La casa de los siete tejados (Los mejores clásicos)

Nathaniel Hawthorne

Fragmento

cap

INTRODUCCIÓN

I

La casa de los siete tejados está curiosamente divorciada de los valores y la psiquis de la época en la que surgió (Hawthorne empezó el libro el 6 de marzo de 1850 y lo terminó el 27 de enero de 1851), y al mismo tiempo presenta un profundo arraigo en el ambiente y en el momento histórico de Hawthorne. F. O. Matthiessen resumió lo que todos los críticos han coincidido en decir desde la publicación de la obra al comentar que La casa de los siete tejados constituye el «mayor acercamiento a la vida cotidiana contemporánea» de todas las novelas de Hawthorne. Como tal, el libro conserva su puesto entre la literatura americana más leída e ilumina el empleo que hacía Hawthorne de sus materiales, empleo que revela un incómodo aunque firme rechazo de algunos de los rasgos distintivos más aceptados en su tiempo.

El tópico más básico, poderoso, manido, productivo y simplista de todo el repertorio de suposiciones que impregna la vida y la literatura americanas es el concepto del Nuevo Mundo como el lugar en el que se cumplen los sueños y anhelos que desde siempre han caracterizado a la civilización occidental. Los cristianos en general, y en particular los fundamentalistas protestantes que fundaron Nueva Inglaterra, vieron América como un modelo de la Ciudad de Dios. América es el país de Dios, y los americanos son su pueblo elegido. El gusto de los puritanos del siglo XVII por los nombres del Antiguo Testamento no era sino un reflejo de la certeza de que los pioneros disidentes del Viejo Mundo eran los nuevos israelitas construyendo la Nueva Canaán, la Nueva Jerusalén, la Ciudad de la Colina. Edward Johnson, en una famosa y representativa crónica con el título sintomático de Las milagrosas providencias del Salvador de Sión en Nueva Inglaterra (1654), se mostraba exultante, por ejemplo, ante una epidemia que casi aniquiló a los indios porque la consideró una «providencia», un portento milagroso de la intervención divina que señalaba la eliminación de los hijos de Satanás de la tierra con objeto de que quedara física y moralmente limpia para el advenimiento purificador del Elegido de Dios.

La mezcla de la identidad religiosa y patriótica en el sentido de un destino nacional especial no dejó de afectar en el siglo XIX a Nathaniel Hawthorne de Salem, cuyo tatarabuelo, John Hathorne, fue uno de los jueces más severos durante la histérica caza de brujas de 1692. En la Salem del siglo XIX, no creer patrióticamente en la providencia exclusiva y comercial del destino especial y trascendente de América, nuevo en toda la historia, no solo equivalía a negar la identidad nacional, sino además a ser considerado en cierto modo ateo, malvado o, como mínimo, no cristiano. Esa incredulidad parecía situarlo a uno contra la corriente del progreso democrático y volverlo cuestionable desde el punto de vista social. Aunque los contemporáneos de Hawthorne no acusaron de brujería a más de cuatrocientas personas y cuatro perros, como sí hicieron sus antepasados puritanos, las intolerantes afirmaciones y certezas de las antiguas generaciones se habían transmitido a la «confianza» yanqui, obtusa, mezquina y materialista de Salem, y a su invencible optimismo, que repugnaba a Hawthorne. En La casa de los siete tejados la repugnancia de Hawthorne se manifiesta en sombríos ejes centrales como el personaje del juez Jaffrey Pyncheon y en apartes divertidos sobre los niños aficionados a regatear, que compran pan de jengibre o escuchan a organilleros.

Los americanos están tan acostumbrados a que la palabra mágica «Nueva» preceda a los topónimos del Viejo Mundo, como Hampshire, Inglaterra, Jersey y York, que las denominaciones ya no llevan la carga política y psicológica que antaño trajeron a la Joven América de Emerson, en la que Hawthorne ocupó su lugar. (Conviene recordar que Hawthorne tenía ya uso de razón —contaba ocho años— cuando estalló la guerra de 1812, y que había cumplido veintiuno cuando llegó a su fin la llamada «era de los buenos sentimientos».) Sin embargo, la omnipresente insistencia en lo joven y nuevo —en el buen sentido de la oportunidad espiritual anunciada por el Trascendentalismo Americano y en el sentido explotador de la posibilidad económica y política celebrada por la incipiente democracia jacksoniana, dos conceptos que florecieron entre 1830 y 1840— creaba un estrépito ineludible en los oídos de Nathaniel Hawthorne.

Por un lado, Hawthorne deseaba apartarse del tumulto del progreso proclamado con tanto júbilo. Todo lo que escribía insinuaba su desconfianza en un cambio revolucionario en la naturaleza y en las perspectivas humanas, y algunas obras, como El holocausto del mundo, proclamaban de forma explícita esa desconfianza. Por otro lado, se cansó de los «fantasmas», como él los llamaba, los personajes de ficción que le atormentaban en un paisaje nocturno en el que se representaba su visión de una hermandad humana universal esclavizada de forma ineludible por la limitación humana general. Anhelaba unirse a la «vulgar prosperidad a la simple luz del día de mi querida tierra natal», como afirmaba en el prólogo de El fauno de mármol. Sus obras de ficción —y La casa de los siete tejados no supone ninguna excepción— están llenas de oposiciones y contrastes entre la luz del sol y la luz de la luna, entre la luz del día y la sombra. La luz del sol es o bien la luz dura y clara del mundo práctico, despiadado, metódico e insaciable de los hechos, los negocios y la política (por ejemplo, la sonrisa indolente del juez Pyncheon), o bien la luz alegre y redentora del mundo práctico y doméstico de los hechos y la vida diaria y corriente. (Por ejemplo, el autor describe constantemente a Phoebe como «un rayo de sol» o «radiante». Hawthorne sabía muy bien que la palabra griega phoibos —que significa «luminoso», «brillante»— daba nombre no solo a la diosa de la luna, Artemisa, sino también a Apolo Febo, dios del sol.) En los escritos de Hawthorne el mundo del sol y del día es el mundo de la sociedad y de lo práctico, a veces redentor y a veces destructor. La luz de la luna o la sombra representa la atmósfera del mundo invisible del mal, del pasado y de los recovecos ocultos del corazón (la propia casa de los siete tejados se describe como un corazón), o bien es el mundo de la creación artística, que aísla al artista de la sociedad (aunque Holgrave es un artista que explora el pasado de Maule y de Pyncheon, vive en una casa vieja y oscura). En las obras de Hawthorne el mundo crepuscular representa el mundo de la imaginación fértil, redentora en unos casos y destructora en otros. En su fuero interno, en lo que él denominaba una «atmósfera nebulosa», Hawthorne rechazaba las suposiciones más apreciadas y poderosas de una sociedad a la que —también en su fuero interno— ansiaba incorporarse como un respetable y representativo burgués de domingo. Su yo de ciudadano vivía en constante tensión con su yo de artista, y La casa de los siete tejados es el libro que mejor representa desde un punto de vista temático el momento de la supremacía del mundo diurno en Hawthorne. La fuerza redentora del sol radiante gana el día, y también la noche.

Sin forzar demasiado las cosas, puede verse la vida de Hawthorne como un ritmo de impulsos opuestos, de alternancias entre la necesidad de pertenencia al mundo diurno de la sociedad y la necesidad de retirada al crepúsculo de la reflexión pesarosa sobre el significado de ese mundo. Nació en un día sin duda muy público: el Cuatro de julio de 1804; en una sociedad sin duda muy convencional: Salem, Massachusetts; y en una familia sin duda muy establecida en esa sociedad: los Hathorne, de la vieja estirpe puritana. La identidad implícita en su herencia se alternaba con soñadoras visitas de juventud a la familia de su madre, en Maine. En 1821 ingresó en una universidad respetable, Bowdoin, donde recibió una formación respetable y, en 1825, un título también respetable. Con su primera novela, Fanshawe, alcanzó cierta fama en 1828. Pero luego, avergonzado de esa primera obra un tanto embarazosa, se refugió en el silencio, trató de hacer desaparecer el libro y destruyó tantos ejemplares como pudo. Incluso negó ser su autor.

Volvió con su madre a Salem, donde transcurrieron doce años de aprendizaje literario. Durante estos años alternó de nuevo los encierros reflexivos en su habitación, conjurando en su mente ficciones y moralejas, con los intentos de convertirse en una voz pública, en un escritor aceptado y de éxito. Publicó obras ocasionales en la Gazette de Salem, en el Token y en otras revistas, algunas de las cuales fueron recogidas en 1837, como Cuentos contados dos veces. A continuación se retiró a escribir otra vez, y luego, en 1839 y 1840, volvió a la vida pública como delegado demócrata en la oficina de aduanas de Boston. En 1841 pasó siete meses en la granja Brook, y en 1842 contrajo matrimonio con su amada Sophia Peabody, representante de la comunidad más respetable. Se llevó a su esposa, presencia venerada de la sociedad y el decoro, a Concord, donde se dedicó a escribir durante cuatro años de feliz encierro relativo en la Old Manse, la casa ancestral de Ralph Waldo Emerson (en 1846 publicó Musgos de una vieja casa parroquial).* Pero ese año, una vez más como delegado demócrata en una aduana, volvió a la vida pública de Salem, esta vez para permanecer allí tres años. En 1850 se retiró de nuevo durante un año en una casa situada cerca de Lenox, en las colinas de Berkshire, donde escribió La casa de los siete tejados. Regresó a la casa Wayside de Concord en 1852 y durante otro año disfrutó de su vida privada y familiar. Sin embargo, en 1853 aceptó un cargo en el consulado de Estados Unidos en Liverpool (era compañero de clase y amigo del presidente Franklin Pierce, cuya biografía había escrito en 1852 para la campaña electoral), donde permaneció los cuatro años siguientes. De 1858 a 1860 él y su familia viajaron por Francia e Italia. Regresaron a la casa Wayside en 1860, donde Hawthorne permaneció hasta su muerte, acaecida en un viaje por New Hampshire en compañía de Franklin Pierce.

Se discute entre los biógrafos si la vida recluida de Hawthorne era o no una leyenda. Mientras unos pretenden ofrecer la imagen de un solitario soñador, otros lo presentan como un valiente hombre de mundo. Lo cierto es que era ambas cosas. De hecho, las alternancias de identidad aquí sugeridas no eran sino dos energías activas al mismo tiempo. Concibió La letra escarlata, una obra crepuscular, mientras trabajaba en la oficina de aduanas de Salem a plena luz del día. También es cierto que el aislamiento comparativo en Lenox y Concord produjo libros muy «públicos», como La casa de los siete tejados, True stories from history and biography (1851), The Life of Franklin Pierce (1852) y dos recopilaciones de cuentos infantiles (Libro de las maravillas para chicas y chicos, 1852, y Cuentos de Tanglewood, 1853), así como las grandes obras nacidas de su imaginación, La estatua de nieve y otros cuentos contados dos veces (1852) y La granja de Blithedale (1852). No resulta osado decir que la fuerza generadora de la actividad creativa de Hawthorne era la tensión entre su ser público y diurno y su ser privado y crepuscular, dado que pasó su vida intentando «establecer una relación» entre ambos mediante la ficción.

La historia de la literatura americana es en parte una continuación del conflicto que sufrió Hawthorne; es la historia de las tensiones entre las diversas versiones del éxito o la trascendencia que se han ido acumulando por un lado bajo la amplia expresión «sueño americano» y por el otro bajo el examen desencantado de ese sueño en la literatura nacional seria. A partir de Edward Johnson y su dios proamericano, la literatura se llena de relatos de buscadores que esperan hacer realidad el sueño de una existencia que trascienda las limitaciones del común de los mortales. A menudo esa presunción se expresa a través de una enorme riqueza, como un patrimonio histórico, psicológico y muchas veces literal. Por consiguiente, uno de los temas recurrentes es el de la idea del aspirante americano, alguien que espera heredar sin estorbos una gran promesa del pasado, como el Pierre de Melville, o que espera encontrar su propio lugar en ella mediante la recuperación de un pasado o legado perdido, como el Redburn del mismo autor. Como el coronel Sellers de Twain, el aspirante cree estar adentrándose en la amplia avenida que conduce a la riqueza, que le granjeará una mayor condición de ser, un cumplimiento de todos los anhelos, recuerdos y posibilidades de deseo. Así, en los albores de la ficción americana, James Fenimore Cooper relató un conflicto entre dos herencias: la herencia de la tierra como propiedad y la herencia de la naturaleza como moralidad. La visión de Cooper de la relación entre ambas posee mayor complejidad de la que suele atribuírsele, pero sus personajes, ya sean Ishmael Bush de La pradera o los aristócratas de Home as Found y The Littlepage Manuscripts, acaban entendiendo la necesidad e ineluctabilidad de un sentido de la limitación que es negado por las ensordecedoras voces del progreso que se alzan por todas partes en la nueva democracia.

En este contexto, los personajes de Cooper están tan solo a un paso del Christopher Newman de Henry James, el conde americano de Mark Twain (existen algunas semejanzas sorprendentes entre Hawthorne y Twain, desde que sus padres perdieron legados familiares hasta que los tres manuscritos inacabados que dejó Hawthorne al morir en 1864 son relatos de aspirantes americanos), el Clyde Griffiths y la hermana Carrie del autor Theodore Dreiser, el Sutpen de William Faulkner y, la más popular de las figuras arquetípicas, el Jay Gatsby del escritor F. Scott Fitzgerald, cuya historia concluye con las conocidas líneas que resumen la búsqueda nacional por parte de Estados Unidos del «orgiástico futuro que año tras año retrocede ante nosotros. Se nos escapa en el momento presente, pero qué importa; mañana correremos más deprisa, nuestros brazos extendidos llegarán más lejos… Y una hermosa mañana…».

Hasta mediados del siglo XIX Hawthorne centró su sombría imaginación en la soleada Salem. Del mismo modo que, a finales del siglo XIX y principios del XX, el poeta Edwin Arlington Robinson lo hizo con su propia ciudad natal, Gardiner, Maine, cuyo habitante del mismo nombre, Robert Gardiner, interpretaba un papel en la visión de las cosas de Hawthorne. Sus magistrales y compactas estampas espirituales retratan en Maine a los mismos personajes yanquis que Hawthorne había visto a su alrededor en Salem. El materialismo triste de «Tilbury Town», nombre que Robinson dio a Gardiner, donde vivían sus «Hijos de la Noche», era la continuación poética por parte de Robinson de lo que Hawthorne había visto como un conflicto entre el hecho y la imaginación, el materialismo y el arte, el comercio y el alma. Pero hay algo más que una conexión literaria entre el Massachusetts de Hawthorne y el Maine de Robinson, y esa conexión completa las famosas últimas líneas de Fitzgerald: «Y así seguimos adelante, botes contra la corriente, empujados sin descanso hacia el pasado».

En una visita a Gardiner llevada a cabo en el verano de 1837, Hawthorne cavilaba sobre la pretenciosa mansión en ruinas de Robert Halowell Gardiner, y el 11 de julio escribió en su cuaderno una entrada en la que consideraba las grandes mansiones de América un signo de la carga destructiva impuesta a los descendientes por el orgullo de los antepasados. «Este tema», comentó Hawthorne, «ofrece abundantes puntos de reflexión en referencia a la indulgencia hacia el esplendor aristocrático en las instituciones democráticas». La unidad democrática y común, un vínculo moral de fraternidad frente a un orgullo aislante y aristocrático, constituye otro elemento omnipresente en la obra de Hawthorne que puede encontrarse en todas sus novelas y en muchos de sus cuentos. Resulta fundamental en La casa de los siete tejados, y como veremos al analizar el final de la novela, crea más tensiones para Hawthorne. El problema era que la metáfora más clara para el sentido metafísico que tenía Hawthorne de la democracia universal era la democracia política de la república estadounidense. Sin embargo, era precisamente el exceso y la desconsideración de ese mundo diurno lo que impulsaba a Hawthorne a aislarse aún más en su mundo crepuscular y sombrío de imaginación creativa. No obstante, Hawthorne se aferraba con todas sus fuerzas a la idea de la democracia como espíritu redentor de los afectos humanos mutuos y cooperativos en el mundo cotidiano y universal de la gente corriente, y del mismo modo que veía en todas partes el conflicto entre democracia y orgullo, en sus ficciones optaba por el triunfo moral de la integración en el mundo corriente.

En 1832, en un viaje por las Montañas Blancas, Hawthorne se tropezó con materiales para un cuento contado dos veces al que llamó «El Gran Carbunclo», en el que el valle del río Saco, junto a la frontera de Maine, se convierte en el emplazamiento para la búsqueda de una gema maravillosa que representa lo absoluto. Entre quienes la buscan se halla un comerciante de Boston, materialista y «notable», Ichabod Pigsnort, y un lord enjoyado que pasa «buena parte de su tiempo en la bóveda funeraria de sus difuntos padres, hurgando en los ataúdes labrados en busca de la pompa terrena y la vanagloria ocultas entre huesos y polvo; de modo que, además de la suya, acumulaba la altanería de toda su prosapia». Estos dos individuos, que se inscriben en una filiación directa con personajes como el coronel Pyncheon y Jaffrey Pyncheon, fracasan como ellos en sus ansias de alcanzar una elevada posición social. Ninguno de los buscadores consigue el Gran Carbunclo, por supuesto, y los supervivientes de la búsqueda, una pareja de recién casados que ya anuncia a Phoebe y Holgrave, rechaza con sensatez esa búsqueda y opta democráticamente por un destino corriente y limitado junto al resto de la humanidad.

La batalla entre mortalidad corriente y trascendencia orgullosa se remonta para Hawthorne a Adán y Eva. En la imaginación de Hawthorne el material de La casa de los siete tejados se sitúa antes de 1837 y 1832. En una época histórica, entre 1620 y 1630, el rey Jacobo I había concedido una patente para más de cinco mil kilómetros cuadrados entre los ríos Muscongus y Penobscot, una extensión de tierra que formaría los condados de Knox, Lincoln y Waldo en Maine, junto a lo que sería Gardiner. El general Samuel Waldo supervisó los terrenos con tanto éxito que los propietarios que los habían arrendado le cedieron dos mil trescientos kilómetros cuadrados, aproximadamente la mitad del territorio. Tras la muerte de Waldo en 1759, las tres quintas partes de la Patente Waldo pasaron a través de herencia, matrimonio, confiscación y compra a las manos de Henry Knox, cuya propiedad fue reconocida por la ley estatal ya en 1785. Como el coronel Pyncheon, Knox construyó su mansión, Montpelier, sobre las tumbas de algunos de los desposeídos. Su esposa, Lucy, introdujo en la región el primer clavicémbalo y, como Alice Pyncheon, deleitaba con su música a quienes acudían a escucharla, al tiempo que con su altivez se ganaba la antipatía de sus vecinos. No obstante, cuando Knox murió en 1806, su propiedad, como la de Robert Gardiner, quedó reducida por las deudas, y su hijo, pobre e incapacitado por el lujo que le había rodeado desde su infancia, no prosperó. El 6 de agosto de 1837, Hawthorne visitó Montpelier en Thomaston, y seis días después anotó en su cuaderno esta observación: «La casa y sus aledaños, así como todo el territorio que abarca la Patente Knox, puede considerarse una ilustración de lo que debe de ser el resultado de los modelos aristocráticos americanos».

Las ideas ilusorias del aspirante americano, simbolizadas en una mansión en ruinas, estaban intrincadamente entretejidas entre Salem y Maine desde el punto de vista geográfico, y entre la democracia y la aristocracia desde el político, en la imaginación con la que Hawthorne había absorbido sus materiales. Y esos materiales estaban cerca de casa. Hawthorne observó en su cuaderno que la mansión de Robert Gardiner «será conocida durante siglos como el “Disparate de Gardiner”». Por supuesto, conocía la existencia del edificio de su propio tío materno, Robert Manning. El yerno de Hawthorne, George Lathrop, llegó a comentar que la mansión de Manning era «tan ambiciosa que se ganó el título de “Disparate de Manning”». El abuelo materno de Hawthorne había poseído miles de acres en Maine, y la familia Manning esperaba recobrar la fortuna perdida al recuperar el título de propiedad de la tierra. El propio Hawthorne asoció sueños de dicha a esa titularidad, pues durante sus visitas de infancia y en 1818, cuando su madre recién enviudada trasladó a la familia a la inmensa casa de Robert junto al lago Sebago, cerca de Raymond, el joven Nathaniel experimentó los tiempos más felices de su niñez. No le gustó nada regresar solo a Salem para estudiar, y muy pronto conoció tanto la tremenda energía del deseo de recuperar la dicha perdida como la cualidad ilusoria de ese sueño. Desde los catorce años, las casas antiguas e inmensas, Salem, la tierra de Maine, el orgullo pretencioso, la feliz hermandad entre los seres humanos y los patrimonios empezaron a formar en sus visiones una amalgama de repetitiva e ineludible esperanza y melancolía, pérdida y salvación, como una condición de la propia historia humana, una condición que creaba una necesidad desesperada de soleada alegría en las oscuras necesidades en que se ven atrapadas todas las vidas humanas.

Las tierras de Manning, como las tierras de ficción de Pyncheon, las habían cedido los indios a un antepasado suyo en el siglo XVII. Así, también la Patente Waldo formaba parte de una antigua cesión de tierras por parte de los indios Penobscot al gobernador colonial William Phips, un derecho que con el tiempo y a través de matrimonios y herencias convirtió las tierras en propiedad de Knox. Bajo la autoridad de Phips, la combinación de la ciudad de Salem con las mansiones antiguas y con las inmensas propiedades de Maine alimenta las especulaciones de Hawthorne acerca de la naturaleza del sueño americano que constituyen el núcleo de La casa de los siete tejados.

William Phips (1651-1695) era el Gobernador Real de Massachusetts en 1691. Fue él quien inició los juicios por brujería, dando comienzo a una bochornosa época de repugnante histeria y codicia por las tierras cuyo recuerdo sentiría Hawthorne como una sombra sobre el alma de la nación en general y de su propia familia en particular. La pasión del celo puritano que se desató en 1692 salpicó a todo el mundo; hasta la esposa del gobernador fue acusada. Sin embargo, cuando eso sucedió, a Phips le pareció conveniente escuchar con más atención a la creciente oposición contra los juicios, y el 29 de octubre de 1692 disolvió oficialmente el tribunal. Aun así, persistió la opresión de los días del juez Hathorne. En 1695 Thomas Maule, un constructor que había sido arquitecto y jefe de construcción de la primera iglesia cuáquera de Salem (1688), fue encarcelado por publicar un panfleto que acusaba a las autoridades eclesiásticas y estatales de Salem de los auténticos crímenes cometidos durante la caza de brujas. Antes había sido condenado a diez latigazos por acusación falsa contra el pastor John Higginson de la Primera Iglesia de Salem. (Hawthorne resucitaría a Higginson para que iniciase las celebraciones de la fiesta organizada en casa del coronel Pyncheon.) Este hecho sentó las bases de la ambientación y los personajes principales de la obra de Hawthorne. Además, el autor obtuvo inspiración para la maldición ancestral que constituye el legado de la familia Pyncheon: la History of Massachusetts de Thomas Hutchinson (1795), libro que Hawthorne conocía, cuenta un episodio en el que Sarah Good, una mujer condenada por brujería, señaló a uno de los jueces, el reverendo Nicholas Noyes, y dijo: «Dios le dará sangre para beber».

Hay ocasiones en que la vida parece imitar al arte. Para empezar, Noyes murió de una hemorragia. Para seguir, tras haber utilizado nombres auténticos (incluso el médico, John Swinnerton, era un personaje real, y su hijastro se casó con la hija de Maule) para relatar acontecimientos de ficción y elegir un nombre ficticio y dickensiano —Pinch— para la familia codiciosa y culpable, Hawthorne se vio sorprendido por las protestas de una familia de Salem llamada Pynchon cuya existencia desconocía. Que existieran realmente resultó de lo más oportuno, dada la estrecha interrelación de los materiales reales de Hawthorne en una imaginación que asimilaba y condenaba lo que la alimentaba. En una confusión parecida entre la realidad y la imaginación, Salem, tanto en su versión contemporánea como en su versión antigua, pareció alcanzar su apoteosis en la casa que la prima de Hawthorne, Sarah Ingersoll, poseyó en la década de los cuarenta del siglo XIX. La vivienda, situada en el número 54 de la calle Turner, había sido construida en torno a 1660 y remodelada varias veces. Cuando Hawthorne la visitó, su prima Sarah mencionó que en una de sus anteriores versiones había tenido siete tejados. Se cuenta que mientras descendía desde el desván durante la visita, el autor comentó: «La casa de los siete tejados… suena bien». (A pesar de la Cámara de Comercio de Salem, no existió ninguna edificación que fuera la de los siete tejados: en 1909 la casa de la calle Turner fue remodelada una vez más a fin de adaptarse a las descripciones de la novela para que los turistas viesen lo que esperaban ver, y se ha mantenido así hasta nuestros días.)

Falta añadir unos cuantos ingredientes menores a la receta con que se elaboró La casa de los siete tejados. Entre el final del verano y el otoño de 1830, los habitantes de la Salem donde vivía Hawthorne a sus veintiséis años quedaron conmocionados por el asesinato de un acaudalado solterón, el capitán White, perpetrado de forma que la culpa recayera en un sobrino inocente. En ese caso triunfó la justicia, pero las posibilidades del asesinato conspirativo resultaron intensificadas en la memoria de Hawthorne dada la circunstancia de que el verdadero criminal era un pariente, tan lejano como resultaba en el tiempo el juez Hathorne. La culpa y el castigo siempre parecían ir a la par en la visión que este tenía de su familia. Invocaba las antiguas sombras a fin de poner paz, aportando la solución al igual que el trágico griego deseara ofrecérsela a los descendientes de Atreo. En agosto de 1837 anotó encantado en su cuaderno que la hija de un hombre acosado por el juez John Hathorne se casó con «el hijo del perseguidor John». Hawthorne veía el crimen, el castigo y la solución en la historia de la familia como un microcosmos de la historia de Salem, que a su vez consideraba un paradigma de la realidad universal en la que se asentaba el sueño americano y que al mismo tiempo lo socavaba.

Como Salem, la historia familiar sería tanto asimilada como repudiada por el autor. Su aversión hacia los viejos ancestros puritanos, firmes e implacables, John y el padre del juez, William, resulta clara en su caracterización del coronel y de Jaffrey Pyncheon, así como en la alusión a los espíritus de sus antepasados del prólogo titulado «La aduana» de La letra escarlata. Su evocación de William Hathorne es una versión previa exacta de su creación del retrato del coronel Pyncheon. Del mismo modo, el bosquejo «La aduana» expresa la reacción divertida, aunque no exenta de rabia, de Hawthorne ante su destitución del cargo de inspector de la aduana estadounidense cuando los liberales derrotaron a los demócratas. En el mundo expuesto a la plena luz del día, el reverendo liberal Charles Upham de Salem era el principal responsable del despido del soñador demócrata Hawthorne, que introdujo su versión venenosa de ese personaje real en la caracterización del imaginario juez Pyncheon. Presente y pasado se fundían en la mente de Hawthorne, librando una batalla continua entre un materialismo frío, práctico y ávido y la unión espiritual esencial de la humanidad que debía hacer a todas las familias iguales en todos los tiempos y lugares. En la demonología de Hawthorne la crueldad y la codicia ocupan el lugar que les corresponde junto al orgullo.

La energía impulsora de la imaginación histórica de Hawthorne, que convertía cada signo presente en una señal procedente de un pasado lejano, se revela constantemente en su obra y se pone en evidencia en los leves errores de datación que comete el autor en La casa de los siete tejados. Todas esas revelaciones indican su sensación constante de que los hechos se remontan en el tiempo más atrás de lo que aparentan. Por ejemplo, el personaje de ficción Matthew Maule debía haber sido ahorcado en 1692, año en que se celebraron los juicios por brujería. Poco después de la muerte de Maule, el coronel Pyncheon construyó su mansión en el emplazamiento en el que «cuarenta años antes» Maule había barrido por primera vez las hojas caídas. Así, Matthew Maule reclamó su granja y finca en 1652. Algún tiempo después de la fundación de Salem, la ciudad se extendió hacia la finca de Maule. «Con el crecimiento de la población», nos dice el narrador, «transcurridos unos treinta o cuarenta años, el paraje se convirtió en un solar en extremo codiciado». Sin embargo, Salem fue fundada en 1630 (el primer colono llegó en 1626); Hawthorne comete el error de anticipar unos diez o veinte años la confiscación de Pyncheon. Además, el viejo tío rico de Jaffrey y Clifford murió treinta años antes del inicio de la historia, la cual no pudo iniciarse después de 1850, que fue el año en el que Hawthorne comenzó a escribir la novela (el tiempo en el que se producen los acontecimientos del libro se sitúa, en palabras del narrador, «a la luz de nuestros días»). Pero al tío le había parecido que resultaba suficiente lo que treinta años antes era ya «un siglo y medio» transcurrido desde el pecado de Pyncheon contra los Maule, lo cual situaría el inicio del relato ciento ochenta años antes de 1850 a más tardar, es decir, en 1670, veintidós años antes de los juicios de Salem.

No se trata de jugar de modo frívolo a sorprender a Hawthorne en esos leves errores de cronología, de escasa relevancia. Al fin y al cabo, no creó los acontecimientos según un calendario o programa preciso, sino que se refería a los períodos de tiempo como «buena parte de dos siglos» o «transcurridos unos treinta o cuarenta años». Lo interesante es reconocer las energías que mueven la imaginación de Hawthorne, ver lo que nos sugiere y revela la manera que tenía su mente de desvirtuar el tiempo, llevando los acontecimientos cada vez más lejos en el pasado. Hay un momento en el que Hawthorne se refiere a la edad de la casa como «un período de tres siglos», cuando sin duda debió decir «un período de dos siglos». Su visión de los hechos siempre los convertía en señales corrientes y constantes de las limitaciones humanas que resultan omnipresentes en el tiempo, borrando las distinciones cronológicas significativas en los acontecimientos humanos. No en vano los críticos han percibido una profunda afinidad entre Hawthorne y Faulkner. La clave de esa afinidad es lo que hicieron los dos escritores con sus materiales, yanquis y sureños respectivamente, al crear sus oscuros argumentos. Ambos veían los valores universales como manifestaciones temporales, espaciales y raciales. Por eso, como Faulkner, Hawthorne veía los materiales regionales literales —todos los materiales específicos de la familia, la ciudad y el estado, en sí mismos trivialidades polvorientas— como paradigmas: los detalles de la historia familiar se vuelven metáforas de la historia de la ciudad. La historia de la ciudad se vuelve historia de la región. La historia de la región se vuelve historia de América. La historia de América reconstruye la condición esencial de la raza humana en su constante movimiento desde las expectativas del Edén hasta la Caída del hombre y la consiguiente lucha agonizante por volver a levantarse. El paso de la condena a la redención es la fuerza generadora que se halla detrás de la obra de Hawthorne. En ese viejo movimiento y conmoción del espíritu se ve el significado «subversivo» del modo en que los detalles de las fuentes y otros materiales de Hawthorne relacionan su obra con las edénicas expectativas del aspirante americano, expresadas por el poderoso sueño americano que, en cualquier caso, es un sueño de triunfo sobre el tiempo en un mundo infinitamente Nuevo.

II

Todos los lectores han observado que en su centralidad emblemática la casa en sí es el principal personaje de la novela. Una parte del recinto en torno a esta, el pozo de Maule, cuya agua fuera antaño la dulce y alegre dadora de vida que al principio había revalorizado la finca, se ha vuelto salobre y de mala calidad desde el crimen del coronel Pyncheon, lo que es una buena muestra de los múltiples significados que el contexto de Hawthorne crea a partir de la casa y sus objetos de forma esencialmente alegórica. En primer lugar el deterioro del pozo es una reformulación de la famosa advertencia de que el orgullo precede a la caída. Esta utilización del pozo como emblema, bastante obvia y con tintes de humildad cristiana, sugiere la dimensión religiosa en el reconocimiento de que el botín será como cenizas —o sangre— en la boca del saqueador. La sucia victoria del coronel Pyncheon se vuelve menor de lo que él esperaba. Además, la idea de la morada original, antes pura, dulce y buena, y ahora arruinada por un crimen que mancha para siempre la tierra, sugiere los tintes religiosos más amplios del pecado original. El significado emblemático general, ampliado de forma sugestiva hasta la universalidad, añade energía, como casi siempre ocurre, a las técnicas alegóricas de Hawthorne, que se aproximan al auténtico simbolismo e incluso lo alcanzan del todo.

En segundo lugar, a un nivel social o sociológico, la promesa del legado de Maule queda completamente contaminada para sus parientes, así como para los herederos de Pyncheon. Las imágenes que el lector casi puede distinguir en las sombras ondulantes del agua del pozo se parecen a los principales protagonistas del pasado, por lo que el aspecto del agua, al igual que su sabor, no deja de recordar los efectos del hostigamiento. Los crímenes de codicia asociados con el ansia de poder y riqueza privan a víctimas y verdugos del que habría podido ser un refugio de descanso y paz.

En tercer lugar, en términos históricos, el pozo insinúa que los destinos de los seres humanos están vinculados tanto temporal como espacialmente, que nuestros propios tiempos forman parte en gran medida de las redes del pasado. Los pecados de los padres recaen en los hijos, y Hawthorne resumió su visión de la psicología del aspirante americano en una escueta nota para la idea de un relato que escribió en su cuaderno en el otoño de 1849: «Heredar una gran fortuna. Heredar muy mala fortuna». También es típico de Hawthorne que el proceso de la historia, como el agua del pozo, conlleve un deterioro. No solo la casa en sí ha dejado de ser la mansión imponente y sólida que antaño fue y está llena de crujidos, corrientes y moho debido a su antigüedad, sino que Jaffrey Pyncheon, pese a su corpulencia y dureza, es menos grande y menos duro que su antepasado el coronel. Así, Hepzibah, en su cómico y patético aislamiento orgulloso, es como los pollos de Pyncheon, una degeneración endógama, nerviosa y quisquillosa de lo que en tiempos fue una especie robusta y vital. Del mismo modo, Holgrave es menos «brujo» que sus antepasados y, lo que es más significativo, ha perdido el arraigo de Matthew, su obstinada estabilidad en el espacio, el tiempo y la identidad. El último beneficiario del legado es un manitas que vaga por el mundo. Es un producto de la movilidad física y social de la democracia contemporánea y al mismo tiempo resulta idóneo para ella, algo que no ocurría con el viejo Matthew. En definitiva, el cambio en el agua del pozo adquiere unas energías simbólicas que expresan las ideas de Hawthorne, desde el pecado original hasta la condición efímera de la identidad en la democracia americana. La visión que el autor tenía de la historia como un proceso que se repite y se va deteriorando no encajaba en absoluto con la imagen que la sociedad americana tenía de sí misma en los años 1830 y 1840, y como el autor no deseaba discrepar de manera explícita, se las ingenió para que sus ambientes y personajes lo hicieran de forma implícita por él.

No hace falta desarrollar una gran explicación de los emblemas y símbolos en una introducción de La casa de los siete tejados. Hawthorne no era un escritor oscuro o difícil, y sus propósitos resultan muy claros. Además, existe tal abundancia de comentarios sobre Hawthorne y sus novelas que el lector razonablemente interesado encontrará tanto material como desee en una visita superficial a cualquier buena biblioteca. Baste señalar que Hawthorne tenía esa visión clara de sus intenciones tan necesaria para el control serio de los materiales que se percibe en cualquier obra de ficción superior. En Hawthorne los materiales son casi siempre un simple medio, incluso en El fauno de mármol, que, con su reportaje sobre guías de viajes, es el libro que más se acerca a la inclusión de materiales extraños. El lector atento observará que Hawthorne entreteje sus detalles, llegando incluso a sugerir que el agua más apropiada y buena para los ramilletes de Alice, un personaje que aúna orgullo, caída y hostigamiento, es el agua del pozo de Maule. Del mismo modo, aunque el lector contemporáneo se estremece ante el desvergonzado e incluso tonto sentimentalismo de Hawthorne, resulta oportuno desde el punto de vista temático que el fin del ciclo criminal, el fracaso del legado de hostigamiento que se produce al término de la novela, sea señalado por el supuesto sonido del clavicémbalo de Alice, cuando el fantasma liberado toca una alegre melodía para celebrar su partida, se supone que hacia el cielo.

Sin embargo, aunque Hawthorne poseía una excelente visión de sus materiales en su calidad de emblemas y símbolos, albergaba ideas contradictorias en cuanto a la perspectiva controladora, amplia y global, generada por consideraciones de orden filosófico y político. El conflicto interno, como ya hemos sugerido, formaba parte integrante de los impulsos opuestos que le acercaban y al mismo tiempo le alejaban de su sociedad. Al analizar la obra de Hawthorne, cabe recordar que en 1849, en el momento mismo en que el autor ofrecía a su público una disquisición moral sobre la gran riqueza como desastre heredado, la pasión norteamericana que más entusiasmaba a la imaginación pública era la fiebre del oro de California. Los grandes acontecimientos de su época, como por ejemplo la Guerra Civil, no aparecen nunca en las obras de Hawthorne, mientras que detalles minúsculos procedentes del pasado más rancio llenan y aumentan sus páginas. En una nación con aspiraciones a una emancipación total con respecto al pasado, a la hegemonía de lo nuevo y lo joven, a una renovación del corazón y a una redención de la historia, Hawthorne sentía que, si era capaz de resolver imaginativamente las contradicciones entre esas dos visiones y el pasado de América, podría aceptar su presente y su propio lugar en él. No obstante, como no podía hacer lo uno, no podía hacer lo otro. No dejaba de atormentarle su impresión de estar fuera de lugar por ser un artista en vez de uno de esos hombres prácticos y mundanos que construían la nación. Pensaba que todo el pasado humano desmentía las suposiciones populares esenciales de América, idea que se combinaba con elementos de su propio temperamento para relegarle al papel de observador subversivo, un papel que apreciaba y aborrecía al mismo tiempo. Pese a todo, quería afirmar su sociedad y, según su famosa frase, «establecer una relación con el mundo». Como artista romántico, ¿era americano o no americano? ¿Era un auténtico hombre de su época o un tipo ostentoso y decadente que nada aportó a su tiempo y espacio? ¿Era un observador frío y aislado —un Coverdale o un Chillingworth— o un eslabón activo de «la cadena magnética de la humanidad»? ¿Era un entrometido en el corazón humano, manipulador y orgulloso —un Hollingsworth o incluso un Ethan Brand—, o un cálido ser humano con respeto hacia la sacralidad de sus congéneres? Igual que sus cuentos y novelas están llenos de personajes que representan esos polos opuestos —Rappaccini y Beatrice, Aylmer y Georgianna, Jaffrey y Phoebe—, sus conflictos internos se centran en su identidad vocacional en América. Sus obras de ficción eran intentos de precisar esa identidad, como si lo que les ocurría a sus personajes pudiera resolver sus propias tensiones. Sin embargo, pocas veces pudo escribir una obra que condujese a las resoluciones que tanto ansiaba. Por consiguiente, los finales de sus obras parecen a menudo, de forma curiosa e incluso escandalosa, imposiciones inorgánicas y contradicciones de las historias que llevan a ellos. La casa de los siete tejados es uno de los mejores ejemplos del problema, que puede abordarse a través de un breve vistazo al mercado literario de Hawthorne y a través de la caracterización de Holgrave.

III

Tanto el mercado literario de Hawthorne como su situación personal se combinaron en 1850 para dar un marcado predominio a la parte conservadora de su personalidad, que le llevaba a desear ser un miembro aceptado y representativo de la cultura mayoritaria de Nueva Inglaterra. Hawthorne acababa de experimentar el triunfo de La letra escarlata, y aunque algunas críticas, en especial de clérigos, le habían atacado con crueldad, el público en general le reconoció como un gran escritor. A pesar de lo mucho que se quejaba en los prólogos de sus libros de su público y de lo poco conocido que era, Hawthorne llegó a ser considerado el mayor autor vivo de América, y cuando en 1850 estaba escribiendo La casa de los siete tejados, en unas cartas a su amigo Horatio Bridge confesó que en ese momento era capaz de obtener placeres profesionales y personales de su vocación de artista literario. No tenía problemas económicos. Había conseguido abandonar la Salem que tanto le desagradaba y se había trasladado a la preciosa zona de Lenox, en el condado de Berkshire. Su obra se vendía razonablemente bien, y le gustaba vivir en la acogedora granja de ladrillo rojo (la Casa Roja a la que a veces llamaba «la Letra Escarlata») de Tanglewood mientras escribía su libro sobre los Pyncheon y los Maule. Al parecer, la única sombra en su inusitada felicidad era, según se quejaba a su editor, James T. Fields, la obligación diaria de recorrer varios kilómetros hasta la oficina de correos del pueblo en pleno invierno, «hundido hasta la rodilla» en el fango, para recoger la nueva hoja de pruebas de La casa de los siete tejados que Fields insistía en enviarle cada día desde la imprenta de Boston. Hawthorne había llegado a la edad de cuarenta y seis años y estaba sano y feliz, a pesar de las hojas de pruebas.

El editor cuyas disposiciones obligaban a Hawthorne a realizar sus caminatas diarias representaba los aspectos dominantes del mercado literario, el cual alentaba las actitudes que reinaban en la personalidad dividida de Hawthorne cuando sus impulsos conservadores y sociales estaban en auge. James T. Fields, como la gran mayoría de los editores y críticos en un mercado literario esencialmente femenino, se mostraba muy partidario de los finales felices y el optimismo. Entre 1830 y 1850, en el lenguaje crítico se repetían una y otra vez varios términos valorativos: «optimismo», «pesimismo», «varonil», «malsano» y «subjetivo». Los cuatro términos genéricos «cuento», «romance», «bosquejo» y «novela» se utilizaban con menos regularidad, no obstante

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