El sexo de las madres

Sonia Encinas

Fragmento

cap-1

NOTAS DE LA AUTORA

Puede ser impactante descubrir que una madre tiene una vida aparte de sus hijos. Eso pensaba ahora, después de escribir en mi diario, mientras mi hijo retoza en el sofá recuperándose de su laringitis, y a mí, que quiero estar con él, me asaltan pensamientos de todo lo que querría estar haciendo ahora sin él.

La maternidad te conecta con tanta ambivalencia que, como no escuches a otras y pienses que solo te pasa a ti, crees que estás realmente loca. ¿Puede que si un día mi hijo lee lo que escribo le sorprenda encontrar a alguien con una vida más allá y más acá de él?

Las madres pueden ser absolutas desconocidas para sus hijos. Y está bien. Pero no lo son para otras madres.

No deja de sorprenderme cómo el discurso que se impone acerca de la sexualidad de las mujeres es que tienen menos deseo sexual. ¿Perdón? La vida sexual no está aparte. No podemos desconectar de la vida para tener sexo. Va todo juntito.

Quizá el problema no sea tu libido, ¿no?

Vives con la sensación constante de que no llegas.

Te pones el despertador, sales de casa corriendo y pasas un rato en el medio de transporte hasta tu trabajo.

Si eres madre, levantas, vistes, soportas alguna batallita, le das a tu peque un desayuno sencillo (pero nutritivo, ¿eh?), tú ni desayunas, preparas su almuerzo... y sales volando.

En el trabajo te esperan ocho o nueve horas en una silla, apagando fuegos, con la sensación de que no haces lo suficiente.

Quizá te quedas un rato más que no se te reconoce o quizá corres para recoger a tu peque (del cole, de casa de las abuelas, de una cuidadora).

Estás derrotada. Te tirarías en el sofá. Y no puedes. Siempre te queda algo pendiente. ¿Lavadora? ¿Deberes? ¿Un curso al que en algún momento te apuntaste?

Puede que tengas pareja y hagáis un buen equipo. O posiblemente no y veas que recae sobre ti mucho más trabajo de ese que no te valora nadie, pero que no puede dejarse sin hacer.

«Joé, tía, te rayas mucho», «Eres una loca de la limpieza», «Tú lo haces mejor», «Los niños quieren que les duermas tú», etcétera.

Muchos días estás harta y sueñas con irte a un resort SOLA. Es que ni con un/a amante fantasearías. O sí (pero que luego se vaya a su casa).

Es muy fuerte comprobar el porcentaje enorme de mujeres que a «¿Qué tal estás?» contesta «Cansada». Cansancio naturalizado. Cansancio crónico.

Otra pandemia.

¿Que dónde está la libido de las mujeres? Pues quizá en esa trigésima lavadora que no pusiste o en esa quincuagésima vez que no pensaste la lista de la compra o dormiste a tu peque o interpretaste las ganas de cariños como un coito en potencia. O quizá en esa ropa sucia que se pasó siete días tirada en el suelo. O en el polvo, pero el que no limpiaste.

Y no nos engañemos. Si alguna no está cansada o comparte su vida con alguien corresponsable, no significa que este problema no exista. Por cada afortunada, hay decenas de mujeres a su alrededor tremendamente desgastadas.

Lo veo cada día.

No podemos seguir hablando de deseo sexual sin contexto. No podemos hablar de libido sin espacio para el autocuidado. No podemos hablar de follar sin abordar antes la corresponsabilidad.

No es que las mujeres deseen menos.

Es que están hasta el coño.

He intentado escribir para todas. O quizá, demasiado ambiciosa, he querido escribir desde todas. He tratado de hacer malabares con el lenguaje, incluir todas las posibilidades, y hasta he temblado al darme cuenta de que presento una imagen de la maternidad y la sexualidad absolutamente sesgada por mi mirada de mujer feminista, heterosexual, que tiene una relación de pareja sólida, disfruta de una situación socioeconómica privilegiada y vive su sexualidad con mucho permiso, alegría y libertad. Y, aun así —ojo con caer en el romanticismo o la idealización—, una mujer que tiene sus mierdas.

Así que aquí hablo de mí y hago uso de las vivencias de otras mujeres y parejas a las que he acompañado durante todos estos años o que forman parte de mi entorno, protegiendo siempre su privacidad e intimidad. Sí, existen muchas diferencias entre unas y otras. Pero también existen infinidad de similitudes. ¡Y soy consciente de las muchas realidades que no puedo ver, aunque intente con mucho esfuerzo —y quizá no tanto éxito— tenerlas en cuenta! Así que estoy segura de que, aunque en las próximas páginas no todo hable de ti, algo sí lo hará. Quédate con lo que te pueda servir.

Ha sido muy interesante escribir este libro en tres tempos entremezclados. Pero necesito que lo sepas: muchos de los textos, aunque han sido editados, fueron escritos durante mi propia experiencia en el embarazo y posparto. ¡Y menos mal! Porque desde el lugar en el que estoy ahora, cinco años después, he perdido el acceso a todos esos matices que, cuando releo, me parecen fascinantes. Parí en 2019, y considero que el posparto dura dos años. Mi posparto, por tanto, es relativamente reciente; sin embargo, el cambio de la vida sin hijo a la vida con el bebé fuera de mí fue tan drástico como ahora siento que ha sido salir del universo puerperal. Menudo viaje.

El segundo tempo fue empezar a revisar, corregir y redactar cuando salí de la etapa posparto, durante el despuerperio, mientras recuperaba algunos espacios en mi cuerpo, en mi mente y en mi día a día. Entonces el lenguaje puerperal aún me resultaba propio, lo sentía cerca, me interpelaba. Maticé algunos puntos de mis textos escritos en pleno posparto, porque cuando los leía me parecían demasiado absolutos y románticos. Es curioso, pero mi vivencia del posparto era mucho más amable que el relato que he generado después de esa etapa, que ahora me parece demasiado exigente y asfixiante.

No sé si a otras mujeres les pasará igual. Sospecho que sí, porque si algo he aprendido de la maternidad es que, incluso en aquellas emociones o pensamientos que más te avergüenzan, no estás sola ni eres rara. La maternidad es una experiencia universal. Han pasado cinco años, sí, pero aún estoy en pañales en esto de la maternidad, me veo como una impostora a veces. Una mala madre, otras. Siento que mi maternidad es a menudo una lucha por preservar mi individualidad, para no perderla en mi yo madre.

Y así es como llego al tercer tempo en el que está escrito este libro, ya pasado el despuerperio. Estos años he sentido emociones de rechazo e incluso miedo al posparto transitado, con actitudes de lucha por recuperar partes de mi yo anterior y espacios que antes tenía, pero ahora no. No sabría decir si en este periodo despuerperado, mi emoción protagonista es la frustración, la rabia o el pormisantocoño.

En este tercer tempo, he vuelto a revisar mis escritos para flexibilizarlos y convertirlos en una experiencia más inclusiva. Me he visto corrigiendo comentarios como «Parir nos hace poderosas», «Las madres somos la hostia» o «La sexualidad maternal nos conecta con la sabiduría sexual usurpada». He tenido que corregir cosas así, porque en pleno posparto me parecían verdades absolutas, dijera nadie lo que dijera. Pero ahora, fuera del colocón puerperal, dudo: por un lado, sé que fueron mi verdad y son la de muchas. Siento que, de veras, la experiencia maternal es una absoluta subversión del sistema y la sexualidad patriarcal —y aquí empieza la ambivalencia, porque esto es así siempre y cuando no nos sometamos, a lo que hay que oponer resistencia, lo que conlleva un coste en salud mental—; por otro lado, lo último que querría es trasladar la idea de que solo a través de la experiencia biológica maternal podemos recuperar la sabiduría sexual que el sistema nos ha usurpado a las mujeres. Ni de lejos —y de nuevo la ambivalencia que me lleva a enloquecer, porque escribo ni de lejos y siento que soy una bienqueda y una estafadora, pues una parte de mí sí cree que la experiencia biológica maternal es una vía única hacia esa sabiduría—.

¿Y por qué siento la necesidad de justificarme? ¿Por qué me resulta tan evidente que hay otras experiencias vitales —y también maternales— que te aportan aprendizajes únicos que yo no experimentaré y no puedo decir lo mismo de la maternidad biológica? Creo que es porque la maternidad biológica está colocada en una categoría de poder y prioridad mayor en la escala de la feminidad normativa. Es decir, el sistema espera de las mujeres que se reproduzcan y paran a sus criaturas. Y el resto de las experiencias femeninas y maternales han tenido que luchar y luchan por un reconocimiento y lugar, además de que, en algunos casos, conllevan duelos y dolor. Así que ¿qué tipo de persona sería yo si transmitiera el mensaje de que «Solo tú, madre que has parido, puedes acceder a una sabiduría ancestral que nos han robado hace siglos» a una mujer que desea atravesar esa experiencia y no puede? No me atrevo a responderme.

Estos tres tempos son, al fin y al cabo, tres partes que conviven en mí. Quizá es hora de que dejemos de fingir que no somos seres complejos e incoherentes. Quizá haya que dejar de asumir que existe en nosotras una única versión o que, de haberla, nuestra (mi) versión sea incompatible con otras versiones.

He procrastinado este libro. Me da miedo. Contiene mucha ambivalencia, lucha por contar mi verdad (que choca, reconozco, con otras verdades que conozco) y batallas entre razón, conocimiento y experiencia emocional. Con las vueltas y vueltas que ha dado este manuscrito, redactado con años de retraso y rascando ya horas a mis acompañamientos, a mi descanso, a mi vida familiar —¡y a mi hijo!—, y en plena desesperación por conciliarlo todo durante los meses de verano en los que eso de conciliar demuestra ser una absoluta ficción, es un honor que me acompañes. Solo espero que abras tu cuerpo a este viaje y que, a pesar del oleaje, te lleve al final a buen puerto.

Te pido disculpas de antemano si algo de lo que lees aquí te remueve, incomoda u ofende.

PERO ¿POR QUÉ A LAS MUJERES NOS CUESTA

MÁS PEDIR PERMISO QUE PERDÓN?

PRIMER ATAQUE DE ANSIEDAD

Gloria, mi psicóloga, me ha dicho que renuncie a la idea de escribir este libro con todo lo demás ordenado. Hace justo un año que empecé a hacer terapia con ella, después de dos intentos con otras profesionales a las que terminé abandonando, muy seguramente por mis expectativas desajustadas de que alguien me arreglara (el malestar). A la tercera va la vencida, dicen.

Desde que soy madre, he conocido la ansiedad, una emoción que antes me era ajena. Recuerdo el día que sufrí lo que después supe que era un ataque de ansiedad. Enero de 2021: acabábamos de salir de casa después de unos días encerrados por la borrasca Filomena; mi hijo tenía diecisiete meses y estaba en plena fase de exploración bípeda del mundo. Casi un año después del primer confinamiento mundial por la covid-19, mi pareja dio positivo por primera vez en una prueba. Sergi estuvo confinado diez días —después volvió a trabajar— y nuestro hijo y yo —que no dimos positivo en ningún momento— tuvimos que permanecer en casa el doble de tiempo. Cada profesional al que llamaba, desesperada, me daba una pauta distinta. Parecía que el protocolo podía ser interpretado de distintas maneras, y lo mejor era que nos quedáramos en casa hasta pasar las tres semanas por si dábamos positivo en algún momento.

Hacía pocas semanas del destete total y coincidió con una época de noches horribles. Las peores que hemos pasado. Despertares entre llantos, rabietas de madrugada que duraban horas y mi convencimiento de que, si pasaba una noche más así, iba a enloquecer. Y luego, el día entero encerrados en casa. Así, semana tras semana. Tic, tac, tic, tac.

Una de las tardes que pasé sola con mi hijo, hacia el final, fue tal mi nivel de angustia y soledad —junto a la incredulidad por saber que Sergi podía salir a trabajar y nosotros, ni siquiera dar un paseo al aire libre— que, presa de la claustrofobia y el miedo a encontrarme así estando a cargo del peque, lo metí en el carrito, me puse la mascarilla FP2 y me escapé.

Mi sistema nervioso respondió a la altura de una huida de prisión con los cuerpos de seguridad pisándonos los talones. Ese día de enero hacía un frío que pelaba y debajo de la capucha, tras la mascarilla, rompí a llorar. Mandé un mensaje a mi pareja para que nos encontráramos a medio camino y, cuando lo hicimos, le dejé el carrito y le pedí que tiraran para casa. Yo iría, a mi ritmo, detrás. Mientras ellos se alejaban, las lágrimas congeladas sobre mi cara dieron paso a un hormigueo y, a continuación, a la paresia en la mitad del rostro. No recuerdo si fue el lado derecho o el izquierdo. Jamás me había pasado algo así.

Pedí cita (telefónica) de urgencia, mi médica estaba de baja, y un médico me llamó a los dos días. Me recetó diazepam. Lo tomé durante tres días, hasta que mi médica —madre de tres— se reincorporó y, un día antes de cumplir los veintiún días de encierro, me dijo que no compartía la pauta que nos habían dado, que era preferible salir a la calle y dar un paseo lejos de la gente que perder la salud mental, y nos dio el alta. Fue la primera vez que me topé de frente con la palabra ansiedad, pero no sería la últi

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