La educación creativa

Ángel Luis González
Ángel Luis González

Fragmento

cap-1

¿Qué es la Cebolla Sónica? El día que la presentadora del programa de televisión líder de las mañanas en España me hizo esa pregunta en directo, sentí un temblor por dentro. No sé si por el momento, por el contexto, o simplemente porque nunca me había planteado explicarlo fuera de mi cabeza.

Había pasado poco más de una semana desde que me enteré de que estaba seleccionado entre los mejores docentes del mundo. Era el único español en la lista de 50 aspirantes al Global Teacher Prize, galardón educativo conocido como el «Nobel de la Educación». Una noticia que, sinceramente, me dejó más confundido que emocionado.

Lo supe de una forma curiosa: a través de un regalo de Reyes, un reloj inteligente, uno de esos que había jurado que jamás me pondría. Pero ahí estaba, en mi muñeca, vibrando para avisarme de un nuevo correo electrónico. El asunto, escrito en un inglés impecable, no dejaba lugar a dudas.

Mi cabeza, en cambio, sí que las tenía. Y muchas. Porque en la misma misiva digital me avisaban de que todo debía mantenerse en secreto hasta el miércoles siguiente, cuando la página oficial del certamen publicaría la foto de los finalistas. Cuatro días de silencio absoluto… y yo, en ese momento en pleno evento familiar, intentando a duras penas disimular.

Era la comida de Navidad, aunque se celebraba después de las fiestas porque así funciona mi familia paterna. Tan estructuradamente práctica que sabe que es más fácil coincidir a mediados de enero que en los días señalados. Por supuesto, siempre en el mismo sitio, año tras año: la cafetería del Alcázar de Toledo. Tras comer, como de costumbre, paseo por el casco antiguo, un gesto que repito desde niño y que siempre me devuelve recuerdos atemporales. La propia inercia del recuerdo de aquel día me hace pensar en cómo ha cambiado la educación. Pasear por Toledo es, de repente, una metáfora pedagógica en movimiento. El patrimonio sigue siendo impresionante, pero algo ya no es tan fácil de encontrar: esa sensación de simpleza que antes te hacía sentir más vivo. Es cierto que ahora disfrutamos de muchos avances. En la Plaza de Zocodover, por ejemplo, las nuevas rampas facilitan la vida a quienes antes lo tenían casi imposible. También la oferta de experiencias de todo tipo se ha multiplicado. Pero, aun así, me cuesta no recordar con cierta ternura amarga la antigua churrería: un local mal ventilado del que salías oliendo a aceite durante días y donde, quizá, los churros ni siquiera fueran buenos, pero tenían algo que permanece en la memoria. Algo que enseñaba sin proponérselo.

Y mirar la fachada del nuevo restaurante que ahora ocupa aquel espacio hace que la conexión con la educación se haga del todo evidente. Por muy impecable que sea el menú que ofrecen, nunca podrá reemplazar la autenticidad de aquel rincón grasiento. Del mismo modo, la acumulación de novedades, metodologías o dispositivos nunca sustituirá la mirada hacia el verdadero destino del viaje: la esencia misma de educar. Una idea, precisamente, que me agarra y me acompaña.

La Fundación Varkey impulsa cada año el Global Teacher Prize, el certamen que busca reconocer a los mejores docentes del mundo. Su objetivo no es otro que garantizar que cada niño tenga un maestro, algo con lo que nadie está en desacuerdo al menos públicamente.

Yo conocí este certamen por pura casualidad. Un día de noviembre recibí un correo electrónico informándome de que alguien me había nominado para participar en el proceso de selección. Ese hecho me dio acceso a una plataforma donde tenía que responder un cuestionario, adjuntar información sobre mi trabajo docente y, posteriormente, realizar una serie de entrevistas. Un proceso muy cuidado parecido a la postulación a un empleo importante.

Aún sigo sin saber quién me nominó. Lo que sí recuerdo perfectamente es lo que sentí cuatro días después de aquella comida familiar, en el momento en el que, por fin, en la página web del certamen apareció mi fotografía junto a la de otros 49 docentes de todo el mundo. El único español.

Aquel amanecer de enero, más que emoción, sentí una avalancha de sensaciones. Algunas fueron incómodas, especialmente porque sabía que la noticia correría y que, de alguna forma, mucha gente opinaría sobre mí. Ese pensamiento rompería la burbuja que llevaba años construyendo en mi día a día como docente.

Por eso, durante las primeras horas, lo único que pude hacer fue actuar como si no estuviera pasando absolutamente nada. Fui al instituto, como cualquier otro día, y seguí con mi rutina habitual de docente de formación profesional de la familia de Informática. Clases, reuniones y tutorías para distraer la mente hasta que me sintiera preparado para afrontarlo.

Se repite mucho que ser docente en estos tiempos no es fácil. Personalmente no lo entiendo, básicamente porque si algo te apasiona nunca te debería parecer difícil. Amo la Educación y la docencia con todas mi fuerzas, y si algo está demostrado es que el amor es capaz de todo. Si hay algo maravilloso en la profesión docente es que, con independencia de lo que pueda marcarte profesionalmente un ministro, consejero, jefe de servicio, delegado provincial, director o jefe de estudios, en el momento en que cierras la puerta del aula y empieza la clase, eres dueño absoluto de lo que sucede allí dentro. No hay profesión que permita ser más uno mismo y sentirse más útil que la docencia.

Tampoco entiendo por qué los premios educativos generan tanta desconfianza en la mayor parte del profesorado. Creo firmemente que estos certámenes tienen un impacto real en la comunidad educativa, y tengo razones de peso para defenderlo.

Por un lado, sus detractores repiten que solo sirven para alimentar el ego del docente. No descarto que esta tesis tenga algo de verdad, pero el ego en la docencia es difícil de alimentar: como mucho, es una etapa breve y fácilmente desmontable por la propia naturaleza del trabajo. En mi caso, además, fue un monstruo que aprendí a mantener a raya años antes de aquella mañana de enero. De hecho, por muchos titulares que a día de hoy digan que soy el mejor docente de mi país o uno de los mejores del mundo, no miento al afirmar que ni siquiera me considero el mejor de mi pueblo, Torrijos (Toledo). Estoy seguro de que amigas como Sandra o Patri me dan más de una vuelta en esto de enseñar.

Por otro lado, hay otra razón, mucho menos mencionada, que considero aún más importante para comprender la utilidad de los premios educativos. Y lo sé no gracias a la docencia, sino a lo que viví profesionalmente en mi vida antes de dar ese salto.

Antes de dedicarme a la docencia trabajé más de una década en la empresa privada desarrollando soluciones educativas tecnológicas, y allí viví algo que entonces no supe valorar hasta que como docente ya no lo tuve: la constante conexión con otros profesionales. Ese aprendizaje cotidiano, casi involuntario, que surge de observar cómo otros trabajan, hablan, resuelven conflictos o reaccionan ante lo inesperado. Se aprende porque estás rodeado de personas que te inspiran. En la docencia, en cambio, esa dinámica se diluye. Por supuesto que tenemos compañeros, solo en mi departamento, en Puertollano, somos más de veinte, pero casi nunca coincidimos en aquello que define nuestra profesión: lo que creamos en el aula. Ver cómo otros explican, dialogan, gestionan tensiones o improvisan ante un giro inesperado. Los horarios docentes marcan que cuando ellos enseñan, yo también lo estoy haciendo. Y esa simultaneidad nos obliga a trabajar en paralelo: sin vernos, sin escucharnos, sin poder aprender unos de otros en el escenario más valioso de todos, la clase.

Los premios educativos ayudan a romper esta especie de aislamiento. Participar en ellos te permite conocer docentes de toda España y del mundo, descubrir otras formas de enseñar y compartir ideas y proyectos. Además, en estos certámenes es fundamental que cada docente exponga con detalle lo que hace en su aula. Escucharle es, en cierto modo, entrar en su clase y aprender directamente de su manera de entender la educación. A ello se suma que siempre hay tiempo, ya sea en encuentros presenciales o en conversaciones online posteriores, para seguir compartiendo dudas, estrategias y experiencias. No llegas a estar físicamente en su aula, pero la sensación es casi la misma: es la mejor forma de comprender cómo siente otro docente y aprender de él.

Cada certamen en el que he participado ha sido el inicio de algo nuevo: una colaboración, un proyecto conjunto o una conversación que me abrió los ojos. Como escuché una vez, estos premios ayudan a dejar de ser «docentes isla» para convertirnos en «docentes archipiélago». Y, como dice un proverbio maorí: «Con tu cesta y mi cesta, el pueblo prosperará».

Ojalá estos premios no fueran tan necesarios. Eso significaría, seguramente, disponer de más horas para coordinarse, observar clases de otros compañeros y dar forma a proyectos compartidos. Pero mientras esa realidad no llegue, estos premios no solo me parecen útiles, me resultan imprescindibles.

Aunque esa mañana de miércoles intentara no pensarlo y seguir con mi rutina docente habitual, la idea no se me iba de la cabeza. Miraba la página web en el teléfono y la actualizaba una y otra vez, como si necesitara asegurarme de que mi nombre seguía escrito entre los seleccionados. En medio de ese bloqueo mental, la luz vino de Alicia, mi mujer. Ella, por supuesto, sí estaba al tanto de la nominación. Hablamos por teléfono en el recreo y pude sentir la ilusión que le hacía verme en esta lista, verme entre los cincuenta. Si la persona con la que comparto mi vida desde hace más de quince años, con quien he aprendido lo mejor y lo peor de esta aventura que es vivir, sentía orgullo y estaba feliz, entendí que lo justo era corresponderle y permitirme disfrutarlo un poco.

Motivado, aproveché el resto del recreo para hablar con el equipo de marketing de la Fundación Varkey. Ellos me dieron una estrategia clara: pensar a lo grande —ya habría tiempo de ajustar expectativas—, y me facilitaron una nota de prensa junto con una lista de medios a los que podía enviarla. Así que envié la nota de prensa que me habían facilitado a uno de los contactos principales, un diario nacional de referencia en España. Apenas habían pasado unos minutos cuando me llamó una periodista. En ese momento ya estaba en una reunión sobre la documentación que debía entregarse para la FP Dual. Si hay algo que realmente podría odiar de la profesión docente es la eterna burocracia, de modo que escapar por un momento de aquella retahíla de anexos y formularios me supo a puro oxígeno.

Desde el primer instante noté su interés. La conversación fue muy parecida a una entrevista de trabajo: te preguntan por lo que aparece en tu currículum, en este caso en la nota de prensa, y tú vas completando con tus propias palabras los huecos según lo que había despertado mayor curiosidad. Acordamos hablar al día siguiente con más calma y, hasta entonces, me pidió cierta exclusividad para poder dedicarle el tiempo necesario al reportaje en el que, según dijo y en ello confié, realmente creía. Congelar la difusión de la noticia era algo que, para qué negarlo, me venía bien emocionalmente.

La reunión terminó y me dirigí a clase, a mi tutoría: primero de Grado Medio de Sistemas Microinformáticos y Redes. Como profesor de FP es habitual tener varios grupos a los que das clase, pero si hay un nivel educativo en el que realmente me siento docente es en el grado medio. Es donde más útil me siento, con alumnos que a menudo llegan con la idea de que si fueran «buenos estudiantes», no habrían acabado allí. Enorme mentira. Enseñarles se convierte en un privilegio: empezar el partido perdiendo, sí, pero con la certeza y las ganas de que lo vamos a remontar juntos.

Nada más llegar les comuniqué la noticia, no la podía guardar.

—Chicos, tengo que contaros una cosa…

Mi tono fue tan solemne que se hizo el silencio por un instante. Luego se miraron entre ellos con esa media sonrisa adolescente en la que conviven la sospecha y la curiosidad.

Cuando les expliqué que me habían seleccionado entre los mejores docentes del mundo, el escepticismo apareció de inmediato. Se les notaba en la cara: cejas arqueadas, bocas torcidas, ese gesto tan adolescente que delata una congestión de neuronas.

La incredulidad creció cuando añadí que el premio era de un millón de dólares y que, en apenas un mes, estaba invitado a la final en Dubái. Ahí ya no hubo disimulo: risas, comentarios cruzados, algún «sí, claro» lanzado al aire sin demasiado cuidado.

—Os lo juro —dije—. Por mi hijo, que es verdad.

Pero no bastaba: una cosa es creer y otra muy distinta convencerse, así que encendí la pantalla digital del aula y puse el vídeo oficial de los cincuenta candidatos. Era una pieza preciosa: los continentes iban apareciendo uno a uno y líneas finísimas conectaban los países de cada seleccionado. Cuando llegó Europa, una línea partió del corazón de la península, de Puertollano, y de pronto brotaron mi nombre y mi foto.

Y entonces pasó. Gritos, aplausos; alguno se levantó de la silla, otro empezó a repetir mi nombre como si necesitara oírlo varias veces para terminar de creerlo. Yo me quedé quieto, observándolos, con una mezcla extraña de pudor y gratitud. Nada de trofeos, ni alfombras rojas, ni discursos grandilocuentes: solo una clase de adolescentes celebrando que lo que ocurría allí dentro, en su aula de siempre, había llegado mucho más lejos de lo que jamás imaginaron. Y fue maravilloso.

En un parpadeo infinito también recordé el día en que me hice aquella foto. Fue en La Siberia Extremeña, mi primer destino como docente, en el salón del pequeño apartamento que alquilé para pasar varias noches a la semana. Recuerdo la sensación de soledad lejos de la familia, el silencio al que ya no estaba acostumbrado desde que fui padre, las noches en las que me preguntaba si realmente estaba en el camino correcto. Allí, en ese espacio agradable pero que nunca llegué a sentir del todo como un hogar, me fotografié sin pensar demasiado en el futuro. Y ahora, años después, esa misma imagen se había convertido en mi estandarte de una selección mundial. Quién iba a decirme que aquella foto, tomada en la intimidad de la incertidumbre, terminaría representando esta historia. Yo, desde luego, no.

De la misma forma que ahora tampoco sabía lo positivo que iba a ser para mis alumnos todo lo que estaba por llegar. Inicialmente temí que lo vieran como una distracción, como algo que desviaba el propósito real de estar en clase: aprender. Me preocupaba que, de repente, sintieran que ya no eran los protagonistas de su propia educación, que ahora todo giraría en torno a entrevistas, periodistas y cámaras que querían saber sobre su profesor y no sobre ellos. Me equivoqué. Y me alegro de haberlo hecho.

La felicidad con la que vivirían toda esta aventura sería abrumadora. No porque significara que yo estuviera en el foco, sino porque lo sintieron como algo suyo. Para ellos, ese reconocimiento no era solo mío, era la prueba de que lo que hacíamos juntos en clase tenía valor. Un premio que no me pertenecía del todo, porque si yo había llegado hasta allí, era porque ellos me habían llevado de la mano.

Siempre he pensado que no hay frase más falsa que esa que dice «una persona hecha a sí misma». Nadie se hace a sí mismo en solitario. Todo lo importante en esta vida, todo lo que realmente merece la pena, siempre es compartido, siempre se construye en equipo. Y ningún triunfo tiene sentido si no puedes celebrarlo con quienes han sido parte fundamental del camino. Porque al final, la felicidad no es un destino al que llegas solo. La felicidad únicamente hace honor a su nombre cuando la compartes. Y en esa mañana nerviosa, a través de la alegría de mi mujer y de mis alumnos comprendí que era absurdo no abrir los ojos: esto era algo bueno, y hacía ya tiempo que me había prometido a mí mismo que las cosas buenas hay que vivirlas, disfrutarlas y exprimirlas sin miedo. Y sonreí. Y la sonrisa ya no se fue hasta la noche.

Al día siguiente, tras casi dos horas al teléfono con la periodista, una de esas conversaciones en las que el tiempo parece pasar mucho más rápido de lo que marca el reloj, me dijo que le gustaría venir a mi centro educativo. Quería pasar un día conmigo, observar cómo trabajo, hablar con mis alumnos, hacer algunas fotografías y dar forma final a su reportaje.

Aquel día no tardó en llegar, pero la espera se hizo larga, una especie de calma tensa. Mientras veía cómo el resto de los candidatos al Global Teacher Prize se movía a través de sus redes de influencia en los medios de comunicación, yo seguí optando por la paciencia. Con los años he aprendido que, si alguien te hace sentir bien y te inspira confianza, lo mejor que puedes hacer es respetar sus tiempos. Desde el periódico necesitaban unos días para organizar el desplazamiento a Puertollano, y yo, encantado de darles ese margen.

Para la visita de la periodista, decidí ir a lo difícil. Como profesor de Informática de grado medio, uno de los exámenes más habituales es el de montaje y mantenimiento de equipos. El alumnado debe desmontar y volver a ensamblar un ordenador de sobremesa, una prueba que siempre implica convivir con la incertidumbre porque, por muy bien que conozcas el proceso, siempre pueden surgir imprevistos. Esa sería la actividad que pondríamos en práctica durante su visita.

Fue un día intenso. Hay pocas cosas más extrañas que ver a un profesor de instituto acompañado de un fotógrafo disparando sin parar. Por suerte mi alumnado disfrutó cada momento, pusieron todo de su parte para que el día fuera memorable y, además, hicieron el examen de fábula.

También aprovechamos la ocasión para llevar a la periodista al estudio de radio educativa y que nos vieran en acción. A menudo nos quejamos de que el sistema educativo no fomenta lo suficiente el pensamiento crítico, y pocas herramientas pueden ser más útiles para eso que la radio. Aquel día, en concreto, trabajamos contenidos de la nueva asignatura de Digitalización, una de las novedades de la última reforma de la FP. Hablamos sobre cómo varía la innovación tecnológica según el país, a propósito de unos memes que circulaban esa semana sobre las diferencias entre Estados Unidos y Europa. Especialmente aquel en el que, bajo la bandera estadounidense, aparece un cohete espacial, mientras que bajo la bandera de la Unión Europea, simplemente un tapón pegado a una botella de plástico.

Como siempre, me fascinó la diversidad de opiniones del alumnado. Aunque nos cueste admitirlo, y a veces ni siquiera nos demos cuenta, nuestras opiniones adultas están cada vez más influenciadas. La sobreestimulación informativa acaba reduciendo cualquier cuestión a dos, o como mucho tres, opiniones generalistas. Eso no ocurre cuando preguntas a un chico de 15 o 16 años, demostrando en sus respuestas una frecuencia analógica vibrante.

A los pocos días, el reportaje estaba listo para publicarse, iba a ser un lunes. La periodista me había dejado caer en su visita que, quizá, podría tener incluso un pequeño espacio destacado en la portada… Me cautivaba la idea de ver mi nombre, el de mi centro y el de mis alumnos, en la primera página de un diario nacional, en un medio de los de siempre, de esos que existían mucho antes de que yo llegara a este mundo.

Aunque me esfuerzo en disimularlo, hay cosas para las que no tengo demasiada paciencia. Desde las ocho de la tarde del día anterior, tenía abierta en el ordenador la sección de la web donde cuelgan las portadas de este periódico y le daba a actualizar cada cierto tiempo. Duché a mi hijo, consulté los puntos que había hecho mi equipo en el manager de liga, preparé la típica cena improvisada de domingo, repasamos las tareas familiares para la semana que empezaba… pero en todo momento, con un ojo en la pantalla.

Serían poco más de las once de la noche cuando la página se actualizó. Esperaba encontrar una breve mención que te enlazara a una página del interior, pero lo primero que vi fue una fotografía mía de perfil con el brazo estirado, tomada desde mi pizarra, con mis alumnos de fondo. Refresqué la página dos o tres veces, convencido de que se acabaría corrigiendo lo que solo podía ser una alucinación. Fui al salón y se lo enseñé a mi mujer. Nunca olvidaré aquel silencio. Hay noticias que te hacen saltar de alegría, pero las verdaderamente impactantes son las que te dejan sin palabras.

Al día siguiente, como no podía ser de otra forma, lo primero que hice fue ir al único lugar donde venden prensa en Almodóvar del Campo, el pueblo en el que vivimos. Descubrí lo complicado que es hacerse con un periódico en papel en estos tiempos; ya solo los traen para los suscriptores y poco más. Compré todos los ejemplares que tenían: dos.

Aquel día no leí el reportaje, ni en papel ni en la web. Me privé, sin duda, de leer unas líneas que seguramente hablaban mejor de mí de lo que yo mismo podría hacerlo.

Más allá de la fotografía, el titular que destacaba en la portada era: «El mejor profesor de España (y casi del mundo) enseña en Puertollano». Entendía por qué se eligen titulares tan llamativos, y aunque el mío, a raíz de la selección del Global Teacher Prize, no era falso en absoluto, aquella grandilocuencia me resultaba imposible de digerir en ese momento. El síndrome del impostor se activó con tanta fuerza que, incluso ahora, meses después, reconozco que apenas he revisado las numerosas apariciones en medios de aquellos días.

Nada más entrar al instituto, me dijeron que el teléfono no había parado de sonar preguntando por mí. No dejaría de hacerlo durante días: llamadas de medios tratando de localizarme, que pronto se transformaron en visitas ataviadas con cámaras de televisión, micrófonos, focos, grabadoras y todo el arsenal periodístico.

Las clases, por supuesto, no paraban. En el laboratorio de montaje encontré un pequeño rincón desde el cual atender a todos los periodistas, compaginando entrevistas entre prácticas de ensamblaje y explicaciones técnicas. Pero en todas esas conversaciones, entre tantas preguntas sobre mí, sobre mi forma de enseñar, sobre lo que significaba estar en ese listado… había una que se repetía una y otra vez:

«¿Qué es la Cebolla Sónica?».

Y sabía perfectamente por qué la hacían. Tras la nominación anónima recibida, en la documentación que presenté para valorar mis méritos incluí ese nombre, la Cebolla Sónica, una metodología que había ido construyendo con mis grupos durante años. Y también la Fundación Varkey lo incluyó en la nota de prensa. Era llamativo y me parecía lógico que los medios quisieran saber qué significaba. Pero cada vez que lo mencionaban, sentía esa incomodidad difícil de definir, como si estuvieran entrando en un terreno demasiado personal, en algo que no estaba preparado para explicar a cualquiera. Además, percibía en su tono la expectativa de una respuesta clara y definitiva, como una especie de receta mágica para la educación, una fórmula perfecta escrita en un folio.

Aunque tenía claro lo que había escrito en mi candidatura y podía repetir aquellas frases para salir del paso, sentía que con eso no bastaba: la Cebolla Sónica no era solo una metodología. Era parte de mí, algo que había nacido de experiencias, aprendizajes, emociones y heridas. Y ponerle palabras, explicarlo a desconocidos, me hacía sentir expuesto, como si me estuvieran pidiendo que desnudara algo que, hasta ese momento, había sido solo mío. Por más veces que me preguntaron, no di la misma respuesta a ningún periodista. Eso sí, todas tenían algo en común: fueron respuestas demasiado frías y técnicas.

De hecho, cuando tuve que completar la documentación para el Global Teacher Prize, la pregunta que más me frenó de todas era precisamente la que me pedía explicar mi estrategia de enseñanza, el modelo de aprendizaje que aplico en mis clases.

Lo primero que me vino a la cabeza para responderla fue mi idea recurrente sobre las capas. Todo docente tiene sus metáforas de cabecera, y sin duda una de las que más repito es la de las capas. Siempre les digo a mis alumnos que no deben agobiarse ante un conocimiento nuevo: lo primero es identificar su parte nuclear, su idea esencial. A partir de ahí todo se vuelve más sencillo, porque puedes ir añadiendo conceptos alrededor, como capas que lo van enriqueciendo. Esas capas no están aisladas, cuando dos conceptos esenciales se conectan, también lo hacen todos los que incluyan las capas que has ido construyendo alrededor de cada uno. Es algo parecido a como funciona la memoria: ningún recuerdo vive solo, todos se enlazan entre sí formando una red y, cuanto más fuertes son esas conexiones, más sólido y duradero se vuelve el aprendizaje.

La naturaleza, y también la vida cotidiana, está llena de ejemplos que siguen esta misma lógica de capas. Por ejemplo, cuando aprendemos un idioma, no memorizamos listas interminables de palabras desconectadas. Primero asimilamos estructuras básicas, como los tiempos verbales o las reglas gramaticales esenciales. Luego, poco a poco, incorporamos capas de vocabulario, expresiones y matices que enriquecen nuestra capacidad de comunicación.

De la misma forma, un edificio no se construye habitación por habitación. Primero se cimenta una base sólida, luego se levanta la estructura y, entonces, se añaden las paredes, los detalles y la decoración.

Y en esta metáfora se basa mi realista forma de enseñar. Por ejemplo, cuando enseño a los alumnos la arquitectura de Von Neumann, no lo hago como un concepto histórico de 1954, sino como ese núcleo inicial que vertebra todas las capas sobre él. Se lo muestro en el ordenador que tienen delante, en su móvil, en una videoconsola… porque es un concepto técnico teorizado entonces pero que operativamente sigue presente dentro de los dispositivos tecnológicos que todos utilizamos en nuestro día a día. Cuando lo entienden, siento cómo se abre una puerta: comprender esa base les permite descifrar con más facilidad cualquier avance que haya venido después. Cada nuevo concepto técnico se apoya en el anterior, nuevas capas de conocimiento que solo son útiles si la anterior está bien asentada.

Todo cobra aún más sentido cuando la llevo al aula y esta metodología la conecto con un marco evidencial. Siempre digo a mis alumnos que todo lo que aprenden debe poder verse, tocarse o mostrarse de alguna forma: un informe bien planteado, un vídeo explicando un proceso, una pequeña exposición, un gráfico, una simulación con alguna herramienta de apoyo… No puedo evaluar a un alumno solo por un examen, igual que no contratarías a alguien solo porque haya leído con atención un manual. Necesito ver evidencias reales que confirmen que domina una habilidad, siendo la única forma honesta de comprobar que lo que aprenden tiene valor y podría tener recorrido fuera del aula. Además, casi siempre lo hacemos en equipo, porque en el mundo real nadie trabaja completamente solo.

Siendo honesto, tampoco puedo decir que haya inventado nada nuevo metodológicamente. La Cebolla Sónica se basa en la combinación de modelos pedagógicos contrastados, como el Diseño Instruccional por Capas (Layered Instructional Design), el currículo espiral de Bruner o el diseño inverso de Wiggins. Sin embargo, cada metodología aplicada por un docente siempre es única y humildemente no dudo que la mía lo es.

No hay dos alumnos iguales y tampoco existen dos profesores idénticos. Las diferencias no suelen estar en la técnica, sino en todo eso que no se ve: la sensibilidad, la forma de mirar y la energía que cada uno pone en lo que hace. Por eso, lo que vuelve valiosa a una metodología no es su contenido, sino cómo cada docente consigue equilibrar el conocimiento técnico con la pasión que lo pone en práctica. Porque enseñar, como la vida en su forma más pura, es una cuestión constante de equilibrio entre la templanza de tu cabeza y la fuerza de tu corazón.

Mi corazón es el que hace que la Cebolla Sónica también sea una respuesta a la forma de aprender que hemos vivido la gran mayoría. Aquella donde lo habitual es que el conocimiento se presente en temas estancos sin conexión aparente entre ellos, escondiendo cómo se relacionan o se construyen unos sobre otros competencialmente. Bloques inmensos que hay que memorizar a toda costa, escalar desde la pared más escarpada, como si el aprendizaje fuera simplemente acumular datos sin más. Es mi corazón el que me marca que aprender no es absorber información, sino construir, conectar y superponer capas hasta que el conocimiento deje de ser un conjunto de datos aislados y se convierta en algo propio y que podamos amar.

Lo que sí habría explicado con mayor facilidad en las entrevistas es el origen del nombre de la Cebolla Sónica. Y es que está profundamente ligado a algo que siempre ha marcado mi vida: la música. Aunque nunca aprendí a tocar un instrumento, asignatura pendiente que espero algún día superar, he escuchado música sin descanso desde que tengo memoria. Esa pasión me llevó a crear fanzines, programas de radio e incluso un pequeño sello discográfico. Proyectos ruinosos en lo económico, pero inmensamente valiosos en lo personal.

Entre tantos discos, hubo uno que dejó una huella especial incluso antes de que yo imaginara dedicarme a la docencia. La primera maqueta de Surfin’ Bichos, banda pionera del indie español, se titulaba Primera Cebolla Sónica, autoeditada a finales de los 80. Ellos mismos me contaron en alguna ocasión que eligieron ese nombre porque representaba de dónde venían, una tierra rural como es La Mancha, y hacia dónde querían llegar: a cualquier parte. Un mensaje que abrazaba las raíces sin renunciar a los sueños.

Cuando quise poner nombre a mi metodología, la idea apareció sola. Elegir un fruto de la tierra me conectaba con los centros rurales, el origen de mi manera de enseñar. Y sumarle un adjetivo que lo lanzara más allá del sonido me hacía pensar en romper los límites del aula y recordarle a cada alumno que puede llegar adonde quiera. Hasta el infinito y más allá.

¿Es un nombre extraño para una metodología docente? Probablemente. Pero también es parte de mi esencia. Nunca he sido demasiado hábil para elegir nombres: mi programa de radio se llamó SalsaDeCarne, y mi sello discográfico, Nueva Monarquía. Por suerte, los nombres de mis hijos dependieron en gran medida del criterio de mi mujer.

Y, aun así, nombres aparte, lo que sí tengo claro es que este concepto refleja exactamente lo que la docencia aporta a mi vida. Al fin y al cabo, esta profesión es como una cebolla que germina, que no crece siguiendo un patrón rígido, sino orientándose hacia la luz o hacia la humedad del terreno. Avanza allí donde siente que hay un camino por descubrir. El lugar adecuado para alguien que nunca ha sabido muy bien qué quería ser de mayor, como me ocurre a mí.

Ser docente te permite ser muchas cosas a la vez y, además, cambiar cada día. A veces eres guía; otras, observador. Un día construyes el aprendizaje como quien monta una mesa en el taller, pieza a pieza, y al siguiente la desmontas entera para volver a armarla junto a tus alumnos, ajustando tornillos, afinando detalles y encontrando juntos una nueva forma para sostenerla.

Pero si hay algo que la docencia no te permite, es mentir. Un docente no puede mentir a sus alumnos. Puede engañarles un rato, disfrazar una historia para captar su atención o jugar con el misterio para despertar su interés, pero más pronto que tarde las costuras se acaban deshaciendo. Y dar clase es precisamente eso: costura. No es que se te vean las puntadas, es que las mismas son lo que te define.

Cualquiera puede acumular una base sólida de conocimientos, es solo cuestión de tiempo y paciencia. Pero lo verdaderamente difícil es saber coser todos esos hilos sueltos bajo una identidad que atrape y genere curiosidad, que haga que cada alumno quiera tirar de un hilo distinto y, sin darse cuenta, termine tejiendo su propio aprendizaje.

Es por ello que hablar de una metodología de enseñanza es, en el fondo, hablar de uno mismo. No hay método sin identidad, no hay artista que no sea humano. Así que, si me preguntas «¿Qué es la Cebolla Sónica?», la única forma honesta de explicarlo es contarte quién soy y cómo ese yo se transforma en propuestas que pueden llevarse al aula.

Las páginas que siguen tratan sobre enseñanza, sí, pero sobre todo tratan de explicar el recorrido que me ha traído hasta aquí. Un lugar que, te adelanto, me fascina. Cada capítulo recorre una experiencia que, de algún modo, ha cambiado mi manera de pensar y ha atravesado mi corazón, y junto a esa vivencia encontrarás una actividad práctica para el aula que refleja con más claridad cómo entiendo la enseñanza.

Por eso este libro es también mi forma de dar las gracias a esta profesión, a quienes me empujaron hacia ella y, por supuesto, a todas las personas que he encontrado en el camino. Además, cada capítulo lleva el título de una canción. Música ni nueva ni antigua, ni buena ni mejor: simplemente música que creo que merece ser escuchada. Canciones que da igual que hablen de un árbol o hablen del Sol, porque lo que importa son todos los recuerdos que hacen despertar al escucharlas y han sido claves para desenmarañar mi memoria para escribir este libro.

Da igual si eres o no docente. No importa si nunca has pisado un aula o si no tienes el más mínimo interés en la enseñanza. Porque lo que viene a continuación no va solo de educación. Va de ilusiones, de experiencias, de dudas, de aciertos y de errores, de lo que he aprendido dentro y fuera del aula. Porque la Cebolla Sónica no es solo una manera de enseñar: es mi forma de entender la vida.

Bienvenido.

1
El poder del arte

Tal vez, si pudiera hablarte

de si fuera cierto

que el poder del arte

bien nos pudiera salvar

de una vida inerte

de una vida triste

de una mala muerte.

Nací un jueves de octubre de 1983, a las seis de la mañana. Me gusta mucho levantarme pronto, que no madrugar, lo mismo se debe a mi hora de nacimiento.

Aunque crecí en Torrijos, un pueblo a apenas 28 kilómetros de la capital castellana, mi documento nacional de identidad dice Toledo. En el pueblo estuve hasta los dieciocho años, momento en el que me fui a estudiar Informática a la Universidad de Ciudad Real. Hasta que llegué a la mayoría de edad, todo lo que sabía del mundo cabía en las calles de aquel pueblo. No existía internet para ampliar la mirada; la vida era lo que sucedía delante de ti, sin filtros ni atajos, para bien o para mal.

Mi casa estaba en lo que entonces eran las afueras; hoy la zona es más céntrica, aunque las casas siguen exactamente en el mismo lugar. La calle tenía una capa de asfalto recién puesta, de esas finas, gris claro, que se parecen más al cemento que al alquitrán. A menudo el suelo abría boquetes en algunos puntos, dejando asomar la tierra que había debajo, como si el propio pueblo quisiera recordarte sus raíces. Era una calle tranquila, lo bastante vacía como para jugar al balón con mi hermano sin tener que parar el partido por el paso de vehículos. Al lado de nuestra casa estaba la de mis abuelos, o más bien al revés.

Mi abuelo es, como se suele decir, un «hombre hecho a sí mismo». Es una expresión que me horroriza y que, paradójicamente, cada vez encuentro más. Es como esa canción que no quieres escuchar y aparece en todas partes. Me parece una frase vacía, una especie de comodín que se aplica sin pensar, como si cualquiera pudiera ganarse ese título con un par de gestos bien vistos. Pero no es así. Si esa expresión tuviera que sobrevivir, solo debería hacerlo por una persona: Ángel Serrano Rodríguez, mi abuelo. Nadie que yo haya conocido se la merece tanto. Debería considerarse un título mundial, un cinturón dorado que, mientras él siga con nosotros y ojalá por muchos años, le pertenezca solamente a él.

Visto con los ojos de hoy, mi nacimiento podría parecer algo muy complejo. Mis padres apenas transitaban la veintena, de hecho, mi madre estaba terminado sus estudios y mi padre no tenía ni el servicio militar acabado. Sin embargo, cierto es que entonces estos temas se vivían de otra manera. En aquella época, las buenas noticias no se analizaban buscando de inmediato su lado oscuro. Primero se celebraban y luego, si llegaba algo malo, «ya se vería». Me frustra mucho ver cómo eso ha cambiado. Parece que cualquier cosa que nos pasa, incluso las buenas, deben ir acompañadas de una sospecha, de una alerta. Como si lo adulto fuera temer automáticamente las consecuencias negativas. Y muchas veces no son ni malas, simplemente son alteraciones de tu rutina diaria. ¿Para mal? Casi nunca. Aun así, por mucho que nos hablen de abrazar el cambio y de salir de la zona de confort, a la mayoría de la gente no le hace ninguna gracia.

Cuando yo iba a nacer, mi abuelo buscó una casa para mis padres. La casa acabó estando justo al lado de la suya. Su hogar era de esos que miraban hacia el futuro con emprendimiento y sentido práctico: en la planta baja, el taller para trabajar; arriba, la zona de vida familiar. La nuestra era una casa baja, de las de una sola planta, como tantas otras del pueblo. Pronto mi abuelo la derribó para construir otra con el mismo sentido práctico: taller abajo y zona familiar arriba. Más allá de modelos arquitectónicos y construcciones, la sensación era la de vivir en una sola casa con dos estancias grandes. A través del patio podía llegar a casa de mis abuelos, convivir con mis tías, compartir el día a día. No lo sabía entonces, pero crecer tan arropado familiarmente es una de las mayores suertes que puede tener un niño. La mejor extraescolar es la vida familiar.

Yo tenía mis dificultades, mis circunstancias especiales. Desde que nací, todo el mundo decía que era diferente… y no precisamente en el mejor sentido. Pero donde no hay ciencia, medicina ni psicología; si hay familia, hay futuro. Esa, sin duda, fue mi terapia.

Por los convencionalismos de la época, mi abuelo siempre quiso tener un hijo. Seguramente para que heredara su negocio, ese taller de artesanía que tanto le había costado construir. Sin embargo, la vida, que a menudo le gusta jugar con los moldes, le regaló cinco hijas. Mi madre es la mayor y yo su primer nieto. Con mi tía Begoña, la pequeña, solo me llevo ocho años, por lo que mucha gente del pueblo pensaba que éramos hermanos. De tanto escucharlo, alguna parte de mí lo sigue creyendo.

Mis recuerdos de esa época son sobre todo en la calle. Recuerdo salir en triciclo con el sol de la mañana deslumbrándome para, al volver a enfocar la vista, ver a mi abuelo trabajando la madera. Sacaba las mesas a la puerta de casa y allí, bajo el sol mañanero o el aire del atardecer, lijaba la madera, colocaba pan de oro, repicaba, barnizaba y daba forma a la madera artísticamente.

Era su oficio y también el sustento de la familia. Lo hacía con una naturalidad que, vista con la distancia de los años, parecía una especie de coreografía heredada. Vestido con su mono azul tan característico, «azul currela» que algunos lo llaman, convertía la acera en un pequeño taller al aire libre. En mi instituto, donde imparto clase actualmente, también hay talleres, concretamente de los grados de fabricación mecánica y soldadura. Cuando veo a los alumnos ataviados con esos monos azules, no puedo evitar acordarme de mi abuelo y de esos tiempos en mi calle.

Aún siendo muy niño, mi abuelo me daba clavos pequeños, un cacho de madera y un martillo. Apenas lo podía levantar, pero la ilusión me empujaba. Me encantaba el ruido, la vibración en la mano al golpear, el patrón que iba formando sin darme cuenta. No era ruido sin más: buscaba ritmo. Y todavía hoy me sucede algo curioso: si no soy yo quien provoca el ruido, me molesta mucho. Pero si lo hago yo, quiero que resuene a tope.

A ratos paraba de martillear y me iba con mi abuela, que era multitarea antes de que existiera la palabra. Podía coser un pantalón mientras te hacía una paella y, a la vez, te planchaba una camisa sin que se le escapara ni una sola arruga. También pasaba mucho tiempo con mis tías. Eran jóvenes y me tenían como un juguete. Con Begoña hacíamos merendolas clandestinas bajo la mesa, robando chucherías y embutidos de la despensa. María-4 (todas mis tías que no son Begoña se llaman «María» con algo más detrás) juraba que sus pies olían a caramelo y yo, tan inocente, olía su pestilencia. Vivíamos entre bromas y trampas hechas con hilos de coser que me prestaba mi abuela. Me sentía feliz, protegido. Las viejas del barrio, todas vestidas de negro, me sonreían al pasar y me daban caramelos. Era una vida pequeña, sí, pero era una vida hermosa.

Mi abuelo, además de un hogar, le dio trabajo a mi padre en su propio taller. Desde un punto de vista empresarial, más que taller era una fábrica de marcos de estilo, ese era el producto comercial de su arte. Fabricaban marcos decorativos, que entonces eran muy comunes, para colocar en el salón la foto de tu boda o la de la comunión de tus hijos. Hoy esos marcos han desaparecido de las casas. Se buscan cosas más funcionales, por supuesto más simples y menos elaboradas. Para ver uno, casi tienes que entrar en un palacio consistorial o aristocrático. Todo lo que se producía en aquella fábrica era absolutamente artesanal y salía, además, de la cabeza de mi abuelo.

No conozco una historia de vida más dura que la de mi abuelo. Su trayectoria es un ejemplo puro de supervivencia, de cómo seguir adelante cuando todo a tu alrededor parece empujarte hacia el abismo. Su vida es como esa flor creciendo entre adoquines, contorsionando sus tallos, buscando huecos entre las grietas, y logrando al fin asomar la cabeza para recibir un poco de sol. Y ese sol, muy pronto, supo que sería el arte. El arte fue su refugio, su forma de resistir, su alma. El arte le salvó la vida y eso es algo que no deja de conmoverme.

Cuando mi abuelo tenía apenas tres años, su padre murió en la guerra. Su madre, desbordada por la tragedia y especialmente por la miseria que todo lo empapaba, decidió abandonarlo a su suerte en un orfanato. No era hijo único, pero sí el más pequeño y el único varón. Quizá por eso lo eligieron para aquel destino tan escarpado. A su corta edad, pensarían que apenas tendría recuerdos claros y que, de esta manera, quizá el olvido sería menos cruel… Aunque no estoy seguro; ¿quién puede saberlo?

La infancia y adolescencia de mi abuelo transcurrieron encadenando un orfanato tras otro. No había un criterio claro para moverlo de un sitio a otro: a veces pasaba unos meses, otras veces varios años. Todo el sistema se sostenía a través de la beneficencia, gestionada por la Iglesia y especialmente por monjas. No existían recursos, ni acompañamiento, ni nada que hoy se pudiera considerar un entorno mínimamente digno para criar a un niño. Solo quedaba la vida abriéndose paso inexorablemente en su forma más visceral.

Crecer, en su caso, fue ir dando forma a una existencialidad construida de episodios que por sí solos darían para libros enteros. Ojalá algún día alguien se atreva a escribir uno. Estoy seguro de que sería mucho más interesante que este que ahora escribo, y quizá también que cualquiera que haya leído. En él habría un protagonista muy presente: el hambre. Un hambre real, paralizante, difícil de explicar, porque te arrebata incluso las palabras y se adueña de todo tu pensamiento. Algo que solo quien lo ha vivido puede entender. Un hambre que reduce la parte racional del ser humano y te obliga a moverte guiado por los instintos más primarios.

Si tuviera que elegir solo dos episodios que condensan la historia de mi abuelo, serían los del «panadero amable» y el «hijo de la fulana». Los he escuchado varias veces, pero nunca exactamente igual. A veces sospecho que nuestra memoria inventa detalles, rellena espacios vacíos que ya de por sí pesan. Son dos historias que muestran el contraste que habitaba en él: la ternura y la dureza, la esperanza y la rabia, la cal y la arena de una vida atravesada por la necesidad, pero también por la belleza artística que le permitió resistir. Dos historias que merece la pena contar porque en ellas, de alguna forma, también se cuenta quién soy yo.

El panadero amable era un hombre que vivía en Castilla y León, lo que entonces se conocía como Castilla la Vieja. Con los ingredientes justos que le daban, preparaba panes en su horno de forma tradicional y lo repartía en una pequeña furgoneta. Tal era la escasez, que los ingredientes que le facilitaban daban para hacer exactamente un número de panes concreto. Ni uno más ni uno menos. Sus clientes eran, directamente, las instituciones del Estado, lo poco que quedaba en pie tras la guerra. Entre ellas, el orfanato donde vivía mi abuelo, que apenas tenía entonces ocho años.

En el orfanato había muy poco que comer e incluso lo que había no estaba en el mejor estado. Por ejemplo, mi abuelo a día de hoy no puede comer lentejas. Las que allí servían llegaban muchas veces en estado de descomposición y no olvida como, al meter la cuchara en el plato, era habitual descubrir insectos nada pequeños. Desde entonces, los platos de cuchara siempre le han generado un rechazo, como si reviviera aquel miedo infantil de encontrarse un artrópodo cadáver.

El hambre era el tema del día, de la noche y del alma en el orfanato. En cuanto los niños abrían los ojos por la mañana, tenían que empezar a trazar planes para combatirla, como un gavilán que, al despertar, sabe que su jornada dependerá de lo que logre cazar. Y si ese gavilán apenas acierta en uno de cada cinco intentos según las estadísticas, el porcentaje aquí era aún más bajo.

Una de las pocas opciones, se encontraban en unas minas a cielo abierto, situadas a unos veinte kilómetros del orfanato. Hasta allí se desplazaban como podían, a menudo compartiendo una bicicleta entre muchos. Iban tan apretados, unos encima de otros, que verlos pedalear era como observar una troupe de circo. El trabajo que les ofrecían en las minas era sencillo: sujetar el punzón mientras el minero lo golpeaba con fuerza usando un martillo con el fin de resquebrajar la roca. Las manos infantiles, más finas y ágiles, facilitaban una sujeción precisa, ya que tampoco se podían fabricar punzones de gran tamaño por la falta de materias primas. Herramientas pequeñas para manos pequeñas. A cambio de ese esfuerzo, los niños recibían algo que llevarse a la boca.

Mi abuelo fue uno de estos niños mineros y, dentro de lo que cabe, tuvo suerte. De aquella experiencia solo arrastra unos problemas pulmonares por el ambiente tóxico que respiraba. Otros compañeros no corrieron la misma fortuna:

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