Soy una persona complicada.
Por fuera, Dios me ha dado carita de niño bueno y una engañosa afabilidad. Por dentro, soy un auténtico cabronazo, duro como el pedernal, y repleto de un odio que no me escatimo ni a mí mismo.
De lo que más odio en el mundo, lo que aborrezco por encima de todo es mi propia persona o, más bien, mi personaje. Si no fuera yo el autor cuyo nombre aparece en portada, ese tipo sería lo que más despreciaría. No lo soportaría. «¿Dónde se cree que va con esa pose absurda de escritor de tres al cuarto? ¿Qué pretende probar con tanto libro que publica?». Os juro que lo que más odio en el mundo es JAM, alias «el Mañas», para entendernos, porque con un apellido tan contundente no merece la pena andarse con nombrecitos, y menos compuestos. A mí me habría gustado llamarme José Hernández (algo sencillo, absolutamente banal, sin más connotaciones que su propia vulgaridad); incluso me habría encantado desaparecer, ser anónimo. Durante años sufrí fobia social. Me aterrorizaba hablar en público, tartamudeaba. Enrojecía hasta las orejas. Sentía que un abismo se abría bajo mis pies cada vez que me veía obligado a tomar la palabra.
Y hete aquí que ese individuo que lo último que quería era destacar o que los focos se posasen sobre él, ha acabado siendo uno de los miembros más famosos de toda su generación.
¿Cómo se pasa de un extremo al otro?
Pues de eso va este libro que tienes entre las manos, amigo lector. De cómo el destino, guionista torticero donde los haya, decide que te vas a transformar en aquello que más detestas, en aquello de lo que siempre renegaste.
PRIMERA PARTE
Un mundo como un árbol desgajado.
Una generación desarraigada.
Unos hombres sin más destino que
apuntalar las ruinas.
BLAS DE OTERO,
Ángel fieramente humano
1
HISTORIAS DEL KRONEN
Esta última movida de la juventud estudiantil y trabajadora o parada (cada día es más difícil hacer diferencias) tiene ya, naturalmente, sus cronistas y sus novelistas. El más brillante, Mañas, finalista del Nadal.
FRANCISCO UMBRAL,
Diccionario de la literatura
Escritor
Esta es la palabra que menos me gusta del mundo. Escritor se escribe con mayúscula inicial. Es pretencioso. Un escritor es alguien que considera que se le debe una tribuna para proclamar su verdad al mundo. Hay que huir de ello como de la peste.
Por mi parte, cada vez que me preguntan, me presento como novelista. Me parece un término más técnico. Se escribe con minúscula inicial, y reduce tu labor en sociedad —que bastante es— a fabricar ficciones.
¿Que lo hago a través de la escritura? Por supuesto. Pero podría ser a través de cualquier otro medio. A mí no me ponen cachondo las palabras sino aquello que queda en la cabeza del lector —en tu cabeza— cuando termina un libro y lo cierra. Que sea a través de palabras es accidental. Si tuviera talento como dibujante lo haría a través de viñetas, y me sentiría igual de satisfecho.
Ya que arrancamos con ello, diré que la diferencia entre escritor y novelista es que para el primero la prosa es un material opaco y escribir, un verbo intransitivo: no se escribe algo; se escribe, punto. Por contra, para el novelista el lenguaje no es sino una herramienta para crear un mundo imaginario propio.
Entendámonos: una novela es como una película mental en la que el novelista tiene que armar él solito todo. De entrada, ha de ser capaz de meterse en la piel de los personajes, ser un brillante actor. Por poner un ejemplo, lo que hacen en El Padrino Robert De Niro, Al Pacino, Marlon Brando y más, de manera conjunta, lo tuvo que hacer previamente Mario Puzo a solas en su cabeza.
Pero no basta con esa capacidad esquizofrénica de desdoblarse en personajes. También hay que saber juntarlos en diferentes situaciones y secuenciarlas hasta alcanzar un clímax donde, idealmente, se resuelva el conflicto planteado (como hacen los buenos guionistas). Hay que ser capaz de ocuparse de decorados y vestuarios (las descripciones); y tomar las decisiones que toma un director con respecto a cómo visualizar cada escena (arranca por aquí, con un primer plano o un plano medio o un paisaje…). Hay que ser buen montajista (es montaje literario, pero montaje al fin y al cabo); hay que saber buscarse la vida económicamente (lo que hace un productor) y promocionar tu novela más tarde cuando esté publicada (como harían los actores). Y por encima de eso, escribir. Ya.
Por eso ha habido a lo largo de la historia grandísimos escritores que nunca fueron buenos novelistas; y grandísimos novelistas —Balzac, Baroja, Stephen King, Stendhal— que nunca fueron excelsos escritores. Para novelar hacen falta muchas cosas y basta, a nivel de escritura, con ser eficaz.
La comparación con el cine es meramente ilustrativa. Si os soy sincero, a mí me entra la risa cada vez que oigo a algún autor compararse con el séptimo arte.
Aclarémoslo de una vez por todas. El cine es una maquinaria de fabricar ficciones tan sumamente sofisticada que comparar lo que es capaz de hacer un novelista con lo que hace todo un equipo de rodaje es como comparar a un hombre orquesta con una orquesta sinfónica.
Hace mucho que esa supuesta lucha la ganó el cine, y la decadencia de la novela como género es la mejor prueba. En el siglo XX, el cine sustituyó a la novela como el principal vehículo narrativo de la humanidad. No hay más que decir al respecto.
Pero novelista soy, y como novelista me he comportado siempre. Y pese a lo que digo de los escritores no dejo de ser un letraherido (¡qué catalanismo tan hermoso!), un anacrónico hombre de letras. En ese sentido, no caben excusas. Se escribe porque primero se ha leído. No hay excepciones a la norma.
De la misma manera que quien entona es porque siendo pequeño oyó cantar a su madre y se le formaron a una edad lo suficientemente temprana los surcos adecuados en el cerebro, el señor que acaba escribiendo es porque cuando leyó sus primeros libros supo identificar intuitivamente los moldes creativos que más tarde sabrá reproducir.
El arte no es sino la capacidad de reproducir moldes. Ya lo dijo Eugenio d’Ors: «Lo que no es tradición es plagio». El arte es plagio y el mejor artista es el mejor plagiador.
Leyendo bajo las sábanas
Una de las imágenes que guardo de mi infancia es mi madre dándome un beso a la hora de acostarme y cerrando, luego, la puerta de mi cuarto. Yo espero hasta que se va. Cuando oigo que sus pasos se alejan y vuelve a sonar el televisor, aprovecho para encender la linterna que tengo escondida junto a mi almohada, y continúo leyendo bajo las sábanas.
O bien si intuyo que anda especialmente entretenida y escucho los disparos de un wéstern o las canciones de algún musical americano, entonces ya me pongo en pie, salgo sigilosamente al pasillo y me encierro en el baño, con mi libro.
Como siempre fui monotemático, leía únicamente novelas. Nada de poesía, ni cuentos, ni teatro, ni prensa, ni desde luego ensayo. Novela, novela, novela y más novela. ¿Títulos? A bote pronto se me viene a la mente Tarzán de los monos, de Edgar Rice Burroughs. Esa serie de novelas en tapa dura de la editorial Gustavo Gili fue la que me enganchó a la ficción. Más tarde, durante la preadolescencia, me fascinó El Señor de los Anillos. Aunque enseguida pasé a las novelas de aventuras clásicas que habían leído mis padres: Los tres mosqueteros, El conde de Montecristo, Sandokán, El Corsario Negro, La isla del tesoro, La flecha negra, La vuelta al mundo en ochenta días, Viaje al centro de la Tierra, Miguel Strogoff, Los miserables, La Pimpinela Escarlata… Con esas ficciones crecimos varias generaciones de europeos antes de que apareciese Harry Potter y el resto de esa plaga que llamamos literatura juvenil.
Lógicamente, llegó un día que me dije a mí mismo: «Ya que te gusta tanto la novela, ¿por qué no intentas escribir una?».
Se me metió en la cabeza que una novela debe tener como mínimo doscientas páginas. Os imaginaréis que no se escriben doscientas páginas de corrido, así, de buenas a primeras.
Como todo hijo de vecino, empecé con relatos. Relatos que se iban haciendo cada vez más extensos: de cinco, de diez, de quince, de veinte páginas…
Hay que decir que esos relatos a mí nunca me interesaron per se. Eran como una especie de escalones que había que subir hasta coronar algún día esa cima que entonces me parecía inalcanzable: la Novela.
Pero como soy perseverante e incluso tozudo cuando algo me gusta, al cabo de un tiempo lo acabé logrando.
Y así fue como en el verano del año 92 ya tenía encima de la mesa de mi cuarto un buen manojo de folios. Eran más de doscientos. Eso me enorgullecía. De entrada, los copié con una máquina de escribir Olivetti de segunda mano que me compré, luego los pasé a uno de los primeros ordenadores que existían: unos Mac pedestres con los que hacíamos nuestros pinitos informáticos quienes crecimos en el siglo pasado.
Me tiré el resto del año 92 y el primer semestre del 93 trabajando aquel manuscrito. Hacia julio de 1993 ya había terminado con la corrección.
Aquel manojo de folios estaba encima de la mesa. Yo me sentía satisfecho. Los miraba, los remiraba, y pensaba que había hecho algo bueno. La historia me parecía creíble, llena de emociones auténticas.
Creía que aquel monstruo podría eventualmente llegar a ser un día mi primera novela publicada.
Nadie la había leído y a mí me encantaba.
El único problema era que no sabía qué pasos había que dar para acceder a la publicación.
Un problema gordo
Pero como tenía una amiga de la universidad cuyo padre era escritor profesional, se me ocurrió hacerle llegar mi manuscrito.
Le pedí su opinión.
Igual esperaba que me dijera que era cojonuda o que me propusiera presentarme a su editor, no sé. Pasadas unas cuantas semanas mi amiga seguía sin decirme nada, y ya decidí abordarla.
—Escucha, Menganita. ¿Te acuerdas del manuscrito que te pasé? ¿Se lo pudiste enseñar a tu padre?
Ella puso una cara rara.
—Huy, no te lo quería decir, pero sí.
—¿Qué le ha parecido?
—Pues por eso no te lo quería decir. No le ha gustado.
Fue un jarrazo de agua fría.
—¿Y por qué no le ha gustado?
—Dice que no es nada literario.
—Y si no es literario, entonces ¿qué es?
—Dice que es demasiado cinematográfico.
—Bueno, pues aunque sea poco literario y aunque sea demasiado cinematográfico, si quiero publicarlo ¿qué es lo que tengo que hacer?
—Dice que no le interesará a nadie.
La cabrona no me lo estaba poniendo fácil.
—De acuerdo. Pues aunque sea poco literario, y aunque sea demasiado cinematográfico, y aunque no le vaya a interesar a nadie, si quiero publicarlo, ¿qué es lo que tengo que hacer?
—Deja que se lo comente de nuevo.
Al día siguiente, el escritor profesional me recomendó que me comprara la revista Leer. Indicó que su interior había una sección dedicada a publicitar premios literarios. Me sugirió que concursara. Esto es como si le pides trabajo a alguien y te aconseja que te presentes a oposiciones.
Pero como no tenía otra idea, decidí hacerle caso.
En septiembre de 1993 me compré la revista Leer y eché un vistazo a los premios que aparecían publicitados. El primero era el Premio Nadal. Evidentemente, me sonaba. Yo había leído Nada, de Carmen Laforet. También El Jarama. Y bastante Delibes. En general, esos autores realistas de la posguerra me gustaban. Eran los grandes nombres del momento.
Eché un vistazo a las condiciones que debía cumplir un texto para concursar.
La primera era tener más de doscientas páginas mecanografiadas a doble espacio en folios A4 (entonces pedían doscientas, unos años más tarde rebajaron a ciento cincuenta). Aquello me pareció buena señal. Yo también pensaba que una novela debe tener por lo menos doscientas páginas.
También había un plazo de entrega que vencía, si no al día siguiente, a los dos días. Vamos, que lo tenía encima. Y resultó que justo esa tarde oí que mi padre andaba en su habitación preparando la maleta para un viaje de negocios a Barcelona.
A mi padre tampoco le gusta nada lo que escribo
Mi padre llevaba unos meses escuchándome teclear en mi cuarto. Sabía que escribía algo, pero no exactamente qué. Cuando aparecí con la revista Leer en la mano y se la tendí abierta por la sección de premios literarios, me miró sorprendido.
—Pero, Jose…
—¿Qué pasa?
—Que esto es el Premio Nadal. Coño. Carmen Laforet, Sánchez Ferlosio, Miguel Delibes. No, hombre, no.
Aquello me empezaba a mosquear.
—Pues yo quiero concursar. Te ruego que por favor lleves este manuscrito a la dirección que aparece.
Era una de las librerías de la editorial Destino.
Hoy Destino es una mesa dentro de una planta diáfana en el sexto piso de la avenida Diagonal de Barcelona. Esa mesa la comparten el editor de mesa (nunca mejor dicho), la jefa de prensa, el maquetista, el editor literario (quien decide qué contratar); y alrededor hay sesenta o setenta mesas parecidas. Cada cual, una editorial del Grupo Planeta. Pero a mediados de los noventa Destino era todavía una casa independiente con un puñado de librerías en diversas ciudades. En Madrid, por ejemplo, tenía una espectacular en la plaza de Platerías, justo enfrente del Museo del Prado: actualmente es un CaixaBank.
El manuscrito podía entregarse en la librería de Barcelona cuya dirección aparecía en la revista. Naturalmente, le pedí a mi padre que lo llevara en mano. Él me vio tan decidido que se encogió de hombros. Y ya cuando le tocó coger el puente aéreo, se le ocurrió echarle un ojo al manuscrito.
Mi novela empezaba diciendo: «Me jode ir al Kronen los sábados por la tarde porque está siempre hasta el culo de gente. No hay ni una puta mesa libre y hace un calor insoportable. Manolo, que está currando en la barra, suda como un cerdo. Tiene las pupilas dilatadas y…». El lenguaje era hosco, provocativo, procaz. Me sigue gustando. Creo que así es como debe arrancar un autor de veinte años. Dando una patada en la puerta, no pidiendo permiso para entrar.
Pero mi padre no vio eso. Mi padre solo vio una sucesión inacabable de barrabasadas y, cuando llegó a la primera escena de sexo, resopló. En ese momento la señora sentada a su lado en el avión inclinó la cabeza en su dirección. Mi padre dice que sintió vergüenza, que procuró moverse para alejarse de ella…, lo cual por supuesto no hizo sino estimular aún más la curiosidad de la buena señora.
Llegados al aeropuerto del Prat dijo que le había gustado tan poco que estuvo a punto de tirarla a la primera papelera.
Por suerte, no lo hizo (hoy se jacta de que le di pena) y cumplió diligentemente con su cometido. Y ya según salía de la librería de Destino con la firme convicción de que aquello no se publicaría nunca, se olvidó del asunto.
—O tempora, o mores —suspiró.
El fallo del Premio Nadal
El Nadal, como bien sabéis, se falla el día 6 de enero. De ahí su nombre.
Según se acercaban las Navidades, supongo que pensaría alguna vez en el premio. Como nadie me llamó ni intentó contactarme, finalmente yo también me olvidé del asunto. Me fui al sur de Francia a visitar a mi novia.
Ella tenía un apartamento diminuto que se pagaba trabajando como celadora en un liceo cercano. Yo estaba ahí cuando mi padre encendió el televisor. Al ver las noticias de la primera cadena de TVE, me llamó de inmediato.
—Jose…
—¿Qué pasa?
—Estoy viendo una cosa muy rara en televisión. Dicen que has quedado finalista del Premio Nadal. Pero a ti no te ha llamado nadie, ¿verdad?
—A mí no me ha llamado nadie, no.
—Pues entonces debe de ser un error.
—Pues debe de ser un error, sí.
Estábamos a 7 de enero. El fallo se había hecho público el día anterior por la noche en una fiesta que se celebraba en el hotel Palace. Siempre acuden grandes personalidades de Barcelona. A mí nadie me invitó.
Algo después sonó el teléfono fijo de casa de mis padres (entonces no había móviles). Era Andreu Teixidor, dueño de Destino. Él fue quien le notificó a mi impresionado progenitor que, efectivamente, mi primera novela había quedado finalista del Nadal. Cuando mi padre explicó dónde andaba, le pidió mi teléfono.
Andreu me llamó, me felicitó personalmente y pidió permiso para darle mi número a la prensa.
Lexatines a gogó
Yo estaba solo en el piso de mi chica.
No pude compartir mi alegría con nadie. A ella ni siquiera se lo había dicho. Y cada vez que sonaba el teléfono era alguien importante. El primero —nunca lo olvidaré— fue Llàtzer Moix, redactor jefe de Cultura de La Vanguardia. Después llamaron ABC, El País, El Mundo… Hoy cuesta entender la repercusión que podía tener el Nadal. Durante medio siglo fue el premio de descubrimiento de referencia en España. Su prestigio era extraordinario.
Como no estaba preparado, improvisé malamente. Dije gilipollez tras gilipollez e igual por eso caí en gracia. Que fuera tan jovencito era una sorpresa para los periodistas —no se estilaba aún—, y que ni siquiera estuviera en la gala barcelonesa del Palace me rodeó de cierto halo de misterio no exento de encanto mediático.
Tras sobreponerme como pude, regresé a Madrid y viajé a Barcelona. En su oficina me esperaba mi flamante editor. Firmé sin pestañear el contrato leonino que me puso delante. Lo importante era que me iban a publicar.
Y así arrancó mi carrera literaria, que resultaría tan accidentada como accidental fue mi manera de entrar en el mundo de la edición.
La novela finalista del Premio Nadal 1994 se titulaba, se tituló —se titula— Historias del Kronen.
El Kronen llegó a las librerías en febrero de ese mismo año. Encontró su público de inmediato. Los lectores jóvenes lo adoptaron como bandera generacional. En pocas semanas ya llevaba vendidos cuarenta mil ejemplares.
Al año siguiente se estrenó una película homónima que fue la más taquillera del cine español hasta esa fecha. Eso impulsó definitivamente las ventas. La novela se convirtió en un fenómeno sociológico. Trascendió el ámbito propiamente literario. Tuvo mucho bombo mediático.
Y cuando se da un éxito así, como es lógico, hay mucha gente que aplaude y otra mucha que critica.
Un veinteañero provocador
Entre las numerosas críticas que se me hicieron —y os aseguro que hasta que apareció Lucía Etxebarria fui el escritor español más vilipendiado—, de entrada, como empezaban a tener éxito en Italia los llamados Jóvenes Caníbales, en Francia la película El odio de Mathieu Kassovitz, y en Gran Bretaña el Trainspotting de Danny Boyle, hubo quien dijo que tuve mucho ojo a la hora de ver la ola y subirme al carro.
A ese respecto me gusta recordar que la primera redacción de mi novela data de verano del 92; es decir, antes de que se pusieran de moda los Jóvenes Caníbales en Italia, El odio o Trainspotting. En esa época yo estaba encerrado en mi burbuja y lo último que podía esperar era que lo que escribía se fuera a leer masivamente. Tendría que haber sido megalómano y no lo soy. Pero sobre todo os garantizo que, de haberlo sabido, habría suprimido aquellos fragmentos en los que aparece gente con su nombre y apellidos y lugares perfectamente ubicables, que a la postre me tr
