Educar con inteligencia emocional

Steven E. Tobias
Brian S. Friedlander
Maurice J. Elias

Fragmento

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La regla de oro de 24 quilates: por qué es importante forjar autodisciplina, responsabilidad y salud emocional en el niño

¿Conoce usted la regla de oro? La mayoría de gente sí. Normalmente se expresa así: «Trate a los demás como le gustaría que los demás le tratasen a usted.» La llamamos la «regla de oro de 14 quilates». ¿Por qué? Pues porque existe una mejor, una que refleja lo que llamamos educación emocionalmente inteligente:

Trate a sus hijos como le gustaría que les tratasen los demás

Insistimos en que los demás honren y respeten a sus hijos, que se dirijan a ellos con cortesía y consideración, y en que no les causen daño físico alguno. ¿Cómo ha reaccionado usted cuando alguien le ha faltado al respeto a sus hijos? Quizá se tratara de un profesor, o del dependiente de una tienda, o del padre de otro niño. Estamos seguros de que usted se sintió molesto y preguntó, entre otras cosas, cómo se atrevían a hacerlo. Pero un instante de honesta reflexión podría revelar ocasiones en que hemos dicho o hecho cosas a nuestros propios hijos por las que, de intentarlas un extraño, desearíamos verle arrestado y encarcelado.

La diferencia entre las reglas de oro de 14 y 24 quilates reside en una educación emocionalmente inteligente. La re

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gla de 24 quilates requiere que conozcamos bien nuestros propios sentimientos, que asumamos la perspectiva de nuestro hijo con empatía, que controlemos nuestros propios impulsos, que observemos con cautela nuestra actitud como padres, que nos dediquemos con esfuerzo a mejorar la educación de nuestros hijos y que utilicemos nuestras dotes sociales para llevar a cabo las ideas.

La regla de 14 quilates no es lo bastante firme para servir de guía para la educación actual. Los tiempos han cambiado. La vida es frenética, complicada, excitante, desafiante y agotadora. Tenemos una sobrecarga de información siempre en aumento. Es el momento adecuado para una regla de oro de la crianza de los niños. No contábamos con una desde la aparición de Benjamin Spock y Haim Ginott, tres décadas atrás. Ha llegado el momento de un nuevo paradigma de la educación de los niños para el nuevo siglo y el nuevo milenio: la educación emocionalmente inteligente.

¿Qué puede hacer por su familia una educación emocionalmente inteligente? En primer lugar, ayudará a que haya más paz y menos estrés. Se trata de un modo de restablecer una sensación de equilibrio cuando el estrés les afecta y los niños empiezan a pelearse, la cooperación se convierte en conflicto, los adolescentes se rebelan, y los miembros de la familia se sienten frustrados con todo aquello que parece precisar hacerse de inmediato. Un poco de estrés puede resultar motivante, pero un exceso de él nos impide dar lo mejor de nosotros mismos. A los individuos sometidos a estrés les resulta difícil hacer aquello que, en circunstancias más calmadas, saben que es lo correcto.

La regla de oro de 24 quilates...

SON TIEMPOS DIFÍCILES PARA SER PADRES... O NIÑOS

Ésta es una época muy exigente para ser padres. Tal vez lo único más difícil que eso sea ser niño. Existen más influencias que nunca sobre los niños, y más fuentes de distracción. James Comer, profesor de psiquiatría infantil en el Centro de Estudios Infantiles de Yale y autor de El poder de la escuela y A la espera de un milagro: las escuelas no pueden resolver nuestros problemas, pero nosotros sí podemos, y experto en abordar las preocupaciones de los jóvenes, señaló en una entrevista en 1977 que nunca antes en la historia de la humanidad ha habido tanta información dirigida directamente a los niños sin ser filtrada por los adultos que estén a su cargo. Uri Bronfenbrenner, especialista en desarrollo infantil de la Universidad de Cornell, observó que nos hallamos en la era de la actividad frenética; nos ocupamos en planear cómo hacer que nuestros niños lleguen a donde deben estar en siguiente lugar, en estar nosotros mismos donde debemos, y nos precipitamos de lo uno a lo otro preguntándonos si todo lo que hemos organizado dará resultado. Junte usted todo esto y obtendrá una situación familiar con toda la calma y organización de una licuadora haciendo un zumo de frutas variadas.

Existe una profusión de modas pasajeras concernientes a la educación. Y cada una de esas ideas que surgen acaba por ser clonada, normalmente sin autenticidad o esperanza alguna de que se cumplan las promesas realizadas. El estrés no parece disminuir. Los padres no saben a dónde recurrir. Lo que no debemos perder de vista, sin embargo, es que los conceptos base de la biología humana, la crianza de niños y las relaciones padres-hijos no han cambiado. El libro de Daniel Goleman, La inteligencia emocional señala que hemos rechazado la biología de nuestros sentimientos como adultos y

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como progenitores, y que hemos rechazado el papel de los sentimientos en el crecimiento saludable de nuestros hijos. Ahora estamos pagando el precio, como familias y como sociedad, con una mayor incidencia de violencia y conducta poco respetuosa. Estamos pagando por ello cuando somos testigos de adolescentes en apariencia sensibles que se convierten en padres, para deshacerse entonces de los recién nacidos como si de artículos no deseados del supermercado se trataran. Pagamos por ello cuando ponemos énfasis en el intelecto de los estudiantes pero olvidamos sus corazones. Y, por supuesto, también nuestros hijos pagan, pues su infelicidad y sus conductas problemáticas continúan aumentando.

CÓMO TRASLADAR LA INTELIGENCIA EMOCIONAL A LA CRIANZA DE

TODOS LOS DÍAS

Este libro empieza donde acaba el de Daniel Goleman. En él, tratamos de ayudar a padres y madres a comprender por qué la inteligencia emocional es tan importante en lo que concierne a la crianza del día a día y a crear paz y armonía en una casa. Lo hacemos con plena autenticidad, pues hemos colaborado con Daniel Goleman. De hecho, la teoría de la inteligencia emocional se basa en décadas de investigación y práctica profesional, incluidas las nuestras propias. Además, como progenitores, comprendemos por lo que tienen que pasar los padres. Sabemos que una educación emocionalmente inteligente debe mostrar respeto hacia las presiones diarias que esa crianza conlleva y tratar el tiempo de forma realista. El tiempo de los padres es muy valioso; no pueden permitirse perder tiempo y energía emocional en el caos del hogar, en relaciones insatisfactorias con los niños, o en niños fuera de control y carentes de res

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ponsabilidad, autodisciplina y de la habilidad de discernir lo que les interesa genuinamente de los valores dictados por la presión de sus iguales y de los medios de comunicación.

La educación emocionalmente inteligente utiliza técnicas específicas, simples e importantes que pueden ofrecer una gran contribución a la paz y armonía del hogar. Todas esas técnicas se han desarrollado a partir del trabajo práctico de los autores con progenitores, familias y escuelas. El concepto se basa en que padres y madres trabajen con sus propias emociones y las de sus hijos de una forma inteligente, constructiva, positiva y creativa, respetando las realidades biológicas y el papel de los sentimientos en la naturaleza humana. Extrae su fuerza de pequeños cambios, repetidos día tras día, en las relaciones con nuestros hijos. La crianza emocionalmente inteligente es tanto un nuevo paradigma para la crianza de nuestros hijos como un enfoque altamente realista y práctico de la misma. Y una parte importante de la educación emocionalmente inteligente es la de reducir un poco el estrés y aumentar la diversión en nuestras familias y en las relaciones con nuestros hijos.

NO ESTAMOS HABLANDO DE PROGENITORES MALOS O DE NIÑOS MALOS

Algunos niños nacen con temperamentos particularmente difíciles, mientras que otros parecen adquirirlos a través de dolorosas experiencias vitales. Es importante no olvidar que los niños no desean ser malos. Un niño malo no es feliz, no importa qué les parezca a sus padres y a otros. Un niño que no se comporta adecuadamente está tratando, aunque sin éxito, de aprender modos de ser viables en el mundo, lo que significa aprender autodisciplina, responsabilidad e inteligencia social y emocional.

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En este libro no vamos a hablar de progenitores «malos» o de niños «malos», ni sugeriremos en momento alguno que deba usted sentirse culpable de ser una madre o un padre inadecuado, o culpar a su cónyuge o a la sociedad o al niño. Pretendemos en cambio enseñarle a desarrollar aptitudes concretas. Aprender nuevas aptitudes para la crianza y enseñar nuevas dotes emocionales y sociales a su hijo, las aptitudes de la inteligencia emocional, puede resultar excitante, porque puede mejorar la calidad de vida en su hogar y preparar mejor a sus hijos para el futuro. Y, aunque no culpamos a nadie, hacemos recaer la responsabilidad de hacer algo al respecto en los progenitores. Ser padre o madre significa asumir la responsabilidad de actuar de guía en el hogar, de ayudar a los niños a crecer para ser emocionalmente inteligentes. Es labor de los padres utilizar y transmitir las aptitudes que permitirán a los niños alcanzar los objetivos que los progenitores han fijado para ellos.

¿ES USTED ASÍ?

Para empezar a considerar cómo hacer la vida de familia más armoniosa y beneficiosa para los niños, quisiéramos que examinara usted los siguientes sucesos familiares, para comprobar si alguno le resulta familiar:

1. Su hijo, que acude al parvulario, tiene que vestirse, pero se distrae con los juguetes de su habitación, con las nubes del cielo, con lo que sea. Usted precisa llegar puntual al trabajo.
2. Su hijo, que acude a la escuela primaria, llega de la escuela a las tres en punto. La práctica de deportes se inicia a las 15.30. Pero la enseñanza religiosa empieza ciertos días a las cuatro. Y luego está ese trabajo que tiene que ha

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cer con un par de compañeros. Su hijo ha perdido el horario que especifica cuándo tienen lugar todas esas actividades. Son las 15.10 del martes y usted no está seguro de dónde se supone que debe estar, o cuándo tiene que estar ahí, o quién tiene que llevar al niño en coche.
3. Su hija, estudiante de secundaria, está arreglándose para el baile de fin de curso. Pero usted le ha dicho que debía ordenar su habitación, colgando y guardando todo en su sitio, y hacer los deberes antes de marcharse. Aunque ella le ha asegurado que ya lo había hecho, usted se percata de que está lejos de ser cierto y de que no puede hacerse en el poco tiempo que queda. Ya ha acordado quién pasará a buscarla, usted tiene planes para esa velada, y su hija ya está vestida y prácticamente lista, aunque todavía sigue con el teléfono pegado a la oreja. Usted no está segura de qué debe hacer y siente una imperiosa necesidad de sentarse.
4. Ah, el instituto. Hay una reunión del consejo escolar a las siete en punto de la mañana. El ensayo del coro tendrá lugar después de la escuela, y luego se reúne un grupo para hacer prácticas de laboratorio. Le han informado de que esa misma noche un grupo de chicos debe ir sin falta al centro comercial a comprar algo para alguien por alguna razón urgente, aunque se lo han dicho tan rápido que usted no se ha enterado bien del todo. Usted no está seguro de quién va a conducir; tal vez sea usted, o su hijo, o uno de sus amigos. Usted menciona un trabajo de inglés que tiene que entregar al día siguiente, y la respuesta es: «Oh, sí, no te preocupes, lo acabaré a tiempo.» Cuando usted empieza a ser presa de la desesperación, su hijo comenta: «Ah, por cierto, necesito algo de dinero.»
5. El suyo es un barrio peligroso. A última hora de la noche siempre hay disparos y anda por ahí demasiada gente sin nada que hacer. Usted hace todo lo que está en su mano por llegar a fin de mes, pero no le resulta fácil. Su hijo quie

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re salir por ahí; usted quiere asegurarse de que haga todos los deberes, y luego necesita que le ayude con sus otros hijos más pequeños. «Pero, mamá, todos los demás chicos salen. No tienen que hacer deberes o ayudar en casa. ¡No es justo!» Usted experimenta punzadas de culpa y su empatía se debate en un tira y afloja con las metas que se ha fijado para su hijo.

¿Para qué se ha puesto a los padres sobre la tierra? ¿Para enseñar, aconsejar y guiar a sus hijos? Bueno, pues los hijos no desean en exceso esa clase de guía y algunos se rebelan activamente en contra de ella. Quizá sólo se trate de llevarles en coche, organizarles, alimentarles, vestirles, comprarles toda clase de cosas, y recordarles ocasionalmente sus responsabilidades. Por lo visto es en tales cosas que los padres invierten una considerable cantidad de tiempo, pero no parece ser para eso que estamos aquí. Bueno, ¿para qué entonces? ¡Pues para preocuparnos! Cuando nos preocupamos mucho, en especial cuando no hemos aclarado nuestros propios y complicados sentimientos acerca de lo que tiene lugar en nuestras vidas y en las de nuestros hijos, lo más probable es que utilicemos «palabras de preocupación». Por desgracia, aunque con ellas pretendemos mejorar las cosas, a menudo conducen a la confusión y la irritación emocional. He aquí algunos ejemplos de palabras de preocupación:

1. ¿Cuántas veces tengo que decirte que te vistas antes de ponerte a jugar y a mirar por la ventana? ¿Sabes la cantidad de tiempo que pierdes con eso?
2. ¿Acaso no te acuerdas de que te pedí que pegaras todos los avisos en la nevera y que escribieras lo demás en tu agenda? ¿Cuántas veces tengo que repetirte las cosas para que me escuches?

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3. Nunca llegarás a nada si me mientes y si no impides que tu habitación parezca un gallinero. ¿Cómo vas a sobrevivir en la universidad, cuando estés lejos de casa?
4. Eso es precisamente lo que hizo que tu hermano se metiera en líos: mucho salir por ahí, siempre colgado al teléfono y sin dedicarle el tiempo suficiente a los libros.
5. Cuando yo tenía tu edad era capaz de hacer los deberes, mantener un empleo y aún me quedaba tiempo para ayudar en casa. Nunca salía por ahí con los amigos.

Resulta que somos grandes admiradores de tales actitudes de preocupación, y que somos de naturaleza sufridores. Por devoradora que esa preocupación paternal pueda ser, sin embargo, se precisa algo más. Imagínese usted que, en lugar de asegurarnos de que nuestros niños adquieran aptitudes académicas básicas y hábitos higiénicos, sencillamente nos preocupáramos sobre esas cosas. ¡Habría un montón de niños maleducados y malolientes correteando por ahí! No somos tan crueles y desalmados como para pedirles a los progenitores que olviden sus preocupaciones; eso sería como pedirle a un niño que dejara su mantita favorita. Aun así, preparar a nuestros hijos para el futuro requiere que les ayudemos a desarrollar un concepto de sí mismos fuerte y positivo, con la autoconfianza, la autodisciplina, las dotes de inteligencia social y emocional, y el sentido de la responsabilidad (ausentes en demasiadas ocasiones) para respaldarlo.

Para lograrlo se requiere un hogar en que se valoren la consideración y el respeto por los sentimientos de los demás, y en que tales valores se pongan en práctica. Ciertas cosas que decimos cuando no estamos utilizando demasiado bien nuestras dotes de inteligencia emocional llevan a los niños a preguntarse si realmente les respetamos y valoramos sus sentimientos. He aquí un pequeño esbozo de la cla

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se de cosas que les pasan por la cabeza en respuesta a cada una de las escenas antes expuestas:

1. El tiempo es relativo, como Einstein y otros han confirmado. Por tanto, decir que estoy perdiendo el tiempo implica que el tiempo es una entidad fija, un objeto tangible con parámetros específicos de uso. Me da la sensación de que no existe una base científica, o siquiera intercultural, para tu postura, y por tanto elijo vestirme despacio, si es que lo hago. Me visto, luego existo.
2. Basándome en experiencias previas, estimo que precisarías decirme las cosas una media de cuatro veces antes de que yo tenga el cincuenta por ciento de posibilidades de recordarlas; el ámbito habitual parece ir desde dos repeticiones hasta un máximo de siete u ocho. El número decrece si utilizas recordatorios por escrito y, a mi edad, también respondo bien a incentivos tangibles, como una chuchería o un libro o cromos o algo así. ¡Sé creativo! No todos hemos recibido el don de una gran memoria auditiva, ¿sabes?
3. Si nunca llegaré a nada, entonces no tiene ningún sentido que me preocupe por mi trabajo o por mi habitación. ¡Gracias! Me sentía fatal por no haber hecho lo que había prometido hacer, y aún trataba de imaginar cómo ponerme de inmediato manos a la obra. ¡Se acabó!
4. ¿Mi hermano? ¿Qué tiene que ver él con lo que estamos hablando? Yo soy yo, no otro. Supongo que tú también eres tú. ¿Qué te parece entonces si nos ocupamos de quiénes somos en realidad? De otro modo empezaré a hablarte de los padres de mis amigos y de lo que hacen y dejan de hacer, lo cual hará que te subas por las paredes.
5. Vaya, ¿acaso no eras el ser humano perfecto? Nunca salías por ahí, siempre trabajando, probablemente también rezabas cinco veces al día y limpiabas todas las ventanas del barrio en tu tiempo libre. Como no puedo ser tan bueno, lo

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mejor será que me olvide de intentarlo y sea como los demás niños.

Ésta es la clase de cosas que les pasa por la cabeza a los niños que escuchan a menudo las bienintencionadas expresiones de preocupación paternal que hemos descrito. Nuestros ejemplos son humorísticos (¡confiamos en que así sea!) y tal vez un poco exagerados, para dejar claro que las declaraciones que crean «fronteras abiertas» y una oportunidad para el flujo real de palabras e ideas resultan más útiles que las declaraciones que crean sentimientos negativos y posturas a la defensiva entre los integrantes del hogar.

Sabemos que los progenitores dicen cosas llevados por la ira y la frustración que de poder hacerlo les gustaría «retirar». Nosotros lo hacemos, al igual que todos los padres y madres. Lo que hemos descubierto, sin embargo, es que existe un equilibrio que representa el más alto exponente de la crianza emocionalmente inteligente, y este libro trata de ayudarle a usted a encontrar y mantener ese equilibrio en su hogar.

OBJETIVOS FAMILIARES Y LOS PRINCIPIOS DE 24 QUILATES DE LA EDUCACIÓN EMOCIONALMENTE INTELIGENTE

Así pues, los progenitores no son perfectos. Eso no es precisamente una noticia de primera plana. ¿Cómo hacerlo lo mejor que podamos dado lo complejo de nuestras vidas y las de nuestros hijos? Como hemos dicho al presentar la regla de oro de 24 quilates es en este punto que una educación emocionalmente inteligente puede ser de ayuda. Tal regla contiene cinco principios fundamentales que sirven de objetivos para padres e hijos. Esforzarse en alcanzar esos objetivos lleva a una familia armoniosa, y lograrlo permite a

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los niños convertirse en adultos autodisciplinados y responsables. Un «secreto» de la crianza emocionalmente inteligente es que lo que es bueno para los progenitores es bueno para los hijos. Los progresos realizados por los padres dan como resultado progresos realizados por sus hijos. Comenzaremos por presentar los cinco principios de la crianza emocionalmente inteligente. Cada uno de los capítulos de este libro se centrará en alguna combinación de tales principios.

Resulta difícil ser consciente de algo como los sentimientos. ¿Qué son exactamente los sentimientos? Poetas, filósofos y científicos han tratado de definirlos, incluso aunque todos sepamos qué son. ¿Cómo sabemos qué estamos sintiendo? La gente pregunta constantemente: «¿Cómo está usted?», y usted responde: «Muy bien, ¿y usted?», y le contestan: «Muy bien», aunque es probable que no sea cierto para ninguno de los dos. ¿Cuándo fue la última vez que alguien le preguntó cómo estaba y usted le respondió sinceramente? «¿Cómo está usted?» «Bueno, pues estoy bastante mal. Me siento agobiado de trabajo, y mi esposa y yo no nos comunicamos mucho últimamente, lo cual provoca que me sienta aún más solo, aislado y frustrado.» (Si usted respondiera a menudo de semejante forma lo más probable sería que la gente dejara de preguntarle.) La próxima vez que alguien le pregunte casualmente cómo está, concédase un instante para pensar y dar una respuesta real. Quizá su respuesta sea ignorada porque la persona en cuestión no quería saberla en realidad, pero también puede llevar a un valioso intercambio interpersonal.

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«¿Cómo está usted?» es una pregunta importante, tanto si nos la hacemos a nosotros mismos como si nos la formulan otros. «¿Cómo está usted?» nos pide que seamos capaces de describir nuestros sentimientos con palabras, que les coloquemos unas etiquetas que reflejen su variedad. Muchos niños que tienen problemas de conducta también los tienen a la hora de calificar adecuadamente sus sentimientos. Confunden enfadado con furioso, irritado con triste, orgulloso con satisfecho, y muchos otros. Una vez somos capaces de reconocer nuestros diferentes sentimientos, nuestra posibilidad de controlarlos es mucho mayor. ¿Por qué es tan importante hacerlo? Pues, porque la forma de ser de usted influencia en gran medida lo que usted haga. Cuando usted está triste, se mostrará retraído. Cuando está contento, derrochará buen humor. Pero si usted no sabe cómo está, entonces tampoco sabe cuál es su forma de actuar más probable y, por tanto, no estará seguro de cómo ponerla en práctica.

De modo similar, ser consciente de los sentimientos de los demás resulta crucial. Si le pregunta usted a un adolescente qué siente algún otro, él o ella responderán en ciertos casos: «No lo sé, y ¿por qué debería importarme?» Pues sí debería importarles, pues si saben cómo sienten los demás, su oportunidad de mantener una interacción positiva con ellos será mayor, lo que incluye, en ocasiones, obtener lo que deseen. Para citar un ejemplo adulto: ¿y si usted deseara que su jefa le aumentara el sueldo? Podría resultar de ayuda ser capaz de interpretar su estado de ánimo y saber cuándo abordarla o cuándo evitarla. El adolescente que es capaz de interpretar los sentimientos de su maestro tiene más probabilidades de obtener un plazo más relajado para un trabajo que lleva con retraso, o un poco de ayuda extra, e incluso tal vez mejor nota que un estudiante con el mismo CI, coeficiente de inteligencia, pero con menor grado de CE, inteligencia emocional.

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La empatía es la capacidad de compartir los sentimientos de otro. Para hacerlo, primero uno debe ser consciente tanto de los sentimientos propios como de los de la otra persona, como hemos mencionado en el principio número 1. Resulta interesante el hecho de que cuanto mejor conozca usted sus propios sentimientos mejor podrá conocer los de otro.

Conocer los sentimientos de otros supone una parte importante del desarrollo de su sensibilidad frente a los demás. Eso es lo que significa ser «considerado» hacia los demás, un concepto que dista de ser nuevo. Muchos sabios han ofrecido ese consejo a través de los siglos; quizá quien más prominentemente lo haya hecho haya sido Hillel, a quien se tiene como una de las figuras orientativas de los principios éticos judeocristianos, y cuyas enseñanzas se citan con profusión en La ética de nuestros padres. «No juzgue a los demás hasta haberse calzado sus zapatos.» Sólo haciéndolo así podrá usted comprender sus puntos de vista y sus sentimientos sobre lo que sucede. Tal combinación resulta esencial y ayuda a definirnos como plenos seres humanos. Por ejemplo, cuando los hermanos se pelean, en ese momento pueden o no tener un sentido de la mutua perspectiva, pero casi con toda seguridad no son conscientes de los sentimientos del otro. Si se les hace conscientes de que su hermano también se siente triste y dolido, es posible que eso calme su ira. Muy pocos niños desean hacer sentir tristes a sus hermanos. Si pueden experimentar empatía hacia los sentimientos del otro, es muy probable que no traten de hacerle daño.

Conocer los sentimientos de los demás y establecer lazos de empatía con ellos requiere que uno sea capaz de interpretar tales sentimientos. Ello incluye tanto una escucha

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cautelosa como la interpretación de pistas no verbales. A menudo el lenguaje corporal y el tono de voz transmiten nuestras emociones de modo más efectivo que las palabras. Consideramos la empatía como la comprensión emocional no verbal de los demás. La habilidad de establecer lazos de empatía resulta crucial para los progenitores a la hora de tratar con sus hijos, y para los niños es vital el aprendizaje de la empatía como una aptitud social positiva (por no mencionar que la capacidad de empatía en general torna a una persona mejor emocionalmente adaptada y le confiere mayores posibilidades de éxito, en especial en relaciones sentimentales).

Comprender los puntos de vista de los demás nos permite el acceso a lo que puedan estar pensando, a cómo consideran y definen una situación, y a lo que planeen hacer al respecto. Esa clase de comprensión, por supuesto, se desarrolla cada vez más con el tiempo. Depende del propio nivel de crecimiento cognitivo, y también ayuda a lograrla el tener una amplia variedad de experiencias vitales. La televisión y los vídeos pueden darles a los niños un sentido falso de las perspectivas de los demás porque tienen la apariencia de experiencias vitales. Pero son artificiales y creadas como por arte de magia por directores, escritores, actores y demás. Tenemos el presentimiento de que los niños de hoy en día actúan con mayor madurez de la que deben en realidad por estar expuestos a tantas «experiencias vitales» de un modo superficial a través de la televisión y las películas.

Los niños de corta edad (y los adultos inmaduros) tienden a considerar el mundo en términos de sus propios deseos y necesidades. A medida que crecen, en torno a los siete u ocho años, se vuelven más capaces de negociar, transigir y ser tolerantes. Pero ese proceso atraviesa altibajos a lo largo de la adolescencia, como los progenitores saben. Aun así, todos los días los padres pueden enseñar a los niños a asu

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mir diferentes perspectivas. Como los medios de comunicación, Internet y la importante influencia de los compañeros ofrecen tantos mensajes confusos, creemos que para los progenitores es más importante que nunca jugar un papel decisivo a la hora de guiar a sus hijos en la toma de perspectiva. Lo cual requiere más de los progenitores que simplemente servir de modelos; requiere que expliquen su conducta y sus sentimientos de modo que los niños puedan comprender mejor «de dónde proceden» y no asuman que proceden del mismo sitio que los personajes de la televisión y las películas. Otra razón de importancia es que la gente capaz de considerar las cosas desde distintas perspectivas es más capaz de controlar la toma impulsiva de decisiones y más creativa y efectiva a la hora de resolver problemas, importantes aptitudes estas últimas que también deseamos que desarrollen nuestros hijos.

Daniel Goleman popularizó el actualmente famoso test de la golosina en su libro La inteligencia emocional. Walter Mischel es un psicólogo que, en los años sesenta y en la Universidad de Stanford, planteó a niños de cuatro años el desafío de tomarse una golosina inmediatamente o esperar unos minutos hasta que el investigador volviera a entrar en la habitación, en cuyo caso recibirían dos golosinas. El hecho de ser capaces de esperar —y los niños hicieron gala de los trucos más encantadores para evitar comerse la golosina— se relacionaba con un grado determinado de mejores resultados psicológicos y de conducta. Al efectuar un seguimiento de esos niños hasta que concluyeron el bachillerato, Mischel descubrió que los estudiantes capaces de esperar

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no sólo habían obtenido mejores resultados en una variedad de índices de conducta positiva y salud mental, sino también unas puntuaciones en las pruebas de aptitud escolar que por término medio estaban unos doscientos puntos por encima de quienes se habían comido la golosina, mostrando con ello una ventaja considerable en unas pruebas académicas tan importantes para el acceso a la universidad.

¿Qué está pasando aquí? ¿Acaso nuestro objetivo es incrementar el consumo de golosinas por parte de los niños? ¿O tratamos de ayudarles a desarrollar mejores autocontrol y resistencia ante los impulsos y tentaciones momentáneos? Creemos que se trata de lo segundo, aunque a veces el chocolate y los caramelos suenan mucho mejor que el control de los impulsos. De hecho, el test de la golosina se centra en el componente de hacer frente a los impulsos de conducta conocido como gratificación retardada, la habilidad de esperar para obtener algo. Lamentablemente, se trata de un concepto que a muchos adultos les resulta difícil llegar a dominar en esta era de las tarjetas de crédito, de modo que no es de sorprender que no les resulte fácil a nuestros niños. Sin la habilidad de retardar la gratificación, normalmente acabamos por obtener menos de lo que podríamos haber obtenido. Si uno trabaja duro para conseguir algo, tiende a lograr más y cuenta además con la satisfacción de haber luchado por ello. Los niños inseguros pasan un especial mal rato con la espera porque no están seguros de que la satisfacción llegue alguna vez.

Otro aspecto del autocontrol lo constituye la habilidad de moderar la propia reacción emocional a una situación, ya sea esa reacción positiva o negativa. Por ejemplo, ¿acaso los niños no se enfadan y pierden el control con rapidez? ¿Acaso no se tornan excitados y sobreestimulados y resultan difíciles de calmar? Desde luego existen ocasiones en que sienta bien «dejar que todo salga», pero muchas veces ésa

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no es la actitud más sabia. Después de que los niños hayan expresado de forma inapropiada sus sentimientos, como en el caso de gritar y desafiar a uno de sus progenitores, pueden desatarse reacciones negativas. Ello hace que, en ocasiones, los padres (o profesores) se vean envueltos en lo que llamamos «espiral de gritos». Cuando un niño se encuentra fuera de control, lo normal es que el progenitor desee que se detenga, lo que a veces lleva a un comentario en voz muy alta por parte del adulto. Para algunos niños, tal hecho eleva su ansiedad y su nivel de actividad en lugar de hacerlos descender, de modo que su pérdida de control es aún mayor. Cuando a esto siguen reacciones del adulto en tono cada vez más subido, nos encontramos con una verdadera «espiral de gritos». Inculcar y practicar el autocontrol puede resultar difícil, pero si uno se empeña en hacerlo puede ayudar a resolver muchos problemas familiares.

Hacer frente a los impulsos de conducta resulta importante por razones obvias. Nuestras respuestas instintivas de conducta al conflicto a menudo son poco efectivas a la hora de enfrentarse a los problemas. Como seres humanos, estamos diseñados para reaccionar a situaciones problemáticas con una respuesta de lucha o de huida. En la prehistoria, tal hecho era por supuesto de ayuda a la hora de la supervivencia. Sin embargo, en la sociedad moderna, ni luchar ni salir corriendo nos sirven normalmente de ayuda. Debemos utilizar cuanto sabemos acerca de las perspectivas y sentimientos propios y ajenos para ayudarnos a controlar mejor nuestros impulsos. Y entonces tenemos que empezar a pensar con miras más amplias.

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Una de las características más importantes de los seres humanos es que podemos fijarnos objetivos y trazar planes para alcanzarlos. Eso significa que, en general, todo cuanto hacen padres e hijos está orientado a alcanzar un objetivo. La teoría de la inteligencia emocional nos dice que tal hecho tiene importantes consecuencias.

En primer lugar debemos reconocer el gran poder del optimismo y la esperanza. Cuando nos hallamos en un estado de ánimo positivo o esperanzado, lo estamos tanto en nuestra mente como en los sentimientos y el cuerpo. Existe una bioquímica especial para los estados de esperanza y buen humor, que incluye un mayor flujo sanguíneo, rendimiento cardiovascular y aeróbico, actividad del sistema inmunológico y reducción del nivel de estrés. Tendría poco sentido que nos orientáramos a fijarnos objetivos si no estuviéramos orientados de forma similar a lograr tales objetivos y a extraer beneficios de ellos.

En segundo lugar, sabemos que al esforzarnos por conseguir nuestros objetivos hay ocasiones en que lo hacemos de modo más o menos efectivo. ¿Es usted una persona madrugadora? ¿O noctámbula? ¿Tiene momentos «mejores» que otros para hacer las cosas? Una parte de la educación emocionalmente inteligente la constituye reconocer esos momentos en nosotros mismos —y en nuestros niños— y en trabajar a favor de esos ritmos, y no en su contra, en la medida de lo posible.

Finalmente, como progenitores y como personas, sería recomendable que mejorásemos a la hora de fijar y planear nuestros objetivos, sobre todo porque esperamos que así lo hagan nuestros hijos. El mejor modo de lograrlo es a través de la observación de nuestras propias reacciones, mediante

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un seguimiento de aquello que hemos intentado hacer, de los resultados de esos intentos, y de qué podemos hacer por mejorarlos, todo ello a través de una variedad de situaciones. En nuestras ajetreadas vidas existe un peligro real de que nos perdamos las oportunidades de extraer las lecciones que nuestras propias reacciones nos procuran. Los padres (y los hijos) estamos tan ocupados la mayor parte del tiempo que la autorreflexión nos parece improductiva y no merecedora de nuestro tiempo. Afirmamos que se trata de un error tremendo, basándonos en cuanto sabemos acerca de la crianza emocionalmente inteligente, y a lo largo de este libro ofreceremos modos de mejorar la crianza de los niños a través del análisis de las propias reacciones.

Por supuesto, no siempre somos plenamente conscientes de nuestros objetivos, y éstos no siempre son posibles. Un niño puede fijarse un objetivo de venganza por un desaire real o figurado. Buscar la venganza, por desgracia, conduce normalmente a aumentar los problemas o a crear otros nuevos. Los progenitores tienen a veces el objetivo de conseguir unos instantes de tranquilidad cuando el objetivo de sus hijos es el de atraer la atención hacia sí. ¿Es necesario que mencionemos la clase de dificultades que tal caso puede crear?

Debemos ayudar a los niños a comprender el significado de la palabra objetivo. Algunos niños lo relacionan con la idea de un blanco; a otros les ayuda la imagen de un timón o un volante o una brújula; e incluso hay otros que prefieren analogías deportivas. Sea como fuere que se visualice, ser consciente de los propios objetivos será de ayuda a la hora de desarrollar un plan apropiado, y son los planes los que nos ayudan a lograr nuestros objetivos. Si, por ejemplo, un adolescente ha mentido acerca de dónde ha estado, diciendo que ha dormido en casa de un amigo cuando en realidad ha acudido a un concierto de rock, la reacción inicial de los padres quizá sea la de reprenderle y aplicarle un castigo. Sin

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embargo, si el progenitor formula un objetivo antes de reaccionar, quizá el de inculcar al hijo que sea sincero y se comunique abiertamente, entonces es posible que resulte más efectiva otra forma de proceder. Después de todo, el castigo durante un extenso período de tiempo resulta poco práctico y a menudo sólo lleva al niño a escabullirse de nuevo en la siguiente ocasión.

En el ejemplo anterior, también habría sido mejor para el chico tanto formular un objetivo (el de acudir al concierto) como trazar un plan efectivo. Los adolescentes que hacen los arreglos necesarios para acudir a un concierto sin permiso de sus progenitores han trazado alguna clase de plan previo, pero normalmente no lo han considerado con la debida cautela. (Como hemos advertido antes, la habilidad a la hora de trazar planes se relaciona con otras áreas de la inteligencia emocional, como la de regular los impulsos y retardar la gratificación.) Más adelante en este libro les mostraremos cómo la habilidad de considerar los obstáculos de un plan resulta esencial a la hora de asegurarse de su éxito. Esto se aplica tanto a los progenitores como a los hijos.

Además de ser consciente de los sentimientos y hacer gala de autocontrol, de orientación hacia un objetivo y de empatía, es importante saber tratar de forma efectiva con los demás. Ello implica dotes sociales tales como la comunicación y la resolución de problemas. Con vistas a comunicarse, uno no debe sólo ser capaz de expresarse de un modo claro, sino también de saber escuchar y aportar respuestas constructivas. De nuevo se trata de aptitudes importantes que tanto padres como hijos deben dominar.

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Otra serie de aptitudes consiste en formar parte de un grupo. Los progenitores desean que su

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