Marianela

Benito Pérez Galdós

Fragmento

cap-1

INTRODUCCIÓN

1. EL CONTEXTO POLÍTICO-SOCIAL DE LA ÉPOCA

El siglo XIX es un período fundamental en la formación europea, y Galdós, como Balzac o Dickens, se convierte en testigo excepcional de los cambios de esta época. Dos grandes corrientes literarias jalonan el siglo XIX: el Romanticismo en la primera mitad de la centuria y el Realismo-Naturalismo en la segunda, el cual se inicia en Francia a partir de la década de 1870, mientras que en España la aplicación de los principios de tal escuela, como veremos más adelante, sólo adquirirá carta de naturaleza a partir de 1880.

En cuanto al ámbito político-social, la segunda mitad del siglo XIX se caracteriza en Europa por un creciente proceso de industrialización del que se derivarán dos elementos definitorios del período: el auge de la clase burguesa, que consolida su poder e impone sus gustos en el arte, la literatura, la moda y las costumbres, y el progresivo desarrollo de los movimientos proletarios, que se van fortaleciendo tras la Revolución de 1848, el mismo año en que se publica El manifiesto comunista de Marx y Engels.

En el terreno filosófico se produce el desarrollo del positivismo de Comte, que, frente al idealismo, defendía la experiencia y los hechos comprobables como base del conocimiento. En paralelo a esta corriente filosófica, en las ciencias alcanza un gran prestigio el método experimental de la mano de Claude Bernard, autor de la Introduction à l’étude de la médecine experimentale (1859), y la teoría de la evolución de Darwin, recogida en The Origin of Species (1859) y The Descent of Man (1871), así como el descubrimiento de las leyes de la herencia de Mendel.

La literatura, como no podía ser de otra manera, se hará eco de todas estas transformaciones sociales, científicas y filosóficas a través de las dos grandes corrientes que caracterizan este período histórico, el Realismo y el Naturalismo, las cuales se desarrollarán fundamentalmente en la novela y en menor medida en el teatro.

La sociedad española de la segunda mitad del siglo XIX experimenta todos estos cambios sociales con cierto retraso y lentitud, debido, en parte, a la inestabilidad política que caracteriza toda la centuria con frecuentes cambios de gobierno, pronunciamientos militares, guerras, etc., y que no favorece un desarrollo organizado y fecundo ni en el aspecto político-social ni en el ámbito cultural.

Entre los sucesos destacables de esta época en que se inscribe la producción galdosiana (1870-1920), es preciso mencionar la Revolución de Septiembre del 68, llamada también «La Gloriosa», que supuso el ascenso de la burguesía al poder y la caída de Isabel II para dar paso al Sexenio revolucionario (1868-1874), el cual no consiguió consolidar un orden social estable. Fracasan tanto el efímero intento de una monarquía constitucional, encarnada en la figura de Amadeo de Saboya, como las esperanzas de cambio depositadas en la Primera República (1873). Ésta termina en 1874 con el golpe de Estado del general Pavía y, a finales de ese mismo año, el pronunciamiento de Martínez Campos favorecerá el retorno de Alfonso XII. La Restauración monárquica dará pie a un sistema pacífico de partidos que se turnan en el poder: los conservadores — con Cánovas del Castillo al frente— y los liberales — liderados por Práxedes Mateo Sagasta—. Este sistema se sustentaba en una estructura oligárquica y caciquil, especialmente efectiva en los medios rurales, donde el cacique controlaba u orientaba el voto de los electores de su demarcación.

La cultura será el fiel reflejo de esta realidad político-social. De este modo, puede considerarse que los escritores se dividen en dos bandos. Por una parte, el de aquellos que representan el ala tradicionalista, conservadora y católica, reacia a los cambios sociales y a las innovaciones científicas que llegaban de Europa. Tal es el caso de personalidades como Jaime Balmes, Donoso Cortés y Marcelino Menéndez Pelayo; y también, en buena medida, de Pereda y el último Alarcón. Por otra parte, el de aquellos que simbolizan el pensamiento liberal influenciados por el krausismo, introducido en España por don Julián Sanz del Río y difundido por sus discípulos desde las cátedras universitarias. Entre estos últimos destaca la figura de Francisco Giner de los Ríos, fundador de la Institución Libre de Enseñanza, quien defendía una educación liberal, laica y europeísta basada en un compromiso ético y estético, y que ejercería una profunda influencia sobre los novelistas más importantes del período: Galdós y Clarín.

La novela realista hace de la observación y el estudio de la realidad cercana al escritor su tema fundamental. La descripción minuciosa se convierte en el arma esencial del novelista para reflejar tanto el aspecto social, la descripción del medioambiente y las costumbres, como el aspecto psicológico, el estudio de los caracteres de los personajes.

Junto a las obras de los grandes novelistas realistas europeos, entre las que destacan Le rouge et le noir (1830), de Stendhal, Père Goriot (1833) y Eugénie Grandet (1835), de Balzac, o Madame Bovary (1856), de Flaubert, en Francia; Oliver Twist (por entregas entre 1837 y 1839), de Dickens, en Inglaterra; y los grandes novelistas rusos como Dostoievski, con Crimen y castigo (1866), y Tolstói, con Guerra y paz (1869) y Anna Karenina (1877); debemos situar la fecunda obra narrativa de Galdós con títulos tan significativos para el desarrollo de la novela realista decimonónica como Doña Perfecta (1876), Marianela (1878), La desheredada (1881), El amigo Manso (1882), Tormento (1884), Fortunata y Jacinta (1887), Miau (1888), Tristana (1892) o Misericordia (1897), por citar sólo algunos de sus títulos más representativos.

Entre las obras mencionadas ya encontramos novelas que apuntan hacia la estética naturalista, cuyos principios formulará Émile Zola con Le roman expérimental (1880) y Les romanciers naturalistes (1881). La novela naturalista incorporará una mayor atención al aspecto fisiológico de los personajes y a la descripción de ambientes sórdidos o marginales, y tenderá a reflejar con más detalle los conflictos sociales. Zola será el pontífice de la nueva escuela con obras como L’assommoir (1877), Nana (1880), Pot-Bouille (1882) o Germinal (1885). Esta nueva corriente francesa encontrará en la novela realista española un campo especialmente abonado en la narrativa galdosiana de la segunda época, la de las llamadas «novelas contemporáneas», inaugurada con La desheredada (1881) y cerrada con Fortunata y Jacinta (1887). También se sumarán a la praxis naturalista Leopoldo Alas, Clarín, con sus artículos en La Diana (1882) y su obra ejemplar, La Regenta (1884-1885); y Emilia Pardo Bazán, quien se convertirá en una extraordinaria divulgadora de la nueva estética con sus artículos sobre el Naturalismo en La Época (noviembre, 1882-abril, 1883) — recogidos en un libro con prólogo de Clarín bajo el título de La cuestión palpitante (1883)— e incurrirá en la ficción narrativa con Los Pazos de Ulloa (1886) y La madre Naturaleza (1887), entre otros. Ahora bien, conviene precisar que la praxis naturalista en España será siempre heterodoxa y flexible, ya que nuestros escritores no comparten de un modo absoluto el determinismo filosófico de dicha escuela, la cual condicionaba la conducta de los personajes desde las leyes de la herencia biológica y el determinismo del medio.

2. VIDA Y OBRA DE BENITO PÉREZ GALDÓS

Benito Pérez Galdós nació en Las Palmas de Gran Canaria en 1843. Era el menor de nueve hermanos de una familia de clase media con ascendencia vasca por parte de madre. Desde su infancia, transcurrida en la isla, el escritor manifiesta un carácter muy observador y reservado y una imaginación muy viva, además de mostrar una gran afición a la lectura y a las demás artes; por ejemplo, aprende a tocar el piano — en sus primeros años madrileños ejercerá la crítica musical— y dibuja con gran destreza — unos dibujos que pueden considerarse verdaderos esbozos costumbristas—. Sus primeras composiciones poéticas datan de cuando el autor contaba apenas siete años.

Durante su adolescencia, Pérez Galdós solía escribir versos imitando a Calderón y cuentos que parafraseaban con gran habilidad el estilo de Cervantes y las aventuras de don Quijote, que fue a lo largo de toda su vida una continuada fuente de inspiración. Sus biógrafos aseguran que llegaba a memorizar capítulos enteros de la novela cervantina y Montesinos añade que Cervantes le había educado la mirada. Su primer amor fue su prima Sisita, y su madre, alarmada, decidió mandarlo a Madrid para poner fin a esta relación y con la finalidad de que iniciase los estudios universitarios.

Es así como a los dieciocho años Galdós se traslada a Madrid para estudiar derecho. Carente de vocación, el joven falta a menudo a las aulas universitarias, donde, sin embargo, entra en contacto con algunos de los profesores krausistas como Fernando de Castro, por quien sintió verdadera veneración, tal como se deduce del espléndido retrato que le dedica en «Galería de figuras de cera», La Nación (16 de febrero de 1868). Pérez Galdós decide abandonar la carrera de derecho para dedicarse al periodismo y, sobre todo, a pasear y a observar la bulliciosa vida de Madrid: las tertulias del Ateneo, donde el krausismo era la ideología dominante; los teatros y los cafés, que se convirtieron en centros desde los que contemplar el curso imparable de la vida ciudadana; la multiplicidad de personajes, las calles y el comercio madrileño; los bajos fondos, y tantas otras cuestiones que nutrirán sus novelas y, en los primeros tiempos, las amenas crónicas que publica en revistas de la capital. Un buen testimonio de estos años nos lo suministra el propio autor en sus Memorias:

Entré en la Universidad, donde me distinguí por los frecuentes novillos que hacía, como he referido en otro lugar. Escapándome de las cátedras, ganduleaba por las calles, plazas y callejuelas, gozando en observar la vida bulliciosa de esta ingente y abigarrada capital. Mi vocación literaria se iniciaba con el prurito dramático, y si mis días se me iban en «flanear» por las calles, invertía parte de las noches en emborronar dramas y comedias. Frecuentaba el Teatro Real y un café de la Puerta del Sol, donde se reunía buen golpe de mis paisanos.[1] 

En 1865, Galdós presencia los sucesos de la Noche de San Daniel y empieza su tarea como periodista colaborando en La Nación y la Revista del Movimiento Intelectual de Europa. Al año siguiente, es testigo del fusilamiento de los sargentos del cuartel de San Gil, hechos que iban a dejar una honda huella en su personalidad y en sus obras.

Viaja por primera vez a París en 1867, donde, paseando por los muelles del Sena, tal como refiere en las mencionadas Memorias, descubre a Balzac. Concretamente, adquiere y devora de un tirón Eugénie Grandet y, a partir de entonces, lee con suma atención todos los volúmenes de La comédie humaine. En 1868 reanuda sus colaboraciones en La Nación y traduce The Pickwick Papers, de Dickens. Viaja de nuevo a París y de regreso hace escala en Barcelona, ciudad en la que conoce la noticia de la Revolución del 68, La Gloriosa.

En la década de 1870 Galdós emprende un programa realista y regeneracionista, cuyos postulados expresa en «Observaciones sobre la novela contemporánea en España», texto fundamental que debe ser considerado el manifiesto del Realismo español. En él, censura el estado de la novela española contaminada por el folletín francés, que había llegado a corromper el gusto del público, y reivindica una novela enraizada en la tradición española; esto es, que se nutriera de la picaresca, de Cervantes y del costumbrismo romántico, y que fuera capaz de reflejar con fidelidad la realidad contemporánea al novelista: «[...] la novela de verdad y de caracteres, espejo fiel de la sociedad en que vivimos». Novela que, además, debía ocuparse de la clase media, la incipiente burguesía, materia y destinataria de la misma, pues categóricamente afirma que la clase media, «la más olvidada por nuestros novelistas, es el gran modelo, la fuente inagotable» de la «moderna novela de costumbres».[2] En resumen, Galdós estaba postulando una novela realista, española y contemporánea, que reflejara los vicios y virtudes de la clase media, especialmente el problema religioso y el problema social y familiar del adulterio, tan presente en las novelas decimonónicas.

En este primer período, el autor se consagra a las novelas de tesis y a la escritura de la primera serie de Episodios nacionales, conjunto de novelas en las que Galdós se distancia de la novela histórica romántica para narrar sucesos del pasado reciente cuya lectura ayude a comprender mejor las claves del presente. Concretamente, esa primera serie aborda desde los sucesos en torno a la guerra de la Independencia hasta la derrota del ejército francés en la batalla de los Arapiles. En el aspecto ficcional, esta etapa se inaugura con La Fontana de Oro (1870), narración histórica situada en el Trienio Liberal a la que sigue una serie de novelas de tesis — o «tendenciosas», como las llamó Clarín—: Doña Perfecta (1876), Gloria (1877) y La familia de León Roch (1878). En todas ellas, a través de personajes arquetípicos se critica la intolerancia y el fanatismo de la sociedad española. El autor presenta una realidad maniquea mediante dos mundos enfrentados: el tradicionalista, dominado por una religiosidad intransigente y sectaria de la que son exponentes personajes como Doña Perfecta, y el mundo liberal, tolerante y progresista, representado por Pepe Rey, joven ingeniero enfrentado al ambiente provinciano y asfixiante de Orbajosa, lugar ficticio donde transcurre la acción. Lo mismo podría decirse de Gloria y Morton, o de María Egipciaca y León Roch en las novelas homónimas. A este mismo período pertenece Marianela (1878), quizá la más distinta de estas novelas fuertemente marcadas por la ideología del autor; una dramática historia con abundantes resabios románticos y folletinescos. Todas estas novelas están muy influenciadas por la filosofía krausista a la que Galdós llegó, como hemos dicho, a través de sus maestros y del ambiente del Ateneo, de la lectura de Ideal de la humanidad para la vida de Krause — adaptado por Julián Sanz del Río— y de La minuta de un testamento de Gumersindo de Azcárate, cuya impronta es muy evidente en La familia de León Roch. Por consiguiente, las ideas krausistas se observan en esta etapa de su producción en la apuesta por la educación como método de progreso y transformación del individuo y de la sociedad.

Sin embargo, Galdós, consciente de que la estructura, el contenido maniqueo y los personajes convertidos en auténticos arquetipos de las novelas de tesis eran un callejón sin salida, evoluciona hacia una segunda manera, que denomina «novelas contemporáneas», claramente influidas por el Naturalismo francés. Así, a partir de la década de 1880, abandona de forma progresiva el afán adoctrinador para mostrar al lector la realidad de la forma más objetiva posible y dejar que sea él mismo quien juzgue y saque sus propias conclusiones. Esta etapa abarca desde La desheredada (1881) a Torquemada en la hoguera (1889). Entre ambas, Galdós publica El amigo Manso (1882), El doctor Centeno (1883), Tormento (1884), La de Bringas (1884), Lo prohibido (1885) y su obra maestra, Fortunata y Jacinta (1887), la cual supone una inflexión espiritualista que se irá acentuando en obras posteriores como Miau (1888). En todas ellas alienta un hondo sentido moral frente a las corruptelas sociales y políticas y la ausencia de una auténtica caridad cristiana. En torno a estos años se inicia el romance con Emilia Pardo Bazán, del que da cuenta una abundante correspondencia en la que no sólo se evidencia su apasionada relación sentimental, sino también un vínculo intelectual muy fecundo en momentos de gestación y escritura de algunas de las novelas más importantes de ambos. El idilio se rompe tras la visita de la escritora a la Exposición Universal de Barcelona, a la que también acude Galdós como diputado del Partido Liberal, y el breve romance de la autora con Lázaro Galdiano en 1888. Al autor de Marianela asimismo se le relacionó sentimentalmente con Concha Morell y con Lorenza Cobián, con quien en 1891 tuvo una hija, María, a la que Galdós reconoció y ayudó, aunque siempre permaneció soltero.

A esta agitada vida sentimental hay que añadir otra nueva faceta en la vida del escritor, su actividad política, la cual le llevó a vincularse al Partido Liberal entre 1886 y 1891 y a ingresar en 1906 en el Partido Republicano, del que participó muy activamente en los mítines durante los primeros tiempos y fue elegido diputado en tres ocasiones. Sin embargo, con el paso del tiempo su desconfianza de la política se fue acentuando hasta apartarse por completo de la actividad parlamentaria. Galdós, como los krausistas, creía que la única regeneración profunda de la sociedad empezaba forzosamente por la regeneración interior del hombre a través de la educación.

En los años noventa, agotado el Naturalismo, Galdós sigue innovando de acuerdo con las tendencias europeas de creciente espiritualidad. Sin abandonar su interés por la realidad, el autor atiende cada vez con más intensidad a problemas de orden moral y espiritual en obras como Ángel Guerra (1890), Tristana (1892), Nazarín y Halma (1895), y Misericordia (1897), protagonizada por la inolvidable Benina, la criada que pasa auténticas privaciones para ayudar a sus amos.

Galdós fue fundamentalmente novelista, aunque su tarea como dramaturgo sea también digna de estudio. A pesar de que sus obras dramáticas de juventud no lograron el aplauso del público, en la década de 1890 vuelve a la escena adaptando algunas de sus novelas como Realidad (1892) y el episodio nacional Gerona (1893), para pasar poco después a escribir directamente para el teatro obras como El abuelo (1904), en la que cuestiona sin tapujos la nobleza de sangre, y Casandra (1909), exponente de su anticlericalismo radical. Así pues, desde la escena el autor combatía los privilegios de las dos clases sociales que a su juicio eran las responsables del atraso social de España, la nobleza y el clero. En este contexto, el estreno de Electra el 30 de enero de 1901 fue un verdadero acontecimiento y originó una extraordinaria conmoción social, acompañada de manifestaciones y altercados en toda España, de los que se hicieron eco algunos jóvenes autores como Valle-Inclán y Baroja.

En los últimos años de su vida, Galdós regresa a la novela, pero alejándose de la observación directa de la realidad y recurriendo frecuentemente al mito, al símbolo y a la alegoría con títulos en los que es muy evidente la huella cervantina, tales como El caballero encantado (1909) y La razón de la sinrazón (1915).

A pesar de sus extraordinarios méritos como novelista, sin duda el más importante de su tiempo, capaz de reflejar todo el panorama de la sociedad contemporánea como habían hecho Balzac y Zola en Francia, Galdós no fue elegido miembro de la Real Academia de la Lengua hasta 1894, para cuyo ingreso en 1897 leyó el discurso titulado «La sociedad presente como materia novelable» y contestado por Menéndez Pelayo. Menos suerte tuvo con su candidatura al Premio Nobel en 1905, boicoteada por sus enemigos políticos precisamente por su ideología liberal y republicana y, sobre todo, después del escándalo que supuso el estreno de Electra.

Los últimos años de su vida, a pesar de haber conseguido vivir de su trabajo como novelista, son muy tristes para el autor de Marianela. Galdós se queda ciego y sufre serias dificultades económicas a causa de su agitada vida sentimental y su proverbial generosidad para con los más desvalidos de la sociedad; situación que describe muy bien Pérez de Ayala en este magnífico retrato:

En una ocasión don Gabino Pérez, su editor, le quiso comprar en firme sus derechos literarios de las dos primeras series de los Episodios nacionales por quinientas mil pesetas, una fortuna entonces. Don Benito replicó: «Don Gabino, ¿vendería usted un hijo?». Y, sin embargo, don Benito no sólo no disponía jamás de un cuarto, sino que había contraído deudas enormes. Las flaquezas con el pecado del amor son pesadas gabelas. Pero éste no era el único agujero por donde el diablo le llevaba los caudales, sino, además, su dadivosidad irrefrenable, de que luego hablaré. En sus apuros perennes acudía, como tantas otras víctimas, al usurero. Era cliente y vaca lechera de todos los usureros y usureras matritenses, a quienes, como se supone, había estudiado y cabalmente conocía en la propia salsa y medio típico, con todas sus tretas y sórdida voracidad. ¡Qué admirable cáncer social para un novelista! (Léase su Fortunata y Jacinta y la serie de los Torquemadas.) Cuando uno de los untuosos y quejumbrosos prestamistas le presentaba a la firma uno de los recibos diabólicos en que una entrega en mano de cinco mil pesetas se convierte, por arte de encantamiento, con carácter de documento ejecutivo o pagaré al plazo de un año, en una deuda imaginaria de cincuenta mil pesetas, don Benito tapaba con la mano izquierda el texto, si querer leerlo, y firmaba resignadamente. Los intereses de la deuda ficticia así contraídos le llevaban casi todo lo que don Benito debía recibir por liquidaciones mensuales de la venta de sus libros. Muy pocos años antes de la muerte de don Benito, un periodista averiguó su precaria situación económica y la hizo pública, con que se suscitó un movimiento general de vergüenza, simpatía y piedad [...]. A principios de mes acudían a la casa de don Benito, o bien le acechaban en las acostumbradas calles, atajándole al paso, copiosa y pintoresca colección de pobres gentes, dejadas de la mano de Dios; pertenecían a ambos sexos y las más diversas edades, muchos de ellos de semblante y guisa asaz sospechosos; todos, de vida calamitosa, ya en lo físico, ya en lo moral, personajes cuyas cuitas no dejaba de escuchar evangélicamente [...]. Don Benito se llevaba sin cesar la mano izquierda al bolsillo interno de la chaqueta, sacaba esos papelitos mágicos denominados billetes de banco, que para él no tenían valor ninguno sino para ese único fin, y los iba aventando.[3]

Benito Pérez Galdós fallece el 4 de enero de 1920. Las crónicas de la época hablan de un entierro muy concurrido, sobre todo entre las gentes del pueblo de Madrid, que perdían sin duda al mejor cronista de la ciudad, el que más y mejor había sabido retratar a sus personajes y tomar el pulso de la vida cotidiana. Poco antes de su muerte, Galdós fue inmortalizado con la escultura de Victorio Macho instalada en el Retiro madrileño.

3. MARIANELA

3.1. PROCESO DE ESCRITURA, INTERPRETACIONES Y ADAPTACIONES

Marianela es una de las novelas con más éxito de público y con un número considerable de ediciones y de artículos consagrados por la crítica más solvente: desde Clarín y Revilla, en su tiempo, a los trabajos ya clásicos de Gilman, Casalduero, Cardona, Montesinos, Correa, Blanquat, y los más recientes de Scanlon, Méndez-Faith o Marie A. Wellington, por citar sólo algunos de los estudios más específicamente dedicados a dicha novela. Además, sabemos que la novela llamó la atención de Oscar Wilde, que saludó a Galdós en uno de sus viajes a París como el autor de Marianela.

La novela fue llevada al teatro en 1916 en adaptación de los hermanos Quintero, con Margarita Xirgu en el papel protagonista, acontecimiento que emocionó a Galdós, ya casi ciego, quien en plena representación tendió los brazos a la actriz llamándola repetidas veces: «¡Nela, Nela!». También ha sido objeto de dos versiones cinematográficas. La primera de ellas, dirigida por Benito Perojo en 1940 y con Mary Carrillo en el papel de Nela y Julio Peña en el de Pablo, fue premiada en el Festival de Venecia de 1941. En 1972 aparece una nueva versión cinematográfica, esta vez dirigida por Angelino Fons y con José Suárez en el papel de Teodoro Golfín y Rocío Dúrcal en el de Marianela.

Sin embargo, esta novela de notable éxito y una de las preferidas de su autor «hubo de escribirse a la diabla y ello explica su extraña índole», tal como argumenta el profesor Montesinos,[4] pues Galdós terminó Gloria en mayo de 1877 y en enero de 1878 publicaba Marianela, lo que evidencia que fue escrita en muy poco tiempo y que no mantiene suficiente cohesión con las restantes novelas de esta etapa. Es decir, es evidente que se da una estrecha coherencia temática e ideológica entre tres de las llamadas novelas de tesis: Doña Perfecta, Gloria y La familia de León Roch, tal como demostró María Pilar Aparisi en Las novelas de tesis de Benito Pérez Galdós (1982); una coherencia ideológica de la que participa sólo en parte Marianela, mezcla de idilio romántico de raíz folletinesca y de novela social en la que el autor no oculta alguna de las fuentes inspiradoras ya señaladas por la crítica de su tiempo; por ejemplo, la influencia de la lectura de Wilhelm Meisters Lehrjahre de Goethe, del que sabemos tenía un ejemplar anotado en su biblioteca.[5] A esta influencia se podría añadir la del Victor Hugo no sólo de Notre-Dame de Paris, sino también el de Les misérables.

Las coincidencias entre la Mignon goethiana, señaladas en el momento de la publicación de la novela por el buen instinto crítico de Clarín y también poco después por don Manuel de la Revilla, radican en la habilidad y sensibilidad de las dos mujeres para el cante y, sobre todo, en la muerte romántica de ambas protagonistas, una de esas muertes que en realidad no se deben a enfermedad física alguna, sino a la nostalgia, la tristeza y los celos al ver que sus amos se interesan por otra mujer. Así lo demostró el hábil cotejo entre ambas obras llevado a cabo por Montesinos, quien, sin embargo, relativiza dicha influencia al sostener que la obra de Goethe fue en esencia «una sugestión y Galdós planeó su novela libérrimamente».[6] 

La novela ha sido objeto de otras múltiples interpretaciones que, no obstante, no agotan sus posibilidades de lectura. Desde el punto de vista filosófico, se ha interpretado tanto desde el idealismo platónico como desde el positivismo comtiano, tal como ha desarrollado Casalduero.[7] El eminente galdosista, apoyándose en la teoría de Augusto Comte de las tres edades en la vida del hombre, considera a Marianela representante de la edad teológica, a Pablo de la edad metafísica y a Teodoro Golfín de la edad positiva o científica.

Lo cierto es que ambas tendencias, el platonismo y el positivismo, están presentes en la novela y encarnadas en la visión del mundo que tienen sus principales protagonistas. Así, Pablo, el joven ciego, identifica a la manera platónica bondad y belleza y, por ello, es incapaz de pensar que la bondadosa y sensible Marianela no se corresponda con la bella mujer que él imagina. En contraposición, el positivismo y la fe en la ciencia, tan en boga en el último tercio del siglo XIX, se verán encarnados en las ideas y en la praxis del médico Teodoro Golfín, el encargado de devolver la vista a Pablo y de destruir, de este modo, el hechizo del idilio romántico entre éste y Marianela. En este caso, la ciencia soluciona el grave problema de la ceguera de Pablo, pero es al mismo tiempo el desencadenante de la tragedia final, pues cuando éste recobra la vista comprueba que la bondad no necesariamente va unida a la belleza, tal como él suponía en su idealizada Marianela.

También la novela ha suscitado el interés de la crítica desde la perspectiva religiosa. Por un lado, el paganismo de Marianela, ser noble y auténtico que vive una especie de panteísmo pagano en contacto con la naturaleza a la vez que siente una profunda devoción por la Virgen, es un aspecto destacable de la psicología primaria y sin formación de la protagonista. Por otro, la falsa caridad va a ser objeto de una severa crítica por parte del novelista. Ésta se encarna en la conducta de la Señana, matriarca de la «familia de piedra» que da cobijo en su casa a la desvalida Marianela pero sin mostrarle ningún afecto, y en la de Sofía, esposa del ingeniero de las minas y cuñada del médico Golfín que, hipócritamente, sostiene que practicar la caridad cristiana consiste en organizar rifas y corridas de toros en beneficio de los más necesitados cuando, en el fondo, le preocupa más la salud de su perro que la de la pobre Marianela, ser desvalido, abandonado y menospreciado por todos, incluso por ella misma,[8] ya que repite insistentemente que no sirve para nada.

Un sector de la crítica ha leído la novela como una excepción a la premisa de la observación rigurosa del Realismo galdosiano, pues, como asegura Montesinos, se trata de una historia totalmente «inventada» y deudora de las lecturas del autor mencionadas más arriba y, sobre todo, del folletín romántico, que fue pasto de lectura de muchos de nuestros autores del siglo XIX e incluso de comienzos del XX, tal como confesaba Baroja al considerarlo el «fondo sentimental del escritor» de su tiempo. Galdós retoma en esta novela un motivo folclórico muy del gusto romántico, el de un alma sencilla y bondadosa encerrada en un cuerpo feo y deforme. El mismo tema lo encontramos encarnado en el personaje del jorobado de Notre-Dame de Paris. Y, junto a esos resabios románticos, el argumento y la protagonista de Marianela son deudores de las novelas de folletín que Galdós había criticado abiertamente en «Observaciones sobre la novela contemporánea en España» (1870), en cuanto que responsables de la corrupción del gusto del público. Sin duda, él había leído con avidez folletines como tantos otros autores de su época y, por ello, podía escribir con pleno conocimiento de causa: «[...] la sustitución de la novela nacional de pura observación, por esa otra convencional y sin carácter, género que cultiva cualquier peste nacida en Francia y que se ha difundido con la pasmosa rapidez de todos los males contagiosos».[9] La lectura de folletines no sólo contaminó el argumento de esta novela, sino principalmente también el de La desheredada, cuya protagonista se intoxica de novela folletinesca como don Quijote de libros de caballería.

Por último, otro sector de la crítica, conocedora de la importancia que va a ir adquiriendo el problema social en la narrativa galdosiana, señala en esta obra algunos aspectos que pueden considerarse ya antecedentes de los desarrollados posteriormente. Me refiero a la descripción realista del trabajo en las minas, incluyendo las referencias al trabajo infantil; a las condiciones de vida miserables de la «familia de piedra», en la que vive refugiada la pobre Marianela desde que se quedó huérfana, frente a la situación acomodada del ingeniero de las minas y de los terratenientes de la zona. Este aspecto, no suficientemente desarrollado en esta novela, apunta a la creciente preocupación del autor por las cuestiones sociales que se evidenciará en las novelas contemporáneas, en especial en La desheredada y en Fortunata y Jacinta.

Y, ligado a todos estos temas, cobra importancia una cuestión quizá no lo suficientemente atendida por la crítica: el problema de la educación reflejado en el analfabetismo de la pobre Marianela y en el interés de Celipín (personaje que recuperará y desarrollará Galdós en El doctor Centeno), quien no se resigna a su miserable vida en las minas y aspira a formarse para llegar a ser médico. En consecuencia, la educación como vía de regeneración individual para conseguir una verdadera transformación social, tal como postulaban los krausistas, vertebra una de las posibles interpretaciones de esta obra, tan distinta al resto de sus novelas de tesis. La novela gustó mucho a Leopoldo Alas precisamente porque este aparente idilio entre un joven ciego de familia acomodada y su lazarillo, la desafortunada Marianela, fea y contrahecha pero de alma sensible y bondadosa, encierra muchos valores morales que, para el crítico más lúcido del XIX, tenían que ver con una idea para él muy querida y reivindicada en su literatura: la del «auténtico cristianismo», aquello que está en su esencia inmortal.

Lo cierto es que en Marianela estamos ante un Galdós con muchos resabios románticos que, todavía, como señala Montesinos, no ha asimilado bien la lección de Cervantes, y, por ello, la lectura de la novela resulta muy atractiva pero a la vez no lo suficientemente apoyada en la realidad, el terreno en que se desenvuelve mejor el autor. El propio Galdós, en el prologuillo a La sombra, novela publicada en la Revista de España en 1871, defendía su inclinación hacia la literatura realista y pedía al público que fuese indulgente con sus escarceos de literatura romántica y fantástica:

Se empeña uno a veces, por cansancio o por capricho, en apartar los ojos de las cosas visibles y reales, y no hay manera de remontar el vuelo por grande que sea el esfuerzo de nuestras menguadas alas. El pícaro natural tira y sujeta desde abajo... y cuando uno cree que se ha empinado bastante y puede mirar de cerca las estrellas, éstas, siempre distantes, siempre inaccesibles, le gritan desde arriba: Zapatero, a tus zapatos.[10]

Realmente, en el aspecto en que Galdós se manifiesta como un novelista con gran potencial no es tanto en el simbólico como en la construcción de un personaje inolvidable, Marianela. La historia es sencilla y trágica pero la protagonista es una criatura nacida para sufrir, personaje que Galdós fue capaz de describir con sumo detalle, aunque a veces se alejara de la realidad, como vio don Manuel de la Revilla al criticar el habla excesivamente culta de la protagonista e impropia de una joven de su escasa formación cultural; defecto, por otra parte, en el que muy pocas veces cae Galdós, siempre atento a que los personajes hablen de acuerdo con su formación y su estatus social.

3.2. GÉNERO E INFLUENCIAS

Galdós transformó el panorama narrativo de su época a través de las novelas escritas en diferentes etapas con características bien definidas siempre sobre la base del Realismo. Sin embargo, algunas de sus novelas no encajan del todo en las premisas generales del período al que pertenecen. Ya en su tiempo, Mesonero Romanos distinguía Marianela de las demás novelas de tesis en una carta fechada el 19 de enero de 1879 en la que, tras acusar recibo de La familia de León Roch, advertía a Galdós que en lo referente «al delicado punto de la religión y del culto no quisiera verle a Vd. tan encariñado con este objetivo; más me encanta cuando, prescindiendo de él y ateniéndose sólo a la naturaleza como en Marianela, nos regala con un idilio de amor, de sencillez y de ternura».[11] Téngase en cuenta que Marianela se publicó inmediatamente después de Gloria, una de las novelas de tesis donde el conflicto religioso está más presente al vertebrar la acción de la obra.

Y es que, Marianela, aunque pertenece al período de las novelas de tesis, presenta rasgos claramente diferenciados. Por ello ha sido clasificada por la crítica como una novela de transición hacia la segunda manera de novelar de Galdós, la inaugurada con La desheredada en 1881. La novela debe ser considerada un idilio romántico con muchos elementos de factura folletinesca y, a su vez, con otra serie de rasgos nada desdeñables que preludian el determinismo fisiológico fundamental en las novelas del período naturalista; todo ello sin renunciar al idealismo que se nutre de la influencia krausista, especialmente evidente en esta primera etapa galdosiana.

Cuando hablamos de Marianela como novela-idilio es necesario precisar que no se trata de un idilio empalagoso, sentimental y dulzón a la manera de la Graziella de Lamartine o de la María de Jorge Isaacs, ya que éstas son heroínas bellas de cuerpo y alma. El caso de la protagonista galdosiana no es tal. Por lo tanto, esta novela es un idilio más bien áspero y con un final doloroso y triste, en el que ni siquiera es posible una catarsis.

3.3. LAS VOCES NARRATIVAS EN LA CONSTRUCCIÓN DEL PERSONAJE DE MARIANELA

Marianela es, sobre todo, una novela de personaje. La personalidad de la protagonista se nos revela esencialmente a través de la mirada del narrador omnisciente, mediante el monólogo, el diálogo — técnica narrativa que cobra una importancia capital en determinados capítulos y preludia el dialogismo de las novelas de la última etapa— y las miradas de los demás personajes — es decir, el multiperspectivismo—.

Nela, la protagonista, es una muchacha huérfana y pobre que, a falta de atractivo físico, posee una extraordinaria grandeza moral y espiritual; un personaje cuya condición humana es maravillosamente captada por su autor. Ésta vive consagrada a ejercer de lazarillo de un joven ciego, Pablo Penáguilas, hijo de una acomodada familia de Socartes, del que se ha enamorado y se ha forjado ilusiones de llegar a casarse con él sin darse cuenta de la enorm

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