Introducción
La Gaviota y su autor, Fernán Caballero
(Cecilia Böhl de Faber)
La Gaviota (1849) fue la primera novela publicada de Fernán Caballero, pseudónimo de Cecilia Böhl de Faber (1796-1877), escritora nacida en Morges, Suiza, y residente en España de manera intermitente por circunstancias familiares. A su padre, Juan Nicolás Böhl,[1] hispanista alemán afincado en Cádiz desde joven para seguir con los negocios de su padre, se le considera un precursor del romanticismo en España, además de ser un gran amante de nuestro Siglo de Oro y un reconocido coleccionista del romancero castellano,[2] afición que, como veremos, sin duda influyó en la literatura que practicaría su hija. Será precisamente en Cádiz donde conoce a «Frasquita» Larrea, una gaditana aficionada a la literatura y a las tertulias de salón, un ambiente en el que se contextualizan muchas de las escenas representadas de La Gaviota. Fruto de este matrimonio y tras una larga estancia en Alemania, nace su primera hija, Cecilia, y poco después vendrán tres hijos más. La primogénita de los Böhl de Faber se educa en Alemania, donde recibe una formación rígida y tradicional, y no llega a España hasta los quince años. En su nueva patria, observa la realidad con los ojos sorprendidos de una adolescente extranjera para quien todo es nuevo y fascinante. Enseguida quedará prendada de la cultura, las tradiciones y el habla andaluza, una admiración que quedará plasmada siempre en sus futuras obras literarias. No obstante, a la futura escritora le espera una trayectoria personal atormentada, inestable y en constante itinerancia: tres matrimonios, viajes (Puerto Rico, Alemania, París, Londres...) y una vida amorosa intensa y repleta de desengaños que no le permiten gozar de un periodo duradero de estabilidad y sosiego hasta que en 1857, a los sesenta y tres años, se instala definitivamente en Sevilla, donde muere en 1877 entregada a su escritura, a la que siempre consideró un asidero y un consuelo «para no haber muerto de hipocondría o haberme vuelto loca».[3]
Aunque no fue el único que utilizó a lo largo de su trayectoria,[4] Cecilia Böhl de Faber eligió su pseudónimo más conocido inspirándose en el pequeño municipio de Fernán Caballero, situado en la provincia de Ciudad Real, donde se había perpetrado un crimen que se divulgó a través de la prensa del momento. Al parecer, le gustaban las reminiscencias de «su sabor antiguo y caballeresco», puesto que la localidad debe su nombre a Ferrant Cavallero, un reconquistador que fue señor del lugar en el siglo XIV. Así, «sin titubear un momento lo envié a Madrid —se refería al original de la novela—, trocando para el público las modestas faldas de Cecilia por los castizos calzones de Fernán Caballero».
Son varias las hipótesis que sostienen las razones del pseudónimo, pero cabe destacar, en primer lugar, la que resulta más habitual cuando una mujer escritora se oculta bajo el nombre de un hombre: defenderse del menosprecio de los lectores ante la obra de una «literata». En el caso de Cecilia Böhl de Faber, ella misma lo explica en una carta enviada el 15 de junio de 1849 a su amigo el escritor Juan Eugenio Hartzenbusch: «Cate usted ahí las ventajas de mi incógnito. Si se hubiese dicho [que] era una señora nadie la lee».[5] Además, en este caso cabe añadir un «agravante» del que la escritora era consciente: el hecho de ser una mujer extranjera —algo fácilmente detectable por su apellido— la desacreditaría aún más al hablar de cuestiones referentes a lo español, lo cual conllevaría que la novela perdiera no solo «mérito y prestigio», sino también «la fuerza moral de sus buenas y religiosas ideas».[6] Poco después de publicar La Gaviota, en otra carta a Hartzenbusch (Puerto Rico, 21 de julio de 1848) explicaría su disgusto porque «un caballero de Madrid ha esparcido en voz y en grito la noticia de que yo soy la autora» y «no sabe el daño material y moral que me ha hecho, las lágrimas que me hace derramar y con qué ligereza ha turbado para siempre mi único bien, paz interior y mi éxtasis. ¡Oh, si yo hubiese podido prever esto, yacerían en cenizas estas novelas!».[7]
Inicialmente, la obra fue escrita en francés y se dirigía al público europeo, puesto que la escritora tardaría aún en dominar suficientemente bien la lengua castellana. Luego La Gaviota se tradujo al castellano para ser publicada por entregas entre el 9 de mayo y el 14 de julio de 1849 en El Heraldo, periódico editado en Madrid durante el reinado de Isabel II. El traductor de la obra en su primera publicación fue José Joaquín de Mora, director del periódico en aquel momento. En la «Introducción» a La Gaviota de Bravo-Villasante se facilita la carta que Böhl de Faber dirige a Mora en la que comenta brevemente el contenido e intención de la obra que va a publicarse: en ella explica que la obra se adhiere a un género que falta en España pero que se aprecia mucho en otros países: la novela de costumbres, que se fundamenta en el «espíritu de observación con el fin de conocer este pueblo poético y esta sociedad tan poco conocida».[8] Esta carta y el «Prólogo» que se incorpora a la obra para una edición en 1853 son de suma importancia, puesto que Fernán Caballero expresa en ellos su teoría crítica sobre la novela. Más aún, teniendo en cuenta que durante muchas de las sucesivas ediciones modernas de la obra suprimieron dicho prólogo. A todo este proceso hay que añadir que, a pesar de la buena acogida que tuvo la obra por parte de los lectores de El Heraldo, la escritora no quedaría del todo satisfecha con la traducción de Mora y la rehízo con alguna ayuda para publicar una edición de la obra, ya en volumen, en 1856. En 1861 vuelve a revisar la obra para una nueva edición más perfeccionada; se siente mucho más segura con el español y puede hacerlo ya sin ayuda. Las correcciones de esta nueva revisión serán las definitivas, puesto que las reediciones de la obra que se publicarán en adelante ya no variarán. Lamentablemente, el manuscrito original de la obra, escrito en francés, se encuentra a día de hoy en manos de un descendiente de la escritora que, hasta el momento, no ha autorizado su consulta.[9]
El hecho de que La Gaviota se orientara inicialmente a un lector extranjero resulta esencial para comprender la intención de la escritora al emprender este proyecto literario. La abundante correspondencia que mantuvo durante su trayectoria con muchos otros escritores españoles nos permite afirmar que su obra respondía principalmente a un firme propósito: rebatir la concepción romántica que tenían de España el resto de los países europeos, puesto que la concebían como una sociedad primitiva, poco civilizada y dominada por los impulsos y las pasiones, además de por el poco amor al trabajo, la holgazanería y el continuo jolgorio. A la construcción del denominado «mito romántico» sobre el carácter español habían contribuido numerosos escritores extranjeros que, tras visitar nuestro país, se habían dedicado a publicar todo tipo de relatos que alimentaban esa idea estereotipada de los españoles.[10] Con el fin de desmentir los prejuicios sobre lo español apoyándose en la verdad como principio y de contribuir en el renacer del espíritu nacional, en las primeras líneas del Prólogo que precedía la obra original Cecilia Böhl de Faber dejaba claro que, más que una novela, escribía «un ensayo sobre la vida íntima del pueblo español, su lenguaje, creencias, cuentos y tradiciones» y que «la parte que pudiera llamarse novela sirve de marco a este vasto cuadro».[11]
Para Fernán Caballero, la cultura, la vida y las tradiciones españolas debían mostrarse de acuerdo con la verdad, y con este fin concebía el costumbrismo como un género en el que sus objetivos ideológicos y literarios encajaban, puesto que partía del principio de observación del autor y se desentendía de artificios literarios y de aditivos románticos que adulteraran la realidad. El costumbrismo pintaba la vida tal como era y resultaba un género útil por la sencilla razón de que se dedicaba a representar la realidad con la máxima exactitud. Por este motivo decidió que el título completo de su texto original sería La Gaviota, novela original de costumbres españolas, adscribiendo su obra a la corriente del roman des moeurs con una clara voluntad de ceñirse al método realista, que pretendía ofrecer «una idea exacta, verdadera y genuina»[12] de la sociedad española, según ella misma lo expresó en el Prólogo. Se trata, en definitiva, de generar opinión, pero de ilustrarla por medio de la verdad, no por medio de la exageración o la manipulación, matizaba.
Aunque abordaremos más adelante la cuestión referente al género de la obra en su contexto estrictamente literario, es decir, en convivencia con el emergente realismo, valga añadir para cerrar este punto que, como explica a modo de síntesis Xavier Andreu Miralles en su imprescindible trabajo sobre Fernán Caballero,[13] el costumbrismo se originó en buena medida como reacción al estereotipo, una afirmación que, sin duda, acota bien la intención última de La Gaviota. Tanto es así que, en el anuncio de El Heraldo del 4 de marzo de 1849 sobre la inminente publicación de la novela, se destacaba como rasgo principal que se trataba de «un estudio profundo que ha hecho —el autor— de los grandes rasgos de nuestra nacionalidad, y la comparación que ha podido hacer de los viajes por diferentes regiones de Europa» y de «una pintura fiel y altamente expresiva de las verdaderas costumbres de nuestra nación, como se observan en las clases y personas preservadas hasta ahora del contagio de la imitación extranjera».
La mujer como vértice para la regeneración nacional. La condición femenina en Cecilia Böhl de Faber: entre vida y obra
Otro de los propósitos fundamentales de Fernán Caballero fue ofrecer en sus novelas una representación de la mujer española como parte sustancial del carácter nacional español. Mediante estos dos pilares —costumbrismo y modelo de feminidad— la escritora pretendía plasmar, a través de su literatura, un nuevo «proyecto de regeneración nacional»[14] en el que se reflejara a la española contemporánea, alejada de tópicos y trivialidades extendidas por los países extranjeros. El romanticismo europeo también estereotipó a la mujer española, a la que se identificaba como rebelde, independiente y pasional, un perfil diametralmente opuesto al modelo de mujer católica, complaciente y comedida, esposa y madre dedicada al ámbito doméstico. Cecilia Böhl de Faber apuesta por un modelo de mujer contemporánea y valedora del futuro nacional, pero construida a partir de los viejos valores cristianos que, a su entender, siempre han caracterizado a la mujer española y que se estaban viendo amenazados por comportamientos impropios, fruto de las nuevas corrientes y las influencias extranjeras que ya penetraban en los ambientes más concurridos de las principales ciudades españolas.
Los especialistas en la vida y obra de Cecilia Böhl de Faber coinciden en que su educación conservadora y católica fue un condicionante que hay que tener muy en cuenta para dilucidar su ideario, algo que influye y se refleja, como es lógico, en el sentido último de sus obras. Considerar estas convicciones de base permite entender la concepción que tiene la escritora del papel que debe desempeñar la mujer: son conocidas sus simpatías por la Unión Católica, no oculta sus reticencias respecto a la democracia o al sufragio universal y no ve con buenos ojos la emancipación femenina. Esta postura personal se sintetiza en muchos de los comentarios de la marquesa en La Gaviota. Sirva como ejemplo la siguiente afirmación que, a modo de declaración de principios, comenta en una de las tertulias: «Nada es menos interesante a los ojos de las personas sensatas que una muchacha ligera de cascos que se deja seducir, o una mujer liviana que falta a sus deberes». No obstante, cabe señalar algo en lo que han reparado algunos críticos: la contradicción existente entre esa postura conservadora que profesaba y que reflejaba en sus obras y su historia personal, caracterizada por una diversificada vida amorosa. En este sentido, la controvertida trayectoria de Cecilia Böhl de Faber se acerca al ideal femenino de la mujer emancipada que, paradójicamente, se ridiculiza en La Gaviota y en Clemencia, dos de sus principales obras.
Si la influencia del padre la encontramos reflejada sobre todo en el estilo literario de La Gaviota a partir de la incorporación de gran parte del refranero popular, la influencia de la madre también está presente en la obra de una forma más sutil: la gaditana era famosa por organizar las denominadas «tertulias serviles», donde los contertulios defendían abiertamente los valores propios del Antiguo Régimen, puesto que la anfitriona, de pensamiento conservador y acérrima defensora del absolutismo de Fernando VII, profesaba su animadversión hacia los liberales y sus posturas políticas. Este tipo de tertulias y debates que muestran la opinión dispar de dos Españas contrapuestas están muy vivos en muchas de las tertulias que tienen lugar en el salón de la condesa de La Gaviota, donde se discute constantemente sobre lo que acontece en el país desde distintos puntos de vista políticos, dependiendo de los personajes que los comentan, desde los más conservadores y reaccionarios a los más aperturistas y moderados. En efecto, las reminiscencias de la educación recibida y de su contexto no solo se hacen evidentes en las creencias políticas y religiosas que defendía la escritora, sino que también se reflejan en su obra literaria. No olvidemos que siempre se sintió más cercana a los neocatólicos que a los moderados y que los referentes ideológicos reconocidos por la escritora siempre son de corte católico-conservador. En este sentido, es obvio que en La Gaviota hay moralismo y propaganda católica, se elogian las virtudes cristianas y tradicionales, se alude a los efectos de la desamortización y se condena la emancipación femenina, que se transforma en la obra en un libertinaje que solo lleva consigo desdicha e infortunio.
No obstante, quede claro que Böhl de Faber no apuesta por una mujer que vuelva al modelo de la «perfecta casada», sometida al marido y recluida al ámbito doméstico, sino por un ideal algo más complejo que pretende contribuir a la regeneración social del país «adaptando los viejos modelos a las realidades de la España postrevolucionaria de mediados del siglo XIX»,[15] un tradicionalismo que tampoco quería renunciar a la modernidad: una mujer que representa el modelo del carácter nacional tal y como es, lejos de estereotipos y falsas verdades. Por otro lado, empezaba a importarse a España una amenaza nueva también proveniente del extranjero: una modernidad que adulteraba la esencia de la mujer española, a quien Fernán Caballero identificaba con los preceptos cristianos y las buenas maneras, lo cual incluye ser una buena madre y una buena esposa. Una mujer, en definitiva, «instruida, cuya inteligencia y virtudes son admiradas y respetadas por su marido».[16]
Para Böhl de Faber estas mujeres virtuosas que caracterizaban lo español eran la viva representación de las sociedades civilizadas. Con esta postura logra dar un viraje a la cuestión, considerando como una fuente de virtud lo que otros ojos ven como defecto: el conservadurismo en las formas de la mujer española tradicional visto como un rasgo distintivo. Este modelo de feminidad no solo era un aspecto esencial en su ideario personal, sino que lo consideraba un principio en su proyecto político de regeneración católica y nacional; en España se debía romper con la idea de la mujer pasional y ensalzar uno de los valores nacionales más preciados: la mujer española, honrada y católica, disponía de más autoridad moral que la mujer extranjera. Se trataba, pues, no solo de romper el estereotipo, sino de dar a conocer al a la verdadera mujer española. Como afirma Andreu Miralles, la «religiosa España no debía acepar lecciones ni imitar modelos foráneos», una postura conservadora que tenía como objetivo preservar los valores de lo propio, aquello que había que mantener vivo y erigir como una superioridad moral en unos tiempos de amenazante cambio que llevaban hacia la pérdida del decoro y la integridad. Para la escritora, esa nueva idea de feminidad fundamentada en la recuperación de los valores tradicionales supone el vértice de un nuevo catolicismo regeneracionista que contribuiría al progreso social de España.
Fernán Caballero tenía la firme convicción de que su aportación literaria contribuía a la construcción de esa sociedad renovada: la literatura también era una manera de hacer política. Por eso mismo en sus obras refleja el modelo de feminidad de moral superior que caracterizaba a la mujer española y que sería uno de los vértices de la regeneración social. Sin duda es en la novela Clemencia donde Fernán Caballero más se declara en favor de las opciones conservadoras y donde más acentúa este ideal de mujer, que se ve representada en su protagonista, Clemencia, mujer devota y subordinada. Precisamente por esta cuestión la obra no fue bien recibida por los moderados, que objetaron a Fernán Caballero su excesivo conservadurismo.
En La Gaviota se representan dos perfiles opuestos de feminidad y no es casual descubrir en sus últimas páginas que uno de ellos renuncia a sus aires de grandeza y a la actitud de rebeldía e insumisión, para encauzarse en las buenas maneras, en la humildad, la maternidad y la vida familiar. En definitiva, como advierte Andreu Miralles, el desenlace de La Gaviota parece negar las tesis que George Sand proponía sobre la emancipación femenina en sus obras, que se estaban extendiendo por Europa. Una de ellas, Consuelo (1842), se publicó en España también a través de El Heraldo, y tanto la trayectoria de su protagonista como la idea que defiende la escritora más allá del argumento son opuestas a lo que encontramos en Marisalada, la protagonista de La Gaviota. A diferencia de lo que le acaba ocurriendo a Marisalada, Consuelo, gracias a su talento, y a pesar de no ser una mujer bella, sí consigue la emancipación artística, e incluso renuncia por ella al hombre que ama. Para doña Cecilia, en cambio, «el talento no es nada sin la virtud», y podríamos afirmar, en relación con esta convicción, que La Gaviota es una reacción a Consuelo.
Criada en una cabaña aislada y en condiciones muy humildes, sin una figura materna que le sirva de modelo y a cargo de su padre —un pescador de buen corazón, pero superado por las circunstancias—, Marisalada encarna la figura de una joven rebelde, intratable, descarada y refractaria a toda autoridad. El talento de su voz le ofrecerá la gran oportunidad de dejar atrás su condición y su entorno rural para poder triunfar y conocer mundo en los teatros de Sevilla y Madrid; pero su carácter irreverente e indomable, incapaz de encajar en cualquier ley moral o social vigente, también supondrá su condena. Como consecuencia de sus actos indecorosos, Marisalada se verá obligada a renunciar a una vida de éxito y reconocimiento para acabar volviendo al punto de inicio, Villamar, de donde huyó, a fin de amoldarse a un estilo de vida acorde con el arquetipo de feminidad que defendía la escritora. En contraposición al carácter inicial de Marisalada, encontramos al resto de las mujeres de la obra, ya pertenezcan a un contexto rural y humilde (como la tía María, su nuera o doña Rosa Mística), ya a uno aristocrático, como la condesa de Algar, su hija o las que asisten a las tertulias de su salón. En este sentido, Fernán Caballero las aúna a todas sin distinción como ejemplo de cristiandad y de buen hacer. En la novela son virtudes transversales, que no entienden de origen ni de clases sociales.
El hecho de que la vida se encargue de reencauzar a Marisalada retornándola al punto de partida para que pueda tomar un nuevo camino alejado de los aplausos, los escenarios y de la fama y el bullicio, pero pleno, podemos interpretarlo, en primer lugar, como una lección de vida a ojos de la autora, que otorga una nueva oportunidad a la protagonista para enderezar su vida por la vía de la sensatez y la corrección, una vez aprendidas las consecuencias nefastas de su vida libertina. En segundo lugar, como una oda a la vida sencilla, la vida de aldea, que responde al viejo tópico renacentista de la oda a la vida retirada, la vida en convivencia con la gente humilde pero bondadosa, pues es en los pueblos, en las zonas alejadas del mundanal ruido y de las novedades que corrompen, donde se conservan mejor y más genuinamente las buenas costumbres, las viejas tradiciones, la nobleza de espíritu y la hospitalidad cristiana. En la corte, en las ciudades como Sevilla, en los salones donde se convive con la aristocracia, las buenas tradiciones ya empiezan a verse amenazadas por las modas extranjeras y ya está debatiéndose el conflicto modernidad-tradición. En la obra, Fernán Caballero pone de relieve la dicotomía pueblo-ciudad, modernidad-tradición, para elogiar los valores del ruralismo, especialmente el andaluz, por el que siempre sintió debilidad.
Costumbrismo y realismo, una complementariedad posible
Como hemos ido aludiendo en los puntos anteriores, se considera La Gaviota una de las primeras novelas del género costumbrista o de costumbres, que empieza a despuntar tímidamente con la literatura dieciochesca, que se mantiene viva debido al interés del romanticismo por el folclore y lo genuino nacional y que vivirá su momento de máximo esplendor durante el periodo comprendido entre mediados del siglo XIX hasta casi entrado el siglo XX conviviendo con el realismo de escuela heredado esencialmente de los grandes novelistas de la Francia decimonónica y de las obras de Charles Dickens, y cuyo decálogo teórico en el panorama literario español lo encontramos en las Observaciones sobre la novela contemporánea en España, publicadas por Benito Pérez Galdós, en 1870.
Las Observaciones suponen unos preceptos teóricos que actúan como punto de partida en la trayectoria de la novela española hacia la novela de análisis de corte sociológico. En cualquier caso, es necesario tener presente que la novela realista y la costumbrista en ningún caso se contraponen, sino que son discursos complementarios que conviven en un mismo periodo cronológico —a pesar de que el costumbrismo emerja con anterioridad—, con muchas convergencias y puntos de encuentro, y también con notables divergencias. El interés de la novela de costumbres reside, como decíamos, en la pintura exacta de la vida civil, para sacar a relucir sus costumbres y su cotidianidad sin pasar por ficción, sino más bien tratando de documentar la verdad, aunque a veces caiga en el estereotipo; por su parte, el realismo que propone Galdós tiene como objetivo el estudio en profundidad de la sociedad de su tiempo y se centra en las virtudes y los defectos —en los vicios, decía él— de la nueva clase media y, más en concreto, en la mujer, la domesticidad y el bullicio en la vida urbana como símbolo de la contemporaneidad. Es decir, aunque el fundamento de ambos discursos gire en torno al principio de observación y de veracidad, podríamos decir que uno aborda la superficie y otro los movimientos de fondo de la sociedad que refleja en la obra.
Podemos afirmar, simplificando la cuestión, que el costumbrismo inicia el camino hacia la novela realista decimonónica. Dentro de ese marco, La Gaviota, por ser una de las obras incipientes del costumbrismo español, contribuye especialmente en ese nuevo camino al proponerse «ser útil y escribir con exactitud y con verdadero espíritu de observación», cosas que «ayudarían mucho para el estudio de la humanidad, de la Historia, de la moral práctica, para el conocimiento de las localidades y de las épocas»,[17] como afirma el personaje de Rafael en una de las tertulias de La Gaviota. Esta reflexión que incorpora la novela resulta toda una declaración de principios y una teoría literaria con la que entroncarán los principios del realismo. Böhl de Faber conocía a la perfección estos propósitos y lo que debía ser la novela de costumbres, como demuestra sobre todo en el Prólogo de la novela ya aludido: en definitiva, para ella la novela de costumbres es, más que literatura ficticia, un retrato fidedigno de la nación española destinado a hacerle justicia en el mapa internacional.
Así, la propuesta del costumbrismo de Cecilia Böhl de Faber en La Gaviota se centra en plasmar un reducto de la sociedad de la España de los años cuarenta del siglo XIX a través de lo que acontece a los personajes de su novela, a quienes contextualiza entre la Andalucía rural de un pueblo de Huelva, el ambiente de los salones de Sevilla, con duques y alta sociedad, y Madrid como cuna del auge cultural y los espectáculos teatrales de la época. El estilo de la escritora refleja, por un lado, el gusto por las costumbres nacionales, las buenas maneras, el folclorismo y la tradición católica, pero, por el otro, se muestra abiertamente disconforme ante otras tradiciones de nuestro país, como las corridas de toros y el ambiente que esta celebración genera a su alrededor.
En la caracterización del estilo dentro del género costumbrista es esencial reparar en el uso del refranero, las canciones y los romances populares que se hace de continuo en la novela, tanto en los diálogos como insertados explícitamente a modo de composiciones literarias breves que se entrelazan con la narración en prosa. Este rasgo tan propio de su costumbrismo podría deberse, como hemos apuntado al inicio, a la influencia del padre de la escritora, quien en sus obras publicó numerosos romances y canciones. También los personajes de La Gaviota, sobre todo los que forman parte del ámbito rural, son grandes conocedores de este tipo de cultura popular, a menudo trufada de falsas creencias o supersticiones, pero otras veces con un contenido cívico, que contribuye a recuperar la convivencia en momentos de conflicto y contiene altas dosis de sabiduría y sensatez. Como ocurría a las gentes en las zonas rurales, de provincias y alejadas de las principales ciudades —ámbitos anclados en las tradiciones y con poco acceso al conocimiento—, estos personajes se explican el mundo gracias a los refranes transmitidos durante generaciones de padres a hijos mediante la tradición oral. Asimismo, hay que destacar la inserción en la novela de cuentos —todo el capítulo IX se dedica exclusivamente a «El cuento de Medio-pollito»— y leyendas, dos géneros literarios que se fundamentan en la tradición popular y la transmisión oral. Esta presencia de lo popular en la obra de Cecilia Böhl de Faber debe leerse como un reconocimiento de la escritora a la Andalucía rural que tanto estimaba, y a la vez demuestra un gran conocimiento de estos géneros, lo cual marca un sello literario muy propio en la literatura española.
ALBA GUIMERÀ GALIANA
La Gaviota
Prólogo
Apenas puede aspirar esta obrilla a los honores de la novela. La sencillez de su intriga y la verdad de sus pormenores no han costado grandes esfuerzos a la imaginación. Para escribirla, no ha sido preciso más que recopilar y copiar.
Y, en verdad, no nos hemos propuesto componer una novela, sino dar una idea exacta, verdadera y genuina de España, y especialmente del estado actual de su sociedad, del modo de opinar de sus habitantes, de su índole, aficiones y costumbres. Escribimos un ensayo sobre la vida íntima del pueblo español, su lenguaje, creencias, cuentos y tradiciones. La parte que pudiera llamarse novela sirve de marco a este vasto cuadro, que no hemos hecho más que bosquejar.
Al trazar este bosquejo, solo hemos procurado dar a conocer lo natural y lo exacto, que son, a nuestro parecer, las condiciones más esenciales de una novela de costumbres. Así es que en vano se buscarán en estas páginas caracteres perfectos, ni malvados de primer orden, como los que se ven en los melodramas; porque el objeto de una novela de costumbres debe ser ilustrar la opinión sobre lo que se trata de pintar, por medio de la verdad; no extraviarla por medio de la exageración.
Los españoles de la época presente pueden, a nuestro juicio, dividirse en varias categorías.
Algunos pertenecen a la raza antigua; hombres exasperados por los infortunios generales, y que, impregnados por la quisquillosa delicadeza que los reveses comunican a las almas altivas, no pueden soportar que se ataque ni censure nada de lo que es nacional, excepto en el orden político. Estos están siempre alerta, desconfían hasta de los elogios, y detestan y se irritan contra cuanto tiene el menor viso de extranjero.
El tipo de estos hombres es, en la presente novela, el general Santa María.
Hay otros, por el contrario, a quienes disgusta todo lo español, y que aplauden todo lo que no lo es. Por fortuna, no abundan mucho estos esclavos de la moda. El centro en que generalmente residen es en Madrid; más contados en las provincias, suelen ser objeto de la común rechifla.
Eloísa los representa en esta novela.
Otra tercera clase, la más absurda de todas en nuestra opinión, desdeñando todo lo que es antiguo y castizo, desdeña igualmente cuanto viene de afuera, fundándose, a lo que parece, en que los españoles estamos a la misma altura que las naciones extranjeras, en civilización y en progresos materiales. Más bien que indignación, causarán lástima los que así piensan, si consideramos que todo lo moderno que nos circunda es una imitación servil de modelos extranjeros, y que la mayor parte de lo bueno que aún conservamos es lo antiguo.
La cuarta clase, a la cual pertenecemos, y que creemos la más numerosa, comprende a los que, haciendo justicia a los adelantos positivos de otras naciones, no quieren dejar remolcar, de grado o por fuerza, y precisamente por el mismo idéntico carril de aquella civilización, a nuestro hermoso país; porque no es ese su camino natural y conveniente: que no somos nosotros un pueblo inquieto, ávido de novedades, ni aficionado a mudanzas. Quisiéramos que nuestra patria, abatida por tantas desgracias, se alzase independiente y por sí sola, contando con sus propias fuerzas y sus propias luces, adelantando y mejorando, sí, pero graduando prudentemente sus mejoras morales y materiales, y adaptándolas a su carácter, necesidades y propensiones. Quisiéramos que renaciese el espíritu nacional, tan exento de las baladronadas que algunos usan, como de las mezquinas preocupaciones que otros abrigan.
Ahora bien, para lograr este fin, es preciso, ante todo, mirar bajo su verdadero punto de vista, apreciar, amar y dar a conocer nuestra nacionalidad. Entonces, sacada del olvido y del desdén en que yace sumida, podrá ser estudiada, entrar, digámoslo así, en circulación, y, como la sangre, pasará de vaso en vaso a las venas, y de las venas al corazón.
Doloroso es que nuestro retrato sea casi siempre ejecutado por extranjeros, entre los cuales a veces sobra el talento, pero falta la condición esencial para sacar la semejanza, conocer el original. Quisiéramos que el público europeo tuviese una idea correcta de lo que es España, y de lo que somos los españoles; que se disipasen esas preocupaciones monstruosas, conservadas y transmitidas de generación en generación en el vulgo, como las momias de Egipto. Y para ello es indispensable que, en lugar de juzgar a los españoles pintados por manos extrañas, nos vean los demás pueblos pintados por nosotros mismos.
Recelamos que, al leer estos ligeros bosquejos, los que no están iniciados en nuestras peculiaridades se fatigarán a la larga del estilo chancero que predomina en nuestra sociedad. No estamos distantes de convenir en esta censura. Sin embargo, la costumbre lo autoriza; aguza el ingenio, anima el trato y amansa el amor propio. La chanza se recibe como el volante en la raqueta, para lanzarla al contrario, sin hiel al enviarla, sin hostil susceptibilidad al acogerla; lo cual contribuye grandemente a los placeres del trato, y es una señal inequívoca de superioridad moral. Este tono sostenidamente chancero se reputaría en la severidad y escogimiento del buen tono europeo, por de poco fino; sin tener en cuenta que lo fino y no fino del trato son cosas convencionales. En cuanto a nosotros, nos parece en gran manera preferible al tono de amarga y picante ironía, tan común actualmente en la sociedad extranjera, y de que se sirven muchos, creyendo indicar con ella una gran superioridad, cuando lo que generalmente indica es una gran dosis de necedad, y no poca de insolencia.
Los extranjeros se burlan de nosotros: tengan, pues, a bien perdonarnos el benigno ensayo de la ley del talión, a que les sometemos en los tipos de ellos que en esta novela pintamos, refiriendo la pura verdad.
Finalmente, hase dicho que los personajes de las novelas que escribimos son retratos. No negamos que lo son algunos; pero sus originales ya no existen. Sonlo también casi todos los principales actores de nuestros cuadros de costumbres populares: mas a estos humildes héroes nadie los conoce. En cuanto a los demás, no es cierto que sean retratos, al menos de personas vivas. Todas las que componen la sociedad prestan al pintor de costumbres cada cual su rasgo característico, que, unidos todos como en un mosaico, forman los tipos que presenta al público el escritor. Protestamos, pues, contra aquel aserto, que tendría no solo el inconveniente de constituirnos en un escritor atrevido e indiscreto, sino también el de hacer desconfiados para con nosotros en el trato, hasta a nuestros propios amigos; y, si lo primero está tan lejos de nuestro ánimo, con lo segundo no podría conformarse nunca nuestro corazón. Primero dejaríamos de escribir.
I
Hay en este ligero cuadro lo que más debe gustar generalmente: novedad y naturalidad.
G. DE MOLÈNES
Es innegable que las cosas sencillas son las que más conmueven los corazones profundos y los grandes entendimientos.
ALEJANDRO DUMAS
En noviembre del año de 1836, el paquebote de vapor Royal Sovereign se alejaba de las costas nebulosas de Falmouth, azotando las olas con sus brazos, y de
