Estado Civil: cansada

Ana Morales
Ana Morales

Fragmento

Introducción

Introducción

Son las 5.30 de la mañana. Suena el despertador como cada día de lunes a viernes desde que me declaré (sin saberlo) miembro del club de las 5 de la mañana. Antes de conocer que levantarse al alba para intentar llegar a todo lo que me he propuesto tenía nombre de best seller —el que el experto en liderazgo Robin Sharma convirtió en libro en 2018 y posteriormente en fenómeno—, yo ya probaba las mieles de lo que cunde el día cuando lo comienzas a esas horas (siempre fui más de madrugar que de trasnochar). Lo de que «A quien madruga, Dios ayuda» admite muchas interpretaciones (y más cuando no eres creyente). Pero en mi caso, desde que compaginaba mis últimos años de carrera con mi trabajo a tiempo completo, era la única manera que encontraba para intentar «llegar a todo». Recién cumplidos los veinte ya tenía esa losa, como la mayoría de las mujeres en la actualidad, de aprovechar bien el tiempo para tener una carrera de éxito; un trabajo que me gustase; el tiempo y las ganas para ir al gimnasio porque generas muchas endorfinas; hacer planes con mi pareja/mis amigos/mi familia porque en las relaciones sociales está la clave de la felicidad…

Una lista de «tengo que» que las mujeres hemos asumido porque, dicen, nuestro papel en la sociedad ha cambiado. Una lista que —sin ánimo de ser pesimista— va in crescendo a medida que pasan los años. Si ya a los veinte me «faltaban horas en el día» —que expresión tan manida y tan cierta—, a los cuarenta y tres me levanto pensando, muchos más días de los deseables, en la hora de meterme en la cama, y eso cuando me siento optimista. Y directamente en la jubilación cuando tengo un mal despertar. No parece el mejor comienzo del día, la verdad. Digamos que vivo en una astenia primaveral constante todo el año. Y a juzgar por lo que veo a mi alrededor, el cansancio y el agotamiento extremo son el pan nuestro de cada día. Ahora, cuando preguntas a alguien qué tal está, no te responde bien, mal o regular, sino cansado o cansada.

Volviendo a mi particular lista de tareas, he sumado otras tantas cosas, muchas autoimpuestas, que hacen que haya días que no acaben nunca (otra frase popular entre nosotras, las mujeres cansadas). Ahora mi tetris mental y logístico se han complicado notablemente. Porque tengo hijas, un marido, una hipoteca que pagar… y el (simple) deseo de levantarme tan pronto simplemente para disfrutar del silencio o de un café en paz mientras mi familia duerme. No, no meto todas estas circunstancias en el mismo saco, simplemente se trata de una descripción de mi situación, y me atrevería a decir que es bastante similar a la de muchas otras mujeres. Y no pretendo demonizar la felicidad de la vida adulta, pero la realidad es que vivimos cansadas (como me dijo una compañera de trabajo a primera hora de un martes cualquiera en el que me lamentaba de lo agotada que estaba). Incluso el servicio de salud británico le puso nombre médico a la sensación eterna de cansancio que padecemos hombres y mujeres (TATT, tired all the time). Y los médicos no paran de recibir consultas sobre esa sensación que, tras los análisis y chequeos pertinentes, suele terminar afortunadamente en un diagnóstico de fatiga sin signos médicos que la justifiquen, más allá de un «alto nivel de estrés». Somos una sociedad cansada, hombres y mujeres lo estamos. El cansancio no es territorio exclusivamente femenino. Este libro aborda el caso concreto de las mujeres porque nuestro agotamiento es muy particular y en muchos puntos bastante diferente al que experimentan los hombres. Ellos también se sienten exhaustos, pero los condicionantes físicos, psicológicos, históricos y sociales que rodean a las mujeres son especiales.

El estrés cansa. Y cansa mucho. Y el cansancio genera estrés, mal humor y toma de decisiones incorrectas, en todos los aspectos, que desembocan en un círculo vicioso y peligroso que seguramente te suene. Te levantas cansada. A la una del mediodía, si no es antes, estás deseando que acabe el día. Pero como eso no ocurre, te atiborras a café con azúcar o edulcorantes artificiales aun sabiendo que son veneno, pero a veces no queda más remedio que ignorar esas presiones por hacerlo y comerlo todo bien. Comes regular y posiblemente bastante dulce para ir por la vía rápida, lo que te pone por las nubes el pico de glucosa. Y a veces incluso contestas mal a tu pareja, a tu madre o a tus hijos —ya se sabe, la confianza da asco— porque no te tienes en pie y todo te molesta.

Y sin afán de ser pesimista —tan solo un tanto irónica en este retrato robot de nosotras, las mujeres cansadas—, sumo a estos problemas del primer mundo que tanto cansan el deseo lícito de autocuidarse y cuidar lo que se come. Y el hecho de que para lograrlo también hace falta eso de lo que nuestra vida carece: tiempo. Por mucho que hablemos de organización y planificación, no siempre resulta fácil cocinar esa receta saludable y rica que triunfa en TikTok para la que necesitas ingredientes que no encuentras en el supermercado de al lado. Tampoco es fácil endulzarte el café con un edulcorante natural y no con la demonizada sacarina que, si bien no aporta calorías, inflama casi más que una Coca-Cola con mucho gas. Otra vez la falta de tiempo y de energía. En mi caso, en el que he consagrado mi vida a hablar de buenos hábitos y vida sana debido a mi trabajo como periodista de belleza y bienestar, la presión se multiplica. Porque, si bien creo en todo lo que escribo, a veces me resulta materialmente imposible cumplirlo.

A toda esta batería de inconvenientes de la vida moderna se suman —probablemente sea consecuencia y causa a la vez de ese ritmo frenético— los problemas de insomnio que acechan cada vez más a la mayoría de los mortales. Y eso deriva en muchas cosas, ninguna buena. Precisamente por todo eso en los últimos tiempos mi empeño es hacerlo todo fácil para aligerar la presión y la carga mental que me mantiene en alerta. Tal como me explicó la psicóloga María Jesús Álava para uno de mis artículos sobre el cansancio, ese agotamiento que se prolonga durante todo el día es resultado de vivir mecanizados y poco presentes. «Todo el tiempo que estamos dándole vueltas a algo que nos preo­cupa, tenemos nuestro organismo en situación extrema: muscularmente experimentamos una fuerte tensión; nuestro corazón está acelerado, hiperventilamos porque respiramos más rápido de lo normal […]. Al final estamos literalmente agotados», me decía. Cuánta razón tenía, porque yo vivo prácticamente así desde que me levanto hasta que me acuesto.

Por eso, mi propósito desde hace algún tiempo es el de hacerme las cosas fáciles. Es dejar de perder tiempo y energía en pensamientos rumiativos, perdida entre dudas e indecisiones por querer hacerlo todo bien. Estoy entregada a simplificar mi vida (que en ocasiones yo misma complico) con gestos tan sencillos como vestir con básicos y dejar de experimentar con patrones que no me van porque, en mi caso, me estresa. Y tengo el propósito de hacerlo por mucho que mi madre, desde su perspectiva colorful, considere aburrido que vista siempre de negro o gris y se empeñe en hacerme cambiar de opinión cada Navidad regalándome un vestido estampado que sabe que voy a cambiar. Pero ella lo intenta (las madres somos así). Estoy entregada también a tener menos cosas en mi cuarto de baño —lo material también cansa y estresa— y a dejar de perder el tiempo en vacilaciones que no me suelen llevar a ninguna parte. Aunque, claro, no es fácil.

Parafraseando a la doctora Saundra Dalton-Smith —autora de lo más parecido a la biblia del descanso, Sacred Rest—, descansar no es solo algo puramente biológico. Esta experta, que adoctrina en el arte de aprender a descansar, divide los diferentes tipos de cansancio en siete categorías, y nos deja patidifusas a las que creíamos que solo había dos (el físico y el mental). Dalton-Smith habla del físico, el que se soluciona durmiendo, descansando en el sentido estricto de la palabra o con actividades como el yoga o un masaje. También del mental, que implica tomar pequeños descansos durante el día para oxigenar el cerebro y parar el overthinking, tener pensamientos casi siempre negativos todo el rato. Y suma otros cinco tipos de descanso menos habituales en el imaginario popular pero igual de necesarios: el sensorial, para huir del bombardeo de las pantallas y de la hiperestimulación de los móviles; el creativo, para dejar de estar en el modo «solucionar» o «crear», que se alcanza mejor en contacto con la naturaleza o escuchando música, por ejemplo; el emocional, que implica poner límites tanto a uno mismo como a los demás; el social, que supone estar con personas que nos recargan o simplemente solos; y el espiritual. Este último es, quizá, el más etéreo y difícil de materializar y tiene que ver con reconectar con nosotros mismos y con nuestro propósito de vida mediante agradecimiento, meditación, respiración consciente…

Por todo esto, este libro que tienes en tus manos es para nosotras, las mujeres que nos pasamos la vida intentando encontrar hábitos que nos aligeren el día a día, mientras por el camino perdemos la energía, esa que tenemos al límite. Los milagros no existen y no pretendo descubrir la fórmula mágica que nos ayude a hacerlo todo sin suspirar «Qué cansada estoy». Pero con la ayuda de psicólogos, nutricionistas, doctores especializados en sueño y descanso y expertos en bienestar, hormonas y entrenamiento vamos a intentar aliviarlos.

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El cansancio es más cosa de mujeres (madres o no madres)

Mi marido y yo nos levantamos prácticamente a la misma hora: él para salir a correr; yo para hacer barre, esa mezcla de yoga, pilates y ballet que está tan de moda (y que es la única actividad física que ha conseguido engancharme un poquito). Sí, hacemos mucho más deporte que cuando teníamos veinte. La necesidad obliga. Y nos vamos a la cama prácticamente a la vez, pero cuando nos sentamos en el sofá a ver la serie de turno, sabemos perfectamente lo que va a ocurrir: él será capaz de mantener los ojos abiertos y seguir la trama; yo cerraré los ojos, doblaré el cuello en una postura imposible con las gafas puestas y me perderé entre sueños profundos y hasta ronquidos a los cinco minutos. Por mucho que me guste la serie, el cansancio podrá con todo. No sin antes haber repetido durante la cena a modo de letanía: «Estoy agotada».

No quiero decir que mi marido no lo esté, pero hay una mezcla de carga mental, obligaciones, autoexigencia, sentido de la responsabilidad, contexto educacional y social y cuestiones meramente físicas y hormonales que explican que ese agotamiento sea, sobre todo, cosa de mujeres. Ellos también están cansados, pero la forma en que nos sentimos exhaustas, seamos madres o no, difiere de la que experimentan ellos.

El papel de cuidadoras (de todo el mundo)

Uno de los debates candentes en cualquier manifestación escrita, oral o por redes sociales está relacionado con la expresión de este estado de agotamiento cuando no se es madre. Míriam Aguilar en su cuenta de Instagram @holasoymir —también es autora del libro ¿Y ahora qué?— lo expresaba así de bien en uno de sus posts: «No necesitamos ser madres para encajar en la sociedad. No necesitamos ser madres para poder quejarnos de lo cansadas que estamos cuando lo estamos». Una reflexión que provocó cientos de comentarios de otras mujeres que se habían sentido mal por decir que estaban cansadas sin ser madres. Con toda la razón. Cada mujer, con hijos o sin hijos, tiene sus circunstancias y sus necesidades y, por supuesto, todo el derecho a expresar que se siente A-G-O-T-A-D-A. Porque lo está, porque lo estamos.

Aunque el cansancio no es exclusivo de las mujeres, ciertos condicionantes físicos y una particular manera de tomarnos las cosas hacen que ese nivel de cansancio sea más acusado entre nosotras. Si a eso le sumamos el papel de cuidadoras que tenemos interiorizado, parece que hablar de cansancio femenino tiene todo el sentido. Aitana Sánchez Gijón lo explicó así de bien durante una entrevista en La Voz de Galicia: «Esa vocación de servicio, de cuidadoras, termina pasando factura a las mujeres». Hablamos de sostenedoras de la familia como hijas, como hermanas, como amigas. Nos gusta cuidar y nos sentimos con la responsabilidad de hacerlo, pero a veces con exigencias de más.

Y además están las evidencias físicas. Por un lado, los todopoderosos bailes hormonales que nos afectan en diferentes etapas de la vida y se agudizan a partir de los cuarenta. Como me confirma la farmacéutica Marta Masi, especializada en temas de menopausia (ella padece menopausia precoz), «el cansancio extremo es una sintomatología bastante común en mujeres en perimenopausia. Ese desajuste hormonal produce fatiga y baja energía; además, con la privación del sueño en muchos casos debido a sofocos e insomnio, afrontar el día a día suele hacerse cuesta arriba. Esto, sumado a la sintomatología asociada a esta etapa, encrudece el desarrollo normal diario». No lo tenemos fácil, la verdad.

Nuestro cerebro es diferente y necesita más descanso

Por otro lado, algunos estudios afirman que nuestro cerebro no es igual y que, por tanto, necesitamos descansar más que los hombres (gran paradoja). Quizá el que mejor lo explique sea uno llevado a cabo por el Centro para la Investigación del Sueño de la Universidad de Loughborough (Inglaterra) que afirma que las mujeres necesitamos dormir más —concretamente unos veinte minutos— porque usamos y desgastamos más el cerebro.

He preguntado sobre este dato a la neurocientífica Ana Ibáñez, autora de un libro maravilloso, Sorprende a tu mente, con el que es un poco más fácil entender los mecanismos de nuestro cerebro. Y me confirma que las mujeres podríamos necesitar algo más de descanso porque nuestro cerebro tiene una mayor facilidad para la multitarea, esa supuesta virtud de la que durante mucho tiempo hemos presumido pero que claramente ha jugado en nuestra contra.

Que nosotras tengamos una mayor tendencia al multitasking no es tanto una condición genética que venga de serie, sino más bien el resultado de nuestra plasticidad cerebral. Esta nos ayuda a adaptarnos a las demandas de nuestro entorno, y, como tan gráficamente expresa Ana, hace que nuestro cerebro sea capaz de pasar «de una emisora a otra con cierta agilidad». Pero, amigas cansadas, aunque hayamos desarrollado esa habilidad y nuestro cerebro sea capaz de adaptarse a casi todo, la realidad es que cansa. No solo a nosotras, sino a nuestro cerebro, que cuando está enfocado en algo necesita «bajar el volumen de los estímulos porque cuando salta de una tarea a otra constantemente gasta energía adicional en esa transición», recalca Ana. Así que, aunque nos hayamos creído superheroínas por resolver varias cosas a la vez —imagina una escena típica de tu día en la que mientras estás en una reunión respondes mensajes de WhatsApp para organizar el cumpleaños de uno de tus hijos y haces la compra por Amazon creyendo que estás ahorrando tiempo—, la realidad es que ese estado es responsable, en buena parte, de la sensación de cansancio que arrastramos. Las cosas, como decían en el colegio (aunque no haya calado en nosotras), siempre es mejor hacerlas de una en una.

Precisamente por eso, si adoptamos el prefijo multi como estilo de vida, dedicar más tiempo al sueño es fundamental, no solo para sentirnos descansadas y de buen humor, sino porque permite que el cerebro recupere energía, que active su modo de lavado profundo para eliminar los residuos acumulados y restaure su capacidad de concentración. «El sistema glinfático, por ejemplo, es como el equipo de limpieza del cerebro, y solo funciona a tope cuando estamos dormidos. Este proceso elimina los residuos que pueden afectar a nuestra memoria, al estado de ánimo, e incluso se ha relacionado con un menor riesgo de enfermedades neurodegenerativas como el alzhéimer», explica Ana.

Por tanto, aunque no hay evidencia científica de que las mujeres necesitemos dormir más por una cuestión de estructura cerebral pura y dura, la realidad es que pretender hacer tantas cosas, y la mayoría de ellas a la vez como si fuesen tareas encadenadas —yo soy incapaz de terminar de hacer una sin pensar en la que viene después—, justifica que necesitemos dormir unos minutos más que ellos. Es la forma que tienen el cerebro y el cuerpo de decirnos que nos estamos pasando.

Nuestras emociones (y nuestras hormonas)

Hay otra realidad científica que confirma Ana Ibáñez: la mayor actividad en el sistema límbico que suele observarse en el cerebro femenino. Ese sistema es responsable de las emociones y, efectivamente, tiende a activarse más en las mujeres, lo que podría explicar por qué experimentamos las emociones con mayor intensidad y somos más sensibles al estrés. Como refrenda esta experta, a esta predisposición se suma una tendencia a la ansiedad que se presenta con mayor frecuencia en nosotras y que nos lleva a anticiparnos, preo­cuparnos y repasar una y otra vez nuestras decisiones, de forma que creamos un ciclo que nos hace sentir atrapadas.

Y recalca la influencia hormonal ya comentada por Marta Masi, no solo durante la menopausia y la perimenopausia, sino en todas las etapas de nuestra vida, donde los cambios en los niveles de progesterona y cortisol repercuten en esa sensación de fatiga: «A esto se suma el impacto de las toxinas ambientales, como los disruptores endocrinos, que afectan a nuestro organismo de forma silenciosa pero significativa. Estas toxinas pueden alterar la función tiroidea desencadenando síntomas de cansancio, fluctuaciones de peso y bajo estado de ánimo, lo cual empeora esa percepción de agotamiento y dificulta nuestra capacidad de afrontar los desafíos».

Así, el círculo vicioso se cierra: tendemos a la multitarea, vivimos todo con más intensidad, somos víctimas de vaivenes hormonales y factores ambientales, y la carga social y autoimpuesta no nos deja descansar todo lo que deberíamos. Está claro que descansar es necesario y no negociable, pero no suele llegar de la forma idílica en la que deberíamos hacerlo. Es decir, con las consabidas horas de sueño necesarias para estar centradas, sin cantidades elevadas de estrés, sin vivir en la hiperconectividad constante.

La autoexigencia (nos) agota

Otro factor que hay que tener en cuenta son nuestras circunstancias emocionales como mujeres. No somos iguales que los hombres y, en general, no nos tomamos las cosas como ellos. Puede sonar tópica esa frase tan de madre cuando habla de las diferencias entre niños y niñas, pero en cierta medida nosotras «nos complicamos más». La psicóloga Bárbara Tovar, a la que conocí durante una de sus maravillosas ponencias durante un evento de prensa, considera que las mujeres poseemos un mayor rasgo de perfeccionismo y que nuestra autoexigencia es mucho más elevada en general. La razón, según ella, tiene que ver también con la evolución histórica y en cómo hemos ido desempeñando todos esos papeles de cuidadoras de hijos, mayores y enfermos, hemos asumido también la logística del hogar (y la siempre omnipresente presión estética) y en las últimas décadas el rol profesional. Sin delegar ninguno. Y claro, toda esa lista de quehaceres que hemos incorporado sin renunciar a nada agota. Y mucho.

Este es nuestro gran problema: lo queremos todo y nos exigimos sin compasión. Mucho más que a los demás, nos exigimos a nosotras primero y somos poco compasivas con nosotras. De hecho, siempre que me torturo por algún error que cometo —algo que sucede casi a diario— pienso en esa pregunta de los psicólogos sobre si hablaríamos así a otra persona cuando se equivoca. Y la respuesta es que, si dijera en voz alta todos esos reproches que me estoy haciendo y me pusiera en el papel de decírselo a una amiga, me sentiría malvada. Sin embargo, como me lo digo a mí misma, no pasa nada. Nos hemos acostumbrado a hablarnos así.

Con todos los expertos sale a relucir siempre esa autoexigencia de la mujer. Para Bárbara «está conectada al amor y la culpa. Ser guapa para ser amada; ser buena cuidadora para ser buena madre; ser buena en el hogar para que la familia se sienta orgullosa de ello. Y así sucesivamente. Y si no logramos todos esos hitos la sensación es de culpa. Hemos tenido que luchar muy duramente para ser y estar en ámbitos que solo pertenecían a los hombres, y esto ha tenido efectos secundarios a largo plazo. El sentimiento de culpa es una constante y, lo que es peor, hemos inculcado en nuestro ADN el sacrificio y el esfuerzo sin abandonar los roles anteriores. Por lo que la multitarea se ha vuelto imprescindible para poder atender tal variedad de tareas».

Y eso nos agota. Por eso hablamos de agotamiento especialmente en mujeres. Además, como dice mi querida Bárbara, las mujeres no estamos acostumbradas a cuidarnos, sino a cuidar. Estamos más entrenadas en el dar que en el recibir. Hemos convertido en inercia esa tendencia a la protección ajena descuidando la nuestra. Eso es algo que tiene que cambiar: autocuidarnos es necesario y aprender a hacerlo, sin sentimientos de culpa de por medio, también.

Expertas en pensamientos rumiativos

Aún existe otra cosa que nos cansa, y es una habilidad especialmente femenina en la que nos movemos como peces en el agua: el overthinking, la rumiación, estar todo el rato pensando en si podía haberlo hecho mejor, si debería haber contestado otra cosa en el trabajo, si debería haber actuado de otra manera con una amiga. Los «y si» que tanto torturan y que tanta energía restan. Varios estudios han confirmado que son mucho más frecuentes en mujeres que en hombres. Mientras preparaba una charla sobre salud mental que tuve la suerte de moderar en las oficinas de Condé Nast para compañeros de trabajo —y en la que estuvo Bárbara—, di con un estudio llevado a cabo entre estudiantes de la Universidad Autónoma del estado de Hidalgo de México sobre pensamientos rumiativos y su correlación de género. Lo llevaron a cabo con quinientas personas, mitad hombres, mitad mujeres. Y confirmaron que las mujeres mostramos el doble de respuestas rumiativas que los hombres, ya desde la adolescencia.

Desde que somos prácticamente niñas ya tenemos en la cabeza esas ideas repetitivas, intrusivas y pasivas que nos hacen cuestionarnos casi todo. En el terreno psicológico, esa rumiación se considera una respuesta de control. Es decir, cuando tenemos muchas cosas en la cabeza o vivimos situaciones que no podemos controlar, elegimos ese runrún en forma de pensamientos con los que no paramos de dar vueltas a las cosas, porque creemos que así podemos encontrar la solución o asimilar el problema. Y como me confirma Bárbara, ese proceso aumenta en función de nuestra actividad diaria: a más estrés o sobrecarga de tareas, mayor probabilidad de desarrollar pensamientos rumiativos.

Ante esta acumulación de causas que explican nuestro agotamiento generalizado —no estamos solas—, es justo buscar una solución que nos acerque a una sensación lógica de bienestar. Y digo lógica porque puede que no lleguemos a tener un sentimiento de descanso pleno un miércoles cualquiera en el que la lista de tareas se acumula en nuestra agenda de forma directamente proporcional al estrés que ocasiona saber que se tiene «todo eso por hacer». Pero se trata de que al menos tratemos de cambiar ciertas rutinas para estar más cerca del ansiado bienestar. Y más lejos de esa sensación de falta de energía que hemos normalizado y aceptado con resignación porque «Es lo que toca con este ritmo de vida».

Por eso me quedo con la recomendación de Bárbara: intentar construir una relación de autocuidado. De la misma manera que siempre hemos sido empáticas, generosas y amables con los demás, seámoslo con nosotras mismas. Se trata, como dice esta psicóloga, «de construir una relación sana con nuestro equilibrio, con nuestra calma, y crear vínculos donde las responsabilidades estén balanceadas. Y donde entrenemos no solo el dar, sino también el recibir, sin culpa». Es cierto que priorizar el autocuidado puede sonar a utopía inalcanzable, pero como dice esa frase que se hizo viral en plena pandemia: «El autocuidado no es un lujo, sino una prioridad». Es fundamental que busquemos algunos momentos para nosotras a lo largo del día.

Todo esto me lleva a reflexionar mucho sobre la actitud que tengo hacia la vida, pero sobre todo sobre la que tengo conmigo misma. La verdad es que, a mis cuarenta y tres

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