Desafiar la gravedad

Caroline Myss

Fragmento

 

Título original: Defy gravity
 Traducción: Paula Vicens
 1.ª edición: enero 2012
 

© Caroline Myss, 2009
 © Ediciones B, S. A., 2012
 Consell de Cent, 425-427 - 08009 Barcelona (España)

www.edicionesb.com

Publicado originalmente por Hay House, Inc. USA

ISBN EPUB:  978-84-15389-38-5

Todos los derechos reservados. Bajo las sanciones establecidas en el ordenamiento jurídico, queda rigurosamente prohibida, sin autorización escrita de los titulares del copyright, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, así como la distribución de ejemplares mediante alquiler o préstamo públicos.

 

 

 

 

 

Para mis ahijados

Angela, Rachel, Eddie, Jimmy,

Basile, Lacey, Eben y Sam

<meta name="viewport" content="width=device-width, initial-scale=1, maximum-scale=1"> <body> <style> html * {padding:0px;font:1em/1.4em Georgia, "Times New Roman", Times, serif;padding:0 0.6em 1.2em 0.6em;color:#000"} img {max-width:100%;height:auto;display:block;margin:0 auto;} </style> <div id="toc"> <h1 /> <div> <p> Portadilla <br /> </p> <p> Créditos <br /> </p> <p> Dedicatoria <br /> </p> <p> Prólogo de Andrew Harvey <br /> </p> <p> Una introducción mística a la curación <br /> </p> <p> 1. Más allá de la razón: la curación en la era de la energía <br /> </p> <p> «La curación es auténtica» </p> <p> La curación como experiencia mística </p> <p> El desafío de sanar hoy </p> <p> El factor de la gravedad </p> <p> 2. La primera verdad: no puedes razonar con la enfermedad, las crisis ni con Dios <br /> </p> <p> No hace falta saber </p> <p> Razones irracionales </p> <p> A escala mundial </p> <p> Características de la razón </p> <p> Lo que no es necesario para la curación </p> <p> 3. La segunda verdad: conectar con el sentido y el propósito <br /> </p> <p> La curación y la búsqueda de sentido y propósito </p> <p> El poder: del más elemental al sentido y el propósito </p> <p> Una mirada más atenta al sentido y el propósito </p> <p> La elección curativa de la transformación </p> <p> Tu diario: explorando el sentido y el propósito </p> <p> 4. La tercera verdad: navegar con valentía por la noche oscura del alma <br /> </p> <p> El viaje curativo de la noche oscura </p> <p> Las siete pasiones oscuras y la curación </p> <p> De la oscuridad a la luz </p> <p> 5. La cuarta verdad: confía en el poder de tus bendiciones <br /> </p> <p> Entonces, ¿en qué consiste la gracia? </p> <p> Entrando en tu luz: conociendo tus gracias </p> <p> Las siete gracias </p> <p> Vivir las gracias </p> <p> 6. La quinta verdad: desafiar la gravedad y aprender a pensar como un místico <br /> </p> <p> El reino de la ley mística </p> <p> De la energía a la conciencia mística </p> <p> Las cinco leyes místicas </p> <p> La vida sin gravedad </p> <p> Digno de reflexión </p> <p> 7. Más allá de la enfermedad: viviendo en un campo de gracia <br /> </p> <p> Agradecimientos <br /> </p> <p> Acerca de la autora <br /> </p> </div> </div> <meta http-equiv="Content-Type" content="text/html; charset=utf-8" /> <!DOCTYPE html PUBLIC "-//W3C//DTD XHTML 1.1//EN" "http://www.w3.org/TR/xhtml11/DTD/xhtml11.dtd"> <html xmlns="http://www.w3.org/1999/xhtml"><head><title> 

Prólogo

 

Brillantez y pasión con claridad forense y una compasión verdaderamente ilimitada. Éstas son las cualidades que cabe esperar del extraordinario trabajo de Caroline Myss, de las cuales hace un provocativo despliegue en su última obra, Desafiar la gravedad. Lo destacable e inspirador de Caroline, como escritora, maestra y persona, es su modo de reinventarse continuamente, su constante esfuerzo por lograr una integración cada vez mayor de mente, corazón, cuerpo y alma. Para ella, esta búsqueda del campo de fuerza unificado de la verdad no es nunca exclusivamente individual, sino que tiene lugar en un contexto de apremiante y radical confrontación con nuestra crisis mundial, esa que amenaza actualmente la supervivencia de la especie humana y de la mayor parte de la naturaleza, y nace del apasionado deseo de la curación tanto personal como planetaria.

El núcleo de Desafiar la gravedad es esta amenazadora crisis. Caroline Myss sabe exactamente en qué punto nos encontramos del enorme desastre que nosotros mismos hemos provocado, una catástrofe en aumento engendrada por nuestra adicción a la razón y el abandono de lo sagrado y de las leyes místicas, rigurosas y exigentes, que gobiernan su aplicación vital. Nuestra supervivencia se ve amenazada por todas partes: por los demonios que ha desatado nuestro empeño en dominarnos los unos a los otros y dominar la naturaleza; por nuestro modo viciado y tribal de entender la religión, que en lugar de resolver los conflictos los alimenta, y por nuestro permanente rechazo a afrontar los fantasmas personales y colectivos de codicia, miedo, crueldad y oculta desesperación en nuestra naturaleza humana sin transformar.

En Desafiar la gravedad, Caroline Myss nos plantea una salida a esta pesadilla: una salida que ella, sin duda alguna, ha forjado en el centro de su propia existencia, luchando toda la vida con los problemas y las posibilidades de curación. Esta salida nos exige afrontar dos hechos: que la Era de las Luces, la era de la primacía de la razón y de las explicaciones puramente materialistas y científicas de la realidad, está en bancarrota y no puede ofrecernos una auténtica guía, y que nuestro mejor recurso estriba no en nuestra sabiduría tecnológica ni en nuestras «soluciones» políticas racionales, sino en la verdad de nuestra naturaleza divina interior y su asombrosa permeabilidad al poder divino de la gracia transformadora. Dicho poder es el que ha experimentado en sus propias carnes Caroline Myss, y hacia ese divino poder universal supremo atrae nuestra mirada una y otra vez de modos progresivamente más reveladores en su nuevo libro, desafiándonos a todos a aprender las difíciles lecciones de humildad, rendición, perdón incondicional, comprensión de la necesidad de pasar por una terrible experiencia y de la ley mística que asegura su más potente funcionamiento. Una de las joyas más sagradas de mi vida es mi profunda amistad con Caroline. Lo que define a Caroline como amiga, y como sagrada amiga ahora para todos ustedes en las páginas de Desafiar la gravedad, es el modo en que desnuda su alma, lo poco dispuesta que está a permitirse o permitir que cualquier otro se libre de examinar sus más oscuras pasiones, además de su inquebrantable amabilidad y la tremenda generosidad de la alentadora compasión que irradia de su conocimiento, duramente obtenido, acerca de la fragilidad humana y de las posibilidades de transformar y transmutar esa fragilidad. Una de las cosas que más admiro de este maravilloso libro es que oigo en él la voz íntima de una hermana, a la que conozco y amo, hablar desde sus múltiples facetas y de un modo, además, que resulta a la vez humilde y exaltado, intenso y consolador. Es una voz tan variada, clara y radical como es alguien inusual Caroline en cualquier cultura: en la nuestra, de negación y confusión, de turbia y falaz corrección política y espiritual, es de un valor incalculable. Lo que nos ofrece, a pesar de que deja al descubierto nuestras fantasías, adicciones y perversidades, son una fe y un testimonio en los que podemos creer porque han sido forjados en el desengaño y el estado del mundo, así como en la experiencia radical del absoluto poder de transformación del Divino Amor y la Sabiduría.

Lo que Desafiar la gravedad nos aporta —y que es, a mi entender, su mayor gracia para nosotros— es un modelo arquetípico extremadamente claro para la curación interna y externa, uno que plantea para el gran público y en un lenguaje actual las difíciles verdades del misticismo universal. Caroline ha encontrado un modo muy moderno y atemporal de describirnos el camino esencial de la curación, consagrado en el corazón de las principales tradiciones místicas del mundo. Este viaje nos exige trascender nuestras «irracionales» reivindicaciones de seguridad personal y control a la vez que recorrer zonas a veces extremadamente dolorosas de rendición, perdón incondicional y confrontación realista con nuestras oscuras pasiones para llegar a descubrir los grandes dones del alma, la pasión, el poder y el conocimiento que nacen en nosotros cuando nos adentramos en nuestra propia y profunda identidad divina. No es nada fácil ni tampoco ningún consuelo para la mente ni para el ego este viaje, pero lo que nos aporta, como Caroline deja maravillosamente y metódicamente claro, es un nuevo nivel evolutivo de fortalecimiento.

Es a este nuevo nivel evolutivo de fortalecimiento —y por tanto de curación interior y exterior— donde nos está llamando la crisis contemporánea. Nadie tiene un sentido más agudo de la «paradoja divina» que Caroline... y deja claro que sabe que nuestra moderna noche oscura es potencialmente el crisol a una escala sin precedentes de seres humanos sanos conscientemente alineados con la gracia cósmica y la ley mística y, por tanto, imbuidos del poder y el destino esenciales de su alma.

En un viaje desde nuestra confusión contemporánea hasta la humilde y rendida claridad que puede abrirnos a ese nacimiento, Desafiar la gravedad tendrá un papel indispensable como guía y antorcha que ilumine la esperanza y la posibilidad.

Éste es un libro para leer y disfrutar una y otra vez, del que aprender y según el cual vivir. Estoy personalmente agradecido con Caroline por continuar arriesgándose por el doloroso camino que le permite acceder a unas visiones tan curativas y darnos acceso a nosotros a ellas. En Entrando en el castillo, Caroline Myss nos guiaba por la senda atemporal de la sabiduría de Teresa de Ávila; en Desafiar la gravedad aporta su propia autoridad como guía y pionera mística radical con la humildad, la intensidad y la claridad que potencialmente nos ennoblece a todos.

 

ANDREW HARVEY

 

Una introducción mística a la curación

 

Éste no es un libro sobre la curación como los demás. No te ofrece consejo para curarte de una enfermedad determinada, por ejemplo, ni se basa en el supuesto de que toda enfermedad tiene sus orígenes en el misterio de las heridas. Por el contrario, este libro desafía este modo de entender la curación; es más, invita al lector a examinar las limitaciones reales del modelo holístico, y a explorar un camino que rompe con la creencia convencional de que los recursos y las capacidades mentales son suficientes para iniciar una transformación en un cuerpo enfermo. O, lo que es más, que la mente puede por sí sola trasladar a una persona al vasto dominio del alma.

Habiendo trabajado en el ámbito sanitario y de la curación durante más de dos décadas, he llegado a creer que, como sociedad, no tenemos completamente animada la trinidad cuerpo-mente-espíritu que es el fundamento de este enfoque de la salud, por una razón simple: seguimos enamorados del poder de la mente, que nos resulta familiar, e intimidados por las regiones místicas y transformadoras de la mente, menos familiares. Por eso, aunque podemos usar el lenguaje del espíritu, frecuentemente recurrimos a los métodos de la mente, que de entrada disculpa nuestra necesidad de encontrar razones a por qué nos pasan las cosas que nos pasan. Queremos saber por qué nos hirieron en la infancia, por ejemplo, o qué lección encierra la enfermedad que nos aqueja. La idea subyacente es que, si podemos sacar a la luz esas razones, entonces nuestra vida recuperará la normalidad. Recobraremos la salud, y volveremos a estar tan fuertes como antes de enfermar. Pero eso casi nunca sucede, porque este modo de pensar acerca de la manera de superar una crisis o una enfermedad tiene un fallo básico: no podemos razonar nuestra vuelta a la salud. Nuestro intelecto es un vehículo inadecuado para llevarnos por el escabroso camino de la curación.

Sanar requiere mucho más que la contribución de nuestros recursos intelectuales e incluso emocionales. Desde luego nos exige que hagamos algo más que mirar atrás buscando en el fondo de los archivos de nuestro pasado. La curación es, por definición, tomar un proceso de desintegración de la vida y transformarlo en un proceso de vuelta a la vida. La mente no puede realizar esta tarea. Sólo el alma tiene el poder de devolver el cuerpo a la vida. Si no fuera por el hecho de que he sido testigo de este fenómeno muchas veces, no me metería en el terreno de la curación con confianza suficiente como para compartir mis hallazgos con otros. Pero he sido testigo de curaciones, y puedo decir incluso que he facilitado algunas con lo que enseño, llamémoslo sabiduría mística mezclada con todo lo que he aprendido acerca de la conciencia humana y ese camino que compartimos llamado vida.

Todos necesitamos conocer las verdades esenciales de la curación, porque en algún momento de la vida todos nosotros tendremos que recurrir a ellas. Da igual lo sano que te sientas en un momento dado, inevitablemente llegará un día en que necesitarás curarte. Llegué a esta conclusión después de años de enseñar temas relacionados con la curación y esa verdad por sí sola bastó para que me replanteara lo reacia que había sido hasta entonces a trabajar directamente con personas que necesitaban sanar: personas que sufrían dolor, enfermedades abrumadoras tales como cáncer, artritis reumatoide, síndrome de Lou Gehrig (esclerosis lateral amiotrófica) o esclerosis múltiple. Aunque había practicado la medicina intuitiva durante años, diagnosticando en colaboración con el doctor Norm Shealy, hacía mucho que había dejado de hacer lecturas individuales. Incluso cuando las hacía, había sido capaz de mantener la distancia de la persona a la que ayudaba, porque la ayuda que tenía que ofrecer era principalmente intuitiva. El contacto personal me incomodaba, pero no tenía que estar con el sujeto para hacer una lectura intuitiva; por teléfono podía hacerla perfectamente. Eso satisfacía mi necesidad de mantener mi relación con la «curación» sin tener que aproximarme al paciente. Cuando empecé con la medicina intuitiva, no me conocía lo suficiente para determinar por qué evitaba cualquier relación con la sanación y me dedicaba a las profesiones de «escritora» y «maestra» como si fueran catalogaciones «de diseño». Ahora, cuando reviso esa postura, no me cabe duda de que mi comodidad con esas etiquetas se basaba en el hecho de que nunca tenía que dar explicaciones acerca de la ocupación de escritora o de maestra, mientras que describirme como médica intuitiva siempre requería una descripción larga y agotadora. De hecho, sigue siendo así.

Me di cuenta de que me abrumaba la vulnerabilidad que nos invade a todos cuando necesitamos sanar. Es esa sensación de encontrarse al borde de la esperanza o de la desesperación que pocas otras cosas nos causan en la vida. Esa vulnerabilidad proviene de una erupción de la fuerza vital misma, como si la fuerza de esa lava incandescente amenazara con atravesar nuestro campo de energía e inundarnos con la vastedad de la eternidad. Sabes cuándo tu fuerza vital empieza a alcanzar el punto de erupción; manda señales de estrés como focos de aviso por tu sistema intuitivo. Empiezas a notar que te falta capacidad de resistencia, y luego el miedo peculiar al comienzo de una enfermedad que empieza a filtrarse en cada una de tus células como una rara e indescriptible fuerza destructiva. Conozco esa vulnerabilidad porque he sufrido mis propias erupciones y lo más probable es que tenga más en el futuro. Así es la vida, al fin y al cabo.

Pero el muro de papel de arroz que separa la salud de la enfermedad, la vida de la muerte, a quienes sanan de quienes no, es exactamente el muro que yo evité con éxito hasta que la gente empezó a experimentar curaciones durante varios de los talleres que daba. Lo interesante era que las curaciones se producían sólo en los talleres basados en mi nuevo libro, Entrando en el castillo, del que estaba realizando una gira promocional. Ese libro marcó para mí un punto decisivo. Trataba acerca del enfoque contemporáneo de la clásica experiencia mística, y animaba al lector a descubrir su «castillo interior»: una metáfora del alma inspirada por las magníficas enseñanzas de la teóloga y mística del siglo XVI, santa Teresa de Jesús. En su obra, El castillo interior, que se convirtió en un modelo para mi trabajo, Teresa describe con claridad las siete etapas de la iluminación en un camino de oración y de búsqueda de conocimiento del alma. Durante el proceso de creación de ese libro, incluidos los cinco años de formación antes de comenzar su redacción, alcancé mi propio despertar místico, precipitado por una grave crisis de salud.

Como sucede siempre, entendemos mucho más acerca de un momento crucial de nuestra vida sólo a posteriori, después de haber alcanzado el punto crítico... y de haberlo superado. Mirando el pasado, me asombra el modo en que mi enfermedad (tuve tres apoplejías en un año) parecía cuidadosamente ideada para mi nuevo proyecto: un libro para poner al día las enseñanzas de una famosa mística conocida por haber sufrido apoplejías. Como todos los grandes místicos, Teresa había alcanzado un estado cósmico y sus escritos son estudiados, respetados y apreciados en todo el mundo, aunque sus raíces siguen profundamente enterradas en sus orígenes religiosos. Su vida como monja católica era el marco necesario para incubar el genio de sus visiones místicas, que son universales por su magnitud, profundidad y capacidad para conducir a un individuo hacia una profunda experiencia de transformación mística. Baste decir que antes de mi afición por Teresa, la oración había sido para mí un acto mental repetitivo y que la gracia era algo que continuamente luchaba por definir para otros; después de Teresa, la oración se convirtió en la forma de poder más pura para mí y la gracia en el medio para entender por qué sana la gente.

Mientras estudiaba la obra de Teresa, me di cuenta de que el vacío que la gente expresa continuamente hoy, su búsqueda de «algo más» en la vida, no es una búsqueda de otro trabajo o de otra pareja. La gente ha perdido su capacidad de asombro, de conectar con lo sagrado: una conexión que no puede establecer intelectualmente. No quiere hablar de Dios; quiere sentir el poder de Dios. Quiere sentirse abrumada de asombro, de una forma que sólo una experiencia mística puede lograr. Quiere silenciar el intelecto que razona, exige e inquiere, y caer en esa experiencia de verdad interior que te deja sin aliento.

He oído a muchas personas hablar de su «voz interior». Sin embargo, me piden que las oriente. Si estuvieran realmente en contacto con esa voz interior no tendrían necesidad de hacerme las preguntas que me hacen. Suelo imaginármelos a las puertas de su castillo interior, donde su ego se encuentra con su alma, queriendo desesperadamente unirse a la conciencia mística y, sin embargo, temiendo el modo en que su vida puede cambiar en cuanto crucen el puente levadizo. Comprenden lo cierto que es el hecho de que, cuando has tenido una experiencia mística auténtica, nada vuelve a ser lo mismo. La vida cambia inmediatamente, por ejemplo, de un mundo externo lleno de gente y caótico a un sagrado campo de gracia en el que todo en la vida tiene un propósito y un sentido. Que no puedas entender ese sentido es francamente irrelevante.

Lo relevante es que esa experiencia mística despierta un poder interior, un sentido interno de la realidad de la gracia y de Dios que hasta el momento meramente era un «discurso mental». Las imágenes y los discursos mentales no curan; no son más que palabras e imágenes. La gente que conozco que se ha curado me ha dicho que fue capaz de distanciarse de su imagen previa de Dios. De hecho fueron capaces de distanciarse de todo: de sus heridas, de su necesidad de tener razón, de su necesidad de ganar, de su necesidad de saber por qué les pasaban las cosas que les pasaban, al hacerlo descubrieron que aquello a lo que realmente renunciaban era al miedo, a su lado oscuro... y, para su gran sorpresa, a su enfermedad. Renunciando a esas cosas empezaban a vivir. Eso mismo he visto en todas las curaciones de las que he sido testigo: ese patrón de conducta inspira este libro. Me he dado cuenta de que curar no es una cuestión de visualizaciones, sagrados óleos, procesar heridas, encender velas ni nada parecido. En última instancia, sanar es el resultado de un acto místico de rendición, un despertar que trasciende cualquier religión. Es un diálogo íntimo de la verdad entre el individuo y lo divino.

Porque indico a los lectores que dejen su razón en la puerta, por así decirlo, y que entren en el reino de la conciencia mística —no sólo para sanar sino como modo de vida—, he elegido el título Desafiar la gravedad. El término «gravedad» proviene del latín gravis, que significa «serio» o «pesado». Las ideas y las emociones «pesan»; en otras palabras: generan gravedad emocional, psicológica e intelectual.

Los místicos, por naturaleza, desafían la gravedad: un místico es alguien que «percibe» la vida con los ojos del alma, que experimenta el poder de Dios en vez de hablar o debatir acerca de las políticas de Dios, y que comprende la realidad de las leyes místicas (leyes de las que trato en profundidad en el sexto capítulo).

La esencia de la senda mística es discernir la verdad. Como Buda enseñó a sus seguidores, tienes que aprender a distinguir la verdad de la ilusión, porque tus ilusiones te lastran... literalmente y físicamente. Tu razón por sí sola no puede desafiar la gravedad, porque tu sentido de la razón por naturaleza busca pruebas lógicas. No puedes pedirle a tu mente que sea lo que no es, que no sea un instrumento de búsqueda de razones. Tienes que recurrir a otra parte de ti mismo para trascender la terca mente empeñada en buscar venganza por haber sido humillada o que te convence continuamente de que te mereces más de lo que tienes en esta vida. Esa mente está llena de toxinas y, también, necesita sanar. Tienes que desafiar a tu mente, ponerte por encima de ella. Tienes que desafiar la gravedad si quieres sanar o salir con éxito de una crisis vital. Pero no puedes esperar a que una crisis te empuje. Aprender a ver la vida con los ojos de la mística, mientras sigues con tu trabajo, llevar adelante una familia y todo lo demás que la vida te exige, refleja la verdadera esencia de lo que significa vivir una vida consciente.

Estamos en un momento de cambio en la historia de la humanidad. Parte de este cambio nos exige abrazar finalmente nuestra conciencia interior, no sólo de palabra, sino entendiendo la naturaleza mística de la vida. Creo firmemente que mucha gente está más que dispuesta a aprender a desafiar la gravedad de su vida, no sólo para curarse de una enfermedad o superar una crisis, sino como parte integral de la cotidianeidad.

 

CAROLINE MYSS, Oak Park, Illinois

 

1

Más allá de la razón:

la curación en la era de la energía

 

Uno nunca sabe de qué manera ni cuándo va a cambiar su vida, y es preferible que así sea. Si alguien me hubiera dicho: «Atenta esta noche, Caroline, porque alguien del público va a experimentar una curación espontánea»... ¿Cómo habría reaccionado? ¿En quién me habría fijado? ¿Habría prestado atención a las dos personas en silla de ruedas? ¿A algún niño enfermo, porque formaba con su madre una escena que recordaba una Maternidad? ¿Habría pedido que todos los enfermos levantaran la mano y los habría contado, simplemente para saber cuántos sujetos entraban en la lotería? No sé lo que habría hecho. Pero esa noche se produjo una curación completamente inesperada.

La velada formaba parte de una gira de promoción de mi nuevo libro, Entering the Castle [Entrando en el castillo], y estaba previsto que se desarrollara como de costumbre. Presento el libro, charlo acerca del mismo durante un par de horas, respondo algunas preguntas y luego firmo ejemplares. Pero no fue eso lo que sucedió esa noche.

Empecé como siempre, pero cuando me puse a describir el «castillo interior»,[1] la imagen con que tan bellamente santa Teresa de Ávila describió el alma, me di cuenta de que mi discurso no estaba transmitiendo su relevancia mística. La gente que me escuchaba, simplemente, no entraba en contacto con el poder seductor de su alma a través de mis palabras, y me resultaba evidente que cualquier metáfora, analogía o descripción poética que usara se quedaría igualmente corta. De hecho, hablar acerca de la naturaleza del alma se volvía más frustrante a cada minuto que pasaba; para mi público, el alma en sí no era más que un concepto abstracto, una palabra desligada de toda experiencia. ¿Cómo podía alguien conectar con la descripción de una experiencia mística? ¿Cómo pretendía yo que aquellas personas se entusiasmaran con un lugar del que no tenían ninguna experiencia? Las palabras no aciertan a transmitir la experiencia de París, ¿verdad?

Empecé a darme cuenta de que mis oyentes ansiaban una experiencia mística auténtica, o lo más parecido a una experiencia mística. No querían que yo les hablara del castillo interior, sino entrar en el suyo propio. Miré al público, formado por más de ochocientas personas, y me dije: «¿Cómo voy a hacer eso sin oración?»

Santa Teresa dejó claro en sus escritos que la única puerta al castillo interior es la oración, la íntima devoción. Pero con los años he ido aprendiendo que, aunque el público no se siente incómodo con la meditación, las visualizaciones ni los momentos de silencio, ni siquiera términos tales como «divino», «divinidad» o «Espíritu Santo», en cuanto oye «orar al Señor» se le ponen los pelos de punta. «Eso es demasiado católico», me han dicho más veces de lo que puedas imaginar... y aunque no soy exactamente una fanática del Vaticano, yo procedo de un ambiente católico. Así que jamás había incorporado la oración, ni siquiera momentos de silencio o de meditación, a mis talleres.

Irónicamente, esa noche tuve que desafiar esa política. Sabía que si le decía a mi público simplemente: «Cierren los ojos, siéntense y escuchen mis palabras, como si los estuviera guiando hacia el interior de su castillo», no sólo estaría faltando a todo cuanto sé acerca del viaje místico, sino que aquella gente tan expectante también se vería privada de la oportunidad de experimentar interiormente algo tan tranquilo y auténtico. Sabía que el enlace transformador que arrastra a una persona fuera de la mente y la lleva a un estado alterado de conciencia, por débil y breve que sea, es la oración y que, sin oración, todo el proceso de entrar en el castillo, esa metáfora del alma, no sería más que una visualización. Para mí, aquello era hacerle un flaco favor a la auténtica esencia de la experiencia mística.

Yo distingo claramente entre un «viaje místico» y una «experiencia mística». Un viaje místico es un ejercicio interior con un guión específicamente centrado en el alma. En lugar de decir: «Relájense y sumérjanse en su energía», como haría en una clase distinta de meditación guiada, ordeno a la gente que se sumerja en un «campo de gracia». Los dirijo hacia su castillo interior, hacia su alma, mediante la oración, no mediante la relajación. Uso para ello el vocabulario del alma y de lo sagrado. Una experiencia mística, por su parte, no puede iniciarse a voluntad. Al contrario, es un suceso espontáneo en el que un individuo se ve arrastrado a un estado alterado de conciencia divina.

Así que dije a mis oyentes que el viaje al castillo interior requería oración y gracia: no las oraciones repetitivas o de petición comunes, sino el tipo de oración que aparta la atención de las distracciones externas y de los cinco sentidos. El público estaba más que dispuesto, y así fue como, por primera vez en mi carrera, conduje a ochocientas personas en su viaje inaugural hacia su castillo interior.

Mientras proseguía con el ejercicio, la atmósfera de la habitación empezó a cambiar. Un modo de describirlo sería decir que fue como si todo el mundo hubiera relajado los hombros y la mandíbula al mismo tiempo. La tensión había desaparecido y su ausencia era palpable. Me di cuenta en aquel momento de que compartir la oración y abrirse a la experiencia de canalizar la gracia en grupo había creado un campo colectivo de gracia, que había generado una atmósfera mística propicia para la experiencia de la curación. Un campo de gracia se forma cuando la gente se reúne para orar o para actos bienintencionados como el de ayudar a otros después de una catástrofe. Se nota la ausencia de negatividad en un campo de gracia y, aunque no dure mucho, la sensación de que la negatividad se ha evaporado es similar a la ausencia de tensión física, como si una brisa suave de armonía hubiera llenado la habitación. Todos permanecen sin esfuerzo en un estado de calma y, sin necesidad de conducirlos, forman un coro, respirando al unísono, unidos en silencio en un único aliento común. Así es la ausencia de negatividad, y la gente abandona rápidamente esa tranquilidad interior en contadas ocasiones. Todos quieren permanecer en este estado de gracia lo máximo posible, no porque lo reconozcan como tal, sino porque, por un breve instante, son conscientes de que están experimentando una calma que no procede de sí mismos, que no han imaginado ni se han inventado. Es una calma que les ha sido otorgada, que está por encima de ellos

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