Duérmete, niño (edición actualizada y ampliada)

Dr. Eduard Estivill
Sylvia de Béjar
Sylvia de Béjar

Fragmento

cap-2

INTRODUCCIÓN

MI HIJO NI DUERME NI ME DEJA
DORMIR. QUEREMOS DESCANSAR,
PERO ¿QUÉ HACEMOS MAL?

Ésta es la historia de una pareja feliz. Sara tiene 33 años y Pedro acaba de cumplir los 36. Llevan cuatro años juntos y acaban de tomar una gran decisión: van a tener un hijo.

Los primeros meses de embarazo son ideales y los restantes, también, ni un vómito, ni una náusea; Sara duerme sin molestias y gana un kilo cada mes. Su ginecólogo vive el sueño de un médico de manual.

Se han cumplido nueve meses exactos cuando les nace un niño magnífico, un niño sensacional; el niño más hermoso y perfecto del mundo. Mide cincuenta centímetros, pesa tres kilos y medio y supera las pruebas neonatales y de respiración con éxito. Cuando le toca mamar, se coge del pecho enseguida sin mayores problemas y ni siquiera pierde los gramos que los bebés acostumbran a perder los primeros días con la lactancia materna. Los padres, contentísimos, no caben en sí de gozo.

Sin embargo, ya en la nursery, la enfermera les dice que su niño está muy bien pero que no duerme mucho. «Es un chavalote muy despierto y vivo», insiste. Los recién estrenados papis se miran con ternura y se dicen: «No puede ser de otra manera, porque es nuestro hijo».

Salen de la clínica y se marchan a casa. El nene va creciendo y va ganando peso, pero durante la noche no hay manera de que duerma más de una hora u hora y media seguida. Se despierta continuamente. Sara le da de comer a sus horas y cree que lo que sucede es algo normal.

Después de tres meses de fiesta nocturna para la pareja feliz, la mamá se encuentra con una de esas vecinas que siempre aparecen en el entorno de una madre primeriza. La vecina le asegura que es normal que el niño no duerma, porque en los primeros meses sufren cólicos y, claro, el dolor les impide descansar. Que no se preocupe, que pasado el tercer mes los cólicos desaparecen y el niño se convertirá en una pequeña marmota.

Hasta este momento ya se han leído varios libros de autoayuda (desde los más «serios» hasta los «alternativos»: Dormir sin prisa ni pausa y La noche espera a los más jóvenes son sus principales referencias) y han consultado con su pediatra, con los amigos que tienen niños, con sus familiares, pero ninguna solución propuesta les funciona.

Pasa el tercer, el cuarto, el quinto mes… y siguen sin dormir por las noches. Entre los dos se levantan aproximadamente unas quince veces. Sara contempla su mala cara en el espejo y a Pedro le cuesta tanto concentrarse en el trabajo que está considerando hacerse una vasectomía. Viven un infierno con este niño tan querido y tan deseado.

A los seis meses, se encuentran de nuevo a la vecina y le dicen que no hay manera, que el niño come, crece y lo hace todo perfecto, excepto dormir. No duerme ni de noche ni de día. La vecina los tranquiliza y les comenta que seguro que ahora le están saliendo los dientecitos y el dolor no lo deja dormir, y que cuando terminen de cortar los dientes, el nene dormirá, sin duda.

Esperan ocho, diez, doce meses y el niño tiene la boca llena de dientes y una sonrisa impecable pero sigue sin dormir. Topan con la sabia vecina otra vez y en sus nuevas cábalas afirma que si el niño tiene un añito y tres meses no deben preocuparse más: está aprendiendo a caminar. Cuando camine se cansará mucho y dormirá perfectamente por la noche.

Pedro y Sara esperan los primeros pasos de su vástago y un día a las nueve de la noche se colocan uno en un extremo del pasillo y el otro en la otra punta, y comienzan a reclamar al nene: «Amor, ven con mami; cariño, ven con papi». A las diez de la noche, el niño sigue arriba y abajo por el pasillo y Pedro está convencido de que esa noche todos dormirán muy bien.

A las once, lo colocan en la cunita y pasan la peor noche de todas. El niño se despierta el doble de lo habitual y no pegan ojo. Sara no puede más, Pedro no puede más y el niño está siempre irritado y se muestra muy dependiente de su madre. No la deja ni respirar.

En una reunión de amigas, una de ellas aconseja a Sara que lleve a su niño a la guardería, porque quizá allí le enseñarán a dormir. Ella duda, porque piensa que quién va a querer a su hijo, que no duerme ni deja dormir, que es un demonio y no atiende a nada. Está segura de que se lo devolverán el primer día.

Al final, se deciden a llevarlo a la guardería. Pasa una semana y Sara no pregunta. Cuando lo lleva y lo recoge, baja la cabeza y sale a toda prisa para que los educadores no le llamen la atención. Han transcurrido dos semanas y ella no entiende por qué no le dicen ni mu. Totalmente confundida, un día no puede más y habla con la educadora de la guardería. La chica le asegura que el niño duerme muy bien allí, que echa dos siestas: una por la mañana cuando llega y otra por la tarde, después de comer. Es imposible, piensa Sara, en casa no duerme ni siquiera los sábados y los domingos. ¿Cómo lo hace

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