Introducción
Vamos a imaginarnos que metemos en una coctelera un poco de conocimientos psicológicos sobre la evolución de los niños, otro poco de empatía hacia ellos, unido al recuerdo que tengamos sobre nosotros mismos cuando éramos pequeños, más una pizca de experiencia con niños y, por último, una buena dosis de observarlos sin prejuicios. A mí me sale la siguiente carta ficticia, escrita como si los niños pudieran poner palabras adultas a sus sentimientos y sensaciones. Es evidente que ningún niño escribiría una carta así —«¡Uf, qué aburrimiento de carta!»—, pero sí puedo asegurar que lo que viene a continuación ha sido revisado y cuenta con el visto bueno de unos niños muy reales de diez años.
Carta de la Banda del Moco a los padres y las madres:
Queridos padres y madres:
Somos la Banda del Moco, unos niños de nueve y diez años que vamos a cuarto curso de primaria. Aparentemente, somos muy distintos: María es muy aplicada, saca las mejores notas y roza la perfección en todo lo que hace para el cole; Olaya saca buenas notas en lo que le interesa, y en lo que no le interesa... no tan buenas. Tiene una personalidad muy definida y por lo general sabe lo que quiere. Carlos, sin embargo, es muy inseguro y necesita siempre que alguien lo apoye en sus decisiones. Tiene dislexia y le cuesta sacar buenas notas, pero lo lleva bien y no tiene complejo por ello. Óscar es un poco gamberro, un poco agresivo, un poco disperso, no saca muy buenas notas, pero es muy buen amigo y pinta de maravilla.
Sin embargo, en el fondo somos muy iguales, porque todos queremos lo mismo, que, por cierto, es lo que quieren todos los niños y las niñas que conocemos. ¿Que qué es? Lo que más queremos en el mundo, lo que buscamos incansablemente y sin desalentarnos es:
1. Sentirnos seguros y protegidos, saber que siempre estáis detrás de nosotros para ayudarnos y salvarnos de todos los peligros, los físicos y los psicológicos. Solo si sentimos vuestra presencia segura respaldándonos seremos capaces de dar pasos por nuestra cuenta y de ir tomando decisiones propias sin depender de los demás.
2. Sentir que estáis de nuestro bando, que nos defenderéis y que podemos contar con vosotros aunque hayamos hecho algo malo. Una cosa es que nos regañéis —parece que es necesario que lo hagáis, en fin...—, y otra que nos sintamos abandonados y solos. Por favor, hacednos sentir siempre que estamos en el mismo lado. Solo así confiaremos en vosotros para contaros nuestras «miserias» y deciros la verdad. Y una cosa muy importante: ¡no nos mintáis, no nos engañéis! Si queréis que os digamos siempre la verdad, hacedlo también vosotros.
3. ¡Que nos queráis! Incondicionalmente. Por «ser», simplemente, no por «hacer» las cosas bien o mal. Y que nos lo hagáis saber. Necesitamos darnos cuenta de que nos queréis, no deis por hecho que ya lo sabemos. Aunque a veces no lo entendáis, todos nuestros esfuerzos van encaminados a sentir que, en efecto, nos queréis, estáis orgullosos de nosotros y no os defraudamos. De verdad que uno de nuestros miedos más arraigados es que os desencantéis de nosotros, que ya no nos queráis tanto o queráis a alguien más que a nosotros. No nos digáis frases tan dolorosas como «ya no te quiero» o «me has defraudado». Decidnos «te quiero aunque te hayas portado mal».
4. Sentir que confiáis en nosotros. Por favor, no nos miréis desde la desconfianza, como si esto fuera un pulso para ver quién gana. Claro que muchas veces queremos salirnos con la nuestra, pero nuestro anhelo último siempre será agrada
