Cuentos completos

Mark Twain

Fragmento

cap-1

INTRODUCCIÓN

No hace mucho estaba leyendo Pasando fatigas de Mark Twain cuando sentí curiosidad por su costumbre de incluir historias puramente ficticias en una obra de no ficción, historias que quedaban allí mezcladas solo porque en ese momento las tenía en mente y eran buenas. En Pasando fatigas encontré cinco de esas historias, y me pregunté si en otros de sus textos de no ficción habría más. Pues claro que las había: dos en Un vagabundo en el extranjero, tres en La vida en el Mississippi, y tres más en Viaje alrededor del mundo, siguiendo el Ecuador. «¡Qué costumbre tan curiosa!», pensé. Pero Twain es un cúmulo de costumbres curiosas, tanto en lo personal como en lo literario, y eso puede gustar o no. A mí me gusta. Es precisamente esa falta de convencionalismos, como figura literaria y como ser humano, lo que lo hace tan atractivo a quienes disfrutan con él.

«En rigor, no obstante, esas historias no pertenecen a los libros en los que quedan recogidas —pensé—. Su lugar está entre los otros cuentos, entre los relatos que se reconocen claramente como tales. Deberían quedar recogidas en una recopilación junto con los demás. A ver si lo están.» Y, así, fui a la biblioteca de la Universidad de Columbia, donde descubrí, para mi sorpresa, que no existía ninguna compilación de sus relatos por separado de los ensayos, anécdotas y similares.

He aquí un hombre, un gran hombre, un monumento nacional, podría decirse, que falleció hace más de cuarenta años y aún no se han recopilado sus relatos, y en cambio escritores menores que han muerto hace mucho menos o incluso que están vivos han recibido ese homenaje por parte del mundo editorial y los lectores. ¿Por qué? ¿Se debe a que no es un buen escritor de relatos? Sin embargo, es reconocido por haber escrito algunos maravillosos y creo que en general se le considera uno de nuestros mejores autores de ese género. ¿Se debe a que su producción es tan extensa, variada y popular que sus relatos han quedado eclipsados (por sus novelas y libros de viaje)? ¿O tal vez a que no era un formalista y no publicó sus relatos cortos estrictamente como tales?

A lo largo de su vida los cuentos aparecieron en volúmenes que solo puedo catalogar de misceláneos, puesto que contienen anécdotas, chistes, cartas, reflexiones, etcétera; toda clase de textos de no ficción serios y humorísticos junto con algunos de ficción. Twain era un hombre muy laxo con respecto a los límites. Algunas de sus obras cortas fluctúan entre la ficción y la realidad. Y tenía ideas muy claras sobre el atractivo de las sorpresas. Cuando era editor le pidió a William Dean Howells, su amigo, que preparara una recopilación de relatos de aventuras reales. Howells las dispuso siguiendo un orden, y cuando Twain lo revisó le recomendó con amabilidad que lo mezclara todo, que aportara variedad para que el lector se sorprendiera. El esquema formal le resultaba tan cómodo como un cuello apretado, algo que difiere considerablemente de las ideas francesas que eran populares entonces, y lo siguen siendo. Tal vez sea su falta de convencionalismos, su insistencia en prescindir de la forma, lo que haya dejado sus relatos en la sombra.

Twain no desconocía su rechazo por la forma. No sé si cuando defendía esa postura lo hacía para racionalizar alguna carencia literaria o no. Lo que sé es que era su filosofía. Seis años antes de morir, cuando dictaba fragmentos de su autobiografía, sintió el impulso de explicar la práctica del dictado. Esa explicación ilustra su manera de entender la escritura en general.

En los últimos ocho o diez años he hecho varios intentos de escribir mi autobiografía con la pluma de un modo u otro, pero el resultado no ha sido satisfactorio. Era demasiado literario. Con la pluma en la mano, la narrativa es un arte difícil. La narrativa debe fluir como un arroyo entre las colinas y los bosques frondosos, cuyo curso cambia con cada canto rodado con que topa y con cada estribación pedregosa y cubierta de hierba que se cruza en su camino. Su superficie se rompe, pero el curso no se interrumpe por las rocas y los guijarros del fondo en las zonas poco profundas. Un arroyo que no sigue ni un minuto una línea recta, pero que discurre y discurre con brío, a veces agramatical, a veces en forma de herradura de casi una milla, y, al final del recorrido, vuelve a pasar a un metro del camino que ha atravesado una hora antes. Pero siempre fluye, y siempre cumple por lo menos una ley, a la que es siempre fiel, la ley de la narrativa, la cual no tiene ley. Nada que hacer sino el viaje, la forma en que se hace no es importante, con tal de que se haga.

Con la pluma en la mano el flujo narrativo es un canal; avanza con lentitud, con suavidad, con decoro, con somnolencia, sin imperfecciones, excepto ser una pura imperfección todo él. Es demasiado literario, demasiado remilgado, demasiado bonito; esa forma de avanzar, el estilo y el movimiento no le sientan bien a la narrativa. El curso del canal siempre es una reflexión: es su naturaleza, no puede evitarlo. Su superficie pulida y brillante se interesa por todo aquello que deja atrás en las orillas: las vacas, el follaje, las flores, todo. Y, así, pierde mucho tiempo en reflexiones.

En la obra de casi cualquier otro escritor es fácil decir: «Esto es un cuento, y esto otro no». Tomemos como ejemplo a Joyce, Mann, James, Hemingway, Kafka o Lawrence. No hay dudas: un relato corto pertenece a un género concreto y guarda la misma relación con el conjunto de la narrativa que una acuarela con respecto a la totalidad de la pintura o una canción con respecto a la música. Incluso en el caso de Chéjov resulta fácil distinguir qué es un cuento y qué no. Digo «incluso» porque sus relatos tienen los límites tan bien difuminados, carecen tan claramente de formalismo (aunque no de forma) que entre todos los escritores mencionados es quien podría presentar problemas en ese sentido. Sin embargo, el caso de Twain es distinto por completo. Tengo la sensación de que escribía en primer lugar para satisfacer al lector y no tanto los requisitos del género. Y echaba mano de cualquier cosa que acudiera a su mente y fuera útil para su causa. Por eso encontramos textos en los que no es posible distinguir la realidad de lo inventado.

No solía entretenerse en las sutilezas de la ficción. Esta tiene un estilo propio, que el escritor literario venera. Para él es, en un sentido muy particular, más importante que la realidad: la conforma, la controla. Es inconcebible imaginar a James o a Flaubert incluyendo material de borrador, sin modificar, sin pulir, en su narrativa. Para Mark Twain esas cuestiones carecían de importancia. Simplemente las desestimaba, aunque era muy consciente de su existencia, mucho más de lo que acostumbraba a admitir. Twain contaba con una dosis suficiente del espíritu de la frontera[1] para sentir aversión por la «forma». Daba la impresión de que era un concepto del Este, o, si no, peor: europeo. Henry James viajó a Europa en busca de la forma, para empaparse de ella, de la forma de las sociedades antiguas, del arte antiguo, de los estilos y los edificios antiguos. Twain viajó a Europa para burlarse de ello y hacernos reír. El hijo de la frontera pensó que podía descubrir las situaciones donde la forma carecía de contenido y pasaba a ser un engaño. Sea lo que sea un cuento —y no es este el lugar para tratar de expresar con exactitud en qué consiste o debería consistir— podemos expresar con cierta seguridad lo que no es. No es un fragmento de autobiografía o biografía; no es una crónica, sin matices, de un hecho histórico; no es un chiste ni una historia graciosa sin más; no es un sermón moralizante, proceda o no del púlpito; no es, en resumen, ninguno de los pequeños textos que solían escribirse en el Viejo Oeste para incluirlos en periódicos o revistas y cuya creación resultó ser, en parte y por suerte, obra de Twain. Un cuento es algo que, a través de un largo proceso de evolución, ha llegado a tener vida propia. Obedece sus propias leyes, gobierna su propio territorio. Y ya lo hacía cuando Twain empezó a escribir.

Twain tenía temperamento de escritor, pero carecía de conciencia de escritor. Su genio era en esencia producto del Oeste, su fuerza era su tierra, sus gentes, su lengua y su sentido del humor. De lo que carecía era de una forjada conciencia del Este que le permitiera pulir la riqueza natural de la que gozaba. Tal vez esa conciencia lo hubiera inhibido y hubiera acabado por echarlo a perder. Aunque, quizá, él sabía mejor que nadie lo que necesitaba. Lo que tenía, lo tenía en abundancia: la capacidad innata de hablar por los codos. Sabía muy bien en qué consistía una historia, para qué servía y qué hacer con ella. No creía que necesitaran adornos, y las contaba de forma directa, sin ceremoniales. Su algazara es notable: su afición por las muecas, el monólogo, los dialectos y las caricaturas. Es un gran defensor de las fábulas imposibles, de ir amontonando un detalle sobre otro hasta que la historia acaba por desmoronarse. En sus pasajes más brillantes es divertidísimo, y sus relatos están llenos de ellos, como el lector descubrirá.

Muchas veces se ha dicho que sus cuentos forman una parte importante de nuestro patrimonio literario. Resultaría difícil, si no imposible, rebatir esa afirmación, suponiendo que uno quisiera intentarlo. También forman parte de nuestro folclore. Twain es el escritor que más se le aproxima, nuestro narrador de cuentos populares. El de la rana saltadora es un relato estadounidense vivo que todos los años se representa en el condado de Calaveras. Sean cuales sean sus remotos orígenes (se ha afirmado que es muy parecido a un viejo cuento griego, que a su vez es probable que proceda de otro cuento hindú, y así hasta el infinito), ahora es nuestro relato, que refleja algo en nosotros. «El hombre que corrompió a Hadleyburg» forma parte de nuestro patrimonio moral. Un estadounidense rebelde y creativo, Frank Lloyd Wright, me escribió que de todos los relatos cortos ese era su favorito. Esos cuentos, junto con varios más, entre los cuales se encuentran «Un legado de treinta mil dólares» y «El billete de un millón de libras», se han incluido en muchas antologías. Cuentos de indignación moral como «La historia de un caballo», y otros escritos para sorprender, como por ejemplo «Extracto de la visita que el capitán Tormentas hizo a los cielos», no tienen menos fuerza e importancia aunque sean menos populares. ¿Quiénes son nuestros escritores de relatos? Irving, Hawthorne, Poe, James, Melville, O. Henry, Bret Harte, Hemingway, Faulkner, Porter... Esos son los nombres que acuden a mi mente sin reflexión previa, aunque mi gusto no se extiende a O. Henry y Harte, y encuentra muchas pegas a Faulkner. A Twain lo sitúo entre los mejores.

Twain es un hombre peligroso a la hora de escribir sobre él. A menos que lo abordes con sentido del humor, estás perdido. No se puede diseccionar a un humorista. Al primer golpe lo matas y lo conviertes en un escritor trágico. Debes aproximarte a Twain con una sonrisa. Es su prerrogativa: puede conseguir que lo logres o que falles. Un importante crítico estadounidense realizó un brillante estudio sobre él. El único problema es que a lo largo del texto creía estar describiendo a Twain cuando en realidad estaba describiendo a otra persona, quizá a sí mismo. El crítico no tenía sentido del humor, y su error fue comparable al de aquel sin oído musical que escribió sobre Beethoven. Dios no permita que intente diseccionar a Mark Twain. En él lo maravilloso no consiste en el detallismo constante, ni en la vida cotidiana, es todo en general, el contorno, la personalidad que emana. ¿Quién querría, estando en este lugar, intentar diseccionarlo? Tan solo expondré con brevedad algunas ideas, y si a veces parezco crítico, que el lector recuerde que adoro la honestidad de este hombre.

Twain deja brotar su escritura a raudales, y arroja en ella todas sus dotes. A veces se lleva por delante todo lo que encuentra, pero otras fracasa de forma ingenua. No es el tipo de escritor versátil que triunfa de igual forma sea lo que sea lo que tiene entre manos. Es difícil creer que pudo haber escrito meticulosos ensayos de viaje como los de Hawthorne, o las críticas delicadas y sutiles de James. Sin embargo, a veces parece haber intentado ambas cosas. Andaba por ahí con un sable y a veces intentaba usarlo para cazar mariposas. Escribía muy deprisa y sentía el orgullo de un niño ante su producción diaria. No se esforzaba por obtener un efecto pulido, o, más bien, lo hacía muy raras veces. Cuando le cambiaba el humor dejaba de escribir y abandonaba el manuscrito, en ocasiones durante años. No era un buen juez de su trabajo. Pero como era en esencia un hombre de buen talante, rara vez dejaba de lado el humor en lo que concierne a la relación con su trabajo. En ese aspecto no se parecía a Flaubert, ni a Proust, ni a James. Dejar de lado la benevolencia hacia uno mismo —o hacia la propia producción— puede resultar una gran ventaja a veces. Ser equilibrado no siempre garantiza un trabajo de mayor calidad.

En los escritos de Twain se aprecia —en el relato de Hadleyburg, por ejemplo— una especie de ingenuidad que parece literaria, como un rechazo a teñir la prosa de la sofisticación del hombre maduro. Sin duda eso refleja en cierta medida la actitud que adoptaba en relación con el acto de escribir y con la naturaleza de sus lectores. La escritura no era el hombre al completo, incluso a veces puede que fuera su parte menor. Y entre sus lectores, según parece apreciarse, como en su familia, hay muchas mujeres, mujeres ingenuas, protegidas de la dolorosa realidad del mundo masculino. La influencia de lo moral en la obra de Twain suele ser considerable, pero la puramente literaria, la estética, es de vez en cuando tan débil que resulta tan solo un goteo. Esta última, imposible de definir, es la que se necesita para crear una obra de arte. En algunos casos procede de momentos de bienestar sin límites; en otros, del abismo de la frustración o la desesperación. Pero, sea cual sea la causa, la tensión debe estar presente, dentro de uno, para que se consiga el efecto. Su exceso puede resultar tan devastador para una obra de arte como su defecto, aunque los escritores como Twain suelen pecar más del último.

En su caso, incluso sus páginas menos valiosas tienen algo de placentero, precisamente por una baja tensión. Está relajado y su sentido del humor es contagioso. Twain rara vez intenta superarse, esforzarse por alcanzar un efecto de grandeza. La lección que supone estar relajado mientras se escribe, aunque es peligrosa para los escritores más jóvenes, tiene un valor incalculable para los más maduros. El adecuado equilibrio de las tensiones cuando uno está a punto de sentarse a trabajar —la salud, la relación con lo material, la capacidad lingüística del momento, el papel de la propia mente— es en realidad lo que suele llamarse inspiración. El equilibrio lo es todo: el continente, que consiste en nuestro complejo estado de ánimo, debe acoger al milímetro aquello que contiene, que es el material bruto a punto de ser transformado en arte. Es una lástima que Twain no se tomara a menudo la molestia de encontrar el justo equilibrio en sí mismo. Pero por lo menos sustituyó eso con otra virtud. En alguna parte dice, con ironía, que tenía por costumbre hacer las cosas y pensarlas después. Uno compara ese hábito con el contrario, el de reflexionar hasta un punto enfermizo, cosa que se aprecia en las últimas obras de Melville y James, y también en parte de las obras de Thomas Mann y Marcel Proust.

Twain no se esfuerza por ser un artista (palabra que seguramente él habría pronunciado al estilo británico, y con una sonrisa). Se sentía más cómodo con el término «periodista». Creció siendo periodista, como Dickens, y era uno de esos escritorzuelos entusiastas del siglo XIX que pasaron al lado de la literatura sin apenas darse cuenta. Tenía instinto de periodista, igual que Defoe, aunque no Hawthorne y James. Eso no tiene por qué suponer por fuerza un impedimento a la hora de crear literatura. No desde el momento en que estimula la conciencia de escribir para un público, la conciencia de un escenario y el uso del habla nativa y del saber popular. Desde el momento que anima una discusión en términos populares con una genialidad poco habitual, tratamos con un don muy poco corriente. También es normal que sus limitaciones sean grandes, las de lo conocido, y en especial de lo que resulta conocido para un grupo en particular. La escritura de Twain era casi siempre un medio para lograr un fin. Tenía unos cuantos objetivos impersonales en mente en relación con la forma, la experimentación, la consistencia, el diseño. Gozaba del toque de lo popular y sabía que era una bendición. Esto lo enriquecía y lo hizo famoso en todo el mundo.

Poseía en un grado limitado el oficio del escritor que ve su prosa, que la examina con cuidado, buscando su diseño y su efecto, mientras al mismo tiempo escucha su música. Flaubert y Joyce eran escritores que veían muchísimo, no por casualidad en sus obras hallamos un gran esplendor de imágenes visuales. La inteligencia visual puede actuar como estricto control de la auditiva, que puede resultar incontrolable, como las malas hierbas, hasta que uno acaba escribiendo sonidos por el puro placer de escucharlos. James, en su última etapa, dictaba gran parte de su narrativa, y como resultado sus obras de ese período están marcadas por la prolijidad, la falta de fuerza y cierta vaguedad en el significado. Por supuesto, puede alegarse que adoptó ese método para satisfacer las necesidades de una genialidad en decadencia. El problema aquí radica en que es una tarea difícil registrar y comprobar la decadencia real de su genialidad separándola de los tics de los que había empezado a adolecer. Uno se pregunta si el sentido visual en la literatura, sobre todo en términos de diseño formal, no ha pecado de exceso de ambición en nuestro siglo con la producción de obras como el Ulises de Joyce, José y sus hermanos de Mann y partes de la gran novela de Proust, y si el impulso de sus excesos no se debió en parte a los abusos del sentido auditivo, tal como se ha observado en un escritor de la talla de Dickens.

En buena parte, la grandeza de Twain se debe a que oía muy bien. Sus diálogos son extraordinarios. A veces uno se pregunta si tenía mucha memoria auditiva. Su capacidad de imitar estilos de habla, con todo un despliegue de detalles precisos, es en verdad notable. Su biógrafo, Albert Bigelow Paine, escribió:

También durante la cena tenía el hábito, entre platos, de levantarse de la mesa y caminar de un lado a otro de la habitación, agitando la servilleta y hablando, hablando sin parar y con una gracia que jamás habría podido igualar del todo con la pluma. En opinión de la mayoría de quienes conocieron en persona a Mark Twain, sus palabras improvisadas, expresadas con aquella inefable habilidad para el discurso, manifestaban la culminación de su genialidad.

Twain y la tradición oral: ambos están relacionados con la frontera. Sin embargo, algunos de sus principales defectos proceden directamente de esa parte de su genialidad. Alguna que otra falta de consistencia, una especie de estructura o ritmo de vodevil para producir efecto, un exceso de indulgencia en el aspecto burlesco, la sensación de que está dando un sermón desde una tarima. Al principio de su carrera pública alcanzó el éxito como profesor y orador, y sin duda ese éxito, esa práctica, esa confianza consolidada en un talento que debía de hacer tiempo que sabía que poseía, tuvo una influencia decisiva en su trabajo.

En la obra de Twain hay cierta transparencia, como la que se halla en los cuentos de hadas. Uno capta los mecanismos por detrás de la cortina de seda. Pero en esa transparencia hay una especie de fuerza también presente en esos cuentos, un conocimiento previo de los acontecimientos, un gusto por la repetición, por explicar lo que ya se conoce, una suerte de conjuro tribal. También hay algo de abstracto en parte de su ficción, una especie de aproximación geométrica al arte de la narrativa que, para el lector moderno, no acaba de resultar satisfactoria. Me refiero a obras como El conde americano y La tragedia de Wilson Cabezahueca. La última es una obra muy imperfecta, cuyas imprecisiones permiten rastrear su creación de buen principio, o más bien de mal principio, un hecho que el mismo Twain llegó a revelar hasta cierto punto. Pero cuando habla con su propia voz, con su ritmo, sus formas idiomáticas y su dialecto, tal como hace en muchos de sus relatos, es único, estrafalario, maravilloso, un ejemplo de inspiración.

Este hombre adoraba los recursos efectistas tal como en la frontera se veneraban las bromas. Afirmaba haber sido el primer usuario del teléfono privado, el primer escritor en utilizar una máquina de escribir, el primer autor en dictar su obra en la grabadora de un fonógrafo. Saltaba de invento a invento con la pasión de un jugador empedernido, y perdió la camisa. A veces el abuso de los recursos efectistas le hace perder la camisa literaria. Su obra favorita de entre las que escribió era Juana de Arco, en la que pretendía relatar los recuerdos de un amigo de Juana. Es sentimental y aburrido, lo cual resulta previsible, ya que no está narrado con la voz y el estilo característicos de Twain.

Es indiscutible que él, como muchos otros novelistas del siglo XIX, peca a veces de añadir paja. A menudo eso se debe al aspecto económico de la producción de libros en su época. La obra de dos volúmenes, que solía venderse mediante suscripción, a menudo por entregas, era tan importante en aquellos tiempos como ahora. Si un escritor solo contaba con un libro y medio, era un desastre. Tenía que obtener de algún modo la parte restante o tirar la toalla. El efecto que ello produce puede apreciarse en todos los autores, desde Dickens hasta James. Si olvidamos ese punto, es probable que reparemos en la longitud de las novelas del siglo XIX y pensemos: «En aquellos tiempos los escritores eran gigantes». Sí que lo eran, pero está claro que muchas de esas novelas necesitan una poda, desde nuestro punto de vista.

Hay una nueva forma de añadir contenido de relleno que ha tenido su florecimiento en nuestro siglo y que no se debe a lo antes citado, que prácticamente prescinde del aspecto económico de forma consciente. Es el caso de Joyce, Proust, Mann, Faulkner. Sospecho que esa forma de agregar volumen tiene su motivo en una sutil e inocua forma de megalomanía, el deseo de llenar callejones sin salida de tal modo que nadie pueda añadirles ni una coma. Es hora de que la novela de proporciones elegantes recupere su fama y su valor, una novela que por su intensidad, elasticidad, forma y armonía alcanza lo que las de otros tiempos conseguían con el grosor. Una ballena no es, por definición, mejor que un tiburón.

Casi huelga añadir que en el relato corto el impulso o la necesidad de añadir paja eran mínimos, y en consecuencia en los cuentos de Twain abundan menos los recursos efectistas que en la mayoría de sus obras extensas. Incluso podría decirse que se sentía más cómodo con ellos, que era la forma que le resultaba más agradable, siéndole de tanto deleite explicar historias. Era la forma que expresaba de manera más precisa su «voz» particular. De hecho, algunas de sus obras extensas son una serie de relatos colocados uno detrás de otro en lugar de tener una estructura propia.

A pesar de sus grandes éxitos seguía siendo un escritor no satisfecho ni integrado de gusto indefinido. En Un vagabundo en el extranjero, por ejemplo, a menudo siente deseos de hacer una descripción seria de las escenas, influido por la belleza del paisaje y el hecho de haber tomado notas detalladas. Ello entra en conflicto con el deseo de resultar divertido, o con el nerviosismo por temer que la atención del lector decaiga. Interrumpe las descripciones para introducir palabras y frases estrafalarias en lengua foránea sin ninguna gracia, creando un batiburrillo de mal gusto, aburrido y que supone una afrenta a su considerable talento descriptivo. Su autobiografía es un buen ejemplo, aunque tardío, de ello. No la escribió de forma cronológica —no pudo—, sino que saltaba de un punto a otro, adonde lo llevaran su ociosa memoria (no siempre fiable) y una serie de asociaciones al azar, y unas veces se detenía en los detalles menores mientras que otras trataba los acontecimientos importantes por encima y de forma precipitada. Es un documento de Estados Unidos importante y olvidado, y es lógico que haya sido así puesto que resulta casi imposible de leer en su forma efectiva, una secuencia confusa de hechos en la que se mezclan párrafos de periodismo cotidiano de la época en que lo escribió. Y, sin embargo, lo notable es que se trata de una obra extraordinaria y solo necesita una mano experta que la componga de forma adecuada. Está preparada para convertirse en un clásico de su género, aunque su estado actual corresponde al de un borrador. Twain no siempre reconocía la diferencia entre un borrador y el producto acabado, al revés que Henry James, quien a veces confundía afinar la prosa con convertirla en el propio material vivo del que procedía.

Es probable que el mayor equilibrio en Twain se encuentre en sus cartas, donde podía ser él mismo sin tener que complacer a quienes creía que eran sus lectores y satisfacer sus exigencias (reales o imaginarias) de incluir más fragmentos humorísticos propios de su estilo. Era, en cierto sentido, esclavo de sus lectores; o, más preciso, de lo que creía su deber para con los lectores. Cuando Twain es de verdad él mismo resulta magnífico. Con qué belleza, con qué franqueza, con qué sensibilidad escribe inmerso en un momento de emoción profunda, como cuando plasmó sus pensamientos instantes después de la muerte de su hija Jean. Entonces no hay matices falsos, no hay tensión alguna en su prosa. Sientes que es un hombre, único y grande, honesto, noble, en cierto modo sublime.

Sus mejores libros, a excepción de los de viaje, son los que transcurren en el Oeste, y estos últimos deben en gran medida su parte humorística, su genialidad y su sabiduría a la tendencia fronteriza de Twain. El sentimentalismo de esa zona lo abarca todo: desde una exagerada consideración con las mujeres hasta el sadismo más mortífero; la falta de formas en el comportamiento social, junto con ciertos códigos de conducta que rayan la delincuencia juvenil; el relativo desprecio de la lengua escrita en contraste con la hablada; el vocabulario subido de tono; las actitudes hacia los urbanitas y el Este, que se consideran casi sinónimos; la impaciencia con respecto a los medios y los principios de la ley... Todas esas características de la frontera estadounidense se encuentran en sus mejores obras, y son su motor. También están presentes de un modo más disimulado en su famoso descendiente, Ernest Hemingway.

Hombre de Missouri, Twain decía con escepticismo a Europa y al mundo: «Demostrádmelo». Ese concepto era nuevo en el Este, donde la veneración del viejo continente estaba en boga entre los literatos, igual que hoy en día. París, Roma, Londres, se consideran aún los templos del aprendizaje literario, o, si no, de la práctica literaria; y si no de la práctica, de la conciencia literaria. Twain iba más allá. Al habitante del Oeste, Europa le parece remota, y sus problemas —unos problemas manidos, muy manidos— casi producto de una obstinada imaginación, o, en todo caso, un sueño muy olvidado y a la vez todavía presente, un regusto amargo, un desasosiego atenazador en algún remoto confín de la mente. El clima y los espacios amplios expresan con elocuencia el hoy y el mañana. Europa, como el Este, es un ayer deslucido.

Twain puede ser muy sarcástico al volver las tornas y revelar el engaño. En su época estaba de moda entre los europeos, algunos de los cuales eran ilustres figuras de la literatura, como Dickens, redactar irónicas reseñas sobre los «salvajes» Estados Unidos. Twain, que se autonombró embajador, les devolvió el favor con intereses, ofreciendo una visión progresista de los estadounidenses y otra diferente de Europa, como una pieza de museo de la barroca humanidad. La sal en la herida es consecuencia de que esa visión tiene gran parte de verdad, como Hawthorne había ya insinuado en sus Cuadernos ingleses. Twain jamás dio con un símbolo más acertado que la lengua alemana, la cual fue, por su parte, objeto de una sátira tan aguda y tan ingeniosa que incluso hubo muchos alemanes que rieron y apreciaron la verdad de lo que daba a entender. Twain gozaba de una maravillosa sabiduría. Es en esencia tan cuerdo que su compañía resulta vivificante. Por su forma de vida parecía decir: «Pertenezco al clan de los escritores, pero soy más cuerdo que ellos. Yo sé disfrutar de la vida». De un hombre así se espera que viva muchos años. Él los vivió, igual que Tólstoi, y, como él, con frecuencia conseguía escribir sin artificios.

Ha sucedido en otros países que lo que en un momento dado recibe un trato condescendiente por no considerarse merecedor de ser llamado arte se convierte de forma indiscutible, casi de la noche a la mañana, en una forma artística de las más elevadas. Sucedió en Alemania y en Rusia a principios del siglo pasado. Creo que sucederá en nuestro país cuando las leyendas y los mitos del Oeste, y el folclore, pasen a ser la base de una forma sofisticada de conocimiento. No falta esnobismo entre los intelectuales del Este en relación con los materiales procedentes del Oeste. Algunos escritores y críticos académicos que disfrutan con los westerns se burlan de la idea de que en el ámbito más serio de la novela puedan utilizarse los mismos materiales para conseguir un efecto favorable y verdadero. Puede que la frontera sea obsoleta, que haya desaparecido; sin duda es así, en un sentido geográfico. Pero existen otras fronteras —la del matiz cultural, por ejemplo—, y también son importantes. Contienen elementos que se originan o se inspiran en la frontera geográfica. Esta ha sido absorbida por la tierra, y si para el aventurero tal cosa es una calamidad, no tiene por qué serlo para el artista, en particular para el escritor. En el Oeste hay un sentido de desinhibición del que el Este ha carecido durante mucho tiempo. Sobre él planea el fantasma de Europa.

A mí me parece que el Oeste producirá una literatura importante y fecunda, y que esa literatura, aunque será libre en su tono y su discurso de un modo que resulta imposible que lo sea la de Nueva Inglaterra, será no obstante sofisticada, sabrá de lo que habla, comprenderá el significado de la herencia y de la tradición igual que el de la rebelión, y el de su lugar en la gran corriente de la literatura y las artes. El hecho de que no haya sido consciente de su valor durante el último medio siglo no puede utilizarse en su contra. Quienes han hecho de ella su profesión son, por desgracia, provincianos, y o bien albergan un resentimiento innecesario hacia el Este o bien lo temen. Tal vez quienes utilicen el material del Oeste en mayor medida y con más éxito no sean precisamente aquellos que proceden de él. No es necesario. Tanto da de dónde procedan.

La influencia personal de Twain ya a lo largo de su vida fue muy importante. La literaria ha sido también considerable, no solo entre los humoristas, sino también entre los novelistas estadounidenses. La prosa de acción de Hemingway y su lenguaje de tendencia oral son una herencia directa. El propio Hemingway dijo que la literatura estadounidense empieza con un libro, Las aventuras de Huckleberry Finn, lo cual resulta una obvia exageración tan de su estilo, pero indica la consideración en que tenía a Twain. Este es un escritor recio, es por excelencia el autor que llama a las cosas por su nombre, el que se esfuerza en establecer una correspondencia precisa entre la realidad tal como él la experimenta y la que aparece en sus libros. También eso es lo que persigue Hemingway; en ello consiste su verdadera pasión. Lo que lo hace grande es que tiene la capacidad de apreciar dónde, en este complejo mundo, puede entrar en contacto con lo que para él es la verdadera experiencia; el valor para buscar esos lugares y, en palabras de James, saturarse de ellos; la pasión para encontrar las palabras —las palabras frescas, según su propio estilo— en las que hacer encajar su experiencia. Como Twain, Hemingway da la impresión de ser un gran escritor solo por casualidad. La escritura va a remolque de su vida. Eso dista mucho del ejemplo de James y Flaubert, que parecían vivir solo para su trabajo, y cuya pasión, moral, inteligencia y religión fueron sacrificadas por su obra y quedaron diluidas en ella.

El gusto por Twain ha disminuido en los últimos cuarenta años. Se le ha considerado perteneciente a otra época, a la de la cromolitografía y la franela, alguien de un optimismo extraordinario, con una capacidad de autocrítica nacional de la que hoy raramente se goza. A pesar de su hombría fronteriza resulta demasiado frívolo, demasiado juvenil, demasiado rodeado de mujeres para satisfacer por completo el gusto del país. Pero es un sólido monumento de las letras estadounidenses y una lección de valor incalculable para nuestros jóvenes novelistas. Su lección dice así: no menosprecies las fuentes de donde hayas nacido; recuerda que el periodismo de ayer puede convertirse en la literatura de mañana; imprégnate del lenguaje vivo, y no olvides que el humor proporciona larga vida y que la musa no te exige que trabajes con el ceño fruncido.

CHARLES NEIDER

Pacific Palisades

California

cap-2

CRONOLOGÍA

30 XI 1835 Samuel Langhorne Clemens —más tarde conocido como Mark Twain— nace en Florida, un pueblo del nordeste de Missouri. Es el sexto de los siete hijos de John Marshall y Jane Lampton Clemens, y sobrevivirá a todos sus hermanos, a su esposa y a tres de sus cuatro hijos.

1839-1853Vive en Hannibal, una población de Missouri situada a orillas del río Mississippi en la que se inspirará más tarde para crear San Petersburgo, el pueblo ficticio de Las aventuras de Tom Sawyer y Las aventuras de Huckleberry Finn. Tras dejar la escuela a los once años, hace trabajos de impresión para periódicos locales, entre ellos el de su hermano Orion, y escribe relatos cortos y ensayos.

24 III 1847La muerte de John Marshall Clemens deja a su familia sumida en la pobreza.

1853-1856Sam Clemens abandona Missouri para trabajar como impresor en San Luis, Filadelfia y Nueva York. Tras regresar al Medio Oeste, desempeña un trabajo similar para Orion en el sur de Iowa.

V 1857-IV 1861Pasa dos años formándose como piloto de barcos de vapor en el Mississippi —sobre todo bajo la dirección de Horace Bixby— y dos años más trabajando como piloto titulado.

13 VI 1858El vapor Pennsylvania explota al sur de Memphis, hiriendo de gravedad a su hermano menor, Henry, que muere ocho días después.

12 IV 1861Estalla la guerra de Secesión cuando los confederados atacan Fort Sumter, en Charleston, Carolina del Sur. Clemens, que está en Nueva Orleans, no tardará en tener que renunciar a su carrera de piloto cuando la guerra interrumpa el tráfico de vapores en el curso inferior del Mississippi.

VI 1861Clemens se une durante dos semanas a una compañía de milicianos confederados llamada a filas por el gobernador del estado.

VII 1861Cruza las llanuras con su hermano Orion, que ha sido nombrado secretario del gobernador del territorio de Nevada, creado recientemente.

VII 1861-IX 1862Lleva a cabo labores de minero en el oeste de Nevada.

IX 1862-V 1864Trabaja como periodista para el Virginia City Territorial Enterprise.

3 II 1863Utiliza por primera vez el seudónimo «Mark Twain» en un reportaje escrito en Carson City para el Enterprise.

VI 1864-XII 1866Tras mudarse a California, durante un tiempo breve realiza tareas de periodista para The Morning Call, hace prospecciones en las agotadas minas de oro de los condados de Tuolumne y Calaveras, y escribe para diversas publicaciones.

18 XI 1865La publicación de su relato sobre una rana saltadora en el Saturday Press de Nueva York contribuye a forjar su reputación en todo el país.

III-VIII 1866Visita las islas Hawái como corresponsal del Sacramento Union. A su regreso a San Francisco, inicia una larga y exitosa carrera como conferenciante hablando de las islas en el norte de California y el oeste de Nevada.

14 V 1867Publica su primer libro, La célebre rana saltadora del condado de Calaveras.

VI-XI 1867Recorre la costa europea del Mediterráneo y de Tierra Santa en el crucero Quaker City. Sus cartas de viaje a los periódicos de San Francisco y Nueva York se reimprimen en numerosas ocasiones, lo que aumenta su reputación. A su regreso, Elisha Bliss, de la American Publishing Co. (APC) de Hartford, Connecticut, lo invita a escribir un libro sobre sus viajes, que se convertirá en Inocentes en el extranjero.

III-VII 1868Visita California por última vez para asegurarse los derechos de sus cartas de viaje frente al San Francisco Alta California. Durante su estancia termina de escribir el libro con la ayuda de Bret Harte.

20 VII 1869APC publica Inocentes en el extranjero, el primero de los cinco libros de viajes escritos por Clemens y la obra más vendida en vida del autor, así como el libro de viajes estadounidense más vendido del siglo XIX.

VIII 1869Clemens adquiere una participación en el Buffalo Express y se convierte en uno de los redactores del periódico. Tras instalarse en Buffalo, Nueva York, inicia la primera de varias giras de conferencias por el este del país.

2 II 1870Se casa con Olivia (Livy) Langdon, hija de un acaudalado magnate del carbón de Elmira, Nueva York. Los recién casados se instalan en una casa de Buffalo que les regala el padre de Livy.

7 XI 1870Nace el primer hijo de la pareja, un niño llamado Langdon. Solo vivirá veintidós meses.

II 1871Isaac Sheldon publica Mark Twain’s Burlesque Autobiography and First Romance, cuya primera parte es sobre todo una farsa sobre unos antepasados imaginarios. Más tarde Clemens lamentaría haber publicado este relato.

III 1871Tras un año de desgracias familiares, Clemens vende su casa de Buffalo y su participación en el Express y se muda a Elmira, donde su familia se aloja en la Quarry Farm de la hermana de Livy, Susan Crane. A lo largo de las dos décadas siguientes, la familia pasará la mayoría de los veranos en la granja, donde Clemens escribirá gran parte de sus obras principales.

X 1871Su familia se instala en Hartford, Connecticut, antes de que el autor inicie otra prolongada gira de conferencias. Nace su primera hija, Susy, en el mes de marzo siguiente. En septiembre de 1874 la familia se trasladará a una magnífica casa nueva, donde residirá hasta 1891.

29 II 1872APC publica Pasando fatigas, un relato embellecido de los años de Clemens en el Lejano Oeste y Hawái.

VIII-XI 1872Clemens visita por primera vez Inglaterra, país al que no tardará en regresar con su familia.

XII 1873APC publica La edad dorada, novela de Clemens y su vecino de Hartford, Charles Dudley Warner. Las partes escritas por Clemens giran en torno a acontecimientos inspirados en la historia de su propia familia.

VI 1874Clemens empieza a escribir en serio Tom Sawyer durante el mismo mes en el que nace su segunda hija, Clara.

I-VIII 1875Publica en el Atlantic Monthly Viejos tiempos en el Mississippi, su primera obra larga sobre la navegación a vapor, en una serie compuesta por siete partes.

5 VII 1875Informa a Willian Dean Howells que ha terminado de escribir Tom Sawyer y se pone a dramatizar el relato.

21 VII 1875APC publica Mark Twain’s Sketches New and Old.

5 XI 1875Entrega a APC el manuscrito de Tom Sawyer.

9 VI 1876Tom Sawyer se publica primero en Inglaterra porque la edición estadounidense se retrasa.

28 VI 1876Belford Brothers, de Canadá, publica una edición pirata de Tom Sawyer que no tarda en inundar los mercados americanos.

En torno al 8 XII 1876APC publica la primera edición estadounidense de Tom Sawyer.

17 XII 1877Clemens pronuncia un discurso burlesco en un banquete celebrado en Boston con ocasión del cumpleaños del poeta John Greenleaf Whittier que más tarde le causa un gran bochorno.

IV 1878-VIII 1879 Viaja por Europa occidental con su familia.

12 XI 1879Pronuncia un discurso triunfante en Chicago en honor al general Ulysses S. Grant en una reunión del ejército de la Unión.

13 III 1880APC publica Un vagabundo en el extranjero, relato novelado de diversos episodios de los recientes viajes europeos de Clemens.

12 XII 1881James Osgood, de Boston, publica El príncipe y el mendigo, novela de Clemens sobre unos muchachos que se intercambian los papeles en la Inglaterra del siglo XVI.

IV-V 1882Clemens viaja en vapor desde San Luis, Missouri, hasta Nueva Orleans, y luego remonta el río hasta Saint Paul, Minnesota, a fin de reunir material para su futuro libro La vida en el Mississippi.

17 V 1883James Osgood publica La vida en el Mississippi, obra que amplía los artículos de «Viejos tiempos en el Mississippi» y añade material nuevo procedente del regreso de Clemens al río en 1882.

1 V 1884Clemens funda su propia editorial, Charles L. Webster & Co., con Webster, su sobrino político, como presidente de la empresa.

VII 1884Empieza a escribir una continuación inacabada de Huckleberry Finn que se publicará el 20 de diciembre de 1968 en la revista Life, con el título de «Huck Finn y Tom Sawyer entre los indios».

10 XII 1884Chatto & Windus publica por primera vez Huckleberry Finn en Inglaterra. La editorial se convertirá en la única casa inglesa autorizada por Clemens.

18 II 1885Webster publica tardíamente en Estados Unidos Huckleberry Finn.

10 XII 1889Webster publica Un yanqui en la corte del rey Arturo, una novela de Clemens sobre un estadounidense contemporáneo que regresa a la Inglaterra del siglo VI.

27 X 1890Jane Lampton Clemens, la madre del autor, muere a los ochenta y siete años de edad.

VI 1891-V 1895 La familia cierra la casa de Hartford —a la que nunca regresará— y se va a vivir a Europa para reducir sus gastos. Mientras recorre Europa occidental, Clemens realiza numerosos viajes breves a Estados Unidos para cuidar de sus intereses comerciales en declive.

V 1892Webster publica El conde americano, una novela de Clemens sobre un estadounidense que afirma ser heredero de un condado inglés.

1893-1894Clemens publica Tom Sawyer en el extranjero, primero como novela por entregas en la revista St. Nicholas y luego como el último libro editado por su firma Webster & Co., que quiebra en abril de 1894.

28 XI 1894APC publica La tragedia de Wilson Cabezahueca, una novela sobre la esclavitud y el mestizaje, ambientada en un pueblo ficticio de Missouri inspirado en Hannibal.

IV 1895-IV 1896Harper’s Magazine publica por entregas la novela Juana de Arco. La asombrosa aventura de la Doncella de Orléans, que más tarde es editada en forma de libro por Harper and Brothers, la nueva editorial estadounidense autorizada por Clemens que pronto empezará a reeditar todos sus libros en ediciones uniformes.

V 1895-VII 1896Clemens abandona Inglaterra con su familia para iniciar una gira de conferencias por todo el mundo. Tras veranear en Elmira, Livy, su hija Clara y él viajan a la Columbia Británica, desde donde cruzan el Pacífico hasta Hawái, Fiyi, Australia y Nueva Zelanda, atraviesan el Índico hasta Sri Lanka, India y Sudáfrica, y regresan a Inglaterra. Mientras tanto, sus hijas Susy y Jean se quedan en Elmira. Los beneficios de la gira saldan las deudas de su editorial, y el autor vuelve a Estados Unidos, donde es recibido como un triunfador.

VII 1896-X 1900Después de que su hija Jean se reúna con ellos, la familia permanece en Europa cuatro años más.

18 VIII 1896Su hija Susy muere de meningitis espinal mientras Clemens está en Inglaterra.

VIII-IX 1896Publica por entregas Tom Sawyer, el detective en el Harpers’s New Monthly Magazine.

13 XI 1897Harper y APC publican el quinto libro de viajes de Clemens, Viaje alrededor del mundo, siguiendo el Ecuador, un relato relativamente sobrio de su periplo por todo el planeta.

11 XII 1897Muere Orion Clemens.

15 X 1900Tras una ausencia ininterrumpida de cinco años, Clemens vuelve a Estados Unidos con su familia y alquila una casa en Nueva York.

10 IV 1902Harper publica Historia detectivesca de dos cañones, una novela breve en la que aparece Sherlock Holmes como detective incompetente.

V 1902Clemens visita por última vez Hannibal y el río Mississippi en el transcurso de un viaje a Columbia para recibir el título de doctor honoris causa por la Universidad de Missouri.

XI 1903-VI 1904La familia Clemens se traslada a Florencia, Italia, con la esperanza de que el clima suave sea beneficioso para la frágil salud de Livy, la esposa y madre.

14 I 1904Clemens empieza a dictar su autobiografía a la secretaria de su familia, Isabel Lyon.

5 VI 1904Livy muere en Florencia. El resto de la familia no tarda en regresar a Estados Unidos.

31 VIII 1904Fallece Pamela Clemens Moffett, última hermana superviviente del autor.

IX 1904-VI 1908Clemens se instala en la Quinta Avenida de Nueva York, donde es encumbrado como orador e invitado a banquetes.

5 XII 1905El coronel George Harvey, presidente de Harper and Brothers y director del Harper’s Weekly, organiza un gran banquete en el restaurante Delmonico’s de Nueva York para celebrar el septuagésimo cumpleaños de Clemens.

I 1906Albert Bigelow Paine se traslada a casa de Clemens para empezar a trabajar como su biógrafo autorizado.

VI-VII 1907Clemens hace su último viaje transatlántico para recibir el título de doctor honoris causa por la Universidad de Oxford en Inglaterra.

18 VI 1908Clemens se traslada a su último hogar, Stormfield, una casa de nueva construcción en las afueras de Redding, Connecticut.

8 IV 1909Publica ¿Ha muerto Shakespeare?

24 XII 1909Su hija menor, Jean, muere de un ataque al corazón sufrido durante una crisis epiléptica.

I-IV 1910Visita las Bermudas en su último viaje fuera de Estados Unidos. Cuando su salud se deteriora gravemente, Paine viaja hasta allí para acompañarlo de regreso a casa.

21 IV 1910Samuel Langhorne Clemens muere de un infarto en su casa, Stormfield, a los setenta y cuatro años de edad. Tres días después es enterrado en el cementerio Woodlawn de Elmira, donde, con el tiempo, se dará sepultura a todos los miembros de su familia.

cap-3

NOTA SOBRE LA EDICIÓN

El presente volumen contiene un total de sesenta relatos, trece de ellos recogidos de libros de no ficción. Cubren el abanico completo de las obras de Twain publicadas, desde 1865 hasta 1916, seis años después de su muerte. El texto corresponde a la edición Stormfield de los trabajos de Twain, publicada en 1929 por Harper & Brothers en treinta y siete volúmenes. Los relatos están organizados según el año de su primera publicación, y alfabéticamente cuando en un mismo año se publicó más de uno.

«A Cure for the Blues» es un ejemplo de obra breve que no he incluido; se trata de una especie de crítica paródica de un libro, sin ninguna de las habituales características de los relatos. «The Private History of a Campaign That Failed» es otro ejemplo del mismo caso. Esta es una obra de remembranza que se acerca a la autobiografía y que, de nuevo, es del todo distinta a un cuento.

C. N.

cap-4

AGRADECIMIENTOS

Deseo expresar mi gratitud a Harper & Brothers y a los herederos de Mark Twain, sin cuya colaboración no habría sido posible publicar este volumen. Debo un reconocimiento especial al señor Frank MacGregor de Harpers y al señor Henry Nash Smith de la Universidad de California (Berkeley) por las atenciones que me han dispensado.

C. N.

cap-5

Cuentos completos

cap-6

LA CÉLEBRE RANA SALTADORA
DEL CONDADO DE CALAVERAS

Para complacer la petición de un amigo que me escribía desde el este, fui a visitar al viejo Simon Wheeler, hombre amable y charlatán, a fin de pedirle noticias de un amigo de mi amigo, Leonidas W. Smiley. Tal había sido su petición, y he aquí el resultado. Tengo la vaga sospecha de que el tal Leonidas W. Smiley es un mito; de que mi amigo jamás conoció a tal personaje; y de que lo único que le movió a solicitarme aquel favor fue la conjetura de que, si yo preguntaba por él al viejo Wheeler, este se acordaría de cierto infame Jim Smiley y emprendería el relato mortalmente aburrido de los exasperantes recuerdos que de este tenía, un relato tan largo y tedioso como desprovisto de ningún interés para mí. Si esa fue su intención, lo logró plenamente.

Encontré a Simon Wheeler descabezando un confortable sueñecito al lado de la estufa del bar, en la desvencijada taberna del decadente campo minero de Angel, y pude apreciar que era gordo y calvo, con una expresión de agradable benevolencia y simplicidad pintada en su tranquila fisonomía. Se levantó y me dio los buenos días. Le expliqué que un amigo mío me había encargado que hiciera ciertas pesquisas acerca de un querido compañero de su niñez llamado Leonidas W. Smiley: el reverendo Leonidas W. Smiley, joven ministro evangelista que, según le habían dicho, había residido durante una temporada en el campamento de Angel. Añadí que, si podía contarme algo acerca de este reverendo Leonidas W. Smiley, le quedaría sumamente agradecido.

Simon Wheeler me condujo hasta un rincón y, tras sentarse, impidiéndome el paso con su silla, emprendió la monótona narración que sigue a este párrafo. No sonrió una sola vez, ni frunció el ceño, ni varió el tono suave y fluido de voz que empleó desde la frase inicial, ni en ningún momento delató la más leve pizca de entusiasmo; pero su interminable narración estuvo recorrida por una vena de seriedad y sinceridad tan impresionantes que me demostró con toda evidencia que, lejos de imaginar que hubiera en su historia algo ridículo o gracioso, la consideraba como algo muy importante y admiraba a sus dos héroes como hombres de trascendente ingenio y finesse. Así pues, le dejé que hablara sin interrumpirle ni una sola vez.

—El reverendo Leonidas W. Hummm, reverendo Le... Bueno, aquí hubo una vez un sujeto llamado Jim Smiley, allá por el invierno del cuarenta y nueve, o en la primavera del cincuenta, no recuerdo muy exactamente. De todas formas, pienso que debió de ser en uno de esos años, ya que me acuerdo perfectamente de que cuando llegó aquí no estaba terminada la gran presa del río. En cualquier caso, era el hombre más peculiar que jamás se haya visto: siempre estaba apostando sobre cualquier cosa, con tal de encontrar a alguien que le aceptara la apuesta. Y si no lo encontraba, cambiaba las tornas. Todo lo que planteara el otro, a él ya le estaba bien: con tal de poder apostar, ya se sentía satisfecho. Y, con todo, tenía mucha suerte, una suerte extraordinaria, y por lo general siempre ganaba. Estaba constantemente dispuesto a correr cualquier riesgo; no se podía mencionar una sola cosa sobre la que no se prestara a apostar, sin importarle mucho qué bando tomar, tal como antes le he dicho. ¿Que había una carrera de caballos? Pues allí le tenía usted, todo colorado de alegría o sin un solo cuarto al terminar. ¿Que había una pelea de perros? Pues allí que apostaba. ¿Que había una pelea de gatos? También apostaba. ¿Que era de gallos? Lo mismo. Incluso si veía a dos pájaros posados en alguna rama, apostaba sobre cuál sería el primero en emprender el vuelo. Si se trataba de una asamblea en el campamento, allí acudía él sin falta para apostar por el pastor Walker, a quien tenía por el mejor de los predicadores de por aquí, lo cual era muy cierto, pues era un hombre excelente. Incluso si veía una sabandija arrastrándose hacia algún sitio, le apostaba a usted sobre lo que tardaría en llegar a su destino. Y si le aceptaba la apuesta, era capaz de seguir al bicho hasta México, solo por enterarse de adónde se dirigía y cuánto tiempo le llevaría. Muchos de los chicos de por aquí conocieron a este Smiley y pueden hablarle de él. En fin, que no hacía distingos, todo le parecía bien para apostar, al muy truhán. Una vez, la mujer del pastor Walker estuvo muy enferma durante bastante tiempo, y parecía que no había salvación para ella; pero una mañana el pastor vino por aquí y Smiley le preguntó qué tal seguía su esposa, y el pastor contestó que, gracias a la infinita misericordia de Dios, se encontraba mucho mejor, y que estaba reponiéndose tan bien que, con la bendición de la Providencia, acabaría por curarse del todo. Smiley, sin pararse a pensar, le dijo: «Le apuesto dos dólares y medio a que no sale de esta».

»Este Smiley tenía una yegua a la que los muchachos llamaban “la jaca del cuarto de hora”, aunque solo en broma, ¿sabe usted?, porque ya supondrá que era más rápida que eso, y Smiley también ganaba dinero con aquella yegua, a pesar de que era muy lenta y de que siempre sufría de asma, moquillo, consunción o algo por el estilo. Solían concederle doscientas o trescientas yardas de ventaja y aun así acababan pasándola por el camino; pero hacia el final de la carrera se excitaba mucho, como desesperada, y empezaba a trotar y a galopar, agitando las patas en todas direcciones, unas veces en el aire y otras hacia los lados, golpeando las vallas, levantando tanto polvo y armando tal revuelo con sus resoplidos y bufidos, que siempre acababa llegando la primera a la meta, ganando justo por una cabeza.

»También tenía un perro de presa muy pequeño, que cuando lo veías no habrías dado un centavo por él, ya que parecía servir solo para rondar por ahí con cara aviesa y tumbarse cerca de uno esperando la ocasión de robarle algo. Pero en cuanto se apostaba dinero por él, se convertía en un perro diferente: la mandíbula inferior empezaba a adelantársele como el espolón de un barco y sacaba a relucir sus dientes, refulgentes como el fuego. Y el perro adversario ya podía atacarlo y provocarlo, morderlo y revolcarlo por el suelo dos o tres veces, que Andrew Jackson, que así se llamaba el animal, nunca se revolvía contra él, como si estuviera satisfecho de sí mismo, como si ya se hubiera esperado algo así. Y a todo esto las apuestas se iban doblando y doblando a favor del contrario, hasta que no había ya más dinero que apostar. Entonces, de repente, agarraba al otro perro por el lugar preciso de la articulación de la pata trasera, y ya no lo soltaba. No lo mordía, ¿comprende?, sino que se limitaba a aferrarse a él hasta que los otros tiraban la esponja, así tuviera que aguantar un año. Smiley siempre acababa ganando con aquel chucho, hasta el día en que se topó con un perro que no tenía patas traseras, porque se las había cercenado una sierra de esas circulares, y cuando la pelea había proseguido su curso habitual y las apuestas ya estaban en su apogeo, fue el animalillo a agarrarse a su sitio favorito y en ese preciso instante se dio cuenta de que le habían jugado una mala pasada y de que el otro perro lo tenía contra las cuerdas, por así decirlo, y el pequeño chucho pareció muy sorprendido, se le veía como desanimado, sin hacer ya ningún esfuerzo por ganar la pelea, así que acabó muy mal parado. Lanzó a Smiley una mirada que parecía decirle que tenía el corazón destrozado y que la culpa había sido de él, por haberle hecho enfrentarse con un perro que no tenía patas traseras donde agarrarse, siendo como era aquella su salvación en el combate. Después de dar unos cuantos pasos tambaleantes, se tumbó y murió. Era un buen animal, aquel Andrew Jackson, y de haber vivido habría llegado a hacerse un nombre, ya que tenía madera y genio para ello... Estoy seguro de ello, porque, pese a que nunca tuvo oportunidad de demostrarlo y las circunstancias no le acompañaron, no tendría sentido que un perro como aquel pudiera pelear así si no hubiera tenido talento. Siempre me pongo triste cuando pienso en su último combate y en la forma en que acabó.

»Pues sí, este Smiley tenía terriers, gallos de pelea, gatos y toda clase de bestias por el estilo, hasta el punto de no darte tregua, y ya podías presentarte con cualquier animal que él siempre aceptaba la apuesta con el suyo. Una vez cogió una rana, se la llevó a su casa y dijo que iba a dedicarse a educarla, y durante tres meses no hizo otra cosa que enseñar a aquel bicho a saltar en el patio de atrás de su casa. ¡Y vaya si aprendió! Le daba un golpecito en el trasero, y al momento veías la rana surcando los aires como un buñuelo de viento; luego daba una voltereta, o incluso dos si había tomado bastante impulso, y caía con las patas bien planas y en buena postura, como un gato. También la adiestró en el ejercicio de coger moscas, y la sometió a una práctica tan constante que podía atrapar cualquiera que se pusiera al alcance de su vista. Smiley decía que todo lo que necesitaban las ranas era educación, y que podían hacer casi cualquier cosa... y yo le creía. Mire usted, le he visto poner ahí mismo, en el suelo, a Daniela Webster, que así se llamaba la rana, y decirle canturreando: “Moscas, Daniela, moscas”, y antes de poder parpadear la rana daba un salto y atrapaba a una mosca ahí, en la barra, y volvía a caer al suelo tan firme como una bola de barro, y se ponía a rascarse la cabeza con su pata trasera con la mayor indiferencia, como si no tuviera ni idea de estar haciendo nada más de lo que cualquier otra rana podría hacer. Jamás se ha visto una rana tan modesta y campechana como aquella, a pesar de estar tan bien dotada. Y cuando se trataba de saltar sobre terreno plano, salvaba más espacio de un solo bote que cualquier otro bicho de su especie. Saltar en terreno llano era su punto fuerte, ¿comprende?, y en esos casos Smiley apostaba hasta el último centavo que le quedara. Smiley estaba terriblemente orgulloso de su rana, y tenía motivos para ello, ya que gentes que habían viajado por todo el mundo coincidían en afirmar que superaba a cualquier rana que hubieran visto nunca.

»Pues bien, el caso es que Smiley guardaba la bestezuela en una cajita enrejada y solía traerla aquí al campamento para apostar. Un día, un individuo, que no era de por aquí, se lo encontró con su cajita y le preguntó:

»—¿Qué es lo que lleva usted en esa caja?

»Y Smiley repuso, con tono indiferente:

»—Podría ser una cotorra, o podría ser un canario, pero no lo es: no es más que una rana.

»Y el tipo cogió la cajita, la examinó cuidadosamente, volviéndola de un lado y de otro, y dijo:

»—Hummm... ya lo veo. Bueno, ¿y para qué sirve?

»—Bueno —dijo Smiley cautelosamente y con aire despreocupado—, sabe hacer muy bien una cosa. A mi entender, puede vencer saltando a cualquier rana del condado de Calaveras.

»El individuo volvió a coger la cajita, la contempló larga y detenidamente y se la devolvió a Smiley, diciendo con mucho retintín:

»—Pues no veo nada en esta rana que indique que sea mejor que otra cualquiera.

»—Tal vez usted no lo vea —le contestó Smiley—. Tal vez entienda usted de ranas, tal vez no. Podría ser un experto, o podría no ser más que un aficionado. En todo caso, yo ya tengo formada mi opinión, y le apuesto a usted cuarenta dólares a que mi rana derrota saltando a cualquier otra del condado de Calaveras.

»Su interlocutor se quedó un minuto pensativo, diciendo luego con triste resignación:

»—Verá, yo no soy más que un forastero y no tengo ninguna rana, pero si la tuviera aceptaría su apuesta.

»Entonces Smiley repuso:

»—Está bien, no se preocupe. Si me sostiene la caja durante un minuto, iré a buscarle una.

»El tipo cogió la caja, puso sus cuarenta dólares al lado de los de Smiley y se sentó a esperar.

»Permaneció allí durante un buen rato, entregado a sus reflexiones, y luego sacó la rana, le abrió la boca y, con una cucharita, se la llenó de perdigones casi hasta la barbilla. Después, la depositó en el suelo. Entretanto, Smiley había ido a la charca, donde estuvo chapoteando en el barro durante un buen rato. Finalmente, cogió una rana y se la llevó a aquel individuo, diciéndole:

»—Ahora, si está usted dispuesto, póngala al lado de Daniela, con las patas delanteras alineadas a la misma altura, y yo daré la señal de partida. —Acto seguido, dijo—: Uno, dos, tres... ¡ya!

»Smiley y aquel tipo tocaron a sus ranas por detrás, y la nueva saltó con gran ímpetu; en cambio, Daniela pareció lanzar un suspiro y levantar los hombros... así, como un francés. Pero todo fue en vano: no podía moverse. Estaba plantada tan firmemente sobre el suelo como una iglesia, y no podía avanzar, como si estuviera anclada. Smiley se quedó muy sorprendido, y también muy disgustado, pero naturalmente no tenía ni idea de qué podía pasarle a la rana.

»El individuo cogió el dinero y se dispuso a marcharse. Cuando había llegado a la puerta, apuntó con el pulgar por encima de la espalda, así, hacia Daniela, y volvió a decir con mucho retintín:

»—Pues no veo nada en esta rana que indique que sea mejor que otra cualquiera.

»Smiley se quedó rascándose la cabeza y contemplando a Daniela durante un buen rato, hasta que al fin dijo:

»—¿Qué puede haberle pasado a esta rana para no saltar? Es como si le sucediera algo raro... parece como si estuviera hinchada. —Y, cogiendo a Daniela por la piel del cuello, la levantó del suelo—. ¡Que me lleve el diablo si no pesa al menos cinco libras!

»Y, poniéndola boca abajo, la hizo arrojar dos puñados de perdigones. Entonces comprendió la treta y se puso hecho una auténtica furia. Dejó la rana en el suelo y salió en persecución de aquel individuo, sin lograr darle alcance. Y...

Al llegar a este punto, Simon Wheeler oyó que le llamaban desde el patio de delante y fue a ver de qué se trataba. Antes de salir, se volvió hacia mí y me dijo:

—Quédese aquí, forastero, y espéreme. Enseguida vuelvo.

Pero, con el permiso de ustedes, no consideré que la continuación de la historia del emprendedor vagabundo Jim Smiley me proporcionara mucha información concerniente al reverendo Leonidas W. Smiley, así que me dispuse a marcharme.

Ya en la puerta, me encontré al sociable Wheeler, que regresaba, y volvió a engancharme y a reanudar su relato:

—Pues bien, este Smiley tenía una vaca de color amarillento y tuerta, que no tenía por rabo más que un corto muñón, como una banana, y...

Sin embargo, careciendo tanto de tiempo como de disposición para ello, no esperé a escuchar más acerca de aquella desdichada vaca, y me marché.

1865

cap-7

EL CUENTO DEL NIÑO MALO

Había una vez un niño malo cuyo nombre era Jim; aunque, si se fijan, habrán observado que en los libros de la escuela dominical los niños malos casi siempre se llaman James. Era extraño, y no obstante cierto, que este se llamaba Jim.

Tampoco este niño tenía a la madre enferma: una madre piadosa y enferma con tisis, que con gusto yacería en su tumba y descansaría por fin, si no fuera por el mucho amor que prodigaba a su hijo y por la angustia de que el mundo fuera duro y cruel con él cuando ella faltase. La mayoría de los niños malos de los libros de las escuelas dominicales se llaman James y tienen madres enfermas que les enseñan a decir: «Ahora voy a acostarme...», etcétera, y les arrullan con voz dulce y plañidera, y les dan un beso de buenas noches, arrodilladas junto a la cama y llorando en silencio. Con este ocurría todo lo contrario. Se llamaba Jim y a su madre no le pasaba nada malo: ni tenía tisis ni nada por el estilo. Era más bien robusta, y no era piadosa; y lo que es más, no se preocupaba en absoluto por su hijo. Solía decir que si se rompía la cabeza no iba a perderse gran cosa. Le mandaba a la cama con un sopapo, y jamás le daba un beso de buenas noches; al contrario, antes de dejarlo acostado, le daba unos pescozones detrás de las orejas.

En cierta ocasión, este niño malo robó la llave de la despensa, se coló en ella y se comió un poco de mermelada, y luego rellenó el tarro con alquitrán para que su madre no notara la diferencia; pero no le asaltó de pronto un cruel remordimiento, ni tampoco escuchó ninguna voz que le susurrara: «¿Está bien que desobedezca así a mi madre? ¿No es pecaminoso hacer algo así? ¿Adónde van los niños malos que engullen glotonamente la mermelada de su buena madre?». Y luego no se arrodilló a solas, ni prometió nunca más volver a hacer una maldad así, ni se levantó con el corazón aliviado y feliz, ni se lo contó todo a su madre pidiéndole su perdón, ni fue bendecido por esta con lágrimas de orgullo y agradecimiento en sus ojos. No; así es como se comportan los otros niños malos de los libros; pero, por extraño que parezca, con este Jim sucedía todo lo contrario. Se comió aquella mermelada y, con su forma de hablar vulgar y pecaminosa, dijo que estaba estupenda; y luego rellenó el tarro con alquitrán, y dijo que aquello también era estupendo, y se echó a reír pensando que «cuando la vieja lo descubra va a poner el grito en el cielo»; y cuando la madre lo descubrió, él negó saber absolutamente nada del asunto, y ella le dio una fuerte paliza y él puso los lloros. Todo lo que ocurría con aquel chico era muy curioso: todo resultaba distinto a lo que les sucedía a los James malos de los libros.

En otra ocasión se subió a los manzanos del granjero Acorn para robar manzanas, y no se quebró ninguna rama, haciéndole caer y rompiéndose un brazo, ni tampoco fue atacado por el enorme perro del granjero y tuvo que permanecer en cama durante semanas, teniendo tiempo de arrepentirse y prometer enmendarse en lo sucesivo. Ah, no; robó tantas manzanas como le vino en gana y bajó de los árboles sin ningún percance; y también estuvo preparado para enfrentarse al perro, y en cuanto lo vio venir para echársele encima le arrojó un ladrillo que lo dejó malparado. Era muy extraño: jamás ocurría nada parecido en aquellos libritos de cubiertas veteadas como mármol, con dibujos de hombres con chaquetas de faldones, sombreros acampanados y pantalones hasta la rodilla, y mujeres con vestidos de talle justo por debajo de los brazos y sin miriñaques. No había nada parecido en ninguno de los libros de la escuela dominical.

En otra ocasión robó el cortaplumas del maestro, y cuando tuvo miedo de que lo descubrieran y le azotaran, lo deslizó dentro de la gorra de George Wilson: el hijo de la pobre viuda de Wilson, el chico intachable, el niño bueno del pueblo, que siempre obedecía a su madre, que nunca decía una mentira, que era muy estudioso y al que le encantaba asistir a la escuela dominical. Y cuando el cortaplumas cayó de la gorra y el pobre George agachó la cabeza y se ruborizó, como tomando conciencia de su culpa, y cuando el agraviado profesor le atribuyó el hurto y estaba a punto de dejar caer el puntero sobre sus hombros temblorosos, no apareció de repente ningún improbable juez de paz con el pelo blanco que se interpusiera y, con actitud ecuánime, dijera: «No castiguéis a este noble muchacho... ¡ahí tenéis al infame culpable! Pasaba por casualidad por la puerta de la escuela y, sin ser visto, observé cómo cometía el hurto». Ni tampoco Jim fue expuesto a la vergüenza general, ni el venerable juez dirigió ningún sermón a toda la escuela bañada en lágrimas, ni tomó a George de la mano diciendo que aquel muchacho era digno de encomio, y luego le pidió que se fuera a vivir con él para barrer su despacho, encender el fuego, hacer recados, cortar leña, estudiar leyes y ayudar a su mujer en las labores domésticas, y tener todo el tiempo restante para jugar, ganando cuarenta centavos al mes y siendo feliz. No; así es como habría ocurrido en los libros, pero no pasó de ese modo con Jim. No hubo ningún juez vejete y entrometido que pasara por allí y montara ningún revuelo, y así George, el niño modélico, recibió una paliza, y Jim se alegró de ello porque, como saben, detestaba a los niños ejemplares. Jim solía decir de ellos: «¡Abajo con esas nenazas!». Tal era el lenguaje grosero de este niño malo y maleducado.

Pero lo más extraño que jamás le ocurrió a Jim fue aquella vez que salió en barca en domingo y no se ahogó, y aquella otra vez que se vio sorprendido por la tormenta mientras pescaba en domingo y no fue alcanzado por el rayo. Ya pueden ustedes consultar una y otra vez los libros de la escuela dominical de arriba abajo, desde este momento hasta las próximas Navidades, que jamás verán en ellos una cosa parecida. Ah, no; encontrarán que todos los niños malos que salen en barca en domingo invariablemente se ahogan, y que todos los niños malos que son sorprendidos por la tormenta mientras pescan en domingo acaban infaliblemente alcanzados por un rayo. Los botes en que los niños malos salen en domingo acaban siempre naufragando, y siempre hay tormenta cuando los niños malos van a pescar ese día. Cómo logró escapar Jim a todo eso es para mí un misterio.

La vida de Jim debía de estar protegida por algún encantamiento: esa tenía que ser la explicación. Nada podía dañarle. Incluso llegó a darle al elefante del zoológico una tableta de tabaco sin que le golpeara la cabeza con la trompa. Rebuscó en la alacena para echar un trago de peppermint, y no se equivocó y bebió aguarrás. Robó la escopeta de su padre para salir a cazar en día feriado, y no se arrancó tres o cuatro dedos de un disparo. Un día que estaba furioso golpeó a su hermanita con el puño en las sienes, y esta no pasó largos días de verano postrada en cama, sufriendo, ni murió con dulces palabras de perdón en sus labios que redoblaran la angustia del corazón destrozado de Jim. No, la niña lo soportó bien. Al final se escapó y se hizo a la mar, y al regresar no se encontró triste y solo en el mundo, con los seres queridos reposando en el silencioso cementerio y el emparrado hogar de su infancia desolado y en ruinas. Ah, no; regresó a casa borracho como una cuba, y lo primero que vio fue el puesto de policía al que lo llevaron.

Y creció y se casó, y fundó una familia numerosa, y una noche les partió a todos la cabeza con un hacha, y se enriqueció con toda clase de canalladas y fraudes; y ahora es el rufián más perverso y diabólico de su pueblo natal, es universalmente respetado y forma parte de la legislatura.

Así es que, como ven, nunca hubo uno de esos James malos de los libros de escuela dominical que tuviera una suerte tan prodigiosa como la de este pecador Jim con su encantadora vida.

1865

cap-8

CANIBALISMO EN LOS VAGONES DEL TREN

Recientemente estuve en Saint Louis, y al regresar hacia el oeste, después de cambiar de tren en Terre Haute (Indiana), subió en una de las estaciones del trayecto un caballero de aspecto benévolo y agradable, de unos cuarenta y cinco o cincuenta años, y se sentó junto a mí. Estuvimos hablando animadamente durante más o menos una hora sobre temas diversos, y encontré que era un hombre extraordinariamente divertido e inteligente. Cuando se enteró de que yo era de Washington, empezó de inmediato a preguntarme acerca de varios cargos públicos y de los asuntos del Congreso, y enseguida me di cuenta de que mi interlocutor era un hombre muy familiarizado con los entresijos de la vida política en la capital, e incluso de los procedimientos, costumbres y actitudes de los senadores y representantes de las Cámaras de la Asamblea Legislativa. En aquel momento, dos hombres se detuvieron cerca de nosotros durante un instante, y uno le dijo al otro:

—Harris, si haces esto por mí, nunca lo olvidaré, muchacho.

Los ojos de mi nuevo camarada se iluminaron agradablemente. Pensé que aquellas palabras habían despertado en él algún recuerdo feliz. Luego su rostro se serenó y se tornó pensativo, casi sombrío. Se volvió hacia mí y me dijo:

—Déjeme que le cuente una historia; déjeme revelarle un capítulo secreto de mi vida, un capítulo del que no he vuelto a hablar con nadie desde que acontecieron los sucesos que voy a narrarle. Escuche pacientemente y prométame que no me interrumpirá.

Le dije que no lo haría, y empezó a relatarme la extraña aventura que sigue, hablando a veces animadamente, otras con melancolía, pero siempre con completa seriedad y cargado de sentimiento.

El día 19 de diciembre de 1853 partí en el tren nocturno que salía de Saint Louis en dirección a Chicago. No éramos más que veinticuatro pasajeros en total. No había ni mujeres ni niños. Estábamos todos de un humor excelente, y no tardaron en entablarse agradables relaciones amistosas. El viaje se presentaba bajo los mejores auspicios, y no creo que nadie de aquel grupo tuviera el más vago presentimiento de los horrores por los que muy pronto tendríamos que pasar.

A las once empezó a nevar copiosamente. Poco después de abandonar el pequeño pueblecito de Welden, nos adentramos en las interminables praderas desiertas que se extienden durante leguas y leguas de tierras inhóspitas. El viento, sin encontrar el obstáculo de árboles o colinas, ni tan siquiera de alguna roca aislada, silbaba con violencia a través del llano desierto, y arrastraba la nieve como la espuma de las olas encrespadas de un mar tempestuoso. La nieve se acumulaba rápidamente, y al observar que el tren disminuía de velocidad, supimos que la locomotora se iba abriendo paso cada vez con más dificultad. De hecho, en algunos momentos casi llegó a pararse del todo, en medio de grandes ventisqueros que se atravesaban sobre la vía como lápidas colosales. La conversación empezó a decaer. La alegría se trocó en grave preocupación. La posibilidad de quedar atrapados en la nieve en la pradera desierta, a cincuenta millas de la casa más cercana, se representó en la mente de todos y fue extendiendo su depresiva influencia sobre nuestros espíritus.

A las dos de la mañana fui despertado del inquieto sueño en que me había sumido al darme cuenta de que a mi alrededor había cesado todo movimiento. La horrible verdad cruzó como un relámpago por mi mente: ¡estábamos bloqueados por la nieve! «¡Todo el mundo al rescate!» Y todos nos apresuramos a obedecer. Al salir a la lúgubre oscuridad de la noche, con la nieve azotándonos bajo la incesante tempestad, el corazón nos dio un vuelco a todos, asaltados por la certeza de que perder un solo momento podría acarrearnos la muerte. Palas, manos, tablas... cualquier cosa, todo lo que pudiera desplazar la nieve, se puso al momento en acción. Era una estampa ciertamente extraña, ver a aquel reducido grupo de hombres luchando frenéticamente contra la nieve amontonada, con sus siluetas oscilando entre la más negra penumbra y la luz airada del reflector de la locomotora.

Bastó apenas una hora para comprobar que nuestros esfuerzos eran completamente inútiles. En cuanto retirábamos un ventisquero, la tormenta volvía a obstaculizar la vía con una nueva docena. Y, para colmo de males, descubrimos que en la última carga que la locomotora había llevado a cabo contra el enemigo... ¡se habían roto las bielas de las ruedas! Aun cuando lográramos despejar la vía, no podríamos proseguir el viaje. Volvimos a subir al vagón, extenuados por el trabajo y totalmente abatidos. Nos reunimos en torno a las estufas para evaluar detenidamente nuestra situación. No teníamos provisiones de ningún tipo: esa era nuestra mayor desgracia. No corríamos riesgo de congelarnos, ya que llevábamos gran cantidad de leña en el furgón. Ese era nuestro único consuelo. La discusión llegó a su fin cuando aceptamos la descorazonadora conclusión del conductor: caminar cincuenta millas a través de una tempestad de nieve como aquella representaría la muerte para cualquiera que lo intentara. No podíamos enviar a nadie a buscar ayuda, e incluso si lo hiciéramos no lo conseguiría. Teníamos que resignarnos y esperar, con toda la paciencia que pudiéramos, a que llegara el auxilio, ¡o a morir de hambre! Creo que hasta el corazón más endurecido que allí pudiera haber experimentó un momentáneo escalofrío al oír aquellas palabras.

Al cabo de una hora la conversación se extinguió hasta convertirse en un débil murmullo aquí y allá del vagón, que se percibía a intervalos entre las ráfagas de viento; la luz de las lámparas fue bajando, y la mayoría de los náufragos se refugiaron entre las sombras oscilantes para pensar —para olvidar el presente, si podían—, y para dormir, si lo lograban.

La noche eterna —sin duda nos lo pareció a nosotros— fue desgranando lentamente sus horas hasta que por fin, al este, despuntó el gris y frío amanecer. A medida que la luz fue creciendo en intensidad, los pasajeros empezaron a rebullir y a dar signos de vida uno tras otro, y cada uno se echaba hacia atrás el sombrero que le había caído sobre la frente, estiraba sus miembros entumecidos y lanzaba una mirada por la ventanilla hacia la desoladora perspectiva. ¡Y era realmente desoladora! No se veía por ninguna parte ni un solo ser vivo, ni una sola morada humana: tan solo el vasto desierto blanco, lienzos de nieve alzados por el viento formando montículos por doquier, y un diluvio de copos que caían en remolinos impidiendo ver el firmamento.

Durante todo el día deambulamos arriba y abajo por los vagones, entregados a nuestros pensamientos y hablando muy poco. Otra noche monótona e interminable... y el hambre.

Otro amanecer, otro día de silencio, de tristeza, de hambre atroz, de inútil espera de un auxilio que no podía llegar. Una noche de inquieto duermevela, lleno de sueños de festines... y el descorazonador despertar entre retortijones de hambre.

Llegó y transcurrió el cuarto día... ¡y el quinto! ¡Cinco días de horrible encarcelamiento! Un hambre salvaje se traslucía en todas las miradas. Todas reflejaban el brillo de una espantosa idea, el presentimiento de algo que iba adquiriendo una forma imprecisa en la mente de todos, algo que ninguna boca se atrevía a convertir en palabras.

Transcurrió el sexto día; el séptimo amaneció sobre el grupo de hombres más demacrados, macilentos y desesperados que jamás hayan estado a la sombra de la muerte. ¡Había que decirlo ya! ¡El sombrío pensamiento que había estado germinando en la mente de todos estaba dispuesto por fin a aflorar a los labios! La naturaleza había forzado hasta el extremo: tenía que ceder. RICHARD H. GASTON, de Minnesota, alto y de una lividez cadavérica, se levantó. Todos sabían lo que iba a venir. Todos estaban preparados: toda emoción, toda expresión de excitación frenética se había serenado, y solo una seriedad tranquila y pensativa se traslucía en los ojos que tan salvajes habían mirado últimamente.

—Caballeros, no se puede postergar por más tiempo. ¡Ha llegado el momento! Debemos determinar quién de nosotros ha de morir para proporcionar alimento a los demás.

EL SEÑOR JOHN J. WILLIAMS, de Illinois, se levantó y dijo: «Caballeros, propongo al reverendo James Sawyer, de Tennessee».

EL SEÑOR WM. R. ADAMS, de Indiana, dijo: «Yo propongo al señor Daniel Slote, de Nueva York».

EL SEÑOR CHARLES J. LANGDON: «Yo propongo al señor Samuel A. Bowen, de Saint Louis».

EL SEÑOR SLOTE: «Caballeros, yo deseo declinar mi nombramiento en favor del señor John A. van Nostrand, Júnior, de New Jersey».

EL SEÑOR GASTON: «Si no hay objeción, se accederá al deseo del caballero».

EL SEÑOR VAN NOSTRAND objetó, y la renuncia del señor Slote fue desestimada. También los señores Sawyer y Bowen declinaron su designación, pero fueron desestimadas sobre las mimas bases.

EL SEÑOR A. L. BASCOM, de Ohio: «Propongo que se cierre la lista de las candidaturas y que la asamblea empiece la votación para la elección».

EL SEÑOR SAWYER: «Caballeros, protesto enérgicamente contra este procedimiento. Es, bajo cualquier punto de vista, irregular e improcedente. Propongo desestimarlo inmediatamente y que elijamos a un presidente de la asamblea, asistido por los cargos correspondientes, y luego podremos abordar el asunto que nos ocupa con toda ecuanimidad».

EL SEÑOR BELL, de Iowa: «Caballeros, protesto. No es este momento para detenerse en formalismos ni en consideraciones protocolarias. Durante más de siete días hemos estado privados de alimento. Cada momento que perdemos en inútiles discusiones no hace más que acrecentar nuestro infortunio. Yo estoy conforme con las designaciones que aquí se han hecho, y creo que todos los caballeros presentes también lo están. Por mi parte, no veo por qué no hemos de proceder inmediatamente a elegir a uno o varios de los designados. Deseo ofrecer mi resolución...».

EL SEÑOR GASTON: «También esta sería protestada, y nos pasaríamos todo el día discutiendo las normas, lo cual no haría más que aumentar el retraso que usted desea evitar. El caballero de New Jersey...».

EL SEÑOR VAN NOSTRAND: «Caballeros, soy extranjero entre ustedes; no he buscado la distinción que me ha sido conferida, y siento una cierta desazón...».

EL SEÑOR MORGAN, de Alabama [interrumpiéndole]: «Yo me decanto por la propuesta anterior».

La moción se llevó a cabo y, naturalmente, el debate se prolongó. Se aprobó la propuesta de elegir cargos, y se constituyó una asamblea formada por el señor Gaston como presidente, el señor Blake como secretario, los señores Holcomb, Dyer y Baldwin como miembros del comité de candidaturas, y el señor R. M. Howland como proveedor, para asistir al comité en las nominaciones.

Se acordó tomar un receso de media hora, durante el cual se pudo oír cierto rumoreo. Al sonar el aviso, la asamblea volvió a reunirse y el comité designó como candidatos a los señores George Ferguson, de Kentucky, Lucien Herrman, de Louisiana, y W. Messick, de Colorado. La propuesta fue aceptada.

EL SEÑOR ROGERS, de Missouri: «Señor presidente, una vez presentada debidamente la candidatura ante la asamblea, propongo una enmienda a la misma para sustituir el nombre del señor Herrman por el del señor Lucius Harris, de Saint Louis, a quien todos conocemos bien y tenemos en gran estima por su honorabilidad. No quisiera que se me entendiera como que pretendo empañar la valía y la posición del caballero de Louisiana; nada más lejos de mi intención. Le respeto y le estimo tanto como puede hacerlo cualquiera de los caballeros aquí presentes, pero ninguno de nosotros puede negarse a la evidencia de que, durante la semana que hemos permanecido aquí encerrados, ha perdido más carnes que cualquiera de nosotros; nadie puede cerrar los ojos ante el hecho de que el comité no ha cumplido con su deber, ya sea por negligencia o por alguna falta más grave, al elegir por sufragio a un caballero que, por puros que sean los motivos que le animan, tiene muy poco alimento que ofrecernos...».

EL PRESIDENTE: «El caballero de Missouri debe sentarse inmediatamente. La presidencia no puede permitir que se ponga en entredicho la integridad de este comité, salvo que se haga siguiendo el cauce habitual y ateniéndose a las reglas. ¿Qué decisión toma la asamblea con respecto a la moción del caballero?».

EL SEÑOR HALLIDAY, de Virginia: «Yo propongo una nueva enmienda a las designaciones, para sustituir al señor Messick por el señor Harvey Davis, de Oregón. Tal vez algunos caballeros aducirán que las durezas y las privaciones de la vida en un estado fronterizo han endurecido algo al señor Davis; pero, caballeros, ¿es este el momento de pensar en durezas? ¿Es este el momento de ponerse quisquillosos con trivialidades? ¿Es este el momento de discutir acerca de asuntos de mezquina insignificancia? No, caballeros; lo que necesitamos ahora es corpulencia: sustancia, peso, corpulencia..., estos son ahora los requisitos supremos, y no el talento, ni el genio, ni la educación. Insisto en mi moción».

EL SEÑOR MORGAN [muy excitado]: «Señor presidente, me opongo rotundamente a esta enmienda. El caballero de Oregón es viejo, y además es corpulento solo de huesos, no de carne. Yo pregunto al caballero de Virginia: ¿es caldo lo que queremos o una buena sustancia sólida? ¿Es que quiere embaucarnos con una sombra? ¿Quiere burlarse de nuestros sufrimientos dándonos un espectro de Oregón? Yo le pregunto si puede mirar a los rostros angustiados a su alrededor, si puede mirar directamente a nuestros tristes ojos, si puede escuchar el latido de nuestros corazones expectantes, y aun así pretender que nos conformemos con ese fraude medio muerto de hambre. Yo le pregunto si puede pensar en nuestro desolador presente, en nuestras pasadas amarguras, y en nuestro lúgubre futuro, y aun así arrojarnos despiadadamente este despojo, esta ruina, esta piltrafa, este huesudo y correoso vagabundo de las inhóspitas costas de Oregón. ¡Ah, no! ¡Jamás! [Aplausos]

Después de un reñido debate, la moción fue sometida a votación y rechazada. Luego se discutió la designación como sustituto del señor Harris en virtud de la primera enmienda. Se procedió a la votación. Se llevaron a cabo cinco escrutinios, sin resultado. Al sexto salió elegido el señor Harris, habiendo votado todos por él, excepto él mismo. Se propuso entonces que su elección fuera ratificada por unanimidad, lo cual no fue posible, ya que volvió a votar contra sí mismo.

EL SEÑOR RADWAY propuso que la asamblea procediera a elegir entre los candidatos restantes al que serviría como desayuno al día siguiente. El proceso se llevó a cabo.

En la primera votación se produjo un empate: la mitad de los miembros se decantó por un candidato a causa de su juventud, y la otra se decantó por otro a causa de su mayor corpulencia. El presidente otorgó el voto decisivo a este último, el señor Messick. Esta decisión provocó considerable disgusto entre los partidarios del señor Ferguson, el candidato derrotado, y hubo ciertos rumores de que se procediera a una nueva votación; pero cuando se disponían a ello, se presentó y aceptó una moción para aplazar la votación, y la asamblea se disolvió al instante.

Durante un buen rato, los preparativos para la cena distrajeron la atención de los partidarios de Ferguson del debate acerca de la afrenta recibida, y luego, cuando quisieron retomarlo, el feliz anuncio de que el señor Harris estaba ya listo acabó con toda intención de seguir discutiendo.

Improvisamos varias mesas con los respaldos de los sillones del vagón y nos sentamos a ellas con el corazón pleno de agradecimiento para disfrutar de la magnífica cena por la que suspirábamos desde hacía siete torturadores días. ¡Cómo cambió nuestro aspecto del que presentábamos hacía apenas unas horas! Hasta entonces, impotencia, hambre, ojos de triste desdicha, angustia febril, desesperación; y, en un momento, agradecimiento, serenidad, un goce demasiado intenso para ser proclamado. No me equivoco al decir que fue la hora más dichosa de mi atribulada existencia. El viento aullaba fuera, haciendo que la nieve golpeara furiosamente contra nuestro vagón-cárcel, pero ni uno ni otra podían hacernos sentir ya desgraciados. Harris me gustó. Sin duda podría haber estado un poco más hecho, pero puedo asegurar que nunca he hecho tan buenas migas con un hombre como con Harris, y que nadie me ha proporcionado nunca tan alto grado de satisfacción. Messick también estuvo muy bien, aunque quizá tenía un gusto un poco fuerte, pero como auténtico valor nutritivo y fibra delicada, nadie como Harris. Messick tenía sus buenas cualidades, no es mi intención negarlo ni pienso hacerlo, pero era tan adecuado para un desayuno como lo hubiera sido una momia: nada. ¡Qué delgadez! ¡Y qué duro! ¡Ah, estaba durísimo! No puede usted imaginarse hasta qué extremo. Es que no puede ni imaginárselo.

—¿Me está usted diciendo que...?

—Por favor, no me interrumpa. Después de desayunar, elegimos a un hombre llamado Walker, de Detroit, para cenar. Era exquisito. Así se lo conté por carta a su mujer. Era digno de todo elogio. Siempre me acordaré de Walker. Sabía un poco extraño, pero suculento. Y a la mañana siguiente tuvimos a Morgan, de Alabama, para desayunar. Era uno de los hombres más deliciosos que he tenido el gusto de conocer: apuesto, educado, refinado, hablaba perfectamente varias lenguas..., un perfecto caballero. Todo un caballero, y singularmente sabroso. Para cenar tuvimos a aquel patriarca de Oregón, y vaya un fraude, no hay discusión posible: viejo, correoso, duro; nadie puede imaginarse hasta qué punto. Así que acabé diciendo: «Caballeros, ustedes harán lo que les parezca, pero yo estoy dispuesto a esperar a que se haga otra elección». Y Grimes, de Illinois, dijo: «Caballeros, yo voy a esperar también. Cuando elijan a alguien que verdaderamente tenga “algo” que lo merezca, me uniré a ustedes con mucho gusto». Pronto se hizo patente el desagrado general respecto a Davis, de Oregón, así que, para conservar la buena armonía que tan agradablemente había imperado desde Harris, se convocó otra elección que dio como resultado la designación de Baker, de Georgia. ¡Estaba espléndido! Bueno, bueno... después de este, vinieron Doolittle, Hawkins, McElroy (hubo algunas quejas acerca de McElroy, porque era extraordinariamente bajo y delgado), Penrod, dos Smith, Bailey (Bailey tenía una pierna de palo, lo que evidentemente era una merma, pero por lo demás estaba excelente), un chico indio, un organillero y un caballero que respondía al nombre de Buckminister: un pobre vagabundo seco como un palo, que ni servía como compañía y mucho menos como desayuno. Nos alegramos de haberle elegido antes de que llegara el auxilio.

—¿Así que por fin llegó el bendito auxilio?

—Sí, llegó una mañana clara y soleada, justo después de una votación. El elegido fue John Murphy, y puedo asegurar que él habría sido el mejor de todos; pero John Murphy regresó con nosotros en el tren que vino a socorrernos, y vivió para casarse con la viuda de Harris...

—¿La viuda de...?

—La viuda de nuestra primera elección. Se casó con ella, y ahora es un hombre feliz, respetado y próspero. ¡Ah, fue como una novela, señor, como una auténtica novela...! Esta es mi parada, señor. Ahora debo despedirme. Cuando considere usted oportuno pasarse uno o dos días por mi casa, estaré encantado de recibirle. Me gusta usted, señor. Hasta diría que le he tomado cierto afecto. Puede que incluso llegara a gustarme tanto como el mismo Harris. Buenos días, señor, y que tenga un viaje agradable.

Y se marchó. Jamás en mi vida me había sentido tan asombrado, angustiado y desconcertado. Pero en el fondo me alegraba de que se hubiera marchado. Con aquellos modales tan exquisitos y aquella voz tan suave, me estremecía cada vez que dirigía su mirada hambrienta hacia mí; y cuando escuché que me había ganado su peligroso afecto y que estaba en su estima casi a la altura del finado Harris... ¡por poco se me para el corazón!

Me sentía anonadado hasta límites inimaginables. No dudaba de su palabra; no podía cuestionar ni un solo punto de una declaración impregnada de una verdad tan grave como la suya; pero sus horripilantes detalles me sobrepasaban y sumían mis pensamientos en una espantosa confusión. Vi que el revisor se me quedaba mirando y le pregunté:

—¿Quién es ese hombre?

—En otro tiempo fue miembro del Congreso, y uno de los buenos. Pero en una ocasión se quedó atrapado en un tren durante una gran nevada, y al parecer casi murió de hambre. Quedó tan trastornado por el frío y tan consumido por la falta de alimento, que después de aquello perdió la cabeza durante dos o tres meses. Ahora está bien, solo que es monomaníaco, y cuando habla de aquel viejo asunto no hay manera de pararle hasta que se ha comido todo el cargamento humano de aquel vagón. Si no llega a tener que apearse, a estas horas ya habría acabado con toda la gente del tren. Se sabe sus nombres tan de corrido como el abecedario. Cuando se los ha comido a todos y solo queda él, entonces siempre dice: «Habiendo llegado la hora de la habitual elección para el desayuno, y al no encontrar ningún tipo de oposición, salí debidamente elegido, tras lo cual, al no plantearse ninguna objeción, renuncié. Por eso estoy aquí».

Me sentí indeciblemente aliviado al saber que solo había estado escuchando las inofensivas divagaciones de un demente, en lugar del relato de la experiencia real de un caníbal sanguinario.

1868

cap-9

UNA VISITA AL NIÁGARA

Las cataratas del Niágara son un sitio de recreo ideal. Los hoteles son excelentes y los precios, nada exorbitantes. No hay mayores oportunidades de pesca en todo el país; de hecho, no son ni igualadas en ningún otro sitio. La razón es que en otras localidades ciertos puntos del río son mejores que otros; en tanto que en el Niágara cualquier sitio es bueno, por la sencilla razón de que los peces no pican en ninguno, así que resulta completamente inútil andar millas y millas para pescar cuando uno puede contarse con tener el mismo éxito en el lugar más cercano. Hasta la fecha, las ventajas de este estado de cosas no se han evidenciado con la debida propiedad ante la opinión pública.

El tiempo es fresco en verano y los paseos y las excursiones son todos agradables y nada fatigosos. Cuando se sale para visitar las cataratas se desciende primero durante una milla más o menos y se paga una pequeña suma por el privilegio de mirar hacia abajo desde un precipicio de donde se ve la parte más estrecha del Niágara. Una brecha abierta en cualquier colina sería igual de interesante si tuviera un río embravecido agitándose espumeante por su fondo. En ese lugar puede uno descender por una escalera ciento cincuenta pies y llegar hasta la superficie misma del agua. Y en cuanto se ha hecho esto, se pregunta uno por qué lo hizo, pero entonces ya es demasiado tarde.

El guía suele explicar a su modo, ideal para que a ustedes se les desquicien los nervios, cómo vio al pequeño vapor La doncella de la bruma descender por las terribles cataratas, cómo se perdió de vista este entre las airadas olas, primero una de las ruedas de paletas y luego la otra, y en qué punto la chimenea se derribó sobre la cubierta y el casco empezó a romperse y partirse en dos, y cómo, finalmente, sobrevivió al viaje después de realizar la increíble hazaña de recorrer diecisiete millas en seis minutos, o seis millas en diecisiete minutos, no recuerdo cuál de las dos era ahora. Pero, fuera como fuese, es extraordinario. Vale la pena pagar la entrada para oír al guía contar la historia nueve veces seguidas a distintas personas, sin olvidarse jamás una palabra o alterar una frase o gesto.

Luego se cruza el puente colgante, donde pueden dividir ustedes su infortunio entre las probabilidades de destrozarse, cayendo desde doscientos pies de altura al río que transcurre por debajo, y las de que el tren que pasa por arriba les destroce, cayendo encima de ustedes. Cualquiera de las opciones, considerada aisladamente, resulta inquietante, pero juntas alcanzan una suma de positiva infelicidad.

Por el lado de Canadá se pasa, a lo largo del precipicio, entre largas hileras de fotógrafos en todo momento en guardia tras su cámara, prestos a hacer de ustedes un ostentoso frontispicio que les representará sentados en una especie de ambulancia y con un cuévano sobre el cual han echado una piel, que suponen considerarán un caballo, y un fondo, disminuido y poco importante, del sublime Niágara. Hay mucha gente que tiene la increíble desfachatez o la depravación congénita de ayudar y hacer prosperar esta clase de crimen.

Cualquier día, en manos de estos fotógrafos, podrán ver ustedes pomposas imágenes de papá, mamá, Johnny, el nene y la nena, o de un par de primos de provincias, todos con su sonrisa perdida y todos en actitudes estudiadas e incómodas sobre su carruaje, todos destacándose en su horrible imbecilidad ante la representación empequeñecida y desairada de esa presencia majestuosa cuyos ánimos dominantes son las lluvias, cuya voz es el trueno, y cuya tremenda frente está envuelta en las nubes, que fue monarca del lugar en décadas muertas y olvidadas, antes de que este hatajo de pequeños reptiles fuera juzgado temporalmente necesario para llenar una grieta en las inconmensurables miríadas del mundo, y que seguirá siendo monarca de estos lares, por siglos y decenas de siglos, después de que aquellos se hayan unido a sus parientes consanguíneos, los otros gusanos, y se hayan mezclado con el ingrato polvo.

No hay ningún mal en hacer del Niágara un fondo donde desplegar la maravillosa insignificancia de uno mismo bajo una buena luz, pero requiere una especie de sobrehumana autocomplacencia el encargar a alguien que lo haga.

Cuando hayan examinado la estupenda catarata de la Herradura y se hayan cerciorado de que no hay en ella nada que mejorar, pueden volver a América por el nuevo puente colgante y seguir el dique hasta donde exhiben la Cueva de los Vientos.

Yo, al llegar a ella, seguí las instrucciones del guía y me despojé de todas mis prendas y me puse una chaqueta impermeable y un mono. Este conjunto es llamativo, pero nada bonito. Otro guía, vestido de manera parecida, empezó a descender por una escalera en espiral que se iba enrollando y enrollando hasta que la cosa dejaba, con mucho, de ser una novedad y terminaba mucho antes de que empezara a ser un placer. Nos encontrábamos entonces a bastante profundidad, pero aún considerablemente elevados sobre el nivel del río.

Empezamos a deslizarnos por endebles puentes de una sola plancha, resguardadas nuestras personas de la destrucción por un listón a guisa de barandilla, al que yo me agarraba con ambas manos, no porque tuviera miedo, sino porque me daba la gana. En ese momento el descenso se hizo más abrupto y el puente, más endeble todavía, y empezaron a llover sobre nosotros salpicaduras de la catarata americana a ritmo creciente que pronto se hicieron cegadoras; al llegar a este punto, nuestro progreso fue casi esencialmente una especie de arrastre. Entonces, de la parte de atrás de la catarata, llegó a nosotros un viento huracanado y que parecía determinado a barrernos del puente y a arrojarnos contra las rocas y los torrentes. Observé que quería regresar a casa, pero era demasiado tarde. Estábamos casi debajo de la monstruosa pared de agua retumbante desde las alturas, y hablar era del todo inútil en medio de aquel despiadado estallido de ruidos.

En otro momento, el guía desapareció tras el diluvio y yo le seguí turbado por el trueno, arrastrado sin esperanza por el viento y herido por la tempestad de lluvia. Todo era oscuridad. Jamás habían enloquecido mis oídos tan furiosos estruendos, rugidos y cóleras de viento desencadenado y agua como aquellos. Incliné la cabeza y me pareció recibir el Atlántico sobre mis espaldas. El mundo parecía dirigirse a la destrucción. El agua estallaba tan salvajemente que no podía ver nada en absoluto. Levanté la cabeza con la boca abierta y la mayor parte de la catarata descendió por mi garganta. De tragar una sola gota más hubiera estado perdido. En aquel momento descubrí que el puente se había terminado y que teníamos que confiar en encontrar puntos de apoyo para los pies entre las rocas resbaladizas y abismales. Jamás estuve tan asustado, y sobreviví. Al final logramos pasar y salimos a la luz del día, en un lugar en el que podíamos permanecer frente al hirviente y espumeante mar precipitándose y contemplarlo. Cuando vi la gran cantidad de agua que había y lo terriblemente respetable que era su caída, lamenté haber estado debajo.

El noble piel roja ha sido siempre uno de mis mejores y más queridos amigos. Me gusta leer acerca de él en los cuentos, leyendas y novelas. Me gusta saber de su inspirada sagacidad, de su amor por la vida salvaje y libre de las montañas y bosques, de su general nobleza de carácter, de su manera de hablar, majestuosamente metafórica, y de su caballeroso amor por la doncella morena y la coloreada pompa de su traje y accesorios; en especial la coloreada pompa de su traje y accesorios. Cuando encontré las tiendas de las cataratas del Niágara llenas de curiosos abalorios indios, de sorprendentes mocasines y no menos sorprendentes muñequitos figurando seres humanos que llevan sus armas fijadas en agujeros abiertos en sus manos y cuerpos y tienen los pies en forma de pastel, me embargó la emoción. Me di cuenta de que por fin me iba a encontrar cara a cara con el noble piel roja.

Una señora que servía en una de las tiendas me dijo que, por supuesto, todo aquel vasto surtido de curiosidades estaba fabricado por los indios y que en las cataratas se les hallaba en abundancia, que eran muy amables y no había el menor peligro en hablar con ellos. Comprobé esta aseveración cuando, acercándome al puente que comunica con la isla de la Luna, me tropecé con un noble hijo del bosque sentado bajo un árbol y entregado diligentemente a la tarea de confeccionar un bolso de abalorios. Llevaba un sombrero de fieltro y sandalias y tenía en la boca una pipa negra y corta. Este es el ruinoso efecto que produce el contacto con nuestra afeminada civilización; solo sirve para hacerles perder la coloreada pompa que es tan natural al piel roja cuando se encuentra alejado de nosotros en sus nativas tiendas. Me dirigí a la reliquia como sigue:

—¿Está contento el Wawhoo-wang-Wang del Whacka-Whack? ¿Suspira el Gran Trueno Abigarrado por la senda de guerra, o está satisfecho su corazón soñando con la doncella morena, el Orgullo del Bosque? ¿Anhela el poderoso Sachem beber la sangre de sus enemigos, o se siente feliz confeccionando bolsos de abalorios para los miserables rostros pálidos? Habla, sublime reliquia de una remota grandeza, habla, ruina venerable.

La reliquia dijo:

—Si es a mí, Dennis Holligan, a quien está usted confundiendo con un puerco indio, diablo tartajoso..., ¡maldita sea! ¡Por el flautista que tocó ante Moisés, que me lo como!

Me marché de allí.

Caminando por las inmediaciones de Terrapin Tower me tropecé con una gentil hija de aborígenes, calzada con mocasines y vestida con pantalones ceñidos de gamuza ornados de abalorios, sentada en un banco con sus bellos artículos dispuestos a su alrededor. En aquel momento acababa de tallar un jefe de madera que tenía algún lazo familiar con unas pinzas de tender, y estaba abriéndole un agujero en el abdomen para colocarle el arco. Tras unos momentos de vacilación, me dirigí a ella:

—¿Está pesaroso el corazón de la doncella del bosque? ¿Se encuentra solitario el Renacuajo Sonriente? ¿Pena por los extintos consejos del fuego de raza y la desaparecida gloria de sus antecesores? ¿O deambula su triste espíritu hacia los territorios de caza, adonde ha partido su bravo Raptor del Trueno? ¿A qué obedece el silencio de mi hija? ¿Está airada contra el desconocido del rostro pálido?

La doncella dijo:

—¿A mí, Biddy Malone, se atreve usted a insultar de ese modo? ¡Váyase de aquí o arrojo su mezquino cuerpo por las cataratas, mocoso!

También me alejé de allí.

—¡Vaya con los indios! —dije—. Me dijeron que eran pacíficos... Pues si las apariencias tuvieran algún valor, aseguraría que están todos en el sendero de la guerra.

Hice una tentativa más de confraternizar con ellos, solo una. Llegué hasta un campamento en el que se habían reunido varios de ellos a la sombra de un gran árbol, mientras confeccionaban mocasines, y me dirigí a ellos en son de amistad:

—Nobles pieles rojas, bravos grandes Sachems, jefes de guerra, squaws, y poderosos Muck-a-Muck, el rostro pálido de la Tierra del Sol Poniente os saluda: a ti, Gato Salvaje Magnánimo, a ti, Magnífico Ojo de Cristal, el rostro pálido de más allá de las Grandes Aguas os saluda a todos. La guerra y la peste han diezmado vuestras filas y destruido vuestra nación, tan orgullosa antaño. El póquer y las cartas y un gasto vano y moderno de jabón, que vuestros gloriosos antepasados no conocían, han depauperado vuestros bolsillos. Adoptar, en vuestra simplicidad, la propiedad de otros, os ha situado en frecuentes apuros. Tergiversar los hechos, en vuestro inocente candor, ha perjudicado vuestra reputación con el desalmado usurpador. Comerciar con whisky barato para emborracharos, ser felices y tomahawkear a vuestras familias, ha redundado en el sempiterno perjuicio de haceros perder la coloreada pompa de vuestros trajes. Y aquí os encuentro, a la viva luz del siglo XIX, derrengados como la escoria de los arrabales de Nueva York. ¡Oprobio! ¡Vergüenza! Recordad a vuestros antepasados. Acordaos de sus valientes hazañas. Recordad a Uncas, y a Chaqueta Roja, a Woopdedoodledo. Emulad sus proezas. Alistaos bajo mi bandera, nobles salvajes, ilustres vástagos.

—¡Abajo con él! ¡Miserable! ¡A quemarlo! ¡Ahorquémosle! ¡Echémosle al río!

Fue la operación más rápida que jamás se haya llevado a término. No vi más que un súbito blandir de palos, puños, bastones, cestas de abalorios y mocasines. Apenas todo estaba en el aire, que se desplomó a la vez sin que ningún golpe cayera sobre el mismo sitio. Instantes después tenía sobre mí a toda la tribu. Me desgarraron la ropa, me golpearon terriblemente brazos y piernas, me dieron una paliza tan prodigiosa que se me abolló la cabeza de tal modo que en uno de los huecos hubiera podido servirse café como en una taza. Y, para coronar su poco correcto proceder y añadir una nueva humillación a las demás, me arrojaron por las cataratas del Niágara.

A unos noventa o cien pies de la vertiente, lo que quedaba de mi chaleco se prendió de una roca y casi me ahogué antes de poder librarme. Al fin caí al agua y salí a la superficie al pie de las cataratas en un mar de blanca espuma, cuya masa se levantaba a varias pulgadas sobre mi cabeza. Como era de esperar, acabé metiéndome en el torbellino. Empecé a dar vueltas y más vueltas —aproximadamente unas cuarenta y cuatro—, persiguiendo un asidero al que me acercaba en cada viaje —cada uno de media milla—, tratando, por cuarenta y cuatro veces, de alcanzar el mismo arbusto de la orilla y cada vez sin conseguirlo por el solo espesor de un cabello.

Por fin bajó hasta allí un hombre que se sentó junto al arbusto, se llevó una pipa a la boca y encendió un fósforo, siguiendo mis movimientos con un ojo mientras con el otro vigilaba la cerilla, que protegía del viento con las manos a modo de pantalla. En aquel momento una ráfaga de viento se la apagó. La siguiente vez que pasé por allí me preguntó:

—¿Tiene usted una cerilla?

—Sí, en mi otro traje. Haga el favor de ayudarme a salir.

—¡Ni soñarlo!

Cuando volví a pasar, dije:

—Perdone lo que pueda haber de impertinente curiosidad en este hombre a punto de ahogarse, pero ¿querrá usted explicarme su singular conducta?

—Con mucho gusto. Soy el coronel. Por mí, no se dé prisa. Puedo esperarle, pero me gustaría disponer de un fósforo.

Yo dije.

—Póngase usted en mi lugar y yo iré a buscarle uno.

Rehusó hacerlo. Aquella falta de confianza por su parte creó cierta frialdad entre nosotros, lo que hizo que, desde aquel momento, lo evitara. Tenía la idea, en el caso de que me tuviera que ocurrir cualquier cosa, de demorar el momento de verme en manos del coronel en el lado americano de la catarata.

Por fin llegó un policía, que me arrestó por perturbar la paz pidiendo ayuda a gritos a la gente de la orilla. El juez me multó, pero yo le gané la partida. Tenía el dinero en los pantalones y estos se habían quedado con los pieles rojas.

Así me libré. Yazgo ahora en una posición bastante crítica. Pero, crítica o no crítica, el caso es que yazgo. Estoy magulladísimo, aunque no puedo aún hacer consideraciones sobre los daños y perjuicios, porque el doctor no ha terminado de hacer el inventario. Esta noche presentará su manifiesto. No obstante, por el momento, cree que solo dieciséis de mis heridas son fatales. Las demás no me preocupan.

En el momento de recobrar el conocimiento, dije:

—Hay en las cataratas del Niágara una tribu de indios salvajes que se dedican a confeccionar abalorios y mocasines, doctor, ¿de dónde son oriundos?

—De Limerick, hijo mío.

1869

cap-10

LA LEYENDA DE LA VENUS CAPITOLINA

I

[Lugar de la acción: el estudio de un artista en Roma]

—¡Oh, George, cuánto te quiero!

—Dios te bendiga, Mary adorada, lo sé..., pero ¿por qué se opondrá tanto tu padre?

—Sus intenciones son buenas, George. Pero, para él, el arte es una insensatez: solo entiende de mercancías. Cree que contigo me moriré de hambre.

—Maldito sea su juicio..., esto sabe a inspiración. ¿Por qué no seré un tendero acomodado y vulgar, en vez de un escultor divinamente dotado que no tiene ni para comer?

—No desesperes, querido George, todos sus prejuicios se disiparán en cuanto hayas conseguido cincuenta mil dól...

—¡Cincuenta mil cuernos! Pero, criatura, si no puedo ni pagar la pensión hace no sé cuánto tiempo...

II

[Lugar de la acción: una mansión romana]

—Estimado señor, es inútil seguir hablando. No tengo nada en su contra, pero no puedo conceder la mano de mi hija a alguien que solo puede darle amor, arte y miseria. Me parece que no tiene mucho más que ofrecer.

—Señor, soy pobre, lo reconozco. Pero ¿acaso la fama no es nada? El honorable Bellamy Foodle, de Arkansas, afirma que mi nueva estatua de América es una obra escultórica muy lograda, y está convencido de que mi nombre llegará a ser famoso algún día.

—¡Bah! ¿Qué sabrá ese cretino de Arkansas? La fama no es nada: lo que cuenta es el precio de venta de su espantajo de mármol. Le llevó a usted seis meses cincelarlo y no podrá venderlo ni por cien dólares. ¡No, señor! Presénteme usted cincuenta mil dólares y podrá llevarse a mi hija; de lo contrario, se casará con el joven Simper. Tiene usted solo seis meses para reunir esa suma. Buenos días, señor.

—¡Ay de mí, qué desgraciado soy!

III

[Lugar de la acción: el estudio]

—¡Oh, John, mi amigo de la infancia, soy el más desdichado de los hombres!

—¡Eres un mentecato!

—Ya solo me queda amar a mi pobre estatua de América, y mira: ni siquiera hay ningún rastro de compasión por mí en su frío semblante marmóreo... ¡tan bella y tan despiadada!

—¡Eres un necio!

—¡Oh, John!

—¡Oh, bobadas! ¿No me dijiste que tenías seis meses para reunir el dinero?

—No prolongues mi agonía, John. Aunque tuviera seis siglos, ¿qué más daría? ¿De qué le serviría a un pobre infeliz como yo, sin nombre, capital, ni amigos?

—¡Idiota! ¡Cobarde! ¡Criatura! Seis meses para reunir ese dinero... ¡y te bastan y sobran con cinco!

—¿Estás loco?

—Seis meses... ¡de sobra! Déjalo de mi cuenta. Yo conseguiré el dinero.

—¿Qué quieres decir, John? ¿Cómo vas a reunir una suma tan tremenda para dármela a mí?

—¿Vas a dejar que me encargue de este asunto, sin interferir en nada? ¿Vas a dejarlo todo en mis manos? ¿Juras acatar todo cuanto haga? ¿Te comprometes a no poner en entredicho ninguno de mis actos?

—Estoy aturdido..., desconcertado... Pero lo juro.

John tomó un martillo y, de forma deliberada, ¡lo estampó contra la nariz de América! Después dio otro martillazo, y dos de sus dedos cayeron al suelo; otro, y le arrancó parte de una oreja; otro, y toda la hilera de dedos de un pie fue desmembrada; otro, y la pierna izquierda, desde la rodilla hacia abajo, se convirtió en fragmentos ruinosos.

John se puso el sombrero y se marchó.

Durante cerca de medio minuto, George se quedó contemplando enmudecido la pesadilla machacada y grotesca que se hallaba ante él, y luego cayó al suelo entre convulsiones.

En ese momento John regresó con un carruaje, cargó en él al artista de corazón destrozado y a la estatua de piernas destrozadas, y se marchó de allí silbando tranquilamente por lo bajo. Dejó al artista en su apartamento, volvió a empuñar las riendas y desapareció por la via Quirinalis con la estatua.

IV

[Lugar de la acción: el estudio]

—¡El plazo de seis meses se cumple hoy a las dos! ¡Oh, agonía! ¡Mi vida está acabada! Ojalá estuviera muerto. Ayer no cené. Hoy no he desayunado. No me atrevo a entrar en una casa de comidas... ¡Y el hambre es lo de menos! Mi zapatero me agobia sin descanso, el sastre me apremia, me persigue el casero. Soy un desgraciado. No he visto a John desde aquel terrible día. Ella me sonríe tiernamente cuando nos encontramos en las grandes avenidas, pero el viejo miserable de su padre le ordena rápidamente mirar en otra dirección. ¿Y quién llama ahora a la puerta? ¿Quién vendrá persiguiéndome? Apostaría a que es ese maligno y villano zapatero. ¡Adelante!

—¡Ah, qué dicha servir a su excelencia! ¡Que el cielo sea propicio a vuestra gracia! He traído las nuevas botas de su señoría..., oh, no mencione nada sobre el pago, no hay prisa, ninguna prisa. Estaré satisfecho con que mi noble señor continúe honrándome como cliente. Y ahora..., adieu!

—¡Ha traído las botas por sí mismo! ¡No quiere que se le pague! ¡Se despide con una reverencia y saludando como si se encontrara ante un rey! ¡Desea que continúe siendo su cliente! ¿Acaso se está acabando el mundo? Por todos los... ¡Adelante!

—Perdone, signore, venía a traerle su traje nuevo para...

—¡¡Adelante!!

—¡Mil perdones por esta intrusión, su señoría! Pero es que he preparado para usted las mejores habitaciones del piso de abajo; esta maltrecha buhardilla no es apropiada para...

—¡¡Adelante!!

—He venido para decirle que su crédito en nuestro banco, infortunadamente interrumpido desde hace algún tiempo, ha quedado enteramente restaurado con gran satisfacción por nuestra parte, y nos sentiríamos muy honrados si quisiera pasar por allí para cualquier...

—¡ADELANTE!

—¡Mi noble muchacho, mi hija es suya! ¡Estará aquí en un momento! ¡Tómela..., cásese con ella..., ámela..., sean felices! ¡Dios les bendiga a ambos! ¡Hip, hip, hur...!

—¡¡ADELANTE!!

—¡Oh, George, querido mío, estamos salvados!

—¡Oh, Mary, querida mía, estamos salvados..., pero te juro que no sé ni cómo ni por qué!

V

[Lugar de la acción: un café de Roma]

Un caballero de un grupo de americanos lee y traduce al resto la siguiente noticia de la edición semanal del Il Slangwhanger di Roma:

MARAVILLOSO DESCUBRIMIENTO

Hace unos seis meses, el signore John Smitthe, un caballero americano que desde hace algunos años reside en Roma, compró a un precio irrisorio un pequeño terreno en la Campaña, situado muy cerca de la tumba de la familia de Escipión, que le vendió un pariente arruinado de la princesa Borghese. Más tarde, el señor Smitthe fue al Registro de la Propiedad y puso el terreno a nombre de un pobre artista americano llamado George Arnold, explicando que lo hacía como pago y satisfacción por el daño pecuniario que hace algún tiempo infligió accidentalmente a una propiedad perteneciente al signore Arnold, y manifestó, además, que le iba a proporcionar un desagravio adicional mejorando el terreno para el signore A., corriendo él con todos los gastos. Hace cuatro semanas, mientras se estaban haciendo en la propiedad algunas excavaciones necesarias, el signore Smitthe desenterró la estatua antigua más notable que jamás haya entrado a formar parte de los opulentos tesoros artísticos de Roma. Es una exquisita figura de mujer que, aunque tristemente maltratada por la tierra y el paso de los siglos, no hay ojo humano que no se conmueva ante su belleza arrebatadora. Le faltan la nariz, la pierna izquierda a partir de la rodilla y una oreja, así como los dedos del pie derecho y otros dos de una mano, pero, por lo demás, la excelsa figura está en notable estado de conservación. El gobierno tomó inmediatamente posesión militar de la estatua y nombró una comisión de críticos de arte, anticuarios y príncipes cardenalicios de la Iglesia para dictaminar su valor y determinar la remuneración que debe corresponder al propietario del terreno en el que ha sido encontrada. Hasta la noche pasada, todo el asunto permaneció en el más estricto secreto. En el ínterin, la comisión se reunió a deliberar a puerta cerrada. Ayer por la noche se decidió por unanimidad que la estatua representa a Venus y que es obra de algún artista desconocido, pero de sublime talento, del siglo III antes de Cristo. Ha sido considerada como la obra de arte más perfecta de cuantas se tiene conocimiento.

A medianoche celebraron una conferencia final y decidieron que la Venus valía la enorme suma de ¡diez millones de francos! De acuerdo con las leyes y costumbres romanas, al gobierno le corresponde la mitad del valor de todas las obras de arte halladas en la Campaña, y por tanto el Estado debe pagar cinco millones de francos al señor Arnold y tomar posesión permanente de la estatua. Esta mañana la Venus será trasladada al Capitolio, donde quedará expuesta, y a mediodía la comisión espera al signore Arnold con una orden de Su Santidad el Papa a nombre del Tesoro por la fastuosa suma de ¡cinco millones de francos en oro!

CORO DE VOCES: ¡Menuda suerte! ¡Es inaudito!

OTRA VOZ: Caballeros, propongo que formemos inmediatamente una sociedad limitada americana, para proceder a la compra de tierras y hacer excavaciones en busca de estatuas en este lugar, con las correspondientes conexiones en Wall Street para financiar el negocio.

TODOS: De acuerdo.

VI

[Lugar de la acción: el Capitolio romano, diez años después]

—Mi querida Mary, esta es la estatua más celebrada del mundo. Es la renombrada Venus Capitolina, de la que tanto has oído hablar. Aquí está, con sus pequeñas imperfecciones «restauradas» (es decir, remendadas) por los más sobresalientes artistas romanos, y el mero hecho de haber realizado los humildes remiendos de una creación tan noble hará ilustres sus nombres mientras el mundo siga en pie. ¡Qué extraño me resulta este lugar! El día anterior a la última vez que estuve aquí, hace diez felices años, no era un hombre rico... bendito sea, no tenía un centavo. Y, sin embargo, tuve mucho que ver en lograr que Roma se convirtiera en dueña de esta obra, una de las más grandiosas muestras del arte antiguo que existen en este mundo.

—La excelsa, la venerada Venus Capitolina... ¡y la cantidad de dinero que vale! ¡Diez millones de francos!

—Sí... ahora vale eso.

—¡Y, oh, Georgy, es divinamente hermosa!

—¡Ah, sí! Pero no es nada comparado con lo que era antes de que el bendito John Smith le rompiera la pierna y le machacara la nariz. ¡Ingenioso Smith..., tan lleno de talento..., noble Smith! ¡El autor de toda nuestra dicha! ¡Escucha eso! ¿Sabes lo que significa esa respiración jadeante? Mary, esta criatura tiene tos ferina. ¡Nunca vas a aprender a cuidar de los niños!

FIN

La Venus Capitolina permanece aún en el Capitolio de Roma, y sigue siendo considerada como la obra de arte antiguo más ilustre y hermosa de la que el mundo puede ufanarse. Pero si alguna vez tienen ustedes la suerte de plantarse ante ella y entregarse a la contemplación extática de rigor, no permitan que esta historia verdadera y secreta de sus orígenes estropee su goce. Y cuando lean algo acerca de un gigantesco Hombre Petrificado desenterrado cerca de Syracuse, en el estado de Nueva York, o cerca de cualquier otro lugar, aténganse a su propio criterio. Y si el Barnum que allí lo enterró les ofrece vendérselo por una suma enorme, no lo compren. ¡Envíenselo al Papa!

NOTA: Este relato breve fue escrito durante la época en que el famoso fraude del Gigante Petrificado causaba sensación en Estados Unidos.

1869

cap-11

EL PERIODISMO EN TENNESSEE

El redactor jefe del Avalanche de Memphis lanzó esta suave diatriba contra un corresponsal que lo calificó de radical: «Desde que empezó a escribir la primera palabra, y luego las siguientes, poniendo los puntos sobre las íes y la rayita de las tes, hasta el mismo punto final, sabía perfectamente que estaba elaborando una frase saturada de infamia y rezumante de falsedades». Exchange

El doctor me dijo que los aires del sur serían buenos para mi salud, así que me marché a Tennessee, donde conseguí un empleo como redactor jefe adjunto del Morning Glory and John-son County War-Whoop. Cuando me presenté en mi puesto, encontré al redactor jefe repantigado en una silla de tres patas, con los pies apoyados sobre una mesa de pino. En la habitación había otra mesa de pino y otra silla igualmente maltrecha; ambas estaban sepultadas debajo de una montaña de periódicos, recortes y cuartillas manuscritas. Había una caja de madera llena de arena, con montones de colillas de puro y cigarrillos de picadura Old Soldier, y una estufa cuya puertecilla colgaba del gozne superior. El redactor jefe llevaba un chaquetón negro de largos faldones y pantalones de lino blanco. Sus botas eran pequeñas y estaban pulcramente lustradas. Llevaba además una camisa con chorreras, un gran anillo de sello, un cuello duro de corte anticuado y un pañuelo a cuadros anudado y con las puntas colgando. Fecha del atavío: alrededor de 1848. Estaba fumando un puro, y mientras intentaba dar con una palabra, se pasaba la manaza por el cabello haciendo que sus rizos quedaran muy revueltos. Fruncía el ceño de un modo aterrador, por lo que juzgué que en su mente bullía un editorial particularmente intrincado. Me dijo que cogiera los ejemplares que habían llegado, que los revisara y que escribiera la «Revista de prensa de Tennessee», condensando en el artículo todo lo que contuvieran que pudiera ser de interés.

Escribí lo siguiente:

REVISTA DE PRENSA DE TENNESSEE

Los editores del Semi-Weekly Earthquake se encuentran evidentemente en un error con respecto al ferrocarril de Ballyhack. No es propósito de la compañía dejar de lado a Buzzardville. Por el contrario, consideran esta población como uno de los puntos más importantes de la línea ferroviaria, y por consiguiente no pueden tener el menor deseo de soslayarlo. Los señores del Earthquake se mostrarán, sin duda, muy complacidos de proceder a la rectificación oportuna.

El caballero John W. Blossom, el competente director del Thunderbolt and Battle Cry of Freedom de Higginsville, llegó ayer a nuestra ciudad. Se aloja en la pensión Van Buren.

Observamos que nuestro colega del Morning Howl de Mud Springs ha caído en el error de suponer que la elección de Van Werter no es todavía un hecho consumado, pero no cabe duda de que descubrirá su equivocación antes de que estas líneas lleguen a su conocimiento. Indudablemente, se habrá guiado por escrutinios incompletos.

Nos complace señalar que la ciudad de Blathersville ha entablado negociaciones con unos señores de Nueva York para pavimentar sus prácticamente intransitables calles utilizando el pavimento Nicholson. El Daily Hurrah urge encarecidamente la adopción de tal medida y parece mostrarse confiado en que se llevará felizmente a cabo.

Le pasé mi manuscrito al redactor jefe para que le diera su aprobación, lo corrigiese o lo destruyera. Le echó una ojeada y su semblante empezó a ensombrecerse. A medida que sus ojos recorrían las páginas, su rostro adquiría una expresión indescriptible. Era fácil percibir que algo no marchaba bien. En ese momento, saltó de su asiento y dijo:

—¡Rayos y truenos! ¿Supone acaso que voy a hablar así de ese hatajo de animales? ¿Se piensa acaso que mis suscriptores van a soportar este azote como si tal cosa? ¡Deme la pluma!

Nunca vi una pluma rasguear y abrirse camino con tanta saña, ni surcar entre los verbos y adjetivos de otro hombre tan implacablemente. Mientras estaba en plena faena, alguien le disparó un tiro por la ventana abierta, malogrando así la simetría de mis orejas.

—¡Ah! —dijo—, será ese granuja de Smith, del Moral Volcano. Estuve esperándole ayer.

Y se sacó un enorme revólver de la marina del cinturón, y disparó. Smith cayó, herido en un muslo. El disparo desvió la trayectoria del segundo intento de Smith, que acabó hiriendo a un extraño. A mí. Tan solo un dedo arrancado.

Entonces el redactor jefe prosiguió con sus borrones y sus anotaciones entre líneas. Cuando ya estaba acabando, una granada de mano cayó por la chimenea de la estufa, y la explosión la hizo saltar en mil pedazos. Sin embargo, no causó más desperfectos, a excepción de un fragmento errante que me arrancó un par de dientes.

—Esa estufa ya está definitivamente para el arrastre —dijo el redactor jefe.

Le dije que opinaba lo mismo.

—Bueno, no importa: no la necesitamos con este tiempo. Conozco al hombre que ha hecho esto. Ya lo pillaré. Y ahora, aquí tiene, vea cómo hay que escribir estas cosas.

Tomé el manuscrito. Estaba tan acribillado a tachaduras, borrones y anotaciones entre líneas, que ni su propia madre, si la hubiera tenido, lo hubiese reconocido. Ahora rezaba como sigue:

REVISTA DE PRENSA DE TENNESSEE

Los inveterados embusteros del Semi-Weekly Earthquake están sin duda tratando de arrojar sobre gentes nobles y caballerosas otra de sus viles y brutales falsedades con respecto a la más gloriosa iniciativa del siglo XIX: el ferrocarril de Ballyhack. Ha germinado en sus repugnantes cerebros, o mejor dicho, en lo que ellos tienen en el lugar del cerebro, la idea de que Buzzardville iba a ser dada de lado. Harían mejor en tragarse esa mentira, si quieren que su inservible pellejo de reptil se libre de la somanta de palos que tanto merecen.

Ese asno de Blossom, del Thunderbolt and Battle Cry of Freedom de Higginsville, ya está otra vez aquí, comiendo de gorra en el Van Buren.

Observamos que el infeliz pelagatos del Morning Howl de Mud Springs nos endilga, con su habitual propensión a la mentira, la noticia de que Van Werter no ha sido elegido. La muy elevada misión del periodismo es difundir la verdad; erradicar el error; educar, refinar y elevar el tono de la moral y las costumbres públicas haciendo a los hombres más amables, más virtuosos, más caritativos, y, en todos los sentidos, mejores, más santos y más felices; y aun así, ese canalla de corazón ennegrecido degrada persistentemente su honorable profesión difundiendo la falsedad, la calumnia, el vituperio y la vulgaridad.

Blathersville quiere un pavimento Nicholson... Lo que quiere es una cárcel y otro asilo para pobres. ¡Valiente idea pavimentar un pueblucho con dos tabernas de mala muerte, una herrería y ese emplasto amarillento de periódico que es el Daily Hurra! Ese insecto rastrero de Buckner, el editor del Hurra, rebuzna sobre este asunto con su acostumbrada imbecilidad, figurándose que habla con algún sentido.

—Así es como hay que escribir: picante y en su punto. El periodismo empalagoso me produce náuseas.

Más o menos en ese momento, un ladrillo entró a través de la ventana, con gran estruendo de vidrios rotos y dándome un golpe tremendo en la espalda. Me aparté del campo de tiro: empezaba a ver por dónde iban las cosas.

El jefe dijo:

—Ese debe de ser el coronel. Llevo esperándolo un par de días. Dentro de nada estará aquí.

Tenía razón. Un momento después apareció el coronel en el umbral de la puerta, empuñando un revólver descomunal, y dijo:

—Señor, ¿tengo el honor de hablar con el cobarde que publica este sarnoso papelucho?

—El mismo. Tome asiento, señor. Tenga cuidado con la silla, le falta una pata. ¿Creo tener el honor de hablar con el pútrido embustero coronel Blatherskite Tecumesh?

—En efecto, señor. Tengo una pequeña cuenta que saldar con usted. Si dispone de un momento, podemos empezar.

—Estoy terminando un artículo sobre el «Fomento del progreso del desarrollo moral e intelectual de América», pero no hay prisa. Adelante.

Ambas pistolas soltaron su fiero aullido al unísono. El jefe perdió un rizo de sus cabellos, y la bala del coronel acabó su trayectoria en la parte más carnosa de mi muslo. El hombro izquierdo del coronel sufrió un leve rasguño. Volvieron a disparar y ambos erraron su objetivo, pero yo recibí mi parte: un tiro en el brazo. Al tercer disparo, los dos caballeros se hirieron ligeramente, y uno de mis nudillos quedó destrozado. Entonces dije que lo mejor sería que saliera a dar un paseo, ya que se trataba de un asunto privado y no me parecía bien seguir siendo testigo de su desarrollo. Pero ambos caballeros me rogaron que permaneciera en mi asiento y me aseguraron que no suponía ningún estorbo para ellos.

Entonces se pusieron a hablar de las elecciones y los recuentos, al tiempo que cargaban sus armas y yo me vendaba las heridas. Pero al cabo de un momento volvieron a abrir fuego, con más animación si cabe, y cada disparo producía su efecto... aunque cabe señalar que, de las seis balas, cinco me dieron a mí. La sexta hirió mortalmente al coronel, quien, con refinado humor, dijo entonces que se veía obligado a excusarse, ya que otros asuntos le reclamaban en la ciudad. Luego preguntó por dónde se iba a casa del sepulturero y se marchó.

El jefe se volvió hacia mí y me dijo:

—Tengo invitados a comer y debo darme prisa. Si me hace usted el favor, quédese para corregir las

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