El caso Rosy

Alessandra Carati
Alessandra Carati

Fragmento

cap-2

 

Un sofá blanco esquinero, una alfombra de estilo oriental y, sobre la alfombra, una mesita de madera; una estantería marrón con algunos libros y un televisor en el centro, tres cuadros colgados y otro apoyado en un estante; a la izquierda del salón, la cocina, que comunica con el garaje, que también hace las veces de lavadero, organizado de manera meticulosa, casi profesional; a la derecha, el dormitorio, con una gran cama de matrimonio de estilo rústico. Setenta y cinco metros cuadrados perfectamente ordenados.

Una mujer mayor abre los cajones, las puertas de los muebles, hurga en los armarios de pared, en el trastero, en los roperos. La vigila, de pie en el umbral, una pareja de carabinieri. La mujer se da prisa en poner en una maleta grande ropa de invierno, zapatos, lo que encuentra, al tuntún, sin fijarse. Sabe dónde están las cosas, pero no las elige, la tarea que le han endosado la confunde, o mejor dicho, la indispone. ¿En qué debe creer?, ¿en los rumores que circulan por el pueblo —individuos diabólicos, pareja de autistas, masacre— o en la confianza que les tenía? Eran sus vecinos, le regalaban un montón de cosas, aunque no entendía por qué, si para quitárselas de encima o porque eran generosos; sobre todo ella, la mujer.

La nevera está abarrotada: yogures, embutidos, quesos, toda clase de salsas, botellas de vino, de Coca-Cola; en el congelador, pollo y pintada troceados, chuletas. Todo abocado a caducar. La mujer llena tres bolsas grandes. Las regalará a la residencia de ancianos, o mejor aún, a los sirios de la puerta de al lado, que tienen dos niños pequeños. Pero antes quitará la carne: es muy cara y, al fin y al cabo, son musulmanes.

En medio del patio, en el suelo, a la vista de todos, lo que queda de la casa: la maleta, la comida y, aparte, dos huevos, porque dentro de las bolsas podrían romperse.

Falta algo. La mujer entra de nuevo. Registra con más vehemencia, casi con rabia por lo que se niega a admitir: a esos dos no los vio venir. Se sienta en la cama para recuperar el aliento, con la pantorrilla roza un objeto pequeño, redondo. Se inclina y ahí, a sus pies, ve algo en lo que nunca se había fijado: una hilera de pequeños cajones con pomos minúsculos. En su interior, ocultos debajo de la ropa íntima, trescientos euros en metálico y las alianzas de boda, aún guardadas en sus cajas. Ahora sí que está todo lo que pidieron en la cárcel.

El coche patrulla sale del patio sin hacer ruido.

La familia siria tirará las bolsas a la basura, porque ellos no aceptan comida de asesinos.

Un niño juega con los huevos abandonados.

 

Ahora bien, la imagen ya no puede imaginar lo real,

pues ella misma lo es. Ya no puede soñarlo,

pues ella es su realidad virtual.

Es como si las cosas hubieran engullido su espejo

y se hubieran hecho transparentes para sí mismas,

totalmente presentes para sí mismas,

a plena luz, en tiempo real,

en una despiadada transcripción.

JEAN BAUDRILLARD

 

En las casas de vecindad típicas de Lombardía, los pisos dan a un único y amplio patio interior. Cerrado a los lados y con una sola entrada, el patio es un espacio delimitado con exactitud que puede vigilarse desde un único punto, un sistema habitacional que funciona como un panóptico invertido: desde cada casa puede verse quién entra sin ser visto, ocultándose detrás de las cortinas o retrocediendo. Este campo visual sin interrupciones hace el patio más seguro y al mismo tiempo lo convierte en una trampa. Desde su propia ventana, cada vecino penetra en la vida de los demás, en sus más mínimos detalles, observa sus horarios, desplazamientos, peleas, invitados. Una intrusión a veces involuntaria e indeseada. Y aunque las paredes medianeras limiten esa intrusión, los ruidos se propagan por todas partes gracias al vacío del patio central; en una casa con patio se oye todo. Es imposible mantener algo en secreto. Carece de la sombra que, en el fondo, ofrece protección.

La pareja vivía en el edificio desde hacía seis años, en un bajo con entrada independiente. A esa ala la llamaban «la casa del hielo», giazzèra en dialecto, porque en invierno los campesinos la llenaban de nieve y la usaban como una enorme nevera.

No tenían hijos. Él era barrendero y ella trabajaba en casas por horas. Sus horarios se adaptaban a las necesidades de cada uno: él siempre pedía el mismo turno, de las seis de la mañana al mediodía, comía en casa, descansaba y luego la acompañaba al trabajo; ella no tenía carnet de conducir y mientras él trabajaba se ocupaba de las tareas domésticas. Como un engranaje bien lubricado, la vida de pareja fluía sin tropiezos. Luego, al piso de arriba llegó una chica; unos años después, su novio, y al poco, un hijo.

Los dos se habían quejado del jaleo y los gritos que se oían a través de las finas paredes que los separaban, y de cómo una vez habían tenido que intervenir porque no querían que alguien saliera mal parado. Desde abajo se oía todo; decían que también temían por el niño, de poco más de un año.

El 11 de diciembre de 2006, a eso de las ocho de la noche, la joven, su hijo, su madre y una vecina que vivía en el último piso fueron asesinados en el interior de la casa. Solo sobrevivió el marido de esta última, gracias a una desviación congénita de la carótida. A las mujeres les fracturaron el cráneo, a todos los apuñalaron en el cuello y las lesiones eran muy parecidas: complejas, cercenadas, producidas al mover con insistencia la hoja dentro de la herida. Tanto el perito de la fiscalía como el asesor técnico de la defensa mencionaron la palabra «degollar». Por último, prendieron fuego a la casa.

Quienes acudieron al lugar en las horas siguientes —sanitarios de emergencias, bomberos, carabinieri— pronunciaron las palabras «matanza», «carnicería», «infierno» y «horror»; un enfermero se desmayó a la vista de tanta sangre esparcida. En los informes de los peritos aparece repetidamente el adjetivo «cruentísimo».

El olor se había notado prácticamente enseguida, una mezcla de cosas quemadas: plástico, madera, papel, carne. Los cuatro mil litros de agua que la autobomba descargó para extinguir el incendio bajaron por las escaleras, hasta el patio, transportando toda clase de residuos. Y sangre.

Tras el suceso, los inquilinos tenían miedo. Cruzaban la verja, iban derechos a sus casas, se ocupaban de sus propios asuntos. Cuando no podían esquivar las preguntas de los periodistas, declaraban que no sabían nada de la noche del 11 de diciembre, que no habían oído el más mínimo ruido. Si los presionaban, revelaban algún detalle, pero enseguida se arrepentían y pedían que no los mencionaran, que no publicaran sus nombres.

La única que no los eludía era ella. Hablaba por los codos. Contaba todo lo que sabía, y si algo no encajaba o se contradecía con lo que había declarado el día antes, los periodistas se lo hacían repetir desde el principio.

El 19 de diciembre apareció por primera vez en un periódico local. Su marido y ella no estaban en casa aquella noche, declaraba, es más, si hubieran estado también habrían acabado involucrados. Contó, además, que había tenido una pelea con la joven vecina: «Yo sacudí una alfombra en el patio y ella se puso a gritar, no sé por qué... en fin, discutimos. Luego me volcó el tendedero y una silla que yo había puesto allí y me dio dos bofetadas. No tuve fuerzas para reaccionar, era más corpulenta que yo y me caí como un saco de patatas». Por suerte, su marido salió en su defensa, pero la otra también se cayó —¿la empujaron?, ¿resbaló?, las versiones se contradicen— y los denunció.

Los demás vecinos siempre prefirieron no mezclarse con esa ala del edificio. Callaban incluso cuando las discusiones se ventilaban en el patio, cuando los insultos y las palabrotas entraban por las ventanas abiertas. La joven y su marido se peleaban sin parar y quienes vivían a su lado acababan engullidos por su vorágine.

El 6 de enero un periódico local le dedicó media página. El periodista escribía que con ella se podía hablar largo rato, mientras que su marido cohibía un poco. Cuando le preguntaron si sabía que los investigadores sospechaban de los vecinos, sorprendió a los cronistas rebatiendo la alusión: «Os equivocáis, nosotros no tenemos nada que ver. Nos han interrogado como a todos los demás. Incluso les dijimos a los carabinieri: “Si tenéis algo contra nosotros, decidlo”. Pero está claro que no; si lo tuvieran, ya nos lo habrían dicho». Su marido y ella estaban tranquilos, tranquilísimos, no habían hecho nada y no tenían nada que temer, que les hicieran un análisis de sangre, por favor. Aquella noche habían salido a cenar sin haberlo planeado porque su marido es así, le dice que tiene ganas de salir y salen. ¿Que adónde fueron? A Como, a una pizzería cuyo nombre no recordaba (más adelante se descubriría que era un McDonald’s). A la vuelta encontraron el patio lleno de bomberos y carabinieri.

Luego volvía a las peleas entre la joven y su marido: «¿Quién dice que se llevaran bien? Ella quería quitárselo de encima. [...] Pero no me tire de la lengua, que nosotros tenemos que vivir aquí y esta casa nos ha costado muchos sacrificios; aunque quisiéramos irnos, porque tenemos miedo, no podríamos permitírnoslo así sin más, chasqueando los dedos».

El 8 de enero, a eso de las diez de la mañana, la mujer se escabulló de casa; debía recoger un par de zapatos que había llevado a arreglar. Por nerviosismo, se olvidó la bufanda. Reinaba la quietud, la piazza del Mercato estaba vacía. Delante de la puerta del zapatero, antes de entrar, sacudió la cabeza con obstinación, como hacen los perros para escurrirse el agua de las orejas.

Dos minutos después, envuelta en el ambiente cargado que olía a cuero y sudor, lloraba frente al mostrador. Un llanto desenfrenado, infantil a ojos del zapatero. Una de las familias con las que trabajaba tenía niños pequeños, ¿qué pensarían de ella?, ¿la echarían? Tenía miedo de perder el trabajo, y si perdía el trabajo, ¿cómo pagarían los plazos de la hipoteca y de la autocaravana? Una autocaravana pulcra, cuidada con primor y mantenida como nueva que tenían aparcada delante de su casa. Los periodistas aporreaban las ventanillas, algunos le arrojaban piedras, la llamaban asesina. No podía más.

«¿Quién le hace eso? ¿Quién la molesta?».

Ella callaba. Cuando le pedían que diera detalles precisos, un nombre, que concretara, abría los brazos. En el pueblo decían que:

era una chismosa, una cotilla, que hablaba por los codos;

no conseguía contar dos veces lo mismo de la misma manera: las cosas acaecían primero en un sitio y luego en otro, a veces incluso en momentos diferentes;

costaba tratar con ella, confundía las cosas y no había forma de que reconociera que se contradecía;

si cuando era pequeña hubieran existido los profesores de educación especial, sin duda le habrían asignado uno;

a veces ponía una inquietante voz de niña.

Ese mismo día, a las dos de la tarde, los detuvieron.

El coche patrulla dejó el edificio con precaución para no atropellar a la gente que se agolpaba delante de la verja. Habían llegado desde todos los rincones de la provincia con pancartas y mensajes que pedían que no tuvieran piedad con la pareja. Gritaban y se enardecían los unos a los otros: merecen pudrirse en la cárcel; no están locos, son malvados; lo suyo sería la pena de muerte.

Ellos iban sentados detrás; los carabinieri, delante. Ella llevaba una bufanda alrededor del cuello, él un chaquetón de color verde militar desabrochado que dejaba al descubierto una barriga prominente.

Poco antes, en casa, ella, desesperada, había interpelado a los carabinieri:

—¿Por qué decís que fuimos nosotros? No hemos hecho semejante barbaridad.

—No lo decimos nosotros, señora, por desgracia son los periodistas quienes...

—¿Queréis quedaros con nuestra casa? Quedáosla. Aquí están las llaves. Pero ¿por qué decís que fuimos nosotros?

—Nosotros no hemos dicho que haya sido usted o su marido. No podemos replicar a los periodistas. Estamos aquí para defenderlos a ustedes.

Y antes de eso, muy nerviosa, enfrentándose a los micrófonos: «¡No somos asesinos! ¡No somos nada!».

Al final, el coche se detuvo delante de la valla de la cárcel del Bassone, a cuyo través se entreveía el edificio, macizo y desconchado. Antes de hacerlos bajar del coche, uno de los dos carabinieri les deseó buena suerte sin levantar la mirada.

En el interior, los presos reclamaban a la pareja para darles su merecido: entregádnoslos, verán lo que es bueno. Golpearon los barrotes con cucharas durante toda la noche; exigían que ella corriera la misma suerte que el niño: que le rebanaran el pescuezo. El director ordenó la incomunicación de la pareja, su vigilancia permanente y que les sirvieran las comidas aparte para evitar que los envenenaran. No podían arriesgarse a que no llegaran vivos al juicio.

El 10 de enero, ya recluidos en la prisión del Bassone, los dos confesaron el crimen y se convirtieron en «los monstruos de Erba».

En mayo, tras cinco meses de prisión preventiva, se retractaron de sus confesiones y se declararon inocentes. Tras revocar el mandato al defensor de oficio, encargaron la defensa a un abogado de confianza.

El día de la celebración de la primera audiencia, un año después de la detención, al amanecer ya reinaba el caos en el exterior del palacio de justicia: una larga fila de personas quería asegurarse un asiento; más de cien periodistas se repartirían al azar entre la sala de audiencias y la sala de prensa. Ninguna jerarquía establecía la proximidad con los asesinos para poder mirarlos a la cara, en vivo.

Cuando llegó la hora de entrar, los carabinieri escoltaron a la pareja a través de los sótanos del edificio hasta una jaula, de dos metros de largo y cuatro de ancho, dispuesta a la izquierda del estrado. Con ocasión del juicio la habían pintado de amarillo y aún olía a pintura. Ellos, en el centro de la escena, llevaban puesta la misma ropa que vestían en el momento del arresto.

Antes de empezar, el presidente del tribunal penal concedió diez minutos a los fotógrafos, incluidos los que se habían quedado fuera de la sala de audiencias. El asalto fue fulminante, las ráfagas irregulares, solapadas, inces

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