Tono-Bungay (Los mejores clásicos)

H.G. Wells

Fragmento

cap-1

INTRODUCCIÓN

(Se advierte a los lectores que esta introducción
explicita detalles del argumento.)

 

De todas las grandes novelas del siglo XX, Tono-Bungay es la que ha tardado más en recibir el reconocimiento que se merece. H. G. Wells fue un escritor demasiado periodístico, disperso y prolífico como para que se le concediera en vida que estaba a la misma altura que los clásicos modernistas Joseph Conrad, D. H. Lawrence o James Joyce, pero las generaciones posteriores han comprendido de forma paulatina la profundidad y la fuerza de su profético poder literario. Tono-Bungay es la obra maestra de Wells. Es una novela perturbadora, de alcance épico y de contenido enciclopédico, aunque siempre consciente de su condición ficcional, de los autoengaños del narrador en primera persona y de las quimeras e ilusiones que conforman todos los ámbitos de la vida, desde el sexo hasta el comercio, pasando por la política o la ciencia.

Cuando en 1908 se publicó en formato libro Tono-Bungay (con fecha de 1909), el autor ya era famoso por las «novelas científicas» La máquina del tiempo (1895), La isla del Dr. Moreau (1896), El hombre invisible (1897) y La guerra de los mundos (1898); las novelas cómicas casi autobiográficas sobre temas sociales El amor y el señor Lewisham (1900) y Kipps: la historia de un hombre sencillo (1905), y por las obras de ficción y no-ficción de profecía política y tecnológica Anticipations (1902), Una utopía moderna (1905) y The War in the Air (1908). Tono-Bungay combina los temas y las técnicas de todo su trabajo previo en una extensa y cohesionada narración sobre la ambición, el triunfo, la disolución y la pérdida.

Durante su publicación por entregas en Gran Bretaña, entre 1908 y 1909, Tono-Bungay llevaba el subtítulo «Una historia sobre el comercio», pues la trama central de la novela versa sobre el tónico estimulante que le da nombre. El Tono-Bungay es un invento de Edward Ponderevo, el tío químico (es decir, farmacéutico) del narrador, George Ponderevo. «Tono» sugiere «tónico», y «Bungay» es una ciudad de Suffolk, que Edward escoge seguramente porque le gusta como suena. Anunciado como «El secreto del vigor», el Tono-Bungay tiene tanto éxito que su creador se convierte en un magnate financiero y construye un vasto imperio comercial gracias a las técnicas modernas de publicidad y marketing, a pesar de que George sepa (y Edward Ponderevo intente no saber) que el Tono-Bungay es «una engañosa basura, ligeramente estimulante, aromática, y atractiva, […] [uno de los tónicos] insidiosamente peligrosos para aquellos con problemas renales».

La epopeya financiera de Edward Ponderevo (que se refuerza con su ascenso social, pues pasa de vivir en las habitaciones ubicadas sobre su tienda de suburbio a un piso en Londres, a un hotel de lujo, a la antigua y venerable Lady Grove y, por último, a la inmensa y moderna mansión que empieza a construir en Crest Hill) es el centro de una media docena de tramas secundarias: el ascenso por méritos de George Ponderevo, que abandona su estatus de sirviente para desarrollar su vocación aclasista de científico e ingeniero; el matrimonio de George con Marion, una reprimida sexual, su aventura fortuita con Effie y el romance apasionado que desafía los límites de la sociedad de clases con Beatrice Normandy; el matrimonio sin hijos de Edward y Susan Ponderevo y el amor semiconsciente, y nunca expresado, que ella siente por George; la expedición por mar de este para encontrar el preparado radiactivo, tan peligroso como valioso, al que Wells le otorga el sugestivo nombre de «quap»; y la carrera final de George como armador de buques destructores.

Todas estas historias terminan en futilidad y fracaso. El conjunto de la novela resulta una panorámica de relaciones personales, una sociedad y hasta un universo que se desintegran. La inutilidad de las relaciones eróticas provoca que George desarrolle la teoría de que el amor sexual moderno está desconectado del pasado y del futuro: «El amor, como todo lo demás en el inmenso proceso de la desorganización social en que vivimos, es algo a la deriva, algo infructuoso aislado de sus conexiones». Un poco más adelante conecta la infertilidad del amor con la futilidad de todas las esperanzas e iniciativas de su era:

Mientras reviso el grueso montón del manuscrito ante mí, algunas cosas se me hacen más claras, y particularmente la enorme inconsecuencia de mis experiencias. Se trata, me doy cuenta ahora que la tengo toda ante mí, de una historia de actividad y premura y esterilidad. La he titulado Tono-Bungay, pero hubiera sido mucho mejor titularla Desperdicio. He hablado de la yerma Marion, de mi yermo tío, de Beatrice, desperdiciada y pródiga y fútil. ¿Qué esperanza hay para un pueblo cuyas mujeres se vuelven estériles? Pienso en todas las energías que he dedicado a cosas vanas. Pienso en mis industriosos planes con mi tío, en la enorme inutilidad de Crest Hill, en su resonante y tenaz carrera. [...] Es todo un espectáculo de fuerzas corriendo hacia el desperdicio, de gente que se gasta y no es reemplazada, la historia de un país turbulento con una desordenada fiebre de comercio sin ningún objetivo y de dinero y de búsqueda del placer.

La esterilidad y la futilidad conducen a las personas y a las sociedades a la decadencia y a la desaparición, pero George imagina finales aún más catastróficos. A medida que se aleja del hogar donde transcurrió su infancia, la gran Casa Bladesover, donde su madre trabajaba como ama de llaves y las relaciones sociales han permanecido inmutables durante siglos, se percata de que el hundimiento del sistema social es inminente. El mundo del siglo XVIII de Bladesover sigue en pie, pero ciertas tensiones ya traman su destrucción:

Es como un hermoso día de primeros de octubre. La mano del cambio descansa sobre todo ello sin sentirse, sin ser vista; descansa por un tiempo, como medio reluctante, antes de aferrarlo todo y terminar con ello para siempre. Uno se inmoviliza, y el rostro de las cosas aparecerá desnudo, saltarán las ataduras, la paciencia terminará, nuestro hermoso follaje de apariencias caerá resplandeciente en el lodo.

Los dos primeros episodios de la vida de George después de abandonar Bladesover no ofrecen ninguna pista sobre la inminencia de ninguna catástrofe (primero en el oprimido suburbio de Chatham, al este de Londres, donde escandaliza a sus primos dudando de la existencia de Dios; después en el soporífero Wimblehurst, al sur, donde su tío Edward pelea sin resultado contra una autocomplacencia de pueblo pequeño). Solo cuando George, a los diecinueve años, llega a Londres, la ciudad más grande y rica del mundo con su incipiente proliferación de suburbios, colisiona contra los procesos modernos del cambio imprevisible e incontrolable. Los distritos adinerados de la ribera norte del Támesis habían podido ocultar sus consecuencias visibles, pero incluso esta zona contempla cómo la riqueza deja de ser patrimonio de la aristocracia hereditaria para pasar a manos de la nueva clase de empresarios y magnates de la prensa. Mientras tanto, el resto de la metrópolis ha sido invadida por los cambios urbanísticos y sociales:

Las chimeneas de las fábricas arrojan directamente sus humos sobre Westminster con un descuidado aire de no tener permiso para ello, y el efecto conjunto del Londres industrial y de todo el Londres oriental de Temple Bar y de la excesiva y sucia inmensidad del puerto de Londres, me parece algo desproporcionadamente grande, algo morbosamente expandido, sin plan ni intención, oscuro y siniestro con relación a la clara y limpia seguridad social de West End. Y al sur de este Londres central, al sudeste, al sudoeste, muy lejos al oeste, al noroeste, alrededor de todas las colinas de la parte norte, hay crecimientos igualmente desproporcionados: interminables calles de casas todas iguales, industrias todas iguales, familias miserables, tiendas de segunda mano, gente inexplicable que, en una frase que en un tiempo estuvo de moda, no «existe». Todos esos aspectos han sugerido a veces en mi mente, y siguen sugiriendo aún, la desorganizada y abundante sustancia de algunos procesos de crecimiento tumoral, un proceso que por supuesto hace estallar todos los receptáculos donde se albergan y crean protuberancias y masas tan innobles como el confortable Croydon, tan trágicas como el misérrimo West Ham. Hoy en día me pregunto a mí mismo si esas masas llegarán a ser alguna vez estructurales, si llegarán a adquirir alguna vez una forma definida, o si su auténtico y definitivo diagnóstico es el de una imagen cancerosa...

El sentido que George otorga a los adjetivos «tumoral» y «cancerígeno» en relación con Londres apunta a una explicación más amplia sobre el asunto que aparece más adelante. Cuando la ruina amenaza a Edward Ponderevo, George dirige una expedición clandestina para robar una gran cantidad de quap radiactivo que un explorador de mala fama ha encontrado en una isla cerca de la costa de África. Ese material resulta ser destructivo en el ámbito físico, médico y moral, lo que provoca que George reflexione sobre el poder desintegrador de la radiactividad: «Pero hay algo —la única palabra que se me ocurre es cancerígeno, y no es muy aproximada— en el quap, algo que se arrastra y vive de la misma forma que vive una enfermedad: destruyendo; un desarreglo y una agitación elementales, incalculablemente maléficos y extraños». (Es este un pasaje asombrosamente profético: el primer indicio de que existe una relación causal entre la radiactividad y el cáncer apareció el año siguiente de que Wells terminara el libro, al descubrirse en 1909 que varios radiólogos británicos padecían leucemia.)

George prosigue describiendo la radiactividad como «una auténtica enfermedad [...] una enfermedad contagiosa», y establece una conexión metafórica con los temas sociales: «Es en cierto modo algo muy parecido a la descomposición de nuestra vieja cultura en la sociedad, una pérdida de tradiciones y distinciones y seguras reacciones». Y culmina con una conclusión apocalíptica:

Me siento asaltado por una grotesca visión de todo nuestro mundo carcomiéndose y pudriéndose y dispersándose de una forma definitiva. De tal modo que mientras el hombre lucha y sueña, toda la sustancia de la que ha nacido cambiará y se desmoronará a sus pies. Menciono esto como una extraña y recurrente visión que me asalta a menudo. Supongo, por supuesto, que este será el fin de nuestro planeta; no un espléndido clímax, no un gran final, ninguna grandiosa acumulación de logros humanos, sino simplemente... ¡la descomposición atómica!

El viaje a África es el centro moral y creativo de Tono-Bungay, y Wells subraya su protagonismo fingiendo negar que guarde relación con el resto. George Ponderevo dedica el párrafo inicial del libro a una larga y variada lista de situaciones que ha vivido pero sin ninguna relación entre sí: «Uno es golpeado por alguna inesperada fuerza transversal, arrojado fuera de su estrato y vive de través durante el resto del tiempo, y, por decirlo así, en una sucesión fragmentaria de experiencias». El párrafo siguiente está compuesto por una sola frase: «Y en una ocasión (aunque sea la cosa más fortuita de mi vida), maté a un hombre...» El asesinato ocurre en la isla donde George roba el quap, cuando, al encontrarse con él, un africano echa a correr y él tiene el impulso de dispararle («¡No puede escapar y decírselo a los demás!», y aprieta el gatillo. El hecho es «fortuito», pues no es causa ni consecuencia de ningún otro suceso en la vida de George, ni tampoco le acarrea ninguna consecuencia legal ni emocional; sin embargo, encierra el significado moral de los diversos tipos de desconexión e indiferencia que experimenta en todas partes.

Wells otorga al episodio de África mucho más significado del que George, al narrarlo, es capaz de comprender. La isla donde el quap surge de la tierra se llama Isla Mordet, un nombre que alude a la muerte y al asesinato, y durante todo el episodio resuena el relato bíblico de cómo la muerte apareció en el mundo.[1] La isla es un «terreno prohibido», en sentido literal, un emplazamiento donde las autoridades coloniales bloquean el comercio con otros países; y en sentido figurado, el lugar de los frutos prohibidos, como la manzana del árbol del conocimiento del Génesis. El relato casi parentético de George sobre «cómo Milton, uno de los muchachos, cayó de una plancha a la playa, diez metros quizá, con su carretilla, y se rompió el brazo y creo que una costilla» alude a la caída de Adán y Eva (creada a partir de la costilla de aquel), un relato que retoma John Milton en El Paraíso perdido (1667). Bajo la influencia del quap, George descubre su propio potencial no solo para matar, sino para toda forma de crueldad e injusticia: «Comprendo ahora el corazón del explotador, del duro empresario, del negrero […] odiaba a toda la Humanidad durante el tiempo en que el quap estuvo cerca de mí...».

George tiene la sensación de que el viaje a la Isla Mordet es «fortuito» en parte porque, mientras escribe el resto del libro, se esfuerza en olvidar su gran importancia. En los capítulos anteriores George describe su investigación sobre aeroplanos y globos dirigibles a la que puede dedicarse gracias a la fortuna que ganó con el Tono-Bungay. Sus recuerdos le sirven de inspiración para escribir un pasaje sobre las ciencias físicas, a caballo entre un poema de amor y un himno:

La verdad científica es la más remota de las amantes, se oculta en extraños lugares, a lo largo de tortuosas y laboriosas sendas, pero ¡siempre está ahí! Véncela, y no te fallará; será tuya y de la Humanidad para siempre. Es la realidad, la única realidad que he descubierto en este extraño desorden de la existencia. No se enfurruñará contigo ni te comprenderá mal ni te robará tu recompensa sobre alguna mezquina duda. No puedes cambiarla mediante la publicidad o las vociferaciones, ni asfixiarla en vulgaridades. Las cosas crecen bajo tus manos cuando la sirves, cosas que son permanentes como ninguna otra cosa es permanente en toda la vida del hombre. Esa, creo, es la peculiar satisfacción de la Ciencia y su permanente recompensa...

Y solo unos capítulos después, cuando aparentemente lo ha olvidado, George escribirá sobre su «recurrente visión» de que la sustancia del universo se descompondrá y desmoronará, de que la verdad científica permanente que ha celebrado es la verdad sobre la inestabilidad y el cambio.

En el mismo momento en que el George Ponderevo científico se encuentra en un dilema sobre el sentido de su investigación científica, el George Ponderevo escritor duda sobre qué tipo de novela está componiendo. En la mayoría de casos en los que se refiere a su propia crónica, se ciñe al estilo común de los narradores en primera persona, y cuenta la historia ficcional como si relatara hechos históricos. Incluso refiere a los lectores a sus artículos científicos publicados en la Philosophical Transactions de la Royal Society de Londres (una revista real), el Mathematical Journal y el Geological Magazine (ambos ficticios). Pero también insiste en que el libro que está escribiendo es una obra de ficción.

En el párrafo inicial afirma que pretende explicar la historia de su vida a través de «algo de una naturaleza similar a una novela», y, un poco más adelante, dice que esta se trata de su «primera novela y seguramente la última». No mucho después escribe que no puede ceñirse a «las restricciones y reglas del arte» que conlleva escribir un relato de ficción, pues «lo que tengo que contar no es una historia inventada sino un conjunto de innegables realidades». En otras palabras, esto no es una fantasía, sino la verdad, aunque después afirme que «esto es una novela, no un tratado», y ya hacia el final declara que «esta novela tuvo que ser puesta de lado» para terminar de trabajar en un nuevo destructor.

George introduce notables innovaciones a la técnica narrativa: dedica a aspectos públicos y privados de su vida capítulos separados entre sí, aunque refieran hechos más o menos simultáneos. Así, escribe un capítulo extenso titulado «Marion» sobre su cortejo y matrimonio, al que preceden y siguen otros acerca de la época trabajando con su tío en el Tono-Bungay. En vez de guardar el orden cronológico entrelazando las dos tramas, las presenta separadas por completo, hecho que justifica alegando su intención de explicitar las divisiones de su vida:

Veo mi vida dispuesta en dos columnas paralelas de desigual grosor, una más ancha, más grande, más extendida, más rica en acontecimientos, que constantemente se amplía aún más, el lado comercial de mi vida, y otra más estrecha, más oscura, que se ensombrece cada vez más a medida que va apagándose la llama de la felicidad, mi vida hogareña con Marion.

Es posible que Wells adaptara esta técnica de Joseph Conrad y su obra El agente secreto (1907), un libro que dedicó a Wells, y en el cual la narración retrocede sin dar explicaciones a una serie de hechos anteriores. La técnica de Wells no resulta tan llamativa, y quizá representa con más sutileza las divisiones y disociaciones de las que se ocupa la novela. (En lo que parece una broma entre amigos, Wells tomó el inglés incomprensible de Conrad como modelo del habla del capitán rumano que se dirige a África.)

George Ponderevo es un narrador más hábil de lo que piensa, pero malinterpreta gran parte de su propia historia. En ningún momento sospecha hasta qué punto su tía Susan está enamorada de él, ni del dolor que le infringe su inminente matrimonio con Marion. Parece ignorar la intensidad de los sentimientos eróticos de Beatrice Normandy hacia él, y cuando se refiere a ellos los describe con vocabulario técnico. En el extraordinario capítulo en que George vuela con uno de los aeroplanos sobre Beatrice mientras esta domina a su caballo con «su cuerpo» sobre la montura, es especialmente lento en señalar la tensión sexual entre ambos después de aterrizar. Ella se desliza hacia sus brazos (diciendo solo: «Esas grandes alas») mientras él se sorprende por la «extravagante idea [...] de que tenía que hacer el amor con Beatrice»,[2] e informa con un estilo científico de que «surgió el factor de la pasión». En las últimas secciones del libro, mientras se dirige con el destructor desde Londres hacia mar abierto, entiende «todo el sentido» de la verdad científica como «lo que perdura», una belleza sobria en el «corazón de la vida» (, como si ignorara que su barco, con los motores ligeros de los que está tan orgulloso, se sirve de la verdad científica con el único propósito de la destrucción militar. A medida que el buque avanza Támesis abajo hacia el este, desde los palacios reales del oeste de Londres, pasando por la ciudad moderna donde «el Londres tradicional y ostensible cae por completo», hasta «los grandes horizontes del futuro», George comprueba la degeneración del antiguo orden en un caos informe, pero no menciona nada sobre cómo él y su destructor (construido para la marina americana dado que los británicos no lo quieren) contribuyen precisamente a los cambios que tanto lamenta.

Wells aunó una colección variada de fuentes para dar una forma cohesionada a los temas de Tono-Bungay. La narración del ascenso de George desde la oscuridad de la provincia hacia la distinción metropolitana es, en esencia, un relato autobiográfico de la juventud de Herbert George Wells. Su madre, como la de George, era convencional y reservada, y formaba parte del servicio doméstico de una mansión de campo de Sussex llamada Uppark. La historia real difiere de la novela en que fue la madre de Wells quien dejó a su marido, y no al revés (como es el caso de los padres de George), y en que vivió en Uppark solo hasta antes de que naciera su hijo y volvió después de que él se marchara de casa, en los primeros años de su adolescencia. El aprendizaje de George en la farmacia está basado en el de Wells como mercero (es decir, comerciante de telas). Más tarde, George, igual que Wells, se convierte en un estudiante sobresaliente becado en Londres, donde despega su carrera meteórica.

También como Wells, George es pesimista con respecto a los problemas sociales y sus posibles soluciones. Después de decidir que él y su amigo escultor Ewart son socialistas, ambos asisten a una reunión de la Fabian Society, una organización real fundada en 1884 que pretendía instaurar el socialismo a través de medios evolucionistas, y no revolucionarios (el nombre de la sociedad se debe a Fabius Cunctator, el general romano que derrotó a sus oponentes con paciencia, evitando grandes batallas). Después de una única reunión, George y Ewart se alejan de los fabianos, decepcionados por su futilidad y vanidad. Wells formó parte de esa sociedad durante cinco años, y ocupó una posición de poder durante la mayor parte de ese tiempo antes de tomar la misma decisión. Más adelante, el técnico ayudante de George, Cothope, un socialista autodidacta, recupera la predicción de las profecías políticas y tecnológicas del libro de Wells Anticipations al relatar cómo unos científicos e ingenieros desinteresados rescatan una sociedad condenada por el egoísmo de sus ciudadanos y políticos: «Nosotros, la gente científica, tendremos que hacernos cargo del control y detener todo este embrollo financiero y publicitario y todo eso». Wells no menciona el miedo que le causa que esa perspectiva se revelara tan poco práctica como la fantasía utópica de Ewart sobre la reforma de las relaciones sexuales a través de aislar a las mujeres en una cerrada «Ciudad de las Mujeres», donde cada una viviría en una casa particular construida en la muralla exterior, con un balcón y «una pequeña escalerilla enrollable que podrá arrojar si lo desea» para que acceda durante un breve interludio uno de los hombres que esperan fuera.

En el ámbito moral e intelectual, George representa lo contrario que su tío Edward, pero este último es también un autorretrato de Wells, aunque de un modo más secreto y ambiguo. A través del fraudulento personaje público de Edward, de su estatus logrado con malas artes, de su imagen de gigante financiero entre buitres plutócratas, Wells se está refiriendo de un modo sarcástico al aumento de su propia fama como profeta social. Edward, como él, cree que contribuye a cambiar la sociedad y que formará parte de la clase dirigente que salvará el mundo: «Tenemos las manos metidas en las cosas, George, somos gente importante […] Tenemos el control del país, George. Es nuestro. Conviértelo en una empresa científica... Organizada... Comercial. Pon ideas en él». Por supuesto, también pretende que las reformas sean rentables, como en su primera idea de «El Apartamento Patentado Ponderevo, una máquina dentro de la cual puede usted vivir» (el mismo proyecto vanguardista realizado por el arquitecto suizo Le Corbusier en su machine à habiter, «la máquina para vivir»). Mientras que Wells aconsejaba a su extenso público lector que la sociedad debía reconstruirse sobre unos cimientos racionales y científicos, y mientras se volvía tan famoso que poderosos dirigentes le recibían en sus despachos privados (visitó a Lenin en 1920, y a Roosevelt y Stalin en 1934), también tenía la sensación de estar vendiendo a sus lectores la versión intelectual del Tono-Bungay, algo fraudulento, sin valor, quizá peligroso, pero que le reportaba beneficios.

La habilidad de Wells de someterse a sí mismo a juicio se suma a la autoridad moral con que juzga el mundo económico y social que le rodea. El éxito del Tono-Bungay y el auge y la caída económicos de Edward Ponderevo están basados en dos hechos reales. Casi cada detalle de los ingredientes y de la historia del Tono-Bungay los toma de la Coca-Cola, que con seguridad Wells conoció cuando visitó Estados Unidos en 1906. Esta bebida fue inventada por un farmacéutico de Atlanta en 1886, y contenía extractos estimulantes de nuez de cola y hojas de coca (incluyendo trazas de cocaína). Se publicitó como un tónico para el cerebro y los nervios y obtuvo un éxito comercial sin precedentes.

El repentino y humillante final del imperio de Edward está basado en Whitaker Wright, un financiero a la altura de Ponderevo que se había construido una mansión en Lea Park y una granja adyacente llamada Witley Park. Como Edward en Crest Hill, Wright dio trabajo a un pequeño ejército de trabajadores, movió colinas, excavó lagos, gastó millones en el proyecto y ganó el resentimiento de sus vecinos a causa de los cambios drásticos e inmediatos que impuso. Una de las numerosas compañías que dirigía se arruinó estrepitosamente en 1900 como resultado de sus prácticas fraudulentas, hecho que se recrea casi del mismo modo en la historia de Edward. Wright se fue a América, igual que Edward intenta marcharse a Francia. La crónica real y la de ficción divergen en este punto. Después de ser extraditado, Wright fue sentenciado en 1904 a siete años de prisión, pero se suicidó tomando cianuro de potasio justo después de la sentencia (y tenía a mano un revolver cargado por si el veneno fallaba); Edward alude de modo deliberado a cómo Wright preparó con meticulosidad su suicidio.

La investigación de George sobre globos y aeroplanos está fundamentada en el trabajo de pioneros como Otto Lilienthal, Percy Pilcher y los hermanos Wright. Hay un momento en el que asegura haber sido el primero en volar con un planeador (los Wright, más tarde, lo lograron con una nave a motor), pero con la suficiente indecisión para no provocar que otros reclamen su lugar privilegiado en la lista. La nave en la cual George lleva a Edward en su último viaje parece un aeroplano a motor, similar a un dirigible pequeño, pero Wells, adrede, es impreciso con los detalles técnicos. En cambio, explica con minuciosidad la invención de George de una línea de montaje para embotellar el Tono-Bungay con más eficiencia: «Una especie de cinta sin fin de botellas deslizándose a lo largo de un cristal inclinado que convertíamos en resbaladizo mediante una fina capa de agua corriente», con sus distintas fases de operación.

La cronología de Tono-Bungay es confusa y quizá irresoluble. La introducción de John Hammond a su edición[3] incluye una elaborada datación de los hechos a partir de la única fecha que aparece en el texto: la publicación del artículo sobre el quap de George en el Geological Magazine de octubre de 1905. Hammond asume que la expedición de George ocurre antes, en aquel mismo año, e infiere de los indicios dispersos a lo largo de la novela que George nace en 1861, comercializa el Tono-Bungay con su tío en 1883 y sufre el accidente de vuelo (instantes después de volar con un planeador) en octubre de 1904, que Edward cae en bancarrota en 1905 y que George escribe la novela en 1906. Esta propuesta resulta bastante creíble, y la forma en que Edward se refiere en III.II.8 a una charla que ofreció Wells en 1903 y publicada en aquel año, lo corrobora.

Sin embargo, la cronología de Hammond queda ligeramente en duda con la tímida afirmación de George en III.III.4 de que es el primero en volar con una nave. Esta afirmación sugiere una fecha considerablemente anterior a 1903, cuando los hermanos Wright lograron con éxito llevar a cabo un vuelo a motor (un acontecimiento que obtuvo gran popularidad alrededor de 1906). Puede que Wells hubiera pensado que el colapso financiero de Edward ocurría al mismo tiempo que el de Whitaker Wright en 1900. De acuerdo con esta cronología alternativa, el vuelo y accidente de George tendrían lugar en la más que probable fecha de 1899, y a George le quedarían aún media docena de años para convertirse en diseñador de buques de guerra, en vez de solo unos meses. Quizá Wells se sirvió de líneas temporales ligeramente contradictorias para los diferentes episodios de la novela, y le preocuparon poco las incongruencias.

Tono-Bungay encontró lectores entusiastas desde el momento de su publicación, aunque las primeras críticas, como sucede con la mayoría de las grandes obras, incluían las que la rechazaban con condescendencia y las que la alababan con gratitud.[4] La obra nunca ha ocupado un lugar importante en la historia de la literatura moderna, pero sí posee una vida posterior significativa, aunque de algún modo oculta. El político liberal C. F. G. Masterman, que leyó las galeradas de Tono-Bungay, usó la novela para ilustrar los temas de The Condition of England (1909), un libro que marcó el camino de gran parte de los debates públicos sobre la sociedad moderna en las décadas siguientes. La descripción de Masterman de una comunidad engañada por el falso sentido de la seguridad que aportan el poder económico y militar, y amenazada por fuerzas desintegradoras que ni siquiera percibe, es un paralelismo de la visión de Tono-Bungay, y la cita inicial de la obra del político es de George Ponderevo: «“He alcanzado una época de la vida”, dice el protagonista de una novela moderna, “en la que las únicas teorías que me interesan son generalizaciones acerca de realidades”».[5] El momento culminante del libro de Masterman es un rápido resumen sobre la existencia desconectada y fragmentaria de George, que tan pronto es un plutócrata cortejado por los grandes como un marido discutiendo con su mujer en un suburbio, que tanto se relaciona con la clase media como se embarca en una expedición pirática a África, que tanto hace equilibrios con una tostada y una taza de té en una sala de estar londinense como se deja llevar por las fuerzas incontrolables del sexo hacia la perplejidad y la confusión.

Entre quienes leyeron la obra publicada en su forma seriada, quizá el primero en percibir su grandeza fue un joven D. H. Lawrence, que escribió a su amiga Blanche Jennings pocos días después de que apareciera la última entrega en la English Review: «Debes, tienes que leer Tono-Bungay [...] Es la mejor novela de Wells, es la mejor novela que he leído en... oh, ¿cuánto tiempo? Pero me pone triste. Si supieras qué cantidad de tristeza Wells te vierte en el corazón mientras lo vas leyendo... Oh, Mon Dieu! Es un pesimista terrible. Pero, Weh mir,[6] tiene toda la razón».[7] Dos meses más tarde Lawrence volvió a insistir a su amiga, «lee, lee Tono-Bungay; es un muy buen libro».[8] En el futuro mencionó muy poco el libro, pero recuperó su vocabulario y sus temas cuando empezó a trabajar, en 1914, en su gran novela, Mujeres enamoradas, donde enfrentaba el pesimismo apocalíptico de Wells con su propia esperanza apocalíptica. Lawrence consideró titular su libro The Latter Days o Dies Irae antes de decidirse por el definitivo, y explicó a un amigo: «El libro me asusta: es como el fin del mundo. Pero también es, debe ser, el principio de un nuevo mundo».[9]

Todos los personajes de Mujeres enamoradas (al final publicado en 1920) son vagamente conscientes de la catástrofe inminente que solo el portavoz de Lawrence en la novela, Rupert Birkin, comprende del todo: «La disolución sigue adelante, de la misma manera que la producción sigue adelante. Se trata de un proceso progresivo que termina en la nada universal, en el fin del mundo si así lo prefieres».[10] Pero el misticismo visionario de Birkin le permite prever el instante después del momento del caos: «En el supuesto de que el viejo estado social presente quedara desmembrado y destruido, ¿qué saldría del caos?».[11] Lawrence espera el fénix que Wells nunca imaginó, y el lugar donde resurgirá de las cenizas será la nueva clase de relación sexual que Rupert Birkin busca establecer con Úrsula Brangwen.

George Ponderevo considera que su relación sexual con Beatrice es por completo anecdótica: «Hablo aquí de esta aventura amorosa debido a su irrelevancia, debido a que es tan notable que no debería significar nada, y no ser nada excepto lo que es. Resplandece en mi memoria como una brillante flor casual brotando entre los restos de una catástrofe». Para Lawrence, la relación imperfecta pero esperanzadora entre Birkin y Úrsula, el equilibrio con que «las estrellas se equilibran entre sí»[12] después de que el amor correspondido y posesivo fracase, es el medio y el símbolo de la renovación, y cuando ambos se alejan de una sociedad condenada, su cama es, de un modo simbólico, el arca que los salva del diluvio.

Lawrence escribió Mujeres enamoradas en parte para homenajear a Tono-Bungay y en parte para rebatirla, y el eco de esta puede oírse en aquella. En Tono-Bungay, mientras George y Beatrice navegan en canoa por el lago, ella se inclina de repente hacia él: «¿A quién le importa si eso trastorna? [...] Si dices otra palabra te besaré. Y me tiraré al fondo abrazándote. No tengo miedo a eso». Por su parte, cuando Lawrence necesita una metáfora para describir la represión del amor posesivo, transforma las palabras de Beatrice en una anécdota del capítulo «La fiesta acuática», en el momento en que Diana Crich se cae de un barco y se ahogan ella y el joven que intenta salvarla:

Hasta el alba no encontraron los cadáveres. Diana estaba prietamente abrazada al cuello del joven médico, de modo que lo había ahogado.

Gerald dijo:

—Diana lo mató.[13] 

Lawrence también rememora los pensamientos de George sobre los efectos de la radiactividad cuando retrata a Gudrun Brangwen, la hermana de Úrsula, notando, al inicio de la aventura con el malogrado Gerald Crich, «el campo del cuerpo vivo y radiactivo»,[14] en la que parece ser la primera y única vez que Lawrence usa la palabra «radiactivo» en una novela. La invención prácticamente casual de la línea de montaje de George Ponderevo se recupera en el capítulo, cargado de simbología, «El magnate industrial», en el cual los mineros quedan «reducidos a simples instrumentos mecánicos».[15]

Mujeres enamoradas se erige como uno de los monumentos más importantes de la literatura modernista, mientras que Tono-Bungay ha quedado relegada a un lado. Pareciera que el mismo Wells, compartiendo la ceguera de su narrador, hubiera considerado que su obra era más convencional de lo que en realidad es. En el prefacio que escribió para la reedición de 1923, la describió como «una novela que se ajusta a los límites establecidos», y en Experiment in Autobiography afirmó que había planeado que constituyera «una novela, tal como me la había imaginado, en la línea de Dickens y Thackeray».[16] Pero un siglo después de su publicación parece menos anticuada, menos limitada a su época que muchos de los clásicos modernistas. El retrato que presenta de un mundo oscurecido por el cambio y la inquietud en medio de una aparente normalidad permanece vívido y urgente, así como la visión de una sociedad cuya riqueza se produce en parte a través de las imágenes de la publicidad, de la explotación de la tecnología y del comercio pirático a escala internacional. Las ambigüedades e incertidumbres de su técnica narrativa mantienen su fuerza perturbadora porque Wells nunca insistió en que su forma de escribir resultara radicalmente nueva, por lo que no ha envejecido aun cuando dejó de ser novedad. Tono-Bungay es un libro que define su siglo, un siglo que apenas lo advirtió.

EDWARD MENDELSON

2005

cap-103

Tono-Bungay

cap-2

LIBRO PRIMERO

LOS DÍAS ANTERIORES

AL INVENTO DEL TONO-BUNGAY

cap-3

I

De la Casa Bladesover, y de mi madre;

y de la constitución de la sociedad

1

La mayoría de la gente de este mundo parece vivir según un papel establecido; tienen un principio, un intermedio y un final, que son congruentes entre sí y fieles a las reglas de su colectivo. Se puede decir que esas personas son de un tipo o de otro. Son, como diría la gente de teatro, ni más ni menos que «actores de un papel». Tienen una clase, tienen un lugar, saben lo que son y lo que les corresponde, y el tamaño de la lápida dice al final lo adecuadamente que han interpretado este papel. Pero hay también otro tipo de vida que no es tanto vivir como saborear una miscelánea de vidas. Uno es golpeado por alguna inesperada fuerza transversal, arrojado fuera de su estrato y vive de través durante el resto del tiempo, y, por decirlo así, en una sucesión fragmentaria de experiencias. Este ha sido mi caso, y eso es lo que me ha impulsado a escribir algo de una naturaleza similar a una novela. He sido objeto de una inusual serie de impresiones que deseo contar sin más dilación. He visto la vida desde niveles muy distintos, y en todos ellos la he observado con una especie de familiaridad y con buena fe. He sido nativo en muchos países sociales. He sido el huésped indeseado de un panadero, mi primo, que luego murió en el dispensario de Chatham; he comido tentempiés ilegales —los injustificables regalos de lacayos— en un rincón de la cocina, y he sido desdeñado a causa de mi falta de estilo por la hija de un empleado de una fábrica de gas (con la que posteriormente me casé y de quien luego me divorcié); y —por no olvidar mi otro extremo— fui en una ocasión —¡oh, días rutilantes!— en calidad de pareja a la fiesta de una condesa. Se trataba, lo admito, de una condesa con un atractivo financiero, pero, pese a todo, una condesa. He visto a toda esa gente desde varios ángulos. A la mesa, he conocido no solamente a los que tenían títulos sino también a los grandes. Una vez —es mi recuerdo más alegre— derramé mi champán sobre los pantalones del hombre de Estado más importante del Imperio —¡los cielos me castiguen si soy tan odioso como para mencionar su nombre!— en el calor de nuestra mutua admiración.

Y en una ocasión (aunque sea la cosa más fortuita de mi vida), maté a un hombre...

Sí, he visto una curiosa variedad de gente y formas de vivir. Todos extraños, los importantes y los insignificantes, muy parecidos en el fondo y peculiarmente distintos en su superficie. Me hubiera gustado llegar un poco más lejos, hacia arriba y hacia abajo, teniendo en cuenta lo mucho que he logrado abarcar hasta ahora. Debe de valer y debe de ser muy divertido conocer a la realeza. Pero mi contacto con príncipes se ha visto limitado a ocasiones públicas; tampoco en el otro extremo del escalafón social he tenido lo que podríamos llamar una relación profunda con esa indeterminada aunque atractiva clase de gente que va por las carreteras borracha pero en famille (redimiendo así el pequeño desliz) en verano, con un cochecito de niño, espliego para vender, niños bronceados por el sol, mal olor y ambiguos fardos que encienden la imaginación. Peones, jornaleros, marinos y fogoneros, todos los clientes de las tabernas que proliferaron desde la ley de 1834, también están lejos de mí, y supongo que seguirán así ahora y siempre. Mis relaciones con la nobleza también han sido insignificantes; en una ocasión fui de caza con un duque, y en un arranque de lo que sin duda fue esnobismo, intenté darle en las piernas. Pero fallé.

Lamento no haber tenido contacto con todas las variedades sociales, sin embargo...

Sin duda se preguntarán ustedes cuáles han sido mis méritos para conseguir esta notable extensión social, esta considerable muestra representativa del organismo social británico. Fue la Casualidad del Nacimiento. Siempre es así en Inglaterra. Por supuesto, desde un punto de vista cósmico, todo lo es. Pero así fue, de todos modos. Yo fui el sobrino de mi tío, y mi tío era ni más ni menos que Edward Ponderevo, ¡que cruzó el cielo financiero como un cometa hace diez años! ¿Recuerdan ustedes los días de Ponderevo, los grandes días, quiero decir, de Ponderevo? Quizá tuvieron ustedes algo que ver con alguna de esas empresas que sacudieron al mundo. ¡Entonces seguro que lo conocen! A horcajadas sobre el Tono-Bungay, iluminó los vacíos cielos, como un cometa; mejor aún, ¡como un magnífico cohete!, y los maravillados inversores hablaron de su buena estrella. En su cenit, estalló en una nube de las más rutilantes promociones. ¡Qué tiempos fueron aquellos! ¡El Napoleón de las comodidades domésticas...!

Yo fui su sobrino, su peculiar e íntimo sobrino. Colgué durante todo el tiempo de los faldones de su levita. Preparé píldoras con él en la farmacia de Wimblehurst antes de que empezara todo. Podrían decir que fui la cerilla que prendió su cohete. Y después de nuestro tremendo despegue, después de que él jugara con los millones que nos llovían del cielo después de observar con vista de pájaro el mundo moderno, caí de nuevo, un poco rasguñado y con ampollas quizá, veintidós años más viejo, perdida mi juventud, mi virilidad marchita, pero grandemente edificado, en este patio a orillas del Támesis, entre los destelleos y el martilleo, en medio de las espléndidas realidades del acero..., para pensar tranquilamente en todo lo ocurrido y redactar las notas y observaciones no consecutivas que forman este libro. Fue mucho más que una simple ascensión figurativa, ¿saben? El cenit de aquella carrera fue sin ninguna duda nuestro vuelo cruzando el canal en el Lord Roberts β.

Les advierto que este libro va a ser algo muy parecido a un conglomerado. Deseo trazar mi trayectoria social (y la de mi tío) como línea principal de mi historia, pero ya que esta es mi primera novela y seguramente la última, deseo incluir también todo tipo de cosas que llamaron mi atención, que me divirtieron y que me impresionaron, aunque no tengan nada que ver directamente con mi narración. Deseo hablar también de mis curiosas experiencias amorosas, y para hacerlo con fidelidad deberé tener la mente clara puesto que me turbaron y me afligieron y me hicieron vacilar enormemente, y aún me parecen contener todo tipo de elementos irracionales y debatibles. Y es posible que me sumerja también en la descripción de una serie de gente que en realidad no es más que gente vista de paso, simplemente porque me divierte recordar lo que nos dijo e hizo, y más particularmente cómo se comportó en el breve pero espléndido fulgor del Tono-Bungay y sus aún más fulgurantes resultados. ¡Iluminaré parte de esa gente, se lo aseguro! De hecho, deseo iluminar todo tipo de cosas. Mis ideas acerca de una novela son más bien amplias que austeras...

El Tono-Bungay figura aún en las vallas publicitarias, se alinea en los almacenes de todas las farmacias, sigue calmando las toses de la edad e ilumina los ojos ancianos y suelta las lenguas ancianas; pero su gloria social, su destello financiero, se han desvanecido del mundo para siempre. Y yo, único y despellejado superviviente del gran fogonazo, permanezco sentado aquí escribiendo en un ambiente que jamás está tranquilo debido a las chispas y el golpeteo de las máquinas, ante una mesa repleta de planos y diseños, y entre fragmentos de modelos y notas acerca de velocidades y presiones del agua y del aire y trayectorias... En un ambiente muy distinto al del Tono-Bungay.

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2

Acabo de revisar lo que he escrito y me pregunto si, después de todo, el resultado coincide exactamente con lo que pretendía hacer en este libro. Me doy cuenta de haber dado la impresión de que lo que quiero hacer es simplemente un batiburrillo de anécdotas y experiencias, con mi tío nadando en medio de todo ello como cebo principal. Con la pluma ya preparada para seguir escribiendo, me doy cuenta de la enorme masa en fermentación de cosas que he aprendido y emociones que he experimentado y teorías que me he formado y con las que voy a tener que enfrentarme, y cómo, en un cierto sentido, mi libro va a verse condenado desde su mismo inicio. Supongo que lo que realmente estoy intentando transmitir no es ni más ni menos que la Vida... tal como un hombre se la ha ido encontrando. Deseo explicarme a mí mismo y explicar mi impresión de las cosas como un todo, contar lo que más intensamente he sentido del conjunto de las leyes, tradiciones, costumbres e ideas que llamamos sociedad, y cómo nosotros, pobres individuos, somos arrastrados y atraídos y varados por entre esos ventosos y sorprendentes bajíos y canales. Supongo que he alcanzado una época de la vida en la cual las cosas empiezan a tomar formas que tienen un aire de realidad, y ya no son material para sueños, sino interesantes en sí mismas. He alcanzado el criticismo, la edad de escribir una novela, y aquí estoy escribiendo la mía —mi única novela—, sin la disciplina necesaria para refrenarme y omitir, que supongo adquieren los novelistas de oficio.

He leído un número considerable de novelas y efectuado algunos intentos antes de empezar esta, y he descubierto que las restricciones y reglas del arte (tal como las he deducido) son imposibles para mí. Me gusta escribir, me siento profundamente interesado en la escritura, pero no es mi mundo. Soy un ingeniero con una patente o dos en mi haber y un montón de ideas; todo lo que tengo de artista lo he invertido en los motores de turbina y la construcción de barcos y el problema de volar, y dicho esto veo difícil que pueda llegar a ser algo más que un flojo e indisciplinado narrador. Deberé divagar y dar rodeos, comentar y teorizar, si quiero conseguir el objetivo que tengo en mente. Y lo que tengo que contar no es una historia inventada sino un conjunto de innegables realidades. Mi historia de amor —si consigo mantener el espíritu de realidad a lo largo de ella tan intenso como está ahora en mi mente, tendrán ustedes todos los detalles— no entra en ninguno de los esquemas narrativos habituales. Implica a tres personas femeninas distintas. Y se halla profundamente entremezclada con todo lo demás...

Pero creo que ya he dicho lo suficiente para disculparme por el método o el intento de método en lo que sigue a continuación, y creo que será mejor que empiece sin más dilaciones la historia de mi juventud y mis primeras impresiones a la sombra de la Casa Bladesover.

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3

Hubo un tiempo en el que me di cuenta de que la Casa Bladesover no era lo que parecía, pero cuando era un muchacho acepté el lugar con una fe absoluta, convencido de que era un auténtico y completo microcosmos: creía que el sistema de Bladesover era un pequeño modelo en funcionamiento —y no demasiado pequeño tampoco— del resto del mundo.

Déjenme intentar describirles el efecto que me produjo.

Bladesover se halla situada en los Downs del condado de Kent, a unos trece kilómetros de Ashborough; y su viejo pabellón, una pequeña parodia en madera del templo de Vesta en Tibur, en la cima de la colina detrás de la casa, ofrece, en teoría al menos, una vista del mar, del canal al sur y del Támesis al nordeste. El parque es el segundo más grande en Kent, cuidadosamente arbolado con hayas bien situadas, muchos olmos y algunos castaños dulces, abundantes en los pequeños valles y hondonadas de helechos, con fuentes y un arroyo y tres hermosos estanques, y multitud de corzos. La casa fue construida en el siglo XVIII, es de ladrillo rojo pálido al estilo de los castillos franceses y, excepto un paso entre las crestas que se abre a la azul distancia salpicada de diminutas y remotas granjas y montes bajos y campos de trigo y el ocasional destello del agua, sus ciento diecisiete ventanas no se abren a otra cosa que no sea su propio y hermoso territorio. Una pantalla semicircular de grandes hayas oculta la iglesia y el pueblo, que se amontonan pintorescamente en torno a los altos caminos que envuelven las laderas del gran parque. Al norte, en la esquina más remota del recinto, hay un segundo pueblo tributario, Ropedean, menos afortunado debido a su mayor distancia y también a cargo de un párroco. Este sacerdote era por supuesto rico, pero rencorosamente frugal debido a una cierta reducción de sus diezmos; y a causa de haber utilizado la palabra Eucaristía en la Comunión, había sido completamente apartado de las grandes damas de Bladesover. De modo que Ropedean permaneció en las sombras durante toda mi juventud.

La inevitable impresión que producían aquel enorme parque y aquella inmensa casa que dominaban iglesia, pueblo y campos, era que representaban lo que importaba realmente en el mundo, y que todo lo demás tenía significado tan solo a través de ellos. Representaban la nobleza, la clase gracias a lo cual el resto del mundo, los campesinos y los jornaleros, los comerciantes de Ashborough, y los mayordomos y los demás sirvientes y los trabajadores de la propiedad, podían respirar y vivir. Y esa clase conseguía eso de una forma suave y completa, la gran casa se unía tan sólida y eficazmente con la tierra y el cielo..., y el contraste de su espacioso vestíbulo y salones y galerías, su graciosa habitación para el ama de llaves y el resto de dependencias, a su vez con la escuálida dignidad del párroco y los angostos y atestados locales incluso el de la oficina de Correos y la tienda de comestibles, que reforzaban de tal modo esa impresión, que hasta que no fui un muchacho de trece o catorce años y alguna noción inherente en mí de escepticismo no despertó dudas acerca de si mr. Bartlett, el párroco, lo sabía realmente todo acerca de Dios, no empecé a sumergirme en las dudas y a cuestionarme el derecho de la gente bien nacida a ocupar el puesto que ocupaba, su vital necesidad en el esquema de las cosas. Pero una vez este escepticismo se despertó en mí, creció rápido y arreló profundamente. A los catorce años era autor de terribles blasfemias y sacrilegios; decidí casarme con la hija de un vizconde, y conseguí que su medio hermano me pusiera a la funerala mi ojo izquierdo —creo que era el izquierdo—, en abierta y declarada rebelión.

Pero esto ya vendrá en su momento.

Tengo que decir que la gran casa, la iglesia, el pueblo y los jornaleros y los sirvientes en sus empleos y grados, me parecían un sistema social cerrado y completo. A nuestro alrededor había otros pueblos y grandes propiedades, y los nobles, los Divinos, iban y venían de casa en casa, relacionándose, interconectándose. Las aglomeraciones urbanas en medio del campo parecían meras acumulaciones de tiendas, lugares de comercio para los arrendatarios, centros para ofrecerles toda la educación que necesitaban, tan completamente dependientes de la nobleza como del pueblo y apenas menos directamente atadas. Yo creía que ese era el orden existente en todo el mundo. Pensaba que Londres no era más que la mayor de todas esas aglomeraciones urbanas en la campiña, donde la nobleza mantenía sus casas en medio de la ciudad y efectuaba sus compras a la magnífica sombra de la más grande y la más exquisita de todas las mujeres nobles, la reina. Todo aquello parecía estar dentro del orden divino. El hecho de que aquellas espléndidas apariencias estuvieran ya minadas, que hubiera en acción fuerzas que iban a terminar pronto con todo aquel elaborado sistema social para el cual mi madre me había instruido con tanto cuidado que podía comprender fácilmente cuál era mi «lugar», mi prisión, era algo que ni siquiera se comprendía aún en el momento en que el Tono-Bungay hizo su extraordinario despegue por todo el mundo.

Hay mucha gente en la Inglaterra de hoy que aún no lo ha comprendido. A veces dudo si alguien, excepto una pequeña minoría de ingleses que apenas cuenta, se da cuenta de hasta qué punto ese ostensible orden ya ha desaparecido. Las grandes casas siguen alzándose en medio de sus parques, las casitas se apiñan respetuosamente en sus límites, tocando sus aleros con sus enredaderas, el lado campestre de Inglaterra —pueden ustedes explorar Kent a partir de Bladesover hacia el norte y verlo— insiste obstinadamente en seguir aparentando lo que era. Es como un hermoso día de primeros de octubre. La mano del cambio descansa sobre todo ello sin sentirse, sin ser vista; descansa por un tiempo, como medio reluctante, antes de aferrarlo todo y terminar con ello para siempre. Uno se inmoviliza, y el rostro de las cosas aparecerá desnudo, saltarán las ataduras, la paciencia terminará, nuestro hermoso follaje de apariencias caerá resplandeciente en el lodo.

Pero para ello tendremos que esperar aún un poco. El nuevo orden puede que haya llegado muy lejos moldeándose a sí mismo, pero al igual que en ese espectáculo de linterna mágica que acostumbraba a exhibirse en el pueblo como «Imágenes disolviéndose», la escena que nos ofrece sigue todavía en las mentes, rastreable y evidente, y la nueva imagen es aún más enigmática después de que las líneas que han de reemplazar a las anteriores se han hecho recias y brillantes, de tal modo que la nueva Inglaterra de los hijos de nuestros hijos resulta todavía un acertijo para mí. Las ideas de democracia, de igualdad y, por encima de todo, de promiscua fraternidad, nunca han entrado realmente en las mentes inglesas. Pero ¿qué vamos a heredar con ello? Todo este libro, creo, lo trata un poco. Nuestra gente nunca se lo pregunta; conserva sus palabras para burlas e ironías. Mientras tanto las viejas formas, las antiguas actitudes, permanecen, sutilmente cambiadas y cambiando aún, albergando extraños inquilinos. La Casa Bladesover está ocupada ahora por sir Reuben Lichtenstein, y lo ha estado desde que muriera la vieja lady Drew; una de mis más extrañas experiencias fue visitarlo allí, donde mi madre había sido ama de llaves, cuando mi tío se hallaba en el clímax del Tono-Bungay. Resultó curioso observar entonces las pequeñas diferencias que se habían producido con aquella sustitución. Tomando prestado un concepto de mis días mineralógicos, esos judíos no eran tanto una nueva nobleza británica como un «pseudomorfo» tras la nobleza. Son una gente muy astuta los judíos, pero no lo suficientemente astuta como para eliminar su astucia. Deseé poder ir escaleras abajo para saborear el estilo de la cocina. Hubiera sido muy distinto del que conocía. Observé que Hawknest, un poco más allá, tenía su pseudomorfo también; el propietario de un periódico, uno de esos tipos que saltan sobre ideas robadas de una empresa en dificultades a otra, había comprado el lugar. Redgrave estaba en manos de unos cerveceros.

Pero la gente de los pueblos, por todo lo que pude detectar, no veía la menor diferencia en su mundo. Dos niñitas inclinaron sus cabezas y un viejo campesino se tocó compulsivamente el ala del sombrero cuando me crucé con ellos paseando por el pueblo. Pensaban que aún sabían cuál era su lugar... y el mío. No los conocía, pero me hubiera gustado mucho preguntarles si recordaban a mi madre, o si mi tío o el viejo Lichtenstein habían sido lo suficientemente hombre como para seguir mereciendo aquel trato.

En aquella Inglaterra campestre de mi pubertad cada ser humano tenía su «lugar». Era algo que te correspondía desde tu nacimiento como el color de tus ojos, era inextricablemente tu destino. Por encima tuyo estaban los que eran mejores que tú, por debajo estaban tus inferiores, y había también algunos pocos casos, inestables y cuestionables, tan poco concretos que podías, al menos por el momento, considerarlos como tus iguales. La cabeza y el centro de nuestro sistema era lady Drew, su «señoría», arrugada, parlanchina, con una memoria asombrosa para las genealogías y muy, muy vieja, y a su lado y casi tan vieja, miss Somerville, su prima y compañera. Esas dos viejas almas vivían como semillas secas en la gran vaina de la Casa Bladesover, un cascarón que en su tiempo había estado alegremente lleno de petimetres, de espléndidas damas empolvadas y llenas de lunares artificiales y de caballeros cortesanos con espadas; y cuando ya no tuvieron compañía pasaban días enteros en un rincón de la sala de recibir, justo encima de la habitación del ama de llaves, leyendo, dormitando y acariciando a sus dos perros de compañía. Cuando yo era un muchacho pensaba siempre en aquellas dos pobres viejas criaturas como en seres superiores que vivían, como Dios, en algún lugar por encima del techo. Ocasionalmente hacían un poco de ruido e incluso las oías por encima de tu cabeza, lo cual les daba un mayor efecto de realidad sin mitigar su predominancia vertical. A veces también las veía. Por supuesto, si me encontraba con ellas en el parque o entre los arbustos (donde yo era un intruso), me escondía o huía lleno de piadoso horror, pero en una determinada ocasión fui llevado a su Presencia a petición de ellas. Recuerdo a su «señoría» como algo envuelto en sedas negras y con una cadena de oro, una temblorosa amonestación de que debía ser un buen muchacho, un rostro y un cuello muy arrugados y flácidos, y una viscosa mano que depositó temblando media corona en la mía. miss Somerville estaba detrás, una forma pálida que olía débilmente a lavanda, blanca y negra, con unos ojos torcidos de canosas cejas. Su cabello era amarillo y sus mejillas, encendidas, y cuando nos sentábamos en la habitación del ama de llaves, en las noches invernales, para calentarnos los pies y beber un poco de vino añejo, su doncella nos contaba los sencillos secretos de aquel tardío enrojecimiento... Tras mi pelea con el joven Garvell fui por supuesto echado, y no volví a ver nunca más a aquellas dos pobres viejas diosas de cartón piedra.

Luego aparecieron los que iban y venían por las habitaciones de encima de nuestras respetuosas cabezas, los Invitados; gente a la que yo raras veces vi, pero cuyos gestos y modales fueron imitados y discutidos por sus doncellas y criados en la habitación del ama de llaves y en la habitación del mayordomo, de modo que yo siempre supe de ellos de segunda mano. De aquellas conversaciones deduje que ninguno de los Invitados era realmente un igual de lady Drew, eran superiores o inferiores, según correspondía a todas las cosas en nuestro mundo. Recuerdo que en una ocasión hubo un príncipe, acompañado de un auténtico caballero, y eso estaba un poco por encima de nuestros niveles habituales y nos excitó a todos, y quizá despertó unas excesivas expectativas. Más tarde, Rabbits, el despensero, apareció en la habitación de mi madre, en la planta baja, rojo de indignación y con lágrimas en los ojos.

—¡Mire eso! —dijo Rabbits jadeando.

Mi madre se quedó muda de horror. «Eso» era un soberano, un simple soberano, ¡como lo que esperarías recibir de cualquier plebeyo!

Tras los Invitados, recuerdo, vinieron días de ansiedad, porque las pobres viejas de arriba fueron dejadas de lado, malhumoradas y vengativas, y en un estado de indigestión física y emocional tras sus esfuerzos sociales...

En el peldaño inferior de aquellos auténticos Divinos se hallaba la gente de la parroquia, y muy cerca de ellos venían aquellos ambiguos seres que no tienen clase, pero que tampoco son súbditos. La gente de la parroquia tenía su lugar propio en el típico esquema inglés; no hay nada más notable que el progreso conseguido —socialmente— por la Iglesia en los últimos doscientos años. A principios del siglo XVIII el párroco se hallaba más bien por debajo que por encima del mayordomo de la casa, y era juzgado como un competidor por el ama de llaves y todo aquel que no había sido demasiado desacreditado moralmente. La literatura del siglo XVIII está llena de sus quejas por no poder permanecer en la mesa para recibir su parte del pastel. Se alzó por encima de esas indignidades gracias a la abundancia de hijos jóvenes. Cuando me enfrento a las amplias presunciones del clero contemporáneo, puedo pensar en todas esas cosas. Resulta curioso notar que hoy en día ese oprimido personaje que es el maestro de escuela de los pueblos ingleses, y entre cuyas misiones está a veces el tocar el órgano en la iglesia, ocupa en gran parte la misma posición que el cura del siglo XVII. El doctor se situaba en Bladesover por debajo del párroco y por encima del veterinario; los artistas y visitantes estivales se apiñaban por encima o por debajo de este punto según su apariencia y lo que gastaban; y luego, en una escala cuidadosamente ordenada, venían los arrendatarios, el despensero y el ama de llaves, el tendero del pueblo, el primer guardabosques, el cocinero, el tabernero, el segundo guardabosques, el herrero (cuyo estatus resultaba complicado por el hecho de que su hija era la encargada de la oficina postal..., ¡y la habilidad con la que pulsaba los telegramas!), el hijo mayor del tendero del pueblo, el primer criado, los hijos más jóvenes del tendero del pueblo, su primer ayudante, y así sucesivamente...

Absorbí todos esos conceptos y aplicaciones de una prioridad universal en mis tiempos en Bladesover, mientras escuchaba las charlas de los sirvientes, doncellas, Rabbits el despensero y mi madre en la habitación del ama de llaves, pintada de blanco, llena de alacenas y brillantemente iluminada, donde se reunían los principales sirvientes, o de los criados y Rabbits y los jornaleros de todo tipo entre los tapetes verdes y las sillas estilo Windsor de la cocina —donde Rabbits, hallándose por encima de la ley, vendía cerveza sin licencia ni remordimientos—, o de las doncellas en la poco iluminada despensa, o de la cocinera y sus ayudantes y amigos casuales entre el brillo del cobre y los brillantes fuegos de la cocina.

Por supuesto, esos órdenes y lugares les venían a todos ellos por imposición, y de lo que se ocupaban principalmente en sus charlas era de los órdenes y lugares de los Divinos. Había una dignidad de clase entre los libros de recetas, el Whitaker’s Almanack, el Old Moore’s Almanack, y un diccionario del siglo XVIII, en el pequeño aparador que rompía la unidad de las alacenas a un lado de la habitación de mi madre; había otra dignidad de clase entre las ollas de la cocina; había una nueva dignidad de clase en la sala de billares, y creo recordar otra en el curioso lugar de reunión que mantenían los sirvientes principales en la sala de música y en la cual, una vez servida la cena, se reunían para compartir el lujo de unas pastas. Y si les preguntabas a esos sirvientes principales si por ejemplo el príncipe de Battenberg estaba emparentado con digamos mr. Cunninghame Graham o el duque de Argyle, te lo decían sin ni siquiera pestañear. De muchacho, oí una gran cantidad de cosas así, y si hoy en día me muestro un poco vago con respecto a los títulos de nobleza y a la exacta aplicación de los tratamientos honoríficos, ello es debido, puedo asegurárselo, a que mi corazón se ha endurecido, y no por falta de una adecuada oportunidad de haber aprendido esas valiosas particularidades.

Por encima de todos esos recuerdos se halla la figura de mi madre —mi madre que no me quería porque a cada día que pasaba me parecía más a mi padre—, y que sabía con una inflexible decisión cuál era su lugar y el lugar de todos en el mundo, excepto el lugar que ocultaba a mi padre... y en algunos pormenores, el mío. A menudo expresaba sutiles detalles al respecto. Puedo verla y oírla aún diciendo:

—No, miss Fison, los pares de Inglaterra van por delante de los pares del Reino Unido, y él es simplemente un par del Reino Unido.

Tenía una gran práctica en situar a los sirvientes de la gente en torno a su mesa para tomar el té, donde la etiqueta era muy estricta. A veces me pregunto si la etiqueta en las habitaciones de las amas de llaves sigue siendo aún tan severa hoy en día, y dónde habría situado mi madre a un chauffeur...

En su conjunto, me siento feliz de haber visto tantas cosas como vi en Bladesover..., aunque sea solamente a causa de que, viendo lo que vi de una forma completamente ingenua, creyéndolo totalmente, y luego empezando a analizarlo, fui capaz de comprender muchas cosas de la estructura de la sociedad inglesa que hasta entonces me habían resultado del todo incomprensibles. Bladesover es, estoy convencido, la clave de casi todo lo que es típicamente británico, y sume en la perplejidad al extranjero que inquiere acerca de Inglaterra y la gente de habla inglesa. Me doy cuenta claramente que Inglaterra era toda ella Bladesover hace doscientos años; que ha habido, por supuesto, una Ley de Reforma, y algunos cambios formales parecidos, pero ninguna revolución esencial desde entonces; todo lo que es moderno y diferente ha venido como algo intruso o como una acotación sobre esta fórmula predominante, ya sea insolentemente o a modo de disculpa; y percibirán ustedes de inmediato la razonabilidad, la necesidad, de ese esnobismo que es la cualidad distintiva del pensamiento inglés. Todo el mundo que no se halla realmente a la sombra de una Bladesover es como si estuviera buscando a cada instante orientaciones perdidas. Nunca hemos roto nuestras tradiciones, nunca las hemos cortado a piezas ni siquiera simbólicamente, como hicieron los franceses durante el Terror. Pero todas las ideas organizativas se han relajado, los viejos lazos habituales se han aflojado o no han sido apretados. Y América es también, por así decirlo, una parte desprendida y remota de ese estado que se ha expandido en singulares formas. George Washington pertenecía a los bien nacidos, y estuvo a punto de ser rey. Fue Plutarco, ¿saben?, y no nada intrínsecamente americano, lo que impidió que George Washington se convirtiera en rey...

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