1
Cuando sonó el timbre de la puerta, Constance Greene dejó de tocar el clavicémbalo flamenco y la biblioteca quedó sumida en un tenso silencio. Miró en dirección al agente especial A. X. L. Pendergast, que estaba sentado junto a la chimenea, en la que el fuego agonizaba, ataviado con unos finos guantes blancos con los que iba pasando las páginas ilustradas de un incunable. En la mesita que tenía al lado había una copa de amontillado casi vacía. Constance recordó la última vez que alguien había llamado al timbre del 891 de Riverside Drive, un hecho de lo más insólito en la mansión Pendergast. El recuerdo de aquel terrible momento ahora flotaba en la estancia como una amenaza.
Proctor, chófer, guardaespaldas y factótum de Pendergast, apareció al instante.
—¿Atiendo al timbre, señor Pendergast?
—Por favor, sí. Pero no lo dejes entrar. Pregúntale su nombre y qué desea y me lo dices.
Tres minutos después, Proctor estaba de vuelta.
—Se llama Percival Lake, y desea contratarlo para una investigación privada.
Pendergast alzó la mano con la intención de indicarle que se librase de él. Pero se detuvo.
—¿Comentó algo sobre la naturaleza del asunto?
—Se negó a entrar en detalles.
Pendergast permaneció ensimismado durante unos segundos, tamborileando con sus finos dedos en el lomo dorado del incunable.
—Percival Lake… Ese nombre me resulta familiar. Constance, ¿serías tan amable de buscar en…? ¿Cómo se llama esa página web? Tiene el mismo nombre que ese larguísimo número matemático.
—¿Google?
—Sí, ese. Búscame a Percival Lake en Google, hazme el favor.
Constance retiró los dedos de las envejecidas y amarillentas teclas de marfil, se apartó del instrumento, abrió un pequeño aparador y sacó el ordenador portátil tirando de la mesita retráctil. Tecleó el nombre.
—Hay un escultor que se llama así. Esculpe obras gigantescas en granito.
—Por eso me sonaba. —Pendergast se quitó los guantes y los dejó a un lado—. Permitámosle entrar.
En cuanto Proctor se fue, Constance se volvió hacia Pendergast con el ceño fruncido.
—¿Tan triste es el estado de nuestras finanzas que has de recurrir al pluriempleo?
—En absoluto. Pero la obra de ese hombre, si bien un poco pasada de moda, resulta estimulante. Si mal no recuerdo, sus figuras emergen de la piedra al igual que el Esclavo que despierta de Miguel Ángel. Lo menos que puedo hacer es recibirlo.
Proctor regresó acompañado por un hombre de aspecto llamativo. Debía de rondar los sesenta y cinco años y lucía una buena mata de cabello gris. Su pelo era lo único que delataba en él el paso del tiempo. Medía casi dos metros, su bello rostro, de facciones muy marcadas, estaba bronceado; era esbelto, de porte atlético, y vestía una americana azul sobre una inmaculada camisa blanca de algodón y unos elegantes pantalones de color beis. Irradiaba vigor y buena salud. Tenía unas manos enormes.
—Inspector Pendergast —dijo acercándose con un par de zancadas y extendiendo el brazo. Envolvió la pálida mano de Pendergast con su gigantesco puño y la sacudió con tal fuerza que casi tiró al suelo la copa de jerez de Pendergast.
«¿Inspector?» Constance hizo una mueca. Por lo visto, su protector ya contaba con el estímulo necesario.
—Siéntese, se lo ruego, señor Lake —dijo Pendergast.
—Gracias. —Lake tomó asiento, cruzó las piernas y se reclinó hacia atrás.
—¿Puedo ofrecerle algo de beber? ¿Un jerez?
—No voy a decirle que no.
Proctor no tardó en servirle una pequeña copa, que depositó junto a su codo. El escultor lo probó.
—Un caldo excelente, gracias. Y gracias también por haber aceptado verme.
Pendergast asintió ligeramente.
—Antes de que me cuente nada, le diré que no puedo atribuirme el título de inspector. Eso es más bien británico. Yo no soy más que un agente especial del FBI.
—Supongo que he leído demasiadas novelas de misterio. —El hombre se recolocó en la silla—. Permítame ir al grano. Vivo en una pequeña localidad costera llamada Exmouth, al norte de Massachusetts. Es un lugar tranquilo, apartado de las rutas turísticas, poco conocido incluso entre las hordas de veraneantes. Hace unos treinta años, mi esposa y yo compramos el faro y la casa del farero de Walden Point, donde he vivido desde entonces. Allí he podido trabajar de maravilla. Siempre he sabido apreciar el buen vino, el tinto, porque el blanco no me interesa. El sótano de nuestra vieja casa es el lugar perfecto para mi considerable colección de vinos, pues al estar bajo tierra y tener las paredes y el suelo de piedra, la temperatura es de trece grados constantes tanto en invierno como en verano. La cuestión es que hace pocas semanas fui a Boston para pasar el fin de semana. Cuando regresé, vi que una de las ventanas traseras estaba rota. No se habían llevado nada de la casa, pero habían vaciado el sótano. ¡Mi bodega había desaparecido!
—Qué terrible contrariedad para usted.
Constance estaba convencida de que podía detectar incluso la más nimia nota de ironía o desdén en la voz de Pendergast.
—Dígame, señor Lake, ¿sigue usted casado?
—Mi esposa murió hace unos cuantos años. Ahora tengo, bueno, una amiga que vive conmigo.
—¿Y estaba con usted el fin de semana que robaron su bodega?
—Sí.
—Hábleme un poco más de sus vinos.
—¿Por dónde empiezo? Dispongo de una colección de Château Léoville Poyferré de 1955, junto con excelentes colecciones de todas las añadas notables de Château Latour, Pichon-Longueville, Petrus, Dufort-Viviens, Lascombes, Malescot-Saint-Exupéry, Château Palmer, Talbot…
Pendergast alzó una mano para frenar aquella retahíla de nombres.
—Lo siento —dijo Lake con una avergonzada sonrisa—. Tiendo a dejarme llevar cuando se trata de vinos.
—¿Solo vinos de Burdeos?
—No. Recientemente había adquirido también algunos vinos italianos maravillosos: Brunello, Amarone y Barolo, en su mayoría. Se los llevaron todos.
—¿Acudió usted a la policía?
—El jefe de policía de Exmouth es un inútil. Un imbécil, mejor dicho. Vino de Boston y lo que se dice cumplir cumple, pero para mí es obvio que no se lo está tomando en serio. Supongo que si se tratase de una colección de cervezas Bud Light estaría más preocupado. Y yo necesito a alguien que encuentre esos vinos antes de que se dispersen o, Dios no lo permita, alguien se los beba.
Pendergast asintió despacio.
—De acuerdo. Pero ¿por qué acudió a mí?
—He leído varios libros sobre su trabajo. Los que escribió Smithback. William Smithback, creo recordar.
Pendergast tardó unos segundos en responder.
—Me temo que esos libros distorsionaron los hechos de un modo burdo. En cualquier caso, respecto a lo que de cierto hay en ellos, se habrá percatado de que centro mi atención en aberraciones de carácter humano, no en robos de botellas de vino. Por lo que lamento decirle que no puedo serle de gran ayuda.
—Bueno, yo creo que sí, porque gracias a esos libros he sabido que usted es algo así como un experto en vinos. —Lake se inclinó hacia delante—. Agente Pendergast, estoy desesperado. Mi esposa y yo pasamos una inconfesable cantidad de horas reuniendo esa colección. Cada una de esas botellas atesora un recuerdo, una historia; sobre todo de los maravillosos años que pasé con ella. En cierto sentido, me siento como si ella hubiese muerto de nuevo. Le aseguro que seré muy generoso con sus honorarios.
—Lamento mucho no poder ayudarlo en este asunto. El señor Proctor lo acompañará hasta la salida.
El escultor se puso en pie.
—Está bien. Sabía que tenía pocas posibilidades. Le agradezco que me haya recibido. —Su expresión adusta se relajó un poco—. Lo único que puedo agradecer a Dios ahora es que los ladrones no se llevaran el Haut-Braquilanges.
La estancia quedó sumida en el silencio.
—¿Château Haut-Braquilanges? —preguntó Pendergast con un hilo de voz.
—Así es. Una caja entera, cosecha de 1904. Una de mis posesiones más preciadas. La había dejado a un lado, en un rincón de la bodega. Las botellas estaban en la caja original de madera. Esos malditos idiotas la pasaron por alto.
Proctor abrió la puerta de la biblioteca, y permaneció a la espera.
—¿Cómo logró adquirir una caja de la cosecha de 1904? Estaba convencido de que ya no quedaba ni una.
—Todo el mundo lo creía. Siempre ando a la búsqueda de colecciones que salen a la venta, sobre todo cuando el dueño muere y sus herederos quieren sacar algo de dinero. Mi esposa y yo encontramos esa caja entre una vieja colección de vinos en Nueva Orleans.
Pendergast alzó una ceja.
—¿En Nueva Orleans?
—Se trataba de una antigua familia francesa con posibles que estaba pasando por momentos difíciles.
Constance observó a Pendergast. Un mohín de irritación cruzó el rostro del agente especial, ¿o era humillación?
Lake caminaba ya hacia la puerta abierta cuando Pendergast se levantó de su silla.
—Lo he pensado mejor: me haré cargo de su pequeño problema.
—¿En serio? —Lake se dio la vuelta. Una gran sonrisa se dibujaba en su cara—. ¡Eso es genial! Como le he dicho, seré muy generoso con sus honorarios, sean los que…
—Mis honorarios son muy sencillos: una botella de Haut-Braquilanges.
Lake pareció dudar.
—Yo tenía en mente algo más parecido a un acuerdo económico.
—La botella cubrirá mis honorarios.
—Pero tendré que abrir la caja… —Su voz se apagó y reinó el silencio. Hasta que Lake sonrió—. De acuerdo. ¿Por qué no? Realmente no parece usted muy necesitado de dinero. Y estoy encantado de que me ayude. De hecho, ¡le permitiré escoger la que quiera! —Sonrojado a causa de esa efusión de generosidad, Lake le tendió la mano de nuevo.
Pendergast correspondió a su gesto.
—Señor Lake, facilítele a Proctor su dirección y los números de contacto. Me reuniré con usted en Exmouth mañana.
—Lo estaré esperando. No he tocado nada del sótano; lo he dejado todo tal como quedó. La policía pasó por allí, pero no hicieron más que tomar un par de fotos con un teléfono móvil. ¿Puede creerlo?
—Sería de gran utilidad que encontrase una excusa para quitarse de encima a la policía, si es que vuelven.
—¿Volver? Dudo mucho que lo hagan.
Segundos después, Lake salió de la estancia acompañado por Proctor. Constance se volvió hacia Pendergast. Él le devolvió la mirada; sus ojos plateados destellaron divertidos.
—¿Puedo saber qué acabas de hacer? —preguntó Constance.
—He aceptado un caso.
—¿Un robo de botellas de vino?
—Querida Constance, Nueva York se ha librado de asesinos en serie durante estos últimos meses hasta tal punto que resulta deprimente. Mi plato, como suele decirse, está vacío. Es la ocasión perfecta para unas vacaciones: una semana o dos en un encantador pueblo costero, fuera de temporada, con un caso entre manos de lo más entretenido para pasar el rato. Por no hablar del agradable carácter de mi cliente.
—Yo hablaría más bien de un carácter impulsivo y autocomplaciente.
—Eres mucho más misántropa que yo. Me vendrá bien el vigorizante y otoñal aire del mar para recuperarme de los últimos acontecimientos.
Constance le dirigió una elocuente mirada. Pendergast tenía razón: tras el amargo trago por el que había tenido que pasar en verano, cualquier clase de diversión sería bienvenida.
—Pero lo de una botella de vino como pago… Pronto estarás ofreciendo tus servicios a cambio de una hamburguesa del Foster’s Hollywood.
—Lo dudo. Ese vino es la razón para aceptar el caso, la única razón. En el siglo XIX, las bodegas Château Haut-Braquilanges produjeron el mejor vino de Francia. Su famoso burdeos provenía de un único viñedo, de apenas una hectárea, con cepas de cabernet sauvignon, cabernet franc y merlot. Estaba situado en una colina cerca de Fronsac. Por desgracia, esa colina se convirtió en campo de batalla durante la Primera Guerra Mundial; barrida por el gas mostaza y envenenada para siempre, las bodegas perdieron su prestigio. Se tiene constancia de la existencia de unas dos docenas de botellas añejas provenientes de ese chateau. Pero de ninguna que perteneciera a la mejor cosecha de todas, la de 1904. Se creía que todas las botellas habían desaparecido. Resulta extraordinario que nuestro hombre sea propietario de toda una caja. Ya has visto lo reticente que se ha mostrado a deshacerse de una sola de esas botellas.
Constance se encogió de hombros.
—Espero que disfrutes de las vacaciones.
—Sin la menor duda, serán unos días de asueto estupendos para nosotros.
—¿Para nosotros? ¿Quieres que vaya contigo? —Constance notó que se le encendían las mejillas.
—Así es. Creo que estás preparada para unas vacaciones de este tipo, lejos de un entorno que te resulte familiar. Es más, te diré que necesitas estas vacaciones tanto como yo. Y así, de paso, tendré la posibilidad de evitar esas cartas de la administración del Jardín Botánico, ¿no te parece?
2
Constance Greene empezó a notar el aire del mar en cuanto el Porsche descapotable conducido por Pendergast enfiló el puente Metacomet, apenas un puñado de pilares oxidados y soportes deteriorados que se extendían sobre la amplia marisma. El sol de mediados de octubre centelleó momentáneamente en el agua cuando lo cruzaron a toda velocidad. Al otro lado de la marisma, la carretera se adentraba en un oscuro bosque de pinos, que no tardaron en atravesar. Justo en la curva donde la marisma se encontraba con el océano estaba el pueblo de Exmouth, Massachusetts. Para Constance era la viva estampa del típico pueblecito de Nueva Inglaterra que se había imaginado, con su conjunto de casas con tejados de teja a lo largo de la calle principal, varios campanarios y el ayuntamiento de ladrillo rojo de rigor. Mientras recorrían la calle principal, Constance examinó los alrededores con verdadero interés.
El pueblo desprendía un sutil aire de benigna dejadez que no hacía sino añadirle encanto: una población costera con edificios construidos con tablas pintadas de blanco, gaviotas sobrevolando el lugar, irregulares aceras de ladrillo y negocios de carácter local. Dejaron atrás una gasolinera, unos cuantos escaparates con grandes vidrieras, una cafetería, una funeraria, un cine que se había convertido en una librería y la mansión de un capitán mercante del siglo XVIII, con su correspondiente mirador en lo alto. En la fachada, la mansión lucía la placa del Museo de la Sociedad Histórica de Exmouth.
Las pocas personas que paseaban por la calle se detuvieron a echarles un vistazo al pasar por su lado. A Constance le sorprendió su propia curiosidad. Aunque nunca lo habría admitido, sabía que a pesar de sus muchas lecturas había visto tan poco mundo que se sentía como Marco Polo en su propia tierra.
—¿Has visto a algún posible ladrón de vinos? —preguntó Pendergast.
—Ese elegante anciano con chaqueta de madrás y pajarita morada parecía sospechoso.
Pendergast aminoró la velocidad y se acercó con cuidado al bordillo.
—¿Nos detenemos?
—Tenemos algo de tiempo. Quiero que probemos lo que tengo entendido que es la mayor exquisitez local: sándwich de langosta.
Cuando bajaron del coche, el caballero de la chaqueta de madrás pasó por su lado y los saludó con una inclinación de cabeza antes de seguir su camino.
—Sospechoso, sin duda —murmuró Constance.
—Solo por la pajarita, ya merecería que lo detuviesen.
Caminaron por la acera y giraron por una calle que llevaba al puerto. Había toda una serie de casetas de pescadores intercaladas con tiendas y unos cuantos restaurantes, y una hilera de embarcaderos que se adentraban en la bahía, en la frontera con las marismas. Más allá, por encima de las algas mecidas por las olas, Constance distinguió la brillante línea del océano. ¿Podría ella vivir en un pueblo como este? De ninguna manera. Pero era un lugar interesante para estar de visita.
Junto a las tiendas del puerto había un chiringuito de marisco, con un dibujo hecho a mano de una langosta y una almeja bailando frente a una fila de mejillones que tocaban instrumentos.
—Dos sándwiches de langosta, por favor —dijo Pendergast al entrar en el chiringuito.
Recibieron la comanda en un abrir y cerrar de ojos: unos enormes pedazos de langosta con salsa cremosa sobre una rebanada de pan de perrito caliente, que estaba bañado en mantequilla y no dejaba de chorrear sobre la bandeja de cartón.
—¿Cómo se come esto? —le preguntó Constance mirándolo fijamente.
—No tengo ni la más remota idea.
Un coche patrulla de dos colores entró en el aparcamiento que tenían al lado y dio una vuelta de reconocimiento. El auto ralentizó la marcha y el agente que estaba al volante, un hombre corpulento con galones de capitán en el hombro, los observó unos segundos, sonrió amablemente y siguió adelante.
—Ese es el jefe de policía del pueblo —dijo Pendergast al tiempo que tiraba su sándwich de langosta a un cubo de basura.
—Al parecer algo le hacía gracia.
—Sí, y creo que en breve vamos a descubrir de qué se trata.
Cuando regresaron a la calle principal, Constance vio que había una multa en el parabrisas del Porsche. Pendergast la examinó.
—Por lo visto he ocupado dos plazas al aparcar. Qué negligente por mi parte.
Constance se fijó en que Pendergast, efectivamente, había estacionado el coche en línea en una zona de aparcamiento en batería.
—Pero apenas hay coches aparcados en la calle.
—La ley es la ley.
Pendergast se guardó la multa en el bolsillo y subieron al coche. Puso en marcha el motor y arrancó. No tardaron en dejar atrás el pueblo. Las tiendas dieron paso a sencillas casas con tejado. La carretera ascendía a través de un prado de hierba flanqueado por robles gigantescos hasta alcanzar un altozano con vistas al Atlántico. Más adelante, hacia los acantilados, Constance divisó el faro de Exmouth, su destino. Estaba pintado en un tono blanco roto, con la punta de color negro, y se recortaba nítidamente contra el cielo azul. Junto a él se encontraba la casa del farero, de un aire tan austero como el de un cuadro de Andrew Wyeth.
Al aproximarse, Constance también pudo ver varias esculturas dispersas por el prado que bordeaba el acantilado, rudas estructuras graníticas con formas pulidas y hasta cierto punto siniestras que parecían emerger de la piedra: rostros, partes del cuerpo, míticas criaturas marinas. Sin duda se trataba de una impresionante ubicación para un jardín de esculturas.
Pendergast dejó el descapotable en un lateral del camino de grava junto a la casa. En cuanto bajaron del coche, Percival Lake apareció por la puerta y se dirigió al porche.
—¡Bienvenidos! ¡Dios del cielo, a eso lo llamo yo viajar con estilo! Si no me equivoco, ese es un Spyder 550 del cincuenta y cinco —dijo mientras bajaba los escalones.
—Del cincuenta y cuatro, para ser exactos —puntualizó Pendergast—. Es el coche de mi última esposa. Yo prefiero vehículos más cómodos, pero mi socia, la señorita Greene, insistió en que viniésemos en este.
—No es cierto —replicó ella.
—Su socia. —El hombre la miró alzando las cejas, un gesto irónico que a Constance no le gustó nada—. Encantado de volver a verla.
Ella le dio la mano con obvia frialdad.
—Vayamos al lugar de los hechos —dijo Pendergast.
—No pierde usted el tiempo.
—Cuando se trata de la investigación de un delito, existe una relación inversamente proporcional entre la calidad de las pruebas y el tiempo transcurrido hasta que se examinan dichas pruebas.
—Cierto. —Lake los condujo al interior de la casa.
Pasaron por el vestíbulo y por el salón, que ofrecía unas amplias vistas del océano. Aquella vieja casa se mantenía en buen estado, estaba ventilada y fresca, y la brisa marina mecía los visillos. En la cocina, una atractiva rubia platino de unos treinta años, delgada y esbelta, cortaba zanahorias.
—Esta es mi socia, Carole Hinterwasser —les dijo Lake—. Te presento al agente Pendergast y a Constance Greene. Están aquí para encontrar mi colección de vinos.
La mujer los recibió con una gran sonrisa que dejaba a la vista unos dientes blancos. Se secó las manos con un trapo para devolverles el saludo.
—Discúlpenme, estaba preparando una menestra de verduras. ¡Cuánto me alegra que hayan venido! Perce está destrozado. Esos vinos significan mucho para él; y no precisamente por su valor económico.
—Por eso estamos aquí —repuso Pendergast.
Constance advirtió la mirada penetrante con que la observaron los ojos plateados del agente del FBI.
—Síganme —dijo Lake.
Había una puerta estrecha al fondo de la cocina. Lake la abrió y le dio al interruptor de la luz, que les permitió ver unas maltrechas escaleras que descendían hacia la oscuridad. Les llegó un intenso y fresco olor a tierra húmeda y a piedra.
—Tengan cuidado —les advirtió Lake—. Los escalones son muy pronunciados.
Se adentraron en un espacio laberíntico, con las paredes de piedra cubiertas de un polvo blanco: nitrato de potasio. El suelo también era de piedra. En una de las estancias había una caldera y un calentador de agua, otra era una especie de taller repleto de herramientas de aire comprimido, bolsas de tierra, trajes protectores y material para pulir piedra.
Bordearon una esquina y fueron a parar a la mayor de las salas del sótano. Una de las paredes estaba cubierta, desde el techo hasta el suelo, con botelleros de madera. Había etiquetas amarillas enganchadas en la madera y también tiradas por el suelo, así como restos de botellas rotas. Se notaba en el aire un fuerte olor a vino.
Pendergast cogió un fragmento de botella y leyó la etiqueta.
—Château Latour del sesenta y uno. Esos ladrones han sido de lo más descuidados.
—Menudo estropicio causaron, los muy cretinos.
Pendergast se arrodilló frente al bastidor más cercano y lo examinó con una potente linterna de bolsillo.
—Cuénteme algo del fin de semana del robo.
—Carole y yo nos fuimos a Boston. Lo hacemos con cierta frecuencia. Vamos a cenar o a escuchar a la sinfónica o a visitar algún museo; para recargar baterías. Nos marchamos el viernes a primera hora de la tarde y regresamos el domingo al anochecer.
Pendergast iba enfocando con la linterna aquí y allá.
—¿Quiénes estaban al corriente de que habían salido?
—La gente de por aquí casi toda, supongo. Hay que cruzar el pueblo para salir. Ya han podido comprobar que Exmouth es una aldea pequeña. Todo el mundo sabe que vamos a Boston habitualmente.
—Me dijo que rompieron una ventana. Doy por supuesto que la casa estaba cerrada con llave.
—Así es.
—¿Tiene sistema de alarma?
—No. Imagino que ahora parece una estupidez. Pero por estos pagos apenas se cometen delitos. Ya ni me acuerdo de la última vez que hubo un robo en Exmouth.
Pendergast sacó del bolsillo de su traje un tubo de ensayo y unas pinzas, que utilizó para arrancar algo de uno de los estantes de madera e introducirlo en el tubo.
—¿Cuál es la historia de esta casa? —preguntó Pendergast.
—Es una de las más antiguas al norte de Salem. Como ya le dije, era la casa del farero. Fue construida en 1704, aunque se le han ido añadiendo elementos en fechas posteriores. La compramos mi esposa y yo, y las reformas nos llevaron bastante tiempo. En tanto que escultor, puedo trabajar en cualquier parte, pero consideramos que este era un lugar idílico: tranquilo, apartado de las rutas más transitadas y aun así al lado de Boston. Encantador y desconocido. Y el granito local es espléndido. Hay una cantera justo al otro lado de las marismas. Parte del granito rosa que se utilizó para construir el Museo de Historia Natural de Nueva York salió de esa cantera. Un material estupendo.
—Me gustaría visitar alguna vez su jardín de esculturas.
—¡Por supuesto! Se alojan en el hotel, ¿no es cierto? Les prepararé una visita guiada.
Mientras Lake alababa el granito local, Constance observaba cómo Pendergast se ponía perdidos los pantalones del traje caminando de rodillas para escudriñar el suelo de la bodega.
—¿Y las botellas de Braquilanges? Supongo que están en esa caja del rincón.
—Sí. ¡Gracias a Dios las pasaron por alto!
Pendergast se puso en pie. Su pálido rostro reflejaba preocupación. Se acercó a aquella caja con el sello del chateau estampado en un lateral. La tapa estaba suelta, así que Pendergast la levantó para echar un vistazo en su interior. Sacó una de las botellas con sumo cuidado, acunándola como si se tratase de un bebé.
—Quién lo habría imaginado… —murmuró.
Devolvió la botella a su sitio.
Pendergast regresó junto a los botelleros vacíos haciendo crujir los trozos de cristal esparcidos por el suelo. En esta ocasión, examinó la parte alta. Tomó algunas muestras más, enfocó la luz hacia el techo y después hacia el suelo, donde los botelleros estaban fijados. Sin previo aviso, agarró uno de los listones de madera de la parte central y tiró con fuerza. Con un quejumbroso crujido, el botellero se separó dejando a la vista la pared de piedra que tenía detrás.
—¿Qué demonios…? —empezó a decir Lake.
Pero Pendergast no le hizo caso. Agarró otros listones y los fue apartando hasta dejar expuesta la parte central de la pared. Luego sacó un cortaplumas, lo introdujo entre dos piedras y empezó a raspar y escarbar hasta aflojar una de ellas y extraerla. La dejó en el suelo con cuidado y apuntó la luz de la linterna hacia el hueco que había quedado. Constance descubrió sorprendida que al otro lado se abría un espacio.
—Que me parta un rayo… —exclamó Lake acercándose para echar un vistazo.
—Apártese —dijo Pendergast cortante.
El agente del FBI sacó entonces unos guantes de látex de su bolsillo y se los colocó. Se quitó la americana, la extendió sobre el mugriento suelo y colocó encima la piedra que había sacado de la pared. Con rapidez, pero no por ello con menos destreza, Pendergast extrajo otro bloque de piedra y otro más y otro más, y los fue disponiendo bocarriba sobre la americana. Constance parpadeó varias veces: el traje inglés hecho a medida sin duda iba a quedar para el arrastre.
En la pared fue formándose poco a poco un estrecho nicho. Estaba vacío, de no ser por unas cadenas que estaban ancladas a la piedra en la pared del fondo, de las que colgaban grilletes de hierro para pies y manos. Constance observaba con total indiferencia; tiempo atrás había descubierto unos artilugios similares en el sótano de la mansión Pendergast en Riverside Drive. El agente del FBI, sin embargo, estaba más pálido de lo habitual.
—Estoy abrumado —dijo Lake—. No tenía ni idea de…
—Silencio, por favor —lo interrumpió Constance—. Mi mentor, es decir, el señor Pendergast, está ocupado.
Pendergast continuó extrayendo piedras hasta que el nicho entero quedó a la vista. Tenía unos dos metros de altura, uno de anchura y uno de profundidad. Era tan antiguo como la propia casa, y sin lugar a dudas había sido construido para que en él cupiese una persona. Los grilletes para pies y manos estaban oxidados y habían quedado cerrados, pero no había huesos. El nicho estaba inexplicablemente limpio, advirtió Constance; no se apreciaba ni una mota de polvo.
Pendergast se arrodilló ante el nicho e inspeccionó cada una de las pequeñas grietas y fisuras equipado con una lupa de aumento, las pinzas y varios tubos de ensayo. Constance lo estuvo observando durante diez minutos, hasta que Pendergast, habida cuenta de que no encontraba nada de interés, centró su atención en el suelo, justo delante del nicho. En ello pasó otro rato. Lake tenía la vista clavada en él, y resultaban evidentes sus esfuerzos por mantenerse callado.
—¡Ah! —exclamó Pendergast de repente.
Se puso en pie sujetando con las pinzas lo que parecía ser un hueso diminuto. Acercó la lupa a sus ojos y estudió el hueso manteniéndolo a cierta distancia. Después se arrodilló de nuevo y haciendo prácticamente una genuflexión por encima de las piedras que había extraído, examinó la parte trasera de las mismas con la linterna y la lupa.
Al rato alzó la vista y sus ojos plateados se clavaron en los de Constance.
—¿Qué ocurre? —preguntó ella.
—Se acabaron las vacaciones.
—¿A qué te refieres?
—Esto no es un simple robo de botellas de vino. Es un caso de mucha mayor envergadura, y sin duda mucho más peligroso. No puedes quedarte aquí. Debes regresar a Riverside Drive.
3
Constance miró fijamente a Pendergast. Tenía la cara cubierta de polvo. Tras unos segundos, le dijo:
—¿Demasiado peligroso? ¿Para mí? Aloysius, creo que no tienes en cuenta con quién estás hablando.
—Claro que sí.
—Entonces será mejor que te expliques.
—Desde luego. —Introdujo el pequeño hueso en uno de los tubos de ensayo, le puso un tapón y se lo pasó a Constance—. Sujeta esto.
Ella tomó el tubo y también la lupa.
—Se trata de la falange distal del índice de la mano izquierda de un ser humano. Puedes comprobar que la punta del hueso está astillada, raspada y fracturada. La rotura tuvo lugar perimortem, es decir: poco antes de la muerte.
Constance le devolvió el tubo.
—Ya lo veo.
—Ahora pasemos a las piedras. —Pivotó sobre sus talones con la linterna en la mano—. Las he dispuesto sobre mi americana según el orden en que estaban colocadas en la pared, con la cara interior hacia nosotros. Fíjate en las profundas incisiones, en los arañazos, y en las salpicaduras de esa oscura sustancia. —Constance se fijó en lo que le estaba señalando con la linterna—. ¿Qué te dicen esas marcas?
Se esperaba esa pregunta.
—Pues que alguien, hace muchos años, fue encadenado y emparedado vivo en ese nicho, y que intentó salir de ahí valiéndose de sus uñas.
Una triste sonrisa se dibujó en el rostro de Pendergast.
—Excelente.
—Eso es terrible —interrumpió Lake con el gesto descompuesto—. Terrible. ¡No tenía ni idea! Pero… ¿cómo supo que ahí había un nicho?
—Los ladrones no se llevaron el Braquilanges. Esa fue para mí la primera pista. Cualquiera que se líe a robar toda una bodega tiene que saber algo de esos vinos legendarios. En un caso de estas características, uno no puede ser tan chapucero como para romper una botella de Château Latour del sesenta y uno. —Pendergast apuntó con el dedo hacia cristales rotos en el suelo—. Una de esas botellas vale por lo menos quince mil dólares. Por eso pensé desde el principio que estábamos lidiando con ladrones, pero no con ladrones especializados en vino. No. Vinieron aquí a por algo mucho más valioso. Como mínimo más valioso para ellos. Eso fue lo que me indujo a mirar detrás de los botelleros del vino, donde aprecié pruebas de actividad reciente, lo que a su vez me llevó al nicho.
Lake observó con cautela en el interior del nicho.
—¿Realmente cree que encerraron a alguien ahí dentro?
—Sí.
—¿Y piensa que organizaron el robo… para sacar de ahí los huesos?
—Sin duda. —Pendergast golpeteó con el dedo el tubo de ensayo que contenía el hueso.
—Dios mío.
—Lo del emparedamiento es cosa del pasado, eso está claro. Aun así, quienes se llevaron los restos debían de estar al corriente de ese crimen. Y o bien pretendían encubrirlo o bien recuperar algo que estaba en el nicho. O ambas cosas. Se tomaron muchas molestias para ocultar sus intenciones. Lástima que olvidasen este hueso. Resulta de lo más elocuente.
—¿Y lo del peligro? —preguntó Constance.
—¡Mi querida Constance! Esto es obra de delincuentes locales, o como mínimo de alguien que se conoce al dedillo la historia de este pueblo. Estoy convencido de que también sabían que había algo más, junto al esqueleto emparedado. Posiblemente, algo de gran valor. Y como tuvieron que mover los botelleros del vino y no fueron capaces de evitar este estropicio, fingieron un robo para despistar.
—Habla en plural… —dijo Lake—. ¿Fueron varias personas?
—Cabe suponerlo. Lo digo por el esfuerzo que requirió hacerlo.
—Sigues sin señalar el elemento peligroso del asunto —repuso Constance.
—El peligro viene dado por el hecho de que ahora voy a investigar. A los autores no les hará gracia. Darán los pasos necesarios para protegerse.
—¿Y crees que yo soy vulnerable?
El silencio se prolongó hasta que Constance comprendió que Pendergast no iba a contestar a la pregunta.
—Aquí, el único peligro real es lo que les ocurrirá a esos delincuentes si cometen el error de cruzarse contigo —dijo ella con un hilo de voz—. Porque entonces tendrán que responder ante mí.
Pendergast negó con la cabeza.
—Eso, a decir verdad, es lo que más miedo me da. —Se calló y reflexionó unos segundos—. Si te permito que te quedes, tendrás que… controlarte.
Constance ignoró el significado implícito en aquellas palabras.
—Confío en que me considerarás de gran ayuda, en particular en lo relativo a los aspectos históricos; porque es obvio que tiene algo que ver con la historia.
—Un enfoque acertado. Sin duda podré beneficiarme de tu ayuda. Pero, por favor, nada de ir por tu cuenta. Ya tuve bastante con lo de Corrie.
—Por suerte, yo no soy Corrie Swanson.
El silencio se adueñó de la estancia.
—Bien —dijo Lake al fin—. Salgamos de este sótano frío y húmedo, tomemos una copa, veamos la puesta de sol y hablemos de cuáles van a ser los pasos siguientes. Tengo que confesar que estoy totalmente conmocionado por este descubrimiento. Más bien macabro, pero no por ello menos fascinante.
—Fascinante, sí —convino Pendergast—. Y también peligroso. No lo olvide, señor Lake.
Se sentaron en el porche mirando al océano, mientras el sol se ponía a sus espaldas vertiendo destellos anaranjados, rojizos y morados sobre las nubes que se apilaban en la parte más oriental del horizonte. Lake había descorchado una botella de Veuve Clicquot.
Pendergast aceptó una copa.
—Señor Lake, si no le importa, me gustaría hacerle unas cuantas preguntas.
—No me importan las preguntas, pero ese «señor Lake» sí. Llámeme Perce.
—Soy del sur. Le agradecería, si me lo permite, que empleáramos un trato formal.
Lake alzó la vista al cielo.
—Bien, si eso es lo que usted desea…
—Se lo agradezco. Ha comentado en varias ocasiones el escaso servicio prestado por la policía. ¿Qué han hecho hasta ahora en relación con el caso?
—¡Nada en ab
