La vergüenza

Raquel Villaécija
Raquel Villaecija

Fragmento

Prólogo

PRÓLOGO

Aterricé en el Tribunal Penal de Aviñón el 4 de septiembre de 2024 por casualidad. En realidad, no tenía que haber estado allí, sino en Los Ángeles, cubriendo un festival de arte. Trabajaba como corresponsal en Francia para el periódico El Mundo y me lo propusieron meses antes. Acepté con entusiasmo. El viaje era una oportunidad e incluso me cogí días de vacaciones. Había tenido que anular las mías a finales de junio, tras la celebración de elecciones legislativas anticipadas en Francia, cuyo resultado sumió al país en un caos institucional no visto en décadas. Justo después se celebraban los Juegos Olímpicos de París, así que enlazamos el caos político con el deportivo. El día que me llamaron para confirmar los vuelos, principios de agosto, me pilló en medio de una prueba olímpica de tiro al plato, a cuarenta grados en un secarral francés que en otras épocas del año es una de las zonas más idílicas del país, el Loira. Quizá fue el calor, pero me dio un aire y de repente me pregunté qué pintaba yo en Los Ángeles diez días. Era un buen plan, pero no me veía y finalmente anulé.

La semana siguiente acabaron los Juegos Olímpicos y me fui unos días de vacaciones. Antes de volver me escribió mi jefa, la responsable del área de «Internacional» de El Mundo, para que hiciese algo sobre «ese juicio que empieza esta semana a un hombre que drogó a su mujer para que la violaran otros hombres». Francia había estado volcada en su crisis política y en los Juegos Olímpicos, y en los últimos meses no se había hablado de otra cosa, así que tuve que tirar de Google para ubicarme.

Se trataba de un macrojuicio que duraría cerca de cuatro meses contra un hombre acusado de haber sedado a su mujer para que la violaran al menos otros cincuenta individuos, también imputados, mientras ella estaba inconsciente. Lo hizo durante una década. Era un caso insólito en Francia y en el mundo: nunca se había juzgado en el mismo proceso a decenas de hombres por haber abusado de una sola mujer, bajo sumisión química y todo orquestado por su propio marido, que los reclutaba a través de una página web. Todos vivían en la misma zona, en pueblos dentro de un radio de cincuenta kilómetros.

El juicio era en el Tribunal de Aviñón porque las violaciones se habían cometido en Mazan, un pueblo cercano donde residía el matrimonio. A priori, me parecía un caso difícil de abordar, delicado y complejo. Sin embargo, tal vez por intuición o por algo que todavía no llegaba a comprender, decidí poner fin a mis vacaciones e irme a Aviñón y a Mazan esa primera semana de septiembre de 2024 para enterarme bien de la historia, pero con la intención de estar solo un par de días.

No pude salir de allí. La historia me atrapó como ninguna otra en mis años de periodista. Era la primera vez que asistía a un juicio tan largo y también la primera que tenía en mis manos un sumario de casi cuatrocientas páginas en francés.

Tras dos semanas de juicio, el interés mediático decayó y el tribunal se vació de prensa extranjera, pero yo tenía la necesidad de seguir allí. Me parecía importante, mucho más que lo que estaba pasando en Francia en ese momento, aunque aún no tenía muy claro para qué ni para quién. Me hacía muchas preguntas, así que tenía que intentar entender esa historia para que la comprendieran los demás. Poco a poco fuimos descubriendo que tenía una dimensión mayor de la que pensábamos al inicio, antes de que Gisèle Pelicot, la víctima, cambiase la percepción del proceso.

Pasaron las semanas, yo hacía idas y venidas desde París y, cuando me quise dar cuenta, ya era diciembre y había cubierto el juicio entero. Sin haberlo planeado, me había convertido en la periodista española, probablemente también extranjera, que más tiempo había pasado en esa sala.

No, mi viaje no fue a Los Ángeles. Fue a un lugar mucho más cercano, pero fue más profundo; también más doloroso. Fue más largo de lo que imaginé. Duró los casi cuatro meses de juicio y se alargó muchos meses después. Más de medio centenar de días, de jornadas interminables en un banquillo con sus noches llenas de interrogantes y desvelos, de madrugones y trenes de ida y vuelta haciendo lo imposible por compaginar la cobertura del caso con el trabajo del día a día. Abrió heridas y me puso delante de muchos espejos, los más opacos, esos en los que preferimos no mirarnos. Dejé muchas cosas de lado: parte de mi vida, mi ocio y sobre todo mi descanso. A pesar de las renuncias, nunca me he arrepentido.

Años atrás, mi amiga Carmen, que trabaja en el mundo editorial, me dijo un día: «Raquel, tienes que escribir el libro que solo tú puedas escribir y no la mayoría». En diciembre de 2024, después de que se dictara la sentencia, supe que si yo tenía alguna historia que contar era la que había vivido en ese tribunal. Este libro es el relato de mi viaje, que en realidad es el de la mayoría, a la vergüenza.

CRONOLOGÍA

27 de noviembre de 1952. Dominique Pelicot nace en Quincy sous Senart, en el departamento francés de Essonne.

7 de diciembre de 1952. Gisèle Guillou nace en Villingen, Alemania. Se traslada con su familia a Francia cinco años después.

Abril 1973. Gisèle Guillou y Dominique Pelicot se casan. Tienen veinte años. Se habían conocido dos años antes, en 1971.

1 de marzo de 2013. El matrimonio Pelicot, tras jubilarse, se traslada a vivir a Mazan, un pueblo cerca de Aviñón, en la región de Vaucluse, al sur de Francia.

12 de septiembre de 2020. Detienen a Dominique Pelicot en un supermercado de Carpentras, a unos kilómetros de Mazan, tras ser denunciado por varias clientas por haberlas grabado por debajo de la falda. La policía le requisa el teléfono y realiza el primer registro de su casa.

2 de noviembre de 2020. La policía arresta a Dominique Pelicot dentro de la investigación tras el incidente del supermercado y a raíz del análisis del material informático que le incautaron. Descubren fotos y vídeos de una mujer, aparentemente inconsciente, siendo violada por otros hombres, además de por él mismo.

4 de noviembre de 2020. Tras dos días bajo custodia, se abre una investigación judicial contra Dominique Pelicot por violación agravada y en reunión, entre otros cargos. La jueza del Tribunal de Aviñón, Gwenola Journot, inicia la instrucción del caso y comienzan los trabajos para tratar de identificar a los hombres de los vídeos grabados entre 2011 y 2020.

9 de febrero de 2021. Se produce la primera ola de detenciones, en la que se arresta a 10 hombres de los más de 50 que se ha logrado identificar.

23 de marzo de 2021. En la segunda ronda de arrestos, se pone bajo custodia a otros 10 implicados.

13 de abril de 2021. Se lleva a cabo la tercera ola de arrestos, en la que se interroga y se pone bajo custodia a otros 5 identificados.

22 de junio de 2021. Cuarta ola de detenciones: arrestan a 10 hombres más.

28 de septiembre de 2021. Se produce la quinta ronda de detenciones, con otros 9 identificados.

13 de octubre de 2021. Sexta y última ola de arrestos, con tres más, en este caso por violaciones cometidas fuera de Mazan: en Île de Ré y Saint-Rémy-lès-Chevreuse. Uno de los identificados huye antes de que la policía lo localice.

2 de septiembre de 2024. Tras tres años de instrucción, se inicia el juicio contra Dominique Pelicot y otros 50 hombres. Uno de ellos, fugado; otro, acusado de haber violado a su propia mujer, junto con Dominique Pelicot, pero no a Gisèle Pelicot.

19 de diciembre de 2024. El Tribunal de Aviñón dicta sentencia y condena a Dominique Pelicot y a los otros 50 acusados.

NOTA

Los testimonios, el relato y las reconstrucciones de los hechos que aparecen en este libro proceden del sumario judicial, de los interrogatorios y de las declaraciones realizadas durante las audiencias en el Tribunal de Aviñón entre septiembre y diciembre de 2024; también de mis intercambios o entrevistas con los protagonistas del mismo, dentro o fuera del tribunal. El resto son impresiones, opiniones y reflexiones propias. Esta obra no pretende sustituir un expediente judicial, sino arrojar una mirada sobre el caso más allá de la periodística. Los nombres de algunas de las personas que aparecen en este libro han sido modificados para preservar la confidencialidad.

1

UNA HABITACIÓN EN MAZAN

Una tarde de diciembre

Es mediodía y hace poco que los niños han salido del colegio cuando Christian Lescole llega al aparcamiento del instituto de Mazan. Dominique Pelicot, alias Marc Dorian en Skype, está esperándolo. Contactaron esa mañana por internet. Chatearon un rato y, aunque no se conocían, quedaron para verse unas horas después. Christian L. le pidió fotos de ella. Quería estar seguro de lo que se iba a encontrar. Dominique P. se las mandó. Ella aparecía en el borde de la piscina, unos sesenta y pico años, media melena, sonriente. No es el tipo de mujer que Christian L., de cincuenta y cinco, tenía en mente, pero tampoco le pareció mal del todo, y el hecho de que le enviara las fotos le dio confianza.

Es una hora rara; Dominique P. suele organizar las citas por la noche. Los dos hombres llegan juntos a la casa. Por el camino, hablan primero de banalidades y después de cómo se desarrollará el encuentro. Aunque antes, chateando por SMS, Marc Dorian le ha dado algunas consignas. Christian L. sabe lo que no tiene que hacer: no puede llegar oliendo a tabaco ni a perfume ni a nada que pueda quedar en la memoria inconsciente. Sabe que, antes de entrar en la habitación, tiene que calentarse las manos en el radiador y no hacer ruido. El frío puede despertarla y eso no debe ocurrir. Bajo ningún concepto. Christian L. ya ha tenido encuentros otras veces con parejas y sabe cómo funciona, así que llega tranquilo.

El entorno acompaña. La casa es un bonito chalet con jardín y piscina en un lado de la carretera, apartado del corazón del pueblo, Mazan, un lugar tranquilo en plena Provenza francesa, rodeado de viñedos. Dominique P. se cuida de que no los vea nadie: a plena luz del día hay más riesgo que a medianoche, que es cuando acostumbra a fijar las citas. El perro, un simpático bulldog francés, les da la bienvenida en la puerta. A Christian L. el emplazamiento y la casa le dan seguridad: no es una sórdida habitación de hotel en un pueblo de carretera, sino el hogar de dos jubilados de clase media en el campo. Dominique P., además, parece tener las cosas claras. Es un sesentón corpulento, con don de palabra y carisma.

Los dos hombres entran en la cocina, el lugar donde Dominique los recibe a todos, donde les recuerda las instrucciones y donde suele iniciarse, salvo excepciones, la secuencia, que es casi siempre la misma.

Christian L. se quita las botas de trabajo y sigue las indicaciones: tiene que desvestirse en el pasillo. Ha de hacerlo fuera porque si ella se despierta y tiene que salir corriendo de la habitación, no tendrá tiempo para coger sus cosas. Primero se quita la ropa Dominique y luego él. Christian L. entra en la habitación desnudo, a excepción de una chaqueta que llevaba puesta en la que se lee «Bomberos de Vaucluse».

La habitación está en penumbra. Se intuyen fotos de familia enmarcadas en la mesilla de noche. Son los hijos y nietos del matrimonio. Durante casi cincuenta años han construido una familia sólida y admirada por todos los que los rodean: Caroline, la mediana, es el ojo derecho de Dominique, y David guarda un enorme parecido con él. Florian es el pequeño, quizá el más desligado de su padre, el único que no se le parece. Los tres viven en la región de París, pero suelen ir a Mazan en vacaciones para que Dominique y Gisèle pasen tiempo con sus nietos. Siempre han sido una familia unida.

Al entrar en la alcoba de matrimonio, Christian L. empieza a inquietarse. El ambiente, según declararon él y otros hombres después ante el tribunal, era opresivo. Nada más cruzar el umbral, Christian L. constata que algo no encaja. Ella está tumbada en el lado izquierdo de la cama. No levanta la cabeza, aparentemente duerme. Tal como Dominique P. le ha dicho que pasaría. Se oyen algunos ronquidos. Ella no se mueve. Lleva puesto un sujetador rojo, levantado por encima de los pechos, que parece más sacado de un mercadillo que una lencería fina elegida para la ocasión. No el propio de una mujer de más de sesenta años. Se oye una tele de fondo. El escenario roza lo lynchiano. En la penumbra, Dominique P. le recuerda las reglas, que son siempre las mismas para todos: tiene que seguir sus indicaciones, no puede hacer gestos bruscos ni ser violento. Y, sobre todo, ella no debe despertarse.

Christian L. duda, pero Dominique P. le infunde confianza. Además, empieza él. Chris el Bombero, su pseudónimo en la página web donde se han conocido hace apenas unas horas, se queda en una esquina, observándolo. Dominique P., como si fuera el director de una película, dirige la secuencia de la que él mismo es protagonista. Así que Christian L. obedece las órdenes y espera. Cuando Dominique P. acaba le indica a Christian L. que es su turno. Él se aproxima a ella, que sigue en la misma posición que cuando entraron. Dominique P. le graba. Él acepta porque entiende que forma parte del juego. Piensa que esos vídeos y esas fotos servirán para que él y ella se diviertan después. Lo ha hecho otras veces. Además, son las reglas.

El sonido de fondo se compone de los ronquidos de ella y de los susurros de los dos hombres. Han tomado todas las precauciones posibles. De repente, ella hace un movimiento inconsciente. Ambos se asustan: Christian L. se aparta rápidamente y Dominique P. se apresura a cubrirla con el edredón, lo hace con delicadeza y mimo, como quien tapa a un niño que se ha quedado dormido en el sofá para protegerle del frío. Un gesto de amor envenenado.

Falsa alarma. Ella no se ha despertado, así que Dominique le dice a Christian L. que puede continuar. Él duda, pero al final se aproxima de nuevo. En el vídeo grabado por Dominique P. se le ve con los ojos desencajados, como si estuviera fuera de sí. Él declarará al tribunal que sospecha que Dominique P. le drogó. Sus movimientos son repetitivos. No parece cómodo. No obstante, la escena y las indicaciones de Dominique lo envuelven. Es como si se empeñase en ejecutar a toda costa lo que había ido a hacer a esa habitación en Mazan, tener una relación sexual, como si no hubiese marcha atrás. Él no lo sabrá hasta mucho tiempo después, pero en ese punto ya no la había. Al final del acto, sonríe a Dominique, aliviado, como si todo hubiera salido bien. Durante toda la secuencia, que él creyó que fueron cinco minutos, pero que en realidad duró dos horas, no se quitó la chaqueta de bombero. Todo ese tiempo, ella permaneció en la misma posición casi sin moverse. Como sucedió con casi todos.

Gisèle Pelicot no se despertó en aquella ocasión. Como tampoco lo hizo las anteriores, ni las siguientes, ni las de tantos otros días entre 2011 y 2020.

El 19 de diciembre de 2024 Christian Lescole fue condenado por el Tribunal Penal de Aviñón a nueve años de prisión por haberla violado, junto con Dominique Pelicot, su marido, en la habitación matrimonial de su casa de Mazan mientras ella estaba inconsciente.

Chris el Bombero

Yo vi el vídeo de aquella violación. Fue un viernes 15 de noviembre de 2024, por la tarde, en la sala Voltaire del Tribunal Penal de Aviñón, que, después de tres meses, se había convertido prácticamente en mi casa. En la de todos los que estábamos allí desde principios de septiembre. Nos acercábamos al final del macrojuicio contra Christian Lescole y otros cuarenta y nueve hombres, además de Dominique Pelicot, quien los reclutaba. Todos estaban acusados de haber violado a Gisèle Pelicot, mujer del último, tras haber sido drogada por él. Ocurrió durante un periodo de casi diez años. El proceso empezó en el mes de septiembre y en apenas unos días tomó una dimensión inesperada. Era la primera vez que se juzgaba a tantos hombres acusados de haber abusado de una sola víctima.

Como eran muchos, se habían repartido en grupos de cinco o seis, de manera que cada semana declaraba un grupo. Normalmente, los primeros días se dedicaban a las exposiciones de los psicólogos y psiquiatras que los habían analizado en prisión y, después, se les interrogaba a ellos, primero sobre su vida y después directamente sobre los hechos. También iban testigos.

Christian L. estaba en el último grupo, el que testificó al final del juicio. Era de los peores: había acusados con delitos previos y un perfil criminal a considerar. Los periodistas lo llamábamos «el grupo de la muerte». Ese día, además de él, habían declarado otros dos hombres, así que estábamos todos extenuados. Dependiendo del perfil, los interrogatorios podían durar un par de horas. El suyo fue de los más largos. Algunos días eran tan intensos que salías de allí como si te hubiera pasado un camión por encima. La proyección del vídeo de Christian L. fue el colofón. Aquel vídeo es de los más fuertes que vi, y eso que llevaba decenas.

Estaba sentada al lado de Britta Sandberg, la corresponsal alemana del semanario Der Spiegel y una de mis compañeras de viaje en este juicio. Nos habíamos conocido hacía meses en un ambiente mucho más lúdico y agradable, en una exposición de la bienal de Venecia, pero no habíamos vuelto a coincidir hasta septiembre, en aquel tribunal. Desde entonces, nos vimos todas las semanas y rápidamente nos apoyamos la una en la otra. Nos pasábamos los apuntes de las audiencias si una de nosotras no había podido asistir. Ella empezó tomando notas en alemán y yo en castellano, pero enseguida ambas cambiamos al francés para poder compartírselas a la otra. Nos reservábamos el asiento para estar juntas, tomábamos café en los descansos, comíamos y nos contábamos confidencias y nuestros proyectos de futuro, y les hablábamos a nuestros círculos personales la una de la otra. Britta se convirtió en un pilar, un sostén fundamental en las semanas menos mediáticas, en las que éramos pocos los periodistas presentes en el tribunal. A base de escuchar declaraciones y visionar vídeos execrables, nos habíamos hecho amigas. Sin Britta, esa sala habría sido un espacio mucho más hostil.

Ese viernes, eran cerca de las cinco de la tarde y Britta estaba sentada a mi lado. Siguiendo el procedimiento habitual, el presidente del tribunal invitó a la gente sensible y a los familiares de la víctima a que saliesen de la sala: «Les recuerdo que las imágenes que vamos a ver a continuación atentan contra la dignidad de las personas». Lo hacía siempre que se proyectaba alguno de los vídeos de las violaciones de Gisèle Pelicot. Durante los casi cuatro meses de juicio vimos cerca de medio centenar de las 3.800 fotos y vídeos que Dominique Pelicot registró.

El vídeo de Christian Lescole tenía una violencia particular. El presidente del Tribunal Penal, Roger Arata, le dio al play. El acusado miraba fijamente a la pantalla, a diferencia de la mayoría. Dominique Pelicot escondía el rostro entre las manos. Ocurría cada vez que se visionaba un vídeo. Muy pocos fijaban la vista en las pantallas donde se proyectaban, normalmente escondían la cabeza entre las piernas o miraban al suelo. No sucedía solo con los vídeos propios, también con los de los otros. Es como si no quisieran ver lo que mostraba la secuencia, el motivo por el que estaban sentados en el banquillo: al hombre que estaba violando a una mujer inconsciente. Porque «ese hombre» eran todos ellos.

El ejercicio de ver los vídeos era como mirarse en un espejo y encontrar un reflejo con el que uno no se identifica. Con el tiempo, observé un cambio en algunos de ellos: al principio se agachaban todo lo que podían, hasta que su cabeza quedaba oculta entre las piernas, y se tapaban los oídos con las manos. Pasado el tiempo y las proyecciones, se limitaban a girar la cabeza a un lado y, a veces, echaban un vistazo de refilón. Nosotros, los periodistas, también nos habíamos acostumbrado. El primero fue un shock. Tres meses después, ya conocíamos el escenario, el modus operandi, las reacciones de unos y otros, y esa violencia perversa de las imágenes. Creo que algunas escenas se quedarán grabadas para siempre en mi memoria.

Hay un puñado de acusados que siempre miró las pantallas. Christian L. era uno de ellos. Algunos, bajo custodia policial y luego en la cárcel, los habían visionado una y otra vez para intentar entender por qué acabaron en esa habitación en Mazan y por qué hicieron lo que hicieron. Otros miraban por vicio. Observándolos, acabé por intuir quién pertenecía a cada grupo.

Creo que Christian L. era de los primeros. Miraba de frente, sin inmutarse, como si aún no hubiera encontrado en él las respuestas que buscaba. Este vídeo se hizo más largo que otros. Los movimientos eran repetitivos y su insistencia en ejecutar el acto resultaba agónica y generaba cierta ansiedad. Con los que duraban más de un minuto ocurría que no sabías si seguir mirando o apartar la vista.

Mirar incomodaba, pero había que hacerlo porque era importante captar algunos detalles. Los vídeos eran las pruebas de esas violaciones y lo que tumbaba los argumentos de todos los acusados, los que agachaban la mirada y los que no. La mayoría decía que no sabían muy bien por qué acabaron allí, que Dominique Pelicot les manipuló y que pensaban que era una fantasía sexual de la pareja. En las filmaciones se veía a hombres ejecutando, con mayor o menor deseo, con mayor o menor «acierto», lo que habían ido a hacer a esa habitación de Mazan. Solo que no sabían, o no esperaban, o no eran conscientes, de que ese acto sexual que iban a cometer era una violación. El vídeo de Christian, con esos ojos desencajados y esa mirada como ida, resultaba insoportable. Había dos niveles de violencia en esa grabación: la que se desprende de imponer un acto sexual a una mujer claramente inconsciente y la del empeño de Christian L. por culminarlo, aunque su cuerpo no siempre respondía.

Al cabo de medio minuto de proyección, Britta y yo hicimos una pausa para cruzar miradas. No hacía falta que nos dijéramos nada. Bastaba un gesto con los ojos para comunicarnos. Ocurrió así durante las decenas de vídeos que habíamos visto: esas pausas para mirarnos eran el salvavidas al que nos agarrábamos para poder continuar. Creo que nunca el

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