La triple E

Javier Urra

Fragmento

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Prólogo
de Espido Freire

En alguna ocasión he dicho que una charla con Javier Urra logra que el interlocutor se sienta cómodo de inmediato, como si el hecho de comunicarse de manera inmediata y fluida fuera algo sencillo, y no un complicado mecanismo de escucha, atención y empatía. Para que una conversación interesante tenga lugar, uno debe escuchar y el otro debe observarse. Y luego, de una manera cómoda, los papeles se alternan.

Sin embargo, en este libro dejamos la conversación a un lado para pasar a un grado más sofisticado de entendimiento: el juego. Todo buen libro propone un juego al lector: si es una novela, escondido entre personajes y trama. Si es un ensayo, las normas son más claras. En la presente obra de Urra, las instrucciones, esas normas sin las cuales un juego no es tal, se estructuran de manera evidente. El autor nos propone a nosotros, sus lectores, que iniciemos un malabarismo.

Los juegos que enriquecen a los adultos deben obligar a un ligero esfuerzo, a una superación permanente, a un enfrentamiento fructífero, y, por último, tienen como objetivo una satisfacción, un logro. Cuanto más sofisticado sea, mayor será la transformación del jugador desde que comienza hasta que termina la partida. Cuando esos juegos destinados a los mayores no cumplen estos requisitos, no pueden ser considerados ni positivos ni maduros. La satisfacción casi onanista y compulsiva de acumular puntos, la identificación con un héroe en una pantalla hacen que la satisfacción de ganar se agote en sí misma. Sin embargo, las adivinanzas, los enigmas, el duelo de inteligencias que han practicado todas las culturas estaban destinados a educar al niño y a formar al mayor. El juego prepara para la vida; la imita, para que al entregarnos a él solventemos en abstracto dificultades que luego la realidad nos ofrecerá en concreto.

Así, la Escala de Estabilidad Emocional nos ofrece una serie de preguntas. Muchas más de las que, desde luego, nos hacemos, y nos deberíamos formular cada cierto tiempo, muchísimas más de las que estaríamos dispuestos a contestar ante un extraño, que nos desnudaría con su mirada y sus conclusiones. Pero partimos con ventaja: solo contestamos ante nosotros mismos. No hay juicio, no hay censura. Como dice Urra, es «una prueba para conocerse y, si se desea, mejorar».

La primera tentación ante los cuestionarios iniciales es responder rápidamente, contar los puntos (del 0 al 4 por pregunta) y comprobar cómo de averiada está nuestra escala emocional. Puede hacerse, desde luego. Nadie estará mirando. Pero yo, y me atrevo a decir que nuestro psicólogo autor también, recomiendo la calma. Conocerse no es tarea fácil, y ni mucho menos se puede abordar con prisas. Escoger entre un 2 y un 3 exige recordar algunas situaciones, evaluarse y decidir. El camino enriquece el resultado. Una mirada sincera, y amorosa hacia nosotros mismos, servirá infinitamente más que una puntuación alta.

Pero la cosa luego se complica. No hay notas: y el examen no ha acabado. Falta considerarse si somos extrovertidos o introvertidos, definirnos en las palabras de otros. Cuando creíamos que ya habíamos superado la barrera y obteníamos el premio, las preguntas continúan. Son directas y dolorosas, a veces; en otras ocasiones, liberadoras. Las palabras tienen un peso, una textura. En una sociedad dominada por los impulsos sin control, la palabra obliga a detenerse y a pensar. Las preguntas, si se contestan después de haber sido escuchadas, sirven como un antídoto para la superficialidad.

Y así llegan algunas cuestiones mucho más peliagudas: «Si usted se demenciara, ¿quién le daría cariño?». «¿Qué cree que deberían los demás envidiar de usted?». «¿Qué porcentaje de su tiempo lo dedica a la apatía? ¿Conoce su sombra? ¿Sabe convivir con ella?».

Nadie dijo que el juego fuera sencillo. La sencillez ha de encontrarse en las emociones, no en los procesos. La lucidez no garantiza la felicidad, pero la ignorancia y la negación conducen directamente al abismo. No: a veces asumir que se debe mirar sin telarañas («¿Qué siente ante una telaraña perlada de rocío?») conduce a una tristeza serena. Cada cual debe saber cómo es y si puede o no soportarse.

Para facilitar esos tránsitos molestos, para suavizar las aristas que descubriremos, y para entibiar el frío camino mientras se mejora, Urra recurre al arte: películas, cuadros y un listado de canciones en las que el alma (¿existe, además de la mente?) encuentra, si lo desea, un respiro. La naturaleza y la naturaleza humana, los dos grandes consuelos para el filósofo, que es, en cierta distante y abstracta manera, un psicólogo de su época.

Precisamente por eso —porque no podemos contar nada sobre nosotros sin contarnos, y sin, de paso, contar sobre los otros, aquellos a los que no conocimos pero nos marcaron como país, como sociedad—, el libro finaliza con una mirada a grandes personajes y grandes hitos que nos han herido o afectado, en su vileza o en su esplendor, por su crueldad o porque la vida nos colocó en esa generación. El juego está ahí. Cada etapa nos introduce a una dificultad mayor: el final es, como en todas las buenas conversaciones, un principio. Y así, si tras cerrar el libro no se sienten del todo cómodos, no lo achaquen al interlocutor. Como he dicho al inicio de este prólogo, Urra logra que la conversación sea fluida y cómoda. Pero los fantasmas que acechan en el interior no nos lo van a poner fácil.

No se preocupen demasiado: sigan jugando, continúen con la siguiente cuestión. Porque cada pregunta es un fogonazo, un destello, y como todos sabemos, nada desvanece los fantasmas más rápidamente que la luz.

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Introducción

«Algunos creo que hubo tan discretos

que no acertaron a compararse

sino a sí mismos».

MIGUEL DE CERVANTES

Usted ha sido invitado a explorarse. Lea, relea, destine tiempo para apreciar la resonancia, debata consigo mismo, intente ver nuevas perspectivas... En todo proceso de descubrimiento, aprendizaje y transformación se precisa de un DIÁLOGO INTERIOR. No se trata de solo expresarse, sino de encarnarse.

Esta escala-libro da gran importancia al EVALUADOR INTERNO, para en lo posible transformar en benéfico lo que ocasionalmente genera desencuentros y sufrimiento. Y es que salvo excepciones nuestros problemas y frustraciones no son ocasionados por una voluntad ajena y adversa llamada destino.

Hay puertas que se abren desde dentro, las transformaciones psicológicas se apoyan en el autoconocimiento y autoconvencimiento. Consciente del riesgo de autoengaño y de resistencia en la dinámica psicológica interpersonal, me permito compartir este libro tras una dilatada práctica clínica donde he podido constatar que las personas entablan una escasa comunicación intrapersonal, que tienen dificultad para la introspección y que tienden a la confusión no solo en las respuestas, sino en las preguntas que se formulan. Este no es un libro de ciencia, es un libro para divulgar, no vulgar.

Así facilito herramientas útiles para establecer ese diálogo interior tan necesario. La Escala de Estabilidad Emocional, que es la parte clave de este libro que tiene entre sus manos, es un instrumento psicológico adaptado para ayudar a que usted se conozca y, en cuanto lo desee, mejore.

Los cuestionarios que facilito, fruto de mi experiencia clínica como doctor en Psicología y doctor en Ciencias de la Salud, buscan abordar de forma global aspectos que nos orienten en cuanto al rango de mantenimiento de ESTABILIDAD EMOCIONAL y también trabajar la capacidad de recuperación de la misma, ayudándonos a predecir el ajuste personal, de pareja, familiar, relacional, laboral y cívico.

En busca de la estabilidad: algunas pistas

«Buscamos por todas partes fuera de nosotros mismos tratando de encontrarnos».

CATHERINE INGRAM

Somos seres homeostáticos, nuestra tendencia natural es el equilibrio. A veces, alcanzar este estado no resulta sencillo ni es tampoco posible. Otras veces, nos olvidamos de su importancia y no somos capaces de identificar que la causa de nuestro malestar tiene que ver con una pérdida de la armonía.

La estabilidad emocional y el equilibrio, en numerosas ocasiones, van de la mano. Cuando hablamos de estabilidad no significa que no haya problemas ni aspectos de la vida que nos perturben, no tiene que ver con no experimentar todo tipo de emociones. Una persona emocionalmente estable puede llorar de desesperación, reír a carcajadas, sentir miedo, enfadarse... Quizá la diferencia con una persona inestable, más bien, radique en su manera de gestionar la vida y los acontecimientos diarios, en su manera de estar y mirar al mundo, y en la satisfacción con uno mismo y los demás.

Es cierto que algunas características innatas y otras que se han ido forjando con el tiempo, debido al ambiente y a nuestras experiencias, nos predisponen a ser más o menos inestables, pero igual de cierto es que podemos trabajar y caminar en dirección a la estabilidad, ya que hay muchas cosas que quedan de nuestra mano y que igual no las hacemos porque no somos conscientes o no nos las hemos planteado nunca. A veces, realizamos las cosas por costumbre, o porque no conocemos otra forma de efectuarlas, pero esto no quiere decir que no haya otras alternativas, y que nosotros no podamos elegirlas y mantenerlas al ver que hay algo que empieza a funcionar mejor.

Lo importante es no asumir todo lo que se va a compartir a continuación como un decálogo, lo ideal sería poder reflexionar sobre ello, poder experimentarlo y ver qué le funciona a cada uno, porque no podemos obviar que no a todos nos sirve lo mismo. Pero al final vivir es eso, un constante ensayo y error. Se trata de probar, pero no de hacerlo en balde. Para poder saber qué es lo que queremos, qué es lo que nos gusta, dónde nos sentimos más cómodos..., hay que contemplar varias alternativas, ponerlas en práctica y después reflexionar y mirar hacia dentro para elegir con qué nos quedamos y qué no nos vale.

Podríamos empezar por probar a centrarnos en el momento, en el presente, en el aquí y ahora. ¿Por qué? Porque las cosas que pertenecen al pasado no vamos a poder cambiarlas, y hay que dedicarles tiempo en la medida que nos permiten aprender, y una vez adquirido el aprendizaje no quedarnos anclados a ellas y seguir. En cuanto al futuro, por supuesto que está bien que de vez en cuando pensemos en él, pero se trata de no obsesionarnos, de no dejarnos invadir por los «y si...» que son infinitos y ni siquiera sabemos si llegarán. Sin embargo, la vida es finita, todos dejaremos de estar y ninguno sabemos cuándo. Es una realidad tan cruda como ineludible; por eso vivir cada día con todos nuestros sentidos va a ahorrarnos muchas complicaciones, porque el tiempo en el que nos concentremos al cien por cien en lo que estamos haciendo será tiempo que no invertiremos en cavilaciones, elucubraciones, culpabilizaciones... que muchas veces solo nos llevan a sentirnos peor y no resuelven nada. De nuevo, lo esencial es el equilibrio. Equilibrio entre vivir y pensar, preferiblemente en este orden.

También podemos empezar por pararnos a averiguar qué es lo que queremos; esto a veces puede resultar una tarea ardua y complicada e incluso puede durar una vida, pero no seamos pesimistas, ya que hay algunas personas que, desde un principio, lo tienen claro. Saber lo que queremos es tan importante como valorar si los costes de lo que vamos a tener que hacer para conseguirlo no van a superar los beneficios. Esto es algo que va a depender de cada uno, por lo que es interesante conocerse bien y ser honesto con uno mismo. Para hacer este balance es importante que nos planteemos a qué vamos a tener que renunciar para conseguir aquello que queremos. Imaginemos que nos proponemos opositar para conseguir «X» plaza. Es evidente que el hecho de tener esa plaza va asociado a un montón de cosas positivas que queremos, pero para conseguirla vamos a tener que dejarnos por el camino muchas cosas, ya que el estudio requerido va a suponer un sacrificio muy grande. A muchas personas les compensará y no vivirán de una manera drástica el esfuerzo titánico que van a tener que hacer; otras no podrán soportarlo llegando incluso a enfermar física y psíquicamente. En el segundo de los casos, ¿realmente merece la pena? Igual no. Igual lo más razonable sería que esa persona buscase otras alternativas que encajen mejor con ella y con sus características personales, porque no todas las opciones sirven para todo el mundo, aunque este no es un debate en el que vayamos a entrar. Esto no quiere decir que haya unas personas mejores que otras, quiere decir, simplemente, que somos muy diferentes. Así que igual de inteligente es luchar cada batalla como darnos cuenta de cuándo hemos perdido la guerra y saber retirarnos con la cabeza bien alta, habiéndolo intentado y habiendo aprendido algo realmente necesario: no siempre se gana.

Tenemos que tener presente, como bien dijo Ortega y Gasset: «Yo soy yo y mi circunstancia, y si no la salvo a ella no me salvo yo». Esta premisa podría ser perfectamente una máxima universal. No podemos descontextualizarnos, el «yo» no está aislado, está rodeado de todo, está integrado en un todo. Por eso, cuando nos miremos, tenemos que mirar también lo que está a nuestro alrededor, nuestras circunstancias de vida, porque sí, efectivamente, cada uno tenemos las nuestras y son únicas e intransferibles. Van a tener un gran peso en nuestra existencia, en nuestros actos, en nuestra forma de pensar, de ser, de sentir...

El comportamiento de las personas, normalmente, se puede explicar a partir de su contexto, de las condiciones de su día a día, por eso no hay que dejarlas de lado, no se pueden omitir. Se trata de entender(nos), no de juzgar(nos). De ir más allá y no quedarnos en el qué, sino de perseguir el porqué. Por ejemplo, alguien en un momento puntual nos da una mala contestación que está fuera de lugar, nosotros podemos pensar «qué antipático y maleducado es» o intentar ver por qué lo ha hecho. Igual esa persona ha tenido un día horrible, en el que todo le ha salido al revés, y lo último que le apetece es relacionarse con nadie. ¿Se entiende? Sí. ¿Se justifica? No, pero ese ya es otro tema.

Y esto se puede extrapolar a la forma de ser de las personas. En el ejemplo se habla de un hecho puntual, una persona que normalmente no es arisca, un día lo es, y lo es «por esto, por esto y por esto». Pero ¿qué pasa con una persona que es desagradable siempre? «Es que es así y punto». Bueno, podemos pensar eso o podemos plantearnos que algún día no fue así y que los acontecimientos de su vida le han ido dando esa forma. Igual detrás de esa persona tan huraña, que nunca sonríe, hay una historia que nos lo podría explicar todo, hay unas circunstancias que han forjado ese carácter. Por eso, en palabras del gran filósofo Platón: «Sé amable, pues cada persona con la que te cruzas está librando su ardua batalla». Por cierto, comprender no es compartir.

Claro que a veces es complicado conocer la historia de las personas con las que nos relacionamos a no ser que alguien nos la cuente o nos la cuenten ellos mismos. Pero... ¿qué hay de nosotros? Probablemente nadie conozca mejor nuestra historia y ¿cuántas veces nos paramos a contárnosla o a pensar sobre ella? Unos más que otros, pero no suele ser lo habitual, cuando una de las herramientas más potentes que tenemos para el cambio es la reflexión y comprensión de dónde venimos y cómo hemos llegado hasta aquí. Lo que somos a día de hoy es el resultado de las experiencias que hemos ido acumulando a lo largo de los años, incluso las cosas a las que no damos importancia cuentan. Somos un cúmulo de acontecimientos, una madeja de vivencias que tenemos que desenredar. Y un anhelo, una expectativa.

Podemos probar a escribir nuestra propia biografía o hacer un eje cronológico donde ubicar nuestras diez mejores vivencias y nuestros diez peores momentos. Una vez que lo hayamos realizado podemos intentar ver qué factores comunes hay cuando estábamos bien y qué elementos se repiten en aquellos que consideramos los sucesos más nefastos de nuestra historia. También podemos ver si a partir de esos hechos, que ubicamos en el tiempo, algo cambió en nosotros o en nuestras vidas en general ya sea para bien o para mal.

Conocerse a uno mismo y entenderse es un largo viaje que iniciamos cuando nos consideramos preparados y probablemente nunca terminamos, no porque no lleguemos a nuestro destino, sino porque somos seres dinámicos, que estamos en constante movimiento.

A veces es necesario perderse por dentro para poder encontrarse con los demás, para poder relacionarse con el «tú» desde el «yo», depositando en cada uno lo que corresponde. El primer paso para poder dar amor es darse amor a uno mismo y no quedarse ahí. Es difícil querer bien a otros si ni siquiera nos queremos a nosotros mismos. De la misma manera que puede resultar complicado que los demás nos quieran, nos respeten, nos acepten como somos... si no somos capaces de hacerlo con nuestra propia persona.

Somos seres sociales, pero esto no quiere decir que tengamos que estar las veinticuatro horas rodeados de gente. Es bueno aprender a estar solos, a amar la soledad no impuesta, a buscar momentos para uno mismo. No es lo mismo querer a la otra persona y elegir pasar tiempo con ella que necesitarla y depender de ella. De hecho, una vez que ya somos adultos, desde la dependencia es precisamente desde donde se construyen las relaciones patológicas.

Tan importante como el «yo» es el «tú». Igual de patológica que la dependencia puede llegar a ser el aislamiento. «La felicidad solo es real cuando es compartida», una frase de Tolstói que rescato de la película Hacia rutas salvajes, cuyo protagonista deja todo lo que tiene y se va a recorrer Alaska en solitario mientras se busca a sí mismo, llegando finalmente a esta conclusión. Es interesante que sepamos compartir la vida, la felicidad, con los demás. Encontrar el equilibrio entre el «tú» y el «yo», entre nosotros y el resto. Para ello es importante saber cuidarnos, cuidar a los otros y dejar que nos cuiden. Es una ecuación que se resuelve cuando nos damos cuenta de cuánto necesitamos al otro. Cómo y cuándo nos sentimos más cómodos, pero sin dejar de lado ninguna de las tres incógnitas. De nuevo, tenemos que mirar hacia dentro y observarnos. Sonreír al mundo y dejar que este nos sonría. Al final, la clave muchas veces está en la bidireccionalidad, en la reciprocidad, en hacer con los demás lo que nos gustaría que hiciesen con nosotros o lo que ya sabemos que les gusta que hagamos con ellos. Por eso, al igual que tenemos que dedicarnos tiempo a nosotros mismos, también tenemos que dedicárselo a esas personas que son tan especiales en nuestras vidas.

Una cualidad o habilidad que nos facilitará nuestras relaciones con los demás es la empatía. Es decir, la capacidad para ponernos en el lugar del otro, para saber y entender cómo se siente en un momento dado. Esto muchas veces es algo que hay que aprender. Nos resultará más fácil si lo hemos visto desde pequeños, si nuestros padres y familiares más cercanos eran empáticos; si no es así tendremos que aprenderlo en algún momento y ponerlo en práctica en nuestro entorno. Podemos actuar como referentes, intentar servir a los demás como ejemplo, hacer que el resto se contagie de esas ganas de hacer las cosas de una forma positiva para todos y para uno mismo. De la misma manera que podemos fijarnos en otros que nos sirvan como modelo para adquirir características que nos ayuden a vivir y convivir con los demás. Sin quedarnos estancados, sin limitarnos al «yo es que soy así», porque que «seas así» no significa que, con trabajo y buena predisposición, no puedas ser de otra manera.

Es verdad que algunos atributos tienen cierta carga genética o que tenemos predisposición a algunas tendencias de comportamiento. Sí, las diferencias individuales existen, y sí, muchas están configuradas biológicamente e influidas por los acontecimientos que hemos ido viviendo desde nuestra infancia. Pero eso no quiere decir que escapen de nuestro control y que no podamos hacer nada para intentar regularnos en el caso de que algunos de nuestros rasgos, formas y maneras no sean adaptativos y nos compliquen nuestra interacción con el mundo. Claro que tenemos que querer y a veces se precisa de ayuda profesional para que alguien nos guíe, nos oriente, nos dé unas pautas para saber cómo hacerlo. Otras veces podemos servirnos de nosotros mismos, pero para ello tenemos que mirarnos mucho por dentro además de poseer una gran capacidad de introspección y gestión (tanto emocional como conductual), y sobre todo tener ganas, ganas de querer darnos lo mejor de nosotros mismos y dárselo también al mundo.

Querer aprender, querer crecer. Pero a la vez dejando(nos) ser, dejando(nos) fluir. Se trata de cultivar(se), de arriesgar(se) y a veces salir de la zona de confort, porque aunque esta sea donde uno más seguro se siente, eso no significa que sea donde mejor está. Esto quiere decir que no se trata de hacer un cambio radical, se trata de saber ver cuáles son nuestros potenciales y exprimirlos al máximo a la vez que intentamos pulir nuestras durezas, las piedras que no nos dejan avanzar porque nos pesan y les pesan a los demás. Pero siempre siempre manteniendo nuestra esencia.

Para esto es importante tener una mente abierta y capacidad de adaptación. Nos ayudará apreciar los detalles, pero sin olvidar integrarlos en un todo. Ya que ese todo va a ser nuestro hilo conductor, el que le dé sentido a nuestra historia. La parte que vamos a mantener de nosotros para conservar nuestra esencia mientras vamos introduciendo pequeños cambios que maticen. Es como intentar ser siempre la misma melodía, pero haciendo variaciones en función del momento en que tengamos que sonar, como si fuésemos la banda sonora de esa película titulada Vida.

Vamos a invitarnos a descubrir, a emprender, a crear. Vamos a hacer que pase. Nadie va a vivir por nosotros. Quedarse sentado mirando es una opción, supongo que tan válida como cualquier otra, pero igual, si es la que elegimos, nos resulta más complicado sentirnos plenos, autorrealizados y darle un sentido a nuestra existencia.

Habrá momentos en los que forzosamente tengamos que ser espectadores porque hay algunas cosas que no dependen de nosotros o que no tienen una explicación que nos sirva. En estos casos nos tocará resignarnos y asumir que siempre va a haber alguna variable que escape de nuestro contro

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