Créditos
1.ª edición: octubre, 2016
© Ian Gibson, 2009
Autor representado por Silvia Bastos, S. L. Agencia literaria
© Ediciones B, S. A., 2016
para el sello B de Bolsillo
Consell de Cent, 425-427 - 08009 Barcelona (España)
www.edicionesb.com
ISBN DIGITAL: 978-84-9069-534-0
Todos los derechos reservados. Bajo las sanciones establecidasen el ordenamiento jurídico, queda rigurosamente prohibida, sin autorización escrita de los titulares del copyright, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, así como la distribución de ejemplares mediante alquiler o préstamo públicos.
Contenido
Portadilla
Créditos
Dedicatoria
Citas bibliográficas
Agradecimientos
Prólogo
1. El artista joven
2. Residencia en Madrid (1919-1929)
3. Nueva York, Cuba
4. Amor en tiempos de República
5. Último acto y mutis
Epílogo
Apéndice
Bibliografía
Notas
Fotos
Dedicatoria
Para Rafael e Isabel Borràs,
con mi gratitud y mi amistad de siempre,
y en recuerdo de mi hermano Alan,
que no pudo con sus «dramones».
Citas bibliográficas
Yo siento la nostalgia de mi infancia intranquila,
Mi ilusión de ser grande en el amor, las horas
Pasadas como esta contemplando la lluvia
Con tristeza nativa...
FGL, «Meditación bajo la lluvia» (1919)
Adiós, mi doncellita,
Rosa durmiente,
Tú vas para el amor
Y yo a la muerte...
FGL, «Balada de un día de Julio» (1919)
Las cosas que se van no vuelven nunca,
Todo el mundo lo sabe,
Y entre el claro gentío de los vientos
Es inútil quejarse.
¿Verdad, chopo, maestro de la brisa?
¡Es inútil quejarse!...
FGL, «Veleta» (1920)
«Yo creo que el ser de Granada me inclina a la comprensión simpática de los perseguidos. Del gitano, del negro, del judío..., del morisco, que todos llevamos dentro.»
FGL, entrevistado por Gil Benumeya en 1931
Agradecimientos
Agradecimientos
Este libro es el resultado de un inesperado encargo de mi editor y amigo de muchos años, Rafael Borràs. Creía, al aceptarlo, que no me resultaría demasiado exigente. No ha sido así. Me ha forzado no solo a releer toda la obra del poeta —con especial detenimiento la copiosa juvenilia— y consultar la bibliografía reciente, sino a replantear distintos aspectos de la vida de Lorca y a pasar meses investigando el caso de un traumático amor adolescente. No me quejo: ha sido una labor detectivesca y fascinante, y he aprendido mucho en el camino.
Quiero dejar constancia del apoyo que recibí a lo largo de la redacción del libro de mi agente literaria Ute Körner, cuya reciente muerte, tan a destiempo, nos ha hundido a todos los que la queríamos en el más acuciante dolor. Nunca hubo ser humano más cálido, ni, a la hora de cuidar a sus autores, representante más eficaz. Todavía me cuesta asumir que ya no está, que nunca más me llamará. No la olvidaré jamás.
Este libro está muy en deuda con los trabajos de Paul Binding, Ángel Sahuquillo y Carlos Jerez Farrán, prácticamente ignorados por la crítica española. Desde aquí les expreso mi gratitud por sus valientes investigaciones sobre la relación existente entre la obra de Lorca y su tan largamente silenciada homosexualidad.
El libro está en deuda con otras personas. Sin doña María del Carmen Hitos Natera no habría sabido nada de la relación del Federico adolescente con María Luisa Natera, su madre, primicia absoluta. También ha sido valiosa la aportación de su hermana Pilar. Mi buen amigo de cuatro décadas, Eutimio Martín, atendió todas mis consultas lorquianas con el rigor y la perspicacia que le caracterizan. Inmaculada Hernández, de la Casa-Museo Federico García Lorca de Fuente Vaqueros, colaboró, como siempre, con eficacia, amabilidad y paciencia. En la Fundación Federico García Lorca de Madrid todo fue, también, amabilidad y atenciones. Mi amigo y colaborador Víctor Fernández Puertas estuvo muy atento, como en otras numerosas ocasiones. El padre Bartolomé Menor Borrego, párroco del Sagrario de la catedral de Córdoba, tuvo a bien buscarme la copia de la perdida acta de nacimiento de María Luisa Natera, esencial para mi tarea: se lo agradezco calurosamente. En la Casa-Museo de Juan Ramón Jiménez en Moguer, Teresa Rodríguez Domínguez y Rocío Bejarano Álvarez colaboraron con su habitual simpatía y buen hacer. Gema Moraleda fue cómplice eficaz, en Planeta, a la hora de preparar el libro para la imprenta. Finalmente —espero no haber olvidado a nadie— tengo que agradecer una vez más a mi mujer, Carole Elliott, tan aguda editora —en el sentido inglés de la palabra— como exigente crítico. A todos mi sincero reconocimiento.
Prólogo
Prólogo
La dificultad de ser García Lorca
Si el hombre pudiera decir lo que ama,
Si el hombre pudiera levantar su amor por el cielo
Como una nube en la luz...
LUIS CERNUDA, «Si el hombre pudiera decir»,
Los placeres prohibidos (1931)1
España estaba en Guerra Civil. En junio de 1937, diez meses después del asesinato de Federico García Lorca, Vicente Aleixandre publicó en El Mono Azul, la combativa revista dirigida por Rafael Alberti y María Teresa León, un breve y conmovedor texto titulado, sencillamente, «Federico». Lorca —señalaba allí— tenía una faceta nocturna, lunar, misteriosa, que no podían sospechar los que solo le conocieron de paso. Las raíces de su inspiración se hundían en una Andalucía mítica, antiquísima. Y, si bien capaz de «toda la alegría del mundo», no era esta su «sima profunda». Terminaba así la dolorida prosa:
Su corazón era como pocos apasionado, y una capacidad de amor y de sufrimiento ennoblecía cada día más aquella noble frente. Amó mucho, cualidad que algunos superficiales le negaron. Y sufrió por amor, lo que probablemente nadie supo. Recordaré siempre la lectura que me hizo, tiempo antes de partir para Granada, de su última obra lírica, que no habíamos de ver terminada. Me leía sus Sonetos del amor oscuro, prodigio de pasión, de entusiasmo, de felicidad, de tormento, puro y ardiente monumento al amor, en que la primera materia es ya la carne, el corazón, el alma del poeta en trance de destrucción. Sorprendido yo mismo, no pude menos que quedarme mirándole y exclamar: «Federico, ¡qué corazón! ¡Cuánto ha tenido que amar, cuánto que sufrir!» Me miró y se sonrió como un niño. Al hablar así no era yo probablemente el que hablaba. Si esa obra no se ha perdido; si, para honor de la poesía española y deleite de las generaciones hasta la consumación de la lengua, se conservan en alguna parte los originales, cuántos habrá que sepan, que aprendan y conozcan la capacidad extraordinaria, la hondura y la capacidad sin par del corazón de su poeta.2
El texto de Aleixandre tuvo una difusión mucho más amplia al ser reproducido poco después en Hora de España, la gran revista cultural de la República asediada por el fascismo nacional e internacional, que se editaba en Valencia.3
Aleixandre no podía decir, ni apenas insinuar, que el «amor oscuro» de aquellos sonetos tenía un componente, además de torturado y angustiado, gay. Porque en la España de entonces, y más en tiempos de guerra civil, el amor homosexual no se atrevía en absoluto a decir su nombre (para recurrir a la frase inolvidable e inevitable de Alfred Douglas, el dandi aristocrático que tantos estragos causara en la vida de Oscar Wilde medio siglo antes). El mismo Aleixandre, según Luis Antonio de Villena «homosexual practicante, divertido relator de anécdotas nocturnas donde salían Lorca y Cernuda y tantos otros», siempre estuvo muy cauto a la hora de desvelar su íntima realidad.4
La prueba acaso más elocuente de lo difícil e incómoda que resultaba la homosexualidad de Lorca, incluso para personas progresistas, fue el trato acordado a la magnífica «Elegía a un poeta muerto» de Cernuda, publicada en el número de Hora de España correspondiente a junio de 1937, el mismo mes de la primera salida del texto de Aleixandre en El Mono Azul. A muchos lectores del poema les sorprendió, sin duda, encontrarse de repente, después de las cinco estrofas iniciales, con una línea de puntos suspensivos. ¿Supresión? Así parecía, ya que, al final de la elegía, en una nota a pie de página, se indicaba: «Por desearlo así el autor, la versión aquí publicada del anterior poema es incompleta. Si algún día se reunieran en volumen las Elegías españolas, entre las cuales figura, allí se restablecería el texto original.» Tal vez, entre dichos lectores, algunos, alertados además por el deseo expresado por Cernuda en la última estrofa de su apasionada poesía («Halle tu gran afán enajenado / el puro amor de un dios adolescente / entre el verdor de las rosas eternas...»), sospecharon que de tal amor se trataba precisamente en los versos a cuya escisión parecían aludir los puntos suspensivos. Si fue así no se equivocaban, pues la estrofa omitida era explícita:
Aquí la primavera luce ahora.
Mira los radiantes mancebos
Que vivo tanto amaste
Efímeros pasar juntos al fulgor del mar.
Desnudos cuerpos bellos que se llevan
Tras de sí los deseos
Con su exquisita forma, y solo encierran
Amargo zumo, que no alberga su espíritu
Un destello de amor ni de alto pensamiento?5
¡Ah, de modo que Lorca amaba los desnudos cuerpos bellos de radiantes mancebos, y ello según un testigo de excepción que le había conocido personalmente, y que compartía su condición de gay que no podía vivir en libertad su vida! La República en guerra no podía permitir que en su revista cultural de más prestigio se difundiera tal revelación, que seguramente redundaría en detrimento de la causa.
Según apunta el biógrafo de Cernuda, Antonio Rivero Taravillo, Octavio Paz recordaba que el responsable de la supresión fue Wenceslao Roces, subsecretario de Instrucción Pública y militante del Partido Comunista.6
Los sonetos aludidos por Aleixandre, conservados en el archivo de la familia del poeta, tardarían cincuenta años en ver oficialmente la luz. Y digo oficialmente porque en los últimos meses de 1983 un lorquista anónimo, atrevido y pícaro, los imprimió, con clandestinidad, con el título de Sonetos del amor oscuro (1935-1936). El colofón del primoroso librito «no venal», de «doscientos cincuenta ejemplares», remitido por correo a ciertos afortunados —entre ellos, al autor de estas líneas—, rezaba: «Esta primera edición de los Sonetos del amor oscuro se publica para recordar la pasión de quien los escribió. Granada, en el otoño de 1983.» Hoy se sabe, según ha indicado Miguel García-Posada, que esta se elaboró «a partir de unas fotocopias propiedad del hispanista André Belamich, bajo la responsabilidad del profesor Víctor Infantes, y que la edición se tiró en una imprenta de Ocaña (Toledo)».7 La iniciativa constituyó toda una hazaña, y provocó la publicación oficial de los sonetos por los herederos del poeta unos meses después.
El magno acontecimiento tuvo lugar el 17 de marzo de 1984, día de San Patricio. Fecha a retener. Y en el sitio menos esperado: el suplemento Sábado Cultural del diario conservador Abc. «Lorca, sonetos de amor», proclamaba la portada del rotativo aquel día, con una fotografía en blanco y negro del poeta adolescente que llenaba toda la página y, destacado en letras blancas contra fondo negro, el siguiente texto:
Meses antes de ser vilmente asesinado, Federico García Lorca trabajaba en un libro de sonetos de amor. En 1968, Pablo Neruda escribió que eran «de increíble belleza». Se los había recitado el autor de Bodas de sangre, la última vez que lo vio, cuando sobre los paisajes de España soplaban ya los vientos cercanos de la guerra civil. Después de casi cincuenta años, durante los cuales solo se han conocido algunos de los poemas en lamentables ediciones piratas, plagadas de errores, Abc ofrece, con autorización de la familia de García Lorca, la excepcional primicia literaria de estos sonetos. Fernando Lázaro Carreter ha escrito sobre ellos un artículo crítico que publicamos junto al estudio de Miguel García-Posada, uno de los más rigurosos especialistas lorquianos, y artículos de Manuel Fernández-Montesinos, sobrino del poeta, y de Francisco Giner de los Ríos. El pintor Julián Grau ha ilustrado bellamente los sonetos de amor de Federico García Lorca, que constituyen, sin duda, una de las más altas muestras de la poesía española de todos los tiempos.
En la portada de Abc, como se aprecia, había desaparecido del título de la colección de sonetos amorosos el adjetivo oscuro, atestiguado por Aleixandre. También faltaba en el del editorial, «Sonetos de amor», firmado por L. M. A. (iniciales del director del diario, Luis María Anson). Ahora bien, el lector atento de los versos se habría fijado en que el «tú» del primer cuarteto del poema «El amor duerme en el pecho del poeta» —si no en los otros sonetos— era indudablemente masculino, siendo excluida la posibilidad de un lapsus por la rima:
Tú nunca entenderás lo que te quiero
porque duermes en mí y estás dormido.
Yo te oculto llorando, perseguido
por una voz de penetrante acero.8
Acaso se le habría ocurrido a dicho lector atento también que un yo poético capaz de llamarse, dirigiéndose a la persona amada, «perro de tu señorío», como ocurre en el «Soneto de la dulce queja», solo con dificultad se refería a una mujer.9
Fernando Lázaro Carreter no rehuyó aludir a la cuestión en su «tercera» del diario, aunque para discrepar con quienes, a su juicio, reducían lo oscuro de los sonetos a «la trivialización». Para el académico, lo oscuro, en la intención del poeta, decía «mucho más» (mucho más, hay que suponerlo, que su mera proclividad homosexual, palabra que no figura en el artículo). Y Lázaro prosiguió: «Se refería esencialmente al ímpetu indomable y a los martirios ciegos del amor, a su poder para encender cuerpos y almas, y abrasarlos como hogueras que se queman y destruyen en su propio ardimiento...»
El académico casi venía a sugerir que la homosexualidad del poeta, no mencionada por su nombre, era ajena a su creatividad poética.
El título del artículo de Miguel García-Posada, «Un monumento al amor», que encabezaba el cuadernillo de veinte páginas, procedía del texto de Aleixandre que hemos citado. El crítico empezó arremetiendo con saña contra Jean-Louis Schonberg (seudónimo del barón Louis Stinglhamber), autor del libro Federico García Lorca. L’homme, l’oeuvre, publicado en París en 1956. El pecado principal de Schonberg, no especificado por García-Posada, era haber insistido sobre la homosexualidad del poeta y la importancia de tenerla en cuenta a la hora de valorar la obra, la vida y la muerte de este. Propósito que hoy parecería normal y loable. El primer párrafo del artículo decía lo siguiente:
Es de esperar —o, al menos, de desear— que la publicación, con las debidas garantías jurídicas y textuales, de «todos» los sonetos de amor hasta ahora conocidos de Federico García Lorca contribuya a arrumbar ese muro de equívocos y maledicencias que, desde hace ya algunos años, se ha levantado en torno a la figura del poeta. La consigna del lamentable monsieur Schonberg, un crítico de tercera fila, ha sido bien atendida, y una serie de advenedizos irresponsables se han lanzado sobre la obra y la memoria de Lorca.
Al leer este párrafo, el lector no especializado no podía saber ni quién era el «lamentable monsieur Schonberg», crítico «de tercera fila», cuyo libro se desconocía prácticamente en España, ni dónde había dicho lo dicho, fuera lo que fuera. En cuanto a su nefasta «consigna», ¿quiénes integraban la grey de «advenedizos irresponsables» que se habían atrevido a seguirla, lanzándose sobre la obra y la memoria de Lorca, para difamarlas? El crítico se abstuvo de identificarlos. Yo no sé quiénes eran.
Un par de párrafos más adelante, García-Posada sopesó los posibles significados del término amor oscuro y se empeñó en demostrar que con él Lorca no aludía exclusivamente al amor homosexual (no llamado así por el crítico), sino al amor difícil, desesperado, torturado. Plena coincidencia, pues, con el criterio de Lázaro Carreter. García-Posada entendía, con razón, que Lorca tenía presente en los sonetos la «noche oscura del alma» de san Juan de la Cruz. Y razonaba que lo «realmente decisivo» es que, si bien el poeta «acepta el amor que no busca la perpetuación de la especie» —léase amor homosexual—, no está dispuesto a tolerar en absoluto (ello se aprecia, según el crítico, en Oda a Walt Whitman) «la corrupción, la vileza de los “maricas de las ciudades”, maricas “de carne tumefacta y pensamiento inmundo” que ensucian y prostituyen el sentimiento amoroso». Y sentenciaba García-Posada a continuación: «Estamos muy lejos de la literatura de signo pederasta a lo Gide o, en otro orden de cosas, al modo de Proust. Nada de discursos apologéticos o sectarios, de presuntas superioridades, incompatibles con la concepción cósmica del amor que se defiende.» Entre Apolo y Baco, concluía, Lorca optó resueltamente por el primero. O sea, por la luz y la armonía contra lo dionisíaco.
Cuesta trabajo creer que el poeta lo entendiera así. Y lo que se nota tanto en García-Posada como en Lázaro Carreter, al releer hoy el suplemento, casi veinticinco años después, es el marcado prurito moralista y heterosexista, quizá hasta cierto punto inconsciente, de demostrar que, si Lorca era gay (algo que no dicen), lo era de una manera «pura».
El suplemento incluía también, como se indicaba en la portada, otros dos textos, debidos a sendos miembros de la familia de Lorca. El título del artículo del sobrino del poeta, Manuel Fernández-Montesinos, entonces diputado del PSOE por Granada, hablaba por sí mismo: «Algunos sonetos de Federico García Lorca: ¿por qué ahora y en el Abc?» El «ahora», dijo, se explicaba por la necesidad de editar correctamente los textos «como desagravio a la piratería» que había supuesto su publicación clandestina unos meses atrás. ¿Y la publicación «en un periódico como el Abc»? Porque, sencillamente, se le había ocurrido así a su director, Luis María Anson, «buen amigo» de Pablo Neruda. Lo cual a muchos no nos pareció razón suficiente para que los herederos del poeta asesinado aceptasen la propuesta del diario de derechas, pudiendo fácilmente haber publicado los poemas en otro sitio más idóneo.
Francisco Giner de los Ríos afirmó, por su parte, en el breve grupo de textos suyos seleccionados por García-Posada y titulados «Lorca o el asombro», que los sonetos del granadino son expresión «del amor nada oscuro, del amor donde esté y donde surja valedero como amor; limpio amor por amor, sin adjetivos». Recordó que, cuando a él se le ocurrió, tiempo atrás, la posibilidad de publicarlos, Francisco García Lorca, hermano del poeta, se había expresado conforme, pero con una condición: habría que editarlos con el título de Sonetos, Sonetos amorosos o Sonetos de amor, no Sonetos del amor oscuro.
Que es lo que hacía, en ese momento, el Abc.
Francisco García Lorca ya se había demostrado incapaz de afrontar o admitir la homosexualidad de su hermano. En su libro Federico y su mundo, editado cuatro años antes, en 1980, y por desgracia póstumo, no había una sola alusión a la cuestión, como si el «mundo» del poeta no tuviera nada que ver con ella. Tampoco se había referido al asunto en su prólogo Mario Hernández, estrecho amigo de la familia y uno de los máximos especialistas en Lorca. Y es que hasta mediados de los años ochenta ningún crítico o lorquista español estaba dispuesto a decir públicamente que Lorca era gay, y que incumbía tener en cuenta tal circunstancia a la hora de analizar su vida, su obra y su muerte. La razón principal, inconfesable: si lo hacían se les cerraba probablemente el acceso al archivo del poeta.
Hay numerosos testimonios acerca de la imposibilidad de suscitar con Francisco e Isabel García Lorca la cuestión de la homosexualidad de su hermano. El tema era totalmente tabú.
Sonetos de amor, pues, de acuerdo con el titular del Abc. Y nada de amor oscuro. Tal era la consigna.
La tarde de la publicación de los sonetos en el diario dirigido por Luis María Anson, Vicente Aleixandre recibió en su casa de la madrileña calle de Velingtonia la visita de un buen amigo suyo, el también andaluz y poeta José Luis Cano. Aleixandre había leído su Sábado Cultural de cabo a rabo y, como era inevitable, con intensa fascinación. Cano lo encontró preso de la más viva extrañeza. «Lo curioso —le dijo el Nobel— es cómo en todos los artículos que acompañan a los sonetos se evita cuidadosamente la palabra homosexual, aunque se aluda a ello, pues nadie ignora que esos sonetos no están dedicados a una mujer. Se ve que todavía esa es palabra tabú en España, en ciertos medios, como si el confesarlo fuese un descrédito para el poeta. Todo eso viene de muy antiguo, de cuando la Inquisición quemaba vivos a los culpables del delito nefando.»10
Dos años antes —concretamente el 26 de abril de 1982—, Vicente Aleixandre me había concedido una entrevista. Le pregunté por los Sonetos del amor oscuro. Me permitió grabar la conversación. Me dijo que el amor oscuro, en el concepto de Lorca, «era el amor de la difícil pasión, de la pasión maltrecha, de la pasión oscura y dolorosa, no correspondida o mal vivida, pero no quería decir específicamente que era el amor homosexual. Eso de oscuro puede aplicarse a cualquier clase de amor amor. Nunca él me dijo “ese es esto”; no, no, no me dijo nada, era el amor doloroso, el amor con un puñal en el pecho... oscuro por el siniestro destino del amor sin destino, sin futuro». Con todo, Aleixandre no dudó en decirme a continuación que los sonetos fueron inspirados por una persona concreta, por supuesto masculina, a quien no se creía con derecho a identificar. Y siguió: «Ya no existe el tipo de prejuicios que existían antes. Hay que aceptar al hombre entero. ¿Qué importa eso?»
Parece seguro, pese a las reticencias de Aleixandre, que para Lorca el adjetivo oscuro, referido al amor, sí tenía un claro matiz homosexual. En la versión original (1926) de su conferencia «La imagen poética de don Luis de Góngora» aludió así a un notorio asesinato ocurrido en 1622: «El delicado gongorino marqués de Villamediana cae atravesado por las espadas del rey.»11 Dos años después, en 1928, se publicó el libro de Narciso Alonso Cortés, La muerte del conde de Villamediana, «que relacionó el asesinato del conde con su bisexualidad».12 En 1930, Lorca, sin duda al tanto, revisó la frase correspondiente de su conferencia, que pasó a rezar: «El delicado gongorino Marqués de Villamediana cae atravesado por las espadas de sus amores oscuros.»13
En El público, escrito durante la estancia del poeta en Nueva York y Cuba y, según el propio Lorca, «de tema francamente homosexual» —subrayó el adverbio—,14 el Caballo Negro exclama: «¡Oh amor, amor, que necesitas pasar tu luz por los calores oscuros! ¡Oh mar apoyado en la penumbra y flor en el culo del muerto!» En el borrador, Lorca escribió primero «mar apoyado en lo oscuro».15 Ecos de estos «calores oscuros» resuenan en Diván del Tamarit. «Déjame en un ansia de oscuros planetas, / pero no me enseñes tu cintura fresca», implora el yo en «Gacela de la terrible presencia». En el poema siguiente, «Gacela del amor», apostrofa a la persona amada en estos términos: «Pero tú vendrás / por las turbias cloacas de la oscuridad.» En ambos casos la crítica homosexual ha encontrado evidentes alusiones al coito anal.16
En cuanto a la presencia del adjetivo en los sonetos amorosos, el titulado «Adam» [sic], escrito en Nueva York en 1929 y por ende previo a la serie del amor oscuro, no parece dejar lugar a incertidumbres. Se trata de contrastar al Adán genésico, bíblico, evocado en los primeros once versos del poema, con otro bien distinto. Los tercetos lo dicen con claridad:
Adam sueña en la fiebre de la arcilla
un niño que se acerca galopando
por el doble latir de su mejilla.
Pero otro Adam oscuro está soñando
neutra luna de piedra sin semilla
donde el niño de luz se irá quemando.17
El «otro Adam» está soñando con una luna que acumula signos de muerte y de esterilidad, y donde se consumirá el niño. ¿Podemos dudar de la homosexualidad, de la condición no procreativa, de este «Adam oscuro»? ¿Y no es lícito deducir que, si Lorca ha dedicado un soneto al tema, es porque se proyecta en el personaje así calificado?
Por lo que respecta a los Sonetos del amor oscuro propiamente dichos, en el titulado «El poeta pide a su amor que le escriba» el yo quiere que la persona amada, si no se decide a aliviar su sufrimiento con una carta, le deje por lo menos vivir en su «serena / noche del alma para siempre oscura».18 La referencia a la «noche oscura del alma» de san Juan de la Cruz es patente. En «Soneto gongorino en que el poeta manda a su amor una paloma», hay otra alusión literaria, esta vez a Diego de San Pedro, en cuya «cárcel del amor», definida ahora como «oscura», el corazón del yo está preso.19 En ambos casos falta la referencia explícita al amor homosexual, de acuerdo. Pero no así en el soneto sin título que empieza «¡Ay voz secreta del amor oscuro!», voz de tentación a la que ruega el yo:
Huye de mí, caliente voz de hielo,
no me quieras perder en la maleza
donde sin fruto gimen carne y cielo.20
Cuando se publicó el hoy famoso suplemento del Abc, yo intentaba terminar el primer tomo de mi biografía de Lorca, en el cual hablaba de la homosexualidad del poeta con naturalidad, colocándola donde a mi juicio debía estar, es decir, en el epicentro de su vida y su obra. Había topado, y topaba todavía, con constantes dificultades al abordar, o tratar de abordar, el asunto con amigos suyos, entre ellos ciertas antiguas compañeras de La Barraca, quienes, cuando no me llamaban morboso, solían zanjar con un «nosotras no vimos nunca nada, era todo un caballero», etc. Incluso cuando se concedía que sí, que era homosexual, se hacía con mala gana y se insistía en que tal tendencia no tenía nada que ver con la obra y que, además, el poeta estuvo siempre «muy discreto».
Quien más y mejor bregaba en este sentido, como veremos, era Rafael Martínez Nadal, íntimo amigo del poeta y autor de numerosos ensayos sobre el hombre y su creación.
A partir de mediados de los años ochenta, con todo, la crítica lorquiana española empezó a superar paulatinamente su arraigado problema con la homosexualidad del poeta. Digo paulatinamente. En 1987 la editorial Cátedra, de Madrid, publicó, en su prestigiosa colección Letras Hispánicas, sendas ediciones, a cargo de María Clementa Millán, de Poeta en Nueva York y El público, con largas introducciones, numerosas notas a pie de página y bibliografía. En ambas se eludió rigurosamente cualquier comentario sobre la homosexualidad del poeta y su relación con la obra. Llamaba especialmente la atención en este sentido la paráfrasis ofrecida por Millán de Oda a Walt Whitman, donde leemos que el poeta norteamericano «representa la autenticidad en el amor [...] frente a la hipocresía y engaño de “los maricas”» y que «encarna [...] la defensa del amor contra la actuación de los maricas». La palabra homosexual no aparece en el comentario.21 En cuanto a su edición de El público (en cuya cubierta se reproduce en color el dibujo lorquiano Hombre y joven marinero, de tema abiertamente gay), Alberto Mira hace el siguiente comentario:
La introducción de María Clementa Millán a la edición de Cátedra del texto consta de ciento once páginas. La autora nos pone al corriente de la historia textual de El público y propone claves de interpretación. La homosexualidad no es una de ellas. Es como si de todos los significantes [de] que consta el texto, el sentimiento homoerótico fuera el menos importante, el que ha de ser desestimado. La posición desde la que esta ocultación se lleva a cabo es una posición de poder: la autora de la edición pone una mordaza a «Lorca el homosexual». Dado que no puede tratarse de ceguera, ya que la homosexualidad es patente en el texto, hay que calificar sus motivaciones de pura y simple homofobia.22
Al hispanista británico Paul Julian Smith, especialista en Lorca, también le había llamado la atención la renuencia por parte de Millán a tener en cuenta la homosexualidad del poeta. «En la introducción a su edición de El público Millán no menciona la palabra homosexual», constata con asombro.23
Lo más escandaloso del asunto es que la colección Letras Hispánicas de Cátedra llega a un inmenso número de estudiantes de Literatura Española alrededor del mundo. Componían entonces su consejo editor, según se señala al principio de las ediciones de Lorca que estamos comentando, Francisco Rico, Domingo Ynduráin y Gustavo Domínguez. ¿Por qué no se dieron cuenta del talante homofóbico de Millán antes de publicar ambos tomos? Sería muy interesante saberlo. Hoy, veintinueve años después, no han sido revisados. El público está en su duodécima edición, de 2015; Poeta en Nueva York, en su vigésima, de 2016. Ello supone decenas de miles de ejemplares vendidos. El negocio, estupendo para la editorial y los herederos del poeta; la ética, a mi juicio, por los suelos.
En cuanto a Miguel García-Posada, el crítico y estudioso, hoy por desgracia fallecido, sabría modificar su punto de vista con el tiempo, aunque con alguna reticencia residual. En su excelente edición en cuatro tomos de las Obras completas de Lorca, publicados por Galaxia Gutenberg en 1996, los once sonetos tan largamente secuestrados se agrupaban por fin bajo el título de Sonetos del amor oscuro, «título que, lo queramos o no —señalaba García-Posada en una nota—, es irreversible y que apoyan los mismos poemas».24 ¿«Lo queramos o no»? ¿Qué significaba frase tan curiosa? ¿Que hubiera preferido que el título no fuera «irreversible», pero que ya no había más remedio que aceptarlo? Además, si los mismos sonetos apoyaban en 1996 el título, ¿no lo hacían igualmente doce años antes, en 1984? No sé hasta qué punto exoneraba al crítico la explicación ofrecida en sus notas a los poemas, donde leemos: «Titulé entonces como “Sonetos” la serie amorosa por petición expresa y razonable de los herederos» (la cursiva es mía).25 ¿Fue razonable tal petición? Que cada lector decida.
Algo había cambiado, con todo. El García-Posada de 1996 no dudaba en declarar, además, que el «destinatario efectivo» de los sonetos fue Rafael Rodríguez Rapún, sin explicar de quién se trataba (el compañero de Lorca en La Barraca y luego su secretario y, como veremos, su gran amor). Sí, algo había cambiado.26
Dado el obstinado silencio «oficial» en torno a la homosexualidad de Lorca, era inevitable que, tarde o temprano, se produjera una reacción por parte de los estudiosos gais de su obra, sobre todo en el extranjero. En este sentido fue sintomática la publicación en Londres, en octubre de 1985, del libro de Paul Binding Lorca: The Gay Imagination.
Después de frecuentar durante años la obra del poeta, el crítico y escritor inglés había llegado a la conclusión de que, para entender esta plenamente, era imprescindible tener en cuenta la homosexualidad del autor y el desarrollo de su compleja relación con esta. Tomando como su punto de partida Poeta en Nueva York, por el cual sentía una profunda admiración, y muy consciente del peligro de caer en la trampa de un reduccionismo excluyente, Binding había emprendido una revisión de la producción lorquiana desde la óptica gay, sin ocultar su propia homosexualidad. Salió bastante bien parado de la difícil empresa, a mi juicio, pese a cierta ingenuidad en su consideración de la Andalucía «enduendada», y el libro vertía luz sobre numerosos aspectos poco apreciados entonces del mundo de Lorca. Quedan en la memoria unos comentarios especialmente agudos. Sobre Amor de don Perlimplín con Belisa en su jardín, por ejemplo, donde Binding sospecha la presencia del resentimiento del poeta ante la hostilidad de la sociedad granadina y, tal vez, el desdén de las chicas de su entorno social (por no corresponder a sus imágenes preconcebidas de la virilidad); sobre los arcángeles del Romancero gitano, que inauguran el «tratamiento gay» del cuerpo masculino en la poesía lorquiana; y, de manera muy especial, sobre Oda a Walt Whitman —analizada desde un hondo conocimiento del poeta norteamericano—, El público y Así que pasen cinco años. Binding no dudaba de que fue en Nueva York donde Lorca empezó a afrontar las complejidades de su homosexualidad, experiencia que hizo posible la grandeza de la producción posterior. Razonaba con estilo ameno, entusiasta, animado por el fervoroso deseo de conectar con el lector y de contribuir a una necesaria «revaloración» del granadino. El libro, que no rehuía tocar el tema tabú del componente anal del homoerotismo, y su reflejo en la obra lorquiana, constituía, innegablemente, una valiosa aportación al conocimiento del poeta.
En 1986, un año después, la Universidad de Estocolmo publicaba el libro de Ángel Sahuquillo Federico García Lorca y la cultura de la homosexualidad, subtitulado Lorca, Dalí, Cernuda, Gil-Albert, Prados y la voz silenciada del amor homosexual. Esta vez se trataba de una meticulosa tesis doctoral, no destinada al gran público, cuya finalidad era descubrir y examinar metódicamente los mecanismos que regían, sobre todo en la obra de Lorca, la expresión del amor prohibido. Ello partiendo de un amplio conocimiento de la historia, y de la brutal represión, de la homosexualidad en Occidente, desde el repudio de la Iglesia y la incomprensión de la profesión médica hasta la persecución por la justicia, la tortura (castración incluida) y la muerte. Sahuquillo entendía que para Lorca, así como para los otros poetas gais de su entorno, era del todo imposible expresar abiertamente su auténtico sentir sexual, entre otras razones porque tenía en parte «internalizado» el discurso homófobo circundante. También le parecía evidente que tal hecho no había sido asumido «por la gran mayoría de críticos y eruditos».
La primera hipótesis de trabajo de Sahuquillo era que la obra de Lorca refleja las duras condiciones de vida impuestas al gay por una sociedad hostil, y que ello se ve sobre todo en el tratamiento que reciben en sus textos el silencio, el secretismo, los sueños, las sombras, el fuego, la enfermedad, la muerte y el suicidio.
La segunda era que Lorca utiliza un «código secreto» para expresar «los problemas y los gozos del amor homosexual». Desde hace milenios, recordaba Sahuquillo, se les ha permitido a los poetas heterosexuales hablar abiertamente del amor (dentro de ciertos límites, claro). Pero el poeta gay ha tenido que hacerlo de manera encubierta y someterse a una autocensura permanente. Lorca no era excepción a la regla, padecía «la necesidad (obligada) que tienen los homosexuales de vivir en las sombras». Las incursiones de Sahuquillo en el lenguaje simbólico del poeta (su «código secreto») y en su fascinación con, y utilización de, la mitología grecorromana, que compartía con Cernuda, son de extraordinario interés.
En España la crítica especializada apenas ha prestado atención a sendos trabajos de Binding y Sahuquillo. Una traducción del primero, titulada García Lorca o la imaginación gay, fue publicada por la editorial Laertes, de Barcelona, en 1987, y se perdió pronto de vista. El de Sahuquillo, editado por la Universidad de Estocolmo en tirada mínima, no podía esperar difusión alguna en España. Pero sí la nueva edición de la obra, revisada y aumentada, que publicó en 1991 el Instituto de Cultura Juan Gil-Albert, en Alicante, titulada Federico García Lorca y la cultura de la homosexualidad masculina. Lorca, Dalí, Cernuda, Gil-Albert, Prados y la voz silenciada del amor homosexual. No fue el caso, sin embargo, y hoy resulta casi imposible conseguir un ejemplar del tomo. Hay que añadir que, como ocurre todavía con demasiada frecuencia en España, el libro no llevaba índice onomástico, lo cual dificultaba extremadamente su consulta. Su reciente edición norteamericana, Federico García Lorca and the Culture of Male Homosexuality (2007) —ya sin subtítulo y con combativo prólogo de Alberto Mira—, no comete este error. No solo lleva índice alfabético de nombres, sino de contenidos. Es de esperar que salga pronto una nueva edición española con las mismas características.
A lo largo de 1998 se celebró con multiplicidad de actos y publicaciones
