Sánchez Mazas

Maximiliano Fuentes Codera
Maximiliano Fuentes Codera

Fragmento

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AGRADECIMIENTOS

 

 

 

 

Todo libro es una obra colectiva y este no es una excepción. Comenzó hace unos cuantos años con una idea que les planteé a Ismael Saz y a Joan Maria Thomàs en un congreso. Llevaba tiempo, desde mi tesis doctoral, pensando en hacer una biografía sobre Rafael Sánchez Mazas y se lo comenté a ambos al salir de una de las mesas de un congreso organizado por la Asociación de Historia Contemporánea en Alicante. El entusiasmo que mostraron aquella tarde de finales de verano me llevó a creer que tal vez la idea podía ser algo más que un proyecto. Poco tiempo después, en julio de 2019, coincidí con Miguel Aguilar en la presentación de un libro de mi amigo Federico Finchelstein en Barcelona. Allí fue donde esta biografía inició por fin su andadura. Su interés y su impulso como editor fueron fundamentales para que la investigación de la que se nutre este libro comenzara a desplegarse.

En este largo trayecto de casi seis años, muchas personas me han proporcionado pistas sobre documentación, materiales, contactos, ideas y sugerencias. Sin su ayuda este libro no hubiera sido posible. Aunque soy consciente de que olvidaré a alguien, quiero dar sinceramente las gracias a Isabel Burdiel, David Jiménez, Nicolás Sesma, Miguel Ángel del Arco Blanco, Gerard Vallejo, María Jesús Pérez, Inma Blasco, Patrizia Dogliani, Carmelo Martín, Míriam Gázquez, Julián Sanz, Raimundo Viejo, Javier Brox, Eduardo González Calleja, Javier Moreno Luzón, Xosé Manoel Núñez Seixas, Paula Bruno, Leandro Losada, Carlos Domper, Miguel Ángel Ruiz Carnicer, Alejandro Quiroga, César Rina, David Alegre y a todos mis compañeros de la Universitat de Girona. Entre ellos, la compañía, los comentarios y las ideas de Giorgia Priorelli y Giaime Pala han sido esenciales, tanto como el trabajo documental que hizo Pau Font en hemerotecas y archivos. Jordi Gracia me ayudó muchísimo durante los primeros momentos de la investigación y no puedo dejar de agradecérselo. Por estas mismas razones y por su entusiasmo infinito, le debo también mucho a Jordi Amat. Luis María Ansón resolvió algunas de mis dudas iniciales y Tomás Pollán me transmitió con deferencia algunos de los recuerdos que Rafael Sánchez Ferlosio había compartido con él sobre su padre. Con generosidad, Andrés Trapiello atendió también algunas de mis consultas en los primeros momentos de esta investigación. Margarita Sánchez Mazas, nieta del fundador de Falange, me envió algunos documentos inéditos que tenía en su casa y Max Pradera, otro de sus nietos, tuvo la generosidad de explicarme algunas anécdotas sobre su abuelo.

En este largo proceso de investigación las conversaciones compartidas con Javier Cercas fueron todo un descubrimiento para mí. Sus recuerdos de la redacción de Soldados de Salamina y las reflexiones sobre los vaivenes de la mal llamada memoria histórica forman parte de este libro. Además, fue él quien me puso en la pista de la libreta de tapas negras que Sánchez Mazas llevaba consigo durante los días que pasó en los bosques gerundenses en el invierno de 1939. Sus sugerencias me llevaron a preguntarle a Jaume Figueras si dicha libreta aún se conservaba en su familia. Pocas semanas después de comentárselo, durante una cena en mi casa, la sacó de una mochila y me la dio. Estuvo en mi mesa de trabajo durante varios meses y nunca podré compensárselo, ni a él ni a su padre. Por otras razones, aunque asimismo vinculadas a los días de Sánchez Mazas en los bosques gerundenses, también estoy en deuda con el director del Museu Memorial de l’Exili, Miquel Aguirre, y su conservador, Miquel Serrano.

Mónica Carbajosa ha sido imprescindible para este libro y su generosidad me ha permitido avanzar por terrenos que no conocía. Todo el equipo de la Universitat Autònoma de Barcelona, comenzando por Ferran Gallego, Francisco Morente y Javier Rodrigo, se ha convertido desde hace algún tiempo en una compañía intelectual muy grata para mí. En el caso de Javier, además, tengo la suerte de que esta compañía vaya mucho más allá de los libros. Joan Maria Thomàs, uno de los mayores expertos en la historia de Falange, no solo estuvo en los inicios de este proyecto, sino que también lo ha apoyado hasta el final proporcionándome documentación inédita y bibliografía y animándome siempre que lo he necesitado. La amistad que tengo con Fernando Molina y su conocimiento de Bilbao me permitieron pasar unos días maravillosos caminando por su ciudad, recorriendo las calles y los puentes de la infancia y la juventud de Sánchez Mazas. Finalmente, Miguel Aguilar, Sergi Siendones, Elena Martínez Bavière y todo el equipo de Penguin Random House han sido muy generosos conmigo. Han acompañado a este libro y a su autor con sabiduría, paciencia y profesionalidad, tres cosas no demasiado habituales. Como suele decirse, cualquier error es solamente responsabilidad mía.

Mis padres han estado a mi lado durante muchos años y aún siguen estándolo. Creo que no puedo pedirles más que eso porque es todo lo que unos padres pueden darle a un hijo. A los míos, a Fausto y a Oli, espero poder darles lo mismo que mis padres me han dado. A pesar de que cada día comparto con ellos dos de mis pasiones, la música y el fútbol, este libro es otro intento de compartir también mi pasión por la historia y los libros. Hiram y Nil también forman parte de todo esto. Sin ellos, mi vida sería diferente, menos intensa y completa, es decir, más vacía.

Cuando comenzaba a pensar en el proyecto de este libro, hacía muy poco tiempo que Kamasi Washington había publicado su disco Harmony of Difference. La última larga pieza de este EP, Truth, ha estado omnipresente en la elaboración de estos capítulos y siempre me ha hecho pensar en Mònica. Ella ha leído muchas de estas páginas antes que nadie, las ha criticado, las ha mejorado y me ha acompañado como nadie más puede hacerlo, con esa mezcla tan suya de amor, pasión, tolerancia y perseverancia. Me ha ayudado a que este libro y yo seamos mejores. Gracias, muchas gracias.

 

MAXIMILIANO FUENTES CODERA

Girona, octubre de 2024

1

INTRODUCCIÓN

LOS TRES NACIMIENTOS

 

 

 

 

Aquí está Rafael Sánchez Mazas, el admirable conversador y filósofo, ocupado, según nos dice, en el negocio de la salvación del alma.[1]

 

 

Como ha escrito Chantal Maillard, «la Historia que contamos es siempre, inevitablemente, una reconstrucción».[2] Sin embargo, esta reconstrucción no es algo que alguna vez estuvo unido y que espera intacto al investigador para que lo recomponga. Nada prueba que aquello que se nos aparece como fragmentado haya formado parte en un pasado de algo ensamblado.[3] De acuerdo con Siegfried Kracauer, el universo histórico, como la vida de las personas, es caótico y heterogéneo. Para poner orden, sugirió el intelectual alemán, es necesario adentrarse en el pasado —«el reino de los muertos»—, alternando planos de conjunto con primeros planos, combinando ambas dimensiones espaciales y temporales. Así, el historiador y el biógrafo, como el coleccionista —una figura central en el pensamiento de Walter Benjamin—, tienen como tarea recoger objetos olvidados y abandonados para luego situarlos en un marco más amplio. Sin este último paso, el trabajo del coleccionista es estéril. La biografía, que posee la enorme virtud de iluminar los pequeños detalles, los intersticios, aquello que no encaja, procura remontarse al encadenamiento del proceso histórico y busca explicar el conjunto. Ligar los indicios para dibujar un camino.

Hacer una biografía implica, como planteó Fernando Molina, mirar las cosas a través de las percepciones de otra persona.[4] Escribir una vida es un horizonte inalcanzable que, no obstante, ha estimulado durante siglos el deseo de entender una trayectoria vital y, en algunos casos, a través de ella, una parte sustancial de un periodo. El carácter eminentemente híbrido del género, que ha pasado de ser considerado «impuro» por la historiografía y las ciencias sociales a experimentar un verdadero auge en las últimas décadas, revela una serie de tensiones y problemas que, al mismo tiempo, iluminan y obligan al investigador a realizar unos ejercicios interdisciplinares que afirman la biografía como un tipo de aproximación con unas enormes potencialidades explicativas.[5]

Sin embargo, según escribió Leila Guerriero, el problema de nuestros biografiados es que no los vemos vivir, solo los escuchamos «narrar su vida».[6] Las fuentes para construir una biografía son infinitas. Desde los escritos hasta las cartas, desde la prensa hasta la literatura, todos los materiales son necesarios. En este marco, los recuerdos, los propios y los ajenos, son centrales. Como fuentes para la biografía, estos recuerdos son tan fundamentales como parciales y discontinuos. Sufren, mucho más que otros materiales, la erosión que provoca el paso del tiempo. Mutan. Son deudores de las circunstancias de su presente y están sometidos a las mismas transformaciones que aquello que hoy en día llamamos «memoria», es decir, se articulan a través de procesos de creación y de reestructuración y están bajo una reescritura permanente. Por ello nos plantean una paradoja evidente: son un material esencial para las biografías, pero al mismo tiempo exigen al biógrafo un estado de alerta constante. Cuando el trabajo del biógrafo apunta hacia la discontinuidad, hacia aquello que ilumina espacios intersticiales de una época o proceso histórico, los recuerdos del biografiado nos transmiten continuidad; cuando el biógrafo se interesa por lo excepcional, lo incoherente, los recuerdos y la autobiografía nos hablan de una vida llena de una coherencia que a menudo esconde las emociones y los sentimientos.

Como planteó Pierre Bourdieu, la «ilusión biográfica» es un peligro que acecha siempre al biógrafo. No existen individuos que puedan situarse fuera de un espacio social y de un habitus heredado. Intentar comprender una vida como una serie única y autosuficiente de hechos sucesivos solamente vinculados a un sujeto que tiene como única continuidad el nombre propio puede resultar —y a menudo resulta— insatisfactorio. Tanto como hacer lo contrario, es decir, atribuir explicaciones estructurales a las decisiones de un individuo, anulando de esta manera su capacidad de decisión, su autonomía relativa. De acuerdo con Bourdieu, para poder hacer frente a estos dos peligros, es necesario que lector y narrador acepten una especie de «pacto biográfico» según el cual, a pesar de tener claro que no existe continuidad ni coherencia, que lo real es discontinuo y está formado por trozos de vida más incoherentes que coherentes, una vida ha de ser explicada siguiendo un orden cronológico.[7] Como ha señalado una de las personas que más y mejor ha pensado la biografía desde una perspectiva histórica, Isabel Burdiel, nuestro objeto de estudio «en el plano largo es un personaje de una pieza. En el plano corto, un rompecabezas».[8] En efecto, es esta la paradoja: reconocemos que de casi todo el mundo podríamos decir que su vida es un «rompecabezas», pero cuando lo convertimos en objeto de una biografía, buscamos con insistencia hacer de él o de ella alguien «de una pieza». Tendemos a pensar así que las incoherencias no son tales, sino que simplemente son aspectos de su vida a los cuales no hemos sabido encontrarles su coherencia, su encaje en el conjunto de su vida o de su pensamiento.

En realidad, como en cualquier ejercicio intelectual, la cuestión central a la hora de plantearse la elaboración de una biografía es tener claros los problemas que la orientan. Su potencial explicativo radica justamente en la explicación del carácter singular de una vida sin someterla a un relato que la trascienda y anule, pero también sin renunciar a enlazar los destinos personales y las estructuras e instituciones sociales. El carácter abierto de la biografía permite rescatar la pluralidad del pasado, las posibilidades obliteradas. En el caso de Rafael Sánchez Mazas, la propuesta de este libro no se limita a analizar su trayectoria con el objetivo de llevar adelante una suerte de «desmitificación». Va más allá. Lo que me interesa, siempre siguiendo a Isabel Burdiel, es la constitución narrativa del yo como «personaje» en medio de un coro de voces que pugnan por imponer sus diversas narrativas posibles. Como escribió ella, «si la conducta heroica —como el carisma— no es un problema individual o singular, sino una conducta social, es necesario analizarla en todas sus dimensiones». En este sentido, el objetivo central de este libro es analizar su trayectoria vital como una construcción inestable y dinámica, como una encrucijada de redes de poder, relaciones y posibilidades en la cual la familia no está ausente, sino que es un actor relevante.[9] Desde este punto de vista, se propone desarrollar la tensión constante entre la biografía y la historia y asume que, como ha planteado Sabina Loriga, un individuo no puede explicar completamente un grupo, una comunidad o una institución, pero tampoco un grupo, una comunidad o una institución pueden explicar completamente a un individuo.[10]

En este marco, a través de la biografía de Rafael Sánchez Mazas, pretendo estudiar los mecanismos por los cuales las identidades individuales se articulan con las colectivas. De acuerdo con las recientes investigaciones sobre los nacionalismos, los individuos se nacionalizan no solo a través de la acción de fuerzas externas, sino que también lo hacen dando forma a la necesidad de dotarse de significados interiores en sus respectivas sociedades. Lo hacen, como ha mostrado Alejandro Quiroga, en procesos en los que interactúan tres esferas: la pública oficial (el Estado y sus organismos), la semipública (los partidos políticos, la Iglesia, asociaciones de todo tipo) y la privada (la familia, la comunidad, el paisaje, la ciudad). En esta interacción se acaban por configurar lo que Ferran Archilés ha denominado «experiencias de nación».[11] En última instancia, la efectividad de la nacionalización radica en el éxito de la apropiación que los individuos hacen de las naciones. En este sentido, como ha explicado Umut Özkirimli, el nacionalismo se entiende como un discurso de poder, que pugna por establecer su hegemonía y, una vez conseguida, pretender naturalizarla, convertirla en parte de la vida cotidiana de los individuos.[12] Es este proceso, esta apropiación, el que nos permite ver cómo se nacionaliza un individuo al integrar en su vida una narrativa de la nación. Efectivamente, en palabras de Homi Bhabha, nación es narración.[13] Para entender cómo se desarrollan estos mecanismos de apropiación de la nación, las biografías pueden ser fundamentales.[14] En este marco, este libro propone que el análisis de la vida de Sánchez Mazas ilumina aspectos pocos examinados de la construcción del discurso nacionalista del falangismo. La apropiación de la nación española desde Bilbao en su temprana juventud y su construcción de un discurso imperial desde lo local es uno de los ejes sobre los cuales se articula este volumen.

Como ha escrito recientemente Nicolás Sesma, la historia de la dictadura franquista es la historia de todas las personas que la hicieron posible y la sostuvieron durante casi cuatro décadas.[15] Rafael Sánchez Mazas fue una de estas personas. Tuvo un papel destacado como cronista e introductor intelectual del fascismo italiano en España, fue uno de los intelectuales más relevantes del primer falangismo, pasó la guerra escondido y, después del fusilamiento fallido de 1939, fue una de las expresiones simbólicas del nuevo Estado. Lo fue en un doble sentido, como «el resucitado» y como el representante de la continuidad martirial entre la Falange de preguerra, su líder ausente y la nueva Falange unificada en 1937. En sus últimos años, lejos de asumir una posición apolítica, diletante o prescindente, continuó expresando en público su fidelidad al dictador y a su régimen, aunque en privado comenzó a sentirse cada vez más distanciado de él. En este largo proceso mostró que, como escribió Ferran Gallego, la ideología fascista no estaba condensada en el momento fundacional de los partidos o de los movimientos fascistas. Por el contrario, se desarrolló en el marco de un espacio contrarrevolucionario estructurado en torno a una serie de principios centrales —ultranacionalismo, populismo, comunidad nacional organizada, caudillismo— y sufrió unas evoluciones y adaptaciones concretas en cada escenario nacional.[16] El falangismo formó parte de este proceso global y Sánchez Mazas, que de ningún modo fue una excepción, mostró en términos ideológicos y políticos las vicisitudes del potente hilo de continuidad entre el falangismo de preguerra y los principios y realizaciones del nuevo Estado. A través del análisis de sus posicionamientos, sus artículos y sus discursos, este libro muestra que el corpus ideológico del partido único franquista no fue sustancialmente diferente del que habían mantenido los falangistas en los años republicanos y hasta el momento de la unificación.[17]

Sánchez Mazas fue un pensador sin duda sinuoso, como muchos en su época. Fue moderno y reaccionario, tradicionalista y culturalmente tolerante, católico convencido e ilustrado, bilbaíno y universal. Si hay una característica que lo definió en el ámbito político fue su manifiesta hostilidad a los ideales de la Revolución francesa de 1789, al pensamiento de Jean-Jacques Rousseau y a todos sus herederos, desde la socialdemocracia hasta el bolchevismo. Su modelo, decisivamente influido por el nacionalismo integral francés, fue la monarquía ilustrada, autoritaria y jerárquica. Sobre estos principios políticos y estéticos articuló sus propuestas, siempre en tensión con los ajustes que le exigieron los cambiantes contextos en los cuales se movió a lo largo de su vida. Expresó su visión a través de unos conceptos y unas referencias históricas y teóricas que coincidieron con las de su maestro Eugenio d’Ors. Su modelo siempre se aproximó al ideal de Tomás de Aquino y al de los reinados de san Luis y los Reyes Católicos, a quienes consideró ejemplos paradigmáticos en cuanto a la conformación de unas grandes unidades civiles que habían conseguido también mantener la independencia del Estado frente a las intromisiones de la Iglesia. Todo ello estuvo cruzado por la pugna constante entre unos arraigados valores católicos que siempre estuvieron en el sustrato de su postura política, familiar y personal y la sospecha constante sobre la actividad de la Iglesia católica en el mundo de la política. Sin embargo, no todo fue coherencia en su pensamiento. Es importante recordar que, como escribió Javier Pradera, Sánchez Mazas y los intelectuales falangistas tuvieron la tarea de elaborar un discurso que muchas veces se expresó como «la racionalización ideológica a posteriori de la acción del político». Sánchez Mazas se movió en medio de dos cuestiones: fue uno de los más importantes creadores de la doctrina falangista y también se encargó en momentos puntuales de la argumentación a posteriori.[18] El estudio de este aspecto es otro de los ejes del presente libro.

Sánchez Mazas fue muchas cosas más, entre ellas, un esposo enamorado y ausente y un padre de familia lleno de contradicciones. Fue asimismo un activo y admirado tertuliano y un escritor fragmentario y de seudónimos. A pesar de que sus amigos recordaron con insistencia su valor como poeta y animador cultural en todos los círculos que frecuentó desde su juventud, sus trabajos vieron la luz de manera fraccionada en periódicos y revistas o se leyeron en conferencias que en muchos casos acabaron olvidadas. Algunos textos son eminentemente narrativos, más cercanos al relato; otros se parecen a divagaciones sobre sus obsesiones; otros muestran su esteticismo frente a la política y llegan a articular una teoría autoritaria, jerárquica, monárquica, católica y europeísta. En todos ellos se observa la pluma de un conservador ilustrado influido de forma notable por el fascismo italiano en las décadas de 1920 y 1930, de un escritor clásico y melancólico siempre buscando en la infancia y la adolescencia el paraíso perdido.

Como escritor no participó de ningún movimiento generacional. Estuvo alejado, por lo general, de las modas y no consiguió crear una escuela. Tampoco tuvo discípulos ni hizo demasiado por proyectarse como figura literaria. Según reconoció a César González-Ruano en una entrevista, su «poca obra» y su «escasa realización, tanto en lo político como en lo literario», limitaron su ascendencia. «No he correspondido sino mediocremente a la esperanza y a la ayuda que he recibido», corroboró Rafael en los años finales de su vida.[19] Algo parecido sostuvo Francisco Umbral cuando escribió que Sánchez Mazas tenía «un gran violín literario y poca gana de tocar».[20] Con certeza, González-Ruano lo definió como «un gran señor impar que no ha necesitado nunca hacer profesión de sus vocaciones, sino ejercicios de verso y prosa en sus vacaciones». Efectivamente, y así se lo reconoció el fundador de Falange, había en él «un elemento nativo de pereza […] un gusto por preferir la vida cotidiana, corriente, sobre el trabajo literario».[21]

Tal vez todo esto nos ayude a entender por qué Rafael Sánchez Mazas ha recibido tan poca atención en términos biográficos. Cuatro fueron los ideólogos más importantes de Falange en los años republicanos. Tres de ellos, Ernesto Giménez Caballero, Ramiro Ledesma Ramos y José Antonio Primo de Rivera, han sido estudiados en biografías que tienen una indudable calidad y que han sido fundamentales para comprender los orígenes y el desarrollo del falangismo y el franquismo.[22] El único que no tiene una biografía de la envergadura de las anteriores es Sánchez Mazas, el hombre que nació tres veces, la primera en Bilbao, la segunda en un bosque cercano al santuario de Santa Maria del Collell y la tercera en Soldados de Salamina, la novela que Javier Cercas publicó en 2001.

El 20 de octubre de 2014, al amparo de lo establecido en la Ley de la Memoria Histórica, el alcalde de Bilbao Ibon Areso, del Partido Nacionalista Vasco, firmó un decreto que ordenaba la retirada de la placa que daba nombre al paseo Rafael Sánchez Mazas en una zona interior del parque de Doña Casilda Iturrizar, entre la alameda del Conde Arteche y la plaza del Sagrado Corazón de Jesús. La placa se había colocado en 1966 y desaparecía cuarenta y ocho años después. Fue la escenificación de una muerte, la última muerte de Sánchez Mazas. La muerte era, por supuesto, tan metafórica como aquella otra de la que regresó a finales de enero de 1939 y que Javier Cercas utilizó para hacerlo retornar del ostracismo en 2001.

A partir de estas ideas, basadas en una visión de la biografía que no excluye la memoria del personaje después de su muerte, he decidido construir este libro. No pretendo con él alcanzar la utopía de explicar una época a partir del análisis de una vida, como planteó Walter Benjamin. Tampoco aspiro a mostrar «que la vida de un individuo está contenida en una de sus obras, en uno de sus hechos y que en esa vida cabe una época entera». Con mayor modestia, me he propuesto, como sugirió François Dosse siguiendo al filósofo alemán, escribir esta biografía con la intención de llevar adelante «una deconstrucción de la continuidad de una época para distinguir en ella una vida individual».[23] Esta vida es la de Rafael Sánchez Mazas, el falangista que nació tres veces y que vive hoy, tras la damnatio memoriae de 2014, en una especie de purgatorio en el que su importancia como literato confronta con un incómodo pasado político.

2

UNA INFANCIA SIN PADRE Y UNA JUVENTUD LITERARIA Y POLÍTICA

 

 

 

 

¿Quién no ha vivido alguna vez en un lugar que era como una isla en el tiempo?[24]

 

 

UN NIÑO Y SU MADRE EN BILBAO

 

Rafael Sánchez Mazas nació en el cuarto piso de una casa situada en el número 15 de la calle General Castaños, en Madrid, a las ocho y diez de la tarde del 18 de febrero de 1894.[25] Su padre, natural de Coria (Cáceres), fue Máximo Sánchez Hernández, un eminente médico hijo de Rafael Sánchez Domínguez, nacido en Villanueva de la Sierra. De ideas liberales y progresistas, el abuelo de Rafael se alistó con catorce años en los Jóvenes Combatientes de la Revolución, la Guardia Nacional de Espartero, y posteriormente se trasladó a Coria cuando su madre se casó en segundas nupcias. De su matrimonio con Rosa Hernández nacieron tres hijos: Julia, Juan Antonio y Máximo, el padre de Rafael.

El hermanastro de Rafael Sánchez Domínguez era Laureano García-Camisón, quien, como médico de las tropas alfonsinas, participó en 1876 en la batalla de Estella. Allí, mientras operaba a los heridos, conoció al rey Alfonso XII. A partir de entonces se convirtió en su médico de cabecera. Su monarquismo y su pericia como médico lo convirtieron en una figura muy cercana al poder y, según explicó Melchor Fernández Almagro en su Historia Clínica de la Restauración (1946), acabó convenciendo al monarca para que los duques de Alba le vendieran su palacio de Coria y algunas fincas adyacentes. El contraste con Rafael Sánchez Domínguez se hizo pronto evidente: el abuelo de Sánchez Mazas era hidalgo, mientras que su tío abuelo era rico y poderoso. Esta tensión terminaría por expresarse también en la vida Rafael. De hecho, su padre, Máximo Sánchez, pudo formarse científicamente en París y en Alemania gracias a la ayuda de García-Camisón, lo cual además le permitió convertirse en un investigador adscrito al Cuerpo de Sanidad Militar en el Hospital de Madrid, en las especialidades de urología y enfermedades venéreas. Fue allí, en Madrid, donde se casó con Rosario Mazas Orbegozo en 1893.

Como su padre y sus hermanos, Rosario había nacido en la Casa de Mazas, construida por su abuelo Joaquín de Mazas Mijares entre 1856 y 1859. De las ramas bilbaínas de la familia, los Mazas y los Orbegozo, Miguel Sánchez-Mazas recordaba especialmente a su tatarabuelo Joaquín, nacido en 1787 en Oruña. De origen montañés y procedente de una familia de hidalgos del valle de Piélagos, llegó a Bilbao en 1817 y disfrutó de los mismos derechos que los vizcaínos originarios. Hombre de negocios y de ideología liberal, fue concejal del primer Ayuntamiento constitucional de la ciudad durante el trienio liberal. Fue también uno de los fundadores de la compañía del ferrocarril de Bilbao a Tudela y del Banco de Bilbao, y estuvo al frente del consejo de administración de Santa Ana de Bolueta, la primera industria siderúrgica de Vizcaya, fundada en mayo de 1841 y denominada Mazas y Compañía desde 1886. Una de sus realizaciones más importantes fue el viejo puente levadizo del Arenal, situado junto a la histórica Casa de Mazas, también conocida como Casa del Pasaje por el paso de las barcas que transportaban a la gente que iba de una orilla a otra de la ría, de Bilbao al Abando. Situada en la calle de la Estación, al otro lado del puente del Arenal, este edificio cuadrangular de cinco plantas fue la primera casa de vecinos del Ensanche bilbaíno y por ello revistió siempre un carácter fronterizo entre el Bilbao antiguo y el Bilbao moderno y acabó por devenir todo un símbolo de la ciudad en el último tercio del siglo XIX. Como recordaría Sánchez Mazas muchos años después, la decisión de construir la casa en ese sitio había enfrentado a la familia: «mis tías viejas encontraron un sacrilegio que otra rama de la familia construyó la primera casa del Ensanche […] apenas pasaban el puente como no fuera por necesidad». Era el símbolo del salto de Bilbao hacia el Abando.[26]

Uno de los hijos de Joaquín de Mazas, Diego Mazas y Torre, nacido en 1827, se casó con una de las poetas bilbaínas más relevantes del siglo XIX, Matilde de Orbegozo y Jugo, cuya madre, Josefa Paula de Jugo y Maruri, era hermana de la madre de Miguel de Unamuno. El matrimonio tuvo un hijo en 1861, Joaquín Mazas y Orbegozo. Fue un destacado redactor de crónicas parlamentarias para el periódico madrileño El Globo, pero, decepcionado por la deriva posibilista del castelarismo, regresó a Bilbao para ocupar una plaza de cronista y archivero del Señorío. Allí continuó su labor como redactor en El Nervión y fue autor de varias novelas cortas. Murió en marzo de 1890, a los veintinueve años.[27]

Tras los nacimientos de María y Matilde, en 1862 y 1863, el cuarto de los hijos del matrimonio fue Diego Mazas Orbegozo, nacido en Bilbao en 1867. Cercano al nacionalismo vasco, colaboró también en la prensa bilbaína, especialmente en El Noticiero Bilbaíno, El Nervión, El Pueblo Vasco y La Tarde, y presidió entre 1922 y 1925 el Colegio de Agentes de Cambio y Bolsa. Asimismo, fue uno de los colaboradores de Hermes, donde coincidió con su sobrino Rafael. Murió en París el 24 de diciembre de 1925.[28]

La quinta hija del matrimonio fue Rosario, la madre de Rafael Sánchez Mazas. Nacida en Bilbao el 30 de septiembre de 1869, Rosario heredó de sus padres un notorio interés por la escritura y la literatura. Pocos meses después de su casamiento con Máximo Sánchez Hernández en Madrid, nació el único hijo del matrimonio, Rafael Sánchez Mazas. Quince días después de ser padre, Máximo falleció en la capital. No pudo dejar a su hijo una gran herencia. La parte que le podría haber correspondido al niño del patrimonio familiar aún la disfrutaba su abuela, Rosa Hernández, que tras enviudar se había marchado a vivir a Madrid con su cuñado García-Camisón y se había llevado con ella a su hija Julia.

En estas duras condiciones y con veintiséis años, Rosario decidió marcharse de Madrid e iniciar una nueva vida en Bilbao con su pequeño hijo.[29] «¡Rosario, en tu juventud viuda y a un tiempo madre y sin marido!», se lamentó su familiar Ignacio de Artiñano y Orbegozo en una carta que le envió entonces.[30] En Bilbao, Rosario y su hijo se instalaron en casa de Diego, hermano de Rosario y todavía soltero, en el número 14 —actualmente es el número 16— de la calle Henao, a pocos metros de la casa donde nacería Juan Larrea, poeta y amigo de Pablo Picasso y Sánchez Mazas. Era un apartamento de amplias habitaciones y escaleras de madera.

La muerte del padre y marido y la decisión de trasladarse a Bilbao marcarían las vidas de la madre y el hijo. La relación de Rafael con Rosario fue siempre un aspecto central de su vida. Como recordaría Rafael Sánchez Ferlosio, Rosario «era todo un personaje. Estaba muy unida a mi padre. Era una bilbaína tremenda».[31] Sin duda, fue la figura más importante de su infancia y su juventud. Liliana Ferlosio, la mujer de Rafael, estaba convencida de que toda su infancia fue «una simbiosis con su madre».[32] Rafael tuvo una compleja y edípica relación con ella. Tal como confesó a sus tíos y tías, la temía y la adoraba. Mientras que en una postal enviada a su tía María Concepción podía hacer explícito su temor —«Hoy escribo también a mamá que sigue empeñada en hacerme creer que se ha muerto pero yo ya sé por varios sitios que se ha ido ya a Bilbao y así se lo digo en la carta para que acabe esta comedia», escribía—, en otra carta con fecha de octubre de 1903 podía expresarle su satisfacción: «Yo ya estoy en primero y mamá me ha dado un premio muy bonito».[33]

Su madre y el conjunto de su familia vasca permitieron a Sánchez Mazas construirse la imagen de Bilbao que reflejaría en las escenas de Pequeñas memorias de Tarín y La vida nueva de Pedrito de Andía. Una imagen llena de religiosidad, de tradición y de tensión con la modernidad emergente. La del santuario de Nuestra Señora de Begoña, el camposanto de Mallona, la iglesia de San Nicolás, la calle de la Estufa, el Ensanche y el Casco Viejo, el mercado y muchos otros lugares que se convirtieron en parte del paisaje simbólico en su vida. La familia materna, Bilbao y las raíces vascas constituyeron una tríada que articuló toda la vida de Sánchez Mazas y fue fundamental en su infancia y su juventud.

A su omnipresente madre se sumaron sus tíos y tías, la gran mayoría solteros o sin hijos, y sus tíos abuelos. Al parecer, todos prestaron mucha atención a Rafael y él los situó en el centro de su vida. A su tío abuelo Ramiro de Orbegozo y Jugo, hermano de Matilde, destacado liberal, católico y vocal de la primera junta directiva de la Cámara de Comercio de Bilbao, le dedicaría en 1915 sus Pequeñas memorias de Tarín —un libro en el que, además, Ramiro serviría de inspiración para dar forma a uno de sus personajes—, y a su otra tía abuela, Rosario de Orbegozo, que se acabaría haciendo carlista, la recordaría, en su conferencia de 1939 Vaga memoria de cien años, como «la más antigua y más dulce figura familiar que haya conocido». Para Rafael, ella condensaba desde la calle de la Estufa, al otro lado del puente del Arenal, muchas de las esencias que pronto consideraría que se estaban perdiendo en su ciudad y en España. También, como explicaría en su «Apología de la Historia Civil de Bilbao», estuvo presente en esta niñez el recuerdo de su bisabuelo Gabriel Benito de Orbegozo, miembro del Ayuntamiento bilbaíno a principios del siglo XIX y fundador y constructor del Hospital Civil, hombre de cultura y ferviente católico que había formado parte de los Cien Notables de Bayona.[34]

A través de la familia materna, Sánchez Mazas articuló una estrecha relación con otras familias vizcaínas influyentes, como los Ybarra o los Bergé. Tal como se observa en el prólogo que escribió para un libro de Javier de Ybarra y Bergé publicado en 1948, los lazos construidos durante décadas fueron esenciales para conocer la historia, la cultura, la sociedad y la política de su ciudad y para insertarse en aquella «política de familias», aquel «patriciado natural», que estaba «muy en el corazón vascongado, una suerte de conciencia de los antepasados y los descendientes, una ritualidad de conducta, una persistencia de las mismas familias rectoras, capitanas de las empresas».[35]

Su rama familiar vasca no solo era poderosa en términos políticos y económicos, también era ilustrada y pertenecía a los principales círculos culturales. Como escribió Andrés Trapiello, era parte del mundo de «las balandras de la ría y los negros casones tapados por la yedra, los tíos y las tías escuchando una gramola, las raquetas de tenis y las madres de dieciocho años».[36] Ese mundo, sin embargo, se estaba acabando. El esplendor comenzaba a dejar paso a la decadencia que expresaban sus tías solteras, que se negaban a cruzar el puente que las podía conducir a la ciudad nueva, a un Ensanche que les parecía de otro mundo. En este espacio, en esta tierra de nadie, en este metafórico puente, se movería toda su vida Rafael Sánchez Mazas. En este Bilbao materno, el de su entorno familiar, también empezó a nacionalizarse español. Allí personalizó la nación española, se apropió de ella y construyó su identidad con una lectura de la historia, del paisaje, de los símbolos patrios. Se hizo español mientras se reconocía como vasco y bilbaíno.[37] Bilbao fue siempre su pequeña patria. Continuamente estuvo volviendo a ella.

En el proceso de personalización de la nación, la educación ocupó un lugar fundamental. Sánchez Mazas inició sus estudios de primera enseñanza en el colegio de los Escolapios. Desde su casa, solo tenía que recorrer poco más de doscientos metros, sin dejar la misma acera, para llegar a la escuela, un edificio relativamente nuevo que se había acabado de construir en septiembre de 1893. Las clases se prolongaban durante todo el día. Como los demás niños, Rafael las comenzaba a las siete y media; a las doce volvía a casa para comer, y luego las lecciones se reanudaban entre las dos y las siete y media de la tarde. La rutina se rompía los jueves, cuando su madre lo llevaba a merendar a la pastelería del «Suizo», en el Casco Viejo. Los domingos, Rafael solía comer con los tíos que vivían en calle de la Estufa o los de la del Pasaje. Las tardes eran para los juegos en el Arenal y en las campas de Albia.

En octubre de 1903, el primer día del curso, mientras el padre José Ramón Sánchez pasaba lista, Sánchez Mazas conoció a Juan Larrea Celayeta y a Manu Madariaga, alumno interno de Palencia.[38] Los tres se hicieron buenos amigos. Fuera del colegio, compartía horas de juego con José Luis Echevarría y Luis del Río. Con ellos descubrió la ciudad, sus puentes, sus huertos y sus calles. El Bilbao de las dos orillas, el viejo del Arenal y las Siete Calles, y el nuevo del Ensanche. Este comenzó a ser su paisaje cotidiano. Las dos orillas que representaban la tradición y el progreso, lo antiguo y lo nuevo, dos espacios y dos horizontes unidos por puentes, como el de Isabel II o el del Arenal, muy cerca de la casa del Ensanche en cuyos bajos se instalarían el café Nervión y el Club Náutico.[39]

Estos años en los Escolapios fueron una parte muy significativa de su vida. En la conferencia Vaga memoria de cien años, que pronunciaría a pocos metros de su escuela pocas semanas después del fin de la Guerra Civil, los recordó con detalle. Situado en un presente victorioso y franquista, desde el que «no solo veían los caminos del cielo, sino los caminos de Europa, del mundo», construyó un relato en el que afirmó que gracias a «estos institutos religiosos» se había elevado «el tono de la sociabilidad y de la moral bilbaínas, y que es como decir de la Historia».[40] Por supuesto, estaba muy lejos de pensar esto el Rafael que asistía a la escuela, que no era un alumno especialmente destacado y que no se mostraba interesado más que en la historia sagrada, la geografía y la historia.[41]

Después de cada curso, solía pasar el verano en la costa cantábrica, donde la familia extensa tenía residencias. En 1903 su madre alquiló un apartamento en Castro Urdiales, en el número 5 de la calle Ronda. Durante aquellos meses estivales, pasó muchas horas en el chalet de su tío Luis de Ocharan y Mazas, nieto de Joaquín de Mazas y autor de una novela titulada Marichu. Con él hizo incursiones al observatorio y leyó en la biblioteca de su casa. En agosto volvió a Bilbao para las fiestas de la ciudad.[42] Esta fue una rutina que fue repitiendo en gran parte de las vacaciones de su niñez.

Tras los estudios primarios en los Escolapios, Sánchez Mazas continuó su formación con los Jesuitas de Orduña. Allí conoció a Manuel Aznar, quien lo incorporaría como colaborador en El Sol años más tarde.[43] En términos académicos, la tónica no varió demasiado. Sus notas del curso 1905-1906 fueron buenas. Obtuvo la calificación «sobresaliente» en las asignaturas de religión y aritmética del segundo curso, y en el curso siguiente continuó destacando en algunas materias, como francés, filosofía y literatura. Sin mostrar problemas relevantes, en el resto de las asignaturas su desempeño no fue especialmente notorio.[44]

En mayo de 1907, Rosario Mazas decidió que a partir del curso siguiente su hijo continuaría los estudios de segunda enseñanza en el colegio de los Sagrados Corazones de Miranda de Ebro. Esta institución había iniciado su andadura ocho años después de establecerse allí, en 1880, la primera comunidad de corazonistas. Era el único centro de la provincia de Burgos que impartía enseñanza primera, bachillerato y comercio. Allí Rafael estudió los últimos tres años de bachillerato. Se trataba de una institución de gran prestigio que destacaba por la calidad de la docencia y por el valor que concedía a los idiomas. Además, para su madre también era importante el clima de la localidad, que debía ser beneficioso para los bronquios del joven Rafael, maltratados por la humedad bilbaína. A pesar de las dudas que le provocaba un cambio de esta magnitud, en la primavera Rafael ya había comenzado a hacerse a la idea de que se vería separado de su madre. Seguramente lo consolaba que Juan Larrea, que había ingresado en el colegio en el curso 1905-1906, lo acompañase en su nuevo destino. Después de un verano en el que escuchó a menudo hablar de política en su familia —especialmente de las virtudes del gobierno de Antonio Maura—, tras pasar un brote asmático, Sánchez Mazas llegó a Miranda de Ebro acompañado por su madre en octubre de 1907.[45] En la estación los esperaba el padre Eduardo Teysseyre, un hombre de procedencia francesa que solía vestir un hábito blanco con dos corazones rojos bordados a la altura del pecho, rodeados por una corona de espinas. Llegaron al colegio en un carricoche tirado por una mula. En la sala de visitas les dio la bienvenida el director, Wilfrido Müller, un hombre de acento alemán que desprendía un aura de autoridad que muchos alumnos recordarían durante años. Cuando Rafael observó la sala de visitas vio una fotografía del papa colgada en una de las paredes; en otra aparecía el padre José María Coudrín, fundador del colegio. Después conoció el dormitorio colectivo en el que descansaría cada noche. Finalmente, madre e hijo se despidieron.

Los días allí transcurrían entre las clases, la oración —Rafael se despertaba cada día a las cinco y media para dedicarse a ella antes de que sirvieran el desayuno— y la amistad de, entre otros, Ángel Landa, Guillermo Aizpurúa, Eduardo Arana, Ángel Blasco, Fernando Carlevaris, Rafel Elio, Pablo Legarreta y David Manzanos. Probablemente, en el colegio las jornadas se parecían bastante a las que describe Tarín en la novela que Rafael escribiría poco tiempo después. Las clases de matemáticas le aburrían y las de ciencias naturales, impartidas por el alemán Pascual Schmitt, le resultaban un poco más atractivas. En realidad, lo que de verdad comenzaba a apasionarle era la literatura, que estaba a cargo del padre Teysseyre, quien también organizaba actos culturales y funciones teatrales. Las aptitudes oratorias de Rafael pronto llamaron la atención de algunos de los profesores, que lo seleccionaron para representar el papel de Roque en el sainete de Carlos Arniches Los secuestradores, en una entrega de premios el 28 de mayo de 1908, en el que intervino también su amigo Juan Larrea.[46]

Durante los cursos transcurridos en Miranda de Ebro, Sánchez Mazas estuvo matriculado en el instituto Práxedes Mateo Sagasta de Logroño como «alumno no oficial». Igual que sucedería en El Escorial, el traslado a Miranda de Ebro y el alejamiento del entorno bilbaíno parecieron potenciar muchas de sus virtudes. En 1909 lo distinguieron en literatura con «mención honrosa» y el año siguiente obtuvo la calificación «sobresaliente», con opción a matrícula de honor, en la asignatura Elementos de Historia General de la Literatura.[47] En líneas generales, el expediente académico del centro educativo conservado en el Archivo Provincial de La Rioja muestra entre los años 1907 y 1910 una trayectoria brillante, ya que Sánchez Mazas obtuvo once sobresalientes, doce notables y tres aprobados.[48]

En Miranda de Ebro, Rafael aprovechó las conexiones de su familia con los círculos culturales y políticos de Bilbao para ampliar su formación y fortalecer unos vínculos que acabarían siendo fundamentales en los años posteriores. Su relación con Ramón de Basterra, mediatizada por su madre y sus tíos, se hizo cada vez más estrecha. Así se observa en una carta que Basterra le envió desde Madrid en marzo de 1907 en la que hablaba de fútbol —el Vizcaya es un tema recurrente en sus cartas de estos años—, sus notas y su madre. El poeta se refería a él cariñosamente como «Rafaelito».[49] Esta relación se fortalecería en los años posteriores, en los cuales, probablemente gracias a ella, Sánchez Mazas comenzó a establecer sus primeros contactos con Eugenio d’Ors.[50]

La correspondencia entre Sánchez Mazas y sus tías y tíos también fue intensa en esta época. Era habitual, por ejemplo, que su tía abuela, Elena de Aguirre, acostumbrada a viajar con frecuencia por Europa, les enviara postales desde los sitios que visitaba —Interlaken, Salzburgo, Killarney, Belfast, Londres y varias ciudades italianas— a él y a su madre. «Quisiera que vinieras con tu madre para que vierais lo hermosos que son los lagos y montañas», le escribía su «abuelita» en agosto de 1909 en una postal que recibió en su casa de la calle Henao.[51] También era habitual que sus tíos Antonio Elósegui Ansola y Matilde Elósegui Ansola le escribieran a Miranda de Ebro, continuando una tradición que se remontaba a los años de su infancia.[52]

A pesar de que algunos de sus amigos y familiares comenzaban a quejarse de que dejaba cartas sin contestar,[53] Sánchez Mazas escribía asiduamente a su madre desde el colegio de los Sagrados Corazones. En octubre de 1907 le prometía que le escribiría «todos los domingos», el día que tenía «estudios libres para leer y escribir a casa», y le explicaba que realizaba prácticas espirituales a diario, que leía libros sobre las vidas de los santos y aprendía francés. Las cartas que le mandaba siempre pasaban por la revisión ortográfica y sintáctica —es probable que también de contenido— del padre Eustaquio, quien llegó a prohibirle enviar alguna por el bajo nivel de su escritura. Rafael intentaba constantemente satisfacer a su madre, y lo hacía a través de las notas que obtenía en las asignaturas y sobre todo de su práctica católica. Le comentaba a menudo que estudiaba y recitaba poemas dedicados a la Virgen. «Te hubiera gustado oírme», le decía en una carta de diciembre de 1907, pocas semanas antes de confesarle: «Creo que me voy a hacer de la Propagación de la Fe».[54]

A lo largo de 1908, las cartas a su madre empezaron a ser menos frecuentes. Recibía con regularidad las visitas de sus tíos, en particular de Ramiro y de Diego, dos figuras masculinas de gran importancia para un joven que crecía sin padre, pero extrañaba a su madre. Así lo expresaba en una carta en la que se permitía confesarle lo mucho que le pesaba la distancia. «Espero que me vendrás a ver por carnavales pues tengo muchas ganas de verte y algunas de salir pues hace falta de cuando en cuando algo extraordinario», le decía a mediados de enero de 1909. Las tensiones entre ambos comenzaban a notarse. Sánchez Mazas creía que su madre lo presionaba con las notas, pero que no estaba demasiado pendiente de él: «Me choca que me hables en tu carta de mis cinco asignaturas. Ya no tenemos más que cuatro pues han suprimido la Religión para estos dos meses», le escribía el 1 de mayo de 1909. En estas cartas del curso 1908-1909, tal como expresaría el personaje de Tarín en su novela de 1915, Rafael se sentía presionado. Pese al desinterés que percibía, le explicaba constantemente a su madre cuánto estudiaba y cómo iba mejorando. «Alégrate mucho que es lo que quiero, por lo demás ya sabes que a mí las notas me gustan pero si no fuera por ti creo que no me interesarían ni la mitad», le confesaba el 17 de junio de 1909.[55] La tensión crecería en los años universitarios.

El padre muerto era también omnipresente en estas cartas. Sánchez Mazas rezaba y comulgaba por él todos los domingos —los días de «misa mayor», como escribe en Pequeñas memorias de Tarín— y se preocupaba por que su madre lo supiera. El día del aniversario de su muerte, el 5 de febrero, siempre intentaba comulgar: «esto último podrás suponer que no dejaré de hacerlo de ninguna manera», escribía a su madre el 1 de marzo de 1910. Seguramente, era su manera de mostrarle fidelidad y buscar su aprobación. La religión estaba presente en todas las cartas. La política, en cambio, prácticamente no aparecía, más allá de algún comentario sobre Bilbao o sobre los artículos de Andrenio en Nuevo Mundo.[56]

Después de tres años en Miranda de Ebro, los días 20 y 21 de junio de 1910 Rafael Sánchez Mazas realizó sus ejercicios para optar al título de Grado de Bachiller en el instituto de Logroño. Obtuvo la calificación de «aprobado».[57] Con dieciséis años y tras pasar el verano en la playa de Ereaga, entró en la universidad para estudiar la carrera de Derecho.

 

 

LOS AÑOS UNIVERSITARIOS

 

La decisión de estudiar la carrera de Derecho parecía firme desde un principio. Así lo expresaba Rafael en una carta que envió a su madre desde Madrid, donde se estableció en septiembre de 1910, en una pensión de la calle de Martín de los Heros, número 85, para comenzar a estudiar en la Universidad Central.[58] Sin embargo, sus intereses pronto se dirigirían hacia otros ámbitos.

Sus tíos, y especialmente el doctor García-Camisón, se hicieron responsables de la mayor parte de los costes económicos de sus estudios. Con su ayuda, le escribía Rafael a su madre, «había de sobrarme el dinero». No obstante, la situación pronto se complicaría. Como le explicó en otra carta a su progenitora después de recibir la visita de su tía Julia y del doctor García-Camisón, Rafael siempre había dudado del cariño sincero de la primera, mientras que el segundo tenía problemas de salud.[59] En el otoño de 1910, el doctor García-Camisón se encontraba gravemente enfermo y Sánchez Mazas acudió a verlo. Según Andrés Trapiello y Enrique Ybarra, en presencia de su abuela paterna, el doctor le prometió la herencia de una parte de sus bienes —el resto quedaría para la tía Julia y sus sobrinos, a quienes parecía que detestaba— y le contó con cierta dureza que su madre Rosario había hecho todo lo que había estado a su alcance para alejarlo de su abuela Rosa y del resto de su familia paterna. Ante estas palabras, Sánchez Mazas habría contestado: «De ninguna manera. No sabe usted lo que dice».[60]

Tras esta conversación, el 4 de noviembre Sánchez Mazas volvió a escribirle a su madre para decirle que a su tío solo le quedaban horas de vida. Por primera vez le comentó con cierta atención las relaciones entre su tío y algunas figuras centrales de la política española: «Hace días me presentó tía Julia al general Primo de Rivera y a su hija que delante de Camisón y de mi tía hicieron grandes ponderaciones de lo guapísima que eras. Casi todo el mundo me pregunta por ti con gran interés y me dan recuerdos para cuando te escriba. […] Hoy me han presentado al príncipe de Baviera el cual según me ha dicho ella [la tía Julia] quería mucho a mi padre». Esta importante carta, sin embargo, tenía como objetivo explicarle con detalle algunos aspectos seguramente desconocidos de la familia paterna: «Esta casa es un infierno y se están descubriendo cosas muy graves que voy a contarte. Tía Julia ha pensado que debe ser la heredera universal de Camisón y en realidad lo es si no dispone el tío otra cosa. Pero he aquí que se presentan dos hijos naturales. Un muchacho —se llama Ricardo— de 34 años casado ya, con dos hijos y de una posición no acomodada pues es músico de la banda del régimen de cazadores, y otro hijo de 5 o 6 años (asómbrate) que Camisón tuvo hace unos años de una hija de una de sus sobrinas carnales a quien deshonró y que se presenta para reclamar sus derechos. Estos hijos no están reconocidos». Todo esto llevó a Rafael a pensar que podía convertirse en heredero: «Yo por mi parte me hallo en la mejor situación, todas las personas envidian mi posición en este asunto como la más segura. Eso dicen porque piensan (y eso es lo que se murmura) que Camisón o me deja un recuerdo en memoria de mi padre o siendo heredero universal tía Julia queda para el día de mañana una fortuna. Pues todo el mundo dice que tía Julia a quien más quiere y ha querido siempre con gran diferencia es a mí».[61]

García-Camisón murió el 7 de noviembre. Lo hizo negando haber tenido hijos naturales. Sin embargo, seguramente como resultado del alejamiento de Sánchez Mazas de su familia paterna, la herencia no fue para él. Al menos en ese momento. Así se lo explicaba a su madre tras visitar a su tía Julia: «Camisón ha dejado a Julia la cantidad de dinero que tiene el Banco y en acciones y el usufructo de toda la fortuna a su muerte la propiedad (fincas) pasará a manos de los sobrinos de Villanueva». Nada más. «Hoy no tengo humor para hacer comentarios», concluía doliente.[62] Sin duda fue un duro golpe para el joven Rafael. Los comentarios en Bilbao se multiplicaron y, con ellos, aumentó su recelo hacia algunos sectores sociales de su ciudad. Había perdido la oportunidad de ser rico. Todo le resultaba tan difícil que aquel año, el primero como estudiante universitario, dudó si volver a Bilbao por las fiestas de Navidad: «Otra vez vuelta a ser la comidilla de ese pueblo insoportable donde todo el mundo le conoce a uno, donde todo el mundo hace alarde de querer mucho a uno, preguntando siempre, murmurando recuerdos, y… sacándole cuantas tiras de pellejo puede en cuanto la ocasión se presenta», le escribió a su madre el 27 de noviembre de 1910. «Cuánto mejor me encuentro aquí donde estoy completamente solo», terminó.[63]

Tras esta decepción, Sánchez Mazas pasó en la Universidad Central dos cursos durante los cuales su madre se mostró preocupada por los peligros que encarnaba la gran ciudad para su aún joven hijo. Los resultados académicos estaban lejos de ser excelentes y Rosario volvió a presionar a Rafael.[64] Además, la presencia de la tía Julia continuaba acechando, tal como se expresaba en una carta de mediados de noviembre de 1911 en la cual el disgusto de ambas por las notas de Rafael se mezclaba con una preocupación por sus aficiones artísticas y el persistente desapego respecto a toda su familia, comenzando por su propia madre. Ni siquiera se mostraba cariñoso con su tío Diego, «que es quien más le quiere y ha hecho con él las veces de padre», escribía Rosario a Julia.[65]

Después de un primer curso convulso, en el segundo las cosas no mejoraron para Rafael en Madrid. La relación con sus compañeros de estudios estaba lejos de ser satisfactoria y las tensiones con su madre se acrecentaban. No parecía sentirse a gusto en ningún lugar y volvió a pensar en no regresar a Bilbao al terminar las clases. Tras pasar finalmente el verano allí,[66] el curso 1912-1913 su madre decidió que debía continuar sus estudios en el Real Colegio Universitario María Cristina, regentado por los padres agustinos en El Escorial. «Tú sabes lo muy bien que me parece tu determinación de que curse en El Escorial mi próximo año», escribió a su madre el 3 de septiembre de 1912 desde Miranda de Ebro.[67] De los blancos hábitos de Miranda de Ebro a los negros de la orden agustiniana. Entre los muros del Real Colegio, Rafael pronto comenzó a habituarse al lema de la casa: «Unidad en lo necesario, libertad en lo accidental y caridad siempre». Manuel Azaña, también alumno de esta institución, recordaría los muros, los colores y las estancias del colegio en El jardín de los frailes.

Se abría una nueva etapa en su vida. En El Escorial, Sánchez Mazas conoció a algunos de los que acabarían siendo sus mejores amigos. Con muchos de ellos, además, mantendría importantes relaciones políticas. Uno fue Eduardo Aunós, que había nacido el mismo año que Rafael y procedía de Lérida. Su relación con el futuro ministro de Primo de Rivera fue intensa desde el principio: «casi inmediatamente fue mi mejor amigo», recordaría Aunós muchos años más tarde. Las discusiones, las lecturas y las «inquietudes espirituales» los unieron. Sánchez Mazas «se reveló ya entonces como un lírico genial, aparte de su dominio de la prosa y su concepto universalista de la cultura». Fue él quien dio la oportunidad a Aunós de entrar en contacto con Mourlane Michelena, Basterra y muchas otras figuras de la cultura vasca. Por todo ello, no es extraño que, con solamente veinte años, en 1914, el catalán le dedicara sus Cartas a Tonón para el buen gobierno de las ciudades.[68] También en este primer curso en El Escorial Sánchez Mazas se relacionó con el bilbaíno José Bizcarra, el asturiano Antonio Flores Estrada, el donostiarra José de Múgica y el alavés Juan Vidal Abarca. En el segundo curso llegó Juan Ignacio Luca de Tena, entonces un joven de dieciocho años que acabó siendo una persona muy relevante en su vida.[69] La larga amistad que los unió comenzó a forjarse en estos años, en los cuales Sánchez Mazas llegó a escribir el prólogo a un primer libro de Luca de Tena titulado Alborada.[70]

Sus profesores en el colegio eran el padre Teodoro Rodríguez, también rector, que impartía ciencias físicas; el padre Marcelino Arnaiz, de filosofía; y el padre Jerónimo Montse, de derecho penal.[71] Por encima de ellos, otro destacaba tanto por su dominio de la lengua francesa como por su cercanía con Rafael. Era el padre Isidoro Martín, vicerrector, por quien Rafael y Juan Ignacio Luca de Tena sentían un gran respeto.[72]

No lejos de una perspectiva institucionista, como escribió Eduardo Aunós, la educación en El Escorial compatibilizaba «la disciplina escolar con el contacto frecuente y perfectamente matizado de los alumnos con el mundo exterior». Era el escenario perfecto para Sánchez Mazas, quien solía recitar a Nerval, Baudelaire, Verlain, Vicaire y Samain mientras paseaba junto a Aunós alrededor del claustro de la universidad.[73] El contexto lo motivó desde el principio. También los profesores. «Al fin, ya era hora, siento el afán de estudiar fuerte y bien», le decía a su madre el 20 de octubre de 1913. Sus profesores le sugerían, sin embargo, que abandonara Derecho y se pasara a la carrera de Letras. A él le parecía una idea «inmejorable». Se sentía, quizá por primera vez, reconocido y admirado. «Aquí este año he encontrado consolidada mi fama brillante», confesaba con cierta euforia a su madre. Finalmente parecía haber hallado su lugar. «Me encuentro en camino de hacer grandes cosas y con fuerza para vencer cuantos obstáculos se me puedan oponer», afirmaba con rotundidad justo antes de cerrar la carta: «Mándame toallas. Aquí no tengo».[74] Sin embargo, ni su madre ni su tía Julia compartían estas impresiones. La primera continuaba presionándolo con las notas y cuestionándole sus veleidades literarias; la segunda insistía cada vez con más fuerza en que diera un giro en su formación hacia la Medicina. Sin embargo, Rafael parecía totalmente ajeno a sus intereses.

En este contexto de incipiente reconocimiento, en noviembre de 1912 apareció el primer número de la revista de los alumnos del Real Colegio, Nueva Etapa. Esta publicación mensual continuaba el camino iniciado por El Colegial años antes bajo la dirección de José Yanguas Messía, quien llegaría a ser ministro de Estado de la dictadura de Primo de Rivera entre 1925 y 1927. En aquel primer número de Nueva Etapa, Rafael Sánchez Mazas publicó dos sonetos, «Para una infanta de Velázquez» y «Para un hidalgo de El Greco». Dirigida por Emilio Boix, la revista sacó también, antes de Navidad, un largo artículo suyo titulado «Unas palabras de cincuenta años ha». Tras la prematura muerte de Boix, la dirección recayó en Eduardo Aunós. Sin embargo, en diciembre de 1914 la revista contaba ya con un nuevo equipo. Rafael era el nuevo director, el administrador, Alfonso de Viedma y el secretario, José de Múgica. Los redactores eran Alfonso Gómez, Manuel Golpe, Salvador Robles y Juan Ignacio Luca de Tena.[75] Las colaboraciones de Sánchez Mazas en Nueva Etapa se extendieron hasta 1916, es decir, después de haber concluido los estudios universitarios. El padre Isidoro Martín fue uno de los responsables de que estuviera tan comprometido con la revista. El reconocimiento entre ambos era mutuo y su relación fue muy fluida durante años.[76] Sus textos eran diversos, desde una necrológica dedicada a Epifanio Abad, su director espiritual y confesor durante los años que pasó en El Escorial, hasta comentarios sobre libros y otros temas. Sánchez Mazas se reveló entonces como un escritor nostálgico y evocador, proclive a la nota erudita, al detalle y a una prosa elegante.

Tras los exámenes de junio solía dejar El Escorial y regresar a Bilbao. Su presencia en la ciudad ya no pasaba inadvertida en la prensa local,[77] y su nueva vida llevó a su madre a cuestionarle cada vez con más insistencia sus relaciones con las mujeres. «Te diré que siempre te equivocas hablando de mis caprichos. Estos siempre te parecen cosas trascendentales […]. Manolita Bergé es muy mona y muy digna por consiguiente de que yo sostenga con ella todo el flirteo que quiera», le respondía el 12 de noviembre de 1912 desde El Escorial.[78] En las semanas estivales, y también en las que pasaba allí en Navidad, se reunía con sus amigos. Uno de ellos era Pedro Mourlane Michelena, quien conocía bien la tirantez entre su amigo y su familia y llegaba incluso a plantearla abiertamente en la prensa, tal como mostró en una carta publicada a finales de junio de 1914, en la que, contestando unas declaraciones de Diego Mazas, tío de Rafael y entonces corredor de la Bolsa de Bilbao, sostenía que Sánchez Mazas, «que nos da con sus versos el haz de las elegancias augustas», «jamás» sería «agente de cambio».[79]

Las semanas en Bilbao le ayudaban pensar en nuevos proyectos. Uno de los más importantes de estos años fue el de crear una editorial junto a Mourlane. El objetivo era difundir la obra de escritores vascos, y para ello encargaron a Aurelio Arteta la ilustración del nuevo sello, Biblioteca de los Amigos del País, del que Sánchez Mazas continuó siendo director-gerente al menos hasta principios de los años veinte.[80] La colección se inauguró con El discurso de las armas y las letras, de Mourlane,[81] un libro publicado en los inicios de la Gran Guerra que estaba lleno de divagaciones sobre personajes como Leibniz, Francisco de Vitoria, Wagner o Bergson, que contenía ciertos fragmentos abiertamente antisemitas y expresaba el reaccionarismo antidemocrático y melancólico que dominaba a los autores de esta nueva empresa editorial. Aparecieron allí también elementos de ultranacionalismo, un evidente desprecio de la democracia y del Estado liberal, un cierto irracionalismo, la devoción por las formas jerárquicas fomentadas por la tendencia a un integrismo laico potencialmente contradictorio con la Iglesia y una ardiente celebración del mito imperial, articulador, también por la fuerza, de un modelo unitario y excluyente de civilización.[82]

Tras el anuncio de dos futuros volúmenes de Sánchez Mazas que nunca vieron la luz —uno titulado El capítulo de la bien bastecida y otro de versos que se llamaría Agosto—, apareció Pequeñas memorias de Tarín.[83] El propio Sánchez Mazas llevó el manuscrito a la imprenta Garmendia y Viciola, situada en el número 7 del muelle de Marzana. A primeros de septiembre de 1915, cuando corregía las pruebas definitivas, decidió incorporar la dedicatoria: «A mi tío Ramiro», es decir, Ramiro de Orbegozo y Jugo, hermano de Matilde y tío abuelo de Rafael, con quien había mantenido una estrecha relación y a quien había enviado los textos publicados en Nueva Etapa que formaron parte de algunos de los capítulos.[84] Rafael tenía solamente veintiún años cuando apareció el libro.[85]

Pequeñas memorias de Tarín presenta abundantes elementos autobiográficos. Las similitudes entre el autor y su personaje son evidentes: ambos son de familia distinguida, nacidos fuera de Bilbao pero con ascendencia vasca e infancias directamente vinculadas a esa ciudad, estudian en internados religiosos, son amantes de los largos paseos y fantasean con viajar a Italia y Francia, e incluso a América, como proclamó Sánchez Mazas en su poema «Madre yo quiero ser marino», escrito en El Escorial en enero de 1914. También comparten una pasión por los diccionarios y los grandes libros ilustrados de historia, geografía o literatura, la misma que mostró Rafael en su poema «El libro de estampas», de octubre de 1911. Sin embargo, hay un detalle que los distingue y que está lejos de ser irrelevante. A diferencia de Sánchez Mazas, el personaje del libro afirma, mientras está en el colegio: «Papá y mamá me vinieron a ver y salí a comer con ellos. Me han traído muchas cosas y pasé el día muy contento».[86]

Tarín Tellaeche, el personaje central del libro, escribe un diario entre los ocho y los veinte años. En la primera parte del relato, titulada «Diario del colegio», es fácil adivinar los días transcurridos entre 1907 y 1910, cuando Sánchez Mazas estuvo en el internado del colegio de los Sagrados Corazones de Miranda de Ebro: «Este colegio está cerca de un monte pequeño y un poco separado del pueblo […]. El dormitorio, que no es de camarillas, como en los jesuitas, sino que tiene muchas camas, en dos filas […] en cada punta duerme un inspector».[87] En la segunda parte del libro emerge con fuerza la figura del editor, encargado de enlazar las diversas secciones del diario a través de unos «paréntesis» que tienen como objetivo adaptar el estilo del joven Tarín a una «moral estricta conveniente», es decir, para que pueda ser leído por la burguesía bilbaína, destinataria primera de la obra. Esta segunda parte está subdividida en otras dos, en las cuales el protagonista tiene quince y dieciséis años, respectivamente. Es allí donde el adolescente Tarín se enamora de Nora y experimenta su primer desencanto sentimental.

Es un texto disperso y fragmentario, pero a la vez lleno de los intereses y obsesiones intelectuales del autor. El cierre del libro, el «Cuento a Miss Clayton», puede ser leído con una visión ciertamente unificadora del conjunto de la obra. Allí se recogen la ingenuidad del niño, la sensibilidad del joven y un espacio de reflexión de Tarín, el incipiente adulto de veinte años, en el que cobran nuevo sentido los personajes de la familia, la «vida cómoda y burguesa, la tierra natal y el pasado». Todo lo que Tarín y Sánchez Mazas no están dispuestos a sacrificar.[88]

El libro inauguró su producción narrativa. Era la obra de un escritor joven y maduro, un autor que a los veintiún años había puesto las bases de un trabajo futuro marcado por la evocación de un tiempo pasado en términos históricos y vitales. Presentaba ya algunas de las características más importantes en el conjunto de su obra literaria: el relato en primera persona articulado en capítulos breves, las reminiscencias autobiográficas con fuertes componentes psicológicos y confesionales, la omnipresencia de Bilbao y la tradicional nostalgia del tiempo pasado frente a un presente amenazante y a menudo decadente. Se observa asimismo su proyección como intelectual a través de la presencia de algunos autores clásicos tan caros a su maestro Eugenio d’Ors como Goethe —«Si tienes un monstruo en el pecho, redáctalo»— y el amor, siempre tortuoso a través de su relación con la tradición y la religión.

Igual que sucedía con sus poemas, la crítica destacó la capacidad de Sánchez Mazas, un autor «principiante», según dijo ABC, que era capaz de adentrarse en la psicología del niño y el adolescente y dominar con madurez un estilo narrativo marcado por la sencillez y la adecuación a las distintas etapas del narrador.[89] Según Juan Laguía Lliteras, se trataba de un libro excelente, ligero de leer y con estilo terso: «Todo es comedimiento y serenidad […] da la misma impresión de paz con su lectura que las obras clásicas».[90] Su trabajo llegó a ser comparado con las Memorias de Chateaubriand: Luis de Terán calificó a Sánchez Mazas de «novelista dotado de las más preciadas cualidades, las de los grandes maestros», alguien capaz de crear el «tipo representativo de una colectividad».[91] Sin embargo, también recibió algunas críticas, especialmente en Bilbao, que le preocuparon y que contribuyeron a dar forma a un recelo latente que Rafael mantendría durante muchos años.

En paralelo a la proyección como novelista, Sánchez Mazas destacó especialmente como poeta, lo cual puede observarse en algunas de sus composiciones más relevantes publicadas en Nueva Etapa, entre ellas, el «Poema de la ría de Bilbao», del 30 de abril de 1916, en el que cantaba su amor y su añoranza por la ciudad y mostraba ciertos paralelismos con la «Oda a la villa», escrita por su amigo Ramón de Basterra, con quien continuaba manteniendo una muy estrecha relación epistolar.[92] El 13 de diciembre de ese año apareció el último soneto de los quince para las esculturas de Moisés de Huerta. Se titulaba «Oración» y estaba dedicado a Miguel de Unamuno, por quien Sánchez Mazas, según Luca de Tena, «sentía veneración auténtica».[93] Era un texto piadoso e íntimo que anticipaba la poesía posterior de Rafael. Los sonetos publicados en Nueva Etapa formarían parte del único libro de poemas editado en su vida, XV sonetos de Rafael Sánchez Mazas para XV esculturas de Moisés de Huerta.

A pesar de que sus primeros poemas datan de la primavera de 1908, cuando estaba en Miranda de Ebro, y de que continuó escribiendo con cierta regularidad en los años posteriores, en Madrid, la producción poética de Sánchez Mazas creció notablemente durante su estancia en El Escorial. Estos poemas muestran que, como escribió Trapiello, era «un poeta maduro con veintidós años». Sin embargo, nunca quiso reunir toda su poesía en un solo libro, si exceptuamos la obra que acabamos de citar y una pequeña antología aparecida en forma de folleto tras la Guerra Civil en el periódico Solidaridad Nacional, dirigido por Luys Santa Marina. En realidad, no fue posible tener su poesía completa hasta 1990, cuando el propio Trapiello publicó un libro que reunía todos sus poemas —o al menos todos los que se conocían hasta entonces, desde 1908 hasta 1923—, entre ellos algunos que aún permanecían inéditos y muchos otros que solo habían aparecido en la prensa y en las revistas. Este volumen, que se basó parcialmente en el trabajo que había hecho su madre Rosario —«Mi abuela sentía adoración por mi padre, y lo admiraba extraordinariamente», dijo alguna vez Rafael Sánchez Ferlosio—,[94] quien transcribió a mano los poemas en una pequeña libreta de tapas de hule negro, acabó por mostrar a Sánchez Mazas como un poeta ligado a las reglas tradicionales del metro y la rima, que mostró un especial interés en el soneto y el romance y que bebió hasta la saciedad de las fuentes clásicas, además de las de algunos de sus contemporáneos, como Ramón de Basterra, Agustín de Foxá o José del Río Sanz, y de románticos franceses como Lamartine y Victor Hugo e italianos como Leopardi. En el fondo, tal vez tuvo razón Federico Onís cuando lo situó en el marco del «prosaísmo sentimental».[95]

Todo ello, por supuesto, se hizo evidente en los XV sonetos de Rafael Sánchez Mazas para XV esculturas de Moisés de Huerta,[96] un libro que recibió importantes elogios de Enrique Díez Canedo y Miguel de Unamuno.[97] El libro se abría con un frontispicio latino y se cerraba con el anuncio de dos libros que no se acabarían de publicar nunca, XV sonetos para XV estampas de la ría y XX sonetos para XX estampas del Bilbao viejo. Los sonetos de Sánchez Mazas aparecían enfrentados a las fotografías de diversas esculturas clásicas y estaban dedicados a Pedro Eguillor, Ramiro de Maeztu, Miguel de Unamuno, Ramón de Basterra, José Félix de Lequerica, Pedro Mourlane Michelena, Eduardo Aunós y Juan Ignacio Luca de Tena, entre otros. Así, el clasicismo de estas composiciones mostraba con claridad una vertiente religiosa y otra pagana.

Estos poemas llevaron a Sánchez Mazas a ganarse un cierto nombre tanto entre alumnos y profesores de El Escorial como fuera de las aulas universitarias. Comenzaba a trascender los entornos académicos, primero en Bilbao, donde solía participar en lecturas poéticas, y después más allá de su ciudad.[98] En septiembre de 1913 participó del acto de clausura de la Exposición de Artistas Vascos en el salón de la Filarmónica de Bilbao. Tras las palabras pronunciadas por Gustavo de Maeztu y la lectura de una carta enviada por Miguel de Unamuno, leyeron sus cuartillas Pedro Mourlane y Ramón de Basterra. Después llegó el turno de la música y finalmente Sánchez Mazas recitó tres de sus poesías: la «Balada de reinas antiguas» —un «primor de evocación y de arcaísmo consciente»—, el «Retrato de romántico» —una «maravilla de ternura sentimental y de suspiro romántico»— y la «Balada de los spatadantzaris», «un verso civil, un verso de raza, vigoroso y palpitante, recio como el alma vasca». A pesar de que era «casi un adolescente», la prensa de la ciudad se refirió a él como «un delicadísimo y moderno poeta» que realizaba «una gran labor personal dentro de la corriente de la poesía contemporánea». Parecía alguien «formado y apto para producir poemas admirables», afirmó El Liberal.[99] En otra ocasión, esta vez en un acto organizado en diciembre de 1914 en el teatro de los Campos Elíseos tras el incendio del teatro Arriaga, Sánchez Mazas se vio obligado a salir al escenario ante los aplausos del público, motivados por la lectura de Valeriano León de algunos de sus poemas.[100] Unos meses más tarde, en febrero de 1915, en Sevilla, la revista Bética destacó su labor.[101] Finalmente, en esta trayectoria ascendente recibió el primer reconocimiento público de cierta envergadura. A mediados de mayo de aquel año, Jesús Bravo Ferrer, secretario general del Ateneo de Sevilla, le envió una carta en la que le comunicaba que su «Canto a la Paz», presentado a los Juegos Florales de la ciudad, había sido reconocido con el Premio Extraordinario. La satisfacción en El Escorial fue total: hubo fiesta y merienda, y el padre Isidoro Martín le dedicó unas palabras. El sábado siguiente, Rafael y algunos de sus amigos salieron a cenar al hotel Miranda Suizo, y en los brindis pronunciaron unas palabras en su honor Luca de Tena, Aunós y Flores Estrada.[102]

Su proyección como poeta era cada vez mayor. En una entrevista publicada en agosto de 1917, Fernando Iscaro se refirió a él como una de las grandes promesas en este campo. Algunos meses después, esta vez en la prestigiosa revista España, Enrique Díez-Canedo lo elogió apasionadamente: «sus versos no son mero comentario lírico, sino obra gemela en que la forma plástica se vacía en molde verbal para salir con nueva y distinta hermosura». Y concluyó: «Ningún poeta de hoy nos da lo clásico como este».[103]

Lejos de pensarse como futuro abogado —sus notas no fueron ni mucho menos excelentes en los cuatro años que pasó en El Escorial—,[104] Sánchez Mazas se preocupaba sobre todo por su futuro como poeta, escritor e intelectual. A principios de febrero de 1914 se lo explicó a su madre en una larga carta en la que le comentaba sus colaboraciones en Nueva Etapa y su satisfacción porque le había enviado un artículo a Ramón de Basterra, en el que hablaba de Eugenio d’Ors y de él. Seguramente, el primero llegó a mostrarle dicho artículo al intelectual catalán, quien al encontrarse en El Escorial se interesó por el joven Rafael. La admiración que sentía Sánchez Mazas por el autor de La ben plantada no podía contenerse en las cuartillas que enviaba a su madre: «Ramón dice que deseaba vivamente conocerme y vendrá a visitarme con él al Escorial en cuanto le permitan sus ocupaciones. Comeremos juntos. […] ¡Todo un Ors!».[105] No está claro si finalmente se vieron, pero no hay duda de que la relación entre ambos comenzó a construirse en estos meses.[106] La lectura del Glosari de Eugenio d’Ors, como recordaría su amigo Eduardo Aunós, era entonces una parte esencial de la formación de Sánchez Mazas.[107]

La proyección como intelectual, que era inseparable de su literatura y de su poesía, comenzó a desplegarse durante los años universitarios. A pesar de que mientras estuvo en El Escorial publicó algunos artículos en diversas cabeceras de Bilbao y Madrid, artículos en los que emergió con claridad su interés por el arte, la arquitectura y el clasicismo,[108] sus textos más relevantes aparecieron en Nueva Etapa y, según escribió Luca de Tena, pronto lo convirtieron en un «maestro indiscutible de cuantos compañeros suyos insertábamos nuestros primeros ensayos en aquellas páginas juveniles».[109]

Probablemente, por lo que tiene de anticipación en relación con las líneas maestras de su pensamiento, la mejor expresión de este liderazgo es la contenida en un artículo publicado en la revista del colegio el 23 de enero de 1915. Se trata de un texto con evidentes pretensiones programáticas. Titulado «Cosas de unos y otros» y dedicado a un hipotético adolescente español —Tarín, Sánchez Mazas—, reivindicaba el «espíritu moderno» del clasicismo, el catolicismo y el patriotismo de El Escorial y contraponía, a la manera orsiana, Renacimiento y Romanticismo. «Lo moderno es lo antiguo vivo, lo antiguo vivificador y vivificado», se afirmaba al estilo novecentista. El romanticismo, «una enfermedad abominable», representaba un regreso al estado de barbarie, a la adolescencia: «Romántico es aquel paréntesis que abre Francia con Rousseau y no se acaba de cerrar todavía». El contexto de la Gran Guerra y las tesis de Eugenio d’Ors sobre la «unidad moral de Europa» estaban muy presentes en su concepción —Xènius había pronunciado una importante conferencia en Bilbao, en la Sociedad «El Sitio», una semana antes de que apareciera este artículo— del clasicismo y el mediterraneísmo y en su predicación dirigida al adolescente destinatario de su texto: «Tú tienes un lugar en todos los combates y es el de luchar por tu mundo español, católico y latino, contra los otros mundos, cualesquiera que sean […]. Si los campos confusos de hoy se deslindan un día, será cuando suene la gran hora sobre las aguas de España, sobre las aguas de Roma y Grecia».[110]

Una parte sustancial de los elementos centrales de la concepción de Europa y de España que desarrollaría Sánchez Mazas en las décadas posteriores se forjó durante su estancia en El Escorial y estuvo plenamente influenciada por Eugenio d’Ors. Con acierto, aunque con una buena dosis de retrospectiva interesada, Eduardo Aunós escribiría en su autobiografía que allí había surgido «la idea de resucitar el viejo imperio universalista de Roma» y que en sus largas conversaciones con Sánchez Mazas se había gestado su tesis doctoral, titulada El Renacimiento y problemas de Derecho internacional que suscita. «Nuestra doctrina —continuaba Aunós— se basaba en la unidad del imperio del mundo […], y ese mundo unido era, en su entraña, una reminiscencia luminosa de la cristiandad», de la Roma cesárea. Dicho imperio se reflejaba, en el plano político y social, en «la ley de armonía y compenetración que debe existir entre el poder religioso y el civil, así como la función del que dirige y la

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