I
—Entonces qué, príncipe, Génova y Lucca se han convertido en nada más que propiedades de la familia Bonaparte. No, a partir de ahora le digo que si no me dice que estamos en guerra y si se permite atenuar todas las infamias y todas las atrocidades de este Anticristo (pues segura estoy de que él es el Anticristo) ya no le conoceré, ya no le consideraré amigo mío y ya no será mi fiel servidor como usted se llama a sí mismo. En fin, le saludo, le saludo. De sobra me doy cuenta de que le estoy asustando, siéntese y conversemos.
La que así hablaba en julio del año 1805 era la conocida Anna Pávlovna Scherer, dama de honor y allegada de la emperatriz María Fédorovna, cuando salía al encuentro del solemne y majestuoso príncipe Vasili, el primero en llegar a su velada. Anna Pávlovna llevaba unos días acatarrada, tenía «gripe» («gripe» era entonces una palabra nueva y de raro uso), y esa era la causa por la que no cumplía con sus funciones y permanecía en casa. En las notitas que había distribuido por la mañana un criado de gala, se podía leer sin distinción alguna:
Si no tiene usted conde (o príncipe) nada mejor que hacer y si el hecho de pasar la tarde con una pobre enferma no le asusta, estaría encantada de recibirle hoy entre las 7 y las 10.
ANNA SCHERER
—¡Qué duro ataque! —contestó sin sentirse intimidado por tal recibimiento y sonriendo vagamente el príncipe, que había entrado con una expresión luminosa en su astuto rostro y vistiendo un uniforme cortesano bordado, medias de seda, zapatos y cubierto de condecoraciones.
Se expresaba en el correcto francés con el que no solo hablaban sino que incluso pensaban nuestros abuelos, y con esa entonación suave y protectora propia de un hombre relevante. Se acercó a Anna Pávlovna y la besó en la mano al tiempo que le presentaba la perfumada y resplandeciente blancura, incluso entre los cabellos grises, de su calva y se sentó tranquilamente en el diván.
—Antes de nada, dígame, ¿cómo se encuentra, mi querida amiga? Tranquilice a su amigo —dijo él sin cambiar su tono de voz, que traslucía, tras el empalago y el interés, la indiferencia e incluso la burla.
—¿Cómo pretende que me encuentre bien, mientras sufro interiormente? ¿Es que se puede estar en paz en los tiempos que corren, cuando se tiene algo de sensibilidad? —dijo Anna Pávlovna—. Confío en que se quede toda la tarde aquí.
—¿Y la fiesta en la embajada de Inglaterra? Hoy es miércoles y no puedo faltar —dijo el príncipe—; mi hija vendrá a por mí y me llevará.
—Pensaba que la fiesta de hoy se había aplazado. Le confieso que todas estas fiestas y fuegos artificiales se me están haciendo difíciles de soportar.
—Si hubieran sabido que eso era lo que usted quería, la fiesta se habría aplazado —dijo el príncipe, que regularmente, como un reloj de cuerda, decía cosas que ni siquiera él mismo pretendía que se creyeran.
—No me atormente. Bueno, entonces, ¿qué es lo que se ha decidido con motivo del despacho de Novosíltsev? Usted conoce el caso.
—¿Qué le puedo decir? —dijo el príncipe Vasili fría y tediosamente—. ¿Qué han decidido? Han decidido que Bonaparte ha quemado sus naves y parece ser que nosotros estamos a punto de quemar las nuestras.
El príncipe Vasili, hablara tanto de cosas inteligentes como de banalidades, con palabras indiferentes o animadas, las decía con tal tono que parecía haberlas repetido mil veces, como un actor representando una antigua obra, como si las palabras no provinieran de su entendimiento y como si el que las dijera no fuera una mente, un corazón, sino una memoria con labios.
Anna Pávlovna Scherer, por el contrario, a pesar de sus cuarenta años, estaba llena de una animación y un ímpetu que con la práctica casi había conseguido mantener dentro de los límites de lo adecuado y la premeditación. A cada minuto estaba preparada para decir algo excesivo, pero aunque estuviera a punto de desbordarla, ese exceso no lograba abrirse camino. No era agraciada, pero el entusiasmo característico de su mirada y la animación de su sonrisa que expresaban su pasión por lo ideal le otorgaban lo que solemos llamar interés. Por las palabras y la expresión del príncipe Vasili se evidenciaba que en el círculo en el que ambos se movían ya hacía tiempo que había establecido el reconocimiento general de Anna Pávlovna como una apasionada, agradable y bondadosa patriota que en ocasiones se inmiscuía en asuntos ajenos y que con frecuencia llegaba a extremos, pero que agradaba por la sinceridad y la vehemencia de sus sentimientos. Ese entusiasmo suyo la había hecho muy popular e incluso cuando no tenía ganas de serlo, para no frustrar la animación de la gente que la conocía, se volvía entusiasta. La sonrisa contenida que jugueteaba en el rostro de Anna Pávlovna, a pesar de no ir acorde con sus decrépitos rasgos, expresaba, como en los niños malcriados, un total conocimiento de su encantador defecto, que no quería, no podía y no creía necesario enmendar.
El contenido del despacho de Novosíltsev, que había partido a París para mantener conversaciones sobre la guerra, era el siguiente.
En cuanto hubo llegado a Berlín, Novosíltsev tuvo conocimiento de que Bonaparte había promulgado un decreto sobre la anexión de la república genovesa al Imperio francés, al mismo tiempo que expresaba su deseo de firmar la paz con Inglaterra por mediación de Rusia. Novosíltsev se detuvo en Berlín y presumiendo que con un esfuerzo tal Bonaparte podía cambiar la intención del emperador se dirigió a Su Majestad con la intención de pedir permiso para partir hacia París o saber si bien al contrario debía regresar. La respuesta para Novosíltsev ya estaba preparada y debía ser enviada al día siguiente. La toma de Génova era el pretexto ansiado para una guerra para la cual la opinión de la corte estaba aún menos preparada que el ejército. En la respuesta se decía: «No queremos mantener conversaciones con un hombre que, declarando su deseo de paz, continúa con su invasión».
Estas eran las noticias más frescas del día. Era evidente que el príncipe conocía todos estos detalles de fuentes fiables y se los transmitía jocosamente a la dama de honor.
—Bueno, ¿adónde nos conducirían estas conversaciones? —dijo Anna Pávlovna en francés, el idioma en el que había transcurrido toda la conversación—. ¿Y para qué todas estas conversaciones? No con conversaciones sino pagando con su muerte el infame podrá resarcir la muerte del mártir —dijo ella haciendo vibrar las fosas nasales, dándose la vuelta en el diván e inmediatamente después, sonriendo.
—¡Qué sanguinaria es usted, querida mía! En política no se actúa como en sociedad. Hay que tomar precauciones —dijo el príncipe Vasili con su triste sonrisa, que era totalmente artificial pero que repetida ya durante treinta años se había acomodado de tal modo al viejo rostro del príncipe que parecía a la vez fingida y familiar—. ¿Ha recibido carta de los suyos? —añadió él sin considerar a la dama de honor lo suficientemente seria para mantener una conversación sobre política e intentando reconducir la conversación hacia otro tema.
—Pero ¿adónde nos llevarán estas conversaciones? —continuó preguntándole Anna Pávlovna sin someterse.
—Quizá a conocer la opinión de Austria, a la que usted tanto ama —dijo él provocando a Anna Pávlovna y sin querer abandonar el tono jocoso de la conversación.
Anna Pávlovna se exaltó.
—¡Ah, no me hable usted a favor de Austria! No comprendo nada, es posible que Austria nunca haya querido ni quiera la guerra. Nos está traicionando. Solo Rusia habrá de ser la salvadora de Europa. Nuestro protector conoce su elevado destino y cumplirá con él. Solo en eso creo. A nuestro bondadoso y admirable emperador le corresponde jugar un gran papel en el mundo y es tan digno y tan bueno que Dios no le abandonará y él podrá cumplir con su destino de destruir la revolución, que ahora es aún más terrible en la persona de ese asesino y criminal. Nosotros solos habremos de vengar la sangre de los justos. Y le pregunto: ¿con quién podemos contar? Inglaterra, con su espíritu comercial, no comprende ni podrá comprender nunca el elevado espíritu del emperador Alejandro. Se ha negado a abandonar Malta. Quiere conocer la verdadera intención de nuestras acciones. ¿Qué le han dicho a Novosíltsev? Nada. No han entendido, no pueden entender el sacrificio de nuestro emperador, que nada quiere para sí mismo y todo lo quiere para el bien mundial. ¿Qué han prometido? Nada. Y lo que prometen ni siquiera lo cumplen. Prusia ya ha declarado que Bonaparte es invencible y que ni toda Europa puede hacer nada contra él… No creo una sola palabra ni de Hardenberg ni de Haugwitz. Esa famosa neutralidad prusiana es solo una estratagema. Creo en un único Dios y en el elevado destino de nuestro querido emperador. ¡Él salvará Europa! —Se detuvo de pronto sonriendo ante su propio apasionamiento.
—Opino —dijo el príncipe sonriendo— que si la hubieran mandado a usted en lugar de a nuestro querido Witzengerod, hubiera conseguido con su ímpetu el acuerdo del rey de Prusia. Así es usted de persuasiva. ¿No me ofrece un té?
—Ahora mismo. Por cierto —añadió ella, calmándose de nuevo—, hoy vendrá a mi casa un hombre muy interesante, el vizconde de Mortemart. Está emparentado con los Montmorency por parte de los Rohan, una de las mejores familias de Francia. Es un emigrante de los buenos, de los auténticos. Se comporta muy bien y lo ha perdido todo. Estuvo con el duque de Enghien, ese pobre santo mártir, durante su estancia en Etenheim. Dicen que es muy agradable. Vuestro encantador hijo Hippolyte me ha prometido traerlo. Todas nuestras damas están locas por él —añadió con una sonrisa de desprecio, como si se compadeciera de las pobres damas, que no sabían pensar en nada mejor que en seducir al vizconde de Mortemart.
—Excepto usted, se sobreentiende —dijo el príncipe con tono jocoso—, yo ya he visto a ese vizconde en sociedad —añadió, al parecer poco entusiasmado con la idea de encontrarse a Mortemart—. Dígame —dijo, con especial desinterés como si se acabara de acordar, cuando precisamente lo que preguntaba era el principal motivo de su visita—, ¿es verdad que la emperatriz madre desea que se nombre al barón Funke como primer secretario en Viena? A mí me parece que ese barón es un don nadie.
El príncipe Vasili ansiaba colocar a su hijo en el puesto, que a causa de la mediación de la emperatriz María Fédorovna intentaban darle al barón.
Anna Pávlovna cerró casi los ojos en un gesto que daba a entender que ni ella ni nadie tenían derecho a juzgar lo que deseara o agradara a la emperatriz.
—El barón Funke fue recomendado a la emperatriz madre por su hermana —dijo simplemente con un tono particularmente frío y seco. En el momento en que Anna Pávlovna nombró a la emperatriz su rostro reflejó una expresión de profunda y sincera devoción y respeto combinados con tristeza, cosa que sucedía cada vez que en la conversación se mencionaba a su eminente protectora. Dijo que Su Majestad quería demostrar al barón Funke la gran estima en que le tenía y de nuevo su expresión se volvió triste.
El príncipe calló, indiferente. Anna Pávlovna, con su particular habilidad femenina y cortesana y con su ágil tacto, quiso reprender al príncipe por lo que había osado decir de la persona que había sido recomendada por la emperatriz y al mismo tiempo consolarle.
—A propósito de su familia —dijo ella—, ¿sabe usted que su hija es el deleite de toda la sociedad? La encuentran bella como el día. La zarina me pregunta con mucha frecuencia por ella: «¿Qué hace la bella Elena?».
El príncipe se inclinó en señal de respeto y gratitud.
—Pienso con frecuencia —continuó Anna Pávlovna tras un minuto de silencio, y le dedicó al príncipe una dulce sonrisa, que quería decir que las conversaciones políticas y mundanas habían finalizado y que ahora comenzaban las íntimas—, pienso con frecuencia que la suerte a veces no está bien repartida en la vida. ¿Por qué le ha concedido a usted el destino unos hijos tan buenos (excluyendo a Anatole, el menor, que no me agrada) —añadió ella levantando las cejas—,unos hijos tan encantadores? Y usted, verdaderamente, los valora menos que nadie y por tanto, no se los merece.
Y sonrió con su apasionamiento.
—¿Qué quiere usted? Lafater hubiera dicho que no tengo la protuberancia de la paternidad —dijo el príncipe con indolencia.
—Deje las bromas. Quisiera hablar con usted en serio. Escuche, no estoy nada satisfecha con su hijo menor. No le conozco en absoluto, pero parece ser que se ha propuesto hacerse una reputación escandalosa. Entre nosotros se ha comentado (su rostro adoptó una expresión triste) que han hablado de él a Su Majestad y le han compadecido a usted…
El príncipe no contestó, pero ella, en silencio, le miraba con intensidad, esperando una respuesta. El príncipe Vasili frunció el ceño.
—¿Qué quiere usted que haga? —dijo por fin—. Usted sabe que he hecho todo para darles una buena educación, todo lo que está en la mano de un padre, y los dos me han salido unos tontos. Hippolyte, por lo menos, es un tonto tranquilo, sin embargo Anatole es un tonto molesto. Esa es la única diferencia —dijo él, sonriendo de un modo más artificial y animado que de costumbre y mostrando al tiempo con particular fiereza algo que se formaba junto a las comisuras de su boca, tan grosero y desagradable que hizo pensar a Anna Pávlovna que no debía ser demasiado agradable ser hijo o hija de tal padre.
—¿Y por qué tiene hijos la gente como usted? Si no fuera padre, yo no tendría qué reprocharle —dijo Anna Pávlovna bajando los ojos pensativamente.
—Soy vuestro fiel servidor y solo a usted puedo confesárselo. Mis hijos son la mayor carga de mi vida. Esa es mi cruz. Así me lo explico. ¿Qué quiere? —Él calló, expresando con un gesto su resignación a la crueldad del destino—. Sí, si fuera posible tener y no tener hijos por propia voluntad… Confío en que en nuestro siglo se invente tal cosa.
A Anna Pávlovna no le gustó la idea de un invento semejante.
—Usted nunca ha pensado en casar a su hijo pródigo Anatole. Dicen que las viejas solteronas tienen la manía de los casamientos. Yo aún no siento esa debilidad, pero hay una personita que es muy infeliz con su padre, una pariente nuestra, la princesa Bolkonski.
El príncipe Vasili no contestó, aunque, con la velocidad de cálculo y de memoria propia de la gente de mundo, mostró con un movimiento de cabeza que había tomado en consideración ese enlace.
—No, usted sabe que ese Anatole me cuesta 40.000 al año —dijo él, al parecer ya sin fuerzas para detener el triste curso de sus pensamientos. Calló.
—¿Qué pasará dentro de cinco años, si esto continúa así? Esos son los beneficios de ser padre. ¿Es rica vuestra princesa?
—El padre es muy rico y avaro. Vive en el campo. Es el famoso príncipe Bolkonski, ya retirado en tiempos del difunto emperador y apodado el «rey de Prusia». Es muy inteligente, pero severo y extravagante. La pobrecilla es muy infeliz. Tiene un hermano, que hace no mucho se casó con Liza Meinen, y que es ayudante de campo de Kutúzov, vive aquí y hoy vendrá a mi casa. No tiene otras hermanas.
—Escuche, querida Annette —dijo el príncipe cogiendo de pronto a su interlocutora de la mano y por alguna razón tirando de ella hacia abajo—. Ultime usted este asunto y seré su fiel servidor por toda la eternidad. Ella es rica y de buena familia. Eso es todo lo que yo necesito.
Y con los desenvueltos, familiares y graciosos ademanes que le caracterizaban tomó su mano, se la besó y a continuación la sacudió, se reclinó en el sillón y miró hacia el lado opuesto.
—Espere —dijo Anna Pávlovna, reflexionando—. Hoy mismo hablaré con Liza, la esposa del joven Bolkonski. Y puede ser que arreglemos el asunto. Empezaré el aprendizaje de solterona casamentera con su familia.
II
Los salones de Anna Pávlovna se iban llenando poco a poco. Acudía lo más selecto de la aristocracia peterburguesa, las personas más dispares en edad y carácter pero iguales por la sociedad en la que vivían; fue el conde diplomático Z. con condecoraciones y órdenes de todas las cortes extranjeras; la princesa L., una belleza marchita esposa del embajador; entró un decrépito general haciendo tintinear la espada y carraspeando, así como la hija del príncipe Vasili, la bella Hélène, que venía a recoger a su padre para asistir juntos a la fiesta de la embajada. Llevaba un vestido de baile de muselina. Llegó la joven princesita Bolkónskaia, conocida como la mujer más seductora de San Petersburgo, que se había casado el invierno anterior y que ahora, debido a su embarazo, no asistía a grandes acontecimientos sociales pero sí a pequeñas veladas.
—Aún no han visto o no conocen a mi tía —decía Anna Pávlovna a los invitados que llegaban, y los conducía con gran formalidad hasta una menuda anciana adornada con grandes lazos que surgió de la habitación contigua tan pronto como empezaron a presentarse los invitados; los llamaba por su nombre, dirigía los ojos lentamente del invitado a la tía y luego les dejaba. Todos ellos cumplieron con el saludo de rigor a la tía, desconocida por todos, que no interesaba a nadie y que nadie necesitaba. Anna Pávlovna, con grave y solemne participación, seguía sus salutaciones aprobándolas en silencio. La tía se dirigía a todos por igual, con las mismas frases sobre su salud, sobre la de sus interlocutores y sobre la salud de Su Majestad, que ya había mejorado mucho gracias a Dios. Todos los que se acercaban, sin mostrar apremio, para cumplir con el saludo, se alejaban de la anciana con la sensación de haber cumplido con una dura tarea, para ya no tener que acercarse a ella ni una sola vez en toda la velada. Los diez asistentes entre hombres y mujeres se dispersaron, algunos se situaron en la mesa de té, unos cuantos en una esquinita junto al espejo, otros en la ventana; todos conversaban y se desplazaban libremente de un grupo a otro.
La joven princesa Bolkónskaia había venido con su labor en un bolso de terciopelo bordado en oro. Le embellecía su labio superior ligeramente sombreado de vello que era algo corto sobre los dientes, pero era aún más encantador cuando lo abría, y todavía más cuando descansaba sobre el labio inferior. Como sucede con frecuencia en las mujeres con multitud de encantos, sus defectos —el labio demasiado corto y la boca entreabierta— le otorgaban singularidad a su belleza. Resultaba gozoso observar a la futura mamá, llena de salud y vida, que tan bien llevaba su estado. Los viejos y los jóvenes aburridos y taciturnos que la miraban parecían participar de sus encantos si permanecían un rato a su lado o conversaban con ella. Quien hablaba con ella y contemplaba su resplandeciente sonrisa a través de sus palabras y sus dientes blancos y brillantes, que se divisaban constantemente, tenía la impresión de que se estaba mostrando en ese momento particularmente galante. Y era algo que todos pensaban. La princesita, contoneándose con pasos pequeños y rápidos, dejó la mesa con el bolso de la labor en la mano y con alegría, arreglándose el vestido, se sentó en el diván, cerca del samovar de plata, como si todo lo que hiciera fuese un divertimento para ella y para los que la rodeaban.
—He traído mi labor —dijo, mientras abría su ridículo y se dirigía a todos.
—Escuche, Anna, no me juegue una mala pasada —dijo a la anfitriona—. Me escribió que iba a celebrar una velada íntima y mire qué sencilla me he vestido.
Y separó los brazos para mostrar su elegante vestido gris de encaje ceñido por debajo del pecho por una ancha cinta.
—Estese tranquila, Liza, usted siempre será la más bella de todas —respondió Anna Pávlovna.
—¿Sabe usted que mi marido me abandona para ir en busca de la muerte? —continuó ella en el mismo tono, dirigiéndose a un general—. Dígame, ¿para qué esta vil guerra? —comentó al príncipe Vasili y, sin esperar respuesta, se dirigió a su hija, la bella Hélène—. Sabe, Hélène, se está usted convirtiendo en una criatura demasiado bonita, demasiado bonita.
—¡Qué seductora es esta princesita! —le dijo el príncipe Vasili en voz baja a Anna Pávlovna.
—Vuestro encantador hijo Hippolyte está locamente enamorado de ella.
—Es un idiota con buen gusto.
Poco después que la princesita entró un joven grueso con la cabeza rapada, gafas, pantalones claros según la moda de la época, una alta gorguera y frac castaño. Ese joven grueso era torpe y pesado y no prestaba atención a la moda como sucede con los muchachos torpes, sanos y masculinos. Pero era de movimientos resueltos y decididos. Al minuto se había situado en medio de los invitados, sin encontrar a la anfitriona y saludando a todos menos a ella, sin darse cuenta de las señas que esta le prodigaba. Tomó a la anciana tía por la propia Anna Pávlovna, se sentó cerca de ella y comenzó a hablarle, pero percatándose al fin, por la sorprendida cara de la tía, de que no debía de seguir haciendo eso, se levantó y dijo:
—Disculpe, mademoiselle, creo que no es usted.
Incluso la impasible tía enrojeció por esas absurdas palabras y con aspecto de desesperación empezó a llamar a su sobrina pidiéndole que la ayudara. Anna Pávlovna, que hasta ese momento estaba ocupada con otro invitado, fue hacia ella.
—Muy amable de su parte haber venido a visitar a una pobre enferma, monsieur Pierre —le dijo ella sonriendo e intercambiando miradas con su tía.
Pierre hizo algo aún peor. Se sentó cerca de Anna Pávlovna (con actitud de no ir a levantarse pronto) e inmediatamente se puso a hablar con ella de Rousseau como habían hecho en su penúltimo encuentro. Anna Pávlovna no tenía tiempo. Escuchaba, observaba, cambiaba a los invitados de sitio.
—No puedo entender —decía el joven mirando expresivamente a su interlocutora a través de las gafas— por qué no ha gustado Confesión, y sí lo ha hecho La nueva Eloísa, mucho más insignificante.
El grueso joven expresaba sus ideas de forma torpe y movía a la discusión a Anna Pávlovna, sin darse cuenta en absoluto de que la dama de honor no estaba en absoluto interesada por el tema de la discusión ni por ninguna novela buena o mala y menos en aquel momento cuando lo único que le preocupaba era combinar y recordar.
—«Que resuene la trompeta del último magistrado, me presento con mi libro en las manos» —dijo él, citando con una sonrisa la primera página de Confesión—. No, madame, habiendo leído el libro se enamora uno del autor.
—Sí, desde luego —contestó Anna Pávlovna, sin reparar en que ella tenía una opinión totalmente contraria, mientras miraba a los invitados y ansiaba levantarse. Pero Pierre continuó:
—No es solo un libro, es una proeza. He aquí una confesión completa. ¿No es cierto?
—Yo no quiero ser su confesora, monsieur Pierre, tiene demasiados pecados —dijo ella levantándose y sonriendo—. Venga conmigo, le voy a presentar a mi prima.
Y alejándose del joven, que no sabía nada de la vida, volvió a sus tareas de anfitriona y continuó escuchando y mirando, preparada para brindar ayuda en el momento en que la conversación desmayara, del mismo modo que el dueño de un taller de hilado, que colocaba a los obreros en sus puestos, se pasea por el local y observa si todos los husos están en movimiento. Como el dueño de un taller, al tanto de la inmovilidad, la mala posición, el chirrido o el excesivo ruido de los husos se apresura a detenerlo o a hacerles recuperar el ritmo necesario; así iba Anna Pávlovna pasando por los grupos silenciosos o demasiado bulliciosos y con una palabra o un cambio establecía de nuevo el mecanismo de la conversación con un ritmo regular y adecuado.
III
La velada de Anna Pávlovna estaba en todo su apogeo. Los husos sonaban desde todas partes de modo regular. Aparte de la tía, al lado de la cual estaba sentada únicamente una dama entrada en años, de rostro consumido, un poco extraña en la brillante sociedad, a excepción también del grueso monsieur Pierre, que después de sus desacertadas conversaciones con la tía y con Anna Pávlovna no abrió la boca en toda la tarde, al parecer desconocido de todos y solo a la espera de encontrarse con alguien que llegara y hablara más alto que los demás, los asistentes estaban divididos en tres grupos. En uno de ellos se encontraba la bella princesa Hélène, la hija del príncipe Vasili, en el otro la propia Anna Pávlovna y en el tercero la princesita Bolkónskaia, bonita, lozana y demasiado rellena para su edad.
Llegó el hijo del príncipe Vasili, Hippolyte, «vuestro encantador hijo Hippolyte», como con frecuencia le llamaba Anna Pávlovna y el esperado vizconde, por el cual habían perdido la cabeza, según palabras de Anna Pávlovna, «todas nuestras damas». Hippolyte entró, mirando a través de los impertinentes y sin dejar estos, en voz alta, pero no muy clara, anunció: «el vizconde de Mortemart», y enseguida se sentó junto a la princesita sin prestar atención a su padre y acercando su cabeza a la de ella de tal modo que sus rostros apenas distaban una cuarta, empezó a hablarle de algo y a reírse.
El vizconde era un joven agradable, de rasgos suaves, que evidentemente se consideraba a sí mismo una celebridad, pero que debido a su educación no se prestaba con demasiada asiduidad a ser utilizado en esos círculos sociales que frecuentaba. Era obvio que Anna Pávlovna lo ofrecía a sus invitados como un plato especial. Como sirve un buen maître, como si de algo delicioso se tratara, el mismo plato que no querría comer si lo viera en una cocina grasienta, del mismo modo esa tarde Anna Pávlovna servía al vizconde a sus invitados como si fuera un delicioso manjar, aunque si fueran huéspedes que se lo encontraran en un hotel y jugaran con él todos los días al billar le verían solamente como el gran maestro de las carambolas y no se sentirían más afortunados que por el hecho de que han visto y hablado con un vizconde.
Se pusieron entonces a hablar del asesinato del duque de Enghien. El vizconde dijo que el duque de Enghien había muerto a causa de su nobleza y que en la cólera de Bonaparte había motivos personales.
—¡Ah!, cuéntenos esa historia, vizconde —dijo Anna Pávlovna.
El vizconde se inclinó en señal de obediencia y sonrió con cortesía. Anna Pávlovna hizo formar corro alrededor del vizconde e invitó a todos a escuchar el relato.
—El vizconde conoció personalmente al duque —susurró Anna Pávlovna a uno de los invitados.
»El vizconde es un excelente narrador —comentó a otro.
»¡Cómo se reconoce siempre a un hombre de la alta sociedad! —dijo a un tercero y el vizconde fue servido a los invitados con el aspecto más elegante y más provechoso para él, como un rosbif en un plato caliente y con guarnición de verduras.
El vizconde quería comenzar con su relato y esbozó una amplia sonrisa.
—Véngase aquí, querida Hélène —dijo Anna Pávlovna a la bella princesa que estaba sentada a cierta distancia en el medio del segundo grupo.
La princesa Hélène sonrió; y se levantó con la misma inalterable sonrisa de mujer hermosa con la que había entrado en el salón. Con el tenue roce de su blanco traje de noche, guarnecido de pieles y terciopelo y deslumbrando por la blancura de sus hombros, el brillo de sus cabellos y sus diamantes, pasó por entre los hombres que se apartaban a su paso y directamente, sin mirar a nadie pero sonriendo a todos como si les concediera a todos amablemente el derecho de contemplar la belleza de su talle, de sus torneados hombros, mostrando, según la moda de la época, un gran escote en el pecho y la espalda, como si llevara consigo el esplendor del baile, se acercó a Anna Pávlovna. Hélène era tan hermosa que no solamente no había en ella ni un ápice de coquetería sino que bien al contrario actuaba como si le diera vergüenza su evidente belleza, demasiado intensa y de conquistador efecto. Era como si deseara, sin poderlo conseguir, disminuir su hermosura. «¡Qué belleza!», decía todo el que la veía.
Como impactado por un suceso extraordinario, el vizconde se encogió de hombros y bajó los ojos en el momento en que ella se sentaba frente a él y le dirigía su misma invariable sonrisa.
—Madame, ciertamente temo por mis aptitudes narrativas frente a tal público —dijo él bajando la cabeza con una sonrisa.
La princesa apoyó su desnudo y torneado brazo en la mesa y no encontró necesario decir nada. Aguardaba sonriendo. Durante todo el relato se mantuvo sentada erguida, fijando de cuando en cuando la vista en su hermoso brazo torneado, que al estar sobre la mesa estaba ligeramente deformado, en su aún más hermoso pecho, donde llevaba un collar de diamantes que se colocó bien, alisó unas cuantas veces los pliegues de su vestido y cuando el relato se ponía impresionante miraba a Anna Pávlovna y adoptaba la misma expresión que tenía el rostro de la dama de honor, para luego recuperar su clara y sosegada sonrisa. Tras Hélène llegó la princesita de la mesa de té.
—Esperen, voy a traer mi labor —dijo.
—¿En qué está usted pensando? —se volvió al príncipe Hippolyte—. Tráigame mi ridículo.
La princesa culminó su traslado sonriendo y hablando a todos, y una vez se hubo sentado compuso su vestido con gracia.
—Ahora estoy bien —dijo, y rogando que empezaran volvió a su labor. El príncipe Hippolyte le llevó su ridículo, le acercó una butaca y se sentó a su lado.
El encantador Hippolyte sorprendía por el extraordinario parecido que tenía con su bella hermana y más aún cuando a pesar del parecido, él era feo. Los rasgos de su cara eran los mismos que los de su hermana, pero en ella estaban iluminados por su jovialidad, su arrogancia, su juventud, la inalterable sonrisa y la clásica y singular belleza de su cuerpo; en su hermano, sin embargo, ese mismo rostro estaba oscurecido por la estupidez y la inmutable expresión de malhumorada presunción, y su cuerpo era delgaducho y débil. Los ojos, la nariz, la boca, estaban contraídos como en una indefinible y desganada mueca y las piernas y los brazos nunca estaban en una posición natural.
—No será una historia de fantasmas, ¿verdad? —preguntó, tomando asiento al lado de la princesa y llevándose a toda prisa los impertinentes a los ojos, como si no pudiera hablar sin tal instrumento.
—En absoluto, querido amigo —respondió sorprendido el narrador, encogiéndose de hombros.
—Sucede que no puedo soportar las historias de fantasmas —dijo él en un tono que hacía evidente que tras haber pronunciado esas palabras había caído en la cuenta de lo que significaban.
A causa de la autosuficiencia con la que hablaba nadie podía distinguir si lo que había dicho era algo muy inteligente o muy estúpido. Llevaba un frac verde oscuro y pantalones de color de «muslo de ninfa asustada», como él mismo decía, medias de seda y zapatos con hebilla. Se sentó en el fondo de la butaca frente al narrador, colocó la mano con el anillo y el sello con el escudo heráldico enfrente de él, sobre la mesa, en una postura tan estirada, que era obvio que le causaba un gran esfuerzo mantenerla, pero a pesar de ello la dejó así durante toda la narración. Puso los impertinentes en la palma de la otra mano y con esta misma atusó su peinado hacia arriba, gesto que le proporcionó una expresión aún más extraña en su alargado rostro y, como si recordara algo, comenzó a mirar la mano ensortijada que exhibía, después la pierna del vizconde, luego se giró del todo rápida y nerviosamente, y todos hicieron lo mismo y durante largo rato miró fijamente a la princesita.
—Cuando tuve la suerte de ver por última vez al duque Enghien, que en paz descanse —comenzó el vizconde con una refinada tristeza en la voz, mirando a su auditorio—, hablaba con las más halagadoras palabras sobre la belleza y la genialidad de la gran Georges. ¿Quién no conoce a esa genial y seductora mujer? Yo le transmití mi sorpresa por la forma en la que el duque podía haberla conocido, sin haber estado en París en el último año. El duque sonrió y me dijo que París no está tan lejos de Mannheim como parece. Me horroricé y le expresé a Su Alteza el temor que me causaba la idea de que visitara París. «Señor —le dije—, ¿no estamos aquí rodeados de renegados y de traidores y no sabrá Bonaparte de su presencia en París, por muy secreta que sea?» Pero el duque se limitó a sonreír ante mis palabras con la caballerosidad y valentía distintivas de su linaje.
—La casa Condé es una rama de laurel injertada en el árbol de los Borbones, como decía Pitt no hace mucho —dijo monótonamente el príncipe Vasili como si estuviera dictando una carta invisible.
—El señor Pitt se expresa muy bien —añadió lacónicamente su hijo Hippolyte dándose la vuelta resueltamente en el sillón, echando el torso hacia un lado y las piernas hacia el lado opuesto al tiempo que cogía con rapidez los impertinentes y dirigía a través de ellos la mirada hacia su padre.
—En una palabra —continuó el vizconde dirigiendo su mirada predominantemente a la bella princesa, que no le quitaba los ojos de encima—, tuve que dejar Etenheim y ya después me enteré de que el duque, animado por su audacia, iba a París a honrar a mademoiselle Georges no solo con su admiración sino además frecuentándola.
—Pero él tenía amores con la princesa Charlotte de Rogan Rochefort —añadió con vehemencia Anna Pávlovna—. Decían que se había casado con ella en secreto —dijo ella, dejando vislumbrar que temía el contenido futuro del relato, que le parecía demasiado indecoroso para ser narrado en presencia de muchachas jóvenes.
—Tener un cariño no impide tener otro —continuó el vizconde sonriendo ampliamente y sin percatarse del temor de Anna Pávlovna—. Pero sucedía que mademoiselle Georges antes de su acercamiento al duque gozó de cierto vínculo con otra persona.
Él guardó silencio.
—Esta otra persona se llamaba Bonaparte —continuó mirando con una sonrisa a los espectadores.
Anna Pávlovna por su parte miraba intranquila a su alrededor viendo que el relato se volvía más comprometido por momentos.
—Así pues —continuó el vizconde—, el nuevo sultán de Las mil y una noches no despreció con frecuencia la ocasión de pasar la tarde con la más bella y encantadora mujer de Francia. Y mademoiselle Georges… —aquí calló, encogiéndose de hombros expresivamente—… debió convertir la obligación en virtud. El afortunado Bonaparte acostumbraba visitarla por las noches sin previo aviso.
—¡Ay! Me estoy imaginando qué va a pasar y se me está ocurriendo un chiste —dijo la bella princesita encogiendo los torneados y esponjosos hombros.
La dama entrada en años, que había estado sentada toda la tarde al lado de la tía, se trasladó al grupo del narrador meneando la cabeza y sonriendo significativa y tristemente.
—¿No es terrible? —dijo ella aunque era evidente que no había escuchado el comienzo de la historia. Nadie prestó atención ni a lo inoportuno de su comentario ni a ella misma.
El príncipe Hippolyte repuso alto y rápidamente:
—¡Georges en el papel de una asombrosa Clitemnestra!
Anna Pávlovna estaba callada e intranquila, sin haber decidido aún terminantemente si lo que contaba el vizconde era decente o indecente. Por un lado estaban las visitas nocturnas a la actriz, pero por el otro si ya el vizconde de Mortemart, emparentado con los Montmorency por parte de los Rohan, el mejor representante de Saint-Germain, iba a decir en una reunión algo indecente, entonces, ¿qué es lo que se considera decente o indecente?
—Una noche —continuó el vizconde mirando a sus oyentes y animándose—, esta Clitemnestra, habiendo cautivado a todo el teatro con su asombrosa representación de la obra de Racine, volvió a casa y pensó en descansar de la fatiga y el bullicio. No esperaba al sultán.
Anna Pávlovna se estremeció al oír la palabra «sultán». La princesa bajó los ojos y dejó de sonreír.
—Cuando de pronto la criada le informó de que el gran vizconde Roqueroi deseaba ver a la artista. Roqueroi era como el duque se llamaba a sí mismo. El duque fue recibido —añadió el vizconde y guardó silencio durante unos segundos, para dar a entender que no decía todo lo que sabía, y continuó—: La mesa resplandecía con la cristalería, los esmaltes, la plata y la porcelana. Pusieron dos servicios, el tiempo voló imperceptible y placenteramente…
A esta altura del relato el príncipe Hippolyte emitió inesperadamente unos extraños ruidos, que unos tomaron por tos, otros por catarro, murmullo o risa y fue rápidamente a coger los impertinentes que había descuidado. El narrador se detuvo sorprendido. Anna Pávlovna interrumpió con espanto las placenteras descripciones que el vizconde narraba con tan buen gusto.
—No nos atormente, vizconde —dijo ella.
El vizconde sonrió.
—Las horas y los minutos transcurrieron gozosamente, cuando de pronto se escuchó un timbre y la asustada doncella fue a anunciar temblando que el que llamaba era un horrible mameluco bonapartista y que ese terrible señor estaba esperando en la entrada…
—Excepcional —murmuró la princesita enhebrando de nuevo la aguja como queriendo decir que el interés y el encanto del relato la impedían trabajar.
El vizconde apreció esta silenciosa alabanza y agradeciéndolo con una sonrisa quiso continuar, cuando en el salón entró un nuevo invitado y se hizo una necesaria pausa.
IV
Este nuevo invitado era el joven príncipe Andréi Bolkonski, el marido de la princesita. No solamente por el hecho de que el joven príncipe llegara tan tarde, pues todos los que llegaron tarde fueron recibidos por la anfitriona de la misma afectuosa manera, sino por el modo en el que entró en la habitación, resultaba evidente que era uno de esos jóvenes de mundo que están tan malcriados por la vida social que incluso la desprecian. El joven príncipe tenía la boca pequeña, era muy guapo, moreno y delgado, con ligero aspecto de agotamiento, tenía la piel tostada y vestía de una manera extraordinariamente elegante con los puños y las perneras bordadas. Todo en su aspecto, empezando por la mirada cansada y aburrida, hasta su paso débil e impreciso, presentaba el más intenso contraste con su pequeña y bulliciosa mujer. Era evidente no solo que conocía a todos los que estaban en el salón, sino que estaba ya tan harto de ellos que mirarles y escucharles era para él algo muy tedioso porque podía prever todo lo que iban a hacer o a decir. Y de entre todos los rostros el que le resultaba más tedioso de mirar parecía ser el de su bonita esposa. Con un agrio gesto se puso de espaldas a su hermoso rostro como si pensara en francés: solo faltabas tú para que toda esta gente me acabara de desagradar. Besó la mano de Anna Pávlovna con tal aspecto como si estuviera dispuesto a dar lo que fuera para librarse de tan pesada obligación y entornando, casi cerrando los ojos, y frunciendo el ceño miró a todos los presentes.
—Tienen ustedes una reunión —dijo él con voz fina e inclinó la cabeza a alguno, y a alguno presentó su mano para que se la estrecharan.
—¿Se va usted a la guerra, príncipe? —dijo Anna Pávlovna.
—El general Kutúzov —repuso pronunciando la última sílaba sov como un francés, quitándose el guante de una blanquísima y minúscula mano y frotándose con él los ojos—, el general en jefe Kutúzov ha solicitado mis servicios como ayudante de campo.
—¿Y su esposa Liza?
—Se marchará al campo.
—Comete usted un pecado al privarnos de su encantadora esposa. —El joven ayudante de campo abombó los labios emitiendo un ruido desdeñoso, tal como únicamente hacen los franceses y no respondió.
—Andréi —le dijo su esposa, dirigiéndose a él en el mismo tono de coquetería con el que se dirigía a los extraños—, venga aquí, siéntese, escuche qué historia cuenta el vizconde sobre mademoiselle Georges y Bonaparte.
Andréi entornó los ojos y se sentó en otro lado, como si no hubiera escuchado a su esposa.
—Continúe, vizconde —dijo Anna Pávlovna—. El vizconde nos estaba contando cuando el duque de Enghien se encontraba en casa de mademoiselle Georges —añadió dirigiéndose a los circundantes para que él pudiera continuar con el relato.
—La ficticia rivalidad entre el duque y Bonaparte por Georges —dijo el príncipe Andréi con tal tono como si para alguien fuera gracioso no saber esto y derrumbándose en la butaca. En ese momento el joven con gafas llamado monsieur Pierre, que desde que había entrado el príncipe Andréi en el salón no retiraba de él sus ojos alegres y amistosos, se dirigió a él y le tomó de la manga. El príncipe Andréi era tan poco curioso que sin mirar apartó la cara arrugándola con una mueca, expresando su enojo hacia quien le cogía de la charretera; pero habiendo visto el rostro sonriente de Pierre, el príncipe Andréi también sonrió y de pronto toda su cara se transformó. Una expresión bondadosa e inteligente apareció de pronto en ella.
—¿Cómo? ¿Tú aquí, mi querido caballero de la guardia real? —preguntó el príncipe con alegría, pero con un matiz arrogante y paternalista.
—Sabía que usted estaría —contestó Pierre—. Voy a ir a su casa a cenar —añadió por lo bajo, para no molestar al vizconde que seguía con su relato—. ¿Puedo?
—No, es imposible —dijo el príncipe Andrés, riendo y volviéndose, aunque con su apretón de manos daba a entender a Pierre que no tenía ni que preguntarlo.
El vizconde narraba cómo mademoiselle Georges rogó al duque que se escondiera y que el duque dijo que él no se había escondido nunca de nadie y cómo mademoiselle Georges le dijo: «Su Alteza, vuestra espada pertenece a la corona y a Francia», y cómo el duque se escondió bajo las sábanas de otra habitación y de cómo Napoleón se comportó groseramente y el duque salió de debajo de las sábanas y se encontró frente a Bonaparte.
—¡Excepcional, admirable! —Se escuchaba entre los oyentes.
Incluso Anna Pávlovna, reparando en que la parte más embarazosa de la historia ya se había superado felizmente y tranquilizándose, pudo disfrutar del relato. El vizconde se acaloró y hablaba tartamudeando con la animación de un actor.
Su enemigo en casa, el raptor del trono, aquel que encabezaba su nación, estaba allí, frente a él, tendido en el suelo inmóvil y puede que ante su último suspiro. Como decía el gran Corneille: «Una rabiosa alegría apareció en su corazón y solamente su ultrajada grandeza le ayudó a no entregarse a ella».
El vizconde se detuvo y disponiéndose a continuar de forma aún más intensa su relato sonrió como tranquilizando a las damas que ya estaban demasiado agitadas. Durante esta pausa y de manera totalmente inesperada la princesa Hélène miró al reloj, intercambió una mirada con su padre y se levantó a la vez que este y con este movimiento desordenó el grupo e interrumpió el relato.
—Vamos a llegar tarde, papá —dijo simplemente ella sin dejar de resplandecer dirigiendo a todos su sonrisa.
—Me perdonará, querido vizconde —se dirigió el príncipe Vasili en francés, cogiéndolo cariñosamente de las manos y empujándolo hacia la silla para que no se levantara—. Esta inoportuna fiesta en la embajada me priva a mí de la satisfacción de escucharle y le interrumpe a usted.
—Me entristece mucho abandonar su maravillosa velada —dijo a Anna Pávlovna.
Su hija la princesa Hélène, sujetándose ligeramente los pliegues del vestido, pasó entre las mesas y la sonrisa continuó aún más deslumbrante en su hermosísimo rostro.
V
Anna Pávlovna le pidió al vizconde que la esperara y fue a acompañar al príncipe Vasili y a su hija a la otra sala. La dama entrada en años, que había estado sentada al lado de la tía y que después había mostrado tan torpemente interés hacia la historia del vizconde, se levantó apresuradamente y alcanzó al príncipe Vasili en el recibidor.
De su cara desapareció totalmente la expresión anterior de fingido interés. Su bondadoso y lloroso rostro expresaba solamente miedo e inquietud.
—¿Qué puede decirme, príncipe, de mi Borís? —dijo ella alcanzándole en el recibidor (pronunciaba el nombre Borís con una particular entonación en la o)—. No puedo quedarme por más tiempo en San Petersburgo. Dígame, ¿qué noticias puedo llevar a mi pobre pequeño?
A pesar de que el príncipe Vasili escuchaba con disgusto y casi descortésmente a la dama, llegando incluso a mostrar impaciencia, ella le sonreía cariñosa y conmovedora, y para que él no se marchara le cogió de la mano.
—¿Qué le cuesta decirle una palabra al emperador y que mi hijo entre enseguida en la guardia? —solicitó ella.
—Créame que haré todo lo que pueda, princesa —contestó el príncipe Vasili—, pero me es difícil pedirle nada al zar; le aconsejaría que se dirigiera usted a Razumovski a través del príncipe Golitsyn, sería mucho más sensato.
La dama entrada en años era la princesa Drubetskáia, una de las mejores familias de Rusia, pero era pobre, hacía tiempo que no frecuentaba la sociedad y había perdido las relaciones. Había ido entonces a fin de conseguir un puesto en la guardia para su único hijo. Solo para eso, para ver al príncipe Vasili se había anunciado y había ido a la velada de Anna Pávlovna, solo para eso había escuchado la historia del vizconde. Le asustaron las palabras del príncipe Vasili; su rostro, bello en otro tiempo, mostró por un momento desprecio, pero solo duró un minuto. Ella sonrió de nuevo y apretó con más fuerza la mano del príncipe Vasili.
—Escúcheme, príncipe —dijo—. Nunca le he pedido y nunca le pediré nada y nunca le he recordado la amistad que tenía con mi padre. Pero ahora le suplico en nombre de Dios que haga esto por mi hijo y yo le consideraré mi benefactor —añadió ella apresuradamente—. No se enoje, pero prométamelo. Se lo he pedido a Golitsyn y ha rehusado. Sea el buen muchacho que siempre ha sido —dijo ella intentando sonreír mientras sus ojos se llenaban de lágrimas.
—Papá, llegaremos tarde —dijo la princesa Hélène, que esperaba en la puerta, volviendo su hermosa cabeza sobre los hombros clásicos.
Pero las influencias en este mundo son un capital que se ha de reservar para que no se pierda. El príncipe Vasili lo sabía y se había hecho cargo de que, si empezaba a pedir por todos los que le pedían a él, pronto le hubiera sido imposible pedir nada para nadie y por lo tanto rara vez utilizaba sus influencias. A pesar de ello en el tema de la princesa Drubetskáia, sintió, después de su nueva súplica, una especie de remordimientos. Ella le recordaba la verdad: sus primeros pasos en el servicio de las armas se los debía a su padre. Aparte de eso vio en su forma de actuar que ella era una de esas mujeres, sobre todo una de esas madres, que una vez que se les mete algo en la cabeza, no abandonan hasta cumplir con sus deseos y en caso contrario están dispuestas a seguir molestando diariamente, a cada instante, hasta llegar a provocar una escena. Esta última consideración fue la que le venció.
—Querida Anna Mijáilovna —dijo con su habitual familiaridad y aburrimiento en la voz—, para mí es prácticamente imposible hacer lo que usted me pide, pero para demostrarle lo mucho que la quiero y lo mucho que venero la memoria del difunto conde, su padre, haré lo imposible. Su hijo entrará en la guardia, aquí tiene usted mi mano. ¿Está satisfecha?
Y él besó su mano tirando de ella hacia abajo.
—¡Querido mío, mi bienhechor! No esperaba otra cosa de usted. —Así mentía y se humillaba la madre—:Yo sabía que era usted bueno.
Él quería ya marcharse.
—Perdone, solo dos palabras. Una vez que él entre en la guardia… —ella se calló—. Usted está en buenas relaciones con Mijaíl Lariónovich Kutúzov, recomiéndele a Borís para que sea su ayudante de campo. Entonces yo estaría tranquila y entonces ya…
Anna Mijáilovna, como una gitana, pedía para su hijo más cuanto más le daban. El príncipe Vasili se sonrió.
—Eso no se lo puedo prometer. No sabe usted de qué manera asedian con peticiones a Kutúzov desde que ha sido nombrado comandante en jefe. Él mismo me ha dicho que todas las grandes señoras de Moscú se han puesto de acuerdo para ofrecerle a sus hijos como ayudantes de campo.
—No, prométamelo, o no le dejaré partir, querido bienhechor mío…
—Papá —repitió la bella en el mismo tono—, llegaremos tarde.
—Tendrá que disculparme. Ya lo oye usted.
—¿Así que mañana informará al emperador?
—Sin falta, pero sobre Kutúzov no prometo nada.
—No, prometa, prometa, Vasili —dijo Anna Mijáilovna yendo en pos de él, con una sonrisa de joven coqueta que seguramente había sido un rasgo peculiar suyo, pero que ahora no encajaba en absoluto con su agotado y bondadoso rostro. Era evidente que se había olvidado de sus años y movida por la costumbre utilizaba todos sus recursos femeninos. Pero tan pronto él se hubo ido, su rostro adoptó la misma expresión fría y falsa de antes. Volvió al círculo en el que el vizconde continuaba su relato y de nuevo hizo como que escuchaba, esperando la hora de marcharse, dado que ya había cumplido con su misión.
VI
El final de la historia del vizconde fue como sigue:
El duque de Enghien sacó del bolsillo un frasco de cristal de roca, labrado en oro, en el que había unas gotas revitalizantes, regalo de su padre el conde Saint-Germain. Estas gotas, como es sabido, tienen el poder de devolver la vida a un muerto o un moribundo, pero no se han de administrar a nadie excepto a los miembros de la familia Condé. Una persona extraña a la que se le den las gotas se cura igual que los Condé, pero se convierte en enemigo irreconciliable de la casa del duque. Como ejemplo de esto puede servir el hecho de que el padre del duque, deseando curar a un caballo moribundo, le dio esas gotas. El caballo sobrevivió, pero después intentó unas cuantas veces tirar al jinete y una vez le llevó durante la batalla al campamento republicano. El padre del duque mató a su querido caballo. Sin tener esto en cuenta el joven y arrojado duque de Enghien vertió unas cuantas gotas en la boca de su enemigo Bonaparte y el monstruo volvió a la vida.
—¿Quién es usted? —preguntó Bonaparte.
—Un pariente de la criada —contestó el duque.
—¡Mentira! —gritó Bonaparte.
—General, estoy desarmado —contestó el duque.
—¿Su nombre?
—Soy el que le ha salvado la vida —contestó el duque.
El duque se fue, las gotas hicieron efecto y Bonaparte empezó a sentir un gran odio hacia el duque y desde aquel día juró aniquilar al desventurado y magnánimo joven. A través de sus secuaces supo por un pañuelo olvidado por el duque, en el cual estaba bordado el escudo de la casa Condé, quién era su adversario, Bonaparte ordenó con la excusa de una conspiración entre Pichegru y Georges, detener en el condado de Baden al héroe mártir y matarle.
—Ángel y diablo. Y de este modo se consumó el más horrible crimen de la historia.
De esta forma culminó el vizconde su relato y arrasado por el dolor se volvió en la silla. Todos guardaron silencio.
—El asesinato del duque fue algo más que un crimen, vizconde —dijo el príncipe Andréi sonriendo suavemente como si se burlara de él—; además fue un error.
El vizconde levantó una ceja y separó las manos, su gesto podía significar muchas cosas.
—¿Y qué les parece a ustedes esta última comedia de la coronación en Milán? —dijo Anna Pávlovna—. He aquí una nueva comedia: los pueblos de Génova y Lucca manifiestan sus deseos al señor Bonaparte. El señor Bonaparte se sienta en el trono y cumple los deseos del pueblo. ¡Esto es espléndido! Parece cosa de locos. Se diría que todo el mundo ha perdido el juicio.
El príncipe Andréi se volvió hacia el lado contrario de Anna Pávlovna, como si pensara que esas conversaciones no iban con él.
—«Dios me ha otorgado la corona. Ay de aquel que la toque» —dijo el príncipe Andréi con orgullo, como si fueran palabras suyas (palabras de Bonaparte en el momento de la coronación)—. Dicen que estuvo muy acertado al decir estas palabras —añadió él.
Anna Pávlovna miró severamente al príncipe Andréi.
—Espero —continuó ella— que esta haya sido, por fin, la gota que colma el vaso. Los soberanos no pueden tolerar por más tiempo a este hombre, que todo lo amenaza.
—¿Los soberanos? No me refiero a Rusia —dijo el vizconde educada pero desesperadamente—. ¡Los soberanos! ¿Qué es lo que han hecho por Luis XVI, por la reina, por Isabel? Nada —continuó él, animándose—. Y créanme, ahora sufren el castigo por su traición a los Borbones. ¿Los soberanos? Pero si mandan emisarios con sus respetos para el usurpador del trono.
Y suspiró con desdén cambiando nuevamente de posición. El príncipe Hippolyte, que había estado durante largo rato mirando al vizconde a través de los impertinentes, de pronto, al oír estas palabras se volvió hacia la princesita y pidiéndole una aguja empezó a explicarle, dibujando con la aguja en la mesa, el escudo de los Condé. Le explicó las características del escudo dando a entender que ella se lo había pedido.
—El escudo Condé presenta un broquel con estrechas líneas dentadas azules y rojas —decía él. La princesa le escuchaba sonriendo.
—Si Bonaparte continúa un año más en el trono de Francia —continuó el vizconde la conversación iniciada con el aspecto de ser una persona que no escucha a los demás y que en un asunto que conoce mejor que los otros, sigue solo el transcurrir de sus pensamientos—, las cosas irán demasiado lejos por las intrigas, la violencia, los destierros y las condenas. La sociedad, y me refiero a la buena sociedad francesa, quedará destruida para siempre. ¿Y entonces?
Se encogió de hombros y separó las manos.
—El emperador —dijo Anna Pávlovna, con la tristeza que acompañaba siempre su voz cuando hablaba de la familia imperial— ha declarado que permitirá a los mismos franceses que elijan su forma de gobierno. Y pienso sin duda alguna que su nación, una vez liberada del usurpador, se echará en brazos del legítimo rey —dijo Anna Pávlovna intentando ser amable con el emigrado y realista.
—¡Ah, si pudiera algún día llegar ese minuto feliz! —dijo el vizconde y agradeciendo la deferencia hizo una inclinación de cabeza.
—¿Y usted qué opina, monsieur Pierre? —preguntó cariñosamente Anna Pávlovna al grueso joven cuyo embarazoso silencio molestaba a la amable anfitriona—. ¿Qué opina? Usted hace poco que ha vuelto de París.
Anna Pávlovna sonreía al vizconde y a los otros esperando la respuesta, como diciendo: tengo que ser amable con él; vean cómo le hablo, aunque sé que no puede decir nada.
VII
—¡Toda la nación moriría por su emperador, por el hombre más extraordinario del mundo! —dijo de pronto el joven sin ningún tipo de preámbulos, en voz alta y con acaloramiento, como un joven campesino, como si temiera que le interrumpieran y que después de haber tenido esa ocasión no le diera tiempo a explicarse plenamente. Miraba al príncipe Andréi y este sonreía.
—Es el mayor genio de nuestro siglo —continuó Pierre.
—¿Cómo? ¿Esa es su opinión? ¡Está usted bromeando! —exclamó Anna Pávlovna con un espanto, que provenía no solo de las palabras pronunciadas por el joven, sino también de esa actitud tan poco apropiada para un salón y totalmente inoportuna que expresaban las voluminosas y rollizas facciones del joven y especialmente el sonido de su voz, que era demasiado fuerte y sobre todo natural. Él no hacía gestos, hablaba de forma interrumpida, de vez en cuando se colocaba bien las gafas y miraba, pero a todas luces era evidente que ahora nadie le detendría y que iba a decir todo lo que pensaba sin tener en cuenta las consecuencias. El joven se parecía a un caballo salvaje que no ha sido domado; al que aún no se ha ensillado, ni se ha puesto las riendas, y que está tranquilo y hasta tímido y en nada se diferencia de los otros caballos, pero que cuando le ponen los arreos de pronto empieza, sin ninguna causa lógica, a torcer la cabeza, a levantarse y a encabritarse de la manera más cómica, sin saber él mismo lo que está haciendo. Era evidente que el joven había olfateado los arreos y comenzaba a encabritarse cómicamente.
—Nadie en Francia piensa ahora en los Borbones —continuó él apresuradamente para que no le interrumpieran y mirando constantemente al príncipe Andréi como si solo de él pudiera esperar apoyo—. No olviden que solo hace tres meses que volví de París.
Se expresaba en un excelente francés.
—El señor vizconde opina muy acertadamente que va a ser demasiado tarde para los Borbones. E incluso ya es tarde. Ya no hay más realistas. Unos han abandonado su patria y otros se han hecho bonapartistas. Todos los Saint-Germain se han rendido ante el emperador.
—Hay excepciones —dijo el vizconde con indulgencia.
La mundana y bien entrenada Anna Pávlovna miraba intranquila bien al vizconde, bien al inoportuno joven y no podía perdonarse haber invitado tan irresponsablemente a ese joven sin conocerle antes.
El inoportuno joven era hijo natural de un ilustre y acaudalado gran señor. Anna Pávlovna le había invitado por respeto al padre considerando que monsieur Pierre acababa de volver del extranjero donde había estado estudiando.
«Si hubiera sabido que era tan mal educado y además bonapartista», pensaba ella, mirando su enorme cabeza rapada y sus voluminosas y rollizas facciones. «Esta es la educación que le dan ahora a los jóvenes —pensaba ella—. Cómo se reconoce siempre a un hombre de la alta sociedad», decía para sus adentros, admirándose de la tranquilidad del vizconde.
—Prácticamente toda la nobleza —continuó Pierre— se ha puesto de parte de Bonaparte.
—Eso lo dicen los bonapartistas —dijo el vizconde—. Ahora es difícil conocer la opinión pública de Francia.
—Según palabras de Bonaparte —dijo el príncipe Andréi. Rápidamente todos se volvieron hacia su baja, indolente, pero siempre audible por su aplomo, voz, esperando escuchar qué es lo que había dicho Bonaparte.
—«Les he enseñado el camino a la gloria, pero lo han rechazado —continuó el príncipe Andréi después de un breve mutismo, repitiendo de nuevo las palabras de Napoleón—: les abrí mis zaguanes y toda la multitud corrió para entrar.» No sé hasta qué punto tenía derecho a hablar así, pero esto está mal, muy mal —concluyó él con una amarga sonrisa y se volvió.
—Tenía derecho a decir esto contra los realistas de la aristocracia; que ya no existe en Francia —prosiguió Pierre—, y si existe no tiene peso específico. ¿Y el pueblo? El pueblo adora al gran hombre y el pueblo lo ha elegido. El pueblo no tiene suspicacias, ven en él al mayor genio y héroe del mundo.
—Si era un héroe para algunos —dijo el vizconde, sin contestar al joven y sin siquiera mirarle, dirigiéndose a Anna Pávlovna y al príncipe Andréi—, después del asesinato del duque hay un mártir más en el cielo y un héroe menos en la tierra.
No les había dado aún tiempo a Anna Pávlovna y a los otros a apreciar estas palabras del vizconde, cuando el caballo salvaje ya había continuado con su cómico e insólito cocear.
—El sacrificio del duque de Enghien —continuó Pierre— era una necesidad de estado y yo precisamente encuentro la grandeza de espíritu en que Napoleón no dudara en cargar totalmente con la responsabilidad de este hecho.
—Usted aprueba el asesinato —articuló Anna Pávlovna con un terrible susurro.
—Entonces, monsieur Pierre, usted encuentra grandeza de espíritu en el asesinato —dijo la princesita, sonriendo y volviendo a su labor.
—¡Ah! ¡Oh! —dijeron varias voces.
—¡Formidable! —dijo de pronto en inglés el príncipe Hippolyte dándose golpecitos en las rodillas. El vizconde únicamente se encogió de hombros.
—¿Es un buen o mal acto el asesinato del duque? —dijo él sorprendiendo a todos con su tono de serenidad—. Una de dos…
Pierre sintió que este dilema se le exponía de tal modo que si respondía negativamente eso iba a suponer negar su admiración por el héroe, pero si respondía afirmativamente, que el acto era bueno, Dios sabe qué le sucedería. Respondió afirmativamente, sin temer qué pudiera ocurrirle.
—Fue un gran acto, como todos los que perpetra ese gran hombre —dijo apasionadamente, no haciendo caso del horror que se reflejaba en todos los rostros, excepto en el rostro del príncipe Andréi, y de cómo se encogían de hombros desdeñosamente; él siguió hablando solo en contra del evidente disgusto de la anfitriona. Todos menos el príncipe Andréi le escuchaban intercambiando miradas sorprendidas. El propio príncipe Andréi le escuchaba con interés y una silenciosa sonrisa.
—¿Es que él no sabía —continuó Pierre— la tempestad que se iba a desatar contra su persona a causa de la muerte del duque? Sabía que por esta única muerte le iban a obligar a luchar de nuevo con toda Europa y que se erigiría de nuevo con la victoria, porque…
—Pero ¿es usted ruso?
—Lo soy. Vencerá porque es un gran hombre. La muerte del duque era necesaria. Es un genio y los genios se cuentan entre esa recta gente que no trabajan para sí mismos, sino para la humanidad. Los realistas querían provocar de nuevo la guerra civil que él había contenido. Él necesitaba una pacificación interna, y el sacrificio del duque sirvió de ejemplo para que los Borbones cesaran en sus intrigas.
—Pero querido monsieur Pierre —dijo Anna Pávlovna adoptando al preguntar un tono dulce—, ¿cómo llama usted intrigas al modo de devolver el trono a su legítimo dueño?
—Solo la voluntad del pueblo es legítima —respondió él—, y el pueblo expulsó a los Borbones y entregó el poder al gran Napoleón.
Y miraba solemnemente por encima de las gafas a los presentes.
—¡Ah! El contrato social —dijo en voz baja el vizconde calmándose visiblemente al haber conocido la fuente de la que manaban los argumentos de su oponente.
—¡¿Y tras esto?! —exclamó Anna Pávlovna.
Pero tras esto Pierre continuó del mismo modo descortés su discurso.
—No —decía él, animándose más y más—, los Borbones y los realistas huyeron de la revolución, no pueden comprenderla. Pero este hombre se erigió sobre ella, reprimió sus abusos y conservando todo lo bueno, es decir, la igualdad de los ciudadanos y la libertad de prensa y palabra, y solo por eso ha conquistado el poder.
—Sí, si él, habiendo tomado el poder, se lo hubiera entregado al rey legítimo —dijo el vizconde irónicamente—, entonces yo le hubiera llamado gran hombre.
—No podía hacer eso. El pueblo le había dado el poder solamente para que les librara de los Borbones y porque el pueblo veía en él un gran hombre. La misma revolución ha sido una gran obra —continuó monsieur Pierre, mostrando con estas osadas y provocativas frases su extremada juventud y su deseo de expresarse con total libertad.
—¡¿La revolución y el asesinato de los reyes, una gran obra?! Tras esto…
—Yo no hablo a favor del asesinato de los reyes. Cuando apareció Napoleón la revolución ya había cumplido su tiempo y la propia nación se la entregó en las manos. Pero él entendió las ideas de la revolución y se erigió en su representante.
—Sí, las ideas de rapiña, asesinato y regicidio —volvió a interrumpir la irónica voz.
—Esos fueron excesos, desde luego, pero la esencia no se encuentra en ellos sino en los derechos del hombre, en la emancipación de los prejuicios, en la igualdad de los ciudadanos; y todas estas ideas las ha mantenido Napoleón con la misma fuerza.
—Libertad e igualdad —dijo desdeñosamente el vizconde, como decidiéndose, por fin, a demostrar seriamente a ese joven la necedad de sus argumentos— son palabras altisonantes que ya hace tiempo se comprometieron. ¿Quién no ama la libertad y la igualdad? Ya nuestro Salvador predicó la libertad y la igualdad. ¿Es que la gente ha sido más feliz tras la revolución? Al contrario. Queríamos libertad, y Bonaparte la ha destruido.
El príncipe Andréi miraba con una sonrisa alegre bien a Pierre, bien al vizconde, bien a la anfitriona y era evidente que se consolaba con este inesperado e inconveniente episodio. A pesar de sus hábitos mundanos, en el primer momento de las acometidas de Pierre, Anna Pávlovna se había horrorizado, pero cuando vio que a pesar del sacrílego discurso de Pierre el vizconde continuaba tranquilo y cuando ella se convenció de que no era posible ahogar la conversación, hizo acopio de fuerzas y uniéndose al vizconde atacó al orador.
—Pero querido monsieur Pierre —dijo Anna Pávlovna—, ¿cómo se explica usted que un gran hombre pueda sacrificar al duque, que al fin y al cabo es solo un hombre, sin un juicio y una acusación?
—Yo preguntaría —dijo el vizconde— cómo se explica monsieur Pierre el 18 de brumario. ¿Es que esto no es una farsa? ¿No es esta una trampa totalmente impropia de un gran hombre?
—¿Y los prisioneros en África a los que ha matado? —dijo en ese preciso momento la princesita—. Es terrible —y se encogió de hombros.
—Digan ustedes lo que quieran, es un plebeyo —dijo el príncipe Hippolyte.
Monsieur Pierre no sabía a quién responder, miraba a todos, sonriéndose, y con la sonrisa mostraba los dientes irregulares y negruzcos. Su sonrisa no era como la de otra gente, en cuyos rostros se mezcla la sonrisa con el semblante sereno. En el suyo, por el contrario cuando surgía la sonrisa, de pronto se disipaba su faz grave e incluso algo sombría y aparecía otra, infantil, bondadosa, hasta bobalicona y que parecía como si pidiera perdón.
Al vizconde, que le veía por vez primera, se le hizo evidente que este jacobino no era en absoluto tan terrible como sus palabras. Todos callaron.
—¿Cómo quieren ustedes que les responda a todos a la vez? —reclamó la voz del príncipe Andréi—. Por lo demás hace falta diferenciar en los actos de un hombre de estado las acciones particulares y las propias de un jefe militar o de un emperador. Esa es mi opinión.
—Sí, sí, naturalmente —añadió Pierre, alegre de la ayuda que le brindaban—. Como hombre fue muy grande en el Puente de Arcola, en el hospital de Yaffa, donde estrechó la mano de los apestados, pero…
Era evidente que el príncipe Andréi había querido suavizar la inconveniencia del discurso de Pierre, y deseando marcharse le hizo una señal a su esposa y se levantó.
—Es difícil juzgar —dijo él— a nuestros contemporáneos, nuestros descendientes les juzgarán.
De pronto el príncipe Hippolyte se levantó y con un gesto de la mano detuvo a todos, y pidiendo que se quedaran comenzó a decir:
—Hoy me han contado una anécdota moscovita: debo agasajarles con ella. Disculpe, vizconde, la voy a contar en ruso, pues de otro modo perdería toda su gracia.
Y el príncipe Hippolyte empezó a narrar en ruso, con la misma pronunciación que tienen los franceses que han vivido un año en Rusia. Con tanta insistencia y animación reclamaba el príncipe Hippolyte atención para su relato que todos quedaron en suspenso.
—En Moscou hay una gran señora. Y es muy avara. Le era necesario llevar a dos criados para su coche. Y de alta estatura. Así es como le gustaba. También tenía a su servicio a una doncella aún más alta. Y le dijo…
Aquí, el príncipe Hippolyte se puso a pensar, veíase que le costaba recordar.
—Ella le dijo… sí, le dijo: «Muchacha, ponte la librea y ven conmigo, en el coche, para ir a hacer unas visitas».
En este punto el príncipe Hippolyte rompió a reír a carcajadas antes de que lo hiciera su auditorio, y esto produjo una impresión desfavorable hacia el narrador. A pesar de ello muchos se sonrieron, entre ellos la señora entrada en años y Anna Pávlovna.
—La señora partió. Inesperadamente se levantó un fuerte viento. La muchacha perdió el sombrero y sus largos cabellos se esparcieron…
Aquí no pudo aguantar por más tiempo y comenzó a reírse entrecortadamente y en medio de la risa decía:
—Y todo el mundo supo…
Esa era la anécdota. A pesar de que nadie entendió por qué la había contado y por qué había sido necesario contarla en ruso, Anna Pávlovna y los otros apreciaron la mundana cortesía del príncipe Hippolyte que terminaba de manera tan agradable la desabrida y poco gentil salida de Pierre. La conversación se fue diluyendo tras la anécdota en comentarios breves y dispersos sobre los próximos y los pasados bailes y espectáculos y sobre dónde y cuándo se volverían a encontrar.
VIII
Habiendo dado las gracias a Anna Pávlovna por la agradable velada, los invitados comenzaron a marcharse.
Pierre era muy torpe. Grueso, corpulento, con enormes manos que parecían hechas para cargar pesos, como suele decirse, no sabía cómo entrar en un salón y menos aún cómo salir de él, es decir, hacer una reverencia en la puerta y decir algo amable. Además de eso era muy despistado. Levantándose tomó, en lugar de su sombrero, el emplumado tricornio del general y se quedó con él, sacudiendo el penacho, hasta que el general le pidió que se lo devolviera. Pero estos despistes y el no saber entrar en un salón y presentarse, se compensaban con una expresión tal de bondad y sencillez que, sin atender a todos esos defectos, resultaba espontáneamente simpático incluso a los que había puesto en una situación incómoda. Anna Pávlovna se volvió hacia él y con cristiana dulzura le expresó su perdón por sus salidas de tono, le despidió y le dijo:
—Confío en verle otra vez, pero confío también en que cambiará usted sus opiniones, querido monsieur Pierre.
Cuando le dijo esto él no respondió nada, solamente hizo una reverencia y mostró a todos una vez más su sonrisa, que nada expresaba o quizá solamente esto: «Las opiniones son las opiniones, pero ustedes pueden ver lo buen muchacho que soy». Y todos, incluso Anna Pávlovna, lo apreciaron espontáneamente.
—Sabes, querido mío, tus razonamientos son capaces de romper cristales —dijo el príncipe Andréi, enganchándose el sable.
—No, no lo son —dijo Pierre, que con la cabeza gacha miraba a través de las gafas y se había detenido—. ¿Cómo puede no verse, ni en la revolución ni en Napoleón, nada excepto los intereses personales de los Borbones? Nosotros mismos no sabemos cuánto le debemos a la revolución…
El príncipe Andréi no se quedó a escuchar el resto del discurso. Salió al recibidor y dándole la espalda al sirviente que le ponía el abrigo escuchaba indiferente la inconsistente charla entre su esposa y el príncipe Hippolyte, que salía también al recibidor. El príncipe Hippolyte estaba de pie al lado de la linda princesita embarazada y la miraba con insistencia a través de sus impertinentes.
—Vaya dentro, Annette, o se resfriará —le rogaba la princesita a Anna Pávlovna—. Está decidido —añadió en voz baja.
A Anna Pávlovna ya le había dado tiempo a hablar con Liza sobre el proyecto de matrimonio entre Anatole y su cuñada y le había pedido a la princesa que convenciera a su marido.
—Confío en usted, querida amiga —dijo Anna Pávlovna también por lo bajo—, escríbale y dígame cómo ve el padre el asunto. Hasta la vista —dijo y salió del recibidor.
—El príncipe Hippolyte se acercó hasta la princesita y colocando su rostro cerca del de ella comenzó a decirle algo a media voz.
Dos sirvientes, el de la princesa y el suyo, esperaban a que él dejara de hablar sujetando el chal y el redingote y escuchaban, sin entenderla, su conversación en francés, poniendo cara como de que entendían lo que ellos decían y no querían que se notara. Como siempre, la princesa hablaba sonriendo y se reía escuchando.
—Me alegro mucho de no haber ido a la embajada —decía el príncipe Hippolyte—, suele ser un aburrimiento… Una velada preciosa. ¿Verdad que sí?
—Se dice que el baile estará muy bien —respondió la princesa elevando su labio sombreado de vello—. Todas las damas bellas de sociedad estarán allí.
—No todas, dado que usted no estará, no todas —dijo el príncipe Hippolyte, riéndose alegremente y tomando, prácticamente arrebatando, el chal de manos del sirviente se lo puso a la princesa. Involuntaria o voluntariamente, nadie podría decirlo, no apartó las manos durante largo rato, cuando el chal ya estaba colocado y parecía como si abrazara a la joven.
Ella, graciosamente sonriendo, se alejó, se volvió y miró a su marido. El príncipe Andréi tenía los ojos cerrados y parecía cansado y somnoliento.
—¿Está lista? —le preguntó a su esposa dirigiéndole una mirada. El príncipe Hippolyte se puso apresuradamente su redingote que según la moda era largo hasta los talones y tropezándose con él, salió velozmente al soportal tras la princesa, a la que un sirviente ayudaba a subir al coche.
—Hasta la vista, princesa —gritó él tropezando con la lengua lo mismo que con los pies.
La princesa, recogiéndose el vestido, se sentó en la oscuridad del coche, su marido se colocó bien el sable; el príncipe Hippolyte, con intención de ayudar, molestaba a todos.
—Con permiso, señor —dijo el príncipe Andréi en ruso al príncipe Hippolyte, que impedía el paso.
Este «Con permiso, señor» resonó con tal frío desprecio, que el príncipe Hippolyte se hizo a un lado con extraordinaria rapidez, se puso a excusarse nerviosamente y a apoyar el peso de una pierna a otra, como a causa de un dolor reciente aún no calmado.
—Te espero, Pierre —se escuchó la voz del príncipe Andréi.
El cochero tiró de las riendas y las ruedas de la carreta traquetearon. El príncipe Hippolyte se reía entrecortadamente, de pie en el soportal esperando al vizconde, al que había prometido llevar a casa.
—Y bien, querido, su princesita es deliciosa, deliciosa —dijo el vizconde sentándose en el coche con Hippolyte. Se besó la punta de los dedos—. Y totalmente francesa.
Hippolyte se echó a reír.
—¿Y sabe que está usted terrible con su aspecto de inocencia? —continuó el vizconde—. Me da lástima del pobre marido, ese pobre oficial que se las da de príncipe reinante.
Hippolyte volvió a echarse a reír y entre las carcajadas decía:
—Y usted dice que las damas rusas son peores que las francesas. Hay que saber elegir.
IX
Pierre, que había llegado antes, como habitual de la casa que era, pasó al despacho del príncipe Andréi y enseguida, como tenía por costumbre, se tumbó en el diván, cogió de la estantería el primer libro que le vino a mano (eran los Apuntes de César) y se puso a leerlo desde la mitad, acodándose, con el mismo interés como si ya llevara dos horas enfrascado en su lectura. El príncipe Andréi, que había llegado ya, fue directamente al camarín y tras cinco minutos entró en el despacho.
—¿Qué has hecho con la señora Scherer? Ahora se enfermará de veras —dijo en ruso, entrando donde Pierre con una bata de terciopelo, sonriendo protectora, alegre y amistosamente y frotándose las menudas y blancas manos que al parecer ya se había lavado.
Pierre se volvió completamente de tal modo que el diván crujió, volvió el animado rostro hacia el príncipe Andréi, meneando la cabeza.
Pierre agachó la cabeza con aire culpable.
—Me había levantado a las tres. Se puede usted imaginar que bebimos entre los cinco once botellas. —(Pierre llamaba de usted al príncipe Andréi y él le llamaba de tú. Así se había establecido entre ellos en su infancia y no había variado)—. ¡Unas personas excelentes! ¡Hay un inglés que es prodigioso!
—Nunca he encontrado placer en ese tipo de cosas —dijo el príncipe Andréi.
—¡Sí, así es usted! Usted siempre es distinto y se sorprende de todo —dijo Pierre con sinceridad.
—¿Otra vez en casa del querido Anatole Kuraguin?
—Sí.
—No sé cómo tienes ganas de ir con ese canalla.
—No es cierto, es un excelente muchacho.
—¡Un canalla! —se limitó a decir el príncipe Andréi y se enfurruñó—. Hippolyte es un joven muy inteligente, ¿no es cierto? —añadió.
Pierre se echó a reír convulsionando todo su pesado cuerpo de tal modo que el diván volvió a crujir.
—«En Moscou hay una gran señora» —repitió él entre risas.
—Y sabes que él es un buen muchacho —le defendió el príncipe Andréi—. Bueno, y qué, ¿ya por fin te has decidido por algo? ¿Serás caballero de la guardia real o diplomático?
Pierre se sentó en el diván, cruzando las piernas.
—¿Cree usted que aún no lo sé? No me gusta ni una cosa ni la otra.
—Pero aun así hay que decidirse por algo. Tu padre lo está esperando.
Pierre había sido enviado al extranjero cuando tenía diez años con un abate como preceptor, y allí había permanecido hasta los veinte. Cuando volvió a Moscú el padre despidió al abate y le dijo al joven: «Ahora vete a San Petersburgo, mira y piensa en elegir una carrera. Yo estaré de acuerdo con cualquiera. Aquí tienes una carta para el príncipe Vasili y dinero. Escribe contándomelo todo y te ayudaré en lo que necesites». Pierre ya llevaba tres meses eligiendo carrera y no había hecho nada. Sobre esta elección le hablaba el príncipe Andréi. Pierre se pasaba la mano por la frente.
—Comprendo el encanto del servicio militar; pero acláreme —dijo él—. ¿Por qué usted, usted que lo entiende todo, por qué va usted a esta guerra, contra qué exactamente? Contra Napoleón y Francia. Si esta guerra fuera por la libertad yo lo entendería y sería el primero en entrar en el servicio militar, pero ayudar a Inglaterra y a Austria contra el más grande hombre del mundo… No entiendo como es que usted va.
—Sabes, querido amigo —empezó el príncipe Andréi, pero quizá, deseando involuntariamente ocultar su propia confusión empezó a hablar de pronto en francés cambiando su anterior tono de sinceridad por el tono frío que adoptaba en sociedad—, este caso se puede mirar desde un punto de vista completamente diferente.
Y el príncipe, como si todo sobre lo que hablaban fueran actos propios o de personas cercanas a él, le expuso a Pierre las opiniones que por entonces circulaban en las altas esferas de la sociedad peterburguesa sobre el destino político de Rusia en la Europa de aquel momento.
Europa sufría por las guerras desde la revolución. La causa de las guerras, además de la ambición de Napoleón, consistía en la falta de equilibrio en Europa. Era necesario que un único gran poder se pusiera a la tarea sincera e imparcialmente y conservando la unidad marcara nuevas fronteras y estableciera un nuevo equilibrio europeo y un nuevo derecho nacional, por lo cual la guerra se convertía en algo imprescindible, y todas las faltas de entendimiento entre los países se solventarían por arbitrio. Este desinteresado papel lo había adoptado Rusia para la guerra que se avecinaba. Rusia solamente iba a luchar para devolver a Francia a sus fronteras del año 1796, concediendo a los propios franceses la elección de su forma de gobierno, así como por la restauración de la independencia de Italia, del Reino Transalpino, del Nuevo Estado de las dos Bélgicas, de la Nueva Unión Germánica e incluso por la reconstitución de Polonia.
Pierre escuchaba con atención, algunas veces deseando discutir, pero conteniéndose por respeto a su amigo.
—¿Ves cómo esta vez no somos tan tontos como pudiera parecer? —concluyó el príncipe Andréi.
—Sí, sí, pero ¿por qué no ofrecer este plan al propio Napoleón? —terció Pierre—. Sería el primero en aceptarlo si el plan fuera sincero, él entiende y aprecia cualquier gran plan.
El príncipe Andréi calló y se pasó su pequeña mano por la frente.
—Además de esto me voy… —Se detuvo—. Me voy porque esta vida que llevo aquí, esta vida no es para mí.
—¿Por qué? —preguntó Pierre con sorpresa.
—Porque, alma mía —dijo el príncipe Andréi levantándose y sonriendo—, porque el vizconde e Hippolyte deambulan por los salones contando sandeces y narrando anécdotas sobre mademoiselle Georges y sobre las mujeres, así es como debe ser, pero a mí no me va este papel. Ya me he hartado de él —añadió.
Pierre expresaba su acuerdo con la mirada.
—Pero hay algo más. ¿Qué significa para usted Kutúzov? ¿Y por qué ser ayudante de campo? —preguntó Pierre con esa extraña inocencia de la gente joven que no tienen miedo de revelar su ignorancia preguntando.
—Solo tú puedes no saber eso —respondió el príncipe Andréi sonriendo y meneando la cabeza—. Kutúzov es la mano derecha de Suvórov, el mejor de los generales rusos.
—Pues entonces, ¿por qué ser ayudante de campo? ¿Podrían incluso mandarle a hacer encargos?
—Es evidente que la influencia del ayudante de campo por sí misma es insignificante —contestó el príncipe Andréi—, pero es necesario empezar. Además mi padre quería esto para mí. Le voy a pedir a Kutúzov que me otorgue un destacamento. Y entonces ya veremos…
—Va a ser muy extraño verle a usted luchando contra Napoleón —dijo Pierre como si se propusiera que nada más ir a la guerra el príncipe Andréi fuera a enzarzarse, si no en una lucha cuerpo a cuerpo, en la más cercana contienda contra Napoleón.
El príncipe Andréi se sonreía en silencio de sus pensamientos, dándole vueltas graciosamente, con un gesto femenino, al anillo de bodas en el dedo anular.
X
En la habitación de al lado se oyó un roce de ropas femeninas. El príncipe Andréi se sobresaltó como si se despertara y su rostro adoptó la misma expresión que tenía en casa de Anna Pávlovna. Pierre bajó las piernas del diván. Entró la princesa. Llevaba ya otro vestido, uno de casa, igual de elegante y fresco. El príncipe Andréi se levantó y le ofreció amablemente una butaca, pero al mismo tiempo que lo hacía su rostro expresaba tal aburrimiento que la princesa se hubiera sentido ofendida si hubiera podido verlo.
—Pienso con frecuencia —empezó a decir ella, como siempre, en francés, sentándose en la silla apresuradamente y con aire de preocupación—, ¿por qué no se ha casado Annette? Qué tontos son todos ustedes, señores, por no desposarla. Me perdonarán, pero no saben nada de mujeres.
Pierre y el príncipe Andréi intercambiaron rápidamente una mirada y callaron. Pero ni sus miradas ni su silencio consiguieron frenar a la princesa. Ella continuó hablando del mismo modo.
—Es usted un discutidor nato, monsieur Pierre —dijo ella dirigiéndose al joven—. Un discutidor nato, monsieur Pierre —repitió sentándose como siempre apresuradamente y con aire de preocupación en una butaca grande al lado de la chimenea.
Habiendo puesto sus pequeñas manitas sobre el abombado talle, guardó silencio, preparándose para escuchar. Su rostro adoptó esa peculiar expresión seria en la que los ojos parece como si miraran hacia dentro, una expresión que solo aparece en las mujeres embarazadas.
—Sí, incluso discuto con su marido; no entiendo por qué quiere ir a la guerra —dijo Pierre, sin mostrarse cohibido, cosa que sucede a menudo cuando un hombre y una mujer jóvenes hablan.
La princesa se sobresaltó. Era evidente que las palabras de Pierre le habían llegado a lo más hondo.
—¡Ay, eso mismo digo yo! —dijo ella con su luminosa sonrisa—. No entiendo, definitivamente no entiendo, por qué los hombres no pueden vivir sin la guerra. ¿Por qué nosotras, las mujeres, no la queremos ni la necesitamos para nada? Pero juzgue usted mismo. Yo se lo digo continuamente: aquí es ayudante de campo de su tío, tiene una posición de lo más brillante. Todos le valoran en lo que vale. Hace unos días en casa de los Apraxin escuché a una dama preguntar: «¿Es este el famoso príncipe Andréi?». Palabra de honor.
Ella se echó a reír.
—Se le recibe así en todas partes. Puede muy fácilmente llegar a ser ayudante de campo del emperador. Sabe usted que el emperador ya habló muy amablemente con él antes de ayer. Annette y yo lo hemos comentado: le sería muy fácil conseguirlo. ¿Usted qué opina?
Pierre miró al príncipe Andréi y dándose cuenta de que la conversación no era del agrado de su amigo, se abstuvo de contestar.
—¿Cuándo parte usted? —preguntó él.
—¡Ay, no me hable usted de esa partida! No quiero oír hablar de ello —comenzó a decir la princesa en el mismo tono caprichoso y juguetón con el que se dirigía a Hippolyte en la velada y que no era adecuado para aquel círculo familiar del que Pierre parecía ser miembro.
—Hoy, cuando me he puesto a pensar que he de dejar de frecuentar mis apreciadas relaciones… Y después, ya sabes, Andréi.
Hizo un guiño significativo a su marido.
—¡Tengo miedo, tengo miedo! —murmuró ella estremeciéndose.
Su marido la miró, como si se sorprendiera al darse cuenta de que alguien más, además de sí mismo y de Pierre, se encontraba en la habitación, y con fría amabilidad se volvió inquisitivamente a la princesa:
—¿De qué tienes miedo, Liza? No puedo comprenderlo —dijo él.
—¡Qué egoístas son todos los hombres, todos, todos son egoístas! Me abandona porque se le antoja, Dios sabe por qué razón y me encierra sola en el campo.
—Con mi padre y mi hermana, no lo olvides —dijo en voz baja el príncipe Andréi.
—Es lo mismo, sola, sin mis amistades… Y quiere que no tenga miedo.
Su tono era ya de enojo, había alzado el labio, dándole a su rostro no la expresión alegre habitual, sino un aspecto feroz de ardilla. Ella callaba como si encontrara inconveniente hablar delante de Pierre de su futuro alumbramiento, cuando era precisamente sobre eso sobre lo que giraba todo.
—Sigo sin comprender de qué tienes miedo —dijo lentamente el príncipe Andréi sin apartar los ojos de su mujer.
La princesa enrojeció y agitaba desesperadamente los brazos.
—No, Andréi, tengo que decirte que has cambiado tanto, tanto…
—Tu doctor te ha recomendado acostarte temprano —dijo el príncipe Andréi—. Deberías irte a dormir.
La princesa no dijo nada y de pronto el corto labio sombreado de vello tembló; el príncipe Andréi se levantó y encogiendo los hombros se paseó por la habitación.
Pierre, con asombro e inocencia, miraba a través de sus gafas bien a uno, bien al otro, hizo como si se fuera a levantar, pero lo pensó mejor y no se movió.
—Qué me importa que esté aquí monsieur Pierre —dijo de pronto la princesita y su lindo rostro se ensombreció con una fea mueca llorosa—. Hace tiempo que quería decirte, Andréi: ¿Por qué has cambiado tanto conmigo? ¿Qué te he hecho? Te marchas al ejército y no te da pena de mí. ¿Por qué?
—¡Liza! —dijo solamente el príncipe Andréi, pero esta palabra encerraba un ruego y una amenaza y sobre todo la seguridad de que ella misma se arrepentiría de esas palabras, pero ella continuó apresuradamente:
—Te comportas conmigo como si fuera un enfermo o un niño. Me doy perfecta cuenta. ¿Acaso eras así hace seis meses?
—Liza, te ruego que pares —dijo el príncipe Andréi aún más expresivamente.
Pierre, cada vez más y más conmovido por la conversación, se levantó y se acercó a la princesa. Parecía que no era capaz de soportar la vista de las lágrimas y que estaba a punto de ponerse a llorar él mismo.
—Tranquilícese, princesa. A usted le parece que esto es así, pero yo le aseguro, le puedo demostrar, porque… porque… No, disculpe, los extraños aquí sobran…No, tranquilícese… Disculpe… perdóneme…
Y despidiéndose, se dispuso a marcharse. El príncipe Andréi le detuvo tomándole de la mano.
—No, espera, Pierre. La princesa es tan buena que no querrá privarme del placer de pasar la velada contigo.
—No, él solo piensa en sí mismo —dijo la princesa, sin poder contener unas lágrimas de rabia.
—Liza —dijo secamente el príncipe Andréi, elevando el tono hasta el grado que indicaba que la paciencia se le había agotado.
De pronto, la feroz expresión de enfado del bello rostro de la princesa se transformó en una atractiva expresión de espanto que inducía a la lástima; sus bellos ojos miraron de reojo a su marido y su rostro adoptó esa tímida y acostumbrada expresión que adopta el perro, que rápida, pero medrosamente, agita el rabo entre las patas.
—¡Dios mío, Dios mío! —dijo la princesa y recogiéndose con una mano los pliegues del vestido, fue hacia su marido y le besó la bronceada frente.
—Buenas noches, Liza —dijo el príncipe Andréi levantándose y besándole la mano cortésmente, como si fuera una desconocida.
XI
Los amigos guardaron silencio. Ni uno ni el otro empezaba a hablar. Pierre miraba al príncipe Andréi, el príncipe Andréi se pasaba la pequeña mano por la frente.
—Vamos a cenar —dijo él con un suspiro levantándose.
Entraron en el comedor, decorado con muebles nuevos, suntuosos y elegantes. Todo, desde las servilletas hasta los cubiertos de plata, la porcelana y la cristalería, llevaba consigo ese sello particular de novedad y elegancia, que se encuentra en las casas de los recién casados. Amitad de la cena el príncipe Andréi se acodó en la mesa y como el hombre que lleva algo dentro durante mucho tiempo y que por fin se decide a expresarlo, con una expresión de nerviosa irritación que Pierre nunca había visto en su amigo, comenzó a hablar:
—Nunca, nunca te cases, amigo mío, este es mi consejo, no te cases hasta que no te digas a ti mismo que has hecho todo lo que puede ser hecho, y hasta que no dejes de amar a la mujer que has elegido, hasta que no la veas claramente; o te equivocarás cruel e irreparablemente. Cásate cuando seas un viejo inútil… Si no morirá todo lo que en ti es bueno y elevado. Todo se desvanecerá en menudencias. ¡Sí, sí, sí! No me mires con esa sorpresa. Si esperas algo de ti mismo en el futuro, a cada paso te darás cuenta de que todo ha terminado para ti, que todas las puertas se te han cerrado, excepto la del saloncito en el que estarás al mismo nivel que un criado y un idiota. ¡Eso es todo!
Y dejó caer la mano enérgicamente.
Pierre se quitó las gafas, con lo que su cara cambió y expresó aún mayor bondad, y miró sorprendido a su amigo.
—Mi esposa —continuó el príncipe Andréi— es una mujer excelente. Es una de esas escasas mujeres con la que el honor de uno puede estar tranquilo; pero, Dios mío, ¡qué no daría yo ahora por no estar casado! Eres la primera persona y el único al que digo esto, y lo hago porque te quiero.
El príncipe Andréi, diciendo esto era aún menos parecido que antes a aquel caballero que se arrellanaba en los sofás de Anna Pávlovna y, entornando los ojos, mascullaba entre dientes frases en francés. Cada músculo de su delgado y bronceado rostro vibraba con nerviosa agitación; los ojos en los que antes parecía extinguida la chispa vital, irradiaban ahora un brillante y claro resplandor. Era evidente que toda su falta de vitalidad habitual se tornaba en energía en ese momento de casi enfermiza irritación.
—Tú no entiendes por qué digo esto —continuó él—. Pero esta es la historia entera de la vida. Hablas de Bonaparte y de su carrera —dijo él, a pesar de que Pierre no se había referido a Bonaparte—. Hablas de Bonaparte, pero Bonaparte terminó la academia de artillería y se echó al mundo en tiempos de guerra cuando el camino a la gloria estaba abierto para todos.
Pierre miraba a su amigo, dispuesto a mostrar acuerdo con él en todo lo que dijera.
—Bonaparte partió y llegó al lugar que debía ocupar. ¿Y quiénes eran sus amigos? ¿Quién era Josefina Bonaparte? Mis primeros cinco años desde que salí de la escuela militar se fueron en salones, bailes, relaciones amorosas, ociosidad. Ahora parto para la guerra, la mayor guerra que nunca haya existido, y no sé nada ni sirvo para nada. Soy amable y sarcástico, y en casa de Anna Pávlovna se me escucha, pero he olvidado todo lo que sabía. Ahora he empezado a leer, pero es inútil. Y sin conocimientos de historia militar, de matemáticas, de fortificaciones, no se puede ser un oficial. Y esta estúpida sociedad sin la que mi esposa no puede vivir y esas mujeres… Yo he tenido éxito en ese mundo. Las más refinadas mujeres se han arrojado a mis brazos. ¡Y si tú supieras cómo son todas esas mujeres refinadas y todas las mujeres en general! Mi padre tiene razón. Dice que la naturaleza no es sabia porque no se le ocurrió pensar en otro medio de propagación de la especie humana que no fuera la mujer. El egoísmo, la vanidad, la necedad, la nulidad en todo, eso son las mujeres cuando se muestran tal como son. Las ves en sociedad y parecen algo, ¡pero no son nada, nada, nada! No, no te cases, alma mía, no te cases —concluyó el príncipe Andréi y meneaba la cabeza tan significativamente como si todo lo que había dicho fuera una verdad tal que nadie pudiera ponerla en duda.
—Me resulta gracioso que usted se considere un incapaz y que piense que su vida está echada a perder. Usted lo tiene todo, todo, por delante. Y usted…
No terminó la frase, pero su mismo tono de voz traslucía en qué alta estima tenía a su amigo y cuánto esperaba de su futuro.
Hasta en las mejores, más amistosas y sinceras relaciones de amistad son necesarios el elogio y la alabanza como la grasa a las ruedas, para que sigan su marcha.
—Soy un hombre acabado —dijo el príncipe Andréi pero por el alto y orgulloso alzamiento de su bella cabeza y por el deslumbrante brillo de su mirada era evidente que en gran medida no sentía lo que decía—. ¿Qué se puede decir de mí? Vamos a hablar de ti —dijo él guardando silencio y sonriéndose de sus consoladores pensamientos. Esta misma sonrisa se reflejó instantáneamente en el rostro de Pierre.
—¿Y qué se puede decir de mí? —dijo Pierre ensanchando la boca en una despreocupada y alegre sonrisa—. ¿Quién soy yo? Soy un bastardo.
Y de pronto, por primera vez en toda la tarde, enrojeció violentamente. Era evidente que había hecho un gran esfuerzo para decir aquello.
—Sin nombre, sin fortuna. Y que, verdaderamente…
Pero no acabó la frase.
—De momento soy libre y estoy bien. Solo que no sé por dónde empezar. Quisiera seriamente que me aconsejara.
El príncipe le miró con ojos bondadosos. Pero en su mirada amistosa y afectuosa estaba también la conciencia de su propia superioridad.
—Me eres muy querido, especialmente porque eres la única persona viva que conozco en nuestra sociedad. Te irá bien. Elige lo que quieras, da igual lo que sea. Estarás bien en cualquier lado, pero escucha: deja de ir con ese Kuraguin, deja esa vida. Eso no es para ti: todas esas francachelas y bravuconerías, todo eso…
—Sabe que —dijo Pierre como si de pronto hubiera tenido una feliz idea inesperada—, en serio, hace tiempo que llevo pensando esto. Llevando esta vida ni puedo decidir nada ni reflexionar acerca de nada. Me duele la cabeza y no tengo dinero. Hoy me ha invitado, pero no iré.
—¿Me das tu palabra, tu palabra de honor, de que no vas a ir?
—Mi palabra de honor.
—Cúmplela.
—Por supuesto.
XII
Ya era después de la una de la madrugada cuando Pierre salió de casa de su amigo. Era una de esas noches blancas de junio en San Petersburgo. Pierre se sentó en el coche con la intención de irse a casa. Pero cuanto más se acercaba a ella más se daba cuenta de que le iba a resultar imposible conciliar el sueño con una noche tal, más parecida a una tarde o a una mañana. Se podía ver a lo lejos por las calles desiertas. Se le apareció el animado y hermoso rostro del príncipe Andréi y escuchó sus palabras —no las relativas a la relación con su esposa (cosa que no interesaba a Pierre)— sino sus palabras acerca de la guerra y sobre el futuro que podía esperar a su amigo. Pierre quería tan incondicionalmente a su amigo y le admiraba tanto, que no podía admitir que el príncipe Andréi, como pronto él mismo desearía, no fuera reconocido por todos como un admirable y gran hombre, que debiera mandar y no someterse. Pierre no podía imaginarse cómo podría, por ejemplo Kutúzov, tener la voluntad de darle órdenes a tal hombre, que era evidente que había nacido para dirigirlos a todos, así era como veía a su amigo. Se lo imaginaba al frente de ejércitos, sobre un caballo blanco, con un corto y fuerte discurso en los labios, se imaginaba su valentía, su éxito, su heroísmo y todo lo que se imaginan la mayoría de los jóvenes para sí mismos. Pierre recordó que ese día había prometido devolverle una pequeña deuda de naipes a Anatole, en cuya casa esa noche estarían reunidos los habituales compañeros de juego.
—Vamos donde Kuraguin —le dijo al cochero pensando solamente en donde pasar el resto de la noche y habiendo olvidado la palabra dada al príncipe Andréi de no ir a casa de Kuraguin.
Al llegar al soportal de la gran casa junto al cuartel de la guardia montada, en la que vivía el príncipe Anatole Kuraguin, recordó su promesa, pero he aquí que, como les ocurre a las personas llamadas sin carácter, le entraron tales ganas de echar un vistazo a la conocida mesa y a la vida libertina que ya le cansaba, que rápidamente le vino a la cabeza la idea de que la palabra dada no tenía significado alguno, dado que antes de al príncipe Andréi también le había dado su palabra a Anatole de devolverle lo que le debía; finalmente pensó que todas esas palabras de honor eran cosas convencionales, sin ningún sentido concreto, sobre todo teniendo en cuenta que es posible que uno muera mañana o que le suceda cualquier cosa tan inesperada que anule por completo el honor y el deshonor.
Subió hacia el iluminado soportal por la escalera y atravesó la puerta abierta. En el lujoso vestíbulo no había nadie, solo botellas vacías rodando por el suelo, en el rincón había un montón de naipes doblados, capas, chanclos; olía a vino y se oían conversaciones y gritos lejanos.
Era evidente que la cena y la partida ya habían terminado, pero los invitados aún no se habían ido. Pierre se quitó la capa y entró en la primera habitación en el medio de la cual había una estatua de un caballo de carreras de tamaño natural. De la tercera habitación llegaba claramente el alboroto y las familiares carcajadas y gritos de seis u ocho hombres. Entró en la tercera habitación en la que todavía estaban los restos de la cena. Ocho jóvenes, todos sin levita y la mayoría de ellos con pantalones militares de montar, se agolpaban junto a una ventana abierta y gritaban todos a un tiempo en un ruso y un francés ininteligible.
—¡Apuesto cien por Chaplin! —gritaba uno.
—¡Vigila que no se agarre! —gritaba otro.
—¡Yo por Dólojov! —gritaba un tercero—. Sepáralos, Kuraguin.
—¡De un trago, de lo contrario pierde! —gritó el cuarto.
—¡Yakov, trae una botella, Yakov! —dijo el propio anfitrión, un joven apuesto y de buena planta que se encontraba en medio del tumulto—. Un momento, señores. ¡Aquí está Pierre!
—¡Oh! ¡Piotr! ¡Petrushka! ¡El Gran Piotr!
—¡Piotr el gordo! —se pusieron a gritar desde todos los rincones, rodeándole.
En todos los jóvenes rostros encendidos y con manchas rojas se reflejó la alegría al ver a Pierre, el cual habiéndose quitado las gafas y limpiándolas contemplaba a toda esta muchedumbre.
—No entiendo nada. ¿De qué se trata? —dijo él sonriendo bondadosamente.
—Esperad, no está borracho. Dame una botella —dijo Anatole y tomando un vaso de la mesa se acercó a Pierre.
—Antes de nada, bebe.
Pierre comenzó a beber vaso tras vaso en silencio mirando a través de las gafas a los beodos invitados, que de nuevo se agolpaban junto a la ventana discutiendo de algo que él no comprendía. Se bebió un vaso de un solo trago y Anatole, adoptando una significativa expresión, se lo llenó de nuevo. Pierre se lo bebió dócilmente aunque más despacio que el primero. Anatole le sirvió un tercero. Pierre también se bebió este aunque se detuvo un par de veces para tomar aire. Anatole no se apartaba de su lado, mirando con sus bellos y grandes ojos, seriamente y de forma alternativa, al vaso, a la botella y a Pierre. Anatole era guapo: alto, corpulento, de tez clara pero sonrosada; su pecho estaba tan desarrollado que la cabeza se echaba para atrás, lo que le daba una apariencia altiva. Tenía una hermosísima y fresca boca, una espesa cabellera color castaño claro, los ojos saltones y negros y en esencia expresaba la fuerza, salud y bondad de su lozana juventud. Pero sus preciosos ojos, con las encantadoras, rectas y negras cejas, era como si estuvieran hechos no solo para mirar sino para ser mirados. Sus ojos hacían gala de una total imposibilidad para cambiar de expresión. Se percibía que estaba borracho en el rubor de su rostro, pero aún más en la artificial hinchazón de su pecho y por lo abiertos que tenía los ojos. Sin tener en cuenta que estaba borracho y que en la parte superior de su poderoso cuerpo solo llevaba una camisa abierta sobre el pecho, por el suave aroma a jabón y a perfume que se mezclaba alrededor de él con el olor del vino ingerido, por el cuidado con el que le habían peinado con pomada aquella mañana, la elegante pulcritud de sus rollizas manos y la finura de su ropa, por esa ropa y la brillante suavidad de la piel, incluso en su estado actual tenía aspecto de aristócrata, en el sentido de tener el hábito aprendido desde la infancia de mantener un cuidado escrupuloso y lujoso de su persona.
—¡Bueno, bébetelo todo!, ¿eh? —dijo él con seriedad dándole el último vaso a Pierre.
—No, no quiero —dijo Pierre bebiendo hasta la mitad del vaso—. Bueno, ¿de qué se trata? —añadió con la actitud de una persona que ha cumplido con la obligación de prepararse y que ahora se considera con el derecho de participar en otra cosa.
—Bébetelo todo, ¿eh? —repitió Anatole abriendo los ojos ampliamente y levantando en sus blancos brazos, desnudos hasta el codo, el vaso sin terminar de beber. Tenía aspecto de estar realizando una labor
