I
La compañía permanecía en posición de firmes, y todos los hombres miraban fijamente al frente, hacia el patio de armas vacío donde los montones de ceniza parecían rojizos a la luz del atardecer. El aire olía a barracones y a desinfectante, y también débilmente a grasa y a comida. Al otro lado del extenso patio, largas hileras de reclutas iban desapareciendo en el interior de la estrecha construcción de madera donde se servía el rancho. Entretanto, con la barbilla inclinada y sacando pecho, las piernas rígidas, fatigados por el ejercicio del día, los hombres de la compañía seguían en posición de firmes; todos miraban frente a sí, unos con expresión ausente o resignada, otros intentando distraerse con la contemplación de cuanto los rodeaba: los montones de ceniza, la sombra alargada de los barracones y de los comedores rodeados de reclutas ociosos, apoyados en las paredes de madera, fumando unos, escupiendo otros... Algunos de los hombres que seguían en formación podían oír el tictac del reloj de su bolsillo.
Alguien se movió, y al hacerlo crujió la grava bajo sus pies.
—¡Firmes! —gritó el sargento—. Dejen de moverse.
Los hombres que estaban junto al infractor lo miraron con el rabillo del ojo.
Desde el otro lado del patio se acercaban dos oficiales. Por sus gestos y por su modo de andar los reclutas comprendieron que comentaban algo divertido. Uno de los oficiales se echó a reír como un muchacho, volvió sobre sus pasos y se alejó sin prisa. El otro, un teniente, continuó en dirección hacia ellos sonriendo. La sonrisa desapareció de sus labios en cuanto estuvo cerca de su compañía, y, levantando la cabeza, avanzó con pasos firmes y decididos.
—Puede ordenar que rompan filas, sargento —dijo con voz dura y tajante.
El sargento alzó maquinalmente una mano para saludar.
—¡Rompan fi... las! —gritó.
La formación de hombres vestidos de caqui se disolvió al instante en una multitud compuesta por individuos variopintos, a pesar de sus botas sucias y sus rostros polvorientos. Diez minutos más tarde, convenientemente alineados en columna de a cuatro, se acercaban al comedor.
Unas bombillas de filamentos al rojo proporcionaban un leve resplandor al interior oscuro en el que no solo las largas mesas, sino también los bancos y hasta el entarimado del suelo, olían ligeramente a basura y al desinfectante que habían utilizado para limpiarlas después de la última comida. Los hombres, con su cazoleta ovalada ante sí, iban pasando en fila por delante de las enormes ollas situadas junto a la puerta de las cuales un sudoroso soldado del K. P.* vestido con un mono azul volcaba en cada plato la ración de patatas y carne.
—No parece tan malo esta noche —dijo Fuselli al tipo que estaba frente a él al tiempo que se arremangaba la guerrera y se inclinaba sobre el rancho humeante.
Era un muchacho de complexión robusta, con el cabello rizado y unos labios firmes y gruesos que chascaba ávidamente al comer.
—No —respondió el joven de piel sonrosada y de cabello rubio que se sentaba enfrente de él. Llevaba garbosamente inclinado hacia un lado el sombrero de ala ancha.
—Tengo permiso esta noche —dijo Fuselli levantando con orgullo la cabeza.
—De juerga, ¿eh?
—Nada de eso, amigo. Tengo novia en San Francisco. Es una buena chica.
—Haces bien en no acercarte a las mujeres de este maldito pueblo. Ni siquiera son limpias. Te lo advierto por si tu intención es salir para ultramar —dijo muy serio el muchacho de pelo rubio, inclinándose sobre la mesa para acercarse más a él.
—Voy por más rancho —anunció Fuselli—. ¿Me esperas?
—¿Qué harás en el pueblo? —preguntó el recluta rubio a Fuselli cuando este hubo regresado.
—Pues no sé... Daré una vuelta por ahí y luego iré al cine —respondió Fuselli, y se llenó la boca de patatas.
—¡Hora de retreta! —gritó una voz a su espalda.
Fuselli se metió en la boca cuanta comida pudo y de mala gana vació el resto en el cubo de los desperdicios.
Un momento más tarde se hallaba en posición de firmes en la fila de figuras vestidas de caqui, una de los cientos de filas caquis, idénticas, que llenaban el patio de armas. En el otro extremo, donde estaba situada la bandera, sonó un toque de corneta. Al oírlo, Fuselli recordó sin saber por qué al hombre que, sentado tras una mesa en la oficina de reclutamiento, le había dicho al entregarle los documentos que garantizaban su ingreso en el campamento en el que ahora se hallaba: «Desearía poder ir con usted», tras lo cual le tendió una blanca y delgada mano que Fuselli, después de unos instantes de vacilación, estrechó entre las suyas, morenas y fuertes. El hombre había añadido con fervor: «Debe de ser maravilloso sentir el peligro, saberse continuamente expuesto a morir. Buena suerte, muchacho, buena suerte».
Al recordar su cara blanca como el papel y el aspecto verdoso de su calva, Fuselli sintió un estremecimiento. No obstante, las palabras de aquel individuo le habían hecho salir de la oficina de reclutamiento con la cabeza erguida y pasar rápida y orgullosamente junto al grupo de hombres que estaban ante la puerta. Incluso en ese momento el recuerdo de aquellas palabras, mezclado con las notas del himno nacional, le hacían sentirse importante y valeroso.
—¡Compañía...! ¡Derecha...!
Era una orden. ¡Crunch...! ¡Crunch...! Los pies crujieron sobre la grava. Las compañías volvían a los barracones. Fuselli quiso sonreír y no se atrevió. Quiso sonreír porque tenía permiso hasta medianoche, porque diez minutos después estaría al otro lado de la verja, más allá de la valla verde, lejos de los centinelas y de las alambradas de espino. ¡Crunch...! ¡Crunch...! ¡Crunch...! Oh, estaban tardando demasiado en llegar al cuartel y él perdía tiempo, unos minutos de libertad muy valiosos.
—¡Alto... to! —gritó el sargento. Fulminó a las tropas con la mirada y con su agresiva expresión de bulldog para averiguar quién era el que había equivocado el paso.
La compañía permaneció en posición de firmes. Ya atardecía. Fuselli se mordió los labios con impaciencia. Los minutos pasaban...
Por fin, y como de mala gana, el sargento gritó:
—¡Rompan... filas!
Fuselli se dirigió rápidamente hacia la verja con paso decidido, pavoneándose. Cuando pisó el asfalto de la calle contempló la larga hilera de pequeños jardines y porches, donde la claridad violácea de las curvadas farolas, colgadas de unos postes de hierro muy por encima de los arbolitos recién plantados de la avenida, luchaba por vencer las primeras sombras. Cabizbajo, se detuvo en una esquina y se apoyó en un poste de telégrafos. A su espalda quedaban la valla del campamento y la alambrada de espino. No sabía qué camino tomar. Era un pueblucho de mala muerte, en cualquier caso. Y él había soñado tantas veces que viajaría, que recorrería el mundo…
«Después de esto, mi casa va a parecerme un palacio», se dijo. Y siguió recorriendo la larga calle en dirección al centro del pueblo, donde estaba el cine, pensando en su hogar, en aquellos bajos del edificio de siete plantas donde vivía su tía. «Dios, qué bien cocinaba», pensó con nostalgia.
En una noche tan calurosa como aquella habría estado seguramente en la calle, en la esquina del drugstore, charlando con algunos amigos, riendo con las chicas del barrio o paseando del brazo de una e incluso de dos de ellas, haciendo caso omiso de las miradas que pudieran dirigirle los transeúntes. O quizá habría salido a dar una vuelta con Al, su compañero en la tienda de artículos de óptica donde trabajaba, y habrían recorrido las calles brillantemente iluminadas hasta llegar a la de los teatros y los restaurantes, o habrían ido hasta los muelles y los embarcaderos donde se habrían sentado para fumar y contemplar la oscuridad violácea del puerto, el centelleo de las luces y las embarcaciones que mecían en las aguas el reflejo rojizo que salía de sus portillas. Con un poco de suerte, hasta habrían podido ver la entrada de algún transatlántico bajo la Golden Gate. Habrían visto unas luces que se convertían al acercarse en una inmensa mole, resplandeciente como la sala de un teatro de primera categoría, y que avanzaba por entre los transbordadores. En algunas ocasiones hasta se oía el ruido de la hélice o el producido por la proa al hundirse en las tranquilas aguas de la bahía, y las notas de una orquesta. Todos esos rumores se percibían alternativamente leves o fuertes.
—Cuando sea rico —habría dicho Fuselli a su amigo Al— pienso viajar en uno de esos transatlánticos.
—Tu padre vino en uno de ellos del Viejo Continente, ¿a que sí? —habría preguntado Al.
—Como pasajero de tercera clase. Para eso prefiero quedarme en casa. Tío, lo que yo quiero es viajar en primera, en un camarote de lujo... Tendré que esperar a ser rico.
Sin embargo, allí estaba, en una pequeña población del Este, donde no conocía a nadie y en la que lo único que podía hacer para divertirse era ir al cine.
—¡Hola, amigo! —Oyó una voz a su lado. Era el joven alto que a la hora del rancho estaba sentado frente a él; acababa de acercársele—. ¿Vas al cine?
—Sí. ¿Qué otra cosa se puede hacer?
—Vengo con un novato. Llegó esta mañana al campamento. —Señaló con la cabeza al hombre que estaba junto a él.
—Te gustará. No es tan malo como parece al principio —dijo Fuselli deseando darle ánimos.
—Le estaba aconsejando que debe andarse con cuidado y no meterse en un lío. Porque si sirviendo en este maldito ejército uno se mete en un lío, la vida puede ser un verdadero infierno.
—Y que lo digas. Así que te han destinado a nuestra compañía, ¿eh, novato? No será tan malo. El sargento es un tipo bastante amable, pero el teniente es un cerdo... ¿De dónde vienes?
—De Nueva York —respondió el recién llegado, un hombrecillo de unos treinta años con la piel cetrina y la nariz larga y brillante de un judío—. Trabajo en la confección, y ha sido una injusticia que me trajeran aquí. Es injusto, sí. Tengo tuberculosis —explicó con una débil voz aguda.
—No te preocupes, que ya te curarán —dijo el muchacho alto—. Te dejarán como nuevo. Te sentirás tan bien que ni tú te reconocerás. Ni siquiera tu madre lo hará cuando vuelvas a casa, novato. Además, eres afortunado.
—¿Por qué?
—Por ser de Nueva York. El cabo, Tim Sidis, también es neoyorquino y siente especial predilección por sus paisanos.
—¿Qué cigarrillos fumas? —preguntó el joven alto.
—No fumo.
—Será mejor que te acostumbres a fumar. Al cabo le gustan mucho los cigarrillos, y lo mismo le sucede al sargento. Si de vez en cuando les regalas algunos, pues... bueno, eso te facilitará mucho las cosas.
—¡Tonterías! —exclamó Fuselli—. A veces eso no sirve de nada. Es cuestión de suerte. Procura que te vean siempre limpio y sonriente, y todo te irá bien. Y si alguien quiere tomarte el pelo, plántale cara. Debes parecer un tipo duro para salir adelante en el ejército.
—Tienes mucha razón —dijo el muchacho alto—. Ya lo sabes, amigo. No dejes que te pisen. Y, a propósito, ¿cómo te llamas, novato?
—Eisenstein.
—Este se llama Powers. Bill Powers. Y yo, Fuselli. ¿Se viene al cine, señor Eisenstein?
—No. Prefiero ir en busca de unas faldas —repuso el hombrecillo mirando de soslayo a sus interlocutores—. Ha sido un placer conocerte.
—¡Bah! ¡Un maldito judío! —dijo Powers cuando Eisenstein se alejó por la calle cercana que, lo mismo que la avenida, estaba flanqueada de árboles cuyas hojas se mecían con el viento.
El aire olía a fábrica y a polvo de carbón.
—Hombre, no son tan malos. Un buen amigo mío también es judío —dijo Fuselli.
Salieron del cine mezclados con la multitud, en la que predominaba el clásico traje oscuro de obrero.
—En la escena en que el protagonista deja a su novia para ir al frente, hasta tuve ganas de llorar —dijo Fuselli.
—¿En serio?
—Sí. Es un caso tan parecido al mío... ¿Has estado alguna vez en San Francisco, Powers?
El muchacho alto negó con la cabeza, se quitó después el sombrero de ala ancha y se rascó su enmarañado cabello rubio.
—La verdad es que hacía calor allí dentro —murmuró.
—Pues bien —siguió diciendo Fuselli—, te contaré cómo sucedió todo... Hay que coger el ferry para ir a Oakland. Mi tía (ya sabes que no tengo madre y que siempre he vivido con mi tía), su cuñada y Mabe (Mabe es mi novia) se empeñaron en coger el transbordador a pesar de que yo me había opuesto a que lo hiciesen. Mabe estaba muy enfadada conmigo, se había enterado de que yo le había escrito varias cartas a Georgine Slater, otra chica de mi calle. Le dije a Mabe que aquello había sido solo una broma y que no tenía importancia. Pero Mabe aseguró que nunca podría perdonarme. Entonces le dije que quizá me mataran y que no volvería a verme nunca más. Y todos empezamos a chillarnos a la vez. Menudo follón.
—Es un asco tener que despedirse de una novia —dijo Powers comprensivamente—. La verdad, es como para acabar con uno. Prefiero mil veces andar por ahí con una prostituta cualquiera. Al menos, no hay que despedirse de ellas.
—¿Has ido alguna vez con una prostituta?
—Bueno, no puedo decir que haya ido con ellas —admitió el muchacho, sonrojándose a tal punto que su rubor era visible incluso bajo el pálido reflejo de las luces que iluminaban la calle por donde caminaban, de regreso al campamento.
—Pues yo sí puedo decirlo —afirmó Fuselli con orgullo—. Era portuguesa. Una chica estupenda. Claro que desde que tengo novia terminé con esas aventuras... Pero, en fin, como te iba diciendo, Mabe y yo hicimos las paces. Terminó asegurándome que nunca podría casarse con otro que no fuese yo. Mientras paseaba por una calle vi en un escaparate una bandera muy bonita con una estrella bordada en el centro. Te aseguro que era una maravilla. Me dije: «Voy a regalársela a Mabe», y entré en la tienda y la compré, sin importarme un rábano lo que costara. Más tarde, en el momento de la despedida, en medio del griterío, y antes de presentarme en el destacamento de ultramar, puse la bandera en manos de Mabe y le dije: «Guárdala, nena, y no te olvides de mí». ¿Qué crees que hizo ella entonces? Pues sacó una caja de bombones de cinco libras por lo menos, que tenía escondida, y me dijo: «Toma, Dan, y procura que no te hagan daño». La había llevado todo el rato encima y yo no me había dado cuenta. ¿No te parece que las mujeres son muy ingeniosas?
—Claro —respondió vagamente Powers.
Cuando Fuselli entró en el dormitorio entre los soldados reinaba una gran excitación. Por entre las largas hileras de camastros se oían muchos murmullos.
—Veremos lo que pasa. Parece que alguien escapó del calabozo.
—Pero ¿cómo?
—¿Qué diablos sé yo?
—El sargento Timmons dijo que hizo una especie de cuerda con las mantas.
—No. El soldado que estaba de guardia lo ayudó a escapar.
—Eso es. Puedo asegurarlo; yo pasaba junto al calabozo cuando se dieron cuenta de que ese tipo no estaba.
—¿A qué compañía pertenecía?
—No lo sé.
—¿Cómo se llama?
—Estaba arrestado por insubordinación. Por lo que parece le había dado un puñetazo a un oficial.
—Me habría gustado verlo.
—Pues va apañado.
—¡Cuánta razón tienes!
—¿Queréis callar de una vez? Han tocado silencio —gritó el sargento, que leía tranquilamente el periódico ante una mesita que había junto a la puerta de entrada del dormitorio, bajo la luz tenue de una bombilla convenientemente disimulada—. Nos va a caer una buena del oficial de guardia.
Fuselli se tapó la cabeza con la manta y se dispuso a dormir. Se acomodó en el catre y se abrigó, a salvo de la atronadora voz del sargento y del brillo acerado de sus ojos. Se sentía cómodo y feliz, lo mismo que se había sentido en la cama de su hogar cuando no era más que un niño. Por un momento se entretuvo en imaginar cómo sería aquel tipo, el que se había atrevido a pegar a un oficial. Vestiría seguramente como él, y tal vez, como él, solo tuviera diecinueve años y una novia como Mabe esperándolo en alguna parte. ¡Qué triste, qué terrible debía de ser estar fuera del campamento y saberse perseguido por los soldados de guardia! Se vio a sí mismo corriendo jadeante por una calle interminable, seguido por un pelotón armado con fusiles y al mando de un oficial de ojos crueles que brillaban como la punta afilada de las balas. Se rodeó la cabeza con la manta, disfrutando del agradable calorcillo y de la suavidad de la lana sobre la mejilla. Tendría que acordarse de sonreír al sargento cuando estuviera fuera de servicio. Había oído decir que pronto habría ascensos. ¡Y él deseaba tanto ser ascendido! Sería estupendo poder escribir a Mabe y decirle que en el futuro dirigiera sus cartas al cabo Dan Fuselli. Debería tener mucho cuidado en no meterse en un lío por nada ni por nadie, y en no perder la oportunidad de demostrar lo listo que era.
«¡Oh! Cuando nos destinen a ultramar sabré demostrarles de lo que soy capaz», pensó entusiasmado. Y soñando con una inacabable serie de actos heroicos se quedó dormido.
Lo despertó una voz estridente que chillaba junto al catre contiguo:
—¡Vamos! ¡Arriba!
La blanca luz de una linterna de bolsillo iluminó el rostro del recluta que ocupaba el catre.
«El oficial de guardia está aquí», se dijo Fuselli.
—¡Vamos, muévete! —repitió con acritud la misma voz. El individuo tendido en el camastro se movió y abrió los ojos—. Levántate.
—Voy, señor —respondió el recluta.
La luz de la linterna le hizo parpadear. Saltó de la cama y, aunque algo inseguro, se mantuvo en posición de firmes.
—¿No se te ocurre nada mejor que dormir con la camisa puesta? ¡Rápido, quítatela!
—Sí, señor.
—¿Cómo te llamas?
El recluta lo miró con los ojos entreabiertos. Estaba demasiado aturdido aún para poder mantener una conversación.
—Así que no sabes ni cómo te llamas, ¿eh? —dijo entonces el oficial. Su voz fue seca y breve como un latigazo, y su expresión, cruel—. Vamos, quítate la camisa y los pantalones, y vuelve a acostarte.
El oficial de guardia se alejó escudriñando con la linterna todos los rincones del dormitorio.
La oscuridad más absoluta reinó de nuevo. Solo se oía la respiración y los ronquidos de los que dormían. Antes de conciliar el sueño, Fuselli pudo oír que su vecino juraba y blasfemaba con voz apenas perceptible, deteniéndose únicamente de vez en cuando para pensar nuevos insultos, nuevas combinaciones de ellos. Trataba así de dar rienda suelta a su ira, consolándose con un monótono rosario de lindezas.
Momentos después, Fuselli volvió a despertarse con un grito. Había tenido una pesadilla horrible. Soñó que había dado un puñetazo en la mejilla al oficial de guardia, que había escapado del calabozo y que corría desesperada, angustiosamente, que se caía de vez en cuando y que la compañía entera lo perseguía hasta darle caza en una avenida flanqueada de árboles. Oyó claramente los gatillos de los fusiles, un sonido metálico como las voces de los oficiales que gritaban órdenes, y llegó a estar seguro no solo de su captura sino de que iba a ser fusilado.
Se estremeció y, como un perro se habría sacudido el agua del cuerpo, quiso librarse de la pesadilla. Se abrigó con la manta y se quedó dormido otra vez.
II
John Andrews se hallaba desnudo en el centro de una habitación con el techo, las paredes y el suelo de tablas de madera de pino sin pulir. Hacía mucho calor y la atmósfera era agobiante. En una mesa situada en un rincón, un hombre tecleaba de forma intermitente en una máquina de escribir.
—Dígame, joven, ¿sabe usted deletrear la palabra «imbecilidad»?
John Andrews se acercó a la mesa del que escribía, deletreó la palabra y añadió después:
—¿Es que va a someterme a un examen?
Sin responder, el hombre continuó tecleando mientras John Andrews, con los brazos cruzados y una expresión mitad divertida, mitad furiosa, balanceaba el cuerpo ligeramente en el centro de la habitación. Seguía oyendo el ruido de la máquina y la voz del tipo que escribía en ella, el cual iba leyendo en voz alta el informe que transcribía.
—«Licenciamiento recomendado...» Clic, clic, clic... ¡Maldita sea esta estúpida máquina! «Soldado Coe Elbert...» Clic, clic, clic... ¡Malditas sean todas las endiabladas máquinas del ejército! «Motivo: Deficiencia mental. Historial del caso...»
En aquel momento entró de nuevo el sargento de reclutamiento.
—Oye, si no tienes ese informe listo dentro de diez minutos, Bill, el capitán Arthur se pondrá hecho una furia. ¡Por lo que más quieras, termina de una vez! Le oí decir que si no podías cumplir con tu obligación habría que buscar a alguien capaz de hacerlo. Supongo que no querrás perder tu puesto, ¿verdad? —Se interrumpió, miró a John Andrews y añadió—: ¡Eh! Me había olvidado de ti, muchacho. Vamos a ver, corre un poco por la habitación. No, no tanto... Es para comprobar el perfecto funcionamiento de tu corazón. ¡Dios, qué fuertes son estos reclutas!
John Andrews permitió dócilmente que lo examinaran. Se sentía como un caballo premiado en una feria. Siguió oyendo la voz del individuo que escribía a máquina, el cual decía con voz monótona:
—«No existen… indicios de depravación...» ¡Diablos, esta goma es una porquería! «De depravación sexual ni de alcoholismo. Juventud… normal, transcurrida en una granja. Apariencia también normal... aunque se le ve algo inmaduro…» Vaya, ¿cómo se escribirá «inmaduro»?
—Muy bien, puedes vestirte —dijo el sargento de reclutamiento—. Rápido, chico, no tengo todo el día… ¿Cómo diablos te han enviado solo aquí abajo?
—Mis papeles estaban equivocados —respondió Andrews.
—«Diez años en… prueba B» —siguió diciendo el hombre que escribía a máquina—. «Sen…» No, no. «Mentalidad infantil, como la que tiene un niño de ocho años. Al parecer, no sabe ni…» Qué letra tan endiablada tiene este hombre. ¿Cómo voy a copiar esto si ni siquiera entiendo qué pone aquí?
—En fin, quedas aceptado. Claro que aún hay ciertas formalidades que cumplir. Ven conmigo.
Andrews siguió al sargento de reclutamiento hasta una mesa situada en el extremo opuesto de la habitación. El clic, clic, clic de la máquina de escribir era menos perceptible desde allí, y la voz del hombre que tecleaba parecía menos estridente.
—«Olvida al instante las órdenes recibidas… No responde a ninguna forma de per… persuasión. Me… memoria nula…»
—Bien, bien... Preséntate en el cuartel B, cuarto pabellón a la derecha. ¡Date prisa! —dijo a Andrews el sargento de reclutamiento.
El joven aspiró a pleno pulmón el aire puro del exterior. Se detuvo un momento en uno de los escalones de madera que conducían al departamento que acababa de abandonar y contempló la hilera de pabellones que formaban el cuartel, todos construidos con demasiada prisa. Muchos de ellos estaban pintados de verde, otros eran de madera sin tratar y había alguno que era un simple armazón. Sobre su cabeza, unas nubes rosadas cruzaban apelotonadas lentamente el cielo inmenso y despejado. Bajó la mirada y contempló unos árboles muy delgados que el otoño había teñido de amarillo brillante, más allá de los límites del campamento, hasta que por último posó la vista en el lugar donde terminaba la larga hilera de edificios que formaban el cuartel, en la verja de entrada, donde el centinela caminaba de un extremo al otro de la misma, una y otra vez, una y otra vez. Arrugó la frente un instante. Después, con paso decidido, se encaminó hacia el cuarto pabellón a la derecha.
Subido a una escalera, John Andrews estaba limpiando las ventanas del cuartel. Iba vestido con un mono azul bastante sucio y con un paño húmedo frotaba los pequeños cristales. Hasta su nariz llegaba el olor inconfundible del polvo mezclado con el del jabón de mala calidad.
En otra escalera parecida, un individuo de corta estatura, que tenía un carrillo más rojo e hinchado que el otro porque estaba mascando tabaco, pasaba un trapo seco por los cristales que Andrews había humedecido con anterioridad hasta dejarlos tan limpios y relucientes que reflejaban el cielo salpicado de nubes.
Andrews estaba cansado. Le dolían las piernas de tanto subir y bajar de la escalera, y tenía las manos llagadas a causa de la sosa del jabón. Miró hacia abajo sin dejar de trabajar y se fijó en los camastros y en las mantas, todas dobladas del mismo modo. En muchos de esos catres descansaban unos hombres en las posiciones más absurdas. Le pareció extraño no pensar nada al respecto. A decir verdad, desde hacía unos días parecía haber perdido hasta la facultad de pensar. Su mente era como un cable desconectado.
—¿Hasta cuándo debemos hacer esto? —preguntó a su compañero de trabajo.
El hombre siguió masticando tabaco. Andrews creyó que no le contestaría. Cuando iba a hablar otra vez, su compañero dijo, tambaleándose en lo alto de la escalera:
—Hasta las cuatro.
—Entonces ¿no terminamos hoy la faena?
El hombre negó con la cabeza, escupió e hizo una extraña mueca.
—¿Hace mucho que estás aquí? —preguntó Andrews.
—No demasiado.
—¿Cuánto?
—Tres meses. No es mucho tiempo... —Escupió otra vez, bajó de la escalera, se apoyó en el muro y aguardó a que Andrews terminase de enjabonar otra ventana.
—Si me obligan a permanecer aquí tres meses me volveré loco. Solo hace una semana que llegué —masculló Andrews con la mandíbula apretada, al tiempo que bajaba de la escalera y la acercaba a la ventana siguiente.
Ambos volvieron a subir a su escalera en silencio.
—¿Por qué estás en servicios auxiliares? —preguntó Andrews.
—Tengo los pulmones destrozados.
—Y ¿por qué no te licencian?
—Creo que no tardarán en hacerlo.
Siguieron trabajando en silencio durante un buen rato. Andrews examinó atentamente el ángulo superior de la derecha y continuó enjabonando por orden los paneles de cristal de la ventana. Bajó de la escalera y la movió hasta la ventana de al lado. Algunas veces, para variar, empezaba por el cristal del centro.
De pronto, mientras trabajaba sintió como si su mente despertase, como si por el cable con el que la había comparado anteriormente circulase una nueva corriente de energía. En su interior oyó una melodía, un ritmo que condensaba la falta de brillo y el tedio de cuanto lo rodeaba, las filas de hombres que aguardaban en el campo de instrucción, las monótonas pisadas que sonaban al unísono, el polvo que el batallón levantaba al marchar por el patio. Le pareció que ese ritmo fluía en lo más profundo de su ser, desde sus manos llagadas hasta sus piernas cansadas de tanto ir de un lado a otro, como tantísimos otros pares de piernas. Decidió que su mente debía centrarse en ese ritmo, adquirir el hábito, hacerlo de manera inconsciente; trabajar con él, componer una melodía. Llegó a imaginar incluso que una gran orquesta la interpretaba, y su corazón latió más aprisa. Sí, tenía que expresar en música todo aquello; se esforzaría por grabarlo en su interior, y luego lo expresaría en notas musicales y compondría una melodía para que las grandes orquestas la interpretasen, y al oírla la gente se estremecería de emoción.
Continuó trabajando. La tarde le parecía interminable. Siguió subiendo y bajando de la escalera y enjabonando los cristales de las ventanas del cuartel. Una frase absurda surgió de repente en su mente, reemplazando el ritmo que hasta entonces había percibido: Arbeit und Rhythmus. Repitió para sí la frase una y otra vez: Arbeit und Rhythmus.
Luchó por borrarla de su imaginación para seguir pensando solo en la música que le había inspirado cuanto lo rodeaba, la melodía que debía condensar la suciedad y el polvo, la monotonía, el esfuerzo heroico de aquellos cuerpos sudorosos por dominar todo impulso, todo gesto, toda aspiración y convertirse en algo anodino, según un mismo molde y patrón, como si, al igual que los soldados de juguete, necesitasen también de un molde en que quedar encasillados.
A pesar de todo, la frase siguió sonando en sus oídos, como si la gritase una voz ronca: Arbeit und Rhythmus, ahogándolo todo, matando todo ritmo, destruyendo toda inspiración.
Andrews se echó a reír a carcajadas. Acababa de darse cuenta de que la frase era alemana y de que él había ingresado en aquel cuartel para aprender a matar a los hombres que la inventaron, para matar a todo aquel que se atreviese a pronunciarla, a todo el que hablase en alemán. Tenían que matarlos, él y todos aquellos hombres cuyas pisadas podía oír en el campo de instrucción y que al atravesarlo de uno a otro lado se esforzaban en marchar al mismo paso.
III
Era sábado por la mañana. Tres soldados vestidos con un mono azul barrían la calle flanqueada por los diversos pabellones del cuartel, hasta dejarla limpia de hojas. Un cabo dirigía la operación. Era italiano, llevaba bandas enrolladas alrededor de las pantorrillas y, a pesar del obligado régimen alimenticio del cuartel, olía siempre ligeramente a ajo.
—Sois más lentos que las tortugas. ¡Vamos! Dentro de veinticinco minutos empieza la inspección —gritó el cabo.
Los soldados continuaron barriendo obstinadamente, sin prestarle atención.
—Veo que os importa un comino lo que os digo. Si no está todo listo para la inspección, soy yo y no vosotros quien paga el pato. ¡Rápido! ¡Eh, tú, ven y quita de aquí esas malditas colillas!
Andrews disimuló una mueca y se inclinó para recoger las asquerosas colillas. Al hacerlo, su mirada se encontró con la del recluta que, en igual posición, trabajaba junto a él. Los oscuros ojos del muchacho reflejaban una ira intensa y la piel morena de su rostro, casi infantil, ardía.
—No me enrolé en el ejército para que un italiano del demonio como ese me dé órdenes... —murmuró.
—Poco importa quién dé la orden. La cuestión es que siempre hay que obedecer —respondió Andrews.
—¿De dónde eres, amigo?
—De Nueva York. Pero mi familia procede de Virginia —explicó Andrews.
—Yo soy del estado de Indiana, la tierra de los tornados. Continuemos trabajando. Ese maldito cabo espagueti viene por la esquina del pabellón.
—No es necesario que las cojáis una a una. ¡Barredlas! —gritó el cabo.
Andrews y el muchacho de Indiana se hicieron con una escoba y un cubo, y dejaron el suelo limpio de colillas, restos de tabaco masticado y papeles sucios.
—¿Cómo te llamas? Mi nombre es Chrisfield, pero todos me llaman Chris.
—El mío es Andrews. John Andrews.
—Mi padre tenía un jornalero que se llamaba Andy. Murió el verano pasado. ¿Crees que tardaremos mucho en salir para ultramar?
—¡Y yo qué sé!
—Tengo ganas de conocer aquellas tierras.
—¿En serio?
—¿Tú no?
—¡Por todos los demonios! Pero ¿qué estáis haciendo? ¡Vamos! Vaciad de una vez esos cubos de basura. ¡Espabilad! —gritó el cabo, contoneándose junto a ellos para lucir las bandas de las piernas. Luego, mientras contemplaba la larga hilera de pabellones que formaban el cuartel, masculló para sí—: ¡Joder! Es casi la hora de la inspección. ¡Maldita sea! Esta vez sí que me la cargo.
La expresión de su rostro cambió súbitamente hasta adoptar una respetuosa inmovilidad. Se llevó la mano al borde de la gorra y se cuadró. Un grupo de oficiales pasó junto a él y entró en el edificio frente al que se encontraban.
John Andrews, que volvía de vaciar unos cubos de basura, se dirigió a la puerta trasera del edificio.
—¡Fir... mes! —gritó una voz al otro extremo.
Andrews se quedó inmóvil, con el cuello y los brazos tensos.
Sobre el silencio absoluto del cuartel se impuso el crujir de las pisadas de los oficiales que estaban llevando a cabo la inspección.
Andrews se encontró frente a un rostro cetrino, de ojos hundidos y mandíbulas casi cuadradas. Miró fijamente al oficial, y vio que tenía unos pelillos rojizos sobre la nuez y una insignia flamante a ambos lados del cuello.
—Sargento, ¿quién es este individuo? —preguntó el oficial de rostro cetrino.
—No lo sé, señor. Un nuevo recluta. Cabo Valori, ¿quién es ese hombre?
—Se llama Andrews —dijo le cabo italiano.
El oficial se dirigió a Andrews.
—¿Cuánto tiempo hace que estás en el ejército? —le preguntó alzando la voz.
—Una semana, señor.
—¿Acaso no sabes que a la inspección del sábado de las nueve de la mañana debes presentarte aseado y afeitado?
—Estaba limpiando los pabellones, señor.
—Para enseñarte a no contestar cuando un oficial te dirige la palabra... —comenzó a decir el oficial con lentitud, como si quisiera recrearse en la frase. Pero al darse cuenta de que el comandante que se hallaba a su lado no parecía complacido, cambió de actitud y de tono, y añadió—: En todo caso, recluta, puedes estar seguro de que si esto se repite serás castigado según el reglamento. ¡Fir... mes! —gritó al ver que en el otro extremo del cuartel uno de los hombres había hecho un movimiento.
La inspección continuó. De nuevo, en medio del silencio absoluto, sonaron claramente las pisadas de los oficiales al alejarse.
—Y ahora, muchachos, todos a una —gritó el individuo de la YMCA* situado con los brazos abiertos delante de la pantalla donde se proyectaba la película.
El pianista empezó a tocar, y los soldados que llenaban el recinto cantaron:
¡Salve! Aquí estamos todos
para coger al Káiser,
para coger al Káiser,
para coger al Káiser
ahora mismo.
Sus voces atronaron el espacio. En la enjuta cara del individuo de la YMCA se dibujó una expresión divertida.
—Alguien ha querido tomarme el pelo y cambiar la letra diciendo: «¿Qué diablos nos importa?», pero me consta que es solo una broma. Sé perfectamente que sí os importa, ¿no es verdad, muchachos?
Se oyó un ligero rumor de carcajadas.
—Ahora, otra vez —gritó el hombre—. Con ánimos... Como si al decir «Káiser» estuviésemos realmente acabando con él. Vamos... A coro.
La película había empezado. John Andrews miró con disimulo alrededor. Vio detrás de él al muchacho de Indiana con los ojos fijos en la pantalla. Y vio también muchos rostros curtidos y morenos, muchas cabezas iguales.
A la pálida luz que se reflejaba en la pantalla podía ver de vez en cuando los ojos brillantes de algún espectador, y también oía las exclamaciones y las risas que sonaban ocasionalmente. Todos los muchachos eran iguales; tan iguales que John llegó a creerlos una sola persona. Eso era precisamente lo que había buscado al alistarse, se recordó. Fue en aquel obligado anonimato donde quiso hallar refugio, huyendo de las desgracias del mundo, de las suyas. Estaba harto de luchar, harto de pensar, harto de llevar a cuestas, como un pesado estandarte en una manifestación, el sentido de su propio individualismo. Era mejor así. Era preferible olvidarlo todo, hasta su loco impulso de ser compositor, y hundirse en el fango de la esclavitud. Aún se sentía furioso. No había olvidado las palabras que el oficial había pronunciado aquella mañana: «Sargento, ¿quién es este hombre?». El oficial lo había mirado como solía mirarse un mueble, un objeto.
—¿No te parece que es una gran película? —exclamó Chrisfield, volviéndose sonriente hacia él, y aquella demostración de camaradería borró en Andrews todo rastro de ira.
—Ahora viene lo mejor —dijo el individuo que estaba sentado al otro lado de Andrews—. La he visto en San Francisco. Hay que reconocer que, después de verla, uno odia mucho más a los alemanes.
El pianista aprovechó el descanso entre una y otra parte de la película para seguir tocando alegremente.
El muchacho de Indiana se apoyó en el respaldo de la silla de Andrews, le puso un brazo sobre los hombros y murmuró dirigiéndose al otro chico:
—¿Eres de San Francisco?
—Sí.
—¡Estupendo! Tú, de la costa; este, de Nueva York, y yo, del centro, de la antigua Indiana.
—¿A qué batallón te han destinado?
—A ninguno todavía... De momento, este y yo estamos sin destino, en servicios auxiliares.
—Os compadezco... Mi nombre es Fuselli.
—Yo me llamo Chrisfield.
—Y yo, Andrews.
—¿Cuánto tiempo se tarda en salir de aquí?
—¡Cualquiera sabe! Unos opinan que tres semanas y otros que seis meses. Puede que te destinen a nuestra división. Hace unos días se llevaron a varios hombres, y el cabo dice que han de reemplazarlos nuevos reclutas.
—¡Maldita sea! Lo que yo quiero es cruzar el charco.
—Al otro lado todo es maravilloso, pintoresco... Eso al menos he oído decir. Las gentes van vestidas de aldeanos. Un tío mío me contaba siempre cosas de allí. Era de Turín.
—¿Dónde está eso?
—No sé. Creo que en Italia.
—¿Y cuánto tiempo se tarda en cruzar el océano?
—Una o dos semanas —dijo Andrews.
—¿Tanto?
La segunda parte de la película había empezado.
Era una sucesión de escenas en las que aparecían grupos de soldados con cascos puntiagudos entrando en pequeños pueblos belgas. Mujeres ancianas, vestidas con trajes típicos, y algunos carretones cargados con vasijas de leche y tirados por perros cruzaban las calles. De vez en cuando se veía una bandera alemana, y entonces los gritos de «¡Abajo!» y «¡Muera!» atronaban el local. Al contemplar el avance de las tropas y ver cómo los soldados hundían sus bayonetas en los cuerpos de la inocente población civil —hombres que vestían los pantalones bombachos holandeses y mujeres tocadas con el típico gorro almidonado—, los espectadores lanzaban juramentos e improperios. Andrews observó que el odio cobraba vida propia y se adueñaba por completo de los corazones de cuantos lo rodeaban. Se sintió como perdido en aquel odio, arrollado, igual que si estuviese en medio de un grupo de reses salvajes que huyese a la desbandada. Sintió miedo, como si unas manos terribles le atenazasen cruelmente el cuello. Miró los rostros de quienes lo rodeaban, y los vio enrojecidos y sudorosos; el calor era agobiante en la sala.
Al salir, arrastrado por un torrente de soldados que, como él, se dirigía a la puerta, oyó que una voz decía:
—La verdad es que nunca se me habría ocurrido forzar a una mujer, pero ¡por Dios…!, juro que he cambiado de modo de pensar. Daría cualquier cosa por poder violar a una de esas malditas alemanas.
—También yo las odio —dijo otro—. A las mujeres, a los hombres y a los niños, incluso a los que aún no han nacido. Esos alemanes o son completamente estúpidos, o están locos. Tal vez, como a sus jefes, se les haya subido a la cabeza la fiebre del poder. En caso contrario, no comprendo cómo se dejan gobernar por un hatajo de líderes que no están en sus cabales.
—Me gustaría capturar a un oficial alemán. Primero lo obligaría a lustrarme las botas, y después le pegaría un tiro y acabaría con él para siempre —dijo Chris a Andrews mientras recorrían la distancia que los separaba de su cuartel.
—¿Eso harías?
—Claro que, a decir verdad, tal vez me decida a terminar con alguien a quien conozco —murmuró Chris con convicción— y a quien tengo mucho más cerca. Te juro que lo haré, si ese tipo no deja de mortificarme como ha venido haciendo últimamente.
—¿De quién estás hablando?
—De Anderson, de ese grandullón que ayer, durante la instrucción, estaba junto a mí. Según parece, cree que puede hacer conmigo lo que le venga en gana porque es más alto que yo.
Andrews se volvió sorprendido y miró a su compañero a los ojos. El tono áspero del muchacho lo había impresionado. No estaba acostumbrado a nada parecido. Siempre había creído que tenía un carácter apasionado, pero nunca había sentido deseos de matar a un hombre.
—¿Hablas en serio? ¿De verdad te gustaría matarlo?
—En este momento, no. Pero cuando empieza a burlarse de mí, pierdo los estribos y entonces... Ayer estuve a punto de clavarle un cuchillo. Tú no estabas presente. ¿No te diste cuenta durante la instrucción de que yo estaba que echaba chispas?
—Sí, pero... Chris, ¿qué edad tienes?
—Tengo veinte años. Tú eres mayor que yo, ¿a que sí?
—Sí, tengo veintidós.
Se habían apoyado en uno de los muros del cuartel y contemplaban el cielo cuajado de estrellas.
—Oye, ¿sabes si las estrellas son tan brillantes como estas al otro lado del océano?
—Supongo que sí —respondió Andrews riendo—, aunque nunca he estado allí para comprobarlo.
—No tengo muchos estudios —admitió Chris—. A los doce años tuve que dejar la escuela. La verdad es que hacía pocos progresos. Además, mi padre se emborrachaba a menudo y me necesitaba en la granja.
—¿Qué cultiváis en tu tierra?
—Maíz, y algo de trigo y de tabaco. También criamos ganado y... A propósito, quizá sea mejor que te diga que ya estuve a punto de matar a un hombre en otra ocasión.
—Cuéntame.
—Estaba borracho. Los chicos de Tallyville éramos una pandilla ejemplar. Trabajábamos solo para ganar el dinero que nos hacía falta para nuestras juergas, y lo gastábamos jugando a las cartas y bebiendo whisky. Lo que voy a contarte sucedió en la época en que desgranábamos las mazorcas. No sé siquiera por qué se inició aquella discusión, pero de pronto estaba peleándome con un tío que hasta hacía poco había sido un buen amigo mío. Él me dio un puñetazo. No recuerdo qué hice después. Antes de que me diera cuenta, estaba amenazándolo con el cuchillo que tenía en la mano. ¿Sabes cómo son los cuchillos de los que te hablo? Te aseguro que son de aúpa para hacerle un tajo a alguien… Cuatro hombres se abalanzaron sobre mí y me sujetaron, pero no pudieron evitar que alcanzase a aquel chico y le hiciera un buen corte en el pecho antes de que me obligasen a soltar el cuchillo. Estaba borracho como una cuba, lo confieso. Bueno, ¿para qué hablar de lo que sucedió después? Tenía el traje destrozado y la camisa hecha jirones. De camino a casa caí en una zanja y allí permanecí toda la noche. Cuando desperté era de día. Estaba cubierto de fango de la cabeza a los pies. Te aseguro que desde entonces no he vuelto a beber.
—Veo que tienes prisa en cruzar el charco, Chris. Lo mismo que yo.
—Pero te advierto que si me toca viajar junto a ese cochino de Anderson pienso arrojarlo al mar —dijo Chrisfield riendo. Tras una pausa, añadió—: De todos modos, habría sido horrible que matara a aquel chico. Te aseguro que me habría arrepentido toda la vida.
—Violinista... Ese sí que es un buen oficio —dijo una voz.
—Estáis equivocados —murmuró un individuo alto y delgado, de voz melancólica, que se hallaba sentado con la cara apoyada entre las manos y los brazos sobre las rodillas—. Da para comer y nada más...
Había muchos hombres reunidos en aquel rincón del cuartel. De allí partían las largas filas de camastros, iluminados por unas cuantas bombillas de poca potencia que morían a la misma puerta de entrada junto al lugar en que se hallaba colocada la mesa del sargento.
—Van a licenciarte, ¿verdad? —preguntó un hombre con acento irlandés. Tenía la cabeza de un gorila y el rostro encendido, pero su expresión era muy jovial. Sin duda había sido camarero en otro tiempo.
—Sí. Flannagan, en efecto —respondió tristemente el individuo alto y delgado.
—Qué mala suerte, ¿eh? —ironizó otro.
—Sí, muy mala suerte, amigo. —El hombre alto y delgado miró a quienes lo rodeaban con sus ojos hundidos—. Siempre la he tenido. Ya lo veis... Podría ganar cuarenta dólares a la semana, y aquí estoy, conformándome con siete, y en el ejército por añadidura.
—Al hablar de mala suerte me refería a tu licenciamiento, al hecho de que abandones este maldito ejército.
—El ejército, el ejército, el ejército democrático —cantó alguien en voz baja.
—Sin embargo, a mí no me importaría cruzar el océano y echar un vistazo a los alemanes —dijo Flannagan, que hablaba de un modo curioso, combinando el acento irlandés con la jerga de los barrios obreros londinenses.
—¿Cruzar el océano, dices? —lo interrumpió el hombre alto y delgado—. Si yo hubiese podido estudiar en Europa, tal vez ganase ahora lo mismo que Kubelik. Puedo aseguraros que tengo madera de gran artista.
—Entonces ¿por qué no vas ahora? —preguntó Andrews, que se hallaba cerca, junto a Chris y a Fuselli.
—Porque no me dejan. ¿Es que no te has fijado en mi aspecto? Tengo tuberculosis.
—Pues lo que es yo, confío en que me envíen pronto para allá —dijo Flannagan.
—Debe de ser divertido no entender lo que se cuenta la gente. Según parece, dicen «nosotros» cuando deberían decir «sí».*
—Uno puede hablar por señas, ¿o no? —dijo Flannagan—. Y estoy seguro de que un irlandés se haría entender en todas partes. Además, no es hablar precisamente lo que queremos hacer con los alemanes, ¿verdad? Por otra parte, pienso montar un negocio en cuanto llegue. ¿Qué os parece? —Todos rieron la ocurrencia—. Será magnífico. Abriré una taberna irlandesa en el propio Berlín. Llenaremos la ciudad de O’Casey, O’Ryan, O’Reilly y O’Flarrety. Y tal vez el propio rey de Inglaterra visite mi establecimiento y obligue a beber un trago a ese maldito Káiser.
—No te preocupes, Flannagan... Para entonces, alguien habrá colgado ya al Káiser de un poste de telégrafos.
—Tendrían que hacerle algo más. Torturarlo y lincharlo como hacen con los negros en algunos lugares del Sur.
Sonó un toque de corneta en la lejanía, seguramente en el patio del cuartel. Todos guardaron silencio repentinamente y cada cual se dirigió a su camastro.
John Andrews se acomodó bajo las mantas lo mejor que pudo. Había decidido meditar antes de conciliar el sueño. Necesitaba hallarse echado en el catre, despierto en el silencio de la noche, pensando... Solo así podría impedir que se truncase para siempre el hilo de su vida, de aquella vida que un día u otro tendría que retomar. Desechó la idea de la muerte. No la hallaba lo suficientemente interesante. Morir no le importaba, pero le habría gustado poder tocar el piano otra vez, componer alguna melodía. No debía permitir que aquel ambiente lo ahogara, que su nueva personalidad de soldado ganase por completo la partida. Era un deber conservar el dominio de su voluntad.
Sin embargo no era en eso en lo que se había propuesto pensar. ¡Pensar en sí mismo era absurdo! Tenía que hacer lo imposible por olvidar a John Andrews. Desde su primer año de estudios no había hecho sino eso: pensar en sí mismo, hablar de sí mismo... Solamente en aquel lugar, en la más abyecta degradación, en la más desoladora esclavitud, podía llegar a olvidar su personalidad e intentar reconstruir su vida siguiendo cauces más humanos. El trabajo, la camaradería, el desdén... El desdén, sí. Eso era lo que más profundamente necesitaba.
La vida que había llevado antes de la semana que acababa de transcurrir le parecía un sueño o, mejor aún, una novela, o un cuadro contemplado en cualquier escaparate. ¡Tan distinta era de la de ahora…! ¿Acaso era posible que ambas vidas perteneciesen al mismo mundo? No. Tal vez estuviese en otro: tal vez hubiese muerto y no lo supiera; quizá hubiese nacido por segunda vez en aquel infierno. Su vida había transcurrido en una vieja mansión, rodeada de castaños y de viejos robles, situada junto a un camino por donde apenas pasaban algunos calesines y carretas de bueyes. Nada turbaba la armonía de los surcos que surgían dulcemente de los campos verdes. Por entonces le gustaba soñar. Tumbado bajo un macizo de arrayán del agreste jardín, en la parte más alejada de la casona, se pasaba horas pensando en los bellos atardeceres de Virginia mientras los moscardones zumbaban al sol, como adormilados. Soñaba en el mundo en el que tendría que vivir cuando se hiciese hombre. Había hecho muchísimos planes. Pensó ser general, como César, y en conquistar el mundo para morir después asesinado en un vestíbulo de mármol. También pensó ser trovador, y en recorrer países cantando siempre y viviendo interminables aventuras. Y pensó ser un músico genial, en sentarse ante un piano y tocar, como Chopin, hasta hacer llorar a hermosas mujeres y obligar a muchos caballeros a ocultar el rostro entre las manos. Solo en una cosa no soñó: en la esclavitud. Hacía demasiados años que su raza dominaba el mundo. Y al fin y al cabo, ¿qué es el mundo, sino una larga y variada serie de esclavitudes?
John Andrews siguió tumbado en su camastro, mirando al techo, mientras cuantos lo rodeaban dormían y roncaban en la oscuridad del dormitorio. Sintió una especie de extraño y súbito terror. En una semana, toda la estructura de su romántico mundo, un mundo lleno de colorido y armonía que subsistió a sus años de estudiante e incluso cuando luchaba por abrirse camino en Nueva York, se había desplomado. En torno a él todo se había hecho trizas. Estaba vencido.
«Es completamente estúpido —pensó—, porque mi mundo de ahora no es sino el mundo corriente y normal de la mayoría de los hombres. Es lo que podría llamarse la mitad inferior de la pirámide.»
Pensó en sus amigos, en Fuselli, en Chrisfield y en Eisenstein; aquel hombrecillo tan divertido. Parecían felices en su nueva vida. No les preocupaba la pérdida de su libertad. Claro que ninguno de ellos había vivido en otro mundo más brillante y hermoso. Quiso sentir desdén otra vez. Quiso despreciarlos, y no pudo. Los recordó cantando a coro, dirigidos por el miembro de la YMCA:
¡Salve! Aquí estamos todos
para coger al Káiser,
para coger al Káiser,
para coger al Káiser
ahora mismo.
Pensó en sí y en Chrisfield. Se vio junto a él recogiendo colillas y oyendo el rumor de muchas pisadas en el patio de instrucción. ¿Dónde estaba la lógica? ¿Acaso no era todo aquello un sinsentido? Llegar de mundos tan distintos para unirse en eso... ¿Qué pensaban de su situación todos los hombres que dormían a su alrededor? ¿Es que de niños y de jóvenes no soñaron también? ¿O es que sus familiares los prepararon para pasar lo que estaban pasando, para vivir únicamente aquella vida?
Pensó en sí mismo... Se vio tumbado bajo el macizo de arrayán, en un anochecer cálido y rumoroso, mientras contemplaba unas flores de color pálido que resaltaban en el verdor del prado.
Al verse envuelto en unas mantas, tumbado en su camastro entre tantos hombres dormidos, sintió un lacerante dolor en los músculos y un loco deseo de saltar del catre y de huir, de salir a respirar un aire más puro. De pronto, la oscuridad envolvió su mente.
Despertó sobresaltado. Acababa de oír un toque de corneta en el exterior.
—¡Vamos, vamos, deprisa! —gritaba el sargento.
Había que enfrentarse a un nuevo día.
IV
Cuando Fuselli, medio dormido todavía, salió del pabellón, en el cielo brillaban aún las estrellas. Temblaban en el firmamento oscuro y aterciopelado como minúsculos pedazos de brillante gelatina. Fuselli sintió como si algo temblase también de emoción en su interior.
—¿Sabe alguien dónde está el interruptor? —preguntó el sargento con evidente buen humor—. Ah, aquí está.
La bombilla colocada junto a la puerta del dormitorio se encendió e iluminó la jovial cara redonda y el escueto bigote rubio del sargento. Tenía entre los labios un cigarrillo sin encender. Los hombres que formaban la compañía se agruparon a su alrededor. Llevaban puestos capotes y gorras, y todos apoyaban la mochila en sus rodillas.
—Bien. Alineaos.
Muchos ojos curiosos se fijaron en Fuselli, que se había apresurado a obedecer la orden. Lo habían destinado a aquella compañía la noche anterior.
—¡Firmes! —gritó el sargento. Luego, frunció apenas el ceño para examinar detenidamente el papel que sujetaba en una mano, mientras los soldados a sus órdenes lo miraban con afecto—. El que oiga su nombre debe limitarse a decir «Presente». Allan...
—¡Sí! —repuso una voz chillona desde el final de la fila.
—Anspach...
—¡Presente!
Entretanto, del exterior llegaba el rumor de unas voces que gritaban otros nombres. Sin duda también pasaban lista. Súbitamente se oyó a lo lejos un alegre «¡Viva!».
—Bueno, muchachos, creo que ya es hora de que os dé la noticia —dijo el sargento en tono de tranquila suficiencia tras pronunciar el último apellido—. Salimos para ultramar.
Todos lanzaron exclamaciones de alegría.
—¡A callar! ¿Queréis que os oigan los alemanes?
La compañía entera prorrumpió en una carcajada, mientras la cara redonda del sargento se iluminaba con una amplia sonrisa.
—Parece que tenemos suerte con el sargento —dijo Fuselli al hombre que estaba junto a él—. Es simpático.
—Más que eso. Es un tipo genial —repuso el otro en un tono de voz que denotaba afecto—. Te aseguro que nuestra compañía es algo especial, en todos los aspectos.
—Y que lo digas —murmuró el soldado que lo seguía—. Nuestro cabo estuvo en el campamento de Red Sox.
En el área iluminada que la luz de la bombilla proyectaba en la parte exterior del cuartel, apareció la figura del teniente. Era un muchacho de cara sonrosada. La trinchera le estaba un poco grande, pero era completamente nueva, y tan tiesa que debía de molestarle al andar.
—¿Todo en orden, sargento? ¿Todo en orden? —preguntó una y otra vez. Se había detenido, y se apoyaba primero en un pie y luego en el otro.
—Listos para partir, señor —respondió el sargento con entusiasmo.
—Excelente. Dentro de pocos minutos daremos la orden de marcha.
Fuselli notó un extraño zumbido en los oídos, debido tal vez al nerviosismo que sentía. Aquellas frases, «Partir» y «Orden de marcha» eran sinónimo de acción. Trató de imaginar la sensación que experimentaría al hallarse en las trincheras y saberse expuesto al fuego enemigo. Recordó las escenas de guerra que había visto en las películas.
—¡Por Dios! Estoy loco de alegría al pensar que salimos de este maldito agujero —dijo al hombre que tenía a su lado.
—Quizá el próximo en el que caigas sea todavía más hondo y más maldito, muchacho —dijo el sargento, que seguía caminando de un lado a otro con su andar majestuoso y confiado.
Todos rieron la ocurrencia.
—Nuestro sargento es un figura —dijo el soldado que se hallaba junto a Fuselli—. Tiene talento. ¡Vaya si lo tiene!
—Ahora pueden romper filas —anunció el sargento—, pero debo hacer constar que si alguien se atreve a salir del cuartel quedará automáticamente arrestado, y estará encerrado hasta que... hasta que le haya crecido la barba.
Todos rieron otra vez. Fuselli observó con disgusto que el individuo alto que había respondido primero cuando el sargento pasaba lista no se dignaba ni sonreír. En vez de eso, escupió con desprecio e hizo una mueca.
Siempre tenía que haber alguien que diese la nota, pensó Fuselli con resignación.
Amanecía, y el cielo iba aclarándose gradualmente. Fuselli empezaba a cansarse de estar de pie. Le dolían las piernas. En el patio, ante todos los pabellones del cuartel, distinguió el mismo espectáculo: filas y filas de soldados que aguardaban.
El sol salió e iluminó con sus cálidos rayos el cielo despejado. Algunos gorriones se posaron sobre las planchas de cinc que cubrían las edificaciones.
—Todavía no partimos.
—¿Por qué? —preguntó una voz airada.
—Porque las tropas salen siempre de noche.
—¡Maldita sea!
—Ahí viene el sargento.
Todos volvieron la cabeza en la dirección indicada.
El sargento se acercó esbozando una sonrisa enigmática.
—Quitaos los capotes, y que cada uno saque su cazoleta de rancho.
Los soldados obedecieron. Se oyó el entrechocar de las cazoletas, que poco después destellaban al sol.
Los soldados se dirigieron al lugar donde servían el rancho y regresaron. Luego formaron de nuevo en fila, con la mochila a la espalda, y aguardaron una vez más.
La espera empezaba a cansarlos. Todos parecían impacientes. Fuselli no cesaba de preguntarse dónde estarían sus colegas de la compañía a la que había pertenecido hasta el día anterior. Eran buenos tipos. Chris, sobre todo. Y aquel otro, Andrews, tan culto y educado. Qué mala suerte que no los hubieran trasladado con él.
El sol seguía elevándose. Los soldados entraron de uno en uno en el cuartel y se dejaron caer sobre los desnudos camastros.
—¿Qué os apostáis a que tardamos todavía una semana en salir de aquí? —preguntó alguien.
A mediodía volvieron a alinearse y de nuevo fueron a comer. Lo hicieron deprisa y hasta de mala gana. Cuando salía del comedor, tamborileando con los dedos sobre la cazoleta de aluminio, Fuselli se tropezó con el cabo, quien le dijo en voz baja:
—Limpia bien la cazoleta, muchacho. Tal vez tengamos inspección antes de marchar.
El cabo era un individuo delgado, de cara pálida y piel demasiado arrugada para su evidente juventud. Tenía una boca extraña que al abrirse y cerrarse se arqueaba como aquellas bocas de papel que hacían los niños.
—Desde luego, cabo —respondió Fuselli en tono optimista porque quería causarle buena impresión.
«Pronto dirán: “Desde luego, cabo”, refiriéndose a mí», pensó. Se le ocurrió una idea que al instante borró de su mente: aquel cabo no parecía un tipo fuerte y, tal vez, no viviría mucho cuando estuviesen al otro lado del océano. Imaginó por un momento a Mabe escribiéndole y dirigiendo la correspondencia al «Cabo Dan Fuselli, O. A. R. D. 5».
Casi anochecía cuando el teniente se presentó inesperadamente en el cuartel. Estaba sofocado, y su trinchera parecía más tiesa que antes.
—Sargento —ordenó con voz entrecortada—, puede alinear a sus hombres.
En el patio comenzaban a agruparse los soldados, en filas y por compañías. Partían en columnas de a cuatro, deteniéndose ocasionalmente. Cada hombre llevaba su correspondiente mochila. A la luz del atardecer, todo adquirió un tono ambarino. Tocaron a retreta.
La mente de Fuselli se activó de inmediato. El sonido de la corneta y de la banda de música, que tocaba la marcha La bandera sembrada de estrellas, despertó en él la imagen de la que sería su vida en aquel otro mundo al que se dirigían. Se vio a sí mismo en un lugar lleno de ancianas y de campesinas, como en la canción Cuando florecen los manzanos en Normandía, mient
