2000
2 de enero
Arranca el año 2000 dentro de un clima de optimismo económico considerable. La OCDE pronostica la llegada de una onda de crecimiento que habrá de durar hasta el 2020. Abundancia de prospectivas en los periódicos. Muchos se ocupan de asuntos que yo mismo vengo glosando desde hace años, así el movimiento simultáneo hacia lo planetario y lo local, el tema de la religión a la carta, el mestizaje, el desciframiento del genoma humano, la tecnología inteligente, los movimientos migratorios.
Tocante a eso último, la ONU advierte que Europa necesitará más de cien millones de inmigrantes de aquí al 2025; lo cual es una consecuencia de la disminución y envejecimiento de la población. España, que era un país de alta natalidad hace treinta años, se ha convertido en uno de los de menor fecundidad del mundo. España, con todo, tampoco tiene malas perspectivas económicas. La crisis de los años setenta comenzó a superarse a mitad de los ochenta. Las empresas se van pasando a tecnologías que ahorran trabajo, y habrá que ver qué ocurre con el problema del empleo. Por el momento, la paz social parece asegurada.
20 de enero
Hay mucha gripe, y yo sigo sin ánimo y sin estamina (traducción improvisada del inglés stamina). A pesar de lo cual decido asistir a la cena literaria a que me invita la editorial Planeta. Y lo mejor ha sido la llegada tardía de JX, sonriente y llena de naturalidad y despiste. La JX que a mí me gusta. Joven de aspecto. El resto de la velada, previsible. A mi lado, la escritora Carmen Riera, encerrada en sí misma, trata de ser simpática pero se le nota demasiado el esfuerzo. Probablemente sea una mujer voluntariosa y tímida. En contraste con Riera, la también escritora Isabel-Clara Simó y el lingüista Sebastià Serrano son simpáticos sin esfuerzo. Charlo con Magda Oliver, que dirige algo relacionado con la cultura de la Generalitat. Abrazo a Imelda Navajo, que hoy manda en Planeta, y que dice que me admira mucho. Bien jugado, Imelda, este es el protocolo: halagarnos los unos a los otros, mantener el equilibrio con buena cara. Cesáreo Rodríguez-Aguilera, en cambio, aparece muy deteriorado, tanto física como mentalmente. En fin, intercambio saludos y sonrisas con los sospechosos habituales, incluido el alcalde Clos.
Le dieron un premio a no recuerdo quién.
28 de enero
El anciano se levanta de la cama tambaleándose. El anciano ha dormido mal, le duelen los huesos, no se sabe si es por gripe o por artrosis. El anciano no se propone correr los cien metros lisos, sólo aspira a una cierta normalidad con margen de maniobra. El anciano, mientras se afeita con la portátil, pedalea en el ciclostátic. Luego, en algún momento, despacha por teléfono con su secretaria. Toma los medicamentos contra la hipertensión. Ojea los periódicos. Eso de leer los periódicos tiene un pedigrí incluso filosófico. Nada menos que Hegel consideraba «la lectura de los diarios matutinos como una especie de bendición», como una tarea indispensable para orientar la conducta humana. El anciano lee, pues, los periódicos y encuentra comentarios sobre la Europa que se prepara para saltar al euro. Shere Hite declara que «las mujeres serán las líderes del siglo XXI». Las acciones de Microsoft siguen superando en valor a las de General Motors, comprobación de que hemos pasado de una era dominada por la industria a otra dominada por la información. Ha fallecido Friedrich Gulda, el pianista heterodoxo que mezclaba música clásica con jazz. También ha fallecido Hedy Lamarr, probablemente la actriz de cine más guapa que ha existido. El anciano se asombra, todavía, de ser anciano; es un anciano reciente; dentro de poco se habrá acostumbrado ya a ser anciano. O quizá no. El anciano destapa la máquina y escribe lo que antecede.
3 de febrero
Jueves, día de la semana en que vienen mis hijos a comer. Llegan casi simultáneamente a casa Pablo, Agustín y Flo. Les invito a pasear un rato antes del ágape. Caminamos por mis habituales circuitos vecinales, rondando el monasterio de Pedralbes. El monasterio de Pedralbes (siglo XIV, gótico catalán, dicen que su claustro es el más grande de Europa) era el lugar cercano que más le gustaba a mi hija Mónica, su iglesia era la que a veces visitaba. Pablo endereza mi columna vertebral con sus manos, dice que tiendo a encorvarme al andar. Me gusta que lo haga. Ya de regreso a casa aparece Ana, que nos ha venido siguiendo el último trecho. «Parecíais un grupito mafioso, el clan de los sicilianos, o mejor, de los marselleses, el Chef era el Padrino.» (Algunos de mis hijos me llaman Chef, y a Nuria, Chefa.) Y yo pienso que este lugar, Pedralbes, fue su barrio de infancia, su monasterio de infancia, su colegio de infancia (Betania-Patmos). Una cierta raíz. Ellos, mis hijos, que tan necesitados están de raíz, dada su hipersensibilidad.
Leo la mítica biografía de Proust escrita por Painter. Me interesaba la explicación que pudiera dar el biógrafo de cómo, cuándo y por qué un autor relativamente anodino se convierte en un escritor extraordinario. Painter da muchos detalles, demasiados, y algo aclara del proceso creador. Su libro es bueno. Sin embargo, el personaje, Proust, queda como desposeído de su aura mítica. Este homosexual enfermizo y malcriado, amigo de príncipes y marquesas, resulta, en el retrato de Painter, más patético que genial. A pesar de la abundancia de datos, no se acaba de ver la relación entre el hombre y la obra.
Bien es verdad que hacia el final del libro de Painter uno se reconcilia con su biografiado. En su última etapa a Proust ya sólo le importa poder terminar su obra. Morir importa menos que escribir. Lo cuenta Painter y lo corrobora Céleste, su criada, que también publicó un libro sobre el novelista. Y nosotros pensamos que eso estuvo bien. Necesse est navigare, vivere non necesse.
22 de febrero
Mi hermana va a cumplir ochenta años. Manda una carta estándar invitando a una pequeña celebración. La cifra, ochenta años, me impresiona un poco. Ninguno de nuestros padres alcanzó esa edad. Mi hermana, aquella chica lista que en los años cuarenta conducía su automóvil, cuando apenas había automóviles y casi ninguna mujer conducía, aquella muchacha espabilada y estudiosa que tenía bastante éxito con los hombres, ochenta años. Inaudito, normal.
Yo mismo, dentro de poco, setenta y tres.
Mi relación con mi hermana es nula. Pero claro está que iré a su fiesta.
23 de febrero
No estará de más dejar constancia de que mi relación con JX sigue siendo buena y bella. Todavía, a veces, sorpresiva. La otra noche paseamos por la plaza de la Catedral y por Vía Layetana, después entramos en un restaurante cuyo nombre no recuerdo y cenamos (yo, jamón jabugo, pan con tomate y dorada a la plancha; JX verduras y tortilla de espinacas). Pues bien, fue una cena cómoda y agradable, soslayando las actitudes mecánicas. Ella me miraba como extrañada de mi presencia, el mantenimiento de aquel viejo asombro —¿quién es esta persona?, ¿qué hace aquí conmigo?— hoy potenciado por lo poco que nos vemos. Ello es que JX y yo llevamos ya siete años de aventura compartida. Nos seguimos queriendo. Por así decirlo.
27 de febrero
Gentes muy antiguas, una discreta colección de sobrinos, mis hermanos. Era la fiesta de Mercedes, viuda de Pélach, que cumplía sus ya citados ochenta años, una misa en la iglesia de los capuchinos, una merienda en el Casal de Sarriá, todo un poco de estar por casa, también un punto patético. Mi pobre hermano José María recluido en su Parkinson. Mercedes y Raimundo vestidos a lo indio. La mujer de Raimundo, María, sola en un rincón. Allí también Pedro Nogués, el otorrino Ferrando, algún ex empleado de Pániker, S. A., viejas amistades que hacía cuarenta años que no veía. Me presentan al marido de María del Mar Pélach, que se parece un poco a mossèn Dalmau. La hija adoptiva de Raimundo es india, tiene veinte años de edad, pero parece que tenga doce. Agradable. La mujer de Miguel Siguán me pregunta si sigo siendo l’enfant terrible de siempre. Pues qué te voy a decir, amiga mía. Miguel Siguán me cuenta que Robert Saumells se casó con una alumna suya, y que lo tiene perdido de vista.
Raimundo está bien conservado. Mercedes, de cara, ídem. José María es el más deteriorado. Su mujer, Elena, me dice que cuida a José María con mucho gusto, que también cuidó a sus padres. La concurrencia, ya digo, es gente vieja, y la atmósfera flotante es la de algo que pudo ser y no ha sido. Algo con grietas. Y por lo que cuenta Nuria, que estuvo en la ceremonia religiosa que precedió al guateque, allí la cosa también chirrió bastante. Alipori. Raimundo oficiando una heterodoxa misa, con pan Bimbo en vez de hostias, persiguiendo una difícil reinvención del mito: «I ara us explicaré un conte: En aquell temps, hi havia un personatge que…» (se refería a Jesucristo). Todo ello bajo una casulla convencional y en el altar de la iglesia de los capuchinos. Al final de la misa, en el momento de «darse la paz», Mercedes se levanta y recorre el recinto dando la mano a todo quisque, seguida de su hijo Rai y del «novio», José María Ferrando, que por cierto ha perdido un ojo. «Llegar a los ochenta años —comenta Nuria— para seguir con tanto narcisismo y tan poco sentido del ridículo es muy penoso.»
Bueno, quizás. A pesar de los pesares, entiendo y capto a mi hermana. Su trasfondo de ingenuidad zarandeada por la vida. Se propuso ser una gran empresaria y ha conseguido ser una discreta jubilada. Desde hace años asume un rol indeciso, mixtura de fracaso sobre un fondo de buena suerte. (La buena suerte se la aporté yo cuando le compré sus acciones de P. S. A.) Todo como un poco encogido. Ahora quiere ella acogerse a algún rito final, y el cristianismo católico le sirve. Siempre le sirvió. Un cristianismo heterodoxo, aunque tampoco tanto. Algo parecido cabría decir de nuestro hermano Raimundo. Por ejemplo, la ceremonia de la misa un poco libre que celebra Raimundo también es convencional. Es el intento de mantener, con una mezcla de provocación y buena voluntad, una tradición marchita. Es una liturgia de contracultura de los años sesenta. Encima, ese cura católico esconde a su mujer y a su hija adoptada, y uno no sabe por qué tiene mujer e hija adoptada, por qué las esconde, por qué sigue empeñado en ejercer de cura. En fin. Abrazo a mi hermana, la felicito por su cumpleaños, y ella me corresponde con una sonrisa ambigua, mezcla de dignidad, obstinación, resignación, distancia.
28 de febrero
Sucesos. ETA asesina al dirigente socialista vasco Fernando Buesa y a su escolta, el ertzaina Jorge Díez. La irracionalidad de origen clerical en todo su fanático apogeo. El clima político de este país sigue confuso. No se sabe muy bien quién habrá de gobernar en España tras las elecciones del próximo 12 de marzo, a pesar de que el PP tiene todos los vientos (económicos) a su favor. Llamo a Paco Umbral.
«En las próximas elecciones —dice Paco— ganará, aunque por muy poco, Aznar, que es un funcionario, y está haciendo una campaña anodina, que es lo que le conviene.» Y añade: «Lo que no sé es qué hago yo aquí, escribiendo todos los días desde la izquierda; me leen, sí, pero no me asumen: sólo me consumen». Bueno, le digo yo, tampoco cabe aspirar a mucho más.
6 de marzo
Conversación con Virginia, alias VB. Menciona ella que «hay poca gente que alguna vez ha dicho sí». Lo ha leído —esta idea— en un autor cuyo nombre ha olvidado. Yo le recuerdo la frase de Huxley de que a veces se tiene la sensación de que el mundo ya está bien tal como está.
Bien mirado, debajo de toda actitud no estrictamente nihilista subyace una cierta aceptación de la realidad en bloque. El propio Camus cita a Sófocles en Edipo: «A pesar de tantas pruebas y de mi edad avanzada […] tengo que juzgar que todo está bien». Más allá de su general descontento, T. S. Eliot escribe: «Porque yo sé que el tiempo es siempre tiempo / y el espacio nunca es más que espacio […] / me alegra que las cosas sean como son […]». Algunas filosofías se ciñen, ya de entrada, a lo fáctico. El taoísmo, el epicureísmo, el espinozismo. El mismo budismo, mucho menos nihilista de lo que se dice, descubrió, con miles de años de anticipación sobre Wittgenstein, que no existe ningún «problema» de la realidad. Otro gran referente es Hegel, el filósofo de la reconciliación entre el ser y el deber-ser, el pensador que incorpora el dolor, la adversidad, la muerte —lo que él llama la negatividad— dentro del proceso de lo real. En fin, el propio Nietzsche se apuntó al amor fati, y escribió: «Quiero ser uno de los que sólo dice sí». Movimientos vanguardistas se han adherido a esa onda. «Quiero el mundo y lo quiero tal cual» es el encabezamiento, en 1960, de la revista Tel Quel (Philippe Sollers) en su número inaugural.
(A destacar el cauteloso planteamiento de Woody Allen: «La respuesta es sí, pero ¿cuál es la pregunta?».)
Hoy nos encontramos en lo alto de una cierta lucidez y prevalece el pragmatismo filosófico. La vieja cuestión —¿cabe confiar en la realidad o se trata, más bien, de una broma de mal gusto?— se va diluyendo. Hoy tendemos a pensar que la pregunta sobre el sentido de la vida no tiene, precisamente, mucho sentido, toda vez que el sentido no es algo que se encuentre «ahí afuera» sino algo que construimos nosotros. «El misterio de la vida —solía decir Alan Watts— no es un problema a resolver sino una realidad a experimentar.» Lo tengo escrito en otro lugar: alguien abierto a la experiencia no pregunta por las razones de existir. La preocupación por el sentido de la vida, que tantos totalitarismos doctrinarios ha generado, no es tanto una cuestión filosófica cuanto el síntoma de que el flujo dinámico del vivir ha sido obstruido.
Agotadas las respuestas tradicionales a la cuestión del sentido de la vida —incluida la respuesta más reciente, la respuesta política—, es hora de comprender que el sentido de algo es, sencillamente, este mismo algo; que el sentido de la vida es la misma vida; que «la rosa es sin porqué», como dijera Angelus Silesius. Buscar el sentido de lo real es empeñarse en dar explicaciones innecesarias. Una mujer hermosa no necesita ser vanidosa: es hermosa. Uno de los atractivos del budismo es que también hace desaparecer la cuestión del sentido. Por el contrario, las filosofías del absurdo nos repelen por su empeño en buscarle un sentido a la vida, un sentido que, naturalmente, no encuentran.
Quiere decirse, en todo caso, que tendemos a conservar el equilibrio desde una cierta prioridad de la praxis sobre la teoría. Prevalece la postura de Wittgenstein: la «metafísica» como enfermedad del lenguaje. Devaluación general de la filosofía, que para Richard Rorty es poco más que una «conversación». Recuperación de las ya mencionadas viejas sabidurías.
—¿Qué es el Tao? —pregunta el discípulo durante un paseo.
—Sigue caminando —responde el maestro.
Recuperación, también, de la ambivalencia original de todas las cosas. Herederos de Hegel, pero también de Jung, creemos que todo está bien y mal a la vez, y que si uno decide seguir viviendo tiene que asumir la citada ambivalencia. Como a su manera ya hicieron los pueblos primitivos. (Nota: Sigmund Freud —«The antithetical meaning of primal words»— ya advirtió que las lenguas primitivas emplean a menudo una única palabra para describir dos ideas contrarias.)
La nueva sabiduría es cada vez más vieja.
La retroprogresión.
13 de marzo
España se ha levantado hoy más fea que ayer. Quizá económicamente más tranquila, pero desde luego más fea. El Partido Popular ha ganado las elecciones con mayoría absoluta. ¿Sorpresa? Tampoco demasiada. En un momento de euforia económica, la estrategia del Partido Socialista ha sido casi suicida: aliarse con los comunistas abandonando el espacio de centro. Resultado: pérdida de casi dos millones de votos. Joaquín Almunia, que se equivocó estrepitosamente al pactar con Izquierda Unida, ha dimitido.
Ahora bien, en contra de lo que dicen tantos, tampoco creo en la crisis absoluta del PSOE. Sólo se ha dado la descalificación de un temerario esquema de Frente Popular en un momento de euforia económica. Y lo lamento por Almunia, que, sin ser un líder carismático, me parece un hombre honesto.
14 de marzo
Ha fallecido Laureano López Rodó, el político más importante del tardofranquismo. Javier Tusell le dedicaba ayer un perspicaz obituario. Como ocurre tan a menudo, al personaje López Rodó no se le entiende sin tener en cuenta sus primeras experiencias juveniles. Su familia, de clase media alta, vivió la agitación social de la Barcelona de los años veinte y treinta. Miembro temprano del Opus Dei —fue fichado por mi hermano Raimundo en 1940—, el origen de la carrera política de López Rodó debe situarse en su condición de experto. Su influencia siempre dependió de Carrero Blanco, con quien formó un tándem de absoluta complementariedad. El almirante quería colaboradores de derecha tradicional (sin la demagogia de los falangistas), monárquicos, católicos y que supieran hacer leyes. López Rodó, catedrático de derecho administrativo, cumplía esos requisitos. En sus manos, el franquismo pasó a asemejarse a una dictadura burocrática cuya propaganda se basaba en la mejora del nivel de vida. Se suele recordar en este sentido su papel al frente de los planes de desarrollo, pero también fue importante la modificación que hizo de la legislación contencioso-administrativa a finales de los años cincuenta.
López Rodó tenía varias obsesiones mientras estuvo en el poder: que los catalanes fueran a Madrid a hacer política; que un régimen (el franquismo) que llevaba treinta años de duración no debía tomarse a broma; que con el desarrollo económico desaparecerían los extremismos. La famosa frase «España tiene que llegar a los mil dólares de renta per cápita, después ya veremos» no la dijo él, la dije yo para compendiar un aspecto tácito de su pensamiento. Después, la frase hizo fortuna y circuló por todas partes.
López Rodó, al margen de su ideología conservadora más o menos reaccionaria, era un animal político bastante fino. Una vez me dijo, sentado en su despacho de ministro: «Cuando alguien viene a verme y comienza diciendo que a él le gusta llamar al pan pan y al vino vino, automáticamente pienso que con este tipo no me voy a entender». Ello es que López Rodó se consideraba un político, no un tecnócrata. Pero lo cierto es que lo que latía bajo su política era, precisamente, la ideología tecnocrática. Talcott Parsons describió la ideología tecnocrática como un neoconfucianismo impregnado de ética calvinista. He hablado de todo esto en mi libro La dificultad de ser español. También en Segunda memoria. En fin, Laureano López Rodó fue un factótum de la restauración borbónica de 1975, fue un factor de moderación en su época, y pienso que, con todas las reservas que se quiera, su actuación política facilitó la transición pacífica de España hacia la democracia.
16 de marzo
«We are such stuff / as dreams are made on.» He aquí a Shakespeare enunciando la doctrina maya del hinduismo, como ya advirtiera Aldous Huxley en el último artículo que escribió en su vida. Sí, leo la descripción que hace Laura Huxley de las últimas horas del gran escritor inglés, y me entero de que un Huxley moribundo todavía dictaba un artículo sobre Shakespeare. «En aquel momento Aldous quería, sobre todo, terminar su artículo, y prefería no divagar.» Bien jugado, amigo.
Interrumpo la lectura. Pienso en Mónica, pienso en mis hermanos (tan ancianos ya), en los moribundos que son y han sido y serán. Murieron el mismo día, Aldous Huxley y John F. Kennedy. Pero casi era preferible la muerte de Kennedy —de un golpe, en plena juventud, sin tiempo para conocer la decrepitud— a la de Huxley, exhausto, apagándose, vencido por la enfermedad.
Comida ayer en Neichel con Nuria Tey (Plaza & Janés), Ángel Lucía (Debate), ambos del grupo Bertelsmann/Random House, y Margarita Rivière. Ambiente de mucha cordialidad. Quieren que publique mi próximo libro —Cuaderno amarillo— con ellos, para inaugurar la colección Areté Ensayo. Un mínimo de treinta mil ejemplares como primera tirada, gran promoción en los medios, salida por octubre de este año.
Naturalmente, les digo que su oferta me halaga. Naturalmente, aceptaré su oferta.
21 de marzo
Ernest Lluch nos cuenta gossips. Por ejemplo, dice que el Rey se enfada mucho cuando sacan la foto de «los padres de la Constitución» y no mencionan a Alfonso Guerra y a Abril Martorell, que fueron quienes realmente la pactaron; que el Rey siente debilidad por Alfonso Guerra, que lo quería hacer marqués junto a Abril Martorell (Alfonso Guerra declinó: «Verá usted —le dijo al monarca—, es que la gente se iba a reír mucho»); que Felipe González sigue siendo el que más sabe de todo en el PSOE; que los del PP odian a Herrero de Miñón; que Jordi Pujol no ha tenido buena suerte con sus hijos; que Jordi Pujol, cuando se casó, le dijo a su mujer: «Ten en cuenta que entre tú y Cataluña siempre escogeré a Cataluña» (o sea, concluye Lluch, que según el derecho canónico no están casados); que en Europa no hay actualmente ningún verdadero líder, que Romano Prodi no sabe por dónde navega; que Roca Junyent no volverá ya a la política, lo cual es una lástima pues se trata de la mejor cabeza de Convergència i Unió; que cuando salió en España la primera ley del aborto, los socialistas —siendo ministro el propio Lluch— consultaron con el Papa, el cual les dijo que lo peor de esas cosas es que la gente tiende a confundir lo legal con lo moral; que en la familia de Lluch ha habido dos cardenales.
Todo lo cual nos lo iba contando Lluch comiendo en la Fundación Vila Casas, con asistencia del doctor Miquel Vilardell, María Casado, el propio Vila Casas y yo mismo.
4 de abril
Mi problema es que creo demasiado poco en lo que creo, a diferencia de tantos otros que creen demasiado en lo que creen. Es cierto que algunas intuiciones las mantengo desde hace años —la retroprogresión, por ejemplo—; lo que ocurre es que tiendo a olvidarlas.
Con todo, desde la tranquilidad de mi gabinete, intento mantener el equilibrio. Esta habitación ya tan vivida, esta mesa inundada de libros y papeles, las estanterías, la música de fondo (que desactivo cuando escribo), esto es finalmente mi hábitat, el lugar donde consumo más horas, a menudo sin darme cuenta de que las consumo. Es el cubil de un hombre que intenta estar despierto, un laboratorio/invernadero sin orquídeas, un espacio silencioso y orientado al sol, mi trinchera de todo el año, la vieja máquina Olympia en el centro. Me asombra lo mucho que han crecido las palmeras de mi jardín, las que mandé plantar hace años, las que se columbran a través del ventanal. Forman parte de un entorno estrictamente mío. Un entorno que sin mí no existiría. Un entorno cuya antigüedad ni me perturba. Porque el tiempo, en cierto modo, se ha quedado congelado. Porque si Jaime Gil de Biedma decía que «de casi todo hace veinte años», mi caso es doblemente radical: de casi todo hace cuarenta años. Lo cual ya deja de tener sentido.
12 de abril
Sergio Vila-Sanjuán, finalmente, ha conseguido su objetivo: reunirnos a mi hermano Raimundo y a mí, en una habitación cerrada, para dialogar sobre nuestras respectivas visiones del mundo, propiciando una cierta reconciliación fraterna, y para publicarlo todo en La Vanguardia. La reunión ha tenido lugar esta mañana, en un salón del hotel Ciutat de Vic, en Vic, y ha durado un par de horas. Se ha hablado de religión, de misticismo, de teología de la liberación, de la Iglesia, de la ciencia, en fin, un poco de todo… de todo lo que guarda relación con nuestros temas de reflexión comunes.
Raimundo, de entrada, ha querido imprimir a la charla un tono de cordialidad. Ha comenzado halagándome, afirmando que yo tenía una de las cabezas mejor amuebladas del país, etcétera. Era, supongo, un ejercicio de engrase previo, lo cual no me parecía mal: reducir nuestras diferencias, poner de relieve nuestros acuerdos. (Bien mirado, no hay «razón comunicativa» sin previa comunicación empática.) Más tarde se han puesto de manifiesto nuestros desacuerdos, pero con un punto de sordina. Él tenía tendencia a interrumpir mi discurso, y ha mantenido sus conocidas obsesiones a lo largo de la conversación. Creo que Vila-Sanjuán le ha dejado hablar más tiempo a él que a mí. Pero da igual. Yo he dejado caer lo que me interesaba dejar caer, mi paradigma retroprogresivo, mi crítica a las religiones institucionales, mi defensa de la ciencia —en contra de Raimundo—, mi postura entre taoísta y Zen, mis reservas con la teología de la liberación.
No, no ha cambiado mi concepto de Raimundo. Le he encontrado bastante ágil de mente y de reflejos, dada su edad. Estimo que, a pesar de su intelectualismo, mi hermano es antes un ser emocional que racional. Eso sí: tiene muy bien articulado su sistema teológico/ideológico, que es complejo y articulado, pero que en su misma precisión se hace rígido. Diría yo que su vicio fundamental consiste en tomarse demasiado en serio sus propias ideas. Cuando hablas con él tienes la impresión de que no va a alterar ni medio milímetro su postura, por más que aparentemente te escuche. Defiende el diálogo como medio de entendimiento en un mundo plural y sin verdades absolutas; defiende el diálogo inter e intrarreligioso, el diálogo «dialogal» más que dialéctico, el diálogo como acto religioso, pero mucho me temo que su esquema dialogante no pasa de ser esto: un esquema. Mi hermano no dialoga: polemiza.
Lo cual tampoco es sorprendente, pues a mi juicio la mayoría de los intelectuales no sabe dialogar. Y se comprende. Lo que un intelectual defiende al defender sus ideas es su propia identidad. Porque el vicio de los intelectuales consiste en identificarse con sus ideas. Y yo cavilo que hay que relativizar la propia identidad para ser mínimamente demócrata y estar en condiciones de dialogar. Añadamos a ello una paradoja cultural, toda vez que con el giro lingüístico de la filosofía la función del diálogo pasa a ser primordial. Gadamer coloca el diálogo en el corazón de su obra. Habermas defiende una teoría consensual de la verdad. Pero Rorty no cree ya que el diálogo tenga que conducir forzosamente al consenso; Rorty se contenta con una cierta «convivencia democrática», digamos una comunicación supraintelectual. Y ésa es la situación y la paradoja, la entronización del diálogo por parte de personas muy incapacitadas para dialogar. Cuando Nicolai Hartmann y Martin Heidegger coincidieron en Marburgo, solían tener largas conversaciones al anochecer. Primero hablaba Heidegger, luego hablaba Hartmann: jamás se pusieron de acuerdo en nada.
Con todo, el encuentro con mi hermano ha sido grato y amistoso.
26 de abril
Esta tarde ha pasado JPH por la editorial. JPH sigue siendo el chico listo, nebuloso, emprendedor que conozco desde hace tanto tiempo. Se ha dejado crecer la barba. Hablamos de esto y de lo otro. JPH está siempre a la última de su mundillo. Me habla del grupo Recoletos, que dicen que es del Opus, un grupo fuerte, prensa económica, prensa médica, revista Telva. Después me cuenta que Duran Lleida tiene un problema sentimental, y que por presión de La Moncloa —y de Piqué— han cambiado al director y al director adjunto de La Vanguardia, Tapia y Foix, respectivamente. JPH menciona los trends de la industria editorial y da algunas ideas. Muestra sus reservas con el tema, tan kairós, de la filosofía perenne.
—Cuando yo estuve en California —dice—, algunos automóviles llevaban una pegatina en la que ponía «I got it» («Lo encontré»). Se referían a la iluminación mística. Años más tarde empezó a circular otra pegatina que decía «I lost it» («Lo perdí»).
—Sí, entiendo que cabe reírse de todo. Y sin embargo pienso que el tema de lo místico, tan manoseado, es muy real, y que, sin perder el humor, habrá que seguir explorando ese territorio.
Hoy se debatía en el Parlament de Catalunya, y se votaba luego de forma secreta, la despenalización de la eutanasia, a propuesta de Esquerra Republicana. Se ha perdido por dos votos de diferencia. Me llama Joan Ridao (de ERC) para referirme los detalles. Por la mañana han venido a filmarme de Antena-3, Canal Plus y TV-3, justo cuando ya se sabía que habíamos perdido. Les he dicho que, a pesar de los pesares, «es un buen síntoma que los políticos, además de temas económicos, debatan temas de derechos fundamentales de la persona, como es este de la eutanasia voluntaria». Temas, por cierto, que deberían votarse siempre en conciencia, y no por disciplina de partido.
28 de abril
Y salió, efectivamente, en La Vanguardia, con grandes titulares, el mano a mano entre Raimundo y yo, con las correspondientes fotos. Lo han presentado con mucho alarde tipográfico, poniendo énfasis en que ellos —los de La Vanguardia— habían propiciado la reconciliación entre los dos hermanos. Ya desde ayer lo venían anunciando: «Dos de los filósofos más importantes de España, Raimon Panikkar y Salvador Pániker, son hermanos, pero hace veinte años que no mantenían una conversación en profundidad. La Vanguardia ha reunido a ambos pensadores en un amplio debate. Entre los temas abordados en la discusión destacan la relación entre Oriente y Occidente, la revolución de la ciencia, la crítica a la teología de la liberación o la espiritualidad en el mundo actual».
En líneas generales, el reportaje ha quedado bien, delimitadas las respectivas posiciones, aunque sin margen para profundizar demasiado. Mis hijos Ana y Agustín se manifiestan completamente en mi línea y en contra de la de mi hermano. También Nuria. Dice Nuria: «El conjunto, muy bien. Raimundo está más agresivo que tú. A ti se te ve como más de vuelta y con menos ganas de autoafirmación. Él defiende encarnizadamente sus posiciones; tú, por el contrario, pasas de eso, que es lo que hay que hacer a los setenta años. Yo no entiendo de filosofías —aunque tengo las mías—, pero sí detecto y me interesa la actitud de cada persona, y ahí creo que tú estás mejor que él».
A continuación delata Nuria la dimensión demagógica del discurso de Raimundo, señalando que él «más que nadie» ha construido su religión a la carta. Añade Nuria: «En todo caso, está bien que hagáis las paces en el reportaje. En las fotos se le ve más afectuoso a él que a ti. Pero que vaya vestido como va es de alipori. Y su crítica a la ciencia es muy forzada. Y aquello que dice del conocimiento y del amor es per apretar a córrer. Y tu respuesta/propuesta de dejar congelado el tema del amor durante siglos me parece propia de una persona sensata y adulta. Raimundo, en cambio, trata de hacérselo venir todo bien».
Transcribo estas opiniones de Nuria porque corroboran lo que mucha gente me ha comentado. Con todo, no quisiera dejar de señalar que, más allá de nuestras diferencias, existe una zona de profunda afinidad intelectual entre mi hermano y yo. Ante todo, suscribo su apofatismo teológico, y de ahí que su mejor libro me parezca El silencio del Buda. Lo que ocurre es que su buen instinto metafísico difícilmente puede encajar con la doctrina oficial de la Iglesia, y así, su misma trayectoria vital —aparentemente rica— está llena de disimulos y autorrepresiones, siempre emparedada entre su voluntad de vivir y su rol de sacerdote. Tocante a su crítica de la ciencia, también le comprendo. «La ciencia moderna —dice Raimundo— es unilateral porque epistemológicamente ha pervertido el conocimiento; la ciencia moderna ya no es gnosis; la ciencia moderna es cálculo, no conocimiento; la ciencia moderna es perversa porque cree que se puede conocer sin amor.» Bien, más allá de nuestras citadas diferencias, entiendo lo que quiere decir Raimundo. Conocer es nacer-con. «Connaître, naître ensemble», dice Paul Valéry. Si no hay amor, el conocimiento es estéril. Yo lo plantearía de otro modo: la genuina filosofía no debe disociar teoría de praxis. La genuina filosofía ya es praxis, como enseñaba Karl Jaspers.
4 de mayo
Cena en el Círculo Ecuestre, con Carlos Güell de Sentmenat y otros, tras asistir a una conferencia de Xavier Bru de Sala. Cuenta Carlos que su bisabuelo, Eusebio Güell, allá por el último tercio del siglo XIX, pasó por una exposición en París y vio una vitrina donde se exponían unos guantes —fabricados por Comella, creo— y se quedó admirado, pero no por los guantes sino por la vitrina. ¿Quién ha diseñado esta vitrina?, indagó Güell, y le dijeron que un joven arquitecto cuyo nombre no recordaban. Averiguó Güell el nombre de ese joven arquitecto, que resultó llamarse Gaudí, y allí comenzó la amistad y el patrocinio de Güell a Gaudí. Y al cabo de un tiempo aquél le encargó a éste su primer proyecto importante, precisamente el Palau Güell —quizá el primer edificio del art nouveau a escala mundial—, que por lo visto no gustó a nadie. Dijo entonces Eusebio Güell Bacigalupi: «Al menos hay dos personas a quienes gusta ese palacio, el arquitecto y el propietario».
Bru de Sala está en forma, y habla mucho de política cultural. Comenta la polémica entre mi hermano y yo y manifiesta estar completamente de mi lado. Le interesa la situación de África, y dice que la influencia francesa es allí cada vez menor. El economista Antón Costas explica que la inversión española en Sudamérica —con Argentina como portavión— ha sido importante y positiva esos últimos años, y que USA se retiró un poco por su fracaso en México. En fin, va uno a esas cenas y a esos actos y se entera de cosas variadas y representa su papel y procura estar atento.
24 de mayo
Tópicos. Pongo la radio por la mañana, mientras desayuno, y no paro de oír tópicos. Incluso tipos supuestamente ilustrados soltando tópicos, por ejemplo, sobre la necesaria renovación generacional del PSOE. Entrevistan a Vicente Ferrer, y la entrevistadora, tópico tras tópico, habla del poder de la utopía y otras lindezas semejantes. (Ferrer, en cambio, ha estado bien.) Voy cambiando de emisora y el bombardeo de lugares comunes es incesante.
Anatomía de los tópicos. Resulta inevitable: uno nunca dice lo que quiere sino lo que puede. Y algunos pueden muy poco. Y los tópicos le dejan a uno muy descansado. Los tópicos son funcionales. Los tópicos, en general, rebajan la ansiedad, protegen, le mantienen a uno fuera de la realidad. Quien piensa y habla con tópicos, o con refranes, alcanza una cierta tranquilidad. No hace falta esforzarse: la vida se reduce a un fluir automático de rutinas mentales. La realidad es lo de menos. Incluso la conciencia es lo de menos. Estiman algunos filósofos que el ser humano tiene lenguaje, pero no propiamente conciencia. Lo cual, a veces, resulta casi evidente si tenemos en cuenta el comportamiento robotizado de la mayoría de nuestros semejantes. (En mi libro Ensayos retroprogresivos dedico un capítulo a este tema; el capítulo se titula «Sobre máquinas —y hombres— supuestamente inteligentes».) Y tampoco hay tanta diferencia entre pensar mediante tópicos o refranes y acogerse a ciertos mitos seculares que están de moda. Lo contrario del pensamiento crítico. El refugio de unas narrativas que dan forma incluso a nuestros sentimientos. Porque también los sentimientos pueden ser muy tópicos.
18 de julio
Esta mañana a las once ha muerto mi hermano José María. Llevaba una semana en la UCI, mantenido en vida artificialmente, el párkinson le había paralizado el aparato respiratorio, le tenían en el Clínico entubado por todas partes. No sé si hoy le han quitado forzadamente los tubos o si ha muerto espontáneamente. Esta tarde lo llevan al tanatorio de Las Corts, mañana tendrá lugar el entierro funeral, a las doce y media del mediodía.
¿Qué siente uno? Tristeza, ciertamente. Disconformidad. Pero una vez muerta Mónica, ya todo parece seguir una cadencia inapelable. El dios-cómplice —del cual hablo en Cuaderno amarillo— calla estrepitosamente. Todo esto funciona de otra manera, y la teología que aquí cabe es mínima.
Mi hermano JM era un ser inocente, lo que algunos llaman una buena persona, un hombre cándido. Cuán lejos y difuminado va quedando su recuerdo. Su tormentosa adolescencia. Las desavenencias con su padre después de la Guerra Civil. Nuestra estancia en Londres, año 1950, su última y penosa enfermedad, él ya tan disminuido. Tenía mucho sentido del humor, mi hermano JM, y yo me entendía bien con él. Mejor que con Mercedes y con Raimundo, siempre tan rígidos y afectados conmigo.
Mi hermano JM ha desaparecido definitivamente, lo cual, también definitivamente, me excede.
19 de julio
Hubo la ceremonia fúnebre, con Raimundo oficiando, familiares y unas pocas amistades. Todo en el (para mí) siniestro tanatorio de Las Corts. Raimundo ha desempeñado su papel de cura con naturalidad, exponiendo su particular filosofía/teología, en catalán, guardando las formas tradicionales. También ha tomado la palabra Mercedes, y allí el alipori ha sido considerable. Mercedes ha pedido públicamente perdón a José María por no haber sabido comprenderle mientras vivió —sobre todo en sus épocas de juventud—, cosas así que, ya digo, producían vergüenza ajena. Breves intervenciones de los Pélach, de unas sobrinas de Elena, y de mi hijo Agustín (que ha improvisado sobre el sentido del humor de su desaparecido tío).
Yo me había negado previamente a tomar la palabra dentro del rito. Nuria ídem. Nuria le dice a Raimundo: «Yo no hablo en público»; Raimundo, insistiendo: «No importa, hablarás con Dios». Nuria: «Es que tampoco me hablo con Dios».
Mis hermanos. A mí me sorprende esa especie de comodidad con la que se mueven en ese espacio —aparentemente renovado— del cristianismo convencional. Esa mezcla de desfachatez y candor. Pocas cosas ya me unen a ellos. Aunque en parte les comprendo. Y lamento nuestra distancia.
24 de julio
Lo más notable es que sólo necesité un par de minutos para decidir —tras verlos y compararlos en la tele— cuál de los cuatro candidatos a la secretaría general del PSOE me gustaba más. Pasaron breves extractos de sus discursos, y enseguida decidí que las ideas, las maneras y la credibilidad de José Luis Rodríguez Zapatero eran aplastantemente mejores que las de sus contrincantes.
En efecto. Subieron al estrado Rosa Díez, José Bono, Matilde Fernández. Y llegó finalmente Rodríguez Zapatero. Un tipo joven, de verbo fácil, agradable timbre de voz, mirada clara, encantado de la vida. Eh, oiga, que las cosas no van tan mal. Lo que a este partido le conviene —dice— no es hurgar en el pasado, sino proyectarse en el futuro. Donde otros no ven más que problemas y miseria, Zapatero resalta, del mundo que viene, las posibilidades que abre, y del PSOE los recursos más que sobrados para liderar la innovación, la revolución tecnológica, la globalización, etcétera. Y así ganó Zapatero, con escaso margen sobre Bono, y con el apoyo de los socialistas catalanes.
25 de julio
Falleció, no hace mucho, el editor y escritor Mario Lacruz, el muy educado, estoico y profesional Mario Lacruz, gentleman Mario Lacruz. Y la luctuosa procesión continúa. La última ha sido Carmen Martín Gaite, un mes después de que le fuera diagnosticado un cáncer, y cuatro días después de la muerte de José Ángel Valente, todos ellos de mi quinta. Carmen escribía a mano en cuadernos de espiral que luego le pasaban a máquina. Ha muerto, dicen, trabajando hasta el último minuto. Bien jugado, amiga.
10 de agosto
A constatar que JX es feliz aquí conmigo, este verano, en Pals. Nos comunicamos, estamos cómodos, nuestra relación sexual sigue siendo buena, y a mí me gratifica verla feliz, aunque la pasión se vaya atemperando. Porque siguen en activo muchas cosas que nos unen.
Pregunta: ¿soy yo un anciano jubilado y con artrosis, o soy un hombre todavía joven, aunque con molestias en el cuerpo? Hasta hace cuatro días, siempre me vi a mí mismo como un hombre todavía joven, con achaques, sí, pero suficientemente vivo. Hoy no estoy seguro de cuál sea el esquema. Mi figura física es menos presentable, se me abultó un poco el estómago, perdí varios centímetros de estatura, hay muchos muertos en mi agenda. Con todo, de algún modo todavía me tengo en pie.
17 de agosto
Traspasada ya la mitad de agosto, me he quedado solo en la costa. Tras varias semanas de convivencia feliz, JX acaba de salir para Barcelona, después se va a Canadá. Es la una menos cuarto del mediodía. Hoy el día no es tan claro como lo era ayer. «Adieu vive clarté de nos étés trop courts», cantaba Baudelaire. Si estoy de ánimo me acercaré hasta la playa. Aunque lo más probable es que no salga de casa. Soledad, día de reflexión. Viento de sudeste, si he de fiarme de la veleta que mandé montar en el tejado de mi casa. El Ampurdán es el país de los vientos, el palau del vent, que decía el poeta Maragall. Tramontana, gregal, llevant, xaloc, migjorn, garbí, ponent, mestral. El que predomina, en esta época del año, es el desagradable garbí.
(Bien mirado, lo que ahora comienza es el estío. La gente lo ha olvidado, pero hasta los tiempos de Cervantes en el año había cinco estaciones: primavera, verano, estío, otoño e invierno. Era una clasificación más completa que la actual.)
Día de reflexión, decía. Sigo manteniéndome dentro de mis límites. Más todavía: arropado en mis límites. Es lo natural. Obediencia a las leyes del cosmos. Al fin y al cabo, las constantes de la física son límites, restricciones que impiden la dispersión caótica de las cosas. Pero, más allá de los límites, ¿qué? Algunas tradiciones enseñan que más allá de los límites topa uno con lo sagrado. Para el pensamiento indio cabe incluso liberarse de los límites —los límites de la condición humana— y alcanzar la espontaneidad divina. Yo rastreo la cosa desde distintos ángulos. En unas hojas traspapeladas encuentro unas antiguas divagaciones alrededor de la llamada fluctuación cuántica del vacío. Las escribí hace años, no las publiqué, y abocaban a una cierta versión científica del maya hindú. Si el universo proviene de una fluctuación cuántica del vacío nos preguntamos, parafraseando a Shakespeare, de qué clase de vacío estamos hechos. Sí, ya sé que el vacío cuántico no es propiamente un vacío, y que las partículas virtuales existen durante un tiempo tan corto que no es posible medir nada de ellas (debido al principio de indeterminación de Heisenberg). Con todo, algunos científicos extrapolan y saltan de la fluctuación cuántica del vacío a la limpia generación del ser desde la nada. El ser que surge espontáneamente de la nada. El colapso de la nada que da nacimiento a algo. Una metáfora que no hubiera desagradado al Maestro Eckhart, quien se refirió a la deidad (Gottheit) —distinta de Dios— como una nada. Una metáfora que despierta en nosotros hondas perplejidades.
Espontáneamente, dicen. Espontáneamente es un vocablo crucial que nadie aclara, y que tampoco se aleja demasiado del viejo y desprestigiado concepto de creación. Sólo que ya no se trata de creación sino de autocreación. Espontaneidad es esa creatividad que lo recorre todo, una noción que vuelve a surgir cuando se desvanece la causalidad clásica desde la no-localidad cuántica. No muy distanciados de todo ello andaban los chinos cuando nombraban a la naturaleza con la palabra ch’i lan, que significa aquello que sucede por sí mismo, y no por mandato o control de una entidad exterior. Encontramos la misma idea, aunque con otro lenguaje, en las Upanishads: en el principio era el no-ser (a-sat), y el no-ser (a-sat) produjo el ser (sat).
A señalar que la idea/metáfora de la autocreación del mundo soluciona un poco el escándalo fundamental de la existencia. «El mal es el coste inevitable de una creación que se hace a sí misma», ha escrito John C. Polkinghorne, un teólogo que también es físico. ¿Y no le dijo Jesús a Nicodemo que el espíritu sopla donde quiere? ¿Y no es ese espíritu —en hebreo, ruah— algo emparentado con el azar que es condición de la autocreación de todas las cosas? ¿Y no resulta todo eso congruente con mi postura de agnosticismo místico? Lo he consignado a menudo. El místico sabe que el concepto tradicional de Dios es sólo la caricatura antropomórfica de algo infinitamente más extenso, más intenso, más profundo, más inaccesible. El místico vislumbra que ni siquiera tiene mucho sentido llamar a Dios «Ser Supremo», pues obviamente Dios no es un ser. Por ahí incide el místico con el agnóstico. Por ahí camina uno.
23 de agosto
De nuevo en Barcelona. Con los perros que dormitan melancólicos en su guarida. Reponiéndome, oh ironía, de los días pasados en Pals. Tengo ya el texto de Segunda memoria casi corregido, es decir, algo abreviado, para su edición en libro de bolsillo, edición que sacarán coincidiendo con el lanzamiento de Cuaderno amarillo. Hemingway decía que la mayoría de los escritores descuida la parte más decisiva de su oficio, la que consiste en ir podando la prosa hasta convertirla en algo tan afilado como el estoque de un torero.
El día es soleado y caluroso, último espasmo del verano/estío. ETA sigue asesinando. Los rusos dan por muertos a todos los tripulantes de su submarino atómico accidentado hace una semana en el mar de Barents. Una muerte horrible. Sigo levantándome derrengado cada mañana. Pero Buda enseñaba que se puede estar despierto, más acá del sufrimiento.
Ha fallecido Juan Tomás de Salas, empresario periodístico y fundador del Grupo 16. Salas era representante típico de una generación que, habiendo pasado por el «Felipe» (Frente de Liberación Popular, fundado por Julio Cerón), jugó un papel decisivo tras la muerte de Franco. (Fundacionalmente, en el «Felipe» coincidieron comunistas, socialistas, socialdemócratas, cristianos de base.) A Juan Tomás de Salas le traté muy poco.
31 de agosto
Un corresponsal desconocido me escribe una amable y razonada carta comparándome con Ortega y Gasset. Me siento halagado, claro está, porque admiro a Ortega, pero asumo la comparación con modestia y con cautela. Precisamente ando estos días leyendo el libro de Gregorio Morán sobre los últimos años de Ortega, El maestro en el erial, que es un documento solvente y demoledor. Trata, fundamentalmente, del agujero negro, en la historia de España, que va de 1945 (final de la Segunda Guerra Mundial) a 1956 (primera gran crisis de la familia franquista). ¿Qué hacían, en aquel tiempo, los Aranguren, Ridruejo, Torrente, Laín Entralgo, Tovar, etcétera? Morán denuncia, con más o menos fundamento, que toda esa gente —en contra de sus propias disimuladas versiones posteriores— constituía una intelectualidad activa, fascista, antidemocrática, nacionalcatólica en algunos casos, franquista siempre. Tocante al famoso «silencio de Ortega» opina Morán que fue menos inmaculado de lo que se ha dicho. Ortega regresó a España del exilio porque creyó que, hundidos Hitler y Mussolini, Franco se retiraría para dejar su puesto a don Juan de Borbón, y él, Ortega, tendría algún papel que jugar. Ortega había vivido ya una dictadura, la de Primo de Rivera, que coincidió con los años más brillantes de su carrera intelectual. Ortega asistió luego, incluso con cierto protagonismo, al advenimiento de la República. Éste era el pattern. Éste era el modelo mental de Ortega, que descuidaba que los tiempos eran otros y que Franco no era Primo.
Personalmente, opino que la postura política de Ortega en aquellos tiempos era clara. Ortega nunca fue fascista, pero terminó pensando, como muchos otros personajes liberales —e incluso como el socialista Julián Besteiro—, que defender a la República española era defender una revolución comunista. Algunos creyeron esto ya desde la revuelta de Asturias en 1934. Fue el gran equívoco envenenado de la época, el que precedió a la Segunda Guerra Mundial, el que condujo a la propuesta de un Estado democrático «ligeramente autoritario», incluso parcialmente totalitario. Una propuesta que sintonizaba con el creciente recelo de Ortega hacia las masas. Pero todo esto, ya digo, es agua pasada. Personalmente, insisto, admiro a Ortega. Le admiro desde que, siendo yo estudiante en Madrid, descubrí sus libros. Le admiro y le considero uno de los maestros de nuestro tiempo: su filosofía de la razón vital iba en la buena dirección. (Iba en la dirección retroprogresiva.) Hay algo, además, que me une especialmente al maestro: ambos compartimos la misma tendencia a la dispersión intelectual. A Ortega le interesaban muchas, demasiadas cosas. De ahí un Ortega prolífico, escritor de ensayos cortos, prisionero de su propia facilidad. Facilidad para acuñar metáforas que él, con un toque mágico, convertía en ideas filosóficas. A veces daba en el clavo, a veces se perdía en un brillante fuego de artificio. Siempre todo al servicio de su elitista Weltanschauung. Considero, finalmente, que Ortega, a pesar de que podía incurrir en alguna sobrecarga retórica, ha sido uno de los grandes prosistas españoles del siglo XX. Y, como he dicho, creo que nunca fue fascista ni franquista. Más todavía, creo que nuestra actual democracia le debe mucho a la «cultura» que él intentaba transmitir, el legado del verdadero «liberalismo», el espíritu crítico, la aproximación a Europa.
4 de septiembre
Es la una y cinco del mediodía. No sé por qué pienso en el desnudo esbelto de Clara Starazzi. Quizá porque ella prometió llamarme en cuanto regresara de Inglaterra, adonde se fue poco antes del verano. Clara Starazzi es una imagen recurrente en mi memoria fragmentada. Clara Starazzi, en aquellos primeros tiempos de la dispersión, cuando iba vestida, gastaba camisa masculina y vaqueros. Clara Starazzi —«vistosísima, eficaz y vagamente eslava», apunto en Segunda memoria— era una niña bien reconvertida en scholar progresista, poco que ver con su supuesto —y sin duda inventado— antepasado D’Annunzio, que había sido inspirador del fascismo italiano. Una mujer con muchas aristas, que movía el cuerpo con soberana gracia. Estaba en el aire de la época. Lo de mover el cuerpo. Sus antecesoras en la farándula, aquellas mujeres famosas de la Gauche Divine —Beatriz de Moura, Rosa Regàs, Teresa Gimpera, Nuria Pompeia— bailaban todas muy bien. Y he aquí (¿sincronicidad, telepatía?) que de pronto suena el teléfono, y es CS que cumple su palabra. Es CS, recién llegada de Londres, que me habla con entusiasmo del South Bank, la orilla sur del Támesis, a la que antes ni siquiera nos asomábamos. Allí están ahora —dice CS—, en ese lado oscuro y dickensiano, el llamado London Eye, una noria con cápsulas acristaladas desde las cuales se divisa todo Londres, y la antigua central eléctrica del Bankside hoy convertida en museo, la Tate Modern, y una pasarela peatonal diseñada por Norman Foster, y, finalmente, The Dome, una cúpula conmemorativa levantada en Greenwich en honor del nuevo milenio. Merece la pena ver todo esto, apunta CS, y yo pienso que sí, que Londres es, para mí, casi una fantasía. Londres fue la ciudad de mi padre, la ciudad en la que yo mismo he sido feliz algunas veces, la ciudad a la que siempre se siente uno tentado de volver a pesar de su horrible clima, la ciudad donde hoy vive mi nieta, la ciudad más cara y próspera del mundo. Pero ya también, al menos para mí, la ciudad imposible. Así que le digo a CS que, por el momento, me contentaré con ver las fotos.
12 de septiembre
Tomo el avión para ir a comer a Madrid con los libreros convocados por Random House. Regresaré por la noche. Se trata de anunciar la salida de mi libro Cuaderno amarillo. Se trata de decir lo siguiente. Amigos: para un escritor, promocionar un libro propio tiene algo de esquizofrénico, otro «chip», vender, poco que ver con el acto de crear. A mí me gustaría tener un doble para esos menesteres. Mi libro es un diario. Un diario intenta resolver la ecuación entre literatura y vida, captar a ésta en el momento en que brota. Un diario trabaja con el tiempo real, más acá del tiempo artificial de la novela. Hay buenos escritores que
