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Siempre dejo puesta la mesa del desayuno la noche anterior. Coloco las tazas, los platos, los cubiertos y las servilletas, y después la miel y los botes de mermelada. Es como saltarme la noche, que siempre temo, y decretar la armonía del día siguiente. Solo habrá que sacar la mantequilla, encender el hervidor de agua y dejar que suban los aromas del café y del pan tostándose. Todo irá bien.
Así que esa noche lo había preparado todo. Incluso había sacado la ropa de Dominique. Llamémosle Dominique. Yo nunca lo llamaba así, prefería la ternura de los diminutivos, Doumé, Mino, y después ya no supe cómo llamarlo. Lo llamé señor. Señor Pelicot. Para escribir nuestra historia elijo su nombre de pila. Yo había dejado listo su pantalón de pana verde botella y el polo Lacoste rosa que le habían regalado nuestros hijos. La mañana siguiente debíamos presentarnos en la comisaría.
Nos habían citado a las nueve y media. Nos tomamos el café escuchando las noticias de RTL. La pandemia mundial de covid regresaba con fuerza. Habían decretado otro confinamiento. Miré el cielo a través de la ventana de la cocina. Hacía bueno y propuse dar un largo paseo por la tarde, como una contraorden a las imposiciones del Gobierno, y seguramente una forma de aliviar la citación de la mañana. Dominique, sentado frente a mí, no reaccionó. Le comenté que mi hermano Michel habría cumplido sesenta y nueve años, porque estábamos a 2 de noviembre. Suspiró y me dijo que no le gustaba noviembre, que nunca era un buen mes, sin duda una alusión a las muchas facturas y a los avisos de impago que iban a llegarnos. Así que mis fantasmas y nuestros problemas de dinero sobrevolaron por un instante la cocina. Pero vivíamos con ellos desde siempre. Y de alguna manera nos unían. Dominique fue a ducharse mientras yo recogía la mesa. Cuando llegó el momento de salir, se puso una cazadora que no combinaba en absoluto con la ropa que le había preparado. Se lo dije. Se encogió de hombros. Decidimos ir en mi coche. Condujo hasta la comisaría de Carpentras.
Dos meses antes, un guardia de seguridad de un supermercado Leclerc había pillado a Dominique grabando a tres mujeres por debajo de la falda. En ese momento yo estaba en casa de nuestra hija Caroline y su marido Pierre, en las afueras de París, cuidando a mi nieto hasta que empezara el curso. Después fuimos a pasar un fin de semana a su casa de la isla de Ré. Estaba allí cuando Dominique me llamó con una voz alterada que nunca le había escuchado. Balbuceó que había perdido el móvil, que necesitaba un código para activar el que acababa de comprarse y que había anotado mi número para que le enviaran el código. Se lo di, pero de repente todo parecía un caos en un hombre tan metódico y organizado. Unos días después, cuando vino a buscarme a la estación de tren, lo encontré demacrado. Ya en casa, se echó a llorar. Me dijo que no quería perderme. De inmediato vi a mi padre cuando murió mi madre. En mi cabeza, el hombre que llora y se estremece es mi padre, y yo, a su lado, soy incapaz de consolarlo. Y al verlo llorar temí que Dominique estuviera enfermo, que el cáncer hubiera regresado para llevárselo.
Cuando me confesó por fin que la semana anterior había perdido la cabeza en el Leclerc de Carpentras y había grabado a chicas por debajo de la falda, que había acabado en comisaría y que le habían confiscado el teléfono y el ordenador, me sentí triste pero casi aliviada. Era espantoso imaginarme a mi marido persiguiendo a esas mujeres, me resultaba insoportable verlo como un agresor, pero, comparado con mis miedos, en los que todo drama se mide con la vara de la muerte, no era irreversible. Ese día le dije que el asunto quedaría entre nosotros, que aceptaba no contárselo a nuestros hijos, a los que haría mucho daño, que no lo abandonaría, pero que tenía que pedir disculpas a las mujeres a las que había filmado, ir al psicólogo, y que si se repetía, me marcharía. «Te prometo que no volverá a pasar», me aseguró. Yo nunca podría olvidar lo que había hecho, era una señal de alerta, pero ¿de qué? No lo sabía. Quería que, a pesar de todo, la vida siguiera su curso en nuestra casita amarilla con persianas azules del sur de Francia, donde vivíamos desde que nos habíamos jubilado. Habíamos vuelto a cubrir la piscina. Las adelfas ya no florecían. Se acercaba el otoño.
A mediados de octubre volví a París, esta vez para cuidar a los niños de mi hijo David, que debía someterse a una pequeña operación quirúrgica. Subía a cuidar de unos o de otros cuando me lo pedían. Ahora mi calendario dependía de las vacaciones escolares. También me trasladaba si se producía algún imprevisto. Era la abuelita móvil. No me daba miedo envejecer, sabía que era un privilegio. En casa de David pasaba mucho tiempo con mis nietas. Charlize se negaba cada mañana a ponerse nada que no fuera un chándal. A Clémence, su hermana gemela, le encantaba cambiarse de ropa y sentía debilidad por los vestidos de princesa. Tenían nueve años, la edad a la que perdí a mi madre.
Esa mañana no oí el teléfono. Estaba sentada en las gradas de una pista de tenis. Charlize corría detrás de la pelota, y Clémence y yo la seguíamos con la mirada. Su golpe de derecha había mejorado. Un número que no estaba en mis contactos se quedó grabado en la pantalla como llamada perdida. Llamé un poco más tarde.
—Hola, ¿quería hablar conmigo?
El hombre se presentó.
—Suboficial Perret, de la comisaría de Carpentras. Tomamos declaración a su marido hace unas semanas. ¿Sabe de qué se trata?
Le contesté que sí, que mi marido me lo había contado todo. Sentí que mi respuesta era una victoria, la transparencia y la confianza de una pareja de toda la vida. Añadí que llevaba cincuenta años viviendo con él y que nunca me había jugado una mala pasada.
—¿Cuándo vuelve?
—El 21 de octubre. Puedo ir a verlo en cuanto llegue.
—No, no, tenemos mucho trabajo. Venga el 2 de noviembre con su marido.
Y llegó el 2 de noviembre. Dominique no tenía motivos para llorar como mi padre cuando murió mi madre. «No te preocupes, será una formalidad», le dije mientras aparcaba delante de la comisaría, un pequeño edificio moderno y sin pretensiones, amarillo, como nuestra casa, el color del encalado en Provenza. Entramos enmascarados con esos rectángulos azul claro que habían acabado cubriendo todas las bocas del planeta. Apenas habíamos dado nuestro nombre en recepción cuando un hombre con el pelo muy corto se inclinó hacia nosotros desde la barandilla del primer piso de la comisaría.
«Primero veré al señor Pelicot, y después a la señora», nos gritó.
Era el suboficial Perret. Dominique subió sin volver la cabeza, con su cazadora mal conjuntada. Poco después, el policía apareció de nuevo y me indicó con un gesto que subiera. Subí también yo la escalera a paso ligero creyendo que encontraría a Dominique en su despacho. No estaba. Laurent Perret me pidió que me sentara frente a él, pero a bastante distancia de su mesa, para que pudiera quitarme la mascarilla. De inmediato me disculpé por lo que había hecho mi marido. El hombre que estaba frente a mí era alto, corpulento, con un rostro imponente y anchos hombros, encarnaba la autoridad a la perfección, aunque me trataba con amabilidad y cautela. Me preguntó la fecha y mi lugar de nacimiento: 7 de diciembre de 1952 en Villingen, Alemania. Apellido de soltera: Guillou. Nombres de mis padres: Yves Guillou y Jeanne Prot. Me preguntó cómo nos habíamos conocido, y le contesté que en casa de la hermana de mi madre, en julio de 1971, y añadí que había sido amor a primera vista. Me preguntó cómo describiría la personalidad de mi marido.
—Un hombre bueno y amable. Un tipo genial, por eso seguimos juntos.
Me preguntó si recibíamos a amigos en casa. Le contesté que nuestros amigos venían a cenar a casa a menudo, y cuando me pidió que le describiera una velada típica, le dije que no teníamos una rutina concreta, que no éramos unos viejos. Me preguntó a qué hora me iba a dormir, si a la misma que mi marido, y si me echaba una siesta después de comer. Sus preguntas me sorprendieron un poco.
—¿Practican el intercambio de parejas?
Ya no entendía nada. Me oí responderle que no, jamás, qué horror. Me oí balbucear que no podía ni imaginármelo. Que no soportaría que otros me tocaran. Que para mí debe haber sentimientos. Me preguntó si creía que conocía a mi marido hasta el punto de que no pudiera ocultarme nada. Le dije que sí.
—Voy a mostrarle fotos y vídeos que no van a gustarle.
Sentí en su voz, más que incomodidad, una extraña mezcla de peligro y protección. Me informó de que acababan de detener a Dominique por violaciones agravadas y por administrar sustancias nocivas. Creo que lloré. Me acerqué a su mesa. Volví a ponerme la mascarilla. Sacó una foto y me la tendió. Una mujer con liguero está acostada de lado. Un hombre negro tumbado detrás de ella la penetra.
—La mujer de la foto es usted.
—No, no soy yo.
Saqué mis gafas y él una segunda foto. La misma mujer de espaldas, con un hombre tatuado a su lado.
—Es usted.
—No.
No reconocía a los individuos. Ni a esa mujer. Tenía las mejillas muy flácidas. La boca muy caída. Era una muñeca de trapo.
Tercera foto. El hombre no se había quitado el jersey de bombero.
No oía lo que me decía el policía. O, mejor dicho, lo oía, pero no tenía nada que ver conmigo. Era como el eco lejano de una voz. «Es su habitación. ¿Las lámparas de las mesitas de noche no son las suyas?».
¿Y qué? La que está inerte en esa cama no soy yo. Es un fotomontaje. Lo ha hecho alguien que odia a Dominique. Justo anoche, al ver en el telediario a una mujer con covid intubada, me dijo lo triste que se pondría si me viera así.
El policía soltó una cifra. Supuestamente, cincuenta y tres hombres habían venido a nuestra casa a violarme. Pedí agua. Tenía la boca paralizada. Una psicóloga se unió a nosotros en el despacho. Una mujer joven.
Estoy muy lejos, aunque estemos en la misma habitación.
No la necesito. Estoy segura de mi felicidad, de nuestra felicidad. Casi cincuenta años de matrimonio, y la imagen todavía clara del día en que nos conocimos. Su sonrisa. Su mirada tímida. Su pelo largo y rizado hasta los hombros. Su jersey de rayas. Iba a amarme.
Mi cerebro se detuvo en el despacho del suboficial Perret.
2
Julio de 1971. Yo había ido a pasar unos días de vacaciones con mi tía Andrée, que acababa de perder a su marido repentinamente. Quería consolarla, como ella siempre me había consolado a mí. Enseguida me habló de Dominique, un joven al que había contratado. Ahora que mi tío había muerto, su hijo y ella necesitaban ayuda para sacar adelante el pequeño negocio de electricidad. Allí, justo al lado de la casa, estaba la empresa Gagneux, un taller con la fachada de madera cubierta de carteles publicitarios de nuevos productos e instalaciones de todo tipo. La modernización avanzaba a buen ritmo en el campo. «Tenemos mucho trabajo», decía mi tía.
Veía en ella el dolor silencioso de las personas de nuestra región, la obligación de seguir adelante, pero también la piel blanquecina de mi madre, que había muerto nueve años antes a dos pasos de allí. Buscaba en sus gestos, en su voz, el parecido, los ecos de una hermana, su hermana preferida, casi gemela. Habían estado muy unidas. Yo había regresado a la tierra de mi infancia, a la fuente turbia de mi melancolía y mis alegrías. Y la escuchaba hablándome de ese nuevo empleado que ahora iba con mi primo a montar instalaciones eléctricas en las granjas de los alrededores. Me prometió que lo conocería, porque pasaba tiempo con ellos después del trabajo. Incluso se quedaba a cenar. Su dos caballos rojo estaba aparcado allí, justo delante de la casa, en la carretera entre Châtillon-sur-Indre y Azay-le-Ferron. Nada malo podía pasarme en esa zona.
Para hacerse una idea hay que imaginar castillos por todas partes, y casas, a veces lujosas, a veces en ruinas, que se ven desde la carretera o el tren, y que parecen abrir las puertas a otros siglos y a otros mundos. Durante toda mi infancia había correteado por los alrededores de esos edificios vacíos. No creo haber soñado jamás con ser una princesa, ni haberme inventado historias de príncipes azules, aunque las torres redondas con tejados puntiagudos del castillo de Azay-le-Ferron parecieran salidas directamente de un cuento o de un libro ilustrado para niñas. Sabía de dónde venía. Caminaba con mi abuela detrás de las cabras y el perro, y la miraba mientras preparaba sus quesos en la bodega, sacaba la ropa hirviendo de la lavadora manual y la dejaba en la carretilla para ir a aclararla al lavadero con la pala. Y bebía miot, esa mezcla de agua, azúcar y vino en la que echábamos trozos de pan cuando ayudábamos a vendimiar con el caballo. Éramos los nietos de Marie y Roger Prot, campesinos de la aldea de Le Châtelier.
En verano íbamos a su casa con nuestra madre. Cada mañana oía desde la cama la voz de mi abuelo, que era carpintero, ofreciendo café a los trabajadores; escuchaba la danza reconfortante de los adultos señalando su presencia, su papel y su ternura. En la gran mesa de la cocina estaría el pan de cuatro libras cortado en rebanadas gruesas, y también la cafetera humeante, el requesón y los melocotones de viña recién cogidos. Creo que es esa mesa la que prolongo ahora cuando preparo el desayuno la noche anterior; está hundida dentro mí, como las extensiones ocultas bajo las viejas mesas de madera que se despliegan los días festivos. Quisiera extender su promesa hasta el infinito. Un gallo sigue cantando en mis recuerdos. El sol se filtra por las contraventanas.
Ese decorado debería haberse vuelto borroso y pintoresco, el recuerdo lejano de mis vacaciones. El siglo XX estaba cambiando radicalmente. La Segunda Guerra Mundial se alejaba poco a poco en un profundo silencio. Los jóvenes se marchaban a la ciudad y sus alrededores, como ya lo habían hecho mi madre y muchos de sus hermanos y hermanas. La concentración parcelaria no tardaría en ampliar las propiedades, en eliminar a muchos campesinos y sus pequeños campos todavía llenos de setos, matorrales y terraplenes pedregosos en los que se escondían las serpientes. Pronto, la furgoneta del panadero o del carnicero que tocaba el claxon antes de apagar el motor y abrir la puerta trasera dejaría de pasar por la aldea. Las ásperas sábanas de lino, lavadas con azul de metileno y tendidas al sol, acabarían en los mercadillos de trastos viejos. Pero nosotros fuimos a vivir allí en 1957, en un movimiento contrario al del resto del mundo. El curso de la vida se invirtió.
Yo tenía cinco años y mi hermano Michel seis, la edad en la que los recuerdos se quedan grabados. Nuestros padres habían alquilado una casa fría, seguramente una antigua dependencia del castillo. Solo ocupábamos la primera planta, una serie de grandes habitaciones con techos altos y enormes chimeneas. La cocina estaba al fondo. No teníamos cuarto de baño, sino una palangana y una jarra; en invierno calentábamos el agua y en verano dejábamos al sol un gran barreño. Nos bastaba con cruzar el prado para ir a buscar a nuestra tía Jeanne, y nuestros abuelos vivían a unos minutos. La casa estaba al final de la calle que llevaba al castillo de Azay-le-Ferron.
El encargado del parque nos conocía bien a Michel, a nuestros primos y primas, y a mí. Nos veía pasar por la calle, detenernos en el colmado de la señora Tanchoux, hacer tintinear las monedas en el fondo de los bolsillos, salir con caramelos en la boca o con polvo Mistral Gagnant pegado a las yemas de los dedos, y luego entrar en el recinto. Jugábamos entre los senderos perfectamente podados de los jard
