1
El cerdo
Un buen día, cuando volví a casa, el cerdo ya no estaba.
Había tenido muy buena relación con él. Le dedicaba mi atención y mi cariño porque lo veía muy solo.
—¡¿Dónde está el cerdo?! —pregunté angustiada, gritando desde la entrada.
—¡Déjame, que estoy ocupada! Se lo habrán llevado —me dijo mi madre, ensimismada en sus labores—. Lo habrán vendido.
Luego empecé a ver mucha longaniza, mucha morcilla… y me di cuenta de que me estaba comiendo el cerdo al que tanto apreciaba.
Mi madre, Salvadora, fue un ama de casa extraordinaria. Era obsesión lo que tenía con la limpieza. Hasta el punto de que ella caminaba por la casa con bayetas en los pies. Lo tenía todo como los chorros del oro, se podía comer en el suelo. Yo llegaba limpiándome los pies desde varias calles antes, porque como le dejara una marca en alguna baldosa…
—¡¡Maríaaa!!
Eso significaba que algo no le había gustado… Si me decía «Marita», la cosa estaba bien, pero cuando me gritaba «¡María!», yo pensaba: «Algo he hecho».
Vivíamos en un pueblo de Murcia, Totana. La casa donde viví hasta los diez años era enorme, pero mi abuela y mi tía abuela la dividieron para que nos instaláramos en una parte mi tío Andrés, un hijo de mi tía abuela, primo hermano de mi madre, y, en la otra, mi madre, mi padre, mi hermano y yo. Nosotros ocupábamos todas las habitaciones de un lado, y mi tío Andrés con su mujer, Juana, y sus dos hijos, justo las del lado opuesto. Para mí, mis tíos eran como mis segundos padres. Cuando las cosas se ponían feas en casa con mi madre —si me tiraba un zapato o intentaba pegarme—, yo cruzaba a casa de mi tía. La adoraba: me protegía, me escondía y en su abrazo siempre encontraba refugio.
Recuerdo que para subir a nuestra cocina había dos escaloncitos. A mí me gustaba sentarme allí y estar con mi madre mientras cocinaba, porque se le daba muy bien. La miraba cuando creía que no se daba cuenta. Hacía un arroz con leche buenísimo y también le salía muy rico el flan chino mandarín de vainilla. Ella dejaba que se quedara pegado un poco de flan en el molde porque a mí me encantaba repelarlo. Yo estaba ahí siempre para «repelar», como dicen en mi tierra, para repelar lo que hiciera falta.
Al lado de esa cocina habían hecho como una despensa con una bóveda toda pintada de blanco, con la temperatura ideal para conservar los alimentos. Un día, no sé qué perrería haría yo, mi madre me encerró allí. Había azúcar y ColaCao. Los mezclé y me los comí a cucharadas. Al principio, se deshacía en la boca con un cosquilleo seco, pero luego se volvía una pasta espesa y pegajosa que costaba tragar sin agua. Me di tal atracón que creo que no he vuelto a probar el ColaCao en mi vida. Me puse malísima. Cuando mi madre me sacó se asustó muchísimo. Me gustó, fue como comer arena de playa crujiente y dulce, aunque también lo hice por fastidiar.
—¡Ay, que se va a morir! ¡Hay que llevarla al médico!
Me acordaré siempre.
Mi madre tenía mucha obsesión con la muerte. Creía, cuando le pasaba cualquier cosa, que se moría. A mí me lo transmitió durante una época. Constantemente me pedía que le tomara el pulso o que le diera las gotas para el corazón. Aunque, en realidad, no tenía nada en el corazón. Tomaba unas gotas para la tensión, pero quién sabe qué le habría contado el médico, porque ella estaba convencida de que eran para el corazón…
—¡Las gotas del corazón!
Y yo iba corriendo. Era beberse las gotas y, milagro, ya estaba bien. Pura sugestión.
Esas cosas se te contagian. Ella me decía: «Tómame el pulso. Si tengo más de setenta pulsaciones, malo». Claro, yo luego corría por el jardín del colegio y me ponía a ciento y pico, y creía que estaba muriéndome. Pasé una temporada aterrada con ese tema, desde los diez u once años hasta que me fui a Madrid con dieciocho. Y yo que no paraba: bailaba, trotaba, saltaba…, iba siempre con miedo. Tuve bastantes ataques de ansiedad por lo que mi madre me había dicho de las pulsaciones. Con el tiempo lo fui venciendo. Un día me dio una taquicardia enorme, tendría unos diecinueve o veinte años, ya estaba en Madrid. No me entraba el aire; creía que me moría, pero no me pasó nada y pensé: «¿Qué necesidad tengo yo de estar siempre preocupada y pasarlo tan mal?».
En cualquier caso, se me quitaron mucho esas manías cuando llegué a Madrid. Diría que, un buen día, tomé la decisión de no asustarme. Creo que yo sola me hice mi propia terapia. En aquel momento sentí que, por primera vez, empezaba realmente mi vida, con mis propios miedos y preocupaciones, no con los de mi madre. Era como si, al fin, respirara por mí misma. Y funcionó.
Mi hermano Salvador y yo éramos los niños más limpios del colegio: las camisas más blancas, los zapatos más relucientes, los mejor peinados. Sin embargo, mi madre no era nada cariñosa. En aquellos años nunca me dio un beso. De mayor sí, pero para entonces yo prácticamente ya no lo necesitaba, al menos no de la misma manera. Tampoco la escuché nunca decir «te quiero». Ni siquiera a mi padre.
Me cuesta trabajo escribir acerca de esto porque mi padre, Andrés, ha sido el amor de mi vida. Ha sido el hombre que más me ha respetado, apoyado y valorado en todos los sentidos. No creo que nadie pudiera siquiera acercarse al amor que mi padre sintió por mí. Era un amor incondicional, profundo y puro, de esos que se sienten más allá de las palabras y se sostienen incluso en el silencio.
Mi madre era una mujer muy celosa con mi padre. Y cuando en la cabeza se te meten manías absurdas y empiezas a ver cosas donde no las hay, inevitablemente comienzas a comportarte de forma injusta con la persona con la que convives. Como es natural, esa persona deja de estar bien contigo porque tú misma, con tu actitud, la vas alejando.
En muchas ocasiones, tanto hombres como mujeres, arrastrados por actitudes y comportamientos celosos —casi siempre nacidos de la inseguridad personal y la falta de confianza en la pareja—, van creando sin darse cuenta un ambiente cada vez más difícil de soportar. Esto hace que la persona con la que conviven termine cansándose, agotándose y, poco a poco, se distancie emocionalmente sin que haya vuelta atrás.
Muchos años después, yo misma viviría esa situación con mi marido. Mi madre quiso mucho a mi padre, pero no supo querer bien. Y a mi marido le pasó lo mismo. Estoy convencida de que la pareja que más me ha querido en toda mi vida fue él.
Pero nunca aprendió cómo.
A mi padre jamás le vi discutir con nadie. Él se metía en su pequeño taller, en la parte alta de la casa, donde arreglaba sus radios, y, por su carácter amable y empático, evitaba los conflictos. En todos mis años de vida, solo recuerdo que le levantara el tono de voz a mi madre una vez, porque ya no podía aguantarla más. Mi padre era el primero que se daba cuenta de que mi madre estaba enferma, que se obsesionaba con cosas que no eran lógicas, que había algo en ella que no funcionaba bien. No podía saludar a ninguna mujer, ni siquiera tener algo más que una escueta cortesía con cualquiera de las vecinas… Era guapísimo y el hombre más fiel del mundo, pero mi madre vivía convencida de que él mantenía relaciones con otras mujeres.
A pesar de todo, mi madre fue muy buena persona, y, como ya he explicado, muy trabajadora. De hecho, muchas de las cosas que consiguió mi padre fueron gracias a su ayuda, porque a él no le gustaban los negocios y, sin embargo, ella manejaba muy bien el dinero asegurándose de que todo funcionara y prosperara.
Mi padre comenzó trabajando en un molino. Luego pasó a ser confitero. Preparaba peladillas, bolitas de coco y garrapiñadas deliciosas. Entonces todo se hacía a mano. Sabía equilibrar muy bien los sabores y elaboraba con esmero piezas llenas de detalles. Era un verdadero artista. Llegó a ser tan imprescindible en la confitería que le acabaron ofreciendo, además de su sueldo, una comisión por su trabajo.
La confitería para la que trabajaba era sensacional y tenía muchísimos clientes. Un día, de pronto, se puso muy enfermo, le entró un dolor agudo en el pecho. Pensaron que podría haber sufrido una angina de pecho, pero finalmente resultó ser un problema postural, porque batía el merengue a punto de nieve a mano, durante horas, apoyando el robusto mortero de metal en su costado, justo a la altura de las costillas.
Esa fue una de las razones que lo llevaron a dejar la confitería y, en lugar de seguir trabajando en su pequeño taller casero, decidió que era el momento de abrir su propio establecimiento. Durante unos años estudió por correspondencia para ser técnico en electrónica. Recibía los manuales, los diagramas técnicos y las hojas de ejercicios que debía completar y entregar por correo; después esperaba pacientemente la corrección y las indicaciones para continuar con su formación a distancia.
Yo tendría unos nueve o diez años cuando mi padre puso la tienda de electrodomésticos. El negocio comenzó a funcionar muy bien y fue entonces cuando mis padres compraron una casa en el centro del pueblo, en la calle Mayor número 1, al lado de la iglesia y del ayuntamiento. Así pues, dejamos nuestra casa en la calle Romero para mudarnos a una mucho más grande.
Mi madre siempre tuvo aspiraciones materialistas y un profundo anhelo de ascenso social que, de alguna manera, se vio cumplido con aquella «casa de señoritos».
Desde los diez años, y prácticamente hasta que se casó, mi madre había trabajado como empleada del servicio doméstico en casas como la que tenía ahora. Así que esa casa significaba mucho para ella, lo sé. Era una conquista, una manera de revertir su propia historia. Nunca quiso hablar de sus experiencias como «mujer de la limpieza», como se decía entonces, aguantando exigencias y todo tipo de agravios, desaires y desconsideraciones. Siempre prefirió ocultarlo. De aquella época le quedó la costumbre de tener la casa siempre impecable, perfecta, como se lo habían exigido en aquellos lugares donde trabajó.
A mí, sin embargo, la nueva casa nunca me gustó, con sus tres plantas, su bodega, su amplia cocina… me resultaba tremendamente fría y lo cierto es que allí nunca fui feliz.
Mi madre tenía lo que en esos tiempos se entendía como «un problema de nervios», una manera eufemística que todos usaban para referirse a diferentes condiciones de salud mental que, por la falta de herramientas médicas o por tabú, no se diagnosticaban ni afrontaban adecuadamente.
Me acuerdo como si fuera ahora mismo: se puso muy malita, como si se apagara; no quería salir de la cama, todo el día llorando. Mi padre tuvo que hacerse cargo de la casa, de mi hermano y de mí, porque éramos muy pequeños. Recuerdo que hacía muchas habichuelas con tocino fresco, «olla fresca», la llamaba. Qué buena mano tenía en la cocina. Mi madre fue ingresada en la clínica López Ibor en Barcelona. El ingreso se prolongó durante un año, y allí le dieron «corrientes». Me contó que fue algo horrible y aterrador. En aquella época, el electroshock era el tratamiento médico más habitual para este tipo de enfermedades.
Durante una pequeña temporada, una de mis tías de Barcelona, Juana, vino para cuidarnos y ayudaba en lo que podía. Yo sentía la ausencia de mi madre relativamente, porque con ella tenía muchos desencuentros y mi tía era muy cariñosa, me hacía sentir feliz y tranquila. Hay cosas de mi madre que siempre le he reprochado. No a ella directamente, porque le tenía mucho respeto… Sin embargo, he reflexionado bastante sobre ello: su falta de cariño, su manera amarga de encarar la vida, todos aquellos miedos que me acabó inculcando… Al mismo tiempo, sé que debió de sufrir mucho. Me hubiera encantado saber cómo ayudarla, pero por aquel entonces yo solo era una niña.
2
El mundo era un escenario
Nunca me gustó ir al colegio. Cuando en verano faltaban pocos días para que empezaran las clases me entraban una tristeza y unas ganas de llorar que hasta me quería ir del pueblo.
Supongo que siendo una cría ya evitaba todo tipo de normas, restricciones e imposiciones… El primer colegio que recuerdo es el de doña Pepita y don Mateo. Doña Pepita nunca me gustó mucho, la veía un poco brujil, era una señora muy bajita, muy poquita cosa, pero eso sí: tenía un buen patrimonio, lo que se decía «un buen nombre», y había abierto su propia escuela. Se casó con un hombre bastante más joven que ella y bien parecido, don Mateo. A él lo recuerdo con más cariño, siempre tuvimos buena relación, era un hombre intelectual, pausado y sereno.
En el pueblo todo el mundo se preguntaba por qué se habrían casado.
El colegio era parte de su propia casa. Según entrabas, había un recibidor muy grande y, a mano izquierda, pegadas a la pared, unas escaleras muy empinadas y algo tenebrosas que conducían a una puerta por la que se accedía a un aula llena de pupitres y bancos dispuestos en varias filas. A mano derecha, al fondo, estaba el escritorio del profesor y, junto a él, la enorme pizarra. O eso me parecía a mí, porque cuando eres pequeña todo te parece grande. Mi calle me parecía enorme, mi pueblo gigante. Pero cuando, tiempo después, me fui a Madrid —llena de avenidas, calles descomunales, grandes plazas y edificios imponentes—, recuerdo que cuando volví de visita al pueblo tuve la sensación de que lo habían metido todo en agua caliente.
Un día me dio una ventolera y me escapé del colegio. Teníamos que copiar el dictado de la pizarra y, mientras mis compañeros cumplían con la tarea, yo salí corriendo a toda mecha. Lo cierto es que, después de aquella vez, cogí la costumbre de escaparme. Siempre en el mismo momento, mientras había que copiar el dictado. No sé si lo hacía para que todos salieran detrás de mí, porque la primera vez que me escapé no sabía que lo iban a hacer. Pero me encantó todo aquel revuelo: todos los críos siguiéndome, doña Pepita gritando «¡Cogedla!» y yo bajando las escaleras como un corzo, muy delgada y larguirucha. Lo repetí algunas veces y, como al final siempre me cogían, acabó perdiendo todo el aliciente.
Así que se me ocurrió escaparme a otra hora para pillarlos desprevenidos. Pensé: «Me voy a escapar cuando todos piensen que he desistido». Mi cambio de estrategia les cogió de improviso y no pudieron detenerme. Cuando puse un pie en la calle, corrí y corrí, tanto que dejé a todos atrás. El que iba primero persiguiéndome era don Mateo. En una tienda que hacía esquina, la Molina, que vendía «los iguales», que es como se conocía a la lotería de la ONCE de forma popular, al oír los gritos de «¡Cógela, cógela que se ha escapado la Marita!», el vendedor se puso delante, me cortó el paso, me quedé sin escapatoria y me dieron alcance. Creo que me revolví un poco y en ese momento, le di sin querer con el cabás a don Mateo y le hice un corte cerca de la ceja. Le tuvieron que dar dos puntos y me echaron del colegio.
Sinceramente, a mí me gustó que me echaran.
Yo creo que me escapaba porque era bastante traviesa y eso, en un colegio tan estricto como los de antes, hacía que te ganaras más de un palo. Al pensar en ello ahora, caigo en la cuenta de que siempre cogía el camino hacia mi casa. Que si hubiera llegado y me hubiera tropezado con mi madre, seguro que me habría recibido aún peor que doña Pepita.
Entonces lo de pegarle una «buena» bofetada a un niño era lo más normal del mundo. Mi madre era así, como todas las madres. El alpargatazo en el culo y el pescozón eran la pedagogía habitual. Pero es cierto que ella tenía un problema: sus nervios la traicionaban, y a menudo se desbordaba. No era cuestión de disciplina, sino de algo que le salía de dentro, algo incontrolable, y cuando lo sacaba me sentía aún más pequeña, asustada y sin poder hacer nada para detenerlo.
Mi madre siempre se comportó de manera diferente con mi hermano. A él lo consentía, le hablaba con una templanza que nunca le vi conmigo. «Es que es tan noble», decía a veces refiriéndose a él, como si su nobleza fuera algo que hubiera que proteger a toda costa. Con el tiempo, aquella condescendencia acabó convirtiéndose en un problema para toda la familia.
Yo era la que andaba siempre haciendo recados, siempre arriba y abajo, mi hermano se libraba de casi todas las tareas; le encantaba la pólvora y pegar tiros con su escopeta de perdigones. Era un buen cazador, y me enseñó a disparar. Acabé disparando bien; no, mejor que bien. Cuando llegaban las ferias, siempre iba a las atracciones de tiro y me llevaba el premio: peluches con forma de pato, de mono… Al final, ya me conocían. Me daban escopetas con el cañón torcido, pero yo lo notaba y ajustaba la puntería. Así que, directamente, dejaron de venderme perdigones.
Había una ferretería en el centro del pueblo donde mi hermano compraba pólvora a granel y azufre. Juntaba aquello y lo mezclaba con los petardos baratitos que comprábamos en los quioscos, y parecían auténticas bombas. Mi madre se pegaba unos sustos… Él siempre fue bastante trasto, pero, al mismo tiempo, un poco cobardica. Cuando íbamos al colegio mixto, en dos ocasiones me tocó defenderlo cuando le pegaron. Y eso que conmigo tenía la mano muy suelta, por cualquier cosa me daba con los nudillos en la cabeza.
Cuando mi madre volvió a casa tras su primer ingreso en la clínica López Ibor, yo tenía siete años y me recuerdo llena de ilusión con los preparativos para mi comunión. Sentía que comenzaba una etapa muy importante en mi vida.
Ya tenía la tranquilidad de que podía confesarme, así que le conté al cura las cosas que había hecho con Marcelino, cuando jugábamos a los médicos con cinco o seis años, y también que había robado en casa de mi amiga Paqui. En aquella época nos inculcaban el miedo al infierno: en casa, en la iglesia, en el colegio… Era una sombra que nos amenazaba constantemente. Se hablaba del fuego eterno con tal claridad que parecía algo que te ganabas con cualquier travesura infantil.
Pasé casi dos años sin dormir por el sentimiento de culpa de robarle a Paqui una caja de pastillas Juanola. Finalmente, el cura me dijo que me perdonaba y que podía comulgar. Durante los dos días que faltaban para la comunión, ni respiré por si hacía algo mal.
Paqui y yo montábamos «comedias» para que la gente del pueblo me viera cantar y bailar. Íbamos a su casa, que era más grande que la mía (cuando todavía vivíamos en la casa modesta de la calle Romero), y poníamos una cortina a modo de telón en una habitación muy amplia.
Me acuerdo de que mi madre colocaba una especie de tul, concretamente una tarlatana, en la lámpara del comedor para que no se acercaran las moscas. Una vez puso una roja que me encantó, y se la quité para hacerme una falda para bailar. Lo curioso es que la tarlatana, por su rigidez y transparencia, se usa mucho en vestuario y escenografía, así que cada vez que me he encontrado con ese tipo de tela a lo largo de mi carrera profesional, siempre me ha provocado una sonrisa.
Paqui presentaba, yo actuaba, cobrábamos una perra chica o una perra gorda y nos sentíamos tan felices… Para mí, mi amiga Paqui sigue siendo como una hermana.
Muchas veces cantaba en la puerta de casa. Mi madre solía sentarse allí en una silla, a la fresca, junto a las vecinas, y ellas le decían: «Dile a tu Marita que cante». Antes de que terminaran la frase, yo ya me había arrancado. Me animaba enseguida.
Cada vez que hacía alguna perrería, mi madre decía que me iba a meter a monja en un convento. ¡Lloraba como una magdalena! De verdad, para mí aquello era lo más terrible, mucho peor que cualquier bronca o bofetón. Cómo iba a poder cumplir mi sueño de ser artista si mis padres decidían que fuese monja.
Mi tía Juana, muy religiosa, estaba loca de ilusión por que yo hiciera la comunión. No había tenido hijas, y yo era como una hija para ella. Cuando todavía faltaban tres meses, se presentó un día con una cajita de cartón y me dijo:
—Mira lo que me he comprado para tu comunión.
Traía una faja. Estaba contentísima, radiante. Me la mostró con una mezcla de orgullo y timidez. Era de color carne, muy sencilla, sin adornos, pero me la enseñaba como si fuera un tesoro. Para mí fue importantísimo que mi querida tía pensara estrenar una faja ese día, «mi día», porque por aquel entonces una mujer como ella solamente se compraba alguna prenda cada dos o tres años, y siempre que se tratara de algo práctico, pensado para resistir el uso diario. Lo pienso ahora y me parece precioso: estaba ilusionada con algo que, en realidad, no iba a ver nadie, algo que no podría lucir ni en la iglesia ni ante las vecinas.
Unos días después, recuerdo perfectamente que se me acercó con cara cansada. Sus mejillas estaban menos sonrosadas de lo habitual, y, al hablar, lo hizo con una voz más bajita, como si le costara esfuerzo.
—Hazme un puchero con limón, Marita. No me encuentro muy allá.
Teníamos unos pucheros de barro que poníamos directamente en la lumbre sobre el carbón o la leña. Le calenté en el puchero el limón, pero no se le quitaba el dolor. Mi tío Andrés acabó llamando a don Jerónimo. Era un médico muy popular en el pueblo, grande, corpulento, un poquito barrigón y con unas manos robustas y anchas, que parecían que pudieran arreglar cualquier cosa con un simple apretón. Don Jerónimo, tras un sencillo reconocimiento, nos dijo que no era nada. Tuvo que volver al día siguiente y lo mismo. El tercer día que vino a verla lo tengo grabado en la mente, le palpó el abdomen con sus manos grandes y firmes mientras fruncía el ceño, y con mirada seria dijo:
—Esto no es pa mí. Llevadla a Lorca, al hospital.
La llevaron. Tenía una peritonitis y no la pudieron salvar. Murió a las pocas horas.
Trajeron a mi tía muerta, envuelta en una manta color café con leche claro que a mí me recordó al color de esa faja que ya no iba a poder estrenar.
La vistieron de negro. Le pusieron también unas medias negras. Se le abrían las piernas, las tenía como separadas y se las ataron con una cinta para que le quedaran juntas. Colocaron una sábana en el suelo de la habitación, que estaba en la entrada, y la tumbaron sobre ella. Así la velamos.
Cuando se la iban a llevar al cementerio, me agarré a ella tan fuerte como pude. No quería que se la llevaran. Yo creo que nadie la ha llorado tanto como yo. Para mí era mi salvación, mi refugio. Ella me comprendía, me entendía cuando nadie más lo hacía. Y si no me entendía, fingía hacerlo. Me quería mucho.
Y a partir de entonces yo ya no sabía a dónde ir. Cuando mi madre no se encontraba bien, cuando perdía los nervios y su enfermedad la convertía en alguien impredecible, alguien que no sabía pararse a tiempo… ya no podía ir a buscar a mi tía. Ya no iba a estar nunca más.
Jamás perdoné a don Jerónimo. Y eso que muchas veces después tuve que recurrir a él porque mi madre lo necesitaba; vivía solo dos calles más arriba. Iba porque temía que mi madre, cuando se ponía tan mal, pudiera morirse, pero yo no le tenía el más mínimo aprecio. Siempre pensé que con mi tía había actuado con negligencia y desinterés.
Nunca he llorado tanto en mi vida, ni siquiera por mi madre. Me han pasado muchas cosas malas en la vida, y sin embargo tengo la certeza de que mi tía Juana me protege desde donde esté.
Por fin llegó el día de mi comunión. Mi padre había hecho una tortada deliciosa, con aquel sabor tan especial que solo conseguía la habilidad de sus manos en la cocina. En cuanto terminó el banquete, le pedí a mi madre que me quitara el vestido. No dejaba de pensar en mi tía. Me quedé en pololos, que me llegaban hasta la rodilla y tenían un volante bordado. Me fui al solar que había cerca de casa, donde, en uno de los huecos de una pared medio derruida, escondía desde hacía tiempo unos zapatos que le había robado a mi madre. Y así es como celebré mi comunión: me puse a cantar y a bailar, en ropa interior y con aquellos tacones que me hacían verme alta y valiente, como si fuera toda una artista. Cantándole a mi tía.
Sentía que el mundo era un escenario y que el único público que importaba era ella.
3
Crecer
El consuelo que me quedaba tras la muerte de mi tía eran mis primos, Juan José y Matías, que compartían casa en Madrid y trabajaban en el Banco Central. Solían venir cada vez que tenían unos días libres en Navidad, Semana Santa y verano. Me encantaba que llegaran mis primos de Madrid. Lo deseaba. Siempre me traían algo: caramelos, bombones, un muñequito…
En la Navidad del 58, mi primo Juan José venía en el tren sintiéndose mal. Yo tenía ocho años, casi nueve, y en aquel entonces mi madre estaba embarazada de mi hermana.
Llegó muy pálido, había vomitado, le dolía la cabeza. Nos contó que le llevaba pasando un tiempo. A partir de entonces comenzó para él un auténtico calvario de idas y venidas con médicos en Totana y Murcia, hasta que empezó a encontrarse peor y lo trataron en Valencia. Hasta allí lo llevaron para que lo vieran otros médicos y, de esta forma, intentar dar con lo que tenía. Pero no hubo manera. Así que volvieron a Totana y, poco a poco, se fue deteriorando. Perdió la visión, el habla… hasta que llegó un momento en que ni siquiera nos reconocía. Nada ni nadie pudo detenerlo. Murió con veintinueve años. Creemos que fue un tumor cerebral. Mi madre no había dado a luz a mi hermana todavía. Lo perdimos en enero del 59.
Para mi primo Matías todo lo que le sucedió a su hermano fue traumático, fatal. Él tenía un problema de riñón, pero llevaba un tratamiento estupendo que le permitía hacer vida casi normal. Cuando murió su hermano, ni siquiera fue capaz de verlo. Lo velaron en la misma habitación donde pusieron a mi tía Juana, lo recuerdo perfectamente.
Mi madre se puso de parto el 23 de febrero. Yo no tenía ni idea de lo que pasaba porque durante esos meses mis padres evitaban hablar conmigo del embarazo, supongo que para ahorrarse las explicaciones engorrosas. Mi madre me llegó a decir que tenía la barriga hinchada por comer demasiadas habichuelas. Durante el parto me llevaron a casa de mi tío Salvador, hermano de mi padre, que vivía una calle más arriba de la nuestra.
Cuando me avisaron para que volviera, la cigüeña había traído a mi hermana en una caja de radio de mi padre: la vi por primera vez rodeada de esas virutitas de madera que se utilizaban en el empaquetado de objetos frágiles. Era muy gordita, rosada, preciosa. Le pusieron Petri, y recuerdo que pensé: «¿Por qué le habrán puesto este nombre a la pobre?». Era porque mi abuela se llamaba Petra. Entonces no caí y ahora me encanta.
Esa Semana Santa mi madre aún se estaba reponiendo del parto y la muerte de mi primo seguía pesando muchísimo sobre ella. Solo habían pasado tres meses. Un día, mi tío Andrés apareció en casa con el rostro descompuesto. Nos contó que habían llamado de Madrid, que a Matías lo habían tenido que ingresar. Desde la muerte de su hermano se había sumido en una profunda depresión, había abandonado la buena alimentación y el tratamiento, y como consecuencia su problema de riñón se había agravado severamente, tanto que los médicos no veían solución. Me acordaré toda la vida.
—Me han dicho que vaya a buscar a mi hijo porque se muere.
Mi primo Matías llegó al pueblo en una ambulancia que no era más que una furgoneta robusta y tosca, pintada de un blanco amarillento. Lo acostaron en la misma cama donde había muerto su hermano, mi primo Juan José. Al sexto día, por la mañana, le dijo a su padre que avisara a toda la familia porque sentía cómo la muerte le estaba entrando por los pies, que ya se le habían quedado fríos, y no quería irse sin despedirse de nosotros.
Fuimos de uno en uno a despedirnos de él. Primero mi madre, luego mi padre, después mi hermano y al final yo. Nos abrazó a todos, nos dio un beso en la frente y nosotros hicimos lo mismo con él.
Y se fue. Solo tenía treinta y un años.
La muerte de mi tía y mis primos, en poco más de dos años, sumió a mi madre en una depresión terrible. Sus pérdidas le resultaron devastadoras; no supo cómo afrontarlas y su temperamento no ayudó. Finalmente, tuvieron que ingresarla de nuevo en la López Ibor. Yo solo sabía que mi madre estaba enferma y que debía irse con sus hermanas a Barcelona para que la cuidaran.
En su ausencia, me entregué por completo al cuidado de mi hermana, que todavía era un bebé. Venía conmigo a todas partes; solo nos separábamos cuando yo iba al colegio. Para mí, era más que una responsabilidad. Era mi hija.
Esta vez, el ingreso de mi madre duró algo más de un año. Para cuando volvió, mi hermanita ya andaba.
El día que echó a andar fue maravilloso para mí, un recuerdo imborrable. Yo estaba jugando con mi prima Josefina, hija de mi tío Salva. Estábamos en una habitación muy cerca de la puerta de la calle trajinando con los cromos cuando, de repente, mi Petri se puso de pie y empezó a andar sola. Llevaba unos trapitos que yo misma le ponía, doblándolos varias veces para que fueran más absorbentes; eran los pañales que se usaban entonces, había que lavarlos a mano y luego colgarlos al sol para que se secaran.
Las braguitas con goma que usaba eran unas que le había traído mi tía de Barcelona, con volantitos plisados. Aún la veo tambalearse, tratando de mantener el equilibrio. Estaba preciosa.
Fue en esa época cuando mi padre abrió la tienda de electrodomésticos y económicamente las cosas empezaron a irnos mucho mejor. Consiguió la distribución de la máquina de coser Alfa, que en aquellos tiempos era todo un icono. Hice un cursillo para aprender a utilizarla y cada vez que mi padre vendía una máquina en el pueblo, me enviaba a las señoras para que les enseñara cómo coser y bordar con ella, aunque, la verdad, venía con un manual bastante detallado.
Comencé a estudiar el Bachillerato en el colegio de La Milagrosa, el más importante del pueblo, con las monjas, porque la economía de mi padre ya lo permitía. Yo ya pasaba más tiempo en el colegio, estaba más centrada, si bien en el fondo era la misma niña inconformista que se escapaba corriendo escaleras abajo. Mi hermano, por su parte, se hizo mayor y le encantaba irse con sus amigos de caza.
Mi madre se fue estabilizando, pero nunca llegó a estar bien. Le daban ataques epilépticos, a veces no quería salir de la cama durante días y seguía teniendo esos arrebatos incontrolables, que conmigo comenzaron a ser más verbales que físicos. Cuando se enfadaba, podía llegar a ser realmente cruel.
Había una cosa que solía decirme y que a mí me dolía mucho. Con apenas tres meses, enfermé gravemente, sufrí algo parecido a una neumonía y estuve al borde de la muerte. Contra todo pronóstico, salí adelante. Mi madre se desvivió cuidándome para que me recuperara, pero, con el tiempo, cuando se enfadaba conmigo me decía que no debería haberlo hecho, que tendría que haberme dejado morir para ahorrarse disgustos. «Te tenías que haber muerto». A veces lo soltaba simplemente porque yo había salido a dar una vuelta y volvía cinco o diez minutos tarde a casa. Solía decir que entre todos le íbamos a quitar la vida.
Un día, sin darle mayor importancia, ella misma me contó que no había querido tenerme. Sinceramente, creo que me lo dijo sin maldad, como quien relata una anécdota familiar. Lo cierto es que me hizo muchísimo daño y es algo que me ha pesado siempre.
Me explicó que tuvo un parto muy malo con mi hermano, que casi nace muerto. No dilataba. Lo pasó horrible. Después de esa experiencia no quería tener más hijos, para ella debió de ser muy traumático. Así que, cuando se quedó embarazada de mí, se llevó un disgusto tremendo e hizo todo lo posible para abortar: metía los pies en agua hirviendo, cogió mucho peso, bajaba sentada las escaleras de casa, se daba golpes en la barriga, se introducía perejil en la vagina… Probó toda clase de remedios antiguos que no funcionaron.
Paradójicamente, mi nacimiento fue todo lo contrario: un parto rápido y sin complicaciones. Eso, de algún modo, le devolvió la confianza y el miedo desapareció. Y cuando llegó mi hermana, lo vivió de otra manera.
De mi infancia recuerdo con mucho cariño mis visitas a Barcelona para ver a mis tías. Barcelona siempre fue otro mundo para mí. Desde mi casa, donde los días pasaban lentos y aburridos, llegar a esa ciudad era como atravesar un portal hacia el futuro.
Mi tía Juana, que casualmente se llamaba igual que la mujer de mi tío Andrés, trabajaba en una fábrica de toldos, vivía sola y decidió no seguir a su novio cuando este se marchó a Argentina en busca de una nueva vida, como hizo mucha gente en la posguerra. A mí tía le faltó el impulso para aventurarse junto a él, no tuvo el valor de dejar a su madre y prefirió quedarse a su lado para cuidarla y atenderla en todo lo que necesitara.
Por el contrario, mi tía Lucía era una de esas mujeres que en los años cincuenta apenas existían. Con dieciséis años, se escapó de casa para vivir con su novio, Roque, con el que siguió toda su vida, y tuvo cinco hijas. Era una mujer decidida, independiente, con una vitalidad arrolladora y una alegría que parecía inagotable. Le hacía mucha gracia mi vocación artística y no perdía oportunidad de animarme, de hacerme sentir que lo podía conseguir.
Un día, iba con mi tía Lucía paseando por la calle y un señor se nos acercó para hablar con ella. Se hicieron a un lado, pero desde donde yo estaba pude escuchar, aún lo recuerdo bien, que le dijo: «La niña podría ser modelo». Mi tía, tan decidida como era, no se lo pensó dos veces y me acompañó al estudio fotográfico de ese señor, todo esto sin haberles comentado nada a mis padres.
Yo me sentí muy cómoda en aquella sesión, como si llevase tiempo preparándome para ese día. Posar frente a la cámara me resultó natural, casi familiar. Salí de allí encantada, con un álbum bajo el brazo y muy feliz.
Cuando llegué a Totana y le enseñé a mi madre las fotos, casi me mata. A las semanas, me llamaron de la agencia para ofrecerme un pequeño trabajo de publicidad, pero mi madre fue tajante y dijo que ni hablar. Los aires de grandeza que siempre tuvo también se proyectaban en sus hijos: llegado el momento, confiaba, cegada, en que mi hermano se convertiría en un gran empresario y yo, en farmacéutica o maestra. Esas eran las expectativas que tenía puestas en mí.
Sin embargo, desde pequeña, yo soñaba con ser artista, aunque no sabía qué camino debía seguir para conseguirlo. Realmente aquella experiencia en Barcelona, con el hombre que me descubrió y del que ni siquiera recuerdo su nombre, me hizo ver que quizá podría alcanzar mi sueño.
Un día me enteré de que mi madre tenía prevista una revisión médica en Murcia y que mi hermano, que ya era mayor de edad y tenía el carnet de conducir, iba a llevarla en el 2 CV.
Aproveché la ocasión para hacer las maletas. Ya tenía dieciséis años y en casa no aguantaba más; me asfixiaba. La tensión era cada vez más insoportable y, además, mi madre no daba su brazo a torcer respecto a mis planes de futuro.
Yo había visto en las películas que casi todas las artistas, en algún momento, aparecían en bata y zapatillas, y pensé que no podía irme sin bata y zapatillas si quería ser una de ellas.
Sabía que mi madre guardaba dinero en una caja de puros escondida en el armario de su dormitorio. Le cogí mil pesetas, me fui al mercado y me compré una bata rosa de guatiné y unas zapatillas del mismo color. Obviamente, nada tenían que ver con las de Audrey Hepburn ni con las de ninguna de las actrices que yo tanto admiraba, pero a mí me servían, al menos de momento.
En aquella maleta también metí los vestidos que en su día me había hecho para alguna Nochevieja y que eran los más vistosos.
Llamé a un taxista conocido para que me recogiera y me llevara a la estación. Me preguntó que dónde iba, y yo, inocentemente, le dije que a Barcelona. En cuanto colgó no vino a por mí, sino que fue directamente a la tienda y le dijo a mi padre que su Marita estaba planeando irse de casa.
A los pocos minutos apareció mi padre.
—Hija, qué pasa, que me han dicho que te vas. ¿Qué te hemos hecho?
Cuando lo vi tan preocupado haciéndome esa pregunta llena de cariño, sin enfado ni reproches… Yo que le quería tanto, y que había sufrido tanto por él al ver cómo mi madre le había tratado siempre, solo sentí unas ganas terribles de quedarme a su lado y deshacer, casi avergonzada, las maletas en aquel mismo instante.
—Marita, cielo, sigue estudiando, para no darle un disgusto a tu madre,
