1
Has de saber —pero Alá es más sabio, más prudente, más poderoso y más bondadoso— que en los años del califa Harún al-Rashid la ciudad de Basora era el santuario de los intrépidos navegantes del océano Índico. Sus innumerables torres cubiertas de azulejos, trozos de vidrio y cristal de roca brillaban al ser alcanzadas por los rayos del sol y atraían con sus destellos a los barcos que cruzaban frente a la costa, prometiéndoles ricos mercados para sus productos y evitando así que remontasen el río Tigris hacia Bagdad.
Porque Basora era la puerta al mar del califato y cada tarde se congregaban en sus puestos naves de todas las formas y tamaños: lanchas estrechas, semejantes a galeras impulsadas por varios remeros, gráciles dhows de velas triangulares que venían de puertos lejanos, gordos baghlahs para el transporte de esclavos, jihaazis y sambuks de popa cuadrada, creando entre todos el espectáculo abigarrado de un bosque de mástiles recortándose contra el cielo. De cada una de sus bodegas surgían sacos con mercancías valiosas, balas de lana aprisionada entre zunchos de cuerda, barriles y cajones que los estibadores iban apilando en los muelles.
El capitán Sindbad comía distraídamente una manzana bajo la sombra del palo mayor de su nave. El Viajero era un dhow de dos mástiles construido enteramente con teca de la India. Su casco afilado estaba pintado de brillante color azul celeste, sus cuadernas eran fuertes, a semejanza de las costillas en el pecho de un toro, y se alineaban con precisión formando una cintura abombada. Como tantos otros barcos llegados de todos los rincones del océano Índico, fondeaba en Basora para descargar las mercancías conseguidas durante la temporada del monzón. Perlas de Omán y piedras preciosas de Nepal, maderas de sándalo, resinas aromáticas como el incienso del Zufar y la mirra, la savia del árbol de la sangre de la isla de Socotra, el ámbar gris, el clavo, la canela, el áloe y el marfil.
Los monzones soplaban en invierno del nordeste hacia el sudoeste, en verano los vientos se invertían y soplaban del sudoeste al nordeste. Durante siglos, intrépidos marinos como Sindbad habían dominado el comercio en aquel rincón del mundo. Gracias a su profundo conocimiento de los vientos estacionales, aprovechando el impulso de los monzones, viajaban a voluntad por todo el océano Índico. Así se habían abierto nuevas rutas por Persia, India, China y toda la costa este africana hasta Madagascar. Ningún otro pueblo podía rivalizar en el arte de la navegación con los hijos de Mahoma y sus estilizados dhows de grandes velas triangulares.
Sindbad entornó los ojos y escuchó los gritos de las gaviotas. Disfrutó de ese instante de calma. La brisa de la tarde era demasiado cálida y traía el aroma de las especias mezclado con el salitre y el pescado seco, pero durante unos minutos el silencio y la quietud fueron casi perfectos. A sus treinta años había aprendido a valorar esos momentos. Las preocupaciones parecían diluirse en el rumor de las olas que golpeaban suavemente contra las rocas del malecón, a lo lejos relucían penachos de espuma dejados por el incesante paso de las naves.
Por ese año había completado su ruta, ahora tan sólo le quedaba distribuir las mercancías, obtener el mejor precio por ellas y descansar en su casa a la espera de que llegara la próxima temporada de monzones. Un ritual que se repetía año tras año.
La vida en el mar era muy dura, aunque también era tan seductora como una puta pintada de alheña, solían decir los marinos. Su propia historia estaba plagada de altibajos, épocas en las que había sido indecentemente rico y otras en las que había tenido que pedir para comer. «Es la vida», solía decir, «la marea nos arrastra y nunca controlamos nuestro destino, pero merece la pena saborear sus partes amargas tanto como las dulces».
Era consciente de que tarde o temprano llegaría el día de retirarse. En realidad, ya lo había intentado en varias ocasiones, pero siempre volvía al mar.
De repente, mientras seguía perdido en estos pensamientos, estalló un revuelo en los muelles. Entre exclamaciones de asombro, la gente que se hallaba en el puerto corrió para asomarse a cualquier sitio desde el que se pudiera divisar mejor lo que fuese que llegaba del mar. Muchos señalaban con sus manos hacia lo lejos.
¿Qué está pasando?, se preguntó Sindbad mientras arrojaba la fruta al agua y se ponía de pie para otear también en la dirección que indicaban.
—¡Allí, allí! —gritaban unos estibadores—. ¡Mirad allí!
Todos señalaban la entrada del puerto. Era la hora mágica y la luz tenía un ángulo que dificultaba la visión. Hizo visera con la mano y consiguió distinguir dos naves panzudas y destartaladas. Pese a su peculiar diseño, los parapetos defensivos y las tablas de abordaje no dejaban lugar a dudas de que se trataba de sendos barcos de guerra, quizá de algún país extranjero. No eran juncos chinos, así que quizá provenían del occidente cristiano. Lo cierto era que las dos llevaban el emblema verde del califa ondeando en sus cofas, por lo que supuso que debía de tratarse de mercenarios al servicio de Bagdad. En sus cubiertas vio moverse a hombres y distinguió el inconfundible brillo del acero de las armas y las armaduras.
Pero lo más extraño era una tercera nave, a la que aquellas dos parecían escoltar. Esta era tan asombrosa que Sindbad ni siquiera estaba seguro de que se tratase de un barco.
—Lo están custodiando —dijo alguien de su tripulación—. Esas naves de guerra deben de haber apresado a ese extraño barco en alta mar.
—¿Crees que eso es un barco? —preguntó otro.
—¿Eres tonto, Habib? —dijo un tercero—. ¿Qué puede ser si no?
—No tengo ni idea, pero a mí me parece un molino de río antes que un barco...
Lo cierto es que Sindbad nunca había visto nada igual. La nave parecía construida por completo de metal, bronce o cobre. El sol del atardecer destellaba en las curvadas y bruñidas superficies de su casco. Su proa maciza se elevaba sobre las aguas. No tenía velas, mástiles ni remos; tan sólo una larga chimenea que arrojaba una majestuosa columna de humo negro. A los costados llevaba dos grandes ruedas con palas, semejantes en verdad a las de un molino.
Sindbad observó que el barco no se movía impulsado por velas ni remos, sino por aquellas ruedas que batían el agua con perfecta regularidad, levantando olas de espuma blanca que dibujaban dos rastros paralelos a su popa. Se fijó también en otro detalle curioso, los costados del casco estaban grabados con unos símbolos extraños y angulosos.
Ante la mirada atónita de todos, la asombrosa embarcación cruzó la dársena, siempre rodeada por los dos barcos de guerra, y atracó en uno de los muelles de la zona oeste del puerto.
—¡Es mágica! —exclamó el marinero al que habían llamado Habib.
Sindbad se volvió hacia él. Era un hombre huesudo y algo encorvado, de nariz ganchuda y la piel curtida por el sol y la sal.
—¿Qué has dicho? —le preguntó.
—Que esa nave no es impulsada por el viento o por los remos, como cualquier otra. Lo que la mueve es la magia, capitán. Tiene que pertenecer a algún mago poderoso.
Sindbad asintió pensativo y tomó una decisión difícil. Le hizo una señal al grumete para que se acercase.
—Alí, ve a buscar a Yahiz a su camarote —le ordenó—. Seguro que estará contando sus queridísimos bichos y quizá se niegue a venir, pero insístele. La verdad es que no tengo ganas de aguantar sus quejas, pero creo que es importante que ese erudito vea esto.

El sol del atardecer destellaba en las curvadas y bruñidas superficies de su casco.
2
Trabajaba cerca del puerto de la ciudad de Basora un artesano de gran talento llamado Hussein. Afamado orfebre, fabricaba hermosos utensilios y adornos de metal, y en sus composiciones combinaba sabiamente los siete metales básicos: oro, plata, níquel, cobre, cinc, antimonio y hierro. Dominaba también la antigua técnica del damasquinado, labraba dibujos minuciosos embutiendo finos hilos de oro y plata en acero o hierro pavonado.
Su buen oficio era reconocido en toda la provincia y se ganaba bien la vida, de modo que podía mantener a su esposa y a sus dos hijos, e incluso proporcionarles algunos lujos.
Pero un día llegó a la ciudad una leva del ejército del califa y reclutaron a Hussein para trabajar a las órdenes de algún desconocido general, en alguna lejana frontera. A partir de entonces fue su hijo mayor quien tuvo que hacerse cargo del negocio. Su nombre era Aakil, había sido el ayudante de su padre y ahora se veía obligado a aprender rápidamente el oficio para sacar adelante a toda la familia. Pero las cosas no iban del todo bien; el talento de Aakil aún no podía compararse con el de Hussein, y su hermano Radi se negaba a ayudarle en el taller.
Se decía que Radi había escogido el mal camino, que pasaba los días sin hacer nada de provecho, zanganeando por las calles de Basora, jugando a los dados, o enzarzándose en peleas. Aakil siempre lo disculpaba en público por este comportamiento, a la vez que pensaba que su hermano aún estaba sufriendo por la desaparición de su padre, al que había adorado. Sin duda, era ese dolor en su corazón lo que lo hacía actuar de ese modo.
—Pero ¿qué quieres, hermano? —le dijo—. Reacciona de una vez, ¿no ves que es precisamente ahora cuando la familia más te necesita?
—No hay nada que yo pueda hacer, Aakil. La fortuna o la desdicha, todo ya es igual para mí.
—No digas eso. Cada hombre se labra su propio destino con su esfuerzo y su perseverancia, de acuerdo por supuesto con la voluntad de Alá.
—¿Como nuestro padre? —preguntó Radi con amargura a la vez que se ponía de pie.
Ya era casi tan alto como su hermano, y aunque todos decían que estaba demasiado flaco, era más fuerte de lo que parecía. Y también ágil, capaz de trepar por una pared como una lagartija. Vestía una camisa blanca, limpia pero descosida, con los codos rotos y maltratados, calzones de algodón parcheados y babuchas de fieltro. Tenía quince años recién cumplidos y se parecía cada vez más a Aakil, la misma barbilla hendida y los pómulos altos; rasgos que ambos habían heredado de su padre. Sus ojos castaños asomaban por debajo de los mechones de pelo negro que le caían sobre la frente y miraban desafiantes.
—Sé cómo te sientes por su ausencia, pero te aseguro que volverá muy pronto.
—Eso no lo sabes, no hemos tenido noticias de él desde que se marchó.
—A veces parece que la fortuna nos levanta y nos hace caer por puro capricho, pero nuestro padre nos enseñó a tener fe y a escoger siempre el camino recto.
—Nos enseñó esas y muchas otras cosas, y luego desapareció casi sin despedirse.
—No se fue de nuestro lado por su voluntad, eso lo sabes muy bien, hermano.
—Pero nos dejó solos, esa es la única verdad.
Aakil no contestó y volvió a concentrarse en su trabajo. Era un muchacho tranquilo, que odiaba los enfrentamientos y las discusiones, el silencio solía ser su reacción frente a la rabia de su hermano menor. Estaban rodeados de herramientas y utensilios de metal a medio elaborar, cuidadosamente dispuestos sobre un gran banco de trabajo. El olor ácido de la viruta de cobre llenaba el taller. Aakil se inclinó sobre un libro de pequeño tamaño y tapas de viejo cuero negro. Por un momento pareció haberse olvidado de Radi y su enfado.
—Pues tú tampoco pareces estar trabajando mucho —le reprochó Radi a su hermano mayor, no cejando en su pretensión de tener una pelea con él.
—Lo estoy haciendo, créeme —dijo Aakil mientras pasaba lentamente las hojas de pergamino—. Encontré este libro entre las cosas de nuestro padre. Está muy manoseado y me parece que aquí aprendió muchos de los secretos de su oficio. Ahora podrá enseñármelos a mí.
—¿Y crees que así te convertirás de la noche a la mañana en un gran artesano? Eres un ingenuo, hermano. Sólo son símbolos trazados con tinta.
—Son palabras —le explicó Aakil—, y cuando conoces su significado es como escuchar en tu cabeza la voz del hombre que las escribió. No importa si murió hace mil años: una parte de él sigue viva en estos símbolos, te habla y te cuenta historias, y también te enseña como si un maestro viviera encerrado entre estas hojas.
—¿Y tú puedes leer ese libro?
—No del todo. Algunas partes están escritas en un idioma desconocido para mí, pero nuestro padre hizo anotaciones en los márgenes, mira...
Aakil le mostró el libro abierto por una página y Radi reconoció la letra de Hussein.
—Y también tiene dibujos suyos —observó.
—Sí, y son de gran ayuda para entender el significado de todo.
Radi frunció el ceño y miró a su hermano con escepticismo. Dudaba que pudiera entender de aquellos símbolos extraños ni la mitad de lo que pretendía. Sin embargo, se había sentido fascinado por el libro. Es cierto que parecía muy antiguo, y si provenía de algún lejano país quizá contuviera también historias y asombrosos dibujos sobre sus habitantes. Radi nunca se cansaba de escuchar relatos sobre tierras ignotas y los monstruos que las habitaban.
Aakil terminó de estudiar el libro y lo dejó a un lado, sobre el banco de trabajo.
Cogió una lámina de brillante metal rojizo y empezó a golpearla con un pequeño martillo. El cobre se fue curvando dócilmente mientras él martilleaba aquí y allá, para así transformar aquel disco metálico en un caldero o una sartén para las gachas. Luego frotaría la superficie curvada del recipiente con esmeril hasta que brillase casi como si estuviera hecha de oro. Era cierto que su técnica aún no podía compararse con la de su padre, pero cada vez lo hacía mejor y seguiría esforzándose hasta alcanzar la perfección. Por el bien de la familia.
Aprovechando que su hermano estaba ocupado, Radi se acercó al banco en el que Aakil había dejado el libro y se apoderó de él. Mirando a su hermano de reojo, con un movimiento rápido, lo ocultó entre los pliegues de su fajín.

Técnica del damasquinado
3
Al-Yahiz apareció en cubierta. Vestía una túnica negra sin adornos, como siempre, y llevaba su gran turbante blanco algo ladeado y deshilachado.
—¿Sucede algo, capitán? Estaba trabajando cuando uno de tus hombres ha entrado para interrumpirme. Me ha dicho que suba a cubierta por orden tuya, sin darme más explicación.
Sindbad lo miró; su verdadero nombre era Abú Uthman Amr Ibn al-Bahr al-Fukaymi Basri. Lo de «al-Yahiz» (el Bizco) se debía a una malformación de sus ojos que hacía difícil saber hacia dónde miraba en cada momento. Era muy flaco y alto como una pértiga, y contemplaba el mundo desde arriba con sus ojos estrábicos. Siempre iba algo encorvado, y los rizos negros y desordenados siempre le asomaban por debajo del turbante. A pesar de su aspecto vulgar y de las bromas crueles que solía gastarle la tripulación, Yahiz era un hombre muy sabio. Pertenecía a la escuela de los mutazilíes de Basora, que creían que la voluntad de Alá no era arbitraria y que era posible llegar a interpretarla a través del estudio de la ciencia y la naturaleza.
Como respuesta, Sindbad señaló el barco de metal atracado en el muelle.
—¿Qué es eso? —le preguntó Yahiz—. No tiene velas, ni espacio para los remos...
—Esperaba que me lo aclarases tú. A fin de cuentas, eres un erudito.
Yahiz abrió aún más sus grandes y estrábicos ojos y se pasó una mano por la frente.
—Nunca había visto un barco así, capitán —dijo.
—¿Ves esos símbolos angulosos grabados en el casco? ¿Qué crees que significan?
—Sólo puedo especular, capitán. Si esa nave proviene de alguna región remota y desconocida del mundo, quizá esa sea la forma de escritura en ese lejano país.
—Deberías haberla visto moverse —Sindbad señaló con el dedo—, entró por la bocana y atravesó suavemente la bahía. ¡Ffffssssssssh! Como bien dices, no tiene velas ni remos, pero esas ruedas que lleva a los lados giran y giran levantando espuma, a la vez que echa humo por la chimenea. Los hombres piensan que es cosa de magia, y estoy por darles la razón.
Yahiz negó con un gesto.
—Dudo de la magia realizada por los hombres. La naturaleza organizada por Alá es infinitamente más poderosa y sabia que el ingenuo deseo de los brujos por dominarla.
—Entonces, ¿qué explicación le da tu ciencia a ese prodigio?
Yahiz miró a Sindbad con sus ojos de camaleón.
—Debe de ser un ingenio mecánico, capitán. Y creo saber de lo que se trata.
—¿Quieres decir que tienes una explicación al movimiento mágico de esa nave?
Yahiz se frotó la barbilla. Sus ojos brillaban con una idea.
—Acompáñame a mi camarote y te lo mostraré.
El camarote de Yahiz era más estrecho que el de Sindbad y además estaba abarrotado. Para tapar el techo de madera, el erudito había extendido una lona de color azul oscuro sobre la que había pintado puntos blancos que representaban las principales estrellas del firmamento. Por todas partes se amontonaban extravagantes utensilios de muy diversa índole, además de pilas de cajas llenas de insectos disecados. Yahiz los mataba con un preparado de su invención y luego los atravesaba con alfileres de oro.
El erudito los había acompañado durante su último viaje, había pagado con generosidad su camarote y se había dedicado a reunir todo tipo de utensilios en cada puerto que visitaban, además de recolectar plantas y bichos que cazaba con una red. Cuando Sindbad le preguntó por qué hacía eso, el erudito respondió que desde su edad más temprana seguía fielmente uno de los preceptos fundamentales del profeta Mahoma: «Buscad la Ciencia desde la cuna hasta la tumba». Observando su aspecto tan poco agraciado, el capitán no pudo evitar recordar aquel otro que decía: «Aceptad la sabiduría y no miréis el recipiente que la encierra».
Aunque eran muy distintos, los dos poseían la misma pasión por lo desconocido. Yahiz prefería investigar en silencio y a la luz de un candil, sin salir de su camarote. Sindbad, en cambio, siempre había anhelado la emoción del contacto con lo maravilloso. Necesitaba ver con sus propios ojos, tocar, oler y sentir la fascinante extrañeza de un mundo plagado de cosas asombrosas que desbordaban la mente.
Recordó una escena de su niñez. Acompañado por su tío visitó el puerto de la ciudad en la que había nacido. Bajo un rojizo crepúsculo, cinco dhows de triangulares velas blancas remontaban pausadamente el río Sind. La visita de los comerciantes era siempre un acontecimiento esperado porque traían objetos exóticos para vender, además de noticias del resto del mundo. Pero en esa ocasión, los viajeros traían algo aún más asombroso, una pluma de ave roc. Tan enorme que tuvieron que descargarla entre dos hombres para mostrársela a los vecinos a cambio de unas monedas. Según los comerciantes, el roc levantaba elefantes adultos con sus garras y los llevaba volando hasta el nido para alimentar a sus crías. Sindbad contempló aquella pluma gigantesca e intentó imaginar el tamaño del ave que la llevó. Y fue entonces cuando supo que iba a dedicar su vida a recorrer el mundo en busca de maravillas.
Yahiz abrió un baúl y extrajo de él una esfera de cobre.
—¿Qué es eso? —preguntó el capitán.
—Hace muchos años, leí un antiguo manuscrito griego, el manual de Herón de Alejandría para construir juguetes mecánicos y engranajes movidos a vapor. —Mientras hablaba, Yahiz colocó la esfera sobre una mesa, desenroscó un tapón situado en su ecuador y vertió dentro agua de una jarra—. En el texto se describía un ingenioso artefacto llamado «eolípila» que inmediatamente decidí construir. Es este que tienes aquí.
—¿Es una especie de clepsidra?
—Ahora lo verás, capitán. Fíjate bien, porque en esto no hay magia ninguna.
Yahiz cerró el tapón con fuerza. En sus polos, la esfera tenía incrustados dos tubos de cobre doblados en forma de «L» en direcciones opuestas. Yahiz apoyó los tubos en una horquilla de bronce. Acercó un candil encendido a la esfera y dejó que la llama calentase lentamente su superficie. Pasado un rato, Sindbad empezó a impacientarse.
—¿Eso es todo? ¿Un recipiente para calentar el agua?
—Espera un poco, capitán. No tardará.
Por los tubos empezó a escapar poco a poco el vapor, cada vez con más fuerza. Entonces sucedió el milagro: la esfera se puso a girar a toda velocidad mientras el vapor emitía un silbido agudo al salir a presión en direcciones opuestas.
—¡Ahí lo tienes, capitán! —exclamó el erudito con entusiasmo—. Está girando igual que hacían las ruedas de esa embarcación, y no es magia. Al calentarse, el agua se convierte en vapor. Como puedes observar, es posible usar el poder de ese vapor para mover una máquina.
—Entonces ese barco usa la fuerza del vapor.
—Eso creo, capitán —dijo Yahiz mientras apartaba la llama de la esfera, que se fue deteniendo lentamente—. Que yo sepa, Herón nunca pasó de construir ingeniosos juguetes como este. Pero es evidente que los mismos principios que descubrió podrían aplicarse a máquinas de gran tamaño, capaces de impulsar un barco sin el concurso del viento o la fuerza de los remos. Averigua de dónde proviene ese barco de metal y sabrás de un lugar en el que el hombre ha desarrollado esa técnica más allá de nuestros sueños.
Sindbad se tocó el arete de oro de su oreja izquierda y respiró hondo. Tener noticias de la existencia de un pueblo tan avanzado resultaba emocionante. Como era habitual en él, de repente necesitaba saberlo todo sobre aquellos hombres capaces de construir barcos que se impulsaban sólo con vapor. Quería conocer su país y sus costumbres, sus valores, su forma de vivir. Mientras la excitación ante lo maravilloso se apoderaba de nuevo de su espíritu, una amplia sonrisa se dibujó en su rostro. Pocas cosas le producían una sensación tan intensa como encontrarse de repente ante lo asombroso e inesperado.
Pero esta vez había algo que despertó su preocupación. Como soñador incorregible que era, solía olvidarse a menudo la parte de su mente que se ocupaba de valorar las cosas prácticas. Pero en ese momento comprendió que su forma de vida podía estar en peligro. La supremacía en el Índico que los dhows y los baghlahs poseían, gracias al conocimiento que tenían de los monzones los marinos árabes, se vería amenazada por naves sin velas como aquella.
Sin embargo, si descubría su secreto, eso le abriría las puertas a una fortuna incomparable.
—Tengo que saber más de ese barco —decidió Sindbad al cabo de un instante.
—¿Y qué piensas hacer, capitán? ¿Irás a bordo para preguntar a su tripulación?
—Iré, pero prefiero ver las cosas con mis ojos antes que escucharlas de la boca de otro.

Al-Yahiz
4
Radi estaba sentado sobre una estera, con las piernas cruzadas y el viejo libro sobre ellas. Pasó las páginas con rapidez, pero muy pronto se vio defraudado. Allí sólo había símbolos y dibujos incomprensibles para él. Algunos parecían hechos por su padre.
Se preguntaba por qué le había robado el libro a su hermano. Lo había hecho siguiendo un impulso, simplemente se había apoderado de él y luego había salido del taller. Es posible que le molestara el desmedido optimismo de Aakil, su obstinada certeza de que únicamente con esfuerzo y trabajo era posible salir de cualquier situación, por muy mala que fuera, aunque la suerte te viniera en contra. Quizá le fastidiaba su pretensión de ser tan buen artesano como su padre sólo leyéndose aquel librito, del que estaba seguro de que entendía tan poco como él.
Quería darle una lección a su hermano y ahora se arrepentía. Además, no serviría de nada, pues pasara lo que pasase, Aakil seguiría tan optimista como siempre. Así que decidió regresar al taller para devolver el libro y dejar a su hermano con sus ilusiones.
Pero fue interrumpido por ruidos y gritos que provenían del exterior. Entonces resonó un estruendo en la puerta principal de la casa, seguido de un coro de risas. Guardó el libro y se volvió hacia la ventana. A través de las cortinas de algodón, los últimos rayos de sol le daban un tono anaranjado a la habitación. La ciudad de Basora ya no era más que una silueta rojiza mientras el sol se hundía detrás de los tejados.
Sonó un estallido. Alguien había estrellado un objeto que se había hecho trizas contra la pared. Pasado el primer instante de sorpresa, se puso en pie de un salto y se dirigió hacia la puerta. Cuando estaba a punto de abrirla, Aakil le retuvo por el brazo.
—Tranquilízate, hermanito —le dijo—. En esta casa no necesitamos más problemas.
Pero los problemas parecían empeñados en buscarlos a ellos, porque los de fuera empezaron a aporrear la puerta en ese momento.
Aakil iba a abrir, pero esta vez fue su madre la que acudió para detenerle.
—Es verdad que no necesitamos más problemas —le dijo—, y si sales ahora, seguro que acabarás peleándote. Aplícate el consejo que le has dado a tu hermano y esperad los dos aquí.
—No, madre. Iré yo —insistió Aakil—. Es mi deber.
—En todo caso, sería el deber de tu padre. Pero él no está en casa —dijo ella con aplomo—. Así que quedaos los dos aquí callados mientras resuelvo esto.
Abrió la puerta para enfrentarse sola a los hombres que seguían vociferando en el exterior. Entonces se hizo el silencio y tres bárbaros se volvieron para mirarla con descaro.
Uno de ellos se adelantó. Tenía el pelo rojo, rapado en las sienes y largo por detrás, peinado en trenzas atadas con cordones. Llevaba un coleto de cuero sobre una sucia camisa abierta hasta la barriga. El vello de su pecho, rojo y espeso, brillaba empapado de sudor. Era muy alto y recio, casi un gigante. Sus brazos desnudos y musculosos estaban cruzados de cicatrices. Largos mostachos taheños caían a ambos lados de su cara.
La mujer, que nunca había visto a un hombre con el pelo rojo y la piel tan pálida, se preguntó si estaría en presencia de un demonio.
—¿Qué se te ofrece? —preguntó, intentando aparentar tranquilidad. Sabía que sus hijos estaban escuchando y no quería asustarlos.
Los extraños ojos de color azul del pelirrojo se pasearon por el cuerpo de la mujer. Hizo un gesto apreciativo y sus compañeros echaron a reír detrás de él.
—¡Vino! —dijo señalando la botella vacía que llevaba en la mano, y repitió—: ¡Vino!
—Este es un hogar decente —respondió ella—. No sabemos de sitios donde venden las bebidas prohibidas por el Profeta, ¡la paz y las bendiciones de Alá sean con él!
—¡Vino! —insistió el extranjero—. ¿Dónde hay vino?
Desde la penumbra de la calle, los otros bárbaros empezaron a gritar también pidiendo vino. Ella los ignoró y se dispuso a cerrar la puerta.
—Haced el favor de dejarnos en paz —dijo.
El extranjero interpuso el pie para impedir que ella cerrase. Sus ojos azules se clavaron en los de la mujer.
—Deja entrar —dijo.
La mujer se quedó sin aliento por el miedo y la sorpresa. De repente se había dado cuenta de que el bárbaro estaba fingiendo. En la cruel decisión de sus ojos vio que en realidad no estaba borracho, así que ¿a qué venía esa pantomima?
—¿Qué queréis de nosotros? —balbuceó.
El bárbaro la sujetó por la muñeca y tiró de ella para apartarla de la puerta.
En ese instante, Radi salió de la casa y se lanzó contra él. A pesar de la diferencia de tamaño y peso, la sorpresa hizo que el extranjero trastabillara y cayese de espaldas sobre los adoquines. El muchacho aprovechó para ponerse a horcajadas y empezar a darle golpes en la cara. El bárbaro se lo quitó de encima asestándole un sonoro bofetón con el dorso de la mano, como quien espanta una mosca. Luego se puso en pie, desenvainó la espada y le apuntó con ella. Su cara estaba congestionada por la ira y el aire brotaba de su boca en cortos y furiosos resoplidos.
Radi empezaba a levantarse, inconsciente del grave peligro en el que estaba, cuando alguien lo sujetó por el pescuezo y tiró de él hacia atrás con unas manos duras como tenazas.
Era Aakil. Su hermano lo lanzó sin miramientos contra los adoquines. Sujetaba una daga en la mano. Había salido con ella para defender también a su madre, pero con un gesto pausado, la dejó en el suelo. Luego se volvió hacia el extranjero.
—Señor —empezó a decir, alzando las manos para mostrar que ya no llevaba ningún arma—, te ruego que perdones a mi hermano. Es un muchacho que no sabe nada de...
No dijo una palabra más. El bárbaro pelirrojo avanzó un paso y con un movimiento líquido, casi casual, lo atravesó de parte a parte con su acero.
Radi lo vio desde el suelo, pues todo sucedió tan deprisa que ni tuvo tiempo de levantarse. Se quedó atónito, sin dar crédito a sus ojos. Como en un sueño febril, escuchó el grito desgarrador de su madre. De rodillas sobre los adoquines, Aakil se apretaba el pecho, con un gesto de asombro pintado en el rostro. El joven se miró la mano manchada de sangre y después se derrumbó de frente, antes de que su madre llegase para sujetarlo.
Mientras la mujer lloraba y gritaba desconsolada, acunando entre sus brazos el cadáver de su hijo mayor como si fuera el de un bebé, el extranjero miró alrededor con frialdad. Ya no quedaba ni rastro de su pretendida borrachera. La espada seguía desnuda en sus manos, reluciendo a la luz de los faroles. El último tercio de acero estaba manchado de sangre que se deslizaba hasta la punta y goteaba dejando un charco sobre los adoquines. Sin decir nada, el asesino pasó junto a ellos y entró en la casa. Sus compañeros lo siguieron en silencio.
Radi se puso en pie, recogió del suelo la daga de su hermano mayor y se abalanzó detrás de ellos. Su madre le gritó desesperada que no entrase en la casa.
Pero él no le hizo ningún caso.
La puerta del taller estaba abierta. Radi oyó el ruido de los cacharros de cobre y latón arrojados al suelo. Al parecer los extranjeros buscaban algo. ¿Esperaban encontrar allí ese vino por el que parecían tan ansiosos? Los bárbaros lo estaban revolviendo todo, empeñados en una búsqueda frenética. Arrojaban sin miramientos las cacerolas, que rebotaban contra las paredes, vaciaban los cajones en el suelo y escarbaban entre los trozos de cobre.
Uno de ellos encontró la libreta de cuentas del taller y todos se acercaron interesados. Pasaron las hojas y, cuando comprobaron que no era lo que buscaban, la echaron a un lado.
—Así que esto es lo que queréis —dijo Radi mientras levantaba el libro negro en alto.
Mientras hablaba, caminó hacia ellos con la mente enturbiada por la furia y el deseo de venganza. El asesino pelirrojo se giró. Su piel se veía aún más pálida a la luz de las velas que iluminaban el taller y sus labios parecían casi tan azules como sus ojos.
—¡Tú! —exclamó señalando al muchacho.
Radi corrió hacia él, con el libro en una mano y la daga de su hermano en la otra. El extranjero blandió la espada y cuando Radi se puso a su alcance le lanzó una estocada corta y seca, directa a los ojos. El muchacho la esquivó, pero no lo suficientemente rápido para evitar que la hoja le abriera un corte profundo en el pómulo derecho. Se agazapó como un gato para colocarse junto al bárbaro, se levantó de un salto y le asestó una puñalada en el costado.
Por desgracia, el pelirrojo estaba protegido por aquel coleto de cuero con escamas de metal cosidas y el cuchillo no penetró. Mientras tanto, sus dos esbirros ya habían desenvainado las espadas y se lanzaban a la vez contra Radi. Intentaron rodearlo pero él conocía muy bien el taller de su padre, se tiró al suelo y rodó debajo de la mesa de trabajo. Había jugado allí infinidad de veces y sabía que algunas tablas estaban sueltas. Las arrancó mientras las espadas de los bárbaros picoteaban a su alrededor buscando ensartar su cuerpo y se deslizó por el hueco.
Se arrastró por debajo de la casa y salió a la calle por la parte de atrás. Se detuvo un instante para asomarse a mirar.
Los vecinos habían empezado a salir de sus casas y habían formado un corro alrededor de su madre y del cadáver de Aakil. También había acudido un grupo de guardias del puerto, alertados por las voces y los gritos. En medio de todo aquel caos, vio a su madre alejarse en compañía de una vecina. El saber que al menos ella estaba a salvo le hizo respirar aliviado.
Los guardias no se decidían a entrar para enfrentarse con los bárbaros. En cualquier caso daba igual, porque aquellos salvajes habían roto la ventana del taller y estaban escapando también por la trasera de la casa. La cabeza pelirroja del asesino de Aakil apareció en el hueco de la ventana, y sus ojos se clavaron en él. Gritó a sus esbirros, advirtiéndoles que había visto al muchacho. Lo señaló y Radi decidió que no debía quedarse más tiempo por allí.
Echó a correr calle abajo, sin girarse para ver si lo seguían. Corrió tan rápido como pudo y se metió en las estrechas y húmedas callejuelas que llevaban al puerto. Corrió hasta que le faltó el aire y todo empezó a nublarse ante sus ojos. Hacía demasiado calor a pesar de que era de noche, pero no dejó de correr. El miedo le había dado alas a sus pies. Intentó no boquear como un pez, pero le dolía cada vez más el costado y era difícil reprimir las grandes bocanadas de aire que le exigían sus pulmones.
Por fin se detuvo, no aguantaba más y su corazón batía como un tambor contra su pecho. Estaba en uno de los muelles, un dhow con el casco pintado de azul se hallaba amarrado en él.
Se volvió temiendo ver la cara del pelirrojo justo detrás de él, pero estaba solo. Una vez más, el conocimiento que tenía de su entorno, al contrario que aquellos extranjeros, le había salvado la vida. Ahora tenía que pensar qué hacer.
Empezó a caminar hacia el dhow.
El vino en al-Ándalus
5
Frente a la puerta del camarote de Yahiz, Sindbad oyó un correteo bajo sus pies. Era demasiado pesado para provenir de las patas de un roedor.
Entonces vio unas gotas de sangre que marcaban un rastro en el suelo.
Desenvainó su espada y abrió la trampilla que daba acceso a la obra viva del barco. Con una lámpara de aceite en la mano, bajó por una corta escalera que desembocaba en la sentina, una maloliente caverna de paredes de madera entre cuyos baos se acondicionaba parte de la carga.
Chapoteó en el agua sucia que le llegaba a los tobillos y rodeó la base del palo mayor. Allí se sujetaba la boca de descarga, una bomba de madera destinada a achicar el agua de mar que penetraba a través de las costuras del casco. Justo detrás de ella había visto escabullirse un bulto. Arrastrándose entre las tablas húmedas y las valijas entibadas, la sombra intentó escapar hacia la salida y cruzó junto a Sindbad. Él contuvo el primer impulso de ensartarlo con su acero y se limitó a darle una patada que lo lanzó contra las cuadernas.
Después se acercó con la linterna en lo alto y la espada preparada.
—¡No me mates, señor! ¡No me mates! —chilló el intruso.
Sindbad le iluminó el rostro. Era un muchacho con una gran herida en el pómulo derecho. La sangre resbalaba por su rostro y le empapaba la camisa.
—¿Quién eres? ¿Qué haces aquí?
—¡No soy nadie! —dijo el joven llevándose las manos a la espalda—. ¡Sólo un vagabundo que buscaba algo de calor! Te juro que si me tiras al agua nadaré hasta la orilla sin causarte más problemas.
Sindbad se mantuvo alerta. Nunca menospreciaba a un rival por insignificante que pareciera. Incluso un mosquito podía dañar los ojos de un león.
—No voy a hacerte ningún daño —aseguró, sin dejar de apuntar al muchacho con la espada—. Pero suelta el cuchillo que tienes escondido.
Descubierto en su artimaña, el chico descubrió la daga y la arrojó lejos de sí.
—Muy bien. —Sindbad envainó la espada, lo agarró por el brazo y tiró con fuerza de él—. ¡Vamos!
—¿Qué vas a hacer, señor? ¿Me vas a arrojar por la borda?
—No, no te voy a tirar al mar.
Salieron de la bodega y Sindbad llamó a la puerta del camarote de Yahiz. El erudito asomó la cabeza. Uno de sus ojos miraba a babor y el otro a estribor.
—¿Qué se te ofrece ahora, capitán? —preguntó. Entonces vio al muchacho con la cara manchada de sangre y exclamó—: ¿De dónde ha salido este?
—Es un polizón. —Sindbad empujó la puerta—. ¿Tienes aguja e hilo?
—Por supuesto que tengo aguja e hilo.
—Pues cósele esa herida antes de que se desangre.
Yahiz hizo que el muchacho se sentase en un taburete junto a la ventana. Luego enhebró una aguja con la hebra más fina que tenía y empezó a suturar el corte en el pómulo.
A Sindbad le admiró la entereza del chico. Aunque le lagrimeaban los ojos y apretaba los dientes, no gritó ni se quejó. Quizá por eso empezó a caerle bien en ese instante.
—¿Cómo te llamas?
—Radi, señor.
—Yo soy el capitán Sindbad...
—¿El capitán Sindbad? —El chico abrió los ojos—. ¿El famoso capitán Sindbad?
—El mismo.
—Aakil... —Radi se detuvo un instante e hizo una mueca de dolor que Sindbad atribuyó a la aguja que manejaba Yahiz—. Mi hermano Aakil me habló mucho de ti, capitán. Él hacía trabajos para los armadores del puerto, y ellos le narraron tus grandes aventuras. Dicen que una vez te enfrentaste a un pájaro roc.
Sindbad sonrió.
—No creas todo lo que cuenta la gente en los puertos.
—¡Auch! —Esta vez Radi sí dio un respingo cuando la aguja penetró demasiado hondo.
—Este hombre que te está curando es Yahiz, un sabio. Con él estás en buenas manos.
—¿Seguro, capitán? —dijo Radi con aprensión, mientras miraba de reojo a Yahiz—. Ni siquiera me está mirando.
—Te estoy mirando —replicó Yahiz de mal humor—. Tú limítate a quedarte quieto.
—¿Cómo te has hecho eso? —le preguntó Sindbad—. ¿Qué hacías en mi bodega?
—Esconderme, capitán. Los que me hirieron así querían acabar el trabajo.
—¿Por qué no fuiste a denunciarlos a la guardia del puerto? —sugirió Yahiz.
—Porque... no confío en ellos, señor. Son unos cobardes.
—¿Quiénes eran esos que te atacaron? —quiso saber Sindbad.
El muchacho estudió al marino. Parecía intentar decidir si debía confiar o no en aquel famoso marinero de rostro flaco y anguloso, la piel atezada por el sol y el pelo largo y enmarañado. Los ojos de Sindbad eran de un marrón tan claro que, por contraste, casi parecían dorados al destacar en un rostro tan moreno. Unos ojos que en aquel momento parecían sinceros y amigables. Vestía con cierto lujo: calzón blanco, un largo caftán encarnado bordado con flores y pájaros, botas de tafilete amarillo y un turbante de muselina de color ceniza.
—Creo que eran soldados extranjeros —dijo por fin Radi—. Se habían empeñado en buscar algo en el taller de mi padre. Uno de ellos tenía el pelo rojo. Fingió estar borracho para meterse en nuestra casa... ¡Y asesinó a mi hermano Aakil!
La voz de Radi se quebró por primera vez. El muchacho guardó silencio durante un instante, mientras parecía luchar contra las lágrimas.
Sindbad y Yahiz se miraron.
—¿Dices que buscaban algo en el taller de tu padre? —preguntó Yahiz, que casi había terminado de coser el pómulo—. ¿Quién es tu padre?
