Tras cada hombre viviente se encuentran treinta fantasmas, pues tal es la proporción numérica con que los muertos superan a los vivos. Desde el alba de los tiempos, aproximadamente cien mil millones de seres humanos han transitado por el planeta Tierra.
Y es en verdad un número interesante, pues por curiosa coincidencia hay aproximadamente cien mil millones de estrellas en nuestro universo local, la Vía Láctea. Así, por cada hombre que jamás ha vivido, luce una estrella en ese Universo.
Pero cada una de esas estrellas es un sol, a menudo mucho más brillante y magnífico que la pequeña y cercana a la que denominamos el Sol. Y muchos —quizá la mayoría— de esos soles lejanos tienen planetas circundándolos. Así, casi con seguridad hay suelo suficiente en el firmamento para ofrecer a cada miembro de las especies humanas, desde el primer hombre-mono, su propio mundo particular: cielo… o infierno.
No tenemos medio alguno de conjeturar cuántos de esos cielos e infiernos se encuentran habitados, y con qué clase de criaturas: el más cercano de ellos está millones de veces más lejos que Marte o Venus, esas metas remotas aun para la próxima generación. Sin embargo, las barreras de la distancia se están desmoronando, y día llegará en que daremos con nuestros iguales, o nuestros superiores, entre las estrellas.
Los hombres han sido lentos en encararse con esta perspectiva; algunos esperan aún que nunca se convertirá en realidad. No obstante, aumenta el número de los que preguntan: ¿Por qué no han acontecido ya tales encuentros, puesto que nosotros mismos estamos a punto de aventurarnos en el espacio?
¿Por qué no, en efecto? Solo hay una posible respuesta a esta muy razonable pregunta. Pero recordad, por favor, que esta es solo una obra de ficción.
La verdad, como siempre, será mucho más extraordinaria.
ARTHUR C. CLARKE
y STANLEY KUBRICK
I. NOCHE PRIMITIVA
1
EL CAMINO DE LA EXTINCIÓN
La sequía había durado ya diez millones de años, y el reinado de los terribles saurios había terminado tiempo atrás. Aquí en el ecuador, en el continente que había de ser conocido un día como África, la batalla por la existencia había alcanzado un nuevo clímax de ferocidad, no avistándose aún al victorioso. En este terreno baldío y desecado, solo podía medrar, o aun esperar sobrevivir, lo pequeño, lo raudo o lo feroz.
Los hombres-mono del «veldt» no eran nada de eso, y no estaban por tanto medrando; realmente, se encontraban ya muy adentrados en el curso de la extinción racial. Una cincuentena de ellos ocupaba un grupo de cuevas que dominaban un agostado vallecito, dividido por un perezoso riachuelo alimentado por las nieves de las montañas, situadas a trescientos kilómetros al norte. En épocas malas, el riachuelo desaparecía por completo, y la tribu vivía bajo el sombrío manto de la sed.
Estaba siempre hambrienta, y ahora la apresaba la torva inanición. Al filtrarse serpeante en la cueva el primer débil resplandor del alba, Moon-Watcher vio que su padre había muerto durante la noche. No sabía que el Viejo fuese su padre, pues tal parentesco se hallaba más allá de su entendimiento, pero al contemplar el enteco cuerpo sintió un vago desasosiego que era el antecesor de la pesadumbre.
Las dos criaturas estaban ya gimiendo en petición de comida, pero callaron al punto ante el refunfuño de Moon-Watcher. Una de las madres defendió a la cría a la que no podía alimentar debidamente, respondiendo a su vez con enojado gruñido, y a él le faltó hasta la energía para asestarle un manotazo por su protesta.
Había ya suficiente claridad para salir. Moon-Watcher asió el canijo y arrugado cadáver, y lo arrastró tras sí al inclinarse para atravesar la baja entrada de la cueva. Una vez fuera, se echó el cadáver al hombro y se puso en pie… único animal en todo aquel mundo que podía hacerlo.
Entre los de su especie, Moon-Watcher era casi un gigante. Pasaba un par de centímetros del metro y medio de estatura, y aunque pésimamente subalimentado, pesaba unos cincuenta kilos. Su peludo y musculoso cuerpo estaba a mitad de camino entre el del mono y el del hombre, pero su cabeza era mucho más parecida a la del segundo que a la del primero. La frente era deprimida, y presentaba protuberancias sobre la cuenca de los ojos, aunque ofrecía en sus genes una inconfundible promesa de humanidad. Al extender su mirada sobre el mundo hostil del pleistoceno, había ya algo en ella que sobrepasaba la capacidad de cualquier mono. En sus oscuros y sumisos ojos se reflejaba una alboreante comprensión… los primeros indicios de una inteligencia que posiblemente no se realizaría aún durante años, y podría no tardar en ser extinguida para siempre.
No percibiendo señal alguna de peligro, Moon-Watcher comenzó a descender el declive casi vertical al exterior de la cueva, solo ligeramente embarazado por su carga. Como si hubiesen estado esperando su señal, los componentes del resto de la tribu emergieron de sus hogares y se dirigieron presurosos declive abajo en dirección a las fangosas aguas del riachuelo para su bebida mañanera.
Moon-Watcher extendió su mirada a través del valle para ver si los Otros estaban a la vista, pero no había señal alguna de ellos. Quizá no habían abandonado aún sus cuevas, o estaban ya forrajeando a lo largo de la ladera del cerro. Y como no se les veía por parte alguna, Moon-Watcher los olvidó, pues era incapaz de preocuparse más que de una cosa cada vez.
Debía primero deshacerse del Viejo, pero este era un problema que requería poco que pensar. Había habido muchas muertes aquella temporada, una en su propia cueva; solo tenía que dejar el cadáver donde había depositado el de la nueva criatura en el último cuarto de la luna, y las hienas se encargarían del resto.
Ellas estaban ya a la espera, allá donde el pequeño valle se diluía en la sabana, como si supiesen de su llegada. Moon-Watcher depositó el cuerpo bajo un mezquino matorral —todos los huesos anteriores habían desaparecido ya— y se apresuró a reunirse con la tribu. No volvió a pensar más en su padre.
Sus dos compañeras, los adultos de las otras cuevas y la mayoría de los jóvenes estaban forrajeando entre los árboles raquitizados por la sequía valle arriba, buscando bayas, suculentas raíces y hojas y ocasionales brevas, así como lagartijas o roedores. Solo los pequeños y los más débiles de los viejos permanecían en las cuevas; si quedaba algún alimento al final de la búsqueda del día, podrían nutrirse. En caso contrario, las hienas no tardarían en estar otra vez de suerte.
Pero aquel día era bueno… aunque como Moon-Watcher no conservaba un recuerdo real del pasado, no podía comparar un tiempo con otro. Había dado con una colmena en el tronco de un árbol muerto, y así había disfrutado de la mejor golosina que jamás saboreara su gente; todavía se chupaba los dedos de cuando en cuando mientras conducía el grupo al hogar, a la caída de la tarde. Desde luego, había sido víctima de buen número de aguijonazos, pero apenas los había notado. Se sentía ahora casi tan contento como jamás lo había estado; pues aunque estaba aún hambriento, en realidad no se notaba débil por el hambre. Y eso era lo más a lo que podía aspirar cualquier mono humanoide.
Su contento se desvaneció al alcanzar el riachuelo. Los Otros estaban allí. Cada día solían estar, pero no por ello dejaba la cosa de ser menos molesta.
Había unos treinta, y no podían distinguirse de los miembros de la propia tribu de Moon-Watcher. Al verle llegar, comenzaron a danzar, a agitar sus manos y a gritar, y los suyos replicaron de igual modo.
Y eso fue todo lo que sucedió. Aunque los monos humanoides luchaban y peleaban a menudo entre ellos, era raro que sus disputas tuvieran graves consecuencias. Al no poseer garras o colmillos, y estando bien protegidos por su pelo, no podían causarse mucho daño mutuo. En cualquier caso, disponían de escaso excedente de energía para tal improductiva conducta; los gruñidos y las amenazas eran un medio mucho más eficaz de mantener sus puntos de vista.
La confrontación duró aproximadamente cinco minutos; luego, la manifestación cesó tan rápido como había comenzado, y cada cual bebió hasta hartarse de la lodosa agua… El honor había quedado satisfecho; cada grupo había afirmado la reivindicación de su propio territorio. Y habiendo sido zanjado este importante asunto, la tribu desfiló por su ribera del riachuelo. El siguiente apacentadero que merecía la pena se hallaba ahora a más de un kilómetro y medio de las cuevas, y tenían que compartirlo con una manada de grandes bestias semejantes al antílope, las cuales toleraban a duras peñas su presencia. Y no podían ser expulsadas de allí, pues estaban armadas con terribles dagas que sobresalían de su testuz… las armas naturales que el mono humanoide no poseía.
Así, Moon-Watcher y sus compañeros masticaban bayas y frutas y hojas y se esforzaban por ahuyentar los tormentos del hambre… mientras en torno a ellos, compitiendo por el mismo pasto, había una fuente potencial de más alimento del que jamás podían esperar comer. Pero los miles de toneladas de suculenta carne que erraban por la sabana y a través de la maleza no solo estaban más allá de su alcance, sino también de su imaginación. Y, en medio de la abundancia, estaban pereciendo lentamente de inanición.
Con la última claridad del día, la tribu volvió, sin incidentes, a su cueva. La hembra herida que había permanecido en ella arrulló de placer cuando Moon-Watcher le dio la rama cubierta de bayas que le había traído, y comenzó a atacarla vorazmente. Bien escaso alimento había en ella, pero le ayudaría a subsistir hasta que sanara la herida que el leopardo le había causado, y pudiera volver a forrajear por sí misma.
Sobre el valle se estaba alzando una luna llena, y de las distantes montañas soplaba un viento cortante. Haría mucho frío durante la noche… pero el frío, como el hambre, no era motivo de verdadera preocupación; tan solo formaba parte del fondo de la vida.
Moon-Watcher apenas se movió cuando llegaron ecos de gritos y chillidos procedentes de una de las cuevas bajas del declive, y no necesitaba oír el ocasional gruñido del leopardo para saber exactamente lo que estaba sucediendo. Abajo, en la oscuridad, el viejo Cabello Blanco y su familia estaban luchando y muriendo, aunque ni por un momento atravesó la mente de Moon-Watcher la idea de que pudiera ir a prestar ayuda de algún modo. La dura lógica de la supervivencia desechaba tales fantasías, y ninguna voz se alzó en protesta desde la ladera del cerro. Cada cueva permanecía silenciosa, para no atraerse también el desastre.
El tumulto se apagó, y Moon-Watcher pudo oír entonces el roce de un cuerpo al ser arrastrado sobre las rocas, que duró solo unos cuantos segundos. Luego, el leopardo dio buena cuenta de su presa y no hizo más ruido; se marchó en silencio, llevando a su víctima sin esfuerzo entre sus poderosas mandíbulas.
Durante uno o dos días, no habría más peligro allí, pero podría haber otros enemigos afuera, aprovechándose del frío. Estando suficientemente prevenidos, los rapaces menores podían a veces ser espantados a gritos y chillidos. Moon-Watcher se arrastró fuera de la cueva, trepó a un gran canto rodado que estaba junto a la entrada y se agazapó en él para inspeccionar el valle.
De todas las criaturas que hasta entonces anduvieron por la Tierra, los monos humanoides fueron los primeros en contemplar fijamente a la Luna. Y aunque no podía recordarlo, siendo muy joven Moon-Watcher quería a veces alcanzar e intentar tocar aquel fantasmagórico rostro sobre los cerros.
Nunca lo había logrado, y ahora era lo bastante viejo para comprender por qué. En primer lugar, desde luego, debía hallar un árbol un poco alto para trepar a él.
A veces contemplaba el valle, y a veces la Luna, y durante todo el tiempo escuchaba. En una o dos ocasiones se adormeció, pero lo hizo permaneciendo alerta al punto de que el más leve sonido le hubiese despabilado como movido por un resorte. A la avanzada edad de veinticinco años, se encontraba aún en posesión de todas sus facultades; de continuar su suerte, y si evitaba los accidentes, las enfermedades, las bestias de presa y la inanición, podría sobrevivir otros diez años más.
La noche siguió su curso, fría y clara, sin más alarmas, y la Luna se alzó lentamente en medio de constelaciones ecuatoriales que ningún ojo humano vería jamás. En las cuevas, entre tandas de incierto dormitar y temerosa espera, estaban naciendo las pesadillas de generaciones aún por ser.
Y por dos veces atravesó lentamente el firmamento, alzándose al cénit y descendiendo por el este, un deslumbrante punto de luz más brillante que cualquier estrella.
I. NOCHE PRIMITIVA
2
LA NUEVA ROCA
Moon-Watcher se despertó de súbito, muy adentrada la noche. Molido por los esfuerzos y desastres del día, había estado durmiendo más a pierna suelta que de costumbre, aunque se puso instantáneamente alerta, al oír el primer leve gatear en el valle.
Se incorporó, quedando sentado en la fétida oscuridad de la cueva, tensando sus sentidos a la noche, y el miedo serpeó lentamente en su alma. Jamás en su vida —casi el doble de larga de lo que la mayoría de los miembros de su especie podían esperar— había oído un sonido como aquel. Los grandes gatos se aproximaban en silencio, y lo único que los traicionaba era un raro deslizarse de tierra, o el ocasional crujido de una ramita. Sin embargo era un continuo ruido crepitante, que iba aumentando en intensidad. Parecía como si alguna enorme bestia se estuviese moviendo a través de la noche, sin importarle el sigilo y haciendo caso omiso de todos los obstáculos. En una ocasión, Moon-Watcher oyó el inconfundible sonido de un matorral al ser arrancado de raíz; los elefantes y dinoterios lo hacían a menudo, pero por lo demás se movían tan silenciosamente como los felinos.
Y de pronto le llegó un sonido que Moon-Watcher sin duda no podía haber identificado, pues jamás había sido oído antes en la historia del mundo. Era el rechinar del metal sobre la piedra.
Moon-Watcher llegó frente a la Nueva Roca, al conducir la tribu al río a la primera claridad diurna. Había casi olvidado los terrores de la noche, porque nada había sucedido tras aquel ruido inicial, por lo que ni siquiera asoció aquella extraña cosa con peligro o con miedo. No había, después de todo, nada alarmante en ello.
Era una losa rectangular, de una altura triple a la suya pero lo bastante estrecha como para abarcarla con sus brazos, y estaba hecha de algún material completamente transparente; en verdad que no era fácil verla excepto cuando el sol que se alzaba destellaba en sus bordes. Como Moon-Watcher no había topado nunca con hielo, ni agua cristalina, no había objetos naturales con los que pudiese comparar a aquella aparición. Ciertamente era más bien atractiva, y aunque él tenía por costumbre ser prudente y cauto ante la mayoría de las novedades, no vaciló mucho antes de encaramarse a ella. Y como nada sucedió, tendió la mano, y sintió una fría y dura superficie.
Tras varios minutos de intenso pensar, llegó a una brillante explicación. Era una roca, desde luego, y debió de haber brotado durante la noche. Había muchas plantas que lo hacían así… objetos blancos y pulposos en forma de guijas, que parecían emerger durante las horas de oscuridad. Verdad era que eran pequeñas y redondas, mientras que esta era ancha y de agudas aristas, pero filósofos más grandes y modernos que Moon-Watcher estarían dispuestos a pasar por alto excepciones a sus teorías igual de sorprendentes.
Aquella muestra realmente soberbia de pensamiento abstracto condujo a Moon-Watcher, tras solo tres o cuatro minutos, a una deducción que puso inmediatamente a prueba. Las blancas y redondas plantas-guijas eran muy sabrosas (aunque había unas cuantas que producían violenta enfermedad). ¿Quizá esta grande…?
Unas cuantas lamidas e intentos de roer le desilusionaron rápidamente. No había alimento en ella; por lo que, como mono humanoide juicioso, prosiguió en dirección al río, olvidándolo todo sobre el cristalino monolito, durante la cotidiana rutina de chillar a los Otros.
El forrajeo era muy malo, hoy, y la tribu tuvo que recorrer varios kilómetros desde las cuevas para encontrar algún alimento. Durante el despiadado calor del mediodía, una de las hembras más frágiles se desplomó víctima de un colapso, lejos de cualquier posible refugio. Sus compañeros la rodearon arrullándola alentadoramente, pero no había nada que pudiera nadie hacer. De haber estado menos agotados, podrían haberla llevado con ellos, pero no les quedaba ningún excedente de energía para tal acto de caridad. Por lo tanto, tuvieron que abandonarla para que se recuperase con sus propios recursos, o pereciese. En el recorrido de vuelta al hogar pasaron al atardecer por el lugar donde se depositaban los cadáveres; no se veía en él ningún hueso.
Con la última luz del día, y mirando con ansiedad en derredor para precaverse de tempranos cazadores, bebieron apresuradamente en el riachuelo y empezaron a trepar a sus cuevas. Se hallaban todavía a cien metros de la Nueva Roca cuando comenzó el sonido.
Era apenas audible, pero sin embargo los detuvo en seco, quedando paralizados en la vereda, con las mandíbulas colgando flojamente. Una simple y enloquecedora vibración repetida salía expelida del cristal, hipnotizando a todo cuando aprehendía en su sortilegio. Por primera vez —y la última, en tres millones de años— se oyó en África el sonido del tambor.
El vibrar se hizo más fuerte y más insistente. Los monos humanoides comenzaron a moverse hacia delante como sonámbulos, en dirección al origen de aquel obsesionante sonido. A veces daban pequeños pasos de danza, como si su sangre respondiese a los ritmos que sus descendientes aún tardarían épocas en crear. Y completamente hechizados, se congregaron en torno al monolito, olvidando las fatigas y penalidades del día, los peligros de la oscuridad que iba extendiéndose y el hambre de sus estómagos.
El tamborileo se hizo más ruidoso, y más oscura la noche. Y cuando las sombras se alargaron y se agotó la luz del firmamento, el cristal comenzó a resplandecer.
Primero perdió su transparencia, y quedó bañado en pálida y lechosa luminiscencia. A través de su superficie y en sus profundidades se movieron atormentadores fantasmas vagamente definidos, los cuales se fusionaron en franjas de luz y sombra, formando luego rayados diseños entremezclados que comenzaron a dar vueltas despacio.
Los haces de luz giraron cada vez más rápidamente, acelerándose con ellos el vibrar de los tambores. Hipnotizados del todo, los monos humanoides solo podían contemplar con mirada fija y mandíbulas colgantes aquel pasmoso despliegue pirotécnico. Habían olvidado ya los instintos de sus progenitores y las lecciones de toda una existencia; ninguno de ellos, corrientemente, habría estado tan lejos de su cueva tan tarde. Pues la maleza circundante estaba llena de formas que parecían petrificadas y de ojos fijos, como si las criaturas nocturnas hubiesen suspendido sus actividades para ver lo que habría de suceder luego.
Los giratorios discos de luz comenzaron entonces a emerger, y sus radios se fundieron en luminosas barras que retrocedieron poco a poco en la distancia, girando en sus ejes al hacerlo. Luego se escindieron en pares, y las series de líneas resultantes empezaron a oscilar a través unas de otras, cambiando lentamente sus ángulos de intersección. Fantásticos y volanderos diseños geométricos flamearon y se apagaron al enredarse y desenredarse las resplandecientes mallas; y los monos humanoides siguieron con la mirada fija, hipnotizados cautivos del radiante cristal.
Jamás hubiesen imaginado que estaban siendo sondeadas sus mentes, estudiadas sus reacciones y evaluados sus potenciales. Al principio, la tribu entera permaneció semiagazapada, en inmóvil cuadro, como petrificada. Luego el mono humanoide más próximo a la losa volvió de súbito a la vida.
No varió su posición, pero su cuerpo perdió su rigidez, semejante a la del trance hipnótico, y se animó como si fuese un muñeco controlado por invisibles hilos. Giró la cabeza a este y al otro lado; la boca se cerró y abrió silenciosamente; las manos se cerraron y abrieron. Luego se inclinó, arrancó una larga brizna de hierba e intentó anudarla, con torpes dedos.
Parecía un poseído, pugnando contra algún espíritu o demonio que se hubiese apoderado de su cuerpo. Jadeaba intentando respirar, y sus ojos estaban llenos de terror mientras quería obligar a sus dedos a hacer movimientos más complicados que cualquier otro que hubiese intentado antes.
A pesar de todos sus esfuerzos, únicamente logró hacer pedazos el tallo. Y mientras los fragmentos caían al suelo, le abandonó la influencia dominante y volvió a quedarse inmóvil, como petrificado.
Otro mono humanoide surgió a la vida y procedió a la misma ejecución. Era este un ejemplar más joven y, por tanto más adaptable, que logró hacer lo que el más viejo había fallado. En el planeta Tierra, había sido enlazado el primer tosco nudo…
Otros hicieron cosas más extrañas y todavía más anodinas. Algunos extendieron sus brazos en toda su longitud e intentaron tocarse las yemas de los dedos… primero con ambos ojos abiertos, y luego con uno cerrado. Algunos tuvieron que fijar la vista en las formas trazadas en el cristal, que se fueron dividiendo cada vez más finamente hasta fundirse en un borrón gris. Y todos oyeron sonidos aislados y puros, de variado tono, que enseguida descendieron por debajo del nivel del oído.
Al llegar la vez a Moon-Watcher, sintió muy poco temor. Su principal sensación era la de un sordo resentimiento, al contraerse sus músculos y moverse sus miembros obedeciendo órdenes que no eran completamente suyas.
Sin saber por qué, se inclinó y cogió una piedrecita. Al incorporarse, vio que había una nueva imagen en la losa de cristal.
Las formas danzantes habían desaparecido, dejando en su lugar una serie de círculos concéntricos que rodeaban un intenso disco negro.
Obedeciendo las silenciosas órdenes que oía en su cerebro, arrojó la piedra con torpe impulso de volea, fallando el blanco por bastantes centímetros.
«Inténtalo de nuevo», dijo la orden. Buscó en derredor hasta hallar otro guijarro. Y esta vez su lanzamiento dio en la losa, produciendo un sonido como de campana. Sin embargo todavía era muy deficiente su puntería, aunque había sin duda mejorado.
Al cuarto intento, el impacto dio solo a milímetros del blanco. Una sensación de indescriptible placer, casi sexual en su intensidad, inundó su mente. Luego se aflojó el control, y ya no sintió ningún impulso para hacer nada, excepto quedarse esperando.
Uno a uno, cada miembro de la tribu fue brevemente poseído. Algunos tuvieron éxito, pero la mayoría fallaron en las tareas que se les habían impuesto, y todos fueron recompensados en consecuencia, con espasmos de placer o de dolor.
Ahora había solo un fulgor uniforme y sin rasgos en la gran losa, por lo que se asemejaba a un bloque de luz superpuesto en la circundante oscuridad. Como si despertasen de un sueño, los monos humanoides menearon sus cabezas y comenzaron luego a moverse por la vereda en dirección a sus cobijos. No miraron hacia atrás, ni se maravillaron ante la extraña luz que estaba guiándoles a sus hogares… y a un futuro desconocido hasta para las estrellas.
I. NOCHE PRIMITIVA
3
ACADEMIA
Moon-Watcher y sus compañeros no conservaban recuerdo alguno de lo que habían visto, después de que el cristal cesara de proyectar su hipnótico ensalmo en sus mentes y de experimentar con sus cuerpos. Al día siguiente, cuando salieron a forrajear, pasaron ante la losa sin apenas dedicarle un pensamiento; ella formaba ahora parte del desechado fondo de sus vidas. No podían comerla, ni tampoco ella a ellos; por lo tanto, no era importante.
Abajo, en el río, los Otros profirieron sus habituales amenazas ineficaces. Su jefe, un mono humanoide con solo una oreja y de la corpulencia y edad de Moon-Watcher, aunque en peor condición, hasta se permitió dar una breve carrera en dirección al territorio de la tribu, gritando y agitando los brazos en un intento de amedrentar a la oposición y apuntalar su propio valor. El agua del riachuelo no tenía en ninguna parte una profundidad mayor que treinta y cinco centímetros, pero cuanto más se adentraba en ella Una-Oreja, más inseguro y desdichado se mostraba, hasta que no tardó en detenerse y retroceder luego, con exagerada dignidad, para unirse a sus compañeros.
Por lo demás, no hubo cambio alguno en la rutina normal. La tribu recogió suficiente alimento para sobrevivir otro día, y ninguno murió.
Y aquella noche, la losa de cristal se hallaba aún a la espera, rodeada de su palpitante aura de luz y sonido. Sin embargo, el programa que había fraguado era sutilmente diferente.
A algunos de los monos humanoides los ignoró por completo, como si se estuviese concentrando en los sujetos más prometedores. Uno de estos fue Moon-Watcher; de nuevo sintió él serpear inquisidores zarcillos por inusitados lugares ocultos de su cerebro. Y entonces comenzó a ver visiones.
Podían haber estado dentro del bloque de cristal; podían haberse hallado del todo en el interior de su mente. En todo caso, para Moon-Watcher eran absolutamente reales. Sin embargo, el habitual impulso automático de arrojar de su territorio a los invasores había sido adormecido.
Estaba contemplando a un pacífico grupo familiar, que difería solo en su aspecto de las escenas que él conocía. El macho, la hembra y las dos crías que habían aparecido misteriosamente ante él eran orondos, de piel suave y reluciente… y esta era una condición de vida que Moon-Watcher no había imaginado nunca. De forma inconsciente, se palpó sus sobresalientes costillas; las de aquellas criaturas estaban ocultas por una capa adiposa. De cuando en cuando se desperezaban flojamente, tendidas a pierna suelta a la entrada de una cueva, al parecer en paz con el mundo. De vez en cuando, el gran macho emitía un enorme gruñido de satisfacción.
No hubo allí ninguna otra actividad, y al cabo de cinco minutos se desvaneció de súbito la escena. El cristal no era ya más que una titilante línea en la oscuridad; Moon-Watcher se sacudió como despertándose de un sueño, percatándose bruscamente de dónde se encontraba, y volvió a conducir a la tribu a las cuevas.
No tenía ningún recuerdo consciente de lo que había visto, pero aquella noche, sentado caviloso en la entrada de su cubil, con el oído aguzado a los ruidos del mundo que le rodeaba, sintió las primeras débiles punzadas de una nueva y poderosa emoción. Era una vaga y difusa sensación de envidia… o de insatisfacción con su vida. No tenía la menor idea de su causa, y menos aún de su remedio, pero el descontento había penetrado en su alma, y había dado un pequeño paso hacia la humanidad.
Noche tras noche, se repitió el espectáculo de aquellos cuatro rollizos monos humanoides, hasta convertirse en fuente de fascinada exasperación, que servía para aumentar el hambre eterna y roedora de Moon-Watcher. La evidencia de sus ojos no podía haber producido ese efecto; necesitaba un refuerzo psicológico. Había ahora en la vida de Moon-Watcher lagunas que nunca recordaría, cuando los átomos de su simple cerebro estaban siendo trenzados en nuevos moldes. Si sobrevivía, esos moldes se tornarían eternos, pues su gen se transmitiría entonces a las futuras generaciones.
Era un lento y tedioso proceso, pero el monolito de cristal era paciente. No cabía esperar que ni él, ni sus reproducciones desperdigadas a través de la mitad del globo tuvieran éxito con todas las series de grupos implicados en el experimento. Cien fracasos no importarían, si un simple logro pudiese cambiar el destino de un mundo.
Para cuando llegó la siguiente luna nueva, la tribu había visto un nacimiento y dos muertes: una había sido debida a la inanición; la otra aconteció durante el ritual nocturno, cuando un macho se desplomó de súbito mientras intentaba golpear delicadamente dos piedras. Al punto, el cristal se oscureció. La tribu había quedado liberada del ensalmo, pero el caído no se movió; y por la mañana, desde luego, el cuerpo había desaparecido.
No hubo ejecución la siguiente noche; el cristal se hallaba aún analizando su error. La tribu pasó ante él en la oscuridad, ignorando su presencia por completo. La noche siguiente, estuvo de nuevo dispuesta la función.
Los cuatro rollizos monos humanoides estaban aún allí, y esta vez hacían cosas extraordinarias. Moon-Watcher comenzó a temblar irrefrenablemente; sentía como si fuese a estallarle el cerebro, y deseaba apartar la vista. Pero aquel implacable control mental no aflojaba su presa y se vio forzado a seguir la lección hasta el final, aunque todos sus instintos se sublevaran contra ello.
Aquellos instintos habían servido bien a sus antepasados, en los días de cálidas lluvias y abundante fertilidad, cuando por todas partes había alimentos que recolectar. Pero los tiempos habían cambiado, y la sabiduría heredada del pasado se había convertido en insensatez. Los monos humanoides tenían que adaptarse, o morir… como las grandes bestias que habían desaparecido antes que ellos, y cuyos huesos se hallaban empotrados en los cerros de caliza.
Así, Moon-Watcher observó el monolito de cristal con la mirada fija y sin pestañear, mientras su cerebro permanecía abierto a sus aún inciertas manipulaciones. A menudo sentía náuseas, pero siempre hambre; y de cuando en cuando sus manos se contraían inconscientemente sobre los moldes que habían de determinar su nuevo sistema de vida.
Moon-Watcher se detuvo de pronto, cuando la hilera de cerdos atravesó la senda, olisqueando y gruñendo. Cerdos y monos humanoides se habían ignorado siempre mutuamente, pues no había conflicto alguno de intereses entre ellos. Como la mayoría de los animales que no competían por el mismo alimento, se mantenían tan solo apartados de sus caminos particulares.
Sin embargo, a la sazón Moon-Watcher se quedó contemplándolos, con inseguros movimientos hacia atrás y adelante al sentirse hostigado por impulsos que no podía comprender. De pronto, y como en un sueño, comenzó a buscar en el suelo… no sabría decir qué, aun cuando hubiese tenido la facultad de la palabra. Lo reconoció al verlo.
Era una piedra pesada y puntiaguda, de varios centímetros de largo, y aunque no encajaba a la perfección en su mano, serviría. Al blandirla, aturullado por el repentino aumento de peso, sintió una agradable sensación de poder y autoridad. Y seguidamente comenzó a moverse en dirección al cerdo más próximo.
Era un animal joven y estólido, hasta para la norma de inteligencia de aquella especie. Aunque lo observó con el rabillo del ojo, no lo tomó en serio hasta demasiado tarde. ¿Por qué habrían de sospechar aquellas inofensivas criaturas de cualquier maligno intento? Siguió hozando la hierba hasta que el martillo de piedra de Moon-Watcher le privó de su vaga conciencia. El resto de la manada continuó pastando sin alarmarse, pues el asesinato había sido rápido y silencioso.
Todos los demás monos humanoides del grupo se habían detenido para contemplar la acción, y se agrupaban ahora con admirativo asombro en torno a Moon-Watcher y su víctima. Uno de ellos recogió el arma manchada de sangre y comenzó a aporrear con ella el cerdo muerto. Otros se le unieron en la tarea con toda clase de palos y piedras que pudieron recoger, hasta que su blanco quedó hecho una pulpa sanguinolenta.
Luego sintieron hastío; unos se marcharon, mientras otros permanecieron vacilantes en torno al irreconocible cadáver… pendiente de su decisión el futuro de un mundo. Pasó un tiempo sorprendentemente largo antes de que una de las hembras con crías comenzase a lamer la sangrienta piedra que sostenía en sus manos.
Y todavía pasó mucho más tiempo antes de que Moon-Watcher, a pesar de todo lo que se le había enseñado, comprendiese realmente que no tenía por qué pasar hambre nunca más.
I. NOCHE PRIMITIVA
4
EL LEOPARDO
Los instrumentos que habían planeado emplear eran bastante simples, aunque podían cambiar el mundo y dar su dominio a los monos humanoides. El más primitivo era la piedra manual, que multiplicaba muchas veces la potencia de un golpe. Había luego el mazo de hueso, que aumentaba el alcance y procuraba un amortiguador contra las garras o zarpas de bestias hambrientas. Con estas armas, estaba a su disposición el ilimitado alimento que erraba por las sabanas.
Pero necesitaban otras ayudas, pues sus dientes y uñas no podían desmembrar con presteza a ningún animal más grande que un conejo. Por fortuna, la Naturaleza había dispuesto de instrumentos perfectos, que solo requerían ser recogidos.
En primer lugar había un tosco pero muy eficaz cuchillo o sierra, de un modelo que serviría muy bien para los siguientes tres millones de años. Era simplemente la quijada inferior de un antílope, con los dientes aún en su lugar; no sufriría ninguna mejora sustancial hasta la llegada del acero. Había también un punzón o daga bajo la forma de un cuerno de gacela, y por último un raspador compuesto por la quijada completa de casi cualquier animal pequeño.
El mazo de piedra, la sierra dentada, la daga de cuerno y el raspador de hueso… tales eran las maravillosas invenciones que los monos humanoides necesitaban para sobrevivir. No tardarían en reconocerlos como los símbolos de poder que eran, pero muchos meses habían de pasar antes de que sus torpes dedos adquiriesen la habilidad —o la voluntad— para usarlos.
Quizá, andando el tiempo, habrían llegado por su propio esfuerzo a la terrible y brillante idea de emplear armas naturales como instrumentos artificiales. Pero los viejos estaban todos contra ellos, y aún ahora había innúmeras oportunidades de fracaso en las edades por venir.
Se había dado a los monos humanoides su primera oportunidad. No habría una segunda; el futuro se hallaba en sus propias manos.
Crecieron y menguaron lunas; nacieron criaturas y a veces vivieron; débiles y desdentados viejos de treinta años murieron; el leopardo cobró su impuesto en la noche; los Otros amenazaron cotidianamente a través del río… y la tribu prosperó. En el curso de un solo año, Moon-Watcher y sus compañeros cambiaron casi hasta el punto de resultar irreconocibles.
Habían aprendido bien sus lecciones; ahora podían manejar todos los instrumentos que les habían sido revelados. El mismo recuerdo del hambre se estaba borrando de sus mentes; y aunque los cerdos se estaban tornando recelosos, había gacelas y antílopes y cebras en incontables millares en los llanos. Todos estos animales, y otros, habían pasado a ser presa de los aprendices de cazador.
Al no estar ya semiembotados por la inanición, disponían de tiempo para el ocio y para los primeros rudimentos de pensamiento. Su nuevo sistema de vida era ya aceptado despreocupadamente, y no lo asociaban en modo alguno con el monolito que seguía alzado junto a la senda del río. Si alguna vez se hubiesen detenido a considerar la cuestión, se hubiesen jactado de haber creado con su propio esfuerzo sus mejores condiciones de vida actuales; de hecho, habían olvidado ya cualquier otro modo de existencia.
Pero ninguna Utopía es perfecta, y esta presentaba dos defectos. El primero era el leopardo merodeador, cuya pasión por los monos humanoides parecía haber aumentado mucho, al estar estos mejor alimentados. El segundo consistía en la tribu del otro lado del río; pues, como fuese, los Otros habían sobrevivido, negándose tercamente a morir de inanición.
El problema del leopardo fue resuelto en parte por casualidad, y en parte debido a un serio —en verdad— y casi fatal error cometido por Moon-Watcher. Sin embargo, por entonces le había parecido su idea tan brillante que hasta había bailado de alegría, y quizá apenas podía censurársele por no prever las consecuencias.
La tribu experimentó aún ocasionales días malos, si bien no amenazaran ya su propia supervivencia. Un día, hacia el anochecer, no había cobrado ninguna pieza; las cuevas hogareñas estaban ya a la vista, cuando Moon-Watcher conducía a sus cansados y mohínos compañeros a recogerse en ellas. Y de pronto, en el mismo umbral, toparon con uno de los raros regalos de la Naturaleza.
Un antílope adulto yacía junto a la vereda. Tenía rota una pata delantera, pero el animal conservaba aún mucha de su fuerza combativa, y los chacales merodeadores se mantenían a respetuosa distancia de los cuernos afilados como puñales. Podían permitirse esperar; sabían que tenían solo que armarse de paciencia.
Pero habían olvidado la competencia, y se retiraron con coléricos gruñidos a la llegada de los monos humanoides. Estos trazaron también un círculo cauteloso, manteniéndose fuera del alcance de aquellas peligrosas astas, y seguidamente pasaron al ataque con mazos y piedras.
No fue un ataque muy efectivo o coordinado; para cuando la desdichada bestia hubo exhalado su último aliento, la claridad se había casi ido… y los chacales estaban recuperando su valor. Moon-Watcher, dividido entre el miedo y el hambre, poco a poco se dio cuenta de que todo aquel esfuerzo podía haber sido vano; era demasiado peligroso quedarse allí por más tiempo.
Pero de pronto, y no por primera o última vez, demostró ser un genio. Con inmenso esfuerzo de imaginación, se representó al antílope muerto… en la seguridad de su propia cueva. Y al punto comenzó a arrastrarlo hacia la cara del risco; los demás comprendieron sus intenciones y comenzaron a ayudarle.
De haber sabido él lo difícil que resultaría la tarea, no lo habría intentado. Solo su gran fuerza, y la agilidad heredada de sus arbóreos antepasados, le permitió subir el cuerpo muerto por el empinado declive. Varias veces, y llorando de frustración, abandonó casi su presa, pero le siguió impulsando una obstinación casi tan profundamente arraigada como su hambre. A veces le ayudaban los demás, y a veces le estorbaban, aunque más bien se limitaban a seguirlo. Al final lo logró: el baqueteado antílope fue arrastrado al borde de la cueva cuando los últimos resplandores de la luz del sol se borraban en el firmamento; y el festín comenzó.
Horas después, ahíto más que harto, se despertó Moon-Watcher. Y sin saber por qué, se incorporó hasta quedar sentado en la oscuridad entre los desparramados cuerpos de sus igualmente ahítos compañeros, y tendió su oído a la noche.
No se oía sonido alguno, excepto el pesado respirar en derredor suyo; el mundo parecía dormido. Las rocas, más allá de la boca de la cueva, aparecían pálidas como huesos a la brillante luz de la luna, que estaba ya muy alta. Cualquier pensamiento de peligro parecía infinitamente remoto.
De pronto, desde mucha distancia, llegó el sonido de un guijarro al caer. Temeroso, aunque curioso, Moon-Watcher se arrastró hasta el borde de la cueva, y escudriñó la cara del risco.
Lo que vio le dejó tan paralizado por el espanto que durante largos segundos fue incapaz de moverse. A solo siete metros más abajo, dos relucientes ojos dorados tenían clavada la mirada arriba, en su dirección; le tuvieron tan hipnotizado por el pavor que apenas se dio cuenta del flexible y listado cuerpo que, tras ellos, se deslizaba suave y silenciosamente de roca en roca. Nunca había trepado antes tan arriba el leopardo. Había desechado las cuevas más bajas, aun cuando debió de haberse dado buena cuenta de que estaban habitadas. Sin embargo, ahora iba tras otra caza; estaba siguiendo el rastro de sangre, sobre la ladera del risco bañada por la luna.
Segundos después, la noche se hizo espantosa con los chillidos de alarma de los monos humanoides. El leopardo lanzó un rugido de furia, como si se percatara de haber perdido el elemento representado por la sorpresa. Pero no detuvo su avance, pues sabía que no tenía nada que temer.
Alcanzó el borde, y descansó un momento en el exiguo espacio abierto. Por todas partes flotaba el olor a sangre, llenando su cruel y reducida mente con irresistible deseo. Y sin vacilación, penetró silenciosamente en la cueva.
Y con ello cometió su primer error, pues al moverse fuera de la luz de la luna, hasta sus ojos soberbiamente adaptados a la noche quedaban en momentánea desventaja. Los monos humanoides podían verle, recortada en parte su silueta contra la abertura de la cueva, con más claridad de la que podía él verles a ellos. Estaban aterrorizados, pero ya no por completo desamparados.
Gruñendo y moviendo la cola con arrogante confianza, el leopardo avanzó en busca del tierno alimento que ansiaba. De haber hallado su presa en el espacio abierto exterior, no hubiese tenido ningún problema; pero ahora que los monos humanoides estaban atrapados, la desesperación les dio el valor necesario para intentar lo imposible. Y por primera vez, disponían de medios para realizarlo.
El leopardo supo que algo andaba mal al sentir un aturdidor golpe en su cabeza. Disparó su pata delantera, y oyó un chillido angustioso cuando sus garras laceraron carne blanda. Luego sintió un taladrante dolor cuando alguien introdujo algo agudo en sus ijares… una, dos y por tercera vez aún. Giró en redondo y remolineó para alcanzar a las sombras que chillaban y bailaban por todas partes.
De nuevo sintió un violento golpe a través del hocico. Chasqueó los colmillos, asestándolos contra una blanca mancha móvil… si bien solo para roer inútilmente un hueso muerto. Y luego, en una final e increíble indignidad, se sintió tirado y arrastrado por la cola.
Giró de nuevo en redondo, arrojando a su insensatamente osado atormentador contra la pared de la cueva, pero hiciera lo que hiciese no podía eludir la lluvia de golpes que le infligían unas toscas armas manejadas por torpes pero poderosas manos. Sus rugidos pasaron de la gama del dolor a la de la alarma, y de la alarma al franco terror. El implacable cazador era ahora la víctima, y estaba intentando con desesperación batirse en retirada.
Y entonces cometió su segundo error, pues en su sorpresa y espanto había olvidado dónde estaba. O quizá estaba aturdido o cegado por los golpes llovidos en su cabeza; sea como fuere, salió disparado de la cueva.
Se oyó un horrible ulular cuando fue a caer en el vacío. Luego, el batacazo al estrellarse contra una protuberancia de la parte media del risco; después, el único sonido fue el deslizarse de piedras sueltas, que rápidamente se apagó en la noche.
Durante un buen rato, intoxicado por la victoria, Moon-Watcher permaneció danzando y farfullando una jerigonza en la entrada de la cueva. Sentía hasta el fondo de su ser que todo su mundo había cambiado y que él no era ya una impotente víctima de las fuerzas que le rodeaban.
Volvió luego a meterse en la cueva y, por primera vez en su vida, durmió como un leño en ininterrumpido sueño.
Por la mañana, encontraron el cuerpo del leopardo al pie del risco. Hasta muerto, pasó un rato antes de que alguien se atreviese a aproximarse al monstruo vencido; luego se acercaron, empuñando sus cuchillos y sierras.
Fue tarea muy ardua, y aquel día no cazaron.
I. NOCHE PRIMITIVA
5
ENCUENTRO EN EL ALBA
Al conducir a la tribu río abajo a la opaca luz del alba, Moon-Watcher se detuvo vacilante en un paraje familiar para él. Sabía que algo faltaba, pero no podía recordar qué era. No hizo el menor esfuerzo mental para entender el problema, pues esa mañana tenía asuntos más importantes en la mente.
Como el trueno y el rayo y las nubes y los eclipses, el gran bloque de cristal había desaparecido tan misteriosamente como apareciera. Habiéndose desvanecido en el no-existente pasado, no volvió a turbar nunca más los pensamientos de Moon-Watcher.
Nunca sabría qué había sido de él; y ninguno de sus compañeros se sorprendió, al congregarse en derredor suyo en la bruma mañanera, porque había hecho una pausa momentánea en el camino al río.
Desde su ribera del riachuelo, en la jamás violada seguridad de su propio territorio, los Otros vieron primero a Moon-Watcher y a una docena de machos de su tribu destacarse como un friso móvil contra el firmamento del alba. Y al punto comenzaron a chillar su diario reto; pero esta vez no hubo respuesta alguna.
Con la firmeza de un propósito definido —y sobre todo silenciosamente— Moon-Watcher y su banda descendieron la pequeña loma que atalayaba el río; al aproximarse, los Otros se calmaron de súbito. Su rabia ritual se esfumó para ser remplazada por un creciente temor. Se percataban vagamente de que algo había sucedido y de que aquel encuentro era distinto a todos los que habían acontecido antes. Los mazos y los cuchillos de hueso que portaban los componentes del grupo de Moon-Watcher no les alarmaban, pues no comprendían su objeto. Solo sabían que los movimientos de sus rivales estaban ahora imbuidos de determinación y de amenaza.
El grupo se detuvo al borde del agua y por un momento revivió el valor de los Otros, quienes, conducidos por Una-Oreja, reanudaron semianimosamente su canto de batalla. Este duró solo unos segundos, pues una visión terrorífica los dejó mudos.
Moon-Watcher había alzado sus brazos al aire, mostrando la carga que hasta entonces había estado oculta por los hirsutos cuerpos de sus compañeros. Sostenía una gruesa rama, y empalada en ella se encontraba la cabeza sangrienta del leopardo, cuya boca había sido abierta con una estaca, mostrando los grandes y agudos colmillos de fantasmal blancura a los primeros rayos del sol naciente.
La mayoría de los Otros estaban demasiado paralizados por el espanto para moverse, pero algunos iniciaron una lenta retirada a trompicones. Aquel era todo el incentivo que Moon-Watcher necesitaba. Sosteniendo aún el mutilado trofeo sobre su cabeza, empezó a atravesar el riachuelo. Pasados unos momentos de vacilación, sus compañeros chapotearon tras él.
Al llegar a la orilla opuesta, Una-Oreja se mantenía aún en su terreno. Quizá era demasiado valiente o demasiado estúpido para correr; o acaso no podía creer realmente que se estaba cometiendo aquel ultraje. Cobarde o héroe, al fin y al cabo no supuso diferencia alguna cuando el helado rugido de muerte se abatió sobre su roma cabeza.
Chillando de pavor, los Otros se desperdigaron en la maleza; pero volverían, y no tardarían en olvidar a su perdido caudillo.
Durante unos cuantos segundos Moon-Watcher permaneció indeciso ante su nueva víctima, intentando comprender el singular y maravilloso hecho de que el leopardo muerto pudiese matar de nuevo. Ahora era él el amo del mundo, y no sabía muy bien qué hacer a continuación.
Pero ya pensaría en algo.
I. NOCHE PRIMITIVA
6
LA ASCENDENCIA DEL HOMBRE
Un nuevo animal se hallaba sobre el planeta, extendiéndose lentamente desde el corazón del África. Era aún tan raro que un premioso censo lo habría omitido, entre los prolíficos miles de millones de criaturas que vagaban por tierra y por mar. Hasta el momento, no había evidencia alguna de que pudiera prosperar, o hasta sobrevivir; había habido en este mundo tantas bestias más poderosas que desaparecieron, que su destino pendía aún en la balanza.
En los cien mil años transcurridos desde que los cristales descendieron en África, los monos humanoides no habían inventado nada. Pero habían comenzado a cambiar, y habían desarrollado actividades que no eran propias de ningún otro animal. Sus porras de hueso habían aumentado su alcance y multiplicado su fuerza; ya no se encontraban indefensos contra las bestias de presa competidoras. Podían apartar de sus propias matanzas a los carnívoros menores; en cuanto a los grandes, cuando menos podían disuadirlos, y a veces amedrentarlos, poniéndolos en fuga.
Sus macizos dientes se estaban haciendo más pequeños, pues ya no les eran esenciales. Las piedras de afiladas aristas que podían ser usadas para arrancar raíces, o para cortar y aserrar carne o fibra, habían comenzado a remplazarlos, con inconmensurables consecuencias. Los monos humanoides no se hallaban ya enfrentados a la inanición cuando se les pudrían o gastaban los dientes; hasta los instrumentos más toscos podían añadir varios años a sus vidas. Y a medida que disminuían sus colmillos y dientes, comenzó a variar la forma de su cara; retrocedió su hocico, se hizo más delicada la prominente mandíbula, y la boca se tornó capaz de emitir sonidos más refinados. El habla se encontraba aún a una distancia de un millón de años, pero se habían dado los primeros pasos hacia ella.
Y entonces comenzó a cambiar el mundo. En cuatro grandes oleadas, con doscientos mil años entre sus crestas, barrieron el globo las Eras Glaciales, dejando su huella por todas partes. Más allá de los trópicos, los glaciares dieron buena cuenta de quienes habían abandonado prematuramente su hogar ancestral, y aniquilaron también a las criaturas que no podían adaptarse.
Una vez pasado el hielo, también se fue con él mucha de la vida primitiva del planeta… incluyendo a los monos humanoides. Pero a diferencia de muchos otros, ellos habían dejado descendientes; no se habían simplemente extinguido… sino que habían sido transformados. Los constructores de instrumentos habían sido remodelados por sus propias herramientas.
Pues con el uso de los garrotes y pedernales, sus manos habían desarrollado una destreza que no se hallaba en ninguna otra parte del reino animal y que les permitía hacer aún mejores instrumentos, los cuales a su vez habían desarrollado todavía más sus miembros y cerebros. Era un proceso acelerador, acumulativo; y en su extremo estaba el hombre.
El primer hombre verdadero tenía herramientas y armas solo un poco mejores que las de sus antepasados de un millón de siglos atrás, pero podían usarlas con mucha más habilidad. Y en algún momento de los oscuros milenios pasados, habían inventado el instrumento más especial de todos, aun cuando no pudiera ser visto ni tocado. Habían aprendido a hablar, logrando así su primera gran victoria sobre el Tiempo. Ahora, el conocimiento de una generación podía ser transmitido a la siguiente, de forma que cada época podía beneficiarse de las que la habían precedido.
A diferencia de los animales, que conocían solo el presente, el hombre había adquirido un pasado, y estaba comenzando a andar a tientas hacia un futuro.
Estaba también aprendiendo a sojuzgar a las fuerzas de la Naturaleza; con el dominio del fuego, había colocado los cimientos de la tecnología y dejado muy atrás sus orígenes animales. La piedra dio paso al bronce, y luego al hierro. La caza fue sucedida por la agricultura. La tribu crecía en la aldea, y esta se transformaba en ciudad. El habla se hizo eterna, gracias a ciertas marcas en piedra, en arcilla y en papiro. Luego inventó la filosofía y la religión. Y pobló el cielo, no del todo inexactamente, con dioses.
A medida que su cuerpo se tornaba cada vez más indefenso, sus medios ofensivos se hicieron cada vez más terribles. Con piedra, bronce, hierro y acero había recorrido la gama de cuanto podía atravesar y despedazar, y en tiempos muy tempranos había aprendido cómo derribar a distancia a sus víctimas. La lanza, el arco, el fusil y el cañón y finalmente el proyectil guiado le habían procurado armas de infinito alcance y casi infinita potencia.
Sin esas armas, que sin embargo había empleado a menudo contra sí mismo, el hombre no habría conquistado nunca su mundo. En ellas había puesto su corazón y su alma, y durante eras le habían servido muy bien.
Sin embargo ahora, mientras existían, estaba viviendo con el tiempo prestado.
II. TMA-1
7
VUELO ESPECIAL
No importaba cuántas veces dejara uno la Tierra —se dijo el doctor Heywood Floyd—, la excitación no se paliaba realmente nunca. Había estado una vez en Marte, tres en la Luna, y más de las que podía recordar en las varias estaciones espaciales. Sin embargo, al aproximarse el momento del despegue, tenía conciencia de una creciente tensión, una sensación de sorpresa y temor —sí, y de nerviosismo— que le situaba al mismo nivel que cualquier bobalicón terrestre a punto de recibir su primer bautismo del espacio.
El reactor que le había trasladado allí desde Washington, tras aquella entrevista con el presidente, estaba ahora descendiendo hacia uno de los más familiares y sin embargo más emocionantes paisajes de todo el mundo. Allí se hallaban instaladas las primeras dos generaciones de la Era Espacial, ocupando treinta kilómetros de la costa de Florida. Al sur, perfiladas por parpadeantes luces rojas de prevención, se encontraban las gigantescas plataformas de los Saturnos y Neptunos que habían colocado a los hombres en el camino de los planetas, y habían pasado ya a la historia. Cerca del horizonte, una rutilante torre de plata bañada por la luz de los proyectores era el último de los Saturno V, durante casi veinte años monumento nacional y lugar de peregrinaje. No muy lejos, atalayante contra el firmamento como una montaña artificial, se alzaba la increíble mole del edificio de la Asamblea Vertical, todavía la estructura simple mayor de la Tierra.
Pero estas cosas pertenecían ya al pasado, y él estaba volando hacia el futuro. Al inclinarse el aparato al virar, el doctor Floyd pudo ver bajo él una laberíntica masa de edificios, luego una gran pista de aterrizaje y después unos amplios chirlos rectos a través del llano paisaje de Florida… los múltiples rieles de una gigantesca pista de lanzamiento. Y al final, rodeada por vehículos y grúas, se hallaba una nave espacial destellando en un torrente de luz; estaba siendo preparada para su salto a las estrellas. Por una súbita falta de perspectiva, producida por los rápidos cambios de velocidad y altura, a Floyd le pareció estar viendo abajo a una pequeña polilla de plata, atrapada en el haz de un proyector.
Luego las diminutas y escurridizas figuras del suelo le hicieron darse cuenta del tamaño real de la astronave; debía de tener setenta metros a través de la estrecha V de sus alas. Y ese enorme vehículo —se dijo Floyd con cierta incredulidad, aunque también con cierto orgullo— me está esperando a mí. Por lo que sabía, era la primera vez que se había dispuesto una misión entera para llevar a un solo hombre a la Luna.
Aunque eran las dos de la madrugada, un grupo de periodistas y fotógrafos le interceptó el camino a la nave espacial Orion III bañada por la luz de los proyectores. Conocía de vista a algunos de ellos, pues como presidente del Consejo Nacional de Astronáutica, formaban parte de su vida las conferencias de prensa. No era ahora el momento ni el lugar para celebrar una de ellas, y no tenía nada que decir; pero era importante no ofender a los caballeros de los medios informativos.
—¿Doctor Floyd? Soy Jim Forster, de la Associated News. ¿Podría decirnos unas pocas palabras sobre este viaje suyo?
—Lo siento. No puedo decir nada.
—Pero usted se entrevistó con el presidente esta misma noche, ¿no es cierto? —preguntó una voz familiar.
—Ah… hola, Mike. Me temo que le han sacado de la cama para nada. Decididamente, no hay nada que manifestar.
—¿No puede usted cuando menos confirmar o denegar que ha estallado en la Luna alguna especie de epidemia? —preguntó un reportero de la televisión, apañándoselas para mantener debidamente enmarcado a Floyd en su cámara-miniatura de televisión.
—Lo siento —respondió Floyd, meneando la cabeza.
—¿Qué hay sobre la cuarentena? —preguntó otro reportero—. ¿Por cuánto tiempo se mantendrá?
—Tampoco hay nada que manifestar al respecto.
—Doctor Floyd —solicitó una bajita y decidida dama de la prensa—, ¿qué posible justificación puede haber para ese total cese de noticias de la Luna? ¿Tiene algo que ver con la situación política?
—¿Qué situación política? —preguntó Floyd secamente.
Hubo un estallido de risas, y alguien dijo: «¡Buen viaje, doctor!», cuando se encaminaba hacia la plataforma del ascensor.
Por lo que podía recordar, la cuestión era la de una «situación» tanto como de una crisis permanente. Desde 1970, el mundo había estado dominado por dos problemas que, irónicamente, tendían a anularse entre sí.
Aunque el control de natalidad era barato, de fiar y estaba avalado por las principales religiones, había llegado demasiado tarde; la población mundial había alcanzado ya la cifra de seis mil millones… el tercio de ellos en China. En algunas sociedades autoritarias hasta habían sido decretadas leyes limitando la familia a dos hijos, pero se había mostrado impracticable su cumplimiento. Como resultado de todo ello, la alimentación era escasa en todos los países; hasta Estados Unidos tenía días sin carne, y se predecía una carestía extendida para dentro de quince años, a pesar de los heroicos esfuerzos para explotar los mares y desarrollar alimentos sintéticos.
Con la necesidad, más urgente que nunca, de una cooperación internacional, existían aún tantas fronteras como en cualquier época anterior. En un millón de años, la especie humana había perdido poco de sus instintos agresivos; a lo largo de simbólicas líneas visibles solo para los políticos, las treinta y ocho potencias nucleares se vigilaban mutuamente con beligerante ansiedad. Entre ellas, poseían el suficiente megatonelaje como para extirpar la superficie entera de la corteza del planeta. A pesar de que —de forma milagrosa— no se habían empleado en absoluto las armas atómicas, tal situación difícilmente podía durar siempre.
Y ahora, por sus propias e inescrutables razones, los chinos estaban ofreciendo a las naciones más pequeñas una capacidad nuclear completa de cincuenta cabezas de torpedo y sistemas de propulsión. El precio era por debajo de los doscientos millones de dólares, y podían ser establecidos cómodos plazos de pago.
Quizá estaban tratando solo de sacar a flote su hundida economía, trocando en dinero contante y sonante anticuados sistemas de armamento, como habían sugerido algunos observadores. O tal vez habían descubierto métodos bélicos tan avanzados que ya no necesitaban tales juguetes; se había hablado de radiohipnosis desde satélites transmisores, de virus compulsivos y de chantajes por enfermedades sintéticas para las cuales solo ellos poseían el antídoto. Estas encantadoras ideas eran casi seguramente propaganda o pura fantasía, pero no era prudente descartar cualquiera de ellas. Cada vez que Floyd abandonaba la Tierra, se preguntaba si a su regreso la encontraría aún allí.
La educada azafata le saludó cuando entró en la cabina.
—Buenos días, doctor Floyd. Yo soy la señorita Simmons. Le doy a usted la bienvenida a bordo en nombre del capitán Tynes y nuestro copiloto, primer oficial Ballard.
—Gracias —respondió Floyd con una sonrisa, preguntándose por qué se habían de parecer siempre las azafatas a guías-robot de turismo.
—Despegue dentro de cinco minutos —dijo ella, señalando a la vacía cabina de veinte pasajeros—. Puede usted instalarse donde guste, pero el capitán Tynes le recomienda el asiento de la ventana de la izquierda, si desea contemplar las operaciones de desatraque.
—Pues sí —respondió él, moviéndose hacia el asiento preferido.
La azafata revoloteó en derredor suyo durante unos momentos y luego se fue a su cubículo, a popa de la cabina.
Floyd se instaló en su asiento, ajustó el cinturón de seguridad en torno a cintura y hombros, y sujetó su cartera de mano en el asiento adyacente. Momentos después se oyó en el altavoz una voz clara y suave.
—Buenos días —dijo la voz de la señorita Simmons—. Este es el Vuelo Especial Tres, de Kennedy a la Estación Uno del Espacio.
Al parecer, estaba decidida a largar todo el rollo rutinario a su solitario pasajero, y Floyd no pudo suprimir una sonrisa mientras ella continuaba inexorablemente:
—Nuestro tiempo de tránsito será de cincuenta y cinco minutos. La aceleración máxima alcanzará dos g,[1] y estaremos ingrávidos durante treinta minutos. No abandone por favor su asiento hasta que se encienda la señal de seguridad.
Floyd miró por encima de su hombro y dijo «Gracias», al tiempo que vislumbraba una sonrisa un tanto embarazada pero encantadora.
Se recostó en su butaca y se relajó. Calculó que aquel viaje iba a costar a los contribuyentes un poco más de un millón de dólares. De no ser justificado, él perdería su puesto; pero siempre podría volver a la universidad y a sus interrumpidos estudios sobre la formación de los planetas.
—Establecida la cuenta atrás —dijo la voz del capitán en el altavoz, con el suave sonsonete empleado en la cháchara de la RT.
—Despegue en un minuto.
Como siempre, se pareció más a una hora. Floyd se dio buena cuenta, entonces, de las gigantescas fuerzas latentes que le rodeaban, a la espera de ser desatadas. En los tanques de combustible de los dos ingenios espaciales, y en el sistema de almacenaje de energía de la plataforma de lanzamiento, se hallaba encerrada la potencia de una bomba nuclear. Y todo ello sería empleado para trasladarle a él a unos simples trescientos kilómetros de la Tierra.
No se produjo el anticuado conteo a la inversa de CINCOCUATRO-TRES-DOS-UNO-CERO, tan duro para el sistema nervioso humano.
—Lanzamiento en quince segundos. Se sentirá usted más cómodo si comienza a respirar profundamente.
Aquella era buena psicología y buena fisiología. Floyd se sintió bien saturado de oxígeno, y dispuesto a habérselas con cualquier cosa, cuando la plataforma de lanzamiento comenzó a expeler sus mil toneladas de carga útil sobre el Atlántico.
Resultaba difícil decir el momento en que se alzaron de la plataforma y fueron aerotransportados, pero cuando el rugido de los cohetes redobló de súbito su furia, y Floyd sintió que se hundía cada vez más profundamente en los cojines de su butaca, supo que habían entrado en acción los motores del primer cuerpo. Hubiese deseado mirar por la ventanilla, pero hasta el girar la cabeza resultaba un esfuerzo. Sin embargo, no había ninguna incomodidad; en realidad, la presión de la aceleración y el enorme tronar de los motores producía una extraordinaria euforia. Zumbándole los oídos y batiendo la sangre en sus venas, Floyd se sintió más vivo de lo que lo había estado durante años. Era joven de nuevo, y sentía deseos de cantar en voz alta, lo cual podía muy bien hacer, pues nadie podría posiblemente oírle.
Había perdido casi el sentido del tiempo cuando disminuyeron bruscamente la presión y el ruido, y el altavoz de la cabina anunció:
—Preparado para separar el cuerpo inferior. Allá vamos.
Hubo una ligera sacudida; y de pronto Floyd recordó una cita de Leonardo da Vinci, que había visto en una ocasión, expuesta en un despacho de la NASA:
La Gran Ave emprenderá su vuelo
en el lomo de la gran ave, dando
gloria al nido donde naciera.
Bien, la Gran Ave estaba volando ahora, más allá de los sueños de Leonardo, y su agotada compañera aleteaba de nuevo hacia la Tierra. En un arco de dieciséis mil kilómetros, el cuerpo inferior o primera etapa se deslizaría, penetrando en la atmósfera, trocando velocidad por distancia cuando se posara en Kennedy. Y en pocas horas, revisada y provista de combustible, estaría dispuesta de nuevo a elevar a otra compañera hacia el radiante silencio que ella no alcanzaría jamás.
Ahora vamos por nuestros propios medios, pensó Floyd, a más de medio camino de la órbita de aparcamiento. Al producirse de nuevo la aceleración, al dispararse los cohetes del cuerpo superior, el impulso fue mucho más suave; en realidad, no sintió más que gravedad normal. Pero le hubiese sido imposible andar, puesto que «arriba» estaba en línea recta hacia el frente de la cabina. De haber sido lo bastante necio como para abandonar su asiento, se hubiera estrellado al punto contra el tabique trasero.
Aquel efecto resultaba un tanto desconcertante, pues parecía que la nave se alzaba sobre su cola. Para Floyd, que estaba enfrente mismo de la cabina, todas las butacas se le aparecían como sujetas a una pared que descendiese verticalmente debajo de él. Se estaba esforzando por despejar tan desagradable ilusión, cuando el alba estalló al exterior de la nave.
En cuestión de segundos, atravesaron cendales de color carmesí, rosa, oro y azul, hasta la penetrante albura del día. A pesar de que las ventanillas estaban teñidas para reducir el fulgor, los haces de luz solar que barrieron lentamente la cabina dejaron semicegado a Floyd durante varios minutos. Se encontraba en el espacio, pero no había forma de ver las estrellas.
Se protegió los ojos con las manos e intentó fisgar a través de la ventanilla de su costado. Afuera, el ala replegada de la nave destellaba como metal incandescente con los reflejos de la luz solar; alrededor, la oscuridad era absoluta, y aquella oscuridad debía de estar llena de estrellas… pero era imposible verlas.
El peso iba disminuyendo lentamente; los cohetes dejaban de funcionar a medida que la nave se situaba en órbita. El tronar de los motores se atenuó, convirtiéndose en un sordo ronquido, luego en suave siseo, y se redujo finalmente al silencio. De no haber sido por los correajes, Floyd hubiese flotado fuera de su butaca; su estómago sintió como si de todos modos fuese a hacerlo. Esperaba que las píldoras que le habían dado media hora y dieciséis mil kilómetros antes obrarían como estaba especificado. Solo una vez había sufrido el mareo espacial en su carrera, pero ya bastaba con ello, y a menudo hasta resultaba demasiado.
La voz del piloto era firme y confiada al sonar en el altavoz.
—Observe por favor todas las prescripciones G de cero. Vamos a atracar en la Estación Espacial Uno dentro de cuarenta y cinco minutos.
La azafata vino andando por el exiguo pasillo que estaba a la derecha de las próximas butacas. Había un ligero flotamiento en sus pasos, y sus pies se despegaban del suelo difícilmente, como si estuviesen encolados. Ella se mantenía en la brillante banda de alfombrado de velcro que cubría el suelo… y el techo. La alfombra y las suelas de las sandalias estaban cubiertas de miríadas de minúsculas grapillas, que se adherían como ganchos. Este truco de andar en caída libre era inmensamente tranquilizador para los desorientados pasajeros.
—¿Desearía usted un poco de café o de té, doctor Floyd? —preguntó ella con jovial solicitud.
—No, gracias. —Él sonrió. Siempre se sentía como una criatura cuando tenía que chupar de uno de aquellos tubos de plástico.
La azafata estaba aún rondando ansiosamente cerca de él cuando abrió su cartera de mano, disponiéndose a revisar sus papeles.
—Doctor Floyd, ¿puedo hacerle a usted una pregunta?
—Desde luego —respondió él, mirando por encima de sus gafas.
—Mi prometido es geólogo en Tycho —dijo la señorita Simmons, midiendo con cuidado sus palabras—, y no he tenido noticias de él hace ya más de una semana.
—Lo siento; quizá se encuentre fuera de su base, y fuera de contacto.
Ella meneó la cabeza, replicando:
—Él siempre me avisa cuando va a suceder algo así. Y puede usted imaginarse lo preocupada que estoy… con todos esos rumores. ¿Es realmente verdad lo de una epidemia en la Luna?
—Si lo es, no supone ello motivo alguno de alarma. Recuerde cuando hubo una cuarentena en el 98 a causa de aquel virus mutado de la gripe. Mucha gente estuvo enferma… pero nadie murió. Y esto es realmente cuanto puedo decir —concluyó con firmeza.
La señorita Simmons sonrió con amabilidad y se enderezó.
—Bien, gracias de todos modos, doctor. Siento haberle molestado.
—No es molestia, en absoluto —respondió Floyd, galante, aunque no muy sinceramente. Y acto seguido se sumió en sus interminables informes técnicos, en un desesperado último asalto a la habitual revisión.
Pues no tendría tiempo para leer, cuando llegase a la Luna.
II. TMA-1
8
CITA ORBITAL
Media hora después, anunció el piloto:
—Estableceremos contacto dentro de diez minutos. Compruebe por favor el correaje de seguridad de su asiento.
Floyd obedeció, y retiró sus papeles. Era buscarse molestias tratar de leer durante el acto de juegos malabares celestes que tenía lugar durante los últimos quinientos kilómetros; lo mejor era cerrar los ojos y relajarse, mientras el ingenio espacial traqueteaba con breves descargas de energía de los cohetes.
Pocos minutos después tuvo un primer vislumbre de la Estación Espacial Uno, a tan solo unos kilómetros. La luz del Sol destellaba y centelleaba en las bruñidas superficies del disco de trescientos metros de diámetro que giraba lentamente. No lejos, derivando en la misma órbita, se encontraba una replegada nave espacial Tito-V, y junto a ella una casi esférica Aries-IB, el percherón del espacio, con las cuatro recias y rechonchas patas de sus amortiguadores de alunizaje sobresaliendo de un lado.
La nave espacial Orión III estaba descendiendo de una órbita más alta, lo cual presentaba una vista espectacular de la Tierra tras la estación. Desde su altitud de trescientos kilómetros, Floyd podía ver gran parte de África y el océano Atlántico. Había una considerable cobertura de nubes, pero aún podía detectar los perfiles verdiazules de la Costa de Oro.
El eje central de la estación espacial, con sus brazos de atraque extendidos, se hallaba ahora deslizándose suavemente hacia ellos. A diferencia de la estructura de la que brotaba, no estaba girando… o, más bien, estaba moviéndose a la inversa a un compás que contrarrestaba exactamente el propio giro de la estación. Así, una nave espacial visitante podía ser acoplada a ella, para el traslado de personal o cargamento, sin ser remolineada desastrosamente en derredor.
Nave y estación establecieron contacto, con el más suave de los topetazos. Del exterior llegaron ruidos metálicos rechinantes, y luego el breve silbido del aire al igualarse las presiones. Poco después se abrió la puerta de la cámara reguladora de presión y penetró en la cabina un hombre vestido con los ligeros y ceñidos pantalones y la camisa de manga corta, parte del uniforme de la estación espacial.
—Encantado de conocerle, doctor Floyd. Yo soy Nick Miller, de la Seguridad de la Estación; tengo el encargo de velar por usted hasta la partida del correo lunar.
Se estrecharon las manos, y Floyd sonrió luego a la azafata, diciendo:
—Haga el favor de presentar mis cumplidos al capitán Tynes, y agradézcale el excelente viaje. Quizá la vuelva a ver a usted de regreso a casa.
Con la máxima precaución —hacía más de un año desde la última vez que había estado ingrávido y pasaría aún algún tiempo antes de que recuperase su andar espacial— atravesó valiéndose de las manos la cámara reguladora de presión, penetrando en la amplia estancia circular situada en el eje de la estación espacial. Era un recinto espesamente acolchado, con las paredes cubiertas de asideros esconzados; Floyd asió uno de ellos con firmeza, mientras la estancia entera empezaba a girar, hasta acompasarse a la rotación de la estación.
Al aumentar la velocidad, delicados y fantasmales dedos gravitatorios comenzaron a apresarle y a impelerle despacio hacia la pared circular. Ahora estaba meciéndose suavemente, como un alga marina en la marea, en lo que mágicamente se había convertido en un piso combado. Estaba sometido a la fuerza centrífuga del giro de la estación, la cual era débil allí, tan cerca del eje, pero aumentaría a medida que se moviera hacia el exterior.
Desde la cámara central de tránsito siguió a Miller bajando por una escalera en espiral. Al principio era tan liviano su peso que casi tuvo que forzarse a descender, asiéndose a la barandilla. No fue hasta llegar a la antesala de pasajeros, en el caparazón exterior del gran disco giratorio, cuando adquirió peso suficiente como para moverse en derredor casi normalmente.
La antesala había sido redecorada desde su última visita y la habían dotado de algunos servicios nuevos. Junto a las acostumbradas butacas, mesitas, restaurante y estafeta de correos, había ahora una barbería, un drugstore, una sala de cine, y una tienda de recuerdos en la que se vendían fotografías y diapositivas de paisajes lunares y planetarios, y garantizadas piezas auténticas de Luniks, Rangers y Surveyors, todas ellas esmeradamente montadas en plástico y de precios exorbitantes.
—¿Puedo servirle algo mientras esperamos? —preguntó Miller—. Embarcaremos dentro de unos treinta minutos.
—Me iría bien una taza de café cargado, dos terrones, y desearía llamar a Tierra.
—Bien, doctor. Voy a buscar el café… Los teléfonos están allí.
Las pintorescas cabinas telefónicas estaban solo a pocos metros de una barrera con dos entradas rotuladas BIENVENIDO A LA SECCIÓN USA y BIENVENIDO A LA SECCIÓN SOVIÉTICA. Bajo estos anuncios había advertencias que decían en inglés, ruso, chino, francés, alemán y español:
Tenga dispuesto por favor su:
Pasaporte
Visado
Certificado médico
Permiso de transporte
Declaración de peso
Resultaba de un simbolismo más bien divertido el hecho de que tan pronto como los pasajeros atravesaban las barreras, en cualquiera de las dos direcciones, quedaban libres para mezclarse de nuevo. La división era puramente para fines administrativos.
Floyd, tras comprobar que la clave de zona para Estados Unidos seguía siendo 81, marcó las doce cifras del número de su casa, introdujo en la ranura de abono su tarjeta de crédito de plástico, para todo uso, y obtuvo la comunicación en treinta segundos.
Washington dormía aún, pues faltaban varias horas para el alba, pero no molestaría a nadie. Su ama de llaves se informaría del mensaje en el contestador, en cuanto se despertara.
«Señorita Fleming… aquí el señor Floyd. Siento que tuviera que marcharme tan deprisa. Llame por favor a mi oficina y pídales que recojan el coche… Se encuentra en el Aeropuerto Dulles, y la llave la tiene el señor Bailey, oficial de Control de Vuelo. Seguidamente, llame al Chevy Chase Country Club, y comunique a secretaría que no podré participar en el torneo de tenis de la próxima semana. Presente mis excusas… pues temo que contarán conmigo. Llame luego a la Electrónica Dountown y dígales que si no está acondicionado para el miércoles el vídeo de mi estudio… pueden llevárselo.» Hizo una pausa para respirar, y para intentar pensar en otras crisis o problemas que podían presentarse durante los días venideros. «Si anda escasa de dinero, pídalo en la oficina; pueden tener mensajes urgentes para mí, pero yo puedo estar demasiado ocupado para contestar. Besos a los pequeños, y dígales que volveré tan pronto como pueda. Vaya por Dios… aparece aquí alguien a quien no deseo ver… Llamaré desde la Luna si puedo… Adiós.»
Floyd intentó escabullirse de la cabina, pero era demasiado tarde; ya había sido visto. Y dirigiéndose a él, atravesaba la puerta de salida de la Sección Soviética el doctor Dimitri Moisevich, de la Academia de Ciencias de la URSS.
Dimitri era uno de los mejores amigos de Floyd; y por esa misma razón, era la última persona con quien deseaba hablar en aquel momento.
II. TMA-1
9
EL CORREO DE LA LUNA
El astrónomo ruso era alto, delgado y rubio, y su enjuto rostro denotaba sus cincuenta y cinco años… Los diez últimos los había pasado construyendo gigantescos observatorios de radio en lejanos lugares de la Luna, donde tres mil kilómetros de sólida roca los protegerían de la intromisión electrónica de la Tierra.
— ¡Vaya, Heywood! —dijo, con un firme apretón de manos—. ¡Qué pequeño es el Universo! ¿Cómo está usted… y sus encantadores pequeños?
—Magníficamente —respondió Floyd con afecto, pero con un ligero aire distraído—. A menudo hablamos de lo estupendo que lo pasamos con usted el verano pasado. —Sentía no poder parecer más sincero; realmente, había disfrutado una semana de vacaciones en Odesa con Dimitri durante una de las visitas del ruso a la Tierra.
—¿Y usted…? Supongo que va hacia arriba —dijo Dimitri.
—Eh… sí… volaré dentro de media hora —respondió Floyd—. ¿Conoce usted al señor Miller?
El oficial de Seguridad se había aproximado ahora, permaneciendo a respetuosa distancia con una taza de plástico con café en la mano.
—Desde luego. Pero por favor deje eso, señor Miller. Esta es la última oportunidad del doctor Floyd de tomar una bebida civilizada… no ha de desperdiciarla. No… insisto.
Siguieron a Dimitri de la antesala principal a la sección de observación, y pronto estuvieron sentados a una mesa bajo una tenue luz contemplando el móvil panorama de las estrellas. La Estación Espacial Uno giraba una vez cada minuto, y la fuerza centrífuga generada por esa lenta rotación producía una gravedad artificial igual a la de la Luna. Se había descubierto que esto era una buena compensación entre la gravedad de la Tierra y la absoluta falta de gravedad; además, proporcionaba a los pasajeros con destino a la Luna la ocasión de aclimatarse.
Al exterior de las casi invisibles ventanas, discurrían en silenciosa procesión la Tierra y las estrellas. En aquel momento, esa parte de la estación estaba ladeada con relación al Sol; de lo contrario, habría sido imposible mirar afuera, pues la estancia hubiese estado inundada de luz. Aun así, el resplandor de la Tierra, que llenaba medio firmamento, lo apagaba todo, excepto las más brillantes estrellas.
Pero la Tierra se estaba desvaneciendo a medida que la estación orbitaba hacia la parte nocturna del planeta; dentro de pocos minutos solo habría un enorme disco negro tachonado por las luces de las ciudades. Y entonces el firmamento pertenecería a las estrellas.
—Y ahora —dijo Dimitri, tras haberse echado rápidamente al coleto su primer vaso y rellenarlo después—, ¿qué es todo eso sobre una epidemia en el Sector USA? Quise ir allá en este viaje y me dijeron: «No, profesor. Lo sentimos mucho, pero hay una estricta cuarentena hasta nuevo aviso». Toqué las teclas que pude, pero fue inútil. Ahora, usted va a decirme lo que está sucediendo.
Floyd rezongó interiormente. ¡Ya estamos otra vez!, pensó. Cuanto más pronto me encuentre a bordo de ese correo, rumbo a la Luna, tanto más feliz me sentiré.
—La… ah… cuarentena es una pura y simple medida de precaución —dijo cautelosamente—. Ni siquiera estamos seguros de que sea realmente necesaria, pero no queremos arriesgarnos.
—Pero ¿cuál es la dolencia… cuáles son los síntomas? ¿Podría ser extraterrestre? ¿Necesita usted alguna ayuda de nuestros servicios médicos?
—Lo siento, Dimitri… se nos ha pedido que no digamos nada por el momento. Gracias por el ofrecimiento, pero podemos manejar la situación.
—Hum… —hizo Moisevich, evidentemente nada convencido—. A mí me parece extraño que le envíen a usted, un astrónomo, a examinar una epidemia en la Luna.
—Solo soy un exastrónomo; hace ya años que no he hecho una investigación verdadera. Ahora soy un científico experto; lo cual significa que no sé nada sobre absolutamente todo.
—¿Conocerá usted entonces lo que significa TMA-1?
Miller estuvo a punto de atragantarse con su bebida, pero Floyd era de una pasta más dura. Miró fijamente a los ojos a su antiguo amigo, y dijo sosegadamente:
—¿TMA-1? ¡Vaya expresión! ¿Dónde la oyó usted?
—No importa. Usted no puede engañarme. Pero si topa usted con algo que no pueda manejar, confío en que no esperará a que sea demasiado tarde para pedir ayuda.
Miller miró significativamente su reloj.
—Debe embarcar dentro de cinco minutos, doctor Floyd. Me parece que será mejor que nos movamos.
Aunque sabía que todavía disponían de sus buenos veinte minutos, Floyd se apresuró a levantarse. Demasiado rápido, pues había olvidado el sexto de gravedad. Tuvo que asirse a la mesa; haciéndolo a tiempo evitaba dar un bote hacia arriba.
—Ha sido magnífico el encontrarle a usted, Dimitri —dijo, no muy sinceramente—. Espero que tenga un buen viaje a la Tierra… Le haré una llamada en cuanto regrese.
Al abandonar la estancia y atravesar la barrera USA de tránsito, Floyd observó:
—Uf… La cosa estaba que ardía. Gracias por haberme rescatado.
—Mire, doctor —dijo el oficial de Seguridad—, espero que no tenga razón.
—¿Razón sobre qué?
—Sobre toparnos con algo que no podamos manejar.
—Eso —respondió Floyd con determinación— es lo que yo intento descubrir.
Cuarenta y cinco minutos después, el Aries-1B lunar partió de la estación. No se produjo nada de la potencia y furia de un despegue de la Tierra… solo un casi inaudible y lejano silbido cuando los eyectores de plasma de bajo impulso lanzaron sus ráfagas electrificadas al espacio. El suave empellón duró más de cincuenta minutos, y la queda aceleración no hubiese impedido a nadie el moverse por la cabina. Pero una vez cumplida, la nave no estaba ya ligada a la Tierra, como lo estuviera mientras acompañaba aún a la estación. Había roto los lazos de la gravedad y ahora era un planeta libre e independiente, contorneando el Sol en órbita propia.
La cabina que tenía ahora Floyd a su entera disposición había sido diseñada para treinta pasajeros. Resultaba raro, y producía más bien una sensación de soledad, el ver todas las butacas vacías, y ser atendido por entero por el camarero y la azafata… por no mencionar al piloto, copiloto y dos mecánicos. Dudaba que ningún hombre en la historia hubiese recibido servicio tan exclusivo, y era sumamente improbable que sucediera en el futuro. Recordó la cínica observación de uno de los menos honorables pontífices: «Ahora que tenemos el papado, disfrutemos de él». Bien, él disfrutaría de ese viaje, y de la euforia de la ingravidez. Con la pérdida de gravedad había descartado, cuando menos por algún tiempo, la mayoría de sus preocupaciones. Alguien había dicho una vez que uno podía sentirse aterrorizado en el espacio, pero no molestado. Lo cual era perfectamente verdad.
El camarero y la azafata estaban al parecer empeñados en hacerle comer durante las veinticuatro horas del viaje, pues se veía rechazando constantemente platos no pedidos. El comer con gravedad cero no constituía ningún problema real, contrariamente a los sombríos augurios de los primeros astronautas. Estaba sentado ante una mesa corriente, a la cual se sujetaban fuentes y platos, como a bordo de un buque con mar gruesa. Todos los cubiertos tenían algo de pegajoso, por lo que no se desprendían ni acababan rodando por la cabina. Así, un filete estaba adherido al plato mediante una salsa espesa, y una ensalada, con aderezo adhesivo. Había pocos artículos que no pudiesen ser tomados con un poco de habilidad y cuidado; las únicas cosas descartadas eran las sopas calientes y las pastas excesivamente quebradizas o desmenuzables. Las bebidas eran, desde luego, cuestión muy diferente: todos los líquidos habían de tomarse simplemente apretando tubos de plástico.
Una generación entera de investigación efectuada por heroicos pero no cantados voluntarios se había empleado en el diseño del lavabo, el cual estaba ahora considerado como más o menos a prueba de imprudencias. Floyd lo investigó poco después del comienzo de la caída libre. Se encontró en un pequeño cubículo dotado de todos los dispositivos de un lavabo corriente de líneas aéreas, pero iluminado con una luz roja muy cruda y desagradable para los ojos. Un rótulo impreso en prominentes letras anunciaba: ¡MUY IMPORTANTE! PARA SU COMODIDAD, HAGA EL FAVOR DE LEER CUIDADOSAMENTE ESTAS INSTRUCCIONES.
Floyd se sentó (uno tendía aún a hacerlo, hasta ingrávido) y leyó varias veces las instrucciones. Y al asegurarse de que no había habido modificación alguna desde su último viaje, oprimió el botón de ARRANQUE.
Al alcance de la mano, comenzó a zumbar un motor eléctrico, y Floyd se sintió moviéndose. Cerró los ojos y esperó, tal como aconsejaban las instrucciones. Al cabo de un minuto, sonó suavemente una campanilla y miró en derredor. La luz había cambiado ahora a un sedante rosa blanquecino, y lo que era más importante: se encontraba de nuevo sometido a la gravedad. Solo la tenuísima vibración le reveló que era una gravedad falsa, causada por el giro de tiovivo de todo el compartimento de aseo. Floyd tomó una jabonera, y la contempló al caer con movimiento retardado; calculó que la fuerza centrífuga era aproximadamente un cuarto de la gravedad normal, pero era ya bastante; garantizaba que todo se movía en la dirección debida, en un lugar donde eso era lo que más importaba.
Oprimió el botón de PARADA PARA SALIR y volvió a cerrar los ojos. El peso disminuyó lentamente al cesar la rotación, la campanilla dio un doble tañido y volvió a encenderse la luz roja de precaución. Después se entornó la puerta lo justo para permitirle deslizarse fuera a la cabina, donde se adhirió tan rápidamente como le fue posible a la alfombra. Hacía tiempo que había agotado la novedad de la ingravidez, y agradecía a los deslizadores Velcro que le permitiesen andar casi con normalidad.
Tenía mucho en qué ocupar su tiempo, aun cuando no hiciese más que sentarse y leer. Cuando se aburriese de los informes y memorandos y minutas oficiales, conmutaría la clavija de su bloque de noticias hasta ponerla en el circuito de información de la nave y pasaría revista a las últimas noticias de la Tierra. Uno a uno conjuraría a los principales periódicos electrónicos del mundo; conocía de memoria las claves de los más importantes, y no tenía necesidad de consultar la lista que estaba al reverso de su bloque. Conectando con la unidad memorizadora de reducción, tendría la primera página, ojearía rápidamente los encabezamientos y anotaría los artículos que le interesaban. Cada uno de ellos tenía su referencia de teclado, y al pasarlo, el rectángulo del tamaño de un sello de correos se ampliaría hasta llenar por completo la pantalla, permitiéndole así leer con toda comodidad. Una vez acabado, volvería a la página completa y seleccionaría un nuevo tema para su detallado examen.
Floyd se preguntaba a veces si el bloque de noticias, y la fantástica tecnología que tras él había, sería la última palabra en la búsqueda del hombre de perfectas comunicaciones. Ahí se encontraba él, muy lejos en el espacio, alejándose de la Tierra a miles de kilómetros por hora, y sin embargo en unos pocos milisegundos podía ver los titulares de cualquier periódico que deseara. (Verdaderamente que esa palabra, «periódico», resultaba un anacrónico pegote en la era de la electrónica.) El texto era puesto al momento de forma automática cada hora; hasta si se leía solo las versiones inglesas, se podía consumir toda una vida no haciendo otra cosa sino absorber el flujo constantemente cambiante de información de los satélites-noticiarios.
Resulta difícil imaginar cómo podía ser mejorado o hecho más conveniente el sistema. Pero más pronto o más tarde, suponía Floyd, desaparecería para ser remplazado por algo tan inimaginable como pudo haber sido el bloque de noticias para Caxton o Gutenberg.
Había otro pensamiento que a menudo le llevaba a escudriñar aquellos minúsculos encabezamientos electrónicos. Cuanto más maravillosos eran los medios de comunicación, tanto más vulgares, chabacanos o deprimentes parecían ser sus contenidos. Accidentes, crímenes, desastres naturales y causados por la mano del hombre, amenaza de conflicto, sombríos editoriales… tal parecía ser aún la principal importancia de los millones de palabras esparcidas por el éter. Sin embargo, Floyd se preguntaba también si eso era en suma una mala cosa; los periódicos de Utopía, lo había decidido hacía tiempo, serían terriblemente insulsos.
De vez en cuando, el capitán y los demás miembros de la tripulación entraban en la cabina y cambiaban unas cuantas palabras con él. Trataban a su distinguido pasajero con respetuoso temor, y sin duda ardían en curiosidad sobre su misión, pero eran demasiado corteses para hacer cualquier pregunta o hasta para hacer cualquier insinuación.
Solo la encantadora y menudita azafata parecía mostrarse completamente desenvuelta en su presencia. Floyd descubrió enseguida que procedía de Bali, y había llevado más allá de la atmósfera algo de la gracia y el misterio de aquella isla aún no pisada en gran parte. Uno de sus más singulares y encantadores recuerdos de todo el viaje fue la demostración de ella de la gravedad cero mediante algunos movimientos de danza clásica balinesa, con el admirable verdiazul menguante de la Tierra como telón de fondo.
Hubo un período de sueño al apagarse las luces de la cabina y Floyd se sujetó brazos y piernas con las sábanas elásticas que le impedirían ser expelido al espacio. Parecía una tosca instalación… pero en la gravedad cero su litera no almohadillada era más cómoda que los más muelles colchones de la Tierra.
Una vez se hubo sujetado bien, Floyd se adormiló con bastante rapidez, pero se despertó en una ocasión en estado amodorrado y semiconsciente, y se quedó totalmente desconcertado ante el extraño entorno. Durante un momento pensó que se encontraba dentro de una linterna china apenas iluminada; el débil resplandor de los otros cubículos que le rodeaban daba esa impresión. Luego se dijo, con firmeza y fructuosamente: «Vamos, a dormir, muchacho. Este es solo un corriente correo lunar».
Al despertarse, la Luna se había tragado medio firmamento, y estaban a punto de comenzar las maniobras de frenado. El amplio arco de las ventanas encajado en la curvada pared de la sección de pasajeros miraba al cielo abierto, y no al globo cercano, por lo que se trasladó a la cabina de mando. Allí, en las pantallas retrovisoras de televisión, pudo contemplar las últimas fases del descenso.
Las cada vez más próximas montañas lunares eran muy diferentes de las de la Tierra; estaban faltas de las destellantes cimas de nieve, el verde ornamento de la vegetación, las móviles coronas de nubes. Sin embargo, el violento contraste de luz y sombra las confería una belleza propia. Las leyes de la estética terrestre no eran aplicables allí; aquel mundo había sido formado y modelado por fuerzas distintas a las terrestres, operando en eones de tiempo desconocidos a la joven y verdeante Tierra, con sus fugaces Eras Glaciales, sus mares alzándose y hundiéndose rápidamente, y sus cadenas de montañas disolviéndose, como brumas ante el alba. Aquí era la edad inconcebible —pero no muerta, pues la Luna no había vivido nunca— hasta la fecha.
La nave en descenso quedó equilibrada casi sobre la línea divisoria de la noche y el día; directamente debajo de ella había un caos de melladas sombras y brillantes y aislados picos que captaban la primera luz de la lenta alba lunar. Aquel sería un espantoso lugar para intentar posarse, incluso contando con todas las posibles ayudas electrónicas, pero estaban derivando poco a poco, apartándose de él, hacia la parte nocturna de la Luna.
Cuando sus ojos se acostumbraron a la débil iluminación, Floyd vio de pronto que la parte nocturna no estaba totalmente oscura, sino bañada por una luz fantasmal, y que se podían ver claramente picos, valles y llanuras. La Tierra, gigantesca luna para la Luna, inundaba con su resplandor el suelo de abajo.
En el panel del piloto fulguraron luces sobre las pantallas de radar, y aparecieron y desaparecieron números en los señalizadores de las computadoras, registrando la distancia de la cercana Luna. Estaban aún a más de mil quinientos kilómetros cuando volvió el peso al comenzar los propulsores una suave pero constante deceleración. Parecieron transcurrir siglos en que la Luna se expandió lentamente a través del firmamento, el Sol se sumió bajo el horizonte y al final un gigantesco cráter llenó el campo visual. El correo estaba cayendo hacia sus picos centrales… y de súbito Floyd advirtió que, próxima a uno de aquellos picos, destellaba con ritmo regular una brillante luz. Podía ser un faro de aeropuerto enfilado a la Tierra, y quedó con la mirada clavada en él y la garganta contraída. Era la prueba de que los hombres habían establecido otra posición en la Luna.
El cráter se había expandido ya tanto que sus baluartes se estaban deslizando bajo el horizonte, y los pequeños cráteres que salpicaban su interior estaban empezando a revelar su tamaño real. Algunos de ellos, que parecían minúsculos desde la lejanía en el espacio, tenían un diámetro de kilómetros, y podrían haber engullido ciudades enteras.
Sometida a sus controles automáticos, la nave se deslizaba abajo por el firmamento iluminado por las estrellas, hacia aquel estéril paisaje a la luz de la grande y gibosa Tierra. Una voz se elevó ahora de alguna parte, sobre el silbido de los propulsores y los punteos electrónicos que atravesaban la cabina.
—Control Clavius a Especial Catorce; la entrada se realiza con exactitud. Efectúen por favor la comprobación manual del dispositivo de alunizaje, presión hidráulica e inflado de la almohadilla parachoques.
El piloto tocó diversos conmutadores y destellaron unas luces verdes.
—Verificadas todas las comprobaciones manuales. Dispositivo de alunizaje, presión hidráulica, parachoques OK.
—Confirmado —dijeron desde la Luna.
El descenso continuó en silencio. Aunque aún había muchas comunicaciones, todas ellas corrían a cargo de máquinas, que se transmitían mutuamente fulgurantes impulsos binarios a una cadencia miles de veces mayor que aquella con que sus constructores, de pensar lento, podían comunicarse.
Algunos de los picos de las montañas atalayaban ya a la nave; el suelo se hallaba a apenas pocos miles de pies, y la luz del faro era una brillante estrella fulgurando constantemente sobre un grupo de bajos edificios y extraños vehículos. En la fase final del descenso, los propulsores parecían estar tocando alguna singular tonada; sus intermitentes latidos verificaban el último ajuste preciso para el impulso.
De pronto, una remolineante nube de polvo lo ocultó todo, los propulsores lanzaron un último chorro y la nave se meció ligeramente, como un bote de remos acunado por una leve ola. Pasaron varios minutos antes de que Floyd pudiera aceptar realmente el silencio que ahora lo envolvía y la débil gravedad que asía sus miembros.
Había efectuado, sin el menor incidente y en poco más de un día, el increíble viaje con el que habían soñado los hombres durante dos mil años. Tras un vuelo normal, rutinario, había alunizado.
II. TMA-1
10
BASE CLAVIUS
Clavius, de doscientos cuarenta kilómetros de diámetro, es el segundo cráter, por su tamaño, de la cara visible de la Luna, y se encuentra en el centro de las cordilleras del sur. Es muy viejo; eras de vulcanismo y de bombardeo del espacio han cubierto de cicatrices sus paredes y marcado de viruelas su suelo. Pero, durante quinientos mil años desde la última era de formación del cráter, cuando los restos del cinturón de asteroides estaban aún cañoneando los planetas interiores, había conocido la paz.
Ahora había nuevas y extrañas agitaciones en su superficie, y bajo ella, el hombre estaba estableciendo techar su primera cabeza de puente permanente en la Luna. En caso de emergencia, la base Clavius podía bastarse por entero a sí misma. Todas las necesidades de la vida eran producidas por las rocas locales, una vez trituradas, calentadas y sometidas a un proceso químico. Y si uno sabía dónde buscarlos, podían hallarse en el interior de la Luna hidrógeno, oxígeno, carbono, nitrógeno, fósforo… y la mayoría de los demás elementos.
La base era un sistema cerrado, como un modelo a escala reducida de la propia Tierra, que reproducía el ciclo de todos los elementos químicos de la vida. La atmósfera era purificada en un vasto «invernadero», un amplio espacio circular enterrado justamente bajo la superficie lunar. Bajo resplandecientes lámparas por la noche, y con filtrada luz solar de día, crecían hectáreas de vigorosas plantas verdes en una atmósfera cálida y húmeda. Eran mutaciones especiales, destinadas al objeto expreso de saturar el aire de oxígeno y proveer alimentos como subproducto.
Se producían más alimentos mediante sistemas de proceso químico y por el cultivo de algas. Aunque la verde espuma que circulaba a través de metros de tubos de plástico no habría incitado a un gourmet, los bioquímicos podían convertirla en chuletas, que solo un experto podría diferenciar de las verdaderas.
Los mil cien hombres y seiscientas mujeres que componían el personal de la base eran bien formados científicos y técnicos, seleccionados con esmero antes de su partida de la Tierra. Aunque la existencia lunar se encontraba ya virtualmente exenta de las penalidades, desventajas y ocasionales peligros de los primeros días, resultaba aún exigente psicológicamente, y no recomendable para quien sufriera de claustrofobia. Debido a lo costoso que resultaba y al consumo de tiempo que requería el trazar una amplia base subterránea en roca sólida o lava compacta, el normativo «módulo de estancia» para una persona era una habitación de solo dos metros de ancho, por cuatro de largo y tres de alto.
Cada habitación estaba amueblada de manera atractiva y se asemejaba mucho al apartamento de un buen motel, con sofá cama, televisor, un pequeño aparato Hi-Fi y teléfono. Además, mediante un truco de decoración interior, la única pared intacta podía convertirse en un convincente paisaje terrestre pulsando un conmutador. Había una selección de ocho vistas.
Este toque de lujo era típico de la base, aunque resultaba difícil explicar su necesidad a la gente de la Tierra. Cada hombre y mujer de Clavius había costado cien mil dólares en adiestramiento, transporte y alojamiento; merecía la pena un pequeño extra para mantener su sosiego espiritual. No se trataba del arte por el arte, sino del arte en pro de la paz mental.
Una de las atracciones de la vida en la base —y en la Luna en general— era indudablemente la baja gravedad, que producía una sensación de cabal bienestar. Sin embargo, tenía sus peligros, y pasaban varias semanas antes de que un emigrante de la Tierra pudiera adaptarse. En la Luna, el cuerpo humano había de aprender toda una nueva serie de reflejos. Tenía que distinguir, por primera vez, entre masa y peso.
Un hombre que pesara noventa kilos en la Tierra podría sentirse encantado al descubrir que en la Luna su peso era sólo de quince. En tanto se moviera en línea recta y a velocidad uniforme, experimentaba una maravillosa sensación de flotar. Pero en cuanto intentara cambiar de trayectoria, doblar esquinas, o detenerse de golpe… entonces descubría que seguían existiendo sus noventa kilos de masa, o inercia. Pues eso era fijo e inalterable… lo mismo en la Tierra, la Luna, el Sol o en el espacio libre. Por lo tanto, antes de que pudiera uno adaptarse debidamente a la vida lunar, era esencial aprender que todos los objetos eran ahora seis veces más lentos de lo que sugería su mero peso. Era una lección que se llevaba uno a casa a costa de numerosas colisiones y duros porrazos, y las viejas manos lunares se mantenían a distancia de los recién llegados hasta que estuvieran aclimatados.
Con su complejo de talleres, despachos, almacenes, centro computador, generadores, garaje, cocina, laboratorios y planta para el proceso de alimentos, la base Clavius era en sí misma un mundo en miniatura. E irónicamente, muchos de los hábiles e ingeniosos artificios empleados para construir aquel imperio subterráneo fueron desarrollados durante la media centuria de la Guerra Fría.
Cualquiera que hubiese trabajado en un endurecido e insensible emplazamiento de misiles se habría encontrado en Clavius como en su propia casa. Allí, en la Luna, había los mismos artilugios y los mismos ingenios de la vida subterránea, y de protección contra un ambiente hostil, pero habían sido cambiados para el objetivo de la paz. Al cabo de diez mil años, el hombre había hallado al fin algo tan excitante como la guerra.
Por desgracia, no todas las naciones se habían percatado de ese hecho.
Las montañas que habían sido tan prominentes poco antes del alunizaje, habían desaparecido misteriosamente, ocultadas a la vista bajo la acusada curva del horizonte lunar. En torno a la nave espacial había una llanura lisa y gris, brillantemente iluminada por la sesgada luz terrestre. Aunque el firmamento era, desde luego, negro, solo podían ser vistos en él los más brillantes planetas y estrellas, a menos que se protegieran los ojos contra el resplandor de la superficie.
Varios extrañísimos vehículos rodaban en dirección a la nave espacial Aries-1B: grúas, cabrias, camiones de reparación, algunos automáticos y otros manejados por un conductor instalado en una pequeña cabina de presión. La mayoría tenían neumáticos, pues aquella suave y nivelada llanura no planteaba dificultades de transporte en absoluto, pero un camión cisterna rodaba sobre las peculiares ruedas flexibles que habían resultado uno de los mejores medios para andar recorriendo la Luna. La rueda flexible, compuesta de placas planas dispuestas en círculo, y montada y alabeada independientemente cada una, tenía muchas de las ventajas del tractor oruga, del que había evolucionado. Adaptaba su forma y diámetro al terreno sobre el que se movía, y a diferencia del tractor oruga, continuaría funcionando aun cuando le faltaran algunas de sus secciones.
Una camioneta con un tubo extensible semejante a la gruesa trompa de un elefante frotaba ahora cariñosamente contra la nave espacial. Pocos segundos después, se oyeron ruidos como de puñetazos o porrazos en el exterior, seguidos del sonido del aire silbante al establecerse las conexiones e igualarse la presión. Seguidamente se abrió la puerta interior de la esclusa reguladora de la presión del aire y entró el comité de recepción.
Estaba encabezado por Ralph Halvorsen, administrador de la Provincia del Sur… que incluía no solo a la base sino también cualquiera de las partes de los equipos de exploración que operaban desde ella. Con él se encontraba su jefe del Departamento Científico, el doctor Roy Michaels, un pequeño y canoso geofísico al que Floyd conocía de visitas previas, y media docena de los principales científicos y ejecutivos. Todos saludaron a Floyd con respetuoso alivio; desde el administrador para abajo, resultaba evidente que les parecía tener una oportunidad de desembarazarse de algunas de sus preocupaciones.
—Encantados de tenerle entre nosotros, doctor Floyd —dijo Halvorsen—. ¿Tuvo usted buen viaje?
—Excelente —respondió Floyd—. No pudo haber sido mejor. La tripulación me atendió estupendamente.
Intercambiaron las acostumbradas frases sin importancia que la cortesía requería, mientras el autobús se apartaba de la nave espacial; por tácito acuerdo, nadie mencionó el motivo de su visita. Tras recorrer unos cincuenta metros desde el lugar del alunizaje, el autobús llegó ante un gran rótulo que rezaba:
BIENVENIDO A LA BASE CLAVIUS
Cuerpo de Ingeniería Astronáutica de USA
1994
A continuación se sumieron en una especie de trinchera que los llevó rápidamente bajo el nivel del suelo. Se abrió una puerta maciza, que volvió a cerrarse tras ellos, y ocurrió lo mismo con otras dos. Una vez cerrada la última puerta, hubo un gran bramido de aire, y de nuevo estuvieron en la atmósfera, en el ambiente de mangas de camisa de la base.
Tras un breve recorrido por un túnel atestado de tubos y cables, y resonante de sordos ecos de rítmicos estampidos y palpitaciones, llegaron al territorio de la dirección, y Floyd se volvió a encontrar en el familiar ambiente de máquinas de escribir, computadoras de despacho, muchachas auxiliares, mapas murales y repiqueteantes teléfonos. Al hacer una pausa frente a la puerta con el rótulo de ADMINISTRADOR, Halvorsen dijo diplomáticamente:
—El doctor Floyd y yo estaremos en la sala de conferencias dentro de un par de minutos.
Los demás asintieron, dijeron algunas frases agradables y se fueron por el pasillo. Pero antes de que Halvorsen pudiera introducir a Floyd en su despacho, hubo una interrupción. Se abrió la puerta y una figurilla se precipitó hacia el administrador, gritando:
—¡Papi! ¡Has estado en la Punta! ¡Y prometiste llevarme!
—Vamos, Diana —dijo Halvorsen, con impaciente ternura—, solo dije que te llevaría si podía. Pero he estado muy ocupado esta mañana, recibiendo al doctor Floyd. Dale la mano… acaba de llegar de la Tierra.
La pequeña —Floyd estimó que tendría más o menos ocho años— extendió una floja manita. Su cara le era vagamente conocida, y Floyd se dio cuenta de pronto de que el administrador le estaba mirando con sonrisa burlona. Entonces hizo memoria, y comprendió por qué.
—¡No puedo creerlo! —exclamó—. ¡Pero si no era más que una criatura, cuando estuve aquí la última vez!
—La semana pasada cumplió sus cuatro años —respondió con orgullo Halvorsen—. Los niños crecen rápidamente en esta baja gravedad. Pero no alcanzan la madurez tan de prisa… Vivirán más que nosotros.
Floyd fijó su mirada, como fascinado, en la aplomada damita, observando su gracioso continente y la desusadamente delicada estructura de su cuerpecito.
—Encantado de verte de nuevo, Diana —dijo. A continuación, quizá por curiosidad, o acaso cortesía, algo le impulsó a añadir—: ¿Te gustaría ir a la Tierra?
Los ojos de la niña se agrandaron de asombro, y luego meneó la cabeza, diciendo:
—Es un lugar desagradable; una se hace daño al caer. Además, hay demasiada gente.
Aquí está la primera generación de los nativos del espacio, se dijo Floyd; habrá más, en los años venideros. Aunque había melancolía en su pensamiento, también había una gran esperanza. Cuando estuviese la Tierra mansa y tranquila, y quizá, algo cansada, habría un campo de acción para quienes amaran la libertad, para los duros pioneros, los inquietos aventureros. Pero sus instrumentos no serían el hacha y el fusil, la canoa y la carreta; serían la planta nuclear de energía, el impulso del plasma y la granja hidropónica. Se estaba aproximando velozmente al tiempo en que la Tierra, como todas las madres, debía decir adiós a sus hijos.
Con una mezcla de amenazas y promesas, Halvorsen logró desembarazarse de su decidido retoño, y condujo a Floyd al despacho. La estancia del administrador era solo de cinco metros cuadrados, pero contenía todos los avíos y símbolos de la posición del típico jefe de un departamento con cincuenta mil dólares de sueldo anuales. Fotografías dedicadas de importantes políticos —incluyendo la del presidente de Estados Unidos y la del secretario general de las Naciones Unidas— adornaban una pared, mientras que cubrían la mayor parte de otra unas fotos firmadas por célebres astronautas.
Floyd se hundió en un cómodo sillón de cuero, al tiempo que le ofrecían una copa de jerez, obsequio de los laboratorios biológicos lunares.
—¿Cómo van las cosas, Ralph? —preguntó Floyd, paladeando la bebida primero con precaución, y aprobatoriamente luego.
—No demasiado mal —contestó Haivorsen—. Sin embargo, hay algo que es mejor que conozcas, antes de que te metas en harina.
—¿Qué es?
—Bueno, supongo que podría describirlo como un problema moral. — Haivorsen suspiró.
— ¡Oh!
—No es serio todavía, pero va rápidamente en camino de serlo.
—La suspensión de noticias.
—Exacto —repuso Haivorsen—. Mi gente se está soliviantando con eso. Después de todo, la mayoría de ellos tienen familias en la Tierra, las cuales probablemente creen que se han muerto de una epidemia lunar.
—Lo siento —dijo Floyd— pero a nadie se le ocurrió una tapadera mejor, y hasta ahora ha servido. Por cierto… encontré a Moisevich en la estación espacial y hasta él se la tragó.
—Bien, eso debería hacer feliz a Seguridad.
—No demasiado… Ha oído hablar del TMA-1. Uno; comienzan a filtrarse rumores… Nosotros no podemos hacer una declaración, hasta que sepamos qué diablos es y si nuestros amigos los chinos están tras ello.
—El doctor Michaels cree que tiene una respuesta para eso. Se muere por decírsela a usted.
Floyd vació su copa.
—Y yo me muero por oírle. Vamos allá.
II. TMA-1
11
ANOMALÍA
La conferencia tuvo lugar en una amplia estancia rectangular que podía contener fácilmente cien personas. Estaba equipada con los más recientes dispositivos ópticos y electrónicos y se habría parecido a una sala de conferencias modelo a no ser por los numerosos carteles, retratos, anuncios y pinturas de aficionados, que indicaban que también era el centro de la vida cultural local. A Floyd le llamó en particular la atención una colección de señales, reunidas evidentemente con esmerado cuidado, con advertencias tales como POR FAVOR, APÁRTESE DEL CÉSPED; NO APARQUE EN DÍAS PARES; PROHIBIDO FUMAR; A LA PLAYA; PASO DE GANADO; PERALTES SUAVES y NO DÉ COMIDA A LOS ANIMALES. De ser auténticos —como ciertamente lo parecían—, su transporte desde la Tierra debió de haber costado una pequeña fortuna. Había un conmovedor desafío en ellos; en aquel mundo hostil, los hombres podían bromear aún sobre las cosas que se habían visto obligados a abandonar… y que sus hijos no echarían nunca en falta.
Un numeroso grupo de cuarenta o cincuenta personas estaba esperando a Floyd, y todos se levantaron cortésmente cuando entró siguiendo al administrador. Mientras saludaba con un ademán de la cabeza a varios rostros conocidos, Floyd cuchicheó a Halvorsen:
—Me gustaría decir unas cuantas palabras antes de la conferencia.
Floyd tomó asiento en la fila de delante, mientras el administrador subía a la tribuna y miraba en torno a su auditorio.
—Damas y caballeros —comenzó Halvorsen—, no necesito decirles que esta es una ocasión muy importante. Estamos encantados de tener entre nosotros al doctor Heywood Floyd. Todos le conocemos por su reputación, y algunos de nosotros personalmente. Acaba de efectuar un vuelo especial desde la Tierra para venir aquí, y antes de la conferencia, desea dirigirnos unas palabras. Doctor Floyd, por favor…
Floyd pasó a ocupar la tribuna en medio de un aplauso cortés, contempló al auditorio con una sonrisa y dijo:
—Gracias… solo deseo decir lo siguiente: el presidente me ha pedido que les transmita su aprecio por su sobresaliente tarea, que esperamos podrá ser reconocida en breve por el mundo. Me doy perfecta cuenta —continuó solícito— de que algunos de ustedes, quizá la mayoría, están ansiosos por que se rasgue el presente velo de secreto; no serían ustedes científicos si pensaran de otro modo.
Vislumbró al doctor Michaels, cuyo ceño estaba ligeramente fruncido, rasgo acentuado por una larga cicatriz en la mejilla derecha… tal vez consecuencia de algún accidente en el espacio. Comprendió que el geólogo había estado protestando vigorosamente contra ese «cuento de policías y ladrones».
—Pero deseo recordarles —prosiguió Floyd— que esta es una situación del todo extraordinaria. Hemos de estar absolutamente seguros de nuestros propios actos; ahora, si cometemos errores, puede no haber una segunda oportunidad… Así que, por favor, les ruego que sean pacientes un poco más. Tales son también los deseos del presidente… Y esto es todo cuanto tengo que decir. Ahora estoy dispuesto a escuchar su informe.
Volvió a su asiento, el administrador dijo «Muchas gracias por sus palabras, doctor Floyd» e hizo un ademán con la cabeza, más bien bruscamente, a su jefe científico. Atendiendo la indicación, el doctor Michaels se encaminó a la tribuna y las luces se atenuaron.
Una fotografía de la Luna apareció en la pantalla. En el mismo centro del disco se veía el brillante anillo de un cráter, desde donde se proyectaban en abanico unos llamativos rayos. Parecía exactamente como si alguien hubiese arrojado a la cara de la Luna un saco de harina, que se esparcía en todas direcciones.
—En esta fotografía vertical —dijo Michaels, apuntando el cráter central—, Tycho es aún más notable que visto desde la Tierra, pues se encuentra más bien próximo al borde de la Luna. Pero observado desde este punto de vista, mirándolo directamente desde una altura de mil quinientos kilómetros, verán ustedes cómo domina un hemisferio entero.
Dejó que Floyd absorbiera aquella vista no conocida de un objeto conocido, y prosiguió luego:
—Durante el año pasado hemos estado efectuando una inspección magnética de la región, desde un satélite de bajo nivel. El mes pasado fue completada… y este es el resultado, el mapa que dio origen a todo el trastorno.
Otra imagen apareció en la pantalla; se parecía a un mapa de perfil, aunque mostraba intensidad magnética, sin alturas sobre el nivel del mar. En su mayor parte, las líneas eran aproximadamente paralelas y espaciadas, pero en una esquina del mapa se apretaban de pronto, formando una serie de círculos concéntricos… como el dibujo de un nudo en un trozo de madera.
Hasta para un ojo inexperimentado, resultaba evidente que algo peculiar había sucedido al campo magnético de la Luna en aquella región; y en grandes letras a través de la base del mapa se leía: ANOMALÍA MAGNÉTICA DE TYCHO UNO (TMA-1). En el extremo superior derecho ponía CLASIFICADO.
—Al principio pensamos que podía tratarse de un crestón de roca magnética, pero toda la evidencia geológica estaba en contra de ello. Y ni siquiera un gran meteorito de ferroníquel podía producir un campo tan intenso como este, por lo que tomamos la decisión de ir a examinarlo.
»La primera partida no descubrió nada… solo el acostumbrado terreno llano, enterrado bajo una muy tenue capa de polvo lunar. Introdujeron un taladro en el centro exacto del campo magnético, para obtener una muestra para su estudio. A siete metros, el taladro se detuvo. Así que el grupo de investigación comenzó a excavar… tarea nada fácil en traje espacial, puedo asegurarles.
»Lo que hallaron les hizo volver apresuradamente a la base. Enviamos un grupo mayor, con mejor equipo. Excavaron durante dos semanas… con el resultado que conocen ustedes.
La ensombrecida sala de conferencias se quedó muda y permaneció expectante al cambiar la imagen de la pantalla. Aunque todos la habían visto varias veces, no había nadie que no alargase el cuello como si esperase encontrar nuevos detalles. En la Tierra y en la Luna, se había permitido a menos de cien personas, hasta entonces, que posaran sus ojos en aquella fotografía.
Mostraba a un hombre en un brillante traje espacial rojo y amarillo, de pie en el fondo de una excavación, y sosteniendo una vara de agrimensor marcada en decímetros. Era evidentemente una foto sacada de noche, y podía haber sido tomada en cualquier lugar de la Luna o Marte. Pero hasta la fecha ningún planeta había producido nunca una escena como aquella.
El objeto ante el cual posaba el hombre con el traje espacial era una losa vertical de material como azabache, de unos cuatro metros de altura y solo dos de anchura; a Floyd le recordó, un tanto siniestramente, una gigantesca lápida sepulcral. De aristas perfectamente agudas y simétricas, era tan negra que parecía haber engullido la luz que incidía sobre ella; no presentaba ningún detalle de superficie. Resultaba imposible precisar si estaba hecha de piedra, de metal, de plástico… o de algún otro material absolutamente desconocido por el hombre.
—TMA -1 —declaró casi con reverencia el doctor Michaels—. Parece como nueva, ¿no es así? Apenas puedo censurar a quienes pensaban que solo tenía una antigüedad de unos pocos años, y trataban de relacionarla con la Expedición China del 98. Pero por mi parte, nunca creí en ello… y ahora hemos sido capaces de fecharla positivamente, a través de la evidencia geológica local.
»Mis colegas y yo, doctor Floyd, ponemos en juego nuestra reputación en esto. TMA -1 no tiene nada que ver con los chinos. En realidad, no tiene nada que ver con la especie humana… pues cuando fue enterrada ahí, no había humanos.
»Tiene una antigüedad aproximada de tres millones de años. Lo que está usted ahora contemplando es la primera evidencia de vida inteligente fuera de la Tierra.
II. TMA-1
12
VIAJE CON LUZ TERRESTRE
MACROCRÁTER PROVINCE: se extiende al sur desde cerca del centro de la cara visible de la Luna, al este del cráter central Province. Densamente festoneado con cráteres de impacto, muchos de ellos grandes, incluyendo el mayor de La Luna; al norte, algunos cráteres abiertos por impacto, formando el mar Imbrium. Superficies escabrosas casi por todas partes, excepto en algunos fondos de cráter. La mayoría de las superficies en declive, de 10 a 12 grados; algunos fondos de cráter casi llanos.
ALUNIZAJE Y MOVIMIENTO: Alunizaje generalmente difícil debido a las escabrosas y escarpadas superficies; menos difícil en los fondos llanos de algunos cráteres. Movimiento posible casi en todas partes, pero se requiere selección de ruta: menos difícil en los fondos llanos de algunos cráteres.
CONSTRUCCIÓN: Por lo general, moderadamente difícil debido al declive, y numerosos grandes bloques de material suelto; difícil la excavación de lava en algunos fondos de cráter.
Tycho. Post-Maria cráter, de 80 kilómetros. de diámetro, borde de 2.500 metros sobre el terreno circundante; fondo de 3.600 metros; tiene el más prominente sistema de radios de la Luna, extendiéndose algunos a más de 800 kilómetros.
(extracto del «estudio especial de ingeniería de la superficie de la Luna», Despacho, Jefe de Ingenieros, Departamento del Ejército. Inspección Geológica USA, Washington, 1961.)
El laboratorio móvil que rodaba entonces a través del llano del cráter a ochenta kilómetros por hora se parecía más a un remolque de mayor tamaño que el normal, montado sobre ocho ruedas flexibles. Pero era mucho más que eso: era una base independiente en la cual podían vivir y trabajar veinte hombres durante varias semanas. En realidad, era virtualmente una astronave para la propulsión terrestre… y en caso de emergencia podía también volar. Si llegaba a una grieta profunda o cañón demasiado grande para poder contornearlo, y demasiado escarpado para introducirse, podía atravesar el obstáculo con sus cuatro propulsores inferiores.
Fisgando el exterior por la ventanilla, Floyd veía extenderse ante él una pista bien trazada, donde docenas de vehículos habían dejado una apretada banda en la quebradiza superficie de la Luna. A intervalos regulares a lo largo de la pista había altas y gráciles farolas de destellante luz. Nadie podía posiblemente perderse en el trayecto de trescientos veinte kilómetros que había de la base Clavius a TMA-1, aunque fuese de noche y tardara aún varias horas en salir el sol.
Las estrellas eran solo un poco más brillantes, o más numerosas, que en una clara noche desde las altiplanicies de Nuevo México o del Colorado. Pero había dos cosas en aquel firmamento, negro como el carbón, que destruían cualquier ilusión de Tierra.
La primera era la propia Tierra, un resplandeciente fanal suspendido sobre el horizonte septentrional. La luz que derramaba aquel gigantesco hemisferio era docenas de veces más brillante que la de la Luna llena, y cubría todo aquel suelo con una fría y verdiazulada fosforescencia.
La segunda aparición celestial era un tenue y nacarado cono de luz sesgado sobre el firmamento de levante, el cual se hacía cada vez más brillante hacia el horizonte, sugiriendo grandes incendios ocultos justamente bajo el borde de la Luna. Era una pálida aureola que nadie pudo ver nunca desde la Tierra, excepto durante los momentos de un eclipse total. Era el halo anunciador del alba lunar, el aviso de que en breve el sol bañaría aquel soñoliento suelo.
Instalado con Halvorsen y Michaels en la cabina delantera de observación, inmediatamente bajo el puesto del conductor, Floyd sintió que sus pensamientos volvían una y otra vez al abismo de tres millones de años que acababa de abrirse ante él. Como todos los hombres ilustrados, estaba acostumbrado a considerar períodos de tiempo mucho mayores… pero habían concernido solo a los movimientos de las estrellas y a los lentos ciclos del universo inanimado. No habían estado implicadas ni la mente ni la inteligencia; aquellos eones estaban vacíos de cuanto tocara a las emociones.
¡Tres millones de años! El infinitamente atestado panorama de historia escrita, con sus imperios y sus reyes, sus triunfos y sus tragedias, cubre apenas una milésima de ese tremendo lapso de tiempo. No solo el propio hombre, sino la mayoría de los animales que viven hoy en la Tierra, no existían siquiera cuando ese negro enigma fue tan cuidadosamente enterrado ahí, en el más brillante y más espectacular de todos los cráteres de la Luna.
De que fue enterrado, y de forma deliberada, estaba absolutamente seguro el doctor Michaels. «Al principio —explicaba—, más bien esperaba que pudiera marcar el emplazamiento de alguna estructura subterránea, pero nuestras más recientes excavaciones han eliminado tal suposición. Se halla asentado en una amplia plataforma del mismo negro material, con roca inalterada debajo. Las criaturas que lo diseñaron quisieron asegurarse de que permanecería inconmovible ante los mayores terremotos lunares. Estaban construyendo para la eternidad.»
Había un acento triunfal, y, sin embargo, melancólico, en la voz de Michaels, y Floyd compartía ambas emociones. Al fin, había sido respondido uno de los más antiguos interrogantes del hombre; ahí estaba la prueba, más allá de toda sombra de duda, de que no era la suya la única inteligencia que había producido el Universo. Pero con ese conocimiento, volvía de nuevo una dolorosa certidumbre de la inmensidad del Tiempo. La humanidad había narrado en cien mil generaciones todo cuanto pasara de aquel modo. Quizá estaba bien así, se dijo Floyd. Sin embargo… ¡cuánto podíamos haber aprendido de seres que podían cruzar el espacio, mientras nuestros antepasados vivían aún en los árboles!
Unos cientos de metros más adelante, emergía un poste indicador sobre el singularmente limitado horizonte de la Luna. En su base había una estructura en forma de tienda, cubierta con reluciente chapa de plata, evidentemente para la protección contra el terrible calor diurno. Al pasar el vehículo frente a ella, bajo la brillante luz terrestre Floyd pudo leer:
DEPÓSITO DE EMERGENCIA – 3
20 LITROS DE LOX (OXÍGENO LÍQUIDO)
10 LITROS DE AGUA
20 PAQUETES DE ALIMENTOS MK 4
1 CAJA DE HERRAMIENTAS TIPO B
1 SERIE DE PERTRECHOS DE REPARACIÓN
¡TELÉFONO!
—¿Sabe algo
