Huesos olvidados (Nora Kelly 1)

Lincoln Child
Douglas Preston

Fragmento

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1

 

 

 

13 de octubre

 

Había anochecido temprano en la Ciudad de la Luz, y a la una de la madrugada, cuando unos nubarrones taparon la luna, París ya no hacía honor a su nombre. Incluso allí, junto al río, todo estaba oscuro y desierto. Para los residentes era demasiado tarde en una noche entre semana, y hacía demasiado frío para los turistas y los románticos. Salvo por un transeúnte que pasó a toda prisa con el cuello subido para protegerse del frío y por un barco con laterales de cristal, fantasmagórico y vacío, que se deslizaba silencioso por el río, rumbo al puerto una vez terminada ya la cena a bordo, el hombre tenía el paseo fluvial para él solo.

Paseo fluvial tal vez era un término demasiado grandilocuente para la pasarela de piedras antiguas que discurría junto al Sena, un poco por encima del nivel del agua. Aun así, incluso a altas horas de la noche, aquel tramo ofrecía unas vistas extraordinarias: la Île de la Cité justo en la otra orilla, con la silueta oscura del Louvre y las torres de Notre Dame tapadas parcialmente por el Pont au Double y elevándose hacia un cielo amenazador.

El hombre estaba sentado en un banco estrecho al lado de un andamio de madera erigido para reparar el viejo puente. Tras él se alzaba un muro de piedra de unos seis metros que llegaba hasta la calle, donde de vez en cuando se oían los vehículos que recorrían Quai de Montebello, al sur del Sena. Aproximadamente cada cuatrocientos metros, una escalera de piedra desgastada descendía desde la avenida hasta el paseo fluvial. Alguna que otra luz instalada en lo alto del muro de contención proyectaba estrechos charcos de color amarillo sobre los adoquines húmedos. La que se hallaba más cerca del hombre había sido retirada debido a las obras del Pont au Double.

A lo lejos apareció un gendarme con impermeable que iba silbando una canción de Joe Dassin. Sonrió y asintió en dirección al hombre, que le devolvió el saludo mientras se encendía un Gau­loises y lo observaba pasar por debajo del puente al tiempo que se alejaban las notas de Et si tu n’existais pas.

El hombre dio una honda calada a su cigarrillo, extendió el brazo y observó la punta incandescente. Sus movimientos eran lentos y fatigados. No había cumplido los cuarenta años y llevaba un traje de lana de buena confección. Entre sus elegantes zapatos italianos había una gruesa y rayada bolsa Gladstone de piel, de las que utilizaría un atareado abogado o un médico privado de Harley Street. Apoyado en el banco había un patinete nuevo y brillante. Nada habría distinguido a aquel hombre de cualquiera de los innumerables empresarios ricos de París, excepto sus rasgos —difusos en la oscuridad—, que tenían un toque exótico difícil de ubicar: asiático quizá, o tal vez kazajo o turco.

El suave rumor de la ciudad se vio alterado por el zumbido de una bicicleta. El hombre levantó la cabeza justo cuando aparecía una figura en lo alto de la escalera más cercana. Llevaba unos pantalones cortos de nailon negro, un maillot de ciclista oscuro y una mochila con tiras reflectantes, iluminadas por los faros de un coche que pasaba. El ciclista apoyó la bicicleta en la barandilla, le puso el candado, bajó las escaleras y se acercó al hombre vestido de traje.

Ça va? —saludó cuando se sentó en el banco.

A pesar del frío nocturno, llevaba la ropa empapada de sudor.

El hombre del traje se encogió de hombros.

Ça ne fait rien —respondió antes de dar otra calada al pitillo.

—¿Y ese patinete? —siguió el ciclista mientras se quitaba la mochila salpicada de barro.

—Es para mi hijo.

—No sabía que estabas casado.

—¿Y quién dice que lo estoy?

—Me lo tengo merecido por preguntar —rio el ciclista.

El hombre del traje tiró el cigarrillo al río.

—¿Qué tal fue?

—Mucho peor de lo que decía tu hombre. Yo imaginaba que sería un parque remoto y vacío. Putain de merde. ¡Estaba entre Gare Montparnasse y las catacumbas!

El hombre trajeado volvió a encogerse de hombros.

—Ya conoces París.

—Sí, pero no es algo que veas habitualmente.

Ambos callaron y contemplaron el río mientras pasaba una pareja cogida del brazo que no les prestó atención. Entonces, el hombre del traje habló de nuevo.

—Pero estaba desierto, ¿no?

—Sí, tuve suerte. Estaba justo al lado del muro de Rue Froidevaux. Si llega a estar un poco más adentro, me habrían visto desde el edificio de apartamentos que hay al otro lado de la calle.

—¿Fue complicado?

—La verdad es que no, excepto lo de actuar silenciosamente en todo momento. Y la puñetera lluvia de ayer. ¡Mira! —exclamó, señalando sus zapatillas de correr, que estaban aún más sucias que la mochila.

Quel dommage.

—Muchas gracias.

El hombre del traje miró a un lado y al otro del paseo, pero solo vio a los dos tortolitos alejándose.

—Vamos a echar un vistazo.

El otro abrió la mochila embarrada y mostró algo cubierto con varias capas de lona, plástico de burbujas y una suave gamuza. Entonces percibió un olor desagradable. El hombre del traje sacó una pequeña linterna para examinar cuidadosamente lo que había dentro y soltó un gruñido de aprobación.

—Bien hecho —dijo—. ¿Cuánto has tardado en llegar en bici?

—Unos diez minutos por los callejones.

—Será mejor que no nos quedemos aquí más tiempo del necesario.

El hombre se agachó y abrió la bolsa de piel que tenía entre las rodillas. En su interior, algo relució por un instante bajo la luz indirecta.

—¿Qué es eso? —preguntó el ciclista, mirando dentro—. No acepto plástico ni metales preciosos.

—Nada. Tu dinero está aquí —le aseguró, dándose una palmada en el bolsillo de la americana.

El ciclista esperó mientras su compañero metía la mano en el bolsillo del traje. Entonces levantó la cabeza con rapidez.

—¡Espera un momento! —susurró, acercándose a él—. Viene alguien.

Por instinto, el ciclista también se inclinó. Su compañero le puso una mano en el hombro para denotar intimidad a la vez que ocultaban sus rostros. Pero no había ningún transeúnte; el paseo estaba vacío. Cuando sacó la otra mano de la americana empuñaba una Spyderco Matriarch 2, una navaja táctica cuyo perfil en S estaba diseñado para un único fin. El sistema de apertura Emerson significaba que la hoja ya estaba desplegada cuando el cuchillo salió de la chaqueta.

El arma era poco más que un borrón negro cuando la hoja se deslizó entre la segunda y la tercera costilla y cortó las grandes arterias por encima del corazón antes de salir de nuevo. El hombre del traje limpió rápidamente la navaja en los pantalones del ciclista y volvió a guardársela con un gesto delicado. No le llevó más de dos segundos en total.

El ciclista se quedó quieto, con una mezcla de sorpresa y conmoción. Aunque la cavidad torácica ya se estaba llenando de sangre, la herida era tan pequeña que apenas se apreciaba la hemorragia a través del desgarro en el maillot. Entretanto, el otro metió la mano en su bolsa Gladstone y sacó una pesada cadena de acero y un candado. El resto de la bolsa estaba vacío, excepto por un revestimiento acolchado de goma y látex. Cerciorándose de que no había nadie, cogió el patinete, lo plegó, lo apoyó en el pecho del ciclista y le inmovilizó los brazos con la cadena. Después, juntó los dos extremos y colocó el candado. Tras una última mirada al paseo y a la otra orilla, levantó al ciclista y lo arrastró por debajo del puente hasta el agua. Entonces pasó las piernas por encima del bordillo y soltó el cuerpo, que se deslizó lentamente hacia el río.

Habían transcurrido otros diez segundos.

El hombre vio cómo se hundía el cuerpo bajo el peso de la cadena y el patinete mientras recuperaba el aliento. Luego volvió al banco, pasó cuidadosamente el objeto de la mochila a su bolsa Gladstone y cerró ambas. Tras una pausa para enderezarse la corbata y alisarse la americana, echó a andar con brío por el paseo, subió la escalera de piedra y, al pasar junto a la bicicleta, tiró la mochila en una papelera cercana.

Después se encendió otro Gauloises, agarró la bolsa con fuerza y paró un taxi en la Place Saint-Michel.

2

 

 

 

Una hora después

 

Clive Benton aminoró en Wild Irish Road, tomó un desvío y circuló con su viejo Ford Falcon por un camino polvoriento hasta que se le perdió de vista desde la carretera. Luego bajó del coche, puso la capota y se echó una pequeña mochila a la espalda. Después sacó el teléfono, cargó una aplicación de senderismo, localizó su posición y echó a andar por el bosque. Los altos abetos y pinos contortos estaban muy espaciados, lo que dejaba mucho terreno abierto para caminar con facilidad. A pesar de la estación en la que estaban, no hacía ni pizca de frío y en el aire flotaba un calor somnoliento. Al mirar hacia el este entre los árboles, Benton divisó las laderas que se elevaban hacia los picos lejanos de Sierra Nevada, unos dientes grises recortándose contra el azul celeste que pronto estarían cubiertos de nieve.

Benton era historiador y sabía más que nadie sobre aquella región, que había sido el epicentro de la fiebre del oro en California. Conocía los lugares donde la minería hidráulica había herido las colinas con cortes y perforaciones, acribillando el terreno con gigantescos chorros de agua que hacían pasar la gravilla por enormes esclusas para atrapar las pepitas de oro. Pero aquello era cosa del pasado; en la actualidad, las laderas de la cara oeste de la sierra, situadas a unos setenta kilómetros de Sacramento, estaban prácticamente deshabitadas. Los antiguos pueblos mineros, con nombres como Dutch Flat, Gold Run, Monte Vista, You Bet y Red Dog, atravesaban tiempos difíciles. Algunos habían desaparecido por completo, mientras que en otros, los emprendedores habían reconvertido las chabolas de los mineros y los hoteles de listones en atracciones turísticas o casas de verano. De hecho, la zona empezaba a atraer a un caudal de visitantes, excursionistas y gente que buscaba casas para sus vacaciones. Llevaban años pronosticando el auge de la construcción y parecía que por fin había llegado.

Aún podían encontrarse algunas mansiones de los pocos que se hicieron ricos con la fiebre del oro, ocultas en valles y llanuras, cerradas y deterioradas. Benton se detuvo para verificar el rumbo. Estaba aproximándose a una de aquellas mansiones en ruinas, una con un significado especial para él. El GPS le indicó que se encontraba mil metros al este, al otro lado de una pequeña colina. Se llamaba Donner House, ya que en su día perteneció a la hija de Jacob Donner, de la tristemente célebre expedición Donner.

Benton avanzó con cautela, sin apartarse de las zonas oscuras del bosque. Aminoró la marcha al subir la colina. Entre los árboles vio algo naranja y amarillo y un destello metálico. Sabía que eran dos grandes excavadoras aparcadas frente a un viejo camino minero, listas para abalanzarse sobre Donner House y convertirla en una montaña de ladrillos, estuco y vigas de madera astilladas, lo cual dejaría espacio para un nuevo campo de golf y un bloque de apartamentos a orillas del río Bear.

Cuando estuvo más cerca, empezaron a materializarse los perfiles de las excavadoras y el camión que las había transportado. El enorme vehículo estaba en marcha y podía oler el humo del motor mezclado con el aroma a cigarrillo y el murmullo de los trabajadores. Dio un gran rodeo para esquivarlos y cruzó apresuradamente la carretera en un punto donde no pudieran verlo. Descendió por la colina hasta que alcanzó a distinguir la vieja casa, uno de los primeros ejemplos del resurgimiento colonial español. Al final del bosque encontró un muro que marcaba los límites de la propiedad. Agachado tras él, inspeccionó la casa con atención. En sus tiempos debió de ser impresionante, con un porche largo encalado sobre el cual había una cúpula y un campanario moriscos. Pero los tejados de pizarra roja habían cedido, las ventanas habían desaparecido, dejando enormes agujeros oscuros, y los extensos jardines y arboretos se habían convertido en una jungla salvaje y casi intransitable de hierbas, arbustos muertos y árboles ahogados por las enredaderas. El edificio estaba cubierto de hiedra, que crecía en las paredes y brotaba de los agujeros del tejado. Benton pensó que era un ejemplo tangible de la naturaleza efímera del mundo: sic transit gloria mundi. Que mañana a aquella hora todo hubiera quedado reducido a una montaña humeante de ladrillos y yeso era un crimen. Los conser­vacionistas habían hecho cuanto estaba en su mano por salvar aquella vieja ruina, pero los numerosos descendientes, que llevaban cincuenta años discutiendo por la propiedad, solo encontraron una solución: su demolición y venta. Y los dólares de la constructora ahogaron las súplicas de los conservacionistas.

Benton se volvió hacia la colina. Los trabajadores habían acabado de descargar las excavadoras y el camión se alejó escupiendo una nube de combustible negro. Los cuatro empleados a los que podía distinguir y sus vehículos particulares se encontraban más adelante, pero no tenían intención de marcharse. De hecho, parecían estar preparándose para hacer un reconocimiento final de la casa.

Sería mejor que se pusiera en marcha. Técnicamente, lo que estaba haciendo era un allanamiento de morada, pero se dijo a sí mismo que era al servicio de un ideal más elevado. Además, ¿era posible allanar una casa que estaban a punto de demoler?

Benton saltó el muro, echó a correr por el descuidado jardín y se cobijó en un porche desvencijado. Cuando comprobó que todo estaba tranquilo, franqueó una puerta abierta y entró en un recibidor amplio y fresco que olía a polvo y madera vieja. Se habían llevado todos los objetos de valor, pero aún quedaban algunos muebles destartalados. Benton hizo una búsqueda rápida en el piso de abajo —salón, cocina, patio, comedor, estancias del servicio, despensas y armarios—, pero no vio nada. No le preocupaba. No esperaba encontrar allí lo que andaba buscando.

Subió a toda prisa la ruinosa escalera de piedra que conducía a la segunda planta. Cuando se detuvo a mirar por la ventana, vio a los cuatro obreros abriéndose paso entre los matorrales en dirección a la casa. Tendría que haber ido más temprano. Eran las cinco, y dio por sentado que ya habrían terminado la jornada.

Una búsqueda en el segundo piso tampoco reveló nada de interés. Los viejos baúles que quedaban se deshicieron en sus manos, los armarios estaban vacíos y las cómodas putrefactas solo contenían mantas y ropa que las ratas habían convertido en nidos. Varias cromolitografías adornaban las paredes o estaban esparcidas por el suelo, rotas, manchadas y enmohecidas.

Sabía que debajo de la cúpula morisca había una buhardilla, pero no encontraba las escaleras para acceder a ella. De repente oyó voces y fuertes carcajadas en el piso de abajo.

¿Subirían los trabajadores? Por supuesto que sí. Probablemente les habían ordenado que echaran un último vistazo a la casa para buscar cualquier cosa de valor y cerciorarse de que no había okupas, lo cual significaba que mirarían en todas partes.

Caminó despacio mientras examinaba las paredes en dirección al pasillo central del segundo piso. A menudo, en fincas antiguas como aquella había puertas ocultas. Y allí estaba: una librería empotrada en la que solo quedaban unos pocos libros infestados de gusanos. Al estar vacía, la unión del borde exterior resultaba aún más obvia. Benton empujó con el hombro el lateral del mueble y, tal como esperaba, este giró hacia fuera y dejó a la vista una escalera ascendente al otro lado. Entró y volvió a cerrar cuidadosamente la estantería con la esperanza de que los trabajadores no se percataran de su existencia. Seguro que no se daban cuenta de que en la cúpula había una buhardilla. ¿O sí?

Cuando subía asustó a un ratón, que huyó soltando un chillido. Las empinadas escaleras circulares lo llevaron hasta un techo de tablones con una trampilla. Al abrirla, las oxidadas bisagras chirriaron ruidosamente, y Benton se detuvo a escuchar. Más abajo seguían oyéndose pasos, pero las risas de los hombres indicaban que no habían oído nada.

La buhardilla era pequeña y, para su sorpresa, seguía abarrotada de muebles, cajas, armarios, espejos rotos, baúles antiguos, una mesa de póquer de ocho lados y otros cachivaches. Cuando Benton empezó a moverse por la buhardilla, una bandada de palomas que vivía en el campanario situado sobre la cúpula echó a volar con un fuerte aleteo. Quedaban algunas piezas de cierto valor. A la empresa de transportes probablemente se le había pasado por alto aquella zona de la casa. Por desgracia, eso significaba que la búsqueda sería más larga. Y con el crujido del suelo de madera, esa búsqueda podía ser ruidosa. Sería mejor esperar a que se fueran.

Benton escuchó mientras las voces subían al segundo piso. Más pisadas y olor a tabaco. Parecía imposible que pudieran encontrar la puerta.

Pero lo hicieron. Benton se incorporó e intentó escuchar. Uno de ellos estaba gritando y los oyó empujar la librería y el sonido que hizo esta al deslizarse.

Con el corazón a cien, Benton buscó dónde esconderse. Había un gran armario, pero probablemente lo abrirían, así que levantó la tapa de un baúl que estaba lleno de trastos. Se dio cuenta de que no había un buen escondite. Estaba atrapado.

Ahora las voces resonaban en la escalera. No habían empezado a subir; al parecer, estaban discutiendo quién sería el primero.

Eran cuatro contra uno. Benton vio un voluminoso baúl junto a la trampilla. «Sí, eso es». Agarró la esquina y lo arrastró por encima de la puerta con gran estruendo.

De repente se hizo el silencio en el piso de abajo.

Tal vez no pesaba lo suficiente. Empujó otro baúl y amontonó varios muebles encima. El silencio indicaba que los hombres de abajo podían oír todo lo que estaba haciendo. Cuando Benton hubo apilado tanto peso como pudo sobre la trampilla, se sentó a esperar.

—¡Eh! —gritó uno de los trabajadores—. ¿Quién anda ahí?

Benton intentó no respirar.

—¿Quién coño anda ahí? —gritó de nuevo—. ¡Baja!

Silencio.

—¡Te estamos esperando!

Siguió conteniendo la respiración.

—¡Eh, gilipollas, si no bajas ahora mismo, subimos y te sacamos a rastras!

Benton los oyó intentar abrir la trampilla a golpes, pero con al menos cien kilos de trastos encima no se movería. Su aprensión se convirtió en diversión al oírlos empujar. Luego decidieron volver a los golpes.

—¡Vale, colega, vamos a llamar a la poli!

«Pues vale», pensó Benton. Tardarían como mínimo media hora en llegar, puede que más. Tiempo de sobra para finalizar la búsqueda.

Ahora que ya no era necesario actuar con sigilo, empezó a abrir baúles, a rebuscar entre la ropa y las mantas viejas y a sacar juguetes antiguos, cómics de los años cuarenta, juegos de mesa desmenuzados y libros de texto antiguos. Benton echó un vis­tazo a unos números mohosos de National Geographic, viejos ejemplares de las revistas Life, Stag, SaturdayEvening Post y Boy’s Own, y periódicos que databan casi de los tiempos de la fiebre del oro. Siguió oyendo golpes y amenazas durante un rato, hasta que los hombres bajaron de nuevo las escaleras. Desde la ventana del campanario los vio salir al patio. Al parecer, uno de ellos estaba buscando cobertura para usar el móvil.

Benton continuó con su rastreo, moviéndose rápida pero metódicamente de una esquina de la pequeña buhardilla a la otra. Era desalentador; tan solo un montón de trastos putrefactos sin ni siquiera un indicio de lo que andaba buscando. Quizá no estaba allí.

Y entonces, al fondo de un baúl marinero tapado con colchas, encontró una caja metálica. Supo que estaba allí incluso antes de abrirla. La caja estaba cerrada, pero introdujo una vara metálica oxidada por el arco del candado hasta que acabó cediendo. Expectante, Benton levantó la tapa con manos temblorosas. Dentro había un fajo de cartas atadas con un cordel, y a su lado un viejo diario cubierto con una mugrienta tela de color verde oscuro. Sacó el diario y lo sostuvo con sumo cuidado mientras lo abría.

En la primera página, escrita en una precisa caligrafía femenina, había una breve leyenda.

Benton apenas podía respirar. Aquel tesoro tan buscado, un santo grial de la historia de los pioneros estadounidenses, existía de verdad. Temblaba con una mezcla de sorpresa y alegría, consciente de que hasta entonces no se había atrevido a pensar que era cierto o que tendría la suerte de encontrarlo. Ni siquiera mientras buscaba creía realmente que pudiera estar allí. Y, sin embargo, allí estaba, y lo tenía en sus manos.

Tuvo que hacer un enorme esfuerzo de voluntad para con­tener el impulso de seguir leyendo. Ya habría tiempo para eso. Ahora tenía que largarse de allí.

Volvió a guardar el diario en la caja y la metió en la mochila. Después se acercó de nuevo a la ventana. Tres de los trabajadores seguían fuera, y uno de ellos, encaramado a un pedestal roto que antaño sostenía una estatua, vociferaba por teléfono. El gilipollas había llamado a la policía.

Benton apartó a toda prisa los baúles de la trampilla y escuchó. ¿Dónde estaba el cuarto? ¿Lo estaría esperando? No oyó nada, así que levantó la puerta. La escalera estaba vacía. Bajó lo más silenciosamente que pudo hacia la estantería, que habían dejado abierta. Al cruzar el umbral, miró a ambos lados y comprobó que en el pasillo tampoco había nadie.

Echó a andar hasta que, de repente, el cuarto obrero apareció en una esquina y se abalanzó sobre él.

—¡Aquí estás, cabrón! —gritó el hombre, que le hundió el puño en el estómago.

Sorprendido, Benton cayó al suelo retorciéndose de dolor e intentando recobrar el aliento.

—¡Está aquí! —exclamó el hombre con aire triunfal—. ¡Lo tengo!

Se volvió hacia Benton, que trataba de levantarse, y le propinó una fuerte patada en las costillas. La violencia, y el innecesario regocijo del hombre al emplearla, lo enfurecieron. Se le había soltado la mochila al caer, pero la cogió, la volteó y golpeó al hombre en la cabeza con la caja de hierro que contenía. El hombre empezó a tambalearse y cayó pesadamente.

—¡Te voy a matar! —gritó cuando logró ponerse en pie.

Pero Benton ya había echado a correr como un poseso, mochila en mano. Bajó a toda prisa por las escaleras, se dirigió a la parte trasera de la mansión, saltó por una ventana y fue hacia la maleza en dirección al río Bear. El trabajador le pisaba los talones, y los otros tres también habían salido tras él, pero el enjuto Benton se había pasado casi toda su vida caminando por las montañas y pronto los dejó atrás. Se abrió paso entre los árboles, se deslizó por el terraplén y cruzó los bancos de arena y los canales del río. En el canal principal sostuvo en alto la mochila y se hundió en el agua, nadando con esfuerzo hasta tocar tierra al otro lado. Entonces se dio la vuelta y vio a los trabajadores profiriendo amenazas desde la otra orilla.

Les mostró el dedo corazón y echó a correr por el bosque dando un largo rodeo, hasta que volvió a cruzar el río más arriba. Desde allí fue hacia su coche utilizando el GPS del móvil. Suspiró aliviado al comprobar que su reluciente descapotable seguía allí escondido. Metió la mochila en el maletero y puso rumbo a Wild Irish Road. Doce kilómetros más adelante entró en la autopista, donde se cruzó con dos coches patrulla con las sirenas puestas. No pudo evitar reírse a carcajadas.

3

 

 

 

20 de noviembre

 

Nora Kelly se levantó y estiró los músculos, agarrotados después de varias horas arrodillada sobre la tierra con palas, picos y brochas para excavar la cuarta y última sala de unas ruinas prehistóricas en Pueblo.

—Hora de irse —le dijo a Jason Salazar, su ayudante de campo.

El hombre se levantó del metro cuadrado en el que estaba escarbando y se sacudió el polvo de los vaqueros. Luego se quitó el sombrero, se enjugó la frente con un pañuelo y volvió a ponérselo. A pesar de que la estación estaba tocando a su fin, la temperatura seguía rondando los dieciséis grados.

Nora cogió la cantimplora de tela que estaba colgada en la camioneta del instituto y bebió un buen trago. El yacimiento no era gran cosa, pero las vistas eran espectaculares. Pensó que, en la antigüedad, la gente de Pueblo siempre construía pensando en las vistas. Las diminutas ruinas se hallaban en una elevación situada a los pies del cerro Pedernal, la meseta que se hizo famosa gracias a los cuadros de Georgia O’Keeffe. Se elevaba majestuosa detrás de ella, hendida por profundos desfiladeros, y la cima estaba cubierta de árboles. Más adelante, la tierra descendía hacia una extensa llanura que los españoles llamaban valle de la Piedra Lumbre. Al fondo, las colinas rojas, naranjas y amarillas de Ghost Ranch parecían brillar bajo la luz dorada de la tarde.

Cuando se acercó a su mesa de trabajo, vio una espiral de polvo avanzando por la vieja carretera de la mina de uranio que conducía al yacimiento.

Salazar se situó junto a ella.

—Adivina quién es.

—Ni idea.

Empezaron a guardar las herramientas y las metieron en un pequeño almacén prefabricado situado al lado del yacimiento. Al cabo de un rato apareció el vehículo, que avanzaba lentamente por una elevación. Ambos lo observaron mientras recorría con precaución la accidentada carretera sin asfaltar. Según pudo ver Nora, era un coche clásico, que se detuvo junto a la camioneta del instituto y esperó unos instantes a que se disipara la nube de polvo. Entonces se abrió la puerta y apareció un hombre alto y desgarbado. Tenía una cara huesuda pero atractiva, con una mata de cabello negro y unos ojos de color azul intenso que no dejaban de mirar a su alrededor. Llevaba la camisa con estampado de cachemir más fea que Nora había visto en su vida, llena de remolinos púrpuras y naranjas. El hombre aparentaba algo menos de cuarenta años, unos pocos más que ella.

—¿Se ha perdido? —preguntó Nora.

El hombre se la quedó mirando.

—Si es usted la doctora Nora Kelly, no.

—Lo soy.

—Siento haber venido sin avisar. Me llamo Clive Benton. —Sacó una mochila del coche, se acercó y le dio un rápido apretón de manos a Nora—. Debería haber llamado, pero… —Titubeó un instante—. En el instituto me dijeron que estaba usted aquí, y por lo visto no hay cobertura. En cualquier caso, me preo­cupaba no poder describírselo adecuadamente.

Nora interrumpió el nervioso aluvión de palabras.

—Siéntese a tomar una taza de café.

Lo acompañó a la mesa de trabajo, situada a la sombra, en la que había termos y vasos de plástico.

Benton se sentó en el borde de una silla.

—¿Qué tipo de coche es ese? —preguntó Nora para intentar tranquilizarlo.

—Es un Ford Futura de 1964 —respondió él con entusiasmo—. Lo restauré yo mismo.

—No es un buen coche para esa carretera.

—No —reconoció él—, pero lo que tengo que contarle no puede esperar.

Nora se sentó al otro lado de la mesa.

—¿De qué se trata?

Benton se volvió hacia Jason Salazar.

—Lo que estoy a punto de decirle es confidencial.

—Jason es comisario adjunto del instituto y respondo de su discreción —dijo Nora—. Muchas de las cosas que hacemos como arqueólogos son confidenciales, así que no tiene de qué preocuparse.

Benton asintió, y la brisa le arremolinó el pelo. Seguía un poco aturullado, como si no supiera por dónde empezar. Finalmente abrió la mochila y sacó una bolsa de plástico con cierre hermético. Dentro había un viejo libro envuelto en papel de seda, que dejó con solemnidad encima de la mesa. Luego apartó el papel con delicadeza.

—El diario original de Tamzene Donner —anunció.

Nora observó el libro sin mover un solo músculo de la cara. Aquel nombre no le decía nada.

—¿Quién?

—Tamzene Donner. —Benton miró de soslayo a Nora y a Salazar—. Ya sabe, la mujer de George Donner. El líder de la expedición Donner. ¿Le suenan los emigrantes que quedaron atrapados por la nieve en Sierra Nevada y se vieron obligados a recurrir al canibalismo?

—Ah, esos Donner —dijo Nora—. Entonces, deduzco que este diario tiene una importancia histórica.

No entendía adónde quería llegar aquel hombre.

—Una importancia incalculable. —Guardó unos segundos de silencio tras esa afirmación—. Tal vez sea mejor que los ponga en antecedentes —prosiguió Benton—. Soy un historiador independiente especializado en la expansión hacia el oeste durante el siglo XIX. También soy descendiente lejano de algunos supervivientes de la expedición Donner, una familia llamada Breen. Pero eso no es relevante. Llevo años investigando esa tragedia. Una de las pocas cosas en las que coincidían los supervivientes de la expedición era en que Tamzene Donner llevaba un diario en el que documentó todos los detalles del viaje. Durante mucho tiempo, los historiadores han especulado con que uno de los supervivientes debió de conservar y completar el diario, pero no se había encontrado hasta ahora. —Señaló con ostentación el libro manchado y raído que había sobre la mesa—. Adelante, ábralo.

Con suma delicadeza, Nora lo abrió por la página del título.

—¿Ve lo que escribió? «Tamzene Donner, mi diario, 12 de octubre de 1846 a…». Fíjese en que no hay fecha final, porque murió de hambre y luego —hizo una pausa y se aclaró la garganta— se la comió un hombre llamado Keseberg.

—¿Keseberg no fue acusado de asesinarla para comérsela? —terció Salazar.

Benton se volvió hacia él con cierta sorpresa.

—Sí, eso es. Parece que conoce la historia.

Salazar se encogió de hombros.

—En el instituto de Goleta nos hablaron de la expedición Donner en clase de historia. Me pareció interesante. —Esbozó una pequeña sonrisa—. ¿Y a quién no?

Nora asintió.

—Pero ¿qué pinto yo en todo esto?

—Bueno, he venido a preguntarle una cosa.

—De acuerdo. Adelante.

En lugar de responder, Benton hizo una pausa.

—Para empezar, ha dirigido varias excavaciones arqueológicas en Sierra Nevada. Conoce estas montañas.

—Hasta cierto punto.<

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