Los tigres de Mompracem | El Rey del Mar | El corsario negro

Emilio Salgari

Fragmento

cap

INTRODUCCIÓN

EL «CAPITÁN» SALGARI, O EL AVENTURERO SEDENTARIO

La vida de Emilio Salgari ejemplifica hasta extremos dramáticos la precaria existencia de un conjunto de escritores populares que sacrificaron su salud, física y mental, escribiendo sin descanso y con excesiva rapidez. Resulta trágico el contraste entre la medianía cotidiana de un autor que nunca viajó, porque el trabajo no se lo permitía, y las extraordinarias aventuras de sus personajes en los más exóticos países. Nada tiene que ver Salgari con los escritores-aventureros anglosajones (funcionarios del Imperio, como Rider Haggard, Rudyard Kipling y John Buchan; periodistas, como G. A. Henty; u oficiales de la Armada Real, como Frederick Marryat), ni con viajeros como Stevenson o Mayne Reid, cuya obra literaria es indisociable de sus travesías. En el caso de Emilio Salgari, los cambios de escena son puramente imaginarios; su universo narrativo está inventado de principio a fin a partir de manuales de divulgación geográfica y mapas del mundo. Lejos del terrible Sandokán o del cazador de serpientes Tremal-Naik, la de Salgari fue una vida triste, que solo merece ser contada en la medida en que explica, por contraste, la sed de aventuras del autor italiano, así como su trasfondo pesimista.

Emilio Salgari nació en Verona el 21 de agosto de 1862, hijo de un matrimonio de pequeños comerciantes, primero taberneros y más tarde vendedores de telas. No fue un alumno brillante. En 1874 suspendió el examen de ingreso en la Scuola Tecnica Regia, con lo que se vio obligado a cursar sus estudios en una institución de menor prestigio, el Istituto Tecnico Comunale. En 1878 se trasladó a Venecia e intentó formarse como oficial de marina en el Istituto Nautico Paolo Sarpi, donde, sin embargo, también embarrancó. Este nuevo fracaso no le impidió hacerse pasar toda la vida por marino, ni jactarse de haber sido capitán de altura en la marina mercante, título con el que firmaba sus obras. En realidad, su única experiencia marítima tuvo lugar dos años después en un barco que cubría la ruta entre Venecia y Brindisi, y en el que se embarcó como grumete… o turista. ¡Qué lejos estamos de cualquier paisaje exótico! Y ni siquiera existe la seguridad de que esta historia sea verídica.

Emilio Salgari no fue un viajero, ni mucho menos un aventurero. ¿Compensó la escritura este fracaso inicial? Pronto, en todo caso, se creó una confusión entre las hazañas fantásticas de sus personajes y la vida ideada a lo largo de los años por el escritor, perpetuo inventor, de cara a sus parientes y amistades: extraordinarios viajes a lo largo y ancho del planeta, una vida imaginada que le permitía presentar algunas de sus narraciones y artículos como historias reales. ¿Se dejaba engañar su familia, o se limitó a alimentar la leyenda? Lo cierto es que Mio padre, Emilio Salgari (1940), la biografía que le dedicó su hijo Omar, fue una de las principales fuentes de este mito del padre aventurero, cuyas fabulaciones se esforzó en sustentar con «hechos». Hay más. Felice Pozzo, especialista en el autor, descubrió las manipulaciones de Omar para falsificar los registros de la Scuola Nautica di Venezia y hacer creer que el escritor había cursado en ella sus estudios. El propio Salgari, en la correspondencia con sus editores, finge basarse en recuerdos personales. En 1885 llega al extremo de batirse en duelo con un periodista que ponía en duda su brillante pasado. Estas mentiras se apoyan en una laguna dentro de su biografía: entre 1880 y 1883 se pierde la pista de Salgari, que a su regreso a Verona afirma haber realizado fabulosos viajes por el mundo entero como capitán. También fue Omar quien avaló el segundo mito que envuelve al autor: el de un escritor que nunca leía, sino que prefería inspirar sus relatos en sus propios recuerdos. Hoy sabemos que la verdad se encuentra en las antípodas de la leyenda: Salgari subsanó su desconocimiento de los países visitados por sus personajes mediante la lectura bulímica de relatos de viajes y obras de divulgación científica para no dejar sin justificación ni una sola descripción de plantas, animales o paisajes.

Salgari, como Jules Verne, fue un explorador de salón. Igual que Karl May, su homólogo alemán (que también aseguraba haber vivido extraordinarias aventuras, y adornaba su casa con «trofeos» obtenidos, decía, en sus viajes), y que Gustave Aimard (de quien permanecen aún muchas mentiras y exageraciones biográficas por desenmascarar), Emilio Salgari trató de soñar una existencia a la altura de sus novelas, llegando hasta la mitomanía, y, como en el caso de estos dos escritores, sus fabulaciones lo llevaron al umbral de la locura. Resulta curioso apreciar tantas semejanzas entre estos tres autores de novelas de aventuras. La explicación más obvia recae en el hecho de que para vender mejor sus obras, cuyo punto de partida seguía siendo el prestigioso modelo del relato de viajes, era necesario otorgarles una validez objetiva. Frente a novelistas de ese género que fundamentaban en recuerdos auténticos la verosimilitud de sus historias, como Mayne Reid o Louis Jacolliot, un escritor que confesara su escaso conocimiento del mundo habría quedado en ridículo, sobre todo cuando en esa época el descubrimiento de la geografía resultaba un requisito cultural de primer orden. Al mismo tiempo, sin embargo, los deseos mitómanos de Salgari deben vincularse al desenfrenado imaginario de sus narraciones. Los viajes que pretendía haber llevado a cabo no se parecían a los de los aventureros auténticos, con su acumulación de contratiempos, sus largos trayectos y, sobre todo, un objetivo tras la sucesión de etapas. En Emilio Salgari, como en Karl May y en Gustave Aimard, el imaginario, más que imitar los relatos de exploradores reales, emula las extraordinarias peripecias de los héroes de las novelas de aventuras, empezando por las de sus propios personajes.

Si algún modelo existe para el «viajero» Salgari, ese es mastro Catrame, el protagonista de una de sus primeras obras (Los cuentos marineros de mastro Catrame, 1894). En esta colección de relatos, unificados por la voz de un solo y pintoresco narrador, descubrimos a una especie de barón de Münchhausen de los mares que presenta como auténticos toda suerte de acontecimientos insólitos y extravagantes, de los que además parece muy convencido de su veracidad. Aunque grotesco, Catrame resulta también profundamente entrañable y fascinante debido a su capacidad para seducir a su público. En los recuerdos de Salgari, tal como los recogió Omar o como se han podido reconstruir a partir de sus cartas y artículos, encontramos la misma ingenuidad novelesca y la misma fe en la aventura que tanto encanto confieren a su mastro Catrame.

De este modo, la escritura propone una vida ideal, y en buena parte imaginaria, que no ha podido experimentar el autor: la de marino, o, en términos más generales, la de aventurero. Esta conclusión, al menos, es la que podemos extraer del giro que sufre la vida de Salgari después del fracaso en el Istituto Nautico. A partir de su regreso a Verona, en 1883, encuentra un sustitutivo a sus anteriores proyectos: ya que no puede ser viajero, será escritor. Imaginará los viajes en lugar de vivirlos. Ese mismo año adopta la identidad de un capitán de la marina mercante para publicar su primer relato, «I selvaggi della Papuasia», en la revista La Valigia. Se trata de la historia de un naufragio en Papúa, que Salgari pretende haber oído contar a un marinero durante sus viajes por Nueva Guinea. El texto se publica en cuatro entregas, de julio a agosto. A continuación, entre agosto y octubre, aparece su primera novela, Tay-See, en La Nuova Arena, suplemento de L’Arena, dirigido por otro autor del género de aventuras, Aristide Gianella. A la publicación de Tay-See, le sigue de inmediato la de Sandokán, el tigre de Malasia (entre octubre de 1883 y marzo de 1884), donde descubrimos a dos de los personajes más emblemáticos del autor, el pirata Sandokán y su fiel Yáñez. Más adelante, en su aparición en un solo volumen, la novela adopta el nombre de Los tigres de Mompracem. A partir de ese momento el éxito es tal que Salgari pasa a ser durante dos años redactor de L’Arena.

En 1887, la editorial genovesa Donath publica la primera novela del autor en formato libro, La favorita del Mahdi, cuyo manuscrito original ha dado a conocer La Nuova Arena entre marzo y agosto de 1884. También le llega el turno a Gli strangolatori del Gange, donde interviene por primera vez Tremal-Naik, cazador de serpientes e infatigable enemigo de los thugs. Publicado más tarde con el título de Los misterios de la jungla negra, se le considera uno de los grandes hitos del autor. El mismo año fallece su madre, y dos años más tarde, en 1889, se suicida su padre. Ambas muertes constituyen el original de una escena reproducida años más tarde por el matrimonio Salgari. En 1892 el escritor se casa con la actriz semiprofesional Ida Peruzzi, que en 1893 da a luz a su primera hija, Fatima. Posteriormente nacerán Nadir (1894), Romero (1898) y Omar (1900), cuyos nombres orientales son otro testimonio de las ensoñaciones exóticas de Salgari. Tras su muerte, tanto Nadir como Omar escribieron relatos inspirados en los de su padre, cuando no se afanaron en revivir a sus personajes más famosos, como Sandokán, Yáñez o el Corsario Negro y sus hermanos en nuevas aventuras.

En 1893 la familia Salgari se establece en Turín, donde el autor firma un contrato con la editorial católica Speiriani, especializada en literatura aleccionadora. Para L’Innocenza, revista turinesa de inspiración cristiana dirigida a la juventud, Salgari se prodiga en artículos y relatos cortos a menudo de tono didáctico, anécdotas de viajes y curiosidades exóticas que triunfaban en la prensa de la época, siguiendo la tradición del famoso Journal des voyages et des aventures sur terre et sur mer, cuyo equivalente italiano es el Giornale illustrato dei viaggi e delle avventure di terra e di mare.

Entre Speiriani y Donath, Salgari encadena novelas, artículos y relatos a un ritmo cada vez más veloz. Es en este período cuando se publican algunas de sus obras más famosas: Los piratas de la Malasia (1896, manuscrito original de 1891), donde se encuentran Sandokán y Tremal-Naik; Los horrores de Filipinas (1898), que describe las rebeliones contra los colonos británicos; El Corsario Negro (1898, reproducido en este tomo); o La capitana del «Yucatán» (1899).

A pesar del éxito de sus historias, Salgari no se integró en la intelligentsia local ni gozó de verdadero prestigio. Mientras tanto, su entorno familiar empezó a deteriorarse: Ida, su mujer, manifestó los primeros síntomas de desequilibrio mental, y la escasez de dinero obligó a Salgari a acelerar aún más el ritmo de su pluma. En 1907 publicó siete novelas, y en 1908 otras cinco. Entre 1901 y 1903 firmó con el seudónimo de Guido Altieri sesenta y siete narraciones y relatos cortos para la Bibliotechina Aurea Illustrata del editor Salvatore Biondo. Esta prolijidad explica el declive de la calidad de sus obras. Las novelas escritas bajo seudónimo (G. Landucci, G. Altieri, E. Bertolini), que a menudo aprovechan argumentos de obras anteriores, o «adaptan» los de otros autores, dan fe de que Salgari escribía demasiado y demasiado aprisa. A pesar de todo, siguen abundando las obras de interés: La reina de los caribes (1901), Flor de las perlas (1901), Los dos tigres (1904) o Yolanda, la hija del Corsario Negro (1905) demuestran que la inspiración del escritor estaba lejos de haberse agotado.

Gran parte de la obra de Salgari se articula en ciclos, una estructura que satisfacía el gusto por la continuidad de un lector acostumbrado a la extensión de las novelas folletinescas, sin que por ello cada volumen dejara de tener cierta independencia. Los primeros ciclos que debemos citar son «Los corsarios de las Antillas» (cinco novelas) y «Los piratas de Malasia» (once novelas), los más importantes tanto en cantidad como en calidad. Acto seguido debe hablarse del ciclo «Aventuras en el Far West» (tres volúmenes), que sigue la moda de las historias sobre la frontier americana, muy en boga en los últimos años del siglo XIX, tras la gira por Europa del espectáculo de Buffalo Bill. El argumento (que enfrenta a una tribu siux y los colonos) es de factura clásica, pero la acción destaca por su gran crueldad y lleva al extremo el gusto por el melodrama. La serie termina con un conjunto de muertes que sumen en la desolación a los supervivientes de ambos bandos. Sería injusto no citar el ciclo «Los piratas de las Bermudas» (tres volúmenes), que elige como trasfondo de las aventuras de sus protagonistas, el romántico barón Mac Lellan y el excéntrico Cabeza de Piedra, la guerra de Independencia estadounidense. De la pluma de Salgari surgieron también varios dípticos: el de las Filipinas (que trata sobre las luchas por la independencia de la población local contra los colonizadores portugueses), el del Capitán Tormenta (díptico histórico que describe los combates de los últimos cristianos de Chipre en el siglo XVI), el de los aventureros del aire (inspirado quizá en Robur el conquistador, de Jules Verne) o el de los dos marinos (aventuras en América del Sur y Australia). Le debemos, por último, una gran cantidad de relatos independientes. Entre 1896 y su muerte escribió unas noventa novelas y más de ciento veinte artículos y cuentos cortos. A nivel geográfico, a pesar de la gran preponderancia de la aventura en Asia, dentro de su producción el autor exploró todas las partes del globo: África (La jirafa blanca), el Norte (Invierno en el Polo Norte), América del Sur (La estrella de la Araucania), Rusia (Los horrores de la Siberia), Brasil (El hombre de fuego)… También se encuentran en su obra casi todas las variantes de la novela de aventuras: viajes excéntricos a la manera de Jules Verne (Al Polo Austral, Dos mil leguas por debajo de América), relatos marítimos (Un drama en el Océano Pacífico), relatos sobre un «mundo perdido» (La ciudad del oro), robinsonadas (Los náufragos del «Liguria»), novelas históricas de aventuras (Cartago en llamas), relatos utópicos (Las maravillas del 2000)… Pocas formas de moda en esa época escaparon a la pluma del autor.

El éxito de Salgari fue rápido y sostenido. En Italia, por ejemplo, se vendieron ochenta mil ejemplares de El Corsario Negro en pocos meses. En vida del autor sus obras fueron traducidas en el mundo entero, empezando por Francia, y pasando por Alemania, Argentina, Rusia, España… Aun así, nunca dejó de quejarse por la falta de dinero. Acusaba a sus editores de robarle y explotarle, y en cierto sentido llevaba razón: en esa época no era envidiable la suerte de los autores de folletín, y para vivir de la pluma había que someterse a un ritmo de publicaciones agotador. De todos modos, la situación de Salgari, en relación con la de sus colegas, era privilegiada: formaba parte del grupo de escritores populares relativamente bien pagados, y, además, al dinero que cobraba de sus editores se sumaban los derechos (limitados, por aquel entonces) de las traducciones. La familia, sin embargo, vivía con grandes lujos, que, junto con los problemas de salud de su mujer, diezmaban la economía del escritor. Castigado con dureza por la intensidad con la que trabajaba y aquejado para colmo de una depresión crónica, Salgari sufrió una muerte trágica. Primero estalló el círculo familiar: Ida cayó en la locura y debió ser ingresada en una institución. El destino de aquella a quien Salgari llamaba Aida fue el mismo que el de la desdichada Ada que protagoniza Los misterios de la jungla negra y Los piratas de la Malasia, con la diferencia de que en su caso la demencia era definitiva. Desesperado, Emilio Salgari se suicidó, con una puesta en escena digna de sus novelas. Se cortó la garganta y el vientre con una navaja, en la campiña turinesa, tras dejar una trágica carta dirigida a sus editores: «A vosotros, que os habéis enriquecido con mi piel, manteniéndonos a mí y a mi familia en un estado próximo a la miseria, o algo peor, solo os pido que en compensación de las ganancias que os he dado penséis en mi funeral».

SALGARI Y LA NOVELA DE AVENTURAS: UNA INFLUENCIA POCO CONOCIDA

El abandono moral del cual da fe la carta de despedida de Salgari, y su desesperación como escritor que no se sentía reconocido, no deben ocultar el importante lugar del novelista dentro de la literatura popular e infantil de finales del siglo XIX. Empezó a escribir en una situación de relativo aislamiento, entre otras razones porque hacía poco tiempo que Italia había consumado su unidad nacional, y aún no gozaba de una pequeña burguesía firmemente asentada. Faltaba, por lo tanto, una masa de lectores jóvenes que habría permitido el surgimiento de una literatura infantil importante, hecho que frenó de forma considerable el desarrollo de la novela folletinesca. Salgari, pues, fue uno de los primeros grandes autores que escribieron para la juventud. Por otra parte, a finales del siglo XIX Italia no había producido ninguna obra significativa dentro del género de la novela de aventuras, mientras que en Francia, Inglaterra y Alemania resultó una forma literaria de enorme éxito a partir de la década de 1850. La explicación a ello es sencilla: a diferencia de otros países europeos, Italia carecía de una auténtica dimensión internacional y no poseía colonias. Las grandes potencias europeas basaron parte de su política en objetivos expansionistas, mientras que la Italia posterior al Risorgimento se conformó con afianzar su propia unidad de espaldas al resto del mundo.

Este desfase se manifiesta en la novela popular italiana que triunfaba en esa época. Antes de Salgari, el grueso de la producción correspondía a folletines inscritos en la tradición del «misterio urbano» heredado del modelo de Los misterios de París de Eugène Sue. Citemos, por ejemplo, I misteri di Torino, de Arturo Colombi, y sobre todo I misteri di Napoli (1869-1870), de Francesco Mastriani. Estas obras, inspiradas en el romanticismo oscuro francés y en el «gótico» inglés, aspiraban a retratar la ciudad moderna con la máxima veracidad social e histórica, y no despreciaban, para conseguir sus fines, los efectos grandilocuentes y patéticos, del mismo modo que gustaban de imaginar maquinaciones de sociedades secretas que reinaban sobre ejércitos de criminales de los bajos fondos. Aunque el modelo narrativo de la primera novela folletinesca sea francés (a través de Eugène Sue) e inglés (a través de G. W. M. Reynolds), las tramas de los «misterios urbanos» se centran en la propia Italia. Los autores desarrollan deter minados temas dando protagonismo a las regiones del sur, de las que eran oriundos todos los peligros; y otorgando un lugar esencial a las confabulaciones del clero, y sobre todo al personaje del bandido honorable, con el que los lectores de la época, en apariencia, mantenían una relación ambigua de atracción, fascinación y miedo.

La literatura de aventuras, mientras tanto, se presenta sobre todo como un asunto de extranjeros. Los italianos solo la conocen gracias a las traducciones, cada vez más numerosas, de autores como Fenimore Cooper, Gustave Aimard, el capitán Mayne Reid, Jules Verne o Louis Boussenard. Fue en estas lecturas donde halló su inspiración Emilio Salgari, y de donde nacieron, qué duda cabe, sus relatos. Tenemos constancia de que dos de sus obras son reescrituras de una novela de aventuras inglesa y otra alemana: La caverne dei diamanti, publicada bajo el seudónimo de Bertolini, es una adaptación libre de Las minas del rey Salomón, de Rider Haggard, e Il figlio del cacciatore d’orsi se basa en Der Sohn des Bärenjägers de Karl May. Si bien es cierto que la inspiración de Salgari no toma siempre una apariencia tan palmaria de reescritura, sí trasluce el influjo de los autores extranjeros. Más de una de sus narraciones evoca de inmediato el imaginario de Jules Verne: Dos mil leguas por debajo de América recuerda a Veinte mil leguas de viaje submarino, mientras que A través del Atlántico en globo guarda un claro parecido con Cinco semanas en globo. Otros casos, como las novelas africanas (La Costa de Marfil, por ejemplo), tienen reminiscencias de las aventuras de caza de Louis Boussenard o del capitán Mayne Reid. Obras como Avventure straordinarie d’un marinaio in Africa parecen directamente inspiradas en las Aventures d’un gamin de Paris de Boussenard. Hasta los episodios selváticos de El Corsario Negro y La reina de los caribes, construidos como una sucesión de encuentros y enfrentamientos con animales exóticos, recuerdan a la estructura narrativa de las obras de ese autor: el tono se vuelve a menudo ilustrativo al describir tal o cual planta rara o animal curioso. Por último, encontramos la influencia de Louis Jacolliot (Le coureur des jungles) en los combates entre indomalayos y británicos, o la de Alfred Assolant y Le capitaine Corcoran en el personaje de Tremal-Naik, acompañado por su tigre. La familiaridad con los escritores franceses e ingleses también explica que en sus colaboraciones en revistas sobre viajes y aventuras (empezando por Per terra e per mare, que dirigió durante un tiempo) Salgari firme a menudo con seudónimos extranjeros: H. Aubin, R. Bonsac o Jules Lecomte, por lo que respecta a los nombres de sonoridad francesa, o H. Barry, W. Churchill, Captain J. Wilson… Pareciera que para dar algún crédito a esos artículos y anécdotas hubiera que ser francés o inglés.

A pesar de todo, Salgari no descuida las tradiciones nacionales, entre las que destaca el imaginario del melodrama, muy apreciado por los italianos en una época en la que triunfaba la ópera de Verdi y de Puccini. Se ha demostrado que Salgari se apropió de algunas tramas reconocidas: La favorita del Mahdi se parece al Rigoletto de Verdi; en El Corsario Negro, las meditaciones amorosas del vizconde de Roccabruna se aproximan a La Traviata; y La bohemia italiana sugiere de manera evidente la ópera de Puccini. En líneas más generales, las evocaciones de amores tumultuosos plasmados de forma excesiva, la exaltación de los sentimientos y el indisoluble vínculo entre amor y muerte participan de esta estética del melodrama que encandilaba al público popular de la época, poco sensible a las corrientes dominantes del realismo y el decadentismo. En Salgari, la aventura no puede disociarse del amor. Para todo héroe excepcional hay siempre una mujer fuera de lo común: Ada, sacerdotisa de los thugs; y sobre todo Marianne, la Perla de Labuán, que parece elevarse, merced a la leyenda, hasta el nivel del Tigre. Esta «criatura que cabalgaba como una amazona y que cazaba con valor las fieras» también se parece a la maravillosa Lorelei, ya que «se la veía aparecer por las orillas de Labuán, embrujando con un canto más dulce que el murmullo de los riachuelos a los pescadores de las costas».

No obstante, es en la figuración de los protagonistas donde con más claridad se adscribe la novela de aventuras de Salgari a la tradición de la literatura popular italiana. A través de la evocación de personajes al margen de la ley, Salgari recupera en nombre de una justicia y unos valores superiores el ideal del bandido honorable. Sandokán, el Corsario Negro, el barón William Mac Lellan y todos los rebeldes a los que da vida el escritor, como los forajidos tan apreciados en el siglo XIX, son justicieros que gozan del apoyo de la población local, pero a quienes persiguen las autoridades. Nos encontramos lejos de los héroes legalistas de la novela de aventuras a la francesa, que aunque hayan sido apartados de la ley por los acontecimientos, siempre toman el partido de su gobierno, hasta el punto de erigirse en más de una ocasión en portavoces patrióticos de su país. Salgari es indiferente a los intereses imperialistas de tal o cual nación, así como a las cuestiones geopolíticas que llevan a Jules Verne o a Louis Jacolliot a atacar en todo momento la colonización británica (con lo que alaban de manera implícita el modelo francés), o a Gustave Aimard a soñar con nuevas aventuras expansionistas de Francia en México.

Este apego de Salgari por los rebeldes, más que por los abanderados de un país, confiere un atractivo especial a sus personajes. A menudo sus héroes son originarios del mismo lugar donde viven sus peripecias: Tremal-Naik y su amigo Kammamuri son hindúes, y Sandokán malayo; en otras narraciones conocemos a Hong y a Flor de las Perlas (de la novela homónima), o a los chinos Sai-King y Lin-Kai (La perla del río Rojo)… El espacio reservado por Salgari a los indígenas lo convierte en una excepción dentro del género de aventuras, que acostumbra a no permitir que se expresen los autóctonos de los países colonizados. Basta pensar en las novelas de Jules Verne o de Louis Boussenard. En ellas el extranjero solo puede desempeñar tres funciones: la de malvado (las tribus salvajes, con frecuencia caníbales), la de criado fiel pero tonto y, por último, la de noble salvaje, jefe indio o señor árabe, que en virtud de la nobleza de su sangre accede al estatus de «segundo» del héroe, aunque siempre se mantenga por debajo de él, como si existieran diferencias objetivas que situasen necesariamente al blanco en lo más alto de la escala de valores. En Salgari, por el contrario, las relaciones son mucho más variadas. Es verdad que en El Corsario Negro encontramos a un personaje como Moko (cuyo apodo es «Saco de Carbón»), que desempeña una función de segundón apenas más envidiable que la de los negros en la novela de aventuras francesa, pero también hallamos parejas con vínculos muy distintos, como Sandokán, el príncipe malayo al que acompaña el europeo Yáñez.

Al leer a Salgari, en consecuencia, no hay que caer en el anacronismo. Es evidente que no escapa a algunos estereotipos racistas de su época y que sus personajes obedecen a una concepción étnica, pero al mismo tiempo da muestras de un interés excepcional por el «otro». La apertura de miras de Salgari se manifiesta muy en especial en su fascinación constante por el mestizaje: Sandokán y Marianne, Tremal-Naik y Ada, Yáñez y Surama… Estas mezclas serían inconcebibles en las novelas de aventuras británicas o francesas, donde el amor entre el blanco y la salvaje solo se tolera en la medida en que refuerza el imaginario vinculado a la toma de posesión de un territorio (y ni siquiera así puede ser más que temporal). Para los grandes autores de este género, los mestizos son casi siempre traicioneros y conflictivos porque ponen en tela de juicio el dominio colonial. En cambio, en Salgari, con el accidentado amor entre el héroe indígena y la occidental (que acostumbra a ser hija de sus enemigos), se nos sitúa ante la idea de un encuentro entre dos mundos rivales, pero que sienten fascinación por el otro y se desean mutuamente.

Salgari no solo no privilegia a los héroes occidentales —característica diferenciadora que debe subrayarse—, sino que elige a personajes enfrentados a los colonos europeos. En Los tigres de Mompracem, Sandokán hace esta declaración: «¿Acaso no me han destronado con el pretexto de que me volvía demasiado poderoso? ¿No han asesinado a mi madre, a mis hermanos y hermanas, para destruir mi estirpe? ¿Qué mal les había hecho yo a ellos? ¡La raza blanca no había tenido nunca nada contra mí, y a pesar de ello me quisieron aplastar! Ahora les odio, sean españoles, holandeses, ingleses o portugueses». El Tigre lucha contra los ingleses, mientras que en Los horrores de Filipinas Romero y Tseng-Kai plantan cara al opresor español, ya que «triunfan hoy, pero tiemblan, porque saben que los tigres de las islas arrostran impávidos la muerte»,[1] y en Los piratas de las Bermudas el barón Mac Lellan participa en la revolución americana que se libera del yugo británico.

Las novelas de Salgari, centradas en personajes no occidentales, favorables a los pueblos oprimidos y hostiles a los colonos, constituyen una excepción dentro de la narrativa de aventuras geográficas. No se equivocan los lectores sudamericanos: para el Che Guevara, el escritor que marcó su infancia fue Salgari, y el escritor mexicano Paco Ignacio Taibo II, que en dos de sus novelas retoma los personajes de Sandokán y Yáñez, afirmó en una entrevista para la radio francesa: «Mi antiimperialismo es más salgariano que leninista». No exenta de cierta malicia, la frase refleja el hecho de que las rebeliones descritas por Salgari pudieron, por su novelesco desenfreno, cumplir un auténtico papel de contrapeso ideológico a la novela de aventuras colonial.

Así pues, pese a las apariencias, Salgari no es un mero epígono dentro del panorama de la novela de aventuras. Inventa un tipo de relato donde la figura femenina ocupa un lugar esencial, y donde las relaciones entre Occidente y las «colonias» no se rigen por esquemas unívocos.

Los lectores italianos lo sabían. En la década de 1880 la literatura infantil estaba en plena efervescencia. Fue entonces cuando se publicaron dos de las grandes novelas para niños: Pinocho, de Carlo Collodi (1881), y Cuore, de De Amicis (1886). Los trabajos de Salgari fueron elevados de inmediato al mismo nivel, y no cabe duda de que se hizo con el primer puesto en el corazón de los varones de más tierna edad. Los editores advirtieron en él un ejemplo a seguir. Su éxito cambió de forma radical la naturaleza de la novela popular y juvenil en Italia. Antes de él, podría afirmarse que no existían escritores de novelas de aventuras en el país. En las décadas siguientes la situación cambia, y mucho. Sus obras son rápidamente imitadas por escritores que, en la mayoría de los casos, hacen gala de su filiación: en 1903 Antonio Quattrini publica La tigre del Bengala (en 1884 Salgari había escrito Sandokán, el tigre de Malasia); el mismo año Luigi Motta firma Los misterios del mar indiano (Los misterios de la jungla negra, cuyo marco es el mismo, data de 1895); y en 1908 Mario Conarini da a conocer Il dente di Budda (en 1892 había aparecido La cimitarra de Buda)…

A principios de siglo la novela de aventuras goza de tal éxito en Italia, en parte por impulso de Salgari, que proliferan las revistas especializadas, encabezadas a menudo por autores del género, como Viaggi e avventure di terra e di mare (1904), cuyo director es Antonio Quattrini, o Intorno al mondo (1905), con Luigi Motta como redactor jefe. Suele olvidarse que una de las principales editoriales italianas, Quattrini, fue fundada por Antonio Quattrini y su hermano con el objetivo de cosechar con mayor facilidad los beneficios que les proporcionaban sus relatos de aventuras, publicados, antes que en volúmenes, en la revista de ambos, Il giornale dei viaggi (1905).

Pero el principal elemento que permite medir la influencia duradera del escritor en la literatura popular son los falsos Salgari, las novelas que vieron la luz con la firma (única o en colaboración) de este último, o que retoman personajes salidos de su imaginación: junto a las noventa obras publicadas por él, existen nada menos que unas cincuenta que lo imitan. En primer lugar encontramos las de sus hijos, Omar y Nadir, supuestamente inspiradas en manuscritos dejados por su padre. Sea por ignorancia o por cálculo del editor, el caso es que algunas fueron publicadas en Francia con el nombre de Emilio Salgari en la cubierta. De hecho, todas las novelas que aparecieron en la década de 1930 dentro de la colección «Les Grandes Aventures» de la editorial Albin Michel (José le Péruvien, L’héritage du capitaine Gildiaz) se deben a la pluma de Nadir Salgari. Después de los hijos de Salgari fue Luigi Motta, famoso novelista de aventuras que dio su mayor lustre a la colección «Le livre national» de la editorial Tallandier, quien con el beneplácito de Omar y Nadir publicó una serie de obras firmadas o cofirmadas por Emilio Salgari. Aunque la portada indique lo contrario, la novela Il naufragio della Medusa, publicada por la editorial Ferenczi, nada tiene que ver con el autor de El Corsario Negro, fallecido quince años antes de su aparición (1926). Imitar a Salgari se convirtió con rapidez en una especie de ejercicio para los autores italianos de novelas de aventuras: pueden citarse, entre otros, Yambo (Enrico Novelli), Riccardo Chiarelli, Emilio Fancelli y Giovanni Bertinetti. Este último reconoció haber escrito él solo diecisiete «falsos Salgari». Pareciera que los lectores estuvieran dispuestos a seguir leyendo sus novelas sin descanso, y los héroes tuvieran que sobrevivir a su autor, aunque fuera a costa de diluirse y debilitarse de un modo considerable.

Eclosionaron así, después de Salgari, varias generaciones de autores del género de aventuras. La mayoría son desconocidos en Europa, e incluso los italianos los han olvidado, a excepción de Luigi Motta, del que hasta la década de 1950 se tradujeron más de veinte novelas. Es verdad que ninguno de estos epígonos, ni tan siquiera el propio Motta, gozó del éxito o del talento de Salgari, y que muchos vendieron su pluma al servicio del régimen fascista para nutrir de novelas de aventuras coloniales a un nacionalismo más próximo en muchos aspectos al de los franceses y los ingleses, pero este éxito da fe de un gusto duradero, aunque tardío, por la aventura, iniciado por Salgari y prolongado por películas (existen alrededor de cincuenta adaptaciones, directas o indirectas, de la obra del escritor), cómics, dibujos animados, etc. Hasta finales del siglo XX todavía se retransmitían en las cadenas italianas de televisión varias series animadas o teleseries, y no parece que el éxito del Corsario Negro y de los tigres de Malasia esté próximo a apagarse.

Un éxito de este calibre ha comportado relecturas sorprendentes de la obra de Salgari. Cuando la Italia fascista precisó de una literatura nacional que pudiera ensalzar las virtudes de un futuro imperio capaz de rivalizar con sus homólogos europeos, recurrió con toda naturalidad al más afamado, y por lo tanto más expuesto, de sus autores de novelas de aventuras. El régimen mussoliniano se esforzó en fabricar con rapidez la leyenda de un Salgari nacionalista, propagador de una Italia dominadora del mundo y cantor del expansionismo. Esta visión, inventada de cabo a rabo por la ideología fascista, se explica por el hecho de que, debido a su preeminencia, los propagandistas del imperialismo lo parangonaron con sus homólogos de otros países: Kipling y G. A. Henty en Gran Bretaña, Louis Noir y Louis Jacolliot en Francia… Salgari, sin embargo, no puede ser considerado con los mismos criterios que estos escritores; no solo sus personajes, como ya hemos dicho, luchan contra el poder establecido, en especial el colonial, sino que en sus mayores ciclos, el de «Los piratas de Malasia», el de las Filipinas y el de «Los piratas de las Bermudas», sus protagonistas no son italianos, y cuando lo son, como el vizconde de Roccabruna en el ciclo de «Los corsarios de las Antillas», se presentan como seres emancipados de las coerciones de su sociedad, y en absoluto como modelos de héroes nacionales. Por último, y aunque los personajes, que poseen la fuerza de varios hombres, una voluntad y valentía a toda prueba y están dispuestos a embarcarse en empresas desmesuradas, puedan evocar las figuras sobrehumanas a las que tanto valor daba el Duce, son individuos al borde del abismo, siempre en peligro de perder su solidez. Los héroes preferidos por Salgari son soles cercanos al ocaso, cuyo poder, en cierto modo, revela su paradójica fragilidad.

De este modo, la hipótesis de un Salgari prefascista, en total contradicción con los hechos, con dificultad podía sobrevivir al régimen que la inventó. Durante la posguerra empezaron a surgir voces deseosas de rehabilitar al autor, pero solo a partir de la década de 1980 comenzó la crítica a replantearse su importancia en la literatura italiana. Se organizaron varios coloquios sobre su figura, y gracias al impulso de una serie de investigadores, encabezados por Bruno Traversetti, Andrea Viglongo y sobre todo Felice Pozzo, se exhumaron partes enteras de su obra. El editor Viglongo se embarcó también en la reedición con aparato crítico de diversas joyas escondidas: primeras versiones, relatos cortos, inéditos… Todos estos estudios contribuyeron a otorgar por fin a Salgari, a ojos de la crítica, el lugar que nunca había dejado de poseer entre los lectores: el de un autor de literatura popular y juvenil de primerísimo nivel.

«SANGRE… VISIONES… LAZOS»: CIERTA PERFECCIÓN DE LA AVENTURA

Este lugar privilegiado se lo debe Salgari sobre todo a la peculiar relación de sus novelas con el exotismo. Al no resultar la aventura, en su caso, propaganda colonial ni recuerdo de viajes, el paisaje lejano se convierte en un espacio puramente imaginario, amueblado tan solo con objetos procedentes de las lecturas del autor. Lo que desvela el vínculo de Salgari con el exotismo es el carácter paradójico de su universo novelesco, que vacila sin cesar entre una representación fiel del mundo, según el modelo del género de aventuras educativo de los franceses y los ingleses, y las fantasías de una imaginación que nunca consiguen refrenar los conocimientos enciclopédicos.

La intención de Salgari es dar una impresión de realidad, basar sus narraciones no solo en supuestos recuerdos sino también en una explicación exacta de las regiones recorridas por los personajes. Se ha logrado demostrar que sus novelas se basan en la lectura de una larga serie de obras sobre geografía y relatos de viajes. Ello es lo que le permite ofrecer una fiel descripción de la fauna y la flora de los lugares por los que transitan los protagonistas, y apoyarse en más de un caso en hechos auténticos para justificar algunos de los episodios que narra. La indumentaria y los términos exóticos aparecen donde deben estar. Nunca se le ocurriría, como una década más tarde a Edgar Rice Burroughs en la primera versión de Tarzán de los monos, situar un tigre en la selva africana, o como Ponson du Terrail antes que él, colocar a los thugs en las calles de París.

También en las novelas históricas de aventuras se esmera Salgari en referirse a hechos verídicos. En el ciclo de «Los corsarios de las Antillas» se apoya en un telón de fondo extraído de la historia del filibusterismo en el Caribe: Maracaibo, Tortuga, Veracruz y el Yucatán, donde los hombres del Corsario Negro luchan contra los españoles, son espacios reales de las correrías de los piratas. Algunos aliados del Corsario Negro son personajes famosos, como el Olonés, Morgan o Grammont. Aun así, durante la lectura no se piensa en la precisión de un cuadro realista. Estamos lejos de los relatos de viaje novelados del barón Wogan, o de los paisajes americanos pintados por el capitán Mayne Reid o el alemán Möllhausen; tampoco tienen los textos de Salgari la exactitud algo lacónica de las obras de Jules Verne o Robert Ballantyne, que pueden recordar la prosa de los manuales de geografía. En Emilio Salgari ocurre todo lo contrario: tenemos la impresión de hallarnos ante un mundo puramente imaginario y novelesco.

Es cierto que Salgari nos arrastra a países del planeta que sí existen. Es más: se intuyen cada cierto tiempo, en sus obras, tentativas de instruir al lector, como lo hacían sus predecesores, pero no encontramos el rigor didáctico de las lecciones de Verne ni los conocimientos técnicos que le permitirían igualar los relatos marítimos del capitán Marryat. Ni siquiera hace gala de la fría seguridad de un Gustave Aimard cuando finge describir costumbres que sin duda jamás ha presenciado. En Salgari, la imaginación desborda siempre el realismo, incluso cuando el autor se esfuerza por evocar alguna anécdota procedente de lecturas eruditas, y lo que ocurre se convierte en una escena mágica. La geografía y la historia caen constantemente en lo maravilloso, como si el autor no consiguiera dominar su capacidad de invención: a fuerza de vivir escondidos, los thugs acaban poblando infinitos laberintos; los piratas malayos encabezan ejércitos victoriosos en una época en la que su existencia era ya solo residual; y los Hermanos de la Costa se convierten en una comunidad de gentilhombres caballerescos que actúan en exclusiva por honor y amistad.

En efecto, aunque los elementos objetivos del decorado correspondan al mundo que se evoca, la manera de representarlos hace que basculen hacia un imaginario fantástico. Los lugares visitados siempre se inscriben en la categoría de lo formidable o lo temible, todos los personajes se salen de lo corriente, y los animales siempre resultan fieras. Lo comprobamos en la famosa descripción del Sunderbunds con que se abre Los misterios de la jungla negra: «No hay nada más desolador, más extraño ni más espantoso que la visión de este Sunderbunds. No hay ciudades, ni pueblos, ni cabañas, ni cualquier posible refugio; desde el sur hasta el norte y desde el este al oeste no se divisan más que inmensas plantaciones de bambúes espinosos».[2] El uso de la hipérbole en la pretendida rememoración de paisajes hostiles sirve en este caso como introducción a una descripción de un mundo hecho para la aventura. El paisaje del Sunderbunds (hoy llamado Sundarbans) queda de inmediato disociado de cualquier elemento que pudiera remitir al universo tranquilizador del lector. Se trata, por el contrario, del espacio inhabitable por antonomasia, aunque también de un mundo fantástico e improbable, compuesto en su conjunto de bambúes y zarzas. Al estar separado por completo de la civilización, el escenario de las marismas puede encarnar todos los peligros que contenga la novela:

Entre aquellos amasijos de espinos y de bambúes, entre aquellos pantanos y aquellas aguas amarillas, se esconden los tigres espiando el paso de las canoas y hasta de los veleros, para echarse sobre el puente y agredir al barquero o al marinero que osara mostrarse; allí nadan y espían a la presa horribles y gigantescos cocodrilos, siempre ávidos de carne humana; allí vaga el formidable rinoceronte al que todo le molesta y le irrita hasta enloquecer; allí viven y mueren las numerosas variedades de serpientes indias […]; y allí a veces se esconde el thug indio, esperando ansiosamente la llegada de algún hombre para estrangularlo y ofrecer su vida inmolada a su terrible divinidad.[3]

El texto se desliza del paisaje y la flora (las espinas, las ciénagas, las aguas amarillas, que dibujan una especie de amenaza latente) a una fauna que parece caracterizarse sin excepción por la facultad de atacar, ya que está compuesta por tigres, cocodrilos, rinocerontes y serpientes. Aparece por último el pueblo que reina sobre estos dominios, los thugs estranguladores, que parecen vivir solo para el asesinato. En estas obras no hay espacio para la moderación, pues el propósito no es permitir que el lector descubra regiones lejanas a través de una descripción minuciosa, sino construir un marco fantástico que resulte el más indicado para el desarrollo de aventuras extraordinarias.

El universo novelesco de Salgari no es un espacio cualquiera salido de la historia o de lugares remotos, sino un mundo ideal para la aventura en estado puro. Al no remitir al lector a ningún emplazamiento referencial, esos lugares pueden convertirse en un escenario para el relato de aventuras, cuyos elementos serán siempre el origen de alguna de las desdichas que atribulan al protagonista. Se alcanza una especie de abstracción de un espacio convertido casi por completo en funcional. El exotismo se elimina en aras de la desubicación y la peripecia. El autor ya no aspira a transmitir la realidad topográfica y etnológica del país, sino que utiliza la geografía como un decorado para la acción.

Si dejamos a un lado la cuestión de la representación del mundo y nos centramos en la acción, también nos percatamos de que esta es ajena al concepto de realismo. Las coincidencias son tan numerosas que el lector debe aceptar que se produzca lo más improbable, como cuando el Corsario Negro descubre que la reina de los antropófagos, de la que es prisionero, es Honorata, o cuando a Sandokán, herido, lo recoge su enemigo jurado, lord Guillonk. También debe aceptar que los héroes sean tan poderosos como para mantener a raya por sí solos a un verdadero ejército, como Tremal-Naik frente a los thugs en la pagoda de Oriente, o Sandokán frente a toda una tripulación. Pero ¿por qué no vamos a aceptarlo, si nos ha parecido natural que los protagonistas se arrojen voluntariamente a las garras de sus enemigos, o si no nos molesta que una vez y otra, como en La reina de los caribes, hayan podido escapar de la emboscada de sus enemigos, resistir durante dos horas a incontables españoles y hundir dos fragatas? Si nos basamos en los criterios tradicionales del realismo, en Salgari todo (desde las motivaciones de los personajes hasta la lógica y la concatenación de los hechos) resulta de una absoluta inverosimilitud, pocas veces vista incluso en la literatura popular.

Si, por el contrario, aceptamos las estrategias de la novela de aventuras, esta falta de realismo origina la máxima verosimilitud, ya que el material del que está construida la aventura es el acontecimiento extraordinario: dentro de su lógica impera como rey absoluto el azar, y el peligro se debe a que las bases de la sociedad (el orden, la justicia y el tejido social) se han disgregado tanto que ya no son capaces de ofrecer seguridad al héroe. En consecuencia, cuanto más difieren la realidad representada y la del lector, más sencillo le parece a este último que pueda surgir la aventura. Se explica así que los relatos se sitúen en regiones lejanas y fantasmagóricas: el mundo, para dar pie a la acción, no debe semejarse a la realidad, sino remitir, por el contrario, a un espacio improbable. La verosimilitud ya no se basa en la obediencia al modelo exterior, sino en la coherencia del universo descrito, y de las aventuras vividas por el personaje.

Ahora bien, en la medida en que esta verosimilitud nace tan solo de un espacio fantasmagórico que ha roto con la realidad, solo puede fundarse en las convenciones del género. Por eso la novela de aventuras recurre tan a menudo a los estereotipos, y por eso, también, se entiende que las metáforas empleadas más a menudo estén tomadas de dos universos convencionales, el de los juegos infantiles y el del sueño. Las historias de Salgari se inscriben en la confluencia de estas dos prácticas originales del relato. El imaginario onírico es omnipresente: la hipnosis, las drogas, la locura, los delirios febriles y las pesadillas figuran entre las metáforas más recurrentes. De este imaginario forman parte también la ambientación nocturna y sobre todo el gusto por los mundos laberínticos, como el subsuelo de los thugs en Los misterios de la jungla negra y los pasadizos subterráneos de La reina de los caribes, que suscitan una serie de imágenes ctónicas; o como las descripciones de la impenetrabilidad de las junglas, en las que se pierden siempre los héroes, tanto si persiguen a sus enemigos como si son perseguidos. Por último, el recurso sistemático de la coincidencia emparenta la lógica de la narración con la de la asociación de ideas prevalente en los sueños. Aunque Salgari preparase con antelación el argumento de sus relatos, hay que reconocer que esa planificación no resulta evidente para el lector. Al contrario, este tiene la impresión de que los hechos se concatenan a merced de una serie de encuentros inventados al hilo de las páginas, como si el autor recuperase de manera implícita la etimología del término aventura, «lo que adviene». Los primeros capítulos de Los misterios de la jungla negra dan fe del carácter asociativo de la sucesión de eventos. ¿Tremal-Naik sueña con Ada, raptada por los thugs? Pues uno de sus criados, Aghur, dice haber visto la sombra de una joven en la selva, justo en el lugar en el que falleció su amigo Hurti. ¿Salen en busca del cuerpo de Hurti? Pues se topan con los thugs, que tienen a Ada en su poder. ¿Los persiguen los thugs? Pues en los laberintos de la selva Tremal-Naik descubre por casualidad un edificio, la pagoda de Oriente, cuya sacerdotisa es Ada. Se podrá alegar que son coincidencias improbables, pero en el espacio abstracto del Sunderbunds, una tierra de nadie reservada a la aventura, integran el relato en una especie de magia onírica que se engarza con toda naturalidad con los sueños del personaje, y otorga aires de pesadilla a esta secta de estranguladores invisibles pero omnipresentes.

El otro modelo narrativo es el del juego. La caracterización de los personajes, el sistema de oposiciones y el encadenamiento de las aventuras traslucen, por su apariencia ingenua, un matiz infantil que los acerca a las narraciones que construyen los niños cuando juegan a piratas y a aventureros. Podría parecer un juicio severo que reduce los textos a prácticas pueriles, pero no hay que olvidar que desde hace mucho tiempo el psicoanálisis estudia las relaciones entre la forma de la ficción y el «dominio de la situación» del niño que juega. Por otra parte, percibir desdén en esta afirmación equivaldría a obviar que la estética de la novela de aventuras mantiene profundas relaciones con el universo lúdico y de la infancia. La primera causa de ello, pero no la esencial, es que los principales lectores del género son los niños. La segunda es que, al igual que el juego, la novela de aventuras tiene una serie de reglas que hay que conocer para participar de lleno en el placer de la lectura. Exigen, por ejemplo, que el héroe salga triunfante sobre sus enemigos; que las adversidades, por consiguiente, adquieran el sentido de pruebas teleológicas; y que el riesgo nunca sea muy grave. Esta teleología de la aventura, que convierte la victoria del héroe en el origen lógico de las pruebas que debe superar, vincula todavía más la aventura a lo lúdico, ya que el niño, cuando juega, solo imagina peligros para derrotarlos y, así, destacar su valía.

Por último, el lector, como el chico que se divierte, dibuja un mundo construido idealmente para él, donde el paisaje no le interesa tanto por sí mismo como por lo que aporta a la fantasía. Así lo entendió Robert Louis Stevenson, que en su famoso ensayo «Una humilde protesta» definió la verosimilitud de su novela La isla del tesoro a partir del modelo de los juegos infantiles: en respuesta a Henry James, que lamentaba no poder juzgar de forma cabal la obra porque nunca había salido en busca de un tesoro enterrado, adujo que «nunca ha habido un niño (excepto el pequeño James) que no haya buscado oro, no haya sido pirata, jefe militar o bandido de las montañas». A partir de esta primera observación, fundando una especie de realismo de lo imaginario (o de verosimilitud novelesca), Stevenson concluye que el autor de novelas de aventuras debe hacer el esfuerzo de «dedicarse por completo a edificar y nutrir con detalles este sueño infantil». Una vez ha situado la estética del género en la confluencia del sueño y lo lúdico, Stevenson afirma que el autor tiene que alcanzar la esencia del estereotipo: «Para un niño, el carácter de los personajes es un libro cerrado; para él, un pirata es una barba, unos pantalones anchos y un copioso aderezo de pistolas». Existiría, pues, una perfección del estereotipo que lo vincularía a otra forma más noble como es la del arquetipo, en la medida en que su coherencia procede de los requisitos del género.

A esta coherencia de las leyes ideales de la ensoñación es precisamente a lo que se asiste en la obra de Emilio Salgari. El pirata evocado por Stevenson podría ser el Corsario Negro, cuyo nombre, por sí solo, ya contiene todo el imaginario de la piratería; no solo recuerda al verdadero Barbanegra, sino también a la figura literaria del «Corsario Rojo» imaginada por Fenimore Cooper en la novela homónima. Por otra parte, si Salgari no necesita hacer hincapié en los elementos históricos es porque le basta con señalar de vez en cuando, en un párrafo, o en todo un capítulo, los lazos con la auténtica aventura filibustera para que surjan los fantasmas asociados a ella. Estas indicaciones dispersas son balizas sobre las que fundar un universo mítico de la piratería.

El universo, sin embargo, solo deviene mítico gracias a la conversión que opera el autor hacia un mundo puramente imaginario. Si el pirata de Stevenson es «una barba» y «un copioso aderezo de pistolas», en Salgari los barcos de los corsarios están «formidablemente armados» y cubiertos de «bocas de fuego»: todos los elementos de la caracterización prometen combates navales. Las fortalezas son poderosas, armadas de un gran número de cañones, y el lector está impaciente por verlas asaltadas por los protagonistas. En las posadas se bebe vino de Málaga y se baten hombres en duelo, porque, como afirma Pierre Mac Orlan en su Petit manuel du parfait aventurier, «nunca olvidéis, aventureros pasivos, compañeros del frasco de tinta, que un crimen perpetrado en un cabaré tiene un sabor de novela que nunca podrá tener un crimen cometido en la vía pública». Cada espacio y cada detalle son partícipes de un ideal de aventura, y preparan el acontecimiento esperado por el lector. Como en los juegos infantiles, la lógica de los acontecimientos es tan sólida que siempre se sabe de antemano lo que ocurrirá, porque lo invocan todos los elementos de la narración.

Existe algo de ingenuidad en esta manera de ceñirse sin distancia a la lógica de la aventura. De hecho, es lo que separa a Salgari de otros escritores más conscientes, como Stevenson o Mac Orlan. A veces, sin embargo, la ingenuidad linda con la perfección. De un modo paradójico, este hecho se debe a una pobreza de estilo que, lejos de perjudicar a la narración, le otorga una sencillez terriblemente escasa en la literatura popular. Lo que importuna en muchos casos al leer a los folletinistas del siglo XIX son los desarrollos convencionales, las descripciones tan largas como previsibles, las reflexiones morales, todos esos tópicos, en fin, propinados con la máxima pedantería que pretenden dar cuenta del mundo y el alma humana. Lo que importuna, por decirlo de otro modo, es la intención de ser realista a pesar de todo, y sobre todo en contra de la lógica de la obra. Pocos momentos así encontramos en Salgari: bien sea porque gustaba de cierta concisión, bien porque se lo impidiera lo rudimentario de su prosa, nunca desarrolla una idea, sino que prefiere elegir dentro del amplio léxico de los tópicos literarios la expresión que abarque las imágenes a las que otro autor popular habría llegado mediante multitud de comentarios fastidiosos, y en el fondo igual de trillados. Por eso su estilo es uno de los más estereotipados que quepa imaginar, y no solo no se opone a la adhesión del lector, sino que además participa de una narración que, siguiendo el modelo del juego y el sueño, se basa por completo en convenciones: lo primordial es que haya permitido revelar el carácter apasionado y salvaje del príncipe malayo, y que en otro pasaje justifique el inquebrantable valor del criado de Tremal-Naik. Llevado hasta el límite, el uso del estereotipo acaba por crear un espacio puramente intertextual que evoca otras obras y bebe de los arquetipos del imaginario común. El estereotipo ya no rompe la ilusión al denunciar con su presencia lo artificial del relato, sino que, por el contrario, participa en el encantamiento, asegurando la coherencia de la obra. Y aún se puede ir más lejos: del mismo modo que la red de estereotipos, la pobreza léxica y la repetición de imágenes y de expresiones encajan entre sí para formar una escritura infantil que aumenta el placer de la lectura y refuerza la coherencia de la obra. Por decirlo de otra manera, la ingenuidad del estilo, el candor de la construcción del argumento y la sencillez del mundo que se representa, todas esas torpezas que por sí solas desembocarían en un relato mediocre (como suele suceder con las producciones en serie), conforman en Salgari una trama potenciadora del encanto que cautiva al público y que despierta en él una nostalgia sin objeto: el recuerdo de una relación inocente con la lectura que por unos momentos logra devolverle el texto.

LA AVENTURA COMO EXPERIENCIA DEL DECLIVE

Reducido a su más desnuda expresión, un relato se convierte en una sucesión ininterrumpida de hechos extraordinarios y sentimientos apasionados. En Salgari, no obstante, la narración parece aquejada de un frenesí permanente que bordea el delirio. No es de extrañar que los propios personajes caigan tan a menudo en la locura, como cuando sueña Tremal-Naik en las primeras páginas de Los misterios de la jungla negra, o cuando el Corsario Negro cree ver a sus hermanos en las desatadas aguas del Caribe, o cuando Sandokán, herido, es presa de la fiebre. Y ya hemos dicho que en Los piratas de la Malasia Ada se vuelve loca. Este frenesí lo sufre asimismo la acción, que también parece funcionar por asociaciones, visto el efecto de escalada continua al que obedecen los hechos, con muy pocos momentos de calma que permitan que baje la tensión. Impulsada por esta lógica del exceso, la aventura se acelera, los sentimientos se exaltan y los muertos se cuentan primero por decenas y después por cientos, como en la primera batalla de Los tigres de Mompracem, en la que los hombres de Sandokán mueren uno tras otro hasta que un ametrallamiento colectivo deja al Tigre solo y lleno de heridas, pero dispuesto todavía a plantar cara a cualquier enemigo. Tampoco los sentimientos amorosos conocen medias tintas: los héroes sucumben a la felicidad tanto como a la desdicha, y no parece que el Corsario Negro padezca mucho menos al recuperar a Honorata que al verse obligado a abandonar los mares.

De hecho, los personajes de Salgari solo conocen un tipo de sentimientos, los de máxima intensidad: su valentía es tan inquebrantable que a menudo se acerca a una inconsciencia temeraria, como cuando Sandokán, resuelto a exhibir a su mujer a la vista de sus enemigos, no duda en recibir impertérrito lluvias de cañonazos a bordo de su prao; su voluntad, fidelidad y generosidad los convierten en seres excepcionales, cosa que se manifiesta en su apariencia. La belleza de los héroes no es más que el reflejo de un alma fuera de lo común. Su fuerza es tal que los enemigos se acobardan solo de verlos. Los ingleses se quedan paralizados al contemplar que de la casa de lord Guillonk sale Sandokán, al que atribuyen poderes sobrenaturales. Tremal-Naik, el cazador de serpientes, inspira pavor entre sus enemigos, y las ciudades españolas se disponen a rendirse en cuanto aparecen a lo lejos las velas del Corsario Negro.

Este miedo, no obstante, no está del todo injustificado: hay algo de pavoroso en estos héroes sombríos y ardientes que, lejos de los virtuosos personajes de la novela de aventuras a la francesa, están dispuestos a matar a sangre fría para conseguir sus objetivos. Salgari tenía sus motivos para elegir como protagonistas a corsarios o «salvajes». Dentro del imaginario de finales del siglo XIX existen similitudes entre estas dos últimas figuras, igualmente ambiguas. Basta con leer la descripción de Sandokán para que se despeje cualquier duda acerca de esta filiación. Como los bandidos honorables, el personaje adopta al mismo tiempo rasgos de justiciero y de criminal: tiene el Tigre «una boca pequeña que [muestra] afilados dientes, como de fiera, y, relucientes como perlas, dos ojos negrísimos, de un brillo que [hechiza]». En la mirada y en la boca ya se mezclan rasgos atractivos y atemorizadores (cosa que se explicita todavía más en el título del segundo capítulo, «Fechorías y generosidad») propios de un hombre que «desde hacía diez años ensangrentaba las costas de Malasia», lo que le merita para el «apodo de “Tigre de Malasia”». La fuerza de Sandokán, como la de Tremal-Naik, el Corsario Negro y los otros grandes protagonistas de Salgari, es este poder implacable que hace de él un dechado de valor, pero también una máquina de bárbara destrucción. Este hecho con seguridad explica la predilección del autor por los héroes extranjeros, procedentes de las regiones «salvajes» (o calificadas como tales en la época), respecto a los colonos al servicio de los imperios europeos. Cuando Sandokán se enfrenta con dos frágiles praos a un barco de vapor, o cuando el Corsario Negro decide atacar las naves de los españoles, más potentes que la suya, encarnan la fuerza torrencial de un arcaico salvajismo que Salgari, en efecto, asocia a los pueblos lejanos, o a esos eternos rebeldes que son para la tradición popular los filibusteros, corsarios y piratas. Cabe pensar que el gusto del autor por la distancia histórica o geográfica responde a una nostalgia por la energía del Risorgimento en una época en que Italia, lejos del romanticismo revolucionario de la segunda mitad del siglo XIX, privilegiaba la estabilidad social. Este salvajismo se revela también en el enfoque del amor como una lucha sin cuartel del mismo modo que en esa manera de arrojarse ciegamente, y con sed de sangre, a la batalla. Pero se manifiesta asimismo en los actos que sacan a relucir la parte oscura de los personajes: Sandokán ordena a uno de sus hombres que se deje matar, el Corsario Negro condena a su amada a una muerte segura y Tremal-Naik está dispuesto a cortar la cabeza a un inocente para conquistar a la virgen de la pagoda de Oriente.

Incapaces de vivir en nuestro mundo, demasiado pequeño para ellos, estos personajes necesitan el espacio extraordinario que inventa Salgari, un universo del que lo cotidiano ha quedado excluido por completo. Ni los más insólitos sucesos, ni los más terribles peligros, parecen hechos a medida de los héroes: cuando el prao de Sandokán queda a merced de una tormenta, él no solo no se deja vencer por el pánico, sino que se entusiasma con la idea de encontrar un obstáculo a su altura. En cuanto a Tremal-Naik, en Los misterios de la jungla negra se lanza él solo, con su tigre Darma y su fiel Kammamuri, al asalto de la fortaleza subterránea del ejército de los thugs, sin haber elaborado ningún plan, lo cual no le impide afirmar, confiado: «Darma y yo nos encargaremos de matarlos a todos, en sus espantosas cavernas».[4]

Podemos considerar que semejante poderío por parte de los protagonistas equivale a la muerte de la aventura: como observó Umberto Eco acerca del personaje de Superman, los héroes resultan tan invencibles que pierden cualquier tipo de interés debido a que ya no encuentran pruebas a su altura. Pero en Salgari distan mucho de ser infalibles. Todo lo contrario: parecen cerca de derrumbarse en cualquier momento. Frente al protagonismo que suele otorgar la novela de aventuras al aspecto didáctico de la narración, donde a base de pruebas los niños se convierten progresivamente en héroes, Salgari elige a personajes que ya han alcanzado la plenitud de su dimensión heroica. Soles en su apogeo, quedan expuestos, a partir de ese momento, a la amenaza constante del declive. Es la condición de su poder, y la dinámica de la aventura. Pocas veces se ha visto una fuerza como la de los protagonistas de Salgari: encabezan ejércitos enteros de piratas y reinan en los mares, donde inspiran un terror universal. No obstante, y para que sea posible la acción, es necesario que su reino esté a punto de ser devastado, el ejército y la flota dispersados, y el héroe en el exilio o moribundo. Esta extrema tensión entre el poder inaudito del personaje y el riesgo inminente de la destrucción total participa del frenesí de la obra y de su ambiente melodramático. Casi cada episodio del ciclo de «Los piratas de Malasia» empieza con una situación similar. Los tigres de Mompracem puede leerse como una novela de la decadencia, y el ciclo de «Los corsarios de las Antillas» como el de una renuncia.

Salgari se recrea todo lo posible en este componente de debilidad ligado necesariamente a la figura del héroe solar. Sus personajes siempre parecen intuir que han llegado al crepúsculo de su existencia. Este hecho es lo que evoca el carácter nocturno de sus aventuras. El Corsario Negro no es el único asociado a la noche. También Sandokán y Tremal-Naik viven sus aventuras en penumbra, la de los túneles subterráneos de los thugs o la de los cielos oscurecidos por los huracanes. Esa noche es también la de su alma atormentada por la muerte, o por la perspectiva de su propia desaparición: Sandokán vive la renuncia a Mompracem, entregada a los ingleses, como un auténtico luto, mientras que el Corsario Negro se deshace en llanto al final de la novela homónima. Los relatos juegan con el contraste entre el poder desmesurado de los héroes y las fisuras que los quebrantan, la sensación que tienen de que ya ha pasado su momento de gloria y solo les aguardan sufrimientos cada vez mayores.

En la obra de Salgari existe, en efecto, un trasfondo pesimista. Lejos de servirse del discurso triunfalista tan del gusto de la novela de aventuras colonial, sus narraciones ponen el acento en la desdicha, incluso cuando no hay elementos objetivos que la justifiquen. El autor emplea todos los registros para expresar el dolor de los héroes, desde la imprecación hasta el lamento, pasando por las lágrimas, la rebelión y la furia. Este pesimismo invierte el sentido de la aventura: el poderío del protagonista, sus hazañas, incluso su victoria sobre el enemigo, parecen carecer de cualquier valor frente a la constante desesperación que otorga al relato su tono peculiar. Todo ello se explica por el carácter contradictorio de la aventura y del melodrama, las dos principales fuentes de inspiración del autor. El género en el que inscribe su obra lleva grabada en su propia forma la necesidad de un final feliz. Las pruebas y tribulaciones solo adquieren sentido porque al final del relato el héroe sale vencedor, y su recompensa justifica sobradamente todas sus desventuras. Si acaba con la derrota o la muerte del protagonista, la novela bascula hacia el drama. Así, las aventuras del protagonista adquieren un sentido por completo distinto: ya no son las hazañas de un hombre que se supera ante la adversidad, sino el martirio de un individuo derrotado por los acontecimientos. El melodrama, por el contrario, al jugar con los motivos extremos del amor y la muerte, tiende a dar preeminencia a las conclusiones desafortunadas, hecho con el que también juega Salgari. Se explican así esos finales que nunca parecen cumplir del todo los requisitos del género, no solo porque se cierren a menudo con una nota ambigua, sino también porque, incluso cuando terminan con un final feliz, existe un fondo de dolor que se hace eco de los sufrimientos pasados de los personajes, conservando así el pesimismo que prevalece en la obra.

La causa más directa de agotamiento en los héroes es sin duda el amor, que produce fiebre, enfermedad y casi la locura. Al principio de La reina de los caribes, al Corsario Negro se le considera un demente. También es el amor lo que sume a Tremal-Naik en el delirio; y en cuanto a Sandokán, cuando habla de su amada, se le describe en más de una ocasión de loco. Ahora bien, si el amor debilita a los héroes es porque significa para ellos el final de la aventura: la vida en pareja sustituye la fraternidad de las bandas, prohíbe los viajes, hace vulnerable al héroe y lo fuerza a abandonar el espacio fantasmático de la aventura. La mujer encarna el ideal novelesco, pero también simboliza la muerte del héroe; de ahí el acento trágico que adquieren todas las declaraciones de amor, como la de Sandokán a Marianne:

—Escucha, amor mío —le decía—, no llores, yo te haré feliz, inmensamente feliz. Nos iremos lejos de estas islas, enterraremos mi sangriento pasado y no oiremos nunca más hablar ni de piratas ni de mi salvaje isla. Mi gloria, mi poder, mis sangrientas venganzas, mi temido nombre, todo lo olvidaré por ti, porque quiero volverme otro hombre. No llores, Marianne, el porvenir que nos espera no será oscuro, sino sonriente y feliz.

Este apaciguamiento del héroe corresponde también a su desaparición: «Mi gloria, mi poder, mis sangrientas venganzas, mi temido nombre, todo lo olvidaré por ti, porque quiero volverme otro hombre». Sandokán está dispuesto a renunciar a ser «el Tigre», y mediante la renuncia a ese nombre no abandona solo su título de príncipe de los piratas, sino también el poder del animal asociado a él. Con este doble sentido hay que interpretar la afirmación de Yáñez: «Y a pesar de ello dejarías tu poder por aquella mujer». Y es también en esta perspectiva donde se inscribe el destino del Corsario Negro al final de La reina de los caribes: su aparente hundimiento en el mar, en compañía de Honorata, no remite a una muerte física, sino al final del personaje heroico.

La mayor amenaza que pesa sobre los personajes no es la de ser derrotados por sus enemigos (bastante insiste su autor, con enternecedora ingenuidad, en que son invencibles), sino la de sucumbir al amor y optar por una existencia aburguesada. Con su nostalgia de una rebelión y un desorden vivificantes, las novelas de Salgari siempre postergan el momento en que los héroes se dispongan a crear un hogar, como cuando Sandokán declara en los siguientes términos su decisión de abandonar la lucha para vivir con Marianne: «¡Se acabaron las batallas, el tronar de la artillería, los humeantes cascos de los barcos que se hunden en las profundidades del mar, los tremendos abordajes…! Escucha mi corazón que sangra, Yáñez; piensa que el Tigre morirá para siempre y que este mar y mi isla pertenecerán a otro». Nos encontramos lejos del ideal burgués de los héroes victorianos, que viven sus aventuras como una verdadera maldición. Aunque todos los personajes de Salgari aspiren a vivir en paz junto a los suyos, nunca dejan de estar listos para el combate. El regreso al hogar tiene siempre visos de muerte simbólica, como la del Corsario Negro al desaparecer entre las olas al final de La reina de los caribes, o la de Sandokán, cuando exclama al final de Los tigres de Mompracem: «¡El Tigre ha muerto para siempre!». Existe en Salgari una fascinación por el desorden salvaje de la aventura, acompañada por un rechazo del mundo. Esto explica que las mujeres reciban un trato tan cruel: Ada enloquece y muere en Los dos tigres, Honorata es abandonada por el Corsario Negro y Marianne desaparece entre dos novelas. La eliminación de estas mujeres del relato es necesaria, en la medida en que permite que el héroe siga siendo una figura solar.

Se equivoca, por lo tanto, quien afirme que el ideal de Salgari es una existencia burguesa, porque sus héroes, creados para la desgracia, aspiran tanto a la aventura como a una vida apacible. Se trata de otro rasgo específico del autor, que lo diferencia de sus homólogos franceses o británicos. En Jules Verne o G. A. Henty el protagonista es un joven despreocupado cuyo máximo deseo es la tranquilidad, pero que se ve obligado por los acontecimientos a cambiar su mundo por el de la aventura. A partir de ese momento el relato sigue los esfuerzos del protagonista por recuperar la paz perdida. No ocurre lo mismo en Salgari. Sus héroes nunca han tenido una vida apacible. Cuando empieza la novela ya son forajidos, y la normalidad queda marginada en el mismo vago limbo que Occidente y la sociedad «civilizada». El regreso a la realidad se presenta más que nunca como una mera convención del género, y no esencial, porque para Salgari, incluso cuando sale victorioso el héroe, el retorno a la paz parece una derrota.

Sin embargo, donde se plasma de un modo más fundamental el conflicto entre el amor y la normalidad, por un lado, y el salvajismo de la aventura, por el otro, es en el hecho de que las novelas de Salgari se deben leer también como una lucha del tiempo de la acción contra el tiempo de la realidad. Por eso, a pesar del cuidado que pone siempre en basar sus descripciones del mundo en conocimientos librescos, el autor ofrece un universo fantasmático que parece reflejar un escenario ideal para la aventura más que un espacio referencial. Luchando contra los ingleses, Tremal-Naik y Sandokán se oponen sobre todo a la civilización simbolizada por ellos: la de la modernidad, representada por sus barcos de guerra a vapor; pero también, a un nivel más sencillo, a nuestro mundo de occidentales, cuya familiaridad impide la ensoñación aventurera. Igual que los tigres, el Corsario Negro defiende el espíritu del clan contra los símbolos del Estado que son Van Guld y lord Guillonk. Las novelas históricas de Salgari, como las geográficas, condenan por sistema los progresos de la civilización, del Estado o de la ideología mercantil. Si el autor sale en defensa de los colonizados, si ataca la avidez de los españoles o de los estadounidenses (La capitana del «Yucatán»), si en el ciclo del Far West el autor se ensaña con estos últimos, que saquean a los indios, es principalmente porque todos, a su modo, introducen nuestro universo prosaico en el de las aventuras míticas. El tiempo, y con él la civilización y el progreso, son un peligro para la aventura. En los últimos episodios del ciclo de «Los piratas de Malasia» (sobre todo en Sandokán, el rey del mar y en La reconquista de Mompracem), Salgari introduce elementos pertenecientes a la modernidad: a los vapores contra los que ya combatían los tigres se añaden los cañoneros, el telégrafo o las armas químicas. Y es precisamente en ese momento cuando sus personajes, que hasta entonces parecían inmortales, empiezan a envejecer. A Sandokán se le encanecen las sienes, y sus «tigres» se sienten fatigados. Solo rejuvenecen de verdad cuando salen de nuevo a combatir, porque cualquier descanso, en la medida en que insinúa la normalidad dentro del mundo de la aventura, pone al héroe en peligro.

El encanto de las narraciones de Salgari se debe a que, si bien el escritor se inscribe en un género ya muy codificado, del que en buena lógica debería haber sido tan solo un nuevo epígono, sus contradicciones desbaratan los hábitos del lector y le proponen una obra que, al tiempo que ofrece la quintaesencia de la aventura, trastoca sus costumbres. El héroe es un superhombre que vence sin dificultad a un sinfín de enemigos, cierto, pero también es un ser carcomido por las dudas y tentado por el abandono. La aventura, como rige la tradición, acaba con la victoria del héroe, pero la estética del melodrama, el tono ambiguo de las últimas páginas de las obras y sobre todo los sucesos desdichados otorgan un aspecto lúgubre a sus finales. Por otra parte, aunque el imaginario, a través de sus estereotipos y de su visión etnocéntrica del mundo, se inscriba en la corriente de la novela de aventuras exóticas, la preferencia por héroes extranjeros, el discurso antiimperialista y el vehemente rechazo por la opresión convierten también a Salgari en uno de los pocos autores del género de su época que contestó a las derivas colonialistas.

Es bueno interesarse a veces por los autores que no pertenecen a la esfera cultural dominante de un género, y que reinterpretan sus códigos con el desajuste visual de su propia tradición: aportan el trémolo de la distancia, y una sana independencia. En su desconcertante sencillez, las obras de Salgari rompen con toda una serie de ideas preconcebidas sobre la novela de aventuras.

MATTHIEU LETOURNEUX

2002

cap-1

Los tigres de Mompracem

cap-2

LOS PIRATAS DE MOMPRACEM

La noche del 20 de diciembre de 1849, un huracán violentísimo se había desatado sobre Mompracem, isla salvaje de siniestra fama, refugio de terribles piratas, situada en el mar de Malasia, a pocos centenares de millas de las costas occidentales de Borneo.

En el cielo, impulsados por un viento violentísimo, corrían entremezclándose confusamente negros nubarrones, que de vez en cuando dejaban caer sobre la impenetrable selva de la isla furiosos aguaceros; en el mar, chocando desordenadamente y estrellándose con furia entre sí, las olas confundían sus rugidos con las explosiones breves y secas o interminables de los truenos.

Ni en las cabañas alineadas al fondo de la bahía de la isla, ni en las fortificaciones que la defendían, ni en los numerosos barcos anclados al amparo de la escollera se divisaba luz alguna; quien, viniendo de oriente, levantara la mirada, habría podido ver en lo más alto de una roca cortada a pico sobre el mar dos puntos luminosos: dos ventanas iluminadas.

¿Quién podía ser el que a aquella hora velaba en la isla de los sanguinarios piratas? En un laberinto de trincheras destrozadas, de terraplenes caídos, de empalizadas arrancadas, de gaviones rotos, al lado de los cuales podían divisarse unas armas inutilizables, se levantaba una amplia y sólida cabaña adornada en su cúspide con una gran bandera roja, que llevaba en el centro la cabeza de un tigre.

Una habitación estaba iluminada; las paredes estaban cubiertas de pesados tejidos rojos, de terciopelos y brocados de gran calidad, que estaban manoseados, rotos y manchados; el suelo desaparecía bajo alfombras persas relucientes de oro, pero también rotas y sucias. En un rincón había un sofá con los flecos arrancados; en otro un armónium de ébano con las teclas destrozadas y, alrededor, espléndidos vestidos, cuadros, lámparas derribadas, botellas, vasos enteros y rotos, y, además, carabinas indias grabadas a mano, trabucos, sables, cimitarras, puñales y pistolas.

En aquella habitación tan extrañamente decorada, había un hombre sentado en un estropeado sillón; era de alta y esbelta figura, de fuerte musculatura, y con unos rasgos fieros y seguros, de una extraña belleza.

Largos cabellos le caían hasta los hombros, y una barba negrísima le enmarcaba una cara ligeramente bronceada.

Tenía una frente amplia, sombreada por espesas cejas, una boca pequeña que mostraba afilados dientes, como de fiera, y, relucientes como perlas, dos ojos negrísimos, de un brillo que hechizaba.

Estaba desde hacía algunos minutos con los ojos fijos en la lámpara y las manos cerradas nerviosamente alrededor de la preciosa cimitarra que le colgaba de una faja de seda roja, arrollada a la cintura sobre una casaca de terciopelo azul y oro.

Un estruendo formidable, que hizo temblar la gran cabaña hasta sus cimientos, lo arrancó bruscamente de aquella inmovilidad. Se echó hacia atrás los largos cabellos, se aseguró en la cabeza el turbante adornado con un espléndido diamante, grueso como una nuez, se levantó de repente y dio a su alrededor una ojeada en la que se podía leer tristeza y amenaza.

—Es medianoche —murmuró—. ¡Medianoche, y aún no ha vuelto!

Vació con lentitud un vaso lleno de un licor color ámbar, después abrió la puerta, caminó con paso firme por entre las trincheras que defendían la cabaña, y se paró al borde del acantilado, a cuyos pies rugía furioso el mar. Se detuvo algunos momentos con los brazos cruzados, inmóvil como la roca que lo sostenía, aspirando con placer los bufidos de la tempestad y mirando el mar revuelto; después volvió a la cabaña y se paró delante del armónium.

Deslizó los dedos sobre las teclas, obteniendo algunas notas muy rápidas, extrañas, salvajes, que se dispersaron mezclándose con el sonido de la lluvia y los silbidos del viento.

De pronto, movió la cabeza, mirando la puerta que había dejado entreabierta. Se quedó unos momentos a la escucha, encorvado, con los oídos atentos. Después salió rápidamente, llegando hasta la orilla del acantilado.

Aprovechando el resplandor de un relámpago divisó un pequeño barco, con las velas casi arriadas, que entraba en la bahía, confundiéndose en el acto con los otros barcos anclados.

El hombre acercó a sus labios un silbato de oro y emitió tres notas estridentes; un silbido agudo contestó unos momentos después.

—¡Es él! —murmuró emocionado—. ¡Ya era hora!

Cinco minutos después, un hombre, envuelto en una amplia capa chorreante de agua, se presentaba delante de la cabaña.

—¡Yáñez! —exclamó el hombre del turbante abrazándolo.

—¡Sandokán! —contestó el recién llegado con un marcadísimo acento extranjero—. ¡Demonios! ¡Qué noche de infierno, hermano mío!

Atravesaron rápidamente las trincheras y entraron en la cabaña.

Sandokán llenó dos vasos, y los dos hombres brindaron por el nuevo encuentro.

El recién llegado era un hombre que aparentaba unos treinta y tres o treinta y cuatro años, un poco mayor que su compañero. De mediana estatura, de constitución muy fuerte, tenía la piel blanca y las facciones regulares, los ojos grises, astutos, los labios burlones y delgados, prueba de una voluntad de hierro. Se veía de inmediato que era europeo y que sin duda era oriundo de algún país meridional.

—Y bien, Yáñez —preguntó Sandokán emocionado—. ¿Has visto a la joven de los cabellos de oro?

—No, pero sé cuanto deseabas saber.

—¿No has ido a Labuán?

—Sí, pero tienes que comprender que en aquellas costas, vigiladas por los cruceros ingleses, resulta muy difícil el desembarco para personas como nosotros.

—Háblame de esa joven. ¿Quién es?

—Te puedo decir que es una criatura bellísima, tan bella que puede embrujar al más formidable pirata.

—¡Oh! —exclamó Sandokán.

—Me han dicho que tiene los cabellos rubios como el oro, los ojos más azules que el mar, la piel blanca como el alabastro.

—Pero ¿a qué familia pertenece?

—Algunos dicen que es hija de un colono, otros de un lord, otros que es pariente del gobernador de Labuán.

—Extraña criatura —murmuró Sandokán oprimiéndose la frente con las manos. Se había levantado bruscamente, prendido de una viva emoción, y se había puesto delante del armónium, pasando los dedos por las teclas.

Yáñez se limitó a sonreír y, descolgando de un clavo un viejo laúd, se puso a tañer sus cuerdas diciendo:

—¡Está bien! Toquemos un poco de música.

Apenas hacía un instante que estaba tocando un aire portugués, cuando vio a Sandokán acercarse bruscamente a la mesa y apoyar las manos en ella con extrema violencia.

Ya no era el hombre de antes: su frente estaba fruncida, los ojos despedían lúgubres destellos, los labios mostraban los dientes convulsamente apretados, tenía los miembros en tensión. En aquel momento era el formidable caudillo de los crueles piratas de Mompracem, era el hombre que desde hacía diez años ensangrentaba las costas de Malasia, el hombre que en cada rincón había sostenido terribles batallas, el hombre a quien su extraordinaria audacia e indomable coraje habían otorgado el feroz y sanguinario apodo de «Tigre de Malasia».

—¡Yáñez! —exclamó con gesto torvo—. ¿Qué hacen los ingleses en Labuán?

—Se fortifican —contestó tranquilamente el europeo.

—¿Puede ser que estén tramando algo contra mí?

—Lo creo.

—¡Ah! ¿Tú lo crees? ¡Que se atrevan a levantar un dedo contra mi Mompracem! ¡Diles que se atrevan a desafiar a los piratas en su escondrijo! El Tigre los destruirá a todos. Cuenta, ¿qué dicen de mí?

—Que ya es hora de que se acabe con un pirata tan audaz.

—¿Me odian mucho?

—Hasta tal punto que sacrificarían todos sus barcos por ahorcarte.

—¡Ah!

—¿Puedes dudarlo? Hermano mío, son muchos los años que llevas cometiendo fechorías. Todas las costas llevan las señales de tus aventuras, todos los pueblos y todas las ciudades han sido asaltados y saqueados; todos los castillos, holandeses, españoles e ingleses, han sufrido tus asaltos, y el fondo del mar está lleno de barcos hundidos por ti.

—Es verdad, pero ¿de quién es la culpa? ¿Los hombres de raza blanca no han sido inexorables conmigo? ¿Acaso no me han destronado con el pretexto de que me volvía demasiado poderoso? ¿No han asesinado a mi madre, a mis hermanos y hermanas, para destruir mi estirpe? ¿Qué mal les había hecho yo a ellos? ¡La raza blanca no había tenido nunca nada contra mí, y a pesar de ello me quisieron aplastar! Ahora les odio, sean españoles, holandeses, ingleses o portugueses, como tus compatriotas; los maldigo y mi venganza será terrible: ¡lo he jurado sobre los cadáveres de mi familia y mantendré mi juramento! Si he sido despiadado con mis enemigos, confío en que alguna voz se levantará también para decir que alguna vez he sido generoso.

—No una, sino cientos y miles de voces pueden decir que tú has sido con los débiles hasta demasiado generoso —dijo Yáñez—. Pueden decirlo todas aquellas mujeres caídas en tu poder y que tú has llevado, arriesgándote a dejarte hundir por los cruceros, a los puertos de los hombres blancos; pueden decirlo las débiles tribus que tú has defendido de los saqueos de los poderosos, los pobres marinos privados de sus barcos en la tempestad y que tú has salvado de las olas y cubierto de regalos, y cientos, miles más que se acordarán siempre de tu benevolencia, Sandokán. Ahora dime, hermano mío, ¿qué quieres decirme?

El Tigre de Malasia no contestó. Estaba paseando por la habitación con los brazos cruzados y con la cabeza inclinada sobre el pecho.

El portugués se levantó entonces, encendió un cigarrillo y se acercó a una puerta oculta por el cortinaje diciendo:

—Buenas noches, hermano mío.

Sandokán, al oír aquellas palabras, se sobresaltó y, deteniéndolo con un ademán, dijo:

—Una palabra, Yáñez.

—Habla, entonces.

—¿Sabes que deseo ir a Labuán?

—¡Tú…! ¡A Labuán…!

—¿Por qué tanta sorpresa?

—Porque tú eres demasiado audaz y podrías cometer alguna locura en el escondrijo de tus más encarnizados enemigos. Hermano mío, no tientes demasiado a la suerte. ¡Estate en guardia! La hambrienta Inglaterra ha puesto los ojos sobre nuestra Mompracem y puede ser que no aguarde a tu muerte para lanzarse sobre tus cachorros y destruirlos. Estate en guardia, ya que he visto un crucero erizado de cañones y lleno de armas rondar por nuestras aguas, y este no es más que un león que espera su presa.

—¡Pero encontrará al Tigre! —exclamó Sandokán apretando los puños y temblando de la cabeza a los pies.

—Sí, lo encontrará y puede ser que pierda la batalla, pero tu grito de muerte llegará hasta las costas de Labuán y otros más se moverán contra ti. Morirán muchos leones, puesto que tú eres el más fuerte y despiadado, ¡pero morirá también el Tigre!

—¡Yo…!

Sandokán dio un salto hacia delante con los brazos contraídos por el furor, los ojos centelleantes, las manos apretadas como si empuñaran un arma. Pero fue un relámpago: se sentó a la mesa, apuró de un solo trago el vaso que había quedado lleno y dijo con voz perfectamente tranquila:

—Tienes razón, Yáñez; a pesar de ello, iré mañana a Labuán. Una fuerza irresistible me empuja hacia aquellas playas, y una voz murmura en mi interior que tengo que ver a aquella joven de los cabellos de oro, que debo…

—¡Sandokán…!

—Silencio, hermano mío. Vámonos a dormir.

Sin embargo, el formidable pirata todavía salió unos minutos al exterior para contemplar soñadoramente el horizonte, mientras daba lentas chupadas a un aromático y delgado cigarro confeccionado con escogidas hojas de Borneo.

cap-3

FECHORÍAS Y GENEROSIDAD

Al día siguiente, algunas horas después de levantarse el sol, Sandokán salía de la cabaña, listo para emprender la arriesgada expedición.

Iba vestido de guerra: llevaba puestas largas botas de piel roja, su color preferido; una espléndida casaca de terciopelo rojo, adornada con bordados y flecos, y largos pantalones de seda azul, y en la bandolera llevaba una preciosa carabina india con arabescos y de largo alcance; a la cintura una pesada cimitarra con la empuñadura de oro macizo y un kris, el puñal de hoja ondulada y envenenada tan apreciado en aquellas poblaciones de Malasia. Se paró un momento a la orilla del gran acantilado, paseando su mirada de águila sobre la superficie del mar, que se había vuelto lisa como un espejo, y miró a oriente.

—Es allá —murmuró después de algunos momentos de contemplación—. Extraño destino que me empujas allí, ¡dime si me serás nefasto! ¡Dime si aquella mujer de los ojos azules y de los cabellos de oro, que cada noche atormenta mis sueños, será la causa de mi fin…!

Movió la cabeza como queriendo sacudir de ella un mal pensamiento; después, con paso lento bajó una estrecha escalera abierta en la roca y que conducía a la playa.

Un hombre lo estaba esperando abajo; era Yáñez.

—Todo está listo —dijo—. He hecho preparar las dos mejores embarcaciones de nuestra flota, aumentando su armamento con dos gruesas espingardas.

—¿Y los hombres?

—Todos los grupos están formados en la playa, con sus respectivos capitanes. No tendrás que escoger a los mejores.

—Gracias, Yáñez.

—No tienes que darme las gracias, Sandokán; puede ser que haya preparado tu ruina.

—No temas, hermano mío; los proyectiles tienen miedo de mí.

—Sé prudente, muy prudente.

—Lo seré, y te prometo que en cuanto haya visto a aquella joven volveré aquí. Vámonos.

Atravesaron una explanada defendida por grandes baluartes y gruesas piezas de artillería, de terraplenes y de profundos fosos, y llegaron a la orilla de la bahía, en la cual se mecían dulcemente doce o quince veleros, llamados praos.

Delante de una larga hilera de cabañas y de sólidas casas que parecían almacenes, trescientos hombres estaban perfectamente alineados, a la espera de una orden para embarcar cuanto antes y llevar el terror a todos los mares de Malasia.

Sandokán miró complacido a sus cachorros, como solía llamarlos, y dijo:

—Patán, acércate.

Un malayo de alta estatura, de poderosos miembros, vestido con una simple falda roja adornada de plumas, se adelantó:

—¿Con cuántos hombres cuenta tu partida? —preguntó.

—Cincuenta, Tigre de Malasia.

—Embarcaos en aquellos dos praos y dejad la mitad para Giro-Batol.

—¿Y adónde vamos?

Sandokán lo fulminó con una mirada que lo hizo estremecer por su imprudencia, aunque era un hombre capaz de reír de la guerra.

—Obedece sin rechistar, si quieres vivir —le dijo Sandokán.

El malayo se alejó rápidamente, llevándose consigo su grupo, compuesto por hombres de gran coraje, y que al menor gesto de Sandokán no habrían dudado en saquear el sepulcro de Mahoma, a pesar de que fueran todos mahometanos.

—¿Vienes, Yáñez? —dijo Sandokán cuando vio que todos estaban embarcados.

Estaban llegando a la orilla cuando fueron alcanzados por un feo negro de enorme cabeza, de manos y pies desproporcionados, un verdadero campeón de aquellos horribles «negritos» que se podían encontrar en el interior de casi todas las islas de Malasia.

—¿Qué quieres y de dónde vienes, Kili-Dalú? —le preguntó Yáñez.

—Vengo de la costa meridional —contestó el negrito respirando afanosamente.

—¿Y qué nos traes?

—Una buena nueva, caudillo blanco; he visto una gran embarcación que navegaba hacia las islas Romades.

—¿Iba cargada? —preguntó Sandokán.

—Sí, Tigre.

—Está bien; estoy casi seguro de que dentro de tres horas caerá en mi poder.

—¿Y después irás a Labuán?

—Directamente.

Se habían parado delante de una preciosa ballenera, ocupada por cuatro hombres malayos.

—Adiós, hermano —dijo Sandokán abrazando a Yáñez.

—Adiós, Sandokán. Ten cuidado y no hagas locuras.

—No temas; seré prudente.

—Adiós, y que tu buena estrella te proteja.

Sandokán saltó a la ballenera, que en pocos golpes de remo lo transportó a los praos, que estaban desplegando sus grandes velas.

Desde la playa partió un rugido:

—¡Viva el Tigre de Malasia!

—Partamos —ordenó el pirata dirigiéndose a las dos tripulaciones.

Levaron anclas las dos escuadras de demonios, de un color verde aceituna o amarillo sucio, y las dos embarcaciones se lanzaron al mar abierto, resoplando sobre las azules olas del mar malayo.

—¿La ruta? —preguntó Sabau a Sandokán, que se había puesto al mando del barco de mayor tonelaje.

—¡Directos a las islas Romades! —contestó el jefe.

Después, dirigiéndose a la tripulación, gritó:

—¡Cachorros, abrid bien los ojos; tenemos un barco dispuesto para saquear!

El viento era bueno, soplaba desde el sudoeste, y el mar, ligeramente movido, no oponía resistencia a la carrera de los dos veleros, que en poco tiempo alcanzaron una velocidad superior a los doce nudos, en verdad poco usual en los barcos de vela, pero no extraordinaria para los malayos, que llevaban velas enormes y eran de casco estrecho y ligero.

Los dos veleros con los cuales el Tigre iba a empezar la audaz expedición no eran dos verdaderos praos, los cuales comúnmente eran pequeños y sin puente. Sandokán y Yáñez, que en las cosas del mar no tenían rival en toda Malasia, habían modificado todos sus veleros para tener ventaja sobre los barcos que perseguían.

A pesar de que los dos praos estaban aún a una gran distancia de las islas Romades, hacia las cuales se suponía que se dirigía el barco descubierto por Kili-Dalú, los piratas empezaron a prepararse para poder estar listos para el combate en cuanto este se presentara.

Los dos cañones y las dos gruesas espingardas fueron cargados con los máximos cuidados; sobre el puente se dispusieron grandes cantidades de balas y granadas de mano, después fusiles, hachas, sables de abordaje, y se colocaron en la borda los garfios de abordaje que se lanzaban sobre el barco enemigo para sujetarlo.

Cuando todo estuvo preparado, aquellos demonios, cuyas miradas ya se encendían de deseo, se pusieron en observación, unos sobre las batayolas, otros sobre los flechastes y otros a horcajadas sobre el trinquete.

A pesar de que Sandokán parecía que no participase de aquella ansiedad y excitación de sus hombres, paseaba de proa a popa con paso nervioso, escudriñando la inmensidad del mar, y apretando con energía la empuñadura de oro de su espléndida cimitarra.

A las diez de la mañana Mompracem desaparecía en el horizonte; a pesar de ello, el mar aparecía aún desierto.

La impaciencia empezaba a adueñarse de la tripulación de los dos barcos: los hombres subían y bajaban de los aparejos, maldiciendo, haciendo destellar las relucientes hojas envenenadas de los krises y de las cimitarras. Poco después del mediodía, de pronto, desde lo alto del palo mayor se oyó una voz:

—¡Eh! ¡Alerta a sotavento!

Sandokán interrumpió su paseo. Lanzó una rápida mirada sobre el puente de su velero y otra sobre el mandado por Giro-Batol, y después ordenó:

—¡Tigres! ¡A vuestros puestos de combate!

En pocos segundos, los piratas que habían subido a los palos bajaron a cubierta para ocupar sus puestos.

—Araña del Mar —dijo Sandokán al hombre que había quedado de vigía en el palo mayor—. ¿Qué ves?

—Una vela, Tigre.

—¿Es un barco?

—Es la vela de un barco, no me equivoco.

—Hubiera preferido un navío europeo —murmuró Sandokán frunciendo el ceño—. Ningún odio me empuja contra los hombres del Celeste Imperio. Aunque…

Reemprendió el paseo y no volvió a hablar. Pasó una media hora, durante la cual los dos praos ganaron cinco nudos; después, la voz del Araña se volvió a escuchar.

—¡Capitán, es un barco! —gritó—. Tened cuidado, porque nos han divisado y están cambiando de rumbo.

—¡Ah! —exclamó Sandokán—. Giro-Batol, maniobra de forma que le impidas la huida.

Los dos veleros se separaron y, describiendo un amplio semicírculo, se dirigieron con todas las velas desplegadas al encuentro de la embarcación mercante.

Era esta una de aquellas pesadas embarcaciones llamadas juncos, de forma cuadrada y de dudosa robustez, utilizadas en los mares de la China.

Tan pronto se percató de la presencia de los dos sospechosos veleros, contra los cuales no podía competir en velocidad, el junco se paró, enarbolando un gran estandarte.

Al ver aquel estandarte, Sandokán dio un salto adelante.

—La bandera del rajá Brooke, el exterminador de los piratas —gritó con acento de odio—. ¡Tigres! ¡Al abordaje!

Un grito salvaje, feroz, estalló en las dos tripulaciones, por las cuales no era ignorada la fama del inglés James Brooke, nombrado rajá de Sarawak, enemigo despiadado de los piratas.

Patán, de un salto, alcanzó el cañón de proa, mientras los demás apuntaban la espingarda y armaban las carabinas.

De pronto, una detonación retumbó a bordo del junco, y una bala de pequeño calibre pasó con un agudo silbido atravesando las velas.

Patán se agachó sobre su cañón e hizo fuego; el efecto fue inmediato: el palo mayor del junco, roto por la base, osciló violentamente hacia delante y hacia atrás y cayó sobre cubierta, con sus velas y todas sus cuerdas. A bordo del desafortunado junco se vieron algunos hombres correr al costado del barco y después desaparecer.

—¡Mira, Patán! —gritó Araña del Mar.

Un pequeño bote, ocupado por seis hombres, se estaba alejando del junco y huía hacia las costas de Romades.

—¡Ah! —exclamó Sandokán con ira—. ¡Hay algunos hombres que huyen, en lugar de luchar! Patán, haz inmediatamente fuego sobre aquellos cobardes.

El malayo disparó una carga de metralla que destrozó el bote, matando a todos los que iban en él.

—¡Bravo, Patán! —gritó Sandokán—. Y ahora destruye aquel barco, sobre el cual veo aún una numerosa tripulación. Después lo enviaremos a reparar a los arsenales del rajá.

Los dos veleros corsarios reemprendieron la infernal música, lanzando balas, granadas y ráfagas de metralla hacia el pobre junco, destrozando el palo del trinquete y sus costados, reduciendo su maniobrabilidad y matando a sus tripulantes, que se defendían desesperadamente con los fusiles.

Los dos veleros corsarios, envueltos en una nube de humo de la cual salían relámpagos, seguían acercándose y en poco tiempo se encontraron a los lados del junco.

—¡Timón a sotavento! —gritó entonces Sandokán, que empuñaba la cimitarra.

Su velero abordó al mercante a babor y, lanzando los garfios de abordaje, quedó enganchado.

—¡Al asalto, tigres! —tronó el terrible pirata.

Se encogió como un tigre que está dispuesto a lanzarse sobre su presa y se dispuso a saltar; sin embargo, una robusta mano lo detuvo.

Se volvió con un grito de furor. El hombre que se había atrevido a pararlo se puso delante de él de un salto, cubriéndolo con su propio cuerpo.

—¡Tú, Araña del Mar! —gritó Sandokán levantando sobre él la cimitarra.

En aquel momento una bala de fusil disparada desde el junco alcanzó al pobre Araña, que cayó muerto sobre el puente.

—¡Gracias, mi cachorro! —exclamó Sandokán—. ¡Me has salvado!

Se arrojó hacia delante como un toro herido, se agarró a la boca de un cañón y se plantó sobre el puente del junco, precipitándose entre los combatientes con aquella loca temeridad que todos admiraban.

La tripulación entera del barco mercante se le echó encima para cortarle el paso.

—¡A mí, tigres! —gritó derribando a dos hombres con el filo de su cimitarra.

Diez o doce piratas, subiendo como monos por los aparejos y saltando al costado del barco, se precipitaron en cubierta, mientras el otro prao lanzaba sus arpones de abordaje.

—¡Rendíos! —gritó el Tigre a los marineros del junco.

Los siete u ocho hombres que aún sobrevivían, viendo a los otros piratas invadir la cubierta, tiraron las armas.

—¿Quién es el capitán? —preguntó Sandokán, mirando ferozmente a su alrededor.

—Yo —contestó un chino, adelantándose temblando.

—Tú eres un valiente y tus hombres son dignos de ti —dijo Sandokán—. ¿Adónde vais?

—A Sarawak.

—¡Ah! —exclamó con voz ronca—. Tú vas a Sarawak. ¿Y qué hace el rajá Brooke, el exterminador de piratas?

—No lo sé, porque falto de Sarawak desde hace muchos meses.

—No importa, le dirás que un día iré a anclar a su bahía y que allí esperaré a sus barcos. ¡Y veremos si el exterminador de piratas será capaz de vencer a los míos!

Después se arrancó del cuello una hilera de diamantes de gran valor y, ofreciéndosela al capitán del junco, dijo:

—Tómalos, valiente. Siento haberte destrozado el junco; sin embargo, con estos diamantes podrás comprarte otros diez.

—¿Quién sois vos? —preguntó el capitán asombrado.

Sandokán se le acercó y, apoyando las manos en la espalda, le dijo:

—Mírame bien: yo soy el Tigre de Malasia.

Antes de que el capitán y sus marineros pudieran salir de su asombro y terror, Sandokán y sus piratas ya habían vuelto a sus barcos.

—¿Qué ruta? —preguntó Patán.

El Tigre levantó el brazo indicando hacia el oeste; después, con voz vibrante, gritó:

—¡Tigres, a Labuán, a Labuán!

cap-4

EL CRUCERO

El viento soplaba en dirección noroeste y bastante frío; el mar se mantenía tranquilo, favoreciendo la carrera de los dos praos, los cuales corrían a diez o doce nudos por hora.

Sandokán, después de haber hecho limpiar el puente, arreglar las cuerdas cortadas por las balas enemigas, tirar al mar el cadáver del Araña y de otro pirata muerto de un balazo, y cargar los fusiles y las espingardas, encendió un espléndido narguile, procedente de alguna tienda india o persa, y llamó a Patán.

El malayo se apresuró a obedecer.

—Dime, malayo —dijo el Tigre mirándole a la cara con ojos llameantes—. Cuando yo voy al abordaje, ¿sabes cuál es tu sitio?

—Detrás de vos.

—Tú no estabas, y el Araña ha muerto en tu lugar.

—Es verdad, capitán.

—Tendría que hacerte fusilar por esta falta, pero tú eres un valiente y yo no deseo sacrificar sin necesidad a un valiente. En el primer abordaje, tú te harás matar a la cabeza de mis hombres.

—Gracias, Tigre.

Atravesó a pasos lentos el puente y bajó a su camarote. Durante el día los dos praos continuaron navegando por aquel estrecho comprendido entre Mompracem y las Romades al oeste, la costa de Borneo al este, y al noroeste Labuán y las tres islas del Norte, sin encontrar ningún barco mercante.

La siniestra fama de que gozaba el Tigre se había extendido por aquellos mares y muy pocos barcos se atrevían a pasar por ellos.

Al caer la noche, los dos veleros amainaron las grandes velas para protegerse contra posibles ráfagas de viento, y se acercaron el uno al otro para no perderse de vista y estar listos para prestarse asistencia mutua.

Alrededor de la medianoche, en el mismo instante en que pasaban por delante de las Tres Islas, que eran las vigías de Labuán, Sandokán se personó en el puente.

Estaba siempre preso de una gran agitación. Se puso a pasear desde proa a popa, con los brazos cruzados, encerrado en un gran mutismo. Pero de vez en cuando se paraba para escudriñar la negra superficie del mar, y después se agazapaba y se ponía a la escucha. ¿Qué esperaba oír? Podría ser el barboteo de alguna máquina que le avisara de la presencia de algún crucero, o también el ruido de las olas que iban rompiendo sobre las costas de Labuán.

A las tres de la mañana, cuando el cielo empezaba a esclarecer, Sandokán gritó:

—¡Labuán!

En efecto, al oeste, allí donde el mar se confundía con el horizonte, se podía divisar confusamente una estrecha línea oscura.

—¡Labuán! —volvió a repetir el pirata, respirando como si se hubiera quitado un gran peso del corazón.

—¿Tenemos que seguir? —le preguntó Patán.

—Sí. Entraremos por el río que ya conoces.

La orden fue transmitida a Giro-Batol, y los dos veleros pusieron rumbo silenciosamente a la isla.

Labuán, cuya superficie no superaba los ciento dieciséis kilómetros cuadrados, no era en aquellos tiempos el importante puerto que es hoy. Ocupada en 1847 por sir Rodney Mandy, comandante del Iris, por orden del gobierno inglés con la frialdad de poder aniquilar la piratería, con una población de pocos miles de habitantes, casi todos de raza malaya, y unos pocos cientos de blancos.

Hacía poco tiempo que habían fundado una pequeña ciudad a la cual habían dado el nombre de Victoria, fortificándola con algunos baluartes para impedir que fuera destruida por los piratas de Mompracem, que ya varias veces habían saqueado sus costas. El resto de la isla estaba cubierto por espesos bosques poblados de tigres, y muy pocas granjas se habían construido en sus alturas o en sus praderas. Los dos praos, después de haber costeado una milla de la isla, entraron silenciosamente en el río, cuyas orillas estaban recubiertas de espesa vegetación, lo recorrieron unos seiscientos o setecientos metros y anclaron bajo la oscura sombra de grandes plantas.

Un crucero que pasara por allí vigilando las costas no habría podido descubrirlos, ni habría podido sospechar la presencia de aquellos tigres, escondidos como los tigres de las sunderbans indias.

A mediodía Sandokán, después de haber enviado a dos hombres a la desembocadura del río y otros dos a la selva, se armó de su carabina y desembarcó seguido de Patán.

Habría recorrido alrededor de un kilómetro adentrándose en la espesura de la selva, cuando se paró repentinamente.

—¿Habéis visto algún hombre? —preguntó Patán.

—No, ponte a la escucha —contestó Sandokán.

El malayo aguzó el oído y escuchó a lo lejos unos ladridos de perro.

—Hay alguien de cacería —dijo levantándose.

—Vamos a ver.

Reemprendió el camino pasando bajo los árboles de la pimienta, cuyas ramas estaban cargadas de racimos rojos, bajo los artocarpus o árboles del pan, y bajo las palmeras de Filipinas, entre cuyas hojas volaban innumerables lagartijas voladoras.

Los ladridos de perro se acercaban cada vez más, y en pocos momentos los dos piratas se encontraron en presencia de un feo negro, vestido con unos pantalones rojos y que llevaba de la traílla un mastín.

—¿Adónde vas? —le preguntó Sandokán cortándole el paso.

—Busco la pista de un tigre —contestó el negro.

—¿Y quién te ha dado permiso para ir de cacería por mis bosques?

—Estoy al servicio de lord Guldek.

—¡Está bien! Ahora dime, ¿has oído hablar de una joven que se llama la Perla de Labuán?

—¿Quién no conoce en esta isla a aquella bella criatura? Es el buen genio de Labuán que todos quieren y adoran.

—¿Es bella? —preguntó Sandokán emocionado.

—Creo que ninguna mujer se le puede comparar.

Un fuerte sobresalto se apoderó del Tigre de Malasia.

—Dime —volvió a preguntar después de un instante de silencio—. ¿Dónde vive?

—A dos kilómetros desde este punto, en medio de la pradera.

—Con esto es suficiente; vete, y si aprecias tu vida no mires atrás.

Le dio un puñado de oro y cuando el negro desapareció se sentó a los pies de un gran artocarpus murmurando:

—Esperaremos la noche y después iremos a dar un vistazo a los alrededores.

Patán se tumbó a la sombra de una palmera de Filipinas, aunque con la carabina a su lado.

Serían las tres de la tarde cuando un acontecimiento inesperado vino a interrumpir la espera.

Se oyó un disparo de cañón del lado de la costa, haciendo callar repentinamente a todos los pájaros que vivían en las selvas.

Sandokán se levantó apresuradamente, con la carabina a punto: su cara se había transformado por completo.

—¿Has oído? ¡Un disparo de cañón! —exclamó—. ¡Vámonos, Patán; veo sangre!

Se levantó, y a saltos atravesó la selva, seguido por el malayo, que, a pesar de ser ágil como un ciervo, a duras penas podía mantener aquel frenético ritmo de carrera.

cap-5

TIGRES Y LEOPARDOS

En menos de diez minutos, los dos piratas llegaron a la orilla del río. Todos los hombres ya se habían embarcado en los praos y estaban desplegando todas las velas, aunque hacía muy poco viento.

—Capitán, nos están atacando —dijo Giro-Batol—. Un crucero nos impide la salida en la desembocadura del río.

—¡Ah! —dijo el Tigre—. ¿Vienen a perseguirnos también aquí estos ingleses? ¡Entonces, tigres, empuñad las armas y nos haremos a la mar! ¡Enseñaremos a estos hombres cómo luchan los tigres de Mompracem!

—¡Viva el Tigre! —gritaron las dos tripulaciones excitadas—. ¡Al abordaje! ¡Al abordaje!

Rápidamente los dos veleros bajaron por el río y tres minutos más tarde se encontraban en alta mar. A seiscientos metros de la orilla, un gran barco que rebasaba las mil quinientas toneladas, fuertemente armado, navegaba no muy rápido cerrándoles la salida al oeste.

Sobre su puente se oían redoblar los tambores que llamaban a los hombres a sus puestos de combate y se oían las órdenes de los oficiales.

Sandokán miró fríamente aquel formidable contrincante, y en lugar de asustarse de sus dimensiones, de su numerosa artillería y de su tripulación tres o cuatro veces más numerosa que la suya, ordenó:

—¡Tigres, a los remos!

Los piratas se precipitaron bajo cubierta, poniéndose a los remos, mientras que los artilleros apuntaban sus cañones y espingardas.

—Ahora es nuestro turno, barco maldito —dijo Sandokán cuando vio los praos moverse como flechas bajo el empuje de los remos.

Enseguida un chorro de fuego brilló sobre el puente del crucero y una bala de grueso calibre pasó silbando entre la arboladura del prao.

—¡Patán! —gritó Sandokán—. ¡Que hable tu cañón!

El proyectil fue a estrellarse en el puente del comandante, destruyendo al mismo tiempo el palo de la bandera.

El barco de guerra, en lugar de contestar, maniobró de forma que pudiera presentar su costado, del cual salían los extremos de media docena de cañones.

—Patán, no pierdas ni un solo golpe —dijo Sandokán, mientras que un cañonazo retumbaba sobre el prao de Giro-Batol—. Destroza los palos de aquel maldito, hazlo añicos, desmóntalo y, cuando ya no tengas puntería, déjate matar.

En aquel instante el crucero pareció incendiarse. Un huracán de hierro atravesó los aires y alcanzó de lleno los dos praos, alisándolos como si fueran dos viejas barcazas.

Gritos espantosos de furor y dolor se oyeron entre los piratas, ahogados por una segunda ráfaga que mandó por los aires artillería y artilleros.

Después, el barco de guerra, envuelto en humo negro y blanco, maniobró a menos de cuatrocientos metros de los praos y se alejó un kilómetro, preparándose para reemprender el fuego.

Sandokán, que no había sufrido ningún rasguño, había caído por culpa de un palo que lo alcanzó. Se levantó enseguida.

—¡Miserable! —aulló mostrando los puños al enemigo—. ¡Cobarde! Huyes, pero te alcanzaré.

Con un silbido llamó a sus hombres al puente.

—¡Rápido, instalad una barricada delante de los cañones! Después, ¡adelante!

En pocos momentos, en la proa de los dos veleros fueron apilados palos de repuesto, barriles llenos de balas, viejos cañones desmontados y escombros de todo género, logrando una sólida barricada.

Veinte hombres, de entre los más fuertes, volvieron a bajar para maniobrar los remos, mientras que los demás se colocaron al amparo de las barricadas, empuñando las carabinas y llevando entre los dientes puñales que destellaban entre los labios febriles.

—¡Adelante! —mandó el Tigre.

El crucero ahora marchaba a poca velocidad, despidiendo ríos de humo negro.

—¡Fuego a discreción! —aulló el Tigre.

Desde ambos lados se reemprendió la infernal música, golpe contra golpe, proyectil contra proyectil.

Los dos veleros, decididos a no retroceder aunque les costara la muerte, no podían casi verse, tal era la cantidad de humo que los envolvía; aun así, seguían contestando al fuego enemigo.

El barco tenía la ventaja de su mayor tonelaje y de su artillería, aunque los dos praos, que el temible Tigre conducía al abordaje, no cedían.

La locura se había adueñado de aquellos hombres y no deseaban más que poder pisar el puente de aquel formidable barco; si no para vencer, al menos para morir en territorio enemigo.

Patán, fiel a su palabra, se había dejado matar al lado de su cañón, y enseguida otro hábil artillero había ocupado su lugar.

La terrible batalla duró veinte minutos; después el crucero se desplazó unos seiscientos metros, para no ser alcanzado y abordado.

Un grito de furor resonó entre las tripulaciones de los praos al ver aquella nueva retirada.

Ya no existía posibilidad de lucha contra aquel enemigo, que aprovechándose de sus máquinas evitaba cualquier abordaje.

Pero Sandokán aún no quería retroceder.

Derribando de un formidable empujón a los hombres que le rodeaban, se agachó sobre el cañón que aún estaba cargado, ajustó la puntería y encendió la mecha.

Pocos segundos después, el palo mayor del crucero era alcanzado por su base y se precipitaba al mar, llevándose consigo a todos los hombres que se encontraban en las cofas.

Mientras el barco se paraba para salvar a los náufragos, cesó el fuego. Sandokán aprovechó para embarcar a los hombres del prao de Giro-Batol que se estaba hundiendo.

—¡Y ahora rumbo a la costa! —gritó.

El prao de Giro-Batol, que aún se mantenía a flote por milagro, fue desalojado por completo y abandonado a las olas con su cargamento de cadáveres.

Enseguida los piratas se pusieron a los remos y, aprovechando la momentánea inactividad del barco de guerra, se alejaron rápidamente y se escondieron en el río.

¡Ya era hora! El pobre velero hacía aguas por todos lados, a pesar de que los piratas intentaban taponar apresuradamente los agujeros abiertos por las balas del crucero.

Gemía como un moribundo bajo el peso del agua que lo invadía, y se iba inclinando a babor.

Sandokán, que se había puesto al timón, viró hacia la orilla y lo embarrancó en la arena.

Después dijo mirando el reloj que llevaba en la cintura:

—Son las seis. Dentro de dos horas el sol habrá desaparecido y las tinieblas se apoderarán del mar. Que cada uno se ponga manos a la obra para que el prao esté listo a medianoche para volver al mar.

—¡Viva el Tigre! —gritaron los piratas.

—Silencio —dijo Sandokán—. Que vayan dos hombres a la desembocadura del río a aniquilar el crucero y otros dos a la selva para evitar cualquier sorpresa; curad a los heridos, y después todos al trabajo.

Mientras los piratas se apresuraban a vendar las heridas que habían sufrido algunos de sus compañeros, Sandokán se acercó a popa y se quedó algunos minutos observando la bahía, de la cual podía ver una parte a través de la espesura de la selva.

Buscaba sin duda descubrir el crucero, que al parecer no se atrevía a acercarse demasiado a la costa, quizá por miedo a embarrancar en alguno de los numerosos bancos de arena que se extendían por aquel lugar.

«Sabe con quién se enfrenta —pensó el formidable pirata—. Espera que nos hagamos nuevamente a la mar para exterminarnos; se engaña si cree que yo mandaré a mis hombres al abordaje. El Tigre también puede ser prudente.»

Se sentó sobre el cañón y después llamó a Sabau.

El pirata, uno de los más valientes, que se había ganado el grado de lugarteniente después de haber arriesgado veinte veces su vida, acudió.

—Patán y Giro-Batol han muerto —le dijo Sandokán con un suspiro—. Se han dejado matar a la cabeza de los valerosos que dirigían el ataque al maldito barco. El mando es ahora tuyo, yo te lo otorgo.

—Gracias, Tigre de Malasia.

—Ahora ayúdame.

Uniendo sus fuerzas, empujaron a popa el cañón y las espingardas, y las apuntaron hacia la pequeña bahía para poderla controlar a golpes de metralla, en el caso de que los botes del crucero intentaran forzar la desembocadura del río.

—Ahora podemos estar seguros —dijo Sandokán—. ¿Has enviado a dos hombres a la desembocadura?

—Sí, Tigre de Malasia. Tienen que estar escondidos entre los bambúes.

—Muy bien.

—¿Esperaremos a la noche para hacernos a la mar?

—Sí, Sabau.

—¿Podremos engañar al crucero?

—La luna se levantará tarde y quizá no se divise. Veo acercarse algunas nubes desde el sur.

—¿Tomaremos el rumbo de Mompracem, jefe?

—Directamente.

—¿Sin vengarnos?

—Somos muy pocos, Sabau, para medirnos con la tripulación del crucero. Además, ¿cómo podemos contestar a su artillería? Nuestro velero no está en condiciones de sostener un segundo combate; nos matarían a todos sin ninguna duda.

—Es verdad, jefe.

—Calma, por ahora; el día de la venganza llegará muy pronto.

Mientras los dos jefes charlaban, sus hombres trabajaban aceleradamente. Eran valientes marinos, y entre ellos no faltaban carpinteros ni maestros en el manejo del hacha. En solo cuatro horas construyeron dos nuevos palos, arreglaron el costado del barco, taparon todos los agujeros y arreglaron las cuerdas, ya que tenían almacenados en el prao muchos cables, fibras, cadenas y gúmenas.

A las diez, el velero podía no solo reemprender el rumbo sino incluso entablar un nuevo combate, tras haber levantado también barricadas formadas por troncos de plantas, con los cuales proteger el cañón y las espingardas.

Durante aquellas cuatro horas, ningún bote del crucero se había atrevido a mostrarse en aquellas aguas de la bahía.

El comandante inglés sabía con quién tenía que luchar y no había considerado oportuno enfrentarse a él en tierra. De todas formas, sin lugar a dudas estaba seguro de obligar a los piratas a rendirse o volver a echarlos nuevamente hacia la costa, si hubieran intentado asaltarlo o lanzarse al mar abierto.

Alrededor de las once, Sandokán, que había tomado la resolución de intentar la salida al mar, hizo llamar a los hombres que había mandado a vigilar la desembocadura del río.

—¿Está libre la bahía? —les preguntó.

—Sí —contestó uno de los dos.

—¿Y el crucero?

—Se encuentra delante de la bahía.

—¿Muy lejos?

—A media milla.

—Tendremos suficiente espacio para pasar —murmuró Sandokán—. Las tinieblas protegerán nuestra retirada.

Después, mirando a Sabau, dijo:

—En marcha.

Enseguida quince hombres bajaron a los remos y con un poderoso impulso pusieron el prao en el río.

—Que nadie hable, bajo ningún pretexto —dijo Sandokán con voz imperiosa—. Tened bien abiertos los ojos y las armas listas. Estamos jugando una difícil partida.

Se sentó junto al timón, con Sabau a su lado, y guió sin vacilaciones el barco hacia la desembocadura del río.

La oscuridad favorecía la huida.

Un silencio profundo, solo roto por el rumor de las aguas, imperaba en el río. No se oía ni el susurro de las hojas, dado que no había viento en absoluto, y tampoco sobre el puente del velero se oía el menor ruido.

Parecía que todos aquellos hombres agazapados entre la proa y la popa habían dejado de respirar por temor a turbar el silencio.

—Desplegad una vela —mandó Sandokán a los hombres.

—¿Será suficiente, jefe? —preguntó Sabau.

—Por ahora, sí.

Un momento después una vela latina se desplegó sobre el trinquete. La habían pintado de negro, dado que tenía que confundirse completamente con las tinieblas de la noche.

El prao aumentó su velocidad, siguiendo las sinuosidades del río, superó felizmente la barrera de bancos de arena y de escollos, atravesó la pequeña bahía y salió silenciosamente al mar.

—¿El barco? —preguntó Sandokán de pie.

—Allí está, a media milla de nosotros —contestó Sabau.

En la dirección indicada se divisaba una vaga masa oscura, sobre la cual se levantaban de vez en cuando unos pequeños puntos luminosos, sin lugar a dudas chispas que salían de la chimenea. Escuchando con atención, se podían oír también las vibraciones de las calderas.

—Tiene los hornos aún encendidos —murmuró Sandokán—. Nos esperan.

—¿Pasaremos inadvertidos? —preguntó Sabau.

—Eso espero. ¿Ves alguna embarcación?

—Ninguna, jefe.

—Pasaremos rozando la playa, para confundirnos mejor con los árboles, y después saldremos a mar abierto.

El viento era débil y el mar estaba tranquilo como si fuera una balsa de aceite.

Sandokán mandó que se desplegara una vela más, en el palo mayor; después puso rumbo al sur, siguiendo las sinuosidades de la costa. Las playas estaban flanqueadas por grandes árboles, los cuales proyectaban sobre las aguas sus oscuras sombras; existían pocas probabilidades de que el pequeño velero pirata pudiera ser descubierto, pero en el fondo aquel hombre soberbio se dolía de tener que dejar aquellos parajes sin tomarse la revancha. Habría deseado encontrarse ya en Mompracem, pero también habría deseado otra tremenda batalla. Él, el formidable Tigre de Malasia, el invencible jefe de los piratas de Mompracem, casi se avergonzaba de alejarse de aquella forma, como un ladrón nocturno.

El prao se había alejado ya unos quinientos o seiscientos pasos de la bahía y se preparaba para salir a mar abierto, cuando a popa, sobre su rastro, apareció un extraño resplandor. Parecía que miles y miles de pequeñas llamas salieran desde las profundidades tenebrosas del mar.

—Nos estamos descubriendo —dijo Sabau.

—Mucho mejor —contestó Sandokán con una sonrisa feroz—. No, esta retirada no es digna de mí.

—Es verdad, capitán —contestó el malayo—. Mejor morir con las armas en las manos que huir como cobardes.

El mar se ponía cada vez más fosforescente. Delante de la proa y detrás de la popa del velero, los puntos de luz se multiplicaban y el rastro se hacía cada vez más luminoso. Parecía que el prao dejara atrás un surco de alquitrán ardiendo, o de azufre líquido.

Aquel rastro que brillaba en la oscuridad que los rodeaba no debía de pasar inadvertido a los hombres que vigilaban desde el crucero. De un momento a otro el barco podía despertarse de improviso y el cañón tronar.

También los piratas, tendidos sobre cubierta, se habían percatado de aquella fosforescencia, pero ninguno había hecho gesto alguno ni había pronunciado una sola palabra que hubiese podido traicionar a su capitán. Tampoco ellos podían resignarse a huir sin haber disparado una sola descarga de fusil.

Habían transcurrido solo dos o tres minutos cuando Sandokán, que tenía siempre los ojos fijos en el crucero, vio encenderse las luces de posición.

—¿Se han percatado de nuestra presencia? —preguntó.

—Eso creo, jefe —contestó Sabau.

—¡Mira!

—Sí, veo que salen más chispas de la chimenea. Están alimentando la caldera.

En un instante Sandokán se puso en pie, empuñando la cimitarra.

—¡A las armas! —habían gritado en el barco de guerra.

Los piratas se habían levantado apresuradamente, mientras que los artilleros se habían lanzado hacia el cañón y las dos espingardas.

Todos estaban listos para librar la lucha definitiva.

Poco después se oyó el redoblar de un tambor sobre el puente del crucero. Se llamaba a los hombres a los puestos de combate.

Los piratas, apoyados en los costados o amontonados detrás de las barricadas formadas por troncos de árboles, no respiraban, aunque sus facciones se habían vuelto feroces, traicionando su estado de ánimo. Los dedos oprimían las armas, impacientes por apretar los gatillos de sus formidables carabinas.

El tambor seguía redoblando sobre el puente del barco enemigo. Se oían las cadenas de las anclas rechinar al pasar por sus guías, y los golpes secos del cabrestante.

El barco se preparaba para dejar el atraque y poder asaltar al pequeño navío pirata.

—¡A tu cañón, Sabau! —mandó el Tigre de Malasia—. ¡Ocho hombres a las espingardas!

Acababa de dar aquella orden cuando una llama brilló en la popa del crucero, sobre el castillo, iluminando bruscamente el trinquete y el bauprés. Una detonación atronó los aires, acompañada seguidamente del ruido metálico del proyectil silbando a través del aire.

El proyectil cortó el extremo del palo mayor y se perdió en el mar, levantando una gran masa de agua burbujeante.

Una ola de furor se oyó a bordo del velero pirata. Ahora tenía que aceptar la batalla y era lo que deseaban aquellos valientes marinos del mar malayo.

Un humo de color rojizo salía de la chimenea del barco de guerra. Se oía cómo las hélices hendían las aguas, el borboteo de las calderas, las órdenes de los oficiales, los pasos precipitados de los hombres. Todos se apresuraban a situarse en sus puestos de combate.

Las luces de posición se movieron. Ahora el barco corría al encuentro del velero pirata para cortarle la huida.

—¡Portaos como héroes! —gritó Sandokán, que no se hacía ilusiones respecto al éxito de aquella terrible batalla.

A una le contestaron:

—¡Viva el Tigre de Malasia!

Sandokán, con un vigoroso golpe de timón, viró de costado y, mientras sus hombres orientaban rápidamente las velas, guió el velero contra el barco para intentar abordarlo y echar a sus hombres sobre el puente enemigo.

—¡Ánimo, tigres, al abordaje! —gritó Sandokán—. ¡La partida no está igualada, pero nosotros somos los tigres de Mompracem!

El crucero se movía rápidamente, mostrando su afilado tajamar y rompiendo las tinieblas y el silencio con un furioso cañoneo.

El prao, verdadero juguete comparado con aquel gigante, al cual le era suficiente un solo impacto para cortarlo en dos y hundirlo, con una audacia increíble avanzaba con su artillería echando fuego lo mejor que podía. Dos minutos más tarde, la artillería enemiga había reducido al velero a un escombro humeante.

Los palos habían caído, los costados estaban destrozados, y ni las barricadas de troncos de árbol ofrecían ninguna protección a aquella tempestad de proyectiles.

El agua entraba por los numerosos agujeros, inundando la bodega.

A pesar de ello, nadie hablaba de rendirse. Todos querían morir, no allí, sino sobre el puente enemigo.

Las descargas, entretanto, se hacían cada vez más tremendas. El cañón de Sabau estaba desmontado, y media tripulación tumbada sobre cubierta, destrozada o acribillada por la metralla.

Sandokán comprendió que había llegado la última hora de los tigres de Mompracem.

La derrota era completa. No había ninguna posibilidad de hacer frente a aquel gigante que disparaba proyectiles sin interrupción. No quedaba más alternativa que el abordaje, una locura, dado que ni sobre el puente del crucero la victoria podría ser de aquellos valerosos.

No quedaban en pie más que doce hombres, doce tigres, guiados por un jefe cuyo valor era increíble.

—A mí, mis héroes —les gritó.

Los doce piratas, con los ojos echando chispas, con los labios espumeantes de rabia, con los puños cerrados como alicates sobre las armas, escudándose con los cadáveres de sus compañeros, rodearon a su jefe. El barco navegaba a toda marcha hacia el prao para hundirlo con el tajamar. Sandokán, en cuanto lo vio a pocos metros, evitó con un golpe de timón el impacto y lanzó su barco hacia el costado de babor del enemigo. El golpe fue violentísimo. El barco pirata se hundió hacia estribor, haciendo agua y arrojando muertos y heridos al mar.

—¡Lanzad los garfios! —gritó Sandokán.

Dos garfios de abordaje se engancharon en los flechastes del crucero.

Entonces los trece piratas, locos de furor, sedientos de venganza, se lanzaron al abordaje.

Ayudándose con las manos y los pies, sujetándose a los cañones y a las cuerdas que colgaban a los costados, llegaron hasta el puente del crucero y se precipitaron sobre él, antes de que los ingleses, asombrados de tanta audacia, tuvieran tiempo de arrojarlos al mar. Con el Tigre de Malasia a la cabeza, se arrojaron contra los artilleros, matándolos al pie de sus propios cañones. Destrozaron a los marinos que habían llegado en ayuda de sus compañeros para cortarles el paso; después, blandiendo la cimitarra a derecha a izquierda, se dirigieron a popa.

Golpeando desesperadamente y gritando, para causar mayor terror, cayendo y volviéndose a levantar, ahora retrocediendo y ahora avanzando, durante algunos minutos pudieron resistir a aquella masa de enemigos; al fin, rodeados por todas partes y acosados por las bayonetas, aquellos hombres cayeron.

Sandokán y cuatro más, cubiertos de heridas, con las armas ensangrentadas, en un esfuerzo prodigioso se abrieron paso e intentaron ganar la proa para detener a cañonazos aquella avalancha de hombres.

Ya en mitad del puente, Sandokán cayó alcanzado en pleno pecho por un balazo de carabina; enseguida se levantó gritando:

—¡Adelante, adelante!

Los ingleses avanzaban a paso de carga con las bayonetas en posición. El impacto fue mortal.

Los cuatro piratas se habían puesto delante de su capitán para cubrirlo, y fueron muertos por una descarga de fusil; sin embargo, salvaron al Tigre de Malasia.

El formidable hombre, a pesar de las heridas de las cuales le manaba la sangre a ríos, de un salto llegó al costado de babor, mató de un golpe de cimitarra a un marino que trataba de retenerlo y se lanzó al mar, desapareciendo bajo las negras aguas.

cap-6

LA PERLA DE LABUÁN

Un hombre tal, dotado de una fuerza prodigiosa, de una energía extraordinaria y de un coraje sin comparación, no podía morir. Mientras el crucero proseguía su travesía transportado por el empuje de los últimos golpes de hélice, el pirata volvía a la superficie y se desplazaba hacia abajo para no ser cortado en dos por el tajamar enemigo ni ser blanco de algún fusil.

Ahogando los gemidos que las heridas le hacían exclamar y temblando por la ira que lo devoraba, se encogió, manteniéndose casi completamente sumergido en espera del momento oportuno para ganar la orilla de la isla. El barco de guerra maniobraba a menos de trescientos metros. Avanzó luego por donde se había hundido el pirata, con la esperanza de aplastarlo bajo las ruedas; después volvió a maniobrar.

Se paró un momento, como si quisiera rastrear aquel pedazo de mar; después reemprendió la marcha cortando en todos los sentidos aquella charca de agua, mientras que los marineros, colgados en las redes de desembarco o apoyados en los costados, proyectaban en todas direcciones la luz de algunas linternas.

Convencido de la inutilidad de la búsqueda, al fin se dirigió en dirección a Labuán.

El Tigre, entonces, emitió un grito de furor.

—¡Vete! —exclamó—. ¡Llegará el día en que te mostraré cuán temible es mi venganza!

Después, reuniendo las pocas fuerzas que le quedaban, empezó a nadar, buscando las playas de la isla.

Nadó así durante mucho tiempo, parándose de vez en cuando para recuperar fuerzas y desembarazarse de los vestidos que le impedían los movimientos. Después notó que las fuerzas le flaqueaban.

Se le entumecieron los miembros, la respiración se le hizo cada vez más difícil y, para colmo de su desgracia, la herida seguía sangrando, produciéndole dolores agudos por el contacto del agua salada.

Se replegó en sí mismo y se dejó transportar por la marea, agitando débilmente los brazos. De esta forma intentaba descansar para recuperar las fuerzas perdidas.

Más tarde notó un golpe. Algo le había tocado. ¿Podía ser un tiburón? Pensando en esto, a pesar de tener el coraje de un león, se estremeció.

Tendió instintivamente la mano y agarró algo que parecía flotar en la superficie del agua.

Tiró de ello hacia sí y vio que se trataba de un madero. Era un trozo de cubierta del prao, que aún tenía enganchadas unas cuerdas.

—A tiempo —murmuró Sandokán—. Mis fuerzas se acababan.

Subió fatigosamente sobre aquel pecio, poniendo al descubierto la herida, que tenía los bordes hinchados y rojos por la acción del agua salada, y de la cual aún manaba un hilo de sangre.

Durante una hora más, aquel hombre que no quería morir, que no quería considerarse derrotado, luchó contra las olas, que a cada momento sumergían aquel resto de madera; seguía perdiendo fuerzas hasta que quedó casi desmayado, pero sus manos seguían aferradas a esa esperanza.

Empezaba a clarear cuando una colisión violentísi

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