2061: Odisea tres (Odisea espacial 3)

Arthur C. Clarke

Fragmento

I

LA MONTAÑA MÁGICA

1BR>LOS AÑOS EN CONGELACIÓN —Para ser un hombre de setenta años, te encuentras en muy buenas condiciones —observó el doctor Glazunov, mientras alzaba la vista de la salida impresa final de la Medcomp—. No te habría echado más de sesenta y cinco.

—Me alegra oír eso, Oleg… en especial considerando que tengo ciento tres, como sabes perfectamente bien.

—¡Otra vez con eso! Cualquiera pensarí ído el libro de la profesora Rudenko.

—¡Querida, entrañable Katerina! Habíamos planeado encontrarnos en su centésimo cumpleaños. ¡Me dio tanta pena que no llegara a esa edad…! Ese es el resultado de pasar demasiado tiempo en la Tierra.

—Irónico, ya que fue ella quien acuñó ese famoso
«la gravedad es la portadora de la ancianidad»

El doctor Heywood Floyd contempló, meditabundo, el siempre cambiante panorama del hermoso planeta, situado a tan solo seis mil kilómetros y sobre el cual nunca ía volver a caminar. Resultaba aún más iró
causa del accidente más estúpido de su vida, Floyd siguiese gozando de una excelente salud, cuando todos sus antiguos amigos ya estaban muertos.

Hacía apenas una semana que había vuelto a la Tierra cuando, a pesar de todas las advertencias —y de su propia ón de que nada de eso le ocurriría alguna vez a por el balcón de aquel segundo piso. (Sí, habí celebrando, pero se lo había ganado: era un héroe en el nuevo mundo al que había regresado la Leonov.) Las fracturas ltiples habían desembocado en complicaciones, y el tratamiento se pudo efectuar en el Hospital Espacial Pasteur.

Eso había sido en 2015. Y ahora —en realidad, no lo poa creer, pero allí estaba el almanaque, en la pared—

Para Heywood Floyd, el reloj biológico no solo hab sido retrasado por la gravedad del hospital —que era un sexto de la gravedad de la Tierra— sino que, dos veces en su vida, ese reloj en verdad había ido hacia atrás. Y si bien algunos expertos lo ponían en duda, en esos momentos era creencia generalizada que la hibernación hacía algo má detener el proceso de envejecimiento: ayudaba a rejuvenecer. En su viaje de ida y vuelta a Júpiter, Floyd en realidad haa rejuvenecido.

Así que de veras opinas que resulta seguro que vaya? Nada es seguro en este universo, Heywood. Todo lo que puedo decir es que no hay objeciones en cuanto a lo figico. Después de todo, a bordo de la Universe, dos los fines prácticos, tu ambiente será igual al que hay aqu á la nave no cuente con todo el nivel de… ah…
lativa pericia médica que podemos brindar en el Pasteur, pero el doctor Mahindran es un buen hombre. Si se le presenta cualquier problema al que no pueda hacer frente, puede ponerte en hibernación una vez más, y despacharte de regreso í, con franqueo pagado por el destinatario.

Ese era el veredicto que Floyd había anhelado oí obstante, por alguna causa su placer estaba mezclado con tristeza: durante semanas estaría alejado del que habí
hogar durante casi medio siglo, y de los nuevos amigos de últimos años. Y, aunque la Universe era un paquebote de lujo, en comparación con la primitiva Leonov (la que, en la actualidad, se encontraba suspendida sobre Lado Oculto y ía uno de los principales objetos de exhibició Museo Lagrange), seguía existiendo cierto elemento de riesgo en cualquier viaje espacial prolongado. Sobre todo en un viaje pionero como este que ahora se disponía a emprender Heywood…

Aunque quizá fuera eso, precisamente, lo que estaba bus… aun a los ciento tres años (según el complejo c átrico de la difunta profesora Katerina Rudenko, cuando contaba sanos y robustos sesenta y cinco añ
écada anterior, Heywood había ido tomando conciencia de que era presa de un creciente desasosiego y una vaga insatisfacción debido a la vida que llevaba, demasiado moda y ordenada.

A pesar de todos los emocionantes proyectos que se estaban desarrollando por todo el Sistema Solar —
n de Marte, la instalación de la Base en Mercurio, el Reverdecimiento de Ganimedes—, no había existido ning objetivo en el que Heywood hubiera podido concentrar de veras su interés y sus todavía considerables energí
ás, uno de los primeros poetas de la Era Cient
a resumido a la perfección sus sentimientos, hablando a és de los labios de Odiseo/Ulises:

Vida apilada sobre vida
fue demasiado poco, y de una
poco queda; pero a cada hora se salva
de ese eterno silencio algo más,
un portador de nuevas cosas; y despreciable fue
durante unos tres soles conservarme y atesorarme,
y este gris espíritu anhelante de deseo
de perseguir el conocimiento como una estrella feneciente, s allá del supremo confín del pensamiento humano.

«¡Tres soles», claro que sí! Eran más de cuarenta: Ulises ía avergonzado de él. Pero la estrofa siguiente, que

Heywood conocía tan bien, era todavía más adecuada:

Puede ser que las vorágines nos arrastren;
puede ser que hagamos puerto en las Islas Felices, y veamos al gran Aquiles, a quien conocimos.

Aunque mucho se ha tomado, mucho queda; y aunque
no somos ahora aquella fuerza que antaño
a cielo y tierra; aquello que somos, somos;
un igual temperamento de corazones heroicos,
ébil por el tiempo y el sino, pero fuerte en la voluntad de luchar, de buscar, de hallar, y de no cejar.

De buscar, de hallar…» Bueno, ahora Floyd sabí
era lo que iba a buscar y a hallar… porque sabía con exactiónde habría de estar. Con excepción de algún accidente ófico, no había manera de que Floyd evitara lo que

No era un objetivo que alguna vez se le hubiera ocurrido de modo consciente, y aun ahora, Floyd no estaba completamente seguro del motivo por el que, de pronto, habí
zado a obsesionarle. Siempre se había considerado a sí inmune a la fiebre que, ¡por segunda vez en el transcurso de su vida!, estaba atacando a la especie humana, aunque tal vez estuviera equivocado. También era posible que la inesperada ón a unirse a la reducida lista de huéspedes distinguiían a bordo de la Universe, hubiera excitado su ón y hubiera despertado un entusiasmo que ni siía que poseía.

Pero existía otra posibilidad: al cabo de todos esos a
ía podía recordar cuán decepcionante había resultado ser el encuentro de 1985-1986 para el gran público. Ahora se presentaba la oportunidad —la última para Floyd, la primera para la humanidad— de compensar ampliamente cualquier ón anterior.

Hacia el siglo XX, solo había sido posible la realizació vuelos de circunvalación; pero esta vez tendría lugar un descenso verdadero, investido, a su manera, de un cará pionero como lo fueron los primeros pasos de Armstrong y Aldrin sobre la Luna.

El doctor Heywood Floyd, veterano de la misión a J
ter efectuada entre los años 2010 y 2015, dejó que su imagin volara hacia el exterior, hacia el fantasmal visitante que, una vez más, retornaba de las profundidades del espacio, y ganaba mayor velocidad a cada segundo, en tanto se apresuraba a dar la vuelta alrededor del Sol. Y entre las ó
Tierra y de Venus, el más famoso de todos los cometas se ía con la aún incompleta cosmonave de línea
, que iba a realizar su vuelo inaugural.

Todavía no se había acordado el punto exacto de reuni pero el científico ya había tomado su decisión:

—Halley, allá voy… —musitó Heywood Floyd.

2. PRIMERA VISTA

No es cierto que haya que abandonar la Tierra para apreciar todo el esplendor de los cielos. Ni siquiera en el espacio, el cielo estrellado es más glorioso que cuando se observa desde una elevada montaña, en una noche perfectamente diá lejos de cualquier fuente de iluminación artificial. Pese a que las estrellas aparecen con brillo más intenso cuando se obserás allá de la atmósfera, el ojo no puede en realidad apreciar la diferencia. Y la avasalladora experiencia de capturar la mitad de la esfera celeste de una sola mirada, es algo que ninguna ventanilla de observación puede brindar.

Pero Heywood Floyd estaba más que satisfecho con su vista privada del universo, sobre todo en los momentos en que la zona residencial se hallaba en la cara oscura del hospital espacial, que giraba lentamente sobre su eje. En esas circunstancias, nada había en el campo visual rectangular de Floyd, salvo estrellas, planetas, nebulosas… y, en ocasiones, eclipsando todo lo demás, el incesante resplandor de Lucifer, el nuevo rival del Sol.

Unos diez minutos antes del comienzo de su noche artificial, Heywood apagaba todas las luces de cabina —
la luz roja de emergencia—, a fin de poder adaptarse por completo a la oscuridad. Si bien un poco tarde en la vida de un ingeniero espacial, había aprendido a gozar de los placeres de practicar la astronomía a simple vista, y ahora podí ácticamente cualquier constelación, aun cuando solo alcanzaba a ver una pequeña parte de ella.

Casi todas las «noches» de ese mes de mayo, mientras el cometa estaba pasando por el interior de la órbita de Marte, Floyd verificaba su posición en las cartas estelares. Aunque era un objeto fácil de localizar con unos buenos prismá
ía resistido con terquedad a utilizarlos, pues estaba practicando un pequeño juego: ver hasta qué punto sus envejecidos ojos respondían al desafío. Si bien dos astró
Mauna Kea afirmaban haber observado ya el cometa a simple vista, nadie les creía, y aseveraciones similares, hechas por otros residentes del Pasteur, habían sido recibidas con un escepticismo todavía mayor.

Pero para esa noche, se predecía una magnitud de seis, as que Heywood podría estar de suerte. Trazó la línea que iba de

Épsilon, y fijó la mirada en dirección al vé
perior de un triángulo equilátero imaginario, apoyado sobre ínea, casi como si, merced a un mero esfuerzo de voluntad, pudiera enfocar la vista a través del Sistema Solar.

Y ahí estaba! Tal como lo había visto por primera vez, setenta y seis años atrás, poco notable, pero inconfundible. De no haber sabido con exactitud dónde mirar, ni siquiera lo a percibido o lo habría descartado, y habría considerado que era alguna nebulosa lejana.

A simple vista, no era más que una mancha de bruma, diminuta y perfectamente circular. Por más que se esforzó pudo descubrir vestigio alguno de cola; pero la pequeñ
tilla de sondas que había estado escoltando al cometa durante meses ya había registrado las primeras erupciones de polvo y gas, las que pronto originarían una estela refulgente que ía entre las estrellas, y apuntaría en sentido directamente opuesto a la ubicación de su creador, el Sol.

Al igual que el resto de la gente, Heywood Floyd hab observado la transformación del núcleo frío y oscuro —

dicho, casi negro— a medida que penetraba en el Sistema Solar interior: después de haber estado sometida durante setenos a temperaturas incluso inferiores a la de congelaci compleja mezcla de agua, amoníaco y otros hielos estaba empezando a derretirse y a burbujear. Una montaña voladora, de forma y tamaño aproximados a los de la isla de Manhattan, estaba abriendo el grifo como si fuera un salivazo có
cada cincuenta y tres horas; a medida que el calor del Sol se filtraba a través de la corteza aislante, los gases en evaporaci an que el cometa Halley se comportara como una olla a ón con fugas: chorros de vapor de agua —mezclado con polvo y un brebaje de sustancias químicas orgánicas—
con violencia de media docena de cráteres pequeñ —casi del tamaño de una cancha de rugby—
ón de forma regular, alrededor de dos horas despu amanecer local; tenía un gran parecido con un gé
rra, y pronto fue bautizado con el nombre de Old Faithful

Floyd ya fantaseaba con estar de pie en el borde de ese ter, aguardando a que el sol se elevara sobre el paisaje oscuro y retorcido que él conocía bien, merced a las imá provenientes del espacio. Por cierto que el contrato nada dea acerca de que los pasajeros —a diferencia de la tripulaci
y del personal científico— salieran de la nave cuando esta descendiera sobre el Halley. Aunque, por otro lado, en el texto escrito con letrita diminuta, tampoco había nada que lo prohibiera de manera específica.

«Les va a costar trabajo detenerme —pensó —. Estoy seguro de que todavía me las puedo arreglar con un traje espacial. Y si estoy equivocado…»

Recordó haber leído cierta vez que un visitante del TajMahal había comentado: «Moriría mañana, con tal de tener un monumento como este».

* «Tipo Confiable.» Es el nombre de un famoso géiser (surtidor termal intermitente) del Parque Nacional Yellowstone (Estados Unidos). Es tan preciso, que los guías recomiendan a los turistas ajustar sus relojes en funn de la erupción de ese géiser. (N. del T.)

Floyd con mucho gusto se conformaría con el cometa

3. REINGRESO

Incluso prescindiendo de ese embarazoso accidente, el regreso a la Tierra no había sido fácil.

La primera conmoción se había producido muy poco és de la reanimación, al despertarlo la doctora Rudenko de su largo sueño: Walter Curnow estaba vacilante al lado de la doctora, y aun en su estado de semiinconsciencia, Floyd pudo darse cuenta de que algo andaba mal; el placer de sus ñeros por verlo despierto era algo exagerado, y no lograba ocultar una sensación de tensión. Pero solo cuando estuvo del todo recuperado le comunicaron que el doctor Chandra les había abandonado para siempre.

En algún sitio, más allá de Marte y de modo tan imperceptible que los monitores no pudieron localizar con precisió hora, Chandra sencillamente había dejado de vivir. Dejado a la deriva en el espacio, su cuerpo había continuado, sin reducir su velocidad, a lo largo de la órbita de la Leonov, y ya hac mucho que lo habían consumido los fuegos del Sol.

La causa de su muerte era desconocida, pero Max Brailovsky expresó una opinión que, aunque desprovista por completo de base científica, ni siquiera la cirujano-teniente del o Katerina Rudenko se atrevió a refutar:

No podía vivir sin Hal.

De todos los presentes, fue Walter Curnow quien agreg ón:
Me pregunto cómo lo tomará Hal. Algo que hay ah afuera tiene que estar interviniendo todas nuestras radioemiás tarde o más temprano, se enterará.

Y ahora, también Curnow se había ido… así como todos

ás, salvo la pequeña Zenia. Hacía veinte añ
ía, pero la tarjeta que ella le enviaba llegaba puntualmente cada Navidad. La última todavía estaba prendida con un alfiler sobre el escritorio de Floyd: mostraba una troica cargada de regalos, que avanzaba con celeridad a travé nieves del invierno ruso, mientras varios lobos, que ten aspecto de estar extremadamente hambrientos, la obser

¡Cuarenta y cinco años! A veces parecía como si fuera ayer cuando la Leonov había vuelto a la Tierra, y habí
bido la aclamación de toda la humanidad. Sin embargo, hab sido una aclamación curiosamente apagada; respetuosa, pero carente de genuino entusiasmo. La misión a Júpiter habí
xito rotundo, ya que había abierto una caja de Pandora, cuyo contenido todavía tenía que darse a conocer.

Cuando el Monolito Negro —conocido como Anomal ética Uno de Tycho— se excavó en la Luna, tan solo un ado de hombres supo de su existencia. Hasta despu malhadado viaje de la Discovery a Júpiter el mundo no se ó de que, cuatro millones de años atrás, una forma de inteligencia había pasado a través del Sistema Solar y hab dejado su tarjeta de presentación. La noticia fue una revela… pero no una sorpresa: durante décadas se habí rado que sucediera algo así.

Y todo eso había ocurrido mucho antes de que existiera la raza humana. Aunque algún accidente misterioso le hab sucedido a la Discovery en su viaje hacia Júpiter, no exist pruebas verdaderas de que ese accidente entrañara algo m que una avería en el funcionamiento a bordo de la nave. Si bien las consecuencias filosóficas de la AM-1T eran profundas, para todos los fines prácticos, la humanidad seguí
do sola en el universo.

Ahora eso ya no tenía validez: a apenas minutos-luz de —un mero tiro de piedra en el Cosmos—, habí inteligencia capaz de crear una estrella y que, para satisfacer sus propios objetivos inescrutables, podía destruir un planeta mil veces más grande que la Tierra. Aún más amenazador resultaba el hecho de que dicha inteligencia había demostrado tener conocimiento de la especie humana, lo que se evidenen el último mensaje que la Discovery había transmitido desde las lunas de Júpiter, casi en el instante en que el llameante nacimiento de Lucifer la destruyó:

TODOS VUESTROS…

CON EUROPA:

NO ALLÍ

La brillante estrella nueva había desterrado la noche salvo durante los pocos meses en que, todos los años, pasaba por s del Sol, y había traído esperanza y también miedo a la humanidad. Miedo, porque lo desconocido —en especial, cuando aparecía relacionado con la omnipotencia— no pod dejar de provocar esas emociones tan primitivas; y esperanza, debido a la transformación que había operado en la polí
toda la Tierra.

Se ha dicho, con frecuencia, que lo único que podrí
a la especie humana sería una amenaza procedente del espacio. Si Lucifer era una auténtica amenaza, nadie lo sabí
en todo caso, sí era un desafío. Y como demostrarí
chos posteriores, eso fue suficiente.

Desde su favorable posición en el Pasteur, Heywood Floyd a observado los cambios geopolíticos ocurridos, casi él mismo fuese un observador extraterrestre. Al prinía la intención de permanecer en el espacio una vez lograda su completa recuperación; pero para desconcierto y fastidio de sus médicos, esa recuperación precisó
odo totalmente desmesurado.

Al echar una mirada retrospectiva, desde la tranquilidad ños recientes, Floyd supo con exactitud por qué huesos rehusaban soldarse: simplemente no deseaba regresar a la Tierra; nada había para él en ese deslumbrante globo azul y blanco que llenaba su cielo. Había ocasiones en que pod comprender bien cómo Chandra pudo haber perdido su voluntad de vivir.

Fue por pura casualidad por lo que no estuvo con su primera esposa en aquel viaje al continente europeo. Ahora Marion estaba muerta, y su recuerdo parecía formar parte de otra vida, una vida que podría haber pertenecido a alguna otra persona; y las dos hijas que había tenido con ella eran dos amables extrañas que tenían sus propias familias.

Pero como consecuencia de sus propios actos, habí
dido a Caroline, aun cuando no había tenido una real alternativa en el asunto, pues ella nunca había entendido (¿ entendido él mismo?) por qué Floyd había dejado la bella casa que compartían, para autodesterrarse, durante añ
ramos distantes del Sol.

Si bien antes de que la misión estuviera semicompletada, a que Caroline no lo aguardaría, había anhelado con deón que Chris lo perdonara. Pero hasta ese consuelo le fue negado: su hijo había estado sin padre demasiado tiempo, él regresó, Chris ya había encontrado otro padre en el hombre que había tomado el lugar de Floyd en la vida de Caroline. El alejamiento fue completo, y aunque Floyd penque nunca se recuperaría, por supuesto, se recuper cierta medida.

Su cuerpo había conspirado de manera astuta con sus deseos inconscientes, de modo que cuando por fin regres
la Tierra, después de su dilatada convalecencia en el Pasteur, enseguida desarrolló síntomas tan alarmantes —
algo sospechosamente parecido a una necrosis ósea— inmediato, a toda prisa, volvieron a ponerlo en ó
ía permanecido (aparte de unos pocos viajes cortos a la Luna), adaptado por completo a la vida en el régimen de gravedad del hospital rotativo del espacio, gravedad que oscilaba entre cero y un sexto de la terrestre.

Floyd no era un recluso, ni mucho menos, ya que cuando se hallaba convaleciente incluso dictaba informes, prestaba testimonio ante innumerables comisiones y era entrevistado por representantes de los medios de comunicació hombre famoso y disfrutaba de la experiencia…
durase. Eso le ayudaba a cicatrizar sus heridas internas.

La primera década completa —del 2020 al 2030— parec haber transcurrido con tanta rapidez, que ahora a Floyd le resulícil concentrarse en ella. Se produjeron las crisis, esc dalos, delitos y catástrofes de costumbre; de modo especialmente destacado, recordaba el gran terremoto de California, cuyas consecuencias observó —con toda la fascinación que provoca el — a través de los monitores de televisión de la estaci espacial. Cuando empleaban el aumento óptico máximo, y en condiciones favorables, las pantallas podían mostrar a los seres humanos. Pero desde la perspectiva que le daba la altura, que a que contemplara esas imágenes como si estuviera sentado en el Trono de Dios, a Floyd le había sido imposible identificarse con los pequeños puntos que, corriendo como hormigas, se afanaban por huir de las ciudades en llamas. Solo las cámaras ubicadas casi a ras del suelo revelaban el verdadero horror.

Si bien los resultados se manifestarían más adelante, duécada las placas tectónicas políticas se habí desplazando de modo tan inexorable como las geológicas aunque en sentido opuesto, como si el tiempo hubiese estado corriendo hacia atrás. En sus comienzos la Tierra hab tenido un supercontinente único, Pangea, que, en el transcurso de los evos, se había desgarrado y separado. Lo mismo a hecho la especie humana, escindida en innumerables tribus y naciones; ahora se estaba fusionando, de nuevo, a medida que las antiguas divisiones lingüísticas y culturales empezaban a volverse menos nítidas.

Aunque Lucifer lo había acelerado, ese proceso hab comenzado décadas atrás, cuando el advenimiento de la era de los aviones de retropropulsión desencadenó una explosió turismo por todo el globo terráqueo. Casi en la misma
por supuesto, no fue una coincidencia—, los saté ópticas produjeron una revolución en las comunicaciones. Con la histórica abolición de las tarifas de larga dis—hecho que ocurrió el 31 de diciembre del año 2000 toda llamada telefónica se convirtió en una llamada local, y la raza humana recibió el nuevo milenio transformada en una sola familia, enorme y chismosa.

Al igual que la mayoría de las familias, tampoco esa fue siempre pacífica, pero sus disputas ya no amenazaban a todo el planeta. La segunda —y última— guerra termonuclear vio el uso, en combate, de una cantidad de bombas no mayor que la usada en la primera guerra: dos, exactamente. Y aunque el kilotonelaje fue superior, las bajas fueron mucho menores, ya que ambas bombas se utilizaron contra instalaciones petrol feras en las que había escaso personal. Cuando se llegó punto, los tres grandes —China, Estados Unidos y la URSS se movieron con loable celeridad y sabiduría, y aislaron el teatro de operaciones hasta que los combatientes supervivientes recobraron la sensatez.

Hacia la década de 2020-2030, una guerra de enormes proporciones entre las grandes potencias era tan impensable como una contienda entre Canadá y Estados Unidos en el siglo anterior. Esto no se debía a que se hubiera producido un vasto perfeccionamiento de la naturaleza humana (en todo caso, si se debía a eso, no era a causa de un factor ú
a la normal elección de la vida, antes que de la muerte. Gran parte de la maquinaria de la paz ni siquiera había sido planeada en forma consciente: antes de que los políticos se dieran cuenta, descubrieron que aquella maquinaria estaba instalada, y que funcionaba bien…

No fue ningún estadista ni ningún idealista de tendencia alguna quien creó el movimiento «Rehén de Paz»
n misma no fue acuñada sino hasta mucho despué alguien se diera cuenta de que, en un momento dado, hab cien mil turistas rusos en Estados Unidos… y medio mill de estadounidenses en la Unión Soviética, la mayorí dedicada al tradicional pasatiempo de quejarse de las cañ
á insistiendo aún más en la cuestión, ambos grupos comprendían una desmesurada cantidad de personas en absoluto sacrificables: los hijos e hijas de la riqueza, de los privilegios y del poder político.

Y aun cuando alguien lo hubiera deseado ya no era posible planear una guerra en gran escala. La Era le la Transparenía empezado a desarrollarse en la década de 1990, cuando emprendedores medios de comunicación comenzaron a élites provistos de equipos fotográficos, con resolun comparable a la de los satélites que los militares hab do con exclusividad durante tres décadas. Tanto el Pengono como el Kremlin estaban furiosos, pero ninguno de los dos era rival ni para Reuter ni para Associated Press, y tampoco para las cámaras del Servicio Orbital de Noticias, que se mantenían alerta durante las veinticuatro horas del d

Hacia 2060, el mundo, si bien no había llegado al desarme total, había sido pacificado de modo efectivo, y las cincuenta armas termonucleares que quedaban se encontraban bajo control internacional. De modo sorprendente, apenas ón cuando el popular monarca Eduardo VIII fue elegido Primer Presidente Planetario; solamente disintió docena de Estados, cuyo tamaño e importancia iban desde la n testarudamente neutral Suiza (aunque sus restaurantes y hoteles recibieron a la nueva burocracia con los brazos abiertos) hasta los todavía más fanáticamente independientes malvineros, que ahora resistían todos los intentos que efectuaban los exasperados británicos y argentinos para escamoteá
í.

El desmantelamiento de la vasta y por completo par industria de armamento dio un impulso sin precedentes (en ocasiones, malsano, a decir verdad) a la economía mundial: las materias primas vitales y los brillantes talentos en ingenier ya no eran devorados por un virtual agujero negro ni, lo que era aun peor, empleados para la destrucción. Ahora podí utilizados para componer los estragos y la indiferencia de siés de la reconstrucción del mundo.

Y de la construcción de otros nuevos, pues, en verdad, la humanidad ya había encontrado el «equivalente moral de la

», así como un desafío que podía absorber las energ excedentes de la especie… durante tantos milenios futuros como la mente se atreviese a imaginar.

4. EL MAGNATE

Cuando William Tsung nació, había sido denominado
é más caro del mundo», título que solo retuvo durante dos os, antes de que lo reclamara su hermana. Esta todav ostentaba, y ahora que había sido revocado el Derecho de Familia, nadie nunca lo cuestionaría.

El padre de esos niños, el legendario Sir Lawrence, hab nacido cuando China había vuelto a instituir la estricta regla de un solo hijo, una sola familia». La generación de Sir Lawrence a suministrado a psicólogos y sociólogos material para la ón de interminables estudios. Dado que sus miembros ían hermanos ni hermanas —y, en muchos casos, tampoos ni tías—, esa generación constituía un caso ú
historia humana. Si el crédito se debe a la elasticidad de la especie o a los méritos del extenso sistema familiar chino, es algo que, probablemente, nunca se determinará. Lo que subsisti fue el hecho de que fue notable el modo en que los hijos de aquella extraña época estuvieron exentos de cicatrices, aunque, de todos modos, no dejaron de verse afectados, y Sir Lawrenía puesto, de manera bastante espectacular, lo mejor de mismo para compensar el aislamiento de su infancia.
Cuando su segundo hijo nació, en 2022, el sistema de ón de licencias se había convertido en ley. Se pod úmero de hijos que se deseara, siempre y cuando se pagara el arancel correspondiente. (Los comunistas de la vieja guardia que aún sobrevivían no eran los únicos que consideraban que todo el esquema era absolutamente horroroso, pero fueron derrotados por la mayor cantidad de votos de sus áticos colegas, en el congreso de la República Democr tica del Pueblo.)

Los dos primeros hijos eran gratis. El tercero costaba un ón de sols. El cuarto, dos millones, el quinto, cuatro millones, y así sucesivamente. El hecho de que, en teorí hubiera capitalistas en la República Democrática del Pueblo se pasaba alegremente por alto.

El joven señor Tsung nunca reveló si tenía en mente alg objetivo (eso, desde luego, ocurrió años antes de que el rey Eduardo lo invistiera como Caballero Comandante de la Orden del Imperio Británico). Cuando nació su quinto hijo, a siendo un millonario bastante pobre; pero apenas ten ños, y cuando la adquisición de Hong Kong no le tanto capital como había temido, Tsung descubrió
ía de una considerable cantidad de dinero.

Eso es lo que se decía, pero, al igual que con otros muchos relatos sobre Sir Lawrence, resultaba difícil distinguir los hechos de la leyenda. En realidad, no era cierto el insistente rumor de que Tsung había comenzado a hacer fortuna mediante la famosa edición pirata —del tamaño de una caja de — de la Biblioteca del Congreso: todo ese fraude del dulo de Memoria Molecular fue una operación que se llea cabo fuera de la Tierra, y fue posible gracias a que Estados Unidos no había firmado el Tratado Lunar.

Aun cuando Sir Lawrence no era un multimillonario, el complejo de sociedades anónimas que había erigido lo hab convertido en el poder financiero más grande de la Tierra, logro en absoluto desdeñable tratándose del hijo de un humilde vendedor ambulante de cintas de vídeo en lo que todav ía como Nuevos Territorios. Probablemente nunca se ó de los ocho millones que pagó por el sexto tampoco de los treinta y dos que le costó el octavo. Los sesenta y cuatro que tuvo que dar de antemano por el noveno atrajeron la publicidad mundial, y después del dé apuestas que se hicieron respecto de sus planes futuros muy bien pueden haber superado los doscientos cincuenta y seis millones que le costaría el hijo siguiente. Sin embargo, una vez ó a ese punto, Lady Jasmine —que combinaba, en exquisitas proporciones, las mejores propiedades del acero y — decidió que la dinastía Tsung estaba adecuadamente instituida.

Se debió en gran parte a la casualidad (si es que existe tal cosa) el hecho de que sir Lawrence estableciera contacto perárea de las actividades espaciales. Tení puesto, amplios intereses en los sectores marítimo y aeron tico, pero de ello se encargaban sus cinco hijos, con sus respectivos socios. El verdadero amor de Sir Lawrence eran las comunicaciones: periódicos (los pocos que quedaban), libros, revistas (tanto impresas en papel como electrónicas) y, sobre todo, las redes de televisión que abarcaban todo el planeta.

En esa época adquirió el magnífico y antiguo «
», que el niño chino pobre que él había sido consideímbolo mismo de la riqueza y del poder, y lo conviren su residencia y oficina central. Lo rodeó de un hermoso parque, mediante el sencillo recurso de construir las enormes ías comerciales bajo tierra (su entonces recié
da Compañía de Excavaciones por Láser, S. A., amas fortuna con esa obra y sentó el precedente para muchas otras ciudades).

Cierto día, mientras estaba admirando la silueta incomparable de la ciudad recortada contra el cielo, tal como se ve desde el otro lado del puerto, consideró que era necesario introducir un perfeccionamiento más: durante dé
ta desde los pisos inferiores del «Hotel Peninsular» hab tado bloqueada por un enorme edificio que parecí
tada pelota de golf. Sir Lawrence decidió que ese edificio ten que desaparecer.

El director del Planetario de Hong Kong —
como uno de los cinco mejores planetarios del mundo
a otras ideas, y muy pronto Sir Lawrence descubrió
tado, a alguien a quien no podía comprar a ningú
dos hombres se convirtieron en buenos amigos, pero cuando el doctor Hessenstein realizó los preparativos necesarios para celebrar el sexagésimo cumpleaños de Sir Lawrence, no pod imaginar que estaba contribuyendo a cambiar la historia del Sistema Solar.

5. FUERA DEL HIELO s de cien años después de que Zeiss fabricara el primer prototipo, hecho que tuvo lugar en Jena, en 1924, todav utilizaban algunos proyectos planetarios ópticos, que se ceran de manera espectacular sobre el público asistente. Pero ía décadas que Hong Kong había dejado fuera de servicio su instrumento de tercera generación, en favor del sisónico, mucho más versátil. La totalidad de la gran pula era, en lo esencial, una gigantesca pantalla de televisi compuesta por miles de paneles separados, en la que se pod exhibir cualquier imagen que fuese posible concebir.

El programa había comenzado —era inevitable que as — con un tributo al desconocido inventor del coheún lugar de China, durante el siglo XIII. Los primeros cinco minutos fueron dedicados a hacer una acelerada rese rica que tal vez otorgaba menos reconocimiento del debido a los pioneros rusos, alemanes y norteamericanos, con el fin de concentrarse en la carrera del doctor Hsue-Shen Tsien. Daépoca y el lugar, se podía disculpar a los compatriotas de Hsue-Shen Tsien que, en la historia del desarrollo de la cohetea, lo hicieran aparecer tan importante como Goddard, Von Braun o Koroliev. Y, de hecho, tenían verdaderos motivos para estar indignados por el arresto que sufrió Hsue-Shen en Estados —bajo acusaciones falsas— cuando, tras haber ayudado a fundar el afamado Laboratorio de Propulsión por Reacci
y de ser nombrado primer profesor Goddard del Instituto Tecgico de California, decidió regresar a su patria.

Apenas si se mencionó el lanzamiento del primer sat chino, por parte del cohete Marzo Largo 1, en 1970, quiz debido a que, en aquel entonces, los norteamericanos ya estaban caminando sobre la Luna. Por otro lado, el resto del

XX desfiló en unos minutos, y la narración llegó 2007 y la construcción en secreto de la cosmonave Tsien la vista del mundo entero.

El narrador no se regodeó en exceso al referirse a la cons

ón que las demás potencias exploradoras del espacio experimentaron cuando una estación espacial —supuestamen— de forma repentina disparó sus reactores, sali rbita y se dirigió a Júpiter, cogió por sorpresa a la misi ruso-norteamericana que iba a bordo de la Alexei Leonov. El relato era lo bastante espectacular —

— como para no precisar adornos.

Por desgracia, había muy poco material visual auté para ilustrar la narración, de modo que el programa tuvo que basarse, en gran medida, en efectos especiales y en una inteligente reconstrucción hecha a partir de posteriores reconocimientos fotográficos de larga distancia. Durante su breve permanencia en la helada superficie del Europa, la tripulaci

Tsien había estad

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