Introducción
El día que todo cambia
Escribe la fecha de tu propia muerte
Sí, has leído bien.
1. Coge papel y bolígrafo.
2. Escribe el año, el mes y el día en el que crees que vas a morir.
Ten en cuenta que esa es la fecha en la que dejarás de ver a tus hijos. La fecha a partir de la cual ya no abrazarás más a tu pareja. Después de esa fecha, no volverás a bailar, ni a comer tu plato favorito, ni a reír.
Tampoco lo pienses demasiado. Simplemente escríbelo.
Esta misma propuesta la hice en el Congreso Mundial de Psicología y Psicoterapia que se celebraba en México, en un escenario impactante. El auditorio estaba lleno. Más de cuatro mil profesionales de la salud, llegados de distintos países, sentados con sus cuadernos abiertos, pantallas encendidas, móviles preparados para captar las presentaciones.
Todo estaba dispuesto para hablar de intervención, evidencia, modelos y técnicas. Salí al escenario solo, no había ninguna diapositiva que proyectar para ampararme. Avancé despacio hasta el centro. Me detuve. Me permití esa pausa.
—Os voy a pedir algo aparentemente sencillo. Escribid la fecha de vuestra muerte.
Durante unos segundos no ocurrió nada. Me limité a sostener el silencio.
Después se superpusieron todas las posibles respuestas de evitación. Absolutamente todas, ya me las conozco: risas nerviosas, alguien que tose, alguien que mira al compañero de al lado buscando complicidad… Algunos bajan la mirada al papel porque es más sencillo. Otros se quedan inmóviles, con el bolígrafo suspendido en el aire.
Entonces, desde el público comenzaron a escucharse intervenciones que no buscaban ofrecerme una respuesta sino hacer tiempo. De nuevo, evitar mirar de frente a mi pregunta.
«¿La fecha de nuestra muerte?», se oyó a uno. «¿Qué escribamos qué?», otro. «¿En qué año estamos?», risas. «¿Puede repetir la pregunta?», alguna risa más.
Cuatro mil profesionales de la salud había en la sala. Cuatro mil personas cuyo quehacer diario es acompañar a dolientes. Cuatro mil personas que saben —o eso asumo yo— que van a morir. No es que les estuviera revelando nada nuevo. Y, sin embargo, cuatro mil resistencias se activaron al mismo tiempo.
Ante este ejercicio, algunas personas escriben un año muy lejano, como quien pone distancia. Otras no escriben nada. Las más meticulosas sacan la calculadora del teléfono y hacen cuentas.
Cuando lo propuse ante una multitud de cuatro mil individuos, ocurrió algo revelador: el auditorio dejó de ser un congreso y se convirtió en un espejo colectivo no solo de la muerte, sino de nuestra relación con ella.
De cómo la evitamos, aun cuando no hay nada en la vida de lo que estemos tan absolutamente seguros. De cómo preferimos hablar de cualquier otra cosa antes que mirarla de frente. Aquel día vi ante mí el reflejo de nuestra sociedad tanatofóbica.
Vivimos rodeados de fechas: sabemos cuándo se acaba una hipoteca, cuándo cumplirá dieciocho años nuestra hija, cuándo se jubilarán nuestros padres. Organizamos la vida en plazos, hitos y vencimientos. Pero…
Hay una fecha en la que evitamos sistemáticamente pensar. No solo porque sea desconocida, sino porque es incómoda.
Sabemos cuál es la esperanza de vida media en nuestro país. Es más, solemos saber de qué han muerto los hombres y mujeres de nuestra familia, a qué edades, por qué causas… Sin embargo, cuando se nos invita a escribir la fecha de nuestra propia muerte, todos esos datos se evaporan. Saber no es lo mismo que atreverse a mirar.
Mirar implica detenerse, permitir que la idea deje de ser abstracta y roce la realidad de nuestra propia vida. Y eso es precisamente lo que evitamos porque estamos educados para vivir de espaldas a nuestra propia finitud.
Reconozco todas esas vías de evitación porque las experimento en mí mismo. No las observo desde fuera. No me son ajenas. Forman parte de mi manera de estar en el mundo, de mi historia y de mis propios duelos.
A mí, como doliente, también me cuesta sostener las emociones que necesitamos digerir para elaborar la pérdi
