Introducción
Nieva en el Panteón
Siempre nieva en voz baja, sin que nadie pueda decir una palabra. El blanco y la sordina que imponen las partículas de hielo convierten cualquier espacio en una habitación pequeña y acolchada, de esas que solo hay en determinados hospitales, los que ayudan a domesticar tormentos. Casi todo lo que transcurre durante ese tiempo es como si no estuviera teniendo lugar realmente. Y eso, exactamente, es lo que se desencadenó ese día a las siete de la mañana, justo después de que sonase el despertador en aquel piso de la piazza Cairoli.
Hacía diez años que no pasaba. El locutor de la RAI no dejaba de repetirlo. Así que nos asomamos a la vieja ventana de madera temiendo un terremoto, un meteorito u otra derrota de la Roma, los únicos tres fenómenos capaces de agitar la ciudad. Pero la noticia era solo la nieve. Una alfombra blanca había sepultado los adoquines y las aceras, ocultando los restos de basura y borrachera de la noche anterior en el Campo de’ Fiori. La brisa helada enmascaraba el olor dulzón del alcohol y de la porquería acumulada tras varios días sin avistar el camión de la basura. Desde ahí arriba, asomados a la ventanita de madera del salón, Roma parecía una ciudad limpia y uniforme, aunque no fuese a durar demasiado.
Nos pusimos los pantalones y unas viejas botas de agua por encima del pijama y bajamos a la calle agarrados a la barandilla, intentando no resbalar sobre los escalones de mármol gastado del edificio al que nos habíamos mudado un año antes, abandonando la vida en Barcelona. Anna estaba embarazada, lo supimos poco después de llegar a Roma. El mejor y el peor momento. En marzo de 2018 se celebraban en Italia unas de las elecciones más importantes en décadas. Un vendaval populista, que soplaba desde Estados Unidos y había adoptado formas absurdas con un movimiento dirigido por un cómico gritón y autoritario, estaba a punto de barrer una época y de sacudir el orden mundial, si es que quedaba todavía algo parecido al orden en algún lugar del mundo.
La expedición a través de la nieve era el último deseo antes de que todo cambiase para siempre. Y, en realidad, no tenía que ver con las noticias de la radio ni con la crónica que reclamaría el periódico y que no tendría lista cuando llegasen las primeras imágenes a la mesa de última hora. La verdad era que Enric había escrito hacía años en aquel pequeño libro que nada podía compararse a la nieve flotando en el óculo del Panteón de Agripa, único lugar que uno debería visitar si estuviera una hora en esta ciudad. Había explicado en Historias de Roma, primer cuaderno de supervivencia, que el inmenso agujero en la cúpula del templo se convertía en una chimenea gigante donde el choque entre el calor interior y el frío de la nieve formaba un remolino de partículas blancas suspendidas en el aire, como una de esas bolas de cristal con ciudades o figuritas que coleccionaron legiones de enfermos de Diógenes en los noventa. A esas alturas de la aventura romana, todavía recuperábamos algunas ideas que había dejado en ese libro, como si fueran las instrucciones de uso de una ciudad que, en realidad, nadie ha sabido usar nunca. A Enric, por cierto, lo llama todo el mundo Enric, aunque no le conozcan, así que quizá convenga aclarar que se trata de Enric González, corresponsal durante décadas de El País en lugares como Roma, Nueva York, Londres, París o Jerusalén. Un periodista que contó durante treinta años un mundo siempre lejos de la redacción y que nos enseñó que este oficio se podía hacer de otra manera. O sea, a la suya.
La ciudad comenzaba a despertar a esa hora. Cruzamos el Campo de’ Fiori desierto, sin puestecitos de verduras y los molestos souvenirs que acosan sin piedad al monumento de Giordano Bruno. La Iglesia lo ejecutó exactamente ahí un mes de febrero de 1600 por empecinarse en que la Tierra giraba alrededor del Sol. Las gaviotas romanas, que olvidaron hace años el camino de regreso al mar, eran incapaces de encontrar su botín en los cubos de basura sepultados por la nieve. Hubo equilibrismos en la piazza Navona, apretamos el paso delante del viejo palacio del Senado, donde ondeaba la Tricolor y dos carabinieri se resguardaban del temporal aprisionados en una garita de un metro cuadrado de hierro oxidado. Doblamos la esquina de via Salvatore y dimos saltitos sobre los adoquines hasta la imponente entrada del Panteón. Da igual desde donde lo veas, nunca defrauda. Un vigilante apuraba un cigarrillo con un pie fuera de la enorme puerta de madera, entreabierta para echar el humo mientras blasfemaba en romanesco, ese dialecto fundado en la alternancia sonora de contracciones, fantasía semántica y alaridos. È chiuso, masculló mientras seguimos andando hacia adentro sin mirar atrás. Quizá fue la barriga de ocho meses de Anna, o las ganas de terminar el cigarrillo. Pero logramos llegar al centro, justo bajo el óculo, mientras el tipo seguía maldiciendo y exhalando humo. Detrás se colaron cuatro personas más, seguramente españoles iluminados por el mismo libro. En los siete años siguientes nunca conocí a nadie en Italia que tuviese la menor idea de la existencia de aquel fenómeno.
Nos embobamos cinco minutos dentro de la extraña coreografía térmica antes de que el vigilante aplastase con el zapato su cigarrillo y comenzase a gruñirnos un ahó tras otro. Grabé un vídeo, nos agarró del brazo y nos echó. Satisfechos del fruto de nuestra perseverancia, dimos gracias a Adriano por aquel espectáculo y desayunamos en un bar junto al Senado antes de volver a casa. No tenía muchos seguidores en Twitter cuando la red social no era todavía el basurero cósmico de Elon Musk. Tampoco demasiada gracia ni ganas de pasarme el día colgando ocurrencias. Pero cundía ya la idea de que los periodistas valíamos los seguidores que teníamos. Así, como un esclavo de su tiempo, subí el vídeo que había grabado ahí dentro pensando en ganar algunos likes, reseñando el origen de la expedición. Con su nombre y apellido, claro. El día, aunque en la redacción no fueran a pensar lo mismo, estaba amortizado. Pero los comentarios colapsaron el teléfono, que ya no dejó de vibrar en toda la tarde.
A las 18.48 llegó un mensaje privado de una cuenta en Twitter con una bola de billar negra, trescientos mil seguidores y el nombre de la revista cultural de moda: Jot Down. No había hablado antes con la mujer que me escribió, pero lo hizo como si nos conociéramos de toda la vida.
Ya me dirás cómo has entrado a las ocho de la mañana, han abierto al público a las 9.30 o algo más tarde. :)
Estaba la puerta entreabierta y un romano de tercera generación maldiciendo, pero dejaba pasar un metro al que se acercaba. ¿A qué horas has ido tú?
Estaba en la puerta a las 8.50. Cerrada a cal y canto, congelada esperando. Había gente empujando e intentando abrirla. Unos cuantos leñazos buenos tengo.
Jajaja. Sí, he visto unas buenas tortas también. Pero era brutal.
Por cierto, me encanta cómo cuentas Roma, no sabía que estabas en Twitter. Enhorabuena. :)
Qué bien! Muchas gracias. Yo no sabía que estabas en Roma.
Por cierto, soy Mar. Edito y dirijo la cosa esta en blanco y negro, encantada. Estoy todavía aterrizando, acabo de trasladarme.
Nunca supe si nos cruzamos realmente. Si nos vio y no dijo nada, como debía hacer con todo el mundo, o si se lo había inventado. Lo único cierto es que, de algún modo, nos había presentado Enric a través de su libro y esa historia del Panteón que nunca supe de dónde había sacado. La bola de billar en Twitter se convirtió luego en un número de teléfono español desde donde llegaban WhatsApps cada semana. Un contacto en la agenda que funcionaba como un despertador neuronal cuando se iluminaba la pantalla.
El mismo número se transformó luego en un teléfono italiano que logró comprarse después de dar la lata a los contactos que conocía en Roma. Las letras se convirtieron en una voz cada vez más familiar, siempre dispuesta a ayudar, a masajear el ego, a contar algo que no sabías o a proponer alguna aventura, por muchas negativas con las que hubieras querido frenar su infatigable insistencia. También a hacerte sentir importante, pero no tanto. La mayoría de las veces, aunque hubieras preferido no prestarte a ello, la conversación transcurría traficando con información de otra gente, del periódico donde confío en seguir trabajando y de un negocio enrarecido por una crisis que llegaba desde todos los frentes y nadie terminaba de entender. Conocía a casi todo el mundo, podía llegar a quien fuera. O eso te hacía creer con fotos, comentarios y nombres con los que trufaba las conversaciones. Ya sé que has hablado con este, me ha dicho que no sé cuántos. Espera tu llamada. Lo que le contabas, era evidente, engordaba un sistema de información que espolvoreaba en otras conversaciones. Pero daba igual. Era divertida, compulsiva, agotadoramente insistente, irónica, descarada y sorprendente. Y si algo sonaba a trola, ah, era una broma. Pero todo aquello era el relleno del pavo, la cháchara. La especialidad era hurgar ahí dentro. Detectar con precisión la fragilidad, las debilidades o el miedo específico. El trato era ese. Se lo entregabas y pedías a cambio. Conversaciones sobre hijos, colegas, sexo, libros o jefes que te hicieran la vida imposible en el trabajo. Secretos, complicidades, confesiones. Ella tenía solución. O eso podías creer.
Le arregló la vida a más gente de la que lo necesitó. Intercedió por periodistas deprimidos, sin trabajo, extraviados o con un talento que los radares de un sistema demasiado rígido habían ignorado hasta entonces. Aunque no lo hubieran pedido. Esta chica está mal, pídele a este otro, yo iría a por ese, está libre, le susurraba al director del periódico o al consejero delegado. Deshazte de esta, no vale para esa sección. Me han hablado muy bien de ti, soltaba también a veces para captar tu atención. Era especialista en hombres vanidosos. O sea, la mitad de la población mundial y todo el gremio de periodistas. Le obsesionaban las mujeres guapas, a veces algo frágiles. Te hacía sentir importante, pero al mismo tiempo recordaba tus debilidades. Ahora sabrán lo lista que eres todos los que te criticaban, les voy a callar la boca. Generaba demanda. Y siempre comenzaba la conversación como si hubierais hablado un minuto antes, como si la línea hubiese caído de forma abrupta. Como te iba diciendo. Y así podía contarte cualquier asunto mientras dejabas que te inspeccionara detenidamente por dentro. Como un cirujano, o como esos trileros de las Ramblas, capaces de fijar tu atención en un punto mientras la bolita se evapora del cascarón en el que has puesto los veinte euros convencido de que el mismísimo Dios vivía ahí adentro. De repente, zas, ya no estaba.
Llegaba un momento en que era difícil explicar a alguien de tu entorno lo que hacías todo ese tiempo al teléfono. Empezando por tu pareja, claro. Entonces comenza
