Sebastián Heredia Matamoros había nacido en la Costa del Crepúsculo, que era como se conocía por aquel entonces el enclave del diminuto villorrio de Juan Griego, cuyas encaladas casuchas se extendían a los pies del oscuro fortín de La Galera, a todo lo largo y lo ancho de una tranquila ensenada del noroeste de la pequeña isla de Margarita, famosa desde los tiempos del mismísimo Cristóbal Colón porque en sus transparentes aguas se encontraban los más ricos «placeres de perlas» del mundo.
De hecho, el padre de Sebastián, Miguel Heredia Ximénez, se dedicaba, como la inmensa mayoría de los lugareños, a la explotación de esos «placeres», por lo que cada amanecer se hacía a la mar rumbo a bajíos en los que bucear en busca de ostras, mientras que cada atardecer, su esposa, Emiliana Matamoros Díaz, se destrozaba las manos abriéndolas con la esperanza de encontrar en su interior un grueso y nacarado tesoro que les permitiera aliviar su miseria.
A partir de los ocho años Sebastián Heredia Matamoros comenzó a acompañar a su padre al mar, y su principal misión se centraba en pescar algo para la cena mientras permanecía atento a la sigilosa aparición de los temidos tiburones, que constituían desde siempre el peor enemigo de los atareados buceadores.
De vuelta a casa su madre le permitía jugar con sus amigos en la playa, pero en cuanto el inigualable crepúsculo margariteño incendiaba el cielo para convertirlo al poco en una densa mancha oscura, le sentaba ante una tosca mesa a estudiar a la luz de un candil de aceite de tortuga mientras se veía obligado a mecer suavemente la cuna de su hermana Celeste.
Sebastián Heredia Matamoros creció por tanto en constante contacto con el mar y algún que otro libro, pero creció sobre todo admirando la increíble capacidad de sacrificio de su padre, que se dejaba a diario la piel contra las rocas y los corales, y la inigualable belleza de su madre, cuyo rostro parecía haber sido arrancado de un cuadro de la Virgen, pero cuya provocativa figura continuaba constituyendo un prodigio de perfección, pese a haber dado a luz dos hijos y trabajar de sol a sol año tras año.
La vida diaria de los Heredia Matamoros resultaba, a decir verdad, bastante dura, pero se compensaba con el hecho de que de tanto en tanto encontraban alguna que otra valiosa perla «de garbanzo» que conseguían vender a buen precio al viejo Omar Bocanegra, lo que mantenía eternamente viva la ilusión de que algún día una gigantesca perla negra les abriría de par en par las puertas de un próspero futuro.
No obstante, pocos años más tarde, cuando Sebastián se encontraba a punto ya de cumplir los doce, desembarcó en la isla un nuevo delegado de la Casa de Contratación de Sevilla, con lo que cualquier esperanza de progreso se desvaneció en el aire.
Hasta aquel terrible día de nefasta memoria, la isla de Margarita había conseguido mantenerse al margen de las severas normas comerciales que regían para el resto de las Indias Occidentales, pero a partir del momento en que don Hernando Pedrárias Gotarredona estableció sus reales en el más lujoso palacete de la capital, La Asunción, y emitió un bando por el que se advertía seriamente que se castigaría con seis años de presidio a quien osase transgredir las ordenanzas de la todopoderosa Casa de Contratación, las escasas ilusiones de los margariteños se diluyeron como sal en el agua.
Y es que la mil veces maldita Casa de Contratación de Sevilla tenía por costumbre pagar las perlas a la décima parte de su valor real, y, además, obligaba a cobrar en mercaderías que la propia Casa era la única autorizada a importar desde la metrópoli.
Como por otra parte solía imponer unas tasas de impuestos y transportes que multiplicaban por cuarenta el coste en origen de dichas mercancías, se daba el curioso caso de que por tres hermosísimas perlas de absoluta pureza, en los almacenes de la Casa de Contratación apenas se conseguía obtener un martillo o dos metros de la más burda tela.
Y quien no estuviera dispuesto a aceptar tan injusto trato se veía obligado a abandonar los «placeres», ya que éstos, al igual que cualquier tipo de riqueza que existiera, o pudiera descubrirse en un futuro al oeste del Océano Tenebroso, se encontraba desde el ya lejano verano del año 1503 bajo la férula única de la Casa de Contratación de Sevilla, mentora de igual modo del Consejo Supremo de Indias, que era a su vez el órgano encargado de hacer cumplir las leyes en el Nuevo Mundo.
Los Heredia Matamoros habían pasado por tanto de una digna pobreza esperanzada a una degradante miseria sin ningún tipo de esperanza, y el pequeño Sebastián fue el primero en advertir cómo el más profundo desaliento se apoderaba de improviso de su hasta aquel momento indomable padre.
Continuaban saliendo cada amanecer al mar, pero ya no enfilaban directamente hacia los peligrosos bajíos en los que un arriesgado buceador podía descubrir entre las rocas y las algas la «ostra madre» de todas las ostras, sino que se limitaban a vagar de aquí para allá sin rumbo fijo y en silencio, íntimamente convencidos de la inutilidad de una labor condenada de antemano al fracaso, puesto que incluso el mayor de los éxitos se convertiría a la larga en una amarga derrota.
El día que corrió la noticia de que a cambio de una perla casi perfecta del tamaño de un huevo de codorniz, un pescador de Boca del Pozo había únicamente obtenido dos cacerolas abolladas y un oxidado cuchillo, la mayoría de los margariteños decidieron que por semejante jornal no valía la pena arriesgarse a que un tiburón les arrancase una pierna, por lo que poco a poco tomaron la costumbre de salir a la mar con el exclusivo propósito de conseguir el diario sustento a base de peces y langostas.
Pese a ello, el prepotente Hernando Pedrárias Gotarredona se negó a aceptar que el vertiginoso desplome de la producción perlífera de la isla se debía a los ruinosos precios que él mismo había fijado, por lo que se apresuró a cargar todas las culpas sobre las cansadas espaldas del pobre Omar Bocanegra, al que acusó de continuar comprando perlas a escondidas, y si no lo mandó ahorcar fue por el sencillo hecho de que prefirió encerrarle en la más húmeda y profunda de las mazmorras, asegurando que no le permitiría salir de allí hasta que no «escupiese cuanto le había robado».
Aun así, las barcas continuaron sin aproximarse a los «placeres», lo cual tuvo la virtud de que el flamante delegado de la Casa de Contratación comenzara a inquietarse por lo que opinarían sus superiores –e incluso el propio rey– el día que cayeran en la cuenta de que desde que tomara posesión de su cargo, Margarita había dejado de constituir una de las más preciadas «joyas de la Corona».
Cada año la corte aguardaba ansiosa la llegada de la Flota de las Indias rebosante de oro de México, plata del Perú, esmeraldas de Nueva Granada, diamantes del Caroní y perlas margariteñas, y resultaba evidente que al igual que el delegado de la Casa en Potosí podría muy bien alegar algún día que las minas se habían agotado, resultaba absurdo imaginar que el delegado en La Asunción alegase que, de la noche a la mañana, todas las ostras caribeñas se habían cansado de dar perlas.
Durante días y semanas don Hernando se devanó los sesos buscando una solución a su problema, pero como buen funcionario educado en la escuela de administradores de la Casa, ni siquiera se le pasó por la mente aplicar el remedio más sensato –que habría sido, lógicamente, el de ofrecer un precio justo– puesto que casi desde que tenía uso de razón le habían inculcado la idea de que lo único que importaba en este mundo era obtener el máximo rendimiento imaginable por cada espada, cada metro de tela, o incluso cada clavo que cruzase el océano.
El feroz e irracional monopolio otorgado por los Reyes Católicos a la Casa de Contratación de Sevilla había sido concebido de tal forma, y «atado y bien atado» con tan enrevesados nudos «legales», que durante casi tres siglos constituyó el freno que impidió que las colonias se desarrollaran tal como deberían haberlo hecho y el Nuevo Mundo alcanzara el esplendor al que había sido llamado por la diversidad y magnitud de sus riquezas.
Tal vez en un principio la idea del canónigo sevillano Rodríguez de Fonseca, máxima autoridad por aquel entonces en negocios de Indias, y en quien la Reina Católica había depositado toda su confianza, no fuera del todo desacertada, ya que las relaciones con las tierras que Cristóbal Colón acababa de descubrir precisaban sin duda de un instrumento eficaz y un cauce legal que impidiera la dispersión de esfuerzos y la posterior anarquía propiciada por la proliferación de bandidos y aventureros que deseaban campar en ellas a sus anchas.
No obstante, y pese a que intentó ajustarse en todo lo posible al eficaz modelo de la portuguesa Casa de Guinea, Rodríguez de Fonseca cometió tal cúmulo de errores de tan inconcebible magnitud a la hora de instrumentar su empresa, que a la larga acabarían incluso por afectar el devenir de la historia.
El primero de ellos, fue, sin duda, establecer la sede de la Casa en su ciudad natal, Sevilla, un puerto de tierra adentro a todas luces inadecuado para acoger el tremendo tráfico marítimo que necesitaba el vasto continente recién descubierto, puesto que se daba el aberrante caso de que la mayoría de los pesados galeones embarrancaban en los bancos de arena de la desembocadura del Guadalquivir, por lo que se veían obligados a trasladar la carga a enormes lanchones que seguían luego río arriba en un continuo trasiego que hacía perder mercancías, tiempo y dinero en cantidades incalculables.
Pese a tan absurda falta de sentido común, la Casa tardó nada menos que doscientos diecisiete años en reconocer y remediar tan tremendo desaguisado, para acabar por trasladar su sede al cercano e inmejorable puerto de Cádiz.
El segundo y probablemente más terrible error del canónigo Fonseca fue el de presuponer que entre el ingente número de delegados, auditores, consejeros, inspectores y subinspectores que conformarían con el transcurso del tiempo el enmarañado cuerpo administrativo de la Casa no existiría jamás ningún funcionario corrupto, cuando la historia demostró con el tiempo que lo en verdad difícil fue encontrar entre tantos miles de ellos, elegidos a dedo entre amigos y parientes, alguno que pudiera considerarse absolutamente honrado.
El resultado lógico de todo ello fue que sólo unos cuantos años más tarde, cuando un colono de Perú, México o Santo Domingo pedía permiso para montar un ingenio azucarero o explotar una mina de plata, se veía obligado a esperar entre seis y diez años hasta recibir la correspondiente autorización y las imprescindibles herramientas.
Como para obtener dicha autorización debía distribuir previamente incontables sobornos y abonar por anticipado unas herramientas que le facturaban a precio de oro, se comprende sin dificultad por qué razón la mayoría de los posibles «empresarios» del Nuevo Continente jamás llegaron a ver cumplidos sus sueños.
De idéntica manera, los sueños de los margariteños permanecían ahora adormecidos mientras los buceadores se limitaban a tumbarse en la playa a observar la quieta superficie del dadivoso océano en cuyo fondo se ocultaban fabulosas fortunas.
A los tres meses de casi total inactividad en los «placeres perlíferos», don Hernando Pedrárias tomó una tajante decisión muy propia de su carácter y su forma de concebir la justicia: si los pescadores no querían buscar perlas por las buenas, tendrían que hacerlo por las malas, por lo que promulgó un edicto según el cual cada ciudad, cada pueblo, cada villorrio e incluso cada caserío de la costa se veía obligado a pagar un impuesto, y a pagarlo en perlas. De lo contrario, y teniendo en cuenta que todas las tierras pertenecían en última instancia a la Corona y la Casa de Contratación era, por decreto, la administradora legal de los bienes de la Corona, la Casa de Contratación, expulsaría de sus asentamientos a quienes no cumplieran con el susodicho impuesto.
La isla se estremeció de indignación de punta a punta, e incluso el flemático capitán Sancho Mendaña, comandante en jefe del fortín de La Galera, montó en cólera jurando y perjurando que acabaría por cortarle las orejas a aquel grandísimo «coño e madre» que parecía constituir el paradigma de todos los vicios de la maldita Casa de Castración, que era el despectivo apelativo con que se conocía en las Indias Occidentales a la todopoderosa institución que se alimentaba del sudor y la sangre de tantos sufridos colonos.
De hecho, un gran número de miembros del ejército, la mayoría de los curas de pueblo y la práctica totalidad de los colonos se encontraban en abierta oposición a las continuas injerencias en todo tipo de asuntos de semejante plaga de ineptos, pero como una de las atribuciones de la Casa de Contratación había sido siempre la de abrir, leer y censurar cuantas cartas llegadas del Nuevo Mundo se les antojasen «sospechosas de sedición», fueron muy contados los que se arriesgaron a evidenciar su desacuerdo, sabedores de que toda la correspondencia que se enviase a España pasaba indefectiblemente por las manos de unos censores que con una simple orden podían obligarles a regresar a la hambrienta Europa.
A decir verdad, la organización que fundara el difunto canónigo Rodríguez de Fonseca había acabado por transformarse en una densa tela de araña en la que nadie osaba hacer un gesto brusco, siempre a la espera de que vinieran a chuparle la sangre, puesto que en cierto modo cabría asegurar que la Casa de Contratación era a la vida civil de las colonias lo que la Santa Inquisición a su vida religiosa.
A las tres semanas de emitir el injusto bando, don Hernando Pedrárias Gotarredona decidió de improviso visitar personalmente Juan Griego con el evidente propósito de estipular la cuantía del impuesto que debían pagar sus habitantes según su propio criterio.
Su lujosa carroza dorada tirada por dos briosos caballos negros hizo por tanto su aparición a media tarde de un caluroso día de septiembre, y la protegían tal cantidad de jinetes armados que cabría imaginar que más que un simple delegado comercial de la Casa, quien recorría la isla era el mismísimo virrey en persona.
Seis horas antes habían llegado ya dos pesadas carretas de las que una nube de sirvientes extrajo y montó bajo las palmeras de la playa una gigantesca tienda de campaña amueblada con mesas, sillas y una lujosa cama de baldaquín, y los boquiabiertos lugareños no pudieron por menos que extasiarse ante un derroche de riquezas que habría hecho palidecer a cualquier jeque árabe.
Aferrado a la mano de su padre, Sebastián Heredia Matamoros no daba crédito a lo que estaba viendo, y su asombro acabó por convertirse en estupor al advertir que una simple jofaina para lavarse las manos estaba repujada en plata.
–¿Cómo puede alguien ser tan rico? –quiso saber.
–Robando –replicó agriamente su padre, que al instante dio media vuelta para perderse de vista playa abajo–. ¡Maldito hijo de puta! –fue lo último que masculló al alejarse.
A la caída de la tarde don Hernando Pedrárias Gotarredona, rubio, fuerte, macizo, de baja estatura y severos ojos muy verdes, tomó asiento en un inmenso sillón a disfrutar a gusto del famoso crepúsculo de Juan Griego, cenó a la luz de antorchas utilizando una cubertería de oro macizo, y escuchó entre absorto e indiferente el breve concierto que le dedicaron los tres únicos «músicos» locales.
Por último, se retiró a descansar, puesto que en cuanto el sol hiciese su aparición en el horizonte la práctica totalidad de los habitantes del pueblo tenía orden de comparecer ante su tienda, sin que ni siquiera los niños, los enfermos o los ancianos pudieran excusar su asistencia a menos que se tratara de un grave caso de enfermedad.
Allí estuvieron todos a la hora indicada.
Todos menos él, que continuó durmiendo –o fingiendo que dormía– mientras los convocados aguardaban sentados sobre la arena o a la sombra de las palmeras, y el capitán Sancho Mendaña paseaba a grandes zancadas, mordiéndose el mostacho para no seguir los instintos que le dictaba su conciencia, y que no eran otros que trepar a lo más alto del fortín, hacer girar los cañones y convertir en cenizas tan provocativo símbolo de la injusticia humana.
–¡Que yo me haya jugado la vida frente a los piratas para esto! –gruñía una y otra vez–. ¡La madre que lo parió!
Cuando al fin don Hernando Pedrárias se hubo lavado, vestido, desayunado y rezado con recogido fervor sus oraciones matutinas, tomó asiento en el amplio sillón y fue haciendo desfilar en silencio ante su mesa a cada una de las familias establecidas en Juan Griego.
Se dedicaba a observarlas con severa atención, hojeaba a continuación el informe que un pasante le entregaba, y a todos aquellos que no habían nacido en la isla les advertía con voz grave y profunda que si las cosas no se arreglaban antes de un mes se vería obligado a revocarles su permiso de estancia en las colonias, enviándoles de vuelta a Zamora, Soria o Badajoz en el siguiente barco.
–La Corona no desea que el Nuevo Mundo se convierta en refugio de vagos y maleantes –puntualizaba con un leve punto de ironía en la voz– y por lo tanto estoy decidido, por la autoridad que me ha sido concedida, a librarle de una vez por todas de inútiles parásitos.
A quienes habían nacido en la isla les recordaba que el castigo por no cumplir con sus impuestos era de seis años de cárcel, por lo que «aconsejaba» que las barcas se hicieran cuanto antes a la mar.
–La paciencia de la Corona tiene un límite –concluía indefectiblemente–. Y ese límite está a punto de agotarse.
No obstante, su altiva actitud cambió casi por ensalmo en el momento mismo en que se presentó ante él la humilde familia Heredia, ya que cabría asegurar que el hasta ese momento en apariencia insensible delegado general de la Casa de Contratación de Sevilla en Margarita, se enamoró desesperadamente de Emiliana Matamoros en cuanto le puso los ojos encima.
Fue como si un oscuro rayo silencioso le hubiera fulminado de improviso, puesto que pareció perder el habla, las manos le temblaron en el momento de recoger el documento que le entregaba su amanuense, y ni siquiera se atrevió a alzar la vista, como si comprendiera que sus ojos no podrían por menos que delatar la terrible magnitud de la conflagración que acababa de estallar en su interior.
El objeto de sus ansias ni siquiera necesitó esa mirada para hacerse una clara idea de lo que le acontecía, dado que aquélla era una reacción que venía advirtiendo en los hombres casi desde que tenía uso de razón, y hacía ya años que se había hecho a la idea de que perdieran el habla en su presencia.
El único que jamás la perdió –puesto que siempre había sido hombre de contadísimas palabras–, fue precisamente su marido, y quizá por eso mismo acabó casándose con él.
Pero aquella calurosa mañana de septiembre, Emiliana Matamoros tomó plena conciencia de que, descalza como estaba y pobremente cubierta con su único vestido de desteñido percal, se había convertido no obstante en la dueña absoluta de los sueños y la voluntad del hombre al que podía considerarse en aquel momento dueño de la isla.
Durante más de veinte años Sebastián Heredia Matamoros vivió preguntándose cómo había podido ocurrir tal cosa, y aunque su corazón siempre se resistía a aceptar la realidad, lo cierto fue que su madre se había dejado comprar en cuerpo y alma por quien estaba esquilmando a su propia gente, hasta el punto de que, cuando cinco días más tarde don Hernando Pedrárias Gotarredona decidió emprender el regreso a su palacio de La Asunción, a su lado se sentaba Emiliana Matamoros, y frente a ellos la rebelde y enfurecida Celeste.
Sebastián corrió a esconderse en la espesura del cabo Negro tras jurar y perjurar que antes de poner un pie en aquella carroza se tiraba al mar con una piedra al cuello, al tiempo que su padre permanecía encerrado en una mazmorra del fortín de La Galera acusado de ser el instigador de la «huelga» de los buscadores de perlas de la isla.
Una semana más tarde, y cuando Sebastián se encontraba sentado en el porche de su casa contemplando con ojos agotados ya de lágrimas cómo el sol comenzaba a descender hacia el horizonte, el capitán Sancho Mendaña acudió a acomodarse a su lado, y tras permanecer largo rato en silencio acabó por colocar su enorme y callosa manaza sobre la morena pierna del chicuelo.
–Muchas cosas he visto a lo largo de toda una vida en estas tierras –susurró al fin roncamente–. ¡Muchas!, y tras perseguir durante meses a aquel loco furioso de Mombars el Exterminador, y ser testigo de sus increíbles atrocidades, supuse que ya nada conseguiría asombrarme. –Sacudió la cabeza, y un atento observador podría haber advertido que se le empañaban los ojos–. Pero esto, ¡Dios!, esto jamás me habría atrevido a imaginarlo.
El atribulado rapaz no supo qué responder, porque parecía que las palabras se le habían agotado al igual que las lágrimas, y al cabo de unos instantes, y como si lo que decía nada tuviera que ver con él, el capitán Mendaña añadió:
–Pon a punto la barca de tu padre y abastécela de víveres, agua y velas de repuesto. La gente del pueblo te proporcionará cuanto precises sin hacer preguntas. Yo corro con los gastos.
–¿Por qué? –quiso saber el muchacho.
–Porque el sábado por la noche estará de guardia un centinela al que le suelen dar extraños ataques –replicó el otro como si no quisiese entender la auténtica razón de la pregunta–. Poco antes de las once saldrá a tomar el aire y caerá como fulminado junto a la puertecilla lateral. –Se volvió a mirarle con aquella extraña fijeza en la que se diría que jamás parpadeaba–. Saca a tu padre y que se marche a Cuba, Puerto Rico o Panamá. ¡Donde quiera!, menos a tierra firme. –Le apretó con más fuerza la pierna al añadir–: Y sobre todo, que jamás vuelva a Margarita. Es lo único que pido para no tener que detenerle.
–Pero ¿por qué hace esto? –insistió tercamente el muchacho.
–¡Oh, vamos, rapaz, no seas pendejo! –se encorajinó el otro–. ¿Por qué «carrizo» crees que lo hago? Te he visto nacer y tu padre siempre ha sido mi único amigo. ¿Esperas que le deje pudrirse ahí dentro para que ese hijo de puta pueda disfrutar sin miedo de su zorra? –Pareció caer en la cuenta de lo que acababa de decir e intentó arreglarlo–. ¡Perdona! –suplicó–. Sigue siendo tu madre.
–Ya no –fue la seca respuesta del chiquillo, que poco después inquirió como si aquélla fuera una pregunta a la que jamás conseguiría encontrar respuesta–: ¿Por qué lo ha hecho? Ya sé que mi padre es pobre, pero la quería muchísimo, y éramos felices.
El capitán Sancho Mendaña meditó mientras observaba cómo el sol se escondía definitivamente en el horizonte, y se le advertía plenamente consciente de la importancia que lo que iba a decir tenía para aquel chaval de enormes ojos inquisidores al que en verdad había visto nacer y crecer centímetro a centímetro.
–La miseria suele ser mala consejera –musitó al fin–. Y tal vez tu madre haya pensado más en el futuro de sus hijos que en el presente de su marido. Es una mujer de mucho carácter, y sabrá arreglárselas para conseguir que ese cerdo os procure una posición desahogada para el resto de vuestras vidas.
–¡No a mí! –fue la decidida respuesta del muchacho.
–Piénsatelo.
–No tengo nada que pensar –replicó de inmediato el chicuelo–. Me iré con mi padre.
El capitán Mendaña le acarició con profundo afecto la mejilla y le miró directamente a los ojos.
–Sabía que dirías eso –admitió–. Jamás suelo equivocarme con los hombres, y tú ya eres un hombre. –Sonrió como burlándose de sí mismo–. Con las mujeres ya es otra cosa. Raramente acierto.
En los días que siguieron la mayoría de los habitantes de Juan Griego acudieron a casa de los Heredia llevando todo aquello que sabían que podrían necesitar durante una larga travesía hasta las costas de Puerto Rico o La Española, y la mayoría de ellos se limitó a depositar su aportación en el porche sin pronunciar una sola palabra, conscientes de que cuanto dijeran sólo contribuiría a aumentar el dolor del destinatario.
El carpintero de ribera y su ayudante se aplicaron duramente a la tarea de calafatear y revisar la barca dotándola de un nuevo mástil, y maese Amador se desprendió generosamente de una vela recién estrenada que sus hijas habían tardado meses en tejer.
En la noche del sábado todas las luces del pueblo se apagaron más temprano que de costumbre y sólo en el torreón del fortín de La Galera brillaba un candil en la habitación del capitán Sancho Mendaña.
A las once menos cuarto se apagó también.
Cinco minutos más tarde un centinela abrió la pequeña puerta lateral de las mazmorras, aspiró profundamente una bocanada del cálido aire de la noche, observó el oscuro cielo, y cayó redondo haciendo resonar contra el empedrado una gruesa llave.
Una sombra surgió de entre las sombras, se apoderó de la llave y desapareció en el interior de la maciza construcción, para reaparecer a los pocos instantes conduciendo de la mano a un hombre que avanzaba como un sonámbulo que no tuviese la más mínima idea de quién era ni hacia dónde le conducían.
Sebastián se vio obligado a arrastrar a su padre hacia el lugar en que se encontraba la barca, puesto que podría creerse que el pobre Miguel Heredia ni siquiera había tomado conciencia de cuanto ocurría, y su única querencia era encaminarse a la casa en la que su aturdida mente imaginaba que debían de estar aguardándole su mujer y su hija.
–Pero ¿adónde me llevas? –susurraba una y otra vez, desconcertado–. ¿Adónde me llevas?
Encerrados en sus casas, cien pares de ojos observaban el paso de aquel par de desgraciados abatidos por la vergüenza y el dolor, y la mayoría de los niños que habían compartido los juegos con Sebastián –y muchas de sus madres– no pudieron contener las lágrimas al verlos embarcar.
Tres figuras surgieron de la espesura para empujar la embarcación en dirección al agua, el chiquillo acomodó a su abatido padre en proa, izó la vela y enfiló la barquichuela directamente hacia mar abierto.
El Jacaré era un barco que cabría calificar de «mentiroso».
Con casi cuarenta metros de eslora, siete de manga, y montando en total treinta y dos potentes cañones, visto a nivel del mar a más de dos millas de distancia, y en especial cuando venía de frente, ofrecía no obstante la pacífica apariencia de un inofensivo falucho de cabotaje.
Las razones de tal efecto óptico eran varias, y resultaba evidente que habían sido muy bien estudiadas, puesto que la primera de ellas se centraba en el hecho de que se trataba de un navío muy bajo de bordas, casi sin obra muerta y con el casco pintado de azul, lo que dificultaba terriblemente la labor de calcular su verdadero tamaño en cuanto el mar se encontraba apenas agitado.
La segunda, y probablemente principal, se basaba en el curioso hecho de que, a diferencia de los galeones en que predominaban las grandes velas cuadradas, se encontraba aparejado con triangulares velas «latinas», y por lo general con sólo la mitad de longitud de sus tres mástiles, lo cual invitaba de inmediato a suponer que una nave de tan escaso velamen y altura de palos carecía por completo de potencial de ataque.
No obstante, la tripulación del Jacaré estaba adiestrada de tal forma que la otra mitad de los mástiles –que se mantenían sujetos con abrazaderas metálicas a los principales– podían alzarse en cuestión de minutos para quedar firmemente sujetos en el falso tope, con lo que la nave desplegaba como por arte de magia una superficie de velamen que casi duplicaba en un instante la anterior.
El veloz navío se precipitaba entonces en un abrir y cerrar de ojos sobre sus confiadas presas, al tiempo que descubría las portas de sus cañones y mostraba al enemigo la magnitud de su armamento.
Su nombre, Jacaré, que en la lengua de los primitivos indios caribes significaba «caimán», se encontraba por tanto plenamente justificado, ya que aquella curiosa embarcación, que más recordaba un jabeque berberisco que un auténtico buque pirata, era en realidad como el sigiloso caimán que aparenta dormitar en el recodo del río enseñando apenas los ojos y la punta del morro, pero que en un momento dado da un ágil salto abriendo sus terroríficas fauces para cerrarlas mortalmente sobre su confiada víctima.
Su capitán, armador y propietario, que respondía al curioso apodo de Jacaré Jack, era, a decir verdad, un perfecto reflejo de su nave, o quizá esta última fuese una obra de arte hecha a la medida de la auténtica personalidad de su dueño, puesto que al primer golpe de vista, el rechoncho y calvorota escocés más parecía un aburguesado notario, un maestro indolente o incluso un fraile enamorado de la buena mesa, que un famoso pirata del que se aseguraba que había hundido más de veinte galeones, y cuya reluciente cabezota ansiaban ver colgar de una jarcia todos los gobernantes de la región.
Cuantos le conocían sabían también, y algunos lo habían sufrido en propia carne, que tras aquella inocente fachada de hombre pacífico y paciente se ocultaba un brutal salteador de rutas marinas que en cuanto desenvainaba el sable no volvía a introducirlo en su funda a no ser que estuviera tinto en sangre.
No en vano Jacaré Jack presumía de haber compartido asaltos y aventuras con personajes de la catadura del astuto Henry Morgan, el elegante Chevalier de Grammont, e incluso el mítico y odiado Mombars, uno de los filibusteros más sádicos y desalmados de cuantos hicieran ondear bandera negra en la punta de sus mástiles a lo largo de la historia.
Pero como buen «perro de mar», Jacaré Jack respetaba a rajatabla las leyes de los temidos Hermanos de la Costa, por lo que la brumosa mañana en que un vigía gritó desde la cofa que había avistado a un náufrago a estribor, ordenó de inmediato al timonel que cambiara el rumbo.
No fue en realidad un náufrago, sino dos los que izaron a bordo, y en un primer momento al pirata le sorprendió descubrir que quien se encontraba al timón de la maltrecha chalupa y, pese a su desesperada situación, se mostraba fuerte y animoso, era apenas un adolescente, mientras que, por su parte, el hombretón que dormitaba en proa apenas parecía capaz de pronunciar una frase mínimamente coherente.
–¿Quiénes sois, de dónde venís, y adónde vais? –fue su primera pregunta.
–Me llamo Sebastián Heredia, y éste es mi padre –respondió de inmediato el avispado mocoso–. Venimos de Margarita y nos dirigimos a Puerto Rico.
–¿Puerto Rico? –repitió el pirata dejando escapar una divertida carcajada–. ¡Pues sí que estás tú bueno! Por el rumbo que llevabas, tu próxima escala sería Guinea, en África.
–Nos sorprendió una tormenta –alegó en su descargo el chicuelo–. Jamás he visto tantos rayos.
–Pues por lo que parece a tu padre le cayó uno en la mollera. –El pirata se llevó el dedo a la sien e hizo un inequívoco ademán de taladrársela–. ¿Acaso es que está algo...?
–Es una larga historia –fue la áspera respuesta.
Jacaré Jack observó divertido al descarado rapaz, se volvió luego a su segundo de a bordo, Lucas Castaño, un adusto panameño que siguiendo su inveterada costumbre ni siquiera había abierto una sola vez la boca, y por último señaló con calma:
–Me encantan las historias, no tengo nada mejor que hacer en todo el día, y me gusta saber las razones por las que acojo a alguien en mi barco o lo tiro por la borda. –Sonrió de oreja a oreja–. Así que desembucha.
Sebastián Heredia Matamoros le contó esa mañana al capitán Jacaré Jack la parte de su historia que deseaba contar, y la que no deseaba contar el paciente pirata se la fue sonsacando astutamente palabra por palabra, de tal forma que cuando al fin la campana de popa anunció a la tripulación que había llegado la hora del almuerzo, golpeó contra la base del mástil su enorme cachimba tallada a mano en el fémur de un almirante inglés, y asintió lentamente.
–Una fea y triste historia, sí señor –admitió convencido–. Una tremenda «hijoputada» que me reafirma en la idea de que no te puedes fiar ni de tu madre. Podéis quedaros –añadió–. Ayudarás al cocinero, y, cuando se recupere, tu padre echará una mano en cubierta.
Ése fue el modo en que, recién cumplidos los doce años, Sebastián Heredia se convirtió en «marmitón» y grumete útil para todo a bordo de un barco pirata, con el aditamento de que a sus múltiples ocupaciones tenía que sumar la cada día más penosa de cuidar a un pobre hombre que parecía totalmente incapaz de escapar de la postración en que se había sumido, hasta el punto de que se iba consumiendo como un pescado puesto a «jarear».
En efecto, Miguel Heredia Ximénez se pasaba las horas y los días sentado en cubierta, con la espalda apoyada en el tambucho de proa, afilando pacientemente cuchillos, espadas, hachas y navajas, tan absorto y con tan profunda dedicación a su tarea que cabría suponer que eran sus brazos y sus manos los únicos que permanecían en el lugar, mientras que el resto de su persona había volado a mil millas de distancia, aunque a decir verdad no había volado a parte alguna, sino que se había limitado a permanecer en Margarita, puesto que su mente parecía negarse a aceptar que cuanto le había sucedido era cierto.
Tal vez si la muerte se hubiese llevado para siempre a toda su familia, Miguel Heredia habría sido capaz de resignarse y aceptarlo como algo inevitable, puesto que la muerte, por muy prematura que fuese, era una opción siempre presente en la vida de un hombre de su tiempo, pero una traición tan fría y calculada por parte del ser al que había entregado su vida, constituía un golpe brutal y tan absolutamente inesperado que no existía lugar en su cerebro en que alojarlo, aunque sólo fuera para que se quedara allí y olvidarlo con el paso del tiempo.
Sobre cubierta había grabado un nombre: «Celeste», y a menudo, cuando bajaba la vista hacia él, los ojos se le empañaban, y pese a que en cuanto tenía un momento libre su hijo acudía a tomar asiento frente a él, y durante las comidas no se movía de su lado hasta que comprobaba que se había acabado cuanto tenía en la escudilla, cuidándole como podría haber hecho con un niño enfermo, el atribulado muchacho no conseguía encontrar palabra que proporcionara el menor consuelo a su padre.
Y es que no existe forma humana de dar a otros lo que uno no tiene para sí, y el chiquillo continuaba sin encontrar respuestas a las amargas preguntas que bullían en su mente.
Tal vez de haber estado solo Sebastián habría conseguido aturdirse lo suficiente con el trabajo diario como para olvidar a ratos sus angustias, pero alzar el rostro y ver a todas horas la inclinada frente de su padre obsesionado en afilar espadas hasta convertirlas casi en navajas de afeitar, le impedía evadirse y le traía a la memoria el recuerdo de pasadas escenas familiares que le encogían el alma.
Mientras tanto, el Jacaré continuaba navegando sin rumbo fijo ni destino aparente, «vagabundeando» por las tranquilas aguas caribeñas sin apenas velamen y los mástiles reducidos a la mitad, aguardando «como caimán en boca de caño» la apetitosa presa que cometiese la estúpida imprudencia de cruzarse en su camino.
Nadie a bordo solía mostrar jamás el más mínimo síntoma de impaciencia, señal inequívoca de que el orondo capitán había sabido seleccionar bien a su gente, y eran más las horas que los desharrapados piratas pasaban durmiendo o jugando a los dados, que aquellas en que se veían obligados a realizar algún tipo de faena.
Durante los más calurosos mediodías, y siempre que el mar estuviera en calma, se arriaba el trapo y se mantenía la nave al pairo para que cuantos quisieran pudiesen darse un refrescante chapuzón, y fue durante uno de aquellos agradables períodos de gratificante diversión cuando al fin un vigía aulló desde la cofa anunciando la presencia de un navío que provenía del este.
Pese a encontrarse evidentemente en aguas peligrosas, los recién llegados tardaron casi una hora en advertir que una nave muy baja de bordas se encontraba al pairo en mitad de su camino, aunque cuando al fin repararon en su presencia, lo único que hicieron fue desviar apenas el rumbo tres grados al sur, tal vez con el propósito de evitarse sorpresas desagradables.
El capitán Jack observaba a los recién llegados con ayuda de su pesado catalejo, mientras el corazón de Sebastián golpeaba con fuerza amenazando con escapársele por la boca.
Su padre ni siquiera hizo el más mínimo gesto.
Muy lentamente, pese a desplegar todo su trapo al viento, la pesada car
