La isla del tesoro (edición especial en tapa dura)

Robert Louis Stevenson

Fragmento

cap-1

INTRODUCCIÓN

Que escriban sus puñeteras obras

maestras para ellos y me dejen en paz...1

Los primeros años de Stevenson y los antecedentes de La isla del tesoro

Robert Louis Stevenson —«Louis» para sus amigos y familiares— ya no era un joven cuando finalmente se puso a escribir lo que más adelante proclamó como «mi primer libro», refiriéndose a su primera obra extensa de ficción. Era, en su opinión, su destino. «Tarde o temprano», recuerda,

tenía que escribir una novela. Me parece vano preguntar el motivo. Los hombres nacen con distintas manías. Desde mi más tierna infancia, la mía fue convertir una serie de sucesos imaginarios en un juguete.2

Ese «juguete» sería, junto con El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde, el monumento literario de Stevenson.

Último descendiente de los «Stevenson de los faros», rehuyó la tradición familiar. Decidió no ser ingeniero naval, como su abuelo, su padre y sus tíos, cuyos monumentos siguen en pie, muchos en las peligrosas costas de Escocia (desgraciadamente, faros apagados en estos tiempos de navegación por satélite). Como era inteligente, enfermizo e hipersensible (todas sus biografías contienen la entrada «pesadilla» en sus índices temáticos), no estaba claro a qué se dedicaría una vez entrara en la edad adulta. Si había algo para lo que parecía estar hecho era para deambular. En el siglo XIX no hubo un novelista que anduviera más que él. Tenía un buen pretexto: desde niño, tenía una debilidad crónica en el pecho y los pulmones. Antes de la invención de los antibióticos, viajar era el tratamiento recomendado para los que podían permitírselo.

A los veintitantos años, Stevenson había atravesado las Cevenas francesas (a lomos de una burra llamada Modestine) y viajado a lugares tan remotos como Norteamérica. Siempre estaba en busca del clima que le proporcionase el aire puro que pudiera aplazar la sentencia de muerte que pesaba sobre él. La calavera estaba siempre en la mesa de Stevenson. (Obsérvese la gran cantidad de muertes descritas gráficamente en La isla del tesoro.)

Las primeras obras que publicó fueron relatos de viajes.3 No eran sustento suficiente, pero agudizaron su capacidad de observación y le sirvieron de entrenamiento para las exitosas obras de ficción que escribiría más adelante. Su don para retratar escenas resulta manifiesto en todos sus textos, como ejemplifica a la perfección la realista descripción de la isla del Esqueleto en el capítulo 13.

En el extranjero, Stevenson no solo recobró el vigor de sus pulmones. En California, a los treinta años, se casó con una divorciada estadounidense (presentada decentemente como «viuda» en el certificado de matrimonio fechado en mayo de 1880), una mujer diez años mayor que él. No era lo que sus tutores y amigos le habrían aconsejado, y algunos se lo dijeron con franqueza. Pero si elegía bien, Fanny Osbourne (de soltera Vandegrift) sería una segunda madre, una enfermera y una compañera, y en ocasiones la más sagaz asesora literaria. En este último aspecto, fracasó; no le gustó nada La isla del tesoro cuando la leyó por primera vez, considerándola una obra indigna del talento de su marido. Pero cuando la novela empezó a generar lo que Stevenson llamaba «monedas», cambió de opinión. Se tiene constancia de que Fanny (que había pasado una época instructiva en los pueblos mineros del oeste) sabía liar cigarrillos y era diestra con las pistolas. Tampoco era una insensata en lo tocante al dinero.

El matrimonio no tuvo descendencia, pero no careció de niños. Fanny tenía un pasado. Entre sus efectos personales había un hijo de trece años, Lloyd, vástago de su primer marido (el revoltoso ex soldado confederado Samuel Osbourne).4 Lloyd y su padrastro escocés serían amigos de por vida y, con el tiempo, colaboradores literarios. De hecho, La isla del tesoro confirma que trabajaron conjuntamente, en cierto modo, desde el principio de la carrera de Louis como novelista.

El escritor regresó a su ciudad natal, Edimburgo, en septiembre de 1880, poco después de su boda furtiva en San Francisco. La relación con su severo padre (el último de los Stevenson de los faros, un hecho que le provocó una amarga decepción) había sido tensa. Los padres presbiterianos escoceses casi nunca ven con buenos ojos a los hijos bohemios aficionados a las chaquetas de terciopelo y las belles lettres, y menos cuando esos hijos siguen dependiendo económicamente de ellos pasados los treinta. Aun así, los padres de Louis se alegraron de ver que su hijo sentaba la cabeza, aunque fuera con una mujer extranjera de edad madura que llevaba pistola y fumaba cigarrillos. La vuelta a Edimburgo fue, en palabras de un biógrafo, «el regreso del hijo pródigo».5 Pese a que Fanny casi compartía la misma edad que la señora Stevenson, las dos mujeres descubrieron su común preocupación por Louis y sus continuos achaques, y decidieron tratarse con cortesía, aunque era evidente que había una rivalidad maternal entre ambas por su afecto: «Debe de resultarle muy agradable —le dijo Fanny a su suegra— tener a este adulto de treinta años pegado todavía a sus faldas con su amor infantil».6 Sus palabras desprenden cierta mordacidad, junto con la satisfacción implícita de que ella, Fanny, tenía ahora el «amor viril» de Louis.

De vuelta en su hogar, Stevenson escribió una obra de teatro con su amigo cojo W. E. Henley, sobre Deacon Brodie, un edimburgués que trabajaba de ebanista de día y robaba casas de noche, y que fue ahorcado (como alardea su descendiente ficticio, la señorita Jean Brodie, creada por Muriel Spark) en un patíbulo fabricado por él mismo y, tal vez, enterrado en uno de los ataúdes producidos por su empresa.7 La obra no entusiasmó a la Royal Mile de Edimburgo, pero fue un indicio de la deriva irónicamente morbosa de la mente de Stevenson. Calaveras y mesas otra vez. Louis adoraba Edimburgo pero, como le gustaba decir, el aire de su tierra no compartía esos sentimientos. Y nunca fue tan evidente como en el funesto período histórico comprendido entre los años 1879 y 1882, cuyos desastrosos veranos sumieron todo el país en la miseria agrícola y en una década de pesadumbre hardyana. Todavía no se ha escrito el libro que analice el efecto del tiempo inclemente en las obras de ficción británica. La isla del tesoro, como Frankenstein de Mary Shelley, fue el producto de unas vacaciones de verano muy lluviosas en las que no se podía hacer otra cosa que quedarse en casa contando cuentos junto a un fuego bien caliente impropio de la estación.

Los meses de verano de 1881, cuando se gestó La isla del tesoro, fueron especialmente «atroces»; «peores que marzo» (el marzo escocés, habría que añadir). Fanny y Louis no tenían dinero para seguir viajando. Los médicos habían dictaminado que Edimburgo podía resultar peligrosa para los pulmones del enfermo. Alquilaron en Braemar la pequeña casa de una solterona recién fallecida el 1 de agosto. El aire de las Tierras Altas estaba libre de humo, y gracias al vecino castillo de Balmoral de la reina Victoria, la zona se había puesto muy de moda. Los Stevenson veían a la monarca de vez en cuando, acompañada de «damas con la nariz colorada».8 Las comunicaciones por ferrocarril con Edimburgo, vía Aberdeen, eran excelentes, y los padres de Louis los visitaban con asiduidad. La casa era lo bastante espaciosa para que Lloyd pasara las vacaciones escolares con ellos e incluso tenía su propio cuarto, una estancia que, como aspirante a artista que era, llamaba su «estudio».

Podría haber sido idílico, pero no lo era. Según confesaba Louis en una carta, era un «infierno», en gran medida porque el tiempo era «absoluta y sistemáticamente infame». Encerrados en casa, él y Fanny (como los Shelley y Byron en la Villa Diodati en 1816) decidieron inventar cuentos de fantasmas (tal vez imaginaban que «la difunta señorita McGregor» se negaba a abandonar la finca y que «se paseaba» por su propiedad). Parece plausible que tuvieran a mano un volumen de Poe y que Stevenson retomase su afición al cuento El escarabajo de oro, del cual reaparecieron fragmentos indigestos en La isla del tesoro. Es igualmente plausible que Lloyd (a quien Fanny recuerda como «difícil») pasara los días lluviosos leyendo a Marryat, Ballantyne, Kingston y Henty, escritores de historias de aventuras para niños (en las que a menudo aparecen islas desiertas y piratas) que a Stevenson seguían gustándole.9 Todo ello acabaría entretejiéndose de forma consistente en la estructura de La isla del tesoro.

Sin embargo, como más tarde recordaría él mismo, el dibujo era para Lloyd un pasatiempo tan agradable como la lectura. Con su lata de pinturas de un chelín pasaba las tardes lluviosas pintando cuadros para exponerlos en su «galería». Entre mediados y finales de agosto (según nuestros cálculos), cuando estaba cansado de escribir o de leer, Stevenson se unía a él:

A veces me relajaba un poco y me juntaba con el artista (por así decirlo) ante el caballete y pasaba la tarde con él en generosa emulación haciendo dibujos de colores. En una de esas ocasiones, dibujé el mapa de una isla. Estaba muy elaborado y (en mi opinión) bellamente pintado; su contorno me atrajo de una manera difícil de expresar; tenía unos puertos que me deleitaban como sonetos; y con la inconsciencia de lo predestinado, titulé mi creación La isla del tesoro. [...] Al detenerme en mi mapa de La isla del tesoro, el futuro personaje del libro empezó a aparecer visiblemente entre bosques imaginarios. [...] Cuando quise darme cuenta, tenía unos papeles delante y estaba escribiendo una lista de capítulos.10

El mapa, nos dice Stevenson (y, una vez dicho, no volveremos a verlo de otra forma), parecía «un dragón gordo y rampante». Aparece a modo de prefacio en muchas ediciones de La isla del tesoro y también en la presente, en la página 48 se puede ver una versión tardía del mapa de Flint. Louis se había criado en un entorno en el que los mapas eran algo tan cotidiano como los periódicos; podía interpretarlos sin problemas. Pero los mapas empleados por los Stevenson de los faros no se trazaban con fines náuticos; eran cartas de navegación. Contenían información posicional estática («rocas hundidas aquí»; «bancos de arena aquí», etc.). El paso al mapa del tesoro («pesos duros españoles enterrados aquí») no entrañó problemas para el autor de La isla del tesoro mientras jugaba a cartografía de salón con su hijastro.

El dragón gordo desató al novelista que llevaba dentro. Después de debatir largo y tendido sobre historias de piratas con Lloyd, un relato brotó sin esfuerzo de su pluma a un ritmo de capítulo por mañana. Otros proyectos de escritura más serios fueron aplazados. Él mismo nos cuenta que leía en voz alta a la familia el episodio del día «después de comer». La isla del tesoro era el postre. Más adelante, los capítulos se leyeron de noche, cuando se encendían las velas. Su voz, recordaba Fanny, era «extraordinariamente vibrante».11 ¿Quería Stevenson, desde el inicio, vender y publicar El cocinero de a bordo (como se titulaba en un principio) a cambio de guineas contantes y sonantes? ¿O era un simple entretenimiento doméstico, recitado junto al fuego para pasar días y noches tediosos, efímero como los juegos de mímica o una partida de Scrabble?

Stevenson nos haría creer que inicialmente el relato no estaba escrito para ser puesto en venta. Aunque podemos tener dudas, como es mi caso.12 Fuera como fuese, si en un principio el relato estaba pensado, como el autor afirmó, para que se quedara entre las cuatro paredes de la casa de la difunta señorita McGregor, eso explicaría el desmedido saqueo de material de otros escritores en los primeros capítulos de La isla del tesoro. «Rara vez el plagio —nos confiesa maliciosamente— se llevó tan lejos.» Cuando se narra un cuento alrededor de una fogata no hay en liza derechos de propiedad intelectual, ni la necesidad de observar las meticulosas leyes del mundo exterior sobre tales asuntos. Y Stevenson reconoce que saqueó a fondo en La isla del tesoro. La novela debería tener dos banderas pirata ondeando: una para John Silver el Largo y otra para su creador.13

La siguiente serie de hechos figura en el ensayo de Stevenson «Mi primer libro» (véase Apéndice A). La correspondencia relevante que llenaría los espacios en blanco o corregiría detalles de ese relato se ha perdido en su mayor parte. Lo que Stevenson recordó, trece años más tarde, es lo siguiente.

Como ya se expuso, probó con Lloyd los primeros capítulos de El cocinero de a bordo con gran éxito. Al chico, como a la mayoría de los muchachos, le entusiasmaban las calaveras y las tibias cruzadas. La familia (con la excepción de Fanny) quedó tan o más encantada cuando oyó leer en voz alta los capítulos iniciales de un texto muy tosco e inmediato, según Stevenson insinúa, lleno de improvisación y puede que incluso de propuestas de los presentes. Varios eminentes literatos que acudieron a Braemar le dieron ánimos: sobre todo Edmund Gosse y Sidney Colvin, más tarde celoso vigilante de la llama póstuma de Stevenson.14 La leña que produjo esa llama la encendió el doctor Alexander Hay Japp,15 un estudioso de Thoreau. Stevenson había escrito en esa época un artículo sobre el sabio estadounidense en la Cornhill Magazine (junio de 1880) y estaba meditando la publicación de su propio Walden, o mejor dicho, Los colonos de Silverado, como se titularía cuando se publicase finalmente en 1883. El diario registraba su luna de miel, Stevenson y Fanny recluidos en una choza en las montañas (con sus minas de plata) por encima de Santa Rosa, en el valle de Napa, en el verano de 1879.

Los dos seguidores escoceses de Thoreau habían mantenido correspondencia, y Stevenson invitó a Japp a alojarse en Braemar del 24 al 26 de agosto.16 Allí, como había hecho con otros invitados, le dio a conocer El cocinero de a bordo. La historia fue «solemnemente relatada» desde el principio; leída en voz alta, se deduce, por el autor, en una sesión de sobremesa más larga de lo normal. O tal vez por la noche, con las velas encendidas. Japp (un «tipo curioso», pensaba Stevenson) era asesor literario de varias editoriales londinenses. Tenía un muy buen contacto en la persona de un compatriota (y «radical») escocés: James Henderson, dueño y editor de la exitosísima publicación semanal para niños Young Folks.17 Según el autor, su visitante estaba buscando de forma activa nuevos talentos para Henderson. Japp lo negó mucho después de la muerte del novelista, y no mucho antes de la propia. La memoria del doctor pudo haberle traicionado en los detalles. Los ancianos se olvidan de las cosas... o adornan los recuerdos. Por ejemplo, Japp afirmó más adelante que se había llevado de Braemar «una parte considerable del manuscrito [...] con un esbozo del resto de la historia». Las pruebas documentales que han sobrevivido dejan claro que no podía tener más de tres de los treinta y cuatro capítulos, y a esas alturas Stevenson no tenía la más mínima idea de cómo evolucionaría la segunda parte de su relato.18 El apoyo de Japp dio sus frutos: diez días más tarde, un contrato fue enviado de las oficinas de Henderson en Red Lion Square para la escritura de una novela por entregas que se publicaría en Young Folks, con una remuneración de doce chelines y seis peniques por columna impresa.19 No era una suma espléndida, pero resultaba muy estimulante para una obra que había sido improvisada tan fácilmente como divertimento matutino.

Parece que un tercio de la narración pasó por las manos de Japp entre principios y mediados de septiembre de 1881, antes de llegar a Henderson, quien enseguida comenzó a preparar el texto para su publicación semanal, que debía iniciarse en octubre. La rotativa trabajaba a una velocidad de vértigo en Red Lion Square, donde Henderson tenía su sede en Londres. Esa primera remesa de capítulos (cada uno de los cuales se convertiría en un episodio semanal) llevaba al lector desde el prólogo de Billy Bones hasta la llegada de la Hispaniola a la inquietante costa de la isla del tesoro, pasando por la agresión a medianoche en la posada Almirante Benbow y el embarco de los héroes en Bristol rumbo a la isla en la dudosa compañía de Silver y sus antiguos compañeros del Walrus.

Según Stevenson, a mediados de 1881, en torno a ese punto de la narración, de los capítulos 15 al 19, el escritor se topó con un muro infranqueable. La familia se mudó, un factor que pudo ser determinante, sobre todo para un hombre que no estaba en plena forma física. Fanny y Louis finalmente abandonaron el clima atroz de la zona y se fueron a Edimburgo el 23 de septiembre, y de allí, tras una breve parada en Londres y Weybridge (durante la cual Stevenson conoció a su editor Henderson), a un pequeño chalé en Davos, Suiza. Esperaban que el aire de los Alpes ejerciera de tónico, como no habían hecho los inclementes vientos de la costa oriental de Escocia. Como siempre, Thomas Stevenson pagaba los gastos, cada año mayores.

En esa delicada encrucijada, por más que lo intentaba, Stevenson no lograba hacer avanzar su narración. ¿Qué pasaría en la isla que se había inventado? En «Mi primer libro» se muestra elocuente sobre su bloqueo creativo:

Tenía la boca vacía, de mi pecho no brotaba una sola palabra de la historia [...] Tenía treinta y un años, era el cabeza de familia, había perdido la salud; nunca había podido pagarme mis gastos, ni había ganado doscientas libras al año; hacía muy poco mi padre había comprado y destruido todos los ejemplares de un libro que había sido considerado un fracaso:20 ¿sería ese el fiasco definitivo?

El «fiasco definitivo» podría haber sido una historia de aventuras a medio escribir, inacabada: prueba concluyente de que Robert Louis Stevenson nunca tendría éxito en el oficio de escritor, ni siquiera en el mercado infantil.

Mientras tanto, las pruebas de imprenta de los primeros capítulos viajaban por correo a dondequiera que estuviera el escritor. Henderson había instado sagazmente a Stevenson a que cambiase el título El cocinero de a bordo por La isla del tesoro, aunque el título original resulta interesante en cuanto indicador de lo que el autor consideraba el foco de interés. Henderson había decidido conceder a la historia de Stevenson una posición secundaria en la publicación, en medio de la revista, sin ilustraciones (a diferencia de la novela principal, ilustrada por W. H. Boucher), aparte de una representación inicial del feroz sablazo de Bones a Perro Negro. (El bucanero borracho falla y deja una marca en la muestra, el cartel, de la posada Almirante Benbow que «todavía puede verse hoy en día», nos dice Jim. Por una parte, no nos aclara qué significa «hoy en día». Por otra parte, como vuelve a la posada convertido en un joven enormemente rico, suponemos que debió de conservar el rótulo destrozado en el exterior por pura nostalgia.)

Evidentemente, la aprobación de Henderson animó al escritor. Tal vez el aire de los Alpes también contribuyó. En Davos, la llama se volvió a encender y la narración arrancó de nuevo con las aventuras de Jim en la isla, el asedio de la empalizada, Ben Gunn, múltiples asesinatos y matanzas, motín tras motín, traición tras traición, y el sangriento episodio final del foso del tesoro vacío. La segunda fase de La isla del tesoro se desarrolló, en palabras de Stevenson, con la soltura de la «cháchara». (Fanny la recuerda «intermitente», interrumpida por los achaques y hostigada por los plazos a cumplir.) Como otros novelistas por entregas, Stevenson descubrió que era capaz de corregir las pruebas de imprenta del episodio que se iba a publicar al mismo tiempo que escribía el episodio siguiente. Sería una habilidad muy útil. Y que nosotros sepamos, nunca volvió a sufrir otro bloqueo creativo.

Por increíble que parezca, dada su fama posterior, La isla del tesoro no tuvo un gran éxito en Young Folks. Según Robert Leighton, entonces ayudante de redacción en la publicación, La isla del tesoro no aumentó la tirada semanal ni un solo ejemplar. En opinión de este redactor, Stevenson todavía no dominaba por entero «la escritura por entregas». Se puede sostener que la historia de Stevenson era demasiado compleja desde el punto de vista psicológico para el lector de literatura barata, que en la revista no la hicieron destacar mucho, y que, tal vez lo más significativo, La isla del tesoro era demasiado perturbadora para los jóvenes. El asesinato de Tom Redruth, por ejemplo, va mucho más allá de la sangre derramada que los niños de la época victoriana apreciaban en los llamados penny dreadfuls.21 Silver no ha conseguido captar al caballero Trelawney para la causa de los amotinados, y eso supone la sentencia de muerte de Tom:

Y así diciendo, aquel bravo individuo le volvió la espalda al cocinero y echó a andar hacia la playa. Pero estaba escrito que no iba a llegar muy lejos. Soltando una exclamación, John se asió a la rama de un árbol, se sacó la muleta de debajo del brazo y arrojó aquel improvisado proyectil a través del aire, alcanzando al pobre Tom con la puntera y golpeándole con gran violencia en mitad de la espalda, entre los omóplatos. Tom alzó las manos, profirió una especie de grito sofocado y cayó al suelo.

Resultaba difícil saber si estaba herido de gravedad o solo levemente. Aunque, a juzgar por el ruido del golpe, lo más probable era que se le hubiese partido el espinazo. Sea como fuere, no tuvo tiempo de reponerse. Silver, ágil como un mono aun careciendo de la muleta, cayó sobre él en un instante y hundió dos veces el cuchillo en su cuerpo hasta la empuñadura. Desde mi escondite de los zarzales le oí respirar pesadamente al descargar las dos puñaladas.22

Jim se desmaya al presenciar ese brutal homicidio. Al lector también le cuesta reprimir un escalofrío, sobre todo al pensar que Silver sobrevive, sin castigo por el despiadado crimen y premiado con oro ilícito, para partir los espinazos de otros que puedan despertar su ira. ¿Qué había sido de la justicia poética característica de la narrativa infantil?23

A pesar del moderado rendimiento de la obra, Henderson reconoció un talento inusual en su nuevo colaborador. Las cinco medias coronas «contantes y sonantes» que pagaba a Stevenson por columna eran una inversión segura para la revista. Se hace patente que Henderson comprendió que el autor, quien como a sus amigos les gustaba señalar no había «madurado», tenía una gran pericia con los protagonistas jóvenes y valientes y las tramas de criminalidad romántica, aunque a veces la sangre corría demasiado en sus páginas. Un relato posterior sobre salteadores de caminos fue cortésmente rechazado, pero se le encargó una narración sobre forajidos al estilo de Robin Hood. Con la precisión de uno de los proyectiles de Richard Shelton, La flecha negra, publicada en Young Folks de junio de 1883 a octubre de 1884, dio en la diana. A diferencia de La isla del tesoro, fue la novela principal de la publicación y contó con ilustraciones de Boucher, factores que contribuyeron a su éxito. De ese modo, una de las carreras más gloriosas de la literatura de ficción del siglo XIX encontró su inesperada plataforma en una revista de narraciones escabrosas y hazañas juveniles.

Merece la pena señalar que durante todo ese tiempo a Fanny —«la crítica del hogar», como Louis la llamaba cariñosamente— le preocupaba que su marido malgastase su talento con los jóvenes. Puede que fuese la señora Stevenson quien le prohibiera usar su recién adquirido apellido. La isla del tesoro fue publicada en Young Folks bajo el seudónimo de «capitán George North», al igual que La flecha negra. Estaba claro que en esa fase inicial de su carrera el escritor obedecía más a los deseos y susceptibilidades de su familia. Como describe en «Mi primer libro», el año anterior su padre había prohibido la publicación de El emigrante por gusto, libro que desaprobaba (véase nota 20).

Stevenson envuelve la redacción del texto de La isla del tesoro de una atractiva historia. Y tan dignificado por la tradición está el mito de la «casita de la difunta señorita McGregor» que uno no se atreve a contradecirlo. Pero la versión de Stevenson flaquea en varios puntos decisivos. Concretamente, su enchufe en Young Folks puede que fuera más complicado de lo que «Mi primer libro» hace pensar. Emplazamos a las personas de mente recelosa a los «Enigmas y misterios» del Apéndice B. Los que prefieran la versión del autor sobre cómo se creó La isla del tesoro pueden ahorrarse el esfuerzo. La novela sigue siendo una maravilla independientemente de cómo se conciba su creación.

 

 

Stevenson y su padre

Stevenson es un novelista que incita a analizar su biografía desde el punto de vista psicológico. El lector no puede más que sentir curiosidad por el inquietante trasfondo que subyace a ese «cuento para niños». La novela empieza y termina con las pesadillas de Jim: el camino real, como Freud lo llamó, al subconsciente. Y el de Jim es un subconsciente muy turbulento. John Silver el Largo ha «asesinado el sueño», en palabras de Macbeth, para siempre. (A propósito, ¿algún héroe joven sueña tanto como Jim Hawkins?)

Al leer La isla del tesoro uno debe imaginarse esa inhóspita casa en el levante escocés, su lugar de nacimiento. El viento ruge y llueve a cántaros; un fuego impropio de la estación crepita. El salón que el narrador preside está lóbregamente iluminado. En el aire flotan cuentos de fantasmas. Con su vibrante voz Stevenson lee en voz alta la última entrega de El cocinero de a bordo a su padre, su madre, su esposa, su hijastro y cualquier amigo que pudiera haber pasado aquel día por Braemar.

A Louis le gustaba decir que en realidad contaba con «dos niños» entre su público: Lloyd y su padre (es decir, el de Louis). A Thomas Stevenson, recuerda su hijo, le entusiasmaban las historias de piratas y las leía a la hora de dormir. Sobre todo le gustaba la «expresividad» que Stevenson aportó, con gran fluidez y profusión, a su cuento para niños (por ejemplo, en el capítulo 2, la maravillosa evocación de la mañana helada, mucho más propia de Edimburgo con su frío cortante que de Devon). Tan cautivado estaba Thomas por la historia que se atrevió a darle algunas ideas a su hijo. Propuso24 que Ben Gunn debía ser un fanático religioso en lugar de un simple individuo de pocas luces enloquecido por la soledad; se trata de una considerable mejora. Además, se le ocurrió cuál debía ser el contenido del cofre del muerto de Bones. El barco de Flint debía llamarse Walrus, decidió también Thomas. Fue él quien «falsificó» la firma de Flint en el mapa que acompaña las ediciones en libro de la novela (el mapa fue dibujado en su despacho). Y fue también a él a quien se le ocurrió una de las escenas más impactantes del relato: cuando Jim está escondido en el barril de manzanas casi vacío del barco y escucha, horrorizado, cómo Silver y Morgan traman asesinatos en masa.

Indudablemente, hubo otras contribuciones de las que jamás sabremos. Puede que no todas fueran bien recibidas. Después de todo, Louis no le dijo a su padre cómo tenía que construir faros. Pese a la felicidad del período entre 1881 y 1882, la reconciliación entre Louis y su padre durante la gestación de una historia de sobremesa con piratas estuvo impregnada de una inevitable tensión edípica. Los padres gozan de una extraña posición en las obras de ficción de Stevenson: son omnipresentes, amenazantes, a veces impotentes y otras —en los momentos críticos— todopoderosos. La obsesión paterna de Louis afloraría en toda su crudeza en la novela inacabada El Weir de Hermiston.25 Si el novelista hubiera vivido para escribir los últimos capítulos de esa historia, la obra sin duda habría mostrado al padre como un «juez implacable» que condena a su hijo rebelde a la ejecución pública: la muestra de desaprobación paterna definitiva.

Los conflictos psicológicos de Stevenson con su padre, tal como aparecen plasmados en su obra de ficción, han enardecido demasiado a los críticos. Pero en La isla del tesoro hay motivos de sobra para la especulación. El propio autor dejó constancia de la existencia de oscuras «peleas» que contribuyeron al ambiente «infernal» de Braemar.26 Dichas riñas parecen motivadas en parte por las fricciones con Thomas. El hijo vivía a costa del padre, una situación humillante para un hombre de treinta años. Louis podría haberse sentido perfectamente un fracasado a ojos de su padre.

En La isla del tesoro, el padre de Jim es el equivalente narrativo de un agujero negro. Es el posadero del Almirante Benbow, aunque no haya nada altivo en él. Hawkins sénior tiembla al pedirle a Billy Bones que pague su cuenta, y se siente tan humillado por el resoplido con el que es recibida su razonable petición que se retira escaleras arriba para no volver a aparecer en la narración y morir sin el más mínimo aspaviento. Jamás sabremos qué dolencia padeció, aparte de su fallido desempeño del papel de posadero; en realidad, el señor Hawkins a duras penas ha aparecido en la narración, y no se le echa en falta. Jim y su madre no parecen lamentar mucho su pérdida. Su hijo llora cuando muere el réprobo Bones, pero no se nos dice que derrame ninguna lágrima por su padre. A partir de entonces, casi todos los personajes masculinos principales —el caballero, el doctor, el cocinero de a bordo— son nombrados figuras paternas del joven Jim. Uno (el caballero Trelawney) manda a los hombres, otro (el doctor Livesey) los cura, y el otro (John Silver el Largo) los mata. Este trío de seudopadres podría inspirar numerosos análisis freudianos, y de hecho se ha escrito demasiado al respecto. Basta con decir que todos los lectores de La isla del tesoro percibirán que esta fascinante narración está impulsada por conflictos primarios.27

Redacción, publicación y recepción

Como antes se ha descrito, y en el ensayo de Stevenson «Mi primer libro» (véase Apéndice A), en 1881 Alexander Hay Japp llevó una muestra de El cocinero de a bordo al editor James Henderson, quien rápidamente la aceptó para publicarla en su revista infantil. Young Folks empezó a publicarse en 1871 en Manchester, pero la producción se trasladó a Londres en 1873. Aparecía en forma de gran tabloide, a medio penique el ejemplar semanal, con una gran ilustración de la novela por entregas principal en la portada; normalmente, durante la relación de Stevenson con la revista, obra de W. H. Boucher. Un número semanal alcanzaba dieciséis páginas impresas. La isla del tesoro no fue la pieza principal de la publicación y (aparte de su primer capítulo) no contó con ilustraciones.

James Henderson era el jefe de redacción y el dueño, con la ayuda de Robert Leighton, quien más adelante puso en circulación una crónica de la redacción de La isla del tesoro distinta en muchos aspectos de la de Stevenson.28 Henderson, un «escocés astuto» (y un «radical», se dice), era una de las personas que habían advertido el creciente poder de los lectores jóvenes, y lo estaba explotando de forma rentable: algo a lo que Stevenson alude en el poema «Al comprador indeciso», escrito para la edición en libro de La isla del tesoro.29

El papel central de los lectores jóvenes se puso claramente de manifiesto con Boy’s Own Paper (BOP), lanzada en 1879, cuya tirada al cabo de unos años alcanzó el cuarto de millón de ejemplares. Publicada por la Sociedad Editora de Folletos Religiosos, BOP había sido concebida como un antídoto a los penny dreadfuls: relatos góticos que envenenaban la mente juvenil con violencia y terror. La misión de BOP era ofrecer «lecturas puras y entretenidas». Henderson mantuvo con destreza un equilibrio entre la pureza cristiana y el terror sangriento. Sus historias están empapadas en sangre (La isla del tesoro no es ninguna excepción), pero «sangre saludable», cabría añadir. El título completo de la publicación revela esa motivación provechosamente mixta: Young Folks; A Boys’ and Girls’ Paper of Instructive and Entertaining Literature («Jóvenes; una revista de literatura instructiva y entretenida para chicos y chicas»).

El mercado de publicaciones como Young Folks y BOP nació, en gran medida, gracias a la Ley de Educación Universal de 1870, que garantizaba la educación mínima de todos los niños británicos, pero no un excesivo gusto literario.30 Publicada en dieciocho entregas, del 1 de octubre de 1881 al 28 de enero de 1882, La isla del tesoro o El motín de la Hispaniola (el subtítulo folletinesco) debió de topar con unos lectores ávidos, aunque primitivos. Eran lectores que devoraban, más que leían, obras de ficción. Una publicación semanal como Young Folks iba dirigida, en resumidas cuentas, a los recién alfabetizados con medio penique en el bolsillo.

Henderson estaba claramente interesado en reclutar al prometedor joven escocés que el doctor Japp le había recomendado. Uno de los motivos, como arguyó el amigo de Stevenson, W. E. Henley, es que la plantilla habitual de escritores de Henderson no eran «en modo alguno ciudadanos modelo; tenían sus flaquezas, y eran adictos al consumo de alcohol, de modo que había que estar detrás de ellos para que entregasen sus textos».31 La novela por entregas principal publicada antes de La isla del tesoro (Sir Claude the Conqueror, de Walter Villiers, seudónimo de Edward Henry Viles) había tenido un abrupto final. Henderson buscaba estrellas más formales —y más sobrias— para el universo de Young Folks.

Por mucho que pudiera haber agradecido la ayuda de Japp, es posible que a Stevenson no le interesase del todo andar en una compañía tan bohemia. Por el bien de su padre, también es posible que no le interesara en absoluto que circulara el apellido de su familia (famoso en lugares menos frecuentados por bebedores que Fleet Street). De modo que la novela recién titulada como La isla del tesoro se publicó por entregas bajo la autoría del capitán George North. (Obviamente, Stevenson procedía de un lugar muy al norte de Red Lion Square y, como descendiente de los Stevenson de los faros, estaba ligado al mar.) De acuerdo con Henderson en una carta contractual fechada el 24 de septiembre de 1881, Stevenson recibiría doce chelines y seis peniques por columna de La isla del tesoro, que al final le reportaron trenta y cuatro libras, siete peniques y seis chelines en total. Él insistió en conservar los derechos de autor. Como se ha explicado antes, la novela fue escrita mediante dos impulsos principales a un ritmo de capítulo por día: los primeros 15 a 19 capítulos (de agosto a septiembre de 1881) escritos en Braemar y el resto en Davos. La parte inicial de la novela estaba en la imprenta cuando el final todavía se estaba escribiendo. Parece que la completó en algún momento de noviembre de 1881.32

Ya sabemos que La isla del tesoro no tuvo un éxito arrollador entre los jóvenes lectores de la publicación de Henderson. Leighton recordaría más adelante:

A los lectores no les gustaba la historia. Como novela por entregas, era un fracaso. A los chicos les gusta sumergirse enseguida en la emoción, pero los prolegómenos de la posada se les hacían interminables una semana tras otra. Ellos querían llegar al mar, buscar el tesoro.33

«La tirada —añadió Leighton sin tapujos— no aumentó ni un solo ejemplar.» Sin embargo, el éxito de ventas llegó con la publicación de La isla del tesoro en libro. El amigo y confidente de Stevenson, W. E. Henley, negoció con Cassell un adelanto de cien libras, más un 20 por ciento de regalías por todos los ejemplares vendidos a partir de un total de cuatro mil.34

La edición de Cassell se publicó el 14 de noviembre de 1883 a un precio de cinco chelines con vistas al mercado navideño de libros infantiles. La portada identificaba a Robert Louis Stevenson, y no al capitán George North, como el autor y omitía el subtítulo «El motín de la Hispaniola», que llevaba en Young Folks. El texto no tenía ilustraciones. El material adicional consistía principalmente en el poema introductorio «Al comprador indeciso», la dedicatoria a Lloyd Osbourne y el mapa que (supuestamente) había dado comienzo a todo.

La recepción del libro, como Stevenson les contó a sus padres, fue «triunfal».35 Y fue así en parte gracias a que sus amigos le echaron una mano. El siempre leal Henley, por ejemplo, escribió un elogio muy extenso en el Saturday Review (8 de diciembre de 1883) observando, sagazmente, que John Silver el Largo (personaje basado en él mismo) resultaba «fascinante». Academy (1 de diciembre de 1883) aplaudía la «frescura» de la novela y la consideraba fascinante tanto para mayores como para niños. También hubo críticas moderadas. Athenaeum (1 de diciembre de 1883), una publicación siempre severa, estimaba «la técnica demasiado evidente». Y Graphic, pese a sus muestras de entusiasmo, afirmaba: «No queremos del señor Stevenson más libros para niños»; su genio era demasiado excepcional para malgastarlo con los lectores jóvenes.

Primer plan de Stevenson para La isla del tesoro

El primer esbozo que se conserva de La isla del tesoro figura en una carta enviada desde Braemar al confidente y colaborador de Stevenson, W. E. Henley. Escrita el 24 o el 25 de agosto de 1881, coincide con la visita del doctor Japp.36 En esa carta entusiasta hallamos ciertos aspectos interesantes, en particular el hecho de que Stevenson iniciara la redacción no como un entretenimiento familiar, sino con el claro objetivo comercial («moneda») de vender la historia como su primera incursión en la literatura infantil. La carta deja abierta la posibilidad de que hubiera existido comunicación entre Stevenson y Henderson antes de ese momento.

Si, como consta en los documentos, Japp estaba visitando Braemar al mismo tiempo, entre el 24 y el 26 de agosto, solo pudo llevarse una muestra muy incompleta de la obra en desarrollo en su «baúl de viaje» para enseñársela al editor de Young Folks. Ese detalle indica de nuevo que Stevenson recordaba el episodio de forma confusa cuando escribió «Mi primer libro». Allí se insinúa que Japp tenía una cantidad de material mucho mayor para mostrársela al editor londinense: algo que el propio Japp afirmaría más adelante. Aun así, está claro que Stevenson había esbozado la acción principal de La isla del tesoro (pero ¿quién era el segundo doctor al que se alude en la carta que se cita a continuación?). También está claro que el «cocinero de a bordo» del título descartado iba a ser, desde el principio, el personaje principal:

De momento estoy ocupado con otra cosa; es una deuda que tengo con Sam [es decir, Lloyd], pero creo que m

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