Luz y taquígrafa

Ana Rivero
Ana I. Gracia
Ana Rivero
Ana I. Gracia

Fragmento

cap-1

Ana Rivero, cincuenta años transcribiendo la Historia de España

No estaba destinada a transcribir la Historia de España. Tampoco a formar parte de ella. Ni tan siquiera se esperaba de mí que tuviera una opinión formada sobre los acontecimientos políticos, como ocurría con las mujeres de mi generación, obligadas en vida a especializarse en dos ramas: las labores del hogar y la crianza de los hijos. Pues yo no hice ni una cosa ni la otra.

Dediqué el tiempo que me quedaba libre del trabajo a estudiar Derecho, para entender algo de aquella sociedad que se transformaba delante de mis ojos y cuya expresión me encargaba de transcribir de lunes a viernes, a la luz del día y hasta bien entrada la noche. Así andaba yo, compaginando las clases en la universidad con los plenos, mientras mis ansias por estudiar se multiplicaban. Después llegaron los cursos del doctorado y, al acabarlo, me propuse opositar para letrada, el Cuerpo de élite del Parlamento. Mi hermano me arrancó la venda de los ojos:

—Tienes más de treinta años y un buen trabajo. Deja de estudiar ya. Dedícate a vivir.

Le hice caso. España galopaba hacia la consolidación de una democracia todavía imberbe con sacos de ilusión en sus costados mientras yo disfrutaba esperando con deseo los días del descanso. Entonces dedicaba casi todo mi sueldo en la mejor inversión que he encontrado en esta vida: viajar, viajar y viajar, para darme cuenta de lo chiquitita que soy y de lo grande y diferente que puede ser este mundo. Echando cálculos, he visitado una media de treinta países diferentes cada diez años. Aparte del placer o de la enseñanza que te traes de los viajes, lo que más me importa de ellos es la riqueza que acumulan en la memoria y de cuyos réditos, por ligera que sea nuestra imaginación, se puede llegar a vivir.

Malvivía Francisco Franco sus últimos meses de vida cuando ingresé en el Cuerpo de la Redacción del Boletín Oficial de las Cortes Españolas —hoy Cuerpo de Redactores Taquígrafos y Estenotipistas de las Cortes Generales—. Era viernes, se estrenaba mayo y hacía un calor más propio del verano que de la primavera ya instalada en Madrid. O quizá simplemente fue la excitación de los comienzos la que me provocó aquel sofoco sobrevenido.

Días después de mi toma de posesión, se mató en accidente de tráfico el procurador Fernando Herrero Tejedor, que había sido ministro y secretario general del Movimiento. Volvía de Palencia de presidir varios actos oficiales y el coche en que viajaba colisionó contra un camión. Su repentino adiós dejó en shock a sus compañeros y durante un tiempo se deslizó la sospecha de que había sido un crimen y no un accidente.

Los procuradores se reunieron en el Parlamento poco después para que el presidente del Gobierno, Carlos Arias Navarro, expusiera las líneas directrices de la política de entonces. Ese día, yo arrimé por primera vez la butaca a la mesa, coloqué mis cuartillas en blanco sobre ella, cogí mi bolígrafo Bic y empecé a tomar nota de todo lo que acontecía: el que habla y lo que dice, el que protesta y su improperio, el que aplaude y a quién. Me deslumbraba lo que veía a un metro de mis narices: un ejército de hombres con traje oscuro, corbata y camisa blanca a los que España les pagaba por arreglar las cosas del comer y que discutían sobre algunos temas que a duras penas yo alcanzaba a entender.

El bolígrafo se me resbalaba porque los nervios se me agarraron al pecho y las manos no paraban de sudar. Mi primera toma taquigráfica fueron elogios hacia el compañero muerto. El presidente del Parlamento, Alejandro Rodríguez de Valcárcel, recordó que había «caído en acto de servicio» y lo comparó con un «Rey Midas de verdad: de la generosidad, del bien hacer. Cuanto tocaba con la mirada, con la mano o el corazón, lo convertía en generosidad, en amor, en bien hacer». No se oía ni una mosca. Nadie protestaba. Todos asentían.

El calendario marcaba que era el día de San Juan, así que se aprovechó la efeméride para pedir un «aplauso afectuoso» para que sintiera «nuestro respeto, nuestro afecto y nuestra lealtad» el entonces príncipe don Juan Carlos, que ya había sido designado por Franco como su legítimo sucesor en la Jefatura del Estado, disipando cualquier sombra de duda sobre quién sería el agraciado cuando el dictador, al que apenas le quedaban ya unas semanas de aliento, cesara en sus funciones.

Se pusieron en pie los procuradores y, tras un silencio sepulcral que me sonó atronador, aplaudieron durante varios minutos delante de mí, que permanecí inmóvil clavada en la silla, en el centro de aquella Cámara que se me hacía inabarcable, ininteligible, tan infinita como ese mundo exterior que empezaba a descubrir.

Los observé con toda la atención que requiere especializarse en un trabajo tan meticuloso como el mío. La lección la traía aprendida de la oposición: no puedo añadir ni una palabra más al discurso del orador, tampoco una menos. Si son muchos los aplausos, se incluye «prolongados». Si, además de aplaudir con ganas, los políticos se levantan de los escaños, también se subraya. «Los señores procuradores, puestos en pie, aplauden prolongadamente».

Intuí que la mayoría rozaba la edad de mi padre, aunque también calculé que había bastantes señores de la generación de mi abuelo. Más tarde tropecé con algún joven, veinteañero como yo, que se echaba una palada de años encima entre las costuras de aquellos trajes tan oscuros que vestían no por convicción, sino para sacudirse el miedo que les atravesaba desde los pies hasta la sien al pronunciar a qué se dedicaban: procuradores de las Cortes Españolas.

Entre aquellos bigotes, trajes, corbatas y cajetillas de tabaco sobresalían como las flores en primavera las melenas bien estiradas, peinadas de peluquería, de las pocas hembras que se sentaban en un escaño de un hemiciclo elegido a dedo por el régimen franquista: Pilar Careaga, Belén Landáburu, Teresa Loring, Mónica Plaza de Prado y Pilar Primo de Rivera. Aproveché para echar una cuenta mental:

—Hay cinco mujeres en este Congreso.

—En realidad, somos seis, si me sumo a mí, me digo para mis adentros.

—Más bien somos siete, me replico, girando la cabeza hacia la derecha para encontrármela, de frente, a ella.

La imponente Isabel la Católica, esculpida en mármol blanco a tamaño gigante, preside entonces y ahora el lado derecho del Salón de Plenos, como si fuera una espectadora más de la sesión diaria. De todas las personas que estábamos en aquel pleno en el que me estrené como taquígrafa, solo ella y yo repetimos durante las quince legislaturas siguientes. Hoy ya solo queda una dentro de aquellas majestuosas paredes repletas de pinturas y de personajes históricos que me han fascinado durante toda mi carrera.

Traicionada por los nervios de la primera jornada laboral, al sentarme en la silla, la falda me dejó al descubierto las piernas, a la altura de las rodillas. Aquello entonces era visto como un atrevimiento impropio de cualquier chica amamantada a los pechos del Franquismo. La riña me llegó ipso facto, cuando crucé la puerta que separa el Salón de Sesiones del pasillo que lo rodea.

—Señorita, esas no son formas de venir vestida al Parlamento.

—No volverá a ocurrir.

Entre estar prohibidos los pantalones vaqueros para trabajar dentro del hemiciclo y que los diputados acudan a una sesión plenaria en zapatillas deportivas han transcurrido cincuenta años, un cambio de régimen, un golpe de Estado, una pandemia, dos reyes, siete presidentes del Gobierno, decenas de ministros y centenares de parlamentarios de todo pelaje.

Nadie podía imaginar, ni siquiera yo, que dedicaría cinco décadas de mi vida a dotar de contenido al Boletín Oficial de las Cortes Españolas, hoy denominado Diario de Sesiones, el medio de información de la actividad del Congreso de los Diputados, documento oficial y transparente, que no está sometido a manipulaciones, un oasis informativo en medio de una sociedad cada vez más polarizada.

Para quien desconozca su servicio, el Diario de Sesiones no se limita a la mera transcripción de discursos o normas. Es el reflejo más fiel de la Historia de España a través de la voz de sus representantes: de su modelo de país; de los choques con el que piensa diferente; de los anhelos de los representantes del pueblo, y hasta de sus propias frustraciones. Es un registro, puro y crudo, sin añadidos, del tránsito de la vida de España. En él queda el reflejo de los nervios de los que se estrenan, los discursos más brillantes, todas las palabras huecas, las frases hechas, los cortes de manga, hasta los bostezos.

Internet y su explosivo desarrollo han simplificado de una manera exponencial el trabajo de profesiones como la mía, que durante décadas ha levantado acta con lo que nuestras manos recogían a la velocidad del rayo, gracias a la taquigrafía: unos signos repletos de rayas y de curvas indescifrables para el común de los mortales, el único método que existe con el que se consigue escribir con la rapidez que se habla.

El vertiginoso paso del tiempo ha permitido mejoras en el método de trabajo. Ahora, el Departamento Audiovisual proporciona el sonido y el vídeo de cada sesión, y cada vez es más intensa la voz que cuestiona qué sentido tiene un trabajo como el mío en pleno siglo XXI.

A los apocalípticos, siento darles este disgusto: una grabadora o la inteligencia artificial jamás llegarán hasta el rincón al que son capaces de acceder los ojos y las orejas de una humilde taquígrafa como esta, que mira a lo lejos y siempre ve algo que el objetivo de una cámara no puede captar. El lamento de un diputado que se queja desde la última fila del hemiciclo. El desprecio del presidente del Gobierno cuando un diputado raso se deja ver delante de él. Qué diputado de la cuarta o de la séptima fila ha insultado a un miembro del Gobierno y qué es lo que ha dicho. Que el orador diga un apellido al revés, un dato incorrecto o un cargo obsoleto, y se corrija.

Escribir al ritmo frenético con el que se habla en el Parlamento es una habilidad que no todo el que se lo propone puede lograr. Que se lo digan a Clara Campoamor, que opositó, pero no consiguió nunca hacerse con la plaza. ¡Y menos mal! Las mujeres le debemos tanto a Clara… Es ella la parlamentaria que luchó hasta la extenuación para que nosotras pudiéramos votar. Es el Diario de Sesiones de aquel histórico discurso que dio en las Cortes uno de los más leídos de la historia del parlamentarismo español.

Soy Ana Rivero Moreno, nacida en Madrid en 1954, la cuarta de siete hermanos, criada en el madrileño barrio de Chueca. En este libro autobiográfico narro mi experiencia en un trabajo que empezó siendo ejercido por hombres para hombres y ha evolucionado hasta tal punto que hoy es un Cuerpo formado casi en exclusiva por mujeres.

A estas alturas del prólogo, quizá todavía se pregunten a qué se dedica una taquígrafa, qué trabajo desempeña. Yo soy el puente entre lo que sucede en una sesión parlamentaria y lo que el lector puede leer después. Con las dos orejas recojo el discurso del parlamentario que esté en el uso de la palabra y, al mismo tiempo, con los ojos, cazo el gesto, la queja o la entonación que quiere dar el orador.

Al salir del hemiciclo transformo lo escuchado en escrito, arreglo las incorrecciones y expreso lo que han dicho con la palabra exacta y correcta. El valor infinito e incalculable del Diario de Sesiones es precisamente ese: el respeto absoluto al estilo de quien habla, ya opte por un formato coloquial, irónico, formal o técnico. El político se tiene que reconocer en sus propias palabras. Yo no soy juez ni periodista para enjuiciar lo que escucho o lo que veo. Simplemente soy la notaria del Parlamento que levanta un acta, que es pública, de lo que acontece en cada encuentro.

Los debates son largos y cada vez más tensos, menos edificantes. Hay y ha habido representantes de todos los estilos y para todos los gustos, pero pasar tantas horas delante de los escaños te enseña que el respeto no se impone, el respeto se gana. Yo antes creía que la comunicación era la base de todo, pero a lo largo de los años he entendido que lo realmente importante es la comprensión. Porque uno puede decir lo que quiera, pero si no se entiende y la sociedad no comprende lo que dices, entonces… entonces todo seguirá siendo un auténtico caos.

Si cierro los ojos y pienso en los políticos a los que he transcrito durante el tiempo que se ha alargado su mandato, reconozco que me hipnotizó el presidente Adolfo Suárez, la buena educación hecha persona, un político extremadamente tímido, aunque pareciera lo contrario.

Me quedo también con la impronta y la oratoria de la vicepresidenta Soraya Sáenz de Santamaría, que replicaba a los socialistas con mucha gracia y con mucha sabiduría, propia de una gran abogada del Estado; y aplaudo el ingenio de otro vicepresidente, Alfonso Guerra, que también ejercía unas réplicas a cualquier rival que se le pusiera por delante que dejaban al Parlamento boquiabierto.

En el plano personal, sentiré un agradecimiento de por vida al mejor presidente del Congreso que ha tenido la democracia española, Gregorio Peces-Barba, el único político que ha puesto la mano en el fuego por el Cuerpo de Redactores Taquígrafos y Estenotipistas cuando a un compañero se le olvidó incluir en el Diario de Sesiones una frase trascendental de Felipe González. Más adelante les desarrollo el lío que se armó por aquel descuido.

Pero solo hay uno que ha dejado una huella imborrable en mi biografía: Fernando Morán, quien llegó a ser ministro de Asuntos Exteriores durante el felipismo, mi primer jefe cuando saqué la oposición a los dieciocho años, al que hice partícipe de mis inquietudes políticas y me dio la mejor recomendación que me han dado durante toda mi vida:

—Con lo joven que es usted, déjese de política y estudie una carrera.

En estas páginas que ustedes tienen en sus manos les contaré cómo me trataron los políticos con los que trabajé y mi vuelta al mundo en cincuenta años. Yemen, Burkina Faso, Hong Kong, Siria, Etiopía, Uzbekistán o Botsuana son algunos de los recónditos lugares de todo el planeta que más me han impactado.

Este es un relato íntimo, también muy personal, de una mujer instalada en el corazón del Poder Legislativo, encargada de confeccionar, puntada a puntada, un trabajo comprometido con la verdad de los acontecimientos que suceden dentro de las Cortes Generales: jamás permití que nadie cambiara una sola palabra dicha en un templo que es sagrado, aunque lo intentaran.

Esta es la historia de alguien cuya propia vida se transforma desde las entrañas del Parlamento y evoluciona, ni un paso por delante ni uno por detrás, al mismo ritmo que se asienta la propia democracia en España.

Solo el paso y el peso del tiempo me han demostrado que con esfuerzo, paciencia y tesón pude no solo alcanzar el nivel de mis homólogos varones, sino también ser testigo de una de las etapas cruciales del Parlamento, mientras saltaba las barreras que la sociedad me impuso por una simple cuestión de género, porque nací mujer y no hombre. A veces de forma consciente, la mayoría sin darme ni siquiera cuenta, empecé a resquebrajar con mis propias manos el conocido techo de cristal y hoy miro hacia atrás y me siento realmente orgullosa de todas las libertades que hemos conquistado.

Este libro es también una estimulante confesión personal: la historia de una adolescente que, gracias al empuje de su padre —de profesión criptólogo, aprendiz de todo, quien enseñó a su hija a hacerse un hueco en un mundo que restringía el éxito al género masculino—, se embarca en un proyecto vital en el que más de una vez ha tenido que poner a prueba su capacidad, sus afectos, incluso su propia identidad como persona: ¿quién soy yo y qué hago aquí?

Fue el presidente del Gobierno Antonio Maura quien popularizó, recién estrenado el siglo XX, una frase que habrán escuchado una infinidad de veces: «Yo, para gobernar, no necesito más que luz y taquígrafos».

Con esta autobiografía, Luz y taquígrafa, busco ser la antorcha que ilumine, que llene de luz, el trabajo irreemplazable de los taquígrafos. También quiero desempolvar ante todos ustedes, queridos lectores, los recuerdos que acumulo de una vida, la mía, que engloba muchas vidas en una. ¡Y las que me quedan!

Antes de emprender juntos este viaje, les comparto otro de mis desvelos: sé que hoy soy mayor que ayer, pero, recién jubilada y por fin dueña de las veinticuatro horas de cada día del resto de mi vida, me parece que todo comienza en este preciso instante.

1

Felipe VI y yo

Felipe de Borbón y Grecia tenía siete años el día de la coronación de su padre, cumplía los ocho diez semanas después del 22 de noviembre de 1975. Habían pasado exactamente cuarenta y ocho horas desde la muerte del dictador y las banderas ondeaban a media asta en las antiguas Cortes Españolas, en señal de duelo. Yo llevaba solo unos meses en nómina y la noticia llegó el mismo día que murió Franco:

—La coronación del futuro rey de España será aquí, este sábado.

Casi me estrené transcribiendo un acontecimiento histórico: la proclamación de Juan Carlos I como Rey de España, un acto que tuvo un amplio foco en el exterior gracias a la conexión televisada con treinta países, lo que permitió escenificar el cambio de régimen ante trescientos millones de personas.

Aún no era el heredero de la Corona, pero hay cosas que se palpan, que no hace falta decir. Todos sabían que la institución recaería en un futuro en él, aunque fuera el tercero de los Borbón y Grecia. Por eso lo sentaron a la izquierda de su madre y, a continuación, colocaron a sus hermanas por orden de edad, la mayor y la mediana, Elena y Cristina, con sendos vestidos de terciopelo verde oliva, las dos rubias, las dos con el pelo suelto, apartado de la cara con una diadema a juego.

Con doce y diez años, se les notaba la educación que traían de casa. Qué manera de saber estar, ¡tan chiquiticas! Mantuvieron las manos entrelazadas durante todo el acto. No hablaban entre ellas, ni siquiera se miraban. Si alguna vez dudaron de qué debían hacer, si ponerse en pie o no, si aplaudir o no, no buscaron los ojos de su madre para recibir su aprobación. Si se equivocaron en algún momento, lo disimularon muy bien porque yo ni cuenta me di.

El «¡viva!» de todos los procuradores al unísono sonó como un trueno y no se les escuchó, pero los vi separar los labios cuando el presidente del Consejo de Regencia, Alejandro Rodríguez de Valcárcel, el que dirigió aquella sesión histórica, pidió a los «señores procuradores, señores consejeros: desde la emoción en el recuerdo a Franco, ¡viva el Rey!, ¡viva España!».

El acto se alargó veinte minutos desde que los entonces príncipes de España, los infantes y el Consejo de Regencia (un consejo creado por Franco que ya no existe) entraron en palacio a las doce y treinta de aquella mañana en la que el país se dividía entre los que querían alargar el luto por la muerte del dictador y los que ansiaban un cambio de régimen que abriera las ventanas a la democracia y a la libertad. Don Juan Carlos juró sobre una Biblia que acataría «los Principios del Movimiento Nacional». Con ello se buscaba que el nuevo monarca perpetuase el Régimen, pero fue el principal artífice para que llegara la democracia y la libertad a España.

A Felipe lo vistieron como se vestían los hombres. Le pusieron un traje oscuro y una corbata negra, imagino que por los acontecimientos funestos, pero el chiquillo no supo esconder entre aquella indumentaria lo que realmente era: un crío al que aún le quedaba en la boca más de un diente de leche. Ahí mismo entendí que la vestimenta que le colocaron pretendía simbolizar que la sucesión de la Corona quedaba garantizada con él.

Permanecí en el centro del hemiciclo anotándolo todo durante el tiempo que se alargó el acto. Elegí la ropa adecuada para la jornada histórica. Vacié el armario en la cama la tarde de antes y me probé cuatro modelos diferentes: un traje de chaqueta beis, un vestido por debajo de la rodilla, otro más chillón con un escote que dejaba ver demasiado. Al final me puse una camisa blanca con una americana y un pantalón de pinzas, y zapatos de tacón. Hasta me estiré los rizos y me hice la raya en el ojo, por aquello de que era un día de los importantes. Me miré en el espejo y me vi elegante, discreta, guapa. Mi madre me dio el visto bueno definitivo cuando salí antes de lo habitual aquella mañana:

—Pero ¡si parece que te van a coronar a ti, hija mía! —me dijo, comiéndome la cara a besos. Se asomó por el balcón del dormitorio, que daba a la calle San Gregorio, para verme girar por la esquina. Era una costumbre que repetía siempre que me marchaba y regresaba de trabajar.

Sorteé el despliegue policial de los alrededores del Congreso, me colgué el carnet de funcionaria en el cuello, así se veía que era de la casa, me abrieron paso sin problema. Me dio tiempo a tomarme un café en el bar Manolo antes de que empezara la sesión. Ese día los nervios se me sentaron sobre el estómago y ni siquiera probé los churros que el camarero me dejó encima de la mesa. Eran cortesía de la casa. Había mucha más gente de lo habitual en el bar, los invitados al acto. Fantaseé con quiénes serían los cuatro que tenía sentados en la mesa de al lado.

Colgué el abrigo en el armario del despacho y busqué a mis compañeros para entrar juntos en el hemiciclo diez minutos antes de que llegaran los protagonistas. Había muchísima gente desperdigada por los pasillos, por las escaleras, en el patio. Se notaba que era un acto muy especial.

Estrenó la sesión el presidente del Consejo, Alejandro Rodríguez de Valcárcel, que dio la bienvenida y fue directo al grano:

—Señor, las Cortes Españolas y el Consejo del Reino, convocados conjuntamente por el Consejo de Regencia en cumplimiento de lo dispuesto en el artículo 7 de la Ley de Sucesión en la Jefatura del Estado, están reunidos para recibir el juramento que la ley prescribe: solemnidad previa a vuestra proclamación como Rey de España.

Tomó en sus manos el libro de los Evangelios y pidió a don Juan Carlos que se pusiera en pie. El todavía Príncipe de España puso la mano derecha sobre la tapa del ejemplar. Se disiparon todos los murmullos y solo se oyó la voz grave de Rodríguez de Valcárcel que hablaba de una forma muy pausada:

—Señor, ¿juráis por Dios y sobre los Santos Evangelios cumplir y hacer cumplir las Leyes Fundamentales del Reino y guardar lealtad a los Principios que informan el Movimiento Nacional?

—Juro por Dios y sobre los Santos Evangelios cumplir y hacer cumplir las Leyes Fundamentales del Reino y guardar lealtad a los Principios que informan el Movimiento Nacional.

—Si así lo hiciereis, que Dios os lo premie, y si no, os lo demande.

Sonó el himno nacional y hubo aplausos, muchos, al rey, y muchos vivas, sobre todo a España y a Franco y al rey. Yo no soltaba el bolígrafo, pero la mirada la fijé en el más joven del hemiciclo. Él tampoco apartaba los ojos de mí ni de mis compañeros y permanecí embobada observando aquella cara honesta que no sabía disimular lo que le llamaba la atención, que era absolutamente todo. Imagino que le parecería estar viviendo una película de las que se ven en la televisión.

Felipe era tan pequeño que los pies le colgaban de la silla. Las piernas no le alcanzaban a posar los zapatos en el suelo. Movía los dos pies en dirección inversa, uno hacia delante y el otro hacia atrás. Los meneaba sin parar, parecía que quería echar a correr en cualquier momento, fugarse hacia cualquier otro destino que no estuviera ya escrito. Debía hacerle mucha gracia que tres personas estuvieran en el centro de aquel acto escribiendo lo que se decía, porque fuimos su foco de atención lo que duró la función.

Don Juan Carlos juró ante una corona, un cetro y un crucifijo de plata. Y ahí, sin que se oyera ni una mosca, fue cuando a Felipe le debió de entrar un picor en el cuello terrible, porque se estiraba la camisa y se metía la mano una y otra vez entre el hombro y el omóplato. Su madre lo miraba, pero él solo hacía caso a las señales de su cuerpo y se rascaba como buenamente podía.

Pero ¡si es que es un niño! ¿Qué va a hacer?, pensaba yo, mientras nadie lo miraba. Todos escuchaban con milimétrica atención las palabras de don Juan Carlos, que empezó a hilvanar un mensaje que me pareció prudente, entiendo que para no indignar a los franquistas y para no decepcionar a los que aspiraban a una España democrática de forma inminente.

El que iba a convertirse en rey hizo un ejercicio de equilibrio entre las dos Españas que buscaban imponerse la una a la otra. En realidad, era un tablero endiablado del que don Juan Carlos salió como pudo. Pidió ayuda a Dios y aseguró que se sentía profundamente católico. Quizá por esa repercusión fuera de las fronteras, apuntó que «Europa deberá contar con España» porque «los españoles somos europeos». Recordó «con gratitud» a Franco y prometió que la monarquía sería «fiel guardián de esa herencia». Al final, según relataron las crónicas, las primeras palabras del rey parecieron adecuadas a unos pocos, sospechosas a bastantes y decepcionantes a la gran mayoría de los españoles que esperaba un mensaje mucho más nítido sobre el cambio que iba a producirse.

La ceremonia no alcanzó los treinta minutos, con el himno de España incluido. Los reyes y sus hijos descendieron por donde habían entrado, y a Felipe aún le dio tiempo a retorcer el cuello una última vez para escrutar nuestros movimientos: qué hacíamos los tres funcionarios de la mesa del medio, por qué puerta salíamos. Nos siguió con la mirada hasta que nos vio desaparecer. Los cincuenta segundos que tardé en llegar al despacho los pasé pensando en don Juan Carlos. Lucía un brillo en los ojos que no supe descifrar: ¿sería el peso de la responsabilidad que acababa de asumir? ¿Se arrepentiría? ¿Qué debía de sentir en el cuerpo una persona que entraba por esa puerta siendo príncipe y salía siendo rey de un país?

A Felipe VI pude exponerle la anécdota de la coronación de su padre cuatro décadas después, cuando el Cuerpo de Redactores Taquígrafos y Estenotipistas mantuvo un encuentro privado con el actual monarca en Zarzuela. En la primavera de 2019 los compañeros Javier y Kai contactaron con la casa del rey para proponer una reunión del Cuerpo con el monarca, aprovechando el bicentenario de la Constitución. A las direcciones del departamento de ambas Cámaras nos pareció bien, aunque pensamos que la idea se quedaría en el cajón de los encuentros deseados. La sorpresa llegó a las pocas semanas. La casa del rey dio el visto bueno a la visita.

Nos convocaron para el 18 de julio de 2019, en plenas vacaciones de verano. Nos movimos treinta y siete personas y llegamos distribuidos en nueve vehículos distintos.

Como no estaba permitido entrar con los teléfonos móviles ni los bolsos de mano, tuvimos que dejarlo todo en el interior de los coches en los que habíamos acudido. Nos recibió el servicio de protocolo, en todas las salas que fuimos pasando se oía una actividad moderada. Los techos eran altísimos, las paredes estaban revestidas con cuadros enormes y todo el recinto olía a limpio. El suelo estaba tan reluciente que no me hubiera importado comer allí sentada el almuerzo del día.

Estábamos todos nerviosos y hablábamos de tonterías, sobre todo del calor que hacía aquella mañana. No se me hizo demasiado larga la espera. Se abrió la puerta del salón de visitas y, al fondo, de pie, nos esperaba el rey Felipe VI.

Entramos uno a uno, colocados como nos había ordenado previamente el servicio de protocolo. Hicimos un besamanos como hacen los políticos y los famosos el 12 de octubre en el Palacio Real, aunque nosotros éramos bastantes menos. La puerta que daba a la calle estaba abierta y, tras el apretón de manos con el monarca, fuimos saliendo hasta la escalinata y nos situamos cada uno de nosotros en el puesto que nos habían indicado antes de que comenzara el acto.

El servicio de fotografía de la Casa Real se encargó de recolocarnos y estuvimos tiesos durante unos minutos que se me hicieron larguísimos; notaba cómo corría el sudor frente abajo y temía que me entrara una lipotimia. No hablábamos de nada, nos manteníamos en silencio. Justo antes de que dejaran de sonar los flashes, me dirigí al monarca:

—Señor, como sigamos aquí más rato nos vamos a poner morenos —me animé a decirle.

Respondió rápido a la gracia:

—¡Uy, yo ya lo estoy!

Nos reímos todos. Después de inmortalizar el encuentro, nos acomodaron en la misma sala donde habíamos estado previamente y nos colocamos en semicírculo. Me entraron de repente unas ganas terribles de orinar, una señal inequívoca de que me había puesto nerviosa, ¡a mi edad! Pero aguanté con estoicidad y no fui al baño hasta que llegué a casa. En ese momento me miré frente al espejo que había en la sala y me convencí de que tenía que contarle al rey cómo lo vi el día de la coronación de su padre, cuando apenas era un crío de siete años.

Delante de alguien importante, siempre he pensado que más cuidado debe tener él con lo que cuenta que con lo que pueda decirle yo. El paso de los años me ha enseñado que, al final, los seres humanos, seas un presidente del Gobierno o un ujier, no somos tan diferentes, porque todos anhelamos lo mismo: querer y ser queridos, no sufrir, que nadie nos haga daño. Uno se mueve en coche oficial y otro en coche o en autobús, es verdad, pero todos sufrimos por las mismas cosas: por una decepción amorosa o amistosa, por una muerte cercana. Cuando eres consciente de eso, de que la enfermedad y la muerte nos igualan a todos, a los ricos y a los pobres, al que tiene mucho y al que no tiene absolutamente nada, entonces ya nada ni nadie te intimida.

No aparenta tener más de cincuenta años, yo le echaría cuarenta y muchos. Tiene la barba perfectamente rasurada. Traje gris, camisa blanca y corbata azul. No le pillo ni una arruga en la vestimenta… ni en el rostro. Yo apostaría a que nunca se ha hecho ningún retoque, pensé. Rompió el hielo y empezó preguntándonos sobre nuestro oficio, que dio muestra de conocer en profundidad. Nos agradeció la labor que desempeñamos y nos regaló bastante los oídos.

Después de la introducción y de contarnos por qué él creía que éramos imprescindibles para la Historia de España, se interesó en saber por qué el Cuerpo se había feminizado y cómo usábamos los vídeos y las grabaciones. Gloria explicó que la mutación de género se debía simple y llanamente a que, cuando permitieron opositar a las mujeres, aprobamos muchas más chicas que chicos. Y que el audiovisual nos facilita el trabajo, pero que pasar el lenguaje oral al escrito siempre necesitará de los ojos y de las manos de un taquígrafo porque, como ya he explicado antes, la cámara no llega adonde es capaz de ver el ojo humano.

Se le veía a gusto con nosotros y no notamos que nos metieran prisa para disolver la reunión. Hablaron los que quisieron tomar la palabra. Javier leyó la carta que escribió en nombre de todos y le recordó que el compromiso del Cuerpo con las Cortes Generales estaba más vivo que nunca y que íbamos a seguir desempeñando nuestras funciones como en los últimos doscientos años: con total entrega y fidelidad ante la responsabilidad encomendada.

El monarca se mostró impresionado por nuestro método de trabajo, se interesó en la diferencia que hay entre un taquígrafo de base y un redactor de comisión, quería descubrir el secreto de cómo se consigue escribir a la velocidad a la que se habla y nos desveló que a él nunca le enseñaron a escribir a máquina, que no sabía colocar los diez dedos sobre el teclado. Aquel déficit le obligó, en la época de la universidad, a recurrir a sus hermanas, que le ayudaban y le transcribían los apuntes. No explicó si había intercambio de favores o era por puro amor fraternal. El poco dominio con el teclado del ordenador le había dado más de un quebradero de cabeza, nos confesó, así que corrigió la falta cuando nacieron sus hijas: ellas sí que aprendieron a escribir a máquina correctamente.

Le entregamos, a modo de regalo, un cuaderno de piel de color rojo que explicaba qué era el Diario de Sesiones y que incluía los diarios en los que él había tomado la palabra en el Parlamento desde su primera intervención, el día que juró la Constitución cuando cumplió los dieciocho años. También se le añadieron otros ejemplares históricos, como el primero que se publicó, el del 16 de diciembre de 1810.

Se nos ocurrió que le gustaría leer los juramentos de los reyes que precedieron en el cargo a su padre y a él e imprimimos los Diarios de Sesiones que recogen los testimonios de Isabel II, el 10 de noviembre de 1843 en el palacio del Senado; el del rey Amadeo I, el 2 de enero de 1871 en el Congreso; el de la reina regente María Cristina de Habsburgo, el 30 de diciembre de 1885 en el Congreso, y el del rey Alfonso XIII, el 17 de mayo de 1902 en el Congreso. Como broche final a aquel cuaderno se incorporó un anexo con el listado de todas las personas que han formado parte del Cuerpo de Redactores Taquígrafos y Estenotipistas de las Cortes Generales desde 1810 hasta 2019, la

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