PRÓLOGO
Al escribir un prólogo para el libro de una autora a quien conoces es inevitable tenerla presente mientras lees su libro, recrear su imagen y algunos de los momentos vividos con ella. Por eso no puedo mantener la imparcialidad en esta presentación, al ver como las páginas del libro plasman no solo sus ideas sino también su corazón.
A Claudia la conocí hace unos años. Fui su compañera de trabajo durante unos cursos; la movilidad laboral de los interinos hace que los funcionarios, a veces, tengamos estos golpes de suerte.
La fui conociendo poco a poco y dándome cuenta de que no se trataba de una educadora cualquiera. Muchas cosas de ella la hacían especial: su entusiasmo, su alegría, su implicación… A medida que pasaban los días, ciertas actitudes suyas me llamaban la atención, escondían aspectos ocultos que no sabía descifrar: su necesidad de acercarse al alumnado que sufría, como si el sufrimiento fuera suyo; ponerse en riesgo en situaciones complicadas, como si cuidar a los demás fuera más importante que cuidarse ella misma…
Con el paso del tiempo fueron apareciendo otras señales: TCA, espasmos hemifaciales, el cambio de estados de euforia al desánimo…
He visto el proceso de una mujer herida que tomaba conciencia de su dolor a través del modo en que le hablaba su cuerpo. También he sido testigo de cómo iniciaba un maravilloso camino en el cual la sanación de las propias heridas es solo un primer paso para conseguir el objetivo que se ha marcado: que su experiencia sirva para ayudar a otras personas que pasan o han pasado por experiencias similares.
