PRELUDIO
Abril de 1912
El hombre que ocupaba el camarote 33 de la cubierta A se daba vueltas en su estrecha litera; su mente estaba extraviada en las profundidades de una pesadilla. Era bajo, no medía más de un metro cincuenta y cinco; su cabello era blanco y ralo y en su inexpresiva cara el único rasgo notable era un par de hirsutas cejas oscuras. Sus manos yacían entrelazadas sobre el pecho, sus dedos se agitaban nerviosamente. Aparentaba algo más de cincuenta años. Su piel tenía el color y la textura de una acera de cemento y bajo sus ojos las arrugas estaban profundamente marcadas. Sin embargo, le faltaban apenas diez días para cumplir treinta y cuatro años.
El esfuerzo físico y el tormento mental de los últimos cinco meses lo habían agotado hasta llevarlo al borde mismo de la locura. Durante sus horas de vigilia sorprendía a su mente vagando por vacíos canales, fuera de las dimensiones del tiempo y la realidad. Tenía que recordarse continuamente dónde estaba y qué día era. Se estaba volviendo loco, lenta pero irrevocablemente loco, y lo peor era que lo sabía.
Abrió los ojos y los enfocó en el silencioso ventilador que pendía del cielo raso del camarote. Al pasarse la mano por la cara, palpó la barba de dos semanas que la cubría. No le hacía falta mirarse la ropa; sabía que estaba sucia, arrugada y manchada de sudor. Debería haberse bañado y cambiado después de subir a bordo, pero se había refugiado en su litera para dormir con un temeroso y obseso sueño intermitente durante casi tres días.
Era el atardecer del domingo y la nave no llegaría a Nueva York hasta las primeras horas del miércoles, casi cincuenta horas más tarde.
Intentó convencerse de que ya estaba a salvo, pero su mente se negaba a aceptarlo pese al hecho de que el botín que tantas vidas había costado estaba totalmente seguro. Por centésima vez tocó el bulto en el bolsillo de su chaleco. Habiendo comprobado que la llave seguía allí, se frotó la frente y volvió a cerrar los ojos.
No sabía con seguridad cuánto tiempo había dormitado. Algo lo había hecho despertar sobresaltado. No había sido un ruido fuerte ni una sacudida violenta, sino más bien un movimiento tembloroso surgido de su colchón y un extraño ruido rechinante en algún sitio por debajo de su camarote de estribor. Se irguió hasta quedar sentado y apoyó los pies en el suelo. Pocos minutos después sintió un silencio insólito, sin vibraciones. Entonces su mente confusa comprendió que los motores se habían detenido. Se quedó allí sentado, escuchando, pero los únicos sonidos eran la conversación de los camareros en los pasillos y las voces apagadas que provenían de los camarotes contiguos.
Un helado tentáculo de intranquilidad lo envolvió. Tal vez otro pasajero habría hecho caso omiso de la interrupción y se habría vuelto a dormir, pero él estaba muy cerca de un colapso mental y sus cinco sentidos se empeñaban en magnificar cada impresión. Tres días encerrado en su camarote, sin comer ni beber, reviviendo los horrores de los cinco meses anteriores, no hicieron más que alimentar los fuegos de la demencia dentro de su deteriorada mente.
Abrió la puerta y recorrió el pasillo con andar vacilante hasta la escalera principal. Los pasajeros reían y charlaban dirigiéndose del salón a sus camarotes. Miró el ornado reloj de bronce flanqueado por dos figuras en bajorrelieve sobre el rellano de la escalera. Las manecillas doradas indicaban las once y cincuenta y uno.
Un camarero que estaba junto a una lámpara de pie, al final de la escalera, le dirigió una mirada desdeñosa, evidentemente fastidiado al ver que un pasajero tan andrajoso recorría las instalaciones de primera clase, mientras que todos los demás se paseaban por las lujosas alfombras orientales en elegantes trajes de noche.
–Los motores se han detenido –dijo el pasajero con voz pastosa.
–Probablemente un ajuste de poca importancia, señor –replicó el camarero–. Éste es un barco nuevo en su primer viaje, ya sabe… Es inevitable que haya detalles que retocar. No se preocupe. Es insumergible.
–Si está hecho de acero, se puede hundir. –Se frotó los ojos inyectados–. Echaré una ojeada afuera…
El camarero meneó la cabeza.
–No se lo recomiendo, señor. Hace un frío espantoso.
El pasajero del traje arrugado estaba habituado al frío. Volviéndose, subió un tramo de escalera y traspuso una puerta que conducía a la cubierta de estribor. Entonces lanzó una exclamación ahogada, como si mil agujas lo hubieran traspasado. Después de estar tres días acostado en el cálido vientre del camarote, la temperatura de cinco grados bajo cero le dio una terrible sacudida. No había el más leve indicio de brisa, nada más que un frío penetrante, inmóvil, que pendía del cielo sin nubes como una mortaja.
Dirigiéndose a la barandilla, se levantó el cuello de la chaqueta. Se asomó, pero no vio más que el mar oscuro, sereno como el estanque de un jardín. Después miró a popa y a proa. La cubierta de botes, desde el salón de fumar de primera clase hasta la timonera situada delante de los camarotes de los oficiales, estaba totalmente desierta. Sólo el humo que se elevaba desde tres de las cuatro enormes chimeneas amarillas y negras y las luces que brillaban a través de las ventanas del salón y la sala de lectura, revelaban alguna actividad humana.
La blanca espuma que bordeaba el casco disminuyó y se ennegreció, mientras el enorme navío perdía lentamente impulso y flotaba en silencio bajo el infinito manto de estrellas. El comisario de a bordo salió del comedor de oficiales y se asomó por la borda.
–¿Por qué nos hemos detenido?
–Hemos chocado con algo –respondió el comisario sin volverse.
–¿Es grave?
–Probablemente no, señor. Si entra algo de agua, las bombas la sacarán.
De pronto, de los ocho tubos de escape exteriores brotó un bramido ensordecedor, como si cien locomotoras a toda marcha atravesaran un túnel al mismo tiempo. A pesar de que se tapaba los oídos con las manos, el pasajero reconoció la causa. Había trabajado con maquinarias el tiempo suficiente como para saber que el exceso de vapor proveniente de los motores alternos detenidos escapaba por las válvulas de paso. El terrible estrépito le impidió seguir hablando con el comisario. Al volverse, vio a otros miembros de la tripulación que aparecían en cubierta. Un espantoso temor le inundó el estómago al ver que comenzaban a retirar las lonas que cubrían los botes salvavidas y a quitar las sogas del pescante.
Casi una hora permaneció allí, mientras el estrépito de los tubos de escape se extinguía lentamente en la noche. Asido de la barandilla, sin advertir el frío, apenas notó a los pequeños grupos de pasajeros que habían empezado a recorrer la cubierta en una suerte de confusión extraña y silenciosa.
Un oficial de segunda del barco pasó a su lado. Era joven, apenas poco más de veinte años, y su tez era de un blanco lechoso, típicamente británico; y su expresión, típicamente británica, de estar aburrido de todo. Se acercó al hombre que estaba junto a la borda y lo palmeó en el hombro:
–Discúlpeme, señor. Tiene que ponerse el chaleco salvavidas.
El otro se volvió con lentitud y lo miró con fijeza.
–Nos vamos a hundir, ¿no es cierto? –preguntó con voz ronca.
El oficial vaciló antes de asentir.
–Entra más agua de la que las bombas pueden sacar.
–¿Cuánto tiempo tenemos?
–Es difícil decirlo. Tal vez una hora, si el agua no llega a las calderas.
–¿Qué ha pasado? ¿Con qué chocamos?
–Con un témpano. Ha desgarrado el casco. Mala suerte, señor.
El hombre apretó el brazo del oficial con tanta fuerza, que el joven se sobresaltó.
–Tengo que ir a la bodega de carga.
–Eso no es posible, señor. La sala de correspondencia de la cubierta F se está inundando y los equipajes ya flotan en la bodega.
–Tiene que llevarme hasta allí.
El oficial intentó liberar su brazo, pero el hombre se lo sujetaba con firmeza.
–¡Imposible! Tengo órdenes de ocuparme de los botes salvavidas de estribor.
–Otro oficial puede hacerse cargo de los botes –dijo el pasajero con tono inexpresivo–. Usted me conducirá a la bodega de carga.
Fue entonces cuando el oficial advirtió dos cosas inquietantes. Primero, la expresión desdeñosa del pasajero; segundo, el cañón del arma que apretaba contra sus genitales.
–Haga lo que le digo si quiere tener nietos –gruñó el hombre.
El oficial miró en silencio el arma y luego alzó la vista. No cabía pensar en discutir ni en ofrecer resistencia. Los ojos enrojecidos que lo miraban ardían desde las profundidades de la demencia.
–Lo intentaré.
–¡Inténtelo, pues! –exclamó el pasajero–. Y no haga tonterías… Estaré detrás de usted todo el tiempo. Un estúpido error y le volaré el espinazo.
Guardó discretamente el arma en un bolsillo de la chaqueta, manteniendo el cañón apretado contra la espalda del oficial. Ambos se abrieron paso entre la agitada multitud que ahora colmaba la cubierta. Ya era un barco distinto. Nada de risas ni de alegría, y sin distinciones de clase; pobres y ricos estaban unidos por el vínculo común del miedo. Los camareros eran los únicos que sonreían y conversaban mientras distribuían salvavidas blancos.
Las bengalas se elevaron en el aire; parecían pequeñas y vanas bajo la asfixiante negrura; nadie, aparte de los que estaban a bordo de la condenada nave, las vio estallar en blancos destellos. Éstos proporcionaron un telón de fondo espectral para los adioses desgarradores, las forzadas expresiones de esperanza en los ojos de los hombres que tiernamente depositaban a sus mujeres e hijos en los botes salvavidas. La terrible irrealidad de la escena se vio realzada cuando los ocho músicos de la banda de a bordo se reunieron en cubierta, incongruentes con sus instrumentos y sus blancos salvavidas. Empezaron a tocar La banda de Alejandro, de Irving Berlin.
Acicateado por la pistola, el oficial bajó por la escalera principal, forcejeando contra la oleada de pasajeros que se precipitaba hacia los botes salvavidas. El ángulo bajo la proa se estaba haciendo más pronunciado. Descendieron los escalones con paso irregular. Tomaron un ascensor y bajaron a la cubierta D.
El joven oficial se volvió y observó al hombre cuyo extraño capricho lo había sujetado más firmemente aún en los lazos de una muerte segura. Tenía los labios apretados y los ojos vidriosos, con una mirada lejana. El pasajero alzó la vista y advirtió que el oficial lo observaba. Por un instante sus miradas se cruzaron.
–No se preocupe…
–Bigalow, señor.
–No se preocupe, Bigalow. Terminará antes de que se hunda.
–¿A qué sección de la bodega de carga quiere ir?
–A la número uno, cubierta G.
–La cubierta G estará ya seguramente bajo el agua.
–Sólo lo sabremos al llegar allí, ¿no?
Cuando las puertas del ascensor se abrieron, los dos hombres salieron y se abrieron paso a empellones entre la multitud.
Bigalow se quitó el cinturón salvavidas y corrió alrededor de la escalera que conducía a la cubierta E. Allí se detuvo, miró hacia abajo y vio el agua que subía y cubría los escalones con lentitud, centímetro a centímetro, de modo implacable. Bajo el agua fría y verde brillaban todavía algunas luces que despedían un resplandor espectral.
–Es inútil. Véalo usted mismo.
–¿Hay otro modo de llegar?
–Las compuertas herméticas fueron cerradas de inmediato después del siniestro. Tal vez podríamos bajar por una de las escaleras de emergencia.
–Bien. Siga andando.
Recorrieron rápidamente el trayecto a lo largo de tortuosos pasadizos, pasando por interminables laberintos de acero y escaleras. Bigalow se detuvo, levantó una trampa redonda y espió dentro de la estrecha abertura. Se sorprendió al ver que abajo, en la bodega, el agua apenas había alcanzado medio metro de profundidad.
–No hay nada que hacer –mintió–. Está inundada.
El pasajero lo apartó bruscamente para mirar con sus propios ojos.
–Está bien para lo que me propongo –dijo con lentitud, señalando la escotilla con su pistola–. Adelante…
Las luces eléctricas del techo brillaban todavía en la bodega cuando los dos hombres avanzaron chapoteando hacia el depósito del barco.
Ambos tropezaron y cayeron varias veces en el agua helada, que entumeció sus cuerpos. Tambaleándose como borrachos, llegaron por fin a la bóveda, en medio del compartimiento de carga. Tenía dos metros y medio de alto y sus sólidas paredes, de treinta centímetros de espesor, eran de acero de Belfast.
El pasajero sacó una llave del bolsillo de su chaleco y la introdujo en una cerradura que se abrió con un sonoro clic. Empujó la
