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El niño que miraba el mar
Madrid, 1951
Vivir era entonces un vértigo. Franco, Eisenhower y Pío XI se suceden en la portada de ABC con la misma frecuencia que Estados Unidos hace estallar bombas atómicas en el desierto de Nevada. En páginas interiores, el diario madrileño publicita la eficacia de Uromil para combatir la gota y el reuma, la brillante originalidad de un nuevo grupo de viviendas en la calle Goya o la posibilidad de volar sin escalas a Namibia y Sudáfrica. En ese Madrid de brazo en alto y paz entre ruinas, en el que Pertegaz presenta su última colección y La hechicera en palacio triunfa en la cartelera del Alcázar, están pasando unos días de vacaciones Gumersindo Aute Junquera, su esposa Amparo Gutiérrez-Répide Carpi y su primogénito, Luis Eduardo. La pareja, que se ha conocido en Manila, donde a él le ha destinado la Compañía General de Tabacos de Filipinas y ella reside con su familia, intenta olvidar el horror de la guerra.
Gumersindo había llegado a la capital de la antigua colonia española unas semanas antes de la proclamación de la Segunda República. Con poco más de dieciocho años y un empleo influyente, no tarda en convertirse en un personaje destacado en la vida social manileña. Entre las muchas fiestas a las que acude, una en la conocida como la Casa Blanca, en el Dewey Boulevard, frente a la bahía de la ciudad, cambiará por completo su vida. Allí conocerá a Amparito, la nieta de los Gutiérrez-Répide y los Carpi, una adinerada familia de raíces valencianas asentada en el archipiélago antes de que las islas quedaran bajo la administración estadounidense en 1898. La belleza de la muchacha le ha hecho acreedora de los títulos de Miss Hong Kong y Miss Filipinas.
Cuando los batallones del general Koichi Abe invaden la capital el 2 de enero de 1942, el alto mando japonés instala su cuartel general en la Casa Blanca, donde Gumersindo y Amparo viven junto al resto de la familia desde que se han casado tres años antes.
Vivir se convierte en un vértigo. A diferencia de otros compatriotas que son asesinados por los ocupantes, el matrimonio busca refugio en distintos lugares. El destino los salva de acudir al consulado español, en el que más de medio centenar de paisanos encuentran la muerte. Durante ese infierno, el 13 de septiembre de 1943, nace el primer hijo, al que bautizan como Luis Eduardo. Unas semanas más tarde un ciclón arrasa Manila. La Segunda República filipina, un gobierno títere de Tokio, es incapaz de organizar la ayuda a la población, atenazada, además, por los crímenes, los continuos saqueos y la corrupción.
«Tengo recuerdos de una ciudad completamente destruida, con escombros y restos de barcos hundidos en el malecón», contará años después el niño Luis Eduardo, al que sus padres, refugiados en el Hospital General, no pueden alimentar durante casi dos semanas. Todos temen por su vida, pero el horror de la guerra empieza a desvanecerse el 20 de octubre de 1944 con la llegada de los primeros soldados estadounidenses. Para entonces, la Casa Blanca, como el resto de la mayoría de las propiedades de los Gutiérrez-Répide, es un solar. El mundo ha cambiado. Gumersindo Aute tiene contactos en el nuevo régimen que gobierna España desde el final de la Guerra Civil y la Tabaquera, como en otros momentos de su historia, se implica en la reconstrucción de la ciudad.
En 1951, el año de la muerte del maestro Jacinto Guerrero, del inicio del nuevo mandato de Winston Churchill, de la publicación de La colmena, de la grabación del primer álbum de rock and roll, ese género que revolucionará la música, Gumersindo tiene la oportunidad de volver a abrazar a esa familia que había abandonado Andalucía para buscar fortuna en una Barcelona que en ese momento intenta desafiar a Franco con una huelga de tranvías que, aunque fracasa, acaba por costarle el cargo al alcalde, José María de Albert Despujol.
Antes de volver a Filipinas, Gumersindo, Amparito y el niño Luis Eduardo pasan por Madrid. En la Puerta del Sol acaban de inaugurar dos grandes fuentes, se trabaja en la reforma de la calle de Alcalá y el nuevo embajador de Estados Unidos ha presentado sus cartas credenciales. Precisamente, en el Ministerio de Asuntos Exteriores trabaja un buen amigo de la familia, el diplomático José del Castaño Cardona, que durante la Segunda Guerra Mundial ha sido cónsul español en Manila. Al término de la ocupación, los americanos le acusaron de colaborar con los japoneses y lo han deportado a España. Un personaje de su influencia consigue que los Aute conviertan su visita en un recuerdo maravilloso: almuerzos, cenas, paseos, fiestas en las casas de gente importante…
Una noche acuden a cenar al hotel Avenida, en plena Gran Vía. El establecimiento, que ocupa un edificio singular diseñado por el arquitecto Modesto López Otero, ha sido reformado poco antes. En sus distinguidos salones, una orquesta de músicos profesionales hace las delicias de la selecta clientela. La familia Aute al completo y sus acompañantes aplauden las interpretaciones de Begin the Beguine y Night and Day. Entre bambalinas, el animador de la velada ha observado cómo el niño Luis Eduardo canturrea al compás de la música. Al volver al escenario, se acerca a la mesa.
—¿Te gusta la música, jovencito?
—¡Mucho! —responde el crío con desparpajo.
—¿Te atreverías a salir a cantar?
El animador y los padres cruzan una mirada. Amparito asiente y deja el visto bueno a la consideración de Gumersindo, que se hace de rogar durante unos instantes.
—Sí —dice el niño con un hilo de voz y sin perder de vista a su padre.
—¡Fabuloso! —proclama con voz engolada el hombre del esmoquin—. ¿Con qué melodía nos vas a deleitar…?
El niño calla. Por un momento, piensa en responder: Ramona. Sin embargo, decide tentar a la suerte y atreverse con una melodía que tiene menos trabajada pero que le gusta más. En realidad, es una canción relativamente reciente que ha escuchado en la radio y en la casa de unos amigos franceses de sus padres. Se parece un poco a esos discos de jazz que son tan codiciados por la colonia de extranjeros de Manila. Le da miedo la letra, en un francés más complicado que el que le enseñan los hermanos de La Salle.
Por primera vez en su vida siente que el corazón le golpea con fuerza. Vivir es un vértigo, dirá muchos años después. En ese momento, además, no sabe que el autor de la letra, el poeta Jacques Prévert, es tan proclive al retruécano, a la ironía, al doble significado, a lo onírico, como lo será él. Prévert ha acoplado la historia de un amor roto a una melodía que el músico húngaro Kozma József compuso inicialmente para la banda sonora de una película de Marcel Carné y que tituló Introduction et valse. En 1946, invadido por la nostalgia y el dolor ante el futuro que aguarda a su país, Kozma la transforma en una canción, Les feuilles mortes, que populariza Ivo Livi, un emigrante italiano apadrinado por Édith Piaf, convertido ya en una estrella con el nombre de Yves Montand. Acaba de casarse con la también actriz Simone Signoret, la noche que Luis Eduardo sube al escenario del hotel Avenida.
—Tranquilo —le dice al oído el director—, intenta llevar el compás de la música. Ya verás que no es difícil.
El niño procura no mirar a la mesa donde están sentados sus papás, toma aire y canta:
Oh, je voudrais tant que tu te souviennes
des jours heureux où nous étions amis.
En ce temps-là la vie était plus belle
et le soleil plus brûlant qu’aujourd’hui.
Le hubiera gustado seguir cantando, pero sabía lo que su padre quería decirle con aquel gesto: ha estado muy bien, pero nunca hay que tentar a la suerte.
Vivir fue desde entonces un vértigo. La nostalgia de los días en España se apodera de Gumersindo. Quizá ha llegado la hora de volver. ¿A Barcelona? ¿A Madrid? Mientras con la ayuda americana Manila resurge de sus cenizas, padre e hijo van al cine y pasean por el Dewey Boulevard. Si se porta bien, irán a la librería Philippine Education Company para regalarle libros con la obra de los pintores más universales. Algunas veces, Gumersindo lleva su cámara y lo retratará frente al mar, en el malecón, ese sitio donde, con el tiempo detenido, la vida se despoja de cualquier vértigo.
2
El pasado es el prólogo
El periodista ha avisado que llegaría a media tarde con un fotógrafo. La familia va de un lado para el otro controlando el más mínimo detalle. La bandeja con las tazas para el café y un plato de pastas ya está preparada en la cocina. Apenas llevan viviendo dos años en ese piso de la calle Pintor Rosales. Tras la visita del 51 a Madrid, todos volvieron con una cierta nostalgia a Manila.
Al padre le apetecía iniciar una nueva etapa profesional, después de dos décadas de trabajo en Filipinas. Aunque en España la situación económica sigue siendo mala, hay algunos signos de recuperación. La autarquía va quedando atrás y los gobiernos de los vencedores en la Segunda Guerra Mundial comienzan a rebajar su oposición al régimen de Franco e, incluso, el ingreso en la ONU parece cercano. Las cartillas de racionamiento han pasado a la historia en abril de 1952, pero el país no ha recuperado el nivel de vida que tenía antes de la Guerra Civil. Aun así, más pronto que tarde, sospecha Gumersindo, llegará la recuperación, como ocurrió en Filipinas que ahora es la segunda potencia económica de Asia por delante de China, India o Malasia. Será un buen momento para poner en marcha nuevos negocios. También echa de menos a los suyos, la madre ha muerto en el 48 sin que haya podido despedirse de ella. Los hermanos, todos mayores que él, están envejeciendo.
Amparo quedó impresionada por la vida madrileña. Es también la menor de una familia mucho más numerosa porque sus padres, viudos, se casaron en segundas nupcias con siete hijos cada uno. No se ha separado nunca de ellos, ni siquiera cuando se casó con Gumersindo. Cuando el matrimonio anuncia su intención de abandonar Manila, la abuela se resiste a romper el vínculo y anuncia que viajará con ellos, aunque tenga que separarse de los otros hijos y nietos.
Luis Eduardo, que acaba de cumplir los diez, parece el más reacio al traslado. La primera vez que regresaron a la capital española lo que más le sorprendió fue el frío. Al salir del avión pregunta a la madre: «Pero… ¿aquí tienen puesto el aire acondicionado afuera?». «Mis nociones de España eran muy vagas, carecía de una imagen concreta», le contará más de medio siglo después a su amigo Teddy Bautista, al recordar ese contraste con el lugar de procedencia, donde la Navidad se celebra con calor. En esa misma visita, la del 51, le llama la atención que en España no se vistiera como en los cuadros de Goya o Las Meninas de Velázquez. Mirando los cuadros pensaba: «Qué lugar más raro para que la gente vaya vestida así». En las conversaciones familiares, nadie pronunciaba el nombre del país ni concretaba alguna característica. Simplemente, era el sitio al que un día habría que volver. Cuando regresan definitivamente, el niño no sospecha que jamás regresará a Manila, que los primos, los amigos, lo vivido quedará para siempre atrás, como algo de otro planeta.
El traslado definitivo lo realizan en el barco alemán Frankfurt y dura algo más de un mes. Al llegar, tras pasar una temporada con la familia Aute en Barcelona, la madre, la abuela y el niño vuelven al hotel Avenida, en la Gran Vía, hasta que al regreso del padre se instalan en el piso de la calle Pintor Rosales, que será siempre el domicilio familiar. A diferencia de los mayores, que no encuentran dificultades para relacionarse, el niño prefiere dibujar en su habitación a salir a jugar con los amigos. Esa afición por la pintura, y también por la ópera que escuchan en la radio o en unos cuantos discos de pizarra, se la ha transmitido Gumersindo, muy dado a dejar caricaturas en cualquier trozo de papel.
Desde la mañana que entraron en una papelería de Manila a comprar los periódicos y volvieron con una caja de lápices de colores, el chico de los Aute no ha dejado de intentar copiar cualquier cuadro que cae en sus manos. En el archipiélago, tanto el padre como el propietario de Philippine Education Company, una de las pocas librerías que quedaron en pie tras la guerra, lo animaron a que se fije en los cómics, como suelen hacer los de su edad, pero Luis Eduardo deja a un lado a Superman y se queda boquiabierto ante los volúmenes ilustrados que reproducen las obras de Rubens, Velázquez o Van Gogh. Algún día será como ellos, comenta en casa para orgullo de sus padres. En el colegio prefiere no hablar demasiado de ese entretenimiento. Saca excelentes notas en dibujo. En el resto de las asignaturas es un alumno más.
Mientras aguardan la llegada del periodista, Amparito y Gumersindo piensan, sin decírselo, en lo mismo: ¿qué nos irá a preguntar este hombre? También coinciden en la respuesta. Aunque no salga mucho, nuestro hijo se ha adaptado bastante bien a la vida española, casi mejor de lo que esperábamos. Va al colegio Nuestra Señora de las Maravillas, de los hermanos de La Salle, con los que también estuvo cuando vivíamos en Filipinas.
Como ocurre con el color de las sotanas, blanco allí, negro aquí, la ideología de la congregación difiere mucho en un lugar y otro. En Asia es más cercana a la mentalidad abierta que reina en casa de los Aute:
Mientras vivíamos en Filipinas, fui al cine con mis padres a ver Niágara, con Marilyn en su primer papel de protagonista —contará Aute ya adulto—. Allí, que no había distinción entre películas para adultos y menores, descubro a una Monroe absolutamente exuberante andando por esas calles con su vestido rojo súper ceñido. Era la primera vez que sentía que aquello me gustaba, que me provocaba. Al volver a casa, busqué sus fotos en unas revistas de cine que compraba mi padre. En una de ellas aparecía en bañador, en blanco y negro. Como no tenía pinturas, con un lápiz le hice un Photoshop, la desnudé. Ahí, con Marilyn me hice mi primera paja. A los dos días guardo la foto en un libro de Geografía, voy al colegio, llego a clase, abro el libro y se cae Marilyn al suelo del pasillo. El compañero de pupitre la recoge y, en vez de devolvérmela, la mira y me delata al cura… Un chivato. El cura ve aquello, me llama la atención delante de todos los alumnos y termina por echarme de clase. «Llamaré a tus padres», dice, y me amenaza con expulsarme del colegio. Aunque al final no llegó a pasar nada, en cuestión de dos días sentí casi instantáneamente el descubrimiento de la libido y el castigo: la libido me parecía una cosa fascinante que, sin embargo, comportaba el castigo, porque eso era muy malo y acababan expulsándote. Esa dualidad me marcó: placer y castigo. Castigo divino y placer humano.
En España, en cambio, la asistencia a misa es inexcusable, como mínimo tres veces a la semana, el alumnado besa la mano al cura en señal de respeto por su oficio y se habla constantemente del pecado, la salvación del alma y el infierno. El ambiente tenebroso desata una crisis espiritual en el recién llegado:
Ahí, además, empieza el conflicto entre Dios y el sexo. En mi casa no había problemas con el sexo. Por la educación que tuve, los desnudos eran arte. Recuerdo que mi madre me decía que un desnudo no es pecado, sino arte. Entonces llego aquí y resulta que todo eso era pecado, que si te gustaba ver un cuerpo desnudo ibas al infierno. Ahí se desata el conflicto. Con esa educación de los curas tan oscurantista, la tensión entre lo uno y lo otro se exacerba más. Yo era medio pensionista, comía en el colegio y, en esa época, me gustaba mucho discutir, que si Dios y no sé qué. Me gustaba hablar con los compañeros. En una de esas, no sé qué conversación sería, pasa el cura, me oye y se revuelve: que si estaba revolucionando y eso no puede ser. Acabo frente al director del colegio y me mandan a hacer ejercicios espirituales al Valle de los Caídos. Yo encantado, «joder, ¡qué bien!, por fin voy a poder hablar de lo que me interesa, de todo lo relacionado con la existencia de Dios, la salvación, la vida…». Encantado iba, pero cuando llego allí todo es silencio absoluto, no se hace uso de la palabra, vamos de oración en oración y misa y comunión diarias. Desde entonces pensé que no tenía nada que ver con los curas y la Iglesia. Claro, estaba ya en España, mandaba Franco y no se podía decir nada en su contra porque resultaba peligroso, arriesgabas tu vida. Debía acostumbrarme, era algo que estaba ahí.
Ha sido un cambio tremendo, piensan explicarle al periodista Amparo y Gumersindo. En todos los sentidos. Fíjese: allí, con los amigos se entendía en tagalo, las clases las daban en inglés y nosotros en casa hablábamos en castellano. Bueno, y mi madre, añade Amparito señalando a la abuela que asistirá sonriente a la conversación, que recurre siempre al valenciano cuando quiere contarnos algo sin que se enteren los demás. Además, casi ha necesitado aprender a escribir en castellano y, para que lo admitieran en La Salle, debió pasar un examen muy duro. ¿Se da cuenta?, piensa insistir el padre, sobrellevar todo eso no es fácil, ni mucho menos, pero casi desde el primer día Luis Eduardo ha sabido ser uno más e, incluso, la Navidad pasada el centro eligió uno de sus dibujos para las tarjetas de felicitación. Sí, no es porque sea nuestro hijo, concluyen, pero es bastante aplicado y responsable. Estamos muy orgullosos de él. Lleva una vida muy parecida a la nuestra, va al colegio, dibuja y, por la noche, escuchamos todos juntos Radio Madrid. En el cine, por ejemplo, nunca se aburre, piensa apostillar la madre. Aquí doblan el idioma de las películas, pero en Manila se proyectan en versión original. Hace poco fuimos a ver On the Waterfront, que la han traducido como La ley del silencio, ¿no?, y salió muy impactado. Tanto, que lo hemos visto tomar notas para algún cuento o algún poema. Desde la primera vez que lo llevamos, recuerda Gumersindo, jamás ha dicho me quiero ir o ha estado inquieto. Al contrario, se queda absorto ante el technicolor y si es uno de esos musicales con Gene Kelly o Esther Williams, para qué le voy a contar…
El timbre de la puerta saca a los Aute de sus cavilaciones.
—¿Dónde están los cuadros de este joven artista? ¡Quiero verlos! —anuncia el periodista nada más llegar.
Sin esperar la respuesta de sus padres, el muchacho señala a los visitantes el cuadro que hay colgado encima del taquillón en la entrada de la casa. El fotógrafo hace el ademán de tomar la cámara, pero, con un gesto, su acompañante le indica que espere.
—Son apóstoles —informa el autor con seguridad—. Aquel de allí es una vieja… —al terminar de pronunciar la palabra no puede evitar dirigir la mirada a sus padres—, bueno, una señora mayor —rectifica— que retraté fumando en Manila.
—Tenía solo once años —aclara la madre.
No se encontrarían ustedes a simple vista ante nada extraordinario: es un niño normal y corriente de doce años, a pesar de su pantalón largo y de lo que sabe de pintura, por puro interés —contará en su crónica el periodista—. El resto de su atuendo, una chaqueta sport, un chaleco de lana, porque en Madrid comienza a hacer fresquito, y unos zapatos marrones que no se dejaría de tocar en toda la entrevista. Estaba nervioso, lo había estado antes de nuestra llegada, imaginándose no sé qué de lo que es una entrevista. Para un niño debe ser algo muy serio que se traen entre manos los mayores. Se me olvidaba decir que no le cae un mechón de pelo sobre la frente, como le ocurre a todos los jovencitos, casi siempre un poco desgarbados, descuidados…
—Luis Eduardo se ha cortado el pelo a cepillo para no tener que peinarse —explica el padre.
Ahora este personaje importante que es Luis Eduardo Aute —continúa el periodista— nos va a hablar de su vida, de pintura que es lo que más le gusta.
—¿Cuándo empezaste a pintar?
—A los seis o siete años, lo primero que dibujé fue a mi padre tumbado en la cama. Otra vez hice como una especie de dibujo de dos pisos, arriba pinté a papá y abajo a mamá, a la abuelita, de esas cosas de casa… Además —esto lo dice con ardor— hacía competencia con mis compañeros.
A los cinco años ocurrió su primera anécdota «dibujística». Quiso que su padre le comprara, porque lo había visto en una tienda, un libro para aprender a dibujar. Después de tres o cuatro costosas intentonas, lo consiguió.
—¿Tus pintores preferidos?
—Los impresionistas Cézanne, Gauguin, Renoir. Y Velázquez —piensa un poco—, Zuloaga.
El maestro Elías Salaverría vio una de sus pinturas, no podía creer que fuera de un niño de doce años. Se convenció cuando vio a Eduardo haciendo un retrato de su madre. Desde entonces hicieron frecuentes visitas al Museo del Prado. Opina sobre la pintura que no le gusta el arte moderno. La pintura de Sorolla tiene más aguarrás que pintura, da la sensación de no estar acabada. Es partidario de Picasso, «más en serio, no a lo loco». Acepta, por tanto, sus cuadros de payasos, no el titulado Naturaleza muerta. La pintura flamenca, la de las vírgenes con caras alargadas y pálidas, tampoco le gusta.
—¿Qué siente al pintar? —El periodista ahora no tutea al niño.
—Lo hago con gusto y no me canso de imaginar.
En su empeño por dar alas a la creatividad de Luis Eduardo, la madre consigue llegar hasta el estudio del pintor Daniel Vázquez Díaz, que acaba de ser nombrado catedrático en pintura mural de la Escuela de Bellas Artes de San Fernando.
El artista lo ve pintar y renuncia a convertirse en su maestro.
—Señora, su hijo tiene un estilo propio y unas artes y una manera de desenvolverse que lo único que puedo hacer yo es estropearle —le dice—. Haga el favor de llevárselo, este niño es una joya.
Para otro artista, el pintor gaditano Antonio Álvarez del Pino, estudioso de la obra del futuro cantautor, en esta primera etapa, la que denomina del proto-Aute, se hallan presentes todas las características de su trabajo posterior:
—Resulta sorprendente que un niño con sus manos pequeñas, con pantaloncitos cortos, que parece que tiene ciencia infusa, que sabe sin saber, muestre ya las claves de todo lo que va a hacer después. Cuando retrata a una vieja filipina, su primer cuadro conocido, consigna su nombre y su edad: Luis Eduardo Aute, ocho años. O sea, tiene una hiperconciencia desde el principio e incluso hace bocetos para ese cuadro. Con ocho años, en general, los niños están dibujando con lápices de colores en el colegio, pero él retrata a una vecina, una anciana con un cigarro en la boca. Exhibe unos conocimientos del cráneo, de anatomía, pero todo intuitivo porque no ha recibido clases. Es un niño prodigio y da la sensación de que él tiene conciencia de eso. Si repasamos la historia del arte, en los primeros dibujos tanto Leonardo da Vinci como Alberto Durero también ponían su edad. Durero se autorretrata con doce años. A Luis Eduardo siempre puedes conectarlo con la historia del arte en todo lo que hace. Al principio de manera intuitiva. Después, ya adulto, ha estudiado, ha leído, viajado, visitado museos, pero cuando es niño lo hace igual. Lo mismo ocurre con los temas que pinta en Manila y en los que trabaja cuando llega a Madrid. Con algunas variaciones, fruto de la edad, son exactamente los mismos que va a pintar más: el retrato, el tema religioso, el cuerpo femenino, la mujer. Él no pinta como un niño, no tiene mentalidad infantil ni juega pintando. Que un niño de seis, siete u ocho años, para hacer un retrato al óleo, haga primero bocetos a lápiz de ese cuadro es algo increíble, tiene conciencia de lo que está haciendo, no está jugando. Incluso hay una primera foto, que tiene muy mala calidad, en la que él sale con un caballete de pintor profesional, con la paleta en la mano, la típica ovalada de los clásicos. Un retrato de su madre puesto en el caballete… eso es propio de un señor de treinta años. Ese cuadro tiene una corrección increíble.
Además de acudir a las salas de cine, los museos y las galería
