinto del resto.[25] La comunidad judía era tan pequeña que Hibbing carecía de rabino. Cuando llegó el momento de que Bob se preparase para su bar mitzvah, un rabino fue hasta allí en autobús desde Nueva York. Era un hombre muy mayor que iba ataviado con vestiduras negras y lucía una barba blanca como si fuese un personaje del Antiguo Testamento. La comunidad judía le buscó alojamiento en el centro del pueblo, y cada día, después de la escuela, Bob acudía allí para estudiar con él. Bob celebró la ceremonia del bar mitzvah en mayo de 1954. Se celebró una fiesta en el hotel Androy a la que asistieron parientes de Duluth y de otros lugares. Después, los judíos decidieron prescindir de los servicios del rabino ortodoxo en el pueblo, pues parecía demasiado anticuado en el Hibbing progresista de 1954, y este regresó a Nueva York.[26]

Pese a que Bob no creció en el seno de un hogar ortodoxo, recibió enseñanzas básicas sobre la Biblia, que habría de ser una importante fuente metafórica para las letras de sus canciones mucho antes de que se produjera su conversión al cristianismo en la década de los setenta, y su padre inculcó al muchacho un estricto código ético. Como Bob recordaría más adelante, su padre le dijo en una ocasión que podía darse el caso de que se «deshonrase» de tal forma que hasta su padre y su madre llegasen a abandonarlo.[27] «Si eso ocurre, Dios siempre creerá en tu capacidad para enmendar tus propios actos.» A pesar de que en una etapa posterior de su vida, especialmente durante sus primeros años de éxito, en los cuales le llovieron los elogios y el dinero, Bob pudiese parecer manipulador, egocéntrico y amoral a ojos de algunos, muchos de los valores del Medio Oeste que su padre le inculcó le acompañarían siempre. Cuando era un adolescente, Bob casi nunca decía palabrotas; jamás se metía en líos con la policía; tenía una estrecha relación con sus padres; se mantenía leal a sus amigos durante largos períodos de tiempo; era, en muchos aspectos, una persona de firmes principios morales, y trabajaba con tenacidad en su música, que cada vez se iba perfilando más como su vocación en la vida.

Cuando Bob empezó a interesarse más por la música, los artistas que le gustaban comenzaban a escribir e interpretar canciones de contenido serio y las cantaban con la convicción de estar haciendo algo importante. El primer contacto de Bob con la música popular fue a través de la radio. Años más tarde identificaría a Johnnie Ray como uno de los intérpretes a quienes había escuchado en su adolescencia. Ray, que en sus actuaciones solía llorar como parte del espectáculo, era una de las grandes estrellas de principios de los años cincuenta. «Era bastante popular, y nosotros sabíamos que era… dinámico y diferente, y tenía corazón y alma —apuntó Bob—. Era una rareza. Estaba ahí junto a Perry Como y Patti Page. Recuerdo que pensaba que él podía hacerte sentir algo.»[28] Por aquel entonces también estaba Hank Williams, que escribía y cantaba canciones engañosamente sencillas con una voz que no era especialmente bonita ni musical, pero que poseía mucha convicción. Hijo de padres pobres y nacido en algún lugar recóndito del sur de Alabama, Williams era un alcohólico enfermizo y desafortunado. Muchas de sus canciones trataban de la angustia de estar enamorado de mujeres pérfidas, lo que parecía reflejar su propio matrimonio. En los últimos años de su corta vida, se convirtió en una de las estrellas del Grand Ole Opry, un programa de variedades que se retransmitía los sábados por la noche desde Nashville (Tennessee). Bob escuchaba a Hank Williams en Opry, presentado como «el viejo bluesman enfermo de amor», y sentía cómo las tristes baladas románticas se hundían en su corazón. Bob consideraría siempre a Hank Williams como el letrista americano más grande de todos los tiempos.[29]

Por las noches, el muchacho sintonizaba las emisoras de radio de Little Rock, Arkansas, Chicago, Illinois y, más al sur, las de Shreveport, Louisiana. En dichas emisoras sonaba básicamente blues, sobre todo en un programa que llevaba por nombre No-Name Jive presentado por Frank «Brother Gatemouth» Page. «Por las noches solía escuchar a Muddy Waters, John Lee Hooker, Jimmy Reed y Howlin’ Wolf a todo volumen en una emisora de Shreveport. Me quedaba levantado hasta las dos o las tres de la madrugada. Escuchaba todas aquellas canciones y después intentaba imaginármelas. Así empecé a tocar», recordaría Bob.[30] Aquel muchacho había topado con las formas básicas de la música popular americana antes de la explosión del rock and roll y la llegada de Chuck Berry, Little Richard o Elvis Presley. Las canciones de música country y las letras descorazonadoras de Hank Williams le dieron que pensar. Los riffs libidinosos de Jimmy Reed y Howlin’ Wolf lo animaron a tocar. La combinación de palabras y sonidos era embriagadora. A decir verdad, aquello fue una experiencia que cambiaría su vida. «La razón de que pueda dedicarme con tanta firmeza a mi música es porque me afectó a una edad muy temprana y de una forma muy impactante, y es lo único que ha logrado seducirme. Lo único que sigue siendo verdadero para mí —confesó Bob—. Me alegro de que fuese esta música en concreto la que llegara a mis oídos y que lo hiciera en el momento en que lo hizo, pues de otro modo no sé lo que habría sido de mí.»[31]

Atrapado por la pasión que la música despertaba en él, especialmente el blues, Bob escribía solicitando los discos que oía anunciados en la radio. «Brother Gatemouth» Page vendía discos para la tienda Stan’s Rockin’, en Shreveport, a un precio especial de tres dólares con cuarenta y nueve centavos cada seis discos. En Hibbing resultaba imposible comprar algún vinilo de la llamada race music (música racial), pues el encargado de la tienda de música de Crippa jamás había oído hablar de los intérpretes que le gustaban a Bob.

Bob practicaba sin cesar con el piano y la guitarra acústica, y se pasaba el día hablando de música. Buscaba la compañía de los pocos muchachos del pueblo que compartían con él ese mismo interés. Uno de ellos era John Bucklen, un chico a quien Bob había conocido en Hibbing pero con el que no había hablado mucho hasta entonces. Un día, mientras iban caminando por la calle con algunos amigos, salió a colación el tema de la música. Bucklen afirmó que conocía y que le gustaban algunas de las mismas canciones que entusiasmaban a Bob.

—¿Sabes cantar? —le preguntó Bob.[32]

—Sí.

—Pues cántame algo.

Al verse entre la espada y la pared, Bucklen empezó a tararear una melodía.

—¡Vaya, chico eso es genial! —exclamó Bob, que ya empezaba a verse influido por las expresiones hipster que escuchaba por la radio. Bucklen siguió cantando a pesar de su timidez—. ¡Eh! ¿Habéis oído a este chico? —preguntó Bob a sus amigos—. Es realmente bueno. Cántanos algo más. —De pronto, Bucklen cayó en la cuenta de que Bob se estaba burlando de él.[33]

John Bucklen se convirtió pronto en el mejor amigo que Bob tenía en Hibbing. Era seis meses menor que él y estaba en un curso inferior en el instituto. Su padre, un minero inválido, era un músico versátil que disfrutaba con estilos de música muy variados, y su hermana Ruth tenía un tocadiscos. Los dos muchachos empezaron a pasar mucho tiempo juntos, el uno en casa del otro, a pesar de que Bucklen tenía la impresión de que Abe no veía con buenos ojos aquella relación y parecía fruncir el ceño en presencia de casi todos los amigos de Bob.

Durante aquellas sesiones de improvisación con Bucklen, Bob mezclaba fragmentos de canciones con ideas de su propia cosecha. La primera canción que Bob compuso trataba sobre la actriz Brigitte Bardot. Bob tocaba el piano blanco de media cola de sus padres y Bucklen le acompañaba a la guitarra. Bucklen tenía una grabadora y solían registrar las sesiones intercalando algo de humor juvenil y expresiones hipster como si estuviesen haciendo un programa radiofónico. Cuando se cansaban de esos divertimentos, se iban a la tienda de música de Crippa, donde podían escuchar discos en las cabinas de sonido. Durante sus visitas a Duluth y a las Ciudades Gemelas para ver a sus parientes, Bob tenía la oportunidad de frecuentar establecimientos más grandes que tenían los discos de race music que a él le gustaban.

Durante sus visitas a la casa de los Zimmerman, Bucklen reparó en que apenas había contacto entre Bob y su hermano David.

«No recuerdo haber visto que mantuviese ninguna charla entrañable o cariñosa con David. David era sencillamente su hermano pequeño, y tenía una personalidad diametralmente opuesta a la de Bob. Probablemente era el vivo ejemplo del niño que todo padre desea tener: estudioso y nada revoltoso», comenta Bucklen.[34]

A pesar de que, a simple vista, Bob tampoco parecía especialmente revoltoso, era un muchacho de carácter resuelto e independiente que, a medida que entraba en la adolescencia, se sentía más implicado en la cultura juvenil de rebeldía, música estridente, motocicletas y novias que su padre juzgaba poco recomendables.[35] Siempre mantuvo un círculo de amistades sorprendentemente ecléctico. En Hibbing, era un miembro activo del equipo de bolos, que se llamaban a sí mismos los Gutter Boys y que ganaron la liga de bolos juvenil en la temporada de 1955-1956.[36] Sin embargo, también conocía a tipos duros como LeRoy Hoikkala, que llevaba el pelo cortado al cepillo y peinado hacia atrás y vestía una cazadora de cuero, pantalones vaqueros y botas como las que llevaba Marlon Brando en la película Salvaje.[37] Bob también hizo amigos en un campamento de verano para judíos, el Camp Herzl, en Webster (Wisconsin). Al principio Bob no tenía muchas ganas de ir al campamento, pero su madre acabó por convencerlo. «Quería enviarlo allí para que conociese a otros chicos judíos y quizá también a algunas muchachas», cuenta Howard Rutman, uno de los amigos que Bob hizo en el campamento donde cada año pasaba tres semanas de agosto.[38] Bob compartía el dormitorio con otros siete chicos, iba a nadar y a hacer piragüismo. A menudo se le veía en la casa de huéspedes aporreando el piano.

En agosto de 1954, en su segundo año en el campamento de verano, Bob estaba tocando el piano cuando Larry Kegan, un chico de doce años entró en la sala.[39]

—¿Cómo es que conoces esa canción? —le preguntó Kegan al reconocer una melodía de blues de la radio.

—Bueno, donde yo vivo, en el Norte, se puede sintonizar por las noches una emisora de radio donde la ponen —le dijo Bob.

—Pues yo escucho el mismo tipo de música.[40]

A pesar de que Kegan era un año menor que Bob, ambos iniciaron una estrecha amistad basada en su mutuo amor por la música. Kegan era un buen cantante, y en su casa de Saint Paul había formado un grupo de doo-woop con otros tres muchachos afroamericanos que presentó a Bob en una ocasión en que este estuvo en Saint Paul. Aquello era algo nuevo para Bob. En Iron Range apenas se veía a gente de color. (Más adelante Bob y John Bucklen buscarían a uno de los pocos afroamericanos del lugar, un pinchadiscos llamado Jim Dandy, que emitía un programa desde Virginia, Minnesota.) Desde el principio, Bob se mostró siempre respetuoso con los afroamericanos, en parte porque eran los autores de la mayoría de las canciones que escuchaba, y no cabe duda de que debió de impresionarle el hecho de que Larry Kegan tuviese contactos con esa comunidad.

Bob conocía todas y cada una de las canciones que Larry le nombraba y sabía, además, las que había en las segundas caras de los discos. Organizaron una función doble en el campamento en la que Bob tocaba el piano y los dos muchachos cantaban. Las chicas no tardaron en acercarse a ellos y Bob trabó amistad con Judy Rubin, una muchacha con la que se vería ocasionalmente durante los años siguientes. También mostró interés por otra chica, Harriet Zisson, si bien las personas más importantes para él fueron los amigos que hizo en el campamento. Aparte de Larry Kegan y de Howard Rutman, Louis Kemp también habría de convertirse en amigo suyo para toda la vida.

Cuando Bob fue a Saint Paul se quedó en casa de los padres de su nuevo amigo. La familia de Howard Rutman tenía un piano en el sótano. «Solía aporrear el piano —recuerda Rutman—. Se subía encima y se ponía a bailar encima del maldito trasto… ¡Dios, acabó por echarlo a perder!»[41] Salían en coche y aparcaban delante de la casa para charlar hasta altas horas de la noche, haciendo tiempo hasta que dieran su programa favorito, Lucretia the Werewolf. «Éramos un grupo muy unido —afirma Rutman, que recuerda sus conversaciones sobre la guerra y las injusticias que sucedían en el mundo—. Se guardaba muchas cosas para él porque era un tipo muy, muy introvertido. Siempre ha sido así.»[42] La música era el medio de expresión preferido de Bob. En su vida cotidiana era un chico muy tranquilo. Pero cuando cantaba y tocaba música se transformaba en alguien totalmente distinto, un completo extrovertido. También le gustaba evadirse viendo películas.

Bob pasaba muchas horas en los cines de Hibbing, sobre todo en el Lybba Theater, que pertenecía a unos parientes suyos y que había sido bautizado así en recuerdo de su abuela materna, Lybba Edelstein. Sus películas favoritas incluían Semilla de maldad, en la que sonaba el «Rock Around the Clock» de Bill Haley. A Bob también le encantaban las películas de Brigitte Bardot o Marlon Brando. Pero había una estrella que eclipsaba a todas las demás.

Antes de morir en un accidente de coche, el 30 de septiembre de 1955, la única película de James Dean que había sido proyectada en Hibbing era Al este del Edén. Fue la trágica muerte del actor lo que lo hizo especial a los ojos de Bob y de otros adolescentes. Rebelde sin causa se estrenó cuatro días después del fatídico accidente y llegó al Lybba Theater aquel invierno. Bob y John se sintieron muy identificados con Jimmy Dean, como ellos lo llamaban, y con Jim Stark, el personaje que interpretaba en la película.[43] Jim Stark era un adolescente angustiado por las peleas con sus padres y por la necesidad de demostrarse algo a sí mismo. Al igual que Bob, Stark no era muy elocuente, pero tenía buen corazón. «No habla mucho, pero cuando lo hace sabes que es sincero —decía el personaje de Sal Mineo—. Es sincero.» Bob se veía a sí mismo descrito en aquellos mismos términos, y el parecido no quedaba ahí. Bob provenía de una familia acomodada y de clase media como la de Stark. «¿Acaso no te compro todo lo que quieres?», le preguntaba el padre de Stark. Abe podría haberle hecho la misma pregunta a su hijo. Cuando retaban a Stark a que participase en una prueba de valentía (una carrera en coche contra otro chico hasta el acantilado, en la que había que saltar del vehículo en el último momento), Stark intentaba pedirle consejo a su padre. Por toda respuesta recibía una evasiva con la que pretendía demostrarle que dentro de diez años vería las cosas de forma distinta. «¿Diez años? —preguntaba Stark angustiado—. Quiero una respuesta ahora. La necesito.»[44] Bob y John Bucklen aprendieron de memoria muchas frases de Rebelde sin causa, pero de todas ellas, su favorita era esa. «No quiero una respuesta dentro de diez años —se decían el uno al otro mientras iban por el pueblo—. Quiero una respuesta ahora.» Bob y sus amigos de Hibbing solían ir a la pastelería de Steve casi a diario para mirar las revistas de cine buscando noticias sobre Dean. Bob se compró una cazadora de color rojo igual que la que llevaba su ídolo. A pesar de que James Dean no dejaba de ser un actor que representaba un papel, para ellos Jimmy Dean era Jim Stark.

Otra figura que le resultaba apasionante era Elvis Presley. «La primera vez que oí la voz de Elvis supe que jamás podría trabajar para alguien, que nadie iba a ser mi jefe —confesó Bob—. Oírlo por primera vez fue como huir de la cárcel.»[45] A Bob le gustaba el Elvis de los primeros tiempos, el que realizó aquellas grabaciones con Sun Records en Memphis (Tennessee), entre 1954 y 1955. Bob aprendió a tocar «Blue Moon of Kentucky» poco después de su lanzamiento en julio de 1954, y en 1999 interpretaría la canción en un concierto. El sonido primitivo y emocionante de aquellas primeras sesiones en Sun se convertirían en un ideal de grabación discográfica para Bob a lo largo de su carrera. «Empezamos a perder interés por Elvis en cuanto se hizo popular», confiesa Bucklen.[46] Little Richard ocuparía su lugar como su nuevo ídolo. Era divertido verlo en televisión; su música era tremendamente animada y él era el inconformista por excelencia, una cualidad que atraía especialmente a Bob, que aprendió a imitar los riffs de Richard tocando el piano de media cola de sus padres de pie. Como Bob solía recordarle a Bucklen, hasta Presley copiaba a Little Richard. Bob empezó a dejarse el pelo largo y a peinárselo hacia atrás imitando el estilo de Richard.

La primera banda con la que Bob colaboró fue un grupo a capella formado por sus amigos del campamento de verano, Larry Kegan y Howard Rutman, junto con sus compañeros de Saint Paul. Se hacían llamar The Jokers y tocaban allí donde pudiesen encontrar un piano, incluyendo los bailes en los institutos.[47] Las muchachas hacían corro a su alrededor mientras los chicos coreaban las canciones pop del momento. Bob se dio cuenta de que la música hacía que resultase atractivo y le daba poder para cautivar a la gente. Esa fue una lección que su amigo Larry Kegan aprendió de él. «Me enseñó que si sabes cantar y/o tocar puedes obtener casi todo lo que necesitas —señala Kegan—. Una comida, un lugar donde quedarte, un viaje, una novia.»[48] Sus madres les hicieron unos chalecos de tonos grises y carmesíes con el nombre «The Jokers» grabado en la parte delantera. Con ese atuendo, los chicos tocaron en un programa televisivo de jóvenes talentos emitido en el canal 9 de las Ciudades Gemelas. «Éramos tremendamente ambiciosos y estábamos ansiosos por hacer cosas», afirma Howard Rutman. En el verano de 1956 Bob, Rutman y Kegan pagaron cinco dólares para grabar un disco de 78 revoluciones. Bob tocaba el piano y sus amigos cantaban un popurrí que incluía «Be-Bop-a-Lula» y «Earth Angel». Aquel fue el primer disco de Bob, pero su voz ya poseía un tono característico.[49]

Bob continuó canta

Suscríbete para continuar leyendo y recibir nuestras novedades editoriales

¡Ya estás apuntado/a! Gracias.X

Añadido a tu lista de deseos