Otra vuelta de tuerca

Henry James

Fragmento

cap-1

PREFACIO[*]

Esta pequeña obrita de ficción, totalmente independiente e irresponsable, goza, más que cualquier otro rival en una situación comparable, de una reserva consciente de prontas respuestas a la candente pregunta que puede hacérsele. Porque la obra goza de la pequeña firmeza —por no decir de la inatacable tranquilidad— de ser perfectamente homogénea, de ser, hasta el último vestigio de su virtud, de una pieza. De esa pieza que a la crítica más seria le resulta más difícil hostigar, la única clase de crítica que debemos tomar en cuenta. Volver a ocuparse de esta flor madura de fantasía es dejar que ella te conduzca de 1vuelta a fáciles y felices recuerdos. Permítanme que el primero sea el recuerdo del propio punto de partida: la sensación, de nuevo fascinante, del círculo alrededor del fuego en una tarde de invierno, en una sobria casa de campo antigua en la que —como si fuera a convertirse de inmediato y servicialmente en transmutable material «literario»— la conversación derivó, no me acuerdo con qué sencillo pretexto, hacia el asunto de los fantasmas y los terrores nocturnos, hacia la señalada y triste caída de la oferta en general, y aún más de la calidad en general, de dichos productos. Daba la impresión de que ya se habían contado todas las buenas historias de fantasmas, las realmente efectivas y espeluznantes (por definirlas de un modo aproximado), y que en ninguna parte nos esperaba ni una variedad ni un prototipo nuevos. En realidad, el prototipo nuevo, el simple caso «físico» actual, estaba desprovisto de toda rareza, como si hubiera sido expuesto al agua corriente del grifo de un laboratorio, y equipado con credenciales que dieran fe de ello; el prototipo nuevo prometía claramente poco, ya que cuanta más respetabilidad acreditaba, menos capaz parecía de despertar el sagrado terror. Sucedió que, mientras nos lamentábamos por la pérdida de un género hermoso, nuestro distinguido anfitrión expresó el deseo de recuperar para nosotros uno de los escasos fragmentos de lo mejor del mismo. Nunca había olvidado la impresión que de joven le había causado la visión reprimida —como si dijéramos— de un asunto espantoso que, con pocos detalles, le habían contado años atrás a una dama con la que se había relacionado en su juventud. La historia habría sido espeluznante si ella la hubiera recordado mejor, pues trataba de una pareja de niños pequeños en un lugar alejado, a los que se les habían aparecido los espíritus de ciertos criados «malos», muertos mientras trabajaban en la casa, con el objetivo de «poseerlos». Eso era todo, aunque habían sucedido más cosas que la vieja conocida de mi amigo había olvidado; lo único que pudo asegurarle fue lo asombrosas que le habían resultado aquellas acusaciones cuando las había oído, hacía ya mucho tiempo. Él mismo sólo podía ofrecernos esta sombra de una sombra, y yo —huelga decirlo— estaba prendado de tal escasez de datos. En la superficie no había mucho. Sin embargo, un grano más habría estropeado aquella preciosa porción encaminada a su fin con tanta pulcritud como una pizca de rapé extraída de una vieja caja de plata y sostenida entre el índice y el pulgar. Yo recordaría a los niños acosados y a los espíritus serviles que los acechaban como un «valor», de los inquietantes, sinceramente suficiente; así pues, tras un intervalo de tiempo, cuando los promotores de un periódico que se ocupaba de la campaña navideña de juguetes me pidieron que escribiera algo apropiado para aquel momento del año, me acordé en seguida de la notita más vívida que había tomado jamás, para una novela siniestra.

Ésa fue la fuente privada de Otra vuelta de tuerca, y confieso que me preguntaba por qué nadie había sido lo bastante hábil para recoger aquel germen tan delicado, que relucía al borde del camino polvoriento de la vida. Para mí, aquello tenía el inmenso mérito de ofrecer a la imaginación libertad absoluta, de invitarla a actuar en un campo del todo limpio, sin control «externo», sin tener que confraternizar con ningún patrón establecido de lo que es habitual, verdadera o terriblemente «placentero» (salvo siempre, desde luego, el placer del propio estilo). Esto es lo que en realidad constituye el encanto de mi segunda referencia, que me parece un ejemplo perfecto de un ejercicio de imaginación sin ayuda y desligado de otras cosas que, en el lenguaje deportivo de hoy día, juega el juego y marca el tanto con su propio bate. No es necesario decir hasta qué punto merecía la pena jugar a aquel juego; confieso que el ejercicio al que me he referido me parece ahora lo más interesante: la facultad imaginativa actuando con todo el caso entre manos. La exposición resultante es, en otras palabras, un cuento de hadas puro y simple, a pesar de que, por supuesto, no surge de una credulidad ingenua y desmedida, sino consciente y cultivada. Sin embargo, el cuento de hadas se divide principalmente en dos grupos: el cuento breve, agudo y sencillo, cargado en mayor o menor medida de una anécdota compacta (como los cuentos familiares de la infancia —«Cenicienta», «Barba Azul», «Pulgarcito», «Caperucita Roja» y muchas de las joyas de los hermanos Grimm— atestiguan claramente), o bien los largos y flexibles, los copiosos, variados, infinitos cuentos en los que, hablando en términos dramáticos, la redondez se sacrifica en aras de la plenitud, se sacrifica a la exuberancia, si se quiere, como atestigua cualquiera de las historias de Las mil y una noches. Para la aturdida mente moderna, el encanto de todos ellos reside en el despejado campo de la experiencia —como yo lo llamo—, por el que se nos invita a deambular; un mundo anexionado pero independiente, en el que nada es correcto salvo como correctamente lo imaginamos. Eso es lo que debemos hacer, y lo hacemos con alegría en un breve arranque y para una pieza corta, alcanzando tal vez así belleza y lucidez; por otro lado, cuando vamos, como se dice, a por grandes duraciones y extensiones, damos tumbos, nos quedamos sin aliento; en otras palabras, fracasamos por no alcanzar, no tanto una continuidad, sino más bien una agradable unidad, la redondez en la que en gran medida radican la belleza y la lucidez. Y por extraño que parezca, esto sucede no porque la brújula de la imaginación no nos pida, en ciertas condiciones, «resistir», sino porque el interés más sutil depende de cómo se resista.

Nada es tan fácil como la improvisación, la corriente continua de la invención; sin embargo, ésta queda tristemente comprometida desde el momento en que la corriente rompe los límites y se convierte en inundación. Entonces las aguas se desbordan y arrastran en sus brazos casas, rebaños, cosechas y ciudades, alterando para nuestro entretenimiento toda la faz de la Tierra, violando de un plumazo nuestro sentido de la corriente y el canal, que es nuestro sentido de los usos de una corriente y de la fuerza de una historia. La improvisación, como en Las mil y una noches, puede unirse bien con los objetos que encuentra, arrastrarlos hacia dentro y mecerlos sobre su pecho; pero pierde así el importante efecto de combinar consigo misma. Esto es siempre, sostengo, lo más difícil de un cuento de hadas. Sin embargo, en Otra vuelta de tuerca, la propuesta me parecía tan difícil como irresistible: improvisar con total libertad y al mismo tiempo sin la posibilidad de causar estragos, sin la oportunidad de una inundación; en pocas palabras, mantener la corriente en —digamos— términos ideales consigo misma: ése era mi cometido definitivo. La cosa tenía que aspirar a la absoluta singularidad, claridad y redondez y, aun así, depender de una imaginación que trabajara libremente, que trabajara —admitámoslo— de forma extravagante; sometida a esta ley, no sería concebible si no fuera libre, y no sería divertida si no estuviera bajo control. Así pues, creo que el mérito del cuento consiste, en consecuencia, en haber combatido con éxito los peligros que lo acechaban. Se trata de una excursión al caos que, como «Barba Azul» y «Cenicienta», sigue siendo tan sólo una anécdota ampliada, enfatizada y vuelta sobre sí misma, como en este aspecto también sucede con «Cenicienta» y «Barba Azul». Dicho esto, no necesito añadir que es una obra de una ingenuidad pura y simple, de un frío cálculo artístico, una amusette para seducir a los que son difíciles de seducir (el «entretenimiento» de seducir a los simplemente tontos siempre es menor), a los hastiados, a los desilusionados y a los exigentes. Expresado de otra manera, el estudio muestra un «tono» preconcebido, el tono de un mal que se sospecha y se siente, excesivo e incalculable, el tono de la perplejidad trágica y, sin embargo, exquisita. No hay aspecto que recuerde con más intensidad que este empeño, el de modelar con consistencia el asunto de la perplejidad de mi joven amiga, la hipotética narradora, y aun así forzar la expresión de ese asunto de manera tan clara y sutil que resulte en belleza. Por supuesto, si el valor artístico de un experimento como éste se midiera a partir de los ecos intelectuales que, transcurrido un tiempo, aún puede suscitar, el argumento favorecería esta pequeña aunque sólida fantasía que hoy me parece ver que arrastra tras de sí un enorme cúmulo de asociaciones. Sin duda, debería sonrojarme por confesar que son tan numerosas que sólo puedo elegir algunas de ellas como referencia. Recuerdo, por ejemplo, un reproche que en aquella época me hizo un lector, capaz evidentemente de prestar cierta atención, aunque no lo bastante, que se quejaba de que yo no había «caracterizado» lo suficiente a mi joven, perdida en su laberinto; de que no la había dotado de señales y marcas, rasgos y gracias; en pocas palabras, de que no la había invitado a tratar su propio misterio al margen del de Peter Quint, la señorita Jessel y los desventurados niños. Recuerdo bien, por absurdo que parezca que lo recuerde ahora, mi respuesta a aquella crítica, ante la cual mi corazón artístico, mi corazón irónico, se agitó hasta casi romperse.

Usted incurre en esa crítica fácilmente y no me importa confiarle que, por extraño que parezca, uno siempre tiene que elegir con cuidado entre sus dificultades, dedicándose a las más importantes para poder dominarlas y dejando a las demás sabiamente al margen. Si uno intenta enfrentarse a todas ellas, lo más seguro es que no resuelva ninguna por completo; mientras que la dedicación efectiva a unas pocas proyecta una bendita neblina dorada bajo la cual, como juguetonas diosas burlonas entre las nubes, las demás se retiran con prudencia. En Otra vuelta de tuerca, créame, por favor, la propuesta general de mantener cristalino el registro de las muchas e intensas anomalías y oscuridades de nuestra joven, era déjà très jolie. Con esto no me refiero, desde luego, a la explicación que ella pueda dar de tales anomalías, un asunto muy distinto; y yo no veía forma alguna, concedo sin mucha convicción (luchando, también en el mejor de los casos, de manera periódica, por cada pulgada preservada de mi espacio), de presentarla en combinación con otras relaciones que no fueran aquéllas, una de las cuales, ni más ni menos, habría sido la relación con su propia naturaleza. Seguramente, conocemos tanto de su propia naturaleza como podemos asumir al ver a esa naturaleza revelar sus ansiedades y divagaciones. Desde luego, no dice poco de un personaje el hecho de que, en tales condiciones, una joven «educada privadamente», como ella afirma, sea capaz de hacer creíbles sus particulares declaraciones sobre asuntos tan extraños. Ella tiene «autoridad», lo que supone haberle dado mucho, y yo no habría podido llegar a tanto si torpemente hubiera intentado más.

Reclamo para esta verdad una parte del encanto que, de vez en cuando, está latente en las razones que se infieren de las cosas bellas, y que, en la obra de arte, siempre atienden a lo hermoso, lo preciso, lo curioso y lo profundo. No obstante, por encima de cualquier cosa, permítanme colocar bajo la protección de esa presencia el aspecto de esta ficción que atrae más consideración: la elección de la forma de enfrentarse a sus mayores dificultades. Algunas dificultades no eran tan graves; por ejemplo, yo tenía que renunciar a cualquier intento de mantener la clase y el grado de impresión que deseaba producir en relación con el abundante registro material que existe hoy en día de los casos de apariciones. En los informes hay diversos signos y circunstancias que caracterizan estos casos: los aparecidos hacen cosas diferentes, aunque, en conjunto, no parecen ser muchas. Sin embargo, la cuestión es que hay cosas que no se hacen nunca, y son muchas, porque se imponen férreamente ciertas reservas, convenciones y resistencias. Los «fantasmas» identificados y reconocidos son, en otras palabras, poco expresivos, poco dramáticos y, sobre todo, inconsecuentes, poco conscientes y sensibles, en consonancia con el enorme trabajo que les cuesta tener que aparecerse. Por tanto, por maravillosos e interesantes que sean en un momento dado, son inconcebibles como figuras inmersas en una acción, y Otra vuelta de tuerca era desesperadamente una acción o no era nada. En resumen, tenía que decidir entre que mis apariciones fueran correctas o que mi historia fuera «buena», que plasmara mi impresión de lo espantoso, del horror que había planeado. Los fantasmas buenos, hablando en términos literarios, proporcionaban asuntos pobres, y estaba claro que, desde el principio, mis merodeadoras,

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