
Si quieres, puedes. El mundo es tuyo. Los sueños están para cumplirlos. El universo siempre conspira a tu favor, porque tú eres especial y todos tus problemas solo están en tu cabeza. Puedes ser rico y famoso solamente con proyectarlo con tu imaginación. En una ocasión, un sabio que vivía en la montaña me dijo que nunca desistiera de mis objetivos, porque las señales estaban ahí…
¡NO! Olvida toda esta bazofia.
Ni eres el centro del universo ni tus sueños más locos van a cumplirse. Deja de fliparte. Probablemente no vas a triunfar. Ni de coña. Porque no eres especial…, al menos no como tú te crees. Olvídate de todas las chorradas de los libros de autoayuda y de los gurús baratos. De los crypto bros y de los que dicen «sé tu propio jefe».
Si esperabas eso de este libro, ya puedes tirarlo a la basura. Porque ESTE NO ES TU LIBRO.
Este libro no es una guía espiritual ni vital. No soy un gurú ni tengo pinta de gurú. No te voy a revelar ningún secreto que solo yo conozco (o que hago el favor de cederte por el pequeño importe económico de lo que cuesta este libro *guiño, guiño*). Aquí no hay recetas mágicas. No hay atajos ni tampoco te indico el camino de baldosas amarillas para visitar al mago de Oz.
Solo te voy a contar algunas cosas que he aprendido durante mi trayectoria, mi visión de lo que realmente es esta jodida broma llamada vida, mis aciertos (y, también, las no pocas hostias que me han enseñado más que nada en el mundo). Todo ello desde el máximo pragmatismo y, en la medida de lo posible, apoyado y respaldado por estudios y por la opinión de expertos que saben mucho más que yo. Porque, por supuesto, asumo que no lo sé todo, que puede haber errores o cosas discutibles en mis opiniones. Porque este libro no está escrito en piedra. Es mejorable, criticable y hasta debatible. De eso se trata, de hecho. De que no te creas nada ciegamente, ni siquiera lo que yo opino. Que nunca dejes de cambiar y evolucionar. Que abraces lo que yo considero una de las mayores joyas que tenemos como humanos: el pensamiento crítico.
Además de entretenerte, que es mi mayor aspiración con este libro, me encantaría que esta narración ayudara a algunas personas, sobre todo a las que están más perdidas y, por ende, son más proclives a la manipulación y a la frustración, a que pudieran abrir los ojos al pensamiento crítico, a relativizar un poco más lo malo (y también lo bueno), a no dejarse contaminar por la negatividad de las redes sociales, a no permitir engañarse por aquellos que van a querer aprovecharse de ellos, a alejarse de la toxicidad y a no vivir pensando que son los protagonistas de un maravilloso cuento de hadas. A olvidar que el mundo es maniqueo, de blancos y negros, y a entender que cualquier cosa se puede cuestionar. Que nadie lo sabe todo sobre todo. Que nadie es solo malo o bueno. Que esto no es una película de Star Wars.
Me gustaría que lo que vas a leer te permita entender un poco más el mundo desde un punto de vista realista, sin idealismos o moralina barata. Porque el ser humano es mucho peor de lo que algunos temen, pero también mucho mejor de lo que algunos pretenden.
Si consigo que solo una de estas ideas llegue a algún lector, ya me doy por satisfecho. Pero si no es así, lo dicho: espero que el viaje sea, como mínimo, divertido.
Así es la puta vida, y espero que estés preparado para aceptarlo.
Comencemos.

Crecimos con la televisión que nos hizo creer que algún día seríamos millonarios, dioses del cine o estrellas del rock, pero no lo seremos y poco a poco lo entendemos, lo que hace que estemos muy cabreados.
Tyler Durden
En el mar puedes hacerlo todo bien, según las reglas, y aun así el mar te matará. Pero si eres buen marinero, al menos sabrás dónde te encuentras en el momento de morir.
Arturo Pérez-Reverte
La vida puede ser maravillosa, pero si te la tomas de forma realista. Es la única manera de evitar frustraciones y acabar machacado por la presión de uno mismo. Así que voy a empezar fuerte quitándole la ilusión a mucha gente.
Ahí va: por mucho que lo intentes, por mucho que te esfuerces, es posible que todo salga mal. De hecho, es más que probable que la mayor parte de las cosas que creías que iban a salir de una manera, salgan de otra. Porque la realidad va a su aire. No puedes gobernarla tanto como crees.
El primer paso para vivir tranquilo es asumir que tus logros o tus fracasos no dependen tanto de ti como tú crees. Eso implica que lo más probable es que no triunfes. Por mucho que te esfuerces. Por mucho que te sacrifiques.
Porque el «efecto Rocky» no existe.
El «efecto Rocky» es una anomalía estadística
Rocky es una de mis películas favoritas. Uf, la he visto como veinte veces. Es emocionante e inspiradora. El paradigma de película de autosuperación. De hecho, la propia biografía del gran Sylvester Stallone, protagonista y guionista del film, un crack absoluto, es el paradigma de la autosuperación: venir de lo más bajo hasta llegar a lo más alto.
Pero la mayoría de las historias no son así. De hecho, estadísticamente, casi ninguna es así.
Desde que era adolescente, yo tenía claro que no iba a tener una vida rutinaria. No sabía si acabaría en el ámbito de la interpretación, que fue mi primera idea, si me introduciría en el mundo de la moda o si quizá trabajaría en televisión. No lo tenía claro, pero lo que tenía muy presente es que yo no quería tener una vida convencional. Siempre he sentido que era diferente y que no encajaba en una rutina laboral de 8.00 a 17.00.
Necesitaba salirme de la norma. Al menos, eso es lo que quería intentar.
Yo cuando hago algo es para llegar a lo más alto posible, pero lo importante es que siempre he sido realista y he tenido en cuenta que lo más probable es que no lo fuera a conseguir. Es decir, que aquel propósito era mi plan A, pero también tenía plan B, C y D. Por esa razón, a pesar de que tenía claras mis metas, continué estudiando y me licencié en Psicología. Porque tener clara la meta no se traduce necesariamente en alcanzar la meta. Sabía que lo más probable es que no me fuera a salir bien mi sueño, así que la carrera era mi red de seguridad para tener otras oportunidades laborales más realistas.
La línea entre sueño y realidad es muy difusa. Aunque es difícil, lo más importante es ser realista con tus sueños. Tanto como puedas. Porque no todo consiste en intentarlo sin descanso. Es cierto que no debemos perder la cultura del esfuerzo. Pero esforzarse hasta la extenuación no siempre da frutos. Y si los da, pueden estar podridos.
Esforzándose hasta reventar
Según un estudio de 2016 publicado en Neurology, en el que se analizó a más de tres mil veinteañeros durante un cuarto de siglo de sus vidas, los que habían perseverado hasta el extremo para conseguir sus objetivos acabaron sufriendo toda clase de problemas de salud, desde hipertensión a un mayor riesgo de enfermedad cardiovascular. Lucharon tanto contra una realidad que no aceptaban, como quijotes lanzándose contra gigantes que son molinos de viento, que finalmente acabaron sufriendo una mayor lentitud cognitiva y hasta más problemas de memoria. Este enorme coste psicológico y fisiológico de perseverar frente a las dificultades es especialmente dañino en las personas que proceden de entornos desfavorecidos.
Eso es algo que nunca nos contaron en Rocky ni en ninguna otra película de autosuperación, como Rudy (reto a la gloria), En busca de la felicidad o Million Dollar Baby. Todas ellas son películas brutales y maravillosas, pero poco representativas de una vida promedio. Son casos extremos. Eventos raros.
Son películas entretenidas y motivadoras. Pero no son historias que puedas calcar. Al menos no la mayor parte de las veces.
Otro ejemplo de cómo el mundo real se parece poco al mundo que se presenta en las películas: ¿es más probable llegar a la NBA si se crece en un entorno de clase media o en un entorno pobre? Aunque el cine y los medios de comunicación en general nos suelen contar la historia de que crecer en la adversidad fomenta el tesón necesario para llegar a la cima de un deporte, la realidad es justamente al revés. Nos han mentido desde que somos pequeños, lo que al final nos acabará frustrando. Aunque duela, esto es la puta realidad.
Los casos de jugadores de la NBA que han nacido en entornos pobres son anecdóticos. Es lo que ha constatado Seth Stephens-Davidowitz, el científico de datos de Google, en su libro Todo el mundo miente. Un niño afroamericano que nace en un condado rico de Estados Unidos tiene más del doble de probabilidad de llegar a la NBA que un niño afroamericano nacido en uno de los condados más pobres. En el caso de los niños blancos, la ventaja es del 60 %. La explicación no puede ser más sencilla: en primer lugar, los niños pobres tienden a tener una estatura más baja; y en segundo lugar, también tienden a ser menos obedientes, constantes, atentos, organizados y con buena autoestima.[1]
¿Entonces? ¿Quiénes triunfan? Esencialmente, quienes nacen en hogares donde las familias ya han triunfado. Donde hay mucha pasta. En función de dónde hayas nacido, será posible pronosticar hasta cierto punto tu éxito y tu felicidad. Tanto es así que tu código postal es más importante para tu salud que tu código genético.[2]
El «efecto Eye of the Tiger»
Factores como el talento, el esfuerzo o la inteligencia también tienen un impacto muy moderado en el resultado de una vida exitosa, por mucho que nuestra intuición nos diga lo contrario (sobre todo si somos nosotros los privilegiados que han tenido ese éxito).[3]
Así que las cartas están parcialmente marcadas. Eso es verdad. También es verdad que si te esfuerzas demasiado en ganar un juego sin reglas limpias, acabarás quemado. Sin embargo, y esto no dejo de repetírmelo, tampoco debes olvidar que solo puedes ganar si juegas. Si no juegas, ya has perdido.
Y para jugar, debes estar motivado.
O dicho de otra manera: sin transpiración, sin esfuerzo, sin ganas… no participarás en el juego.
A veces el intentar alcanzar un objetivo no tiene tanto valor por el objetivo en sí, sino por el camino que has seguido. Por el aprendizaje que ha surgido cuando te dirigías hacia ese lugar. Todo el proceso puede ser flipante. Aunque no llegues a la meta, o no alcances una meta que estaba en tus planes iniciales. De esta manera, nunca sentirás que esos años invertidos en tus objetivos han sido una pérdida de tiempo. Nunca experimentarás el golpe del fracaso o la tristeza. Porque esos años han sido años provechosos: has conseguido saber más o has aprendido a ser más disciplinado, e incluso te lo has pasado bien.
Así que aquí viene otra cosa para tatuarse a fuego: hemos visto que el «efecto Rocky» no existe, pero lo que sí existe, y debes cultivar (esto te va a molar), es el «efecto Eye of the Tiger». Es decir, la motivación.
El «efecto Eye of the Tiger» se llama así en referencia al tema musical de Survivor que aparece en la película Rocky III. De hecho, la canción fue escrita a petición del propio Sylvester Stallone. Y es un temazo.
Canciones como esta te inyectan un chute de motivación cuando, por ejemplo, estás entrenando en el gimnasio. Te levantarán de la cama cuando tengas un día de bajón. Son canciones que, en definitiva, te permitirán recoger todos los frutos de tu largo viaje hacia la meta. Si hay motivación, la meta queda relegada a un segundo plano. Si consigues mantener en alto tus deseos de superación y de mejora, ya has ganado.
Por eso la motivación es mucho más importante que el objetivo y hasta más que el propio éxito.
Música motivadora
Un estudio[4] publicado en Journal of Human Sport and Exercise afirma ser el primero en investigar el efecto de escuchar listas de reproducción de música en la capacidad y el rendimiento de carrera de resistencia cuando se está mentalmente fatigado.
Según otro estudio[5] presentado en la Conferencia Anual de la Sociedad Británica de Psicología por Alexandra Lamont, profesora titular de Psicología de la Música en la Universidad de Keele, escuchar tus canciones favoritas cuando practicas un deporte competitivo mejora tu rendimiento. Algunos de los temas generalmente escogidos fueron: Eye of the Tiger, de Survivor (escogida por toda clase de deportistas) y Lose Yourself, de Eminem (más común entre corredores y futbolistas). También tuvieron mucho éxito temas de Kings of Leon, Florence and the Machine, Pendulum, Blondie, Muse, Rihanna y Black Eyed Peas.
Pero ¡cuidado! No te flipes: estar motivado está bien, pero también es natural y saludable que haya días que no tengas ganas, o que seas cero productivo. Esos días también son necesarios para descansar, replantearse cosas y hasta coger más impulso.
Obsesionarse con ser eficiente en realidad te hace ser ineficiente. Necesitas días en los que tus ideas fluyan libremente, incluso ociosamente, porque esas son también formas de pensamiento productivas. Son formas de pensamiento que te llevan a sitios que no conocías o no habías previsto.[6]
La suerte no existe, pero puedes hackearla
Triunfé con 28 años. He fracasado muchas veces. Me he dado de hostias. Pero todo eso también ha sido un aprendizaje necesario. No fue un camino de rosas, o sí, pero de rosas llenas de espinas. Incluso llegué a plantearme que quizá debía olvidarme de mis aspiraciones y tomar otros caminos. Quizá el mundo empresarial. Tal vez trabajar en la producción de cine, detrás de las cámaras. No lo tenía claro. Lo que sí que tenía claro es que la creatividad debía formar parte de mi día a día.
En cualquier caso, no me tomé aquellos fracasos de forma dramática. Simplemente me conduje por el pragmatismo. Sabía que iba a probar suerte y que podía no tocarme el premio.
A mí nunca me ha gustado que me deseen buena suerte. Si alguna vez lo he dicho, ha sido más como coletilla que porque yo lo pensara de verdad. No es que no crea en la suerte, sino que creo que la mayoría de la gente habla de la suerte como un factor asociado al destino. Como si la suerte fuera una fuerza sobrenatural. Como un elemento crucial que propicia que las cosas vayan de una manera u otra. Yo creo en el libre albedrío y no soy determinista, de modo que en mi cabeza no puede entrar esa idea de la suerte. La magia no existe, así que esa idea de suerte no me resulta útil.
Para mí la suerte es una serie de causas y efectos que tienen una influencia en nuestra vida, pero que no las vemos ni las conocemos. Al menos no con suficiente precisión. La suerte es solo ignorancia. Un conjunto de influencias que quedan fuera de nuestra percepción directa.
Por esa razón, hasta cierto punto, la suerte puede invocarse. Voy a ponerte un ejemplo. Imagina que el resultado de tu vida dependiera de una tirada de dados en un casino de Las Vegas (o de dados dodecaedros en el caso de que te rayen los juegos de rol). Si no tiras los dados, no invocas la suerte. Pero no tienes control sobre el resultado de los dados. A lo máximo que puedes aspirar es a tirar los dados una y otra vez hasta que salga lo que quieres. O hasta que salga algo que te sirva.
Es decir, que incluso sin conocer los factores (las fuerzas implicadas en que salga un resultado u otro en tu tirada de dados), los puedes ir tirando de una manera, luego de otra, y finalmente de otra. Y, por el camino, ir adquiriendo experiencia, pericia en el lanzamiento. Hasta puedes pasártelo muy bien.
Factores que influyen en la suerte
Según el psicólogo Richard Wiseman, que ha dedicado gran parte de su carrera a estudiar a las personas que se consideraban afortunadas, básicamente hay tres factores para explicar por qué algunas cosas
