Trilogía de los Tres Cuerpos

Cixin Liu

Fragmento

 problema

 

 

 

 

ELENCO DE PERSONAJES [1]  

 

La familia Ye 

 

Ye Zhetai: Profesor de Física de la Universidad de Tsinghua de Pekín.

Shao Lin: Esposa de Ye Zhetai y, al igual que aquel, profesora de Física en la misma universidad.

Ye Wenjie: Astrofísica. Primogénita de Ye Zhetai y Shao Lin.

 

 

Base Costa Roja 

 

Lei Zhicheng: Comisario político de la base.

Yang Weining: Ingeniero jefe de la base. Antiguo alumno de Ye Zhetai.

 

 

El presente 

 

Yang Dong: Teórica de cuerdas. Hija de Yang Weining y Ye Wenjie.

Ding Yi: Físico teórico. Novio de Yang Dong.

Wang Miao: Investigador en nanomateriales. Tiene un hijo, Dou Dou, de su matrimonio con Li Yao.

Shi Qiang: Comisario de policía apodado «Da Shi». Tan soez en sus maneras como eficaz en su trabajo. Fumador em­pedernido.

Chang Weisi: General del Ejército Popular de Liberación de la República Popular de China.

Shen Yufei: Enigmática física de nacionalidad japonesa. Miem­bro de la organización Fronteras de la Ciencia.

Wei Cheng: Excéntrico prodigio matemático. Esposo de Shen Yufei.

Pan Han: Mediático biólogo y ecologista. Miembro de la or­ganización Fronteras de la Ciencia.

Sha Ruishan: Astrónoma. Antigua alumna de Ye Wenjie.

Mike Evans: Ecologista estadounidense y defensor a ultranza de los animales. Hijo de un gran magnate del petróleo.

Coronel Stanton: Coronel del Cuerpo de Marines de Estados Unidos al mando de la operación Guzheng.

 

 

 

 

 

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Los años de la locura

 

 

 

 

Pekín, año 1967

 

El Cuartel General de la Brigada del 28 de Abril llevaba dos días siendo asediado por parte de la Liga Roja. Sus banderas se arremolinaban en torno al edificio, retorciéndose como llamas que ansían la leña.

El comandante de la Liga Roja sentía una gran desazón. Lo que le preocupaba no eran los defensores del edificio; aquellos poco más de doscientos guardias rojos de la Brigada del 28 de Abril eran meros principiantes comparados con los suyos: los guardias rojos de la Liga, formada en 1966 al inicio de la Gran Revolución Cultural Proletaria, llevaban a sus espaldas múltiples y tumultuosas marchas revolucionarias a lo largo y ancho del país, e incluso habían asistido a las grandes concentraciones de Tiananmen para ver y escuchar en persona al presidente Mao.

El motivo de su desasosiego era la docena de estufas de hierro que había en el edificio, todas ellas repletas de explosivos y conectadas entre sí por detonadores eléctricos. No podía verlas, pero sentía su magnética presencia. Accionando un solo botón, todos, revolucionarios y contrarrevolucionarios por igual, saltarían por los aires ardiendo en llamas. Los jóvenes miembros de la Brigada del 28 de Abril eran capaces de tal osadía y más. A diferencia de los hombres y mujeres de la primera generación de guardias rojos, templados por mil y una batallas, aquella nueva hornada de rebeldes resultaba tan descontroladamente enajenada como una manada de lobos sobre carbón ardiente.

En lo más alto del edificio surgió la espigada figura de una hermosa joven. Hacía ondear una enorme bandera de la Brigada del 28 de Abril. Su aparición fue automáticamente recibida por una copiosa lluvia de disparos provenientes de las armas más diversas: desde antiguallas como carabinas americanas, ametralladoras checas o fusiles japoneses tipo 38, hasta fusiles y metralletas más modernos robados al Ejército de Liberación Popular tras la publicación del «Editorial de Agosto»;[2] incluso había armas blancas como espadas y lanzas, todo un compendio de la historia bélica reciente.

No era la primera vez que un miembro de la Brigada protagonizaba un acto de provocación como aquel. Además de hacer ondear banderas, también gritaban eslóganes a través de megáfonos o arrojaban octavillas sobre las cabezas de sus atacantes. En cada una de las ocasiones anteriores, el osado u osada había logrado escapar indemne de las balas y ganarse fama de valiente.

Claramente, aquella muchacha creía que iba a tener la misma suerte. Enarbolaba la bandera como si se jactara de su impetuosa juventud, convencida de que el enemigo acabaría sucumbiendo bajo las llamas de la Revolución, imaginando que al día siguiente del ardor que corría por su sangre nacería un mundo ideal... Siguió embriagada por la roja y espléndida pasión de su sueño hasta que una bala le atravesó el pecho, tan tierno a sus quince años que el proyectil apenas se detuvo antes de salir silbando por su espalda. La joven guardia y su bandera se precipitaron al vacío, la primera casi más despacio que aquel paño rojo, como si se tratara de un pájaro enamorado del cielo que se niega a abandonarlo.

Los miembros de la Liga Roja prorrumpieron en vítores. Algunos de ellos corrieron hasta el pie del edificio para despedazar la bandera de la Brigada y tomar en volandas el pequeño cadáver. Al rato de exhibirlo cual trofeo de guerra, lo arrojaron contra la verja metálica del recinto. La mayor parte de las barras, terminadas en punta, habían sido retiradas al principio de la guerra entre facciones, para ser luego usadas como lanzas. Pero aún quedaban dos. Cuando la atravesaron, el tierno cuerpo de la chica pareció volver a la vida momentáneamente.

A continuación, los guardias rojos tomaron distancia y comenzaron a dispararle como si de un blanco de práctica se tratara. Para entonces, ella no sentía nada y las balas que la acribillaban eran como gotas de lluvia fina; sus lánguidos brazos apenas se mecían, eran dos enredaderas por las que resbalaba el agua. Después le volaron la mitad de la cabeza y en su joven rostro quedó un solo ojo con que mirar el límpido cielo azul de 1967. Era una mirada sin rastro de dolor. Una mirada obcecada en el fervor y la devoción.

Lo cierto era que, comparado con el que deparaba a otros, el destino final de aquella muchacha podía considerarse afortunado. Como mínimo, había muerto en el afán de sacrificarse por un ideal.

 

 

Aquellas escenas cruentas se reproducían por todo Pekín, como una multitud de procesadores trabajando en paralelo cuyo resultado combinado era la Revolución Cultural, un mar de locura que se propagaba por la ciudad inundando hasta el último rincón.

En los límites de la capital, en el recinto deportivo de la prestigiosa Universidad de Tsinghua, millares de personas asistían desde hacía casi dos horas a una de las llamadas sesiones de castigo. Estas tenían como objetivo el escarnio público de los enemigos de la Revolución, y en ellas solían emplearse salvajes abusos verbales y físicos a fin de lograr la confesión de los crímenes. Corrían los tiempos del todos contra todos y los revolucionarios se dividían en numerosas facciones opuestas. En el interior de la universidad se repetían los encontronazos entre los guardias rojos, el grupo de trabajo por la Revolución Cultural, el equipo de propaganda de los trabajadores y el de propaganda militar. En ocasiones, cada una de ellas sufría disgregaciones que generaban nuevos grupos rebeldes de orígenes e intereses opuestos, y ello conducía a más encarnizadas luchas.

Sin embargo, las víctimas de aquella sesión de castigo eran autoridades académicas burguesas y reaccionarias, enemigas de todas las facciones por igual y, por lo tanto, condenadas a soportar los feroces ataques procedentes de todas ellas.

A diferencia de otros «monstruos y demonios»,[3] los miembros de las autoridades académicas tenían algo en común: al principio todos se mostraban invariablemente desafiantes y orgullosos, motivo por el cual en esas primeras rondas murieron en mayor número. En el transcurso de cuarenta días, solamente en Pekín, más de mil setecientas víctimas fueron vilipendiadas y torturadas hasta la muerte en sesiones similares. Aún más numerosos fueron quienes escogieron atajar el camino hacia su aciago destino. Eminentes literatos como Lao She, Yi Qun, Wen Jie y Hai Mo, los historiadores Wu Han y Jian Bozan; Fu Lei, traductor al chino de Balzac, el meteorólogo y geofísico Zhao Jiuzhang y muchos otros optaron por terminar con sus otrora honrosas y respetadas vidas.

Los supervivientes de aquella etapa inicial se volvían insensibles al dolor conforme discurrían las sesiones, gracias a una suerte de coraza mental que los protegía del completo colapso emocional. Con frecuencia parecían entrar en un trance del que solo despertaban cuando alguien les gritaba en la cara para obligarles a recitar mecánicamente sus confesiones por enésima vez.

Después de aquello, había quienes entraban en una tercera etapa: las infinitas e interminables sesiones conseguían calar en su cerebro como si fuera mercurio; hacerles ver vívidas imágenes políticas hasta que el edificio de sus mentes, erigido por el entendimiento y la racionalidad, sucumbía a los embates y terminaba colapsándose. Comenzaban a creer que eran culpables, que habían perjudicado la gran causa de la Revolución, y rompían a llorar amargamente y a pedir clemencia con un arrepentimiento mucho más sincero que el de aquellos monstruos y demonios que no eran intelectuales.

Para los guardias rojos, las sesiones de castigo de quienes se encontraban en esas dos etapas mentales carecían de emoción. Solo aquellos monstruos y demonios que aún se hallaban en la primera fase conseguían, como el capote del torero, proporcionar a sus desbocados cerebros la excitación que ansiaban para seguir embistiendo. Esa clase de sujetos era cada vez más escasa; en todo el campus de Tsinghua quedaba solo uno. Y precisamente por ser tan raro lo habían reservado para el final de la sesión.

Hasta entonces Ye Zhetai, profesor de Física, había sobrevivido a la Revolución Cultural sin pasar de la primera fase mental: ni había reconocido culpa alguna, ni se había suicidado, ni había entrado en trance. Al subir al escenario y presentarse ante el público, su expresión era la de quien acepta con determinación cargar sobre sus hombros la cruz que se le impone.

Si bien la carga que los guardias rojos le hacían llevar no era una cruz, pesaba igual o más: a las otras víctimas les colocaban sombreros de bambú, pero a él le habían puesto uno hecho con gruesos barrotes de hierro. Del mismo modo, la placa que portaba al cuello no era de madera, como la de los demás, sino la puerta metálica de un horno de laboratorio que llevaba su nombre escrito en llamativos caracteres negros tachados por una gran equis roja.

El número de guardias rojos que lo escoltó hasta el escenario era el doble del habitual: dos chicos y cuatro chicas. Los primeros avanzaban con paso firme y seguro, la viva imagen del joven bolchevique más sazonado. Eran estudiantes de cuarto de Física Teórica, y Ye Zhetai había sido su profesor. Ellas, mucho menores, eran estudiantes de segundo de secundaria en el instituto adscrito a la universidad. Iban vestidas con uniforme militar y llevaban banderolas rojas en la mano. Exudando un ímpetu adolescente, rodeaban a Ye Zhetai como si fueran cuatro hambrientas llamas de color verde.

La aparición del profesor revitalizó al público que había al pie del escenario; como una ola que crece, este volvió a rugir eslóganes con un fervor que había ido decayendo.

Tras esperar pacientemente a que el clamor disminuyera, uno de los guardias rojos se dirigió a la víctima:

—¡Ye Zhetai! Como experto en mecánica, deberías darte cuenta de lo fuerte que es y cuán unificada está la fuerza a la que te resistes. ¡Insistir en tu empecinamiento solo te conducirá a la muerte! Continuaremos directamente por donde lo dejamos la vez anterior, no hay necesidad de gastar saliva. Contesta con sinceridad a la siguiente pregunta: entre 1962 y 1965, ¿decidiste o no añadir por tu cuenta la teoría de la relatividad al temario del curso de Introducción a la Física?

—La relatividad es parte fundamental de la física teórica. ¿Cómo no iba a incluirla en un curso introductorio?

—¡Mentira! —le gritó una de las chicas—. ¡Einstein es una autoridad académica reaccionaria a disposición del mejor postor! ¡Le faltó tiempo para irse con los imperialistas americanos y ayudarles a construir la bomba atómica! ¡Para establecer una auténtica ciencia revolucionaria, hay que derribar primero el negro estandarte del capitalismo que representa la teoría de la relatividad!

Ye Zhetai guardó silencio. Soportaba con dolor el peso del sombrero de metal y la puerta de hierro, pero no le quedaban fuerzas para refutar afirmaciones que no merecían la pena. Detrás de él, uno de sus estudiantes frunció el ceño.

La guardia roja que acababa de hablar era la más inteligente de las cuatro y, además, la que estaba mejor preparada. Antes de subir al escenario había memorizado las consignas de la sesión. Sin embargo, contra alguien como Ye Zhetai, unos pocos eslóganes carecían de efecto. Decidieron usar el arma secreta que le habían preparado. Hicieron una señal a alguien que se encontraba en la primera fila del público.

Ye Shaolin, esposa de Ye Zhetai y también profesora de Física, se puso en pie y subió al escenario. Su ropa, demasiado holgada, era de un color verde oliva destinado claramente a imitar el uniforme de los guardias rojos. A quienes la conocían, y la recordaban dando clase enfundada en un ceñido qipao tradicional, aquel vestido les resultaba forzado y ridículo.

—¡Ye Zhetai! —chilló la mujer entre temblores, tratando inútilmente de parecer firme. Saltaba a la vista que no estaba acostumbrada a aquellas pantomimas, y cuanto más subía la voz, más evidentes eran sus sacudidas—. ¿Pensabas que no iba a denunciarte, a desenmascararte? ¡Sí, en el pasado me dejé cegar por tu visión reaccionaria del mundo y de la ciencia, pero ahora me he quitado esa venda de los ojos y lo veo claro! ¡Gracias a la ayuda de las juventudes revolucionarias, hoy estoy del lado de la Revolución, del lado del pueblo! —Se volvió hacia el gentío—. ¡Camaradas! ¡Estudiantes, profesores y personal revolucionario! Seamos conscientes de la naturaleza reaccionaria de la teoría de la relatividad de Einstein. Resulta especialmente evidente en la relatividad general: su modelo estático del universo niega la naturaleza dinámica de la materia, ¡es antidialéctico![4] Concibe el universo como algo limitado, lo cual es, sin duda, una forma de idealismo reaccionario y...

Ye Zhetai, al escuchar la interminable verborrea de su esposa, esbozó una amarga sonrisa.

«¿Que yo te cegué a ti, Shaolin? A ti, que siempre fuiste un misterio para mí. Una vez alabé tus aptitudes delante de tu padre, en paz descanse, quien por fortuna no tuvo que presenciar tanta calamidad, y él negó con la cabeza y me dijo que no esperaba de ti grandes logros académicos. Lo que añadió a continuación acabaría cobrando gran importancia en la segunda mitad de mi vida: “Mi Shaolin es demasiado inteligente. Para trabajar en teoría fundamental, lo que hay que ser es tonto.”

»Tuvo que pasar mucho tiempo hasta comprender sus acertadas palabras. Shaolin, eres muy inteligente. Hace años que supiste ver el viraje ideológico que se avecinaba en el mundo académico y te preparaste a conciencia para ello. Por ejemplo, en tus clases les cambiaste el nombre a muchas leyes y constantes de la física: a la ley de Ohm la llamaste ley de resistencia; a las ecuaciones de Maxwell, ecuaciones electromagnéticas; a la constante de Planck, constante cuántica... Te aseguraste de explicar a tus estudiantes que todo logro científico era fruto de la sabiduría de las masas trabajadoras, y que las autoridades académicas capitalistas las bautizaban con sus nombres para usurparles el mérito.

»Ni siquiera así fuiste del todo aceptada en los círculos revolucionarios. Mírate ahora, todavía despojada del privilegio de lucir en el brazo la banda roja con las palabras “Profesorado y personal revolucionario”, aún sin el rango necesario para poder llevar en la mano un ejemplar del Libro rojo de Mao... La culpa es tuya por haber nacido en una destacada familia de la vieja China prerrevolucionaria, quién te mandaba tener de padres a tan eminentes académicos...

»Mencionas a Einstein, pero tú tienes mucho más que confesar sobre él que yo. En invierno de 1922 Einstein estuvo en Shanghai y tu padre, que hablaba alemán, formó parte de la comitiva invitada a acompañarlo en su visita. ¿Cuántas veces me dijiste que tu padre decidió dedicarse a la física alentado por el mismo Einstein y que tú seguiste su ejemplo? ¿Cuántas veces te vanagloriaste de cómo Einstein había sido, de manera indirecta, tu mentor? ¡Lo feliz y orgullosa que te sentías!

»Más tarde supe que tu padre había maquillado la verdad, que él y Einstein apenas habían cruzado unas palabras. La mañana del 13 de noviembre de 1922 lo acompañó en un paseo por la avenida Nanjing. Entre otros, también estaban Yu Youren, decano de la Universidad de Shanghai, y Cao Gubing, director del periódico La Gran Justicia. Al pasar por un tramo en obras, Einstein se detuvo a observar a un muchacho que picaba piedra. Llevaba la ropa hecha jirones y tenía el rostro y los brazos cubiertos de mugre. Entonces Einstein le preguntó a tu padre cuál era el sueldo diario de aquel joven obrero y él, después de preguntarle al chico, le dijo que cinco centavos.

»Esa fue la única interacción que tuvo con el gran científico que cambió el mundo. No hablaron de física ni de la teoría de la relatividad, solo de la cruda y fría realidad. Según tu padre, tras escucharle, Einstein observó los mecánicos movimientos del muchacho durante un largo rato sin dar siquiera una calada a la pipa.

»Después de compartir ese recuerdo conmigo, tu padre suspiró con amargura y me dijo: “En China, cualquier idea que quiera tomar vuelo terminará estrellándose contra el suelo. El peso de la realidad es demasiado fuerte.”»

—¡Agacha la cabeza! —gritó uno de los chicos.

Ye Zhetai se preguntó si aquello era un velado gesto de misericordia por parte de su ex alumno: todas las víctimas de las sesiones de castigo debían bajar la cabeza. Si lo hacía, aquel pesado sombrero de metal caería al suelo y, mientras no lo levantara, no habría motivo para volver a colocárselo. Pero Ye Zhetai mantuvo la cabeza bien alta, soportando aquel enorme peso con su fino cuello.

—¡Agacha la cabeza, reaccionario testarudo!

Una de las chicas se quitó el cinturón y lo fustigó. La hebilla de latón le dejó una profunda marca en la frente, que enseguida quedó cubierta de sangre. El profesor se tambaleó unos instantes para después volver a incorporarse.

—También introdujiste muchas ideas reaccionarias cuando enseñabas mecánica cuántica —anunció uno de los dos chicos, haciendo un gesto con la cabeza para que Shaolin prosiguiera.

Esta, ansiosa por continuar, no tardó ni un segundo en reaccionar. Sabía que debía seguir hablando o, de lo contrario, su débil mente perdería la poca cordura que le quedaba.

—¡Ye Zhetai, de esta acusación no puedes eximirte! ¿Cuántas veces has adoctrinado a tus estudiantes con la reaccionaria interpretación de Copenhague de la mecánica cuántica?

—No es más que la explicación más coherente con los resultados experimentales que hay hasta la fecha.

El tono calmado con que respondía, pese a ser el blanco de tan furibundos ataques, la desconcertaba. Empezaba a sentir pánico.

—Según la misma —continuó ella—, la mera observación externa conduce al colapso de la función de onda. ¡No es más que otra muestra de idealismo reaccionario, y de las más descaradas!

—¿Es la filosofía la que debe guiar los experimentos o son los experimentos los que deben guiar la filosofía?

La súbita réplica del profesor consternó a los perpetradores de la sesión de castigo. Durante unos instantes no supieron qué hacer.

—¡Pues claro que la correcta filosofía marxista debe guiar los experimentos! —espetó finalmente uno de los chicos.

—Eso equivale a decir que la filosofía correcta viene dada del cielo. Se contradice con la idea de que la verdad emerge de la experiencia. Niega los principios con los que el mismo marxismo busca entender la naturaleza.

Ni Shaolin ni ninguno de los dos chicos supieron qué contestar. A diferencia de aquellos guardias rojos que aún estaban en el instituto, ellos no podían permitirse el lujo de ignorar la lógica.

Las cuatro chicas, en cambio, tenían sus propios e infalibles métodos revolucionarios. La que acababa de fustigar al profesor volvió a quitarse el cinturón y repitió la hazaña. Sus compañeras la imitaron: ante tamaña exhibición de fervor revolucionario sentían la necesidad de parecer, como mínimo, igual de implicadas. Los dos chicos no interfirieron. Si lo hacían, alguien podía sospechar que no eran suficientemente revolucionarios.

—¡También enseñabas la teoría del Big Bang! —intervino uno de ellos, tratando de reorientar la sesión—. ¡Una de las teorías más reaccionarias!

—Quizá sea refutada en el futuro, pero dos de los más grandes descubrimientos de nuestro siglo, la ley de Hubble y la observación del fondo cósmico de microondas, la confirman como la explicación al origen del universo más plausible de las que barajamos en la actualidad.

—¡Mentira! —interrumpió Shaolin, quien comenzó a explicar la teoría del Big Bang procurando intercalar, cada vez que le era posible, alusiones críticas a su naturaleza reaccionaria.

Sin embargo, su novedad atrajo el interés de la chica más inteligente, que no pudo evitar preguntar:

—Entonces, ¿también el tiempo surgió con la singularidad? ¿Y qué existía antes?

—Nada —respondió Ye Zhetai, empleando el mismo tono con que contestaba las preguntas de cualquier estudiante curioso, y volvió la cabeza hacia la chica para dirigirle una mirada afable. Herido y bajo el peso del sombrero y la placa, se movía con extrema dificultad.

—¡¿Nada?! ¡Eso es completamente reaccionario! —exclamó con espanto la chica. Miró aturdida a Shaolin, quien acudió en su ayuda.

—Eso deja lugar para la existencia de Dios —apostilló, clavándole los ojos con intención.

De pronto confundida, la joven guardia roja tuvo con aquello por donde retomar su argumentario. Levantó el brazo que sostenía el cinturón y, señalando a Ye Zhetai, exclamó:

—¡Dices... dices que Dios existe!

—No lo sé.

—¡¿Cómo?!

—Lo que digo es que lo ignoro. Si por Dios te refieres a algún tipo de superconciencia fuera del universo, no sé si existe o no. La ciencia no ha aportado pruebas fehacientes ni en un sentido ni en otro.

En realidad, en medio de aquel escenario de pesadilla, Ye Zhetai se inclinaba a pensar que Dios no existía.

Aquella afirmación reaccionaria causó una gran conmoción entre el público, que, alentado por una de las guardias rojas, comenzó a gritar eslóganes:

—¡Abajo la autoridad académica reaccionaria Ye Zhetai!

—¡Abajo todas las autoridades académicas!

—¡Abajo todas las doctrinas reaccionarias!

Cuando los eslóganes amainaron, la chica gritó:

—¡Dios no existe, las religiones son instrumentos de la clase dominante para oprimir el espíritu del pueblo!

—Esa es una opinión muy poco imparcial —repuso con calma Ye Zhetai.

Furiosa y humillada, la joven guardia roja concluyó que contra aquel enemigo no valían las palabras. Cinturón en mano, se abalanzó sobre el profesor y volvió a fustigarlo. Sus compañeras hicieron lo mismo. Ye Zhetai era muy alto y las cuatro tenían que estirar los brazos para alcanzarle la cabeza. Después de varias dianas, el sombrero de hierro, que lo había protegido en cierta medida, se le cayó de la cabeza. Los golpes de las hebillas continuaron sucediéndose y, entonces sí, terminaron por derribarlo.

Envalentonadas por el éxito, las chicas redoblaron el fervor con que se entregaban a aquella gloriosa sesión de castigo. Luchaban por su fe y por sus ideales; orgullosas de su coraje, les deslumbraba el brillante papel que les había reservado la historia.

Entonces los chicos no pudieron más y corrieron a liberar a su antiguo profesor de Física de aquellas cuatro furias.

—¡El Gran Timonel nos ordena convencer con elocuencia, no con violencia! —recordó uno de ellos.

Pero ya era demasiado tarde. Ye Zhetai yacía inmóvil sobre el escenario con los ojos aún abiertos y la sangre brotándole de la cabeza. El público detuvo su algarabía y se hizo el silencio. Lo único que se movía era un fino reguero de sangre, que serpenteaba por el escenario, llegaba hasta el borde y goteaba sobre un baúl. Su cadencia recordaba al de unos pasos alejándose.

Una risa desquiciada rompió el silencio. Era Ye Shaolin, que había terminado de perder el juicio. Su tétrico sonido perturbó a los asistentes, quienes comenzaron a marcharse. El recinto quedó desierto a excepción de una sola persona frente al escenario.

Era Ye Wenjie, la hija de Ye Zhetai.

Cuando las cuatro guardias rojas empezaron a arrebatarle violentamente la vida a su padre, ella quiso intervenir y subir al escenario, pero dos viejos bedeles la sujetaron con fuerza y le susurraron al oído que solo conseguiría morir. Por más que se desgañitó cuando aquella sesión de castigo acabó convertida en pesadilla, sus gritos quedaron ahogados por los eslóganes y vítores del gentío. Después, en cuanto volvió a reinar el silencio, fue incapaz de emitir sonido alguno.

A medida que observaba el cuerpo inerte de su padre en la tarima, el llanto y los gritos de rabia que había ahogado se le fueron congelando en la sangre. La acompañarían el resto de su vida.

Una vez dispersos los asistentes, ella permaneció inmóvil, como una estatua, en la misma postura que al sujetarla los bedeles. Al cabo de un largo rato bajó los brazos, caminó hacia el escenario, subió y se sentó junto al cuerpo de su padre y, fijando la mirada en la distancia, tomó una de sus manos, ya fría.

Cuando por fin vinieron a llevarse el cuerpo, se sacó un objeto del bolsillo y lo puso en la mano del muerto. Era su pipa.

A continuación Ye Wenjie abandonó el recinto, arrasado cual campo de batalla, y se fue a casa. Al llegar al edificio donde vivían los miembros del profesorado y sus familias, oyó una risa espeluznante que procedía del segundo piso. Era la mujer que había sido su madre.

Dio media vuelta y echó a andar sin preocuparle el rumbo.

Poco después se halló frente a la puerta de la casa de Ruan Wen. Durante sus cuatro años de universidad, la profesora había sido su tutora y amiga. En los dos años siguientes, cuando realizó sus estudios de posgrado en el Departamento de Astrofísica, y también durante los años caóticos que siguieron, fue siempre la persona con quien tuvo más confianza, aparte de su padre.

Ruan Wen había estudiado en Cambridge y eso se notaba en su casa, que siempre había fascinado a Ye Wenjie. Estaba repleta de los libros más cuidadosamente editados, de óleos, vinilos, un piano; también había un juego completo de pipas occidentales exhibidas en un expositor (unas de madera de brezo, otras de espuma de mar), y todas ellas parecían impregnadas de la sabiduría del hombre que una vez las tomó en su mano o sostuvo, pensativo, su boquilla entre los labios. Ruan nunca le mencionó su nombre. La pipa que pertenecía al padre de Ye Wenjie había sido, en realidad, un regalo de Ruan Wen.

Aquella casa refinada y acogedora se convirtió en un oasis para Ye Wenjie, cada vez que quería refugiarse de los problemas de su mundo. Lo fue antes de que los guardias rojos la registraran de arriba abajo y confiscaran las posesiones de Ruan Wen. Al igual que el padre de Ye Wenjie, también la profesora había caído en desgracia durante la Revolución Cultural. En sus sesiones de castigo, los guardias le ataron un par de zapatos de tacón y le pintarrajearon la cara por haber llevado un estilo de vida capitalista y corrupto.

Wenjie abrió la puerta de la casa y vio que ya no existía el caos que los guardias rojos habían dejado a su paso, que alguien había hecho limpieza. Las pinturas, rasgadas, habían sido recompuestas y volvían a colgar de las paredes. El piano volvía a tenerse en pie y brillaba como antes, aunque estaba roto y ya nadie podría tocarlo. Los pocos libros que quedaban habían vuelto a la estantería.

Ruan Wen estaba sentada en su silla tras el escritorio, con los ojos cerrados. Ye Wenjie se acercó a ella y le acarició la frente, el rostro, las manos. Estaban frías.

Nada más entrar, se había fijado en el frasco de somníferos vacío.

Guardó silencio unos instantes. Luego se volvió y se marchó, incapaz de sentir pena. Le pasaba lo mismo que a un medidor Geiger: expuesto a tal cantidad de radioactividad, su lectura siempre tendía a cero.

Antes de irse volvió a mirar a su profesora por última vez.

Se había maquillado con mimo. Tenía los labios pintados de carmín. Llevaba zapatos de tacón.

 

 

 

 

Primavera silenciosa

 

 

 

 

Cordillera del Gran Khingan, dos años más tarde

 

—¡Árbol va!

Tras aquel grito, un majestuoso alerce dahuriano de tronco tan grueso como las columnas del Partenón se desplomó sobre el suelo. Ye Wenjie sintió el temblor bajo sus pies.

Cogió el hacha y la sierra y empezó a despejar el tronco de ramas. Siempre que lo hacía se imaginaba amortajando el cadáver de un gigante. A veces incluso le parecía que el gigante era su padre y volvía a su memoria la imagen de aquella funesta noche, dos años antes, en que había limpiado su cuerpo en la morgue. Las grietas y las astillas del árbol le recordaban los cortes y las heridas que lo cubrían.

Las seis divisiones y los cuarenta y un regimientos del Cuerpo de Producción y Construcción de Mongolia Interior, más de cien mil personas, se hallaban dispersos por los vastos bosques y las llanuras de la región. En un primer momento, recién llegados de las ciudades a aquel desconocido mundo rural por el cual las abandonaban, muchos de aquellos «jóvenes instruidos» (como se les conocía) albergaban una romántica aspiración: cuando los tanques de los imperialistas revisionistas soviéticos alcanzaran la frontera sinomongola, correrían a armarse y a hacer de sus carnes la primera línea de defensa de la República.

Aquella había sido, en efecto, una de las consideraciones estratégicas al crear el Cuerpo. Sin embargo, esa batalla que ansiaban librar parecía una gran montaña al fondo de una planicie: claramente real a sus ojos, pero tan lejana todavía, que bien podía ser un espejismo. Así que de momento se dedicaban a allanar tierras, criar animales y talar árboles.

Muy pronto, aquellos jóvenes hombres y mujeres que un día estuvieron inflamados de fervor revolucionario descubrieron que, frente a la inmensidad del cielo y la tierra de esa región, incluso las más grandes ciudades del interior de China resultaban meros establos de ovejas; que en mitad de aquellos enormes y gélidos bosques y llanuras, su ardoroso entusiasmo era insignificante. Aun derramando hasta la última gota de sangre, tan solo conseguirían enfriarse más rápido y resultar menos útiles que una boñiga de vaca.

Pero arder o hacer arder estaba en su destino, y en el de toda una generación. Bajo sus sierras mecánicas, las vastas extensiones de frondosos bosques acababan convertidas en montañas peladas y valles estériles. Al paso de sus tractores y cosechadoras, las más anchas llanuras se convertían primero en campos de grano, luego en desiertos.

Ye Wenjie no concebía otro calificativo para toda aquella destrucción que el de barbarie. Formidables alerces dahurianos, los más verdes pinos silvestres, esbeltos y rectos abedules blancos, álamos que parecían alcanzar las nubes, abetos siberianos; también abedules coreanos, robles, olmos montanos, Chosenia arbutifolia... todo cuanto veía terminaba sucumbiendo bajo sus cientos de sierras mecánicas, metálicas langostas que lo arrasaban todo a su paso. El único rastro que dejaba su compañía era una explanada tras otra de troncos segados.

El alerce estaba por fin desnudo de ramas y listo para ser transportado. Ye Wenjie acarició la superficie del corte. Solía hacerlo casi sin darse cuenta. Siempre le recordaba una gran herida por la que casi podía sentir el gigantesco dolor del árbol.

De pronto vio que a pocos pasos, sobre el tocón abandonado, había otra mano que también acariciaba la superficie serrada. El pulso de aquella palma vibraba al mismo ritmo que los latidos de su corazón. Era una mano pálida y delicada, pero pertenecía a un hombre. Al mirarlo, vio que se trataba de Bai Mulin, un joven escuchimizado y con gafas. Era el reportero de La Gran Producción, el periódico del Cuerpo, que había llegado el día anterior para hacer un reportaje. Ye Wenjie había leído sus artículos. Estaban muy bien escritos y su poética belleza contrastaba con la crudeza del tosco entorno que describían.

—Ma Gang, ven aquí.

Bai Mulin llamaba a un joven que se encontraba a poca distancia de él, tan robusto y fuerte como el alerce dahuriano que acababan de derribar. Cuando se le acercó, el reportero dijo:

—¿Sabes cuántos años tenía este árbol?

—Cuenta los anillos —contestó aquel con un resoplido, señalando el tocón.

—Ya lo he hecho. Trescientos treinta. ¿Cuánto has tardado tú en derribarlo?

—Menos de diez minutos. ¡Mi sierra mecánica es la más rápida de toda la compañía! Equipo que me asignan, banderín rojo al trabajador modélico que me gano.

Bai Mulin estaba acostumbrado a aquel entusiasmo. Era todo un honor salir entrevistado en La Gran Producción.

—Más de trescientos años. Eso son una docena de generaciones... Cuando este árbol no era más que un arbusto, todavía reinaba la dinastía Ming. ¿Te has parado a pensar cuánta lluvia ha caído desde entonces, cuántas cosas ha presenciado hasta que tú has llegado con tu sierra y lo has echado por tierra? ¿Es posible que no sientas nada?

—¿Qué quieres que sienta? —Ma Gang frunció el ceño—. No es más que un árbol. Aquí nos sobran.

—Está bien, déjalo, vuelve a tu trabajo —dijo el reportero, decepcionado. Sacudiendo la cabeza, se sentó en el tocón y exhaló un hondo suspiro.

Ma Gang también sacudió la cabeza. Al parecer, no iba a haber entrevista.

—Estos intelectuales están chalados —refunfuñó, dirigiendo la mirada a Ye Wenjie para incluirla en su juicio.

El gigantesco tronco comenzó a ser arrastrado. Al moverlo, las rocas y los tocones del camino resquebrajaron aún más su corteza: agravaban las heridas del cuerpo. Su rastro era un hondo canal en la hojarasca que enseguida se iba llenando de agua. Las hojas podridas la teñían de sangre oscura.

—Wenjie, ven a descansar —la llamó Bai Mulin, señalando la otra mitad del tocón sobre el que estaba sentado.

Ella, que estaba agotada, dejó las herramientas, se acercó a él y se sentó a su lado. Después de un largo silencio, Bai Mulin dijo de repente:

—Sé cómo te sientes. Aquí, tú y yo somos los únicos.

Ye Wenjie permaneció callada. Él ya lo había anticipado, pues sabía que era muy parca en palabras y raramente conversaba con nadie. Hablaba tan poco que los recién llegados al Cuerpo solían tomarla por muda.

—Estuve en esta región hará cosa de un año —siguió él—. Recuerdo que llegué al mediodía y me dijeron que íbamos a comer pescado. Yo miré alrededor de la cabaña y no vi más que un caldero de agua en el fuego. «¿De qué pescado me hablan?», pensé. Luego, cuando el agua empezaba a hervir, el cocinero salió con un rodillo, se fue al río, se puso a dar golpes en el agua y volvió con un montón de peces. Era tan fértil..., y ahora mira cómo está, no lleva más que agua sucia. Te juro que a veces no sé si el Cuerpo se dedica a construir o a destrozar...

—¿Qué te hace pensar eso? —preguntó ella, sin revelar si coincidía o discrepaba, pero con evidente aprecio.

—Es que acabo de leer una obra que me ha impactado... ¿Sabes inglés?

Al ver que asentía, se sacó de la bandolera un libro con la portada azul. Ella, tras cogerlo, vio que se trataba de Primavera silenciosa, de Rachel Carson.

—¿Dónde lo has conseguido? —le preguntó en voz baja, alarmada.

—Se ve que ha llamado la atención de los gerifaltes y nos han mandado traducirlo para consumo interno. Yo me encargo de la parte que habla de los bosques.

A Wenjie le bastó hojearlo para sentirse atraída. En una escueta introducción, la autora describía un pequeño pueblo cuyos habitantes iban muriendo en silencio por culpa del uso de pesticidas. La prosa era clara y sin adornos, pero saltaba a la vista lo concienciada que estaba quien lo escribía.

—Voy a mandar una carta a la Dirección Central contándoles las irresponsabilidades que está cometiendo el Cuerpo —dijo Bai Mulin.

Ye Wenjie levantó la vista del libro. Pasó un buen rato hasta que fue consciente del significado de sus palabras. Sin decir nada, volvió a mirar el texto.

—Si quieres leerlo, te lo presto. Pero no dejes que nadie lo vea, ya sabes que estas cosas... —Se levantó y echó un vistazo alrededor antes de marcharse.

 

 

Treinta y ocho años después, en sus últimos instantes, Ye Wenjie recordaría la importancia de Primavera silenciosa en su vida. Hasta tenerlo en sus manos, su joven corazón solo había sentido el inmenso dolor que la maldad humana podía provocar. Pero más tarde, tras su lectura, fue por fin capaz de enfrentarse a ella con la mente. Al principio el libro no le pareció nada especial, pero pese a abordar un tema tan concreto (el impacto medioambiental negativo causado por los pesticidas), el punto de vista de la autora logró cambiarla para siempre. Hasta entonces el uso de pesticidas le había parecido un hecho natural, si no positivo al menos neutro, pero Carson le hizo ver que, para la naturaleza, se trataba de un acto tan destructivamente nocivo como lo fue la Revolución Cultural. ¿Cuántas otras acciones humanas que parecían habituales, o incluso beneficiosas, terminaban siendo malignas?

La respuesta más lógica que lograba dar a esa pregunta resultaba oscura y espeluznante: quizá la relación entre la humanidad y la maldad fuera la misma que había entre el océano y un iceberg que afloraba en su superficie; a simple vista no parecían lo mismo, pero en realidad estaban hechos de una misma esencia, el agua, solo que en estados distintos. Al igual que ella siempre había concebido la «gloriosa» Revolución Cultural como una gran perversidad, ahora Rachel Carson consideraba pernicioso un hecho tan normal y positivo como el uso de pesticidas.

Era, por tanto, posible que todos los actos de la humanidad en su conjunto fueran malignos, que la maldad fuera la esencia del hombre y que cada individuo solo la reconociera bajo ciertas formas.

La posibilidad de que el ser humano llegara a alcanzar por sí mismo un auténtico despertar ético resultaba así tan ridículo como imaginar que uno podía despegar los pies de la tierra a base de tirarse del pelo. Necesitaba la ayuda de una fuerza externa.

Aquella idea guiaría su destino hasta el final de su vida.

 

 

Al cabo de cuatro días, Ye Wenjie fue al barracón de visitantes para devolverle el libro a Bai Mulin. Cuando abrió la puerta lo vio tumbado en la litera, exhausto y completamente cubierto de barro y serrín. El reportero se levantó al acto.

—¿Has estado trabajando? —preguntó ella.

—Llevaba tantos días paseándome de brazos cruzados... Me he dicho que era hora de arrimar el hombro, ya sabes, el espíritu de la Revolución... Ah, hemos estado en Pico Radar. La vegetación era muy densa, las hojas podridas me llegaban a las rodillas. Temo haber cogido algo al respirar aquel aire...

—¿Pico Radar? —A ella le sorprendió escuchar aquel nombre.

—Sí, teníamos que realizar una misión urgente: despejar el perímetro de árboles para crear una zona vallada.

Pico Radar era un lugar envuelto en misterio. Aunque ese no era su nombre oficial, lo llamaban así por la gran antena parabólica que lo coronaba. En realidad, cualquiera con un mínimo de conocimientos sabía que no se trataba de un radar, pues si bien su orientación cambiaba a diario, jamás se movía de forma constante. Al cruzarla, el silbido del viento se oía desde lejos.

Lo único que Ye Wenjie y los demás miembros de su compañía sabían a ciencia cierta sobre Pico Radar era que se trataba de una base militar. Según los aldeanos, al construirla, tres años antes, el ejército había movilizado a infinidad de personas para trazar una carretera hasta la cima y tender el cableado eléctrico. Transportaron una gran cantidad de materiales. Después, en cuanto tuvieron la base, destruyeron la carretera y la reemplazaron por un camino estrecho y tortuoso. A menudo se veían helicópteros despegando y aterrizando.

La antena no siempre quedaba a la vista. Cuando el viento soplaba demasiado fuerte, la escondían. Sin embargo, si se hallaba abierta empezaban a ocurrir fenómenos extraños en la zona: se oían chillidos de animales nerviosos, los pájaros huían y la gente sufría náuseas y mareos. Además, los lugareños perdían el pelo con gran facilidad; según ellos, aquel fenómeno empezó a producirse después de que la antena entrara en funcionamiento.

Eran muchas las historias fantásticas relacionadas con Pico Radar. Un día estaba nevando y, al abrirse la antena, la nieve se convirtió al instante en lluvia. Como cerca del suelo la temperatura seguía siendo bajo cero, la lluvia volvió a congelarse a la altura de los árboles y quedó transformada en gigantescos carámbanos. El bosque entero se convirtió entonces en un gran palacio de cristal. De vez en cuando alguna rama caía vencida por el peso del hielo.

A veces, también al abrirse la antena, un día despejado se convertía en uno de tormenta y aparecían extrañas luces en el cielo.

Pico Radar pasó a ser una zona restringida desde el momento en que el Cuerpo de Construcción se instaló en la región. Lo primero que hizo el comandante fue pedirles que evitaran los alrededores, al estar vigilados por patrullas armadas y autorizadas a disparar sin dar el alto.

Una semana antes, dos miembros de la compañía salieron a cazar. Iban tras la pista de un ciervo y se acercaron sin darse cuenta cuando de pronto los centinelas comenzaron a dispararles. Por fortuna, el bosque era tan frondoso que lograron escapar ilesos, aunque uno de ellos se meó en los pantalones. Al día siguiente, fueron seriamente amonestados. Quizás aquel episodio había provocado que la base ordenara la demarcación de una zona vallada, demostrando que tenía el poder de asignar trabajos al Cuerpo de Construcción.

Bai Mulin tomó el libro de manos de Ye Wenjie y lo escondió cuidadosamente bajo la almohada, de donde extrajo dos folios escritos con densa caligrafía.

—Es el borrador de aquella carta —dijo, entregándoselos a Ye Wenjie—. ¿Le echarás un vistazo?

—¿Qué carta?

—Aquella que te comenté, para la Dirección Central.

La letra era muy poco legible y tardó en terminarla, pero el contenido era detallado y estaba rigurosamente argumentado. Comenzaba relatando cómo las montañas Taiana habían pasado de vergel a erial a causa de la deforestación. Después explicaba las causas de la rápida disminución de limo en el río Amarillo para luego concluir que las actividades del Cuerpo de Producción y Construcción de Mongolia Interior provocarían serias consecuencias medioambientales.

A Ye Wenjie el estilo le recordó al de Primavera silenciosa: era escueto y sobrio, pero a la vez poético.

—Está muy bien escrita —sentenció con pesar.

—De acuerdo —dijo él—. Entonces la mando.

Cogió dos folios en blanco y se dispuso a escribir, pero las manos le temblaban tanto que no pudo trazar ni un carácter. Aquello les ocurría a todas las personas que usaban una sierra mecánica por primera vez. El temblor era tan fuerte que eran incapaces no ya de escribir nada, sino ni siquiera de sostener un cuenco de arroz.

—Te la paso a limpio —intervino Ye Wenjie, tomándole el bolígrafo de las manos.

—Qué letra tan bonita... —dijo él en cuanto vio la primera línea sobre el papel. Luego le sirvió un vaso de agua, aunque con los temblores acabó derramando más de la mitad, y ella tuvo que apartar el folio.

—¿Estudiaste Física? —le preguntó él.

—Astronomía Física. Ahora no tiene ninguna utilidad —contestó ella, sin levantar la vista.

—Es el estudio de las estrellas, ¿cómo no va a tener utilidad? Las universidades están volviendo a abrir. ¿Qué hace una persona tan preparada como tú en un lugar como este...?

Ye Wenjie se limitó a seguir escribiendo con la cabeza hundida. No quería decirle que, para alguien como ella, era una suerte que la hubiesen admitido en el Cuerpo. No quería contarle nada de su situación. Tampoco iba a servir de mucho.

En la habitación solo se oía el roce del bolígrafo sobre el papel. Ella olió el serrín que despedía el cuerpo del reportero. Tras la muerte del padre, aquella era la primera muestra de afecto que sentía. También era la primera vez que bajaba las defensas y se relajaba.

Al cabo de una hora, tuvo la carta pasada a limpio. Escribió en un sobre la dirección que Bai Mulin le dictó y se despidieron. Camino de la puerta, se volvió en un impulso.

—Dame el abrigo, te lo lavaré —dijo, al instante sorprendida por su osadía.

—¡Ah, no, eso sí que no! —se negó él—. En esta compañía las camaradas trabajáis tanto o más que un hombre. ¡A descansar, que mañana a las seis hay que ponerse en marcha! Por cierto, Wenjie, pasado mañana regreso al Cuartel General de la División. Si quieres, les contaré tu caso a mis superiores, tal vez puedan ayudarte.

—Gracias, pero estoy muy bien aquí. Es un sitio tranquilo. —Lo dijo contemplando la silueta de los árboles contra la luz de la luna.

—¿Estás huyendo de algo?

—Me voy —susurró ella. Y cumplió su palabra.

Tras ver desaparecer su esbelta figura, Bai Mulin observó la arboleda. En la lejanía, volvía a erigirse la antena de Pico Radar. Brillaba con un frío destello metálico.

 

 

Tres semanas después, alguien del Cuartel General fue a buscar a Ye Wenjie. Ella, al entrar en el despacho, supo que algo iba mal. Tanto el comandante de la compañía como el instructor político estaban presentes. También se hallaba un hombre con expresión muy seria al que no conocía. Sobre la mesa, frente a él, había un maletín negro con un sobre y un libro al lado. El sobre estaba abierto y el libro era el ejemplar de Primavera silenciosa que ella había leído.

En esos años todo el mundo tenía un instinto particular para saber en qué situación política se encontraba, pero Ye Wenjie lo había desarrollado especialmente. Al acto sintió que el mundo a su alrededor empequeñecía y la atrapaba.

—Ye Wenjie —dijo el instructor político—, este es el director Zhang, del Departamento Político de la División. Está aquí para investigar. Esperamos que colabores y digas la verdad.

—¿Eres la autora de esta carta? —le preguntó el director Zhang, extrayendo una misiva del sobre. Ella hizo ademán de cogerla, pero el hombre la retuvo en sus manos mientras se la enseñaba página por página. En la última, aquella en la que estaba más interesada, no encontró ninguna firma. En su lugar, ponía: «Las masas revolucionarias.»

—No —dijo repetidamente, presa del pánico—. Yo no soy la autora.

—Pero esta es tu letra.

—Sí, pero me limité a pasársela a limpio a otra persona.

—¿A quién?

Hasta el momento había aguantado estoicamente todas las injusticias que le había tocado sufrir en la compañía, sin protestar ni implicar a nadie. Sin embargo, esta vez era distinto. Sabía muy bien lo que aquello suponía.

—Aquel reportero de La Gran Producción que estuvo de visita la semana pasada, se llamaba...

—Ye Wenjie... —interrumpió el director Zhang. Sus ojos negros la escrutaban—. Déjame que te advierta una cosa: si arrastras contigo a terceros, solo conseguirás agravar tu problema. Hemos hablado con el camarada Bai Mulin y sabemos que lo único que hizo fue mandar la carta desde Hohhot, siguiendo tus instrucciones y sin conocer el contenido de la misma.

—¡¿Eso ha dicho?! —Un velo negro ensombreció su mirada.

Obviando la pregunta, el director Zhang tomó el libro en sus manos.

—Claramente, tu carta se inspiró en esta obra. —Mostró el libro al comandante de la compañía y al instructor político—. Primavera silenciosa se publicó en Estados Unidos en 1962 y tuvo mucha influencia en el mundo capitalista. —Sacó otro ejemplar del maletín. La portada era blanca y tenía el título mecanografiado—. Esta es la traducción al chino. Las autoridades la distribuyeron entre algunos dirigentes para su crítica. El veredicto es claro: se trata de una perniciosa obra de propaganda reaccionaria, que expone una teoría apocalíptica y disfrazada de idealismo histórico. Con la excusa de tratar el deterioro medioambiental, intenta justificar la gran corrupción que reina en el mundo capitalista. El contenido es extremadamente reaccionario.

—Ese libro —musitó ella, vencida por los acontecimientos— tampoco es mío.

—El camarada Bai Mulin fue asignado como traductor por las más altas instancias, de modo que, en su caso, la posesión de dicha obra era del todo legítima. Por supuesto, es responsable de haber permitido que la robaras mientras estaba en su guardia y custodia. Ahora su lectura te ha dado armas intelectuales para atacar al socialismo.

A partir de entonces, Ye Wenjie guardó un profundo silencio. Sabía cuán peliaguda era la situación en que se hallaba. Todo amago de resistencia era ya inútil.

 

 

Al contrario de lo que afirman muchas fuentes históricas, Bai Mulin no intentó incriminar a Ye Wenjie desde el primer momento. La carta que dirigió a la Dirección Central probablemente estuvo motivada por su gran sentido de la responsabilidad, pecando de extrema confianza. Los vaivenes de la política de la época se debían a una compleja suma de factores; uno nunca sabía a ciencia cierta qué era tabú y qué no. Tal vez su carta tuvo la desdicha de abordar un asunto que era sensible. Pero al enterarse del revuelo que causó, el miedo se apoderó de él y decidió sacrificar a Ye Wenjie para salvarse.

Medio siglo más tarde, los historiadores coincidirían en que ese suceso de 1969 supuso un punto de inflexión en la historia de la humanidad.

Bai Mulin llegó a ser una figura histórica, aunque él ni lo buscó ni tampoco lo supo. Los académicos glosan su pobre vida de la siguiente manera: continuó trabajando en La Gran Producción hasta 1975, cuando el Cuerpo de Producción y Construcción de Mongolia Interior fue desmantelado; luego lo mandaron a una ciudad del noreste de China para incorporarse a la Asociación de la Ciencia, hasta principios de los ochenta. Entonces abandonó el país y se marchó a Canadá para dar clases en una escuela china de Ottawa hasta 1991, año en que murió de un cáncer de pulmón. Que se sepa, no volvió a mencionar el nombre de Ye Wenjie. Tampoco consta si se sentía responsable de sus actos.

 

 

—Wenjie, aquí siempre nos hemos portado muy bien contigo —le dijo el comandante de la compañía, exhalando una espesa bocanada de humo de tabaco Mohe con la vista puesta en el suelo—. Debido a la clase a la que pertenecía tu familia, y dados sus antecedentes, has sido siempre considerada una sospechosa política. Y, sin embargo, aquí te hemos tratado como a una más. ¿Cuántas veces te hemos hablado, tanto tu instructor político como yo mismo, sobre tu tendencia a aislarte de los demás y tu falta de motivación? ¡Todo por ayudarte! Y mírate ahora, cometiendo un error tan grave.

—Yo ya dije que estaba muy resentida por lo que pasó durante la Revolución Cultural... —apostilló el instructor político.

—Que esta tarde dos hombres la escolten hasta el Cuartel General de la División junto con las pruebas de su crimen —sentenció el comandante.

 

 

Llamaron a sus compañeras de celda, una a una, hasta quedarse a solas. El montoncito de carbón que había en un rincón de la celda se había apagado por completo. El fuego de la estufa llevaba rato extinguido y nadie venía a reavivarlo. Hacía mucho frío y Ye Wenjie se cubría el cuerpo con una manta.

Antes del anochecer fueron a verla dos militares; eran una mujer y un hombre. Ella, de mayor edad y dirigente del Partido, fue anunciada por su acompañante como la representante militar del Tribunal Intermedio del Pueblo.[5] 

—Me llamo Cheng Lihua —saludó la mujer. Tenía unos cuarenta años, llevaba gafas de montura gruesa y vestía uniforme militar. Su rostro era amable y saltaba a la vista que de joven había sido hermosa. Su sonrisa emanaba simpatía.

Ye Wenjie era consciente de lo inusual que resultaba que una oficial de tan alto rango se interesara por su caso. Asintió con la cabeza, cautelosa, y le hizo un sitio en el camastro para que se sentara.

—Pero ¡qué frío hace aquí! ¿Y la estufa? —preguntó, mirando con gesto reprobatorio al director del centro de detención, que aguardaba en el exterior—. Qué jovencita... —exclamó a continuación, observándola de cerca mientras se sentaba a su lado—. Más incluso de lo que imaginaba. —Bajó la cabeza para hurgar en su maletín, y añadió—: ¡Wenjie! Tú lo que estás es confundida. ¡Ay, tanto leer! —Por fin halló lo que buscaba. Extrajo un grueso montón de folios y la miró con afecto—. No pasa nada, ¿eh? A tu edad, ¿quién no ha cometido algún error? Yo misma, sin ir más lejos. De joven, formé parte de la compañía de teatro del Cuarto Ejército de Campo. Un día, durante una sesión de formación política, se me ocurrió sugerir que China dejara de ser independiente y se uniera a la URSS porque así el comunismo internacional se fortalecería... ¡Inocente de mí! Pero ¿quién no se ha equivocado alguna vez? Los errores no deben pesarnos en la conciencia, ¿de qué sirve? Lo importante es reconocerlos y enmendarlos. Y luego, ¡a seguir con la Revolución!

Con esas palabras, la dirigente logró congeniar un poco más con Ye Wenjie. Sin embargo, esta, comprensiblemente cauta después de haber sufrido tantas calamidades, seguía sin poder aceptar tanta amabilidad.

Cheng Lihua colocó los papeles sobre el camastro y le ofreció una estilográfica.

—Vamos, firma. Luego, si quieres, charlaremos sobre tus vacilaciones ideológicas.

Le hablaba con la suavidad de una madre cuando amamanta a su hija.

Ye Wenjie permaneció inmóvil y con la vista fija en aquel montón de folios. No tomó la pluma.

Cheng le dedicó una sonrisa magnánima.

—Puedes confiar en mí, Wenjie. Te garantizo que este documento no tiene nada que ver con tu caso. Venga, firma.

El acompañante de la dirigente, que permanecía a un lado, intervino:

—Ye Wenjie, la representante Cheng trata de ayudarte. Lleva días preocupándose por tu caso.

Cheng alzó la mano para interrumpirlo.

—Es comprensible —dijo—. ¡Pobrecita! Te tenemos asustada. En estos tiempos, la diplomacia brilla por su ausencia. Tanto en el Cuerpo de Construcción como en el Tribunal del Pueblo hay camaradas tan directos que rozan la mala educación. ¡No son maneras! Está bien, Wenjie. Léelo. Tómate el tiempo que quieras.

Ye Wenjie cogió el documento y lo hojeó bajo la luz amarilla de la celda. La representante Cheng no le había mentido; realmente no tenía nada que ver con su caso, sino con el de su difunto padre, de quien incluía registros de contactos y conversaciones con varias personas. La fuente era Ye Wenxue, la hermana menor de Ye Wenjie. Siendo uno de los miembros más radicales de la Guardia Roja, no había dudado en denunciar a su progenitor con numerosos informes sobre sus supuestos crímenes, los cuales desempeñaron un papel clave a la hora de conducirlo a la muerte.

Sin embargo, Ye Wenjie supo ver que aquel documento no era del puño y letra de su hermana. El estilo de los textos acusadores de Wenxue era estridente, cada párrafo estaba minado de recriminaciones a punto de estallar, como ristras de petardos. En cambio, la redacción de aquel escrito era fría y calmada, meticulosa. Detallaba minuciosamente quiénes, cuándo y dónde habían discutido y sobre qué temas; lo hacía de un modo que a un inexperto podía parecerle un dietario tedioso, pero Ye Wenjie sabía que entrañaba algún propósito oscuro y bien calculado. No tenía nada que ver con los ataques de su hermana.

Era evidente que aquel documento guardaba relación con un importante proyecto de defensa nacional. Y siendo hija de físico, supuso que se refería a las pruebas nucleares chinas que en 1964 y 1967 sobrecogieron al mundo.

Durante la Revolución Cultural, para hacer caer a alguien importante había que presentar pruebas sobre su deficiencia en las áreas en que tuviera algún tipo de responsabilidad. Sin embargo, los asuntos nucleares contaban con la protección de las más altas instancias, para que estuviesen por encima de maquinaciones y tejemanejes, siendo difícil inmiscuirse. El padre de Ye Wenjie no cumplía con los requisitos políticos para trabajar en pruebas nucleares debido a su historial familiar, y su contribución se limitó a la formulación de una teoría periférica. Precisamente por eso, resultaba más fácil usarlo a él que a alguien implicado de manera directa.

Ye Wenjie ignoraba si el contenido de los documentos era cierto o falso, pero si de algo estaba segura era de que cada palabra, cada punto y coma asestarían un duro golpe político en las vidas de muchas personas, no solo en las de sus víctimas.

Al final del documento halló la firma de su hermana en grandes caracteres. Ella tenía un espacio reservado para constar como testigo, pero también había tres más.

—Yo no sé qué dijo mi padre en esas conversaciones —contestó en voz baja, devolviendo el documento.

—¿Cómo no vas a saberlo? La mayoría tuvo lugar en tu casa. ¿Tu hermana lo sabe y tú no?

—Se lo aseguro.

—Pero todas estas conversaciones son reales, tienes que creernos.

—No digo que no sean reales, sino que no sé nada de ellas y que no puedo firmar.

—Ye Wenjie... —volvió a intervenir el hombre que acompañaba a la representante, antes de ser interrumpido por la misma.

—Wenjie, voy a serte franca —continuó la mujer, acercándose aún más a ella y tomando una de sus frías manos—. La importancia de tu caso es muy relativa. Podemos minimizarlo, presentándolo como el de una pobre joven instruida que se ha dejado ofuscar por un libro reaccionario, y no tendrías ni que pasar por un juicio. Te harían ir a clase de pensamiento político para escribir un par de autocríticas y ahí quedaría la cosa; antes de que te dieras cuenta, estarías de vuelta en el Cuerpo de Construcción. Pero también podemos llevarlo hasta sus últimas consecuencias. Wenjie, sabes que pueden declararte culpable de una acción antirrevolucionaria. En estos tiempos tan volátiles, ante un caso así, tanto la fiscalía como los tribunales tenderán a ser más severos que tolerantes por miedo a pisar algún callo con su veredicto. Si no gustara, lo primero podría ser considerado un error administrativo. Lo segundo, una traición. Todo esto te lo digo confidencialmente.

Entonces el acompañante añadió:

—La representante Cheng solo intenta salvarte. Tú misma lo acabas de ver, tres testigos más han puesto su firma, ¿de qué va a servir negarte? ¡Ye Wenjie, piensa con claridad!

—Así es, Wenjie —retomó la dirigente—. ¡Se me rompe el corazón al pensar que la vida de una joven instruida como tú puede acabar arruinada por algo como esto! Lo que quiero es ayudarte. Por lo que más quieras, haz el favor de colaborar... Mírame bien, ¿tú crees que puedo desearte algún mal?

Ye Wenjie solo veía la sangre de su padre.

—Representante Cheng, no tengo constancia de lo que veo escrito, así que no voy a firmarlo.

Cheng Lihua enmudeció. Clavó los ojos en Ye Wenjie durante unos instantes en los que el frío aire de la celda pareció solidificarse. Lentamente, volvió a meter el documento en su maletín y se puso en pie. Su expresión seguía siendo afable, pero ahora parecía fijada al rostro como una máscara de yeso. Todavía con aquella sonrisa piadosa, se fue al rincón donde estaba el cubo para lavarse, lo cogió y, con calma precisa y deliberada, vertió la mitad del agua sobre Ye Wenjie y el resto sobre su manta. Luego se volvió, tiró el cubo al suelo y abandonó la celda.

—Zorra testaruda... —murmuró con rabia al salir.

El director del centro de detención fue el último en desaparecer. Mirando con frialdad a Ye Wenjie, empapada y goteando, cerró la celda de un portazo y echó el pestillo con un chasquido metálico.

A través de la ropa húmeda, el crudo invierno mongol la apresó con la intensidad de un puño gigante. Al principio oyó cómo le castañeteaban los dientes, pero más tarde aquel sonido se alejó. El frío que calaba sus huesos tiñó de blanco el mundo ante sus ojos, y Ye Wenjie sintió que el universo entero era un enorme bloque de hielo con ella dentro como único signo de vida. Era como aquella niña del cuento, a punto de morir congelada y sin una sola cerilla; solo con su imaginación.

El bloque de hielo que la aprisionaba fue volviéndose transparente, y tras él vio aparecer un edificio. En lo alto, una valiente joven hacía ondear una bandera. Su esbelta figura contrastaba vívidamente con la anchura de la tela. Era su hermana, Wenxue. No habían vuelto a tener noticias de ella desde el día en que decidió romper con su reaccionaria familia. Y poco antes supo que hacía dos años que había muerto en una de las muchas guerras entre facciones de guardias rojos.

Aún en su alucinación, vio que la bandera se transformaba en Bai Mulin. Sus gafas destellaban con el reflejo de las llamas del incendio que asolaba el edificio. Entonces Bai Mulin se convirtió en la representante Cheng; luego en su madre, Ye Shaolin; más tarde incluso en su padre. La figura abanderada cambiaba continuamente, como si fuera un metrónomo que marcara los últimos compases de su vida.

Poco a poco la imagen de la bandera fue nublándose, y todo cuanto la rodeaba se desvaneció con ella. El bloque inmenso que era el universo volvía a aprisionarla. Solo que esta vez el hielo era negro.

 

 

 

 

Costa Roja I

 

 

 

 

 

 

Poco después, Ye Wenjie oyó un gran ruido de motores. En su confuso estado de conciencia le pareció que una máquina taladraba el bloque de hielo en que se hallaba atrapada. Su mundo seguía a oscuras, pero aquel sonido, tan persistente y real, le hizo comprender que no estaba en el cielo ni en el infierno. Sencillamente, tenía los ojos cerrados.

Al abrirlos con gran esfuerzo, lo primero que vio fue una lámpara empotrada en el techo. Estaba protegida por una malla metálica y emitía una luz tenue. El techo entero parecía de metal.

De pronto, una voz masculina la llamó suavemente por su nombre.

—Tienes mucha fiebre —le dijo.

—¿Dónde estoy? —preguntó ella. Su débil voz casi no le pertenecía.

—En un helicóptero.

Ye Wenjie sintió que le fallaban las fuerzas y volvió a desvanecerse. El ruido del aparato la acompañó el tiempo que pasó dormida. Poco después, al volver en sí, el aturdimiento se convirtió en un dolor intenso: tenía el cuerpo magullado y le ardía la boca. Al tragar saliva, le pareció estar engullendo un ascua de carbón. Pero si empezaba a sentir todo aquello, era síntoma de que se estaba recuperando.

Volvió la cabeza y descubrió a dos hombres enfundados en sendas chaquetas militares idénticas a la de la representante Cheng. Pero, a diferencia de esta, ellos iban tocados con la boina del Ejército de Liberación Popular, con su estrella roja bordada en la parte de delante. Bajo las chaquetas desabrochadas, asomaban la insignia y el cuello rojo del uniforme. Uno de ellos llevaba gafas.

Fue entonces cuando constató que a ella la cubría una muda de ropa limpia y un abrigo militar. Para su sorpresa, logró incorporarse y fijar la vista en uno de los ventanucos opuestos a su asiento, donde unas nubes se sucedían a toda prisa. El poderoso reflejo del sol le hizo apartar la mirada. Se hallaba en una estrecha cabina llena de contenedores metálicos pintados de un color verde militar. Por otro ventanuco alcanzó a ver la sombra parpadeante de los rotores. Era cierto que estaba en un helicóptero.

—Vuelve a acostarte, por favor —le pidió el hombre de las gafas, ayudándola a hacerlo y tapándola con el abrigo.

—Ye Wenjie, ¿eres la autora de este artículo? —inquirió el otro, mostrándole una revista científica escrita en inglés.

El artículo se titulaba «Posible interfacialidad en la zona de radiación solar y su capacidad reflexiva». Se trataba de un ejemplar de la Revista de Astrofísica de 1966.

—Pues claro que lo es, ¿hasta eso hay que confirmarlo? —intervino el hombre de las gafas, apartando la revista—. Este es Lei Zhicheng, comisario político de la base Costa Roja. Yo me llamo Yang Weining, soy el ingeniero jefe. Todavía falta una hora para que aterricemos, trata de descansar.

«¿Tú eres Yang Weining?», quiso decir ella, pero se limitó a examinarlo con la mirada: tenía una expresión neutra, como si no quisiera revelar que se conocían.

 

 

Yang Weining había sido uno de los estudiantes de posgrado de su padre. Aunque se graduó cuando ella apenas estaba en primer año de universidad, recordaba la primera vez que él fue a su casa. Recién admitido en el departamento, acudía a discutir con su profesor qué dirección tomaría su trabajo. Quería alejarse del campo teórico para centrarse en problemas experimentales y aplicados.

—No es que tenga nada en contra —le dijo su padre—, pero al fin y al cabo somos del Departamento de Física Teórica. ¿Qué te mueve a querer evitar la teoría?

—Dados los tiempos que corren, quisiera que mi contribución a la sociedad fuese más práctica.

—La teoría es la base de la cual parte la aplicación práctica. ¿Existe mayor contribución que la de descubrir principios fundamentales?

Tras vacilar, Yang Weining terminó admitiendo:

—En el campo de la teoría, es fácil cometer errores ideológicos.

Ante eso, el padre de Ye Wenjie no pudo decir nada.

Yang gozaba de un gran talento, una sólida base matemática y una mente ágil. Lamentablemente, durante el poco tiempo que duraron sus estudios de posgrado, procuró mantener la distancia y reducir al mínimo las interacciones con su profesor. Por aquel entonces, Ye Wenjie aún tuvo ocasión de verlo varias veces, pero, quizá por influencia de su padre, no llegó a fijarse en él. Una vez graduado, Yang Weining cesó todo contacto con ellos.

 

 

Volvió a sentirse débil y cerró los ojos. Los militares se acuclillaron detrás de una hilera de cajas para conversar en voz baja, pero las dimensiones de la cabina eran tan reducidas que pudo oírlos incluso sobre el rugido de las aspas.

—Sigo pensando que esto no está bien.

Era la voz de Lei Zhicheng.

—¿Acaso hay alguien que siga los cauces reglamentarios?

—¡He hecho todo lo posible! Pero en el ejército no hay nadie con esta especialización, y es muy complicado tratar de reclutar a un civil; ya sabes que los proyectos de alto secreto requieren, además de alistarse, estar dispuesto a pasar largas temporadas encerrado en la base. ¿Y si es alguien con familia? ¿Los encerramos a ellos también? No hay quien acceda a eso... Encontré a dos posibles candidatos, pero preferían ir a un campo de reeducación antes que venir aquí... Es cierto que po­dríamos haberlos obligado, pero, dada la naturaleza del trabajo, es más prudente no retener a nadie en contra de su voluntad...

—Entonces no nos queda otro remedio —dijo Yang Weining.

—Es un procedimiento tan poco convencional...

—¡Todo el proyecto lo es! Si algo sale mal, asumiré la responsabilidad.

—Pero ¿de verdad crees que puedes responsabilizarte de algo así? ¡Tú eres un técnico y Costa Roja no es un simple proyecto de defensa nacional, su complejidad va más allá!

—En eso tienes razón...

 

 

Aterrizaron al anochecer. Ye Wenjie se empeñó en rechazar la ayuda de los militares y salió del helicóptero con gran dificultad pero por su propio pie. El fuerte viento que soplaba en el exterior casi la derribó. Los rotores, aún en movimiento, emitían un agudo silbido. El aroma a bosque que transportaba el viento le resultó tan familiar, como ella misma a esa corriente procedente de la cordillera del Gran Khingan.

Entonces oyó una especie de aullido, grave y poderoso, que parecía fusionarse con el universo. Era el sonido de una enorme antena parabólica contra el viento. Al acercarse a ella, sintió su inmensidad.

La vida de Ye Wenjie había trazado un círculo completo en el último mes: ahora se hallaba en Pico Radar.

Instintivamente, miró hacia el campamento de su compañía del Cuerpo de Construcción. Lo único que vio fue una maraña de árboles en la niebla.

El helicóptero no la había transportado solo a ella. Aparecieron varios soldados, que comenzaron a descargar los contenedores de la cabina. Pasaron por su lado sin mirarla. Siguiendo a Lei Zhicheng y Yang Weining, comprobó lo espaciosa que era la cima de Pico Radar. Al pie de la antena se apilaban varios edificios, todos de color blanco. Parecían piezas de un juego de construcción. Cuando llegaron a la puerta de la base, custodiada por dos centinelas, se detuvieron.

Lei Zhicheng se volvió hacia ella, y con gran solemnidad le dijo:

—Ye Wenjie, las pruebas de tu crimen contrarrevolucionario son irrefutables y cualquier tribunal te condenará como mereces. Tienes ante ti la oportunidad de redimirte. Puedes aceptarla o rechazarla. —Señaló en dirección a la antena—. Estas instalaciones son una base científica militar. Una de las investigaciones que aquí se realizan necesita a alguien con tus conocimientos. El ingeniero jefe Yang te dará los detalles para que medites tu decisión. —Luego miró a Yang Weining, asintiendo con la cabeza, y entró en la base precediendo a los soldados que transportaban las cajas.

Yang Weining aguardó a que estuvieran lejos para indicarle a Ye Wenjie que lo siguiera. Cuando estuvieron a cierta distancia de la puerta, fuera del alcance del oído de los centinelas, ya no fingió que no la conocía.

—Wenjie, dejemos las cosas claras. Esto no es ninguna oportunidad. Me he informado en la Comisión de Control del Tribunal, y aunque Cheng Lihua aboga por condenarte de la forma más severa, a lo sumo serían diez años. Teniendo en cuenta los atenuantes, pasarías encerrada unos seis o siete años. En cambio, aquí... —Señaló con la cabeza en dirección a la base—. Este proyecto está sujeto al máximo secreto. Dado tu estatus, muy posiblemente... —Hizo una pausa, como queriendo que el aullido de la antena subrayara la gravedad de sus palabras—. No te permitirán salir durante el resto de tu vida.

—Quiero entrar —dijo ella con un hilo de voz.

La rapidez de su respuesta lo sobresaltó.

—No te decidas tan a la ligera. Métete otra vez en el helicóptero y piénsalo bien; no despegará hasta dentro de tres horas. Si al final rechazas la oferta, te llevaremos de vuelta y ya está.

—No quiero irme. Entremos. —Su voz sonó más firme. Podía haber un mundo después de la vida, de cuya existencia no estaba segura, pero ahora aquel pico era el único lugar en el que deseaba quedarse. Por algún motivo, le inspiraba la seguridad que le habían negado durante tanto tiempo.

—Piénsalo con calma —insistió él—. Ten en cuenta lo que esta decisión implica...

—Estoy dispuesta a quedarme para el resto de mi vida.

Yang Weining hundió la cabeza en silencio y miró al infinito, como queriendo forzarla a recapacitar. Ella también permaneció callada. Se ajustó el abrigo y observó cómo, en la lejanía, las montañas del Gran Khingan desaparecían en la oscuridad de la noche. El frío impedía seguir allí mucho más tiempo, de modo que Yang Weining echó a andar en dirección a la puerta. Iba muy rápido, como queriendo dejarla atrás, pero ella consiguió seguirlo de cerca. Una vez dentro, los centinelas cerraron la pesada puerta metálica.

Tras andar varios metros más, Yang Weining le señaló la antena y dijo:

—Este es un proyecto de investigación armamentística a gran escala. Si tiene éxito, será incluso más importante que la bomba atómica y la de hidrógeno.

Cuando llegaron al edificio más grande de la base, Yang Weining abrió una puerta con un cartel que decía: SALA DE CONTROL DE TRANSMISIÓN. Dentro, los recibió un fuerte olor a carburante. Era una amplia sala llena de instrumental y equipamiento, con multitud de osciloscopios y luces intermitentes. Una docena de controladores, vestidos de uniforme, tecleaban sin cesar, diríase que atrincherados bajo tanto aparato, listos para la batalla. Todo sucedía entre un confuso ir y venir de órdenes y respuestas.

—Aquí hace menos frío —dijo Yang Weining—. Enseguida vuelvo, voy a pedir que te asignen alojamiento.

Le señaló una silla vacía que había frente a una mesa, junto a la puerta, donde estaba sentado un guardia armado con pistola.

—Será mejor que espere fuera —repuso Ye Wenjie, cerrándole el paso.

Yang Weining le sonrió.

—A partir de ahora, eres un miembro de la base. Puedes estar donde quieras, menos en las pocas áreas restringidas.

La sonrisa se le borró del rostro en cuanto fue consciente del mensaje que desprendían sus palabras: «Jamás saldrás de aquí.»

—Prefiero esperar fuera —insistió ella.

—Está bien —aceptó él, mirando de reojo al guardia, que ig­noraba su presencia, y empatizando con la preocupación de ella.

Una vez fuera de la sala de control, añadió:

—Mantente a salvo de la corriente, yo vuelvo enseguida. Solo tengo que encontrarte un cuarto y mandar a que alguien te encienda el fuego. Las condiciones en la base dejan mucho que desear, no hay calefacción. —Y se fue a paso ligero.

Ye Wenjie permaneció junto a la puerta de la sala de control. La antena gigante quedaba justo encima de ella, cubriendo la mitad del cielo nocturno. Desde allí oyó con claridad los sonidos procedentes de la sala de control, que de pronto cesaron. La estancia quedó en un silencio únicamente roto por el zumbido de algún aparato.

De repente, se oyó una estridente voz masculina.

—¡Segundo Cuerpo de Artillería del Ejército de Liberación Popular, proyecto Costa Roja, transmisión número ciento cuarenta y siete! ¡Autorización confirmada! Comienzo de la cuenta atrás de treinta segundos.

—Identificación del blanco: A-3. Número de serie de las coordenadas: BN20197F. Posición comprobada y confirmada. Veinticinco segundos.

—Número de archivo de la transmisión: veintidós. Adiciones: cero. Completada la comprobación final del archivo de transmisión. Veinte segundos.

—Unidad energética, ¡lista!

—Unidad de codificación, ¡lista!

—Unidad de amplificación, ¡lista!

—Unidad de monitorización de interferencias, dentro del rango aceptable.

—Alcanzado el punto de no retorno. Quince segundos.

Se impuso un gran silencio. A los quince segundos, se activó una alarma y empezó a parpadear una luz roja en la punta de la antena.

—¡Comienzo de la transmisión! Que todas las unidades prosigan con la monitorización.

Ye Wenjie sintió un picor en la cara, y de ello dedujo que había aparecido un enorme campo eléctrico. Miró hacia donde apuntaba la antena y vio que, en mitad del cielo, una nube irradiaba una luz azul tan tenue que parecía ilusoria. La nube dejó de brillar conforme se desplazaba, y volvió a hacerlo al pasar otra.

De nuevo se oyeron voces en la sala de control:

—¡Error en la unidad de energía! ¡Magnetrón número tres fundido!

—Unidad de apoyo en operación, ¡lista!

—Punto de control uno alcanzado. Reanudando la transmisión.

Ye Wenjie sintió un sonido vibratorio. A través de la neblina, divisó unas sombras que se elevaban desde los árboles, al pie de la montaña, y ascendían en espiral hacia el cielo oscuro. Le sorprendió que hubiera tantos pájaros en pleno invierno. Entonces fue testigo de una escena aterradora: al alcanzar la zona a la que apuntaba la antena, con aquellas nubes que brillaban de fondo, los pájaros empezaron a caer, uno a uno, del cielo.

El proceso continuó durante otro cuarto de hora. Luego la luz de la antena se apagó y Ye Wenjie dejó de sentir el picor en la cara. En la sala de control, se reanudó el barullo de órdenes y respuestas, mientras la voz masculina volvía a la carga.

—Transmisión número ciento cuarenta y siete del proyecto Costa Roja completada. Sistemas de transmisión desconectados. Costa Roja entra en estado de monitorización. Control del sistema transferido al Departamento de Monitorización, enviando datos desde punto de control.

—Que todas las unidades cumplimenten debidamente su diario de transmisiones. Todos los jefes de unidad deben asistir a la reunión posterior a la transmisión. ¡Se acabó!

El silencio que vino después fue interrumpido por el silbido del viento. Ye Wenjie se fijó en que los pájaros regresaban al bosque. La antena parecía una enorme mano tendida hacia el firmamento, dotada de un vigor fabuloso. Inspeccionó el cielo, sin hallar nada que pudiera ser el blanco número BN20197F. Lo único que alcanzó a ver, más allá de las nubes, fueron las estrellas de una fría noche de 1969.

 

 

 

 

 

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Fronteras de la Ciencia

 

 

 

 

Más de cuarenta años más tarde

 

Wang Miao analizó el peculiar cuarteto que había ido a buscarlo a su casa: eran dos policías y dos militares vestidos de uniforme. Si estos últimos hubieran sido policías armados, tal vez no le habría chocado, pero se trataba nada menos que de oficiales del Ejército de Tierra.

En cuanto vio a los policías, sintió aversión. El más joven tenía un pase: era respetuoso y se dirigía a él en tono amable. En cambio el otro, de paisano, era un auténtico maleducado. Alto y corpulento, con cara de pocos amigos, iba enfundado en una mugrienta chaqueta de cuero. Todo él apestaba a tabaco y, en lugar de hablar, gritaba. Justo la clase de persona que Wang más detestaba.

—¿Wang Miao? —le preguntó a voces, incomodándole al usar su nombre completo, mientras encendía un cigarrillo sin mirarlo.

Antes de darle tiempo a responder, le hizo un gesto al policía joven y este le enseñó la placa. Entonces, ya con el cigarrillo encendido, hizo ademán de meterse en el apartamento.

—Por favor, no fume en mi casa —le dijo Wang, interceptándole el paso.

—Perdone, profesor —intervino el policía joven con una sonrisa de apuro—. Le presento al comisario Shi Qiang. —Dirigió una mirada de súplica a su superior.

—De acuerdo. En el pasillo —replicó Shi Qiang, y dio una profunda calada, que redujo a cenizas casi la mitad del cigarrillo. Después, apenas echó humo—. Pregúntale tú —añadió, volviendo la cabeza hacia el joven policía.

—Profesor Wang —comenzó este—, queríamos saber si recientemente ha tenido contacto con algún miembro de la organización Fronteras de la Ciencia.

—Se trata de una organización académica muy influyente a nivel internacional, y todos sus miembros son reputados investigadores. ¿Por qué no iba a poder relacionarme con miembros de una organización perfectamente legal?

—¡Míralo! —espetó el comisario, echando, ahora sí, en el rostro de Wang Miao todo el humo que acababa de inspirar—. ¿En algún momento hemos dicho que sea ilegal? ¿Alguien le ha prohibido relacionarse con ella?

—En ese caso, perfecto. Se trata de un asunto privado y no tengo por qué responder a sus preguntas.

—¿Cómo que un asunto privado? Los académicos de renom­bre como usted se deben al bien común de la sociedad, ¿no? —Shi Qiang lanzó la colilla que tenía en la mano, sacó un paquete de tabaco aplastado de la chaqueta y encendió otro cigarrillo.

—Tengo derecho a no contestar —dijo Wang—. Por favor, váyanse. —Se volvió para entrar en su apartamento.

—¡Un momento! —gritó Shi Qiang, al tiempo que gesticulaba hacia el joven policía—. Dale la dirección y el teléfono. Venga a visitarnos esta tarde.

—Pero ¡¿qué se propone?! —explotó Wang, furioso. La discusión había alertado a los vecinos, que comenzaban a salir de sus pisos.

—¡Señor comisario! —exclamó con enfado el joven policía, llevándose a su superior unos metros aparte para regañarlo en voz baja. Al parecer, Wang no era el único a quien desagradaban sus malos modos.

—Profesor, no nos malinterprete —se apresuró a intervenir uno de los militares, que era comandante, dando un paso al frente—. Esta tarde se celebrará una reunión importante a la que asistirán varios académicos y especialistas. Nuestro general nos ha pedido que viniéramos a invitarlo.

—Esta tarde no tengo tiempo.

—Lo sabemos. El general ha hablado con su superior en el Centro de Nanotecnología, pero le aseguro que no puede usted faltar a nuestra reunión. Si le es imposible, tendremos que posponerla.

Shi Qiang y el joven policía no dijeron nada más. Se dieron la vuelta y desaparecieron escaleras abajo. Los dos militares, al comprobar que se marchaban, resoplaron con alivio.

—¿Qué coño le pasa a ese? —preguntó el comandante a su compañero.

—¡Su historial es para verlo! Hace unos años, en un caso de toma de rehenes, actuó de forma imprudente y tres miembros de una misma familia terminaron muriendo a manos de los criminales. También dicen que tiene contactos en el mundo del crimen organizado, y que los utiliza para poner a unas bandas en contra de otras... El año pasado recurrió a la tortura para obtener una confesión, y el sospechoso acabó en silla de ruedas; por eso lo suspendieron del servicio...

—¿Y cómo pueden admitir a esta clase de personas en el Centro de Comandancia de Batalla?

—Por exigencia del general. Alguna habilidad especial debe de tener... pero, de todos modos, su papel es muy restringido; no le permiten saber nada que concierna a la seguridad pú­blica...

—Perdone, ¿ha dicho Centro de Comandancia de Batalla?

 

 

El coche que le mandaron lo llevó hasta una gran nave situada a las afueras de la ciudad. Al ver que solo había un número sobre la puerta, supo que el lugar pertenecía al ejército.

La reunión iba a celebrarse en una gran sala. Nada más entrar en ella, a Wang le sorprendió su desorden: a lo largo de su perímetro se apilaba un gran número de equipos informáticos, algunos directamente en el suelo, donde reinaba una maraña de cables de red. En lugar de estar en armarios, los routers se acumulaban encima de los servidores. Había montones de papel de impresora por todas partes; en varios rincones, unas destarta­ladas pantallas de proyección, en estrambóticas posiciones, recordaban a las tiendas de un campamento gitano. El humo del tabaco llenaba el ambiente.

Wang no sabía si se hallaba en el Centro de Comandancia de Batalla, pero sí que lo que allí hacían era demasiado importante como para preocuparles las apariencias.

La superficie de la mesa de reuniones, formada por varias mesas una al lado de la otra, estaba cubierta de documentos y enseres. Los asistentes, todos con la ropa arrugada, tenían el aspecto de no haber dormido en varias noches. Presidía la reunión un general del Ejército de Tierra llamado Chang Weisi. La mitad de los presentes eran militares vestidos de uniforme. Tras las presentaciones, Wang supo que entre ellos había un gran número de policías de paisano, y que el resto eran académicos como él, algunos de ellos eminentes científicos. Para su sorpresa, también vio a cuatro occidentales. Dos de ellos eran militares: un coronel de las fuerzas aéreas de Estados Unidos y otro del ejército británico, ambos enviados de la OTAN. Los otros dos eran nada menos que agentes de la CIA, que al parecer estaban allí en calidad de observadores.

Los rostros de todos ellos expresaban lo mismo: «Ya hemos hecho cuanto podíamos, acabemos con esto de una puñetera vez.»

Wang Miao reconoció al comisario Shi Qiang, quien, contradiciendo sus malos modos del día anterior, lo saludó llamándolo «profesor». Aun así, seguía esbozando una sonrisa socarrona.

Wang no quería sentarse a su lado, pero no encontró ninguna otra silla libre. La densa nube de humo se hizo todavía más espesa.

A la hora de distribuirse los documentos, Shi Qiang se acercó a él y le dijo:

—Profesor Wang, si no me equivoco, usted está investigando... una nueva clase de materiales, ¿verdad?

—Nanomateriales —respondió él, sucintamente.

—He oído hablar de ellos. Son increíblemente duros, ¿no? ¿Cree que pueden utilizarse para cometer crímenes?

Aquella sonrisa socarrona le impedía saber si le hablaba en serio o en broma.

—¿Qué insinúa? —preguntó Wang.

—Nada. Dicen que, hecho de este material, un hilo del grosor de un cabello puede levantar un camión. Si un criminal lo robara e hiciera con él un cuchillo, podría usarlo para partir un coche en dos.

—No tendría necesidad de hacer un cuchillo. Una hebra con el grosor de una centésima parte de un cabello bastaría para cortar un camión como si fuese mantequilla... Pero ¿qué hay en este mundo que no pueda usarse con fines criminales? Hasta una simple navajita para descamar pescado es susceptible de ello.

Shi Qiang extrajo medio folio de la carpeta que tenía entre manos para enseguida, con gesto claramente aburrido, volver a meterlo. Luego dijo:

—Es más, ¡hasta el pescado puede usarse para cometer un crimen! Una vez investigué el caso de una esposa que asesinó al marido cortándosela... ¿Y a que no adivina con qué? ¡Con una tilapia congelada! Las espinas del dorso eran afiladas como cuchillas...

—No siga, no me interesa —terció Wang—. ¿Acaso me han traído hasta aquí para hablarme de eso?

—¿De qué, de peces? ¿O de nanomateriales? No, no, para nada... —Shi Qiang se acercó y le susurró al oído—: No hace falta que sea tan educado con estos. A los dos nos miran por encima del hombro. Lo único que buscan es sacarnos información para luego no contarnos nada. Míreme a mí, que llevo aquí un mes y todavía no me entero de nada, igual que usted.

—Camaradas —anunció el general que lucía una plaquita en el pecho con el nombre de CHANG WEISI—, empecemos la reunión. La nuestra, de entre todas las zonas de combate del planeta, se ha convertido en prioritaria. En primer lugar, camaradas, les pondré al día de la situación.

A Wang le llamó la atención que se hablara de «zonas de combate». También reparó en que, tal como había dicho Shi Qiang, el general procuraba no entrar en detalles. Además, en su breve introducción, había empleado la palabra «camaradas» en dos ocasiones. Al observar a los enviados de la OTAN y la CIA que tenía enfrente, pensó que se le había olvidado añadir la palabra «caballeros».

—Sí, esos también son camaradas —le susurró al oído Shi Qiang, señalando con el cigarrillo a los cuatro extranjeros—; al menos aquí todo el mundo los llama así.

La perspicacia de aquel hombre, que parecía leerle el pensamiento, era sorprendente.

—Da Shi —dijo el general Chang, sin levantar la vista del documento que hojeaba—, apaga el cigarrillo. El ambiente ya está muy cargado.

Se dirigía a Shi Qiang con el sobrenombre de «Gran Shi». Este se apartó el cigarrillo de los labios y, viendo que a su alrededor no había ningún cenicero, lo tiró en una taza de té. Luego levantó el brazo y dijo:

—General, tengo una petición que ya he hecho anteriormente: paridad de información.

El general Chang levantó la vista.

—En ninguna operación militar existe la paridad de información. Los académicos aquí presentes sabrán aceptar mi más sincera disculpa.

—Pero ¿y nosotros? El resto somos diferentes —insistió Shi Qiang—. La policía forma parte del Centro de Comandancia de Batalla desde el principio, y seguimos sin saber de qué va todo esto. Es más, nos está echando. En cuanto consigue averiguar lo que quiere de cada uno, lo manda a casa.

Varios policías le murmuraron que se callara. A Wang le sorprendió que Shi Qiang se atreviera a hablar con ese arrojo a un general, quien respondió de forma aún más chocante:

—Da Shi, veo que no has aprendido nada desde el ejército. ¿Te crees en posición de hablar en nombre de toda la policía? Con un expediente como el tuyo, suspendido durante varios meses y a punto de ser expulsado del Cuerpo, yo agradecería la oportunidad.

—Entonces ¿estoy aquí para redimirme con mis acciones? —replicó Shi Qiang—. ¿No decía que mis métodos eran demasiado radicales?

—Pero útiles —repuso el general—. Eso es lo único que nos importa. En tiempos de guerra, no podemos ser demasiado escrupulosos.

—Nos apremian las circunstancias —intervino en perfecto mandarín uno de los oficiales de la CIA—. Ya no podemos ceñirnos a lo convencional.

El coronel británico asintió, demostrando que entendía sus palabras, para luego añadir en su lengua:

—To be or not to be...

—¿Qué ha dicho? —le preguntó Shi Qiang a Wang.

—Nada —respondió Wang mecánicamente.

Todas esas personas parecían salidas de un sueño. «¿Tiempos de guerra? Y ¿dónde, exactamente, es esa guerra?», se dijo.

Por uno de los ventanales se veía la ciudad de Pekín. Bajo el sol primaveral el tráfico inundaba las calles, había gente paseando al perro, niños jugando... ¿Qué era más real: el mundo que había fuera de aquellas paredes o el de dentro?

—Recientemente —prosiguió el general—, el enemigo ha intensificado sus ataques. El objetivo siguen siendo los científicos de élite. Consulten la lista de nombres que aparece en el documento.

Wang extrajo la primera página del mismo, impresa con grandes caracteres. La lista había sido elaborada con prisas y contenía tanto nombres chinos como occidentales.

—Profesor Wang, ¿hay algo que le llame la atención en esta lista? —le preguntó el general.

—Conozco tres nombres. Son académicos famosos que trabajan en la vanguardia de la investigación de la física. —Wang clavó la vista en el último nombre. Para él, los dos caracteres que lo formaban tenían un color distinto. ¿Cómo podía aparecer ahí? ¿Le había ocurrido algo?

—¿La conoce? —le preguntó Da Shi, señalando el nombre con un dedo tosco y amarillento a causa del tabaco.

Wang no le hizo caso.

—Ah. No la conoce —añadió Da Shi—. Pero le gustaría.

Wang Miao comprendió entonces por qué el general Chang había requerido los servicios de aquel hombre que una vez fue soldado bajo su mando. Aquel tipo descuidado y soez tenía una vista de lince. Sus métodos tal vez no fuesen los de un buen policía, pero era formidable.

 

 

Un año antes, Wang Miao había sido el responsable de los componentes a nanoescala del proyecto de acelerador de partículas Sinotron II. Una tarde, durante una breve pausa en las obras, se sintió atraído por una escena. Como aficionado a la fotografía paisajística, su mirada solía encontrar composiciones artísticas en la realidad que lo rodeaba.

En esa ocasión se fijó en el solenoide del imán superconductor que estaban instalando. El imán, de casi tres pisos de altura, estaba a medio terminar y parecía un monstruo gigantesco formado por bloques de metal y una confusa maraña de tubos refrigerantes criogénicos.

Cual gigantesca montaña de desechos tecnológicos, la estructura despedía la más inhumana y sombría frialdad, la más cruda barbarie revestida de acero. Pero en contraste con aquel coloso de metal, justo enfrente vio aparecer la esbelta figura de una joven. La luz de la composición era igualmente fantástica: el monstruo de metal quedaba enterrado en la sombra, reforzando su tosquedad, mientras un dorado rayo de sol poniente iluminaba el sedoso pelo de la chica y la piel blanca que se vislumbraba bajo el cuello de su camisa. Era una flor que, tras una violenta tormenta, brotaba entre una gran mole de ruinas metálicas.

—¿Qué estás mirando? ¡A trabajar!

A Wang le alivió comprobar que el director del Centro de Nanotecnología no se dirigía a él. La reprimenda era para un joven ingeniero que también se había quedado embobado con la chica. Fue entonces, devuelto a la realidad, cuando se dio cuenta de que no se trataba de una trabajadora más: a su lado tenía al ingeniero jefe, que le hablaba con gran deferencia.

—¿Quién es? —le preguntó al director.

—Debería conocerla —contestó este, saludándola con un gesto circular—. El primer experimento que se lleve a cabo en este acelerador de veinte mil millones de yuanes será probablemente para poner a prueba su modelo de supercuerdas. En otras circunstancias, por una cuestión de antigüedad, no le correspondería, pero sus colegas más experimentados no se atreven a dar un paso al frente por miedo a fracasar. De ahí que tenga la oportunidad de hacerlo.

—¡Ah! ¿Entonces Yang Dong... es una mujer?

—Así es —confirmó el director—. No lo supimos hasta anteayer, cuando la vimos en persona.

—¿Tiene algún problema emocional? —intervino el joven ingeniero—. ¿Por qué nunca ha querido que la entrevistaran los medios?

—¡Qué tonterías dice! Muchas veces los genios son así. Qian Zhongshu, sin ir más lejos. Era un escritor brillante, y murió sin que nadie lo viera una sola vez en televisión.

—Pero al menos conocíamos su sexo. A ella algo tuvo que pasarle de pequeña para volverse tan huraña... —replicó el joven ingeniero con el tono de quien desprecia lo que no puede obtener.

Yang Dong y el ingeniero se acercaron. Al pasar, ella sonrió sin decir nada. A Wang nunca se le olvidaría aquella límpida mirada.

Por la noche, sentado en su estudio, contempló las fotografías que tenía colgadas en la pared. Eran las obras de las que se sentía más orgulloso. Se fijó especialmente en una escena captada en la frontera occidental de China: un valle desolado con una montaña nevada al fondo. En primer plano, ocupando un tercio de la imagen, había un árbol desnudo erosionado por los estragos del tiempo.

En su imaginación, colocó al fondo de la fotografía, en el punto más remoto del valle, la figura que le obsesionaba. Aun resultando ínfima, lograba dotar a la escena de vida, como si el mundo que retrataba respondiera a su presencia, como si solo existiera por ella.

La imaginó superpuesta en varias fotografías más. A veces colocaba sus ojos sobre el ancho cielo vacío. Invariablemente, las estampas cobraban vida y adquirían una belleza insospechada.

Siempre había pensado que a sus fotografías les faltaba alma. Ahora sabía que lo que les faltaba era ella.

 

 

—En los últimos dos meses, todos los físicos de esta lista se han suicidado —anunció el general Chang.

Wang sintió un escalofrío. Uno a uno, aquellos paisajes en blanco y negro se iban desvaneciendo. Las fotografías dejaban de tener su figura al fondo, sus ojos desaparecían del cielo. Esos mundos estaban muertos.

—¿Cuándo ha ocurrido? —preguntó, atónito.

—En los últimos dos meses —repitió el general.

—¿Se refiere al último nombre? —intervino Da Shi, satisfecho de su perspicacia—: Ha sido la última. Hace dos noches: sobredosis de somníferos. Una muerte plácida. No sufrió.

Wang se sintió momentáneamente agradecido.

—Pero ¿por qué? —preguntó, todavía con el recuerdo de aquellos paisajes muertos desfilando ante sus ojos.

—Solo estamos seguros de una cosa —respondió el general—: a todos les movió lo mismo. Pero resulta difícil esclarecer el qué. Quizá sea imposible saberlo si no eres un especialista en ese campo. En el documento hallarán fragmentos de sus notas de suicidio; al término de la reunión tendrán ocasión de examinarlo con detenimiento.

Wang hojeó las notas fotocopiadas. Todas eran interminables.

—Doctor Ding, ¿podría permitirle al profesor Wang consultar la nota de Yang Dong? Es la más breve y representativa...

Hasta entonces, Ding Yi había guardado absoluto silencio. Al cabo de unos instantes, sacó un sobre blanco de un bolsillo de su chaqueta y lo puso sobre la mesa para que Wang pudiera cogerlo.

Da Shi le susurró a Wang al oído:

—Era el novio de Yang Dong.

Wang recordó haber visto a Ding Yi cerca de las obras de construcción del acelerador de partículas, en Liangxiang. Era un físico teórico conocido por haber descubierto el macroátomo en su estudio de los rayos globulares.

Wang extrajo del sobre una nota con forma irregular que despedía una suave fragancia. No era papel, sino corteza de abedul. En ella, descubrió el siguiente párrafo:

 

Todas las pruebas apuntan a una única conclusión: la física nunca ha existido y nunca existirá. Sé que estoy cometiendo una irresponsabilidad, pero no me queda otro remedio.

 

Sin una firma siquiera. Así se despidió de este mundo.

—¿Que la física... no existe? —preguntó Wang, mirando consternado a los presentes.

El general Chang cerró la carpeta.

—El archivo contiene, además, información específica relacionada con los resultados de los experimentos realizados tras la puesta en marcha del tercer acelerador de partículas del mundo. Es todo muy técnico y no nos interesa; nuestra investi­gación se centra en Fronteras de la Ciencia. La Unesco designó el 2005 como el Año Mundial de la Física, y de los numerosos encuentros celebrados entre físicos de todo el mundo surgió aquella organización. Doctor Ding, usted es físico teórico, ¿podría darnos más información?

Ding Yi asintió.

—No tengo conexión directa con Fronteras de la Ciencia, pero sé que goza de gran prestigio en el mundo académico. Su objetivo fundacional es dar respuesta al siguiente problema: desde la segunda mitad del siglo XX, la física ha ido perdiendo la concisión y claridad de sus teorías clásicas. Los modelos teóricos modernos se están volviendo cada vez más complejos, vagos e inespecíficos, complicando su verificación a través de experimentos. Esto supone un escollo importante para la vanguardia de la investigación en dicho campo.

»Los miembros de Fronteras de la Ciencia tratan de promover una nueva forma de pensar. Básicamente, buscan usar métodos científicos para determinar los límites de la ciencia. Su fin es conocer con qué grado de precisión, y hasta qué punto, puede esta conocer la naturaleza; un punto que, según viene desarrollándose la física moderna, parece haberse alcanzado.

—Muy bien —dijo el general—. De acuerdo con nuestras investigaciones, la mayoría de académicos que se han suicidado tenían algún tipo de conexión con Fronteras de la Ciencia, incluso eran miembros de la asociación. No hemos hallado indicios de uso ilegal de drogas psicotrópicas, ni de técnicas de manipulación psicológica similares a las empleadas por las sectas religiosas. En otras palabras, si Fronteras de la Ciencia influyó en ellos de algún modo, fue solo a través de intercambios académicos perfectamente lícitos. Profesor Wang, ellos contactaron con usted en los últimos tiempos. Nos gustaría que nos facilitara cierta información.

Da Shi interrumpió bruscamente:

—... como el nombre y los apellidos de su contacto, la hora y el lugar de las reuniones, su contenido, cartas, correos electrónicos...

—¡Da Shi! —lo reprendió el general.

—¿Crees que olvidaremos que sabes hablar si te callas durante un minuto? —le susurró un policía.

Da Shi cogió su taza de té, vio la colilla flotando y volvió a dejarla sobre la mesa.

Tras aquello, Wang volvió a repudiar a Da Shi y vio cómo se esfumaba todo rastro del agradecimiento que había sentido antes. Se obligó a contestar:

—Mi contacto con Fronteras de la Ciencia empezó con Shen Yufei, una física japonesa de origen chino. En la actualidad trabaja para una empresa japonesa con sede aquí, en Pekín. Antes lo hizo para un laboratorio de Mitsubishi dedicado a la investigación en nanotecnología. Nos conocimos en una conferencia, a principios de año, y ella me presentó a varios colegas, todos miembros de Fronteras de la Ciencia, algunos chinos y otros extranjeros. Los temas de nuestras conversaciones siempre fueron... cómo describirlos... radicales. Siempre giraron en torno a la cuestión que acaba de mencionar el doctor Ding: ¿hasta dónde llega la ciencia? En un principio lo consideré un pasatiempo; al fin y al cabo, mi trabajo se centra en la investigación aplicada, no domino las cuestiones teóricas. Principalmente, me interesaba escucharlos, pues, al ser todos tan grandes pensadores y su punto de vista tan novedoso, sentí que me ayudaban a abrir la mente. Poco a poco me fui sintiendo más involucrado, pero nuestras charlas nunca salieron de lo puramente teórico. Una vez me invitaron a unirme, pero eso me hubiera forzado a asistir a las reuniones. Debido a la limitación de mi tiempo y de mis energías, decliné el ofrecimiento.

—Profesor Wang —intervino el general Chang—, nos gustaría que aceptara la invitación y se uniera a Fronteras de la Ciencia. Por eso le hemos invitado hoy. Así, a través de usted, conoceremos mejor su funcionamiento.

—¿Quieren que haga de... topo? —preguntó Wang, incómodo.

—¡Ja, ja, ja! ¡De topo! —exclamó, divertido, Da Shi, ante la mirada reprobatoria del general.

—Solo queremos que nos proporcione cierta información —prosiguió Chang—. Es la única forma que tenemos de conseguirla.

—Lo siento, general —dijo Wang, negando con la cabeza—, pero no puedo hacerlo.

—Profesor, Fronteras de la Ciencia es una asociación formada por académicos de élite de todo el mundo. Tratar de investigarla supone una labor muy delicada y compleja; tenemos poco margen de maniobra si ningún académico nos ayuda desde dentro, de ahí nuestra petición. Dicho esto, en caso de que no accediese, lo comprenderíamos perfectamente.

—Estoy muy ocupado con mi trabajo, no dispongo de tiempo.

—De acuerdo, profesor. —El general asintió—. No queremos abusar. Gracias por haber asistido a esta reunión.

Pasaron unos segundos hasta que Wang entendió que debía marcharse.

El general lo acompañó cortésmente hasta la puerta. Detrás de ellos se oyó el vozarrón de Da Shi:

—En el fondo, es mejor así. Ya decía yo que no era un buen plan; hay demasiados sabiondos en el otro barrio como para enviar más carnaza a los perros...

Wang se volvió y corrió hasta Da Shi. Tratando de contener la rabia, dijo:

—Su forma de hablar no es propia de un buen policía.

—¿Quién dice que lo sea...?

—¡No sabemos por qué se suicidaron esos investigadores! Hable de ellos con más respeto, su contribución a la sociedad es irreemplazable.

—¿Insinúa que son mejores que yo? —Da Shi, aún sentado, levantó la vista para mirarlo—. Al menos yo no me suicidaré por mucho que me coman la cabeza...

—¿Y yo sí?

—Estoy obligado a preocuparme por su integridad física —respondió el comisario con su perenne sonrisa.

—Creo que estaría más a salvo que usted —dijo Wang—. Sepa que el discernimiento de una persona es directamente proporcional a sus conocimientos.

—No necesariamente. Mírese usted, si no...

—¡Da Shi! —intervino el general—. Una palabra más y ordenaré que te escolten fuera.

—¡No! ¡Déjelo! —exclamó Wang, mirando al general—. He cambiado de opinión. Voy a unirme a Fronteras de la Ciencia, como usted me pedía.

—Cojonudo —dijo Da Shi—. Manténgase alerta desde el principio y, en cuanto tenga ocasión, aproveche para recabar información. Mire de reojo sus pantallas, trate de memorizar los correos y los...

—¡Cállese! No me ha entendido. Sigo negándome a hacer de topo; sencillamente me propongo demostrar que es usted un idiota.

—Ah. Bueno, con tal de no palmarla, ya lo habrá demostrado de sobra. Pero me temo lo peor...

La sonrisa socarrona se convirtió en perversa.

—¡Pienso seguir con vida muchos años, no le quepa duda! Pero espero no tener que volver a encontrarme a más tipos como usted.

El general salió con Wang y lo acompañó hasta el pie de las escaleras. Allí le paró un taxi y, a modo de despedida, le dijo:

—No se lo tenga en cuenta. A pesar de sus malos modos, Da Shi es un policía experimentado y un gran experto en antiterrorismo. Lo conozco desde hace veinte años, cuando fue soldado de mi compañía. —Conforme se aproximaban al coche, añadió—: Profesor Wang, estoy seguro de que se ha quedado con muchas preguntas por hacer.

—¿Qué tiene que ver lo que se ha hablado ahí dentro con el ejército?

—La guerra y el ejército tienen todo que ver uno con otro.

—¿Y dónde es esa guerra? —preguntó Wang, mirando con extrañeza alrededor: todo cuanto veía estaba bañado por el plácido sol primaveral—. Estamos viviendo una de las épocas más pacíficas de la historia, no existe ningún punto del planeta en el que haya un conflicto...

El general le dedicó una sonrisa inescrutable.

—Muy pronto, usted y todo el mundo sabrán más al respecto. Profesor, dígame, ¿nunca ha vivido una catástrofe capaz de cambiarlo todo para siempre, de trastocar su mundo y, de la noche a la mañana, convertirlo en un lugar completamente distinto?

—No.

—Entonces, su existencia ha sido una suma de felices casualidades. Pese a los factores impredecibles del mundo, usted ha logrado no enfrentarse a ninguna crisis de consecuencias catastróficas.

—Pues como la mayoría de la gente... —repuso Wang, que por más que se estrujaba el cerebro no conseguía entenderlo.

—Porque la existencia de la mayoría de la gente no es más que un cúmulo de felices casualidades.

—Puede. Ya son varias las generaciones que hemos vivido en tiempos de paz.

—¡Y todo por casualidad!

—Le confieso que hoy no es mi día más perspicaz... —dijo Wang, sonriendo con extrañeza—. ¿Está sugiriendo...?

—¡No, no! ¡La historia de la humanidad es también fruto de la casualidad! ¡Si desde la Edad de Piedra hasta hoy no ha habido ninguna catástrofe, es que hemos tenido mucha suerte! Ah, pero si todo es fruto del azar, llegará el día en que esa suerte termine... Pues permítame que se lo diga: se acabó. Prepárese para lo peor.

Wang quiso saber más cosas, pero el general alzó la mano en señal de despedida, poniendo fin a la conversación.

Se metió en el coche y el conductor le pidió la dirección. Tras dársela, a Wang se le ocurrió preguntar:

—Usted es quien me trajo, ¿verdad? Parece el mismo coche...

—No, señor, no fui yo. Yo traje al profesor Ding.

En un impulso, Wang preguntó cuál era la dirección de Ding, y el conductor se la dio.

Aquella misma noche fue a verlo.

 

 

 

 

Matar a la ciencia

 

 

 

 

 

 

El olor a alcohol lo recibió en cuanto abrió la puerta del apartamento de Ding Yi. Lo encontró tumbado en el sofá. Aunque tenía el televisor encendido, permanecía con la vista fija en el techo.

Wang echó un vistazo alrededor: la decoración brillaba por su ausencia; había tan pocos muebles que la gran sala de estar resultaba vacía. El objeto que más atraía la atención era una mesa de billar en un rincón.

Lejos de parecer molesto por aquella visita inesperada, a Ding se le notaba que tenía ganas de hablar con alguien.

—Me compré este apartamento hace tres meses —le dijo—, ¿y para qué? ¿De verdad pensaba que iba a convencerla de formar una familia? ¡Ja! —Negó con la cabeza. Sonaba muy borracho.

—¿Ustedes dos...?

Wang ansiaba conocer los detalles de la vida de Yang Dong, pero no sabía cómo preguntar.

—Era como una estrella. Siempre distante. Siempre fría.

Ding Yi se acercó a la ventana para mirar el cielo nocturno. Parecía buscar aquella estrella que se había apagado.

Wang no dijo nada. Tan solo quiso oír su voz. Pero esa tarde, un año antes, en que el sol se puso por el oeste, no llegaron a hablarse. Jamás había oído su voz.

Ding hizo un gesto con la mano, como si quisiera apartar algo del pensamiento.

—Hace usted bien, profesor Wang. No se involucre con la policía ni con el ejército. Son una pandilla de idiotas engreídos. Las muertes de todos esos físicos no tienen nada que ver con Fronteras de la Ciencia; se lo he explicado muchas veces pero no consigo que me entiendan.

—Creo que ellos han realizado su propia investigación.

—Sí, y a escala internacional nada menos. A estas alturas, ya deben saber que dos de los muertos nunca tuvieron contacto con Fronteras de la Ciencia, incluyendo a... Yang Dong.

Le costaba pronunciar ese nombre.

—Ding Yi, usted es consciente de que yo ya estoy de algún modo involucrado en eso, así que... sobre los motivos que llevaron a Yang Dong a tomar aquella decisión... Me gustaría conocerlos. Creo que usted sabe algo.

Wang pensó en lo estúpido que debía de parecerle tratando de ocultar su verdadero interés.

—Si se los digo, se involucrará más. Ahora tan solo lo está de manera circunstancial. Cuanta más información tenga, más absorbida estará su mente, y entonces no habrá remedio...

—Me dedico a la investigación aplicada, no soy tan sensible como ustedes, los teóricos.

—Está bien. ¿Sabe usted jugar al billar? —replicó Ding Yi, dirigiéndose a la mesa.

—Solía hacerlo en la universidad.

—A ella y a mí nos encantaba. Nos recordaba a las partículas colisionando en el acelerador.

Ding Yi cogió la bola negra y la blanca. Puso la primera cerca de uno de los agujeros y la segunda a unos diez centímetros de aquella.

—¿Es capaz de colar la bola negra?

—A esa distancia, todo el mundo.

—Pruebe.

Wang tomó el taco, le dio un suave golpe a la bola blanca y esta chocó contra la negra, que cayó en el agujero.

—Muy bien. Ahora cambiemos la mesa de posición.

Ding conminó a un desconcertado Wang a coger la pesada mesa. Juntos, la trasladaron hasta otro rincón de la sala, cerca de la ventana. Entonces Ding recuperó la bola negra, volvió a colocarla cerca del agujero y reposicionó la bola blanca a diez centímetros de aquella.

—¿Cree que será capaz de volver a hacerlo?

—Pues claro.

—Dele.

De nuevo logró colar la bola negra.

—¡Cambiemos otra vez! —exclamó Ding Yi, subiendo los brazos con excitación.

Levantaron la mesa y la llevaron a un tercer rincón de la estancia. Ding puso las bolas en la misma posición que antes.

—Venga.

—Oiga, ¿por qué no...?

—¡Dele!

Con una sonrisa de resignación, Wang volvió a colar la bola negra. Recolocaron la mesa dos veces más, la última en su posición original. La bola siempre entraba.

Para entonces, los dos hombres estaban sudando.

—Muy bien, el experimento ha concluido —dijo Ding Yi mientras encendía un cigarrillo—. Ahora, saquemos conclusiones. Hemos realizado una misma prueba cinco veces. Cuatro de ellas han diferido tanto en el espacio como en el tiempo, dos han compartido el mismo espacio pero distinto tiempo. ¿No le sorprende el resultado? —Abrió los brazos con teatralidad—. ¡Cinco veces! Y cada colisión ha dado el mismo resultado.

—¿Qué insinúa? —preguntó Wang, jadeando.

—Trate de explicarme este increíble resultado. Y le ruego que lo haga en el lenguaje de la física.

—Está bien... En estos cinco experimentos, la masa de las dos bolas no ha variado. En cuanto a su posición, tomando la mesa como marco de referencia, tampoco ha habido ningún cambio. La velocidad a la que la bola blanca ha colisionado con la negra ha sido básicamente la misma, de modo que la inercia transferida no ha cambiado. Los cinco experimentos han dado un idéntico resultado: la bola negra se ha colado en el agujero.

Ding Yi cogió una botella de brandy que había en el suelo, junto al sofá, llenó dos vasos sucios y le ofreció uno a Wang, quien lo rechazó cortésmente.

—¡Celebrémoslo! Acabamos de descubrir un principio fundamental de la naturaleza: las leyes de la física permanecen invariables a través del tiempo y el espacio. Todas las leyes de la historia humana, desde el principio de Arquímedes hasta la teoría de cuerdas, todos los descubrimientos científicos y el fruto intelectual de nuestra especie, resultan de esta gran ley. Comparados con estos dos grandes teóricos que somos usted y yo, Einstein y Hawking parecen simples ingenieros aplicados...

—Sigo sin entender adónde quiere ir a parar.

—Imagine otro resultado: en el primer intento, la bola blanca hace entrar a la negra; en el segundo, la desvía; la tercera vez, la bola negra sale disparada hacia el techo; en la cuarta, vuela por la habitación como un gorrión espantado hasta que se cuela en el bolsillo de su chaqueta. La quinta vez, la bola negra es lanzada casi a la velocidad de la luz, y al hacerlo rompe el borde de la mesa, atraviesa la pared y abandona la Tierra y el sistema solar, como en aquella estúpida historia de Asimov. ¿Qué pensaría entonces?

Se quedó mirando a Wang, quien, tras un largo silencio, preguntó:

—Esto ha ocurrido de verdad. ¿Me equivoco?

Ding terminó el brandy que había en los dos vasos y fijó la vista en la mesa de billar. Tenía la mirada de quien observa a un demonio.

—En efecto, ha sucedido. En los últimos años, la investigación teórica ha ido madurando hasta obtener el equipamiento necesario para poner a prueba las teorías fundamentales. Se construyeron tres carísimas mesas de billar, por así llamarlas: una en Norteamérica, otra en Europa y otra, que usted ya conoce, aquí en China, en Liangxiang. Su Centro de Nanotecnología ha ganado mucho dinero con ella. Estos aceleradores de partículas de alta energía han subido el nivel de energía disponible para colisionar partículas en un orden de magnitud, a un nivel nunca antes alcanzado por la humanidad. Pero con ese nuevo equipamiento, las mismas partículas, los mismos niveles de energía y parámetros experimentales han dado resultados distintos, en función del acelerador y de cuándo se realizaba el experimento. El pánico ha cundido entre los físicos, que han repetido los experimentos bajo idénticas condiciones, obteniendo resultados distintos y sin patrón aparente.

—¿Qué significa eso? —preguntó Wang, quien al ver que Ding lo observaba, añadió—: Verá, lo mío es la nanotecnología; también investigo con estructuras a microescala, pero ese es un tamaño mucho más grande que el de su trabajo. Por favor, ilústreme.

—Significa que las leyes de la física no permanecen invariables a través del tiempo y el espacio.

—¿Entonces...?

—Creo que sabe deducir lo que sigue. Incluso el general Chang pudo hacerlo. Un hombre perspicaz...

Wang miró, pensativo, a través de la ventana. Las luces de la ciudad brillaban con tal intensidad que escondían las estrellas del cielo.

—Significa que no existen leyes de la física que puedan aplicarse en todo el universo —respondió, volviéndose—, lo cual implica... que la misma física no existe.

—«Sé que estoy cometiendo una irresponsabilidad, pero no me queda otro remedio» —se apresuró a decir Ding—. Esa era la segunda frase de su nota. Y usted acaba de dar con la primera. Ahora ya puede comprenderla, aunque sea un poco.

Wang cogió la bola blanca. La sostuvo unos instantes y después volvió a dejarla.

—Para alguien que se dedica a explorar la vanguardia de la teoría, es toda una catástrofe.

—Lograr el éxito, en el campo de la física teórica, requiere una fe casi religiosa. Es fácil sentirse atraído por el abismo.

Al despedirse, Ding le entregó un papel con una dirección.

—Si tiene tiempo, vaya a ver a la madre de Yang Dong. Siempre vivieron juntas y, para ella, su hija era el centro de su vida. Ahora la pobre está sola en este mundo.

—Ding Yi, es evidente que usted sabe muchas más cosas que yo. ¿No puede contarme algo más? ¿De veras cree que las leyes de la física no permanecen invariables a través del tiempo y del espacio?

—Yo no sé nada —aseveró Ding—. Solo sé que una fuerza inimaginable está matando a la ciencia.

—¡¿Matando a la ciencia?! Pero ¿quién?

Ding Yi lo miró fijamente durante un largo rato.

—Esa es la cuestión —añadió al fin.

Wang comprendió que simplemente terminaba la frase del coronel británico: «Ser o no ser, esa es la cuestión.»

 

 

 

 

El arquero y el granjero

 

 

 

 

 

 

Aunque al día siguiente empezaba un nuevo fin de semana, Wang madrugó y se fue de casa en bicicleta, con la cámara al hombro. Si bien, como fotógrafo aficionado, su tema preferido eran los paisajes naturales deshabitados, en la madurez no disponía del tiempo necesario para realizar los viajes que eso conllevaba, y ahora casi solo retrataba paisajes urbanos.

De manera más o menos consciente, solía escoger rincones de la ciudad con algún vestigio de naturaleza: el lecho seco de un lago en un parque, la tierra recién removida de un solar en construcción, la hierba abriéndose paso entre las grietas del cemento. Con tal de difuminar los tonos chillones de la urbe, solo usaba carretes en blanco y negro. Sin proponérselo, llegó a desarrollar un estilo propio que le dio cierto renombre, y algunas de sus obras habían sido seleccionadas para varias exposiciones. También formaba parte de la Asociación de Fotógrafos. Cada vez que salía a hacer fotos cogía la bicicleta y deambulaba por la ciudad en busca de inspiración y de composiciones que llamaran su atención. A veces le dedicaba el día entero.

Sin embargo, aquella mañana Wang se sentía distinto. Su estilo era más bien clásico, contenido, y le estaba costando mantener la calma necesaria para lograr tales composiciones. Tenía la impresión de que la ciudad entera, despertando de su letargo, se erigía sobre arenas movedizas. De que su estabilidad solo era aparente. Había pasado la noche soñando con aquellas dos bolas de billar. Volaban por el espacio sin rumbo definido; la negra desaparecía contra el fondo oscuro, y únicamente revelaba su existencia en las contadas ocasiones en que se superponía a la blanca.

¿Era posible que la naturaleza fundamental de la materia no respondiera a ninguna ley? ¿Que la estabilidad y el orden del mundo no fuesen más que un equilibrio dinámico temporal, logrado en un rincón del universo, una anomalía dentro de una corriente caótica?

Absorto en esas cavilaciones, de pronto se halló frente al nuevo edificio de la Televisión Central de China. Detuvo la bicicleta, se sentó al pie de aquella mole en forma de «A» y la contempló tratando de recuperar la estabilidad. Su mirada recorrió el filo del bloque, que centelleaba bajo la luz matinal y apuntaba hacia la insondable inmensidad del cielo. Dos palabras acudieron a su mente: «arquero» y «granjero».

Cuando los miembros de Fronteras de la Ciencia discutían sobre física solían usar la abreviatura «SF». No aludían al sen­tido habitual de las siglas inglesas de science fiction («ciencia ficción»), sino al de shooter («arquero») y farmer («granjero»), que a su vez se referían a sendas hipótesis sobre la naturaleza fundamental de las leyes del universo.

En la hipótesis del arquero, este dispara a un blanco repetidamente, de forma que cada agujero creado se aleja diez centímetros del anterior. Suponiendo que en la superficie del blanco existe vida inteligente bidimensional, sus científicos, tras observar el universo, descubren una gran ley: «En el universo hay un agujero cada diez centímetros.» Confunden el resultado de las acciones del arquero, sin otra motivación que el capricho, con una ley inmutable del universo.

Por su parte, la hipótesis del granjero es más tétrica: cada mañana, en una granja de pavos, el granjero les da de comer. Pero entonces un pavo científico, que lleva un año observando este fenómeno, saca la siguiente conclusión: «Cada mañana, a las once, llega comida.» La mañana del Día de Acción de Gracias, el cientí­fico anuncia su descubrimiento a los demás pavos, pero ese día, a las once, en lugar de comida, aparece el granjero y los mata a todos.

Wang sintió como si el suelo se deslizara bajo sus pies. También el edificio en forma de «A» pareció temblar e inclinarse. Desvió la mirada.

 

 

Se obligó a terminar el carrete para liberarse de la ansiedad, pero llegó a casa antes del almuerzo. Su esposa se había llevado al niño a pasar el día fuera y tardarían en volver. En circunstancias normales, le hubiera faltado tiempo para ponerse a revelar las fotos, pero no en esa ocasión. Se preparó un plato sencillo y, tras comérselo, se echó la siesta. Al no haber dormido bien la noche anterior, se despertó casi a las cinco. Recordó al fin el carrete que tenía sin revelar y se encerró con él en el pequeño armario que había reconvertido en cuarto oscuro.

Una vez revelada la película, comprobó si alguno de los negativos merecía la pena. Justo en el primero, notó algo extraño.

Era la imagen de un pequeño campo de césped al lado de un gran centro comercial. En el medio había unas pequeñas marcas de color blanco que, examinadas con mayor atención, resultaron ser cifras: 1200:00:00.

La segunda fotografía también las tenía: 1199:49:33. Todas las imágenes del carrete estaban marcadas de aquella manera. 1199:40:18 la tercera, 1199:32:07 la cuarta, 1199:28:51 la quinta, 1199:15:44 la sexta, 1199:07:38 la séptima, 1198:53:09 la octava... y así hasta llegar a la número treinta y cinco, marcada con un 1194:16:37.

Primero pensó que se trataba de un problema de la película. Pero él usaba una Leica M2 fabricada en 1988, totalmente mecánica, y era imposible que la cámara hubiese añadido esa marca. Por su lente y por su refinado funcionamiento, aun estando en plena era digital, seguía siendo una gran cámara.

Tras volver a inspeccionar los negativos, descubrió otra singularidad en aquellos números: parecían adaptarse al fondo. Cuando este era oscuro, los números eran blancos; pero cuando era claro, los números eran negros. El cambio parecía diseñado para maximizar su visibilidad.

Al llegar al negativo número dieciséis, el corazón se le aceleró y sintió un escalofrío. Era la imagen de un árbol muerto contra una vieja pared moteada, que alternaba los tonos claros y oscuros. Lo hacía de tal forma que resultaba difícil distinguir tanto los números blancos como los negros. En la foto, esta vez las cifras aparecían en vertical y ajustadas a la curvatura del árbol, como si fuera una serpiente blanca descendiendo por un tronco negro.

Intentó adivinar si había algún patrón matemático que uniera aquellas cifras. Al principio, pensó que podía tratarse de un número de serie, pero la distancia entre valores no era constante. Después concluyó que representaban el tiempo en forma de horas, minutos y segundos.

Cogió su diario fotográfico, donde apuntaba la hora exacta en que tomaba cada instantánea, y descubrió que la diferencia entre dos números sucesivos correspondía al intervalo en que habían sido tomadas las fotos. Así supo de qué se trataba.

Era una cuenta atrás.

Daba comienzo en las 1.200 horas, de las cuales ahora restaban 1.194. Apenas cincuenta días.

«¿Ahora? No, en el momento en que tomé la última fotografía. ¿Seguirá entonces la cuenta atrás?»

Salió del cuarto oscuro, cargó la Leica con otro carrete y comenzó a disparar fotos aleatoriamente. Incluso se fue al balcón para tomar algunas imágenes del exterior. Agotado el carrete, lo sacó y se metió en el cuarto oscuro para revelarlo. Los números seguían apareciendo en cada negativo, flotando como fantasmas. El primero estaba marcado con el 1187:27:39. La diferencia con el último negativo del rollo anterior concordaba con el lapso transcurrido entre ambas instantáneas. Tras él, las cifras iban disminuyendo tres o cuatro segundos: 1187:27:35, 1187:27:31, 1187:27:27, 1187:27:24... justo los mismos intervalos entre disparos.

La cuenta atrás seguía su marcha.

Volvió a cargar la cámara con un nuevo carrete. Lo terminó muy rápidamente, realizando varios disparos sucesivos, algunos incluso con la tapa de la lente puesta. Pero cuando se disponía a revelarlo, su mujer y su hijo llegaron a casa. Antes de meterse en el cuarto oscuro, Wang cargó de nuevo la cámara y se la ofreció a su esposa.

—¡Toma, termíname el carrete! —le pidió.

—¿Y qué fotografío? —preguntó ella, mirándolo con asombro. Él nunca permitía que nadie se acercara a su cámara. Tampoco existía gran riesgo de que eso sucediera: para su esposa y su hijo, era solo una antigualla que costaba más de veinte mil yuanes.

—Lo que sea, no importa. —Le dejó la cámara en las manos y se metió en el cuarto oscuro.

—Bueno, pues, ¡Dou Dou, ven, que te hago una foto!

Entonces a Wang le vino a la mente la imagen de aquella cuenta atrás fantasma reptando sobre el cuello de su hijo como la soga de un ahorcado. No pudo evitar estremecerse.

—¡No, a él no lo fotografíes! —gritó desde dentro—. ¡Haz fotos de cualquier otra cosa!

Sonó el obturador. Su mujer había tomado la primera foto.

—¿Por qué no me deja hacer más? —preguntó.

Salió y le enseñó a correr el carrete tras cada instantánea.

—Así, después de cada disparo —dijo, y volvió a encerrarse en el cuarto oscuro.

—¡Ay, qué complicado!

Su esposa, que era doctora, no se explicaba cómo alguien podía usar un aparato tan caro y obsoleto en una época en que las cámaras digitales, de diez o incluso veinte megapíxeles, eran la norma. Y encima para tomar fotos en blanco y negro.

Después de revelar el tercer carrete, Wang lo sostuvo frente a la débil luz roja y vio que la cuenta atrás fantasma seguía su marcha. Los números aparecían claramente en todas las instantáneas, incluso en aquellas tomadas con la tapa de la lente puesta: 1187:19:06, 1187:19:03, 1187:18:59, 1187:18:56...

Su esposa llamó a la puerta del cuarto oscuro para decirle que había terminado el carrete. Wang la abrió y cogió la cámara. Las manos le temblaron al extraer el carrete. Ignorando la mirada de preocupación de su mujer, cerró la puerta.

Trabajó de forma tan apresurada que dejó el suelo mojado, pero el carrete estuvo revelado.

«Que no salgan, que no salgan; sean lo que sean, que no salgan, por favor, que no sea mi turno...», rogaba con los ojos cerrados.

Examinó con una lupa la película mojada. No había ninguna cuenta atrás. Los negativos solo mostraban las imágenes interiores que su esposa había capturado. Al tener seleccionada una velocidad de obturador lenta, y debido a su poca experiencia, todas habían salido borrosas. Sin embargo, a él le parecieron las fotografías más hermosas que había visto nunca.

Salió del cuarto oscuro exhalando un hondo suspiro. Entonces se dio cuenta de que estaba sudado de pies a cabeza. Su esposa se hallaba en la cocina y su hijo jugaba en otra habitación. Se sentó en el sofá para intentar racionalizar todo aquello.

En primer lugar, aquellos números, que marcaban el paso del tiempo y, por tanto, revelaban signos de inteligencia, no podían haber sido impresos de antemano en la película. Debía de haber alguien o algo que los sobreimpresionara, pero ¿quién? ¿O qué? ¿Se trataba de un error de funcionamiento de la cámara? ¿Habían instalado algún mecanismo en ella sin que él lo advirtiera? Desacopló la lente y abrió la cámara. Después examinó minuciosamente su interior, comprobando cada uno de los prístinos componentes. No halló nada extraño.

Entonces, considerando que los números aparecían incluso en aquellas instantáneas tomadas con la tapa de la lente puesta, se dijo que la fuente de luz más probable era algún tipo de rayo que había penetrado desde el exterior de la cámara. Pero era técnicamente imposible. ¿Y cuál podía ser la fuente de aquel rayo? ¿Cómo lo apuntaban?

Teniendo en cuenta la tecnología disponible, solo podía tratarse de un hecho sobrenatural.

A fin de comprobar definitivamente si la cuenta atrás había desaparecido, cargó la Leica con otro carrete y volvió a realizar disparos aleatorios, esta vez algo más espaciados, pues estaba absorto en sus cavilaciones. Tras revelar el carrete, su efímera calma cedió ante el abismo de la locura.

La cuenta atrás fantasma volvía a aparecer. De hecho, a juzgar por los números, esta nunca se había detenido; sencillamente, no aparecía en el carrete que había usado su esposa.

1186:34:13, 1186:34:02, 1186:33:46, 1186:33:35...

Wang salió corriendo del cuarto oscuro, luego también del apartamento, y empezó a aporrear la puerta de su vecino, un profesor jubilado.

—Zhang, ¿tiene usted una cámara? ¡Digital no, de las de película!

—¿Y qué hace un fotógrafo profesional como tú sin cámara? ¿Se te ha estropeado aquella tan cara? Solo tengo una, digital... ¿Te encuentras bien? Tienes mala cara...

—Déjemela, por favor.

El anciano se fue a su habitación y volvió con una Kodak digital común y corriente.

—Aquí tienes. Puedes borrar las fotos que hay dentro.

—¡Gracias!

Wang le arrebató la cámara de las manos y volvió corriendo a su casa. En realidad, él tenía otras tres cámaras de carrete, además de una digital, pero pensó que era mejor pedir una prestada. Sin embargo, tras mirar su Leica, que estaba sobre el sofá junto a varios carretes en blanco y negro, decidió cargarla de nuevo. Le dio la cámara del vecino a su esposa, que estaba poniendo la mesa.

—¡Toma, haz más fotos, como antes!

—Pero ¿a qué viene todo esto? ¿Te has visto la cara? ¡¿Qué te pasa?! —le preguntó ella, alarmada.

—¡Tú por eso no te preocupes, hazlas!

La mujer dejó los platos y se acercó a él para mirarlo de frente. En sus ojos había miedo. Él le rehuyó la mirada y le dio la Kodak al hijo, de seis años, que en ese momento se acercaba a la mesa.

—Dou Dou, ayuda a papá a tomar unas fotos. Pulsa aquí, así; acabas de hacer una. Ahora vuelve a pulsar. Muy bien, ya tienes otra. Sigue sacando fotos. Puedes fotografiar lo que quieras.

El niño aprendió enseguida. Parecía muy interesado y hacía cantidad de fotos. Wang fue a buscar la Leica del sofá y también se puso a disparar. Como un par de lunáticos, padre e hijo corrían por la habitación haciendo clic alrededor de la mujer, que en medio de los flashes se sintió desbordada y empezó a llorar.

—Wang Miao —dijo entre sollozos—, ya sé que últimamente tienes que soportar mucho estrés, pero... solo espero que no te hayas...

Wang terminó el carrete de la Leica y tomó la cámara digital de manos de su hijo. Se detuvo unos instantes a pensar y, para evitar tener que hablar con su esposa, decidió meterse en el dormitorio. Allí hizo unas cuantas instantáneas más con la digital. Usó el visor óptico en lugar de la pantalla LCD, por miedo a ver los resultados, aunque era consciente de que, tarde o temprano, debería enfrentarse a ellos.

A continuación, extrajo el carrete de la Leica y volvió a encerrarse en el cuarto oscuro. Cuando lo hubo revelado, se puso a examinar las imágenes. Temblaba tanto que tenía que sujetar la lupa con ambas manos. En los negativos, la cuenta atrás continuaba.

Entonces salió disparado del cuarto oscuro y comenzó a revisar las fotos de la cámara digital. A través de la pantalla, comprobó que en las imágenes de su hijo no había ningún número. Sin embargo, en las suyas volvía a aparecer la cuenta atrás. La secuencia concordaba con la de las otras fotos.

Había querido usar cámaras distintas para descartar la posibilidad de un mal funcionamiento de la Leica o un defecto de fábrica de los carretes, pero, al hacerlo, había descubierto algo todavía más insólito: la cuenta atrás fantasma solo aparecía en las fotos que él hacía.

Desesperado, agarró el montón de carretes revelados. Colgaban de su puño como un manojo de serpientes, como un embrollo de cuerdas imposible de desenredar.

Sabía que no podía desvelar aquel misterio él solo, pero ¿a quién iba a recurrir? Debía descartar tanto a sus compañeros de universidad como a sus colegas del centro de investigación, pues, al igual que él, eran personas formadas científicamente, y su intuición le decía que aquel asunto trascendía lo puramente técnico. Pensó en Ding Yi, pero el pobre diablo se hallaba en plena crisis espiritual. Al final, le vino a la mente Fronteras de la Ciencia. Si algo caracterizaba a aquel grupo de pensadores era su mentalidad abierta. Marcó el número de Shen Yufei.

—Doctora Shen, tengo un problema y necesito ir a verla —imploró precipitadamente.

—Está bien —contestó ella, y colgó sin añadir nada.

Wang se sorprendió. Shen Yufei era una mujer tan parca en palabras que algunos miembros de la asociación decían con sorna que parecía Hemingway hecho mujer. Y ahora él no sabía si debía sentirse reconfortado, o todavía más ansioso, ante el hecho de que ella hubiese accedido sin preguntarle siquiera cuál era el problema.

Metió los negativos en una bolsa y, tomando la cámara digital, se marchó de casa ante la mirada atónita de su esposa.

El temor a estar solo le disuadió de coger el coche, aun cuando las luces de la ciudad lo alumbraban todo, y en su lugar tomó un taxi.

 

 

Shen Yufei vivía en una urbanización de lujo cercana a una de las líneas de metro más nuevas de la ciudad. Era una zona, algo menos iluminada, donde las casas rodeaban un lago artificial con peces. De noche parecía un pueblo.

Era evidente que la doctora Shen gozaba de una posición acomodada, aunque Wang no se explicaba los motivos. Ni el sueldo de su antiguo trabajo como investigadora, ni el de su actual puesto en una empresa privada, daban para tanto. Con todo, el interior de su casa no era nada ostentoso. Wang sabía que en su pequeña biblioteca solían citarse los miembros de Fronteras de la Ciencia. En el salón vio a Wei Cheng, el marido. Rondaba los cuarenta años y era un intelectual. De él apenas sabía el nombre; Shen Yufei había sido escueta a la hora de hacer las presentaciones. No debía de trabajar, pues siempre lo encontraban en casa. A pesar de su desinterés por las tertulias de Fronteras de la Ciencia, no se lo veía incómodo con las constantes entradas y salidas de los académicos.

Lejos de pasar el día ocioso, andaba enfrascado en sus propias investigaciones. Siempre recibía a las visitas absorto en sus pensamientos, saludando sin gran entusiasmo para, acto seguido, retirarse a su cuarto en el piso de arriba. Allí pasaba la mayor parte del tiempo. Una vez, Wang tuvo ocasión de observar, a través de la puerta entreabierta, y quedó estupefacto al ver un enorme servidor Hewlett-Packard. Lo reconoció de inmediato porque era el mismo que tenían en el centro de investigación: un modelo RX8620 gris oscuro, que había salido al mercado hacía apenas cuatro años. Resultaba muy extraño que dispusiera, para uso doméstico, de una máquina que costaba más de un millón de yuanes. ¿Qué debía de hacer con ella?

—Yufei está ocupada con un asunto, espérela un poco —le dijo Wei Cheng, volviéndose para subir las escaleras.

Wang quiso hacerle caso, pero al sentir que no podía estarse quieto, decidió seguirle. Wei Cheng no se dio cuenta hasta casi entrar en el cuarto del servidor. Sin dar muestras de parecer molesto, le señaló la estancia que había frente a su habitación y dijo:

—Está ahí, entre.

Wang llamó con los nudillos a la puerta, que al instante se entreabrió. Shen Yufei estaba sentada frente a un ordenador, concentrada en un videojuego. Lo que más le sorprendió fue verla enfundada en un traje de realidad virtual, lo último en tecnología. Iba equipado con un casco panorámico y era capaz de transmitir sensaciones táctiles; el usuario lograba así experimentar en su propio cuerpo los movimientos e impactos del juego. Podía incluso generar frío y calor extremos para, por ejemplo, simular qué se sentía en medio de una tormenta de nieve.

Se acercó a ella. La imagen del juego se mostraba en el visor interior del casco, así que no logró ver nada en el monitor. De pronto recordó el comentario de Shi Qiang sobre la necesidad de memorizar correos y direcciones web. Miró la barra del navegador y le llamó la atención lo sencilla que era la dirección del juego: www.3cuerpos.net.

Shen Yufei se quitó el casco y el traje. Luego se puso las gafas, que parecían enormes en comparación con su fino rostro. Seria e inexpresiva como de costumbre, se limitó a saludarlo con un gesto de la cabeza sin decir nada. Wang sacó de la bolsa los negativos y empezó a contarle su extraña experiencia. Ella lo escuchaba con atención. Cogió los rollos un instante, pero no se detuvo a examinarlos. Aquello lo inquietó, pues confirmaba su sospecha de que la doctora no desconocía lo que le ocurría. Cuando dejó de hablar, ella le hizo una señal para que prosiguiera.

La doctora solo habló cuando Wang terminó su relato.

—¿Cómo va su investigación sobre nanomateriales?

Aquella pregunta terminó de desconcertarlo.

—¿Qué tiene eso que ver con lo que le estoy contando? —dijo Wang, señalando los rollos de película.

Shen Yufei permaneció en silencio. Se limitó a mirarlo fijamente mientras esperaba la respuesta a su pregunta. Ese era su estilo. Nunca malgastaba saliva.

—Detenga la investigación —dijo por fin.

—¿Cómo? —preguntó Wang, boquiabierto—. ¿Qué insinúa?

Shen Yufei siguió mirándolo sin dignarse repetir la frase.

—¿Que la detenga? ¡Es un proyecto clave para el país!

Ella se mantuvo impertérrita.

—¡Al menos deme una razón! —exigió Wang.

—Deténgala y verá.

—¿Qué es lo que sabe? ¡Hable!

—Ya le he contado todo lo que puedo contarle.

—¡Es imposible detener la investigación!

—Deténgala y verá.

Aquel fue el final de su breve conversación sobre la cuenta atrás fantasma. Después de eso, por más que Wang lo intentara, solo consiguió que Shen Yufei le repitiera:

—Deténgala y verá.

—Lo que veo es que Fronteras de la Ciencia no es ningún grupo de discusión sobre teoría fundamental. Su conexión con la realidad es mucho más compleja de lo que imaginaba.

—Al contrario. Su impresión se debe al hecho de que Fronteras de la Ciencia se ocupa de asuntos mucho más fundamentales de lo que imaginaba.

Desesperado, Wang se levantó y abandonó la habitación sin despedirse. Shen Yufei lo acompañó en silencio hasta la puerta de la casa y se quedó mirando cómo llamaba un taxi y se metía dentro.

Justo entonces, otro coche llegó a toda prisa y aparcó bruscamente. De él salió un hombre. Aunque llevaba gafas de sol y apenas quedaba iluminado por la débil luz de la casa, Wang lo reconoció al instante: se trataba de Pan Han, uno de los miembros más destacados de Fronteras de la Ciencia. Era un biólogo que había predicho los defectos de nacimiento causados por el consumo a largo plazo de alimentos modificados genéticamente. También había estudiado los desastres ecológicos derivados del cultivo de plantas modificadas genéticamente. A diferencia de los típicos académicos catastrofistas que pronosticaban grandes desastres sin dar más detalles, Pan siempre aportaba datos muy concretos. Todas sus predicciones terminaban cumpliéndose con tal precisión que se rumoreaba que él mismo venía del futuro.

El otro motivo de su fama residía en el hecho de haber creado China Rural, la primera comunidad experimental del país. Siguiendo la filosofía contraria al retorno a la naturaleza que ansiaban los utopistas occidentales, no la estableció en ningún paraje bucólico y remoto, sino justo en medio de una de las ciudades más pobladas. La comunidad carecía de propiedades. Todo lo necesario para la vida cotidiana, incluyendo la comida, lo obtenían de los residuos urbanos. Al principio muchos dudaron de su viabilidad, pero, en lugar de fracasar, China Rural logró alcanzar un increíble éxito. Tenía más de tres mil miembros permanentes y eran muchos más los que se unían por períodos cortos, a fin de experimentar su estilo de vida.

Debido a ello, Pan se convirtió en una persona muy influyente. Según él, el progreso tecnológico era una enfermedad de la sociedad. Comparaba el vertiginoso desarrollo de la tecnología con el crecimiento de las células cancerígenas y sostenía que tendría el mismo resultado: el agotamiento de toda fuente de abastecimiento, la destrucción de los órganos y la consecuente muerte del cuerpo en que se hospedaba. Proponía la abolición de aquellas tecnologías que él llamaba «drásticas», como los combustibles fósiles o la energía nuclear, para potenciar tecnologías más «suaves», como la energía solar o la energía hidroeléctrica a pequeña escala. Abogaba por una desurbanización gradual de las metrópolis y una redistribución equitativa de la población en ciudades y pueblos autosuficientes. Gracias a esas «tecnologías suaves», construiría una nueva sociedad agrícola.

—¿Está aquí? —preguntó con brusquedad, señalando el piso de arriba.

Shen Yufei obvió la pregunta. Tampoco se apartó para dejarlo entrar.

—Vengo a advertirle a él, y a ti también —exclamó, quitándose las gafas de sol—. ¡No os conviene provocarnos!

—Puede marcharse, no pasa nada —dijo la doctora, dirigiéndose al conductor.

El taxi arrancó y Wang no pudo escuchar nada más, pero al volverse vio que Shen Yufei seguía sin dejar entrar a Pan Han.

 

 

Llegó a casa de madrugada. Al salir del taxi, se acercó un Volkswagen Santana negro, que frenó justo a su lado. Conforme bajaba la ventanilla, emergió una gran nube de humo. Era Da Shi. Su cuerpo ocupaba todo el asiento del conductor.

—¡Profesor Wang! ¿Qué es de su vida? ¿Cómo le ha ido en estos dos últimos días?

—¿Se dedica a seguirme? ¡Es usted un incordio!

—No me diga esas cosas, hombre... Podía haber continuado mi camino tan tranquilo, pero no, he querido hacer lo correcto y pararme a saludarlo. ¿Así me lo agradece? —replicó el policía con su perenne sonrisa—. Bueno, ¿qué? ¿Ha conseguido alguna información útil?

—Ya le dije que no quiero tener nada que ver con usted. Y a partir de ahora, por favor, deje de seguirme.

—Pues bueno —replicó al acto Da Shi, encendiendo el motor—. Tampoco andaba tan necesitado de hacer horas extras. Hubiera preferido no perderme el fútbol.

Mientras observaba cómo el coche desaparecía a toda velocidad, Wang constató una paradoja: todo el desasosiego que había sentido con Shen Yufei, al lado de Da Shi se había convertido en firmeza.

Ante un problema como el suyo, una persona culta y de profundos conocimientos podía mostrarse aparentemente fría, pero, en lo más íntimo, resultaba aterrador enfrentarse a lo desconocido. En cambio, era probable que, en la misma situación, alguien como Da Shi no sintiera miedo. ¡Qué formidable fortaleza! Y no se trataba de la clásica temeridad del necio.

Desde el punto de vista evolutivo, ¿la ignorancia de la humanidad suponía una ventaja o un obstáculo? Las habilidades innatas de muchos seres superaban la obra del mejor humano: la araña y su tela, la abeja y su colmena. ¿Por qué la naturaleza no dotó al hombre de la misma forma? O mejor aún, ¿por qué no le permitió ser innatamente consciente del origen del universo? Quizá por algún motivo. Pero una vez desvelados los misterios más profundos del universo, ¿sería la humanidad capaz de seguir existiendo? A Wang no se le ocurría mayor frivolidad que atreverse a responder que sí, pues nadie sabía qué encerraban tales enigmas.

Los Da Shi del mundo —personas corrientes enfrascadas en sus rutinas— aguantaban mejor el miedo a lo desconocido que los Wang Miao, Yang Dong y Ding Yi. Sencillamente, estaban más preparados para enfrentarse a él y sobrevivirlo, tal vez porque poseían una fortaleza que el conocimiento era incapaz de proporcionar.

 

 

Entró en casa. Su esposa ya se había acostado; la oía dando vueltas en la cama, murmurando entre sueños. Sin duda, su extraño comportamiento le estaba provocando pesadillas. Se tomó dos somníferos y se acostó junto a ella. Tras una larga espera, consiguió dormirse.

Tuvo varios sueños caóticos e inconexos, pero con una constante: la cuenta atrás fantasma. Ya antes de dormirse había supuesto que reaparecería. La atacaba furiosamente; trataba de des­pedazarla con las manos, la emprendía a mordiscos, pero nada surtía efecto. Seguía flotando en el aire, avanzando impertérrita. Por fin, cuando su frustración estaba alcanzando el límite de lo tolerable, se despertó.

Abrió los ojos y vio el techo de la habitación. Las luces de la ciudad proyectaban un suave resplandor en las cortinas. Entonces comprendió que algo lo había seguido desde sus sueños hasta la realidad: la cuenta atrás continuaba flotando frente a sus ojos. Los números eran finos, pero brillaban con un blanco fulgurante.

1180:05:00, 1180:04:59, 1180:04:58, 1180:04:57...

Miró alrededor, reconociendo las sombras de su dormitorio. Aunque tenía la certeza de que estaba despierto, la cuenta atrás no desaparecía. También siguió en su campo de visión cuando cerró los ojos, brillando como el mercurio contra las plumas de un cisne negro. Volvió a abrir los ojos, se los frotó, pero nada la hacía desaparecer. Sin importar hacia dónde dirigiera la mirada, los números permanecían en el centro.

Presa de un terror indescriptible, Wang se incorporó para sentarse. La cuenta atrás siguió aferrada a él. Entonces saltó de la cama, descorrió las cortinas de un tirón y abrió la ventana. Fuera, la ciudad seguía durmiendo entre luces resplandecientes. La cuenta atrás flotaba sobre aquella vista como los subtítulos en una pantalla de cine.

De pronto sintió que se ahogaba y soltó un gemido, despertando a su esposa. Ella, al instante, preguntó qué le ocurría. Forzándose a mantener la calma, Wang le aseguró que todo iba bien. Volvió a tumbarse, cerró los ojos y pasó el resto de la noche sufriendo la tortura de la cuenta atrás.

Por la mañana, después de levantarse, intentó comportarse con normalidad ante su familia, pero aun así su mujer se mostró suspicaz y le preguntó si tenía algún problema en los ojos, si realmente veía bien.

Tras el desayuno, llamó al centro de investigación para pedir el día libre y se fue en coche al hospital. Durante todo el camino, la cuenta atrás permaneció implacablemente incrustada en el mundo real, ajustando su brillo para resaltar sobre lo que tuviera de fondo.

Wang trató incluso de vencerla mirando al sol, pero fue inú­til. En lugar de brillar más, aquellos malditos números se volvieron negros. Parecían proyectados sobre el orbe solar, que los hacía más siniestros.

A pesar de que el hospital Tongren estaba lleno, consiguió que lo visitara un oftalmólogo famoso, compañero de promoción de su esposa. Le pidió que lo examinara sin contarle cuál era el problema. Después de explorar exhaustivamente ambos ojos, el doctor le dijo que no había encontrado nada extraño.

—Tengo algo fijado en la vista. Mire donde mire, siempre está ahí —confesó Wang finalmente, viendo los números superpuestos al rostro del doctor.

1175:11:34, 1175:11:33, 1175:11:32, 1175:11:31...

—Ah. Miodesopsia —dijo el doctor, escribiendo en su recetario—. Lo que comúnmente se conoce como cuerpos flotantes. Es una afección muy frecuente a nuestra edad, su causa es la deshidratación del humor vítreo. No son fáciles de curar, pero tampoco son graves. Le mandaré unas gotas y también vitamina D; es posible que con esto desaparezcan, pero no se haga ilusiones. En realidad, no hay por qué preocuparse, pues no afectan a la visión. Trate de acostumbrarse a su presencia.

—Cuerpos flotantes... ¿Y qué forma tienen?

—Varían mucho según la persona. Hay quien ve puntos negros, otros dicen que son como renacuajos...

—¿Y si lo que veo son series de números?

El doctor dejó de escribir.

—¿Ve usted series de números?

—Sí, señor. En horizontal, justo en el centro del campo de visión, y no desaparecen.

El doctor apartó la pluma y el recetario, y le dirigió una mirada llena de aprecio.

—Nada más verlo entrar por la puerta, lo he notado cansado. En la última reunión de ex alumnos, Li Yao me dijo que tiene usted un trabajo muy estresante. A nuestra edad, debemos ser más prudentes y cuidarnos más; ya no somos tan fuertes como antes.

—¿Me está diciendo que la causa de mi problema es psicológica?

El doctor asintió.

—A cualquier otro paciente le sugeriría ir a ver a un psiquiatra, pero tampoco hay para tanto, es simple agotamiento. Descanse, váyase unos días de vacaciones con Li Yao y..., ¿cómo se llamaba su hijo? Dou Dou, ¿verdad? Quédese tranquilo, pronto volverá a la normalidad.

1175:10:02, 1175:10:01, 1175:10:00, 1175:09:59...

—¡Lo que veo es una cuenta atrás! Avanzando con precisión, segundo a segundo. ¿Cree que todo está en mi cabeza?

El médico le dedicó una sonrisa piadosa.

—No sabe usted hasta qué punto puede la mente afectar la visión. El mes pasado tratamos a una chica muy joven, tendría unos quince años. Estaba en clase y de repente dejó de ver. Se quedó completamente ciega en cuestión de segundos. Ninguna de las pruebas que le hicimos halló problema alguno, de modo que al final la derivamos al Departamento de Psiquiatría. En cosa de un mes, también de repente, volvió a ver.

Wang comprendió que estaba perdiendo el tiempo.

—Está bien —dijo, levantándose—. Solo tengo otra pregunta: ¿sabe de algún fenómeno físico que, desde la distancia, pueda provocar que la gente vea visiones?

Después de pensar un buen rato, el médico contestó:

—Sí. Hace un tiempo, formé parte del equipo médico de la nave espacial Shenzhou 19. Algunos de nuestros astronautas afir­maban ver flashes, que no existían, mientras trabajaban en el exterior de la nave. También les ocurría a los astronautas de la Estación Espacial Internacional. El fenómeno era causado por partículas de energía, liberadas durante períodos de intensa actividad solar, que se incrustaban en la retina. Pero usted me habla de números, una cuenta atrás nada menos. La actividad solar es incapaz de causar eso.

Wang salió del hospital más desorientado de lo que había entrado. La cuenta atrás no se movía de sus ojos. Era como si persiguiera a un fantasma que a su vez se le había enroscado.

Se compró unas gafas de sol para disimular el incesante ir y venir de sus ojos. Sin embargo, antes de entrar en el laboratorio principal del Centro de Nanotecnología, decidió quitárselas. Así se aseguraba de que sus colegas advirtieran su estado, lo cual le hizo objeto de varias miradas de preocupación, pero le ahorró un buen número de conversaciones triviales.

Vio que la cámara de reacción, que se hallaba en el centro del laboratorio, continuaba en funcionamiento. El compartimento principal de aquel enorme aparato era una gran esfera a la que se conectaban varios tubos.

Habían conseguido fabricar pequeñas cantidades de una nue­va clase de nanomaterial extremadamente resistente, al que habían bautizado con el nombre provisional de «daga voladora». El problema era que, hasta el momento, las muestras se habían obtenido con técnicas de construcción molecular, es decir, apilando molécula sobre molécula, como si se tratara de una pared de ladrillo a nanoescala. Aquel método consumía muchos recursos, y el producto resultante era tan caro como la joya más preciada de la Tierra. Era inviable producirlo en grandes cantidades.

El laboratorio intentaba desarrollar una reacción catalítica, capaz de sustituir la construcción molecular, que hiciese que las moléculas se colocaran por sí mismas. La cámara de reacción principal podía probar con rapidez un gran número de reacciones en distintas combinaciones moleculares. Las combinaciones eran tantas, que los habituales métodos de comprobación manual habrían tardado más de cien años. Además, el aparato aumentaba las reacciones reales mediante simulaciones matemáticas. Cuando la reacción alcanzaba una fase determinada, el ordenador construía un modelo matemático basado en el producto intermedio, y concluía la reacción por medio de una si­mulación. Aquello mejoraba muy notablemente la eficiencia de los experimentos.

En cuanto el director del laboratorio vio a Wang, se acercó corriendo y empezó a contarle los últimos fallos detectados en la cámara de reacción principal. Aquello ya se había convertido en la rutina de cada mañana. La cámara llevaba más de un año funcionando ininterrumpidamente, y muchos de los sensores habían perdido precisión, lo cual causaba errores de medición y requería la desconexión del aparato, a fin de proceder a su mantenimiento. Sin embargo, como figura más destacada del proyecto, Wang había insistido en que no la detuvieran hasta que terminara de analizar el tercer grupo de combinaciones moleculares. Los técnicos no habían tenido más remedio que improvisar parches que compensaran los errores, pero ahora esos parches requerían sus propios parches y la situación era agotadora para todo el personal.

El director evitaba mencionarle explícitamente el apagado de la máquina, y la consecuente suspensión del experimento, porque sabía que lo enfurecía. Se limitaba a exponerle las dificultades a las que se enfrentaban, pero sus deseos eran evidentes.

Wang observó cómo los ingenieros iban y venían alrededor de la cámara de reacción principal; parecían doctores tratando de alargar la vida de un paciente en estado crítico. Sobre la escena, seguía la cuenta atrás.

1174:21:11, 1174:21:10, 1174:21:09, 1174:21:08...

«Deténgala y verá.»

Las palabras de Shen Yufei resonaron en su mente.

—¿Cuánto tiempo se tardaría en renovar todos los sen­sores?

—Cuatro o cinco días —contestó el director del laboratorio. Creyendo atisbar un rayo de esperanza, añadió—: Tres, si nos damos prisa. ¡Se lo garantizo, profesor Wang!

«No estoy dando mi brazo a torcer. El mantenimiento es realmente necesario, solo es un paréntesis en la investigación. No tiene que ver con nada», pensó Wang.

Miró al director del laboratorio, tratando de centrarse en su rostro y no en la cuenta atrás.

—Detenga el experimento y proceda al mantenimiento de la máquina —dijo—. Termine en el plazo que acaba de decirme.

—¡Sí, profesor! —exclamó el director, visiblemente excitado—. Enseguida le actualizaré el calendario. ¡Podemos parar la reacción esta misma tarde!

—Hágalo ahora mismo.

El director del laboratorio lo miró un instante con incredulidad. Inmediatamente después, como temiendo perder aquella oportunidad, recuperó el entusiasmo. Descolgó el teléfono y dio la orden de detener la cámara de reacción principal. Todos los técnicos e investigadores sonrieron, exhaustos, antes de iniciar el procedimiento.

Los monitores se fueron fundiendo, uno a uno, hasta que la pantalla principal reflejó que se había completado el proceso.

En el campo de visión de Wang, la cuenta atrás se interrumpió casi simultáneamente. Tras permanecer unos segundos en el 1174:10:07, desapareció en la nada.

Wang exhaló un profundo suspiro de alivio, como si acabara de emerger del fondo del mar. Luego se sentó, rendido, antes de comprobar que seguían mirándolo.

—La división de equipamiento se encargará de todo. Ustedes, los del grupo de investigación, pueden tomarse unos días de descanso —le dijo al director del laboratorio—. Gracias por el esfuerzo de estas últimas semanas.

—Lo mismo vale para usted, profesor Wang. El ingeniero jefe Zhang puede supervisarlo todo, aproveche para descansar un poco.

—Eso haré.

Al quedarse solo, descolgó el teléfono y marcó el número de Shen Yufei, quien contestó al primer tono.

—¿Quién está detrás de todo esto? —preguntó Wang. Por mucho que intentara parecer calmado, no lo conseguía.

Silencio.

—¿Qué ocurre al final de la cuenta atrás?

Silencio.

—¿Me está escuchando?

—Sí.

—¿Por qué los nanomateriales? Esto no es un acelerador de partículas; aquí hacemos investigación aplicada. ¿Realmente me­rece su atención?

—Yo no tomo esa decisión.

—¡Basta ya! ¿De verdad cree que conseguirán engañarme con un truco barato, que así podrán detener el proceso de la tecnología? ¡Tal vez no sepa cómo consiguen hacerme todo esto, pero tarde o temprano averiguaré qué esconden tras su cortina de ilusionismo!

—¿A qué escala necesita ver la cuenta atrás para creérsela?

—¡Déjese de juegos! ¿Qué cambiaría si consiguen mostrarla a una escala mayor? Seguirá siendo una mera ilusión; también la OTAN usó hologramas en la última guerra. ¡Con un láser lo bastante potente podrían proyectar una imagen en la mismísima Luna! El arquero y el granjero actúan a una escala muy superior a la alcanzable por el ser humano... ¿Acaso pueden proyectar la cuenta atrás en la superficie del Sol?

Pero Wang calló en el acto, alarmado ante lo que él mismo acababa de decir. Aquellas dos hipótesis eran las más inquietantes de barajar. Tratando de recuperar la iniciativa, continuó:

—En realidad, ignoro de lo que son capaces... ¡Es posible que su ilusión pueda llegar a mostrarse a escala solar, pero no dejará de ser un truco! ¡Una demostración de fuerza realmente convincente debe ser muchísimo más grande!

—Me preocupa que no sea capaz de resistirlo —dijo Shen Yufei—. Al fin y al cabo, somos amigos. Intento ayudarlo, no quiero que termine como Yang Dong.

Wang sintió un escalofrío al escuchar aquel nombre. Pero la rabia no tardó en regresar.

—¿Acepta el reto? —preguntó.

—Naturalmente —respondió Shen Yufei.

—¿Y qué va a hacer? —La voz se le quebró.

—¿Dispone de un ordenador con conexión a internet? Bien. Entre en la página http://www.qsl.net/bg3tt/zl/mesdm.htm. ¿La tiene abierta? Imprímala y llévesela.

Wang observó que la página no era más que una tabla de código morse.

—No entiendo qué...

—En estos dos días, busque un lugar desde donde observar el fondo cósmico de microondas. Encontrará más detalles en el correo que acabo de enviarle.

—¿Qué se propone hacer? —preguntó Wang.

—Sé que ha detenido su proyecto de investigación de nanomateriales. ¿Piensa reanudarlo?

—Por supuesto —respondió él—. Dentro de tres días.

—Entonces la cuenta atrás proseguirá.

—¿A qué escala volveré a verla?

Se hizo un largo silencio. Luego Shen Yufei, actuando en nom­bre de alguna fuerza que se hallaba más allá de la comprensión humana, sepultó con frialdad todas sus esperanzas.

—Dentro de tres días —dijo ella al fin—, el catorce, concretamente, entre la una y las cinco de la madrugada, el universo entero le hará una señal.

 

 

 

 

Tres Cuerpos: El rey Wen de los Zhou

y la noche eterna

 

 

 

 

 

Marcó el número de Ding Yi. Solo cuando este contestó, se dio cuenta de que ya era la una de la mañana.

—Soy Wang Miao. Disculpe que lo llame tan tarde.

—No se preocupe. De todos modos, no lograba conciliar el sueño.

—He visto algunas... cosas, y quisiera que me ayudara. ¿Sabe si hay en China algún organismo que se dedique a observar el fondo cósmico de microondas? —Sintió el impulso de contarle todo lo que sucedía, pero se dijo que era mejor que nadie más conociera la cuenta atrás.

—¿El fondo cósmico de microondas? ¿Por qué le interesa el tema de repente? Parece que, en efecto, ha visto... cosas... ¿Ya ha visitado a la madre de Yang Dong?

—Pues... de verdad que lo siento, se me olvidó...

—No pasa nada. Últimamente, en el mundo de la ciencia son muchos los que, como usted, ven cosas y se despistan con facilidad. Pero es mejor que la visite, ya está muy mayor y se niega a tener en casa a alguien que la ayude. Seguro que podrá echarle una mano en alguna tarea que requiera esfuerzo físico... Ah, y también puede preguntarle acerca del fondo cósmico de microondas. Antes de jubilarse se dedicaba a la astrofísica, de modo que está familiarizada con los organismos que realizan esa clase de investigaciones en China.

—Perfecto. Sí, iré a verla hoy mismo, después del trabajo.

—Se lo agradezco. Ya soy incapaz de enfrentarme a nada que me recuerde a Yang Dong.

Tras la llamada, Wang Miao se sentó frente al ordenador e imprimió la tabla de código morse. Solo entonces logró calmarse lo suficiente como para olvidar momentáneamente la cuenta atrás y poder pensar en Fronteras de la Ciencia, en Shen Yufei y en aquel videojuego. Si algo sabía de esa mujer era que no le gustaban los juegos de ordenador en línea. Sus palabras, tan sucintas como las de un telegrama, le inspiraban una frialdad distinta a la de otras mujeres, que lo usaban como escudo tras el cual esconderse. Aquella frialdad emanaba de todos sus poros.

Por alguna extraña razón, su subconsciente la relacionaba con el obsoleto sistema operativo DOS: una inmensa pantalla en negro con tan solo un escueto C:\> y un cursor intermitente. La información que se introducía era la que devolvía, sin una letra de más, ni nada que cambiara. Ahora sabía que, detrás de aquel C:\>, no había más que un abismo insondable.

¿Realmente estaba interesada en un videojuego que encima requería un traje de realidad virtual? No tenía hijos, así que aquel traje tuvo que haberlo comprado expresamente. La sola idea resultaba ridícula.

Escribió la dirección del juego en el navegador. Era tan sencilla que aún la recordaba: www.3cuerpos.net. La página indicaba que, para acceder a ella, era necesario el traje de realidad virtual. Wang recordó que en la sala de descanso del centro de investigación había uno, de modo que se dirigió al vestíbulo desierto y cogió las llaves del puesto de seguridad. Ya en la sala, tras pasar varias mesas de billar y máquinas de pesas, halló el traje junto a un ordenador. Se lo abrochó como pudo, se puso el casco y encendió el ordenador.

 

 

Inmediatamente después de conectarse a la dirección, se halló en una desolada llanura al amanecer. Era parduzca y costaba distinguir sus detalles. En la distancia, una línea de luz blanca asomaba por el horizonte. El resto del cielo estaba cubierto de estrellas brillantes.

De pronto, se produjo una gran explosión. Dos enormes montañas de color rojo cayeron sobre la tierra, en la lejanía. La llanura quedó bañada de una luz roja. Cuando finalmente se hubo disipado la polvareda, Wang vio que se trataba de dos palabras gigantescas:

 

TRES CUERPOS

 

Acto seguido, apareció una pantalla de registro. Él creó el identificador de usuario «Navegante» y se conectó.

La llanura permanecía inalterada, pero ahora los compresores del traje de realidad virtual entraron en funcionamiento, y Wang sintió un aire gélido contra su piel. De pronto, vio a dos personas andando. Sus oscuras siluetas se recortaban contra la luz del amanecer. Corrió hacia ellas.

Se trataba de dos hombres. Vestían unas túnicas agujereadas, que cubrían con la sucia piel de algún animal, y blandían sendas espadas de bronce, cortas y de hoja ancha. Uno de ellos cargaba, a su espalda, un estrecho baúl de madera que le llegaba a medio cuerpo. Se volvió hacia Wang. Tenía la cara tan sucia y arrugada como la piel con que se cubría. Sin embargo, su mirada era viva y penetrante. Las pupilas le brillaban con la luz del alba.

—¡Qué frío hace! —exclamó.

—Sí, es verdad —contestó Wang.

—Estamos en el período de los Reinos Combatientes; soy el rey Wen de los Zhou.[6] 

—¿El rey Wen no es de una época mucho anterior?

—Ha sobrevivido hasta ahora, así como el rey Zhou de los Shang.[7] 

—Yo soy seguidor del rey Wen —dijo el otro hombre, que no llevaba nada a la espalda—. Mi nick es precisamente «SeguidorDelReyWen». El tipo es un genio...

—Mi nick es Navegante. ¿Qué llevas a la espalda?

El rey Wen de los Zhou puso el baúl en el suelo, en posición vertical, y abrió uno de los lados a modo de portezuela. Dentro había cinco compartimentos conectados. Aun bajo aquella tenue luz, Wang vio que contenían distintas cantidades de arena, que caía de un compartimento al siguiente a través de un pequeño agujero.

—Es un reloj. Cada ocho horas se le termina la arena. Tres vueltas son un día. El problema es que suelo olvidarme de darle la vuelta y necesito que Seguidor me lo recuerde.

—Parecéis embarcados en un viaje muy largo, ¿es necesario llevar un armatoste tan pesado?

—¿Y cómo iba a medir, si no, el tiempo?

—Un reloj de sol sería mucho más ligero. O también podríais observar directamente el sol para saber la hora aproximada.

El rey Wen y Seguidor se miraron, extrañados. Luego, simultáneamente, se volvieron hacia él y lo observaron como si fuera idiota.

—¿El sol? ¿Cómo vamos a saber la hora mirando al sol? ¡Estamos en una era caótica!

Wang quiso preguntar el significado de aquel extraño término, pero Seguidor comenzó a quejarse lastimeramente:

—¡Me muero de frío!

Wang también sintió la baja temperatura, pero sabía que no podía quitarse el traje. En la mayoría de juegos, eso comportaba la expulsión automática y la eliminación de su identificador de usuario por parte del sistema.

—Estaremos mejor dentro de poco, en cuanto salga el sol.

—¿Te crees un adivino? ¡Ni el rey Wen puede predecir el futuro! —replicó Seguidor, sacudiendo la cabeza con desprecio.

—Es pura lógica; todo el mundo sabe que el sol saldrá en un par de horas —dijo Wang, señalando el horizonte.

—¡Estamos en una era caótica!

—¿Y qué es una era caótica?

—Toda época que no sea una era estable —respondió el rey Wen con el tono de quien alecciona a un niño.

En ese momento, la luz del horizonte desapareció y todo quedó sumido en una profunda oscuridad solo rota por las estrellas, que de pronto brillaron con mayor intensidad.

—¿Así que estaba anocheciendo?

—¡No! —replicó Seguidor—. ¡Estaba amaneciendo! Pero el sol no siempre sale por la mañana. Así son las eras caóticas.

A Wang ya le costaba soportar el frío.

—Parece que aún tardará en salir. —Señaló hacia el borroso horizonte con los dientes castañeteándole.

—¿Cómo puedes estar tan seguro? No hay manera de saberlo. Ya te lo he dicho, estamos en una era caótica. —Seguidor se volvió en dirección al rey Wen—. ¿Puedo comerme una sardinita?

—De ninguna manera —sentenció el rey Wen. Su tono zanjaba cualquier objeción—. Apenas quedan para mí. Soy yo el que debe llegar con vida a Zhaoge,[8] no tú.

Mientras hablaban, Wang advirtió que el cielo se iluminaba. Aunque no estaba muy seguro de su posición con respecto a los puntos cardinales, le pareció que lo hacía por otra parte del horizonte. El cielo fue esclareciéndose hasta que el sol irrumpió en aquel mundo. Era pequeño y azulado, como una luna especialmente brillante. Wang se sintió menos aterido conforme fue distinguiendo el paisaje que lo rodeaba.

Pero el día no duró. Después de trazar una breve elipse, el sol se puso. La noche y el frío volvieron a reinar.

Los tres viajeros se detuvieron frente a un árbol muerto. El rey Wen y Seguidor lo derribaron con sus espadas, y empezaron a cortarlo mientras Wang amontonaba la leña. Entonces Seguidor se sacó un pedernal de la túnica y comenzó a chocarlo contra su espada hasta que salieron chispas. Muy pronto, el fuego resultante calentó la parte delantera del traje de Wang. Sin embargo, su espalda permaneció fría.

—Deberíamos quemar a algún deshidratado —dijo Seguidor—. Entonces sí que tendríamos una gran hoguera.

—¡Ni hablar! —bramó el rey Wen—. Solo un tirano como el rey Zhou haría algo así.

—¡Uno de esos que hemos visto tirados por el camino! Total, estaban despedazados; ni aun rehidratándose, conseguirán revivir... Además, si tu teoría se confirma, ¿qué importará que quememos unos cuantos? ¡O que nos los comamos! Son solo un par de vidas, nada en comparación con la trascendencia de tu teoría.

—¡Basta de estupideces! Somos personas ilustradas, no hacemos esas cosas.

Cuando el fuego se extinguió, reemprendieron la marcha. Como no hablaban mucho, el sistema aceleró el paso del tiempo dentro del juego. El rey Wen dio la vuelta a su reloj de arena seis veces, indicando que transcurrían tres días, durante los cuales el sol no asomó ni una sola vez. Ni tan siquiera hubo un mínimo rastro de luz en el horizonte.

—Parece como si el sol no fuera a salir nunca más —comentó Wang, desplegando el menú flotante del juego para echar un vistazo a su barra de vida. Debido a aquel frío extremo, disminuía rápidamente.

—¡Otra vez dándotelas de adivino! —le recriminó Seguidor.

En esta ocasión Wang se le sumó, y ambos exclamaron al unísono:

—¡Estamos en una era caótica!

Sin embargo, al poco comenzó a hacerse de día. Sucedió, además, muy deprisa: el sol apareció en un abrir y cerrar de ojos. Esta vez era enorme. No había salido ni la mitad, y ya ocupaba una quinta parte del horizonte visible. Wang se sintió bañado por unas grandes y reconfortantes oleadas de calor. Pero las caras del rey Wen y de Seguidor estaban desencajadas de terror, como si hubieran visto a un demonio.

—¡Rápido, cobijémonos en alguna sombra! —gritó Seguidor, echando a correr como el rey Wen.

Wang los siguió hasta una gran roca rectangular, detrás de la cual se acuclillaron. Entonces la sombra que proyectaba disminuyó, y la tierra a su alrededor empezó a brillar, como si ardiera. La escarcha que había bajo sus pies se evaporó en instantes, pasando de ser dura como el acero a un mar fangoso que hervía al calor del sol. Wang sudaba.

Cuando el sol estuvo en posición perpendicular a sus cabezas, se cubrieron con las pieles, pero, incluso así, la luz se colaba entre los agujeros y se les clavaba como garfios en la piel. Fueron desplazándose por el perímetro de la roca hasta cobijarse en la sombra que había aparecido al otro lado.

Aun después de que el sol se pusiera, el aire continuó siendo húmedo y cálido. Exhaustos y sudorosos, los tres viajeros se sentaron en la roca.

—¡Viajar en una era caótica es peor que hacer una travesía por el infierno, no lo soporto más! —exclamó Seguidor—. ¡Tampoco me queda nada que llevarme al estómago, y tú no me das sardinas ni me dejas comer deshidratados...!

—Tu única opción es deshidratarte —dijo el rey Wen, abanicándose con una esquina de la piel que lo cubría.

—Bueno... pero no irás a abandonarme, ¿verdad?

—Por supuesto que no. Prometo llevarte hasta Zhaoge.

Seguidor se quitó la túnica y se tumbó desnudo en el fango.

Con el último rayo de sol, que ya había desaparecido tras el horizonte, Wang observó que del cuerpo de Seguidor comenzaba a emanar líquido. Enseguida advirtió que no se trataba de sudor. Toda el agua de su cuerpo estaba siendo expulsada y desaparecía en pequeños remolinos que se filtraban en el barro. Su figura se ablandaba y perdía la forma, igual que se funde una vela.

Diez minutos más tarde, el agua de su cuerpo había desaparecido por completo. Seguidor era ahora un amasijo de piel con forma humana, y tendido en el suelo. Los rasgos de la cara se le habían desdibujado.

—¿Está muerto? —preguntó Wang. Recordaba haber visto pellejos similares a lo largo del camino. Algunos estaban agujereados o les faltaban varias partes. Supuso que esos eran los cuerpos deshidratados que Seguidor había mencionado.

—No lo está —respondió el rey Wen. Tomó el cuerpo deshi­dratado de Seguidor, lo limpió de barro y lo extendió sobre una roca. Luego lo enrolló como si fuera un globo desinflado—. Después de un rato en remojo, volverá a la vida. Lo mismo que con las setas secas.

—¿Y los huesos? ¿Se le han ablandado?

—Sí. Todo su esqueleto se ha convertido en fibra seca. Así es mucho más fácil de transportar.

—En este mundo, ¿todos podéis deshidrataros?

—Sí, claro. Y tú también. De lo contrario, ¿cómo íbamos a sobrevivir a las eras caóticas? —contestó el rey Wen, y le tendió el cuerpo enrollado de Seguidor—. Llévalo tú. No lo dejes en el suelo porque lo quemarán o alguien lo engullirá.

Wang lo agarró y, al comprobar que no pesaba demasiado, se lo puso debajo del brazo con toda naturalidad.

Así siguieron su ardua travesía: Wang llevando el cuerpo deshidratado de Seguidor y el rey Wen cargando el reloj de arena. Como en los días anteriores, los movimientos del sol de aquel mundo seguían siendo irregulares. Tras una larga y gélida noche de varios días, podía seguir un día breve pero abrasador, y viceversa.

Se ayudaban a sobrevivir. Encendían fuegos para protegerse del frío y se sumergían en las aguas de los lagos para evitar morir achicharrados. Por suerte, el juego aceleraba el paso del tiempo, y un mes equivalía a media hora en tiempo real. Aquello permitía poder viajar en una era caótica.

Un día, después de una larga noche que, según el reloj de are­na, duró casi una semana, el rey Wen empezó a gritar señalando el cielo nocturno.

—¡Dos estrellas fugaces!

Hacía tiempo que Wang se había fijado en esos cuerpos celestes más grandes que una estrella. A la vista, parecían discos del tamaño de una bola de ping-pong, que se movían por el cielo a una velocidad lo suficientemente rápida como para que el ojo humano detectara el movimiento. Sin embargo, era la primera vez que veía dos juntos.

El rey Wen le explicó:

—La aparición de dos estrellas fugaces señala el comienzo de una era estable.

—No es la primera vez que las vemos.

—Sí, pero siempre en solitario.

—¿Y dos son el máximo que puede verse al mismo tiempo?

—No. A veces tres, pero no más.

—¿Y si aparecen tres significa que da comienzo una era aún mejor?

El rey Wen lo miró horrorizado.

—Pero ¿qué estás diciendo? Tres estrellas fugaces... Reza para que eso no ocurra...

Las palabras del rey Wen se cumplieron. La tan esperada era estable dio comienzo y el sol empezó a salir y a ponerse con regularidad. El ciclo día-noche terminó estabilizándose en dieciocho horas. La alternancia ordenada de luz y oscuridad hizo que el clima se suavizara.

—¿Cuánto dura una era estable? —preguntó Wang.

—Puede ser tan corta como un día o tan larga como un siglo. Nadie puede predecir su duración.

El rey Wen se sentó sobre el reloj de arena y observó el sol de mediodía.

—Según los registros históricos, la dinastía Zhou del Este gozó de una era estable durante doscientos años. ¡Ah, quién pudiese haber nacido en aquella época!

—¿Y cuánto dura una era caótica?

—¿No te lo he dicho ya? Una era caótica dura lo que tarde en empezar la siguiente era estable. Las unas comienzan cuando terminan las otras.

—Entonces, ¿este es un mundo anárquico, sin pautas definidas?

—Sí. Las civilizaciones solo pueden prosperar en el clima moderado de una era estable, así que la mayor parte del tiempo toda la humanidad debe ser deshidratada y almacenada. Cuando llega una larga era estable, se la revive mediante la rehidratación. Entonces es cuando se construye y se produce.

—¿Y cómo puede uno saber que una era estable será larga?

—Es imposible saberlo. Cuando llega una era estable, el rey toma la decisión intuitiva de realizar, o no, la rehidratación colectiva. Muchas veces la gente vuelve a la vida, se plantan cultivos, se construyen ciudades y empiezan a vivir solo para que, de repente, termine la era estable, y el frío y el calor extremos lo destruyan todo.

El rey Wen señaló a Wang. Los ojos le ardían de entusiasmo.

—Ahora ya conoces el propósito del juego: se trata de emplear nuestro intelecto para analizar todos los fenómenos y determinar la ruta del sol. De ello depende la supervivencia de la humanidad.

—Pero, en base a lo observado, los movimientos del sol son completamente irregulares.

—Eso es porque no comprendes la naturaleza fundamental del mundo.

—¿Y tú sí?

—Claro. Por eso me dirijo a Zhaoge. Voy a llevarle al rey Zhou un calendario preciso.

—¡Pero si en todo el camino no has dado muestras de saberlo!

—Solo es posible predecir el movimiento del sol en Zhaoge, porque es donde se unen el yin y el yang. Los calendarios creados allí son los únicos correctos.

Continuaron viajando bajo las adversas condiciones meteo­rológicas de otra larga era caótica, a la que siguieron una breve era estable y otra caótica. Entonces, por fin, llegaron a Zhaoge.

De repente, unos grandes estruendos resonaron como truenos. Resultaron provenir de unos gigantescos péndulos, repartidos por todo Zhaoge, con una altura de varias decenas de metros. El peso de cada uno era una enorme roca suspendida con gruesas cuerdas, y todas ellas atadas a un puente que se extendía entre dos esbeltas torres de piedra.

Unos grupos de soldados vestidos con armadura los mantenían en movimiento. Cantaban extrañas consignas y tiraban de unas sogas que pendían de las piedras para extender el arco de su trayectoria. Wang se fijó en que cada péndulo se movía en perfecta sincronía. Desde lejos, formaban una estampa fascinante: parecían un enorme reloj que surgía de la tierra, unos símbolos abstractos que caían del cielo.

Aquellos péndulos gigantes rodeaban una pirámide todavía más grande, erigida en medio de la noche como una majestuosa montaña. Era el palacio del rey Zhou. Wang siguió al rey Wen por una pequeña entrada al pie de la pirámide; ante ella patrullaban varios soldados, todos mudos como fantasmas. La entrada conducía a un largo pasadizo iluminado por antorchas, que se adentraba en la pirámide.

—Durante una era caótica, toda la población del país se deshi­drata a excepción del rey, que vela en solitario la tierra estéril —explicó el rey Wen—. Para sobrevivir, debe resguardarse tras unos gruesos muros como estos, casi enterrados. Es la única forma de no sucumbir ante las temperaturas extremas.

Después de andar un largo trecho, llegaron finalmente a la gran sala que se hallaba en el corazón de la pirámide. En realidad, no era tan grande; a Wang le recordó a una cueva. Allí, sobre una tribuna iluminada por la tenue luz de las antorchas, vio a un hombre envuelto en una túnica hecha con las más variadas pieles. Sin duda, se trataba del rey Zhou. A Wang, en cambio, le llamó la atención un hombre vestido completamente de negro. Sus ropajes se confundían tanto con la oscuridad reinante que su cabeza, muy pálida, parecía flotar.

—Este es Fu Xi[9] —dijo el rey Zhou a Wang y al rey Wen, presentándoselo como si ellos siempre hubiesen estado allí y el recién llegado fuese el hombre de negro—. Según él, el sol es un dios temperamental e impredecible que, cuando vela, causa las eras caóticas, pero que, al dormir y bajar el ritmo de la respiración, provoca las eras estables. Fue él quien me sugirió que construyese estos péndulos que habéis visto ahí fuera, manteniéndolos en constante movimiento. Afirma que tienen un efecto hipnótico sobre el sol, que son capaces de sumirlo en sueños más prolongados. Sin embargo, es evidente que hasta ahora ha estado despierto, y que solo de vez en cuando se ha echado una breve siesta.

El rey Zhou hizo un gesto con la mano, y sus sirvientes trajeron una vasija de barro, que colocaron sobre la mesita de piedra que tenía enfrente. Wang vio que contenía una especie de brebaje. Exhalando un hondo suspiro, Fu Xi tomó la vasija y comenzó a beber su contenido. Lo engullía a sorbos tan grandes que sonaba como el latido del corazón de un gigante que se escondiera en las sombras. Cuando ya se hubo bebido la mitad, se echó el resto sobre el cuerpo. Acto seguido, tiró el cuenco al sue­lo y se acercó a un enorme caldero sacrificial que colgaba sobre el fuego, en un rincón. Entonces se sumergió en él, provocando una pequeña humareda.

—Ji Chang —dijo el rey Zhou, dirigiéndose al rey Wen por su nombre de pila—, siéntate. Enseguida comeremos. —Y señaló el caldero.

—Estúpido engaño —dijo el rey Wen con desprecio, mirando el recipiente.

—¿Qué has averiguado sobre el sol? —preguntó con interés el rey Zhou. El fuego brillaba reflejado en sus ojos.

—El sol no es un dios. El sol es yang y la noche, yin. El mundo avanza en función del equilibrio entre esos dos principios opuestos. Es un proceso que no podemos controlar pero sí predecir.

Dicho esto, blandió su espada de bronce y, a la luz de las antorchas, trazó sobre el suelo el símbolo de la dualidad yin-yang. Luego, a su alrededor grabó los sesenta y cuatro hexagramas del oráculo del I Ching, creando una rueda de calendario que parecía rodar al compás de las llamas.

—Alteza, este es el código del universo. Con él seré capaz de ofrendar a su dinastía un calendario preciso.

—Ji Chang, me urge saber cuándo llegará la próxima era estable.

—Enseguida lo predigo.

El rey Wen se sentó con las piernas dobladas en el centro del símbolo del yin-yang y levantó la cabeza para observar el techo de la estancia. Su mirada parecía capaz de traspasar los gruesos muros de piedra de la pirámide, alcanzando las estrellas. Los dedos de sus manos comenzaron a danzar frenéticamente, como si fueran los componentes de un complejo aparato de cálculo. Lo único que rompía el silencio era la sopa del caldero, que hervía como si el hechicero que en ella se cocía hablara en sueños.

Por fin el rey Wen se puso de pie. Mirando en dirección al techo, dijo:

—La próxima será una era caótica de cuarenta y un días de duración. Luego habrá una era estable de cinco días, a la que seguirán una era caótica de veintitrés días y una estable de dieciocho. Después vendrá una caótica de ocho días, pero a su término dará comienzo la larga era estable que su alteza aguarda. Durará tres años y nueve meses. El clima será tan suave y propicio que resultará una edad dorada.

—Primero habrá que verificar tus predicciones iniciales —di­jo el rey Zhou, completamente inexpresivo.

Wang oyó un estrépito por encima de su cabeza. Un bloque de piedra se había desplazado del techo para revelar una gran abertura. Cuando cambió de posición, vio que se trataba de la entrada a un túnel que atravesaba la pirámide. Al final se veían las estrellas.

El tiempo del juego se aceleró. Cada pocos segundos de tiempo real, dos soldados le daban la vuelta al reloj de arena del rey Wen, indicando el paso de ocho horas en el juego. La abertura del techo destellaba con múltiples luces, y de vez en cuando un rayo de sol de la era caótica irrumpía en la gran sala. A veces su luz era débil como la de la luna, y otras proyectaba un cuadrado blanco tan brillante que oscurecía las antorchas de la estancia. Wang trataba de contar las vueltas que le daban al reloj de arena. Al cabo de unas ciento veinte veces, el sol apareció de forma más regular y empezó la primera de las eras estables que se habían predicho.

Tras quince vueltas más de reloj, la luz volvió a destellar de forma irregular, lo que significaba el inicio de otra era caótica. A esta siguieron otra era estable y otra caótica. Aunque no eran exactas, las fechas de inicio y fin se acercaban bastante al vaticinio del rey Wen. Al término de otra era caótica de ocho días, dio comienzo la larga era estable que había predicho. Wang siguió atento al reloj. Después de veinte días, la luz seguía entrando por la abertura con perfecta regularidad.

El rey Zhou asintió con la cabeza en dirección al rey Wen.

—Ji Chang, voy a erigir un monumento en tu nombre; uno incluso más grande que este palacio.

El rey Wen le hizo una solemne reverencia.

—Alteza, ¡despertad a vuestra dinastía y dejadla florecer!

El rey Zhou se puso de pie sobre su tribuna y extendió los brazos como si quisiera abrazar al mundo. Entonces, empleando una extraña voz de ultratumba, comenzó a salmodiar:

—Re-hi-dra-ta-os... Re-hi-dra-ta-os...

Tan pronto como dio la orden, todos los presentes en la gran sala corrieron hacia la puerta. Wang siguió al rey Wen, y juntos salieron de la pirámide por el mismo largo pasadizo por donde habían entrado. Al llegar al exterior, Wang sintió que el sol de mediodía templaba la tierra. También notó, gracias a una brisa pasajera, la fragancia de la primavera. Caminaron hasta un lago cercano. La capa de hielo que anteriormente cubría su superficie se había fundido, y el sol daba saltos entre las suaves ondas.

Una columna de soldados comenzó a gritar:

—¡Rehidrataos! ¡Rehidrataos!

Marchaban en dirección a un alto edificio de piedra, parecido a un granero, que se alzaba junto al lago. Wang había visto muchas construcciones como aquella en el camino hasta Zhaoge. Según el rey Wen, eran deshidratorios, enormes depósitos en los que se almacenaban los cuerpos deshidratados.

Los soldados abrieron las pesadas puertas de piedra y comenzaron a sacar montones de vetustos pellejos enrollados. Los llevaban a la orilla del lago para luego lanzarlos al agua. Tan pronto como los pellejos tocaban el agua, comenzaban a crecer. El lago quedó enseguida cubierto por un manto de pellejos flotantes con forma humana, que absorbía el agua y se expandía. Poco a poco se convirtieron en cuerpos de carne y hueso, que rápidamente dieron signos de vida. Uno tras otro, tambaleantes, se ponían en pie dentro del agua, que les llegaba hasta la cintura, y miraban, con los ojos bien abiertos, aquel mundo soleado. Parecían despertar de un sueño.

—¡Rehidrataos! —gritó un hombre. De inmediato halló eco en otras muchas voces alegres.

—¡Rehidrataos! ¡Rehidrataos!

Todos salían del lago y corrían desnudos hasta el deshidratorio. Allí sacaban más pellejos y los lanzaban al agua para que más y más cuerpos revivieran y salieran del lago. El mundo entero volvía a la vida.

—¡Aaaaah, cielos! ¡Mi dedo, mi dedo!

Wang vio a un hombre que acababa de revivir, de pie en el lago, llorando mientras se sujetaba una mano. Le faltaba el dedo corazón y sangraba tanto que estaba tiñendo el agua de rojo. Otros revividos pasaban por su lado como si tal cosa, en dirección a la orilla.

—Considérate afortunado —le dijo uno—. Los hay que han perdido un brazo o una pierna, a otros las ratas les royeron la cabeza. Si no fuéramos rehidratados a tiempo, ¡quizás a todos nos hubieran comido las ratas de la era caótica!

—¿Cuánto tiempo hemos pasado deshidratados?

—Se nota en la cantidad de polvo que cubre el palacio. Acabo de oír que el rey ya no es el mismo que antes, pero no sé si es el hijo o el nieto del que había.

Hicieron falta ocho días para completar la rehidratación de la población al completo. Al fin, cuando todos los cuerpos almacenados volvieron a la vida, el mundo renació.

Durante esos ocho días, pudieron disfrutar de ciclos regulares de día y noche, cada uno de una duración exacta de veinte horas. Gozando de un agradable clima primaveral, todos se felicitaban y cantaban las bondades del sol y de los dioses que guiaban el mundo.

La noche del octavo día, las hogueras se repartieron por el territorio en mayor número que las estrellas del cielo. Las ruinas de las poblaciones abandonadas durante las eras caóticas volvían a estar llenas de luces y ajetreo. Como ocurría en cada rehidratación masiva, esa noche la gente celebraría hasta el amanecer su regreso a la vida.

Sin embargo, el sol no volvió a salir.

Si bien los relojes indicaban que había pasado el alba, el horizonte permanecía oscuro. Diez horas más tarde, siguió sin aparecer la más leve señal de que el sol fuera a despuntar. Aquella noche interminable se alargó durante todo un día, y luego otro. El frío descendió sobre la tierra como si una mano gigantesca la aplastara.

—No perdáis la fe en mí, Alteza, os lo ruego —imploraba el rey Wen, de rodillas—. Se trata de algo pasajero... He visto cómo el yang del universo se acumulaba... ¡El sol saldrá en breve y volverá la era estable con su primavera!

—Empezad a calentar el caldero —ordenó el rey Zhou, suspirando con resignación.

—¡Majestad! ¡Majestad! —intervino un ministro, tropezando en la entrada de la gran sala—. ¡Hay... tres estrellas fugaces en el cielo!

Aquello provocó una conmoción entre los presentes. El ambiente pareció congelarse. Solo el rey Zhou permaneció impasible. Se volvió hacia Wang, que hasta el momento no le había dirigido la palabra, y le preguntó:

—Todavía no sabes lo que anuncia la aparición de tres estrellas fugaces, ¿verdad? Ji Chang, cuéntaselo tú...

—Indica la llegada de un largo período de frío extremo, capaz de convertir la piedra en polvo —dijo el rey Wen tras un profundo suspiro.

—Des-hi-dra-ta-os... Des-hi-dra-ta-os... —volvió a salmodiar el rey Zhou con voz grave.

Fuera, la gente empezó a convertirse en cuerpos deshidratados a fin de sobrevivir a la larga noche que se avecinaba. Los más afortunados lo hicieron a tiempo de ser apilados ordenadamente en los deshidratorios, pero muchos fueron abandonados a su suerte en los campos.

El rey Wen se incorporó muy lentamente y caminó hasta el caldero que pendía sobre el fuego, en un rincón de la gran sala. Luego se subió al borde, donde se detuvo unos instantes antes de saltar dentro. Quizá vio el rostro cocinado de Fu Xi mofándose de él desde las profundidades de la sopa.

—Mantenedlo a fuego lento... —ordenó el rey Zhou, desa­lentado. A continuación se volvió hacia los demás—. El que quiera salir, que salga. Llegados a este punto, el juego deja de ser divertido...

Fue dicho y hecho. De pronto, un cartel rojo con la palabra SALIDA apareció sobre la abertura del pasadizo. Todos los presentes en la gran sala comenzaron a avanzar en aquella dirección. Wang los siguió. Tras recorrer el interminable túnel, se hallaron en el exterior de la pirámide. Fueron recibidos por una intensa tormenta de nieve que congelaba el aire nocturno. Wang comenzó a tiritar a causa del frío. Una señal en una esquina del cielo indicaba que el tiempo en el juego volvía a trans­currir deprisa.

La nieve cayó sin pausa durante diez días. Para entonces, los copos de nieve eran tan grandes y pesados como piezas de oscuridad solidificada. Una voz le susurró a Wang al oído:

—Ahora la nieve está compuesta de dióxido de carbono congelado. Hielo seco.

Tras volverse, Wang descubrió que quien le hablaba era Seguidor.

Al cabo de otros diez días, los copos de nieve se volvieron finos y transparentes. A la luz de las pocas antorchas que había en la entrada de la pirámide, emitían un resplandor azul que recordaba a unos trozos de mica.

—Ahora los copos son oxígeno y nitrógeno solidificados. La atmósfera ha ido desapareciendo a causa de la deposición, lo cual significa que está casi por encima del cero absoluto.

La pirámide terminó sepultada bajo una gran montaña de nieve. Sus capas más bajas estaban compuestas de aguanieve, las siguientes de hielo seco, y las superiores, de nieve hecha de oxígeno y nitrógeno. Un largo texto apareció sobre el fondo estrellado:

 

La noche se prolongó durante cuarenta y ocho días. La civilización número 138 fue destruida por el frío extremo. Sucumbió tras alcanzar el período de los Reinos Combatientes. La semilla de la civilización permanece y de nuevo progresará a través del impredecible mundo de Tres Cuerpos. Le invitamos a volver a conectarse en el futuro.

 

Justo antes de salir del juego, Wang se fijó en las tres estrellas fugaces. Parecían revolotear juntas, en una extraña y alocada dan­za frente al abismo del espacio.


      

 

 

 

 

 

Ye Wenjie

 

 

 

 

 

 

Wang se quitó el traje y el casco de realidad virtual. Tenía la camiseta empapada de sudor, como si acabara de despertar de una pesadilla. Salió del centro de investigación, subió al coche y condujo hasta la dirección que Ding Yi le había dado: el domicilio de la madre de Yang Dong.

«Era caótica, era caótica, era caótica...»

Su cerebro no paraba de darle vueltas a esa idea. ¿Cómo era posible que el recorrido del sol en el mundo de Tres Cuerpos no fuera regular? La órbita de un planeta podía ser más circular o más elíptica, pero siempre periódica; la falta de regularidad era imposible.

Se enfadó consigo mismo porque era incapaz de alejar de su mente aquellos pensamientos, e incluso trató de sacudírselos físicamente moviendo con fuerza la cabeza. Pero fracasó.

«Era caótica, era caótica, era caótica... ¡Demonios! Ya está bien de darle vueltas... ¿Por qué no puedo dejar de pensar en esto?»

Muy pronto supo darse una respuesta. En el transcurso de los mismos años que hacía que él no se entretenía con ellos, los videojuegos habían evolucionado enormemente. Los de su época de estudiante no tenían gráficos tan vívidos ni incluían efectos multisensoriales. Con todo, Wang sabía que la profunda sensación de realismo de Tres Cuerpos no se debía a ellos.

Aún recordaba la vez en que, durante su tercer año de universidad, el profesor de Teoría de la Información había llevado a clase dos imágenes. La primera, enorme y llena de detalles minuciosamente elaborados, era la famosa pintura de la dinastía Song Escena a la orilla del río en el Festival de la Claridad Pura. La segunda correspondía a una fotografía del cielo en un día despejado, una gran extensión azul apenas interrumpida por dos nubes casi transparentes. El profesor les había preguntado qué imagen contenía más información. Sin duda la segunda, pues la cantidad que ofrecía (su entropía) era varios órdenes de magnitud mayor que la de la pintura.

En Tres Cuerpos era lo mismo. Una enorme cantidad de información se hallaba escondida en su más profundo interior. Wang era capaz de sentirlo, aunque no de articularlo. De pronto se dijo que los diseñadores de Tres Cuerpos hacían lo opuesto a los creadores de los demás videojuegos: si la mayoría mostraba la mayor cantidad de información, a fin de dar una impresión de realismo, ellos trabajaban para comprimirla, como si tratasen de esconder una realidad mucho más compleja, justo como aquella foto del cielo, aparentemente vacía.

Volvió a recordar aquel mundo.

«¡Las estrellas fugaces! Ellas deben de ser la clave oculta. A veces se ve una, otras veces dos, o tres... ¿Qué es lo que señalan?»

Justo cuando lo pensaba, llegó a su destino.

 

 

Al pie del bloque de apartamentos vio a una anciana delgada y con el pelo cano. Tendría unos sesenta años. Llevaba gafas de montura gruesa y trataba de subir las escaleras con una cesta repleta de verduras en la mano. Supuso que era ella a quien iba a visitar, y lo confirmó tras un breve intercambio: en efecto, se trataba de Ye Wenjie, la madre de Yang Dong.

La mujer se mostró feliz y agradecida por la visita. Wang estaba habituado a tratar con ancianos intelectuales como ella. Los años apagaban todo vestigio de vehemencia y dureza en sus personalidades, dotándolos de una actitud tan apacible como la tranquila superficie del agua.

Le llevó la cesta hasta el piso. Al entrar, le sorprendió que en el interior no reinase la calma. Había tres niños jugando. El mayor tenía unos cinco años, mientras que el más pequeño apenas comenzaba a caminar. Ye Wenjie le contó que se trataba de los hijos de sus vecinos.

—Les encanta venir a jugar aquí. Aunque es domingo, los padres tienen que trabajar y me los dejan... ¡Oh!, Nan Nan, ¿ya has terminado el dibujo? Qué bonito... ¿Qué título le ponemos? ¿«Patitos al sol»? La abuela te lo escribe. Así... Y ahora, la fecha: «Nueve de junio, obra de Nan Nan.» ¿Qué queréis que os haga de comer? Yang Yang, ¿quieres berenjenas fritas? Vale. Nan Nan, ¿tú quieres habas como ayer? Está bien. ¿Y tú, Mi Mi? ¿Carne? Uy, no, tu madre me ha dicho que no puedes comer tanta carne, que no la digieres bien. Mejor pescado, ¿de acuerdo? Mira el pescado tan grande que ha traído la abuela...

Viéndola tan a gusto con aquellos niños, Wang comprendió que le habría gustado tener nietos. Sin embargo, incluso si Yang Dong hubiera seguido con vida, ¿habría querido dárselos?

La anciana se llevó la compra a la cocina.

—Xiao Wang —le dijo a él al volver, usando el diminutivo familiar—, déjame que primero lave la verdura. Hoy en día usan tantos pesticidas, que tengo que dejarla al menos dos horas en remojo antes de dársela a los niños... ¿Por qué no echas un vistazo al cuarto de Dong Dong?

Aquella invitación, expresada de forma tan natural al final de la frase, lo inquietó. Claramente, la anciana había adivinado el verdadero motivo de su visita. Sin embargo, acto seguido se metió en la cocina sin volver a mirarle, y al hacerlo le ahorró el bochorno. Se sintió profundamente agradecido de que fuera tan considerada.

Wang se abrió paso entre los niños, que jugaban alegremente, y avanzó hasta la habitación que le había señalado. Al llegar a la puerta se detuvo, presa de un extraño sentimiento. Era como si hubiera vuelto a sus ingenuos y fantasiosos años de juventud. Desde lo más profundo de su memoria emergió una frágil melancolía, pura y tenue como el rocío de la mañana. Contenía, teñidos de rosa, sus primeros desengaños.

Empujó la puerta suavemente y fue sorprendido por la débil fragancia que impregnaba la habitación: era el aroma del bosque. Parecía haber entrado en la cabaña de un guarda forestal. Las paredes estaban cubiertas de tiras de corteza de árbol y, a modo de taburetes, había tres tocones desnudos y sin adornos. El escritorio lo conformaban otros tres tocones juntos, y tanto el marco como el cabezal de la cama estaban revestidos de Carex meyeriana, la hierba típica del noreste de China, la misma con que la gente rellenaba los zapatos para proteger los pies del frío.

Todo se apelotonaba de forma tosca y aparentemente descuidada, sin rastro de cualquier pauta estética. El trabajo de Yang Dong estaba tan bien remunerado, que podría haberse permitido una casa en una urbanización de lujo; sin embargo, ella había preferido vivir allí con su madre.

Se acercó al escritorio. Ninguno de los objetos que había sobre él daba pistas de que hubiera pertenecido ni a una mujer ni a una científica. Quizá nunca los hubo. Quizá se los habían llevado.

Lo primero que le llamó la atención fue una fotografía en blanco y negro en un marco de madera. Era un retrato de la madre y su hija. Yang Dong no era más que una niña y Ye Wenjie se había tenido que acuclillar a su lado para quedar a su altura. Un fuerte viento les enredaba el pelo. El fondo de aquella imagen resultaba curiosa: era una especie de reja metálica flanqueada por gruesas estructuras de acero; a través de ella se adivinaba el cielo. Wang dedujo que debía de tratarse de algún tipo de antena parabólica, tan grande que la foto no la abarcaba en su conjunto. La mirada de la niña transmitía tal miedo que a Wang se le encogió el corazón. Parecía aterrorizarle el mundo que tenía ante sus ojos.

Después se fijó en un grueso cuaderno que había en un rincón. De entrada, no supo determinar de qué material estaba hecho, pero luego vio que en la cubierta decía «Cuaderno de abedul de Yang Dong». Estaba escrito con bolígrafo y letra infantil. En lugar de usar el carácter correcto, la palabra «abedul» estaba en el alfabeto pinyin. Los años habían amarilleado el blanco plateado de las cortezas que hacían de portada y contraportada. Extendió el brazo para cogerlo, pero luego dudó un instante.

—Adelante, ábrelo —le dijo la anciana desde la puerta—. Contiene dibujos de cuando Yang Dong era pequeña.

Wang tomó el cuaderno y lo hojeó lentamente. La madre había escrito las fechas de cada dibujo, justo como había hecho con el del niño en la sala. En base a ellas, Wang dedujo con extrañeza que Yang Dong debía de tener unos tres años al pintarlos. Se dijo que los niños de esa edad eran capaces de trazar figuras humanas y objetos con formas claras. Sin embargo, los dibujos de Yang Dong seguían siendo garabatos. Parecían reflejar una rabia contenida, el deseo frustrado de expresar algo. Y esos sentimientos no eran nada habituales en una niña tan pequeña.

Ye Wenjie se sentó en el borde de la cama con la mirada perdida en aquel cuaderno. Su hija había muerto allí mismo, mientras dormía. Wang se quedó a su lado. Jamás había sentido un deseo tan intenso de compartir la pena de alguien.

La mujer tomó el cuaderno de sus manos y se lo llevó al pecho.

—Nunca supe educarla con conocimientos apropiados para su edad —susurró—. Ya de muy pequeña, le hablaba de temas demasiado teóricos y extremos. La primera vez que me contó su interés por la teoría abstracta, le dije que aquel no era un campo fácil para una mujer. «¿No lo consiguió Madame Curie?», replicó ella. Yo le dije que Madame Curie nunca fue aceptada realmente en ese mundo, que su éxito solo se consideraba el fruto de su insistencia y su esfuerzo, que de no haber sido ella, otra persona habría realizado el mismo trabajo. Que aun teniendo en cuenta los logros de Wu Chien-Shiung, que fueron incluso mayores, seguía sin ser un ámbito para las mujeres. El pensamiento femenino es distinto al masculino; ni mejor ni peor, sino distinto, y ambos son igualmente necesarios en el mundo.

»Dong Dong nunca me llevó la contraria en eso. Más tarde descubrí lo diferente que era. Por ejemplo, si le explicaba una fórmula, cuando otros niños hubieran dicho “¡Oh, qué chulo!”, ella exclamaba: “¡Pero qué preciosidad, menuda elegancia al desarrollarse.” Y lo hacía con la misma cara que pondría si estuviera admirando una flor.

»Su padre dejó algunos discos, y ella los escuchó todos, de principio a fin, convirtiendo una pieza de Bach en su favorita. La ponía una y otra vez, y eso que no era la clase de música que suele cautivar a una niña... Al principio pensé que la había escogido por capricho, pero ella me dijo que, cuando la escuchaba, imaginaba a un gigante construyendo un gran edificio de muchas habitaciones. Que, poco a poco, según sonaba la música, el gigante iba añadiendo habitáculos a la estructura y que la pieza finalizaba con el edificio terminado.

—Puede usted estar orgullosa de haber sido una excelente maestra para su hija —dije.

—No... Fracasé. Su mundo era demasiado simple. Tan solo tenía teorías etéreas. En cuanto comprendió que se desmoronaban, no tuvo nada a lo que aferrarse para seguir viviendo.

—Profesora Ye, no puedo estar más en desacuerdo con eso. En los últimos tiempos, están ocurriendo ciertos acontecimientos inexplicables que escapan a toda imaginación y suponen un reto sin precedentes para la mayoría de nuestras teorías. Yang Dong no ha sido la única; muchísimos científicos de este mundo han terminado con sus vidas al verse superados del mismo modo por las circunstancias.

—¡Pero las mujeres deben ser como el agua y saber fluir por encima y a través de todo...!

 

 

En el momento de despedirse, Wang recordó el otro propósito de su visita: su deseo de observar el fondo cósmico de microondas.

—Ah, sí, eso. En China hay dos lugares donde se investiga ese tema. Uno es un observatorio de Urumqi; tengo entendido que se trata de un proyecto del Centro de Observación del Ambiente Espacial de la Academia de las Ciencias China. El otro queda muy cerca de aquí. Es un observatorio radioastronómico del Centro Astronómico Nacional, a cargo del de la Academia de las Ciencias China y del Centro de Astrofísica de la Universidad de Pekín. El de Urumqi realiza observaciones sobre el terreno, mientras que el otro se dedica a recopilar los datos que recibe de los satélites, que son mediciones mucho más completas y fiables. Una ex alumna mía trabaja allí; espera, voy a llamarla.

Fue a buscar el número y lo marcó en el teléfono. La conversación que mantuvo pareció transcurrir con naturalidad.

—Ya está todo listo —le dijo a Wang después de colgar—. Déjame que te dé la dirección. Puedes visitarla en cualquier momento, se llama Sha Ruishan y mañana tiene turno de noche... No es tu campo de investigación, ¿verdad?

—No, lo mío es la nanotecnología. Esto es... para otra cosa.

Wang temió que la anciana siguiera interrogándolo, pero no fue así.

—Xiao Wang, estás un poco pálido, ¿no? —advirtió ella—. ¿Te encuentras bien? —añadió, con cara de preocupación.

—No es nada, no se preocupe.

—Aguarda un poco —dijo ella, sacando una cajita de madera de un armario.

Wang vio, por la etiqueta, que se trataba de ginseng.

—Un viejo amigo mío, soldado de la base, me visitó hace unos días y me trajo esto —continuó la anciana—. Es cultivado, tranquilo, nada del otro mundo. Como tengo la tensión alta, no puedo tomarlo, de modo que llévatelo, anda. Lo puedes laminar y echarlo en el té. ¡Ay, con esa cara tan pálida, está claro que necesitas energía! Todavía eres joven, pero tienes que empezar a cuidarte...

Wang aceptó el obsequio, temblando de emoción. Sentía como si su corazón, maltratado y vapuleado los dos días anteriores casi hasta el límite de lo soportable, descansara ahora sobre un mullido cojín de plumas de ganso.

—Profesora Ye, le prometo que, a partir de hoy, vendré a verla siempre que pueda.

 

 

 

 

El universo hace una señal

 

 

 

 

 

 

Wang Miao condujo por la carretera Jingmi hasta llegar al condado de Miyun. De ahí se dirigió a Heilongtan, luego siguió las sinuosas curvas que llevaban hasta lo alto de las montañas y por fin vio el Observatorio Radioastronómico del Centro Astronómico Nacional de la Academia de las Ciencias China.

En él se erigían veintiocho antenas parabólicas dispuestas en fila, con sendos discos de nueve metros de diámetro, en lo que parecía una hilera de espectaculares plantas de acero. Al fondo había dos grandes radiotelescopios cuyos platos medían cincuenta metros de diámetro cada uno. Habían sido construidos en el año 2006. Conforme se acercaba con el coche, no pudo evitar recordar aquella fotografía de Ye Wenjie con su hija.

El trabajo de su ex alumna, la doctora Sha Ruishan, no tenía nada que ver con aquellos radiotelescopios. Su laboratorio se encargaba principalmente de recopilar los datos de tres satélites: el explorador del fondo cósmico COBE, lanzado por la NASA en 1989 y a punto de ser retirado; su sucesor, la sonda Wilkinson, lanzada en 2003, y el de la misión Planck, el observatorio espacial lanzado por la Agencia Espacial Europea en 2009.

La radiación del fondo cósmico de microondas concordaba de manera muy precisa con el espectro de cuerpo negro a una temperatura de 2.725 grados K, y era altamente isotrópica —es decir, casi totalmente uniforme en cualquiera de las direcciones—, con mínimas fluctuaciones en el rango de las partes por millón. El trabajo de Sha Ruishan consistía en crear un mapa lo más detallado posible del fondo cósmico de microondas, partiendo de los datos recogidos en las observaciones.

El suyo no era un gran laboratorio: los equipos que recibían datos de los satélites se apilaban en la sala de ordenadores principal; en el exterior, tres grandes monitores mostraban la información de cada uno de los satélites.

La doctora Sha pareció encantada de verlo y mostraba las ganas de hablar de quien lleva mucho tiempo trabajando solo en un lugar aislado. Enseguida quiso saber qué clase de datos le interesaban.

—Quiero observar la fluctuación general del fondo cósmico de microondas.

—¿No podría ser... más específico? —preguntó la doctora, visiblemente perpleja.

—Lo que quiero decir es... que deseo observar la fluctuación isotrópica en todo el fondo cósmico de microondas de 3K, entre el uno y el cinco por ciento —respondió Wang, citando de memoria el correo de Shen Yufei.

La doctora desplegó una gran sonrisa.

Coincidiendo con el cambio de siglo, el Observatorio Radioastronómico Miyun se había abierto a las visitas. A fin de ganarse un sobresueldo, la doctora Sha aceptaba dar charlas o hacer de guía. Aquella era justamente la sonrisa con la que se había acostumbrado a responder a los comentarios más ignorantes de los visitantes.

—Profesor Wang... —dijo—, ¿entiendo que no es usted un especialista en la materia?

—Así es. Mi campo es la nanotecnología.

—Ya veo. Igualmente, tendrá una mínima noción de lo que es el fondo cósmico de microondas de 3K, ¿no?

—Lo único que sé es que, conforme el universo se fue enfriando después del Big Bang, las ascuas residuales, por así llamarlas, se convirtieron en radiación de fondo de microondas. Esa radiación inunda el universo entero y puede observarse en una longitud de onda en el rango del centímetro. Creo que fue descubierta en los años sesenta cuando dos estadounidenses probaban una antena de recepción por satélite hipersensible...

—Con eso es suficiente —lo interrumpió la doctora—. Entonces debe de saber también que, a diferencia de las variaciones locales que observamos en distintos puntos del universo, la fluctuación total del fondo cósmico de microondas guarda una correlación con la expansión del universo. Se trata de un cambio extremadamente lento cuando se mide en comparación con la edad del universo. Es posible que, incluso contando con la gran sensibilidad del satélite Planck, un período de observación continua de un millón de años fuera incapaz de detectar ningún cambio de esa naturaleza. ¡Y usted quiere ver una fluctuación del cinco por ciento esta noche! ¿Es consciente de lo que eso significaría? ¡Sería como si el universo entero parpadease igual que un tubo fluorescente a punto de fundirse!

«Y lo hará para mí», pensó Wang.

—La profesora Ye debe de estar gastándome una broma —musitó la doctora, incrédula.

—Ojalá fuera el caso. —Wang no pudo ser más sincero. Estuvo a punto de confesarle que su antigua profesora no estaba al corriente de lo que le movía a realizar semejante petición, pero luego temió que se negara a ayudarlo.

—En fin, la profesora Ye me ha pedido personalmente que lo ayude, así que procedamos con la observación. No es nada complicado: como solo necesita una precisión del uno por ciento, bastará con que usemos datos del explorador del fondo cósmico COBE. —La doctora Sha empezó a teclear furiosamente ante el terminal correspondiente. De repente, apareció en él una línea verde—. Esta curva es una medición en tiempo real del fondo cósmico de microondas. En realidad, es más apropiado hablar de línea más que de curva... La temperatura es de 2.726±0,010K. El margen de error se debe al efecto Doppler del movimiento de la Vía Láctea, que ya ha sido filtrado. Si el tipo de fluctuación que usted espera observar (superior al uno por ciento) se da realmente, esta línea se volverá roja y pasará a ser un gráfico de ondas. Personalmente, apuesto a que seguirá siendo una línea verde hasta el fin de los tiempos; si espera una fluctuación observable a simple vista, me temo que tendrá que esperar hasta la extinción del Sol...

—¿Estoy interrumpiendo su trabajo?

—Por eso no se preocupe. Dada la baja precisión que requiere, nos bastará con usar datos básicos del COBE. Ajá, ahí lo tiene. A partir de ahora, en caso de producirse una de esas grandes fluctuaciones que espera, los datos se grabarán automáticamente en el disco.

—Me parece que hasta la una no pasará nada.

—¡Vaya precisión! En fin, no importa... De todos modos, hoy hago el turno de noche. ¿Ha cenado ya? Bueno, pues entonces le enseñaré las instalaciones.

Era una noche sin luna. La doctora le señaló las antenas por las que pasaban.

—Impresionantes, ¿verdad? Qué lástima me da que sean como los oídos de un sordo...

—¿Qué quiere decir?

—Desde que se completó la construcción, no ha parado de haber interferencias en las bandas de observación. Empezaron con los servicios de buscapersonas de los ochenta y llegan hasta la actualidad, con todo el embrollo de las redes de comunicación móvil y las antenas de telefonía. Estos telescopios son capaces de realizar numerosas tareas científicas: monitorizar el cielo, detectar fuentes de radio variables, observar los restos de una supernova... pero no podemos realizarlas con normalidad. Nos hemos quejado a la Comisión Reguladora de Radiotelecomunicaciones en múltiples ocasiones, pero nunca hemos conseguido nada. ¿Cómo vamos a enfrentarnos a una China Mobile, a una China Unicom, a una China Netcom? Sin dinero de por medio, los secretos del universo no importan nada. Menos mal que mi proyecto solo depende de los datos de los satélites, que no tiene nada que ver con estas atracciones turísticas...

—En los últimos años, la comercialización de la investigación básica ha sido bastante exitosa —dijo Wang—, también en la física de altas energías. No sé, quizá deberíamos construir los observatorios lo más alejados posible de las ciudades...

—Vuelve a ser una cuestión de dinero. Ahora mismo, nuestra única opción es hallar los medios técnicos capaces de protegernos de las interferencias. ¡Ojalá pudiéramos seguir contando con la profesora Ye! Su contribución en este campo fue enorme.

La conversación viró entonces hacia la profesora, y Wang pudo al fin conocer, por boca de su antigua estudiante, su azarosa vida.

Le habló de cómo había presenciado la muerte de su propio padre durante la Revolución Cultural, de la injusta acusación que sufrió en el Cuerpo de Producción y Construcción de Mongolia Interior y de cómo luego había desaparecido del mapa, hasta que en los años noventa regresó a Pekín para impartir clases de Astrofísica en la Universidad de Tsinghua, donde había enseñado su padre, hasta su jubilación.

—En los últimos tiempos, hemos sabido que pasó veinte años en la base de Costa Roja.

—¡¿Costa Roja?! —exclamó Wang, anonadado—. ¿Me está diciendo que la leyenda era cierta?

—En su mayor parte, sí. Uno de los investigadores que desarrollaron el sistema de decodificación para el proyecto Costa Roja emigró a Europa el año pasado y publicó sus memorias. Todos los rumores que circulan tienen su origen en ese libro, y al parecer casi todos son ciertos. Muchos de los implicados aún siguen con vida.

—Pero... ¡es una historia increíble!

—Especialmente teniendo en cuenta la época en que sucedieron los hechos.

Siguieron conversando. La doctora le preguntó acerca del propósito de su singular petición, pero Wang evitó ser claro en su respuesta. Ella tampoco quiso presionarlo: su orgullo profesional le impedía mostrar excesivo interés en una petición que claramente iba más allá de sus capacidades.

A continuación, lo llevó a un bar para turistas que abría toda la noche, y allí pasaron un par de horas. Ella, cuanto más cervezas bebía, más distendida se mostraba. Wang empezó a inquietarse: pensaba en aquella línea verde en el monitor del laborato­rio. Pero hasta casi la una menos diez, la doctora estuvo evitan­do llevarlo de vuelta al laboratorio.

A esa hora, las luces que habían iluminado las antenas se habían apagado, y estas conformaban una negra estampa bidimensional recortada contra la noche. Parecían una hilera de símbolos abstractos. Todas ellas apuntaban al cielo en el mismo ángulo, como si esperaran algún tipo de suceso. Wang sintió un escalofrío pese a la calidez de esa noche primaveral: aquellas antenas le recordaban los grandes péndulos de Tres Cuerpos.

Llegaron al laboratorio justo a la una de la mañana. En cuanto miraron el terminal, vieron que la fluctuación estaba comen

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