AGRADECIMIENTOS
La vida y obra de Karl Marx han sido fuente de inspiración para muchos y connotados autores, empezando por Franz Mehring, el prominente socialdemócrata alemán, y su biografía pionera de Marx publicada en 1918, dando inicio así a una tradición proseguida incansablemente desde entonces. Mi estudio se apoya en las múltiples conclusiones a que tales obras han dado pie, pero se diferencia de ellas en al menos un aspecto relevante.
Por más interesante que fuese la vida de Marx, su importancia tan perdurable es fruto del impacto suscitado por las múltiples ideas que desarrolló en un sinfín de textos notables, cuya valía y significación han motivado, desde su misma concepción, arduos debates en la esfera política. Quizá para preservar la distancia con las pasiones políticas ocasionalmente violentas y aún bullentes que esos textos provocan, sus biógrafos académicos han tendido, por lo general, a brindar recuentos meramente descriptivos de sus escritos teóricos, prefiriendo centrarse en cambio en su vida.
Como contrapartida, he optado por prestar aquí tanta atención al pensamiento de Marx como a su vida, considerando sus textos como las intervenciones del autor en determinados contextos políticos y filosóficos que el historiador ha de reconstruir luego puntillosamente. A pesar de su evidente originalidad, Marx no era un explorador solitario que avanzaba por un territorio ignoto rumbo a una teoría social novedosa y no formulada hasta entonces. Por el contrario, ya fuese como filósofo, como teórico político o crítico de la economía política, sus escritos aspiraban a ser intervenciones en campos ya existentes del discurso conocido. Es más: tales intervenciones iban dirigidas a sus contemporáneos, y no a sus herederos de los siglos XX o XXI. Mi propósito en este libro en particular se parece al del restaurador, que va removiendo los retoques y alteraciones hechos a una pintura en apariencia conocida, para devolverla a su condición original. Es la razón por la que he prestado tanta atención a las propuestas y reacciones de sus contemporáneos como a las planteadas por el propio Marx, pero esto solo es posible si se sitúan a la vez, a Marx y sus contemporáneos, en un escenario más vasto que el suyo propio. De ahí la necesidad, al menos en parte, de repensar la historia del siglo XIX, esa de la que Marx y sus contemporáneos forman parte.
El apoyo generoso que me ha prestado durante varios años la Fundación Edmond de Rothschild, dirigida por Ariane de Rothschild y Firoz Ladak, ha hecho posible la investigación previa a este libro y los múltiples coloquios asociados a él. Hago extensiva mi deuda a las formas en que, durante años, han abordado la historia de las ideas mis colegas de la Universidad de Cambridge, la Universidad Queen Mary de Londres y el Instituto de Investigaciones Históricas, y en particular, al fallecido Chris Bayly, a Duncan Bell, Eugenio Biagini, Richard Bourke, Christopher Clark, Tim Harper, Colin Jones, Shruti Kapila, Duncan Kelly, William O’Reilly, Jonathan Parry, Michael Sonenscher, Sylvana Tomaselli, Robert Tombs, Adam Tooze y Georgios Varouxakis. Las obras de Marx precisan cierto anclaje en planteamientos específicos de la Economía política y el Derecho natural, áreas en las que aprendí muchísimo de quienes integran el proyecto desarrollado por el Centro de Investigación del King’s College sobre «Economía política y sociedad», entre ellos John Dunn, Bianca Fontana y Michael Ignatieff, y especialmente de la obra pionera del fallecido Istvan Hont. De enorme provecho me resultó, en una fase posterior, la investigación desarrollada en el Centro de Historia y Economía de Cambridge, estudio liderado por Emma Rothschild y por mí, que contó con la colaboración de Inga Huld Markan y Amy Price. En este sentido, las intuiciones de Emma acerca de la historia previa de la Economía política han contribuido de manera significativa a modelar el enfoque adoptado en este libro.
Esta obra ha sido posible, además, por la existencia del proyecto editorial aún vigente, el Marx-Engels-Gesamtausgabe (Obras Completas de Marx y Engels), una iniciativa formidable tanto en su concepción original, durante la década de 1920, como en la reformulación académica integral tras ser reincorporada a la Berlin-Brandenburgische Akademie der Wissenschaften en 1991. Quisiera agradecer especialmente a uno de sus actuales editores, Jürgen Herres, por sus intuiciones y la continua asesoría prestada a mi labor. Además, a la Karl-Marx-Haus en Tréveris, hoy parte del Friedrich-Ebert-Stiftung de Bonn y Berlín, y al Instituto Internacional de Historia Social de Amsterdam, por el acceso a su muy relevante material de archivo.
Innumerables amigos y colegas han desempeñado un papel fundamental en mis propias reflexiones en torno a los temas de este libro. En el área de la filosofía alemana, Douglas Moggach ha sido una fuente de apoyo constante, al igual que Keith Tribe en el de la Economía política. Joachim Whaley me brindó su asesoría inspiradora y su guía en todo lo relacionado con la lengua y literatura germánicas del siglo XIX. En el curso de los años he tenido a la vez el placer de supervisar la investigación doctoral de cierto número de notables académicos en tales campos, todos ellos son hoy distinguidos historiadores. Agradezco, en este sentido, el beneficio enorme que supuso mi interacción con Carolina Armenteros, Callum Barrell, Duncan Campbell, Edward Castleton, Gregory Claeys, Simon Cook, David Craig, Isabel Divanna, David Feldman, Margot Finn, Tom Hopkins, Tristram Hunt, Thomas Jones, Christina Lattek, Jon Lawrence, Julia Nicholls, David Palfrey, Susan Pennybacker, Daniel Pick, Anna Plassart, Diana Siclovan, Nick Stargardt, Miles Taylor, William Whitham y Bee Wilson. Estoy en deuda, asimismo, con Sally Alexander por sus muy valiosas críticas y su compromiso permanente con este libro. Otros varios amigos y colegas aportaron también comentarios y sugerencias, a saber: Sylvie Aprile, Jonathan Beecher, Fabrice Bensimon, Jonathan Clark, Widukind de Ridder, Ludovic Frobert, Peter Ghosh, Samuel Hayat, Joanna Innes, David Leopold, Karma Nabulsi, Mark Philp, Iorwerth Prothero, Loïc Rignol, Amartya Sen, William Steinmetz, David Todd, Mark Traugott, Marcel van der Linden y Richard Whatmore.
Me complace agradecer a la vez a Mary-Rose Cheadle, editora del Centro de Historia y Economía, y ante todo una gran amiga, quien, con sus aptitudes lingüísticas y editoriales además de su buen ojo para dar con las imágenes apropiadas, supervisó de manera experta la edición del libro, desde la fase de borrador de cada capítulo hasta el manuscrito definitivo. Maggie Hanbury ha contribuido con su apoyo paciente durante años y se ha asegurado de lograr las mejores condiciones para la publicación del libro. Todo el equipo de Penguin se comportó a su vez de manera formidable y, particularmente, Chloe Campbell y Mark Handsley, quienes me brindaron en todo momento sus brillantes sugerencias editoriales. Simon Wender, también de Penguin, aportó el aliento y el apoyo requeridos desde el momento mismo en que el proyecto vio la luz.
Espero que múltiples lectores, ajenos a los círculos propiamente académicos, disfruten de este libro. Pensando en una audiencia de esa índole, siempre tuve en mente a Abigail Thaw y Nigel Whitmey, dos lectores y observadores del universo de probada brillantez y sagacidad, a los que solo espero que el libro complazca. Finalmente, y ante todo, mi más sentida gratitud a Daniel, Joseph y Miri —los tres hoy embarcados en sus propias reflexiones y textos de historia— por su fe en el proyecto, por su amor y su apoyo sin vacilaciones a mi labor.
Cambridge, 11 de junio de 2016
PRÓLOGO
LA FORJA DE UN SÍMBOLO
1883-1920
Karl Marx se hizo conocido mundialmente en primer lugar por ser el revolucionario que, en nombre de la Asociación Internacional de Trabajadores, defendió la Comuna de París en 1871. A causa de esa notoriedad, su obra como teórico del socialismo o el comunismo comenzó a recibir una atención creciente. La publicación de El capital en 1867, primero en alemán y luego traducida al ruso, al francés, al italiano y al inglés, lo convirtió en el teórico socialista más prominente de su época y dio origen a grupos de acólitos suyos en toda Europa y Norteamérica. El principal difusor de sus enseñanzas fue Friedrich Engels, su amigo íntimo y colaborador cercano, quien sostenía que, gracias a Marx, el socialismo había dejado de ser una mera «utopía» para convertirse en una «ciencia». El capital anunciaba el colapso inminente del modelo de producción vigente y su sustitución por la sociedad futura del socialismo o el comunismo.
La Revolución rusa de 1917 y una multiplicidad de otros intentos revolucionarios que tuvieron lugar en Europa central durante las secuelas de la Primera Guerra Mundial se atribuyeron todos a las enseñanzas de Marx y fueron seguidos a su vez, en el periodo de entreguerras, por un fortalecimiento de los partidos comunistas al estilo soviético. Tras la Segunda Guerra Mundial, estos se descubrieron en una posición favorable para hacerse con el control del Estado en buena parte de Europa oriental. En Asia, movimientos autóctonos de liberación nacional organizaron su propia resistencia al imperialismo y el colonialismo, y llevaron a cabo, en nombre del «marxismo», revoluciones comunistas en China y Vietnam. En la década de 1960, los movimientos inspirados en el comunismo o el socialismo revolucionario ya se habían difundido a la vez por toda América Latina y culminaron con éxito en Cuba. En Sudáfrica, el comunismo inspiró la primera forma de resistencia prolongada al apartheid y otros movimientos para acabar con el dominio colonial en el resto de África.
En las secuelas de 1917 y de la difusión global del comunismo al estilo soviético, se celebraba a Marx como el épico fundador del comunismo y el autor que sentó las bases de una mitología cada vez más colosal. Se lo veneraba como fundador de la ciencia de la historia —el «materialismo histórico»— y como el arquitecto, junto a su amigo Engels, de la filosofía científica a él asociada: el «materialismo dialéctico». En los países comunistas se erigieron en su honor grandes monumentos en las plazas públicas, mientras las ediciones populares de su obra superaban en tiraje a las de la Biblia. Esta es la historia conocida del comunismo en el siglo XX y de la evolución de la Guerra Fría. No es sorprendente que él quedara identificado, a su vez, con el surgimiento de estados «totalitarios» en los que la promulgación de una modalidad oficialmente prescrita de «marxismo» se vio acompañada de purgas, juicios escenificados y la vigilancia dura de los medios de comunicación.
Más sorprendente resulta que la mitología que rodea a Marx no fuera una invención del régimen soviético, pues ya había comenzado a forjarse en la época de su muerte, en 1883, y a desarrollarse en los treinta años siguientes. La invención de lo que llegó a ser rotulado como «marxismo» fue, al principio y en buena medida, una creación de Engels en sus libros y panfletos, partiendo del Anti-Dühring, publicado en 1878. Fue además una elaboración de los líderes del Partido Socialdemócrata de Alemania, particularmente de August Bebel, Karl Kautsky, Eduard Bernstein y Franz Mehring. Esta entidad era, en los años previos a 1914, el mayor partido socialista del mundo y ejerció una influencia preponderante en el devenir de este movimiento en todo el planeta. En parte por convicción, pero ante todo para reforzar la autoridad del partido, sus líderes juzgaron oportuno velar por la reputación de Marx y promoverlo como el fundador revolucionario de una ciencia de la historia. En Rusia el «marxismo» fue promovido intensamente en las décadas de 1880 y 1890 por Gueorgui Plejánov y luego por Lenin, como una filosofía y también como un movimiento político. En otros lugares y países, desde el Imperio austrohúngaro hasta España e Italia, el «marxismo» ofrecía una poderosa alternativa al nacionalismo, al republicanismo o al anarquismo. Incluso en países como Gran Bretaña y Francia, donde había versiones nacionales del radicalismo o el socialismo de alta intensidad bien arraigadas, El capital de Marx se granjeó la adhesión de pequeñas agrupaciones y prominentes intelectuales.
Los líderes socialdemócratas de Alemania eran todos muy conscientes de la fragilidad inherente a la imagen que ellos mismos ofrecían de Marx y su teoría. Fueron los albaceas designados de los escritos de Marx y Engels y debatían entre ellos sobre la forma de lidiar con la brecha, en ocasiones embarazosa, entre esa imagen y la realidad. Creían que admitir los yerros de Marx, ya fuesen de índole política o personal, podía socavar el apoyo a su partido por parte de los militantes de base, muchos de los cuales tenían la convicción de que un libro escrito por un gran filósofo alemán había probado de manera definitiva que la caída del capitalismo era inminente. Resultaba a la vez fundamental no proporcionar al régimen imperial de la Alemania del káiser Guillermo una oportunidad gratuita para arremeter contra el prestigio del Partido Socialdemócrata mediante el descrédito de la obra de su pensador fundacional. Buena parte de la imagen oficial, referida al carácter íntimo, los juicios políticos y los logros teóricos de Marx, se inspiró en esta necesidad de resguardar su legado.
El coste de este enfoque fue una inflación creciente de la reputación del propio Marx, de modo que hubo proclamas cada vez más amplias respecto a la magnitud y significación de sus logros, a la par que se obviaban, e incluso ocultaban, ciertas áreas en las que sus escritos o actividades habían fallado a la hora de cumplir con esos requisitos del mito. Marx fue promocionado como un filósofo que había alcanzado, en las ciencias humanas, logros que podían equipararse a los de Darwin en las ciencias naturales. Este paralelo inventado reforzó el alegato de que el Partido Socialdemócrata encarnaba la ciencia del socialismo. De manera similar, apoyándose en el entonces inédito Libro Tercero de El capital, se sostuvo que la teoría de Marx proponía con absoluta certeza la caída inminente del capitalismo. Y, entre los decenios de 1890 y 1930, la pregunta respecto a cuándo colapsaría con exactitud se convirtió en el eje de un prolongado debate. Conocida como Zusammenbruchstheorie (teoría del colapso), la idea era que el capitalismo llegaría a su fin no tanto por la revuelta de los trabajadores, sino porque, en ausencia de nuevos mercados que explotar, estaba abocado a una crisis terminal.
Como resultado de las expectativas creadas por el Libro Tercero, su publicación en 1894 generó una significativa decepción y se topó con la crítica fundamental del economista austriaco Eugen von Böhm-Bawerk, quien señalaba el fracaso de la obra a la hora de generar una teoría satisfactoria del nexo entre valor y precios.[1] En lo inmediato, provocó la embestida de Eduard Bernstein contra la Zusammenbruchstheorie. Esa teoría se basaba en la polarización, supuestamente cada vez más aguda, entre las clases sociales y la brecha cada vez mayor entre ricos y pobres, pero el material empírico disponible no apoyaba esta premisa. El ataque de Bernstein a la teoría se percibió como singularmente dañino, dado que era uno de los albaceas literarios de los documentos legados por Marx y Engels. Este último concluyó el prólogo al Libro Tercero el 4 de octubre de 1894 y murió el 5 de agosto de 1895. Kautsky, el editor de Die Neue Zeit (Tiempo nuevo), la principal publicación teórica del partido, dio la bienvenida al debate y publicó los ocho artículos críticos de Bernstein, pero August Bebel, líder del partido, se alarmó ante lo que estaba ocurriendo y manifestó su esperanza de que Bernstein renunciara a su militancia. Las críticas del propio Bernstein se debatieron luego en los sucesivos congresos del partido, en 1898 y 1899, pero terminaron siendo condenadas como muestras de «revisionismo». A partir de entonces el enfoque de Bernstein quedó clasificado como una herejía que era preciso distinguir del «marxismo ortodoxo».[2]
Desde un principio, lo que llegó a denominarse «marxismo» se edificó sobre una visión inequívocamente selectiva de lo que debía considerarse la teoría de base, no solo frente a potenciales herejes sino incluso en relación con el propio Marx. El Marx celebrado desde la década de 1890 en adelante era el teórico de la universalidad del capitalismo y su desplome inevitable a nivel global.
Mientras tanto, los líderes socialdemócratas decidieron qué estaba permitido decir acerca de su personalidad. En 1905 Franz Mehring, su primer biógrafo, escribió a Karl Kautsky indicándole que sería imposible publicar la correspondencia entre Marx y Engels sin antes censurarla. Mehring afirmaba que, si la correspondencia aparecía en su versión original, todos los empeños desarrollados en los veinte últimos años para resguardar el prestigio literario de Marx habrían sido en vano. La correspondencia estaba plagada de referencias ofensivas contra prominentes socialdemócratas y también contenía comentarios despectivos y racistas en contra de múltiples figuras públicas, como el primer líder socialdemócrata, Ferdinand Lassalle. Por tanto, en 1913 Bebel procedió al fin a realizar, junto a Bernstein, una edición censurada de las cartas en cuatro volúmenes, según Mehring había planteado. Tal y como Bebel escribió a Kautsky, «dicho sea de paso, te confieso solo a ti —pero guarda, por favor, absoluto silencio al respecto— que algunas de las cartas no fueron publicadas, ante todo porque resultaban demasiado fuertes para nosotros. Los dos viejos tenían, en su época, una forma de escribirse con la que no consigo, en modo alguno, sentirme a gusto».[3] Entre 1929 y 1931, David Riazánov publicó al fin una edición sin censurar de la correspondencia.
Lo que este episodio sugiere es que, a finales del siglo XIX, había importantes diferencias entre el propio Marx —quién era, cómo se comportaba, en qué creía y qué pensaba— y las formas en que el discurso político llegó a representarlo. Así, la figura que había emergido era la de un severo y barbado patriarca y guardián de la ley, un pensador de una consistencia implacable, con una visión imponente del futuro en ciernes. Este era el Marx que habría de percibir —bastante equivocadamente— el siglo XX. Una imagen que Isaiah Berlin enunció con brillantez en dos frases de un artículo suyo fechado en 1939: la fe de Marx en su propia visión sinóptica era «esa clase de enfoque ilimitado y absoluto que pone fin a todos los interrogantes y disuelve todas las dificultades»; «su sistema intelectual era cerrado, en el sentido de que todo lo que se sometiera a él debía seguir un patrón preestablecido, pero era un sistema fundado en la observación y la experiencia».[4]
El objetivo de este libro es situar a Marx de vuelta en el ámbito del siglo XIX antes de que estas elaboraciones póstumas sobre su personalidad y sus logros fueran confeccionadas. Karl, como lo llamaremos de aquí en adelante, nació en un mundo que aún se recobraba de la Revolución francesa, el Gobierno napoleónico de Renania, la emancipación a medias y prontamente revertida de los judíos, y la atmósfera sofocante del absolutismo prusiano. Era también un mundo en el que había ciertas vías de escape, aunque discurrieran en su mayor parte en el terreno de la imaginación. Coexistían la belleza de la polis griega, la inspiración de los poetas y las obras de Weimar, el poderío de la filosofía alemana y las maravillas del amor romántico. Pero Karl no fue solo el producto del universo cultural en el que emergió. Desde un principio, él mismo se mostró resuelto a dejar su propia huella en ese mundo.
1
PADRES E HIJOS
LA AMBIGÜEDAD DE CONVERTIRSE EN PRUSIANO
Karl Marx nació en Renania el 5 de mayo de 1818, tres años después de la batalla de Waterloo. Por todas partes a su alrededor había indicios de los empeños de reconstruir y restaurar una Europa que había sorteado treinta años de destrucción, así como de las transformaciones que trajeron consigo la Revolución francesa y las guerras napoleónicas, y en ningún otro lugar había más de esos indicios que en Renania. Situada entre Francia y la Confederación Germánica, la población renana era en su abrumadora mayoría católica, aproximadamente un millón y medio de entre los dos millones de almas que la habitaban profesaban esa fe. Antes de 1789 la región había sido gobernada desde tres obispados principescos —Colonia, Mainz y Tréveris— que habían gozado de la prerrogativa de elegir, junto a otros cuatro principados electores, al emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, pero durante la Revolución y las guerras napoleónicas no solo había ocurrido que los ejércitos en pugna cruzaran y volvieran a cruzar por ese «Corredor de los monjes», como lo denominaban sus habitantes, sino que los estados al mando de esos ejércitos habían redefinido el área en su totalidad: primero en 1794, para integrarla en la Francia revolucionaria, y después de 1815, como parte del reino protestante de Prusia. El Sacro Imperio Romano Germánico, que existía desde el año 800, había sido abolido por Napoleón en 1806, y los aliados victoriosos reunidos en Viena en 1815 no habían hecho el menor amago de restaurarlo.
Es preciso llamar la atención sobre la magnitud de estas guerras. Se estima que murieron alrededor de cinco millones de europeos, el mismo número de bajas registradas luego en la Primera Guerra Mundial. La escala bélica no tenía parangón con las anteriores. En el siglo XVIII los ejércitos disponían solo de unas decenas de miles de efectivos; en abierto contraste, el ejército con el que Napoleón invadió Rusia en 1812 contaba con seiscientos cincuenta mil hombres. El efecto de la guerra en la sociedad también experimentó transformaciones. Las guerras del siglo XVIII habían sido libradas en buena medida entre mercenarios, pero en la estela de la Revolución francesa irrumpieron los «ejércitos nacionales», primero en Francia y luego en Prusia. Surgió la idea del «servicio a la nación» y con ella se estableció la práctica del reclutamiento militar. Renania fue relativamente afortunada en cuanto a evitar los estragos directos de la guerra, aunque en todos los lugares hubo grandes batallas. Pero, siendo parte del Imperio napoleónico, no pudo evadir el reclutamiento. Entre 1800 y 1814 Renania aportó ochenta mil hombres, uno de cada veinte varones de su población total, a los dos millones de soldados movilizados por Francia. La mitad de ellos jamás volvió a casa.[5]
Karl Marx nació en Tréveris, el centro del valle vinícola del Mosela, al suroeste de Renania. Como núcleo de una región exclusivamente agrícola —exceptuando algunas manufacturas en hierro en el Eifel—, la fortuna de Tréveris estaba estrechamente ligada a la vid y la madera. Los viñedos y las tierras forestales se extendían por las laderas del río, y más allá se erguían los bosques de la despojada región de Hunsrück al sur, con el Eifel por el norte. Fundada con el nombre de Augusta Treverorum en el año 16, Tréveris se autoproclamaba como la ciudad más antigua de Alemania y se convirtió en la provincia romana de la Galia Bélgica. Habiendo sido alguna vez el centro dominante de la Galia, puede que la ciudad romana llegara a albergar a unas ochenta mil personas. Tras el declive de su relevancia administrativa durante la Alta Edad Media, en el siglo XII los arzobispos de Tréveris se convirtieron en príncipes-electores del Imperio, y la ciudad volvió a disfrutar de un nuevo periodo de prosperidad durante la Baja Edad Media, pero en torno a 1802, según las cifras oficiales, los habitantes de Trèves (como la rebautizaron sus ocupantes franceses) eran 8.846 y disminuyeron aún más, a 7.887, con la retirada en 1814 de los soldados y oficiales galos. Después su población volvió a aumentar y, en torno a 1819, era de 11.342 personas.[6]
El padre de Karl, Heinrich, había nacido en 1777 en el disputado pueblo fronterizo de Saarlouis, siendo el tercer vástago de Meier Halevi Marx, rabino de la comunidad judía local. En 1788 Meier Halevi se desplazó para ser rabino de Tréveris, donde permaneció hasta su muerte en 1804. El hermano mayor de Heinrich, Samuel, sucedió a su progenitor y continuó en su oficio hasta su muerte en 1827, mientras que Heinrich se convirtió en abogado, profesión en la que alcanzó renombre, hasta que en 1832 le fue conferido el estatus de Justizrat (el equivalente a consejero de la Corona). Ampliamente reconocido como un distinguido jurista en Renania, Heinrich murió el 10 de mayo de 1838. La madre de Karl, Henriette, nació en 1788 en una familia judía de Nimega, Holanda, donde se describía a su padre como comerciante, cambista de dinero y recolector de los fondos de la lotería. En 1814 ella se casó con Heinrich, que le había sido presentado con toda probabilidad por sus familiares de Amsterdam. Luego dio a luz a nueve hijos y murió el 30 de noviembre de 1863.[7] En algún momento entre 1816 y 1819, Heinrich se bautizó en la Iglesia evangélica de Prusia. Sus hijos también lo hicieron en torno a 1824, seguidos de Henriette en 1825.
LA REVOLUCIÓN, EL IMPERIO Y LOS JUDÍOS EN RENANIA
El drama histórico que enmarca estos escuetos datos biográficos fue la Revolución francesa, que redundó en la ocupación por los franceses de Renania, en las reformas realizadas por el Imperio napoleónico y, en 1815, en la anexión de Renania por Prusia, acontecimientos que cambiaron profundamente la suerte de la familia Marx. Heinrich no se habría convertido jamás en abogado de no ser por las consecuencias de la Revolución. Jamás habría obtenido su calificación legal de no ser por las iniciativas educativas de Napoleón, y no habría podido seguir con su profesión si no se hubiera adaptado a las políticas cada vez más restrictivas de Prusia hacia los judíos a partir de 1815.
Estos hechos históricos contribuyeron muchísimo a moldear la concepción del mundo del joven Karl, su relación con sus padres y su actitud por lo general negativa hacia el pasado judío de su familia. La vasta sombra que estos acontecimientos proyectaban se explica por las enormes esperanzas que los años iniciales de la Revolución despertaron, entre 1789 y 1791, es decir, la promesa de un Gobierno representativo, la libertad de culto y expresión, y la igualdad ante la ley, todo ello manifestado en la Declaración de los Derechos del Hombre. Dicho sueño fue un punto de inflexión decisivo para la generación de Heinrich Marx, pero conviene recordar los acontecimientos finales, de 1792 a 1794, que engendraron la dramática sustitución de la desacreditada monarquía francesa y el establecimiento de una república, una modalidad política que hasta entonces se creía impracticable en los vastos, antiguos y populosos estados europeos. La república recién constituida se había defendido con éxito contra el resto de Europa con la ayuda de un ejército de ciudadanos, una Constitución democrática y hasta un culto laico para apuntalar su visión de un mundo nuevo. Pero había engendrado a su vez el Terror, la virtual bancarrota de la nación y la ruina que supuso el jacobinismo radical. Para los radicales de la generación de Karl, 1792 importaba más que 1789. La república jacobina servía tanto de inspiración como de punto de partida para cualquier empeño de explicar por qué se había hundido finalmente la Revolución, y tal tensión entre las concepciones liberales y republicanas en el seno de esta habrían de dominar el discurso de las agrupaciones de oposición renanas durante las revoluciones de 1848.
Los cambios traídos por la Revolución fueron trascendentales. El régimen de Francia anterior a 1789 estaba conformado por un sistema de estamentos jerárquicamente concebidos, inspirados en la diferenciación presunta entre quienes oraban, quienes combatían y quienes trabajaban. La Revolución dio pie a una nación nueva. En su nueva Constitución, aquellos que trabajaban —el Tercer Estado— se convirtieron en la nación misma. Los privilegios y la existencia separada de los otros dos estados, la aristocracia y el clero, se abolieron. Aún más, la noche del 4 de agosto de 1789 fueron revocados en todos los pueblos y ciudades del país los privilegios y poderes feudales. Se abolió la servidumbre y el campesinado quedó facultado para adquirir la tierra que cultivaba hasta entonces, ya fuese de una vez o mediante el pago de modestas tasas de amortización. Finalmente, con la transformación de los Estados Generales en una Asamblea Nacional, la nación recién refundada descansaba ahora sobre una fuente nueva y absolutamente laica de legitimidad política: la soberanía popular.
Con todo, sería un error suponer que los acontecimientos de la Revolución habían sido el fruto de una agenda revolucionaria en apariencia bien definida. Solo vista en retrospectiva puede considerársela de ese modo, porque todo el proceso fue bastante más ambiguo y tortuoso.
Al comienzo de la Revolución, «la abrumadora mayoría de los diputados estaba convencida de que todas las reformas debían alcanzarse con el patrocinio de la monarquía, en estrecha colaboración con un rey por el que seguían demostrando una fuerte devoción filial». Los diputados insistían en la «visión del retorno a un pasado idealizado, un proceso de reformas en el que los precedentes históricos seguían teniendo considerable importancia». «Aun así, de algún modo, en el breve espacio de seis semanas y tras reuniones de una extraordinaria efervescencia» durante el verano de 1789, esos delegados llegaron «a una postura que solo cabía calificar de revolucionaria», a un «nuevo concepto de la soberanía nacional, fundamentalmente democrático en sus implicaciones».[8]
En un principio, pareció existir la probabilidad de que la Asamblea adoptara la monarquía histórica, moderada por un equilibrio de poderes, que era lo que habían propuesto su Comité Constitucional y su respectivo presidente, Jean-Joseph Mounier. En lugar de ello, se adoptó una Constitución radicalmente nueva, inspirada en la soberanía nacional y en una asamblea legislativa unitaria, una propuesta más afín al espíritu de Rousseau. La Corona, ahora definida de hecho como una autoridad ejecutiva subordinada, solo recibió el poder temporal de veto suspensivo y este veto debía ser adicionalmente sancionado mediante un recurso ante el pueblo, entendido como tribunal último de apelación. Este sistema, como advirtió Brissot, el líder girondino, solo podía funcionar con un «rey revolucionario».[9]
Muchos de los representantes no tenían claro si la Asamblea Nacional estaba intentando reformar un sistema preexistente o establecer uno nuevo. El resultado, nada sorpresivo, fue incoherente: una combinación inestable y virtualmente insostenible del principio de la soberanía inalienable de la voluntad general, inspirado en Rousseau, y de otro principio contrario a Rousseau, el de una asamblea representativa.
En parte, la razón de esa confusión apreciable de propósitos fue la debilidad de un Ejecutivo sumido en la bancarrota financiera, sin fuerzas para impedir la adopción de un léxico hecho de abstracciones universales, siguiendo el ejemplo de los estadounidenses en 1776. Varios miembros de la Asamblea señalaron el riesgo de adoptar ese lenguaje. El argumento de Champion de Cicé, obispo de Burdeos, fue sintomático a este respecto: «No debemos preocuparnos de los derechos naturales y adosarlos a la cuna de unos pueblos aún inmaduros, sino de los derechos civiles, del Derecho positivo de un gran pueblo que ha permanecido unido en los quince últimos siglos. […] Dejemos de lado al hombre natural para preocuparnos de la porción del hombre civilizado». Otro moderado, Pierre-Victor Malouet, indicaba los peligros evidentes de adoptar semejante enfoque. A diferencia de Estados Unidos, una sociedad, decía él, ya «preparada para la democracia» y «enteramente compuesta de propietarios», en Francia «el hecho de anunciarlo en términos absolutos a hombres sufrientes, privados del conocimiento y de recursos, que son, en sus derechos, iguales al más poderoso y afortunado» podría «destruir los vínculos necesarios» entre ellos e incitar a la «ruptura universal».[10]
A medida que la Revolución se desarrollaba, ese lenguaje relativo a los derechos universales adquirió un filo cada vez más coercitivo. En parte, puede atribuirse a la radicalización revolucionaria frente a la hostilidad creciente de la Iglesia católica, a la resistencia y al intento de fuga del monarca, sumados a la guerra civil en la Vendée y a la determinación cada vez más resuelta de las potencias europeas de luchar contra lo que Burke denominó «la doctrina armada» de la Revolución. En este estado de excepción irrumpió, para sustituir la religion royale del Ancien Régime, una nueva forma de lo sagrado que ahora radicaba en la nación. Fueron desmanteladas las antiguas estructuras eclesiásticas y removidos los fundamentos sagrados de la monarquía, y hasta el propio cristianismo. Se intensificó la presión para que la autoridad política y religiosa se fundiera en una sola bajo los auspicios republicanos. Fue un proceso que culminó pronto, en el verano de 1794, cuando Robespierre fundó el Culto al Ser Supremo, una religión laica y republicana inspirada en las ideas esbozadas originalmente en El Contrato social de Rousseau.
Las diferencias entre lo que sería llamado «liberalismo» y «republicanismo» surgieron en el transcurso de estos conflictos crecientes, pero la escisión entre las buenas intenciones del inicio y los resultados políticos existió desde un principio. Ya en 1789, al recurrir la Asamblea Nacional a un lenguaje de derechos naturales y soberanía popular, generó resultados nada fieles a las aspiraciones originales que ella misma se había fijado. Lo que prevaleció, incluso en tales debates, fue un lenguaje que apelaba al voluntarismo político antes que a razones sociales, a la soberanía absoluta antes que a un Gobierno limitado por los derechos del hombre; un lenguaje que también podía justificar el Terror.[11]
Dicha tensión entre la concepción liberal y republicana de la Revolución fue particularmente apreciable en el caso de la emancipación de los judíos. Según la Declaración de los Derechos del Hombre de 1789, los hombres nacían, y seguían siendo, libres e iguales en derechos. Por añadidura, ninguna persona debía ser perseguida en función de sus opiniones, incluso las religiosas, siempre que la expresión de estas no perturbara «el orden público establecido por la ley». Sobre esta base, la Asamblea Constituyente garantizó a los judíos, el 27 de septiembre de 1791, la ciudadanía francesa y todos sus derechos concomitantes.
Antes de 1789 los pensadores mejor dispuestos a favor de los judíos habían sido todos protestantes, algunos exiliados en Holanda, como los que rodeaban a Pierre Bayle y Jacques Basnage, y otros afincados en Inglaterra, librepensadores como John Toland, quien reclamaba la libertad de culto para todas las confesiones. Montesquieu había ejercido también presiones a favor de la tolerancia en nombre de la razón, pero a la vez como una medida justificada por la raison d’état, diseñada para garantizar que las actividades mercantiles de los judíos quedaran enteramente al servicio del Estado. La actitud de los católicos voceada por Bossuet y Fleury era, por razones teológicas, negativa al respecto: si bien admitían que los judíos actuaban como testigos de la Gloria de Dios y formaban parte de la historia tradicional de la Iglesia, por lo cual debían ser protegidos, también creían que eran testigos de la ira de Dios; por ende, debía conservárselos en una condición humillante o convertirlos. Los sectores más negativos respecto a los judíos no eran, con todo, los fieles cristianos, sino una corriente de opinión dentro de los Philosophes, especialmente Voltaire, para quien los judíos reunían en sí mismos «la más sórdida avaricia» con «la más detestable superstición». Tales puntos de vista eran compartidos en mayor o menor grado por otros filósofos relevantes de la época, como Diderot, Jaucourt y D’Holbach.[12]
En 1789 los Cahiers de Doléances —las frases que resumían las aflicciones de cada localidad de Francia enviadas a París— revelaron fuentes más mundanas del sentimiento antijudío, especialmente en Alsacia y las provincias orientales fronterizas con Renania. Aquí los argumentos religiosos eran menos frecuentes que las quejas económicas por la vinculación frecuente de los judíos a la usura. Tales resentimientos contaban con una base real en las presiones de índole demográfica y económica que sufrían los trabajadores agrícolas, afligidos por la subdivisión de tierras en alquiler, la escasez de moneda y la dificultad de obtener créditos en forma regular, todo lo cual estalló en julio de 1789 en torno a la época de la Grande Peur. Los campesinos se alzaron no solo contra los seigneurs, sino también contra los judíos, obligando a varios centenares de ellos a huir de Renania a Basilea o Mulhouse. Es la razón, en parte, de que la Asamblea Nacional concediera la igualdad de derechos a los protestantes y los actores intervinientes el 24 de diciembre de 1789, y a la comunidad judeo-sefardí de Burdeos («los portugueses») en enero de 1790, pero que esa medida no fuera ampliada a los judíos de las provincias orientales hasta septiembre de 1791 y, ya entonces, quizá debido al cambio del clima político creado por el intento de fuga del rey a Varennes, en el mes de junio.
Entre 1792 y 1793 los ejércitos franceses ocuparon la Renania meridional y establecieron una república jacobina en Mainz, entre el electorado religiosamente cercano de Tréveris; en 1794 ocuparon toda la orilla izquierda del Rin (hipotéticamente, el verdadero límite de la Galia romana y un objetivo preexistente de la expansión francesa que asumió el revolucionario Danton) y se quedaron hasta la caída de Napoleón en 1815. Renania había pasado a formar parte de la República francesa y, por consiguiente, del Primer Imperio. Y así, la doctrina de los derechos universales entró en vigor también allí.
La situación de los veintidós mil judíos en la Renania abrumadoramente católica variaba de manera significativa entre un territorio y otro. En Colonia, por ejemplo, los judíos habían permanecido excluidos de la ciudad desde su expulsión en 1424; en Bonn gozaban de tolerancia, mientras que los protestantes no; en Aachen incluso los protestantes eran obligados a celebrar misa fuera de las puertas de la ciudad; en Mainz, por otra parte, se reconocían iguales derechos a judíos y cristianos: los judíos podían asistir a las escuelas cristianas y, desde 1786, tanto protestantes como judíos estaban autorizados a obtener una licenciatura en la universidad local. En Tréveris los judíos habían quedado sujetos a una historia singularmente accidentada. Sometidos a variados ataques en la época de la primera cruzada en 1096 y de nuevo en la era de la Peste Negra, habían conseguido prosperar entre ambas instancias. Luego fueron expulsados de la ciudad durante buena parte del siglo XV y de nuevo a finales del siglo XVI; la última arremetida significativa contra sus propiedades fue en 1675. En el siglo XVIII los antagonismos parecieron disminuir. Se trataba a los judíos con más tolerancia y recibieron mayor consideración al ser uno de los componentes escogidos por un movimiento de Ilustración católica que presionaba a favor de las minorías religiosas. En parte, los reformadores católicos, especialmente el «febronianismo» en Tréveris, actuaban movidos por principios, pero a la vez porque temían quedarse atrás en ciertas áreas frente a los protestantes alemanes, aquellas en las que una mezcla de Ilustración y una economía ligada a la raison d´état había traído consigo un aumento sostenido de la prosperidad general.[13]
Aun así, el trato dado a los judíos en estos principados, episcopados y ciudades-estado no era el de cosúbditos equivalentes, sino el otorgado a miembros de una «nación» separada y exterior a los estados en cuestión. Quedaban, por ello, restringidos a ciertos barrios, les estaba prohibido acceder a innumerables oficios y eran objeto de un impuesto discriminatorio, justificado como un dinero de resguardo, aplicado a la totalidad de la comunidad judía local y repartido después entre sus integrantes.
Pese a la ambivalencia de las actitudes vigentes hacia ellos, ya en vísperas de la Revolución se había establecido un puente entre el universalismo y la emancipación de los judíos. La postura a la que se había llegado equivalía, con todo, a bastante menos que el reconocimiento pleno e incondicional de iguales derechos. En Francia, ya fuese formulada por católicos reformistas como el abate Grégoire, por los miembros del Partido Patriota o por simpatizantes de la Ilustración, la forma que el argumento adoptaba siguió siendo explícita o implícitamente condicional, sugiriendo que concederles la igualdad de derechos contribuiría al final a «la regeneración» de los judíos, implicando con ello su acelerada asimilación a la comunidad «nacional» y su desaparición efectiva al cabo de pocas generaciones.
Los términos del debate se habían planteado por primera vez en Alemania, donde la partición de Polonia, con sus setecientos cincuenta mil judíos situados entre Rusia, Austria y Prusia, había suscitado interrogantes no previstas respecto a la forma en que debía tratarse a estos nuevos súbditos.[14] En Austria esto precipitó el Decreto de Emancipación promulgado por José II en 1781. En Prusia, donde la pequeña comunidad judía se había duplicado y el creciente antisemitismo de Alsacia estaba provocando grandes ansiedades, esta situación nueva generó en ese mismo año el primer alegato en favor de la emancipación por parte de un no judío, Christian Dohm, profesor de Historia y amigo del gran exponente del judaísmo ilustrado que era Moses Mendelssohn. Dohm era un representante del culto natural y rechazaba todos los credos «positivos». Gran parte de su argumentación, en Sobre las mejoras cívicas de los judíos, descansaba en la capacidad de estos de llegar a ser miembros más felices y provechosos para la sociedad una vez se pusiera fin a la opresión «tan indigna de nuestra época» que los ha corrompido. La remoción de la discriminación legal, suponía Dohm, habría de conducir a la asimilación de los judíos en la sociedad gentil y la gradual desaparición de una identidad específicamente judía. En lugar de sus «opiniones religiosas asociadas al clan», los inspiraría ahora el patriotismo y el amor al Estado, lo cual ocurriría como parte de una transformación mayor de la sociedad en conjunto, de una jerarquía de estamentos a una estructura social basada en el mérito.[15]
Este libro fue rápidamente traducido y publicado en Francia, donde causó un impacto inmediato. En 1787 inspiró un concurso de ensayo en Metz con la pregunta: «¿Hay formas de hacer a los judíos de Francia más felices y provechosos?». La respuesta más célebre provino del abate Grégoire. Al igual que Dohm, Grégoire argumentaba a favor de eliminar las trabas a los judíos, tanto civiles como políticas, no tanto para incrementar su utilidad, sino para lograr su «regeneración». Grégoire fue el primer cura católico en escribir con simpatía acerca de las demandas de los judíos, pero a la vez hizo una extravagante exploración, en una ecléctica variedad de fuentes, con miras a explicar su «corrupción». No era solo que Dios los hubiese castigado dispersándolos por todo el orbe; además coincidía con el clérigo suizo Johann Kaspar Lavater, el ampliamente valorado inventor de la «ciencia» de la «fisonomía», en su creencia de que era posible detectar la degeneración moral de los judíos en sus rasgos faciales.[16]
Tras irrumpir la Revolución, Grégoire se convirtió en uno de los adalides de la Iglesia constitucional, establecida por la Asamblea Nacional para rectificar los abusos de la Iglesia católica durante el Ancien Régime. Con el advenimiento de esta nueva Iglesia y la nueva sociedad, creía él, los askenazis se disolverían en el seno de la nación. Es más, el argumento para la «regeneración» de los judíos se expresaba ahora en términos universalistas, pues todos los grupos dentro del Ancien Régime habían sido corrompidos en mayor o menor grado antes de 1789. Grégoire no dudaba de que la nueva nación emergente tendría un carácter unificado y de que, por ende, todos deberían transformar sus hábitos y valores. Específicamente, el matrimonio mixto permitiría alcanzar una nueva homogeneidad. Además de a los judíos, Grégoire prestaba especial atención a la transformación de la población rural, de los negros libres y de su bête noire particular, los hablantes de dialectos.
¿Cuánto cambió la suerte de la familia Marx en los diez años que siguieron al Decreto de Emancipación de 1791?[17] La evidencia disponible es solo indirecta y nos sugiere una escasa mejoría real en la situación de los judíos de Renania. Era posible una mayor libertad de escoger residencia y hasta hubo una apertura en las opciones disponibles para los artesanos, pero había a la vez una hostilidad jacobina creciente hacia todas las formas de idolatría preexistentes, lo cual culminó en el cierre de todas las iglesias y sinagogas entre septiembre de 1793 y febrero de 1795, o su conversión en Templos de la Razón. El restablecimiento de las congregaciones, en las secuelas dramáticas de estos acontecimientos, resultó a menudo difícil, pues muchos estaban ahora felices con su nuevo estatus de ciudadanos iguales y se negaban a mantener su anterior contribución al sustento comunal. El alojamiento de las tropas francesas de ocupación y la confiscación de provisiones para el ejército galo fueron otro problema mayor. En la vecina Alsacia, los años duros del régimen galo de Termidor (1795-1799) trajeron consigo una irrupción adicional de ira contra la usura, y pese a que también estaban involucrados prestamistas cristianos, el blanco principal de la animosidad campesina fueron los judíos.[18]
Bajo el dominio napoleónico hubo vuelcos incluso más dramáticos en la suerte de los judíos renanos. En la década de 1790 los jacobinos habían adoptado una actitud explotadora hacia la población local. Habían clausurado las cuatro universidades del Rin —Bonn, Colonia, Tréveris y Mainz— y habían transferido los tesoros de arte locales a París. Napoleón, por su parte, estaba decidido a cortejar a las élites regionales en busca de su cooperación y abolió el calendario revolucionario, apoyando las costumbres y festividades locales (y en grado no menor, el día de San Napoleón). A la vez que se mostraba impaciente ante las humanidades y los cursos impartidos tradicionalmente dentro de las universidades, era un entusiasta promotor de las asignaturas técnicas y artesanales. Aparte de las ciencias aplicadas, le interesaba singularmente la promoción de la jurisprudencia como un medio de apoyar su código legal recién elaborado y definitivo, el Código Napoleónico. Era este un proyecto digno del fundador de un Segundo Imperio romano o de un nuevo Justiniano. En una gira de Estado por Renania en 1804, se quedó brevemente en Tréveris, donde ordenó que la magnífica Porta Nigra romana fuera despejada del embrollo de edificaciones medievales que la rodeaban y ordenó la fundación de una nueva Escuela de Derecho en Coblenza.[19]
En 1801, ante todo para pacificar la región de la Vendée, al oeste de Francia, el núcleo de la resistencia monárquica y clerical a la república laica, Napoleón firmó un Concordato con el Papa. Habiéndose quitado de en medio las objeciones católicas a su dominio, prosiguió con otras medidas diseñadas para ampliar la homogeneidad administrativa a otras confesiones, principalmente a protestantes y judíos. Su justificación fue que «el pueblo debe tener una religión y esa religión ha de estar bajo el control del Gobierno. […] Mi política —afirmó— es gobernar a los hombres como la mayoría de ellos quiera ser gobernada. Esa es la forma, creo yo, en que uno reconoce la soberanía popular. Si gobernara yo sobre un pueblo de judíos, reconstruiría el templo de Salomón».[20]
Napoleón parece haber experimentado un rechazo instintivo ante los judíos, alimentado en parte por su crianza católica, en parte por sus lecturas de Voltaire. «Los judíos son un pueblo vil —escribió en su Memorial de Santa Helena—, cobarde y, con todo, cruel.»[21] Pero estaba, al mismo tiempo, decidido a rebajar la tensión endémica que afectaba a las nuevas provincias orientales del Imperio, particularmente por la vía de acelerar el proceso de «regeneración» judía. Por tanto, y pese a su repulsa, hizo mucho por regularizar el estatus legal de los ciudadanos judíos y por ampliar sus oportunidades ocupacionales.
El 9 de febrero de 1807, junto a otros setenta y un rabinos prominentes y judíos laicos, Samuel Marx, el rabino de Tréveris —hermano de Heinrich y tío de Karl—, fue convocado por Napoleón al Gran Sanedrín en París.[22] En una reunión previa de judíos notables les habían planteado una serie de preguntas hostiles, diseñadas para acelerar su asimilación por la vía de iluminar las áreas en las que se consideraba que la ley judía era incompatible con las leyes de la nación. Se les interrogó acerca de sus actitudes hacia el patriotismo, el matrimonio mixto, la autoridad estatal y la usura. Como fruto del Sanedrín, dos nuevos decretos reorganizaron la fe judía en conformidad con directrices aprobadas por el Estado. Los miembros del rabinato se convirtieron en empleados públicos, análogos a los pastores protestantes y a los curas católicos, y la administración del credo judío le fue confiada a una Consistoría General semejante a la que regía a las comunidades protestantes. Bastante más inflamatorio fue el tercer decreto, el llamado décret infâme (decreto infame), medida que prolongaba la práctica de una recaudación impositiva discriminatoria, aunque estuviera supuestamente diseñada para abolir los obstáculos a la «regeneración» judía, sobre todo la práctica de la «usura». No solo conminaba a la especialización en otros oficios, sino que modificaba los acuerdos crediticios existentes, obligaba a los negociantes judíos a acudir a la Prefectura para que les fuera renovada anualmente la licencia de comerciar, prohibía a los judíos —a diferencia de otros grupos— que evitaran el reclutamiento militar pagando por alguien que los sustituyera y los forzaba a registrarse, y de ser necesario modificar su apellido, para cumplir con las nuevas exigencias del registro civil.
Los judíos renanos se mostraron deseosos de probar su patriotismo haciendo los mejores esfuerzos por adaptarse a estos decretos, en particular a los que apuntaban contra la usura. El 16 de agosto de 1808, durante una celebración del natalicio de Napoleón en una sinagoga de Tréveris, Samuel Marx, el tío de Karl, urgió a la juventud judía a dedicarse al comercio artesanal, la agricultura o las ciencias; su propio hijo fue formado como jardinero. El Consistorio recién creado se mostró deseoso, a su vez, de actuar en forma decidida contra la usura. Un documento de 1810 afirma que Samuel no había «desperdiciado oportunidad alguna de advertir contra el fanatismo tan contrario al espíritu de nuestra religión», y había señalado que el Consistorio informaría de inmediato a las autoridades de cualquier «israelita» que, por la práctica de la usura, fuese encontrado «culpable de engaño a un no israelita».[23] Debió ser por esa misma época cuando el padre de Karl inició su carrera de abogado. En concordancia con las nuevas exigencias de la Administración pública, Heinrich —cuyo nombre original era Herschel— se cambió el nombre a Henri y aparece inscrito entre quienes se matricularon en Coblenza en un curso de tres años para obtener la licenciatura en Derecho. En 1814 —el año en que se casó— ejerció de testigo en el nacimiento de su sobrina y firmó como «H. Marx avoué».[24]
Pero el tiempo se le iba de las manos a Napoleón y su nuevo imperio. En la desastrosa campaña de Rusia en 1812, perdió de hecho a quinientos setenta mil hombres. El ejército ruso prosiguió su avance hacia el oeste, reforzado por la deserción del contingente prusiano dentro de la Grande Armée. Los austriacos se sumaron de nuevo a la coalición aliada y, en octubre de 1813, en la batalla de Leipzig, el ejército de doscientos mil hombres de Napoleón fue derrotado por una coalición de trescientos sesenta y cinco mil soldados austriacos, prusianos, rusos y suecos. Cuando los restos del ejército napoleónico entraron en Mainz en noviembre, perdieron una cifra adicional de dieciocho mil hombres a causa del tifus. A finales de enero de 1814 toda la orilla izquierda del Rin estaba en manos aliadas.
1815. RENANIA SE CONVIERTE EN PRUSIANA
Lo ocurrido con Renania era tema de discusión entre las fuerzas aliadas victoriosas. Prusia aspiraba a un trozo de Sajonia, como su parte en los despojos tras la victoria, pero después del colapso de la Holanda austriaca en la década de 1790, los británicos estaban decididos a que Prusia, en su calidad de potencia en el flanco oriental de Europa, sustituyera a Austria como «centinela» en el flanco occidental, en contra de una nueva y posible aventura militar francesa. Prusia se resistió a esta solución tanto como le fue posible, pues significaba que debía asumir la enorme responsabilidad de defender las extensas fronteras occidentales de toda Alemania. Los pueblos de Renania se mostraron también poco entusiastas. La gran mayoría de ellos eran católicos y habrían preferido con seguridad un gobernante de los Habsburgo. Llamaban a los prusianos «lituanos», mientras la gente de buena crianza se lamentaba de que «nos estemos casando con una familia pobretona».[25]
El desafío más inmediato para los prusianos no era el catolicismo, sino la amenaza que planteaba la ley renana. Si Renania iba a ser incorporada a Prusia, la ley prusiana debía de sustituir al sistema legal local. Solo que el código legal prusiano, el Allgemeines Landrecht, aunque de intenciones ilustradas, se había originado mucho antes de 1789 y no tenía en cuenta, en la práctica, los giros fundamentales que en lo legal y lo político habían ocurrido en Renania como fruto de la Revolución y veinte años de dominio francés. Igual que en Francia, el señorío feudal había sido sustituido por la soberanía de la propiedad privada, los derechos comunes habían sido privatizados, las mutualidades disueltas, la Administración reformada para ser más eficiente y las tierras eclesiásticas rematadas.
La totalidad de esta transformación social y política estaba incluida en un nuevo sistema legal y era apoyada con firmeza por la población local. Estas nuevas instituciones jurídicas se basaban en el Código Napoleónico, que suponía la igualdad ante la ley. Incluso un extraño giro de los acontecimientos había impulsado el sistema en una dirección aún más liberal. Bajo Napoleón, los jurados solo habían sido autorizados en casos ordinarios. Los delitos de interés especial para el Estado habían quedado reservados a tribunales especiales integrados por jueces y oficiales militares actuando por su cuenta. Sin embargo, durante la invasión aliada de 1814 los jueces que cumplían funciones en estos impopulares tribunales especiales habían huido y las cortes sin jurados habían sido todas clausuradas. En consecuencia, el sistema judicial de Renania se erguía entonces como un modelo de prácticas liberales y los principios que estas suelen contemplar —juicios con jurados, audiciones públicas, separación de la Magistratura y el Ejecutivo y prohibición de los castigos corporales— sobrevivieron hasta 1848, cuando se convirtieron en un modelo para los reformadores de toda Alemania.
En 1815 estaba aún poco clara la dirección que asumiría la política prusiana para su nueva provincia renana, pues la Revolución y la guerra habían forzado a Prusia a hacer cambios. En 1806, en las batallas de Jena y Auerstedt los prusianos habían resultado profundamente humillados por Napoleón, marcando el fin del orden político de la vieja Prusia y de la que era designada como «la clase agraria dominante y en uniforme».[26] En respuesta a dicho fiasco, los radicales en el seno de la Administración prusiana habían aplicado una serie de reformas primordiales. En el ejército fueron introducidos el reclutamiento y el ascenso basados en los méritos; además, se diseñó un sistema ministerial, se abolió la servidumbre vitalicia, se eliminaron las trabas a las mutualidades y se estableció el autogobierno municipal. Esas medidas se acompañaron de la enseñanza primaria universal y la fundación de una nueva universidad en Berlín.
Hubo también un giro sustancial en las actitudes hacia la emancipación judía y, promovido por el canciller reformista Karl von Hardenberg, el Edicto Concerniente a la Condición Cívica de los Judíos barrió, en 1812, con las jurisdicciones especiales de antaño y transformó a los judíos en «ciudadanos» del Estado prusiano. El edicto no iba tan lejos como la legislación gala de 1791, pues existía aún la expectativa de que, a un estatus modificado, siguiera una modificación en el comportamiento de los judíos. Además, se dejó sin resolver la cuestión de si estos serían elegibles para cargos gubernamentales. Con todo, como un primer paso, fue muy bienvenido por las propias organizaciones judías.
Un cambio como ese fue significativo en la eliminación de los presupuestos políticos que habían regido a la Prusia feudal y absolutista desde tiempos inmemoriales, cambio necesario al reanudarse la guerra contra Napoleón en 1813. Esta había implicado la movilización de Prusia en los meses previos a la batalla de Leipzig y, para muchos en aquella época, había significado el verdadero nacimiento de «Alemania».[27] Tras la humillación del 27 de octubre de 1806, cuando Napoleón y su ejército victorioso fueron ovacionados al cruzar a galope las calles de Berlín, se había producido una transformación extraordinaria en el escenario vigente. Ya habían surgido las primeras chispas de una resistencia nacional contra Francia, inicialmente confinada a círculos reducidos de estudiantes e intelectuales que defendían una «nación» en el sentido de una comunidad lingüística y cultural que abarcaba los principados y estados germanos existentes y los trascendía. Enseguida dicho sentimiento se fundió con una reacción creciente contra el comportamiento abusivo y explotador de la Grande Armée, hasta que la indiferencia popular se convirtió en odio a la potencia ocupante. Grupos de lectura, asociaciones estudiantiles y sociedades secretas hacían circular propaganda entre las clases instruidas y encontraron una recepción más vasta especialmente entre la juventud rural, incluidos los estudiantes, artesanos y jornaleros.
En 1813 la muy conservadora y absolutista monarquía prusiana se había visto forzada a seguir el ejemplo del Estado revolucionario francés y organizar su propio ejército basado en un reclutamiento masivo. Se convocó a toda la población masculina, incluidos los judíos, que cumplía con los requisitos, sin importar su estado de residencia, mientras una enorme variedad de grupos de voluntarios, incluidas las mujeres, proveían de apoyo a aquel esfuerzo de la sociedad burguesa. Momentáneamente la causa de Prusia y la causa de una «Alemania» en incubación se habían fundido. En adelante, la evocación infinitamente idealizada de esa instancia de unidad patriótica vivida en 1813, cuando el rey y su pueblo se habían fusionado, presuntamente, en un solo cuerpo, alimentó una reserva de sentimientos de lealtad a lo autóctono en las décadas previas a 1848.
La victoria definitiva sobre Napoleón en Waterloo, el 18 de junio de 1815, obra ante todo de las tropas británicas y prusianas, apareció como la culminación de las esperanzas forjadas por la «era de la reforma» en Prusia y la movilización patriótica de 1813. La cual se había visto precedida por la promulgación, menos de un mes antes, del Edicto Real del 22 de mayo, que prometía convocar una Asamblea representativa. Había también razones para mostrarse optimista respecto al futuro de Renania. Los gobiernos provinciales habían sido confiados a miembros prominentes del sector reformista, en particular a Johann Sack, Justus von Gruner y Christoph von Sethe, que se oponían a la vieja aristocracia y propiciaban el sistema judicial liberal de Renania. Por un tiempo pareció que una Prusia renovada y más progresista podría entenderse con su provincia posrevolucionaria.
Tales esperanzas se vieron enseguida defraudadas. La promesa de una Asamblea representativa fue dejada de lado. La creación por parte de Metternich de la Confederación Germánica, un antiguo conglomerado de treinta y ocho entidades principescas primordiales, dio al traste con una nueva modalidad de unidad alemana. La decepción y confusión de los activistas románticos y nacionalistas, ahora unidos en una nueva forma de movimiento estudiantil, el Burschenschaft, se expresaron en una nueva forma de mitin político, el Festival de Wartburg de 1817, que conmemoró el tricentenario de la Reforma de Lutero. Allí, entre una panoplia de otros objetos execrables, los participantes quemaron las obras del dramaturgo August von Kotzebue, que había escarnecido los ideales románticos y nacionalistas. Dos años después, ataviado con un «disfraz de alemán antiguo» diseñado por el gimnasta romántico Friedrich Jahn, un estudiante nacionalista y radical de Jena, Karl Sand, asesinó a Kotzebue en su propia casa. Esto bastó para asustar a Federico Guillermo III, rey de Prusia, a quien Metternich había ya persuadido de la amenaza que suponían los «demagogos» difusores del jacobinismo y el nacionalismo. En 1819 la Confederación Germánica, impulsada por Metternich, aprobó los Decretos de Carlsbad, que suprimieron las sociedades estudiantiles y dieron un fuerte golpe a la libertad de expresión y asociación.
En Berlín la baraja había comenzado ya a repartir a favor de los conservadores en la corte de Federico Guillermo, y el matrimonio de su hermana con el futuro zar Nicolás I de Rusia lo condujo en una dirección incluso más reaccionaria. En contraste con las políticas de los reformadores prusianos, había un nuevo énfasis en el lugar central que ocupaba la religión. En conformidad con un memorándum de 1816, la religión era el único vínculo suficientemente poderoso para transformar a un pueblo en un «todo unánime», capaz de una acción unificada y resuelta «en tiempos de amenaza externa». Esto implicó, a la vez, un giro en la política hacia los judíos y se dieron pasos para facilitar su conversión, pero, por la misma razón, mientras el judío siguiera siendo judío, debía ser estrictamente excluido de cualquier cargo del Estado.
Como abogado y judío, Heinrich Marx se vio atrapado en el fuego cruzado entre ambas facciones. El 13 de junio de 1815 le escribió al nuevo gobernador prusiano Johann Sack solicitando que la nueva Administración rescindiera el decreto napoleónico antisemita del 17 de marzo de 1808. En su carta aludía a sus congéneres religiosos, los Glaubensgenossen, arguyendo que, aun cuando algunos de ellos eran culpables de prácticas usureras, el remedio no radicaba en la legislación desigual vigente, sino en una ley nítida contra la usura. Y proseguía refutando el alegato de que esa forma de discriminación estaba diseñada como remedio para la degeneración judía. Daba «eternas gracias al Todopoderoso por el hecho de que aún éramos, y somos todos, seres humanos», afirmando que toda «persona que, tras un periodo tan largo de opresión, no hubiera degenerado por completo ha de llevar en su seno el sello indiscutible de la más noble humanidad; las semillas inextirpables de la virtud residen en el corazón; la chispa de la divinidad inspira el espíritu». Apelaba a su vez al «gentil espíritu del cristianismo», oscurecido a menudo por «el espíritu del fanatismo», a «la moral pura del Evangelio empañada por la ignorancia de los sacerdotes» y «a la voluntad del rey como sabio hacedor de la ley».[28]
A Heinrich le preocupaba singularmente su propia opción de practicar la abogacía. El 23 de abril de 1816, informando de las cifras de judíos empleados en la Administración de Justicia, el presidente del Tribunal del distrito, Christoph von Sethe, escribió a Berlín arguyendo que, aun cuando el Edicto de 1812 prohibía a los judíos ejercer la abogacía, a tres de ellos entonces inmersos en su práctica —Heinrich incluido— debía otorgárseles el derecho excepcional para proseguir con su ejercicio. Los tres habían escogido su profesión de buena fe y contaban con la garantía del monarca de que ningún funcionario podía ser expulsado de su cargo por el cambio de Gobierno. Pero Kircheisen, el conservador ministro de Justicia en funciones en Berlín, pensaba que no debía haber excepciones, al igual que el ministro del Interior prusiano, Von Schukmann.[29]
Con los reformadores a la defensiva o arrinconados —Sack fue tiempo después transferido a Pomerania—, poco podía hacer la Administración local para contrarrestar el asunto. Hacia fines de 1816 Heinrich sometió a la Immediat-Justiz-Kommission un informe sobre la institución de los tribunales de comercio en Renania. Cuando la Kommission lo invitó a publicar su informe, estuvo de acuerdo pero solo a condición de que pudiese conservar su apellido y lugar de residencia, temiendo las posibles consecuencias si se sabía que vivía en Tréveris. Como explicaba él mismo:
Por desgracia, mis nexos son de tal índole que, como padre de familia, debo ser cauteloso. Como es bien sabido, la confesión a la que la naturaleza me ha encadenado no disfruta de singular estimación y esta provincia no es, por cierto, de las más tolerantes. Y si he de soportar infinidad de cosas, algunas de ellas amargas, y me arriesgo a perder casi entera mi pequeña fortuna hasta que sobrevenga alguna vez la época en que se acepte que un judío pueda tener algún talento y ser además honrado, no puede culpárseme de haberme vuelto, en cierto sentido, un poco tímido.[30]
Y, así, Heinrich se hizo bautizar como miembro de la Iglesia evangélica protestante en algún momento entre 1816 y 1819. No existen registros de su bautismo, pero no hay motivo para dudar de la razón que lo propició. Fue porque, como bien establecieron hacía ya tiempo un amigo de Karl, Wilhelm Liebknecht, y su propia hija Eleanor, el régimen prusiano no le dejó otra opción para continuar con su labor de abogado.[31]
Si bien no caben dudas de la necesidad profesional de su bautismo, no queda claro que ese giro fuese del todo opuesto a sus convicciones. Sus referencias «al gentil espíritu del cristianismo» y «la moral pura del Evangelio» sugieren un intenso respeto por ese credo, aun siendo miembro de la comunidad judía. La consideración hacia sus progenitores pudo haber retrasado su conversión. Puede que aludiera a ello cuando, años después, en una carta reprobatoria dirigida a su hijo Karl, de diecinueve años, hacía hincapié en la necesidad de respetar a los padres, le mencionaba su propia experiencia y «lo mucho que he peleado y sufrido por no afligirlos [a mis padres] durante el mayor tiempo posible».[32] El cuñado de Karl, Edgar von Westphalen, evocando recuerdos cuarenta años después, clasificaba a Heinrich como un protestante al estilo de Lessing, o afín al modelo que proponía Kant de la fe y la razón unidas en una moral superior.[33] Eso concuerda, ciertamente, con el tono de otra carta que Heinrich escribió a su hijo Karl en 1835: «La fe pura en Dios es un gran sostén de la moral. Tú sabes que soy cualquier cosa menos un fanático, pero esa fe es [una exigencia] real para el hombre tarde o temprano, y hay momentos en la vida en que incluso el ateo se ve [involuntariamente] compelido a venerar al Todopoderoso […] pues, por lo que creían Newton, Locke y Leibniz, todos pueden […] subordinarse alguna vez».[34]
Parece que, en la década de 1820, Heinrich hizo bastantes progresos. Tras su nombramiento en 1818 en la Corte de Apelaciones de Tréveris, en 1821 escribió otro informe sobre la usura y se convirtió en defensor público. Era muy apreciado por sus colegas. En 1819 adquirió de un colega jurista la impresionante vivienda próxima a la Porta Nigra, y casi todos los padrinos de sus hijos fueron abogados de Tréveris. Edgar von Westphalen sostiene que era uno de los principales abogados y hombres más nobles de Renania. Y no perdió el contacto con la comunidad judía local. La familia Marx seguía teniendo la copropiedad de un viñedo en Merstesdorf con el doctor Lion Bernkastel, un miembro prominente del Consistorio al que Heinrich siguió recurriendo como médico hasta la década de 1830.[35] Y la familia cultivaba aún la amistad de la viuda del rabino Samuel Marx.[36]
Para la propia Tréveris y la región circundante, la década de 1820 no fue demasiado próspera. Bajo el dominio galo, el vino de Mosela disfrutó de un acceso más expedito al mercado francés, pero luego sufrió una crisis grave y prolongada durante unos pocos años, cuando se produjo la incorporación de la región a Prusia. Desorientados por la posición en apariencia monopolista otorgada a la industria local por el arancel prusiano de 1818, los viticultores aumentaron significativamente los acres dedicados a los viñedos y, al mismo tiempo, diluyeron la calidad, tentados por la promesa de un mercado prusiano masivo. A mitad de la década de 1820 la sobreproducción estaba llevando a una caída de los precios y esto se volvió catastrófico por los tratados comerciales con Baviera y Wurtemberg, que provocaron que los vinos del sur de Alemania, el Pfalz y el Rheingau, desplazaran a los de Mosela. La crisis de los viticultores se extendió a las décadas de 1830 y 1840, hasta el punto de que sus miserias solo podían compararse con las del caso contemporáneo al suyo de los hilanderos de Silesia.[37]
El otro pilar de la región eran los bosques, y durante la primera mitad del siglo XIX hubo una demanda creciente de madera, especialmente por parte de las fundiciones de hierro del Eifel y de los toneleros del comercio vinícola. Los campesinos pobres de las tierras altas se beneficiaban de esta demanda vendiendo la madera que recogían en el suelo del bosque, pero la consolidación de los derechos de propiedad privada durante el periodo napoleónico y su confirmación por los Estados Provinciales en las décadas de 1820 y siguientes amenazaban el sustento del campesinado al dificultar su derecho a recoger maderas sobrantes y caídas. La resistencia aldeana adoptó la forma del «robo de madera», realizado fundamentalmente por mujeres y niños. La cifra creciente de condenados por robo de madera a manos de jurados integrados por propietarios fue uno de los temas destacados en un artículo publicado en 1842 por Karl Marx en la Rheinische Zeitung (Gaceta Renana), pero el asunto no era tanto una batalla, como él creía, entre la propiedad privada y la agricultura de subsistencia, sino la lucha de los pobres por participar en el mercado de la madera.[38]
Si había desconfianza hacia el régimen prusiano en la década de 1820, fue enteramente silenciada. No existía tampoco una nostalgia de la Renania previa a los años del dominio francés. Berlín tuvo escasamente en cuenta los intereses económicos de la provincia renana; sus políticas de libre comercio estaban principalmente diseñadas para beneficio de los exportadores de maíz al este del Elba, en el corazón del territorio prusiano. Pero, al igual que Napoleón, los prusianos hicieron algún esfuerzo para que se los asociara con la cultura local. Devolvieron los tesoros saqueados, restauraron en 1818 la Universidad de Bonn (pero no la de Tréveris) y patrocinaron el culto romántico creciente a lo medieval, apoyando el proyecto de completar la catedral de Colonia. Con todo, su interés primordial era —y desde luego, más en Tréveris— militar y estratégico. Tréveris, un pueblo-guarnición a pocos kilómetros de la frontera francesa, estaba en la primera línea de defensa contra un potencial resurgimiento de Francia.[39]
En esa década de 1820 la promesa del monarca prusiano de convocar una Asamblea representativa, originalmente auspiciada por Hardenberg y otros reformadores del Gabinete, se transformó, por obra de los conservadores, en la participación periódica en una Asamblea Provincial organizada según las directrices de la sociedad estamentaria tradicional y sin contar con facultades presupuestarias.[40] Dado que, bajo la ley renana, el privilegio de nobleza seguía siendo ilegal, el intento de nombrar un estamento noble en la primera reunión de la Asamblea renana, en 1826, fue recibido en general como grotesco; los notables renanos seguían siendo claramente burgueses en su aspecto y estilo de vida. Sin embargo, pese a lo inapropiado de su protocolo, los líderes locales se las arreglaron para convertir estas asambleas en un vehículo de expresión del descontento con la burocracia prusiana local.[41]
1830 Y AÑOS POSTERIORES
En respuesta a los hechos acaecidos durante la década de 1830, las demandas del liberalismo renano adquirieron un perfil mucho más nítido. La revolución de julio de 1830 en París derrocó al régimen borbónico de Carlos X, hermano del ejecutado Luis XVI, y acabó con cualquier ambición de restaurar las estructuras del Ancien Régime. Un mes después, Bélgica presenció el inicio de una revuelta nacional exitosa contra los holandeses, y desde noviembre hasta el verano de 1831, los polacos hicieron un intento de desembarazarse del dominio ruso. El entusiasmo cundió entre los liberales y radicales germanos. Según el poeta Heinrich Heine, que estaba de vacaciones en la lejana Heligolandia, cuando llegaron las noticias de la caída de Carlos X, «el pescador que ayer me llevó a la islita de arena en la que nos dimos un baño sonrió y dijo: “Los pobres han tenido su día”».[42] En la Prusia brandeburguesa no hubo mayor revuelo, pero en Renania el hecho de que Francia y Bélgica, dos de sus vecinos más relevantes, se hubieran convertido en monarquías parlamentarias fue recibido con entusiasmo. Políticamente hablando, la presencia intimidante de las guarniciones prusianas inhibía cualquier desafío abierto a la Constitución vigente, sin considerar los disturbios ocurrido en Aquisgrán y Colonia,[43] pero en Hambach, situado en la Renania bávara, en mayo de 1832 una asamblea de ciudadanos, artesanos y estudiantes, reforzada por miles de campesinos locales en son de protesta, llamó a la conformación de un Estado-nación alemán fundado en la soberanía popular. Previsiblemente, la Confederación Germánica reaccionó con otro conjunto de leyes que endurecían la censura y prohibían toda forma de libre asociación y reunión.
La reacción de los ciudadanos de Tréveris fue menos visible, pero no tan débil como para escapar a la atención oficial. Las autoridades prusianas ya habían reparado, frunciendo el ceño, en las actividades del Club Casino, el club social fundamental del Bürgertum de la ciudad, el que en varias ocasiones había omitido, al parecer, el brindis a la salud del monarca. Y se habían mostrado incluso más inquietas cuando las tensiones entre los miembros de ese club y la guarnición local condujeron al abandono masivo del club por la oficialidad. Pero la ansiedad subió de tono cuando, el 13 de enero de 1834, el club celebró un banquete con ciento sesenta invitados para dar la bienvenida a los cuatro diputados de Tréveris a su regreso del Landtag (Asamblea Provincial).
Heinrich Marx hizo el discurso de bienvenida. «Un único sentimiento nos une a todos en esta ceremonia —empezó diciendo—, un único sentimiento inspira a los ciudadanos honorables de esta ciudad: el sentimiento de gratitud a sus representantes, quienes le brindan la certeza de haber batallado de hecho y de palabra, con coraje y sacrificio, por la verdad y la justicia.» Enseguida propuso un «sentido agradecimiento y los mejores deseos para nuestro benevolente monarca» por instituir ante todo «la representación del pueblo». «Por su propia voluntad soberana» el rey había organizado la convocatoria a los estamentos «para que la verdad llegue hasta los escalones de su trono». Y continuó: «¿Dónde más habría de llevarnos la verdad sino allí?». «Donde la justicia se halla entronizada —concluyó—, la verdad ha de hacer también su aparición.»[44] Como afirmación de lealtad, el discurso era ciertamente malicioso. Heinrich Marx agradeció a los representantes de la ciudad ante el monarca; habló de la primera instauración de «la representación popular» más que de la convocatoria de los estamentos, y relacionó la Asamblea Provincial con el logro de justicia y verdad.
Las autoridades consideraron las actas de la reunión una afrenta. El ministro de Justicia criticó que hubiese en la ciudad de Tréveris una sociedad que celebraba habitualmente almuerzos, integrada por suscriptores privados, «pretendiendo de un modo tan ignorante como desautorizado instruirle a él y criticar los procedimientos de una Asamblea que responde ante su majestad el rey». Y se mostró singularmente alarmado al recalcar:
La gran mayoría de diputados al Landtag no se comportan como diputados que vinieran ante el Landtag desde sus estamentos respectivos, sino como representantes del pueblo; y, al igual que en Inglaterra, la audiencia habrá de alentarlos para que sigan en esta senda si dan y reciben discursos en las tabernas y son aplaudidos por los espectadores como tribunos del pueblo por sus logros en el Landtag, combatiendo los peligros y planes que amenacen al propio Landtag y que ellos sabrán eludir.[45]
Pero aún faltaba lo peor para un régimen inquieto a causa de la reacción de sus súbditos renanos por las secuelas de 1830. Menos de una quincena después, el 25 de enero de 1834, hubo otra cena de celebración para el aniversario de la fundación del Club Casino. Cuando la mayoría de los invitados se hubo retirado, algunos participantes en el evento se reunieron en torno a una de las mesas, donde hicieron discursos y entonaron canciones diversas. Mientras que las que no tenían contenido político fueron musitadas en voz baja, La Marsellesa fue abordada con mayor entusiasmo y seguida de La Parisienne y otros temas revolucionarios. Uno de los presentes tomó una servilleta de seda tricolor y se subió a un taburete para agitarla, luego se bajó y, tambaleándose, hizo que otros la besaran, la acogieran o hasta se arrodillaran ante ella. Uno de los abogados exclamó entonces: «Si no hubiéramos tenido la Revolución de Julio en Francia, ahora estaríamos comiendo pasto, como el ganado». De nuevo entre los presentes se hallaba Heinrich Marx, aunque se marchó antes de que fuera entonado el canto de cierre de La Marsellesa.[46]
Los informes del incidente recibidos del ejército en Tréveris provocaron la alarma de la Administración prusiana. El alcalde, por su parte, se empeñó en suavizar lo ocurrido arguyendo que todo el episodio era una simple consecuencia de que sus protagonistas habían bebido demasiado vino y que no debían tomárselo muy en serio. La opinión pública reprobó el acto, pero le gustó aún menos que el ejército lo transmitiera. Aun así, el régimen siguió adelante con un cargo de alta traición formulado en contra de uno de los partícipes, el abogado Brixius, aunque el acusado fue absuelto en Tréveris y luego de nuevo en la apelación vista en Colonia, un testimonio elocuente del valor e importancia del sistema judicial no absolutista de Renania.
Otro indicio de la ansiedad de quienes regían Prusia fue el nombramiento de Vitus Loers, un individuo marcadamente conservador, como subdirector del Gymnasium de Tréveris —en el cual estudió Karl entre 1830 y 1835—, como adjunto del director, Johann Hugo Wyttenbach, y que se confiara al propio Loers la vigilancia policial del instituto. Wyttenbach ejercía como profesor de Historia y director del centro educativo, era un hombre culto y progresista que había acogido, alguna vez, la Toma de la Bastilla como el amanecer de la libertad, y cuyas creencias religiosas se inspiraban en Kant. Heinrich Marx le recordó a su hijo Karl, cuando concluyó su época en el Gymnasium, que le enviara unos versos de aprecio a Wyttenbach: «Le he dicho cuánto lo admiras». Pero a la vez le indicó que había sido invitado a un refrigerio por Loers, quien «se ha tomado a mal que no le hicieras una visita de despedida». Heinrich había contado alguna mentira piadosa para excusar la falta de consideración de su hijo.[47]
Pese al incidente de 1834, Heinrich no sustentaba los puntos de vista de esos revolucionarios y, como escribió una vez a su hijo, él era «todo menos un fanático». En 1837, en un afán de aportar a la juvenil ambición de su hijo por cultivar la «composición dramática», le sugirió que hiciera una prueba al respecto y además le propuso un tema. Este debía surgir de la historia prusiana y relacionarse con «un momento de cierta intensidad en que el futuro de la nación estuviera en la balanza». Él mismo sugirió un asunto que adjudicara algún papel «al genio de la monarquía», quizá considerando «el espíritu de la nobilísima reina Luisa». Después se refirió a Waterloo: «El riesgo allí era enorme, no solo para Prusia, por su figura real, sino para toda Alemania», y «Prusia fue la que desempeñó un papel decisivo en todo el asunto». Parecía un tópico apropiado para «una oda con una vena heroica u otro género similar». Existen dudas de si esta sugerencia a su hijo iba en serio; la reina Luisa había muerto en 1810. Aunque en su condena de Napoleón, unas páginas después, no había ambigüedades: «En rigor, bajo su dominio, nadie hubiera osado reflexionar en voz alta sobre lo que se escribe a diario y sin interferencias en toda Alemania, especialmente en Prusia». Cualquiera que hubiese estudiado esa historia «puede sentir gran regocijo, sin problemas de conciencia, por su caída y la victoria prusiana».[48]
El caso de un judío que se había unido, en un territorio católico, a la Iglesia cristiano-evangélica —el credo oficial de la monarquía prusiana— no era, por cierto, muy habitual. Con todo, Heinrich Marx compartía muchos de los valores y actitudes de los liberales renanos. Incluso en asuntos religiosos, al menos hasta que irrumpió, a finales de la década de 1830, el conflicto de los matrimonios mixtos en el seno de la élite renana, ya fuera esta católica, protestante o judía, había muchas más coincidencias de las que podrían hacernos creer las discrepancias confesionales. En el caso de Heinrich, como ha quedado claro, era un individuo moldeado por el legado de la Ilustración. Según su nieta Eleanor, «era un auténtico “francés” del siglo XVIII. Se sabía de memoria los textos de Voltaire y Rousseau».[49] Pero también los católicos renanos habían recibido el impacto de similares movimientos ilustrados. A finales del siglo XVIII la Universidad de Tréveris se había visto muy influida por la teología ilustrada de Febronius y las enseñanzas de Inmanuel Kant, mientras en la Universidad de Bonn los estudiantes acudían en manadas a las conferencias teológicas de Georg Hermes.[50]
Los puntos de consenso eran políticos e incluían la determinación de no arrasar los beneficios de veinte años de dominio galo, especialmente el Código Civil, el sistema judicial y la abolición de la aristocracia feudal. Estos cambios habían estado asociados al rechazo del fanatismo de los jacobinos y del autoritarismo burócrata de Napoleón. Había también un disgusto general y grandes suspicacias contra el militarismo prusiano, un resentimiento ante la política económica prusiana, de la que se pensaba que favorecía a las provincias del este, y el anhelo de un Gobierno parlamentario moderado que el monarca había prometido en 1815. Para la generación de Heinrich, los años decisivos habían sido el lapso entre 1789 y 1791 —la promesa de una Asamblea representativa, la igualdad ante la ley, la abolición de los estamentos y el respeto a los derechos del hombre—, y para los judíos, especialmente el año 1791, con el logro de su emancipación sin condiciones. Eran las demandas que inspiraban a los nuevos líderes renanos que entraron en escena en la década de 1830 —Hansemann, Mevissen y Camphausen— y que habrían de liderar en 1848 los ministerios liberales en Berlín y Frankfurt.
Para una generación más joven y radical, nacida y criada enteramente bajo el dominio prusiano y en la Europa de Metternich, los argumentos razonados a favor de una monarquía constitucional y un Gobierno representativo no bastaban. En la década de 1830, cuando Karl tenía doce años, después de tres lustros de severa represión, surgió de nuevo en el diálogo el tema de la revolución, cuando a esa otra generación le correspondió asistir otra vez a la caída de un rey Borbón en París. En Francia y Bélgica se instauraron sendos regímenes parlamentarios y en Gran Bretaña se reformó el sufragio. En toda Europa había presiones radicales que propiciaban reformas más profundas y comenzaron a surgir fisuras entre los sectores liberales y radicales, los monárquicos constitucionalistas y los republicanos, bonapartistas, nacionalistas y demócratas. En Francia y Gran Bretaña, esas diferencias se hacían públicas y explícitas casi de inmediato, pero en Alemania, donde persistía la represión, los desacuerdos dentro del Bewegungspartei (Partido del Movimiento) seguían siendo bajo cuerda e implícitos. Diez años después, sin embargo, a la luz del rechazo de la monarquía prusiana a hacer ninguna concesión a la causa de las reformas, esas divisiones se hicieron explícitas y tan polarizadas como en cualquier otro lugar. Fue entonces cuando un Karl Marx de solo veinticuatro años emergió como uno de los exponentes más nítidos de una forma nueva y particularmente alemana de radicalismo, muy distinta de las cautelosas esperanzas que había enarbolado su padre. Corresponde explicar ahora cómo las circunstancias familiares, la situación crítica de la religión y la filosofía alemanas, y, ante todo, las grandes ambiciones intelectuales de Karl se combinaron para modelar esa postura singular.
2
ABOGADO, POETA Y AMANTE
HENRIETTE PRESSBURG Y SUS HIJOS
Hasta aquí, nada hemos dicho de Henriette, la madre de Karl, cuyo apellido de soltera era Pressburg, y de quien se suele hacer un tratamiento superficial y en buena medida condescendiente en los textos alusivos a su figura. En su estudio clásico de 1918, Franz Mehring le dedica apenas un párrafo, mencionando tan solo que «estaba enteramente absorbida por sus labores domésticas» y que solo hablaba un alemán básico.[51]
La razón de que su propia sintaxis y ortografía en alemán siguieran siendo tan deficitarias es un auténtico misterio. No puede simplemente deberse a que fuera criada en Holanda, o a su preferencia personal por el holandés, puesto que su hermana Sophie no solo hablaba y escribía un alemán muy aceptable, sino que dominaba varias lenguas. Ni hay tampoco evidencia alguna, como especulan algunos autores, de que el idioma en el hogar de Henriette fuese el yidis. Más probable es que se tratara de algún dialecto del holandés hablado en la localidad de Nimega. Tampoco hay motivo para creer que fuera intelectualmente limitada. Su hija Sophie la describe como «pequeña, delicada y muy inteligente», y los escasos indicios que sobre ella existen sugieren que era muy capaz de formular juicios críticos e ingeniosos.[52] En la época de su bautismo, se dice que replicó a los conocidos que le tomaban el pelo con su nueva fe en los siguientes términos: «Creo en Dios no por el bien de Dios, sino por el mío».[53] Aunque a lo largo de su vida apenas le dedicó elogios, el propio Karl reconocía tristemente, en 1868, que ahí estaba él, con «medio siglo de vida a cuestas y todavía un indigente. Cuánta razón tenía mi madre en eso de “Si al menos Karell hubiera conseguido algún capital en vez de esto y lo otro”».[54]
Si Henriette encajaba bien o mal en la sociedad de Tréveris es algo abierto a discusión. Provenía de Nimega y en algún momento consideró la posibilidad de volver a casa de su hermana, que vivía en Zaltbommel, cerca de Amsterdam. Holanda seguía siendo importante para ella y, por diferentes motivos, en la vida de su hijo. Tras el viaje de Karl a Holanda en la Navidad de 1836, Henriette le escribió con sincero orgullo: «¿Te gusta mi ciudad de origen? Es un lugar muy bello y espero te haya inspirado dándote material para tu poesía».[55] Mucho después, en 1851, al felicitar a su sobrina Henriette van Anrooij (cuyo apellido de soltera era Philips) por el nacimiento de su tercer hijo, añadía: «Cuando una se casa por voluntad propia no debe quejarse. Pero tú has tenido mucha más suerte que yo, tienes a tu querida madre junto a ti en todo momento. Yo me hallaba completamente sola en una tierra lejana».[56] Igual que muchos otros a mediados del siglo XIX, Henriette ligaba sus miedos a los del judío errante. En 1853 escribió a su hermana Sophie acerca del matrimonio inminente de su hija Louise y su intención de trasladarse a Sudáfrica: «Pareciera que el destino fatal de la gente de I[srael] se cumple una vez más en mi caso y que mis hijos acabarán diseminados por toda la tierra».[57]
En cuanto a lo de vivir absorbida por las cuestiones domésticas, cabe mencionar un par de consideraciones respecto a los motivos subyacentes tras sus preocupaciones. En su correspondencia temprana, escrita poco después de que Karl hubiera abandonado el hogar paterno rumbo a la Universidad de Bonn, al tiempo que Heinrich aconsejaba o regañaba a su hijo por su comportamiento, sus valores y su carrera, Henriette se centraba en su bienestar físico. Seis meses después de que hubiese iniciado sus cursos en Bonn, el 29 de noviembre de 1836, le escribió: «No debes considerar una debilidad de nuestro sexo si siento curiosidad por saber cómo has organizado tu pequeño hogar». Tras preguntarle cómo manejaba sus ahorros y cómo se preparaba el café, proseguía: «Nunca consideres la limpieza y el orden como algo secundario, pues la salud y el goce dependen de ambos. Sé estricto en exigir que tus habitaciones sean fregadas con frecuencia y fíjate un intervalo de tiempo específico para ello».[58] Cuando se enteró, con inquietud, de que Karl había estado enfermo a comienzos de 1836, Heinrich le planteó que «no hay nada más lamentable que un estudiante enfermo», a la par que Henriette le ofrecía consejos prácticos:
Estoy segura, mi querido Karl, de que si te comportas con sensatez llegarás a la madurez. Solo que, para eso, deberás evitar todo lo que pueda empeorar las cosas, no acalorarte en exceso ni beber demasiado vino o café, y no comer nada picante, demasiada pimienta u otras especias. No debes fumar ninguna clase de tabaco ni quedarte levantado hasta muy tarde, y tienes que levantarte temprano. Ten cuidado además de no coger un resfriado y, querido Karl, no vuelvas a bailar hasta que no te hayas recuperado bien. Te parecerá ridículo, querido Karl, que actúe yo como médico en todo esto, pero tú no sabes lo mucho que los padres se preocupan al ver que sus hijos no están bien, y cuántas horas de ansiedad nos ha causado ya todo esto.[59]
En septiembre de 1837, cuando Karl comenzaba su segundo año en la Universidad de Berlín, su madre le escribió para decirle que estaba tejiéndole unas «chaquetas de lana para el otoño que te protegerán de un resfriado». Incluso a principios de 1838, estando su esposo gravemente enfermo, se mostraba aún ansiosa de saber «qué ha sido de ti y si estás recuperado».[60]
Pero sería un error considerar las ansiedades de Henriette como típicas de un ama de casa sin horizontes al estilo hogareño alemán, sin nada más relevante en que ocupar su mente. Si las confrontamos con el historial médico de la familia, resulta más fácil entender sus inquietudes. De los nueve hijos que Heinrich y Henriette engendraron, cinco de ellos fallecieron a los veinticinco años o antes de cumplirlos. El enemigo a batir en el hogar de los Marx fue la tuberculosis, y una debilidad pulmonar hereditaria del padre hizo al propio Heinrich y a la mayoría de sus hijos —sobre todo a los varones— particularmente sensibles a ella. De aquellos que sobrevivieron hasta la edad adulta, solo Karl y tres de sus hermanas —Sophie (1816-1886), Louise (1821-1893) y Emilie (1822-1888)— alcanzaron la esperanza de vida habitual. El hermano mayor de Karl, Mauritz, murió a los cuatro años en 1819; Hermann a los veintitrés en 1842;[61] Henriette a los veinticinco en 1845; Caroline a los veintitrés en 1847, y Eduard apenas cumplió los once años antes de fallecer en 1837. En dos de esos casos, las cartas que se conservan brindan indicios de lo que todo eso significó en términos emocionales.
El 9 de noviembre de 1836 Heinrich informaba de que Eduard estaba asistiendo al Gymnasium y «se esfuerza en demostrar un gran entusiasmo», pero el 12 de agosto de 1837, al reprocharle a Karl su indolencia por no escribirles, le indicaba que sus cartas —cuando conseguía dejar de lado su «sensiblería enfermiza y esos pensamientos fantasiosos y lúgubres»— eran «una necesidad real» y «lo hubieran sido en particular este verano para tu madre, que está muy sensible, y desde luego para mí. […] Eduard ha estado enfermo durante los últimos seis meses y ha adelgazado mucho, su recuperación es muy dudosa y, lo que es muy extraño y fatigoso en un niño, sufre de una honda melancolía, un miedo real a morir. Y ya sabes cómo es tu madre: no se moverá de su lado y se atormenta día y noche, y yo vivo asustado de que se vea sobrepasada por el esfuerzo».[62] Eduard murió, de hecho, el 14 de diciembre de 1837.
Igualmente insidioso fue el caso de Henriette, la quinta hija del matrimonio; Jenny Westphalen, futura esposa de Karl, le escribió a este a París el 11 de agosto de 1844 diciéndole que había grandes preparativos en el hogar de los Marx para la boda de Jettchen con Theodor Simons, pero que, «a pesar de los festejos, el estado de Jettchen es cada día peor, al aumentarle la tos y la ronquera. Ya casi no puede ir a ningún lado. Deambula como un fantasma por la casa, pero necesita casarse. Es algo espantoso e irresponsable. […] No sé si va a resultar bien. Si al menos planearan vivir en una gran ciudad, pero en una aldea miserable…». Jenny se declaraba perpleja ante la postura de la madre de Karl, quien pensaba que Jettchen padecía tuberculosis, pero aun así le permitió casarse. No está claro, en todo caso, que tuviera otra opción, visto que Jettchen declaró con vehemencia que era lo que anhelaba.[63]
Según una de las hijas del presbítero Rocholl, la tuberculosis siguió un curso tan acelerado que todo el mundo llegó a prever su muerte:
Mi padre intentó posponer la boda, porque esta ya no era posible y el novio así lo reconocía, pero la novia tenía tanta esperanza de recuperarse una vez que se hubiera casado que el asunto se hizo al fin. La novia se levantó y vistió un vestido blanco; yo ya no la reconocí, para que se haga una idea de su aspecto lastimoso. Después de la ceremonia, el novio tuvo que llevarla de vuelta a su cama, de la que solo se levantó para ser llevada en el carruaje a morir en su nuevo hogar.[64]
La boda se celebró el 20 de agosto de 1844 y Jettchen murió el 3 de enero de 1845.
Aunque escapó a los estragos de la tisis, Karl fue propenso a las infecciones pulmonares. Varios autores han especulado con un ensayo escolar suyo escrito en 1835 —«Reflexiones de un joven al elegir profesión»—, sugiriendo que este presagiaba su ulterior «concepción materialista de la historia»,[65] pero omiten el factor bastante más obvio de la ansiedad que experimentaba ante su propio estado de salud cuando escribe: «Aunque no sea posible luchar durante mucho tiempo y rara vez con satisfacción contra una naturaleza física adversa a la profesión abrazada, la idea de sacrificar al deber nuestro bienestar se hace sentir siempre vigorosamente, en cierta medida».[66] Su padre se alarmó por una descripción del estado de salud que lo aquejaba en Bonn a principios de 1836, y le aconsejó el ejercicio moderado, como dar caminatas o montar a caballo.[67] Karl no tuvo mayores dificultades para ser excluido del servicio militar. En torno a junio de 1836 su padre lo urgió a obtener los certificados necesarios, añadiendo que podía conseguir uno del médico de cabecera de la familia, herr Berncastel. «Puedes hacerlo sin problemas de conciencia. Tu pecho es muy débil, al menos por ahora.»[68] Al comentarle el fin de su primer semestre en la Universidad de Berlín durante el invierno de 1836-1837, Karl le replicaba indicándole que, tras pasar «varias noches en vela» y «dejar de lado el orden natural, el arte y el propio universo […] un médico me aconsejó que me fuera al campo por un tiempo». Después de atravesar Berlín hasta Stralau, declaraba que «no tenía la menor duda de que allí maduraría para convertirse, de un alfeñique anémico, en un hombre de gran vigor».[69] Pese a esta transformación, su madre le envió igual el certificado para que solicitara la exención del servicio militar en febrero de 1838, añadiendo, en concordancia con Heinrich, que «tenía todo el derecho a él».[70] El médico militar que lo examinó en Berlín lo declaró no apto para el reclutamiento, «por una debilidad crónica del pecho y escupir sangre con regularidad».[71]
Queda claro en la correspondencia con sus padres que la salud de Karl era una preocupación e inquietud constante. Y nos deja, a la vez, la impresión de que su sobrevivencia fue considerada un don de la Providencia.[72] La única alusión que subsiste a la infancia de Karl hace hincapié, ya entonces, en su voluntarismo. «He oído a mis tías decir —escribió Eleanor, la hermana de Marx— que, de niño, era un pequeño tirano, horrible con sus hermanas, a quienes “conducía” hasta el Markusberg de Tréveris al galope de sus caballos y, peor que eso, les insistía en que comieran las “tartas” que hacía con una masa asquerosa y sus manos todavía sucias.»[73] Cuando creció, fue tratado como alguien especial. Heinrich reconocía sus peculiares «dones intelectuales»[74] y ambos progenitores parecían considerarlo excepcionalmente favorecido por el destino. Tal y como Heinrich deja constancia por escrito el 9 de noviembre de 1836, «tu madre dice que eres un escogido de la fortuna», o como el propio padre hacía notar en una carta del 12 de agosto de 1837, «como te dices a ti mismo, la buena fortuna te ha hecho su hijo predilecto».[75] Todo ello parece haber alimentado en el joven Karl un alto grado de ensimismamiento, una creencia en su destino singular y una sensación mayor que la habitual de estar predestinado a algo especial.
EL GYMNASIUM DE TRÉVERIS Y LA UNIVERSIDAD DE BONN
De 1830 a 1835, entre los doce y los diecisiete años, el joven Karl asistió al Gymnasium de Tréveris. De sus compañeros, solo siete eran miembros de la Iglesia evangélica protestante y los otros veinticinco católicos (no había estudiantes judíos). Ocho (casi todos los protestantes) provenían de familias de profesionales, nueve eran hijos de artesanos, seis de familias campesinas y cinco más, hijos de comerciantes. En 1835, cuando afrontaron el denominado Abitur, o examen final, las edades de quienes se inscribieron para superarlo fluctuaban entre los dieciséis y los veintisiete años. De los veintidós que se presentaron, casi la mitad eran aspirantes a cursar Teología.[76] Evocando en 1878 su época escolar, Karl escribía sobre «la parsimonia» y «avanzada edad» de «los palurdos rurales que abundaban en nuestro instituto de segunda enseñanza de Tréveris», «quienes se preparaban para entrar al seminario», «la mayoría de ellos a costa de un estipendio».[77] La teología predominaba como opción porque los hijos de obreros y campesinos tenían escasas posibilidades de prolongar su formación, salvo que fuese por la caridad y las becas de la Iglesia. El espectro de edad (diecisiete pupilos tenían veinte años o más) se explica, a su vez, por la cifra de los que seguían con sus estudios para eludir el servicio militar.
El ethos del Gymnasium de Tréveris, forjado durante años por su director, Johann Hugo Wyttenbach, era el del Aufklärung de finales del siglo XVIII, la Ilustración alemana. Consistía en la firme creencia en un Dios benévolo y una moral racional liberada del dogma. En su juventud Wyttenbach había sido un resuelto jacobino y, durante el periodo del dominio francés, había sostenido que el futuro de la república dependía de la enseñanza y de la juventud; en consecuencia, en 1799 había elaborado Un manual para la instrucción de los deberes y derechos del hombre y el ciudadano. Wyttenbach fue designado director del instituto en 1804, y se las había ingeniado para mantenerse en la dirección hasta 1815, cuando los prusianos llegaron a transformar la entidad en un Gymnasium estatal. Continuó en su puesto hasta su jubilación en 1846.
Pese al cambio de régimen ocurrido en 1815, los valores predicados por Wyttenbach no variaron demasiado. El director creía que la prerrogativa del hombre sobre las bestias consistía en la razón y el libre albedrío. La libertad del individuo, según uno de los textos de historia que Wyttenbach recomendaba, consistía en la satisfacción de las necesidades corporales y espirituales; las primeras por la aplicación de habilidades mecánicas y nuevos ingenios, la segundas a través de la búsqueda de la verdad, la belleza, la perfección moral y la unión con Dios; o lo que era descrito como Bildung («cultura»). En dos Deutsche Lesebücher («libros de primeras lecturas») compendiados por él, uno para la enseñanza básica y otro para la secundaria, incluía poemas y textos escogidos de Herder, Goethe, Schiller, Klopstock, Wieland, Kleist, Schlegel y Albrecht von Haller. En 1834 él mismo describía el Gymnasium como un establecimiento educacional en el que los jóvenes debían ser instruidos en la sagrada creencia en el progreso y el ennoblecimiento moral. «La sabiduría divina ha fijado dos astros que han brillado eternamente y destacado sobre todo lo demás. […] la más elevada razón, que abre el santo sepulcro de la verdad, y el deseo de contar con un corazón puro, que solo existe en el bueno y el noble.» Inspirándose en la doctrina «pura» de Dios y la inmortalidad del alma, que él asociaba con Kant, Wyttenbach reiteraba de manera constante la idea de que el ser humano debe trabajar primero y ante todo por los demás, una vía que abría la senda a la inmortalidad.[78]
Aun cuando conservó su puesto, las autoridades prusianas eran profundamente suspicaces respecto al ethos dominante en el instituto y estaban inquietas ante la posible infiltración de ideas subversivas. Tras el asesinato de Kotzebue en 1819 por un estudiante del Burschenschaft de Halle, hubo una oleada de redadas y arrestos masivos conocidos como la Demagogenverfolgen («persecución de los demagogos»). Además, a petición del canciller austriaco Metternich, la Confederación Germánica promulgó los Decretos de Carlsbad, que impusieron una censura aún más dura y una mayor vigilancia de la ciudadanía. En Tréveris, el Gymnasium vetó las postulaciones a la Universidad de Halle y dejó de lado la enseñanza del francés; solo en 1822 se permitió que el francés volviera como asignatura optativa y no fue reincorporada al currículo hasta 1828. De manera similar, se suspendió la enseñanza de la gimnasia por su conexión con las Turnvereine (asociaciones gimnásticas) nacionalistas. Varios profesores fueron a su vez acusados de viajar a Bonn para participar en «actividades demagógicas». A principios de la década de 1830, uno de los profesores de Karl, J. G. Schneemann, fue acusado de estar involucrado en el despliegue de la enseña tricolor en el Club Casino, y otro de ellos, apellidado Schwendler, levantó claras sospechas por ser el secretario del club. Steininger, el profesor de Matemáticas y Geología, fue también denunciado por haber declarado en 1818 que no había pruebas de la inmortalidad del alma y que la destrucción de Sodoma y Gomorra había sido con toda probabilidad el resultado de una erupción volcánica.
La evidencia de opiniones subversivas también entre los estudiantes era fuente de alarma constante. A finales de la década de 1820 había un entusiasmo generalizado ante la lucha de los griegos por su independencia y hacia Botzaris, su héroe defensor de la libertad. A principios de la década siguiente se dijo que habían circulado en los alrededores del instituto informes con los discursos radicales vertidos en el Festival de Hambach,[79] y al parecer existía allí una delegación de Alemania Joven.[80] En un afán de ejercer mayor control sobre la dirección del Gymnasium, las autoridades propiciaron que en 1835 el profesor de Estudios clásicos, Vitus Loers, se convirtiera en codirector del centro junto a Wyttenbach.[81]
En sintonía con la cultura neoclásica y humanista del Gymnasium alemán, además de la enseñanza religiosa tradicional, se hacía considerable hincapié en la enseñanza del griego, el latín, la historia antigua, la lengua y literatura alemanas, asignaturas en las que el joven Karl tenía unas calificaciones más que razonables, según indica su Certificado de Madurez, emitido al término de sus estudios, tras aprobar el Abitur en 1835, habiendo demostrado en tales materias «una diligencia muy satisfactoria». Su conocimiento de «la fe y la moral cristianas» era «suficientemente claro y bien fundamentado». Su rendimiento en Matemáticas era «satisfactorio». Por otra parte, su conocimiento de la física era «moderado» y exhibía «solo una diligencia leve en francés». Ante todo, su rendimiento estaba a la par que el de otros pupilos protestantes hijos de profesionales: era bueno, pero no sobresaliente. De los treinta y dos graduados de ese año, terminó en el octavo lugar.[82]
En su bien meditado ensayo sobre «La elección de una profesión», al concluir sus años escolares Karl desplegaba una noción cuasirreligiosa de la vocación. La deidad dejaba que el hombre «sea el encargado de elegir el puesto que dentro de la sociedad considere más adecuado para su persona». La vocación de alguien podía ser «grande», «siempre y cuando su convicción más profunda, la voz más recóndita del corazón, la considere así, ya que Dios no deja nunca al hombre sin consejo y, aunque hable en voz baja, su voz es siempre segura». Solo que, en ocasiones, era posible que esa voz quedase «ahogada» por la ilusión, el autoengaño o «la furia de la ambición». Es más: aunque se apartara de la ambición, el entusiasmo por una determinada profesión podía surgir por los ornamentos que la imaginación adhiere a ella o las ilusiones acerca del propio talento. También hacía una referencia superficial al consejo que podían dar los padres, «que han recorrido ya la trayectoria de la vida y saben lo que es el rigor del destino». Pero, si tras examinar con cabeza fría la propia elección, el entusiasmo por una profesión seguía en pie, entonces «podemos abrazarla sin miedo. […] La dignidad es lo que más eleva al hombre, lo que confiere mayor nobleza a sus actos». Por tanto, siempre que una «pobre condición biológica» o la falta de talento no impidan a una persona «cumplir su vocación», «la gran preocupación que debe guiarnos al elegir una profesión debe ser la de servir al bien de la humanidad y a nuestra propia perfección […] pues la naturaleza humana hace que el hombre solo pueda alcanzar su propia perfección cuando trabaja por la perfección, por el bien de sus semejantes».[83]
Sería un error otorgar demasiada importancia a los sentimientos que el joven Karl expresaba en este breve ensayo. Puede que la preocupación de sus progenitores por su estado de salud y el «rigor del destino» sugieran mayores indicios íntimos de su condición mental al escribirlo. Pero, aparte de una insistencia más enfática por su parte en lo de trabajar para el bien de la humanidad como objetivo primordial, muchas de las propuestas eran una reiteración de las enseñanzas de Wyttenbach y se hallan expresadas de manera muy similar en los ensayos de otros pupilos del instituto. El propio director consideró que su ensayo era «bastante bueno» y demostraba gran riqueza en su capacidad reflexiva y una «habilidad narrativa sistemática y de calidad», aunque le parecía a la vez un «error» característico de Karl «el empeño constante de dar con expresiones manidas o pintorescas», lo que redundaba en que «muchos párrafos» carecieran de «la necesaria claridad y rotundidad».[84]
El 27 de septiembre de 1835 los estudiantes que aprobaron el Abitur abandonaron el instituto. Karl se matriculó entonces en la Universidad de Bonn, donde estudió Jurisprudencia. En clara respuesta a la abolición de las universidades renanas por los franceses, Bonn había sido refundada en 1818 por la monarquía prusiana con el propósito claro de probar a los renanos que la autoridad exhibía un mayor respeto, en lo cultural, por la enseñanza superior, en contraposición a las estrechas preocupaciones vocacionales de los franceses. Aspiraban, a la vez, a alentar el protestantismo en la provincia y a brindar la formación requerida a quienes deseaban ingresar a la Administración pública.[85] Pero la vigilancia política de la nueva universidad aumentó significativamente con el pánico asociado a la «persecución de los demagogos» que sobrevino tras el asesinato de Kotzebue en 1819. Bonn era percibido como un centro prominente de las sociedades secretas estudiantiles, alentadas, según se creía, por católicos ilustres y polemistas de inclinación nacionalista como Joseph Görres y Ernst Moritz Arndt.[86] A partir de ahí, la vigilancia continuó y, en su Certificado de Graduación en la Universidad de Bonn obtenido en agosto de 1836, en un ítem estandarizado dentro del documento las autoridades universitarias informaban de que Marx no era «sospechoso de participar en ninguna asociación prohibida entre los estudiantes».
Bonn resultaba muy aburrido para los miembros más levantiscos dentro del profesorado. Según Bruno Bauer, en carta dirigida a Karl en 1840, Bonn equivalía a una «insignificancia mediocre», y él mismo advertía con exasperación que sus colegas rehuían cualquiera referencia a los conflictos en boga, esos que galvanizaban sustancialmente al resto de Prusia.[87] Pero a los estudiantes Bonn les ofrecía muchas posibilidades de asociación y convivencia. El comportamiento de Karl allí no fue el de un subversivo político, sino el de un adolescente que saboreaba su primera liberación del escrutinio paterno, y sus excesos fueron, mayoritariamente, los habituales dentro de cualquier comunidad de estudiantes. El certificado aludido menciona un castigo por «alboroto y ebriedad por las noches». Y también parece haberse permitido aquellos vicios singularmente asociados a las normas aristocráticas o seudoaristocráticas de sociabilidad que proliferaban en muchas universidades germánicas. El certificado de agosto de 1836 registra la acusación de «portar armas prohibidas en Colonia». Una carta de su padre hace referencia a un duelo («¿Estará el duelo relacionado, entonces, con la filosofía?»), supuestamente celebrado en Bonn.
Las ansiedades de sus progenitores tenían, por supuesto, poco espacio en la nueva vida de Karl. El 8 de noviembre de 1835, tres semanas después de haberse ido de casa, Heinrich le reprochó por carta su «negligencia sin límites» al no escribirles. «Ya conoces a tu madre y lo ansiosa que es.» El padre ratificaba «la opinión, que sostengo, pese a tus muchas y buenas cualidades, de que el egoísmo predomina en tu corazón». Debía, pues, responderle a vuelta de correo. Heinrich estaba preocupado, a su vez, por la actitud de su hijo frente al dinero. En enero de 1836 se quejó de que sus cuentas fuesen «inconexas y nada concluyentes». «Uno espera algo de orden en un académico y especialmente en un abogado practicante.» En marzo coincidía en que era posible «obviar» el hecho de que «hayas sobrepasado en algún sentido los límites», aun cuando estaba persuadido él mismo de que su hijo podía «arreglárselas con menos». Fuera lo que fuese aquello que ocurría adicionalmente en Bonn, pareciera que Marx siguió siendo un alumno estudioso y concienzudo. Durante el primer trimestre, tras el requerimiento de su padre para que escribiera, contestó «en una carta apenas legible» que estaba matriculado en nueve asignaturas. Su padre consideró esto «más bien un montón» y quizá «más de lo que tu mente y tu cuerpo puedan tolerar», pero a la vez se regocijaba de que a su hijo le resultara «fácil y agradable» el comienzo de sus estudios y que «empieces a amar tu profesión».[88]
Esta impresión es corroborada por el informe final emitido por la Universidad de Bonn, antes de que Karl se trasladara a Berlín para cursar el año académico de 1836-1837. En el trimestre invernal de 1835 había estudiado seis asignaturas, tres de leyes (Enciclopedia de la jurisprudencia, Instituciones e Historia del Derecho romano), y tres de arte y literatura (Mitología griega y romana, Homero y Arte moderno), y en cada una de ellas lo calificaron como «diligente» o «muy diligente» y «dedicado». En el cuatrimestre estival de 1836 completó cuatro asignaturas, tres de leyes (Historia del Derecho alemán, Derecho internacional europeo y Derecho natural) y una de literatura (Elegías de Propercio), y fue de nuevo calificado como «diligente» y «dedicado».[89]
Un indicio más negativo del estado espiritual del joven Karl queda sugerido por su actitud hacia una opción evidente que un abogado ambicioso hubiese considerado en la década de 1830: la «Cameralística» o Staatswissenschaften («Ciencias camerales»). Esta asignatura incluía los temas de política pública y administrativa y se inspiraba en las tradiciones paternalistas de la Administración en los estados pequeños. Originalmente concebida según el modelo de gestión hogareña o de una finca descrito por Aristóteles y elaborado por Lutero y Melanchthon, era considerada de singular relevancia en los estados protestantes, donde el Gobierno había expropiado las tierras a la Iglesia. Las Ciencias camerales se habían desarrollado singularmente en la Prusia del siglo XVIII, donde fueron rediseñadas por Christian Wolff y otros autores, según los preceptos del Derecho natural. Pero las grandes deudas acumuladas por Prusia durante las guerras napoleónicas obligaron al Estado a liquidar buena parte de sus tierras y, por tanto, a apoyarse cada vez más en la recaudación impositiva como fuente principal de ingresos. Por esta razón, la economía política —el término alemán era Nationalökonomie— llegó a ser incluida dentro de los temas cubiertos por la Staatswissenschaften. Durante la «era de la reforma» en Prusia, el prestigio de la burocracia local creció de manera considerable y, en el periodo de 1815 a 1830, el número de estudiantes de Leyes se incrementó en un 89 por ciento.[90] Era la razón por la que Heinrich argüía que sería «conveniente» para su hijo seguir «una introducción general a las Ciencias camerales», «porque siempre es útil tener una idea general de aquello a lo que uno deberá enfrentarse algún día».[91] Karl no descartó la idea, pero no le provocaba mayor entusiasmo. Después de 1830, ya diluidas las esperanzas surgidas con la «era de las reformas», el prestigio de la burocracia estatal había decaído mucho y las posibilidades de lograr un puesto en la Administración pública se habían vuelto muy escasas.[92] Más adelante, y ya en Berlín, le escribió a su padre que había recibido el consejo de cursar Ciencias camerales tras su tercer examen de Leyes y que, en todo caso, «realmente prefiero la Jurisprudencia a la Administración».[93]
La verdadera razón permaneció con seguridad en el trasfondo. Tal vez, como esperaba su padre, el Derecho lo proveyera de un sustento, pero Karl estaba destinado a cosas mayores. Él era un poeta.
UN POETA ENAMORADO
Según su hija Eleanor, fue Ludwig von Westphalen —el padre de Edgar y Jenny, sus amigos de infancia— quien primero inculcó en el joven Karl cierta reverencia por la gran literatura. En años posteriores, escribió Eleanor, Karl «nunca se cansaba de hablarnos del viejo barón Von Westphalen y sus sorprendentes conocimientos de Shakespeare y Homero. El barón podía recitar algunos cantos de Homero de memoria, de principio a fin, y se sabía también de memoria la mayoría de los dramas shakespeareanos, tanto en alemán como en inglés». Se decía que fue Jenny Wishart, la madre escocesa del barón, la que dio pie a ese entusiasmo. Fue a su vez el barón, como indicó luego Eleanor a Wilhelm Liebknecht, «quien inspiró a Karl su amor inicial por la escuela romántica».[94]
Ya en su época escolar, Karl había comenzado a escribir poesía. Poco después de marcharse a Bonn, Heinrich le escribió para comentarle de la angustia de Wyttenbach ante el nombramiento de Loers como codirector del Gymnasium, suplicándole a Karl que escribiera unos versos para él.[95] A principios de 1836 su padre quedó complacido de saber que Karl se había integrado en un círculo de poetas en Bonn. Con cierta ingenuidad, señalaba que «tu pequeño círculo me agrada, como bien supondrás, bastante más que las reuniones en la cervecería». Se mostraba a su vez aliviado de saber que Karl le ofrecería su primera obra a él «antes que a nadie» para que la criticara. Su reacción a un anterior poema que su hijo le había enviado había sido más bien negativa: «Con toda franqueza, he de confesar, querido Karl, que no lo entiendo, ni su auténtico significado ni la tendencia en que se enmarca».[96] Con la mayor delicadeza de que fue capaz, intentó apartar a Karl de su vocación poética: «Me dolería verte convertido en un poetastro como tantos; quizá debiera bastarte únicamente con deslumbrar a tu círculo familiar inmediato».[97]
Así las cosas, durante 1836 Karl se enamoró de Jenny, la hija del barón, lo cual contribuyó en mayor medida a desechar sus ambiciones poéticas. Como él mismo explicaba a su padre el 10 de noviembre de 1837, tras llegar a Berlín el otoño anterior «se había abierto para mí un mundo nuevo, el mundo del amor, que era, en sus comienzos, un mundo embriagado de nostalgias y un amor sin esperanza». «Dado mi estado de espíritu —proseguía—, en aquellos días, la poesía lírica tenía que ser, por fuerza, el primer recurso a que acudiera o, por lo menos, el más agradable y más inmediato, pero, como correspondía a mi situación y a toda mi evolución anterior, un recurso puramente idealista. Mi cielo y mi arte eran un más allá tan inasequible como mi propio amor.»[98] Decía haber quemado toda su poesía durante el verano, tras recuperarse de su enfermedad, pero fue solo con reticencias y hacia finales de 1837 cuando comenzó a abandonar la convicción de tener algún destino como poeta. Entretanto, dedicó a Jenny tres colecciones de poemas, dos de ellas tituladas Libro del amor, y una tercera, el Libro de cantos. También escribió Un libro de versos dedicado a su padre. Esta colección incluyó, además, varios capítulos de Escorpión y Félix, una «novela humorística», y varias escenas de Oulanem, una tragedia en verso.[99]
Los estudios literarios han rastreado con cierto detalle las fuentes de las que manaban los empeños poéticos del joven Marx.[100] En sus piezas más tempranas, es apreciable una deuda de muchas de sus composiciones con la poesía abstracta del Schiller de juventud y las baladas de Goethe, mientras que la obra posterior le debe mucho a los satíricos bosquejos de viaje de Heine. El tema principal, el triunfo y las arduas desventuras del amor, queda sugerido en una serie de imágenes y referencias románticas convencionales, como el joven que permanece fiel a sus ideales y resiste así a los cantos de sirenas, o el caballero que tras volver a casa y descubrir que su amada le ha sido infiel y planea desposarse con otro se suicida en sus nupcias, o los dos arpistas que sollozan entonando sus temas en las afueras de un castillo para ese «que lo habita conmovido», con los astros indiferentes a los destinos humanos, la bella dama eventualmente conducida al delirio y la muerte, la jovencita demacrada cuyo amor desesperanzado por un caballero la lleva a ahogarse de forma deliberada.
Son todos poemas extrañamente ajenos a lo contingente, al devenir político o cultural del momento.[101] Un crítico hasta los ha rotulado de «curiosos anacronismos» que se remontaban a los escritos tempranos de Goethe y Schiller.[102] Brillan por su ausencia en todos ellos otras referencias que el romanticismo de tinte conservador posterior a 1810 —el llamado Hochromantik o romanticismo elevado— atesoraba en sus versos algo más piadosos (es decir, las imágenes de capillas y frailes, el arte cristiano, la Alemania medieval o antigua), a la vez que escasean referencias a la Alemania Joven o las luchas contemporáneas de griegos y polacos. El énfasis está puesto en un gesto heroico para «avanzar audazmente en el ámbito del conocimiento y aprehender el canto y el arte» en el dominio de lo cultural:
Rastrear no puedo en calma
todo lo que sobrecoge a mi alma,
y huyendo siempre del reposo,
sin cesar, tempestuoso, me precipito.[103]
Particularmente distintiva de sus versos resulta una especie de loa rapsódica a la acción: la voluntad y actividad humanas, fundidas con el amor, habrán de triunfar sobre el mundo material. Ocurre, por ejemplo, en el «Soneto final a Jenny»:
Con ropajes brillantes y osados,
y el corazón henchido de su luz,
liberado por mí mismo de todo nexo
a paso firme los espacios atravieso,
contigo el dolor hago añicos y
¡al árbol de la vida mis sueños convergen![104]
O en «Orgullo de lo humano»:
¡Oh, Jenny! ¿Debo acaso aceptar
que nuestras almas por amor se fundan,
que las dos brillan y palpitan a la par
y una misma corriente las inunda?
En tal caso, el guante hago restañar
en pleno rostro del mundo y con desdén.
La enana gigante solloza y abatida cae,
pero eso en nada altera mi felicidad.
Como si fuera un Dios me atrevo
a vagar por ese ámbito desolador
en que cada palabra es hazaña y fuego
y mi pecho equivale al del Hacedor.[105]
Los poemas tardíos invocan una batalla contra el mundo circundante, pero es la lucha del poeta o artista contra los enemigos del arte o la burguesía. La inspiración provenía en este caso, principalmente, de los bosquejos satíricos incluidos en los Cuadros de viaje de Heine. Buen ejemplo al respecto es el poema «Armide». Escuchando la ópera Armide de Gluck, el poeta se deja llevar por «el hechizo de la música», pero su vuelo se ve interrumpido por el parloteo absurdo y el despliegue molesto de una damisela un poco necia, sentada muy cerca de donde él se halla.[106] Hay una postura similar en cierto empeño de Karl por replicar los reproches formulados al bajo nivel de la crítica alemana y reunidos por Goethe y Schiller en Xenien, un texto publicado en 1797. Karl se vale, en dichos epigramas, del sarcasmo para defender al verdadero artista contra el juicio de la multitud. Así, Schiller «jugaba mucho con el Trueno y el Relámpago, pero carecía por completo del tacto habitual», mientras que a Goethe era posible reprocharle que «tuviera muy bellos pensamientos, si bien a veces extraños, pero que omitiera mencionar aquello de que eran “obra de Dios”». Entre esos versos satíricos, había también alguna crítica a Hegel:
Enseño palabras entreveradas en un revoltijo diabólico,
así, cualquiera puede pensar justo lo que elija pensar.[107]
La recopilación que Karl envió a su padre incluía dos largas creaciones: Escorpión y Félix y Oulanem. Escorpión y Félix era un laborioso intento de imitar el Tristán Shandy, modalidad que se difundió poco antes de esa época en los escritos de Jean Paul, junto a una obra sobre la noción del Doppelgänger de E. T. A. Hoffmann. Cualquiera que fuese el tipo de humor que su autor buscaba lograr en dicha muestra de «novela humorística», quedaba opacado por un embrollado despliegue de erudición. El propio Karl admitía en la carta a su padre el «humorismo forzado» del texto. Quizá el rasgo más llamativo fuese el intento algo chapucero de escribir en una vena literaria de temas políticos, imitando un enfoque asociado a Sterne y Heine. Aparte de la comparación más bien gruesa entre la primogenitura y «el cuarto de planchado» de la aristocracia, estaba la queja, de nuevo inspirada muy probablemente en Heine, de que «en nuestra época […] no es posible ya escribir nada épico». A lo más grandioso le sucede lo más ínfimo. «Cada gigante […] presupone un enano, cada genio un palurdo aferrado a la tradición.» Así, «César el héroe deja tras de sí al histriónico Octaviano, el emperador Napoleón a Luis Felipe el rey burgués», y así sucesivamente.[108] Sin el ingenio suficiente que permitiera enlazarlas, el hilo conductor caprichoso de esas asociaciones resultaba descuidado y carente de sentido.
El otro fragmento escrito en verso, «Escenas de Oulanem, una tragedia», aludía a un súbdito alemán enigmático y desconocido de nombre Oulanem, y a su compañero Lucindo, quienes llegaban a un pueblo de Italia y eran recibidos por un tal Pertini. A pesar de que no lo conocían, este sí lo sabía todo de ellos, desde sus orígenes. Pertini, a imitación de un Mefistófeles moderno, tenía planes siniestros para ellos, a raíz de lo cual Lucindo se plantaba desafiante ante su «pecho vil de serpiente», solo que Pertino lograba distraerlo de su afán presentándole lo que él mismo calificaba como «una muestra suculenta de mujer». Esa mujer es Beatriz, y Lucindo descubre que ambos son alemanes, y pronto se enamoran. El tema es que Beatriz ha sido ya prometida por su padre a Wierin («ningún simio había que pudiera lucir tan pulcro como él»).[109] Lucindo y Wierin se disponen entonces a batirse a duelo por ella, mientras el misterioso Oulanem, un Fausto revenido y añoso, se sienta a su escritorio maldiciendo la forma que el mundo ha adoptado y temiendo que dé comienzo alguna condena predeterminada:
Este universo pigmeo por sí solo colapsa.
Pronto la Eternidad abrazaré y al fin podré aullar
al oído de la humanidad mi maldición ciclópea.
¡La eternidad! Eso que es apenas un eterno dolor,
¡la muerte inconcebible, siempre inabarcable!,
un artificio maligno burlándose de nosotros,
que solo somos mecanismos de relojería, máquinas de cuerda,
necios subordinados al calendario y el Tiempo.[110]
Lo que aquí se sugiere es que entre Lucindo, Beatriz y Oulanem hay nexos más profundos que los que a primera vista se advierten. No es solo que Lucindo y Beatriz sean ambos alemanes; son a la vez dos hermanos que permanecían, desde hacía tiempo, perdidos el uno del otro. Aunque solo sobrevive hoy un fragmento del texto, se ha argumentado de manera convincente que su trama se ciñe a las convenciones de lo que en la época solía denominarse un «destino trágico», modalidad surgida dentro de la novela gótica de acción popularizada por Zacharias Werner y Adolf Müllner en las décadas de 1810 y 1820.[111] Los temas habituales del género incluían el regreso de un desconocido, al que se conocía en secreto, obedeciendo a un sino maldito, y la amenaza del incesto entre los hermanos.
En términos de su biografía, el principal interés de este drama de Karl consiste en el indicio que él nos brinda de su distanciamiento del romanticismo alemán. Lucindo acaba de conocer a Beatriz cuando se despacha el siguiente parlamento:
Ah, si mi corazón hablara, si solo pudiera
verter lo que habéis agitado en su fondo,
las palabras serían todas un fuego melodioso,
y cada exhalación una absoluta eternidad,
un cielo y un imperio infinitamente vastos,
en que cada vida resplandecería con sus pensamientos
llenos de suaves anhelos, plenos de armonía,
y con el mundo dulcemente encerrado en su pecho,
fluyendo radiante de puro amor,
¡pues cada palabra llevaría tu nombre!
Punto en que Pertini interviene para explicar que:
No lo toméis a mal, joven dama,
si te digo que este sujeto es alemán
y que suele desvariar con las melodías y el alma.[112]
El 10 de noviembre de 1837 Karl escribió a su padre confesándole que su sueño de convertirse en poeta había concluido. Ese mismo día había recibido un comunicado «en extremo impersonal» de Adalberto Chamisso, editor del Deutscher Musenalmanach, rechazando los poemas que le había enviado. «Casi me lo he comido de rabia.»[113] Un año antes su hermana Sophie le había relatado que «Jenny derrama lágrimas de deslumbramiento y congoja cuando recibe tus poemas».[114] En el verano de 1837, cuando volvió a dedicarse a «la danza de las musas y la música de los sátiros», descubrió que sus empeños se estaban volviendo «un arte puramente formal, sin ningún objeto que los inspire y ningún hilo ideativo apasionante». En cualquier caso, señalaba que «estos últimos poemas son los únicos en los que, de pronto, como por un toque de varita mágica —pero el toque, ¡ay!, fue al principio aplastante—, el reino de la verdadera poesía parecía brillar a lo lejos como un palacio de hadas, y todas mis creaciones [anteriores] se vieron reducidas a la nada». En ese punto cayó enfermo y, cuando se hubo recobrado, decidió quemar «todos sus poemas y esbozos de relatos literarios».[115] Aproximadamente a finales de agosto consideró la posibilidad de convertirse en crítico teatral, pero su padre le recordó que, por más brillante que fuera su cometido, sería recibido siempre «con más hostilidad que benevolencia. […] Hasta donde yo sé, la senda del buen y muy versado Lessing no fue un jardín de rosas y vivió y murió siendo un pobre bibliotecario».[116] Una vez más, el padre intentaba reconducir a su hijo hacia una actividad provechosa, esta vez a una carrera académica, ya fuese en leyes, filosofía o ciencias camerales.
El ansia de Karl de aferrarse a un destino literario persistía y se hizo evidente en una carta enviada en noviembre a su progenitor y en el estilo remilgado que escogió para resumirle el hecho de que acababa de convertirse en seguidor de Hegel: «Había leído fragmentos de la filosofía de Hegel, cuya melodía grotesca y barroca no me agradaba», y que había escrito un diálogo de unos veinticuatro pliegos titulado «Cleantes», «que venía a ser un desarrollo dialéctico de la divinidad tal y como esta se manifiesta en cuanto concepto y religión, naturaleza e historia. Concluía yo mismo donde comenzaba el sistema hegeliano […] [Y] todavía hoy no consigo imaginarme cómo es que esta obra, mi criatura predilecta, engendrada a la luz de la luna, pudo arrojarme como una pérfida sirena en brazos del enemigo. Pasé unos cuantos días incapaz de conciliar, por rabia, mis pensamientos, corriendo como un loco por los parques que bañan las sucias aguas del Spree, estas aguas “que lavan las almas y oscurecen el té”».[117]
Poco a poco, su infatuación de poeta fue declinando, y para 1839, había desaparecido de manera definitiva. Fue cuando, en lugar de sus propios empeños literarios, reunió para Jenny una colección de poemas populares de todo el mundo.[118]
LOS WESTPHALEN
Al concluir el semestre de verano de 1836, Karl se aseguró de tener la autorización para trasladar sus estudios de la Universidad de Bonn a la de Berlín y, más o menos a finales de agosto, se comprometió con Jenny von Westphalen. En rigor, no tuvo mayores problemas para obtener el consentimiento de sus padres, pero los de Jenny no fueron informados hasta marzo de 1837. Ella tenía veintidós años, cuatro años más que Karl, quien la había conocido, posiblemente, a través de Edgar, el hermano mayor de Jenny, que estaba en la misma clase de Karl en el Gymnasium. Jenny era a la vez compañera de colegio de Sophie, la hermana mayor de Karl. Se ha sugerido que Karl, Jenny y Edgar jugaban juntos de niños, que Edgar era un asiduo visitante del hogar de los Marx y que se había sentido atraído por Emilie, la hermana de Karl. Está claro, en todo caso, que Heinrich Marx y Ludwig von Westphalen, el padre de Jenny, debían conocerse de antes por motivos profesionales. Siendo un abogado prominente de la localidad, Heinrich debía representar a quienes estaban en prisión y el tema de las cárceles era parte de las responsabilidades oficiales de su consuegro, como Geheim-Regierungsrat (consejero privado) de la Administración, la cual enumeraba en un listado de 1824 esas labores a su cargo, junto al servicio de policía, el de bomberos, los hospitales, las obras de caridad y las estadísticas oficiales.[119] Ambos eran a su vez miembros del Club Casino.
Johann Ludwig von Westphalen había nacido en 1770, siendo el cuarto hijo de Christian Philipp Heinrich von Westphalen. Su padre había sido, de hecho, jefe de Estado bajo el príncipe Fernando de Brunswick-Lüneburg, el famoso comandante de las fuerzas anglo-germanas reunidas contra los franceses en Hannover y otros frentes, durante la Guerra de los Siete Años (1757-1763), y había recibido un título de nobleza por sus servicios. La madre de Ludwig, Jenny Wishart, hija de un predicador de Edimburgo, estaba emparentada con los Argyll. Además de haber disfrutado de una buena formación universitaria en Gotinga y otros lugares, Ludwig hablaba inglés y podía leer en latín, griego, italiano, francés y castellano.
Concluida su etapa universitaria, ingresó en la Administración pública en Brunswick, pero como tantos otros miembros de su generación vio interrumpida su carrera por la Revolución y la guerra. En 1807, cuando el nuevo Estado napoleónico de Westfalia absorbió la región de Brunswick, Ludwig se integró en la Administración pública local,[120] posiblemente atraído por el programa de reformas del nuevo Estado.[121] De 1809 a 1813 fue subprefecto de Salzwedel, lugar donde nació Jenny.
Cuando las tropas francesas reocuparon Salzwedel en 1813, Ludwig fue encarcelado por haber hablado abiertamente contra Napoleón. Poco después, ese mismo año y tras la retirada francesa, se convirtió en presidente del distrito prusiano de Salzwedel, pero tuvo que dejar el cargo cuando la aristocracia terrateniente de la localidad exigió su derecho a escoger al presidente.
En 1816 se sintió probablemente decepcionado al ser transferido como primer consejero a Tréveris, situada en el extremo occidental del reino de Prusia, y permaneció en dicho cargo sin recibir ningún otro ascenso aparte de una promoción honorífica, pero automática, a Geheim-Regierungsrat (consejero privado del Gobierno) ya jubilado.[122] Al igual que muchos funcionarios prusianos de tendencias liberales y que cultivaban esperanzas de implantar reformas progresistas en la inmediata posguerra, pronto se descubrió a sí mismo bloqueado en sus aspiraciones. Esta falta de perspectivas pudo resultar especialmente decepcionante para él, ya que, a pesar de sus nexos aristocráticos, la suya no era una familia acaudalada. Un catastro de los funcionarios prusianos en la década de 1820 identifica a Ludwig como «sin propiedades», y es sabido que tuvo dificultades reiteradas para solventar sus deudas y pagar sus impuestos. En 1832 otros niveles funcionariales de Tréveris y Berlín debatieron la posibilidad de jubilarlo con una pensión. En su defensa, se dijo que era un trabajador infatigable, pero sus críticos señalaban su verbosidad, su excesiva prolijidad y su mano en exceso temblorosa, todo lo cual dificultaba su labor. Ludwig se sintió profundamente herido cuando se enteró de lo dicho acerca de él. Al final, se resolvió mantenerlo en el servicio, pero después de que sufriera otra grave infección respiratoria, fue jubilado en 1834.
Parece evidente que la atmósfera política y social de Tréveris estaba extremadamente tensa en torno a 1830 y 1831. La pobreza aumentó mucho entonces entre las capas medias e inferiores, y una de cada cuatro personas dependía de alguna forma de ayuda a los sectores desposeídos. La rabia colectiva apuntaba a los altos niveles de tributación y la desigualdad en su incidencia, en particular de los impuestos a la «comida» y la «matanza». Los funcionarios prusianos temían la posibilidad de una revuelta popular. En una carta de Ludwig a su sobrino Friedrich Perthes, fechada en 1831, quedaba claro que era muy crítico con la política vigente que él debía representar. Las grandes desigualdades impositivas hacían que sintiera alguna afinidad con las quejas de la población, y aunque era hostil a la idea de una república, se mostraba crítico con las disposiciones constitucionales vigentes: tenía que haber un avance hacia la «auténtica libertad», inspirada en «el orden y la razón».[123]
Se casó en dos ocasiones. Su matrimonio de 1798, con la aristocrática Elizabeth von Veltheim, le dio cuatro hijos, Ferdinand (1799), Louise, conocida como Lisette (1800), Carl (1803) y Franziska (1807). Elizabeth murió en 1807. El segundo matrimonio de Ludwig en 1812, con Caroline Heubel, hija de un funcionario prusiano, dio como fruto otros tres hijos: Jenny, la futura esposa de Karl (1814), Laura (nacida en 1817 y fallecida en 1821) y Edgar (1819). El contraste entre los vástagos de ambos enlaces era impactante y es posible interpretar las discrepancias entre las convicciones y rumbos adoptados por los distintos miembros de esta familia como una manifestación clara de las polaridades existentes en la Prusia decimonónica, representadas en miniatura en el seno de una única familia.
El hijo mayor, Fernando, con formación de abogado, acogió con entusiasmo el advenimiento en 1830 de Luis Felipe en Francia, pero después se volvió cada vez más conservador. Entre 1826 y 1830, y de nuevo en 1838 y 1843, fue destinado a Tréveris como funcionario del Gobierno con cargos cada vez más relevantes (Ober-Regierungsrath und Dirigent der Abteilung des Inneren der Regierung). En las secuelas de la Revolución de 1848, a través de los buenos oficios del conservador Leopold von Gerlach, fue presentado al rey Federico Guillermo IV, nombrado ministro del Interior prusiano, cargo en el que continuó entre 1850 y 1858. Como el monarca, el cristianismo de Ferdinand era de signo conservador y evangélico, y su principal ambición como ministro fue restablecer una monarquía de origen divino y la sociedad basada en estamentos (ständische Gesellschaft).
Según todos los testimonios, muy similares entre sí, sus hermanas Lisette y Franziska se convirtieron en protagonistas del activismo a favor de la revitalización del conservadurismo religioso, el llamado Erweckungsbewegung, movimiento iniciado como reacción a la derrota militar de Prusia en la batalla de Jena. Según un relato familiar sobre Lisette, la hermanastra mayor de Jenny, pese a contar con un marido muy razonable, doce hijos y una vida confortable en el estado de Krosigk, se «torturaba a sí misma y atormentaba a otros con su preocupación por el pecado y, en sus consideraciones al respecto, se olvidó de reír y de vivir con alegría y gratitud. […] Sus actos, inspirados no tanto en los impulsos naturales de un corazón en la plenitud de la vida sino en el deber, regían su comportamiento hacia quienes estaban cerca de ella». Razón por la cual, unido al amor de su esposo e hijos, había siempre un signo de inquietud: «Uno se siente indigno en presencia de un santo [die Heilige], y a menudo requerido de una palabra de consuelo, algo que diluya la atmósfera enrarecida por el incienso que emana de su interior».[124]
Su hermanastra Jenny era igual de firme en sus convicciones, pero diametralmente opuesta en sus puntos de vista. Rastreando en la correspondencia familiar, la nieta de Lisette escribió de ella que, siendo aún muy joven, había resultado bastante difícil de controlar, exhibiendo un gran sentido de la justicia que podía conducirla a vehementes estallidos de pasión; había en ella, a la vez, cierta ansia de conocimientos que ya en la infancia la llevaba a devorar cuanto libro caía en sus manos. En la década de 1830 ocupó un cargo como representante de la Alemania Joven, dentro de la facción de los radicales. El asunto llegó a un punto tal que los encuentros entre «la orgullosa dama» y su hermano Fernando tuvieron que ser sistemáticamente evitados. Fiel a sus apasionadas convicciones como mujer, como parte de la juventud y como sustentadora de una política revolucionaria, fustigaba las visiones retrógradas del mundo bürgerlich. De manera comprensible, su hermanastra Lisette, que compartía absolutamente los puntos de vista de su hermano, nunca logró sentirse atraída, en términos humanos, por la disposición al autosacrificio, la pasión tan pura y el corazón ardiente de Jenny, «quien, en bien del amor y la justicia universal, se dolía por aquellos a los que el destino hacía trampas, es decir, el proletariado».[125]
Jenny era, según varios testimonios disponibles, excepcionalmente bella. En una visita a Tréveris en 1863, Karl recordaba «que cada día y en todos lados me preguntaban por la que había sido “la más bella chica de Tréveris” y “la reina del baile”. Y es en extremo agradable para un hombre que su esposa sea vista así, como una suerte de “princesa encantada” en la imaginación de todo un pueblo».[126] El propio Fernando hacía notar, en 1831, que Jenny vivía regularmente «asediada por los Curmachern» (los turistas que acudían al balneario), pero que ella se mostraba impasible y desplegaba ante ellos cierta «sangre fría», que en este caso parecía muy efectiva.[127] Ese mismo año, cumplidos los diecisiete, parece haberse comprometido brevemente con un oficial destinado a la guarnición local, pero sin ninguna clase de involucramiento emocional perdurable.
Como ya hemos dicho, el menor de los hermanos Westphalen, Edgar, fue compañero de curso de Karl en el Gymnasium. Edgar era un chico brillante al que Jenny tenía especial afecto y, según todas las referencias, un individuo encantador y muy llevadero. Edgar y Karl volvieron a compartir estudios en Berlín en 1837, cuando cursaban ambos, o eso parecía, la carrera de Jurisprudencia, igual que el amigo de Edgar, Werner von Veltheim, sobrino de la primera esposa de Ludwig von Westphalen. Edgar y Werner soñaban con irse a Estados Unidos y vivir en una comunidad inspirada en los ideales comunistas, pero Werner siguió luego atado a sus deberes hereditarios en la finca familiar, y Edgar se convirtió en abogado, ocupando una serie de cargos en los alrededores de Tréveris. La inquietud persistió en él y en 1847, tras pasar un periodo en Bélgica junto a Karl y Jenny y siendo miembro del Comité de Corresponsales Comunistas creado por Karl en Bruselas, llevó a cabo su plan de irse a Estados Unidos. Werner lo ayudó a establecerse allí, en Texas, aun cuando hacía notar que «la idea del comunismo que Edgar plantea es muy bella, pero depende para su realización de individuos enteramente ideales». Al mismo tiempo, su hermanastra Lisette dejaba asentado que «es un muchacho de buen corazón, solo que parece no contar con mucha energía ni resolución, algo que acabará quizá por surgir en su interior cuando deba valerse exclusivamente por sí mismo».[128]
Pero no era lo que iba a ocurrir, al final. Solo medio año después de partir, Edgar volvió enfermo de fiebre amarilla y sumido en la desesperanza. En su diario, Lisette anotó que «la experiencia lo ha curado de sus ideas comunistas, pero es aún propenso a embrollarse en sus ensoñaciones socialistas».[129]
En 1851 partió de nuevo a Texas, en esta ocasión con ayuda financiera no solo de su amigo Werner, sino también de su hermano Fernando. Finalmente regresó a Berlín en 1865, desilusionado y sin recursos. En torno a esa época, Jenny escribió a su amiga Ernestine, la esposa de Wilhelm Liebknecht, indicándole que «[Edgar] fue mi ídolo en la infancia y juventud, mi único y más querido compañero. Me aferré a él con toda mi alma. […] En tiempos recientes, estaba tan dedicada a la familia de Karl, en la que todos me resultaban tan extraños y distantes, que mi yo interior se adhirió incluso más al único miembro de mi familia que me quedaba».[130] Aproximadamente en la misma época, Karl escribía con menos indulgencia a Engels al respecto, indicándole que Edgar vivía para «vegetar», y «ponderar las necesidades de su estómago de la mañana a la noche», aunque siendo de naturaleza tan afable los niños lo querían y «su egocentrismo es como el de un gato afable o un perro amistoso». Edgar quería volver a Texas, pero ya no había forma de eludir «la confrontación» con Fernando. Karl sospechaba que, tras el «ideal momentáneo» de Edgar de «establecerse con una TIENDA, una TIENDA de vinos, a ver si me explico», había la secreta esperanza de que esa fuera «la forma más segura de conseguir vino y cigarrillos para él mismo».[131]
Ya de vuelta en Berlín, Edgar publicó un poemario y encontró empleo merced a las autoridades judiciales. Sus ideales políticos seguían siendo los de un radical del Frankfurt de 1848 (una Alemania unida y sin Prusia, ni Austria, ni ninguna aristocracia). Se describía a sí mismo como un «Auscultator ausser Diensten»,[132] pero parece haber sido siempre un absoluto inútil a la hora de gestionar el dinero y murió, según parece, en 1890 sin ninguna clase de recursos en su haber y en un hospital de la caridad, el Diakonissenhaus Bethanien, al cual veinticinco años antes su hermano Fernando había donado una cama.
Los conflictos en el hogar de los Westphalen no eran fruto puro y simple de las discrepancias políticas. Al parecer, a Fernando, y particularmente a su esposa Louise von Florencourt, les resultaba difícil aceptar a Caroline, la segunda esposa de Ludwig von Westphalen. La razón no es del todo clara, pero queda confirmada por el hecho de que en 1830 habían intentado excluir a Caroline y a Jenny de un viaje familiar con Ludwig. Algunos autores sugieren que la raíz del conflicto era el esnobismo social: el desdén de los aristocráticos Florencourt y Veltheim (la familia de la primera esposa de Ludwig) hacia la cualidad meramente bürgerlich de Caroline Heubel, la hija de «un funcionario prusiano menor», en la despectiva frase de Karl. Aun así, es igualmente probable que la antipatía estuviese enraizada en cierta incapacidad, bastante más simple, de aceptar el segundo matrimonio del padre, y que la discusión por el viaje surgiera de la molestia que suponía incluir a Caroline y a Jenny en una visita al hogar familiar de la primera esposa de Ludwig.
Bastante más serio fue el agravio deliberado de Ferdinand varios años después, cuando en 1859 publicó un libro acerca de su abuelo Christian Philipp Heinrich von Westphalen, el jefe de Estado ante el príncipe Fernando de Brunswick-Lüneburg, y sus cuatro hijos. La parte dedicada a Ludwig omitía toda mención al segundo matrimonio de este con Caroline y a los hijos nacidos de ese matrimonio. Jenny quedó particularmente indignada porque no había mencionado a su madre, cuyo matrimonio con Ludwig había durado treinta años, siendo ella quien había criado a sus hijastros como a sus propios hijos.[133] No cabe extrañarse, pues, de que las actitudes sustentadas en el hogar de los Marx —más allá de la política— hacia la rama más antigua de la familia Westphalen fuesen tan cáusticas. Según decía Eleanor Marx en 1896, «no sé mucho verdaderamente de los Florencourt, excepto que algunos de ellos eran muy ricos, excéntricos y fanáticos. […] Mi tío Fernando v. Westphalen era, como sabéis, un auténtico fanático religioso, y lo mismo vale, creo, para los Florencourt. […] Mi tío Fernando era el peor de los fanáticos: un protestante».[134]
Si buscamos una significación mayor de la fisura detectable entre los Westphalen, veremos que no era tanto un drama de clase o parentescos —a fin de cuentas, Carl, el hermano menor de Fernando, seguía siendo en términos relativos un liberal, y Werner von Veltheim compartía el comunismo de juventud de Edgar Westphalen—. Se trataba, más bien, de un choque entre dos generaciones que entendían de manera distinta lo político. La generación de Ludwig von Westphalen y Heinrich Marx había confiado en las posibilidades de la razón y el progreso inspirado en un credo liberado del dogma supersticioso —en «la liberación del hombre de su inmadurez autoinducida», al decir de Kant—, en una Asamblea representativa y una autoridad monárquica de corte ilustrado, ya fuese la de Napoleón o la del rey de Prusia.
Para la generación que vino luego, esto era percibido como un cruel engaño. El Estado tan bien ordenado y racional de Federico el Grande había sucumbido ante el ejército de Napoleón en Jena. Fernando y sus dos hermanas habían crecido a la sombra de una revolución entreverada con el Terror, y de la derrota sufrida por la vieja aristocracia militar prusiana ante las fuerzas del republicanismo y el ateísmo. Hubo muchos diagnósticos para explicar la derrota prusiana, pero la visión más difundida entre las clases terratenientes era que fue un castigo divino ante la irrupción del racionalismo superficial que trajo consigo la Ilustración. En esta reacción contra la razón laica, el Erweckungsbewegung era en algún sentido comparable al movimiento evangélico en Gran Bretaña, pero en el mundo de habla germana su impronta se vio reforzada por el redescubrimiento de la Edad Media germánica, con su trasfondo de arte cristiano y cultura popular. Esa fue la experiencia formadora de esos hijos en particular.
Por el contrario, el mundo de Jenny, Edgar, Werner y, por cierto, del joven Karl —de aquellos que crecieron después de 1830— fue un universo que trascendía de Metternich y la penitencia sombría de la Restauración. Era un mundo de nuevo proteico, a raíz de una oleada novedosa de revoluciones y esperanzas exacerbadas por la aparición de nuevos movimientos culturales y políticos: el de los sansimonianos, los jóvenes que integraban la Alemania Joven, los Jóvenes Hegelianos y la Europa Joven de Mazzini.
Era incluso posible anticipar algunos de los conflictos efectivamente provocados por los esponsales cuando Karl partió a Berlín en el otoño de 1836. El 28 de diciembre Heinrich le escribió que había hablado con Jenny y que «ella seguía sin saber cómo se tomarían sus padres el enlace», advirtiéndole que «el juicio de la parentela y el mundo» no sería «una minucia». Su impresión había sido que Ludwig ya lo sabía, pero que no quería ser informado aún del asunto.
Pero si las relaciones entre los dos bandos dentro de la familia Westphalen estaban ya polarizadas, de ahí en adelante las cosas solo conseguirían empeorar con la arremetida que sobrevino incluso contra el liberalismo moderado de la generación de Heinrich y Ludwig. En Berlín, Karl había entrado en contacto con un nuevo grupo de amigos que empezaban a considerar que la noción humana de Dios —y, en particular, del Dios cristiano— así como la mistificación de las relaciones sociales que esta traía consigo habían conducido a la humanidad a su catastrófica situación actual. Y que, una vez se entendieran las razones de esa situación catastrófica, la humanidad se embarcaría en una época nueva y sin precedentes de absoluta felicidad.
3
BERLÍN Y EL CREPÚSCULO INMINENTE DE LOS DIOSES
EL NUEVO MUNDO DE BERLÍN Y MUERTE DEL PADRE
Karl llegó a Berlín, una metrópolis en vertiginoso proceso de crecimiento, en octubre de 1836. Entre 1816 y 1846 la población local había aumentado de 197.000 a 397.000 residentes. De la cifra estimada de 10.000 nuevos trabajadores que convergían cada año en la urbe, dos tercios eran, de hecho, gente sin hogar, obligada a encontrar cada noche un sitio donde dormir (Schlafstelle). La mayor parte de la creciente avanzada laboral de sastres y zapateros que proliferaban en la ciudad seguía estando por debajo del umbral fiscal y, según el periodista socialista Ernst Dronke,[135] una de cada diecisiete mujeres residentes en la urbe —muchas de ellas inmigrantes del sector rural y aspirantes al servicio doméstico— recurría a la prostitución para sobrevivir. Un texto de Friedrich Sass escrito en 1846 planteaba que ninguna otra ciudad, excepto San Petersburgo, hacía menos por ayudar a sus pobres, pero incluso aquellos cuyo estándar de vida era más elevado vivían en condiciones poco deseables. En sus «calles planas y anchas, viviendas prosaicas» se yerguen «como la tropa en mitad del regimiento».[136] Un visitante inglés, Henry Vizetelly, se quejaba de «las nubes de arena que, con tiempo seco y a la más leve brisa, se alzan en el aire y envuelven cuanto encuentran a su paso».[137] Esta fue, quizá, la razón de la afamada descripción que Heine hizo de Berlín como «la caja de arena del norte».
Berlín era la capital de Prusia, un Estado sin Parlamento ni un sistema judicial independiente. La Constitución que el rey había prometido en 1815 nunca se materializó. No había libertad de prensa y a los rotativos berlineses se les aplicaba la más estricta censura. Como fruto de ello, había solo dos periódicos en Berlín y ninguno era, según Edgar Bauer, capaz de captar «los signos verdaderamente significativos de los tiempos. Apenas si consiguen digerir las noticias despachadas desde provincias».[138] Las capas medias de la población no ofrecían resistencia alguna al régimen, ni tampoco el nuevo empresariado, que desarrollaba sus proyectos en la industria química y textil y en talleres que proliferaban en la periferia de Berlín. Los sectores críticos acusaban a «la burguesía» de ser leal y políticamente inerte, y de distinguirse solo y principalmente por «su visión crítica y amarga de la vida y su devoción enfermiza».[139]
Pese a estos inconvenientes, para muchos Berlín era una ciudad fascinante. Su vitalidad cultural era fruto de su universidad, sus teatros y cafés, sus pubs y cervecerías. Wilhelm Humboldt fundó la universidad en 1810, uno de los logros más impresionantes de la «era de las reformas» que siguió a la traumática derrota de Prusia por Napoleón en la batalla de Jena, en octubre de 1806.[140] Fue planificada en conformidad con los ideales liberal-humanistas y su primer director fue Johann Gottlieb Fichte, el filósofo idealista de tendencia radical. Era notoriamente inclusiva en su admisión y considerada por muchos como la mejor universidad del mundo,[141] situada en una urbe que acogía una tradición floreciente de artes escénicas, con gran desarrollo de la cultura musical, infinidad de dramaturgos vigentes y más de setenta salas de teatro. Según Eduard Meyen, crítico literario y parte del grupo de los Jóvenes Hegelianos, Berlín era «el núcleo de la cultura alemana y la actividad alemana como no ocurría con ningún otro sitio de Alemania».[142] Si bien no en la misma escala que París o Londres, la ciudad ofrecía muchas de las atracciones de una gran urbe decimonónica, y no solo los placeres y variedades de la vida urbana, sino también una vía para escapar a los burdos prejuicios de la vida pueblerina.
Karl llegó de Bonn a Berlín en calidad de estudiante, abocado en principio a proseguir sus estudios de Leyes. Nuestro conocimiento de su primer año en Berlín se deriva de una carta de diez páginas que envió a su padre alrededor del 10 de noviembre de 1837, siendo la única misiva suya que se conserva de dicho periodo.[143] Es un documento extraño: a la vez que manifiesta su pasión por Jenny, sus ideas cambiantes sobre filosofía del Derecho y los altibajos por los que pasaban sus ambiciones poéticas, se lo puede leer, en buena medida, como un alarde esteticista en el ámbito de las belles-lettres, antes que como una misiva personal dirigida a un padre achacoso. Se inicia, de hecho, en un tono decididamente grandilocuente: «Hay en la vida momentos que son como hitos indicativos de una época ya transcurrida». Enseguida continúa en la primera persona del plural: «En esos momentos de transición, nos sentimos impulsados a contemplar, con el ojo de águila del pensamiento, el pasado y el presente, para adquirir clara conciencia de nuestra situación real. Hasta la mirada universal parece gustar de estas ojeadas retrospectivas». Luego vuelve a la tercera persona: «Pero, en esos momentos, el individuo se deja llevar [a la vez] por un sentimiento lírico, pues toda metamorfosis tiene algo del canto del cisne y es, al mismo tiempo, como la obertura de un gran poema que se inicia». Y una vez más recurre, a continuación, a la primera persona del plural: «Querríamos levantar un monumento a lo que ya hemos vivido y recuperar la sensación del tiempo perdido». Es solo en este punto que el destinatario de sus líneas asoma en el horizonte, pero incluso aquí esa persona es engalanada con las guirnaldas de la retórica: «¿Y dónde encontrar un lugar más sagrado para ello que en el corazón de nuestros padres, que son el más benévolo de los jueces, el copartícipe más íntimo, el sol del amor cuyo fuego calienta el centro más recóndito de nuestras aspiraciones?». Solo después de concluir esta pomposa entrada en materia, se abandonaba el joven Karl a un relato de su primer año en Berlín, a una declaración de su amor por Jenny y luego a un análisis que, en su mayor parte, hablaba de sus puntos de vista cambiantes sobre el Derecho y la poesía.
Había llegado a Berlín en un estado de absoluto embeleso: «Ha nacido un mundo nuevo para mí, el del amor», que era hasta ese momento «un mundo embriagado de nostalgias y un amor sin esperanza […] [Aunque el arte] no igualaba ni de lejos en belleza a mi Jenny». Todo ello significaba que «la poesía lírica tenía que ser, necesariamente, el primer recurso a que acudiera». Como antes dijimos, le había enviado tres volúmenes de poesía a Jenny, quien estaba aún en Tréveris, una poesía que él mismo describía como «puramente idealista. […] no hay nada natural en ella, todo está edificado a partir del claro de luna, en completa oposición entre lo que es y eso que debiera ser». Se había desprendido de «todos mis nexos existentes hasta aquí, rara vez hago visitas y, cuando lo hago, es a regañadientes», y se empeñaba en «sumergirme» en la «ciencia y el arte», motivo por el cual dio inicio a un hábito perdurable de hacer extractos de los libros.[144]
La carta, por lo demás extraordinaria, prosigue con siete páginas de digresiones en torno al Derecho y la poesía y es solo en los últimos párrafos que Karl se vuelve más personal, aunque su tono es de todas formas afectado y desigual. Expresiones genuinas de interés aparecen aglutinadas en frases que suenan apresuradas y de buena crianza: «El estado de Eduard, los padecimientos de mi querida mamá y tu enfermedad, aunque confío en que no se trate de nada grave, todo esto me hace querer correr hacia vosotros, lo vuelve casi una necesidad». Pide que el final de su carta no le sea enseñado «a mi madre angelical. Es posible que mi repentina llegada le infundiera ánimos a esta mujer grande y maravillosa». Por último, hay expresiones de «profunda devoción e inmenso amor» y el ruego de que se tengan en cuenta «las emociones muchas veces cambiantes de mi ánimo» y se le perdonen «los yerros frecuentes de mi corazón», sobrepasado muchas veces por el «espíritu batallador». Este cierre abrupto era quizá comprensible, pues escribía cerca de las cuatro de la madrugada, cuando «la vela se ha consumido y los ojos me arden».
Escribió esa carta apenas un mes antes de que muriera Eduard, su hermano de once años, y menos de seis meses antes de la muerte de su padre. Puesto que ninguna otra carta ha sobrevivido, es imposible decir cuán representativa de su correspondencia era esta, pero el ensimismamiento solipsista que trasluce, el narcisismo esteticista y la aparente falta de interés por la situación de su familia —aun frente a los nubarrones que habían comenzado a reunirse sobre ella en el año precedente— parecen haber sido un rasgo característico del intercambio epistolar con su hogar.
Cuando menos esas eran, en lo sustancial, las quejas frecuentes de su padre y a veces de otros miembros de la familia durante su estancia en Berlín. Todos coincidían en que sus cartas eran decididamente extrañas. El 28 de diciembre de 1836 su padre se quejó de que no recibían una carta suya desde principios de noviembre. El 12 de agosto de 1837, escribiendo desde Bad Ems, adonde Henriette lo había enviado en un vano intento de curar su tos tan persistente, el padre le indicaba que una carta suya durante el estío era «una necesidad real». Y escribía a la vez que el pequeño Eduard, a la sazón de once años, había estado
