Piensa como un monje

Jay Shetty

Fragmento

Introducción

Introducción

Si buscas una idea nueva, lee un libro viejo.

Atribuido a IVÁN PÁVLOV (entre otros)

Cuando tenía dieciocho años, en mi primer año de universidad, en la Escuela de Negocios Cass de Londres, uno de mis amigos me pidió que lo acompañase a una charla de un monje.

—¿Qué pinto yo en la charla de un monje? —me resistí.

Solía ir a conferencias de CEO, famosos y otras personas de éxito en la universidad, pero un monje no me interesaba lo más mínimo. Prefería escuchar a ponentes que realmente hubiesen conseguido alguna cosa en la vida.

Mi amigo insistió y al final le dije:

—Me apunto si después vamos a tomar algo.

«Enamorarse» es una expresión que se utiliza casi exclusivamente para describir relaciones románticas. Pero esa noche, escuchando al monje hablar de su experiencia, me enamoré. El tipo del escenario era un indio treintañero. Tenía la cabeza rasurada y llevaba una túnica de color azafrán. Era inteligente, elocuente y carismático. Habló del principio del «sacrificio desinteresado». Cuando dijo que debíamos plantar árboles a cuya sombra no teníamos intención de sentarnos, sentí que un escalofrío extraño me recorría el cuerpo.[1]

Me impresionó especialmente descubrir que había estudiado en el IIT de Bombay, que es el MIT de la India y, como este, un lugar al que es prácticamente imposible acceder. Le había dado la espalda a esa oportunidad que mis amigos y yo perseguíamos para convertirse en monje. O estaba loco o había descubierto algo importante.

Siempre me ha fascinado la gente que ha pasado de no tener nada a tener algo: historias de personas pobres que hacían fortuna. Ahora, por primera vez, me encontraba ante alguien que había hecho lo contrario a propósito. Había renunciado a la vida que, según la sociedad, todos deberíamos desear. Pero, en lugar de ser un fracasado resentido, daba la impresión de estar alegre y en paz, de tener seguridad en sí mismo. De hecho, nunca me había topado con nadie que pareciese tan feliz. A mis dieciocho años, había conocido a mucha gente rica. Había escuchado hablar a no pocas personas famosas, fuertes, guapas o las tres cosas a la vez. Pero creo que no había conocido a nadie verdaderamente feliz.

Cuando acabó la charla, me abrí paso a empujones entre la multitud para decirle lo extraordinario que era y lo mucho que me había motivado.

—¿Cómo puedo pasar más tiempo con usted? —me oí preguntar; sentía el impulso de estar con gente que tuviese los valores, y no las cosas, que yo deseaba.

El monje me dijo que durante toda esa semana estaría viajando por el Reino Unido dando charlas y que, si me interesaba, podía asistir al resto de sus actos. Y eso hice.

La primera impresión que tuve de él, que se llamaba Gauranga Das, es que hacía algo bien, y más adelante descubrí que la ciencia respalda esa impresión. En 2002, un monje tibetano llamado Yongey Mingyur Rinpoche viajó de una zona en las afueras de Katmandú, en Nepal, a la Universidad de Wisconsin-Madison para que unos investigadores pudiesen observar su actividad cerebral mientras meditaba.[2] Los científicos le cubrieron la cabeza con un artilugio parecido a un gorro de baño (para hacer electroencefalogramas) del que salían más de doscientos cincuenta cablecitos, cada uno con un sensor que un técnico de laboratorio le fue pegando al cuero cabelludo. En el momento del estudio, el monje había acumulado sesenta y dos mil horas de meditación a lo largo de toda su vida.

Mientras un equipo de científicos, entre los que había gente con experiencia en meditación, lo observaba desde una sala de control, el monje inició el protocolo que los investigadores habían pensado, alternando un minuto de meditación sobre la compasión con un período de descanso de treinta segundos. Repitió ese patrón cuatro veces seguidas ateniéndose a las indicaciones de un intérprete. Los investigadores observaban asombrados; prácticamente desde el mismo momento en que el monje empezó a meditar, el encefalograma registró un pico enorme y brusco de actividad. Los científicos supusieron que un salto tan grande y tan rápido debía de responder a que el monje había cambiado de posición o se había movido; sin embargo, a simple vista, permanecía totalmente inmóvil.

Lo más extraordinario no era la regularidad de su actividad cerebral —que se «apagaba» y se «encendía» repetidamente al pasar del período de actividad al de descanso—, sino el hecho de que no necesitaba «calentamiento». Si acostumbras a meditar, o como mínimo has tratado de relajar tu cerebro, sabes que normalmente hace falta un tiempo para calmar los pensamientos molestos que desfilan por tu mente. Rinpoche no parecía necesitar ese período de transición. De hecho, era como si pudiese entrar y salir de un estado de meditación profunda con la misma facilidad que si le diese a un interruptor. Más de una década después de esos primeros estudios, los escáneres del cerebro del monje de cuarenta y un años mostraban menos signos de envejecimiento que los de sus coetáneos. Según los investigadores, tenía el cerebro de alguien diez años más joven.[3]

Los científicos que estudiaron el cerebro del monje budista Matthieu Ricard lo apodaron «el hombre más feliz del mundo» después de hallar en él el nivel más elevado de ondas gamma —las asociadas con la atención, la memoria, el aprendizaje y la felicidad— registrado en la historia de la ciencia.[4] Un solo monje fuera de lo común puede parecer una anomalía, pero Ricard no es el único. Otros 21 monjes[5] a los que les escanearon el cerebro durante distintas prácticas de meditación también mostraron unos picos de ondas gamma más altos y más largos (incluso durante el sueño)[6] que los de personas que no meditaban.

¿Por qué deberíamos pensar como un monje? Si quisieses saber cómo dominar una cancha de baloncesto, podrías recurrir a Michael Jordan; si anhelaras innovar, quizá te fijaras en Elon Musk; para aprender a interpretar podrías estudiar a Beyoncé. ¿Y si quisieras entrenar tu mente para hallar paz, tranquilidad y un propósito en la vida? Los monjes son expertos en la materia. El hermano David Steindl-Rast, un monje benedictino cofundador de gratefulness.org, escribió: «Un laico que aspira conscientemente a vivir siempre el ahora es un monje».[7]

Los monjes pueden resistir las tentaciones, abstenerse de criticar, lidiar con el dolor y la ansiedad, acallar el ego y llevar una vida llena de propósitos y sentido. ¿Por qué no aprender de las personas más tranquilas, felices y centradas de la tierra? Para los monjes es muy fácil estar calmados, serenos y relajados, estarás pensando. Viven recluidos en un entorno apacible en el que no tienen que enfrentarse a un empleo, una pareja sentimental ni el tráfico de la hora punta. Quizá te preguntes de qué podría servirte pensar como ellos en el mundo moderno.

En primer lugar, un monje no nace, se hace. Son personas con orígenes de todo tipo que han decidido transformarse. Matthieu Ricard, «el hombre más feliz del mundo», era biólogo en su vida anterior; Andy Puddicombe, cofundador de la aplicación para meditar Headspace, se formó como artista circense; conozco a monjes que se dedicaban a las finanzas y a otros que estaban en grupos de rock. Se criaron en colegios, pueblos y ciudades, como tú. No hace falta que enciendas velas en casa, te pasees descalzo ni publiques fotos de ti haciendo la postura del árbol en la cima de una montaña. Convertirse en monje es una actitud que cualquiera puede adoptar.

Como la mayoría de los monjes actuales, yo no crecí en un ashram, es decir, un lugar de meditación y enseñanza hinduista. Pasé casi toda mi infancia haciendo cosas que no eran propias de monjes. Hasta los catorce años fui un niño obediente. Me crie en el norte de Londres con mis padres y una hermana pequeña. Vengo de una familia india de clase media. Como muchos progenitores, los míos se dedicaron a educarme y a darme la oportunidad de tener un buen porvenir. No me metía en líos, sacaba buenas notas y me esmeraba por contentar a todo el mundo.

Pero, cuando empecé la educación secundaria, mi vida dio un vuelco. De niño estaba grueso y sufrí bullying por ello, pero entonces adelgacé y empecé a jugar al fútbol y al rugby. Me interesé por temas que no suelen ser del agrado de los padres indios tradicionales, como el arte, el diseño y la filosofía. Pero los míos lo toleraban, hasta que empecé a frecuentar malas compañías. Me metí en no pocos líos. Experimenté con drogas. Me peleaba. Bebía demasiado. Las cosas no iban bien. En secundaria me expulsaron tres veces. Al final, me pidieron que me fuese.

—Voy a cambiar —prometí—. Si dejáis que me quede, cambiaré. —Dejaron que me quedase en el instituto y me enmendé.

Al final, en la universidad, empecé a darme cuenta del valor del esfuerzo, el sacrificio, la disciplina y el empeño en alcanzar tus metas. El problema es que en esa época no tenía objetivos aparte de conseguir un empleo decente, casarme algún día y, quizá, tener una familia; lo típico. Sospechaba que había algo más profundo, pero no sabía qué era.

Cuando Gauranga Das vino a mi escuela a dar una charla, yo estaba preparado para explorar ideas nuevas, un modelo de vida distinto, un camino que se desviase del que todo el mundo (incluido yo) pensaba que tomaría. Quería crecer como persona. No solo quería entender los conceptos abstractos de humildad, compasión o empatía, sino también vivirlos. Y tampoco quería simplemente leer sobre cosas como la disciplina, el carácter y la integridad, sino vivirlas.

Durante los siguientes cuatro años compaginé dos mundos; pasaba de ir a bares y restaurantes a meditar y dormir en el suelo. En Londres estudiaba Administración de Empresas, con énfasis en conductismo; hacía prácticas en una consultoría grande y dedicaba el tiempo libre a estar con mis amigos y mi familia. Y en el ashram de Bombay leía y estudiaba textos antiguos, y pasaba casi todas las vacaciones de Navidad y verano conviviendo con monjes. Mis valores cambiaron poco a poco. Me di cuenta de que quería estar rodeado de ellos. De hecho, quería sumergirme en su mentalidad. Me parecía que el trabajo que hacía en el mundo empresarial tenía cada vez menos sentido. ¿De qué servía si no influía positivamente en nadie?

Cuando me licencié, cambié el traje por la túnica y me instalé en el ashram, donde dormíamos en el suelo y vivíamos con lo que cabía en una taquilla de gimnasio. Viví y viajé por la India, el Reino Unido y Europa. Meditaba cada día durante horas y estudiaba escrituras antiguas. Tuve la oportunidad de ayudar junto con mis compañeros monjes; transformamos un ashram de un pueblo situado a las afueras de Bombay en un retiro espiritual ecológico (la ecoaldea Govardhan) y trabajé como voluntario en un programa que reparte más de un millón de comidas al día (Annamrita).

Si yo puedo aprender a pensar como un monje, cualquiera puede.

Los textos fundacionales de los monjes hindúes con los que estudié eran los Vedas. (El título proviene de la palabra sánscrita veda, que significa «conocimiento». Esta lengua antigua es la precursora de la mayoría de los idiomas que se hablan hoy día en el sur de Asia.) Se podría decir que la filosofía empezó con esta colección de escrituras antiguas, que tuvieron su origen en la zona que ahora abarca partes de Pakistán y del noroeste de la India hace al menos tres mil años; constituyen la base del hinduismo.

Como los poemas épicos de Homero, los Vedas se transmitieron inicialmente de forma oral y con el tiempo se pusieron por escrito, pero, debido a la fragilidad de los materiales (¡hojas de palmera y corteza de abedul!), la mayoría de los documentos que quedan tienen como máximo unos cientos de años de antigüedad. Los Vedas incluyen himnos, relatos históricos, poemas, oraciones, cantos, rituales ceremoniales y consejos para el día a día.

En mi vida y en este libro menciono a menudo el Bhagavad Gita (que significa «Canción de Dios»). Este texto se basa, en términos generales, en los Upanishads, unos escritos que datan aproximadamente de entre el 800-400 a.C. El Bhagavad Gita se considera una especie de manual de vida universal e intemporal. La historia no hace referencia a ningún monje ni está pensada para un contexto espiritual. El receptor es un hombre casado que resulta ser un diestro arquero. No se pretendía aplicar a una sola religión o región, sino a toda la humanidad. Eknath Easwaran, escritor espiritual y profesor que ha traducido muchos de los textos sagrados de la India, incluido el Bhagavad Gita, lo denomina «el regalo más importante de la India al mundo».[8] En su diario de 1845, Ralph Waldo Emerson escribió: «Le agradecemos, mi amigo y yo, un día magnífico al Bhagavat Geeta [sic]. Fue el primero de los libros; fue como si un imperio nos hablase; no uno pequeño o indigno, sino grande, sereno y coherente; la voz de una inteligencia primitiva que en otro tiempo y ambiente reflexionó y, por ende, resolvió las mismas preguntas que nos formulamos hoy».[9] Se dice que hay más comentarios sobre el Gita que sobre ninguna otra escritura.

En este libro, uno de mis objetivos es ayudarte a conectar con su sabiduría intemporal y con otras enseñanzas antiguas que constituyeron la base de mi educación como monje y que tienen una relevancia importante en los retos a los que nos enfrentamos hoy.

Lo que más me llamó la atención cuando estudié la filosofía de los monjes es que en los últimos tres mil años los humanos no hemos cambiado realmente. Sí, somos más altos y vivimos más tiempo de media, pero me sorprendió y me impresionó descubrir que las enseñanzas de los monjes hablan de perdón, energía, intenciones, metas y otros temas que están tan vigentes hoy como debieron de estarlo cuando se escribieron.

Y lo que es más extraordinario: la ciencia respalda en buena parte la sabiduría de los monjes, como veremos a lo largo de este libro. Durante milenios, ellos han creído que la meditación y la conciencia son beneficiosas, que la gratitud es positiva, que la voluntad de servicio te hace más feliz, y más cosas que vas a aprender. Ellos desarrollaron prácticas en torno a estas ideas mucho antes de que la ciencia moderna pudiese demostrarlas o validarlas.

Albert Einstein dijo: «Si no puedes explicar algo de forma sencilla es que no lo has entendido bien». Cuando me di cuenta de lo pertinentes que eran las lecciones que estaba aprendiendo para el mundo moderno, quise profundizar en ellas con el fin de poder compartirlas con otras personas.

Tres años después de trasladarme a Bombay, mi profesor, Gauranga Das, me dijo que creía que yo sería de más utilidad si me iba del ashram y compartía lo que había aprendido con el mundo. Los tres años que viví como un monje fueron para mí una escuela de la vida. Me resultó difícil convertirme y más aún partir. Pero aplicar la sabiduría que había adquirido a la vida fuera del ashram —lo más difícil— era como el examen final. Cada día descubro que la actitud de los monjes da resultado, que la sabiduría antigua sigue teniendo una vigencia increíble hoy día. Por eso la comparto.

Actualmente todavía me considero monje, aunque normalmente me refiero a mí mismo como «exmonje», porque estoy casado y para ellos no está permitido. Vivo en Los Ángeles, que según la gente es una de las capitales del materialismo, las apariencias, la fantasía y la sordidez en general. Pero ¿por qué vivir en un sitio que ya ha experimentado la iluminación? Actualmente comparto las moralejas que he extraído de mis vivencias y lo que he aprendido. Este libro no es nada sectario. No forma parte de una artera estrategia de conversión. ¡Lo juro! También puedo prometer que, si te dedicas a poner en práctica el material que te ofrezco, hallarás una vida llena de significado real, pasión y propósito.

Nunca antes había habido tanta gente tan insatisfecha u obsesionada por buscar la «felicidad». La cultura y los medios de comunicación nos suministran imágenes e ideas sobre quiénes somos y qué deberíamos ser, a la vez que nos presentan modelos de éxito. Fama, dinero, glamour, sexo... Al final ninguna de esas cosas nos satisface. Simplemente buscamos más y más, un círculo que conduce a la frustración, el desencanto, la insatisfacción, la infelicidad y el agotamiento.

Me gusta establecer un contraste entre la actitud del monje y lo que a menudo se denomina «mente de mono». La mente puede elevarnos o arrastrarnos. Hoy día todos le damos demasiadas vueltas a la cabeza, nos cuesta decidirnos y experimentamos ansiedad porque queremos complacer a la mente del mono. Esta pasa sin ton ni son de un pensamiento o reto a otro, sin solucionar realmente nada. Pero podemos adoptar la actitud del monje excavando hasta la raíz de lo que deseamos y dando pasos factibles que nos permitan crecer. La actitud del monje nos saca de la confusión y la distracción y nos ayuda a encontrar claridad, sentido y orientación.

MENTE DE MONO MENTE DE MONJE
Le agobia que haya muchas ramas Se centra en la raíz del problema
Se deja llevar en el asiento del pasajero Vive con intención y conciencia
Se queja, compara, critica Es compasivo, afectuoso y colaborador
Piensa demasiado y aplaza las cosas Analiza y se expresa con claridad
Se distrae con pequeñeces Es disciplinado
Busca gratificación a corto plazo Busca beneficios a largo plazo
Es exigente y se cree con privilegios Es entusiasta, decidido y paciente
Cambia por capricho Se compromete a una misión, una visión o un objetivo
Exagera las cosas negativas y los miedos Se esfuerza por sucumbir a las cosas negativas y los miedos
Es egocéntrico y se obsesiona Se cuida para servir
Es multitarea Es monotarea
Lo domina la ira, la preocupación y el miedo Controla y gestiona sabiamente la energía
Hace lo que le conviene para sentirse bien Aspira al autocontrol y el dominio
Anhela el placer Anhela el sentido
Busca soluciones temporales Busca soluciones reales

Piensa como un monje plantea otra manera de ver y abordar la vida. Una forma de rebelión, desapego, redescubrimiento, propósito, concentración, disciplina... y servicio. El objetivo de pensar como un monje es tener una vida libre de ego, envidia, avaricia, ansiedad, ira, amargura y lastre. En mi opinión, adoptar su actitud no solo es posible; es necesario. No tenemos otra alternativa. Debemos hallar calma, sosiego y paz.

Recuerdo vívidamente el primer día que asistí a la escuela de monjes. Acababa de rasurarme la cabeza, pero todavía no llevaba túnica y seguía pareciendo un londinense sin más. Me fijé en un niño monje —no debía de tener más de diez años— que daba clase a un grupo de pequeños de cinco. Tenía una gran aura, el aplomo y la seguridad de un adulto.

—¿Qué haces? —le pregunté.

—Acabo de darles su primera lección —dijo, y acto seguido me inquirió—: ¿Qué aprendiste tú en tu primer día de clase?

—Empecé con el alfabeto y los números. ¿Qué han aprendido ellos?

—Antes que nada, les enseñamos a respirar.

—¿Por qué? —pregunté.

—Porque tu respiración es lo único que está contigo desde el día que naces hasta que te mueres. Los amigos, la familia, el país en el que vives..., todo eso puede cambiar. Lo único que no te abandona es ella.

Entonces el niño de diez años añadió:

—¿Qué cambia cuando te estresas? Tu respiración. ¿Y cuando te enfadas? Tu respiración. Experimentamos cada emoción con un cambio de la respiración. Cuando aprendes a gestionarla y controlarla, puedes afrontar cualquier situación de la vida.

Ya me estaban dando la lección más importante: hay que concentrarse en la raíz de las cosas, no en la hoja del árbol ni en los síntomas del problema. Y había aprendido, a través de la observación directa, que cualquiera puede ser un monje, aunque solo tenga cinco o diez años.

Cuando nacemos, lo primero que hacemos es respirar. Pero, a medida que la vida del recién nacido se va complicando, puede resultar muy difícil quedarse quieto y hacerlo. Con este libro espero mostrarte cómo proceden los monjes: buscan la raíz de las cosas, profundizan en la introspección. Solo a través de esa curiosidad, ese pensamiento, ese esfuerzo y esa revelación encontramos el camino a la paz, la tranquilidad y el propósito. Gracias a la sabiduría que recibí de mis maestros del ashram, espero guiarte hasta allí.

En las páginas que siguen, te acompañaré a lo largo de tres fases de adaptación a la actitud del monje. Primero, vamos a liberarnos, a despojarnos de las influencias externas, los obstáculos internos y los miedos que nos retienen. Piensa en ello como una limpieza con la que hacer sitio al crecimiento. Segundo, vamos a crecer. Te voy a ayudar a reorganizar tu vida para que puedas tomar decisiones con intención, propósito y confianza. Por último, vamos a entregarnos, a mirar el mundo con otros ojos, más allá de nosotros mismos, ampliando y compartiendo nuestro sentido de la gratitud y forjando relaciones más profundas. Vamos a compartir nuestros dones y nuestro amor con los demás y a descubrir la verdadera felicidad y los sorprendentes frutos del servicio.

Por el camino, te voy a presentar tres tipos de meditación muy distintos que te recomiendo incluir en tu práctica: respiración, visualización y sonido. Los tres tienen cosas buenas, pero la forma más sencilla de diferenciarlos es saber para qué realizas cada uno: la respiración, por sus beneficios físicos, es decir, encontrar serenidad, equilibrio y tranquilidad; la visualización, por sus beneficios psicológicos, para sanar el pasado y prepararte para el futuro; y el canto, por sus beneficios psíquicos, para conectar con tu yo más profundo y con el universo, para purificarte de verdad.

No tienes que meditar para sacarle provecho a este libro, pero, si lo haces, las herramientas que te ofrezco serán más eficaces. Me atrevería a decir que el libro entero es una meditación: un reflejo de nuestras opiniones y valores e intenciones, cómo nos vemos, cómo tomamos decisiones, cómo entrenar la mente y nuestra forma de elegir a las personas y de interactuar con ellas. Alcanzar un conocimiento tan profundo de uno mismo es el objetivo y la recompensa de la meditación.

¿Cómo abordaría esto un monje? Puede que ahora mismo no te hagas esta pregunta —probablemente ni se te haya pasado por la cabeza—, pero al final del libro te la harás.

Primera parte. Liberarse

PRIMERA PARTE

Liberarse

1. Identidad: Soy lo que yo crea que soy

1

Identidad

Soy lo que yo crea que soy

Más vale cumplir el propio deber, aunque sin mérito, que el deber ajeno con toda perfección.

BHAGAVAD GITA, 3,35

En 1902 el sociólogo Charles Horton Cooley escribió: «Yo no soy lo que yo creo que soy ni tampoco lo que tú crees que soy. Yo soy lo que yo creo que tú crees que soy».[1]

Te dejo un momento para que lo asimiles.

Nuestra identidad depende de lo que los demás piensan de nosotros; o, mejor dicho, de lo que pensamos que los demás piensan de nosotros.

La imagen que tenemos de nosotros mismos no solo está determinada por cómo creemos que los demás nos ven, sino que la mayoría de nuestros esfuerzos por mejorar como personas son solo intentos de estar a la altura de ese ideal imaginado. Si pensamos que alguien que admiramos ve riqueza y éxito, perseguimos la riqueza para impresionar a esa persona. Si creemos que un amigo juzga nuestra apariencia, respondemos adaptándola. En West Side Story, Maria conoce a un chico al que le gusta. ¿Cuál es la siguiente canción que ella canta? «Me siento guapa.»

En el momento de escribir estas líneas, el único actor del mundo que ha ganado el Oscar al mejor actor en tres ocasiones, Daniel Day-Lewis, ha actuado en solo seis películas desde 1998.[2] Se prepara a fondo cada interpretación, sumergiéndose por completo en su personaje. Para el papel de Bill el Carnicero del filme Gangs of New York, de Martin Scorsese, se formó como carnicero, hablaba con un marcado acento irlandés dentro y fuera del plató, y contrató a unos artistas de circo para que le enseñasen a lanzar cuchillos. Y eso es solo el principio. Vestía exclusivamente ropa auténtica del siglo XIX y se paseaba por Roma metido en el papel, provocando discusiones y peleas con extraños. Tal vez fuera esa ropa la que hizo que se pillara una neumonía.

Day-Lewis estaba empleando una técnica de interpretación conocida como «el método», según la cual el actor debe ponerse en la piel de su personaje lo máximo posible para convertirse en él. Se trata de una disciplina y un arte increíbles, pero a menudo los actores del método se sumergen tanto en su personaje que este adquiere vida más allá del escenario o la pantalla. «Reconozco que se me fue la cabeza por completo», declaró Day-Lewis al Independent años más tarde, admitiendo que el papel «no fue muy beneficioso» para su salud física y mental.[3]

Inconscientemente, hasta cierto punto todos somos actores del método. Tenemos personajes que interpretamos en internet, en el trabajo, con amigos y en casa. Cada uno tiene sus ventajas. Nos permiten ganar el dinero con el que pagamos las facturas, nos ayudan a funcionar en un lugar de trabajo en el que no siempre nos sentimos a gusto o nos permiten relacionarnos con gente que en realidad no nos cae bien, pero con la que necesitamos interactuar. Sin embargo, con frecuencia nuestra identidad tiene tantas facetas distintas que perdemos de vista el verdadero yo, si es que alguna vez hemos sabido quién o qué éramos. Nos llevamos el personaje del trabajo a casa e introducimos el papel que interpretamos con los amigos en nuestra vida sentimental, sin controlarlo ni pretenderlo conscientemente. Por muy bien que interpretemos nuestros papeles, acabamos sintiéndonos insatisfechos, deprimidos, indignos e infelices. El «yo» y el «mí», pequeños y vulnerables en un principio, se distorsionan.

Tratamos de estar a la altura de lo que los demás piensan de nosotros, aunque sea a costa de nuestros valores.

Rara vez, o nunca, fijamos nuestros propios valores de forma consciente e intencionada. Tomamos decisiones vitales con base en esa imagen reflejada doblemente de quién podríamos ser, sin pensarlo realmente con detenimiento. Cooley llamó ese fenómeno «el yo espejo».

Vivimos como una percepción de una percepción de nosotros mismos y debido a ello hemos perdido nuestro verdadero yo. ¿Cómo podemos reconocer quiénes somos y qué nos hace felices cuando en realidad lo que anhelamos es el reflejo distorsionado de los sueños de otra persona?

Puede que pienses que lo más difícil de convertirse en monje es renunciar a la diversión de la vida —ir de fiesta, acostarse con gente, ver la tele, poseer objetos materiales, dormir en una cama de verdad (vale, esa parte fue bastante dura)—, pero, antes de dar ese paso, tuve que superar un obstáculo más grande: anunciarles la «carrera» que había elegido a mis padres.

Cuando estaba terminando el último año de universidad, ya había decidido el camino que quería seguir. Les dije a mis padres que iba a rechazar las ofertas laborales que había recibido. Siempre bromeo diciendo que para mis padres solo había tres salidas profesionales posibles: médico, abogado o fracasado. No existe mejor forma de decirles a tus padres que todo lo que han hecho por ti ha sido en vano que hacerte monje.

Como todos los progenitores, los míos ya habían planeado mi futuro, pero al menos yo les había dado a entender que cabía la posibilidad de que me convirtiese en monje: todos los años desde que tenía dieciocho, pasaba parte del verano haciendo prácticas en una empresa financiera de Londres y parte del año formándome en el ashram de Bombay. Cuando tomé la decisión, la primera preocupación de mi madre fue la de cualquier madre: mi bienestar. ¿Tendría seguro médico? ¿«Buscar la iluminación» era una forma fina de decir «estar todo el día sin dar un palo al agua»?

Y un hecho que lo hacía aún más difícil para mi madre era que estábamos rodeados de amigos y familiares que compartían su concepto del éxito basado en el trío médico-abogado-fracasado. Se corrió la voz de que yo iba a dar ese paso tan radical y sus amigas empezaron a decir cosas como «Con lo mucho que has invertido en su educación», «Le han lavado el cerebro» o «Va a desperdiciar su vida». Mis amigos también pensaban que iba a fracasar. Les oía decir: «No vas a encontrar trabajo nunca» o «Estás desperdiciando toda oportunidad de ganarte la vida».

Cuando intentes llevar una vida lo más auténtica posible, algunas de tus relaciones correrán peligro. Perderlas es un riesgo que vale la pena asumir, pero buscar una forma de conservarlas es un desafío que merece la pena aceptar.

Afortunadamente para mi mente de monje en desarrollo, no me dejé guiar por las voces de mis padres y sus amigos cuando tomé la decisión. En lugar de ello, recurrí a mi propia experiencia. Llevaba desde los dieciocho años probando las dos vidas. En verano, cuando volvía a casa del trabajo solo tenía ganas de cenar. Pero cada vez que me iba del ashram pensaba: «Ha sido genial. Me lo he pasado como nunca». Probar experiencias, valores y sistemas de creencias tan variados me ayudó a entender los míos.

Las reacciones a mi decisión ejemplifican las presiones externas a las que todos nos enfrentamos a lo largo de la vida. La familia, los amigos, la sociedad, los medios de comunicación... Estamos rodeados de imágenes y voces que nos dicen quiénes debemos ser y qué tenemos que hacer.

Son un clamor de opiniones, expectativas y obligaciones. Cuando acabes el instituto, ve directo a la mejor universidad, busca un trabajo lucrativo, cásate, cómprate una casa, ten hijos, consigue un ascenso... Las normas culturales existen por un motivo: no hay nada de malo en que una sociedad ofrezca modelos de lo que debe ser una vida plena, pero, si adoptamos esas metas sin reflexionar, nunca entenderemos por qué nosotros no tenemos una casa ni somos felices donde vivimos, por qué nuestro trabajo nos hace sentir vacíos ni si queremos casarnos o cualquiera de los objetivos por los que luchamos.

Mi decisión de ingresar en el ashram subió el volumen de las opiniones y las preocupaciones a mi alrededor, pero, mira por dónde, las experiencias que había vivido en el ashram también me habían dado las herramientas que necesitaba para filtrar ese ruido. La causa y la solución eran las mismas. Era menos vulnerable a los ruidos que sonaban a mi alrededor y que me decían lo que era normal, seguro, práctico y mejor. No excluía a la gente que me quería —me importaban e intentaba que no se preocupasen—, pero tampoco dejaba que lo que ellos entendían por éxito y felicidad dictase mis elecciones. En aquel entonces, fue la decisión más difícil que había tomado, pero era la correcta.

Las voces de padres, amigos, educación y medios de comunicación se agolpan en la mente de un joven y siembran en ella opiniones y valores. El concepto que la sociedad tiene de una vida feliz es el de todos y el de nadie. La única forma de llevar una vida que tenga sentido es filtrar ese ruido y mirar dentro de uno mismo. Ese es el primer paso para desarrollar tu mente de monje.

Vamos a empezar este viaje como lo hacen los monjes, despejando las distracciones. Primero estudiaremos las fuerzas externas que nos condicionan y nos distraen de nuestros valores. Luego haremos balance de los valores que actualmente condicionan nuestra vida y reflexionaremos sobre si están en consonancia con quién queremos ser y cómo anhelamos vivir.

¿ES ESTO POLVO O SOY YO?

Gauranga Das me ofreció una bonita metáfora para ilustrar las influencias externas que ocultan nuestro verdadero yo.

Estamos en un almacén repleto de libros abandonados y cajas llenas de trastos. A diferencia del resto del ashram, siempre ordenado y barrido, este sitio está cubierto de polvo y telarañas. El monje superior me lleva hasta un espejo y dice:

¿Qué ves?

A través de la gruesa capa de polvo, no puedo ver mi reflejo. Se lo digo y el monje asiente con la cabeza. Entonces limpia el cristal con la manga de su túnica. Una nube de polvo me viene a la cara y me irrita los ojos y me llega a la garganta.

Tu identidad es un espejo cubierto de polvo —dice el monje—. La primera vez que te miras en él, la verdad sobre quién eres y lo que valoras está oculta. Puede que limpiarlo no sea agradable, pero solo cuando no haya polvo podrás ver tu verdadero reflejo.

Esta era una demostración práctica de las palabras de Chaitanya, un santo hindú bengalí del siglo XVI. Él denominó este estado de las cosas «ceto-darpana-mārjanam» o «limpieza del espejo impuro de la mente».[4]

Prácticamente todas las tradiciones monásticas se basan en la eliminación de distracciones que nos impiden centrarnos en lo más importante: dar sentido a la vida dominando los deseos físicos y mentales.[5] Algunas tradiciones renuncian a hablar; otras, al sexo; otras, a las posesiones mundanas, y las hay que renuncian a las tres cosas. En el ashram vivíamos solo con lo que necesitábamos y nada más. Allí experimenté de primera mano la iluminación de la liberación. Cuando estamos sepultados bajo cosas accesorias, perdemos de vista lo verdaderamente importante. No te pido que dejes ninguna de esas cosas, pero quiero ayudarte a reconocer y filtrar el ruido de las influencias externas. Así es como limpiaremos el polvo y veremos si esos valores te reflejan verdaderamente.

Los valores rectores son los principios más importantes para nosotros y los que consideramos que deben guiarnos: quién queremos ser y cómo nos tratamos a nosotros mismos y a los demás. Los valores acostumbran a ser conceptos englobados en una sola palabra, como libertad, igualdad, compasión y honestidad. Puede que parezca bastante abstracto e idealista, pero son muy prácticos, como una especie de GPS ético que podemos usar para orientarnos en la vida. Si conoces tus valores, dispones de indicaciones que te dirigen hacia las personas, los actos y las costumbres que más te convienen. Al igual que cuando conducimos por una zona nueva, sin valores no haremos más que vagar sin rumbo fijo, tomar direcciones equivocadas, perdernos o quedarnos atascados por la indecisión. Ellos hacen que sea más fácil rodearse de la gente adecuada, tomar decisiones profesionales difíciles, utilizar el tiempo más sabiamente y centrar la atención en lo importante. Sin ellos, las distracciones nos arrastran.

DE DÓNDE VIENEN LOS VALORES

Nuestros valores no surgen mientras dormimos. No los sopesamos de forma consciente. Rara vez los expresamos con palabras. Pero aun así existen. Todo el mundo nace en unas circunstancias concretas y los valores están determinados por lo que experimentamos. ¿Nacimos en la miseria o rodeados de lujos? ¿De dónde provenían los elogios? Nuestros padres o cuidadores suelen ser nuestros principales admiradores y críticos. Aunque en la adolescencia nos rebelemos, por lo general nos vemos obligados a complacer e imitar a nuestras figuras de autoridad. Vuelve la vista atrás y piensa en qué cosas hacías con tus padres. ¿Jugar, conversar, hacer proyectos juntos...? ¿Qué te decían que era lo más importante y coincidía eso con lo que a ellos más les importaba? ¿Quién querían que fueses? ¿Qué anhelaban que consiguieses? ¿Cómo esperaban que te comportases? ¿Asimilaste esos ideales? ¿Te han servido?

Desde el principio, la educación que recibimos es otra influencia determinante. Las asignaturas que aprendemos. La perspectiva cultural desde la que nos las enseñan. La forma en que se espera que aprendamos. Un currículum basado en los hechos no estimula la creatividad; un enfoque cultural cerrado no fomenta la tolerancia hacia la gente de orígenes y lugares distintos, y tenemos pocas oportunidades de sumergirnos en nuestras pasiones, aunque sepamos cuáles son desde muy tierna edad. Eso no quiere decir que el colegio no nos prepare para la vida —además, existen muchos modelos educativos distintos, algunos menos restrictivos que otros—, pero merece la pena distanciarse un poco para considerar si los valores que tienes desde la escuela te parecen adecuados.

LA MANIPULACIÓN DE LOS MEDIOS DE COMUNICACIÓN

Como monje, aprendí pronto que los valores están influidos por lo que la mente asimila. No somos nuestra mente, pero gracias a ella decidimos qué consideramos importante de verdad. Las películas que vemos, la música que escuchamos, los libros que leemos, los maratones de series, la gente a la que seguimos en internet y también fuera: las noticias que ves en tu muro alimentan tu mente. Cuanto más absortos estamos en los cotilleos sobre famosos, los ejemplos de gente con éxito, los videojuegos violentos y las noticias perturbadoras, más contaminados están nuestros valores de envidia, prejuicios, competitividad y descontento.

Observar y evaluar es crucial para pensar como un monje, y las dos actividades empiezan por el espacio y la calma. Para ellos, el primer paso para filtrar el ruido de las influencias externas es liberarse de todo lo material. Yo visité el ashram durante tres temporadas, me licencié en la universidad y luego me hice oficialmente monje. Después de un par de meses de formación en Bhaktivendanta Manor, un templo situado en la campiña al norte de Londres, me fui a la India. Llegué al ashram rural a principios de septiembre de 2010. Cambié mi ropa relativamente moderna por dos túnicas (la que llevaba y otra para cuando la lavaba). Cambié el pelo engominado por... una calva; llevábamos la cabeza rasurada. Y prácticamente no tuve ninguna oportunidad de mirarme en un espejo: en el ashram no hay, salvo el que más adelante me enseñarían en el almacén. Así pues, a los monjes nos impedían obsesionarnos con nuestro aspecto, seguíamos una dieta sencilla que casi nunca variaba, dormíamos en unas colchonetas finas tendidas en el suelo, y la única música que escuchábamos eran los cantos y las campanas que interrumpían nuestras meditaciones y rituales. No veíamos películas ni s

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