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Lástima que fuese cura – En esta vida
no hay garantías – Ser detective es una mierda –
Alabado sea san Google – Había cambiado todo,
pero todo seguía igual – ¿Por qué Wyoming?
Hace frío. Respirar es lo más doloroso que he hecho en mi vida.
Pero no voy a dejar de hacerlo.
Me llevo la mano al pecho y maldigo al puñetero tabaco. Toso y es como si me arrancasen los pulmones. Mi aliento forma una nube frente a mí y tengo miedo de que, si pestañeo, los lagrimales se me congelen y ya no pueda abrir los ojos.
Resbalo en un charco helado. Consigo no caerme y sigo caminando.
La ciudad parece desierta. Pero no lo está.
Están buscándome. Casa por casa, si hace falta, con sus piececitos diminutos recorriéndolo todo, colándose por todas partes con sus caritas sonrientes y sus cuerpos de trapo.
Me detengo. Me apoyo en las rodillas e intento recuperar el aliento. En mi costado derecho, la pistola es un peso muerto y frío del que quiero librarme.
Me incorporo otra vez y sigo caminando por una ciudad fantasma, que el frío y el viento envuelven como un sudario.
El tipo era bueno, desde luego.
Entró en mi despacho y no pareció sorprendido. Lo estaba, seguro, pero la pausa que hizo antes de seguir adelante fue prácticamente imperceptible.
Yo me levanté, le estreché la mano y le indiqué luego que se sentase.
—¿En qué puedo ayudarlo, padre? —dije.
Sí, sin duda era bueno, porque tampoco ahora se inmutó, igual que no lo había hecho antes al darse cuenta de que V. Mercante, detective, era una mujer.
En realidad, la mía no había sido gran cosa como deducción. Sus ropas grises, demasiado pulcras, el modo de moverse, la expresión de serenidad. Y, sobre todo, el rastro en el cuello de su camisa de que, en algún momento del pasado reciente, había habido en él un alzacuellos.
—Si le soy sincero, señorita Mercante, espero que en nada —dijo.
Enarqué una ceja.
—Bueno, que me paguen por nada no suena demasiado mal.
Él sonrió.
—No me refería a eso, me temo. Espero que se gane su minuta, se lo aseguro. Pero confieso que deseo que el resultado de sus investigaciones sea que, después de todo, no había nada que investigar.
Lástima que fuese cura, porque el tipo no estaba nada mal. Parecía totalmente cómodo en la silla, con las manos entrelazadas y apoyadas en una barbilla con hoyuelo que remataba una mandíbula firme y algo obstinada. Me contemplaba desde unos ojos negrísimos que hacían juego con su pelo y en sus labios parecía haber una sonrisa siempre a punto de formarse.
—Bueno, padre —dije—, será mejor que empiece por el principio.
Así lo hizo:
—Soy coadjutor en la parroquia de San Andrés —dijo—. Llevo en ella casi cinco años y hasta ahora creo que nos hemos desenvuelto bien.
—¿«Nos»?
—El padre Goróspide y yo. Él es el párroco.
—Claro, siga.
—Es un barrio humilde, y la mayoría de la población es de origen latinoamericano. —Asentí. Conocía la zona de la que hablaba, en las afueras de la ciudad—. No tienen gran cosa, aparte de sus propias preocupaciones que, por supuesto, no les interesan demasiado a los demás. Trabajan donde y como pueden, lo que en esta época no es mucho, como ya supondrá. Y, como suele ocurrir con las gentes humildes, la religión es una parte importante de sus vidas.
Me contuve antes de soltar un comentario mordaz y me limité a animarlo con un gesto de la cabeza a que siguiera.
—No es mucho lo que podemos hacer por ellos, aparte de proporcionarles algún consuelo y compartir sus penas. El dinero a nuestra disposición es escaso, pero intentamos emplear lo mejor posible el poco que tenemos. Tratamos de ser parte de su comunidad. Tanto el padre Goróspide como yo somos partidarios de ensuciarnos las manos, por así decir. Así que los ayudamos en lo que podemos que, como he dicho, no es gran cosa. Podemos guiarlos a través de la burocracia, facilitarles algún trámite. Poco más, en realidad.
Hablaba en un tono tranquilo, lacónico, como si todo aquello no fuera con él. Pero en lo más profundo de sus ojos había un brillo inquieto, casi rabioso.
—En fin, no pretendo aburrirla con nuestras tribulaciones. El barrio nos acepta y creo que somos útiles. O, cuando menos, no resultamos un obstáculo, lo cual no es poco en estos tiempos. Hay otra iglesia, de una de esas confesiones evangelistas, y en ocasiones coordinamos alguna cosa con ellos. Digamos que la competencia por las almas del barrio es pacífica. Sin embargo, hará unos seis meses…
Dudó de repente. No parecía muy seguro de cómo plantear el tema. Por primera vez lo noté incómodo.
—¿Ha aparecido un nuevo competidor? —aventuré.
Él asintió.
—Así es. No sé muy bien cómo definirlos. En apariencia es una de esas sectas sincréticas en las que hay unas gotas de aquí y de allá en un cóctel un tanto incoherente: algo de cristianismo, un poco de budismo, un toque de santería, seguramente todo ello arropado por una receta New Age llena de conciencia global y paganismo buenrollista… Bueno, es lo que supongo, porque no parecen muy dados a las exhibiciones públicas. Por lo que sé todo su ritual podría consistir en sentarse todos juntos en una habitación y mirar al techo durante un par de horas en silencio. Se llaman a sí mismos la Iglesia del Dios Primigenio.
Enarqué una ceja.
—¿Qué son?, ¿un grupo de admiradores de Lovecraft?
La sonrisa al borde de sus labios se hizo explícita.
—No lo creo —dijo—. Bueno, espero que no, en cualquier caso. Las deidades del señor Lovecraft no resultan muy reconfortantes que digamos.
Supongo que debió de ver algo en mi cara, porque añadió:
—Leemos algo más que la Biblia, señorita Mercante. Y sí, tengo cierta predilección por las fantasías macabras. —Se encogió de hombros y pareció estar gastándose una broma a sí mismo—. Sin duda el Buen Dios me perdonará ese pecadillo.
No dije nada, pero me dio la impresión de que él esperaba algún comentario por mi parte.
—En cualquier caso, desde que han llegado… digamos que no han tardado en hacerse con un buen número de seguidores. Confieso que en estos momentos nos aventajan tanto a nosotros como a nuestros amigos evangelistas. Incluso diría que a todos juntos. La verdad es que el éxito que han tenido resulta… no sé muy bien cómo decirlo. No parece normal.
Me encogí de hombros. ¿Y por qué no? Si los tipos se lo habían montado bien y habían sido capaces de cubrir terrenos que la religión tradicional tenía abandonados, no era extraño que hubiesen tenido éxito.
—Cierto —dijo él, sin parecer en absoluto molesto, cuando se lo expliqué—. Pero incluso teniendo eso en cuenta es… chocante. Demasiado rápido. Pero no es eso lo que me preocupa, sino el modo en que ha cambiado la gente.
—¿Se los ve más contentos? —pregunté, sin poder contener la sorna en mi voz.
Pero él ni se inmutó.
—En parte sí. Y también más dóciles. El nuestro es un barrio conflictivo, como puede suponer. Las bandas… En fin, supongo que lee la prensa, así que no necesita que se lo explique. Pero en los últimos meses ha descendido de forma considerable el número de asaltos y la violencia entre bandas.
—Y, claro, eso es malo. —De nuevo, no pude contenerme.
—No es natural —insistió él—. La situación de esa gente no ha mejorado. Las condiciones del barrio son las mismas. Sus vidas siguen siendo, en cierto modo, un callejón sin salida. No hay ningún factor que…
—Excepto la nueva iglesia.
—Exacto. Sé lo que piensa, señorita. Pero le aseguro que no soy un sacerdote celoso ante un competidor que ha tenido más éxito de lo esperado. No tengo miedo de que me roben los feligreses que, al fin y al cabo, no son míos. Pero me preocupo por ellos. Y lo que está pasando no es… —dudó unos instantes— natural. Hay algo en todo esto que no es como debería ser.
No dije nada. En realidad lo creía cuando decía que no estaba celoso de la nueva iglesia. Pero no veía que yo pudiera hacer gran cosa.
—Mis sospechas pueden parecer absurdas —dijo—. Y quizá lo son. Ojalá lo sean. Puede que me esté dejando llevar por una preocupación estúpida y vea fantasmas donde no hay nada. Pero temo que esa nueva iglesia no sea lo que parece.
Ya estaba. Habíamos llegado al fondo del asunto.
—Tiene miedo de que sea algún tipo de secta no muy recomendable. Que le esté lavando el cerebro a la gente del barrio.
—Algo así. —Sin embargo, me di cuenta de que no lo decía todo, de que había algo más—. Necesito saber si lo que sospecho es cierto.
Me eché atrás en el asiento y lo pensé unos instantes.
—Tiene que entender una cosa, padre. Puedo echar un vistazo, hablar con algunos amigos en la policía, tirar de algunos hilos. Esas cosas. Pero si tienen un chiringuito bien montado es posible que no pueda descubrir nada. No puedo garantizarle resultados.
—En esta vida no hay garantías, señorita.
Eso me sonó raro viniendo de un sacerdote, pero no dije nada.
—Y hay otro asunto —añadí—. Ha dicho antes que su parroquia no nada en la abundancia. Y yo no trabajo gratis.
Sonrió de nuevo. Y ahora había algo duro tras aquella sonrisa.
—Eso no será ningún problema. Pagaré sus tarifas.
Y, de pronto, estuve a punto de decirle que no, que lo dejaba, que no me interesaba. No supe por qué, y la sensación pasó casi antes de que la notara.
—De acuerdo, padre —dije.
Busqué el formulario para un contrato y se lo pasé. Él lo leyó con atención, asintió varias veces y terminó firmando en la línea de puntos.
—Ésta es mi tarjeta —dijo cuando ya se iba—. Mi móvil está en ella. Puede llamarme cuando quiera, a cualquier hora.
Dije que de acuerdo y él se fue. Un buen culito, sin duda, prieto y bien formado. Lástima de celibato. O de castidad, o de lo que fuera.
Tomé la tarjeta y me di cuenta entonces de que no me había dicho su nombre: «Tomás Ardente Velázquez, S. J.».
Así que tenía un jesuita por cliente. A Iván le iba a encantar cuando lo supiera, sin duda.
Ser detective es una mierda.
Bueno, vale. En realidad, no es tan malo, y el mundo está lleno de cosas mucho peores. Pero es un trabajo fundamentalmente aburrido. Te pateas las calles, te pegas a un tipo y lo sigues a todas partes durante una semana. Te hielas el culo por la noche esperando a que termine de trajinarse a su amante. Eso cuando no te pasas buena parte de tu tiempo buceando entre el papeleo y tratando de sacar algo en claro de la burocracia.
Siempre me pregunté qué demonios haría Philip Marlowe entre novela y novela. Aburrirse como una ostra y pasar hambre, seguro. Y emborracharse, eso fijo.
Claro que, si me quejaba tanto, ¿por qué me dedicaba a esto?
Gran pregunta, Sherlock, lástima que no tenga ninguna respuesta. O seguro que hay alguna, pero yo no la he encontrado. Cierto que tampoco me he molestado mucho en buscarla, seamos sinceros.
Mi trabajo me gustaba. Me gustaba ser una excepción femenina en un mundo fundamentalmente poblado por hombres. Me gustaba el asombro mal disimulado que se pintaba en la cara de mis clientes la primera vez que entraban en mi despacho. Y me gustaba patearme las calles, y hundir la nariz en fajos de papeles intentando averiguar lo que quería.
Me mantenía entretenida. Pagaba las facturas.
Y me daba cierto halo de glamur. Por no mencionar la posibilidad de sacar el arma, encajársela entre las pelotas a un pesado de discoteca y decirle dulcemente que estaba tan poco interesada en hacérmelo con él que antes preferiría irme a Somalia y pedir hora para una ablación de clítoris.
Ser una mala bestia carente del menor sentido de la diplomacia tenía sus ventajas. Y, de algún modo, siempre me las había apañado para encontrar parejas que no se sintieran intimidadas por eso; no muchas, quizá, pero las suficientes. Incluso algunas encontraban excitante el que pareciera estar a medio desbravar y sin ninguna prisa por desbravarme del todo.
El mundo está lleno de bichos raros, al fin y al cabo, si sabes cómo buscar. Y unos cuantos hasta son mi tipo de bichos raros.
Así que no podía quejarme.
Pero, de todas formas, lo hacía. Era entretenido.
El encargo del curita no pudo venir en mejor momento. Lo último que había tenido entre manos habían sido un par de casos de divorcio tan aburriiidos que me había resultado difícil no quedarme dormida en mitad de la vigilancia. La idea de espiar a una posible secta lavacerebros, aunque no fuera a sacar nada en claro, resultaba atractiva por pura comparación.
Aunque, puestos a espiar una secta lavacerebros, ¿por qué no a la propia Iglesia católica? Básicamente porque nadie me pagaba para ello, claro, pero no dejaba de tener gracia el que un sacerdote católico se preocupara por que a sus antiguos feligreses les estuvieran comiendo el coco. Al fin y al cabo, como me dijo una vez Iván, lo único que distingue una secta chunga de una religión respetable es cuánto tiempo llevan por ahí dando la tabarra y cuánto poder han conseguido acumular en el proceso.
Pero no era asunto mío, en cualquier caso. Si el padre Ardente, de la Compañía de Jesús, quería pagarme para que investigase a la competencia, ¿quién era yo para discutir con él?
Lo primero que hice fue mirar por internet. Alabado sea san Google y su motor de búsqueda, hermanos, alabado sea con grandes alabanzas.
Lo cierto es que no encontré gran cosa. Bueno, encontré de todo, pero nada que me fuera útil. La mayoría de las páginas que me devolvió mi cadena de búsqueda estaban relacionadas con Lovecraft, su obra, sus clubs de fans y cosas así. Había algunos sitios de esoterismo New Age, páginas de propaganda de El código Da Vinci (ni idea de qué tenía que ver, no me molesté en entrar en ellas) y un par de resultados sobre música folk y temas celtas.
No es que hubiera esperado encontrar nada especialmente revelador nada más empezar. Aunque, si lo pensaba bien, que la búsqueda estricta de «iglesia del dios primigenio» no me devolviera ningún resultado era de por sí sintomática. Ya lo dijo Sherlock Holmes en su día: que el perro no ladrase era bastante sospechoso.
O algo parecido.
Así que apagué el ordenador y me preparé para irme. Saqué la pistola de la caja fuerte, comprobé el cargador, me la coloqué bajo el sobaco derecho y luego me puse la chaqueta. Me miré en el espejo y me saqué la lengua a mí misma. Confieso que la tipa que me devolvió la mirada (y la burla) me gustaba bastante. En general, me hacía reír.
Me ajusté el mechón rebelde de siempre detrás de la oreja mientras me preguntaba si tendría que volver a teñirme el pelo en breve y luego abrí la cajonera bajo la mesa y recogí el resto de mis… eh… efectos personales.
Nada del otro mundo. Una navaja de muelle y un puño americano. Nunca salga de casa sin ellos, que decía la publicidad.
¿Paranoica? ¿Quién ha dicho eso? ¿Quién ha sido?
Quizá. Tal vez un poco demasiado precavida. Intentaron asaltarme sexualmente a los dieciséis años (qué cojones, aquellos dos hijos de puta querían violarme y punto) y escapé de milagro, dejando en sus manos mi tranquilidad de espíritu y buena parte de mi inocencia. Nunca más, me dije al día siguiente en cuanto dejé de temblar y de culparme a mí misma por lo que habían intentado aquellos cabrones.
Así que, vale, soy un poco paranoica. Y qué.
No me apetecía sacar el coche del parking y la comisaría no me quedaba tan lejos, así que fui dando un paseo.
El otoño venía frío, más que otras veces. Y, por lo que había oído, el invierno iba a ser bastante peor. Para que luego hablen del calentamiento global.
El cielo estaba casi despejado, lo que hacía que la ciudad pareciera una fotografía tomada por un fotógrafo inexperto que había sobreexpuesto el negativo, o como se diga. Todo era demasiado real, un pelín demasiado nítido para mi gusto.
Llegué a la comisaria, dejé mis armas en la puerta y luego pude pasar sin problemas. Me conocían, al fin y al cabo.
Morales estaba justo donde esperaba encontrarlo: en su despacho.
—Vaya, Uve —dijo al verme asomar a su puerta—, ¿a qué debemos el honor?
«Uve» es como había decidido, hacía ya unos cuantos años, que debían llamarme mis amigos. Usar el apellido no era una opción. En cuanto a mi nombre de pila… Bueno, nunca supe si mis padres eran unos obsesos de Shakespeare, unos pirados de la música barroca o unos fans de la dictadura argentina, pero me pusieron Viola. Viola Mercante, tiene narices. Claro que podría haber sido peor; podría haberme llamado como mi madre y entonces el chiste habría sido inevitable: por ahí viene la Marina Mercante, viento en popa a toda vela.
Popa que, aunque me esté mal el decirlo, no estaba nada mal. Mi culito es una de las cosas de las que más orgullosa estoy, de hecho. Adecuadamente respingón, durito, redondeado y ni demasiado grande ni demasiado pequeño.
—A nada —respondí—. No tenía nada mejor que hacer.
—Ya, claro. Y yo me voy ahora de patrulla con Angelina Jolie. ¿Qué pasa?
Mientras me sentaba, él cerró la puerta, no sin antes lanzar un vistazo al exterior. Luego tomó asiento frente a mí, abrió un cajón del escritorio y sacó una petaca.
—¿Vodka? —pregunté.
—Claro, princesa, qué menos.
—Venga, un traguito.
Era bueno. Fuerte y caliente, como debe ser el licor. Le devolví la petaca y él echó un trago. Luego sacó un paquete de chicles del bolsillo y me ofreció. Negué con la cabeza y él se metió uno en la boca.
—Venga, cuéntame.
—¿Qué sabes de la Iglesia del Dios Primigenio?
—Hmmm. Pues que si fuera a fundar un club de fans de Lovecraft, ése sería un buen nombre. —No protesté por el chiste; al fin y al cabo, lo había hecho yo misma unas horas atrás—. Aparte de eso, nada. El clero no es mi campo, Uve, ya lo sabes.
—¿Y puedes enterarte?
Se encogió de hombros.
—Si me das algo con lo que trabajar…
—En el barrio latino, en la parroquia de San Andrés.
—Vale. Veré qué puedo hacer. Seguro que alguien me puede decir algo, aunque sospecho que no será gran cosa. —Se detuvo de repente, como si acabara de acordarse de algo—. Aunque, ahora que lo pienso… hmmm, no sé, igual no tiene nada que ver.
—Venga, suéltalo.
—Me lo comentó el otro día Ramírez. De un tiempo a esta parte las cosas están muy tranquilas por ahí. Hasta las bandas latinas parecen haberse calmado. Ramírez está convencido de que es porque se prepara una de las gordas, así que está que no mea. Pero el hecho es ése. No tenemos todavía estadísticas oficiales, pero parece que el número de delitos violentos ha bajado en los últimos tres o cuatro meses.
Eso no era mucho, aunque coincidía con lo que me había dicho Ardente.
—En cualquier caso, te miraré a ver lo de la iglesia esa. No creo que tenga nada que ver con lo que te acabo de contar, pero…
Se encogió de hombros.
Y yo me fui de allí poco después. Morales era un buen tipo, uno de los pocos que me habían tratado del modo correcto durante mi breve paso por la policía. Ni un imbécil obsequioso ni un baboso repelente. Era evidente que yo le gustaba, pero se había cuidado muy mucho de, más allá de demostrar que le caía bien, tratarme de un modo particular por eso.
En cuanto al resto… seguro que había de todo. Pero al menos en la brigada donde yo había caído lo que había no era especialmente bueno. No dejé la policía por eso, o al menos no sólo por eso, pero sin duda contribuyeron a que irme no me resultase especialmente doloroso.
Así que me dirigí hacia la salida a buen ritmo, sin pararme más que para saludar con la cabeza a algún que otro conocido aquí y allá. Recuperé mis armas y salí a la calle.
Aún hacía frío. Y el sol seguía en un cielo en el que prácticamente no quedaban nubes. Vivan los otoños lluviosos y los inviernos suaves. Desde luego, el tiempo estaba desquiciado.
Y no, yo no era Hamlet ni había nacido para enderezarlo, eso estaba claro.
Iván parecía sorprendido de verme. Claro que siempre parecía sorprendido de verme.
—Dios mío —dijo, plantado en el quicio de la puerta—. Red Sonja de Hyrkania, nada menos. La dura y esforzada detectiva.
—«Detective», imbécil.
—Ah, no, no será en esta casa donde se oiga un lenguaje sexista y discriminatorio. Detectiva eres y detectiva te vas a quedar.
Era inútil discutir con él cuando se ponía a soltar estupideces, así que entré en el piso y, mientras me quitaba la chaqueta, dije:
—Hazme un café, anda.
No se hizo de rogar y lo oí trastear en la cocina mientras me sentaba y echaba un vistazo a mi alrededor.
No había cambiado nada. Bueno, o había cambiado todo, pero todo seguía igual. Estantes en todas las paredes llenos de libros, cómics, deuvedés, por no mencionar las queseras de discos con software, porno y sabría Dios qué más. Y, por supuesto, su colección de figuritas de tías japonesas con rostro de niña, cinturita de avispa, piernas interminables y tetas descomunales. Las había vestidas de colegiala, claro, pero también de policía, de secretaria, de aguerrida mercenaria con espada enorme, de criada, de dominátrix y creo que de monja, suponiendo que aquellos trapos que dejaban más bien poco a la imaginación fueran una versión estilizada de un hábito. Siempre me ha sorprendido esa obsesión de los japoneses por lo que podríamos describir, con cierta contundencia, como «niñas con tetas». Sin embargo, nunca me resultó demasiado extraño que Iván compartiera esos gustos.
Éste volvió enseguida, con un café en una taza en la que el coyote de los dibujos de la Warner intentaba evitar que le cayese un yunque sobre la cabeza. Decidí que no iba a tener mucho éxito, el pobre.
Lo tomé y bebí un largo sorbo antes de hacer nada.
Sí, Iván seguía sabiendo cómo hacer un café a mi gusto, caliente como el infierno, bien cargado y con demasiado azúcar.
Se sentó frente a mí, cruzó las piernas y me contempló sonriente, mientras yo seguía dando cuenta del café a mi aire. Él sabía que en su presencia me sentía totalmente cómoda; lo que hacía que a su vez se relajase. Su tendencia a hacer el payaso no desaparecía por completo, pero dejaba de ser una compulsión.
De todos mis ex novios, Iván era el único con el que me seguía llevando bien. Mejor que bien, en realidad. Lo cierto es que aún lo quería, algo que él sabía y de lo que se aprovechaba de vez en cuando. Pero dado que yo sabía que él todavía me quería a mí y me aprovechaba también de ello, supongo que estábamos en paz.
Los cuatro primeros años de nuestra relación habían sido los mejores de mi vida. Y creo que también de la suya, aunque a veces era difícil averiguar qué tenía en la cabeza. Luego, sin que hubiera pasado nada concreto, las cosas habían empezado a ir… no creo que «mal» sea la palabra exacta. Nada iba mal, pero en realidad nada iba bien tampoco. De algún modo, algo había desaparecido y los dos sabíamos que era cuestión de tiempo que aquello terminase.
Y terminó. Pero, aún no sé muy bien cómo, se las arregló para no perderme del todo. O al revés. O lo que sea. Seguía siendo el mejor amigo que había tenido y, seguramente, el mejor que tendría jamás. Y, desde luego, nadie me conocía como él.
—Has engordado —dije al acabar el café.
Se encogió de hombros.
—Sí, bueno, llevo meses sin salir. Y no es que haya hecho mucho ejercicio. Aparte de con la mano. Tendré que ponerme en forma, supongo.
No es que fuera un misántropo ni que padeciera agorafobia. Pero a veces se pasaba meses encerrado en su apartamento, sin hacer otra cosa más que trabajar, leer, ver sus películas y su cine porno y, por supuesto, desarrollar su bíceps derecho como un maldito mono.
—¿Para qué? —pregunté.
Se encogió de hombros otra vez.
—He conocido a alguien —dijo al fin—. Tendré que ponerme presentable para ella. Por lo menos al principio.
—Sí, luego podrás dejarte todo lo que quieras, una vez que la tengas pillada, ¿no?
—Ésa es la idea.
—Cretino.
Alzó las manos, como diciendo: «Eh, es mi naturaleza». Lo que, por otra parte, tampoco justificaba nada.
—Necesito que me mires una cosa.
Vi que estaba a punto de hacer un chiste, de buscarle un doble sentido a mi frase y explotarlo. Sin embargo, cambió de idea en el último momento y dijo:
—Claro, flacucha. ¿Qué quieres?
Era informático. Eso es como decir que Mozart era músico o que Einstein se dedicaba a la física. La verdad es que Iván era un maldito genio, si es que he conocido a alguno alguna vez. También era perezoso y funcionaba a rachas, lo que quería decir que trabajaba a destajo durante dos o tres meses y luego se pasaba el resto del año haciendo el vago.
Le pagaban bien. Muy bien, de hecho. Y tenía clientes por todo el mundo. Una vez le pregunté qué era lo que hacía exactamente y, por lo que me pareció entender, se dedicaba a buscar fallos críticos al software desarrollado por otros. Tenía (son sus palabras, no las mías) la capacidad de discernir errores lógicos en la estructura de un programa, y de hacerlo simplemente viendo el código, sin trazar su ejecución.
—Mozart pasaba la música de su cabeza al pentagrama como si fuera lo natural —añadió—. Yo hago justo lo contrario.
Nunca supe muy bien qué quería decir, pero durante el tiempo que estuvimos juntos jamás nos faltó el dinero ni nos privamos de ningún capricho, así que, hiciera lo que hiciera, debía ser condenadamente bueno.
—Necesito que averigües todo lo que hay en la red sobre un sitio llamado la Iglesia del Dios Primigenio.
Si de alguien me esperaba un chiste sobre Lovecraft era precisamente de Iván pero, quizá por eso mismo, no lo hizo. Se puso de pie y me hizo una seña para que lo siguiera.
La «habitación de trabajo» estaba tal como la recordaba. Desordenada y, seguramente, sin que nadie la hubiera limpiado en años.
—¿Monitor nuevo? —pregunté, al darme de narices con una monstruosidad de treinta y dos pulgadas que ocupaba buena parte de la mesa.
Asintió.
—Aunque estoy pensando en pillarme uno más grande. No sé.
Se sentó y yo lo hice a su lado, sin esperar a que me lo indicase.
—Veamos —dijo—. Supongo que buscar en Google lo habrás hecho tú solita, sin ayuda de nadie. Así que vamos a ver si damos con algo un poco más elaborado. —Se detuvo de pronto y me miró—. Imagino que sabes que parte de lo que voy a hacer no está exactamente a este lado de la ley. Así que si prefieres no ser testigo (huy, perdón, testiga) de lo que hago y esperar en el salón…
—No seas imbécil, Iván.
—Vale, yo te he avisado.
No sé muy bien lo que hizo, más allá de arrancar unos cuantos programas, encender un disco duro externo y luego teclear algo que parecía un lenguaje informático. Claro que también podría haber sido klingon.
—Bueno —dijo unos minutos más tarde—. El asunto está lanzado. Tardará un tiempo, porque hay mucho donde buscar, así que mejor lo dejamos.
Volvimos al salón. Charlamos de trivialidades, yo medio tumbada sobre él y él con sus manos en mi pelo. Nos pusimos al día de esto y lo otro y lo de más allá. A veces, nuestras miradas se cruzaban. Sonreíamos. Los dos veíamos la tentación en los ojos del otro. Los dos decidíamos no caer en ella.
Al cabo de un rato oímos un pitido.
—Ya está.
Volvimos a la habitación de trabajo. Iván fue pasando página a página un informe de lo que sus programas habían encontrado.
—Curioso —dijo—. No hay mucho. Que sea relevante, quiero decir. La mayor parte es basura, me temo. Pero tienes para estar entretenida un buen rato. Te lo grabo en un pen drive y te lo llevas.
—¿Es muy largo?
—No mucho. Treinta páginas.
—Imprímelo también.
—A sus órdenes.
Me fui al cabo de un rato, tras rechazar su invitación para quedarme a cenar. Lo cierto es que no tenía mucha hambre pero, sobre todo, tenía la sensación de que si me quedaba a cenar, lo haría también a pasar la noche, con todo lo que eso implicaba.
No es que no me apeteciera. En realidad, lo deseaba. Y, al fin y al cabo, no habría sido la primera vez que pasaba algo parecido desde que lo habíamos dejado. Pero, sin saber por qué, aquella noche me sentía especialmente vulnerable, con la guardia más baja que de costumbre. Y lo último que quería era volver a liarme con Iván sintiéndome así.
De modo que tras un par de besos me fui de su apartamento con una carpeta bajo el brazo y, reconozcámoslo, un considerable grado de frustración.
El Avalón estaba medio vacío, como ocurría siempre entre semana. Paula se sentaba tras la barra y, por suerte, el grupo habitual de friquis de la ciencia ficción no estaba. Claro que sólo venían los viernes, así que tampoco había esperado encontrarlos.
Me senté a una mesa al fondo y Paula no tardó en preguntarme qué quería.
—¿Vodka?
Negué con la cabeza.
—Un café. Mediano. Cargado.
Asintió, lanzó un vistazo fugaz a la carpeta que había posado en la mesa y se fue de allí.
—¿Trabajo? —preguntó después, al traerme el café.
—Eso creo.
Meneó la cabeza.
—Deberías buscarte algo mejor.
Me encogí de hombros.
—Lo haré. Algún día.
Ella no dijo nada y volvió a la barra. Paula había sido policía, aunque no habíamos llegado a coincidir en el cuerpo. Pero en su época había sido una especie de leyenda y se contaban sobre ella media docena de historias a cuál más estrambótica y contradictoria.
Creo que empecé a pasar por el Avalón un poco por curiosidad. Por ver quién era aquella tipa dura que había detenido a Corzo, el escritor psicópata, y, tal vez, se había cargado a Rodrigo Estuardo, el anterior jefe de la mafia local.
Luego, el ambiente me gustó y me quedé.
Me tomé el café de tres tragos rápidos y, por supuesto, me quemé la boca. Al cuerno. Luego, con un cigarrillo encendido en la mano, empecé a leer lo que Iván había conseguido.
Era interesante. Y, desde luego, nada legal. No tenía muy claro lo que había hecho, pero para conseguir aquella información tenía que haberse colado en la red interna de un montón de empresas y corporaciones. Al fin y al cabo, si la información hubiera sido pública, la habría encontrado a través de Google.
Fui pasando página tras página sin encontrar nada que me interesara. Le pedí otro café a Paula y me fumé un nuevo cigarrillo. Más páginas y más información que no me servía para nada.
Y allí, al final, un pequeño destello de esperanza.
Iglesia del Dios Primigenio. Establecida diez años atrás en algún lugar de Wyoming. Wyoming. ¿Por qué Wyoming? ¿Qué había en Wyoming? Bueno, estaban las torres esas del diablo, las que habían salido en Encuentros en la tercera fase, pero aparte de eso…
Seguí leyendo.
Y descubrí que no había mucho que leer. Eran discretos y su proselitismo no era ni agresivo ni especialmente activo. Una iglesia pequeña, con pocos fieles y que no armaba muchas alharacas. Nada especialmente relevante.
Sólo que hacía tres años habían hecho el petate, habían dejado Estados Unidos y habían dado el salto a Europa. Todo ello con discreción y sin ningún revuelo.
No tenían página web, lo cual era absurdo en una época donde hasta el más pringado se abría media docena de blogs para explicarle al mundo lo que había desayunado y cómo las cosas irían mucho mejor con él al frente. Ni correo electrónico. Ni nada de nada.
Una sede social, claro. Y estaban dados de alta en el registro de asociaciones religiosas.
Y eso era todo.
En cuanto a su credo, sus postulados, todas esas cosas, ni idea.
Discretos, tranquilos y misteriosos.
Vamos, suficiente para que todas las alarmas de la cabeza me empezasen a pitar a toda leche.
Pagué los cafés, dejé el Avalón y volví a casa.
Tardé en dormirme.
Recuerdo haber soñado con el padre Ardente. Nada especialmente erótico. Una especie de sermón de la montaña donde los detectives éramos bienaventurados porque nosotros desentrañaríamos los misterios, incluido el Mayor de Todos, Dios. O quizá sí que tuvo algo de erótico, porque al despertarme a la mañana siguiente descubrí que necesitaba una inspección de bajos con urgencia.
Así que llené la bañera, me traje los juguetes y me dediqué a conocerme mejor a mí misma. Aunque a aquellas alturas poco nuevo debería haberme quedado ya por conocer.
Luego, con una taza de café en la mano y sintiéndome totalmente relajada, me asomé a la ventana.
Estaba nublado. Bien. Ya era hora.
—¿El sol? ¿El sol? —solía decir Iván—. ¿Te parece sano el sol? ¿Una bomba termonuclear sobre nuestras cabezas te parece buena idea?
Sonreí, miré la hora y empecé a vestirme.
Otro glorioso día de trabajo.
LA PAJA EN EL OJO DE DIOS
El blog de Iván el Terrible
Si aceptamos que Cristo es el auténtico hijo del Único Dios Verdadero, ¿qué hacemos con Krishna y Mitra?
¿Fueron ensayos previos? ¿Intentos fallidos?
Claro que eso sería como reconocer que una criatura eterna, omnisciente y omnipotente es capaz de errar, lo cual podría llevarnos por un camino interesante. Pues, si es omnipotente, ¿no será capaz también de equivocarse? O, como han expresado los cristianos la paradoja, ¿puede Dios crear algo tan pesado que él mismo sea incapaz de levantarlo?
La paradoja, por supuesto, es irresoluble. Lo que puede querer decir que Dios no existe o que nuestra razón humana no está preparada para enfrentarse a él. Ése es, por supuesto, el punto de partida de cualquier religión, al fin y al cabo, y lo que justifica (o pretende justificar) la fe.
Pero estoy divagando. Qué novedad.
Si Dios es incapaz de errar, Krishna y Mitra no fueron ensayos previos. ¿Avisos, tal vez? ¿Anticipos de lo que vendría para que el mundo estuviera preparado?
¿O engaños del Enemigo, quien, conociendo los planes de Dios, trató de anticiparse a ellos y, por supuesto, fracasó?
O…
O podríamos partir de la base de que Cristo no fue más que un hombre que ni siquiera pretendía crear una nueva religión (y que quizá ni siquiera existió, aunque eso mejor lo dejamos para otro día).
Y entonces, qué curioso, todo se vuelve más sencillo.
La clave está, por supuesto, en Pablo de Tarso y en los que vinieron tras él. Fueron ellos quienes edificaron el cristianismo, quienes construyeron la mitología en la que éste se asienta. Mientras Santiago seguía predicando las enseñanzas de su hermano como si hubiera sido un rabino más (seguramente un esenio de la escuela de Hillel), Pablo pasó por encima de él, buscó el apoyo de Pedro y construyó, sobre esa piedra, lo que luego sería la Iglesia.
Y, como buen judío, fue totalmente sincrético.
Al fin y al cabo, los redactores finales de la Tora tomaron varias tradiciones sumerias, cananeas y egipcias y construyeron con ellas los cinco libros de la ley. Tomaron de aquí y de allá lo que creyeron conveniente, eliminaron lo que no se adaptaba a sus designios (aunque no terminaron de hacerlo bien del todo, teniendo en cuenta las versiones distintas y contradictorias de la creación que hay en el Génesis) y construyeron un conjunto semicoherente como cimiento de su edificio teológico.
Así que no es raro que los creadores del cristianismo hicieran lo mismo. Es evidente que Pablo tenía puesto el ojo en el mundo grecorromano. Sabía que, si la nueva fe iba a extenderse, no podía quedar circunscrita al pequeño rincón del mundo donde había nacido y vivido Jesús. Y si quería hacer aceptable su nuevo dios para romanos y griegos, debía adaptarlo a ellos.
No es de extrañar, por tanto, que tomase elementos del culto a Mitra. Que eligiera de aquí y de allá lo que más le conviniera y mejor sonara a los oídos occidentales.
¿Y qué pinta Krishna en todo esto?
A estas alturas es difícil rastrear lo que pudo haber pasado. Pero teniendo en cuenta los paralelismos tan evidentes que hay entre la historia de los dos, no es descabellado suponer que la historia de Cristo fue construida usando la de Krishna como modelo. La India no era totalmente desconocida, y menos aún en el Mediterráneo Oriental. No sería extraño que, buscando un modelo para su Ungido por Dios (su Chrystos), los primeros padres de la Iglesia se toparan con la historia de Krishna. Quizá había un elemento o dos que coincidían con el proto-Cristo que estaban creando. Dar el salto desde ese punto y tomar la estructura completa del mito hindú no es demasiado descabellado. Sobre todo si tenemos en cuenta que la historia de Krishna tenía una estructura clara, perfectamente establecida y que se ajustaba sin problemas a los patrones de un mito: el nacimiento de una virgen, la huida in extremis de la matanza de los inocentes, la captación de discípulos y el enfrentamiento a la vieja religión, el martirio a manos de ésta, la posterior reaparición… Todo encajaba como un guante en la historia de Jesús de Nazaret, a medio formar por aquel entonces.
Añádansele unas gotas de mito solar bien conocido en el mundo grecolatino, como es el caso de Mitra, y tendremos un Ungido adecentado al gusto de Occidente y que uno puede ir vendiendo de puerta en puerta con la cabeza bien alta.
A partir de ahí era cuestión de ir marcando distancias con los judíos. Rechazar la necesidad de la circuncisión fue el primer paso. Convertir a los judíos en asesinos de su dios (y, de paso, exonerar a Roma de toda responsabilidad en el asunto), el segundo. Y lo siguieron otros.
De ese modo nació la más grande corporación dedicada al marketing viral de todos los tiempos. Gracias a un judío helenizado que convirtió a un rabino un tanto heterodoxo, posiblemente un esenio, en el hijo de Dios y «adecentó» un poco su historia para que fuese aceptable en Occidente.
2
Donde menos molestaran – Pareces perdida –
¿Expiando sus culpas? – La sopa estaba de primera –
Muñecas quitapenas – Luchar con las palabras –
¿Por qué te lamentas?
A lo lejos distingo un coche patrulla, aparcado en medio de la plaza.
Me apoyo en la pared. Miro a mi alrededor.
Nada. No hay nada.
La ciudad está completamente desierta, como si todos se hubieran ido.
Despacio, procurando permanecer en las partes no iluminadas, me voy acercando a la plaza. El coche sigue allí. Parece vacío.
Pero, claro, el mundo entero parece vacío esta noche.
Me detengo una vez más, justo al borde de la plaza. Miro a mi alrededor. Escucho, tratando de discernir entre el silencio el ruido de unos piececitos de madera, el frufrú de unos cuerpos de trapo.
Estoy sola.
Echo a correr hacia el coche. Está vacío y parece que lo haya estado siempre. Me protejo el brazo con la manga del abrigo y rompo la ventanilla del conductor. Me aparto instintivamente, esperando una alarma que, sin embargo, no suena. Retiro con cuidado los trozos de cristal y abro la puerta.
Limpio el asiento y entro en el coche. Y ahora, ¿qué? No tengo la llave y estos cacharros modernos llenos de chips no van a funcionar con un simple puente. A pesar de eso, saco la navaja y busco entre el entramado de cables.
Alzo la cabeza. ¿He oído…?
Nada, no hay nada que oír. Estoy sola.
Trasteo con los cables unos minutos, pero no sirve de nada. El frío se cuela por la ventanilla rota y ni siquiera puedo encender la calefacción del puñetero coche.
Me giro, buscando algo que me pueda servir. Pero no hay nada.
No hay nada en ningún lugar. No hay nada ni nadie en el mundo. Sólo estamos yo y esas cositas ridículas de caras sonrientes que siguen buscándome.
Salgo del coche, qué otra cosa puedo hacer.
Intento forzar el maletero con la navaja, pero es inútil. Al final me encojo de hombros, saco la pistola y le descerrajo un tiro a la cerradura.
El estampido es ensordecedor. El mundo entero debe de haberlo oído.
Sólo que en el mundo no hay nadie aparte de mí y de…
Abro el maletero. Bien. Fusil, caja de munición, chaleco antibalas.
Me apodero de todo y me voy de allí, lo más rápido que puedo.
La media docena de calles que delimitaban el barrio latino no eran un lugar que hubiera visitado con frecuencia, algo que les pasaba a la mayoría de los habitantes de la ciudad.
Al fin y al cabo, para qué. Aquellas personas sólo limpiaban nuestras casas, atendían a nuestros viejos o se ocupaban de nuestros niños. Cuidaban de los jardines de los que tenían jardín. A veces tocaban en la calle, con sus instrumentos andinos que convertían todas las melodías en la misma. O vendían su colorista artesanía, recorriéndose a pie la ciudad.
Luego volvían a sus casas, a su trocito de vida. Bien apartados de nosotros y donde menos molestaran.
La mayoría de ellos eran pequeños y morenos. Como niños envejecidos prematuramente. Procedentes de Ecuador, seguramente, o tal vez de Bolivia. No eran los únicos latinoamericanos de la ciudad, pero los mexicanos, los cubanos o los argentinos no tenían su propio gueto. Ellos sí existían para nosotros. Algunos, hasta eran respetables y tenían trabajos reales, o incluso profesiones con cierto glamur: había escritores, pintores, fotógrafos, periodistas…
Pero no éstos.
Allí era yo la intrusa. Y destacaba tanto como un watusi presentando una ponencia en el Congreso Nacional del Ku-Klux-Klan. Sentía las miradas del mundo entero clavadas en mí, pero aquello no era más que la sensación de culpa que me acompañaba.
Porque aquellas gentecillas iban a lo suyo, apenas me miraban cuando me cruzaba con ellos y ni siquiera parecía despertar gran cosa su curiosidad.
Deambulé sin rumbo fijo, parándome de vez en cuando, como si estuviera buscando algo y no estuviera segura de hacia dónde ir. Tratando de no parecer demasiado fuera de lugar y, por supuesto, fracasando.
No tardé en dar con la iglesia evangelista de la que me había hablado el padre Ardente. Se trataba de un edificio bastante anodino, con uno de esos carteles de avisos frente a la puerta donde se anunciaban todo tipo de actividades, desde una misa a un bingo, pasando por un bautizo comunitario o una excursión. Del interior llegaba un murmullo apagado con cierto soniquete musical, así que supuse que estarían en una de sus ceremonias.
Seguí mi camino. Lo que buscaba era, por supuesto, la Iglesia del Dios Primigenio. Pero en lugar de eso acabé dando con lo que sólo podía ser la parroquia de San Andrés.
Era una de esas iglesias feas, rectas y mal encaradas que se habían hecho en los años setenta. La presidía una enorme cruz de cemento, como no podía ser menos y, junto a las dos grandes puertas de madera había un tablón de anuncios mucho más pequeño que el de la competencia, aunque el tipo de cosas que se anunciaba en él no eran muy distintas.
Hmmm, qué hacer.
El barrio no era muy grande, y algo como una iglesia tenía por fuerza que destacar. Sin embargo, no había encontrado rastro alguno del tercero en discordia. Podía habérseme pasado por alto, por supuesto. Al fin y al cabo, si hacía caso de la información que me había pasado Iván, los seguidores del Dios Primigenio tendían a ser discretos y poco amigos de la publicidad.
Pero, no sé, había esperado un cartel, un anuncio, algún tipo de símbolo.
Seguí paseando, sin ningún resultado, y lo cierto es que estaba empezando a pensar que mi presencia allí era demasiado llamativa. Mejor irme.
Pasé de nuevo frente a la iglesia católica y, en esta ocasión, vi que había alguien en la puerta. Un hombrecillo pequeño y encorvado, casi completamente calvo y con la mirada medio perdida. Vestía una sotana que debía de haber visto sus mejores tiempos en la guerra de Cuba y cruzaba las manos frente a sí en lo que seguramente debía pensar que era una actitud de santa serenidad.
Aquél tenía que ser el padre Goróspide, el párroco, y la verdad es que me pareció que el pobre estaba ya para que lo jubilaran. Que, de hecho, llevaba años estando para que lo jubilaran. Iba a seguir de largo cuando, de pronto, su mirada recuperó la expresión y clavó sus ojos en mí.
Me quedé parada. Había algo intenso en aquellos ojos, casi febril. Me miraban de un modo hipnótico y obsesivo, y no supe muy bien por qué, pero pensé que con rabia.
De pronto sonrió y descendió las escaleras en mi dirección.
—Hija mía —dijo. Tenía una voz suave, agradablemente desgastada por los años—. Pareces perdida.
Traté de reprimir una sonrisa, aunque aún me sentía incómoda ante el modo en que me había mirado.
—¿No lo estamos todos, padre? —dije.
Esperaba alguna respuesta del estilo de: «Sólo si no has dejado que Dios te encuentre» o algo parecido. Pero en lugar de eso, dijo:
—Es cierto, hija. Y algunos más que otros.
Agachó la cabeza y por un instante fue como si se convirtiera en la imagen misma de la derrota. Luego alzó la vista de nuevo, sonrió otra vez y preguntó:
—¿Y qué te ha traído hasta aquí?
