Cuando decidimos convertirnos en padres no somos conscientes de que ante nosotros se despliega un horizonte de más de veinte años en los que, prácticamente a diario, deberemos tomar muchísimas decisiones, algunas de ellas difíciles, relacionadas con la educación y la crianza de nuestros hijos.
Nos plantearemos si amamantar o no y, si optamos por lo primero, es posible que llegado el momento no podamos hacerlo, y entonces tendremos que encontrar una buena justificación para no sentirnos mal por el hecho de utilizar leche de sustitución.
Tal vez tomemos la firme decisión de dejar llorar al bebé en su cuna toda la noche en una habitación separada de la nuestra, o es posible que elijamos el colecho y dormir juntos hasta que ya sea difícil seguir llamando «bebé» al niño que, sin malicia alguna, duerme en diagonal y a pierna suelta de un tirón y nos impide descansar.
Nos preguntaremos si dejaremos ver la televisión a los niños y, si les dejamos, cuántas horas y qué tipo de programas. Y, lógicamente, tendremos que decidir qué dispositivos electrónicos podrán usar y si estos llevarán algún tipo de filtro o control parental.
Seguramente desearemos que nuestros hijos se eduquen desde pequeños en el ambiente más propicio posible y para ello buscaremos y seleccionaremos la mejor guardería, así como aquellas actividades extraescolares que nos aseguren que nuestros retoños triunfarán en la vida.
Estas son solo algunas de las decenas o centenares de cosas que hemos de decidir durante la crianza. Muchas veces escogeremos entre las distintas opciones sin ninguna reflexión previa, y otras quizá supongan no pocas discusiones de pareja.
¿Por qué nos preocupamos tanto? Porque pensamos que el futuro de nuestros hijos, en todos los aspectos, desde la carrera profesional que elijan y su desempeño en ella hasta las parejas que tengan, dependerá de cómo los hayamos criado.
¿Es realmente así? ¿Dejar llorar toda la noche a un bebé en la cuna alimenta sus miedos y lo hace sentirse tremendamente solo? ¿Esta forma de enseñarle a dormirse determina la calidad del sueño del futuro adulto? ¿Afecta incluso a cómo se enfrentará a una situación de incertidumbre o soledad?
A menudo decidimos influidos por la suposición de que sea lo que sea lo que determinemos tendrá consecuencias importantes para nuestros hijos. Y esta idea no es sino una mera suposición. No todas las decisiones que tomemos sobre el método de crianza afectarán a su desarrollo. De hecho, es posible que lo que afecte de verdad a su futuro sean no estas, sino aquellas que tomamos cuando elegimos la pareja con la que vamos a tener ese hijo. Es decir, lo más decisivo será la combinación de nuestros genes con los de nuestra media naranja.
Sin embargo, no solemos realizar un test genético a nuestra pareja ni analizar a sus familiares directos cuando decidimos compartir la vida con alguien y traer niños a este mundo. Más bien lo que hacemos es enamorarnos (o creer que lo estamos) porque justamente eso es lo que la sociedad espera de nosotros: que encontremos a nuestra pareja especial y nos casemos por amor.
El amor romántico, no obstante, es relativamente nuevo en la historia de la humanidad. Hasta hace bien poco, en términos históricos, eran las familias las que elegían las parejas de los jóvenes que alcanzaban la edad de casarse. Y es muy probable que lo hicieran para seleccionar aquellos «genes» que consideraban más convenientes para su descendencia. En otras ocasiones también buscaban asegurarse de que el entorno de aprendizaje de los futuros hijos estuviera en línea con las creencias y los valores de las familias que se unían.
Hoy podemos elegir la pareja que queramos, pero quizá no sería mala idea tener en cuenta sus genes, observando a sus familiares, lo cual nos permitiría pronosticar, con grandes posibilidades de acertar, algunos de los rasgos más característicos de nuestros futuros hijos.
Pero en lo que a la crianza respecta, muchas de las preocupaciones y desvelos de los progenitores resultan infructuosos, pues aquello que nos inquieta no podemos resolverlo o encaminarlo, sino que venía de serie en nuestros niños, está inscrito en los genes. Luchar contra lo que dicen los genes es un ejercicio inútil. La genética siempre prevalecerá.
Sin embargo, no todo es genético, y la manera en la que criamos a nuestros hijos y les enseñamos a enfrentarse al mundo sí tiene un impacto en su futuro. Ser conscientes de hasta qué punto les afecta esto y buscar el modo de brindarles lo mejor para ellos debería ser, sin duda, una obligación para cualquier progenitor.
Por otra parte, en el momento de adoptar decisiones a menudo buscamos información de un modo apresurado y poco sereno en internet, donde no todos los contenidos que se ofrecen son relevantes, precisos y ciertos, y donde, además, abundan las noticias tratadas de manera superficial, con datos falsos y medias verdades o sesgos que no ayudan demasiado a formarse una idea clara y exacta de qué es lo que la ciencia recomienda y lo que no.
A modo de ejemplo, recordemos que durante años se aconsejó de manera insistente beber una copa de vino en todas las comidas con el argumento de que proporcionaba una salud cardiovascular de hierro al llegar a la vejez. En la actualidad, en cambio, hay un consenso muy generalizado acerca de que es mejor no beber nada de alcohol, ya que incluso el consumo mínimo y circunstancial perjudica la salud. En el campo de la nutrición encontramos cientos de casos de este tipo, desde la polémica sobre el consumo de huevos o el papel de los carbohidratos en una dieta saludable, hasta el debate sobre la conveniencia de proscribir las carnes rojas del día a día y reemplazarlas por unas buenas hamburguesas de tofu.
La crianza no es ajena a este tipo de fenómenos. Hasta hace muy poco se daba por cierto que la capacidad de un niño de controlar sus deseos y postergar la recompensa era un buen indicador del éxito que obtendría en su vida de adulto. Sin embargo, al replicarse el experimento original de los años noventa, los resultados no han sido tan concluyentes,[1] y han derribado una de las creencias científicas más sólidas en este ámbito.
Entonces, ¿qué se supone que debemos hacer cuando hemos de tomar decisiones sobre los temas relacionados con la crianza?
No existe una única respuesta, pero sí podemos decir que es necesario comprometernos como padres a intentar hacer lo mejor para nuestros hijos teniendo en cuenta qué es lo que dice la ciencia acerca del asunto sobre el que estamos a punto de decidir. Y si la ciencia no ha encontrado una respuesta definitiva a esa cuestión o si ni siquiera la ha abordado, lo mejor es guiarnos por la empatía y el amor que sentimos por ellos y aplicar el menos común de nuestros sentidos: el sentido común.
Como es lógico, aun así es posible que nos equivoquemos, e incluso puede que muchas veces, pero al menos tendremos la certeza de que hicimos de manera consciente lo que creíamos que era más oportuno en beneficio de nuestros hijos.
El mero hecho de tomar conciencia sobre cómo criamos a nuestra progenie es el primer paso para no dejarnos llevar por los consejos de los amigos o las abuelas, lo que hemos leído en internet, lo que nos ha llegado a Facebook o incluso lo que nos recomendó determinado pediatra.
Tener un criterio propio en lo relativo a la crianza, como en todas las áreas de la vida, supone liberarnos de muchos miedos y actuar asertivamente a la hora de tomar decisiones. Además, tomar conciencia de por qué hacemos lo que hacemos es el mejor seguro ante futuros remordimientos. Y este criterio propio, basado en la evidencia, también nos ayuda a no creer de buenas a primeras todo lo que nos llega etiquetado como científico. Hay numerosos estudios que no están bien planteados, no son representativos o los leemos a través de la interpretación tendenciosa o interesada del periodista de turno.
La preocupación por la crianza viene de lejos. Concretamente se inicia en los años veinte del siglo XX, con los primeros estudios de Jean Piaget sobre el desarrollo infantil, y continúa en aumento conforme se realizan más investigaciones científicas sobre cómo afectan a los niños los distintos tipos de crianza. Por ello cada vez es más habitual encontrar estudios que correlacionan, o intentan correlacionar, el comportamiento o las decisiones de los progenitores con el desempeño o comportamiento de sus hijos.
Al hilo del creciente interés de la ciencia por esta área se produce otro fenómeno: la aparición de divulgadores que transmiten los hallazgos científicos al gran público y que encuentran en los medios de comunicación y en internet una plataforma potentísima desde la que distribuir este conocimiento. Así, cada día son más numerosos los padres y madres que toman conciencia del impacto de sus decisiones en el futuro de sus hijos, cosa que sería muy positiva si no fuera porque cuando se tiene una gran cantidad de información al alcance de la mano a veces resulta difícil discernir entre la que es útil y la que no.
De hecho, hemos llegado a tal punto que muchos progenitores piensan que pueden modelar a sus hijos por completo mediante la crianza. Es una idea descabellada y que está lejos de la realidad, pues simplifica enormemente un fenómeno que, por su naturaleza, es muy complejo. Por si esto fuera poco, muchas de las decisiones acerca de la crianza están «ideologizadas» y no se toman atendiendo al bienestar de los niños, sino en función de los valores del grupo social con el que nos identificamos.
Las discusiones sobre el sueño del bebé entre los partidarios de los métodos conductistas y los que defienden la crianza con apego son el pan de cada día en cualquier foro de internet. Lo mismo sucede con quienes abogan por la lactancia materna en exclusiva el máximo tiempo posible y las madres que, por una u otra razón, no pueden o no quieren amamantar. Estas últimas suelen ser juzgadas con gran severidad y sin piedad por las primeras, que esgrimen la metodología conocida como «crianza con apego» para fundamentar sus decisiones. Sin embargo, hay que tener en cuenta que la crianza con apego no es lo mismo que el apego seguro, dos conceptos que en ocasiones se consideran equivalentes cuando en realidad son muy diferentes. El primero no tiene ningún aval científico serio mientras que el segundo sí.
En el año 2001, el doctor William Sears y la enfermera Martha Sears, su esposa, publicaron un libro que hoy en día es uno de los más vendidos y leídos sobre el tema de la crianza de los hijos: The Attachment Parenting Book (Crianza con apego). En él se habla por primera vez de la crianza con apego, un método que, basado en la teoría del apego de John Bowlby, promueve que desde el nacimiento se establezcan lazos afectivos con el bebé a través de siete prácticas, denominadas en inglés Baby B (ya que todas empiezan por «b»). Estas siete prácticas son: el contacto piel con piel entre madre e hijo tras el parto; la lactancia materna a demanda y prolongada; el porteo en brazos o en un portabebés; el colecho, es decir, que el pequeño duerma en la misma cama que los padres, o la cohabitación; el respeto de las necesidades y ritmos del bebé; la disciplina positiva, y los cuidados constantes.
Este libro, como decíamos, es un best seller que muchas mujeres leen al quedarse embarazadas. A la mayoría de ellas todo lo que expone les resulta muy conveniente y deciden que esa es la forma en la que quieren criar a sus hijos. Y es normal que así sea, puesto que todos los padres queremos lo mejor para nuestros hijos y la crianza con apego parece satisfacer esta necesidad de manera sencilla y rápida. Así que cuando nace el bebé los padres comienzan a poner en práctica las siete Baby B. Sin embargo, en la mayoría de las ocasiones nada se desarrolla de acuerdo con lo que el libro preveía y afirmaba, de modo que las expectativas se desmoronan cual castillo de naipes.
La mujer quiere dar a luz en casa, pero en el octavo mes de embarazo el obstetra le advierte de que puede haber complicaciones en el parto y que este debe realizarse en el hospital. Llegado el momento no puede mantener el contacto piel con piel más que los segundos iniciales y luego unos pocos minutos porque el recién nacido tiene que estar en observación unas horas. Más tarde, la lactancia no resulta tan fácil como se la pintaban y, unas semanas después del parto, una mastitis hace ver las estrellas a la madre, que decide dejar de dar el pecho y pasarse a la leche de sustitución. Todo esto la angustia; se siente mal porque no está cumpliendo con lo que ponía en el libro ni está creando unos vínculos de apego, hasta que decide coger a su bebé en plena noche y llevárselo a su cama, lo que despierta al pequeño y lo hace llorar, y entonces la angustia aumenta. Al final nadie es feliz, ni el recién nacido ni los padres. La madre está cada día más preocupada porque le parece que, como no está siguiendo todas las pautas del libro, no conseguirá crear un vínculo de apego seguro con su hijo y, en consecuencia, de mayor este será inseguro y ansioso y tendrá problemas para relacionarse con los demás.
Y ahí está el error de esta madre y de muchas otras. La crianza con apego no es lo mismo que el apego seguro, ni es la única manera de crear este tipo de vínculo con nuestro hijo.
Es cierto que la lactancia materna, el colecho o el porteo del bebé conllevan beneficios para este, pero ninguno de ellos está relacionado con el apego seguro de un bebé con su cuidador, ni garantizan la salud y desarrollo mental del pequeño. En pocas palabras, el apego seguro —que tiene resultados positivos para los niños— no es lo mismo que la filosofía llamada crianza con apego. Veamos cuál es la diferencia entre ambos en términos científicos.
La filosofía de la crianza con apego fue formulada por Sears a partir de sus propias vivencias con sus ocho hijos; de las observaciones de antropólogos sobre las prácticas de crianza llevadas a cabo en tribus indígenas (consideradas más «naturales» pero de las que se obvian algunas desventajas, como las altas tasas de mortalidad infantil o la desnutrición), y de algunas investigaciones realizadas sobre los tipos de apego.
El problema es que el hecho de que Sears llamara a su método de crianza «crianza con apego» provocó una gran confusión entre esta expresión y el término «apego seguro», uno de los cuatro tipos de apego existentes, según la teoría del apego del psiquiatra inglés John Bowlby, que en los años treinta trabajó con niños que padecían problemas emocionales. Bowlby, a través de la observación de pequeños con dificultades que vivían en un orfanato, se dio cuenta de que los niños problemáticos que tenía a su cargo se habían visto privados de afecto y se les había cuidado de manera perturbadora o no habían recibido los cuidados necesarios. Eso le hizo afirmar que el cuidador principal era una especie de «organizador psíquico» para el niño, y que este necesitaba esta influencia cálida e íntima para desarrollarse con éxito.
Según Bowlby, los bebés establecen una «pequeña jerarquía del apego» con todas aquellas figuras que los cuidan, en la que siempre hay una figura principal de referencia o cuidador principal, que suele ser la madre. El número de estas figuras debe ser pequeño para que el bebé reciba información emocional relevante, pero que sean varias ofrece una mayor seguridad (es decir, es importante que haya más de una figura de apego). La jerarquía también proporciona seguridad: cuando se afronta un peligro no hay tiempo para pensar, por lo que, si cuenta con esta jerarquía, el bebé puede recurrir automáticamente a la persona que ya tiene el papel de figura principal de apego, pues es en la que más «confía».
Un poco más tarde, en la década de los cincuenta, Mary Ainsworth comenzó a definir diferentes tipos de patrones de relación entre los niños y sus madres en el segundo año de vida en función de cómo respondían los bebés a las separaciones y a los encuentros. Así, describió cuatro tipos principales de apego:[2]
• Apego seguro: es el apego que debe darse en relaciones funcionales. El niño explora su entorno en presencia de su figura de apego y en su ausencia ese afán decae y siente algún tipo de ansiedad ante la separación. Cuando vuelve a ver a su figura de apego muestra alegría. Se siente seguro con su cuidador y tiene confianza en que siempre estará presente y responderá si le pasa algo. Por su parte, esta figura de apego, que puede estar constituida por varias personas, es sensible a sus necesidades y le muestra cariño, protección y disponibilidad, lo que le ayuda a desarrollar un concepto de sí mismo positivo y a tener confianza. En el ámbito interpersonal, las personas con apego seguro tienden a ser más cálidas, estables y con relaciones íntimas satisfactorias, y en el intrapersonal, suelen ser más positivas, integradas y con una visión coherente de sí mismas.
• Apego ansioso ambivalente: es un tipo de apego inseguro. Los niños apenas exploran su entorno, ni siquiera en presencia de su figura de apego, ya que están totalmente pendientes de ella. La sensación de ansiedad cuando esta se ausenta es muy alta y cuesta consolarlos, pero cuando vuelven a ver a la figura de apego se muestran ambivalentes: buscan su cercanía, sin embargo, al acercarse la rechazan. Este tipo de apego se da cuando el cuidador principal es inestable: a veces se muestra cariñoso, mientras que en otras ocasiones es insensible, lo que genera inseguridad en el pequeño. Suele desembocar en una dependencia extrema entre ambos.
• Apego ansioso evitativo: es también un tipo de apego inseguro, en el que, durante la exploración del entorno, el bebé no interacciona con su cuidador de ninguna manera, ni siquiera lo mira. Cuando este se va, no reacciona, y cuando vuelve, lo rechaza. Es el apego que se genera cuando los cuidadores se muestran insensibles a las necesidades de sus hijos y son poco pacientes. Los niños con apego ansioso evitativo confían en su figura de apego y son inseguros, tienen miedo a la intimidad y rechazan a los demás.
• Apego ansioso desorganizado: es una combinación de los dos anteriores. El cuidador da respuestas desproporcionadas o inadecuadas a las necesidades del pequeño. Los niños con esta clase de apego son inseguros y no saben muy bien cómo comportarse ante la separación de la figura de apego. Poseen un sentimiento ambivalente de necesidad de cariño, pero también de temor. Este apego suele darse en víctimas de maltrato o negligencia.
Aunque los primeros investigadores estudiaron a las madres, los trabajos actuales muestran que los padres, los abuelos, las niñeras e incluso los hermanos mayores pueden ser importantes figuras de apego. Los cuidadores que fomentan un apego seguro responden siempre a las necesidades del niño, son cálidos y amorosos y están emocionalmente disponibles y, como resultado, el bebé crece confiando en la capacidad del cuidador para manejar los sentimientos. El pequeño se siente libre de expresar abiertamente sus sentimientos positivos y negativos y no desarrolla defensas contra las situacio
