Ignacio de Loyola

Enrique García Hernán

Fragmento

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ÍNDICE

Portadilla

Índice

Proyecto de biografías Españoles eminentes

Dedicatoria

Prólogo

El vasco de Loyola

Nacimiento de Íñigo

Con armas y letras

Entre lo medieval y lo moderno

En la escuela de un fiel contador

Los primeros amores

La Beata entra en juego

Primera experiencia de prisión vestido de oñacino

El misterio de un asesinato

En la escuela de un gran soldado

La enfermedad maldita

Aventuras y desventuras de un soldado

Donde el orgullo quedó humillado

El desvalimiento

Conversión o avance hacia el alumbradismo

La tentación del alumbradismo

Nueva vida «alumbrada»

De camino a Montserrat

Abriendo el corazón en Manresa

Conquistar Roma para quedarse en Jerusalén

Dos peregrinos, el de Tierra Santa y el de España

El sueño de Jerusalén

Aproximación a la formación universitaria

La verdadera peregrinación castellana (Alcalá, Valladolid y Salamanca)

En la Universidad de París, influjos culturales

Comenzar y recomenzar

Gana amigos y compañeros

Nace la Compañía de Jesús

Retorno a España y actividad en Italia

Vuelta a casa para recomponer su imagen

Busca en Italia un lugar para él y los suyos

En la encrucijada de la reforma católica y la protestante

La solución: mirar a Roma

Configuración de la Compañía de Jesús

Actividades apostólicas de alto riesgo

La «persecución»

Primera misa y aprobación condicionada de la Compañía

De la mano de una hija de Carlos V

Nacimiento oficial de la Compañía de Jesús

Los hombres y las mujeres de Ignacio

Lo primero: establecer buenas comunicaciones

Nuevas incorporaciones de jesuitas

Las mujeres

Apostolado en Roma

Hacia la aprobación definitiva

Ejercicios Espirituales

Frente a la Inquisición

El duque de Gandía, Francisco de Borja

Los secretarios Juan Alonso de Polanco y Pedro de Ribadeneira

Pedro Ortiz y Miguel de Torres, amigos incondicionales

Melchor Cano y Juan Martínez Silíceo, los enemigos

Vuelta al sueño de Jerusalén

Éxitos y fracasos

Despliegue de la Compañía

Regreso a los orígenes familiares

Desposeído del gobierno de la Compañía y hundimiento

Enfermedades y muerte

Epílogo: la eminencia de Ignacio

Bibliografía

Cronología

Notas

Índice analítico

Imágenes

Lista de imágenes

Sobre el autor

Créditos

Grupo Santillana

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PROYECTO DE BIOGRAFÍAS ESPAÑOLES EMINENTES

Cuando, hace unos años, puso en marcha el proyecto Españoles eminentes, la Fundación Juan March perseguía tres objetivos.

Habiendo observado que las biografías no han alcanzado en la historiografía española la maestría que es notoria en otros países, donde muchos son los aficionados a su lectura y abundante la oferta editorial, se pensó que podía contribuir al desarrollo patrio del género el encargo de varias de ellas a especialistas en el periodo histórico de que se tratara. Para el cumplimiento de ese objetivo era importante que el formato de la biografía respondiera a las expectativas de un lector culto no académico. En este sentido, la biografía sigue una secuencia cronológica desde el nacimiento hasta el fallecimiento de la persona estudiada y, en lo que se refiere al contenido, la ambición ha sido ofrecer una semblanza interesante, individualizada y realista del curso de su vida proporcionando al lector los resultados sintetizados de la última investigación más que cada uno de los detalles eruditos de ésta, sobre los que, con todo, ofrece orientaciones un capítulo específico dedicado a la bibliografía comentada.

En segundo lugar, parece extraño que, con la excepción de reyes y políticos, muchos de los españoles de méritos más sobresalientes carezcan todavía hoy, en el siglo XXI, de una auténtica biografía moderna que dé a conocer los hechos de su vida y sobre todo los rasgos que han elevado su figura a la excelencia que hoy con carácter general se les reconoce. El segundo objetivo del proyecto era, en consecuencia, cubrir esa laguna, siquiera parcialmente, escogiendo para ello un pequeño pero representativo grupo de españoles eminentes cuya biografía estaba todavía por hacer o que, por cualquier motivo, se juzgaba insuficiente. La obra encargada debía responder a la cuestión de por qué el hombre objeto de la biografía es eminente y si, a juicio de su autor, éste sigue siendo acreedor a este título en nuestros días, con el cambio de perspectiva que acompaña al paso del tiempo.

Durante siglos la historiografía explicó el devenir de un pueblo como una sucesión de hechos políticos, centrados en las decisiones diplomáticas y militares tomadas por los monarcas y sus consejeros. Durante el siglo XX, en cambio, disfrutó de amplia aceptación una forma distinta de escribir historia, una que, omitiendo la intervención de actores personales, pone el acento en el análisis de estructuras económicas y demográficas de la sociedad o en la descripción de las condiciones geográficas y climáticas del territorio. Son conocidos los grandes frutos que esta historiografía estructuralista ha producido en la última centuria, pero muchos son los signos de que esta fuente, antes tan copiosa, ha quedado enteramente exhausta y de que conviene ahora ensayar una aproximación a los hechos del pasado que tome en consideración la influencia de determinadas individualidades y de sus comportamientos paradigmáticos, ejemplares, eminentes, en la configuración de una tradición cultural colectiva. Se trataría de recuperar la perspectiva del ethos personal en la explicación histórica, pero distanciándose al mismo tiempo de la antigua narración política, diplomática o militar, hecha de genealogías, tratados entre príncipes y batallas.

Éste es el tercero de los objetivos arriba enunciados. Se ha comprobado que una historia alrededor de hechos genera una pluralidad de interpretaciones discrepantes allí donde la historia de españoles eminentes, que protagonizan o al menos son testigos privilegiados de esos hechos, suscitan con más facilidad acuerdos y convergencias. Por ejemplo, muchos y muy diferentes son los juicios que a los historiadores ha merecido la fecha de 1812, tan cargada de significaciones de todas clases, pero casi todos, pese a su opuesta ideología, se descubren con admiración o con respeto ante un Jovellanos o un Goya, por mencionar españoles que por fortuna ya cuentan con buenos estudios biográficos. El proyecto Españoles eminentes aspira a ser una contribución a una historia de la cultura española a la luz de la ejemplaridad de determinados nombres, acerca de cuya excelencia moral hay amplio consenso. La aplicación de una razón histórico-ejemplar, como en este proyecto de biografías se intenta, quiere ayudar a reescribir la historia de España en una forma mucho más integradora de lo que hasta la fecha ha sido posible.

Ricardo García Cárcel (catedrático de Historia Moderna) y Juan Pablo Fusi (catedrático de Historia Contemporánea) formaron el consejo asesor y fueron determinantes, cada uno en su área correspondiente, en todas las fases del proceso, desde la elección de la biografía y de su autor hasta la culminación final del encargo. Por parte de la Fundación, Lucía Franco asumió las funciones de coordinación del proyecto. La editorial Taurus mostró interés en el proyecto desde la primera hora y lo hizo propio. Si el lector de esta biografía estima que se han cumplido alguno de los tres objetivos arriba enunciados, a ellos es debido.

Javier Gomá Lanzón

Director de la Fundación Juan March

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A Clara, en todo amar y servir

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PRÓLOGO

La biografía oficial de Ignacio de Loyola se concibió con la intención de establecer un modelo paradigmático: su vida era perfecta en todos los sentidos, dueña de una ejemplaridad heroica, pública y comprobable; nada había de secreto, falso ni oscuro. No se preconizaba exactamente hacer lo que él había hecho, es decir, imitarlo, sino más bien actuar según «su modo de proceder», para no equivocarse en las elecciones de la vida. No obstante, su historia sigue siendo un enigma: sabemos muy poco del período anterior a su llegada a Roma, donde falleció en 1556, por lo que ignoramos casi todo de 50 de los 65 años que vivió.

Lo primero que debemos preguntarnos es quién fue Ignacio y qué cualidades reunió, no solo para que la Iglesia Católica lo proclamara santo, sino para llegar a fundar y propagar por todo el mundo la Compañía de Jesús. Su identidad se forjó a través de relaciones y redes sociales que, con amistad inagotable, fue tejiendo por medio de una continua y refinada correspondencia. Sabemos que no era hombre de guerra, aunque fue soldado; ni un noble famoso, aunque se relacionó con ellos; tampoco poseía especiales dotes para el estudio y la producción literaria, aunque sus Ejercicios Espirituales han alcanzado numerosas ediciones y se han traducido a casi todas las lenguas. Tenía poca prestancia física y una constante mala salud.

En estas páginas intentaré desvelar el enigma de cómo, en tales condiciones, fue capaz de erigir la Compañía de Jesús. Podía haber destacado por cualidades que en aquella época se daban entre algunos españoles eminentes, pero no fue un mártir ni un conquistador. Vivió, en cambio, con importantes limitaciones; pese a ellas fue fundador y santo, con un carisma especial que perdura a lo largo de los siglos. Me propongo descubrir ese carisma tan celosamente guardado. Empezando por él mismo, en su Autobiografía —un género por entonces muy en boga—, sus primeros biógrafos establecieron varios niveles de ejemplaridad, de acuerdo con cánones diferenciales: paje, soldado, enamorado, convertido, peregrino, estudiante, sacerdote, reformador, religioso, fiel vasallo y fundador; es decir, él dio valor a su vida como mediador y los demás confirmaron su sentido pleno al crear distintos Ignacios, en particular al conferirle la eminencia de santo. Mediaré entre todos los Ignacios historiográficos, el que él propuso y los que han aparecido en distintas biografías.

Ante todo, es necesario saber en qué consiste y dónde reside su carisma; por eso, hace falta resolver la contradicción que ha perdurado a lo largo del tiempo entre su obra y su realidad individual, que fue la de una personalidad compleja, de muchas facetas, inherentes a ella y no tanto a atribuciones posteriores. Con el fin de acentuar la pureza de su fe, sus primeros biógrafos —como Laínez (1547), Polanco (1549-1551) y Ribadeneira (1572), que le conocieron bien— subrayaron el hecho de que era español, puesto que se enfrentó a procesos judiciales que cuestionaban su ortodoxia. En aquella época, la autoría española era sinónimo de ortodoxia, porque en España no había ni podía haber herejes. Así, en 1554 el jesuita mallorquín Jerónimo Nadal afirmó “Es Ignacio español” cuando pretendía defender los Ejercicios Espirituales ignacianos de los ataques de los teólogos de la Universidad de París. Nadal construyó un mito con intenciones muy claras: preservar a Ignacio de cualquier acusación que pusiera en entredicho su lealtad al rey y servicio a la Iglesia.

Fue Nadal, al llegar con sus escritos y sus predicaciones a todos los colegios de la Compañía, quien dibujó la imagen imperecedera de Ignacio, estableciendo una clara dirección interpretativa que se acentuó en la siguiente centuria. La copia más antigua que nos ha llegado de la Autobiografía es la del jesuita mallorquín, y en ella el silencio es a veces más elocuente que la escritura. Por un lado, Nadal desea poner a Ignacio como modelo a imitar; por el otro, al darse cuenta de su extraña existencia, señala que los jesuitas no han de imitar algunas de sus virtudes. El enigma que suponía la biografía de Ignacio hacía el dilema difícil de resolver; de ahí que Nadal, convencido de que la vida de Ignacio contenía la esencia de la Compañía, no cejara hasta conseguir que este dictara su Autobiografía al padre Cámara. Al comenzar su historia, Ignacio explicó a Cámara la medicina que deseaba usar para sí mismo: la razón última era la necesidad de referir toda su vida a Dios (dictó sus memorias como si estuviera hablando con Él), reconociendo que debía dar gracias al Creador por todo lo bueno. Quería justificar todo cuanto iba a dictar y, para evitar la vanagloria, consignó: «[referiré] a Dios todas mis cosas, trabajando de ofrecer todo lo bueno que en mí hallase». Parece ironía que lo dijera precisamente junto a los aposentos del duque de Gandía, Francisco de Borja, estancias que utilizó cuando este vivió en Roma y se convirtió en gran defensor de Ignacio y la Compañía. Pero no era ironía, sino que ya se entrevé la intención de poner su vida y su obra a los pies de Borja, quien se convertirá en tercer general de la Compañía de Jesús.

Hay que tomar, pues, la Autobiografía con reservas, no porque contenga errores históricos, sino por incompleta, interesada y atravesada por la mirada de Nadal, además de porque refiere solo una pequeña parte de la vida de Ignacio, narrada en 1553, muchos años después de los hechos. La Autobiografía tuvo cierta difusión a través de copias manuscritas durante todo el generalato del padre Diego Laínez, el sucesor de Ignacio. Pero la ausencia del manuscrito original es llamativa y difícil de explicar, pues se consideraba el documento más importante de la Compañía, junto con los Ejercicios y las Constituciones.

Los primeros biógrafos no hicieron referencia expresa al contacto de Ignacio con alumbrados y beatas, aunque sí a los procesos inquisitoriales por los que pasó. Ignacio habla de alumbrados en una carta escrita en 1545 al rey portugués Juan III, pero para negar todo contacto con ellos; y en la Autobiografía simplemente dice que le inquirieron en Alcalá acusándolo de alumbrado. Lo primero que hay que señalar es el vacío documental con que nos encontramos respecto a esos procesos, que son clave para descifrar la vida de Ignacio. El de Alcalá (1526) está incompleto; faltan los de Salamanca (1527), París (1536), Venecia (1537) y Vicenza (1537), así como las acusaciones del de Roma (1538). Curiosamente, Nadal dice en su Apología en defensa de los Ejercicios que él disponía de las actas de los procesos de Alcalá y de Salamanca, lo que confirma que siguió de cerca las vicisitudes de Ignacio en España y que esos documentos existieron. Estas actas no se han conservado en el archivo romano de la Compañía y, hasta la fecha, no han aparecido en ningún otro lugar.

Había un ambiente de tensión entre los que querían avanzar por el camino espiritual y los que velaban por la ortodoxia. Debemos determinar el trasfondo religioso, ideológico y político que se escondía tras el concepto amplio de alumbrado. Hay quien le adscribe cierta conexión con los judaizantes, aunque es difícil de demostrar. Lo indudable es que los alumbrados se mostraron favorables a los comuneros no tanto porque aquellos tenían una visión nueva de la Monarquía española cuanto porque esas guerras acabarían con la Inquisición, que era lo que más deseaban los judíos convertidos. Así, por ejemplo, Pedro Cazalla quería, según decía a su mujer Leonor de Vivero, «que duraran las comunidades para que destruyeran la Inquisición». Nadal aconsejaba prudencia a los jesuitas porque, por el modo en que hablaban, podían ser identificados con los alumbrados. Se refería a estos como a algo del pasado, que sin embargo podía resurgir si no se tenía especial cuidado con lo que se decía. El alumbradismo floreció en ambientes devotos y no letrados, constituidos en buena parte por conversos —de ahí las prevenciones de Nadal, que conocía ese ambiente perfectamente—, a los que atraía un ideal de amor puro, cristianismo interior, confianza en la propia salvación.

En sus años cortesanos en Arévalo y Nájera (1506-1521) —un período largo del que tenemos muy pocos datos— y luego en Manresa (1522), Ignacio trabó conocimiento y se relacionó con personas que más tarde fueron acusadas de alumbradismo o simpatizaban con esa tendencia, como Francisca Hernández (protegida por el contador Velázquez), Antonio de Medrano (a la sombra del duque de Nájera), los hermanos Pedro, Juan y Francisco Ortiz, y la célebre beata dominica María de Santo Domingo. Por tanto, Ignacio pertenecía a la España religiosa de comienzos del siglo XVI, en la que sobresalía el mundo de las beatas y los hombres espirituales de corrientes afines. Esas beatas se extendieron por España e Italia. Muchas fueron ilusas que se dejaron llevar por la vanidad y los deseos de protagonismo; otras fueron sinceras y místicas. Siempre ha sido difícil distinguir unas de otras.

Aún viviendo Ignacio muchos empezaron a tomar notas y apuntes sobre su vida (Laínez, Polanco, Ribadeneira, Oliverio Manareo…); entre ellos merece especial mención el padre Cámara, que había ido a Roma por comisión de Juan III de Portugal para observar de cerca el proceder de Ignacio y dejar registro de todo. Informado de esa misión, Ignacio no se sorprendió por el pertinaz interés de Cámara por conocer su vida. De hecho, llegaron a un acuerdo. Ignacio le permitió que tomara nota de todas sus palabras: «Me veía escribir y dejaba de hablar mientras yo escribía». Pero eso mismo hicieron también Nadal, Ribadeneira, Manareo y otros, incluso Isabel Roser, con el fin de saciar el apetito de saber que tenían todos los primeros jesuitas y los más próximos. Los escritos de Cámara y otros corrieron paralela y entrelazadamente en copias manuscritas, de modo que se produjo cierta confusión. Nadal opuso resistencia al control historiográfico que ejercía Francisco de Borja, sucesor de Laínez en el gobierno, y Ribadeneira se vio obligado a intervenir. El propio Borja exigió a Nadal que entregara sus papeles, pero la respuesta de este fue bien dura: no daría nada hasta que se publicara la biografía de Ribadeneira. Este último amaba el trabajo, pero escribió su obra solo después de que se retiraran todas las copias de la Autobiografía. Lleno de seguridad en su biografía le confió a Nadal que Ignacio se había equivocado en algunos puntos de su propia vida.

Eso demuestra que se procuró retirar de circulación todas las vidas, en especial la Autobiografía, antes de publicarse la biografía de Ribadeneira, que había de ser normativa, es decir, única y auténtica para los que quisieran conocer el devenir de Ignacio. Los opositores a esta medida se lanzaron a escribir acerca de los errores allí presentes, en realidad una multitud de «censuras». Estas enmiendas no se corrigieron en ediciones posteriores. No se trataba solo de discrepancias en la narración o falta de coincidencia cronológica por desmemoria de Ignacio (así lo creía Ribadeneira). La oposición interna causó heridas mal curadas durante muchos años, y así, en 1584, la Congregación Provincial de Castilla pidió al general Aquaviva que se publicara la Autobiografía. La respuesta de este fue negativa. Significativamente, el padre Astrain comenta ese hecho a favor de la prudencia de Aquaviva, puesto que se quería canonizar a Ignacio y la Autobiografía podía traer problemas. Desde luego, se refería a los pecados de juventud. Pero lo cierto es que Ribadeneira y Maffei recogen algunos de ellos; por eso el ex jesuita Mir y otros han intentado buscar razones de más calado. Piensa Mir que «hubo de ser parte de aquella disciplina arcani que se entabló en la manera de obrar de la Compañía desde los primeros días de su existencia». Esta disciplina arcani dio lugar a muchas equivocaciones, como que el Instituto de la Compañía había sido solo cosa de Ignacio; que lo sustancial había sido revelado por Dios en éxtasis sobrenaturales; que el Instituto era inviolable, irreformable e intangible; que las Constituciones habían sido escritas de puño y letra del fundador —se habló en la II Congregación General de un manuscrito ejemplar de Ignacio—; etcétera.

El problema no eran ni los pecados de juventud ni los cimientos originales de la Compañía, sino sus inicios espirituales: en concreto, el alumbradismo. Quienes primero criticaron a Ignacio fueron algunos testigos cercanos de las vicisitudes que este había atravesado por causa de las autoridades eclesiásticas. Podemos mencionar al agustino fray Agustín Mainardi, quien en 1538 repitió una y otra vez que Ignacio era hereje; que había sido condenado reiteradamente en España, en Francia, en Italia; que venía huyendo de las hogueras inquisitoriales y que sembraba por doquier sus errores y perversidades. Incluso hubo críticas entre las propias filas de Ignacio. En 1543, el padre Bobadilla se quejó del modo que tenía Ignacio de gobernar la Compañía y hasta de su mal carácter. En virtud de su rebeldía, rechazo e independencia, Bobadila fue un «opositor» y, con su actitud, fue ahormando la mala imagen de Ignacio. Tras la muerte de este en 1556, Bobadilla dijo al Papa que los jesuitas habían perdido un ídolo y, con absoluto desconocimiento del trasfondo, aseguró que Ignacio gobernaba la Compañía tiránicamente; más aún, le llamó «sophistam malignum, adulationibus delinitum vizcainum» (sofista maligno, vizcaíno adornado de adulaciones). Una vez muerto Ignacio, la inopinada intervención del Papa en la Congregación General obedeció a las intrigas de los padres Poncio Cogordan, Nicolás Bobadilla y otros descontentos.

Ignacio había nacido en Azpeitia, en la provincia de Guipúzcoa, la cual, a juicio de Nadal, era una de las más españolas y, por ende, de las más católicas. Un paisano suyo, el padre Antonio de Araoz, dirá, corrigiendo la célebre biografía de Ribadeneira, que era hijo del señor de Oñaz, «la más antigua casa de España y sola de su nombre». También Araoz refirió que Ignacio, siendo vasco, hablaba «español puro», si bien es verdad, como también reconoce Ribadeneira, que no tenía mucha facilidad de palabra ni era muy elocuente. Puede que hablara algo de eusquera y sin duda lo entendía, aunque no hay constancia de que lo escribiera. Durante su vida hizo clara manifestación de lealtad y servicio a los reyes de Castilla. Sirvió a los Reyes Católicos y a su hija Juana, fue soldado de Carlos V, luchó contra comuneros y franceses, soñó siempre con recuperar el Santo Sepulcro y compartió todos los ideales políticos y religiosos de los españoles de entonces. Ya general de la nueva Orden, colaboró con el emperador en la reforma de la Iglesia y estuvo al servicio de los españoles en Roma. Los procesos incoados para su beatificación y posterior canonización ponen de relieve su condición de español, en concreto de castellano. En el siglo XVI hubo importantes hombres de apellido Loyola que ostentaron cargos de gran responsabilidad gubernamental en América y Castilla. Algunos llegaron a ser caballeros de hábito, sobre todo gracias a la unión en 1555 de don Juan de Borja, hijo de Francisco de Borja, con Magdalena de Loyola, sobrina de Ignacio. También hubo importantes religiosos, como Martín Ignacio de Loyola, obispo de Asunción. Y en el siglo XVII algunos llegaron incluso a ser consejeros reales y otros a estar al servicio de la corte, como Blasco de Loyola, secretario del Consejo de Guerra y miembro del Consejo de Indias, o Beatriz de Araoz y Loyola, ama de la reina en 1659. Pero esta situación, en una escala algo menor, también se había dado en el siglo XV. No podemos decir que el curso vital y la influencia de Ignacio marcaran de manera incuestionable el destino de su familia en lo relativo al servicio de la Monarquía ni a la recompensa de los reyes. Ese servicio se ofreció antes de él y continuó después, en cierto modo al margen de su actividad. Lo que marcó el destino de los Loyola fue su unión política y sacramental con los Borja. Todavía no está claro si fue por decisión de Borja, de Ignacio o de los dos, pero el hijo del primero y la sobrina del segundo se desposaron, despertando el recelo de casi todos los nobles y marcando el destino de la Compañía.

En esa centuria, Ignacio se convirtió en un personaje de nueva significación histórica con el nombre de Ignacio de Loyola, el Maestro Ignacio, primer Prepósito General de la Compañía de Jesús. Fue dueño de su propio destino al transformar él mismo su nombre de Íñigo a Ignacio. Ese cambio se llevó a cabo a través de un proceso transformador tan acendrado como vertiginoso de autodefinición personal y colectiva, en el que intervinieron diversas personas, especialmente jesuitas, para purificar su imagen.

Muchos hicieron críticas personales a Ignacio, como Melchor Cano, Tomás de Villanueva, Alfonso de Castro, Martínez Silíceo, Bernardo de Fresneda y Tomás Pedroche, entre otros. Entre sus contemporáneos, uno de los que le criticaron con más dureza fue el calvinista Teodoro Beza, que lo clasificó entre los «temibles monstruos». Los protestantes insistieron sobre todo en que había sido paje y soldado, y en que el nombre de Compañía tiene sentido militar; pero eso no fue lo peor para Ignacio. Los ataques más importantes vinieron del famoso teólogo dominico Melchor Cano, a quien, en cartas secretas y cifradas, los jesuitas llamaban «el que ladra» en alusión a su apellido. Curiosamente, apenas hay documentación entre los dominicos sobre Ignacio; conocemos la lucha personal entre aquellos dos gigantes, en su mayor parte, gracias a la historiografía jesuítica. El dominico fue dando pasos hasta que en 1554 declaró públicamente que la Compañía era «la Orden de los Alumbrados» y que con los Ejercicios «estragarán la simplicidad y cristiandad de España». Fue la primera contrabiografía de Ignacio, desmitificando la biografía de historia sagrada que se estaba escribiendo en vida de este.

Cano siguió de cerca los avatares de Íñigo y les dio cierta difusión entre sus conocidos y amigos; a uno de ellos le escribió: «De Íñigo sé cierto que se fue huyendo de España y le habían comenzado a hacer procesos cuando a los alumbrados. Y es que Cano no estaba contento con él, se sentía desilusionado, engañado, pues juzgaba a Íñigo el destructor de España y de la Iglesia. Se produjo un duelo que testigos privilegiados interpretaron como un enfrentamiento entre el bien y el mal, o entre el santo y el demonio, dependiendo de qué lado se situara cada cual. Cano desprestigiaba a Ignacio porque no hacía milagros cuando todos le consideraban un santo en vida. En eso iba conforme con toda la primera generación de jesuitas que trató a Ignacio. El mismo padre Ribadeneira, que hubiera dado cualquier cosa por poder decir lo contrario, escribió, cuarenta años después de la muerte del fundador de la Compañía, que Dios «no había querido ilustrar a san Ignacio con la gloria de los milagros». También Cano afirmó que a «esta Orden se llega gente ambiciosa, a saber, judíos o vizcaínos, los cuales en este orden se han hecho amigos», haciendo referencia a los muchos cristianos nuevos que se hicieron jesuitas.

Lo que en este libro propongo es la biografía de un hombre concreto que compaginaba el rigor de lo antiguo con la audacia de lo moderno, lo corriente con lo genial, lo común con lo subjetivo; que toda su vida fue un mediador, un puente entre dos extremos, un reconciliador de hombres enfrentados, matrimonios desavenidos, enemigos mortales, ideas contrapuestas, doctrinas sospechosas y creencias imposibles; un fabuloso equilibrista de las difíciles convivencias. Intentó combinar ideas porque comprendió que el mundo es a la vez lógico y absurdo. Tanto valor daba a la experiencia que de ella extrajo un modelo universal, pues sabía que en todo espíritu humano pugna en combate eterno lo que somos y tenemos contra lo que aspiramos a ser y tener, mientras nos fatigamos por el camino en un movimiento pendular entre la alegría y la tristeza, la felicidad y la infelicidad. Como vivió a caballo entre el Renacimiento y el Barroco, los que trataron de conmensurar su imitabilidad no encontraron santos de referencia, así que sublimaron todas sus virtudes parangonándolo directamente con Jesucristo, para que, como escribió su biógrafo Ribadeneira, «los nuestros tengan siempre delante un dechado perfectísimo, de donde puedan sacar las muestras de todas las virtudes». Reconozco que hubo algo genial en él: su capacidad para negociar, interceder y mediar.

Recuperar al Ignacio histórico, liberado de las muchas capas que cubren su verdadera figura, es un gran reto. Es el momento de acudir a las fuentes, a su lugar de origen, a su familia; de interrogar a las personas que conoció y que influyeron en él; de encuadrarlo en un contexto histórico concreto, lejos de proyecciones oscuras o áureas; en definitiva, de reconstruir su biografía paso a paso y así mostrar no al santo que habría de ser, sino al hombre que fue. Mi propuesta es una vía media, no la áurea ni la negra, ni la historicista esclava del documento. Estoy convencido de que este hombre fue una persona concreta que quería ante todo —y aquí está su secreto— ser un mediador con una fuerte determinación.

No voy a desvestir un santo. Para mí, lo más fácil sería deconstruir la santidad de Ignacio y construir una imagen a ras del suelo. Mi propósito es alzarme y mirar por encima de su figura para comprender las contradicciones entre sus limitaciones y sus logros, superar la sobredimensión político-mediática que ha tenido y sigue teniendo el personaje. Por eso recorro la realidad del personaje, visito los lugares por donde él anduvo, trato en cordial intimidad con las personas que le conocieron. De ese modo evito idealizar al santo, para capturar en cambio su carisma. Su realidad estriba en su extraordinaria personalidad, su condición de equilibrista entre los distintos retos a los que tuvo que hacer frente. Quería ser simplemente un mediador —ese era el fin—, acaso porque comprendió en lo más hondo la omnipotente razón del amor, que Dios es Dios y el hombre es criatura, que todo dependía del «amor verdadero».

Fue mediador por naturaleza, un mediador entre todos y todas las cosas, entre la multitud de opciones político-religiosas que entonces se dieron. Tenía una capacidad elástica para conciliar opiniones y ganar personas. Esta forma de ser se trasladó incluso a su nombre, pues en realidad se llamaba Íñigo; cuando ya tenía nueva vida, cambió su nombre por el de Ignacio, y con este pasó a la historia. Cada uno de los que escribieron sobre él destaca un aspecto de su vida. Unos a favor, otros en contra. Los primeros trataron de poner de relieve un modelo de conducta como santo; los segundos, lo que no había de imitarse por hereje. Cada uno aportó su granito de arena, hasta cubrirlo bajo una montaña. Ahora se hace difícil rescatarle. Y yo mismo debo ponerme en la situación de Ignacio, siguiendo su propia ejemplaridad, a fin de proceder como mediador. No solo debo ser mediador entre las figuras contrapuestas que han escrito sobre él con jesuitismo y antijesuitismo, sino que, como si yo fuera un espejo para Ignacio, debo mediar entre la imagen que emerge de la época pasada y la presente del lector. Me pongo en su papel y, a través de este libro, me sitúo como mediador entre el Ignacio «mediador» que propugno y los lectores —entre los cuales también me encuentro yo como espectador—. En estas páginas hago de intermediario entre los que buscan en lo secreto y escondido a un español eminente que sirva de ejemplo, y los que leen y espigan las páginas para encontrar al de siempre: el santo, el fundador, el místico, el hombre extraordinario capaz de reclutar ejércitos y capitanear la Contrarreforma como alternativa a la Inquisición. Por ser yo mediador más que narrador de lo que he visto, he optado por llamarle Íñigo cuando se lo conocía por ese nombre, e Ignacio cuando él mismo se lo cambió. Y algo similar debo decir de la historiografía: como historiador no puedo dar valor absoluto a documentos muy posteriores a la fecha de realización, ni menos a la Autobiografía, que en realidad es una pobre hija mancillada y mutilada por los que se vieron en la obligación de darla a conocer para preservar la «santidad» y ejemplaridad pública de Ignacio como la esencia del genio español. (De ahí que incluso Cervantes la utilizara como modelo para escribir el Quijote; para don Miguel, la ejemplaridad fue una obsesión).

Trazo el recorrido vital del personaje en nueve capítulos, que corresponden a distintos momentos significativos de su vida: su origen; su etapa de formación como clérigo y soldado; su peregrinaje a Tierra Santa; sus estudios en París; su actividad en España e Italia; la fundación de la Compañía de Jesús; los hombres y mujeres que trató; la consolidación de la Compañía y su muerte. No he recorrido solo ese camino; me han acompañado personas con las que estoy en deuda. En primer lugar, Javier Gomá y Lucía Franco de la Fundación Juan March, y el admirado profesor Ricardo García Cárcel, que con gran confianza me lanzaron el reto de escribir esta biografía. Muchos compañeros y amigos me han apoyado en algún momento con sus sugerencias, entre ellos José Escalera —que conoce bien mis pesquisas ignacianas—, Hugo O’Donnell, Miguel Ángel Ladero, Manuel Revuelta, Fernando García de Cortázar, John O’Malley, María del Pilar Ryan, Miguel Ángel de Bunes, Emilio Callado, Borja Medina, Doris Moreno, Bernart Hernández, Rosa Alabrús, José Luis Betrán, Javier Burrieza, Antonio Rodríguez, Patrick Williams, Declan M. Downey, José Luis Rodríguez de Diego, Isabel Aguirre, Carlos Alonso, Óscar Recio Morales, Pablo Ortego, Jodi Bilinkoff, Davide Maffi, Paola Vismara, Baltasar Cuart, Josep Ignasi Saranyana, Ángel Alloza, Manuel Gracia Rivas, Fabrice Queró, Fernández Izquierdo, Natalia Rodríguez… La lista sería muy larga. Inés Vergara, de la editorial Taurus, ha seguido con gran paciencia los resultados de este libro. También Ana, Paula y Clara, que no han dejado de verme en casa con Ignacio, como si formara parte de la familia, quitándoles tiempo a ellas para dárselo a él. Gracias a todos por vuestra comprensión y generosidad.

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EL VASCO DE LOYOLA

NACIMIENTO DE ÍÑIGO

El origen de Íñigo se remonta al matrimonio de Beltrán Yáñez de Loyola con doña Marina Sáenz de Licona. Fue descendiente de uno de los Parientes Mayores (cabeza de sus parientes) de Guipúzcoa, que estaban integrados por dos bandos: por un lado, los Loyola, Oñaz y Lazcano, conocidos como oñacinos, bajo bandera del duque de Nájera, don Antonio Manrique de Lara; y, por el otro, los Gamboa, designados como gamboinos, liderados por el señor de Olaso y bajo la protección del condestable de Castilla, don Íñigo Fernández de Velasco. Las disputas internas entre bandos de Navarra arrancan con la discordia entre el rey consorte Juan II y su hijo el príncipe de Viana, heredero legítimo del reino. Los agramonteses eran partidarios del rey; los beaumonteses, del príncipe. Una vez dirimido el pleito dinástico, las tensiones continuaron al incorporarse el reino a la corona de Castilla. La misma conquista del reino tuvo un carácter banderizo. Se conformaron dos bandos con desarrollo bélico propio, no ajeno a asesinatos y venganzas de todo tipo. No eran grupos estables, pues corrían tiempos de cambios. En los confines de Navarra y Guipúzcoa coexistían dos partidos antagónicos: los Garro-Ezpeleta, apoyados por los de Agramont y Gamboa; y los de Lizaratzu-Beaumont, dirigidos por los Lukuze y Oñaz. Las rivalidades comportaban bandolerismo y robo de ganados; las facciones estaban en la «frontera de los malhechores». Eran años oscuros, de violencias y odios, miseria moral y pobreza espiritual, pero se avanzaba hacia una reforma tanto interior como exterior.

Íñigo López de Loyola fue el último de los trece hijos de los Loyola. Si damos crédito a la cronología jesuítica sobre la familia, nació 24 años después del primogénito. Su madre debía de ser bastante mayor al dar a luz; de hecho, muchos se maravillaron al verla embarazada, según manifestó el ama de cría en el proceso de beatificación. Como perdió muy pronto a su madre, Íñigo buscó cariño y consuelo en su cuñada Magdalena de Araoz.

Se observa una constante en su familia: un empeño decidido al servicio real y a ejercer el oficio de las armas y las letras (capitanes, soldados, escribanos, bachilleres y sacerdotes). Íñigo fue una pieza más del engranaje familiar, cuya función era consolidar la orgullosa estirpe de la casa de Loyola en la provincia de Guipúzcoa, para lo cual se necesitaba de la protección de un gran señor como era el duque de Nájera, obsesionado con su propia ambición.

Íñigo nació probablemente en 1491, año en que también irrumpieron en la Historia importantes personajes con los que se relacionó más tarde o de los que tuvo noticias. Mencionemos a los humanistas Martín Azpilcueta, Ginés de Sepúlveda, Juan de Valdés y Luis de Lucena, al reformador Martín Bucer, al explorador Jacobo Cartier, y al rey Enrique VIII. En España había importantes tensiones religiosas. Ese año se quemó a judíos y conversos acusados del asesinato ritual del Santo Niño de la Guardia, en Toledo. En la esfera política, lo más significativo fue el sitio a la ciudad de Granada ordenado por los Reyes Católicos. La Edad Media daba paso a la Edad Moderna, e Íñigo fue no solo testigo sino actor de ese importante cambio, que en España significaría el paso traumático de los Reyes Católicos al Imperio carolino.

Aquel «probablemente» acerca de la fecha de nacimiento de Íñigo es más significativo de lo que parece: sabemos tan poco de su vida que incluso desconocemos la fecha exacta de su origen. En su Autobiografía confiesa que al dictarla tiene sesenta y dos años, así que no ocultaba su edad. Pero apenas habló de su vida familiar, nunca hizo referencia a su madre —algo en verdad sorprendente— ni mencionó el lugar exacto de su nacimiento; todo ello provocó serias dudas acerca de su familia. Asombrosamente, tampoco en los documentos familiares abundan las referencias a él. En ninguno de los pocos testamentos que se conservan de su familia hay una evocación directa de su persona, excepción hecha del de su hermano Martín, en cuya relación de bienes se menciona su renuncia a la legítima; pero eso es todo. Llama la atención que, por ejemplo, no aparezca ni siquiera su nombre en los testamentos de sus hermanos Juan Pérez de Loyola, Ochoa Pérez de Loyola y Martín Oñaz de Loyola, pese a que estos sí mencionan a otros hermanos (si bien es cierto que no a todos).

Íñigo era un nombre bastante común en aquella época, aunque también lo era Ignacio, nombre que este adoptó en 1531; alternó los dos hasta 1546, año en que se decantó por el último. Aunque, contra lo que comúnmente se piensa, se trata de dos nombres distintos, es probable que él mismo creyera que Ignacio era la versión latina de Íñigo. Sus padres le dieron el nombre completo de Íñigo López de Loyola, pero en los primeros documentos oficiales que manejamos (1503, 1509 y 1510) se le conoce simplemente como «Loyola». Le bautizó el rector de la iglesia de San Sebastián en Loyola, don Juan de Zabala.

Nació bajo el signo de la guerra: en enero de 1491 se cursó llamamiento a la provincia para que, en marzo, las huestes guipuzcoanas estuvieran en Granada, dispuestas a liberar el reino nazarí. Unos 700 lugareños se allegaron a la zona de combate. Años antes también habían acudido tropas, pero nunca tantos hombres a un tiempo. Estaban decididos a participar en la conquista. El año anterior, en febrero de 1490, dos capitanes guipuzcoanos del bando oñacino (Arriarán y Lazcano) habían formado parte de la armada que debía bloquear el Estrecho. No es extraño, pues, que los familiares de Íñigo, también oñacinos, fueran a Andalucía. Una de las primeras cosas que vio Íñigo en su casa-torre fue una nave pintada en la pared. Era una nao, señal de la vocación marinera de la familia como armadores y capitanes de naos al servicio de la Corona. En 1486 Nebrija había publicado en Salamanca el libro Carmina et epigrammata en alabanza del príncipe don Juan, de quien se decía que sería gobernador de un imperio. La profecía no se cumplió, pero todos la creyeron mientras vivió el príncipe.

Una decisión político-religiosa de irreparables consecuencias afectó el entorno inmediato de Íñigo: la expulsión de los judíos en 1492. En Navarra quedaron algunas juderías que tenían lazos con Guipúzcoa. Por otro lado, muchos judíos conversos permanecieron en la corte de los Reyes Católicos como élite de poder. Íñigo se instruiría con algunos de los conversos que servían a los Loyola. En 1497, con seis años, fue testigo de las estrictas normas que debían seguirse sobre los lutos en Azpeitia, a fin de evitar llantos exagerados y alborotos.

A finales de esa centuria el obispo de Pamplona, de quien dependía el clero guipuzcoano, reunió el sínodo diocesano que regulaba el comportamiento del clero y otras medidas disciplinares y de jurisdicción. Los Loyola lo siguieron con sumo interés, dado su patronazgo. El padre de Íñigo disputaba con el concejo sobre el derecho de presentación, y aprovechó el nacimiento de su hijo menor para no tener que acudir a un solar distinto con el fin de nombrar rectores o beneficiados. Una solución prudente fue tonsurar al joven Íñigo, y esta es la razón de que le hicieran clérigo a su corta edad. El límite eran entonces los siete años; por tanto, fue tonsurado en 1498. De acuerdo con una de las medidas del sínodo, quienes quisieran ser clérigos y disfrutar de fuero eclesiástico debían matricular su nombre ante el vicario general y pagar algunos reales; luego comenzarían a gozar de la «libertad eclesiástica». El padre de Íñigo pidió que se promulgaran esas disposiciones en Azpeitia. El nombre de su hijo Íñigo no aparece en el libro de registros, porque fue hecho clérigo en 1498, cuando todavía no estaba vigente la norma[1]. Íñigo fue plenamente consciente de que era clérigo de la diócesis de Pamplona, y así lo hizo constar oficialmente en 1515 en Azpeitia, en 1523 en Roma y en 1528 en París. Conocía muy bien sus derechos. Una gran ventaja era que gozaba de privilegio en las causas criminales, y en 1515 haría uso de él. El Concilio de Trento limitó los abusos de esa práctica y dispuso que solo pudieran disfrutar de privilegio los clérigos con beneficio eclesiástico, que además debían llevar hábito clerical y tonsura. Era habitual que los clérigos simples tonsurados llevaran armas; de ahí que Íñigo comenzara a portarlas desde muy joven. Sin embargo, en 1526 el emperador ordenó que no lo hicieran si querían disfrutar de su fuero, aunque entonces fue frecuente que pidieran permiso para portarlas. De cualquier manera, parece que portar armas era una costumbre centenaria entre los clérigos de la familia Loyola: en 1597, Fermín de Loyola, que había obtenido un beneficio en la parroquia de Azpeitia, presentado por la casa de Loyola, solía llevar armas, e incluso en 1601 intentó dar muerte «con armas ofensivas» a Francisco de Ariza, receptor de las audiencias eclesiásticas. El fiscal hubo de actuar contra él «por ser desordenado, de salir de noche con espada y rodela y de jugar naipes con exceso, armando querellas, en una de las cuales arremetió contra Francisco de Ariza con un candelero». Pese a todo, Fermín llegó a ostentar la rectoría de la parroquia de Azpeitia[2].

En esos primeros años su padre, «cuya es la casa y solar de Loyola» —según rezan los documentos oficiales—, alcanzaba amparo del Consejo Real sobre ciertos bienes que tenía deslindados en Azpeitia, pues temía que se los pudieran usurpar; de allí en adelante, el corregidor debía protegerle en la posesión de los mismos por orden real. El solar se fue fortaleciendo y se consolidaron nuevas redes de poder a través de una mayor presencia de la familia en los círculos cortesanos[3]. En 1498, el año en que Íñigo fue tonsurado, llegaron a Azpeitia las primeras clarisas. En la ermita de San Pedro de Elormendi tuvo lugar la profesión de la beata Isabel de Francia, que gozó de cierta fama de santidad en vida. Posiblemente se conocieron.

En 1499 se celebraron Cortes en Ocaña, con el fin de jurar al príncipe heredero Miguel y acatar las disposiciones testamentarias de Isabel la Católica. Hubo pocos nobles, porque en general se oponían al gobierno personal de Fernando y al hegemonismo aragonés. Entre los escasos presentes estuvo el conde de Treviño, Antonio Manrique, heredero del I duque de Nájera. Este no asistió por su oposición y enemistad personal con el rey Fernando. Hubo desde entonces grandes tensiones entre padre e hijo, que finalmente se resolvieron en la campaña de Navarra de 1512. Los Loyola, dependientes de los Manrique de Lara, observaban con suma atención esas luchas familiares, además de analizar con detalle la política de Castilla respecto a Navarra.

El padre de Íñigo tenía puesta la mirada en su solar y estaba decidido a defender los intereses de su familia, empezando por los de su difunto primogénito. Tras la muerte de este último, quizá cansado y sintiéndose impotente, el padre delegó la verdadera defensa del solar a su hijo Martín. De hecho, llegó un momento en que, en un impresionante gesto de desprecio por los bienes de este mundo, cedió a Martín sus posesiones y puso en sus manos la gobernación del solar. El principal objetivo de Martín fue formar el mayorazgo; el duque de Nájera le ayudaría a conseguirlo. Para ello hubo de esperar hasta 1518, cuando Íñigo llevaba ya algún tiempo al servicio de este último como «gentilhombre». Tanto el padre como los hermanos de Íñigo estaban sumergidos en la vida religiosa de Azpeitia como patrones de San Sebastián y de las ermitas de los alrededores. En 1499, su padre hizo que se publicaran las disposiciones sinodales de Pamplona adoptadas un año antes en presencia del clero y de muchos vecinos de la villa. En 1501 los decretos se publicaron en letras de molde en Pamplona[4].

Se conserva una petición dirigida al corregidor de Guipúzcoa para que actuara en un asunto delicado. En la iglesia parroquial, los domingos y días de fiesta se sucedían molestas discusiones a propósito del orden que se debía guardar en las ofrendas; no era una mera cuestión litúrgica, sino un problema económico de fondo. El señor de Loyola pidió intervenir para acabar de una vez por todas con el asunto.

No extraña, pues, que Martín pusiera, en justa reciprocidad, toda su confianza en su padre. Así, a finales de ese año firmó un poder universal en Burgos para que su padre le representara legalmente. Lo más interesante era que firmaba el poder en presencia de un testigo importante: el secretario del duque de Nájera, Pedro Ruiz de Mucharas. Esto nos muestra la protección del duque y la dependencia de Martín[5]. Fue en Burgos porque allí ostentaba el duque el gobierno de la fortaleza de la ciudad, y seguramente allí le servía Martín.

En el verano de 1502 Martín, como heredero del solar, fue condenado por la Chancillería a un destierro de un año y al pago de seis mil maravedís por los contenciosos que mantenía su padre con el concejo de la villa sobre el patronato de la iglesia de San Sebastián. No se le impuso la pena por causa del litigio sino porque Martín, en defensa de su solar y acaso herido en su orgullo, con un gesto más medieval que moderno

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