Manual para romper un cuerpo

Lara Gil
Lara Gil

Fragmento

Introducción. Extrañas entrañas

Introducción:

EXTRAÑAS ENTRAÑAS

He pasado muchos años ocultando una parte de mi vida para protegerme del daño que me pudieran hacer si compartía esa información. Durante mucho tiempo creí que el silencio me protegía, cuando en realidad me estaba atrapando. Romper el silencio y permitirme descubrir lo que me pasó ha generado en mí cosas muy diferentes a las que imaginaba. Me ha dado control y autonomía sobre la gordofobia que he vivido y que vivo.

Contar mi historia también me permite abrir la puerta a un diálogo sobre un tema tabú: las mutilaciones legales y consentidas a las personas gordas. Tras años de dietas y ejercicio, de someterme a todo tipo de restricciones, hace diecisiete años me realicé una cirugía bariátrica que cambió mi vida de manera radical y definitiva. Y no como yo había imaginado.

Desde hace años se realizan en España miles de operaciones de cirugía bariátrica; seguro que has oído hablar de ello. Son operaciones complejas, que requieren de una gran preparación y que tienen consecuencias graves e irreparables en la vida de quienes nos sometemos a ellas. He pasado un año investigando este tema, lo he hecho por mí y porque es necesario que alguien lo cuente, ya que, aunque la mayoría conocemos a alguien que se ha realizado una intervención así —la amiga de una amiga, la tía, la vecina—, como en el final de los cuentos o las pelis con final feliz, habitualmente no tenemos ni idea de lo que pasa el día después.

Durante el tiempo que he pasado documentándome para escribir este libro he llegado a tres conclusiones importantes y quiero contártelas antes de que sigas leyendo. Siempre me ha gustado empezar las historias por el final, prefiero resolver el misterio para poder recrearme después.

1. La información que hay sobre este tema es muy escasa, está incompleta, es confusa y en muchos casos se omiten deliberadamente datos que son necesarios para tomar la decisión de entrar al quirófano y mutilar parte del sistema digestivo.

2. Si conociéramos las consecuencias reales de este tipo de intervenciones, muchas de nosotras no nos someteríamos a ellas. Es necesario que los y las profesionales den información real sobre cómo te cambia la vida después de una operación así.

3. La salud de las personas operadas con cirugía bariátrica disminuye inmediatamente después de salir del quirófano. Los problemas físicos y mentales son mucho más grandes que los que podíamos tener antes.

Estas tres ideas son las que han hecho que las páginas que escribí en primavera de 2024 en una playa de Benicàssim para intentar ordenar mi historia se hayan convertido en un libro sobre las mutilaciones legales a las personas gordas en España, aunque podría ser extensible a la mayoría de los países conocidos como occidentales.

He investigado de forma autónoma y sin ningún tipo de ayuda más que la de mis amigas, que me daban ánimos, me enviaban artículos o me ayudaban a traducir textos insoportables. He buceado durante horas en internet, he preguntado a ChatGPT y he leído artículos científicos bastante densos, pero que guardaban información relevante. Mientras leía y me hacía preguntas iba entendiendo muchas de las cosas que me pasaban y he podido ponerle nombre a algunos de mis síntomas o entender las causas de muchos de mis problemas de salud. Espero que este texto ayude también a otra gente operada que, por falta de información, no puede nombrar ni comprender muchos de sus problemas.

En el libro hablo de este tipo de operaciones en un término poco habitual, las llamo «mutilaciones». Sé que es un término que asusta, no es agradable. De hecho, recuerdo la primera vez que alguien se refirió así a lo que yo llamaba «mi operación». Me quedé paralizada, pero a la vez algo caliente se encendió dentro de mí. Desde ese mismo momento no pude despegarme de la palabra: mutilada, mutilada, mutilada. ¿Cómo iba a ser yo una persona mutilada? Esa pregunta me acompañaba, pero también lo hacía la certeza de que es así, estoy mutilada y eso explica muchas de las cosas que me pasan. Aceptarlo es más liberador que doloroso, me permite dejar de jugar a ser algo que no soy: una persona sana. No soy una persona sana. Desde que me operé he pasado por diferentes problemas de salud que me dificultan la vida y, aunque durante mucho tiempo intenté simular que no me afectaban, siempre han estado ahí.

Escribo estas palabras el 14 de febrero de 2025, dentro de unas horas tengo cita en el Hospital Universitario Santa Cristina porque me van a hacer una gastroscopia para comprobar que todo esté bien. No tiene nada de romántico entrar a un quirófano a que me seden y me metan un tubo por la garganta, pero estoy contenta, porque por fin alguien me dirá qué me pasa ahí dentro. Es la primera vez que me hacen una prueba así desde que me operé. Llevo cuatro años yendo a las consultas de diferentes especialistas para entender por qué me pasa lo que me pasa. Y lo que me pasa es que vivo en un estado de anemia grave del que no consigo salir, sufro episodios de fiebre continuamente, me deshidrato de forma habitual y convivo con vómitos y diarreas. La respuesta que me da la mayoría de los profesionales a estos síntomas es que son las consecuencias habituales después de una operación de cirugía bariátrica.

Ha pasado un año desde que empecé este proyecto y hoy estoy escribiendo las últimas palabras antes de que este libro sea corregido y mandado a la imprenta. Abro mi calendario y miro qué estaba haciendo exactamente hace un año y descubro que por esas fechas me estaba montando en un coche con gente desconocida dirección Cuenca rumbo a Sudakasa, un proyecto precioso liderado por Gabriela Wiener, para realizar un taller de escritura con María Fernanda Ampuero. Un mes antes había visto en Instagram el cartel del taller y decía así:

Extrañas entrañas

¿Qué significa escribir desde las vísceras? ¿Cómo se apaga el cerebro para escribir desde el cuerpo? En este taller nos evisceraremos y revisaremos nuestra historia para encontrar el epicentro del dolor y escribir sobre él. Más que un taller, el nuestro será un ritual en el que iremos a lo más profundo del trauma para desenterrarlo primero y luego apalearlo y exorcizarlo a través de los textos. Es importante recordar siempre, y lo haremos en nuestro encuentro, que el corazón es una víscera.

Vísceras, entrañas, trauma, ritual… Al leer el texto mi estómago empezó a rugir y me apunté sin pensar. Las primeras páginas de este libro son el resultado de ese taller, todo lo demás ha ido creciendo con fuerza y sin pausa desde mis entrañas.

He escrito este libro inspirada por el trabajo de otras compañeras y de otros textos que surgen de la necesidad de ponerle palabras a los silencios de nuestras historias, de desafiar el pacto de la normalidad y de construir una historia diferente, la nuestra. Hace muchos años, cuando empezaba a adentrarme en el activismo, descubrí el libro Pucha potents. Manual sobre su poder, su próstata y sus fluidos, una investigación de Diana J. Torres sobre la eyaculación femenina, la próstata y el placer. Una investigación autónoma que desafiaba las normas de la academia y que combinaba la lectura de textos con la propia experiencia. Una investigación que comienza así:

El sistema puede estar ocultando la verdad durante siglos, pero la verdad tiene una gran virtud: siempre está ahí. Se la puede tapar para no verla, se la puede disfrazar de engaño, se le puede cambiar el nombre para que parezca otra cosa, pero no se la puede eliminar, matar, extirpar de la realidad. Y esto es lo que nos sucede a quienes luchamos por ella: somos tenaces porque sabemos que tarde o temprano todo se pondrá en el lugar que le corresponde, porque confiamos en ello.

Los libros siempre me acompañan, por eso he intentado que las lecturas que me han inspirado en mi búsqueda por la verdad acompañen este texto también. En Harry Potter y el cáliz del fuego (el libro que me acompañó durante los años que os cuento aquí), Dumbledore le dice a Harry: «La verdad es algo hermoso y terrible, y por lo tanto debe ser tratado con cautela». Tiene razón, he necesitado mucho tiempo para hablar de esto porque no estaba preparada para escuchar mi verdad. Me he pasado años poniendo excusas, inventándome historias para ocultar esta parte de mí que no me gusta, de la que no me siento orgullosa. Y esa vergüenza ha sostenido una mentira. Pero la vergüenza está en la cabeza, no en las vísceras, que es desde donde ahora hablo. Ponerle palabras a mi dolor ha sido un ejercicio de comprensión y compasión hacia mi historia. Pero las palabras son también una herramienta para romper con un silencio colectivo respecto al control del cuerpo de las personas gordas. Como también dice Dumbledore: «Las palabras son, en mi no tan humilde opinión, nuestra más inagotable fuente de magia. Capaces de infligir daño y de remediarlo».

¿Es mi cuerpo la escena de un crimen cuando ya sé que yo soy la agresora o, como mínimo, uno de los agresores?

¿O debería considerarme la víctima de un crimen que tuvo lugar en mi cuerpo?

Roxane Gay

1

Pelo

Mi cuerpo solía ser mío.

Virgie Tovar

Perder el pelo con diecinueve años no es fácil. Me estaba duchando, abrí la mano y encontré un gran puñado de pelos. Desde ese día hasta que aparecieron las calvas en mi cabeza pasó muy poco tiempo. Compré un bote de suplementos en el herbolario, biotina enriquecida con vitamina D, y mi amiga me dijo que no me la tomase directamente, que mejor volcase el contenido de todas las cápsulas en el bote de champú. Un champú especial para la caída del pelo al que había echado un bote de pastillas dentro.

—Tampoco es que no tengas pelo

Te dicen.

—Pero ¿qué dices? No es para tanto, mira, a mí me pasa lo mismo. Qué va, tía, si tienes un pelo muy bonito.

—No, mira, no es eso. Mira, tengo calvas.

SILENCIO.

Cuando te animan a que reduzcas tu estómago o a que te realices una manga gástrica te dicen que vas a adelgazar, pero no que se te va a caer el pelo. Te dicen lo guapa que vas a estar, pero no que vas a enfermar. Tampoco te dicen que vas a volver a engordar. Además aumenta el riesgo de osteoporosis, y la mandíbula y la dentadura se vuelven frágiles. Mutilar tu estómago tiene consecuencias y estas son solo algunas de ellas. La verdad es que nada de esto me sorprende, solo me pregunto por qué no imaginé antes que todo esto me iba a pasar a mí.

El 23 de marzo de 2007 entré a un quirófano donde cortaron mi estómago y mi intestino después de que diferentes profesionales insistieran en hacerlo. Lo hice porque sentía que era la única salida. Mutilar mi cuerpo era la solución que me daban para dejar de sufrir. Fue una mutilación consentida y completamente legal. Fue una mutilación aplaudida y celebrada. Pero fue una mutilación.

Tres meses después de haberme operado, fui a una peluquería y corté también la melena larga y rizada que me había acompañado durante diecinueve años. Cortarse el pelo y perder 70 kilos de golpe tienen un efecto inmediato: nadie te reconoce. Mi vecina dejó de saludarme al salir del ascensor y la cajera del Eroski ya no me sonreía. No decían nada, pero nadie entendía qué había pasado.

—¿Habéis visto cuánto ha adelgazado?

—El otro día la vi por la calle y no me podía creer que fuera ella.

Me imagino que esas eran las conversaciones. Me imagino a la gente hablando, sospechando. Solo lo imagino, porque nadie nunca me dijo nada. Yo tampoco. Me hacía la loca, como si no lo entendiera y disimulaba, hacía como si no hubiera cambiado nada. Han pasado diecisiete años y aún hoy se me hace difícil explicar por qué lo hice.

Elegimos al mejor cirujano de Madrid. Era el jefe de especialidad de un hospital público muy famoso de la ciudad, también pasaba consulta y operaba de manera privada por las tardes. Era muy caro y eso nos dio seguridad. Recuerdo perfectamente la tarde de enero que nos explicó en qué consistiría el proceso, sus riesgos y sus beneficios. En el despacho estábamos los tres, yo con toda mi desesperación, mi madre con toda su esperanza y él con su bata blanca, una sonrisa enorme y unas manos delicadas que me aseguraban que todo iba a ir bien.

—Tenéis que estar tranquilas, es una operación sencilla que no tiene mucho riesgo. Los riesgos son los de cualquier otro tipo de intervención.

—Vale, doctor. Y ¿qué consecuencias tiene?

—Al principio tendrás que masticar mucho. Si lo haces, volverás a comer normal en pocos meses, aunque menos cantidad.

—Me preocupa que tenga consecuencias a largo plazo, cosas que todavía no se saben.

—Si todo sale bien, las únicas consecuencias que tendrá es que deberás tomar vitaminas. Después de la operación te mandaré un suplemento vitamínico para ayudarte a absorber lo que tu intestino no puede.

—Vale. ¿Y nada más?

—No, no te preocupes. Las vitaminas son como gominolas, saben a fresa. Te tomas una cada día y ya está.

Tomar vitaminas toda la vida a cambio de dejar de engordar me pareció un buen trato. Después de esta conversación, el médico hizo un dibujo en un papel para explicarme cómo recortaría mi estómago y lo uniría a mi intestino. En él se veían unos órganos estrujados y el estómago sobrante flotando. No entendí nada, pero no me importó. He mirado ese dibujo muchas veces intentando entenderlo, seguir las líneas para ver que conecta con qué. ¿Qué parte es mi estómago?, ¿cuál es mi intestino?, ¿por qué cosen por aquí?, ¿adónde va ese tubo por allá? Es como montar un puzle al que le sobran piezas.

Desde que me operé voy mucho al médico, porque me pongo mala a menudo. Antes de operarme no me ponía mala nunca, todo lo contrario. Mi grasa me protegía. Después he tenido que acudir mucho a urgencias por infecciones de estómago, diarreas y gases, entre otras cosas. En los últimos años, además, he empezado a tener fiebres muy altas de forma periódica y me deshidrato cada vez más frecuentemente.

Han pasado diecisiete años desde que me operé y sigo siendo gorda. La delgadez duró unos pocos años, luego mi peso empezó a aumentar progresivamente. De hecho, tengo la misma talla que cuando entré al quirófano y la misma cara que en las fotos de esa época. Pero hay una diferencia entre aquella chica y yo: hoy ya no pienso que soy un monstruo. Estos años me han servido para entender que mi vida no es una comedia romántica, sino una película de terror en la que yo soy la víctima y la asesina al mismo tiempo.

Lo normal en las películas de terror es que la amiga gorda muera al principio, pero esta es una historia distinta. Aquí la protagonista es víctima de una mutilación que la convierte en enferma de por vida. No ha muerto, pero nadie sabe cómo sigue viva. Mutilaron sus órganos para hacerla bella, despedazaron su estómago para hacerla encajar. Y ahora su cuerpo no es un cuerpo. Su vida no es vida. La protagonista de esta historia, que soy yo, ha perdido tantas cosas que ya no tiene nada que perder. Y es que, cuando me quitaron el estómago, me quitaron muchas más cosas, entre ellas, el miedo.

2

Dientes

Sabía quiénes eran los culpables, quiénes tenían que pagar por lo que había hecho. Esta vez era yo la que tenía que cobrarme la deuda, que no había hecho otra cosa en toda la vida más que pagar las que no eran mías.

Layla Martínez

Mientras voy en el metro repaso mis dientes con la lengua. Siento su desgaste, los bordes irregulares, las pequeñas fracturas. Mis dientes no se parecen a los de mis amigas. Están afilados y desgastados, los bordes están rotos y llenos de caries. Voy al dentista más veces que lo que se considera normal para una mujer de mi edad.

Tengo muertos la mitad de los nervios de la boca. Los humanos tenemos doce muelas y ya he perdido los nervios de seis de ellas. En mi última visita al dentista, el doctor me dijo con una sonrisa grande y perfecta: «Los he matado todos, no queda ni uno».

Me pongo tan nerviosa cuando voy al dentista que el doctor ha empezado a poner música en su móvil para calmarme. Suele poner una lista de reproducción de Spotify con versiones de música clásica de canciones pop. Cuando me siento en el sillón le dice a su ayudante: «Ponme la lista de covers», y empieza a escarbar dentro de mí mientras suena Taylor Swift al violín o la banda sonora de Los Bridgerton y yo hago respiraciones concentrada en detectar el mínimo punto de dolor.

Tampoco te lo dice nadie, pero después de una reducción de estómago los dientes se desgastan muy rápido. Cada día, mientras trabajo, hago la compra o pongo una colada, el ácido de mi estómago, un ácido viejo y cansado de trabajar más de la cuenta, sube hasta mi boca corroyendo cada uno de los dientes que me quedan.

He quedado con una amiga. Voy al baño del sitio donde estamos y descubro que tengo un pequeño moratón en la mandíbula. Esa misma mañana me han puesto un implante en la muela inferior del lado derecho. Me la quitaron hace tres meses y ahora han incrustado un metal en mi mandíbula para poder poner una prótesis dentro de otros tres meses. La muela que me han quitado es una muela a la que le habían hecho ya cuatro endodoncias diferentes en tres países distintos. Desde que te quitan una muela hasta que te ponen la de mentira pasan meses, te tienen que hacer radiografías, arrancar la muela que ya no sirve, coser la carne, esperar a que cicatrice, abrirla de nuevo para poner un tornillo, volver a esperar a que cicatrice, tomar las medidas, mandar a hacer la muela nueva, esperar a que la diseñen en un laboratorio, enroscar la muela en el tornillo, comprobar que encaja bien, morder repetidas veces un papelito negro que ponen entre las muelas, pulir para que todo encaje y pagar antes de salir de la consulta. Concretamente esta muela me ha costado mil trescientos ochenta euros.

Debes tener dinero para soportar las consecuencias de una cirugía bariátrica: los dientes, la vitaminas, los tratamientos privados, la comida especial y un largo etcétera. Pero el dinero no es lo que más me importa. Perder los dientes me angustia mucho, es la evidencia de que algo está mal en mí. Una mujer de treinta y siete años no se queda sin dientes si no es por motivos muy concretos.

No sé cómo explicarle a la gente que estoy perdiendo los dientes. Me da mucha vergüenza; también me da vergüenza perder el pelo. Pienso que no es por mi culpa y aun así no puedo evitar que me suba un vértigo desde el estómago hasta la garganta cuando lo pienso. Yo decidí entrar a ese quirófano sin pensar en las consecuencias. Soy yo la responsable de que mi cuerpo se esté deshaciendo de forma acelerada.

Luego pienso que no, que a las personas que nos operaron hace diez o doce años nos mintieron, nos ocultaron información y nos manipularon. Jugaron con nuestro miedo y con nuestra esperanza. Nos engañaron. Nos aseguraron que nuestras vidas serían mejores y ahora somos enfermas crónicas. Las personas sometidas a cirugía bariátrica sufrimos muchas enfermedades fruto de la reducción, sin embargo, si pones en Google «reducción de estómago», solo aparecen miles de resultados de clínicas privadas y de páginas de medicina enumerando los beneficios de esta intervención.

He leído detenidamente muchas de estas páginas de internet y todas mienten. Nos engañan. Hablan de «intervención», que queda mucho mejor que «mutilación». Sé que mienten porque conozco a muchas personas que están sufriendo las consecuencias sin ningún reconocimiento por parte de la sociedad, de la comunidad médica e incluso de ellas mismas, que se resisten a reconocer que han sido engañadas. Es tanta la desinformación que hay que a menudo me encuentro con personas operadas que aseguran que a ellas no les pasa nada, que les ha ido muy bien. Pero cuando empiezo a enumerar los síntomas, los reconocen todos como propios.

A estas operaciones se les llama cirugías bariátricas, pero decir eso es como no decir nada. El significado de bariatría según la Real Academia Española (RAE) es: «Rama de la medicina que se ocupa del estudio y el tratamiento de la obesidad». También se le llama «bypass» que, según el diccionario de la RAE, significa algo así como: desviación para salvarse de algo, por ejemplo, de un obstáculo. ¿El estómago es un obstáculo en el objetivo de adelgazar? ¡Si el estómago es un problema, pues quitamos el estómago!

Si el final del chiste no fuese una mutilación, nos reiríamos juntas de esta ecuación absurda. Pero no tiene gracia, el bypass empeora nuestra vida de forma radical, reduce nuestra esperanza de vida y nos conduce a la enfermedad. Ninguna persona mejora su salud después de algo así.

Esta intervención no solo se realiza en clínicas de cirugía estética, se practica diariamente en quirófanos públicos y privados, en hospitales con unidades especiales diseñadas para que las personas gordas adelgacemos. Esta operación es una de las diez intervenciones con más lista de espera de este país. Financiamos con dinero público la realización de miles de operaciones en las que se nos amputa una parte de nuestros órganos y nos parece bien porque le tenemos más miedo a engordar que a estar enfermas.

Con mi lengua juego con el hilo con el que el dentista ha cosido mi encía. Rozo también una pequeña llaga que me está saliendo. Desde que me operé me salen llagas en la boca cuando tom

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