INTRODUCCIÓN
Los hermanos Karamázov fue ideada originalmente como una novela sobre los niños y la infancia. El 16 de marzo de 1878, en una carta al escritor y pedagogo V. V. Mijáilov, Dostoievski escribió:
He concebido y pronto empezaré una amplia novela en la que, entre otras cosas, los niños, menores de entre siete y quince años de edad, interpretarán un papel importante. Habrá mucha descripción de niños. Los estoy estudiando, los he estado estudiando toda mi vida, y los quiero mucho, tengo algunos propios. Pero las observaciones de un hombre como usted serán muy valiosas para mí (soy consciente de ello). Por lo tanto, escríbame sobre niños que usted mismo conozca.
El 16 de mayo del mismo año, Aliosha, hijo de Dostoievski, murió de epilepsia a la edad de dos años y nueve meses. Durante mucho tiempo el escritor fue incapaz de trabajar. «A fin de proporcionar a Fiódor Mijáilovich al menos un poco de tranquilidad y de apartar su mente de pensamientos melancólicos —escribió en sus memorias A. G. Dostoiévskaia, la viuda del escritor—, convencí a Vladímir Soloviov, que nos visitaba en esos días de dolor y se disponía a ir ese verano al monasterio de Óptina, de que persuadiese a Fiódor Mijáilovich de viajar con él. Visitar el monasterio de Óptina era un viejo sueño de Fiódor Mijáilovich.»
Dostoievski abandonó Moscú con el filósofo y teólogo Vladímir Soloviov el 18 de junio de 1878. El viaje al monasterio de Óptina duró siete días, y resultarían muy significativos para el desarrollo del proyecto de la novela. En el transcurso del viaje el escritor comentó con Soloviov sus planes para la obra que había empezado, y éste afirmó más tarde que «la Iglesia como ideal social positivo tenía que constituir la idea de la nueva novela o serie de novelas, de las que sólo se escribió la primera, Los hermanos Karamázov».
Dostoievski tenía bien presentes los temas de la infancia y la Iglesia cuando, al regresar del monasterio de Óptina a principios de julio —la estancia efectiva en el monasterio había durado, tal vez de modo significativo, sólo dos días—, empezó los primeros capítulos de la nueva novela. No obstante, a medida que se desarrollaba la obra comenzó a abarcar casi todas las inquietudes y preocupaciones que había albergado durante su larga carrera, a menudo atormentada, por lo que en su forma definitiva el texto representa una especie de suma del pensamiento creativo, filosófico e ideológico de Dostoievski. Por ejemplo, uno de los temas principales de Los hermanos Karamázov, el problema de la libertad, abordado extensamente en el capítulo titulado «El Gran Inquisidor», deriva de un pasaje del relato «La patrona» (que aparece en Pobre gente), publicado unos cuarenta años antes, cuando el viejo Murin dice:
Pero oye bien, señor, lo que te digo: el hombre débil de condición no puede estar solo. Dale cuanto quieras y todo te lo devolverá espontáneamente. Si le regalas medio planeta y le dices: ¡tómalo y reina en él!, ¿qué crees que hará? Pues esconderse de puro asustado. Pues otro tanto le ocurre con la libre voluntad. No tienes más que infundirle libertad a ese hombre débil de carácter y al punto verás cómo él mismo busca el modo de atarse y te la devuelve. A los corazones apocados no les sirve de nada la libertad.
De forma similar, el tema del «doble», que Dostoievski abordó por primera vez en 1846 en el famoso «Poema de San Petersburgo», reaparece claramente en el capítulo de Los hermanos Karamázov titulado «El diablo. La pesadilla de Iván Fiódorovich». Y el tema tentacular del parricidio tiene sus orígenes en un pasaje del primer capítulo de Memorias de la casa muerta:
Recuerdo en particular a un parricida. Era noble, estaba al servicio del Estado y para su padre sexagenario era como el hijo pródigo. Su conducta era absolutamente licenciosa, estaba lleno de deudas. Su padre le refrenaba, le reconvenía. El padre tenía una casa, una alquería, se le suponía adinerado, y el hijo lo mató, ávido de la herencia [...] No confesó su crimen. Fue desposeído de su título de nobleza y de su rango y condenado a veinte años de trabajos forzados. Todo el tiempo que conviví con él mostró una disposición de ánimo excelente, nobilísima. Era un individuo atolondrado, ligero de cascos y sumamente insensato, aunque nada tonto. Nunca vi en él una crueldad particular. Los reclusos no le despreciaban por su crimen, que ni siquiera mencionaban, sino por ser imbécil y por no saber comportarse.
Así, el plan original de una novela sobre los niños y la infancia fue suplantado gradualmente por un proyecto mucho más amplio y complejo, una obra en la que el escritor se jugaba toda su vida y carrera, reconsiderándola en una especie de «juicio final» personal.
La «novela sobre los niños» sobrevivió en la versión definitiva de Los hermanos Karamázov en varias formas. Quizá la menos importante de ellas sea la historia del colegial Kolia Krasotkin y su amigo Iliusha, un relato que, tomado por separado, recuerda con frecuencia las páginas del diario de un niño, aunque posee un humor tierno y muestra un profundo conocimiento de la interrelación entre los niños y los animales, y su conclusión lo eleva a un nivel superior. Mucho más significativa es la historia de «los chicos rusos», los propios «hermanos Karamázov», unos niños demasiado crecidos, representantes de su generación, que van en busca de un objetivo espiritual y un verdadero padre sin encontrar ni una cosa ni otra. Esta historia resulta aún más dolorosamente inmediata debido a una fragmentaria subtrama psicológica que se centra en los sufrimientos de los niños en la sociedad rusa del siglo XIX, a veces con detalles crueles y espeluznantes. Ésta es la tierra, el ambiente social y espiritual, en la que deben crecer «los chicos rusos».
La sensación de sufrimiento personal y generacional que tanto caracteriza el tono de la novela se hace notar en cierto distanciamiento emocional, como si el dolor de los acontecimientos descritos, tanto interno como externo, fuese demasiado grande para soportarlo en una forma desprovista de inhibiciones. Dostoievski había utilizado antes con este fin el mecanismo de un «cronista» literario aficionado, sobre todo en Memorias de la casa muerta, donde la voz de Goriánchikov, el narrador, posee una extraña cualidad atenuada y desapasionada. En Los hermanos Karamázov nos enfrentamos con un «autor»» que, desde un rincón lejano de una remota ciudad de provincias (que se asemeja algo a Stáraya Rusa, la ciudad donde Dostoievski pasó su infancia), en un estilo enrevesado y singular que sugiere la excentricidad de alguna columna de un oscuro periódico local, logra relatar con una fuerza dramática y una intensidad shakespearianas no sólo un parricidio, sino también el derrumbe moral y espiritual de todo un mundo. Para poder leer la novela en el sentido con que fue escrita, se tomará en cuenta en primer lugar al narrador de Dostoievski. No es el propio escritor, sino un Phantasiegebilde grotesco e incluso un tanto hoffmanesco, un soltero solitario y retirado, de educación parcial y anticuada, con opiniones políticas y sociales reaccionarias, aficionado a la «filología»» y la historia local, obstinado, resentido contra las mujeres (se intuye un amor desdichado en su pasado) y con aversión a los fanáticos tanto radicales como religiosos, en particular los monjes y la vida monástica. Es este observador contemporáneo, que a su modo es un aburrido conocedor y clasificador de la naturaleza humana, quien nos brinda, mediante una mirada estrecha y llena de prejuicios pero no obstante curiosamente perceptiva, la historia de «los chicos rusos»; y el cerebro del mismo observador, que rumia acontecimientos que tuvieron lugar unos trece años atrás, compone a partir de estos tanto una «crónica de vida»» (la palabra rusa, «zhizneopisanie», es una alternativa, aunque bastante más cotidiana, de la palabra «biografiya»», «biografía»») como una «novela»» (como el roman francés, la palabra rusa «roman»» también tiene el significado de «romance» y a veces se utiliza de forma despectiva). La cuestión se complica aún más porque, al recurrir al mecanismo de un narrador, Dostoievski desea imitar en este caso la antigua hitiya rusa, o «Vidas» de los santos. La ironía de ello —pues ninguno de los hermanos puede ser considerado un santo— da un enfoque curioso a toda la narración, llenándola en muchos lugares de ambivalencia y de un humor irónico y caprichoso que en ocasiones roza el sarcasmo. Aunque la voz de Dostoievski se entreteje con la del narrador, este último controla mucho los acontecimientos, hasta un punto que puede dejar perplejos a algunos lectores.
Desde el principio de la acción la ambivalencia y la ironía se hacen evidentes. Ni la «pequeña familia» (el narrador utiliza con toda intención la forma peyorativa «semeyka») que se ha reunido, ni el «ermitaño» al que han venido a visitar se presentan bajo un aspecto muy favorable. El ermitaño Zósima, para el que Dostoievski se inspiró al parecer en el padre Amvrosi del monasterio Óptina y a quien Aliosha adora como un santo, es descrito en términos un poco desagradables como alguien a quien valdría más no conocer:
En efecto, había en su cara algo que no agradaba a muchos, no sólo a Miúsov. Era un hombrecillo más bien pequeño, cargado de hombros y de piernas muy débiles; no pasaba de los sesenta y cinco, pero la enfermedad le hacía parecer mucho más viejo, diez años más por lo menos. Toda su cara, muy flaca, estaba sembrada de pequeñas arruguillas, particularmente cerca de los ojos. Éstos eran pequeños, claros, rápidos y relucientes, como dos puntos luminosos. Sólo en las sienes conservaba algunos cabellos canos, su barba era muy pequeña, rala y en punta, y sus labios, que sonreían con frecuencia, eran finos, como dos cuerdecitas. La nariz no era precisamente larga, pero sí puntiaguda como el pico de un pájaro.
Con sus herméticos y amargados monjes y hieroschemonachs (versión eslava de los schewahierowonachos, es decir, monjes ordenados), su colección de buenos vinos y sus banquetes petulantemente humildes, todo el ambiento del monasterio está calculado para no inspirar respeto en el lector y hace que la devoción de Aliosha resulte aún más absurda, como el encaprichamiento de un «joven inexperto». La relación nada inocente de Aliosha con Liza Khokhlakov no es lo que cabe esperar de un «hombre devoto» y establece una afinidad entre él y el ermitaño, con sus «trucos del Monte Athos» y sus «bailes». El propio Aliosha presenta ante nosotros detalles desconcertantes acerca del turbio pasado del ermitaño al final de la segunda parte, en la «información biográfica» contenida en «De la vida del monje ordenado y ermitaño Zósima...». A la luz de todo lo anterior, el comportamiento «escandaloso» del «monstruo», Fiódor Pávlovich Karamázov, parece menos indignante de lo que habría podido parecer. Hay una sensación de fracaso moral universal, donde ni los pecadores ni los salvados disponen de ningún contexto válido en el que percibirse como tales y donde todo el edificio social y religioso amenaza con derrumbarse entre siniestras carcajadas burlonas.
Es evidente que la muerte del hijo de Dostoievski y la visita de dos días al monasterio de Optina habían influido en la «novela sobre los niños», alejándola de la dirección que el autor pretendía seguir. Un punto importante a considerar en este aspecto es que la imagen del monasterio de Optina que emerge de la novela no está en absoluto en consonancia con la realidad del lugar que documentan sus contemporáneos, y que el narrador distorsiona hasta hacerla irreconocible. La pregunta es: ¿por qué? Algunos han visto la respuesta en un conflicto entre Dostoievski el artista y Dostoievski el publicista y aspirante a consejero religioso, que se asoció e intercambió correspondencia con Konstantin Pobedonóstsev y deseaba contar con la aceptación del estamento político zarista. Las reticencias de Pobedonóstsev acerca de la novela son de sobra conocidas y se han descrito en detalle en otros lugares. Pobedonóstsev no era el único que encontraba problemática la «teodicea» de Dostoievski y su descripción de los monjes. El propio autor no ocultaba sus dudas en una carta dirigida, el 24 de agosto de 1879, a Pobedonóstsev:
Su opinión sobre lo que ha leído de Karamázov me halagó mucho (con respecto a su fuerza y energía), pero al mismo tiempo usted suscita una cuestión muy necesaria: que hasta el momento no se me ha ocurrido ninguna respuesta a todas esas tesis ateas y que la necesitan. Así es, en efecto, y el asunto centra ahora toda mi preocupación e inquietud, pues este libro sexto, «Un monje ruso», que debe publicarse el 31 de agosto, lo he propuesto como respuesta a todo este aspecto negativo. Y por lo tanto también tiemblo por él preguntándome si será una respuesta suficiente. Sobre todo porque, al fin y al cabo, esa respuesta no es directa, no responde punto por punto a esas tesis que fueron enunciadas previamente (en «el G. Inquisidor» y antes), sino que sólo es indirecta. Aquí se presenta algo que se opone de forma directa a la perspectiva del mundo expresada más arriba, pero una vez más se presenta no punto por punto, sino, por así decirlo, en un cuadro artístico. Esto es lo que me causa inquietud, es decir, ¿se me entenderá y alcanzaré aunque sea una sola gotita de mi objetivo? Y además se añaden otras obligaciones artísticas: se me exigía presentar una figura humilde y majestuosa, cuando la vida está llena de comicidad y sólo es majestuosa en su sensación interna, por lo que en la biografía de mi monje me vi obligado muy a mi pesar por exigencias artísticas a tocar incluso los aspectos más vulgares para no vulnerar el realismo artístico. Además, también hay varias enseñanzas del monje cuya absurdidad proclamará el público, pues son demasiado extáticas; por supuesto, son absurdas en un sentido cotidiano, pero en otro sentido interior creo que son ciertas.
El filósofo y crítico literario Konstantin Leontiev, un converso a la religión ortodoxa, también puso muchas objeciones en relación con este aspecto de la novela. Independientemente de lo que piense uno de las creencias personales y políticas de Leontiev, no deja de ser cierto que era un hombre con un juicio literario muy perspicaz, que además se acompañaba de una intuición casi infalible para reconocer la verdad en la vida y en los asuntos humanos, y una gran capacidad para descubrir la falsedad. Por lo tanto, puede resultar instructivo examinar la reacción de Leontiev a la «ortodoxia» de Dostoievski.
En su artículo «Sobre el amor universal» (1880), Leontiev critica la doctrina de Dostoievski del amor fraternal universal tal como la pone en boca del padre Zósima, considerándola una distorsión del auténtico amor cristiano, una forma modificada y alterada del humanitarismo socialista. El filósofo percibe que la esencia de la novela de Dostoievski es una revelación de la «intolerable tragicidad de la vida» y considera que los capítulos que se refieren a los monjes y al monasterio son un intento fallido de presentar una contrapartida «positiva», un esfuerzo por alcanzar la «armonía» cósmica que en realidad no es más que el deseo de un artista de pintar en tonos luminosos y oscuros:
Por un lado, penas, heridas, la tormenta de las pasiones, crímenes, celos, envidia, actos de opresión, errores; y, por el otro, ¡consuelos inesperados, amabilidad, indulgencia, el reposo del corazón, impulsos y actos de abnegación, simplicidad y alegría de corazón! Aquí está la vida, aquí está la única armonía posible en esta tierra y bajo este cielo. La ley armónica de la compensación, y nada más. La concordancia poética y viva de los colores luminosos con los sombríos, y nada más. Y en su más alto grado una ópera esencial situada entre la tragedia y la serenidad, donde los sonidos amenazadores y melancólicos se alternan con los sonidos tiernos y conmovedores, ¡y nada más!
Leontiev cree que la actitud de Dostoievski hacia los monjes, que «cumplen una función sumamente importante» en la novela, es de «profunda veneración», y ve en ello un avance en el camino del escritor hacia la verdadera religión ortodoxa. No obstante, se ve obligado a reconocer que «los monjes no acaban de decir, o, para ser exactos, no dicen en absoluto las cosas que los excelentes monjes dicen tanto en Rusia como en el Monte Athos. [...] Sin lugar a dudas, aquí hay muy poca mención del culto, de los votos monásticos de obediencia». Más tarde, tras la muerte de Dostoievski, Leontiev fue aún más lejos. Intentando disuadir a su amigo Vasili Rózanov de su intención de asimilar por entero la «ortodoxia» de Dostoievski, escribió en una carta:
[...] ruego a Dios encarecidamente que pronto vayas más allá de Dostoievski y sus «armonías», que jamás existirán y que en realidad resultan innecesarias. Los monjes de la novela son una invención. Hasta las enseñanzas que proclama el padre Zósima resultan erróneas, y todo el estilo de sus discursos es falso. [.] Aunque tu artículo sobre «El Gran Inquisidor» contiene un gran número de cosas que son hermosas y ciertas, y en sí misma la «leyenda» también constituye una hermosa fantasía, las desviaciones del propio Dostoievski en su visión del catolicismo y del cristianismo en general resultan equivocadas, falsas y oscuras; ¡y ojalá te liberes pronto de su influencia malsana y desmesurada! Resulta demasiado complicada, oscura e inaplicable a la vida. En Óptina Los hermanos Karamázpv no se considera una obra ortodoxa correcta, y el ermitaño Zósima no se parece al padre Amvrosi ni en sus enseñanzas ni en su carácter.
En sus memorias, Leontiev escribió: «Los hermanos Karamázov sólo puede ser considerada una novela ortodoxa por quienes están poco familiarizados con la auténtica ortodoxia, con el cristianismo de los Santos Padres y los ermitaños de Athos y Óptina». En opinión de este filósofo, que se convirtió en un monje ortodoxo y vivió en Óptina durante los seis últimos meses de su vida, la obra de Zola (La culpa del abate Mourei) está «mucho más cerca del espíritu de la verdadera vida monástica que las invenciones superficiales y sentimentales de Dostoievski en Los hermanos Karamázov».
Al darle a Dostoievski el beneficio de la duda y considerar al novelista culpable de una mera «idealización humanitaria» en su tratamiento de Óptina y sus monjes, Leontiev tiende a eludir la cuestión de si el escritor pudo satisfacer a un nivel consciente o semisubconsciente su familiar hábito de ironizar a su costa. Al asociar al más joven de los Karamázov con el mundo del enfermo y luego moribundo ermitaño Zósima y su séquito de sombríos sacerdotes intelectuales, fanáticos religiosos y admiradoras suplicantes, cabe preguntarse si Dostoievski se plantea: ¿acaso es esto lo mejor que Aliosha puede esperar en un mundo que ha descarrilado? Una vez más, si se supone que el monasterio representa un centro de salud y sabiduría en un mundo corrupto, nos preguntamos por qué son tantas las características de la historia de Aliosha y Zósima que tienen un matiz morboso: Zósima debe su carrera religiosa a un delincuente común y asesino, y tras su muerte su cuerpo emite un «hedor pestilente» que recuerda el tema de la «peste» de la novela y al criado Smerdiakov. Aliosha es caracterizado por el narrador como alguien «muy raro», y Dostoievski le diseñó en un principio a imitación del «idiota», el príncipe Mishkin de la novela homónima. Quizá podamos obtener al menos en parte una respuesta a la cuestión de esta ambivalencia echando un vistazo a las notas y apuntes para Los hermanos Karamázov, en particular los relacionados con las palabras y el carácter del ermitaño Zósima. Éstos indican que, al intentar retratar una vida religiosa y una organización espiritual adecuada para los tiempos en que vivía, Dostoievski —influido sin duda alguna por cuestiones de censura— llegó en un principio mucho más lejos que en la versión definitiva. Por ejemplo, en la sección de los cuadernos titulada «La confesión del ermitaño», una entrada dice: «Ama a los seres humanos con sus pecados. Ama incluso sus pecados». Y otra, más adelante: «¡Ama los pecados! La vida es el auténtico paraíso. Se da una sola vez en una infinidad de eras».
Ese «amor por el pecado» defendido por el ermitaño Zósima —y probablemente también por Dostoievski— es lo que da a Los hermanos Karamázov su extraña y perturbadora cualidad de ambivalencia, aspecto que atraviesa toda su trama, caracterización y estructura, impidiendo definirlas y determinarlas con absoluta certeza. Ello resulta evidente cuando consideramos la historia del crimen que constituye el elemento básico en el desarrollo de la novela.
De acuerdo con el esquema argumenta! formal de la obra, el asesinato de Fiódor Pávlovich Karamázov es llevado a cabo por el lacayo Smerdiakov, que actúa instigado por Iván. Mitia es declarado culpable del crimen sólo a consecuencia de un «error judicial» cometido por el jurado. Algunos críticos han subrayado que este personaje es inocente en el fondo, y que, aunque se identifica como un «miserable», nunca habría podido asesinar a su padre. Este argumento es apoyado por la circunstancia de que Dostoievski parece haber modelado el personaje de Mitia hasta cierto punto a imagen y semejanza del personaje del noble D. N. Ilyinsky, un supuesto «parricida» que fue condenado a trabajos forzados por el crimen de otra persona, y a quien el autor conoció en Siberia y describe en Memorias de la casa muerta. La «nota del editor» que precede al capítulo 7 de la segunda parte de esa obra deja entrever una indignación auténtica y sin reservas ante el hecho de que un hombre inocente haya sido injustamente castigado:
Hace unos días, el editor de las Memorias de la casa muerta recibió una notificación procedente de Siberia, donde se informaba de que el criminal estaba realmente en lo cierto, y se había visto sometido injustamente a trabajos forzados durante diez años; su inocencia ha sido reconocida por la justicia, de forma oficial. Los verdaderos criminales han sido encontrados y han confesado, y el desdichado ya ha sido puesto en libertad. [...] No hay nada más que añadir. Es inútil hablar y extenderse sobre la profunda carga trágica de este hecho, sobre una vida arruinada en plena juventud por el peso de una acusación tan espantosa. [.] Pensamos asimismo que, si un hecho semejante ha sido posible, esa sola posibilidad añade un nuevo rasgo, y de una extraordinaria intensidad, a la singularidad y plenitud del cuadro de la Casa muerta.
No obstante, en el contexto global de la vida y el trabajo de Dostoievski el tema del crimen y el castigo tiene una perspectiva bastante diferente, en esencia subjetiva, moral e interior, y sólo guarda una relación simbólica con los criterios externos y sociales de la culpa y la inocencia. Así, por ejemplo, en la novela Crimen y castigo lo que más importa no es que Raskólnikov sea culpable del crimen que ha cometido, sino que tenga la voluntad de admitir que lo ha cometido, y en el interior es culpable en términos que son absolutos, no judiciales; en esa voluntad, esa admisión, se hallan las semillas de su futura resurrección. O, para volver a Memorias de la casa muerta por un momento: su narrador, Goriánchikov, que asesinó a su esposa, es sólo una tapadera para el propio Dostoievski, que creía que su propio delito político tenía un significado interior que implicaba a la totalidad de su destino, personalidad y alma. Como Raskólnikov, que asesina a la anciana con un hacha, Goriánchikov existe en una región metafísica en la que la realidad del sufrimiento y la capacidad de aceptarlo son los principales factores determinantes, la condición necesaria para una verdadera humanidad, y los únicos indicadores hacia la salvación. En el caso de Mitia en Los hermanos Karamázov, Dostoievski presupone que el lector no leerá el relato (el roman), en términos literales, sino más bien en la tradición dantesca y gogoliana de un cuento sobre la «contigüidad con otros mundos». El personaje de Mitia está dibujado con una intensidad, una pasión y un amor sin precedentes en toda la obra de Dostoievski. Este «corazón encendido», original, extático y borracho, esta alma fogosa, es un retrato del hombre universal, no redimido y quizá condenado para toda la eternidad.
El crimen de Mitia implica el «asesinato de los padres» en el sentido en que fue definido por un contemporáneo del escritor, el pensador ruso N. F. Fiódorov, que creía en una resurrección literal, real y personal que tendría lugar en la tierra y sería desencadenada por los esfuerzos de los hijos vivos para resucitar a sus padres muertos. En la Rusia de finales del siglo XIX, Fiódorov percibía que una de las principales enfermedades sociales era el odio con que los jóvenes cultos veían los conceptos de «padre» e «hijo», rechazándolos con desprecio en su frenética aspiración hacia el «progreso» social y la revolución. El filósofo consideraba que la auténtica revolución sería provocada por la ciencia y la tecnología en un proyecto universal que implicaba la transformación de la naturaleza en el Reino de Dios mediante la hermandad resucitada del hombre, el Dios-hombre. En Los hermanos Karamázov, Dostoievski describe, en la historia de Mida, el comienzo de ese proceso de resurrección a partir de un estado de caída y vergüenza. Mitia no es inocente, ni es un simple «miserable». Desde las primeras páginas de la novela queda claro que su intención última es el propósito criminal de matar a su padre, y podemos extraer esa conclusión del ataque sádico, sangriento y asesino descrito en el capítulo 9 del libro tercero. El juramento de Mitia en el capítulo 5 del libro octavo —«¡Me castigo por toda mi vida, toda mi vida castigo!»— indica su sobrecogedor sentimiento de culpa por estar vivo, por haber recibido la vida de su padre, y también su deseo de castigar a su padre por habérsela dado. Por supuesto, en todo ello hay un elemento de grandiosa teatralidad schilleriana, el heroísmo de «uno contra todos». En un arrebato ante el fiscal durante «Tercera estación» (libro noveno, capítulo 5), Mitia declara en términos existenciales su convicción de que el asesino no puede haber sido Smerdiakov, y se basa en la falta de heroísmo y emoción ardiente de este último:
—¿Y por qué asegura con tanta seguridad e insistencia que no ha sido él?
—Porque estoy convencido. Tengo esa impresión. Porque Smerdiakov es un hombre de la naturaleza más vil y cobarde. No es un cobarde, es el compendio de todas las cobardías del mundo caminando sobre dos pies. Nació de una gallina. Al hablar conmigo, siempre temblaba de miedo de que lo pudiera matar, siendo así que nunca le levanté la mano. Caía a mis pies y me besaba estas botas, literalmente, suplicando que «no le asustase». Fíjense: «que no le asustase», qué les parece la expresión. Incluso quería darle algo. Es una gallina epiléptica, de inteligencia débil y que se dejaría pegar por un chico de ocho años. ¿Acaso es capaz de nada semejante?
Unas cuantas líneas más adelante, ante la revelación de que al parecer Smerdiakov estaba sin conocimiento con un ataque de epilepsia en el momento del crimen, Mitia pronuncia la reveladora declaración: «¡Pues en este caso es el diablo quien mató a mi padre!».
Esa es precisamente la conclusión hacia la que Dostoievski parece llevar la novela. El diablo entra en el alma de Mitia a través de la «infernal» Grúshenka, cuya naturaleza fría, cruel y animal se apodera de Mitia y le empuja al exceso, lo que provoca la muerte de su padre. Mitia, no obstante, es consciente de que en términos prácticos no es él quien ha matado. Sin embargo, a ojos del mundo, él es el asesino, en su interior se siente como tal y es percibido como tal por Dostoievski. Esta circunstancia puede contribuir a explicar la manera tan elaborada, persuasiva y prolongada en que el fiscal desarrolla la afirmación y «prueba» de la culpabilidad de este personaje al final de la novela, a lo largo de cuatro capítulos, el discurso somero y poco persuasivo en comparación del abogado defensor Fetiukóvich (cuyo nombre mismo inspira un estremecimiento gogoliano de repugnancia, con su «F» inicial o «Theta» que sugiere una obscenidad), y la forma decidida y definitiva en que Dostoievski hace que el jurado de «mujiks» encuentre culpable a Mitia. En cierto sentido, por supuesto, el relato del juicio es de principio a fin un ataque satírico contra la justicia provinciana, en particular como se manifestaba bajo la influencia de los «tribunales públicos» recién introducidos, con su juicio con jurado. Ni el fiscal ni la defensa salen de los recuerdos del narrador con ningún grado de dignidad, pues el proceso es una elaborada farsa, un intento a sangre fría por parte del Estado de negar el contenido espiritual y vivo de un crimen —el «asesinato de los padres»— y sus consecuencias. En realidad, el mundo del fiscal y el investigador del estado, con sus «soirées» y sus «peritos», sus partidas de cartas y vasos de té, es igual de dudoso desde el punto de vista moral que el mundo de los monjes y el monasterio. Por algo llama Dostoievski a la «pequeña ciudad» en la que tiene lugar la acción Skotoprigonyevsk, que podría traducirse como «Villadebrutos».
En medio de toda la ambivalencia e incertidumbre moral, y en medio de la percepción de un mundo y una sociedad en un estado de ruptura y desintegración, un aspecto en el que abunda repetidamente Los hermanos Karamázov, la exhortación a «amar los pecados» es una de las pocas notas que resuenan de forma clara e inequívoca. Se nos exhorta a amar a Aliosha, Mitia e Iván en el extremo de su desesperación y su incapacidad de trascender su propia debilidad y maldad así como para darse cuenta de que detrás de su impotencia y su atormentada humanidad se hallan unas fuerzas mayores y más oscuras. Es el diablo, no Mitia o Iván, y ni siquiera el criado Smerdiakov, el que asesina a Fiódor Pávlovich, igual que es el diablo y no Iván el que se inventa la byrónica fantasía descreída del Gran Inquisidor, y es el diablo y no Aliosha quien es el auténtico «novicio» en los monasterios de Rusia. Tenemos que amar a esos tres hermanos porque, en la sinceridad de su pasión, la calidez de su naturaleza y la desesperación de su alma, se enfrentan a la gran realidad siniestra de la que se esconde el resto del mundo: la realidad que el poeta Lérmontov llamó «el espíritu del destierro» y que Goethe convirtió en protagonista de su principal drama.
El diablo protagoniza Los hermanos Karamázov. Casi siempre oculto, de vez en cuando surge a lo largo de la novela en destellos y alusiones, arrojando luz —o sombra— sobre los pensamientos y acciones de los hermanos y las personas con que se encuentran. Así, por ejemplo, el significado del título de uno de los primeros capítulos del libro segundo, «El viejo bufón», donde «bufón» es la traducción de la palabra rusa «shut», podría concebirse asimismo como «El viejo diablo», pues «shut» tiene también ese sentido en ruso coloquial, por lo que Fiódor Pávlovich emerge pronto bajo una luz «satánica», lo que resulta muy apropiado dadas las circunstancias. El diablo aparece de nuevo en las numerosas invocaciones de su nombre que surgen en el texto; «el diablo» y «que el diablo se lo lleve» («chort», «chort vozmi») son expresiones malsonantes rusas muy comunes, pero Dostoievski las utiliza en su diálogo como un motivo sinfónico. Mientras que en sus primeras novelas este culto al diablo posee un carácter un tanto arbitrario, aludiendo sólo a algo que nunca se revela ni realiza por completo, en Los hermanos Karamázov es un tema y una técnica formal y consciente que lleva inexorablemente a la aparición real del propio diablo.
Iván Karamázov, en términos argumentales el «Asesino» (éste es el nombre que lleva en los primeros borradores de la novela), es la persona ante la que por fin hace su aparición el diablo. El hecho de que así sea añade otro matiz de ironía a la narración, pues, de los tres hermanos, el ateo, escéptico y racionalista Iván parece ser el que tiene menos probabilidades de experimentar visiones de tipo religioso. Uno de los puntos que Dostoievski quiere destacar aquí es que, pese a todos sus esfuerzos por «mejorar» mediante la educación occidental y la «ilustración», Iván es también un Karamázov, con las debilidades propias de su familia. «De todos los hijos, usted es el que más se parece a Fiódor Pávlovich, tiene su misma alma», le dice Smerdiakov a Iván en su tercera «entrevista», y «la sangre le afluyó a la cara» al reconocer escandalizado la capacidad de percepción del criado. La naturaleza de la enfermedad de Iván, aunque sin duda es problemática, no deja de ser en términos lingüísticos un indicador más de su «bajeza» karamazoviana. La expresión rusa empleada por Dostoievski, «belaya goryachka» (literalmente «fiebre blanca»), se ha utilizado de forma tradicional para referirse al trastorno alucinatorio relacionado con el alcohol y que la medicina llama «delirium tremens», y esta definición se da incluso en diccionarios y enciclopedias rusos del siglo XIX, como los de Dal y Brockhaus-Efron. Es curioso que un médico como A. F. Blagonravov escribiera a Dostoievski, tras la publicación de la novela en 1880, alabando su habilidad al describir «una forma de enfermedad mental, conocida por la ciencia con el nombre de alucinaciones, de modo tan natural y también tan artístico», sin mencionar en ningún momento la raíz alcohólica del trastorno. No obstante, resulta dudoso que Dostoievski pretendiera dar ninguna otra interpretación a la «enfermedad»; las insinuaciones surgidas durante la conversación de Aliosha con Iván en la posada (libro quinto, capítulos 3, 4 y 5), en la que éste dice «arrojaré la copa», parecen demasiado obvias. Lo mismo ocurre cuando el vicio secreto de Iván es objeto de las burlas de un campesino borracho que le sigue en la nieve cerca de la casa en la que vive Smerdiakov (libro undécimo, capítulo 8). Dostoievski pretendía explicar la enfermedad en un artículo especial para Diario de un escritor, pero murió antes de poder hacerlo. En cualquier caso, la propia expresión «belaya goryachka» sugiere «depravación» de alguna clase y es un elemento importante para establecer la ambivalencia del autor hacia el personaje de Iván, que de otro modo podría adquirir un perfil demasiado señorial. Al «amar el pecado», Dostoievski desinfla sin cesar a los protagonistas de su drama, como si existiera el peligro de que su mítica grandeza pudiera oscurecer su debilidad y humanidad. Incluso «El Gran Inquisidor» es sólo un terrible y complejo delirio de un hombre desesperado.
El propio diablo, responsable de toda esta confusión y disminución, está sujeto a sus propias leyes y limitaciones. Es de la máxima importancia para él que se le perciba como una realidad concreta, equivalente a la de Cristo o los hermanos. Por ello, Dostoievski dedica una atención muy detallada a la apariencia externa del diablo, representándole como «un señor o, mejor dicho, cierto tipo de gentleman ruso de cierta edad, “qui frisait la cinquantainé”, como dicen los franceses, sienes algo entrecanas, cabellos bastante largos y espesos y barbita cortada en punta», y cuidando mucho su forma de hablar, con sus galicismos y sus frases de una jerga radical un tanto anticuada. Los críticos han especulado con la posibilidad de que Dostoievski basara su descripción en el personaje del publicista y escritor radical Alexander Herzen. Gran parte del capítulo «El diablo» se refiere a la realidad y la no realidad:
—Ni por un momento te tomaré por una verdad real —exclamó Iván, colérico—. Tú eres mentira, eres mi enfermedad, un fantasma. Lo único que no sé es la manera de aniquilarte, y veo que durante cierto tiempo tendré que sufrir. Eres una alucinación mía. Eres la encarnación de mi propia persona, aunque sólo de una parte... de mis ideas y sentimientos, de los más sucios y estúpidos. Desde este punto de vista podrías inspirarme curiosidad si tuviera tiempo de entretenerme contigo.
—Permíteme, permíteme, te he atrapado: antes, junto a la farola le dijiste a Aliosha: «¡Lo has sabido por él! ¿Cómo has sabido que él venía a verme?». Te referías a mí. Quiere decirse que por un instante creíste, creíste en mi existencia real —rió suavemente el gentleman.
«Sí, eso fue una debilidad de la naturaleza. pero yo no podía creer en ti. No sé si la última vez dormía o estaba despierto. Es posible que te viera en sueños y nada más.
No obstante, al final, el diablo pierde —pues le diable n’existepoint— y, sujeto a su propia ley de negación, a pesar de todo su anhelo de encarnarse «en una gruesa tendera que pese siete puds, entrar en la iglesia y ofrecer una vela de todo corazón», desaparece en la tormenta de nieve dejando sólo un par de velas consumidas y un vaso de té vacío.
La función del diablo es hacer sufrir al hombre, y tal vez involuntariamente empujarle en la dirección del libre albedrío y el amor. Sin embargo, esa segunda parte de la función es sólo un «tal vez». Lo que vemos en Los hermanos Karamázov—en sí misma la primera parte de un proyecto de novela mucho más amplio que no llegó a escribirse— es una compleja descripción del sufrimiento, el sufrimiento de un mundo donde lo bueno que se encuentra oculto en los hijos no puede manifestarse debido a los pecados de los padres, y donde los padres no pueden ser resucitados por la misma causa. Iván se vuelve loco, pero puede recuperarse; Mitia escoge veinte años de sufrimiento, y Aliosha, el «idiota», se queda, a falta de otro público, proclamando el evangelio de la fraternidad universal a una multitud de escolares rusos.
Las primeras reacciones a la novela en ruso fueron variadas, pero numerosas y animadas. «La novela se lee en todas partes, la gente me envía cartas, la lee la juventud, se lee en la alta sociedad, en literatura es denostada o alabada, y nunca hasta ahora, a juzgar por la impresión general que ha causado, he experimentado un éxito así», escribió Dostoievski el 8 de diciembre de 1879. No obstante, hasta que se publicó la obra, el autor esperó inquieto su acogida: «Tengo fiebre», le escribió a Pobedonóstsev el 16 de agosto de 1880:
No es que no crea en lo que yo mismo he escrito, pero siempre me atormentan las preguntas: ¿cómo será recibida?, ¿estará el público dispuesto a comprender la esencia del asunto?, ¿puede derivarse un mal y no un bien de la publicación de mis convicciones íntimas? Sobre todo porque siempre me veo obligado a expresar ciertas ideas sólo en su forma básica, una forma que está muy necesitada de mayor desarrollo y de un carácter más definitivo.
Aunque muchos de los contemporáneos de Dostoievski se mostraron entusiasmados con Los hermanos Karamázov —una reacción típica era verla como una galería de «tipos» rusos al estilo de Gógol—, algunos críticos fueron una excepción al señalar lo que les parecía un «psicologismo» y una preocupación excesivos del autor por la iniquidad humana. En 1879, antes de que se hubiese publicado la novela entera, un crítico comentó:
[...] el autor no deja en los malvados Karamázov ni una sola arruga fuera del alcance de su análisis psicológico. Ignoramos lo que el autor desarrollará en el futuro y creará sobre la base que ha preparado, pero de ciertas circunstancias es posible sacar la conclusión de que está preparando para sus lectores un drama terrible en el que Grúshenka interpretará uno de los papeles principales.
A juicio de otros, los únicos personajes positivos de la novela eran los monjes, una condena excesiva de la naturaleza humana. Quizá la reseña más famosa de Los hermanos Karamázov es la del escritor y publicista N. K. Mijáilovski, que acuñó la frase «talento cruel» para definir a Dostoievski, titulando con ella su artículo crítico. «Tras seleccionar una víctima idónea», escribió Mijáilovski,
Dostoievski quita a Dios de un modo tan simple y maquinal... como si destapase una sopera. A continuación observa: ¿cómo se comportará la víctima en esta situación? Huelga decir que esa víctima empieza a cometer enseguida una serie de crímenes más o menos infames. Pero eso no importa: para los crímenes está el sufrimiento que redime, seguido de un amor que lo perdona todo. Sin embargo, no para todo el mundo, y es ahí donde radica la polémica del asunto. Si la víctima, privada de Dios, empieza a retorcerse en convulsiones por los remordimientos, Dostoievski actúa con relativa piedad hacia ella: tras arrastrarla por toda una serie de infamias, la envía a trabajos forzados o a un «monje-consejero», y cuando está allí, autodegradada y humilde, extiende sobre ella el amor que todo lo perdona. Si la víctima es obstinada y muestra hasta el final «rebeldía», tal como se titula un capítulo característico de Los hermanos Karamázov, rebeldía contra Dios, el orden del universo y el sufrimiento obligatorio. Dostoievski hace que se ahorque, que se pegue un tiro o que se ahogue, tras exponerla una vez más a la villanía y los crímenes.
La opinión de Turgénev era radical: Dostoievski se revelaba como el Sade ruso. Ya hemos analizado las reacciones más benévolas aunque críticas de Konstantin Leontiev. Pero la interpretación más sensible de todas en el siglo XIX es quizá la que llegó unos diez años después de la publicación de la novela de la mano del enigmático filósofo Vasili Rózanov, amigo de Leontiev. En su estudio La leyenda del Gran Inquisidor (1890), Rózanov recompone la novela a partir de uno de sus capítulos, en el que Iván recita sus «versos» a Aliosha. Rózanov ve este capítulo como el corazón de la obra, del que deriva todo su significado y su energía creativa: la «leyenda», escribe, «constituye por así decirlo el alma de la obra entera, que se limita a agruparse a su alrededor como variaciones en torno a un tema. En este capítulo se oculta el pensamiento íntimo del autor, sin el cual no sólo esta novela sino muchas otras obras suyas nunca se habrían escrito». El largo ensayo contiene un análisis magistral de los «versos», cuyo aviso desesperado se considera un último y gran impulso paradójico hacia la regeneración moral mediante el reconocimiento de que la naturaleza humana tal como se formó en su origen debe considerarse indulgente y buena. El análisis de Rózanov concluye con las siguientes palabras:
La propia leyenda es su lamento más amargo, cuando, tras perder su inocencia y ser abandonado por Dios, se da cuenta de pronto de que ahora está completamente solo, con su debilidad, con su pecado, con la lucha de luz y oscuridad dentro de su alma. Superar esa oscuridad, ayudar a esa luz; eso es todo lo que puede hacer el hombre a su paso por la tierra, y lo que debe hacer a fin de calmar su conciencia angustiada, tan cargada, tan enferma, tan incapaz de seguir soportando sus sufrimientos. La clara percepción de los lugares respectivos de donde proceden esa luz y esa oscuridad puede fortalecerle más que ninguna otra cosa con la esperanza de que no está condenado a ser el escenario de su lucha durante toda la eternidad.
Rózanov se muestra vagamente optimista. No obstante, el propio Dostoievski, pese al clamoroso sentimiento del final que dio a la novela, confiaba menos en el futuro. En su cuaderno de apuntes para 1880-1881 hallamos el siguiente pasaje:
El diablo (explicación crítica, psicológica y detallada de Iván Fiódorovich y la aparición del diablo). Iván Fiódorovich es profundo, no como los ateos contemporáneos, que con su incredulidad sólo demuestran la estrechez de su perspectiva del mundo y la torpeza de sus estúpidas capacidades. [...] El nihilismo apareció entre nosotros porque todos somos nihilistas. Simplemente nos asustaba la nueva y original forma de su manifestación (todos somos Fiódor Pávlovich) [.] La conciencia sin Dios es un horror, puede perder su rumbo hasta alcanzar la inmoralidad absoluta. [.] El Inquisidor sólo es inmoral porque en su corazón, en su conciencia, ha logrado acomodar la idea de la necesidad de quemar a seres humanos. [.] El Inquisidor y el capítulo sobre los niños. En vista de estos capítulos se podría adoptar un enfoque académico, y sin embargo no tan altivo, de mí en lo que respecta a la filosofía, aunque la filosofía no es mi especialidad. Ni siquiera en Europa hay un poder tan grande de expresiones ateas, ni lo ha habido. Así pues, si creo en Cristo y le admito, no es como un muchacho, sino a través del gran crisol de duda por el que ha pasado mi himno a Dios, como le hago decir en esa misma novela mía al diablo.
DAVID MCDUFF
2003
CRONOLOGÍA
1821 Nace Fiódor Dostoievski en Moscú, hijo de Mijaíl Andréyevich, médico jefe del hospital pata pobres Marlinski, y María Fiódorovna, hija de una familia de comerciantes.
1823 Pushkin empieza Eugenio Oneguin.
1825 Revuelta decembrista.
1830 Levantamiento de las provincias polacas.
1831-1836 En varios internados en Moscú junto a su hermano Mijaíl (n.
1820).
1837 Pushkin muere en un duelo. Fallece la madre de los hermanos Dostoievski, que son enviados a una escuela preparatoria en San Petersburgo.
1838 Ingresa en la Academia de Ingenieros Militares de San Petersburgo como cadete del ejército (Mijaíl no es admitido).
1839 Fallece su padre, aparentemente asesinado por sus siervos en su propiedad.
1840 Un héroe de nuestro tiempo, de Lérmontov.
1841 Alcanza el rango de oficial. Entre sus primeras obras, perdidas en la actualidad, se incluyen dos obras teatrales históricas, Marta Estuardo y Boris Godunor.
1842 Atmas muertas, de Gógol. Es ascendido a subteniente.
1843 Se gradúa en la academia y le destinan al Cuerpo de Ingenieros del Ejército de San Petersburgo. Traduce Eugénie Grandet, de Balzac.
1844 Abandona el ejército. Traduce La derniere Aldini, de George Sand. Trabaja en Pohregente, su primera novela.
1845 Traba amistad con el crítico literario más destacado e influyente de Rusia, el liberal Visarión Belinski, que alaba Pobre gente y aclama a su autor como sucesor de Gógol.
1846 Publica Pobre gente y El doble. Aunque Pobre gente recibe grandes alabanzas, El doble alcanza mucho menos éxito. También publica «El señor Projarchin». Conoce al socialista utópico M. V. Butáshevich-Petrashevski.
1847 Trastornos nerviosos y primeras manifestaciones de la epilepsia. Publica Una novela en nueve varías, con varios relatos breves, entre los que se incluyen «La patrona», «Polzunkov», «Noches blancas» y «Corazón débil».
1848 Se publican diversos relatos breves, entre los que se incluyen «Un marido celoso» y «El árbol navideño y la boda».
1849 Se publica Niétochk,a Nezvánova. Es detenido y acusado de delitos políticos contra el Estado ruso. Es sentenciado a muerte y llevado a la plaza Semionovski para su fusilamiento, aunque se le suspende la pena momentos antes de la ejecución. En vez de ese castigo, es sentenciado a un período indefinido de exilio en Siberia que empieza con ocho años de trabajos forzados, más tarde reducidos a cuatro por el zar Nicolás I.
1850 Prisión y trabajo duro en Omsk, en el oeste de Siberia.
1853 Estallido de la guerra de Crimea. Empiezan los ataques epilépticos periódicos.
1854 Es liberado de la cárcel, pero le envían inmediatamente a cumplir el servicio militar obligatorio como soldado raso en el séptimo batallón de infantería de línea en Semipalatinsk, en el sudoeste de Siberia. Amistad con el barón Wrangel, gracias a la cual conoce a su futura esposa, María Dmítrievna Isáyeva.
1855 Alejandro II sucede a Nicolás I como zar: cierta relajación de la censura estatal. Es ascendido a suboficial.
1856 Es ascendido a teniente. Sigue teniendo prohibido abandonar Siberia.
1857 Se casa con la viuda María Dmítrievna.
1858 Trabaja en Stepánchikovo y sus habitantes y El sueño del tío.
1859 Se le permite volver a vivir en la Rusia europea; en diciembre los Dostoievski regresan a San Petersburgo. Se publican los primeros capítulos de Stepánchikovoj sus habitantes (la novela por entregas sale al mercado entre 1859 y 1861) y El sueño del tío.
1860 Fundación de Vladivostok. Mijaíl funda una revista literaria, Vremya (Tiempo). Dostoievski no trabaja oficialmente como redactor por sus antecedentes como recluso. Se publican los dos primeros capítulos de Memorias de la casa muerta.
1861 Emancipación de los siervos. Padres e hijos, de Turguénev. Empieza a editarse Vremya, que publica Humillados y ofendidos. Se edita la primera parte de Memorias de la casa muerta.
1862 Vremya publica la segunda parte de Memorias de la casa muerta y Un episodio vergonzoso. Hace su primer viaje al extranjero, por Europa occidental, en el que visita Inglaterra, Francia y Suiza. Conoce a Alexander Herzen en Londres.
1863 Vremya publica Notas de invierno sobre impresiones de verano. Después de que María Dmítrievna enferme gravemente vuelve a viajar al extranjero. Comienza una relación con Apollinaria Suslova.
1864 Primera parte de Guerra y paz, de Tolstói. En marzo funda con Mijaíl la revista Epoja (Época), sucesora de Vremya, prohibida por las autoridades rusas. Se publica Memorias del subsuelo en Epoja. En abril, muerte de María Dmítrievna. En julio, muerte de Mijaíl.
1865 Epoja deja de publicarse por falta de fondos. Se edita El cocodrilo. Suslova rechaza su proposición de matrimonio. Juega en el casino de Wiesbaden. Trabaja en Crimen y castigo.
1866 Dmitrii Karakózov intenta asesinar al zar Alejandro II. Se publican El jugador y Crimen y castigo.
1867 Rusia vende Alaska a Estados Unidos por 7.200.000 dólares. Se casa con su taquígrafa de veinte años, Anna Grigórievna Snítkina; la pareja se instala en Dresde.
1868 Nacimiento de su hija Sofia, que muere con sólo tres meses de edad. Se publica por entregas El idiota.
1869 Nacimiento de su hija Liubov.
1870 Nace V. I. Lenin en la ciudad de Simbirsk, a orillas del Volga. Se publica El eterno marido.
1871 Vuelve a San Petersburgo con su esposa y familia. Nacimiento de su hijo Fiódor.
1871-1872 Publicación por entregas de Los endemoniados.
1873 Primer khozdenie v naród (movimiento «Al pueblo»). Se convierte en redactor del semanario conservador Grazhdanin (El ciudadano), en el que se publica su Diario de un escritor como columna periódica. Se publica «Bobok».
1874 Es detenido y encarcelado de nuevo por delitos contra las leyes de censura política.
1875 Se publica El adolescente. Nace su hijo Alekséi.
1877 Se publican «Una criatura dócil» y «El sueño de un hombre ridículo» en Grazhdanin.
1878 Muerte de Alekséi. Trabaja en Los hermanos Karamázov.
1879 Nace en Gori (Georgia) Iósif Vissariónovich Dzhugashvili (conocido posteriormente como Stalin). Se publica la primera parte de Los hermanos Karamázov.
1880 Se edita Los hermanos Karamázov (en su forma completa). Anna crea un servicio de libros a través del cual las obras de su marido pueden encargarse por correo. Su discurso en Moscú en la inauguración de un monumento a Pushkin es acogido con enorme entusiasmo.
1881 Asesinato del zar Alejandro II (1 de marzo). Muere Dostoievski en San Petersburgo (28 de enero). Es enterrado en el cementerio del monasterio de Alejandro Nevski.
Los hermanos Karamázov
ADVERTENCIA DEL AUTOR
Al empezar a describir la vida de mi héroe, Alexei Fiódorovich Karamázov, me siento un tanto perplejo. Me explicaré: aunque lo llamo héroe, sé muy bien que se trata de una persona sin grandeza alguna, razón por la cual preveo inevitables preguntas por el estilo de ¿qué tiene de notable su Alexei Fiódorovich para que usted lo haya elegido como héroe? ¿Por qué yo, lector, debo perder el tiempo en el estudio de los acontecimientos de su vida?
La última pregunta es la más fatídica, pues a ella sólo puedo contestar: «Acaso lo vea si lee la novela.» Mas ¿y si la lee y no lo advierte, si no acepta que mi Alexei Fiódorovich es una persona notable? Hablo así porque, con dolor de corazón, lo preveo. Para mí es notable, pero dudo mucho que sepa demostrarlo al lector. La cuestión estriba en que acaso se trate de una personalidad, pero es una personalidad no definida, no manifestada claramente. Por lo demás, sería extraño exigir de la gente claridad en un tiempo como el nuestro. Una cosa, acaso, es indudable: se trata de una persona rara, incluso extravagante. Pero la rareza y la extravagancia más bien perjudican que dan derecho a que se preste atención, en particular cuando todos aspiran a unir las particularidades y encontrar algo común en el universal desbarajuste. Y el extravagante, en la mayoría de los casos es una particularidad, es singularización. ¿No es cierto?
Si ustedes no aceptan esta última tesis y replican: «No es así», o «no siempre es así», me reafirmaré en cuanto a la significación de mi héroe, de Alexei Fiódorovich. Porque no sólo el extravagante «no es siempre» particularidad y singularización, sino que, al contrario, suele ocurrir que a veces lleva en sí la médula del todo, mientras que las restantes personas de su época, todas, impulsadas por una ráfaga de viento, se apartaron por algún tiempo de él...
Por lo demás, no me adentraría en estas explicaciones, muy poco interesantes y confusas, y empezaría simplemente, sin preámbulo alguno: si gusta, de todas maneras lo leerán; pero lo malo es que dispongo de una vida para describir, mientras que las novelas son dos. La novela principal, la segunda, se refiere a las actividades de mi héroe ya en nuestro tiempo, en el momento actual que ahora vivimos. Y la primera transcurrió hace ya treinta años y casi no es siquiera una novela, sino que se trata sólo de un momento de la primera juventud de mi héroe. Prescindir de esta primera novela me es imposible, porque entonces resultaría incomprensible mucho de lo que ocurre en la segunda. Pero, de este modo, aún se complica más mi dificultad inicial: si yo, es decir, el propio biógrafo, encuentro que un héroe tan modesto e indefinido no es bastante para ocupar una novela, ¿cómo presentarme con dos y cómo explicar esta insolencia mía?
Perdido en la solución de estos problemas, me decido a prescindir de ellos sin darles solución alguna. Claro que el lector perspicaz ya había adivinado que era eso lo único que yo buscaba, y únicamente me reprochará que gasto en balde palabras estériles y un tiempo precioso. A esto contestaré con precisión: he gastado palabras estériles y un tiempo precioso, primero, por cortesía, y, segundo, por astucia: después de todo, podré decir: ya lo había advertido. Por lo demás, yo mismo celebro que mi novela se haya escindido por sí misma en dos relatos «conservando la unidad esencial del todo»: una vez haya conocido el primero, el propio lector decidirá si merece la pena continuar con el segundo. Claro que nadie está obligado a nada, puede cerrar el libro a las dos páginas del primer relato y no volverlo a abrir. Pero hay lectores tan bien educados, que forzosamente quieren leer hasta el fin para no equivocarse en su juicio desapasionado; así son, por ejemplo, todos los críticos rusos. Pues bien, ante esos lectores uno se siente más tranquilo: a pesar de toda su escrupulosidad y buena voluntad, les doy el pretexto más legítimo para abandonar el relato en el primer episodio de la novela. Y esto es todo el prefacio. Estoy completamente de acuerdo en que sobra, pero como ya está escrito, ahí queda.
Y ahora, manos a la obra.
PRIMERA PARTE
LIBRO PRIMERO
Historia de una familia
Capítulo primero
Fiódor Pávlovich Karamázov
Alexei Fiódorovich Karamázov era el tercer hijo de Fiódor Pávlovich Karamázov, un terrateniente de nuestro distrito tan conocido en tiempos (y hasta ahora se le recuerda) por su trágico y oscuro fin, que sucedió hace treinta años justos y del que hablaré llegado el momento. Ahora me limitaré a decir de este «terrateniente» (así lo llamaban, aunque en toda su vida apenas si se le vio en su hacienda) que era un tipo raro, aunque se da bastante a menudo, un tipo de hombre no sólo ruin y corrompido, sino también estúpido, pero de esos estúpidos que saben arreglar muy bien sus asuntos económicos, y nada más que estos, a lo que parece. Fiódor Pávlovich, por ejemplo, había empezado casi de la nada, era un terrateniente de lo más modesto, procuraba sentarse a comer en mesas ajenas, parecía con aficiones de parásito, pero a la hora de su muerte en su casa aparecieron cien mil rublos en dinero contante y sonante. Y al mismo tiempo, sin embargo, durante su vida entera fue uno de los tipos más estrambóticos y estrafalarios de todo el distrito. Lo repito: no se trataba de estupidez; la mayoría de estos tipos estrambóticos son generalmente bastante listos y astutos, se trata de extravagancia, y además de una extravagancia particular, nacional.
Estuvo casado dos veces y tuvo tres hijos: el mayor, Dmitri Fiódorovich, de la primera mujer, y los otros dos, Iván y Alexei, de la segunda. La primera esposa de Fiódor Pávlovich procedía de una familia bastante rica y linajuda, los Miúsov, también terratenientes de nuestro distrito. Cómo pudo suceder que una muchacha con buena dote, hermosa además y, para colmo, viva e inteligente —de esas muchachas tan comunes en nuestra generación actual, pero que aparecieron en la pasada— se casase con aquella nulidad, con aquel «enclenque», como todos lo llamaban entonces, es algo que no entraré a explicarlo. Porque yo conocí a una muchacha de la pasada generación «romántica» que después de algunos años de enigmático amor a cierto caballero, con el que, por lo demás, se podía haber casado tranquilamente, terminó imaginando invencibles obstáculos y una noche de tormenta acabó por arrojarse a un río bastante profundo y rápido desde una alta orilla, semejante a un acantilado, y murió víctima de su propio capricho, únicamente para parecerse a la Ofelia de Shakespeare, hasta tal punto que si este acantilado, en el que ella se había fijado mucho antes y tanto le atraía, no hubiese sido tan pintoresco, si hubiera habido una prosaica orilla llana, acaso no hubiese llegado al suicidio. Este hecho es verídico y hay que pensar que en nuestra vida, en las dos o tres últimas generaciones, se habrán producido bastantes casos del mismo género. Algo parecido fue el caso de Adelaida Ivánovna Miúsova; fue, sin duda, eco de un soplo ajeno y también una idea fruto de la irritación. Acaso quisiera dar muestra de independencia femenina, ir contra las condiciones sociales, contra el despotismo de su linaje y su familia; acaso su obsequiosa fantasía le persuadiera, supongamos, por un instante, de que Fiódor Pávlovich, a pesar de su vocación de parásito, era uno de los hombres más atrevidos y burlones de aquella época —afortunadamente pasada—, mientras que no pasaba de ser un bufón de malas intenciones. Lo picante del caso es que todo se consumó mediante un rapto, y esto seducía mucho a Adelaida Ivánovna. En lo que se refiere a Fiódor Pávlovich, hasta por su origen social estaba entonces incluso muy preparado para semejantes aventuras, pues deseaba apasionadamente labrarse un porvenir costase lo que costase; emparentar con una buena familia y recibir la dote era algo muy atrayente. Por lo que afecta al mutuo amor, parece que no lo había en absoluto, ni por parte de la novia ni por la de él, a pesar de la belleza de Adelaida Ivánovna. De tal suerte que acaso éste fue el único caso en toda la vida de Fiódor Pávlovich, que siempre fue muy lascivo y que en todo momento se mostraba dispuesto a arrimarse a cualquier falda, en cuanto se le hacía un guiño. Fue la única mujer que, en lo que se refiere a la pasión, no produjo en él impresión particular.
Adelaida Ivánovna, inmediatamente después del rapto se dio cuenta de que lo único que sentía hacia su marido era desprecio. De este modo, las consecuencias del casamiento aparecieron con extraordinaria rapidez. Aunque la familia aceptó el hecho bastante pronto y entregó a la fugada su dote, entre los cónyuges empezó la vida más desordenada, una eterna sucesión de querellas. Se contaba que la joven esposa se mostró incomparablemente más noble y de mayor alteza de miras que Fiódor Pávlovich, quien, según ahora se sabe, le sacó inmediatamente, de un golpe, los veinticinco mil rublos que acababa de recibir, de tal manera que aquello fue como si te he visto no me acuerdo. La pequeña aldea y la casa de la ciudad, bastante buena, que también le habían correspondido por la dote, durante largo tiempo él se esforzó en ponerlas a su nombre mediante escritura, y a buen seguro lo habría conseguido, aunque sólo fuese por el desprecio y aversión que a ella inspiraban sus constantes y desvergonzadas exacciones y súplicas, por simple cansancio espiritual, sólo para que la dejase tranquila. Felizmente intervino la familia de Adelaida Ivánovna y puso coto al latrocinio. Se sabe de buena tinta que las riñas entre los cónyuges se sucedían bastante a menudo, mas, según se dice, quien pegaba no era Fiódor Pávlovich, sino Adelaida Ivánovna, dama impulsiva, arriscada, morena, de poca paciencia y dotada de notable fuerza física. Acabó por dejar la casa y abandonar a Fiódor Pávlovich en compañía de un maestro seminarista que no tenía dónde caerse muerto, quedando el marido con Mitia, que entonces era un niño de tres años. Fiódor Pávlovich convirtió al instante la casa en un verdadero harén, en el que se sucedían las borracheras más desenfrenadas; en los entreactos recorría casi toda la provincia y se quejaba entre lágrimas a quien le salía al paso de Adelaida Ivánovna, que le había abandonado, añadiendo tales pormenores de su vida conyugal, que resultaban hasta vergonzosos. Pero lo principal es que parecía agradarle desempeñar ante todos el papel de marido burlado y describir con gran lujo de colores los detalles de su agravio. «Parece como si le hubieran dado un buen cargo, Fiódor Pávlovich, por lo contento que se encuentra a pesar de su desgracia», le decían los burlones. Muchos agregaban incluso que él estaba contento de mostrarse como bufón bajo un nuevo aspecto y que a propósito, para producir más risa, hacía como si no se diese cuenta de lo cómico de su situación. Quién sabe, acaso procedía ingenuamente. Por fin dio con la pista de la fugitiva. La infeliz apareció en Petersburgo, a donde se había trasladado con su seminarista y donde se había entregado sin reserva a la emancipación más completa. Fiódor Pávlovich empezó inmediatamente los preparativos para trasladarse a Petersburgo. ¿Para qué? Claro que ni él mismo lo sabía. A decir verdad, acaso en un primer momento hubiera ido; pero una vez adoptada tal decisión, se consideró en el derecho particular, para cobrar ánimos antes de ponerse en camino, de entregarse de nuevo a la más desenfrenada borrachera. Y justamente en ese tiempo la familia de ella recibió noticias de que había muerto en Petersburgo. Había muerto de repente en una buhardilla, según unos del tifus, y según otros de hambre. Cuando Fiódor Pávlovich supo la muerte de su esposa, estaba borracho perdido; según dicen, salió a la calle y empezó a gritar, levantando los brazos con gran contento: «Ya estoy libre»; según otros rompió a llorar desconsoladamente, como un niño pequeño, hasta tal punto que, añaden, causaba pena verlo, a pesar de la repugnancia que despertaba. Es muy posible que ocurriese lo uno y lo otro, que se alegrase de su liberación y llorase por su libertadora, todo a un tiempo. En la mayoría de los casos la gente, incluso los malvados, son mucho más ingenuos y simples de lo que nos figuramos. Y también nosotros mismos.
Capítulo segundo
Se desentiende del primer hijo
Claro que podemos imaginarnos qué educador y qué padre podía ser este hombre. Como padre sucedió precisamente lo que debía suceder, es decir, abandonó por completo al hijo habido con Adelaida Ivánovna, y no por rencor hacia él o por un sentimiento de marido ofendido: simplemente, lo olvidó por completo. Mientras importunaba a todos con sus lágrimas y lamentaciones y convertía su casa en un antro de corrupción, Mitia, a la sazón un niño de tres años, pasó a los cuidados de Grigori, fiel servidor de la casa; de no ser por él, es muy probable que no hubiese habido ni quien le cambiara de camisa. A esto se añadió que la familia del chico por parte de madre también pareció olvidar su existencia en los primeros tiempos. El abuelo, es decir, el propio señor Miúsov, padre de Adelaida Ivánovna, no se contaba ya entre los vivos; su viuda, la abuela de Mitia, que se había trasladado a Moscú, estaba demasiado achacosa y las hermanas se habían casado. De tal suerte, casi todo el primer año Mitia lo pasó al cuidado de Grigori, y con él vivió en la isba de la servidumbre. Por lo demás, si el papaíto se hubiese acordado de él (no podía, en realidad, ignorar su existencia), lo habría enviado de nuevo a la isba, ya que el niño, después de todo, significaría un estorbo para sus escándalos. Pero las cosas rodaron de tal modo, que regresó de París un primo de Adelaida Ivánovna, Piotr Alexándrovich Miúsov, que más tarde había de vivir muchos años en el extranjero, y que a la sazón era muy joven, pero una persona muy particular entre los Miúsov; era culto, acostumbrado a vivir en la capital, que había viajado por el extranjero, europeo toda su vida y, en fin, liberal de los años 40 y 50. Había mantenido relación con muchas de las personas más liberales de su época, lo mismo de Rusia que de otros países, y había conocido personalmente a Proudhon y a Bakunin; ya al término de sus peregrinaciones le agradaba particularmente recordar y referir los tres días de la revolución de febrero del 48 en París, casi dejando entender que había estado él mismo en las barricadas. Era uno de los más gratos recuerdos de su juventud. Su fortuna le hacía independiente, según entonces se estimaba, era propietario de cerca de mil almas. Su magnífica hacienda se encontraba a la salida misma de nuestra pequeña ciudad y lindaba con las tierras de nuestro famoso monasterio, con el que Piotr Alexándrovich, todavía muy joven, en cuanto se hizo cargo de la herencia, no tardó en entablar un interminable proceso sobre ciertos derechos a pescar en el río o a efectuar ciertos cortes de madera en el bosque —no lo sé a ciencia cierta—, pero como hombre culto se consideró en el deber cívico de ponerles pleito a los «clericales». Al saber todo lo de Adelaida Ivánovna, a la que recordaba y hasta en tiempos se había fijado en ella, y al tener noticia de la existencia de Mitia, intervino en el asunto, a pesar de su juvenil indignación y del desprecio que sentía hacia Fiódor Pávlovich. Entonces es cuando conoció a éste. Le manifestó abiertamente que deseaba encargarse de la educación del niño. Luego había de contar largamente, como un rasgo característico, que cuando habló a Fiódor Pávlovich, de Mitia, el otro pareció como si no entendiese en absoluto de qué niño se trataba y hasta pareció asombrarse de que en su casa tuviera un hijo pequeño. Aun en el supuesto de que en el relato de Piotr Alexándrovich hubiera un punto de exageración, en todo caso algo había de verdad. Pero lo cierto es que Fiódor Pávlovich fue toda su vida aficionado a representar un papel inesperado, sobre todo cuando no había necesidad alguna e incluso él mismo resultaba perjudicado, como en el caso que nos ocupa, por ejemplo. Este rasgo por lo demás, es propio de muchísimas personas, y hasta muy inteligentes, y no sólo de Fiódor Pávlovich. Piotr Alexándrovich tomó la cosa con calor e incluso fue designado (juntamente con Fiódor Pávlovich) tutor del pequeño, porque, a pesar de todo, después de la muerte de la madre habían quedado ciertos bienes, una casa y algunas tierras. Mitia, en efecto, pasó a vivir con este tío segundo; pero, en realidad, éste carecía de familia, y él, en cuanto hubo puesto en orden los ingresos que su hacienda le proporcionaba, se apresuró a volver a París, esta vez para mucho tiempo, por lo que dejó el niño al cuidado de cierta señora de Moscú, que era prima segunda suya. Las cosas rodaron de tal manera que ya instalado en París, se olvidó del niño, sobre todo al sobrevenir aquella revolución de febrero, que tanto le había impresionado y que ya no pudo olvidar en toda su vida. Por lo que hace a la señora de Moscú, murió, y Mitia pasó a una de sus hijas casadas. Parece ser que volvió a cambiar por cuarta vez de nido. Pero no me extenderé ahora sobre esto, tanto más que aún queda mucho que contar acerca de ese primogénito de Fiódor Pávlovich; me limitaré a los informes más indispensables, sin los que me sería imposible incluso empezar la novela.
En primer lugar, este Dmitri Fiódorovich no era más que uno de los tres hijos de Fiódor Pávlovich; creció convencido de que, a pesar de todo, poseía ciertos bienes y de que al alcanzar la mayoría de edad sería independiente. Su juventud y sus años mozos transcurrieron desordenadamente: no llegó a terminar los estudios del gimnasio, luego fue a parar a una Academia militar, más tarde se vio en el Cáucaso, ascendió, lo degradaron, fue repuesto, siempre fue aficionado a la juerga y derrochó bastante dinero. Hasta la mayoría de edad no recibió nada de Fiódor Pávlovich, y entretanto contrajo deudas. A Fiódor Pávlovich, su padre, lo conoció y vio por primera vez, ya mayor de edad, cuando vino a nuestra ciudad con el propósito de tener una explicación con él acerca de sus bienes. Parece ser que su progenitor no le agradó entonces; permaneció con él muy poco tiempo y se fue en cuanto recibió de él cierta suma y llegaron a cierto convenio respecto a la percepción en el futuro de las rentas de la finca, aunque (hecho digno de señalarse) no pudo obtener de Fiódor Pávlovich informes concretos sobre la cuantía de las rentas ni sobre el valor de la hacienda. Fiódor Pávlovich advirtió entonces, ya en el primer momento (y esto debemos recordarlo), que Mitia tenía una idea exagerada y falsa de su fortuna. Esto le agradó mucho, en consideración a sus miras personales. Dedujo que el joven era ligero de cascos, fogoso y apasionado, impaciente, aficionado a la juerga, y que se conformaría con recibir algo, siquiera fuera de momento, algo que le bastase por poco tiempo. Fiódor Pávlovich empezó a explotar estas cualidades del joven, es decir, a limitarse a pequeños envíos que hacía de vez en cuando, y las cosas llegaron al extremo de que cuando, cuatro años más tarde, Mitia, perdida la paciencia, se presentó de nuevo en nuestra ciudad con la idea de liquidar los asuntos con su padre, resultó, con gran asombro de su parte, que no tenía nada en absoluto, incluso era difícil poner en claro las cuentas; que a cambio del dinero recibido había cedido todo el valor de sus bienes a Fiódor Pávlovich, y acaso le debiera algo todavía; que en virtud de convenios que él mismo había aceptado, no tenía derecho a exigir nada más, etc., etc. El joven quedó estupefacto, sospechó haber sido víctima de un engaño, se descompuso y pareció como si hubiese perdido el juicio. Y esta circunstancia condujo a la catástrofe, la exposición de la cual constituirá el objeto de mi primera novela, que sirve de introducción a la segunda, o mejor dicho, es su parte exterior. Mas, mientras paso a esta novela, necesito hablar de los otros dos hijos de Fiódor Pávlovich, hermanos de Mitia, y explicar su procedencia.
Capítulo tercero
Segundo matrimonio y nuevos hijos
Muy poco después de haberse desprendido de Mitia, a la sazón de cuatro años, Fiódor Pávlovich se casó por segunda vez. Este segundo matrimonio duró ocho años. Tomó también por esposa a una muchacha muy joven, Sofía Ivánovna, que procedía de otra provincia, a la cual había ido él para realizar unas pequeñas ventas en compañía de cierto judío. Fiódor Pávlovich, aunque aficionado a la juerga, a la bebida y al escándalo, no cesaba nunca de ocuparse de la inversión de sus capitales, y arreglaba sus asuntos siempre con éxito, aunque, se entiende, casi siempre de manera poco honrada. Sofía Ivánovna era una «huérfana» que había perdido a sus padres siendo niña; era hija de un modesto diácono y había crecido en la rica casa de la generala viuda Vorójova, que fue su bienhechora, educadora y torturadora. No conozco los detalles, pero he oído decir que la ahijada —una muchacha tímida, humilde y sumisa— fue descolgada en una ocasión de la cuerda con que había pretendido ahorcarse, atándola a un clavo del desván: hasta tal punto le resultaba difícil soportar el mal genio y los eternos reproches de esta vieja, no mala al parecer, pero a quien la ociosidad había convertido en una déspota insufrible. Fiódor Pávlovich pidió su mano, se solicitaron informes de él y fue rechazado; y como en el primer matrimonio, propuso a la huérfana el rapto. Es muy posible que ella no le hubiese aceptado por nada del mundo si hubiese sabido a su debido tiempo de quién se trataba. Pero la cosa ocurrió en otra provincia; además, ¿qué podía comprender una muchacha de dieciséis años como no fuese que era preferible tirarse al río a seguir en casa de su protectora? Así, la infeliz cambió la protectora por el protector. Fiódor Pávlovich no recibió esta vez ni un solo kopek, porque la generala se enfadó, no dio nada y, por añadidura, maldijo a los dos; pero él no contaba en esta ocasión con la dote, lo único que le atraía era la notable belleza de la ingenua muchacha, y sobre todo su inocente aspecto, que impresionó profundamente a aquel hombre lascivo y hasta entonces aficionado únicamente a la grosera belleza femenil. «Estos ojos inocentes fueron como una navaja de afeitar que me cortase el alma», solía decir más tarde, con su risita repugnante. Por lo demás, un hombre pervertido no podía sentir más que una atracción voluptuosa. Al no recibir recompensa alguna, Fiódor Pávlovich no guardó el menor miramiento con su mujer, valiéndose del hecho de que ella, por así decirlo, era «culpable» ante él y de que casi «le había quitado el dogal del cuello», y aprovechándose también de su fenomenal docilidad y sumisión, llegando a pisotear las más vulgares conveniencias conyugales. En su misma casa, delante de la propia esposa, se reunían mujeres de vida airada y se celebraban verdaderas orgías. Como rasgo característico, añadiré que el criado, Grigori, hombre sombrío, estúpido y que siempre insistía en sus razones, que había odiado a la señora anterior, Adelaida Ivánovna, esta vez tomó partido por la nueva esposa, a la que defendía y por la que reñía con Fiódor Pávlovich utilizando expresiones casi intolerables en un servidor; en una ocasión llegó a poner término a una de tantas orgías, echando a viva fuerza a todas las mujerzuelas que se habían reunido. A consecuencia de todo esto, la desgraciada mujer, que desde su infancia había vivido atemorizada por todos, acabó por contraer una enfermedad nerviosa, que abunda sobre todo entre las aldeanas, a las que por esta razón se las considera histéricas. A consecuencia de esta enfermedad, que iba acompañada de terribles ataques nerviosos, en ocasiones llegaba incluso a perder la razón. No obstante, dio a Fiódor Pávlovich dos hijos, Iván y Alexei, el primero cuando llevaban un año casados y el segundo tres años más tarde. Al morir, el pequeño Alexei tenía tres años y, aunque parezca extraño, sé que recordó a su madre toda su vida: como a través de un sueño, se comprende. A la muerte de ella los dos muchachos sufrieron exactamente la misma suerte que el primero, Mitia: fueron olvidados por completo y abandonados por el padre, yendo a parar también a las manos de Grigori y a la misma isba del criado. En ella los encontró la vieja y autoritaria generala, bienhechora y educadora de su madre. No había muerto y nunca, durante los ocho años, había podido olvidar la ofensa sufrida. Todo este tiempo se había procurado informes exactos sobre la vida de su «Sofía», y al saber que estaba enferma y, enterarse del ambiente que le rodeaba, un par de veces dijo en voz alta a las mujeres que habían encontrado cobijo en su casa: «Bien merecido lo tiene, Dios se lo manda en castigo de su ingratitud.»
A los tres meses justos de la muerte de Sofía Ivánovna, la generala se presentó inesperadamente en nuestra ciudad y se dirigió directamente a la casa de Fiódor Pávlovich. No permaneció entre nosotros más de media hora, pero fue mucho lo que hizo. Era al atardecer. Fiódor Pávlovich, al que ella no había visto en los ocho años, salió a recibirla un tanto ebrio. Cuentan que de buenas a primeras, sin explicación alguna, nada más verlo, le dio un par de sonoras bofetadas y tres tirones de pelo, después de lo cual, sin pronunciar una sola palabra, se dirigió directamente a la isba donde estaban los dos chicos. A la primera mirada advirtió que estaban sin lavar y con la ropa sucia; sacudió otra bofetada al propio Grigori y le anunció que se llevaba a los dos niños; tal como se encontraban, los envolvió en una manta, los acomodó en su coche y los llevó a su ciudad. Grigori soportó esta bofetada como buen siervo, no dijo palabras groseras y al acompañar a la vieja señora hasta el coche le hizo una profunda inclinación diciéndole gravemente que «Dios le pagaría lo que hacía por los huérfanos». «¡Después de todo eres un mastuerzo!», le gritó la generala al partir. Fiódor Pávlovich, tras considerar lo ocurrido, encontró bien el asunto, y más tarde no se retractó ni en un solo punto de su consentimiento formal de que la generala se encargase de la educación de sus hijos. En cuanto a los bofetones recibidos, él mismo se encargó de contarlo por toda la ciudad.
Sucedió que la generala murió de ahí a poco, pero con tiempo para dejar mil rublos a cada uno de los pequeños «para sus estudios y a condición de que este dinero sea invertido íntegra y obligatoriamente en ellos, pero de tal manera que baste hasta su mayoría de edad, pues para estos niños es más que suficiente, y si alguien quiere, que abra él mismo la bolsa», etc. Yo no he leído el testamento, pero he oído decir que había algo por el estilo, en unas expresiones demasiado peculiares. Sin embargo, el heredero principal de la vieja fue un hombre honesto, el mariscal de la nobleza de la provincia en que ella vivía, llamado Efim Petróvich Polénov. Este escribió a Fiódor Pávlovich y al momento comprendió que no se le podría sacar nada para la educación de los niños (aunque nunca se negó abiertamente, limitándose en estos casos a dar largas al asunto, y a veces explayándose en sus eternos sentimientos); entonces los tomó personalmente a su cargo y cobró particular cariño al menor, Alexei, de tal suerte que éste se crió durante largo tiempo en el seno de su familia. Ruego al lector que lo tenga presente desde el comienzo mismo. Y si los jóvenes debían a alguien su educación y sus estudios, fue precisamente a este Efim Petróvich, hombre nobilísimo y muy humano, una persona como pocos se encuentran. No tocó para nada los rublos que la generala había dejado a los pequeños, de manera que al alcanzar la mayoría de edad, unidos a los réditos, ascendían a dos mil para cada uno; los crió a sus expensas y, naturalmente, gastó mucho más de los mil que habían heredado cada uno. Tampoco entraré por ahora en los pormenores de su infancia y su juventud, me limitaré a las circunstancias principales. Por lo demás, del mayor, Iván, diré que se convirtió en un adolescente sombrío y recluido en sí mismo, aunque nada tímido, sino como si desde los diez años hubiese tenido conciencia de que, a pesar de todo, se encontraba en una familia que no era la suya y a favor de la merced ajena, y de que su padre era un individuo del que daba vergüenza hasta hablar de él, etc. Este muchacho reveló ya casi desde la infancia (al menos así se decía) una brillante y extraordinaria capacidad para el estudio. No sé exactamente lo sucedido, pero lo cierto es que de la familia de Efim Petróvich se separó casi a los trece años, pasando a un gimnasio de Moscú y a la pensión de un experto pedagogo, entonces famoso y amigo de la infancia de Efim Petróvich. El propio Iván contaba más tarde que todo había sido consecuencia del «ardor por las nuevas causas» de Efim Petróvich, encariñado con la idea de que un muchacho de tan geniales facultades debía ser encomendado a un educador genial. Por lo demás, ni Efim Petróvich ni el genial educador vivían cuando el joven, acabados los estudios del gimnasio, ingresó en la Universidad. Como Efim Petróvich no había dispuesto bien las cosas y, a consecuencia de dilaciones y formalidades en absoluto inevitables, tardó en recibir el legado de la despótica generala, que con los intereses ascendía ya a dos mil rublos, los dos primeros años de Universidad fueron para el joven muy duros, de tal suerte que se vio obligado a ganar para su sustento a la vez que estudiaba. Hay que observar que ni siquiera entonces intentó ponerse en comunicación con su padre: acaso por orgullo, movido por el desprecio que sentía hacia él, o acaso porque el frío razonamiento le decía que ninguna ayuda seria recibiría por este lado. Como quiera que fuese, el joven no se desanimó en absoluto y consiguió trabajo, primero dando lecciones a veinte kopeks y luego recorriendo las redacciones de los periódicos para ofrecer sueltos de diez líneas referentes a sucesos callejeros con la firma de «Un testigo». Estos sueltos, según dicen, estaban redactados de manera muy curiosa y picante, por lo que no tardaron en hacerse populares; ya en ello el joven mostró su superioridad práctica e intelectual sobre esa numerosa, eternamente necesitada y desgraciada juventud estudiantil de ambos sexos, que en las capitales suele llamar de la mañana a la noche a la puerta de distintos periódicos y revistas sin saber imaginar nada mejor que la eterna repetición de un mismo ruego acerca de traducciones del francés o de hacer copias. Una vez se hubo familiarizado con las redacciones, Iván Fiódorovich no rompió los lazos con ellas, y durante los últimos años de la Universidad publicó críticas muy inteligentes de libros sobre diversos temas especiales, de tal manera que hasta adquirió un renombre en los medios literarios. Por lo demás, sólo últimamente consiguió, por verdadero azar, llamar la atención particular en un círculo más amplio de lectores, de tal modo que muchísimos de ellos se fijaron en él y retuvieron su nombre. Fue un caso bastante curioso. Ya después de terminados los estudios en la Universidad y cuando se disponía a hacer un viaje al extranjero con sus dos mil rublos, Iván Fiódorovich publicó en uno de los periódicos principales un extraño artículo que llamó la atención hasta de los no especialistas y, sobre todo, que trataba de un asunto del que él no sabía nada, porque lo que había estudiado eran Ciencias Naturales. El artículo se refería a la cuestión, entonces muy debatida, de los tribunales eclesiásticos. Examinaba alguna de las opiniones ya manifestadas al particular y exponía su criterio personal. Lo principal estaba en el tono y en la conclusión, muy inesperada. No obstante, muchos eclesiásticos tomaron al autor como uno de los suyos. Y de pronto, junto con ellos, no sólo los partidarios de la justicia civil, sino incluso los mismos ateos, se unieron a los aplausos. En último término, ciertas personas perspicaces decidieron que todo el artículo no era más que una farsa y una burla insolente. Si recuerdo este caso es porque el artículo llegó hasta nuestro famoso monasterio de los alrededores de la ciudad, donde el problema de los tribunales eclesiásticos interesaba en general: en él produjo la mayor de las perplejidades. Al conocer el nombre del autor, se interesaron por la circunstancia de ser natural de nuestra ciudad e hijo de «ese Fiódor Pávlovich». Y así las cosas, inopinadamente, se presentó entre nosotros el propio autor.
¿Para qué venía Iván Fiódorovich? Recuerdo que ya entonces me hice esta pregunta con cierta inquietud. Esta llegada tan fatal, que fue el comienzo de tantas consecuencias, mucho tiempo después siguió siendo para mí un asunto nada claro. Juzgando en general, resultaba extraño que un joven tan culto, tan orgulloso y al parecer tan prudente, se presentase de pronto en una casa tan indecorosa como aquella, llegase a un padre que nunca había querido saber nada de él, no lo había recordado y ni siquiera le habría dado un céntimo si se lo hubiera pedido; un padre cuyo único temor era que sus hijos, Iván y Alexei, vinieran en alguna ocasión a pedirle dinero. Pues bien, el joven se instaló en la casa de ese padre, vivió con él un mes y otro y ambos se entendían perfectamente. Esto último nos asombró no sólo a mí, sino a muchos. Piotr Alexándrovich Miúsov, pariente lejano de Fiódor Pávlovich por su primera mujer, del que antes hablaba, apareció de nuevo entre nosotros, en su hacienda de los alrededores de la ciudad, procedente de París, donde ya se había acomodado definitivamente. Recuerdo que él se asombró muy particularmente, más que nadie, después que hubo conocido al joven, que le interesó extraordinariamente y con el que, no sin cierto dolor interno, a veces tenía sus altercados en los que medían los conocimientos de cada uno. «Es orgulloso —nos decía entonces refiriéndose a él—, siempre sabrá conseguir el kopek, tiene ahora recursos para ir al extranjero; entonces ¿qué ha venido a buscar aquí? Está claro que no ha venido en busca de dinero, porque, en todo caso, el padre no se lo dará. No le agradan el vino y la depravación, y, mientras tanto, el viejo no puede prescindir de él, ¡se entienden perfectamente!» Esto era verdad; el joven tenía visible ascendencia sobre el viejo; éste casi había empezado a veces a hacerle caso, aunque en ocasiones era muy voluntarioso y hasta se mostraba colérico; incluso empezó a conducirse más decorosamente...
Sólo más tarde se puso en claro que Iván Fiódorovich había llegado, en parte, a instancias de su hermano mayor, Dmitri Fiódorovich, a quien por primera vez desde su nacimiento vio y conoció casi por aquel entonces, con ocasión de aquel mismo viaje, pero con el que, sin embargo, había mantenido correspondencia sobre un asunto importante que se refería más particularmente a Dmitri Fiódorovich. De este asunto el lector tendrá a su tiempo noticia completa y con todos los pormenores. Sin embargo, incluso cuando yo supe de esta circunstancia particular, Iván Fiódorovich me pareció una persona tan enigmática como antes y seguí sin explicarme su llegada.
Añadiré que Iván Fiódorovich parecía entonces más bien un mediador que tratase de conciliar al padre con su hermano mayor, Dmitri Fiódorovich, que por aquel entonces había iniciado un gran pleito con aquél y hasta había presentado una demanda judicial en toda regla.
La familia, lo repito, se vio entonces reunida por primera vez, algunos de sus miembros no se habían visto jamás. Solamente el hijo menor, Alexei Fiódorovich, llevaba ya un año viviendo en nuestra ciudad, siendo así el primero de los hermanos que apareció entre nosotros. Pues bien, de este Alexei se me hace particularmente difícil hablar en mi exposición previa, antes de sacarlo a escena en la novela. Mas tendré que hacerlo, siquiera sea para explicar previamente un punto muy extraño, a saber: me veo obligado a presentar mi futuro héroe al lector, desde la primera página de su novela, vistiendo el sayal de novicio. Sí, ya llevaba entonces como cosa de un año en nuestro monasterio y parecía decidido a encerrarse en él de por vida.
Capítulo cuarto
El tercer hijo, Aliosha
Entonces no pasaba de los veinte años (su hermano Iván había cumplido los veintitrés y el mayor, Dmitri, los veintisiete). Ante todo diré que este joven, Aliosha, no tenía nada de fanático y, a mi modo de ver por lo menos, tampoco de místico. Vaya por delante mi opinión: era, simplemente, un precoz amante de la humanidad, y si había emprendido el camino del monasterio sólo era porque en aquel tiempo esto le había prendado y se le figuraba, por así decirlo, el refugio ideal donde podía evadirse de las tinieblas que significaban los males del mundo y alcanzar la luz del amor que su alma ansiaba. Este camino le atrajo también porque en él encontró entonces a un ser que consideró extraordinario: el ermitaño Zósima, de nuestro famoso monasterio, al que se aficionó con toda la vehemencia del primer amor de su corazón insaciable. Por lo demás, no lo discuto, ya entonces era muy raro, lo había sido desde la cuna. A propósito, ya he recordado que, habiendo perdido la madre cuando sólo tenía tres años, la recordó después toda su vida, recordaba su cara y sus caricias «como si estuviera viva ante mí». Tales recuerdos pueden conservarse (como es notorio) incluso de una edad más temprana, hasta de los dos años, pero sólo surgen toda la vida como puntos luminosos entre las tinieblas, como un pequeño trozo arrancado de un enorme cuadro que hubiera desaparecido por completo, todo menos este pequeño trozo. Eso exactamente le sucedía a él: recordaba una tranquila tarde de verano, la ventana abierta, los rayos oblicuos del sol poniente (estos rayos oblicuos es lo que mejor recordaba) la imagen en un rincón de la pieza ante la cual ardía una lamparilla, y delante de la imagen, de rodillas, sollozando como en un ataque de histerismo, con chillidos y gritos, su madre, que le abrazaba con ambas manos, hasta producirle dolor, y que rezaba por él a la virgen, mostrándoselo y como pidiendo su protección... Y de pronto entró la niñera y lo arrancó asustada de los brazos de la madre. ¡Este era el cuadro! Aliosha recordaba también el rostro de su madre en aquel instante: decía que se mostraba exaltado, pero hermoso a juzgar por lo que él recordaba. Rara vez le gustaba hablar de esto. En su infancia y juventud fue poco expansivo, incluso poco locuaz, pero no por falta de confianza, timidez o huraña insociabilidad; todo lo contrario, la causa era otra, se debía a una preocupación interna, propiamente personal, que no afectaba a los demás, pero que para él era tan importante que parecía hacerle olvidar a las personas restantes. A sus semejantes los amaba: parecía haber vivido toda su vida con una fe absoluta en los hombres, aunque nadie lo consideró nunca ni simple ni ingenuo. Algo había en él que decía y sugería (lo mismo que más tarde, durante toda su vida) que no quería erigirse en juez de los hombres, que no quería censurar ni veía motivos de censura. Parecía incluso como si lo tolerase todo, sin condenar lo más mínimo a nadie, aunque a menudo caía en una amarga tristeza. Más todavía, en este sentido llegó al extremo de que nadie le podía asombrar ni asustar, y esto fue así desde su primera juventud. Al aparecer a los veinte años ante su padre, en un ambiente de la depravación más sucia, él, casto y puro, se limitaba a alejarse en silencio cuando la vista de todo aquello se le hacía intolerable, pero sin la menor manifestación de desprecio o censura para nadie. En cuanto al padre, en tiempos un parásito y luego persona muy sensible a las ofensas, que le había recibido con mala cara y recelo («calla mucho y razona mucho para sus adentros»), no tardó, sin embargo, en abrazarlo y besarlo a cada instante, antes de que hubieran pasado dos semanas, aunque, bien es cierto, que con lágrimas de borracho y con el sentimentalismo de la embriaguez, aunque se veía que le había tomado un cariño sincero y hondo, como nunca, indudablemente, un sujeto como él había amado a nadie...
Por lo demás todos querían a este joven, dondequiera que apareciese, y esto desde su más tierna infancia. Al llegar a la casa de su protector y educador, Efim Petróvich Polénov, hasta tal punto se ganó el afecto de la familia, que todos lo consideraban como un hijo. Y eso que había entrado en aquella casa a una edad en la que no se podía esperar del niño una astucia calculadora, o el arte de hacerse agradable, de ganarse el cariño de quienes le rodeaban. El don de granjearse un amor especial era, pues, por así decirlo, algo que residía en su propia naturaleza, espontáneo y directo. Lo mismo le ocurrió en la escuela, aunque parecía que era uno de esos niños que despiertan la desconfianza de sus compañeros, a veces las burlas y en ocasiones hasta el odio. Por ejemplo, se sumía en sus meditaciones y parecía buscar la soledad. Desde niño le gustaba retraerse a un rincón y leer algún libro y, a pesar de ello, sus condiscípulos le tomaron tanto cariño que se le pudo llamar el favorito de todos durante el tiempo que estuvo en la escuela. Pocas veces se mostraba travieso, y tampoco alegre, pero al mirarle, inmediatamente veían todos que no era adusto, sino que, al contrario, su carácter era tranquilo y diáfano. Nunca quería destacarse entre los muchachos de su edad. Acaso por ello, nunca temía a nadie, aunque los chicos comprendían al momento que no se enorgullecía de su intrepidez y que parecía como si él mismo no comprendiese que era audaz e intrépido. Las ofensas no las recordaba nunca. De ordinario, a la hora de haber sido ofendido contestaba ya al autor del agravio o él mismo iniciaba la conversación con tanta confianza y sencillez como si entre ellos nada hubiese pasado. Y no era que lo hubiese olvidado casualmente o perdonado la ofensa, sino, sencillamente, que no se consideraba ofendido, y esto cautivaba y conquistaba a los niños. Había en él un solo rasgo que en todos los cursos del gimnasio, del primero al último, despertaba en sus compañeros el constante deseo de reírse de él, y no con mala intención, sino porque aquello les divertía. Este rasgo era un rubor y un pudor salvajes, desenfrenados. No podía escuchar ciertas palabras y ciertas conversaciones referentes a las mujeres. Estas «ciertas» palabras y conversaciones, lamentablemente, son algo que no se puede extirpar en las escuelas. Chicos puros de alma y corazón, casi niños todavía, son muy a menudo aficionados a hablar en clase entre sí, y hasta en voz alta de cosas, cuadros e imágenes de las que no siempre hablan ni siquiera los soldados; más aún, hay muchas cosas que los soldados no saben ni comprenden de lo que en este sentido conocen los niños de nuestra sociedad intelectual y superior. No se trata, cierto, de perversión moral, tampoco de un cinismo verdadero, depravado, interno, pero sí hay cinismo exterior, y a menudo se considera entre ellos como algo delicado, fino, como cosa de valientes y digna de ser imitada. Al ver que «Alioshka Karamázov» se apresuraba a taparse los oídos con los dedos cuando ellos empezaban a hablar «de eso», se reunían en masa a su alrededor, le separaban por la fuerza las manos de los oídos y gritaban todo género de palabras feas, mientras que Aliosha hacía esfuerzos por desprenderse, se tiraba al suelo y se tapaba la cabeza, y todo esto sin replicar nada, sin protestar, soportando en silencio la ofensa. Sin embargo, acabaron por dejarlo tranquilo, cesaron de llamarle «chica» y, lo que es más, lo miraban en este sentido con compasión. Diremos de pasada que en los estudios siempre fue uno de los mejores, aunque sin llegar nunca a ser el primero.
Al morir Efim Petróvich, Aliosha permaneció otros dos años en el gimnasio de la provincia. La desconsolada esposa, casi inmediatamente después del fallecimiento de Efim Petróvich marchó a Italia, donde se proponía pasar una larga temporada, con el resto de su familia, integrada toda ella por mujeres, y Aliosha fue a parar a la casa de dos señoras a las que nunca había visto antes, ciertas parientes lejanas de Efim Petróvich, aunque sin saber él mismo en qué condiciones. Otro rasgo suyo, muy característico, era que no se preocupaba jamás de quién corría con sus gastos. En este aspecto era el polo opuesto de su hermano mayor, Iván Fiódorovich, quien durante sus dos primeros años de Universidad pasó grandes apuros, teniendo que trabajar para comer, y que desde su infancia había sentido amargamente que vivía comiendo el pan ajeno en casa de un protector. Pero este extraño rasgo del carácter de Alexei no se podía condenar muy severamente, porque cualquiera que lo conociese lo más mínimo, inmediatamente, al surgir esta cuestión quedaba convencido de que se trataba de uno de esos jóvenes, por el estilo de los pobres de espíritu, que si se hubiese visto en posesión de un importante capital no habría vacilado en entregarlo al primero que se lo pidiese, para una buena acción, o, acaso, a un pillo hábil, si éste se lo pedía. Ni siquiera conocía en absoluto el valor del dinero, claro que no en el sentido literal de la palabra. Cuando le daban algo para sus gastos, que él nunca pedía, o bien lo guardaba semanas enteras sin saber qué hacer, o lo administraba terriblemente mal y en un abrir y cerrar de ojos se le iba de las manos. Piotr Alexándrovich Miúsov, persona muy delicada en lo relativo al dinero y a la honradez burguesa, pronunció más tarde en una ocasión, después de contemplar a Alexei, el siguiente aforismo: «Acaso sea la única persona del mundo que si se la deja sola y sin dinero en la plaza de una ciudad desconocida de un millón de habitantes, no se perderá ni morirá de hambre y frío, porque al momento le darán de comer, al momento le buscarán acomodo, y si no se lo proporcionan, él mismo lo encontrará, y esto no le costará ningún esfuerzo y ninguna humillación, ni la menor violencia a quien lo acoja, sino todo lo contrario, acaso le sirva de satisfacción.»
En el gimnasio no llegó a terminar los estudios; le faltaba un año cuando de pronto manifestó a las dos señoras que tenía que ir a ver a su padre para un asunto que le bullía en la cabeza. Ellas le habían cobrado cariño y no querían dejarle marchar. El viaje no costaba mucho y las señoras no consintieron que empeñara su reloj —regalo de la familia de su protector antes de marcharse al extranjero—; todo lo contrario, le facilitaron abundantes recursos y hasta le dieron un traje nuevo y ropa blanca. El, sin embargo, devolvió la mitad del dinero, diciendo que quería hacer el viaje en tercera. Al llegar a nuestra ciudad no respondió nada a las primeras preguntas de su progenitor: «¿Por qué has venido sin terminar los estudios?» y, según dicen, se mantuvo taciturno, más que de ordinario. Pronto se supo que trataba de buscar la tumba de su madre. El mismo confesó entonces que únicamente había venido para ello. Lo más probable es que ni él mismo supiese ni pudiese explicar lo que de pronto había surgido en su alma y que le arrastró irresistiblemente a un camino nuevo, desconocido, pero ya inevitable. Fiódor Pávlovich no pudo indicarle el sitio donde había sido enterrada su segunda esposa, porque no había vuelto a visitar su tumba desde el día que el féretro fue cubierto de tierra, y después de transcurridos tantos años había olvidado el lugar...
A propósito de Fiódor Pávlovich. Antes de esto había pasado largo tiempo fuera de nuestra ciudad. A los tres o cuatro años de la muerte de su segunda mujer se dirigió al sur de Rusia, yendo a parar finalmente a Odesa, donde vivió varios años. Entabló conocimiento en un principio, según sus palabras, «con muchos judíos de todo género», terminando la cosa en que, al final, no sólo los judíos, sino «también los hebreos le abrieron las puertas de su casa». Hay que pensar que en este período de su vida se desarrolló en él una especial capacidad para reunir y amontonar dinero. Había vuelto definitivamente a nuestra ciudad sólo tres años antes de la llegada de Aliosha. Sus conocidos de antes lo encontraron terriblemente avejentado, aunque no eran tantos sus años. Su manera de conducirse no era más noble, se diría que era más insolente. Apareció en él, por ejemplo, la descarada inclinación que antes tenía de hacer el bufón para divertir a la gente. Los escándalos con el sexo femenino le agradaban no ya como antes, sino de manera aún más repulsiva. No tardó en abrir en el distrito muchas tabernas. Se veía que debía de tener acaso cien mil rublos o algo menos. Muchos vecinos de la ciudad y del distrito se entramparon inmediatamente con él, se entiende que bajo la fianza más segura. Últimamente había echado tripa, parecía haber perdido la conciencia de sus actos, había caído en cierta ligereza de espíritu, empezaba una cosa y acababa en otra, como si fuese incapaz de concentrarse, y cada vez más, bebía hasta emborracharse; si no hubiese sido por Grigori, el criado, que también había envejecido bastante y miraba por él casi como un ayo, es posible que Fiódor Pávlovich no hubiese podido vivir sin grandes problemas. La llegada de Aliosha pareció influir sobre él incluso en el sentido moral, fue como si en este viejo prematuro hubiese despertado algo que hacía mucho tiempo se hubiese apagado en su alma: «¿Sabes —decía con frecuencia a Aliosha, fijando sus ojos en él— que te pareces a la histérica?» Así llamaba a su difunta esposa, la madre de Aliosha. La tumba de la «histérica» se la indicó, por fin, el criado Grigori. Este le llevó al cementerio de la ciudad y allí, en un lejano rincón, le mostró una lápida de hierro fundido, de poco precio, pero decente, en la cual figuraba una inscripción con el nombre, cualidad, edad y fecha de la muerte de la difunta; en la parte inferior había incluso un cuarteto de esos versos antiguos tan comunes en las tumbas de la gente de la clase media. Le causó asombro saber que esta lápida había sido cosa de Grigori. Era él quien la había colocado en la sepultura de la pobre «histérica», con sus propios recursos, después de que Fiódor Pávlovich, a quien él se lo había recordado en numerosas ocasiones, marchó a Odesa, prescindiendo no sólo de la tumba, sino de todos sus recuerdos. Aliosha no manifestó ante la sepultura de su madre ningún particular sentimentalismo; se limitó a escuchar el grave y razonado relato de Grigori en cuanto a la colocación de la lápida, mantúvose con la cabeza baja y se alejó sin decir palabra. Después de esto, acaso durante todo un año, no volvió al cementerio. Pero este pequeño episodio también produjo su efecto, y muy original, en Fiódor Pávlovich. Este, de pronto, tomó mil rublos y los llevó a nuestro monasterio para que se dijesen misas en memoria de su mujer, pero no de la segunda, de la madre de Aliosha, de la «histérica», sino de la primera, de Adelaida Ivánovna, que acostumbraba a zurrarle la badana. Aquella misma tarde se emborrachó y, delante de Aliosha, empezó a hablar mal de los frailes. Distaba mucho de ser religioso; era una persona que acaso no había puesto en su vida una vela de cinco kopeks ante una imagen. En estos sujetos suelen producirse extrañas explosiones de súbitos sentimientos e ideas.
Ya he dicho que había engordado mucho. Su fisonomía era por aquel entonces algo que atestiguaba claramente el carácter y la esencia de toda su vida anterior. Además de las largas y carnosas bolsas bajo sus pequeños ojos, siempre insolentes, sospechosos y burlones; además del gran número de profundas arrugas en su cara pequeña, pero abotargada, a su aguda barbilla se había unido una nuez grande, carnosa y alargada, como un bolso, lo que le proporcionaba un aspecto repulsivamente sensual. Agregad a esto una boca lasciva y larga, de labios abultados, tras los que se veían los negros raigones de unos dientes casi consumidos. Siempre, cuando empezaba a hablar, salpicaba saliva. Por lo demás, él mismo era aficionado a gastar bromas acerca de su cara, aunque, al parecer, estaba satisfecho de ella. Indicaba particularmente su nariz, no muy grande, pero sí fina, con una curva muy pronunciada: «Es auténticamente romana —decía—, la nariz y la nuez forman una verdadera fisonomía de antiguo patricio romano de los tiempos de la decadencia.» Esto parecía enorgullecerle.
Pues bien, poco después de haber encontrado la sepultura de su madre, Aliosha le manifestó que quería ingresar en el monasterio y que los monjes estaban dispuestos a admitirle de novicio. Le explicó además que así era su deseo más vivo y que le pedía su solemne autorización como padre. El viejo sabía ya que el ermitaño Zósima, que había buscado la salvación en una celda del monasterio, había producido en su «apacible muchacho» particular impresión.
—Este ermitaño, ciertamente, es el fraile más honrado de todos ellos —dijo después de escuchar silencioso y pensativo a Aliosha, aunque sin mostrarse asombrado de su petición—. Ejem, presentía que ese era tú deseo, muchacho.
Estaba un tanto bebido y de pronto sonrió con una larga sonrisa de beodo, pero no exenta de astucia y malicia.
—Ejem, ya lo esperaba, esperaba que terminarías en algo parecido, ¿te lo imaginas? Eso es lo que te tiraba. Pues bien, tienes tus dos mil rublos, eso te servirá de dote, aunque yo, ángel mío, no te abandonaré nunca, y ahora mismo entregaré allí en tu nombre lo que corresponda, si es que lo piden. Aunque si no piden nada, ¿para qué importunarlos, no te parece? Porque tú no gastas más que un canario, dos granos a la semana... Ejem. ¿Sabes?, en cierto convento hay un pequeño barrio en el que sólo viven «esposas del monasterio», así es como las llaman, como unas treinta mujeres, creo... Yo estuve allí, resultaba curioso a su modo, en el sentido de la variedad. Lo malo es que todas son rusas, no hay francesas, y podrían tenerlas, porque cuentan con muy buenos recursos. Si se enteran, vendrán. Pues bien, aquí no hay nada de eso, no hay esposas del monasterio, y los frailes llegan a doscientos. Viven honestamente. Ayunan. Lo reconozco... Ejem. ¿Quieres meterte fraile? Me da pena de ti, Aliosha, puedes creerlo, te he tomado cariño de veras... Por lo demás, esto no deja de tener su parte buena: rezarás por nosotros, pecadores, que aquí hemos pecado lo nuestro. Yo no cesaba de pensar en quién rezaría por mí. ¿Hay en el mundo quien pudiera hacerlo? Mi querido muchacho, en este sentido soy terriblemente estúpido, puedes creerme. Terriblemente. Pero mira: por muy estúpido que sea, no dejo de pensar, siempre pienso, de tarde en tarde, se comprende, no todo el tiempo. Porque es imposible, pienso, que los diablos se olviden de llevarme con ellos con sus ganchos cuando me muera. Y me paro a pensar: ¿ganchos? ¿De dónde los sacan? ¿De qué los hacen? ¿De hierro? ¿Y dónde los forjan? ¿Acaso tienen una fábrica para hacerlos? Porque allí en el monasterio los monjes piensan seguramente que el infierno, por ejemplo, tiene techo; resulta algo más delicado, más culto, a la manera luterana. Y en el fondo da lo mismo que haya techo o no. ¡Ahí reside el maldito problema! Porque si no hay techo, tampoco hay ganchos. Y si no hay ganchos, todo se viene abajo, es decir, que todo se hace inverosímil: ¿quién me va a llevar entonces arrastrado con los ganchos? Porque si a mí no me arrastran, ¿qué ocurrirá entonces, dónde está la verdad en el mundo? II faudrait les inventer estos ganchos, especialmente para mí, para mí solo, porque si tú supieras, Aliosha, qué sinvergüenza he sido...
—Allí no hay ganchos —dijo Aliosha en voz baja y serio, mirando a su padre.
—Ya, ya, no hay más que sombras de ganchos. Lo sé, lo sé. Un francés describía así el infierno: «J’ai vu l’ombre d’un cocher, qui avec l’ombre d’une brosse frottait l’ombre d’une carrosse.» Tú, querido, ¿cómo sabes que no hay ganchos? Cuando lleves algún tiempo con los frailes, cantarás de otra manera. Pero después de todo, anda, busca allí la verdad y ven a decírmela: después de todo a uno le será más fácil la vida en este mundo si sabe de seguro lo que allí hay. Y para ti será más conveniente vivir con los frailes que conmigo, un viejo borracho y que anda con mujerzuelas... Y eso que a ti, como a los ángeles, esto no te alcanza. Tampoco allí te alcanzará nada probablemente, y por eso te doy mi consentimiento, es mi última esperanza. Tu talento no se lo comerá el diablo. Se extinguirá tu fuego y te apagarás, te curarás y vendrás de nuevo. Yo te esperaré, porque siento que eres la única persona en la tierra que no me ha condenado, lo siento y no puedo por menos de sentirlo...
Hasta se puso a gimotear. Era sentimental. Era malo y sentimental.
Capítulo quinto
Los ermitaños
Algún lector puede pensar que mi joven era una naturaleza enfermiza y entregada al éxtasis, pobremente desarrollada, un pálido soñador, un ser macilento y demacrado. Nada de eso, Aliosha era en aquel tiempo un mozo de diecinueve años bien plantado, de mejillas coloradas, de mirada luminosa y que respiraba salud. Era incluso muy guapo, de buen tipo, de estatura media, cabellos oscuros con un óvalo de la cara correcto, aunque un poco alargado, de ojos gris oscuro, brillantes y muy separados, muy pensativos y, al parecer, muy tranquilo. Se me podrá decir que las mejillas coloradas no tienen nada que ver con el fanatismo y el misticismo; pero a mí me parece que Aliosha era más realista que nadie. Sin duda que en el monasterio tenía fe absoluta en los milagros, pero, a mi modo de ver, los milagros no desconciertan nunca al realista. No le mueven a la fe. El realista verdadero, si no es creyente, siempre hallará dentro de él la fuerza y la capacidad para no creer en el milagro, y si éste se presenta ante él como un hecho irrebatible, más bien dejará de creer en sus sentidos que admitir el hecho. Si lo admite, lo aceptará como algo natural, desconocido hasta entonces. En el realista la fe no procede del milagro; ocurre lo contrario, el milagro procede de la fe. Una vez llega a creer, precisamente por su realismo debe aceptar obligatoriamente el milagro. El apóstol Santo Tomás dijo que necesitaba ver para creer, y cuando vio, exclamó: «¡Señor mío y Dios mío!» ¿Era el milagro lo que le obligó a creer? Lo más probable es que no, sino que creyó únicamente porque deseaba creer y, acaso, creyera ya por completo, en lo más íntimo de su ser, incluso cuando dijo: «No lo creeré hasta que no lo vea.»
Se puede alegar que Aliosha era una persona torpe, poco culta, que no había terminado sus estudios, etc. Por lo que se refiere a esto último, era verdad, pero afirmar que era torpe o estúpido, sería una gran injusticia. Me limito a repetir lo que decía más arriba: entró en ese camino tan sólo porque en aquel tiempo le impresionó y le pareció ver en él todo el ideal de un refugio para su alma, que ansiaba salir de las tinieblas a la luz. Agregad que era un joven, en parte, ya de nuestro último tiempo, es decir, honesto por naturaleza, que exigía la verdad, la buscaba y creía en ella y, al entrar en posesión de la fe, exigía su participación en ella con todas las potencias de su alma, exigía una hazaña inmediata, con el deseo indispensable de sacrificarlo todo en aras de esta hazaña, hasta la vida. Aunque estos jóvenes, lamentablemente, no comprenden que el sacrificio de la vida es acaso el más fácil de todos los sacrificios en un gran número de casos y que sacrificar, por ejemplo, cinco o seis años de su ardorosa vida juvenil a un estudio difícil y pesado, a la ciencia, siquiera sea para decuplicar sus energías y ponerlas al servicio de esa misma verdad y de esa misma hazaña que tanto les atrajo y que se proponían realizar, tal sacrificio es para un gran número de ellos algo muy superior a sus fuerzas. Aliosha se había limitado a elegir un camino opuesto al de la generalidad, pero con la misma sed de realizar una rápida hazaña. En cuanto, sumido seriamente en sus meditaciones, llegó al convencimiento de que la inmortalidad y Dios existen, acto seguido se dijo con naturalidad: «Quiero vivir para la inmortalidad y no aceptaré el compromiso de una solución a medias.» Exactamente de la misma manera, si hubiese llegado a la conclusión de que la inmortalidad y Dios no existen, en el acto se habría hecho ateo y socialista (pues el socialismo no es sólo la cuestión obrera o del denominado cuarto estado, sino que es, de preferencia, el problema de la encarnación moderna del ateísmo, el problema de la torre de Babel, que se edificaba precisamente sin Dios, no para alcanzar el cielo desde la tierra, sino para traerlo a ella). A Aliosha le pareció incluso extraño e imposible seguir viviendo como antes. Se ha dicho: «Repártelo todo y sígueme si quieres ser perfecto.» Y Aliosha se dijo: «No puedo entregar dos rublos en vez de “todo”, y en vez de “seguidme” limitarme a ir a misa.» Entre los recuerdos de su infancia acaso guardase algo de nuestro monasterio, al que su madre pudo llevarle a misa. Acaso influyeron también los oblicuos rayos del sol poniente ante la imagen a que le llevaba la histérica de su madre. Sumido en sus meditaciones acaso llegó entonces a nuestra ciudad con el solo propósito de ver si allí estaba todo o sólo había dos rublos, y en el monasterio se encontró con aquel ermitaño...
Este ermitaño, según expliqué más arriba, era Zósima; pero sería necesario decir algo de lo que los «ermitaños» significan, en general, en nuestros monasterios, y es una lástima que en este punto ya no me sienta con la competencia y firmeza suficientes. Probaré, sin embargo, a decir unas cuantas palabras y a dar una explicación somera. En primer lugar, personas especializadas y competentes afirman que los ermitaños y su institución aparecieron en nuestro país, en los monasterios rusos, hace muy poco, acaso menos de cien años, mientras que en todo el Oriente ortodoxo, de manera particular en el Sinaí y el Monte Athos, existen ya desde hace más de un milenio. Se afirma también que los ermitaños existieron en Rusia desde los tiempos más antiguos y forzosamente debieron existir, pero que a consecuencia de las calamidades de que el país fue víctima, de la invasión de los tártaros, de las revueltas y de la interrupción de las antiguas relaciones con el Oriente después de la caída de Constantinopla, todo esto quedó olvidado y los ermitaños desaparecieron. Reaparecieron entre nosotros a fines del pasado siglo gracias a uno de los más grandes ascetas (como también los denominan), a Paísi Velichkovski y sus discípulos, aunque incluso ahora, al cabo de casi cien años, son muy pocos los monasterios en los que existen y hasta han sido sometidos a veces a persecuciones, como una novedad jamás conocida en Rusia. Los ermitaños florecieron particularmente en el país en el famoso monasterio de Kozélskaia Optinaia. No puedo decir cuando aparecieron en el nuestro, pero en él se contaban ya tres ermitaños, y Zósima era el último de ellos; y aunque estaba ya casi a las puertas de la muerte a causa de la debilidad y las enfermedades, ni siquiera sabían con quién sustituirlo. El problema era de gran importancia para nuestro monasterio, ya que hasta entonces no contaba con nada importante que le hubiese hecho famoso: no poseía ni reliquias de santos ni iconos milagrosos. Carecía incluso de tradiciones gloriosas relacionadas con nuestra historia, no se le reconocían empresas históricas ni servicios a la patria. Había prosperado y se había hecho famoso en toda Rusia precisamente por los ermitaños, para ver y oír a los cuales fluían a nuestra ciudad grandes masas de peregrinos de todo el país, que acudían desde miles de verstas.
Así, pues, ¿qué es un ermitaño? El ermitaño es una persona que subordina vuestra alma y vuestra voluntad a su alma y su voluntad. Una vez habéis elegido al ermitaño, renunciáis a vuestra voluntad y os entregáis a él en plena obediencia, con una abdicación completa de sí mismos. A esta prueba, a esta terrible escuela de vida, quien renuncia a sí mismo se entrega voluntariamente en la esperanza de que, después de largos sufrimientos se vencerá, llegará a dominarse hasta el extremo de poder alcanzar, finalmente, mediante la obediencia de toda su vida, la libertad completa, es decir, la libertad respecto de sí mismo, evitando la suerte de quienes consumieron su vida sin encontrarse. Esta invención, es decir, la de los ermitaños, no es algo teórico, sino que se derivó en Oriente de la práctica, y cuenta ya con un milenio de existencia. Las obligaciones hacia el ermitaño no son lo mismo que la habitual «sumisión», que siempre existió en los monasterios rusos. Aquí se reconoce la eterna confesión de todos cuantos han llegado al ermitaño y el vínculo irrompible que une al obligado y al que obliga. Se cuenta, por ejemplo, que en tiempos antiquísimos del cristianismo uno de estos novicios, que no había cumplido cierta penitencia que le impuso el ermitaño, lo dejó, abandonó el monasterio y llegó a otro país, pasó de Siria a Egipto. Allí, después de grandes privaciones, consiguió, finalmente, sufrir terribles suplicios y murió como mártir por la fe. Cuando en la iglesia se procedía a darle sepultura, honrándolo ya como santo, al exclamar el diácono: «Catecúmenos, apartaos», el féretro con el cuerpo del mártir se levantó y salió del templo, y así tres veces. Sólo después se supo que este santo anacoreta había faltado a la obediencia y abandonado a su ermitaño, y por eso, sin el permiso de éste no podía ser perdonado, ni siquiera a pesar de sus grandes privaciones. Mas cuando el ermitaño fue requerido y lo redimió de su voto de obediencia, entonces sí que se le pudo dar sepultura. Claro que todo esto no es más que una vieja leyenda, pero he aquí algo mucho más reciente: un monje, ya en nuestros días, había buscado la salvación en el Monte Athos; su ermitaño le mandó que abandonase aquel lugar, tranquilo y santo refugio al que él amaba con toda su alma, y fuese primeramente a Jerusalén, donde debía adorar los Santos Lugares, y luego volver a Rusia, al Norte, a Siberia: «Tu puesto está allí y no aquí.» El monje, perplejo y transido de dolor, acudió a Constantinopla, ante el Patriarca Ecuménico, implorándole que le desligase del voto de obediencia; pues bien, el Patriarca le contestó que no sólo él, con todo su rango ecuménico, no podía hacerlo, sino que nadie en la tierra tenía poderes para desligarle del mandato que el ermitaño le había impuesto. De este modo, la dignidad de ermitaño se halla revestida en ciertos casos de un poder inconcebible y sin límites. De ahí que en muchos de nuestros monasterios esta institución fuese objeto en un principio poco menos que de persecuciones. Entretanto, los ermitaños se ganaron inmediatamente una gran estimación dentro del pueblo. A los de nuestro monasterio, acudían, por ejemplo, gentes de baja condición y de la nobleza más linajuda para, echándose a sus pies, confesar sus dudas, sus pecados y sus sufrimientos, y pedirles orientación y consejo. Viéndolo así, los adversarios de los ermitaños afirmaron, entre otras acusaciones, que de manera autocrática y sin pensar en las consecuencias se faltaba al secreto de la confesión, pues la constante comunión de su alma con el ermitaño por parte del novicio y los laicos no se verificaba en absoluto como sacramento. Todo terminó, sin embargo, en que la institución de los ermitaños se mantuvo y poco a poco fue entrando en los monasterios rusos. Cierto que esta arma milenaria y ya probada para la regeneración moral del hombre desde la esclavitud a la libertad y a la perfección moral, puede conducir, acaso, no a la mansedumbre y al dominio definitivo de sí mismo, sino todo lo contrario, al más satánico orgullo, es decir, a las cadenas, y no a la libertad.
Zósima era un hombre de unos sesenta y cinco años, procedía de una familia de terratenientes, en su juventud había sido militar y servido como oficial subalterno en el Cáucaso. Alguna facultad especial de su alma debió de impresionar a Aliosha. Este vivía en la misma celda del ermitaño, que le había tomado gran cariño y le dio entrada. Hay que señalar que Aliosha, aunque entonces vivía en el monasterio, no se había ligado aún por voto alguno, podía salir a donde quisiera incluso días enteros, y si vestía sayal era por propia voluntad, para no distinguirse de nadie en el monasterio. Claro que esto no dejaba de agradarle. Acaso en la juvenil imaginación de Aliosha influyese mucho la fuerza y la fama que constantemente rodeaban a su ermitaño. De Zósima decían muchos que después de tantos años de recibir a cuantos acudían a aliviar su corazón, ansiosos de escuchar su consejo y su palabra que todo lo curaba, tantas confidencias, lamentaciones y confesiones había recibido su alma, que acabó por adquirir una penetración tan sutil, que nada más mirar a la cara de un desconocido que acudía a él podía adivinar para qué había venido, qué necesitaba y hasta la índole del tormento que torturaba su conciencia, y causaba asombro, desconcertaba y casi asustaba al visitante con ese conocimiento de su secreto antes de que hubiera podido pronunciar una sola palabra. Aliosha observaba casi siempre que muchos, casi todos los que llegaban por primera vez al ermitaño, entraban con muestras de inquietud y solían salir alegres y contentos, mientras que su cara antes sombría era ahora feliz. Le asombró extraordinariamente que el ermitaño no fuese nada severo; todo lo contrario, casi siempre se mostraba afable en su trato. Los monjes decían de él que su alma se sentía particularmente atraída hacia los mayores pecadores, y que al mayor pecador era a quien más amaba. Hasta el fin de su vida hubo en el monasterio quienes lo odiaban y envidiaban, pero eran ya pocos y callaban, aunque entre ellos figurasen personas muy notables e importantes, como, por ejemplo, uno de los religiosos más viejos, muy aficionado al silencio y al ayuno. No obstante, la inmensa mayoría se había puesto del lado de Zósima, y muchos de ellos lo amaban de todo corazón, con calor y sinceramente; había quienes le profesaban una adhesión casi fanática. Estos decían abiertamente, aunque no a voces, que sin duda alguna era un santo y, previendo su próximo fin, esperaban hasta milagros inmediatos, con lo que el difunto proporcionaría al monasterio gran fama en un futuro cercano. También Aliosha tenía fe absoluta en el poder milagroso del ermitaño, de la misma manera a como creía ciegamente en lo del féretro que había salido volando de la iglesia. Veía cómo muchos de los que allí acudían con niños o parientes adultos enfermos e imploraban al ermitaño que les impusiese las manos y recitase una oración, volvían de ahí a poco, algunos al día siguiente, y cayendo ante él de rodillas y con lágrimas en los ojos, le daban las gracias por la curación de sus enfermos. Si sanaban de veras o era una mejoría natural en el curso de la dolencia, esto era algo que ni siquiera existía para Aliosha, pues creía plenamente en la fuerza espiritual de su maestro, y la fama de éste era como su propio triunfo. Su corazón temblaba particularmente y todo él parecía resplandecer cuando el ermitaño salía al encuentro de la multitud que esperaba su salida ante las puertas de la capilla de los peregrinos de baja condición, que acudían de Rusia entera para verle y pedirle su bendición. Estos caían ante él, lloraban, le besaban los pies, besaban la tierra que había pisado, lanzaban grandes gemidos, las mujeres le acercaban sus hijos y traían a él las histéricas enfermas. El ermitaño hablaba con ellos, recitaba una breve oración, les daba su bendición y los despedía. Últimamente, a consecuencia de los accesos de su enfermedad, se mostraba a veces tan débil que apenas si tenía fuerzas para salir de la celda, y entonces los peregrinos esperaban en el monasterio su salida durante varios días. Para Aliosha no existía el problema de por qué lo amaban de ese modo, de por qué caían ante él de rodillas y lloraban enternecidos tan sólo al ver su cara. ¡Oh!, comprendía muy bien que para el alma mansa de las gentes sencillas del pueblo ruso, torturadas por el trabajo y el dolor, y sobre todo por la eterna injusticia y el eterno pecado, tanto suyo como del mundo, no había una necesidad y un consuelo más fuertes que los de encontrar un santuario o un santo, postrarse ante él y reverenciarlo: «No nos importa que entre nosotros existan el pecado, la mentira y la tentación, cuando en la tierra, en tal sitio, hay un gran santo; él posee la verdad, él la conoce; quiere decirse que la verdad no muere aquí y, por consiguiente, en alguna ocasión vendrá a nosotros e imperará en toda la tierra, según ha sido prometido.» Aliosha sabía que así era precisamente como el pueblo sentía y juzgaba, lo comprendía, y en cuanto a que el ermitaño fuese precisamente este santo, este custodio de la verdad divina ante los ojos del pueblo, de ello no tenía la menor duda, lo mismo que los mujiks llorosos y sus enfermas mujeres, que acercaban al ermitaño sus hijos. La convicción de que éste, al morir, proporcionaría fama extraordinaria al monasterio, imperaba en el alma de Aliosha acaso con más vigor que en ningún otro. Y en general, todo este último tiempo ardía en su corazón, más y más fuerte, un entusiasmo interno profundo y apasionado. No le turbaba lo más mínimo la circunstancia de que el anciano fuese, a pesar de todo, uno entre muchos: «Da lo mismo, es un santo, en su corazón guarda los secretos de la renovación para todos, el poder que acabará por instaurar la verdad en la tierra, y entonces todos serán santos, y se amarán los unos a los otros, y no habrá ni ricos ni pobres, ni gente elevada ni ofendidos, sino que todos serán hijos de Dios y advendrá el verdadero reino de Cristo.» Esto es lo que soñaba el corazón de Aliosha.
A éste pareció producirle gran impresión la llegada de sus dos hermanos, a quienes hasta entonces no conocía en absoluto. Con Dmitri Fiódorovich intimó más y más rápidamente, aunque llegó después que el otro, Iván Fiódorovich, el hermano de vínculo doble. Había sentido un interés tremendo por conocer a su hermano Iván, pero éste llevaba ya dos meses en la ciudad y, aunque se veían bastante a menudo, no acababan de intimar. Aliosha era taciturno y parecía aguardar, como avergonzado, y en cuanto a Iván, aunque Aliosha advirtió en un principio sus largas y curiosas miradas, parece que no tardó en dejar de pensar en él. Aliosha lo observó con cierta turbación. Atribuyó el despego del hermano a la diferencia de edades y, particularmente, en cuanto a su cultura. Pero también pensaba Aliosha algo distinto: esta falta de curiosidad y de interés hacia él podía deberse a algo que él desconocía en absoluto. Le pareció que Iván andaba ocupado en algo, en algo íntimo e importante, que buscaba un fin, acaso muy difícil, que podía ser superior a sus fuerzas, y que esto era la única razón de que le mirase distraídamente. También pensada Aliosha en si no habría un desprecio hacia él, simple novicio, por parte de un ateo culto. Estaba perfectamente seguro de que su hermano era ateo. Este desprecio, si existía, no podía ofenderle, pero, no obstante, esperaba con una turbación que él mismo no podía comprender a que su hermano manifestase deseos de acercarse a él. Dmitri Fiódorovich hablaba de Iván con el más profundo respeto, se refería a él con un sentimiento particular. Por Dmitri supo Aliosha todos los pormenores de aquel importante asunto que había unido últimamente a ambos hermanos mayores con estrechos lazos. Las entusiásticas referencias de Dmitri sobre Iván eran tanto más características a los ojos de Aliosha por cuanto Dmitri era, comparado con Iván, una persona casi totalmente inculta, y ambos, puestos uno al lado del otro, formaban, a su modo de ver, una antítesis tan clara en cuanto su personalidad y carácter que acaso resultase imposible imaginar a dos personas más distintas.
Pues bien, en aquel tiempo se celebró la entrevista o, mejor dicho, la reunión familiar de todos los miembros de este inarmónico clan en la celda del ermitaño, reunión que tan extraordinaria influencia había de tener sobre Aliosha. El pretexto para tal reunión era, en realidad, falso. Justamente entonces los desacuerdos en cuanto a la herencia y sobre las cuentas de Dmitri Fiódorovich con su padre, Fiódor Pávlovich, parecían haber llegado hasta un punto imposible. Parece ser que fue Fiódor Pávlovich, y parece que en broma, el primero en lanzar la idea de reunirse todos en la celda del ermitaño Zósima y, aun sin apelar directamente a su mediación, llegar a un acuerdo decoroso, pues la dignidad y la persona del ermitaño podían imponer un ambiente conciliador. Dmitri Fiódorovich, que nunca había estado con el ermitaño y ni siquiera lo había visto, pensó, naturalmente, que querían intimidarle con él; pero como él mismo, en su interior, se reprochaba las muchas brusquedades en que había incurrido con su padre últimamente, aceptó el desafío. Observaremos de pasada que no vivía en la casa paterna, como Iván Fiódorovich, sino aparte, en el otro extremo de la ciudad. A esto se juntó que Piotr Alexándrovich Miúsov, que entonces residía en la ciudad, acogió con particular calor esta idea de Fiódor Pávlovich. El liberal de los años 40 y 50, el librepensador y ateo, acaso por aburrimiento, y quizá para divertirse, tomó en este asunto una participación extraordinaria. Sintió el deseo de ver el monasterio y al «santo». Como todavía seguía su viejo pleito con el monasterio sobre las lindes de sus posesiones, ciertos derechos de hacer leña en el bosque y de pescar en el río, etc., se apresuró a aprobar la idea con el pretexto de que él mismo deseaba llegar a un acuerdo con el padre prior: ¿no se podía poner amistosamente término a sus desavenencias? Unos visitantes animados de tan buenos propósitos podían ser recibidos en el monasterio, sin duda alguna, con muchas más atenciones y deferencias que un simple curioso. Por todas estas consideraciones se pudo ejercer dentro del monasterio cierta influencia interna sobre el enfermo ermitaño, que en los últimos tiempos apenas si salía de su celda y se negaba a recibir, en razón de su dolencia, hasta a los visitantes comunes. La cosa terminó en que el ermitaño dio su conformidad y se fijó el día. «¿A quién se le ha ocurrido colocarme de árbitro entre ellos?», se limitó a decir, sonriendo, a Aliosha.
Al tener noticias de la entrevista, Aliosha se sintió muy turbado. El único que entre todos cuantos estaban complicados en estos pleitos y litigios podía tomar en serio la empresa era, sin duda, su hermano Dmitri; los demás acudirían con fines frívolos, acaso ofensivos para el ermitaño. Su hermano Iván y Miúsov llegarían movidos por la curiosidad, acaso la más grosera, mientras que su padre podía haber pensado una bufonada. Aunque Aliosha callaba, conocía bastante a fondo a su padre. Repito que este joven no era tan ingenuo como todos creían. Con un penoso sentimiento esperó el día señalado, se preocupaba sin duda mucho en su interior, dentro de su corazón, y ansiaba que todas estas discordias familiares se acabasen. No obstante, su principal preocupación la constituía el ermitaño: temblaba por él, por su gloria, temía las ofensas, y especialmente las burlas finas y corteses de Miúsov y las reticencias del culto Iván. Así se imaginaba él las cosas. Tuvo la intención incluso de prevenir al ermitaño, de hablarle algo de estas personas que podían llegar a él, pero después de pensarlo acabó por callar. Se limitó a transmitir a su hermano Dmitri la víspera del día señalado, por conducto de un conocido, que le quería mucho y esperaba que cumpliese lo prometido. Dmitri quedó perplejo, porque no podía recordar que le hubiese prometido nada, y contestó por carta que haría todo lo posible para abstenerse «de una bajeza»; estimaba profundamente al ermitaño y a su hermano Iván y estaba convencido de que aquello no era una trampa o una indigna comedia: «A pesar de todo, antes me tragaré la lengua que faltar al respeto al santo varón que tanto estimas», terminaba Dmitri. Esta carta dio a Aliosha muchos ánimos.
LIBRO SEGUNDO
Una reunión inoportuna
Capítulo primero
Llegada al Monasterio
Era un hermoso día, tibio y claro, de fines de agosto. La entrevista con el ermitaño debía celebrarse inmediatamente después de la última misa, hacia las once y media. Nuestros visitantes, sin embargo, no asistieron a la misa del monasterio, sino que llegaron justamente cuando había terminado. Llegaron en dos coches; en el primero, una elegante carretela, tirada por un par de caballos de precio, iban Piotr Alexándrovich Miúsov y un pariente lejano suyo, Piotr Fomich Kalgánov, que era un joven de irnos veinte años. Este último se disponía a ingresar en la Universidad; y Miúsov, con el que entonces vivía, insistía en que fuese con él al extranjero, a Zurich o a Jena, para hacer allí sus estudios. El joven no acababa de decidirse. Parecía ensimismado y como distraído. Su rostro era agradable, mostraba una complexión fuerte y era bastante alto. En su mirada se advertía una extraña fijeza: como todas las personas muy distraídas, os miraba a veces fijamente durante largo rato sin veros en absoluto. Era taciturno y algo desmañado, pero en ocasiones —únicamente cuando estaba a solas con alguien—, de pronto se volvía terriblemente locuaz, impetuoso y burlón, riéndose a veces Dios sabe de qué. Mas su animación se extinguía también de pronto, con la misma rapidez con que había aparecido. Siempre iba vestido bien y hasta con elegancia; poseía algunos bienes propios y esperaba aumentar aún mucho más su fortuna. Era amigo de Aliosha.
En un coche de alquiler muy viejo y que rechinaba todo él, pero espacioso, tirado por un par de viejos caballos tordos que se quedaban muy atrás de la carretela de Miúsov, llegaron Fiódor Pávlovich y su hijo Iván Fiódorovich. A Dmitri Fiódorovich le habían comunicado la víspera el día y la hora de la reunión, pero se retrasó. Los visitantes dejaron los coches ante el muro del monasterio, junto a la hospedería, y traspusieron la puerta a pie. Excepción hecha de Fiódor Pávlovich, los otros tres parece ser que nunca habían visto un monasterio; por lo que respecta a Miúsov, hacía seguramente treinta años que no había pisado una iglesia. Miraba a su alrededor con cierta curiosidad, no exenta de cierta afectada desenvoltura. Mas para un observador de su inteligencia, el interior del monasterio no ofrecía nada de particular, excepción hecha de las construcciones eclesiásticas y sus dependencias, que por cierto eran bastante vulgares. Pasaba la última gente que salía de la iglesia, se quitaban los gorros y se santiguaban. Entre los hombres del pueblo se veían también personas de mejor sociedad, dos o tres señores y un general viejísimo; todos ellos paraban en la hospedería. Los mendigos rodearon inmediatamente a nuestros visitantes, pero ninguno de ellos les dio nada. Sólo Petrusha Kalgánov sacó una moneda de diez kopeks y, atropellándose y en tono confuso, Dios sabe por qué, la puso en manos de una mujer y dijo: «Repartios esto a partes iguales.» Ninguno de sus compañeros lo advirtió, así que no había razón alguna para sentirse confuso; pero al advertirlo así, se sintió más turbado todavía.
Resultaba, sin embargo, extraño; en realidad, debían estar aguardándoles e incluso con ciertos honores: uno de ellos había hecho poco antes una donación de mil rublos, otro era un terrateniente muy rico y hombre cultísimo del que, por así decirlo, todos dependían en lo referente a la pesca en el río, según el giro que podía tomar el pleito. No obstante, ninguna personalidad oficial había salido a su encuentro. Miúsov miraba distraído las lápidas sepulcrales cercanas a la iglesia y sintió deseos de observar que aquellas sepulturas debían de haberles costado caras a quienes quisieron adquirir el derecho a ser enterrados en un lugar tan «santo», pero se calló: la simple ironía liberal se convirtió casi en cólera.
—¡Diablos! ¿A quién podíamos preguntar? Esto es un desbarajuste... Debía haberse decidido, porque el tiempo pasa —refunfuñó de pronto, como hablando consigo mismo.
En esto se acercó a ellos un señor de cierta edad. Algo calvo, con un amplio abrigo de verano y de dulces ojillos. Se descubrió y con melosas zalamerías se presentó como Maxímov, terrateniente de Tula. En un momento se hizo cargo de la preocupación de nuestros viajeros.
—El ermitaño Zósima vive a cuatrocientos pasos del monasterio, en un cenobio completamente apartado de todos, cruzando el bosquecillo, cruzando el bosquecillo...
—Ya sé que es al otro lado del bosquecillo —le contestó Fiódor Pávlovich—, pero no recuerdo bien el camino, hace mucho que no vengo por aquí.
—Pues crucen esta puerta y sigan derechos por el bosquecillo... por el bosquecillo. Vamos. Si no les parece mal... yo mismo... yo también... Por aquí, por aquí...
Cruzaron la puerta y siguieron por el bosque. El terrateniente Maxímov, hombre de unos sesenta años, no andaba, sino que más bien podía decirse que casi corría de costado, sin cesar de examinar a todos con una curiosidad convulsiva, casi imposible. Sus ojos eran algo saltones.
—Verá usted —observó severamente Miúsov—, nosotros venimos a resolver con el ermitaño un asunto particular; tenemos concedida, por así decirlo, audiencia y por eso, aunque le estamos muy agradecidos que nos haya indicado el camino, le rogamos encarecidamente que no pase con nosotros.
—Yo ya he estado, he estado con él... Un chevalier parfait! —y el terrateniente hizo una castañeta.
—¿Quién es un chevalier? —preguntó Miúsov.
—El ermitaño, el magnífico ermitaño, el ermitaño... honor y gloria del monasterio. Zósima. Es un ermitaño...
Pero su desordenado discurso se vio interrumpido por la llegada de un monje encapuchado, de escasa estatura, muy pálido y demacrado. Fiódor Pávlovich y Miúsov se detuvieron. El fraile, con una reverencia extraordinariamente cortés, casi hasta la cintura, dijo:
—El padre prior ruega encarecidamente a todos ustedes, señores, que le acompañen a la mesa. Dentro de una hora, no más tarde. Y a usted también —añadió, dirigiéndose a Maxímov.
—¡Yo no faltaré de ningún modo! —exclamó Fiódor Pávlovich, a quien la invitación había satisfecho extraordinariamente—. No faltaré. ¿Sabe usted? Todos nosotros nos hemos comprometido a comportarnos debidamente... Y usted. Piotr Alexándrovich, ¿acudirá?
—¿Cómo no voy a aceptar? Para eso he venido aquí, para ver todas sus costumbres. Lo único que me molesta es el encontrarme en su compañía, Fiódor Pávlovich...
—Además, Dmitri Fiódrovich no acaba de llegar.
—Pues haría muy bien en no venir. ¿Acaso me resulta agradable toda esta mamarrachada suya, y en presencia de usted por añadidura? Acudiremos, pues, dé las gracias al padre prior —añadió, volviéndose hacia el monje.
—No —replicó éste—, debo conducirles a la presencia del propio ermitaño.
—Pues en este caso, yo iré a ver al padre prior, me quedaré con él mientras tanto —cacareó el terrateniente Maxímov.
—El padre prior está ahora ocupado, pero como usted guste... —dijo indeciso el fraile.
—Es un vejete insufrible —observó en voz alta Miúsov cuando Maxímov emprendió su trotecillo de vuelta hacia el monasterio.
—Se parece a von Sohn[1] —articuló de pronto Fiódor Pávlovich.
—Usted siempre con las suyas... ¿De dónde saca el parecido? ¿Es que ha visto a von Sohn?
—Vi un retrato suyo. Aunque no se parecen en las facciones, tienen algo de común que no puedo explicar. Es la copia exacta de von Sohn. Siempre adivino estas cosas, me basta con mirar la fisonomía.
—Como quiera, usted es muy entendido en estas cuestiones. Pero tenga en cuenta una cosa, Fiódor Pávlovich, usted mismo ha tenido a bien recordar hace un momento que nos habíamos comprometido a comportarnos decorosamente, recuérdelo. Le pido que se reprima. Porque si empieza sus bufonadas, no estoy dispuesto a que me coloquen a un mismo nivel que a usted... Ya ve usted de qué clase de persona se trata —se volvió hacia el fraile—, temo presentarme con él ante personas decentes.
En los labios pálidos y exangües del fraile se dibujó una fina y silenciosa sonrisa, no carente de malicia, pero no replicó nada; estaba demasiado claro que callaba movido por un sentimiento de dignidad personal. Miúsov arrugó todavía más el ceño.
«¡Que el diablo se lleve a todos! No son más que apariencia, producto de los siglos; en el fondo todo es charlatanería y absurdo», cruzó por su mente.
—¡Aquí está el cenobio, hemos llegado! —exclamó Fiódor Pávlovich—. Las puestas est
