El primer acorde, el silencio. El podio, mi principal confidente. Y el silencio continúa. Detrás, un auditorio formado por centenares o miles de personas contiene la respiración. Y el silencio continúa. Enfrente, una orquesta formada por experimentados maestros también contiene el aliento; concentrados y expectantes ante mi gesto inicial. Y el silencio continúa. En ese instante, la atención se centra en mi primer movimiento gestual, en mis brazos, en mis manos... Y el silencio continúa. Doy la primera anacrusa del concierto. Y la música comienza.
Estos momentos, los inicios de los conciertos, se encuentran entre los más importantes de mi vida. Desde que, siendo muy niña, caí bajo el embrujo del sonido y las partituras, aspiré a dirigir una orquesta, ponerme al frente de un gran equipo humano y al servicio del público y de la música. He vivido por y para la música, que es mi pasión y mi obsesión. Tanto que desde la infancia tracé en un cuaderno una suerte de hoja de ruta profesional: para cada año me marcaba unos objetivos, unas asignaturas, unos estudios, que debía ir superando ineludiblemente. Con mucha dedicación y esfuerzo, a base de horas y horas, e ilusión, fui cumpliendo punto por punto estos objetivos hasta lograr mi sueño: ser directora de orquesta.
Soy Inmaculada Lucía Sarachaga Menoyo, nacida en Amurrio (Álava), en 1972. Y es esta Inmaculada la que sale al escenario al comienzo del concierto. Superando cada vez, por mucho que se acumule la experiencia, la presión del miedo escénico, sintiendo los ojos atentos del auditorio y expectante ante todo lo que puede suceder. Pero, en cuanto comienza la música y se desata la tempestad emocional, me voy transformando en otra persona que también soy yo: Inma Shara, directora de orquesta, a la batuta y nacida de la música.
«Detente instante, ¡eres tan hermoso!», así podríamos definir, con el Fausto de Goethe, la experiencia de la música en directo. Los músicos vivimos en una zozobra continua, debatiéndonos entre el anhelo y la nostalgia, entre el «ya viene» y el «ya pasó». Tratando de aprehender lo inaprensible. Antes de un concierto, en las semanas de arduo trabajo que lleva prepararlo, tanto en solitario como en los ensayos con la orquesta, siempre estoy expectante, siempre en tensión, siempre deseando que llegue el gran día, y que pase, y que todo salga bien. Pero cuando el concierto llega, y pasa, y todo sale bien, también se va el concierto, se pierde en la ventolera del tiempo, y deja un gran vacío: lo que resta es la nostalgia. Salgo sola de nuevo al escenario y todos se han ido: los músicos, los técnicos, el público. Han desaparecido los sonidos de los instrumentos, su cálida vibración, solo queda su intenso eco. Todo ha pasado. Y, en el horizonte, una nueva actuación, un nuevo proyecto. Es hora de volver a mirar hacia delante. ¿Y qué hay en el espacio intermedio, en lo que dura el concierto? Un maravilloso estado de trance en el que soy llevada únicamente por los sutiles brazos de la música. Un estado de ingravidez, de paisajes mentales, de plenitud, un estado transcendental que es el que hace que ame esta profesión hasta el infinito.
Mi trabajo consiste en dirigir orquestas. Recrear y dar vida a la partitura que escribieron genios perdidos allá entre los siglos o compositores contemporáneos, siempre tratando de plasmar una impronta personal, una visión única. Desplegar la magia que hace que esas notas musicales escritas sobre el pentagrama cobren vida y lleguen al público, a veces emocionándole, a veces enterneciéndole, a veces, incluso, agitándole. Como directora de orquesta, soy un puente que se tiende entre los músicos y el público, el verdadero destinatario final de nuestro trabajo, soy una herramienta de la música por y para el público.
Una parte importante de la dirección de orquesta, además de la parte artística, quizá la más desconocida, es la de liderar un gran grupo humano. Digamos que, aparte de buen músico, el director tiene que ser un buen gestor de recursos humanos: por todos es conocido que, cuando se habla de un grupo de personas, surgen las opiniones enfrentadas, las fricciones, los desacuerdos, o, en un plano más prosaico, las impuntualidades o las irresponsabilidades. Se rompe una armonía que hay que recuperar. Esta es nuestra condición humana, hay que asumirlo, y son estas unas destrezas que no se aprenden en ninguna escuela o conservatorio. Así que un director de orquesta tiene que aprender por sí mismo a aglutinar diferentes individualidades artísticas, de diferentes sexos, nacionalidades, razas y caracteres, por toda la faz del planeta. Cada persona es un mundo, igual que cada orquesta de las que hay en el mundo.
En mis años de profesión he ido acumulando cierta experiencia en este aspecto, aprendiendo continuamente. Creo que es mejor influir que mandar, creo en el liderazgo transcendental, ese que no se basa en la férrea autoridad sino en el compromiso, el ejemplo y la responsabilidad. Algo similar a lo que en relaciones internacionales el profesor de Harvard Joseph Nye llamó soft power, poder blando. La batuta invisible es el título de este libro y un trasunto de este concepto en el que creo firmemente. A lo largo de estas páginas animo constantemente al lector a que lleve siempre su batuta invisible en su interior. Porque se expondrán cuestiones que son aplicables a cualquier orden de la vida y le serán de utilidad a aquel que tenga una empresa pequeña o grande, o una familia, o un círculo de amigos. Porque al final una orquesta es eso: seres humanos, un organismo vivo. Si entendemos el liderazgo como lo presentado en este libro, todos podemos ser líderes. Liderazgo en el sentido de compromiso, no como un derecho sino como una aportación a la sociedad. Ya lo decía John Fitzgerald Kennedy: «No pienses en lo que tu país puede hacer por ti, sino en lo que tú puedes hacer por tu país».
Mi experiencia en la dirección ha llevado incluso a que grandes compañías (eléctricas, telefónicas, de comunicaciones, etc.) me hayan invitado a dar conferencias para ayudar y motivar a sus empleados a optimizar la empresa, tantas veces robótica y deshumanizada. Hablo ante departamentos de marketing o ante equipos directivos y no ofrezco verdades absolutas ni recetas mágicas. Desde la humildad y el respeto, ofrezco metáforas útiles, el símil entre el equipo humano que es una orquesta y el que es una empresa, dos realidades muy similares.
Este libro, pues, trata de cumplir un doble objetivo: por un lado, acercar la música clásica al gran público, algo muy necesario en estos tiempos turbulentos en los que se pierden los valores más fundamentales y en los que existe un gran desconocimiento de lo que ocurre detrás del telón; por otro, mostrar todo lo que la música y la práctica orquestal pueden aportar a la gestión de las empresas y grandes colectivos humanos.
La preparación de este texto ha sido, al mismo tiempo, un reto y un interesante paréntesis en el que la hoja en blanco, el pentagrama vacío, me ha ayudado a reflexionar, a detenerme por un instante y pensar en mi vida de forma introspectiva. Me ha sido útil para hacer balance: para felicitarme por los logros conseguidos, pero también para tomar nota de lo que se puede mejorar. A continuación, mis experiencias y reflexiones, empezando por la necesidad y el valor de la propia música.
¿Por qué la música?
¿Qué seríamos sin cultura? La cultura en general y la música en particular tienen una capacidad consustancial para transmitir sentimientos que puede cambiar la sociedad de manera muy positiva. La música es una terapia social, es un pilar fundamental para el desarrollo integral de nuestra realidad y para la estabilización de nuestra complejidad. Nos hace ser mejores personas y también vivir mejor cualitativamente hablando. Como decía un anuncio de una radio comercial: «Sería imposible vivir sin música». Es imposible comprender la vida sin la música.
Son muchos los beneficios que la cultura trae a una sociedad: la dota de herramientas que la hacen más firme y sólida ante las injusticias, máxime en momentos de crisis como los que estamos viviendo, en los que el ser humano se siente solo ante la adversidad. Tiempos en los que prima el individualismo frente a la amabilidad social y colectiva, en los que el espejo en el que se mira la sociedad es el de la soledad.
Decía Aristóteles que «es imposible no reconocer la potencia moral de la música» y, en efecto, la música supone la creación de un mundo más ético, nos hace amar las ideas superiores. Es una herramienta indispensable para la evolución y construcción de una sociedad más justa. Es la máxima expresión de la justicia, da sentido a la existencia del ser humano. Ahí donde finaliza el sentido semántico del lenguaje hablado es donde comienza el sentido del arte musical. Ya lo dijo E. T. A. Hoffmann: «La música empieza donde se acaba el lenguaje». La magia de la música no se puede definir con el mero lenguaje hablado, entra dentro del terreno de lo inefable. La música es un ejercicio inconsciente de metafísica en el que la mente no es consciente de que está filosofando.
¿Por qué dirigir?
Dirigir una orquesta y ser un transmisor de sentimientos es una de las experiencias más gratificantes para el ser humano. Ser herramienta de la música te hace sentir más plena como persona, a la vez que mucho más vulnerable: incluso te hace albergar más dudas ante la definición de la música por su infinita e inalcanzable grandeza. Parece que cuanto más convives con la música, menos la conoces al mismo tiempo. Cuanto más te acercas a ella, más se aleja ella de ti, y este camino se traduce en un estadio de pura pasión.
El alma se transporta y lo cotidiano deja en ocasiones de interesarte. Sentir la grandeza celestial que contiene la música de Bach, analizar y sentir sus fugas como grandes obras maestras o imbuirse en el estudio de las sinfonías de Beethoven produce una sensación que no se puede explicar con palabras pero que resulta apasionante. En ocasiones he comentado que solo dirigir los dos primeros acordes de la obertura de Coriolano Op. 62, de Ludwig van Beethoven, seguidos del gran silencio, sentir esta gran fuerza que emana de los mismos, esa llamada hacia lo eterno e infinito, hacen que sienta que el tiempo se detiene y que ya no es necesario continuar la interpretación. No existen tampoco palabras para describir el tema principal de su sinfonía más célebre interpretada, la Quinta. Con la música, el tiempo parece detenerse y se abre la luz de lo infinito ante la belleza contenida en las grandes obras de la historia de la música. Son obras como estas las que iluminan mi camino y mi constante amor a la música.
La música: el eco de lo inexplicable
La definición de música en su esencia más perfecta y completa quizá es la siguiente: la música es el arte de organizar de forma sensible y coherente, bajo un discurso lógico, una serie de sonidos combinándolos entre sí, utilizando los principios fundamentales de la melodía, la armonía y el ritmo bajo la intervención de procesos sensitivos. El silencio, y no solo el sonido, cobra especial sentido.
La música presenta la perfecta armonía entre el pasado, el presente y el futuro; sus acordes armonizan el mundo invisible por el que el hombre siente una verdadera curiosidad, ese escenario que no podemos alcanzar porque somos imperfectos. Por esto la música es el eco de lo inexplicable e inexpresable, comunica lo desconocido y crea la mejor sinfonía atemporal de todos los tiempos, dando cohesión a la propia existencia del ser humano. La música, como el arte en general, se dirige al mundo de la sensibilidad, a la esfera más profunda del ser humano, refleja los estados del alma. Sentimos la música porque la misma música está en la esencia del hombre. Pero el hombre no está solo: vive en sociedad.
Los valores de la música
Los acordes de la propia música son un referente para la humanidad, generan bases sólidas de comportamiento, suponen un verdadero camino ético hacia la generosidad. Es la música la que alienta y guía una sociedad, forma en valores a su gente para asumir compromisos firmes de solidaridad. Como dice Tolstói: «El arte es el origen moral de la vida humana». La música define la esencia de lo esencial, no traduce los valores interpretados por una u otra sociedad, traduce y configura la definición absoluta de la misma. No son los acordes los que interpretan la percepción de las cosas, sino que son las cosas en sí mismas, en su esencia más pura. La música como arte está en el mundo de lo que la sociedad entiende como materia de Derechos Humanos.
Vivimos en una sociedad muy material
